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CONTEXTO DE DESCARTES.

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CONTEXTO DE DESCARTES.

Renato Descartes, filósofo francés del siglo XVII (1596-1650), fue educado en la filosofía escolástica. Tras la decepción de todo lo aprendido en La Fleche y a pesar de tener una salud delicada, se alistó en la Guerra de los Treinta años, dispuesto, a aprender ahora “en el gran libro del mundo”. Pero, finalmente, tras vender sus propiedades se retiró a una casa en Holanda, a construir su propio edificio filosófico, allí escribió sus obras más importantes para la filosofía “Discurso del Método” y las “Meditaciones metafísicas”.

Fue matemático (autor de las coordenadas cartesianas), filósofo y hombre de ciencia; y como tal fue llamado por la reina Cristina de Suecia, donde Descartes sería protegido de las persecuciones religiosas por sus teorías, y la corte de Estocolmo se vería engrandecida con su presencia; pero las lecciones de madrugada y el frío acabaron por hacerle enfermar de pulmonía al poco tiempo y allí murió a los 54 años.

Descartes vive también en un momento en el que Europa, tras el Renacimiento, se enfrenta a grandes cambios en el orden político social y cultural.

En el terreno económico y social, lo más relevante es el nacimiento de la burguesía como nueva clase social; cada vez más poderosa, sustituirá a la nobleza y al clero que irán perdiendo su influencia política. Pero la burguesía será a partir de ahora, la depositaria del saber, la ciencia y la intelectualidad.

En el aspecto político, hay que destacar la consolidación de los estados modernos y su expansión colonial.

En cuanto a la ideología destacaremos la confianza en la Razón para explicar el mundo y progresar en él con los continuos avances de la ciencia y posteriormente de la tecnología.

Finalmente, en cuanto a la filosofía diremos que busca, sobre todo Descartes, la unidad del saber en el intento de lograr un método científico que sea capaz de hacer avanzar la ciencia con un paso tan firme como lo hace la matemática. En este sentido, la filosofía se bifurca en dos grandes corrientes: El racionalismo, con representantes como Descartes, Spinoza y Leibniz, que pretende la creación de un sistema filosófico deductivo con rigor matemático. Y el empirismo que se orienta a las ciencias experimentales y fundamenta sus verdades sólo en lo que se puede demostrar experimentalmente.

Racionalismo, empirismo; razón, sentidos, la vieja polémica planteada desde Platón y Aristóteles continúa. El racionalismo considera la razón como la única fuente de conocimiento válido, la matemática como la ciencia modelo de saber y la existencia de ideas innatas. El empirismo, sin embargo, insistirá en que los sentidos y la experimentación son la base de la ciencia; considerará las ciencias experimentales como las ciencias modélicas y admitirá que la mente es un papel en blanco que la experiencia va rellenando. Empiristas son J. Locke y D. Hume y el antecesor de todos ellos Hobbes. Todos ellos de las Islas Británicas.

RESUMEN. (T.1 DESCARTES)

El texto de Descartes del Discurso del Método nos plantea la búsqueda de un principio con el que poder empezar a construir su sistema filosófico.

En su objetivo de búsqueda de una verdad indubitable sobre la que asentar las demás verdades, Descartes prescinde de las fuentes que son engañosas porque al menos alguna vez nos han engañado: sentidos, creencias y razonamientos. Admite incluso que todo,

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absolutamente todo, pueda ser ilusorio. Pero cuando ya está tocando fondo, encuentra algo indudable: la existencia de la propia duda, de alguien que duda, o sea, piensa.

“Pienso, luego existo” se convierte así en el primer principio de filosofía que él buscaba.

Entiende por primer principio, una verdad incuestionable sobre la que edificar el resto de verdades.

Entiende por escéptico, el seguidor de la teoría que afirma hay que dudar de todo; la verdad no existe o no se puede encontrar. La de Descartes será una duda metódica porque no es el final del conocimiento, sino la herramienta, el método y el camino de empezar a a saber algo cierto

Entiende por verdad aquello que no admite sombra de duda y origina nuevas verdades.

DESCARTES: TEORÍA DEL CONOCIMIENTO.

El punto de partida de la teoría gnoseológica o epistemológica de Descartes está en conseguir un sistema filosófico que haga avanzar la filosofía, que elimine toda la variedad de opiniones y teorías contrarias habidas hasta el momento. Descartes quiere lograr como buen racionalista, una filosofía que unifique sus verdades como lo hace la matemática. Según él, los errores filosóficos se deben a que no se ha utilizado un buen método para buscar la verdad. Las matemáticas lo han conseguido por vía racional y deductiva ¿por qué no lo hecho la filosofía?

