Tabla de contenido
Prefacio ... 5
Capítulo I – “Sobre lo que es la Naturaleza y cómo deben ser los que la buscan” ... 8
Capítulo II – De la operación de la Naturaleza en nuestra proposición y semilla ... 11
Capítulo III – Sobre la verdadera y Primera Materia de los metales ... 13
Capítulo IV – De qué manera son engendrados los metales en las entrañas de la tierra ... 15
Capítulo V – Sobre la generación de toda clase de piedras ... 17
Capítulo VI – Sobre la Segunda Materia y la perfección de todas las cosas ... 19
Capítulo VII – Sobre la virtud de la Segunda Materia... 22
Capítulo VIII – Sobre el Arte, y cómo la Naturaleza opera por medio del Arte en la semilla .. 24
Capítulo IX – Sobre la comixtión de los metales o la forma de extraer la semilla metálica .... 25
Capítulo X – Sobre la generación sobrenatural del Hijo del Sol ... 27
Capítulo XI – Sobre la práctica y composición de la Piedra o Tintura física, según el Arte .... 29
Capítulo XII – Sobre la Piedra y su virtud ... 33
Epilogo, Sumario y Conclusión de los doce Tratados o capítulos precedentes ... 35
Enigma Filosófico del mismo Autor para los Hijos de la Verdad ... 39
Ahora sigue la Parábola o Enigma Filosófico añadido para poner fin a la obra ... 41
Diálogo del Mercurio, del Alquimista y de la Naturaleza ... 45
TRATADO DEL AZUFRE ... 58
Prefacio al lector ... 59
Capítulo I – Sobre el origen de los tres Principios ... 62
Capítulo II – Sobre el elemento de la Tierra ... 63
Capítulo III – Sobre el elemento Agua ... 64
Capítulo IV – Sobre el elemento Aire ... 69
Capítulo V – Sobre el elemento Fuego ... 71
Capítulo VI – Sobre los tres Principios de todas las cosas ... 78
Capítulo VII – Sobre el Azufre ... 87
TRATADO DE LA SAL ... 102
Al lector ... 103
Capítulo I – “Sobre la cualidad y condición de la Sal de la Naturaleza” ... 104
Capítulo II – “Dónde es necesario buscar nuestra Sal” ... 106
Capítulo III – “Sobre la Disolución” ... 110
Capítulo IV – “Cómo nuestra Sal está dividida en Cuatro Elementos” ... 113
Capítulo V – “Sobre la preparación de Diana más blanca que la nieve” ... 116
Capítulo VI – “Sobre el matrimonio del servidor rojo con la mujer blanca” ... 121
Capítulo VII – “Sobre los grados del fuego” ... 123
Capítulo VIII – “Sobre la virtud admirable de nuestra Piedra salada y acuosa” ... 125
Prefacio
A todos los inquisidores del Arte Químico verdaderos hijos de Hermes
SALUD
He considerado en mí mismo (amigo lector), cuantas falsas recetas de alquimistas, como ellos se llaman, y cuántos libros falsificados y perniciosos, en los que no se podría encontrar el menor rastro de la Verdad, han sido compuestos por el fraude y la avaricia de los impostores, y cuya lectura ha equivocado y equivoca aún todos los días a los verdaderos inquisidores de las artes y de los secretos más escondidos de la Naturaleza. Por eso he creído que no podía hacer nada más útil y provechoso, que comunicar a los verdaderos hijos y herederos de la Ciencia, el talento que ha querido confiarme el Padre de las Luces; a fin de dar a conocer a la posteridad, que Dios ha otorgado esta bendición singular y este tesoro filosófico a algunos personajes señalados, no solamente en los siglos pasados, sino también a algunos de nuestro tiempo.
Varias razones me han obligado a no publicar mi nombre, porque no busco ser alabado y estimado y no tengo otro deseo más que servir a los amantes de la Filosofía. Dejo libremente este vano deseo de gloria a aquellos que gustan más de parecer sabios, que de serios en efecto. Lo que escribo en pocas palabras, ha sido confirmado por la experiencia manual que ha realizado, con la gracia del Altísimo, a fin de exhortar a aquellos que se han planteado ya los primeros y reales fundamentos de esta loable ciencia, a no abandonar el ejercicio y la práctica de las cosas bellas, y salvaguardarlos por este medio, de la malvada y fraudulenta tropa de charlatanes y vendedores de humo, a los cuales nada parece tan dulce como engañar. Esto no son sueños (como dice el vulgo ignorante), no son vanas ficciones de algunos hombres ociosos, como quieren los locos e insensatos que se burlan de este Arte. Es la pura verdad filosófica, de la que soy apasionado seguidor, la que quiero descubriros, y que no he podido ni debido pasar en silencio, porque ello sería rehusar el apoyo y el socorro que se debe a la verdadera Ciencia Química indignamente despreciada; y que por esta razón teme extremadamente aparecer en público en este siglo desgraciado y perverso, en el que el vicio marcha parejo con la virtud, a causa de la ingratitud y perfidia de los hombres y de las maldiciones que han vomitado sin cesar contra los Filósofos. Podría citar varios autores renombrados como testigos incontestables de la certeza de esta Ciencia. Pero las cosas que vemos sensiblemente y de las cuales estamos convencidos por nuestra propia experiencia, no tienen necesidad de otras pruebas. No hace mucho tiempo, y hablo como sabio, que varias personas de alta y baja condición, han visto a esta Diana completamente desnuda.
Aunque se encuentran algunas personas que por envidia o por malicia o por el miedo que tienen de que sus imposturas sean descubiertas, gritan incesantemente que, por cierto artificio, que cubren bajo una vana ostentación de palabras fastuosas y ampulosas, se puede extraer el alma del oro y dársela a otro cuerpo; lo cual emprenden temerariamente y no sin gran pérdida de tiempo, de trabajo y de dinero.
