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Un cuento, algunos relatos y otros microrrelatos. Montserrat Fernández López

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Academic year: 2021

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Un cuento, algunos relatos

y otros microrrelatos

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Un cuento, algunos relatos y otros microrrelatos © Montserrat Fernández López

ISBN: 978-84-15613-58-9 Depósito legal: A 587-2014

Edita: Editorial Club Universitario. Telf.: 96 567 61 33 C/ Decano, 4 ‒ 03690 San Vicente (Alicante)

www.ecu.fm [email protected] Printed in Spain

Imprime: Imprenta Gamma. Telf.: 96 567 19 87 C/ Cottolengo, 25 ‒ 03690 San Vicente (Alicante) www.gamma.fm

[email protected]

Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede re-producirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de in-formación o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

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3 Algunos personajes

Jacinto: propietario del hostal y usurero para más señas. Gerardo: intelectual y amigo íntimo de Julia y Manuela. Julia y Manuela: protagonistas de esta historia.

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5 JULIA

Primera parte 1

El hostal Caballero está repleto de gente, pero hay dos chi-cas que no encajan bien en este ambiente pintoresco y festivo que florece en un pequeño reducto de Castilla. Huérfanas de padre y madre, el destino quiso que se conocieran en uno de los momentos más cruciales de sus vidas; ahora, se han hecho inseparables y se han jurado permanecer siempre unidas.

―¡Atended primero al conde Robatierras! ―exclamó Jacinto. ―Pero, señor, Antonio Bueno ha llegado antes ―dijo Julia. ―Haz lo que te dice y dile a Antonio Bueno que nos espere al anochecer detrás de la posada ―dijo Manuela.

Cuando todos se hubieron acostado, las chicas salieron del mesón a la fría noche, pues Antonio las estaba esperando y se hacía ya muy tarde para regresar al hogar.

―¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema? ―preguntó Antonio. ―Ese usurero de Jacinto hace más de dos semanas que no nos paga. El muy cretino dice que no tiene dinero, y al hostal no para de llegar gente ―respondió Manuela.

―¿Y qué queréis que haga yo? ―preguntó Antonio.

―Yo había pensado que tú podrías prestarnos algo de dine-ro ―comentó Manuela.

―Si pudiera os prestaría el dinero, pero mi mujer espera otro hijo para el mes de diciembre y casi no puedo ni alimentar a las otras tres ―señaló Antonio.

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―No te preocupes, Antonio, saldremos de esta. Espero que tu mujer traiga al mundo un varón, él sabrá sacar a la familia adelante. Suerte ―dijo Julia.

Cuando subieron a sus habitaciones vieron que la puerta de la habitación de Jacinto estaba semiabierta, y él yacía en la cama durmiendo, sus ronquidos parecían brotar de algo animal pero no de algo humano.

―No lo hagas ―dijo Julia con un fino hilo de voz, intuyen-do lo que Manuela estaba a punto de hacer.

―No tenemos otra alternativa, este se va a enterar, me gus-taría estar aquí mañana solo para ver su cara ―dijo Manuela.

Después de rebuscar por el armario, la cómoda y viendo que no aparecía nada se le ocurrió que a lo mejor tenía un es-condite secreto. En efecto, una baldosa medio suelta le llamó poderosamente la atención. Y efectivamente… ¡Allí estaba el botín!

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7 2

Después de haberse llevado todo el dinero que ese usu-rero guardaba tuvieron que abandonar precipitadamente aquel lugar. Anduvieron durante toda la noche y toda la mañana riendo, pues sabían que nadie más que ellas se atrevería a robar a alguien como Jacinto.

―No debemos quedarnos mucho tiempo por aquí, no es seguro, aún estamos demasiado cerca y podría dar con nosotras ―dijo Julia.

―Descansaremos, compraremos lo necesario y luego nos iremos ―comentó Manuela.

En el interior de la habitación donde las dos protago-nistas se alojaban había una pequeña ventana que daba al exterior; Manuela se puso de puntillas para ver lo que ocu-rría fuera, pero estaba demasiado oscuro. Cansadas deci-dieron irse a dormir sobre el colchón de paja. Cuando se despertaron bajaron a almorzar. Sentado en una de las me-sas, había un cura. Como tenía la cabeza pelada, Manuela le dijo:

―Parece, padre, que los piojos no distinguen entre cre-yentes e infieles.

―No es por los piojos por lo que decidí raparme la cabeza, es más bien un acto de solidaridad para con los desfavorecidos ―señaló el cura.

―Pues se consiguen más cosas con el egoísmo que con la sumisión ―dijo Manuela.

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―¿Le importa que nos sentemos a su lado? ―dijo Julia con sumo cuidado.

―Claro, no os voy a negar solo porque no seáis de la misma opinión que yo ―dijo el cura.

Después de almorzar las dos chicas regresaron a la habita-ción; el sacerdote abandonó el comedor para salir al mundanal ruido, despidiéndose de ellas con un cariñoso “que Dios os bendiga”. Pero ellas estaban tan ensimismadas que apenas si escucharon un susurro, por eso no respondieron como se de-bía a este sacro hombre.

―Yo también creo, Manuela, que la fe podría ayudar a mu-chos hombres descarriados ―señaló Julia.

―¿Acaso no sabes que hay países en los que se hablan len-guas y hay costumbres tan diferentes a las nuestras que te sería tan difícil sobrevivir allí como a Jonás le fue vivir dentro del intestino de una ballena? ―preguntó Manuela.

―Sí, ya lo sé, pero todos tenemos una voz interior que nos dice cómo debemos comportarnos ―dijo Julia.

―Yo no tengo ninguna voz de esas que tú dices ―dijo Ma-nuela.

―Todos la tenemos. Incluso los seres más bárbaros pueden obrar correctamente si dejan que esa voz guíe sus corazones ―intervino Julia.

―Tendré que pensarlo. Has traído hasta mí una luz nueva, y no voy a dejar que se apague sin haber visto antes de qué se trata.

―Eso que has dicho es una prueba de que tú también la tienes, Manuela.

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9 3

Eran ya las dos del mediodía y Manuela jugaba a capturar rayos con su espejo. Julia estaba dormida y no quiso desper-tarla, pero de repente este cayó al suelo hecho añicos.

―¿Qué ocurre, Manuela? ―preguntó Julia. ―¡Es Brutus y su amigo! ―exclamó Manuela.

―Está bien, lo que debemos hacer es escondernos detrás de la escalera. Y cuando ellos vayan a subir, nosotras ya esta-remos fuera. Seguro que nos ha visto alguien de la taberna, no debimos bajar a almorzar ―dijo Julia.

―Espera, no vienen hacia aquí. Están cambiando de di-rección ―señaló Manuela―. De todos modos será mejor que nos vayamos cuanto antes.

La calle estaba repleta de gente, era día de mercado. En las afueras del pueblo compraron navajas, tocino y un caballo que les costó más de lo que habían previsto. Anduvieron más de tres horas y, cuando estuvieron ya lejos de todo peligro, decidieron tomar una decisión un tanto comprometida.

―Lo mejor será cambiar nuestro aspecto. Debemos cor-tarnos el pelo ―dijo Manuela.

―Está bien. Yo seré la primera, aunque no soy la mayor, tendré que dar ejemplo ―dijo Julia―. ¿Oye, Manuela? ¿Crees que podríamos encontrar a Gerardo? ¿Te acuerdas de todo lo que decía? ―hablaba Julia, mientras un montón de mechones caían al suelo, evocando buenos momentos, pues aquello le resultaba doloroso y triste―. Sí, eso de que estaba casi seguro

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