Para empezar diremos que la Razón humana es única, autónoma y suficiente para encontrar esa verdad que ha de ser también única. “El tribunal de la verdad y de la razón” será el juez que sancione nuestra búsqueda.

Descartes quiere encontrar una verdad primera y fundamental, absolutamente evidente y cierta que pueda ser seguro punto de partida para la deducción de las demás verdades. Para lograr su propósito, se empeña primero en rechazar como falso todo aquello en lo que pueda haber la menor sombra de duda; así se establece la duda metódica, la duda como método para encontrar la verdad; Hay tres razones principales por las que hay que dudar:

- El engaño de los sentidos. Si nos engañan alguna vez ¿no nos pueden estar engañando siempre?

- La imposibilidad de distinguir la vigilia y el sueño. Igual que al estar dormidos nos creemos despiertos, ¿no podríamos estar también siempre en un estado ficticio?

- La hipótesis del genio maligno ¿Y si hubiera alguien que empleara toda su energía en engañarme permanentemente?

Cuando Descartes ya parecía que podía desechar todo conocimiento como dudoso, y que ya no quedaba ninguna verdad que le sirviera de fundamento para su propósito, tropezó con que no podía dudar de la propia duda y del propio yo que dudaba. Si puedo dudar de todo, es al menos verdadero y cierto que dudo y que pienso y que existo, porque no podría pensar sin existir ni dudar sin pensar. Todavía trató de atacar esta certeza pensando: quizá no dudo ni existo, sino que un genio maligno me engaña haciéndomelo creer, o quizá todo sea un sueño. Pero si me engañan, existo;

porque si no existiera ¿cómo podrían engañarme? Y si sueño, existo porque ¿cómo podría soñar sin existir? Y vio que acerca del propio yo y del propio pensamiento no cabía la posibilidad más lejana de duda y entonces estableció como primer principio su descubrimiento y lo formuló así: Pienso, luego existo (cogito ergo sum).

Descartes propone también las cuatro reglas básicas de su método para encontrar la verdad:

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-Evidencia: admitir sólo lo absolutamente claro y distinto.

-Análisis: dividir en partes la dificultad a estudiar.

-Síntesis: ir de los objetos más simples a los más complejos.

-Enumeración: revisar para estar seguro de no omitir nada.

Armado ya Descartes con la duda, el nuevo método y la primera piedra del edificio filosófico comienza la reconstrucción de lo previamente destruido en su exagerada desconfianza: Dios y el mundo serán ahora su próximo objetivo; “pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”.

RELACIÓN ENTRE PLATÓN Y DESCARTES.

Cuando se expone la teoría del conocimiento cartesiana, es inevitable tener a Platón en el horizonte. Veamos brevemente algunos reductos platónicos en la obra de Descartes:

- El método cartesiano como vía de acceso a la verdad es comparable al “amor platónico” y a la dialéctica, a ese camino-escalera hacia el mundo ideal, el único verdadero.

- La verdad única, incuestionable, eterna y accesible a la razón humana se parece mucho a la Idea del Bien platónica.

-La desconfianza en los sentidos como fuente conocimiento está ya en Platón con igual fuerza.

-La consideración de la matemática como paradigma de la ciencia casa muy bien con el ideal platónico y la leyenda que había a la puerta de la Academia: “Que nadie entra aquí que no sepa geometría”.

-La necesidad de Descartes de admitir las ideas innatas para justificar el mundo y la realidad está ya presente en Platón cuando admite la existencia de la verdad en el alma humana.

En definitiva, pues Platón y Descartes son los dos representantes mejores del racionalismo como teoría epistemológica. Confianza en la razón, autonomía, verdad única, desconfianza en los sentidos son sus señas de identidad.

ENSAYO: Dudar de todo al menos una vez en la vida.

“Respondió Jesús: Yo he venido a dar testimonio de la verdad.

Dícele Pilato: ¿Qué es verdad? (Jn. 18, 37).

“Sólo hay una filosofía errónea, es aquella que pretende ser la única”

(Ortega y Gasset).

Descartes es el pionero de la Modernidad porque restableció la confianza en la razón humana y en el sujeto como artífice de su propio conocimiento. Racionalidad y subjetividad serán a partir de entonces los valores en alza, pero Descartes es también el último platónico.