Que los hijos de Hermes sepan y tengan por seguro, que esta extracción de alma (por hablar en sus mismos términos), ya sea del oro, ya sea de la Luna, por cualquier vía sofistica vulgar que se haga, no es más que una pura fantasía y una vana persuasión. Esto no querrán creerlo muchos, pero estarán obligados a confesarlo para su desgracia, cuando hagan la experiencia, única maestra de la Verdad. Por el contrario, puedo asegurar con razón que aquel que pueda por vía filosófica, sin fraude y sin disfraz, teñir realmente el menor metal del mundo, sea con beneficio, o sin beneficio, en el color del Sol o de la Luna, permaneciendo y resistiendo a toda clase de exámenes requeridos y necesarios, tendrá abiertas todas las puertas de la Naturaleza para buscar otros secretos más altos y más excelentes, e incluso adquirirlos con la gracia y la bendición de Dios. Por otra parte ofrezco a los hijos de la Ciencia los presentes tratados, que no he escrito más que sobre mi propia experiencia, a fin de que poniendo el estudiante su aplicación y toda la fuerza de su espíritu en la búsqueda de las operaciones escondidas de la naturaleza, puedan de esta manera descubrir y conocer la verdad de las cosas y de la Naturaleza misma, en cuyo Único conocimiento consiste toda la perfección de este santo arte filosófico, Con tal de que se preceda por el camino real que la Naturaleza os ha prescrito en todas sus acciones y operaciones. Por ello quiero advertir aquí al lector, que no juzgue mis escritos según la corteza y el sentido exterior de las palabras, sino más bien por la fuerza de la Naturaleza, en el temor de que después no lamente su tiempo, su trabajo y sus bienes vanamente dispensados. Que considere que esto es la Ciencia de los Sabios y no la de los locos e ignorantes; y que la intención de los Sabios es muy distinta de la que pueden comprender todos esos Thrasons gloriosos, todos esos letrados burlones, todos esos hombres viciosos y perversos, que al no poder crearse una reputación por sus propias virtudes, tratan de volverse ilustres por sus crímenes y por sus calumnias e imposturas contra las gentes de honor. Huid de todos esos vagabundos e ignorantes sopladores, que ya han equivocado casi a todo el mundo con sus blanqueamientos y rubificaciones, no sin gran difamación e ignominia de esta noble Ciencia. Las personas de esta calaña no serán admitidos jamás en los más secretos misterios de este santo Arte: porque es un don de Dios al que no se puede llegar más que por la gracia exclusiva del Altísimo, que no deja de iluminar el espíritu de aquel que la pide con humildad constante y religiosa, o de comunicársela por una demostración ocular de un maestro fiel y experto. Por ello Dios rehúsa con todo el derecho de la revelación de estos secretos, a aquellos que encuentra indignos y que están alejados de su gracia.
Por añadidura, ruego incesantemente a los hijos del Arte, que se aprovechen del celo que tengo de servirlos; y que cuando hayan hecho que lo que está oculto se vuelva manifiesto, y
que siguiendo la voluntad de Dios, hayan alcanzado por su trabajo constante y asiduo el puesto deseado de los Filósofos, excluyan del conocimiento de este Arte (al ejemplo de los Sabios) a todos aquellos que son indignos de é. Que se acuerden de la caridad que deben a su prójimo pobre e incomodado, y que vivan en el temor de Dios. Que lo hagan sin ninguna vana ostentación y que en reconocimiento de este don especial, del cual no abusarán, canten sin cesar particularmente y en el interior de su corazón, alabanzas al Dios Todopoderoso, buenísimo y muy grande.
Capítulo I – “Sobre lo que es la Naturaleza y
cómo deben ser los que la buscan”
Muchos sabios y doctísimos han escrito, hace varios siglos e incluso antes del Diluvio (según el testimonio de Hermes), muchos preceptos respecto a la manera de obtener la Piedra de los Filósofos, y nos han dejado tantos escritos, que si la Naturaleza no operase todos los días ante nuestros ojos efectos tan sorprendentes que no podemos negar en absoluto, creo que no habría nadie que estimase que existe verdaderamente una Naturaleza; puesto que en tiempos pasados no hubo jamás tantos inventores de cosas ni tantos inventos como se ven hoy día. Igualmente, nuestros predecesores, sin entretenerse en estas vanas búsquedas, no consideraban otra cosa más que la Naturaleza y su posibilidad: es decir, lo que era posible hacer. Y aunque hayan permanecido únicamente en esta vía simple de la Naturaleza, no obstante han encontrado tantas cosas que apenas podríamos imaginarlas con todas nuestras sutilidades y toda esta multitud de inventos. Todo ello a causa de que la Naturaleza y la generación ordinaria de las cosas que crecen sobre la Tierra, nos parecen demasiado simples y de demasiado poco efecto para aplicar a ello nuestro espíritu, que no se ejercita sin embargo más que en imaginar cosas sutiles, que lejos de ser conocidas, apenas se pueden hacer, o al menos muy difícilmente. Por ello no es necesario sorprenderse si sucediera que inventásemos más fácilmente diversas sutilidades vanas y de tal género, que en verdad los verdaderos Filósofos no hubiesen podido casi ni imaginar, en lugar de comprender su intención y el verdadero curso de la Naturaleza. ¡Pero en fin!, tal es el humor natural de los hombres de este siglo, tal es su inclinación a abandonar lo que saben y buscar siempre alguna cosa nueva, y sobre todo los espíritus de los hombres a los cuales la Naturaleza está sujeta.
Veréis, por ejemplo, que un artesano que haya alcanzado la perfección de su arte, buscará otras cosas, o abusará de ello, o incluso lo dejará todo completamente. En cambio la generosa Naturaleza obra siempre sin parar hasta su Ilíada, es decir, hasta su último término, y después cesa; porque desde el comienzo le ha sido acordado que podría mejorarse en su curso, y que llegaría al final a un reposo sólido y completo, el cual tiende con todo su poder, alegrándose en su fin como las hormigas se alegran en su vejez, que les da alas en sus últimos días. Igualmente han llegado tan adelante nuestros espíritus, principalmente en el arte filosófico y en la práctica de la Piedra, que hemos llegado casi hasta la lijada, es decir hasta el último fin. Porque los filósofos de este tiempo han encontrado tantas sutilidades, que es casi imposible encontrarlas mayores. Difieren tanto del Arte de los antiguos filósofos, como la relojería es distinta de la simple cerrajería. En efecto, aunque el cerrajero y el relojero manejan ambos el hierro y los dos sean maestros en su arte, el uno ignora, no obstante, el artificio del otro.
En cuanto a mí, estoy seguro que si Hermes, Geber y Lulio, Filósofos todo lo sutiles y profundos que podían ser, volviesen ahora al mundo, a duras penas serían tenidos hoy día por filósofos, sino más bien por aprendices; tan grande es nuestra presunción. Sin duda que estos buenos y doctos personajes ignoraban también tantas destilaciones inútiles que se usan en la actualidad, tantas circulaciones, tantas calcinaciones y tantas operaciones vanas como han inventado los modernos; a los cuales, no habiendo entendido bien el sentido de los escritos de los antiguos, les queda todavía por buscar durante mucho tiempo una sola cosa: es decir, la Piedra de los Filósofos o la tintura física que los antiguos han sabido hacer. En fin, nos sucede por el contrario, que buscándola donde no se encuentra, encontramos otra cosa; pero si no fuese tal el instinto natural del nombre y si la Naturaleza no usara de su derecho en esto, apenas nos extraviaríamos ahora.
Volviendo a nuestro propósito, he prometido en este primer tratado explicar la Naturaleza, a fin de que nuestras vanas imaginaciones no nos desvíen de la verdadera y simple vía. Así pues, os digo que la Naturaleza es una, verdadera, simple, completa en su ser, y que Dios la ha hecho antes de todos los siglos y le ha incluido un cierto Espíritu Universal. No obstante es necesario saber que el término de la Naturaleza, así como su principio, es Dios; porque toda cosa acaba siempre en lo que ha tomado su ser y u principio. He dicho que es única y que por medio de ella. Dios ha hecho todo lo que ha creado, y no quiero decir que no pueda hacer nada sin ella (pues la ha creado y es todopoderoso), sino que lo ha querido así, y así ha sido. Todas las cosas provienen de esta sola y única Naturaleza y no hay nada en todo el mundo fuera de la Naturaleza. Si a veces vemos aparecer abortos, la falta es del lugar o del artesano y O de la Naturaleza. Ahora bien, esta Naturaleza está dividida principalmente en cuatro regiones o lugares, donde hace cuanto se ve y cuanto permanece escondido, porque sin duda, todas las cosas están más bien escondidas y en la sombra, que a la luz. Ella sustituye al macho y a la hembra; es comparada al Mercurio, porque se une a los diversos lugares y según los lugares de la tierra, buenos o malos, produce cada cosa, aunque en realidad no hay lugares malos en la tierra, como podría parecer. Existen cuatro cualidades elementales en todas las cosas, las cuales no están jamás de acuerdo, porque una siempre excede a las otras.