Con el mismo coraje que Platón, Descartes persigue la verdad. Está tan obsesionado con la búsqueda de la verdad única que derriba todo el edificio que sustenta a las verdades pequeñas.

Descartes y quizá también sus colegas racionalistas Spinoza y Leibniz, fueron los últimos filósofos que persiguieron la verdad única. La Historia de la Filosofía después de ellos abandonó este objetivo y hoy estamos más en la idea de que la verdad en términos absolutos no

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existe, sino que siempre algo es verdad con respecto a algo y de acuerdo con algo; lo cual no quiere decir que todas las verdades sean relativas (alguno hasta interpreta la Teoría de la Relatividad así).

Deberíamos hablar mejor quizá de campos de verdad cada uno de los cuales pretende coincidir con un aspecto de la realidad. La frase de Campoamor tan conocida: “Nada es verdad ni mentira, todo es del color del cristal con que se mira”, dice más o menos lo mismo. Un ejemplo: Yo puedo hacer varias afirmaciones con respecto a “El Fari”, y decir que es un cantante, que nació en el s. XX, que es bajito, bueno,culto,feo, que no se llama Fari,. Pues bien, no todos los campos de verdad son iguales. Hay afirmaciones que se pueden comprobar experimentalmente la verdad enunciada, en otros se puede constatar, otros dependen de lo que se entienda por feo, o por bueno, etc., etc.

Pero repetimos, el hecho de que los tipos de verdad no sean iguales no significa que la verdad sea una construcción caprichosa o infundada.

En resumen pues, Descartes es un ejemplo de alguien que oscila como un péndulo entre la duda absoluta, el vacío que provoca la incertidumbre, y la creencia en la Verdad Única.

Ninguna de las dos nos convence. Admitir la posibilidad de error nos hace vulnerables y nos desalienta, pero también nos vuelve más cuerdos y más prudentes admitiendo así que hay

“verdades portátiles” y no definitivas. En definitiva, no olvidemos que la filosofía no está tanto como para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Popper, un filósofo de la ciencia del s. XX, decía que “No disponemos de criterios de verdad y esta situación nos incita al pesimismo, pero poseemos en cambio, criterios que, con ayuda de la suerte, nos permiten reconocer el error”.

O en palabras de B. Russell: “Enseñar a vivir con la duda y aún así, no sentirse paralizado por ella, es seguramente la mejor enseñanza que la filosofía puede ofrecer hoy día a quien la estudia”.

Cfr. SAVATER, Fernando: El valor de elegir. Ariel, Barcelona, 2003.

RESUMEN (T.2 DESCARTES).

En este texto de Descartes, el autor nos muestra por dónde va avanzando en su proceso de búsqueda de la verdad. Descartes ha terminado encontrando una primera verdad: La existencia del yo como sujeto pensante, y trata ahora de extraer alguna certeza de ello analizando, según la regla de su método, todo lo que ese hallazgo contiene. Observa así, que el pensamiento se compone de ideas y una de esas ideas es la de un Ser Perfecto. Pero esta idea lleva incluida la existencia de ese ser, puesto que pertenece a su propia definición. O sea, el ser Perfecto no sólo puede ser pensado (como el triángulo), sino que también tiene que existir en la realidad, a diferencia del triángulo, si no, no sería perfecto.

Entiende por idea el contenido del pensamiento.

Entiende por Dios el Ser Perfecto.

Entiende por Evidencia la regla del método que obliga a admitir sólo lo absolutamente claro y distinto.

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LA REALIDAD SEGÚN DESCARTES.

Descartes en su análisis filosófico de lo que es la realidad comienza, como ya hemos dicho, dudando de todo; encuentra en la duda la primera verdad: el pensamiento.

De él son muy fructíferas las ideas: adventicias, facticias y las más importantes, las ideas innatas. Analizando en su pensamiento las ideas innatas encuentra algunas especialmente importantes, la de infinitud o la de perfección, y así es como Descartes concibe la existencia de Dios y es este quien le garantiza la verdad del mundo exterior distinto del sujeto que sólo piensa. Tenemos pues, que para Descartes existen tres grandes sustancias: El pensamiento, Dios y la extensión. Pensamiento y extensión, el yo y el mundo son dos realidades independientes y paralelas. La otra realidad es Dios y gracias a ella Descartes asegura la verdad de las otras dos. Dios es el puente entre el yo pensante y el mundo extenso. En un sentido metafísico, Dios es la primera sustancia que existe, y estrictamente hablando es la única que es independiente pues no necesita de otra para existir; sin embargo las otras dos han sido creadas por Dios. En un sentido epistemológico primero conocemos el pensamiento y después dentro de él a Dios. Este al ser un ser perfecto, no puede ser malo y no nos puede “hacer la puñeta” permitiendo que nos engañemos continuamente.

Cada sustancia tiene unos atributos o cualidades que la definen: Dios, la perfección; la sustancia pensante, el pensamiento; la sustancia extensa, la extensión.

DESCARTES VS. STO. TOMÁS.

Vamos a relacionarlos en su demostración de la existencia de Dios.

Para ambos Dios es el ser perfecto, eterno y creador de toda la realidad; sin embargo Descartes necesita más a Dios que Sto. Tomás. Este, que sigue el modelo metafísico de Aristóteles, no le necesita para demostrar que el mundo existe; más bien al contrario, el hecho de que el mundo exista y se comporte como lo hace es una prueba de que dios existe, según vimos en las famosas vías tomistas.

Sin embargo, en el sistema cartesiano, Dios es la piedra angular que sujeta el edificio filosófico. Si a Descartes le quitamos a Dios, nos quedamos encerrados en el yo pensante, nos quedamos con una única realidad. Descartes comienza así, sin querer un proceso que desembocará en el ateismo. En efecto, cuando la filosofía no necesite a Dios para Justificar sus principios o sus verdades lo barrerá de un plumazo. El Dios de Descartes es el dios de los filósofos. El de Sto. Tomás sólo es necesario para comprender los misterios de la fe, porque la Razón puede explicar por sí misma la existencia de la materia.

Hay además otra gran diferencia entre estos autores en cuanto a la demostración de Dios. Sto. Tomás utiliza una argumentación que se llama “a posteriori”, porque parte de la experiencia sensible, de los datos que nos proporciona los sentidos y aplicando los principios metafísicos concluye la existencia de Dios. Descartes demuestra “a priori”, o sea parte del pensamiento y de las cualidades que definen al mismo Dios para concluir que ese ser tiene que existir también en el orden ontológico o real.

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ENSAYO

: “Ateo gracias a dios”.

He aquí un texto del director de cine Luis Buñuel extraído de su libro de memorias Mi último suspiro. Es una reflexión sobre la existencia de Dios y sus implicaciones; podría servir como ejemplo para realizar un ensayo sobre la existencia de Dios y sus

implicaciones personales.

“… La consecuencia que de ello extraigo, para mi propio uso, es muy sencilla: creer y no creer son la misma cosa. Si se me demostrara ahora mismo la luminosa existencia de Dios, ello no cambiaría estrictamente nada en mi comportamiento. Yo no puedo creer que Dios me vigile sin cesar, que se ocupe de mi salud, de mis deseos, de mis errores. No puedo creer, y en cualquier caso no acepto, que pueda castigarme para toda la eternidad. ¿Qué soy yo para él? Nada, una sombra de barro. Mi paso es tan rápido que no deja ninguna huella. Soy un pobre mortal, no cuento ni en el espacio ni en el tiempo. Dios no se ocupa de nosotros. Si existe, es como si no existiese.

Razonamiento que antaño resumí en esta fórmula: «Soy ateo, gracias a Dios.» Fórmula que sólo en apariencia es contradictoria. Junto al azar, su hermano el misterio. El ateísmo —por lo menos el mío— conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable.

Todo nuestro Universo es misterio.

Puesto que me niego a hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me parece más misteriosa que el misterio, no me queda sino vivir en una cierta tiniebla. Lo acepto, Ninguna explicación, ni aun la más simple, vale para todos. Entre los dos misterios, yo he elegido el mío, pues, al menos, preserva mi libertad moral.

Se me dice: ¿Y la Ciencia? ¿No intenta, por otros caminos, reducir el misterio que nos rodea? Quizá. Pero la Ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas. Un personaje de La Vía Láctea decía: «Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.» No hay tal. En lo que a mí concierne, es incluso totalmente imposible. Yo he elegido mi lugar, está en el misterio. Sólo me queda respetarlo.

La manía de comprender y, por consiguiente, de empequeñecer, de mediocrizar —toda mi vida, me han atosigado con preguntas imbéciles: ¿Por qué esto? ¿Por qué

aquello?—, es una de las desdichadas de nuestra naturaleza. Si fuéramos capaces devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia.

BUÑUEL, Luís; Mi último suspiro, Plaza & Janés, Barcelona, 1982.

Referencias

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