Es pues remarcable que la Naturaleza no es visible aunque obre sin cesar; porque no es más que un espíritu volátil, que cumple su misión en los cuerpos y que tiene su asiento y su lugar en la Voluntad divina. En este lugar, no nos sirve de nada, a menos que sepamos conocer los lugares que le corresponde y principalmente los que le son más próximos y convenientes; a fin de que sepamos unir las cosas según la Naturaleza, por miedo a unir la madera al hombre, o el buey o cualquier otra bestia con el metal; ya que es todo lo contrario y un semejante debe obrar sobre su semejante, con lo cual la Naturaleza no es otro más que la Voluntad de Dios, como ya hemos dicho anteriormente.
Los escrutadores de la Naturaleza deben ser como la Naturaleza misma: es decir verdaderos, simples, pacientes, constantes, etc., pero lo que es más importante: piadosos temiendo a Dios y no dañando de ninguna manera a su prójimo. Después que consideren exactamente silo que se proponen está de acuerdo con la Naturaleza, si es posible y realizable, aprendiéndolo como ejemplos aparentes y sensibles, a saber: con qué se hacen todas las cosas, cómo y con qué recipiente. Porque si quieres hacer simplemente alguna cosa lo mismo que la hace la Naturaleza; síguela. Pero si quieres hacer algo más excelente de lo que la Naturaleza hace, mira en qué y por qué ella se mejora, y encontrarás que es siempre con su semejante. Si quieres, por ejemplo, aumentar la virtud intrínseca de un metal más allá que la Naturaleza (lo que es nuestra intención), te será necesario tomar la Naturaleza metálica, y ello incluso en el macho y en la hembra, puesto que de otra manera no harás nada. Porque si piensas hacer un metal de una hierba, trabajarás en vano, al igual que del perro o de cualquier otra bestia no sabrás producir un árbol.
Capítulo II – De la operación de la Naturaleza
en nuestra proposición y semilla
Ya he dicho antes que la Naturaleza es única, verdadera y aparente por todas partes, continua, que se reconoce por las cosas que produce, como bosques, hierbas, etc. Os he dicho también que el escrutador de ella debe ser igual, es decir, verdadero, simple, paciente, constante y que no aplique su espíritu más que a una cosa solamente. Es necesario hablar ahora de la acción de la Naturaleza.
Os daréis cuenta de que todo, así como la Naturaleza, está en la voluntad de Dios y que Dios lo ha creado y puesto en toda imaginación; de la misma manera la Naturaleza se ha hecho una semilla en los elementos, procedente de su voluntad. Ciertamente es única, y sin embargo produce cosas diversas; pero no obstante no crea nada sin esperma. Porque la Naturaleza hace todo lo que quiere la esperma y no es más que como el instrumento de algún artesano. Así pues, el esperma de cada cosa es mejor y más útil al artista que la Naturaleza misma. Porque con la Naturaleza sola, y sin esperma, no haréis más de lo que un orfebre podría hacer sin fuego, sin oro o sin plata, o el labrador sin el grano. Tomad pues esta semilla o esperma y la Naturaleza estará presta para cumplir con su misión, sea para bien o sea para mal. Ella obra sobre la esperma como Dios sobre el libre albedrío del hombre. Y es una gran maravilla ver como la Naturaleza obedece a la semilla, pero no siendo forzada a ello, sino por su propia voluntad. Igualmente Dios concede al hombre todo lo que quiere, no porque esté forzado a ello, sino por su buena y libre voluntad. Por ello ha dado al hombre libre albedrío, sea para bien, sea para mal. Así pues, la esperma es el Elixir o la quintaesencia de cada cosa, o también la más perfecta y acabada decocción y digestión de cada cosa, o el bálsamo de Azufre, que es la misma cosa que la humedad radical en los metales.
Aquí podríamos hacer en verdad, un enorme y amplio discurso sobre esta esperma, pero no queremos dirigirnos hacia otra cosa, más que a lo que nos hemos propuesto en este arte, los cuatro Elementos engendran el esperma por la voluntad de Dios y por la imaginación de la Naturaleza: porque igual que la esperma del hombre tiene su centro o receptáculo conveniente en los riñones, de la misma manera los cuatro elementos, por medio de un movimiento infatigable y perpetuo (cada uno según su cualidad), arrojan su esperma al centro de la tierra, donde es digerida, y empujada hacia afuera por medio del movimiento. En cuanto al centro de la tierra, es un cierto lugar vacío donde nada puede reposar. Los cuatro elementos arrojan sus cualidades excéntricamente (si se puede hablar así) o al margen y circunferencia del centro, igual que el hombre arroja su semilla en la matriz de la mujer, en la cual no permanece nada de
ella, sino que después que esta matriz ha tomado la porción debida, arroja el resto fuera. Lo mismo le sucede al centro de la tierra, cuya fuerza magnética o de imán de algún lugar atrae hacia sí lo que le es propio, para engendrar alguna cosa, y el resto lo empuja fuera para hacer piedras y otros excrementos. Porque todas las cosas toman su origen de esta fuente y no nace nada en el mundo más que por el riego de sus arroyos. Por ejemplo, póngase sobre una mesa bien unida un vaso lleno de agua, que esté situado en medio de dicha mesa, sitúense alrededor varias cosas y diversos colores, y entre otras, que haya sal, y que cada cosa esté puesta separadamente. Después viértase el agua en medio; la veréis correr de acá para allá y también veréis que al encontrar este arroyito el color rojo se volverá rojo parejamente, y que aquel, pasando por la sal, se volverá salado y así los otros: porque ciertamente el agua no cambia los lugares, sino que la diversidad de lugares cambia el agua. De la misma manera la semilla arrojada al centro de la Tierra por los cuatro elementos, pasa por diversos lugares; de forma que cada cosa nace según la diversidad de los lugares: si llega a un sitio donde encuentra tierra y agua puras, se hace una cosa pura. La semilla y la esperma de todas las cosas es única, y sin embargo engendra cosas diversas, como se ve por el ejemplo siguiente. La semilla humana es noble, creada solamente para la generación del hombre; sin embargo, si éste abusa de ella (lo que depende de su libre albedrío), hace un aborto o un monstruo. Porque si, contra las prohibiciones que Dios ha hecho al hombre, éste se acopla con una vaca o cualquier otra bestia, este animal concebiría fácilmente de la semilla del hombre, porque la Naturaleza no es más que una; pero entonces no nacería un hombre, sino una bestia o un monstruo, a causa de que la semilla no encuentra el lugar que le es conveniente. Así, por esta inhumana y detestable commixtura o mezcla de hombres con bestias, nacerían diversas clases de animales semejantes a los hombres. Porque sucede infaliblemente que si el esperma entra en el centro, nace lo que debe nacer, pero en cuanto ha llegado a un cierto lugar que lo concibe, entonces ya no cambia más de forma. Sin embargo, mientras que la esperma está en el centro, se puede crear de ella lo mismo un árbol que un metal, una hierba o una piedra, y en fin una cosa más pura que otra según la pureza de los lugares. Pero ahora es necesario que digamos de qué manera engendran los elementos esta semilla.
Es necesario remarcar bien que hay cuatro elementos, dos de los cuales son graves o pesados y otros dos ligeros, dos secos y dos húmedos, sin embargo uno extremadamente seco y otro extremadamente húmedo, y además por otra parte son masculinos y femeninos. Ahora bien, cada uno de ellos está muy presto para producir cosas semejantes a sí mismo en su esfera: porque así lo ha querido el Altísimo. Estos cuatro no reposan jamás; obran continuamente uno en el otro y cada uno impele de sí mismo y por sí mismo lo que tiene de más sutil: todos tienen su cita general en el centro, y en éste está el Arqueo servidor de la Naturaleza, que mezcla estas espermas y las arroja fuera. Pero podréis ver más ampliamente cómo se hace ello en la conclusión de estos doce tratados o capítulos.
Capítulo III – Sobre la verdadera y Primera
Materia de los metales
La primera materia de los metales es doble, pero sin embargo una sin la otra no puede crear un metal. La primera y principal es una humedad del aire mezclada con calor; que ha sido llamada Mercurio por los Filósofos y está gobernada por los rayos del Sol y la Luna, en nuestra mar filosófica. La segunda es el calor de la tierra, es decir, un calor seco al que llaman Azufre. Pero debido a que todos los Filósofos verdaderos lo han escondido cuanto han podido, nosotros por el contrario lo explicaremos lo más claramente que nos sea posible, y principalmente el peso, puesto que si es ignorado, todas las cosas se destruyen. De allí proviene que muchos, de una cosa buena, no produzcan más que abortos. Porque algunos toman todo el cuerpo por su material, es decir, por su semilla o esperma. Otros no toman más que un trozo y todos se desvían del recto camino. Si alguno, por ejemplo, fuese bastante idiota para tomar el pie de un hombre y la mano de una mujer, y presumiese poder hacer un hombre de esta mezcla, no habría nadie, por ignorante que fuese, que no juzgase muy bien que esto es imposible; puesto que en cada cuerpo hay un centro y un cierto lugar donde el esperma reposa y es siempre como un punto, es decir, que es aproximadamente como la ocho mil doscientava parte del cuerpo, por pequeño que sea éste, incluso en un grano de trigo: lo cual no puede ser de otra forma.
También es una locura creer que todo el grano o todo el cuerpo se conviertan en semilla; no hay más que una pequeña chispa o partícula necesaria, la cual está preservada por su cuerpo de todo exceso de calor, frío, etc. Si tienes orejas y entendimiento, ponte en guardia con lo que te digo, y estarás resguardado contra aquellos que no solamente ignoran el verdadero lugar de la semilla, que quieren tomar todo el cuerpo en lugar de ella, y que intentan inútilmente reducir todo el grano en semilla, sino también contra aquellos que se entretienen en una disolución vana de los metales, esforzándose por disolverlos enteramente, a fin de crear un nuevo metal de su conmixtión mutua. Pero si estas gentes considerasen el proceder de la Naturaleza, verían claramente que la cosa es muy distinta; porque no existe ningún metal por puro que sea, que no tenga sus impurezas, aunque sin embargo, unos más o menos que otros.
Tú, amigo lector, ponte en guardia sobre todo respecto al punto de la Naturaleza, y eso es suficiente. Pero ten siempre esta máxima por segura; es necesario no buscar este punto en los metales del vulgo, porque no está en ellos, ya que estos metales, principalmente el oro vulgar, están muertos, mientras que por el contrario los nuestros están vivos y tienen espíritu; y ellos son los que son necesarios tomar. Porque debes saber que la vida de los metales no es otra
cosa más que el fuego, cuando están todavía en su mina, y que la muerte de los metales es también el fuego; es decir, el fuego de fusión. Ahora bien, la primera materia de los metales es una cierta humedad mezclada con un aire caliente, en forma de un agua grasa adherente a cada cosa por muy pura o impura que sea, y por lo tanto más abundante en unos lugares que en otros; lo cual se debe a que la tierra es en algunos lugares más abierta y porosa y tiene mayor fuerza atractiva que en otros. Ella se origina a veces y aparece a la luz del día por sí misma, aunque cubierta de algún vestido y principalmente en los lugares en los que no encuentra nada a qué unirse. Se conoce así, porque toda cosa está compuesta de tres principios; pero en la materia de los metales es única y sin conjunción, excepto su vestido o su sombra; es decir, su Azufre.
Capítulo IV – De qué manera son engendrados
los metales en las entrañas de la tierra
Los metales son producidos de esta manera. Después de que los cuatro elementos han impedido sus virtudes y su fuerza en el centro de la tierra, el Arqueo de la Naturaleza, destilando, los sublima a la superficie por el calor de un movimiento perpetuo; porque la tierra es porosa, y el viento, destilando por los poros de la tierra, se resuelve en agua, de la cual nacen todas las cosas. Que los hijos de la Ciencia sepan pues, que el esperma de los metales no es diferente del esperma de todas las cosas que existen en el mundo; el cual no es más que un vapor húmedo. Por ello los Alquimistas buscan en vano la reducción de los metales en su primer material, que no es otra cosa que un vapor. También los filósofos no se han referido a esta primera materia, sino solamente a la segunda, como discute muy bien Bernardo Trevisano, aunque en verdad lo haga un poco oscuramente, porque habla de los cuatro elementos: sin embargo ha querido decir esto, aunque pretendiendo hablar solamente a los hijos de la doctrina. En cuanto a mí, a fin de descubrir más abiertamente la teoría, he querido advertir aquí a todo el mundo que se dejen de tantas circulaciones, tantas calcinaciones y reiteraciones, puesto que es vano que se busque esto en una cosa dura, ya que en sí mismo es algo completamente blando. Por ello no busquéis más esta primera materia, sino solamente la segunda, la cual es tal tan pronto como es concebida y ya no puede cambiar de forma. Si alguien pregunta cómo puede reducirse el metal en esta segunda materia, respondo que sigo en esto la intención de los filósofos, pero que insisto allí más que los otros a fin de que los hijos de la Ciencia tomen el sentido de los autores y no las sílabas, y que allí donde la Naturaleza acaba, principalmente en los metálicos, que parecen cuerpos perfectos a nuestros ojos, allí es necesario que comience el Arte.
Pero para volver a nuestra intención (porque no entendemos hablar aquí solamente de la Piedra), tratemos de la materia de los metales. He dicho un poco antes que todas las cosas son producidas de un aire líquido, es decir, de un vapor que los elementos destilan en las entrañas de la tierra mediante un movimiento continuo; y tan pronto como el Arqueo lo ha recibido, lo sublima por los poros y lo distribuye mediante su sabiduría a cada lugar (como hemos ya dicho arriba). Y así, por la variedad de los lugares, las cosas provienen y nacen diversas. Hay quienes estiman que Saturno tiene una semilla particular, que en el oro hay otra, y así cada metal; pero esta opinión es vana, porque no hay más que una única semilla tanto en Saturno como en el oro, en la plata y el hierro. Pero el lugar de su nacimiento ha sido causa de su diferencia (si me entiendes como es preciso), aunque la Naturaleza haya acabado mucho antes su obra en la procreación de la plata que en la del oro, y así en los otros. Porque cuando
este vapor que hemos dicho es sublimado por el centro de la tierra, es necesario que pase por los lugares fríos o cálidos. Si pasa por lugares calientes y puros en los que se adhiere a las paredes una cierta grasa de Azufre, entonces este vapor, que los filósofos han llamado su Mercurio, se acomoda y se une con dicha grasa, a la cual sublima consigo; y de esta mezcla se hace una cierta untuosidad, que dejando el nombre de vapor toma el nombre de grasa. Yendo después a sublimarse a otros lugares que han sido limpiados por el vapor precedente y donde la tierra es sutil, pura y húmeda, llena los poros de dicha tierra y se une a ella; y así, se hace el oro. Si esta untuosidad o grasa llega a lugares impuros y fríos, allí se engendra Saturno, y si la tierra es pura, pero mezclada con Azufre, entonces se engendra Venus. Porque cuanto más puros y limpio es el lugar, más puros son los metales que procrea.
También es necesario recalcar que este vapor sale continuamente desde el centro a la superficie, y que yendo de esta manera purga los lugares. Por ello sucede que hoy se encuentran minas allá donde hace mil años no existían. Porque este vapor, por su progreso continuo, sutiliza siempre lo crudo y lo impuro, extrayendo también sucesivamente lo puro consigo. Y he aquí cómo se hace la reiteración o circulación de la Naturaleza, la cual se sublima, produciendo cosas nuevas, tantas veces como es necesario hasta que el lugar esté enteramente depurado; puesto que cuanto más limpio está, más produce cosas ricas y bellísimas. Pero en invierno, cuando el frío del aire viene a estrechar la tierra, este vapor untoso acaba también por congelarse, y después al retorno de la primavera se mezcla con la tierra y el agua; y de ahí se hace la Magnesia, atrayendo hacia sí un Mercurio semejante del aire, que da vida a todas las cosas por los rayos del Sol, de la Luna y de las estrellas: y así se producen las hierbas, las flores y otras cosas parecidas, porque la Naturaleza jamás permanece ociosa un momento.
En cuanto a los metales se engendran de la siguiente manera. La tierra es purgada por una larga destilación; y después, a la llegada de este vapor untuoso o grasa, son procreados, y no se engendran de ninguna otra manera, como vanamente estiman algunos, interpretando mal a este propósito los escritos de los filósofos.
Capítulo V – Sobre la generación de toda clase
de piedras
La materia de las piedras es la misma que la de las otras cosas, y según la pureza de los lugares, nacen de esta manera. Cuando los cuatro elementos destilan su vapor al centro de la tierra, el Arqueo de la Naturaleza lo empuja y sublima, de forma que, pasando por los lugares y los poros de la tierra, extrae consigo todas las impurezas de la tierra hasta la superficie, y estando allí son congeladas por el aire, porque todo lo que engendra el aire puro, es también congelado por el aire crudo; porque el aire puede ingresar en el aire y se unen el uno al otro, porque la Naturaleza goza con la Naturaleza. Así se hacen las piedras y las rocas pétreas, según la grandeza o pequeñez de los poros de la tierra; los cuales, cuanto más grandes son, hacen que el lugar sea mejor purgado, ya que por este respiradero pasan un calor mayor y una cantidad más grande de agua, con lo que la depuración de la tierra es hecha antes, y por este medio nacen los metales más cómodamente en estos lugares. Ello es atestiguado por la experiencia que nos enseña que no se debe buscar oro más que en las montañas, ya que raramente se encuentra en los campos, que ordinariamente son lugares húmedos y pantanosos, no a causa del vapor que he dicho, sino debido al agua elementaria, la cual atrae hacia sí el citado vapor, de tal manera que no se pueden separar, aunque el Sol, viniendo a digerirla, la convierte en arcilla, de la cual hacen uso los alfareros. Sin embargo, en los lugares donde hay una arena gruesa y en los que este vapor no está unido con la grasa o el Azufre, como sucede en los prados, crea hierbas y heno.
Existen aún otras piedras preciosas, como el diamante, el rubí, la esmeralda, el crisópalo, el ónice y el carbunco, que son todas engendradas de la siguiente manera. Cuando este vapor de la Naturaleza se sublima por sí mismo, sin este Azufre o untuosidad que hemos dicho, y encuentra un lugar de agua pura de sal, entonces se hacen los diamantes; y esto en los lugares más fríos a los que no puede llegar esta grasa, pues en caso contrario impediría este efecto. Porque se sabe bien que el espíritu del agua se sublima fácilmente y con poco calor, pero no el aceite o la grasa, que no puede elevarse más que a fuerza de mucho calor y ello en lugares cálidos: porque en tanto que procede del centro, apenas necesita frío para congelarla y pararla. Pero el: vapor sube a los lugares propios y se congela en piedras en forma de pequeños granos en el agua pura.
Pero para explicar cómo se hacen los colores en las piedras preciosas, es necesario saber que ello sucede mediante el Azufre de la siguiente manera. Si la grasa del Azufre es congelada por este movimiento perpetuo, el espíritu del agua lo digiere después al pasar y lo purifica por la
virtud de la sal, hasta que se haya coloreado de un color digerido, rojo o blanco; el cual, tendiendo a su perfección, se eleva con este espíritu, porque es sutilizado con tantas destilaciones reiteradas. Después el espíritu tiene poder para penetrar en las cosas imperfectas; y así introduce el color, que se une luego a esta agua congelada en parte, llenando así sus poros y fijándose con ella en una fijación inseparable. Porque toda agua se congela por el calor, si no tiene espíritu; y si está unida al espíritu, se congela por el frío. Pero aquel que sabe congelar el agua mediante el calor y unir el espíritu con ella, ha encontrado ciertamente una cosa mil veces más preciosa que el oro y que cualquier otra cosa que exista en el mundo. Obrad pues, de forma que el espíritu se separe del agua, a fin de que se pudra y que aparezca el grano. Después de haber arrojado las heces, reducid el espíritu en agua y hacedlos unir juntos, porque esta conjunción engendrará un ramal diferente en forma y excelencia a sus padres.
Capítulo VI – Sobre la Segunda Materia y la
perfección de todas las cosas
Hemos tratado antes de la primera materia de todas las cosas y cómo nacen de la Naturaleza sin semilla, es decir, cómo recibe la Naturaleza la materia de los elementos, de la cual engendra la semilla. Ahora hablaremos de la semilla y de las cosas que se engendran con semilla. Así pues, toda cosa que tenga semilla es multiplicada por ésta, pero sin duda ello no se hace sin la ayuda de la Naturaleza. Porque la semilla en un cuerpo no es más que un aire congelado o un vapor húmedo, el cual, si no es resuelto por un vapor cálido, es inútil por completo.
Así pues, que aquellos que buscan el Arte sepan lo que es esta semilla, a fin de que no busquen una cosa que no existe. Que sepan, digo, que la semilla es triple y que está engendrada por los cuatro elementos. La primera especie de semilla es la mineral, de la cual se trata aquí. La segunda la vegetal y la tercera la animal. La semilla mineral solamente es conocida por los verdaderos Filósofos, la semilla vegetal es común y vulgar, según la vemos en los frutos y la animal se conoce por la imaginación. La vegetal nos muestra ante los ojos cómo ha creado la Naturaleza cuatro elementos; porque es necesario saber que el invierno es causa de putrefacción porque congela los espíritus vitales en los árboles; y cuando estos son resueltos por el calor del Sol (en la cual hay una fuerza magnética o de imantación que atrae a sí toda humedad), entonces el calor de la Naturaleza excitado por el movimiento, impele a la circunferencia a un vapor de agua sutil que abre los poros del árbol y hace destilar gotas por él, separando siempre lo puro de lo impuro. Sin embargo, algunas veces lo impuro precede a lo puro; lo puro se congela en flores y lo impuro en hojas, lo grueso y espeso en corteza, que permanece fija. Pero las hojas caen o por el frío o por el calor, cuando son obstruidos los poros del árbol. Las flores se congelan en un color proporcionado al frío o al calor y aportan fruto o semilla. Igualmente el árbol no nace de la manzana, en la cual está el esperma, sino que en este esperma está interiormente la semilla o el grano del cual nace el árbol, incluso sin esperma; porque la multiplicación no se hace por medio del esperma, sino de la semilla. Así vemos claramente que la Naturaleza crea la semilla de los cuatro elementos, en el temor de que no nos hubiésemos ocupado inútilmente en esto; porque lo que ya está creado no necesita creador. Será suficiente en este lugar haber advertido al lector mediante este ejemplo. Volvamos ahora a nuestro propósito mineral.
Es necesario saber que la Naturaleza crea la semilla mineral o metálica en las entrañas de la tierra; en consecuencia no se cree que exista tal semilla en la Naturaleza, a causa de que es
invisible. Pero no es extraordinario que los ignorantes duden de ello, puesto que ni siquiera pueden comprender lo que está delante de sus ojos, y a duras penas concebirían lo que está escondido e invisible. Y por lo tanto es una cosa muy cierta que lo que está arriba es como lo que está abajo, y por el contrario, lo que nace arriba, nace de la misma fuente de lo que está debajo, en las entrañas de la tierra. Y yo os pregunto, ¿qué prerrogativa tendrían los vegetales sobre los metales, para que Dios hubiese dado semilla a aquellos y excluido de ella a estos? Tengamos pues por seguro que nada crece sin semilla; porque allí donde no existe semilla, la cosa está muerta. Así es pues necesario que los cuatro elementos creen la semilla de los metales, o que los produzcan sin semilla; si son producidos sin semilla, no pueden ser perfectos, porque toda cosa sin semilla es imperfecta, respecto al compuesto. Quien no presta fe a esta verdad indudable no es digno de buscar los secretos de la Naturaleza, porque en el mundo no nace nada sin semilla. Los metales tienen en sí real y verdaderamente su semilla; pero su generación no se hace así. Los cuatro elementos, en la primera operación de la Naturaleza, destilan, por el artificio del Arqueo en el centro de la tierra, un vapor de agua ponderosa, que es la semilla de los metales y se llama Mercurio, no a causa de su esencia, sino de su fluidez y fácil adherencia a cada cosa. Es comparado al Azufre a causa de su calor interno; y después de la congelación es el húmedo radical. Y aunque el cuerpo de los metales sea procreado a partir del Mercurio (lo que debe entenderse del Mercurio de los Filósofos), sin embargo no es necesario escuchar a aquellos que estiman que el Mercurio vulgar sea la semilla de los metales, y así, toman el cuerpo en lugar de la semilla, no considerando que el Mercurio vulgar también tiene en sí su semilla como los otros. El error de toda aquella gente estará manifiesto mediante el siguiente ejemplo.
Es cierto que los hombres tienen su semilla, por medio de la cual se multiplican. El cuerpo del hombre es el mercurio, la semilla está escondida en este cuerpo; respecto al cual su peso es muy pequeño. Así pues, quien quiere engendrar este hombre metálico no debe tomar el Mercurio, que es un cuerpo, Sino la semilla, que es vapor de agua congelada. Así los operadores vulgares proceden mal en la regeneración de los metales; disuelven los cuerpos metálicos, sea mercurio, sea oro, sea plata, sea plomo y los corroen con las aguas fuertes y otras cosas heterogéneas y extrañas, no requeridas por la verdadera Ciencia. Después unen estas disoluciones, ignorando o no dándose cuenta que de las piezas y los trozos de un cuerpo no puede ser engendrado un hombre; porque por este medio han precedido la corrupción del cuerpo y la destrucción de la semilla. Cada cosa se multiplica por medio del macho y de la hembra, como he hecho mención en el capítulo de la doble material. La separación de los sexos no engendra nada; es la conjunción debida la que produce una nueva forma. Quien quiera hacer pues, alguna cosa útil debe tomar las espermas o semillas y no los cuerpos enteros.
Toma pues el macho vivo y la hembra viva, y únelos entre sí, a fin de que se imaginen una esperma para procrear un fruto de su naturaleza; porque nadie debe obstinarse en poder hacer
la primera materia. La primera material del hombre es la tierra, con la cual no hay nadie tan osado como para emprender la creación de un hombre a partir de ella; Dios es el único que conoce este artificio. Pero la segunda material, que ya está creada, si el hombre la sabe poner en un lugar conveniente, con la ayuda de la Naturaleza, engendrará fácilmente la forma de la cual es la semilla. El artista no hace nada en todo esto, sino separar lo que es sutil de lo que es espeso, y ponerlo en un vaso conveniente; porque es necesario considerar bien que lo mismo que comienza una cosa, igualmente acaba; de uno se hacen dos, y de dos uno, y nada más. Hay un Dios, de este uno es engendrado el Hijo, de tal manera que uno ha dado dos, y dos han dado un Espíritu Santo, procedente del uno y del otro. Así ha sido creado el mundo y así será su fin. Considerad exactamente estos cuatro puntos y primeramente os encontraréis allí al Padre, después al Padre y al Hijo, en fin el Espíritu Santo: Encontraréis allí los cuatro elementos, y cuatro luminarias, dos celestes y dos céntricas. En suma, no hay nada en el mundo que sea de otro modo de como aparece en esta figura, jamás ha habido y jamás habrá; y si quisiera remarcar todos los misterios que se podrían extraer de allí, nacería un gran volumen.
Vuelvo pues a mi propósito, y te digo, en verdad hijo mío, que de uno, no podrías hacer uno; esto es reservado sólo a Dios en propiedad. Que te sea suficiente que, a partir de dos, puedas crear uno que te sea útil, y a este efecto, sabe que el esperma multiplicativo es la segunda, y no la primera materia de todos los metales y todas las cosas; porque la primera material de las cosas es invisible, está escondida en la Naturaleza o en los elementos; pero la segunda aparece algunas veces ante los hijos de la Ciencia.
Capítulo VII – Sobre la virtud de la Segunda
Materia
Pero a fin de que puedas comprender más fácilmente qué es esta segunda materia, te describiré las virtudes que tiene, por las cuales podrás reconocerla. Sabe pues, en primer lugar, que la Naturaleza está dividida en tres reinos, de los cuales hay dos que podrían existir por sí mismos, aunque los otros dos no existiesen. Están el reino mineral, el vegetal y el animal. Respecto al reino mineral, es manifiesto que puede subsistir por sí mismo, aunque no hubiese en el mundo ni hombres ni árboles. El vegetal igualmente, no precisa para su establecimiento que haya en el mundo ni animales ni metales: estos dos son creados de Uno y por uno. El tercero, por el contrario, toma vida de los dos precedentes, sin los cuales no podría existir y es más noble y más precioso que los dos susodichos. Igualmente a causa de que es el último entre ellos, domina sobre los otros dos, porque la virtud se completa siempre en el tercero y se multiplica en el segundo. Mira bien: en el reino vegetal, la primera materia es la hierba o el árbol, que no podrías crear; sólo la Naturaleza realiza esta obra. En este reino la segunda materia es la semilla que ves, y es en ésta en la que se multiplica la hierba o el árbol. En el reino animal la primera materia es la bestia o el hombre, que no podrías crear; pero la segunda material, que tú conoces, es su esperma, por medio de la cual se multiplica. En el reino mineral, tú no puedes crear un metal; y si te jactas de ello, eres falso y mentiroso, porque esto lo ha hecho la Naturaleza. Y aunque tuviese la primera materia, según los filósofos, es decir, esta sal céntrica, sin embargo no podrías multiplicarla sin el oro; pero la semilla vegetativa de los metales solamente es conocida por los hijos de la Ciencia. En los vegetales las semillas aparecen exteriormente, así como los riñones de su digestión, es decir, el aire cálido. En los animales la semilla aparece dentro y fuera; los riñones o el lugar de su digestión son los riñones del hombre. El agua que se encuentra en el centro del corazón de los animales, es su semilla o su vida; lo riñones o el lugar de la digestión de ésta, es el fuego. El receptáculo de la semilla de los vegetales es la tierra. El receptáculo de la semilla animal es la matriz de la hembra; y en fin, el receptáculo de la semilla del agua mineral, es el aire. Es de recalcar que el receptáculo de la semilla es tal como la congelación de los cuerpos; la digestión es tal como la solución y la putrefacción tal como la destrucción. Ahora bien, la virtud de cada semilla consiste en poderse unir con cada cosa de su reino, en tanto que es sutil y nada más que un aire congelado en el agua por medio de la grasa. Así es como se reconoce, porque no se mezcla naturalmente con cosa alguna fuera de su reino. Ella no se disuelve, sino que se congela; porque no tiene necesidad de disolución, sino de coagulación. Es pues necesario que se abran los poros del cuerpo, a fin de que la esperma (en el centro de la cual está la semilla, que no es
más que aire) sea impelida hacia fuera: la cual cuando encuentra una matriz conveniente, se congela y congela cuanto encuentra de puro, o de impuro mezclado con lo puro. En tanto que haya semilla en el cuerpo, éste está vivo; pero cuando es consumida totalmente, el cuerpo muere: porque todos los cuerpos, después de la emisión de su semilla, son debilitados. Y la experiencia nos demuestra que los hombres más aficionados a Venus, son a menudo los más débiles, como los árboles, que después de haber dado demasiados frutos, se vuelven estériles. La semilla es pues una cosa invisible, como hemos dicho tantas veces, pero la esperma es visible, y algo así como un alma viviente que no se encuentra en las cosas muertas. Se extrae de dos maneras; la primera se hace dulcemente y la otra con violencia.
Pero como en este lugar hablamos solamente de la virtud de la semilla, diré que en el mundo nada nace sin semilla, y que todas las cosas se hacen y son engendradas en virtud de ella. Que sepan pues todos los hijos de la Ciencia, que es en vano que se busque la semilla en un árbol cortado; es necesario buscarla solamente en aquellos que están verdes y enteros.
Capítulo VIII – Sobre el Arte, y cómo la
Naturaleza opera por medio del Arte en la
semilla
Ninguna semilla es de ningún valor, si no es puesta por el Arte, o la Naturaleza, en una matriz conveniente. Y aunque la semilla sea en sí misma más noble que cualquier criatura, sin embargo la matriz es su vida, y hace pudrir el grano o la esperma y causa la congelación del punto puro. Además, mediante el calor de su cuerpo, lo alimenta y hace crecer; haciéndose esto en los tres reinos de la Naturaleza ya dichos y naturalmente por meses, años y por la sucesión del tiempo. Pero sutil es el artista que pueda, en los reinos mineral y vegetal, encontrar algún acortamiento o abreviatura, aunque no en el reino animal. En el mineral, el artificio solamente ha acabado lo que la Naturaleza no pudo acabar, a causa de la crudeza del aire, que por su violencia ha llenado los poros de cada cuerpo, no en las entrañas de la tierra, sino en su superficie, como he dicho antes en los capítulos precedentes.
Pero a fin de que se comprendan más fácilmente estas cosas, aún he querido añadir que los elementos arrojan por un combate recíproco su semilla al centro de la tierra, como si fueran sus riñones, y el centro, por medio del movimiento continuo, la impele en las matrices, que son innumerables; porque tantos lugares como existen, son otras tantas matrices. Sin embargo unas son más duras que otras, y así casi hasta el infinito.
Notad pues, que una matriz pura engendrará un fruto puro y neto en su semejanza. Así como por ejemplo en los animales tenéis las matrices de las mujeres, de las vacas, de las yeguas, de las perras, etc.; igualmente en el reino mineral y vegetal son los metales, las piedras, las sales; porque en estos dos reinos las sales son a considerar principalmente, y sus lugares, según el mayor o el menor.
Capítulo IX – Sobre la comixtión de los metales
o la forma de extraer la semilla metálica
Hemos hablado anteriormente de la Naturaleza, del Arte, del cuerpo, del esperma y de la semilla. Ahora llegamos a la práctica, es decir, cómo se deben mezclar los metales y qué correspondencia tienen entre ellos. Sabes pues, que la mujer es la misma cosa que el hombre; porque los dos nacen de la misma semilla y en una misma matriz. No hay más que falta de digestión en la mujer, y así como la matriz que produce al macho tiene la sangre y la sal más puras, igualmente la Luna es de la misma semilla que el Sol y de una misma matriz; pero en la procreación de la Luna, la matriz ha tenido más agua que sangre digerida, según el tiempo de la Luna celeste. Pero a fin de que puedas imaginar más fácilmente cómo se congregan los metales y se unen entre sí para arrojar y recibir la semilla, mira el cielo y las esferas de los planetas: ves que Saturno es el más alto de todos, al cual sucede Júpiter, y luego Marte, el Sol, Venus, Mercurio y en fin la Luna. Considera ahora que las virtudes de los Planetas no suben, sino que bajan. La misma experiencia nos enseña que Marte se convierte fácilmente en Venus, y no Venus en Marte, como más bajo de una esfera. Así Júpiter se trasmuta fácilmente en Mercurio, porque Júpiter está más alto que Mercurio, aquel es el segundo después del firmamento, y éste el segundo encima de la tierra. Saturno es el más alto, y la Luna la más baja, el Sol se mezcla con todos, pero no es mejorado jamás por los inferiores. Ahora bien, notarás que hay una gran correspondencia entre Saturno y la Luna, en medio de los cuales está el Sol: así como entre Mercurio y Júpiter, Marte y Venus, los cuales tienen todos el Sol en medio. La mayor parte de los operadores saben bien cómo se trasmuta el hierro en cobre, sin el Sol, y cómo es necesario convertir Júpiter en Mercurio; incluso hay algunos que de Saturno hacen la Luna. Pero si supieran administrar en estos cambios la Naturaleza del Sol, ciertamente encontrarían una cosa más preciosa que todos los tesoros de este mundo. Por ello digo que es necesario saber qué metales es necesario unir entre sí, los cuales la Naturaleza corresponde el uno con el otro. Hay cierto metal que tiene el poder de consumir todos los otros, porque es casi como su agua, y casi su madre: y no hay más que una sola cosa que lo resiste y lo mejora, a saber, la humedad radical del Sol y la Luna. Pero a fin de descubrírtelo, es el ACERO, se cita así: si se une una vez con el oro, arroja su semilla y es debilitado hasta la muerte1. Entonces el Acero concibe y engendra un hijo más claro que el padre; después, cuando la semilla de este hijo ya nacido es puesta en su matriz, la purga y la vuelve mil veces
1 En el texto original de otras ediciones aparece la variante: “Si once ves es se une con el oro, arroja su semilla, etc.”
más propia para parir buenísimos frutos. Hay todavía otro Acero, que es comparable a éste, el cual es en sí creado por la Naturaleza y sabe, mediante una fuerza y poderío admirables, sacar y extraer los rayos del Sol, lo cual han buscado tantos hombres y es el comienzo de nuestra obra.
Capítulo X – Sobre la generación sobrenatural
del Hijo del Sol
Hemos tratado las cosas que produce la Naturaleza, y que Dios ha creado, a fin de que aquellos que buscan esta Ciencia entendiesen más fácilmente la posibilidad de la Naturaleza, y hasta donde pueden extender sus fuerzas. Pero para no diferir más largamente, comenzaré a declarar la forma y el arte de hacer la Piedra de los Filósofos. Sabes pues que la Piedra, o la Tintura de los Filósofos, no es más que el oro extremadamente digerido, es decir, reducido y llevado a una suprema digestión. Porque el oro vulgar es como la hierba sin semilla, la cual cuando acaba de madurar, produce la semilla. Igualmente el oro, cuando madura, arroja fuera de su semilla o su tintura, Alguno preguntará por qué el oro, o cualquier otro metal, no produce semilla. La razón es que en tanto que no pueda madurarse a causa de la crudeza del aire que impide que tenga un calor suficiente; y que en diversos lugares se encuentra oro impuro, que la Naturaleza bien habría querido perfeccionar, pero ha sido impedida por la crudeza del aire. Por ejemplo, vemos que en Polonia los naranjos crecen tan bien como los otros árboles. En Italia y otros lugares donde está su tierra natural, no sólo crecen, sino que incluso dan frutos porque tienen suficiente calor; pero en estos lugares fríos de ninguna manera, porque cuando deberían madurar cesan a causa del frío y así, en lugar de crecer, están impedidos por la crudeza del aire.
Por ello naturalmente no dan jamás buenos frutos, pero si la Naturaleza es ayudada algunas veces dulcemente Y con industria, regándolos con agua tibia y teniéndolos en invernaderos, entonces el arte perfecciona lo que la Naturaleza no habría podido hacer. Exactamente lo mismo sucede con los metales: el oro puede dar fruto y semilla, en la cual puede multiplicarse por la industria de un hábil artista, que sabe ayudar e impeler a la Naturaleza: además erraría si quisiera emprender todo esto sin la Naturaleza. Porque, no solamente en esta Ciencia, sino en todas las demás, lo único que podemos hacer es ayudar a la Naturaleza, e incluso no podemos ayudarla más que por medio del fuego y del calor. Pero como todo esto no puede hacerse, a causa de que en un cuerpo metálico congelado los espíritus no son aparentes, es necesario primeramente que el cuerpo sea disuelto y que los poros sean abiertos, a fin de que la Naturaleza pueda operar. Ahora bien, para saber qué debe de ser esta disolución, quiero advertir aquí al lector, que aunque haya muchas clases de disoluciones, las cuales son todas inútiles, no obstante existen realmente dos clases, de las cuales solamente una es verdadera y natural, la otra es violenta, bajo la cual están comprendidas todas las otras. La Naturaleza es de tal índole, que es preciso que los poros del cuerpo se abran en nuestra agua, a fin de que la semilla sea impelida hacia fuera, cocida y digerida, y luego puesta en su matriz. Pero nuestra
agua es un agua celeste que no moja las manos, no vulgar, y casi como agua de lluvia: el cuerpo que da la semilla es el oro, y es nuestra Luna (no la plata vulgar) la que recibe la semilla. El todo es regido y gobernado después por nuestro fuego continuo, durante el espacio de siete meses y a veces de diez, hasta que nuestra agua consuma tres y deje uno, y éste al doble: poco después, ella se alimenta de la leche de la tierra o de la grasa que nace de las mamas de la tierra y es regida y conservada de putrefacción. Y así es engendrado este niño de la segunda generación.
Capítulo XI – Sobre la práctica y composición
de la Piedra o Tintura física, según el Arte
Hemos extendido nuestro discurso por tantos capítulos precedentes, dando a entender las cosas mediante ejemplos, a fin de que se pudiese entender más fácilmente la práctica; la cual, imitando a la Naturaleza, se debe hacer de la siguiente manera. Toma de nuestra tierra, por once grados, once granos, y de nuestro oro (no del oro vulgar) un grano; de nuestra plata, y no de la plata vulgar, dos granos: pero sobre todo te advierto no tomar el oro ni la plata vulgares, porque están muertos y no tienen ninguna vida. Toma los nuestros que están vivos, después ponlos en nuestro fuego y de aquello se hará un licor seco: primeramente la tierra se resolverá en un agua que se llama el Mercurio de los Filósofos, y este agua disuelve los cuerpos del Sol y de la Luna, y los consume de forma que no queda de ellos más que la décima parte, con una parte; y he aquí lo que se llama húmedo radical metálico.
Después toma del agua de la sal de nitro, extraída de nuestra tierra, en la cual está el riachuelo y la onda viva. Si sabes cavar y ahondar en la fosa cándida y natural, toma de allí un agua que sea bien clara, y en este agua pondrás el húmedo radical. Pon el todo al fuego de putrefacción y generación, pero sin embargo no como has hecho en la primera operación; gobierna el conjunto con gran artificio y discreción, hasta que los colores aparezcan como una cola de pavo; gobierna bien dirigiendo siempre, hasta que cesen los colores y que en toda tu materia no haya más que un único color verde, que no debe preocuparte así como los otros. Y cuando veas en el fondo del vaso unas cenizas de color moreno y agua rojiza, abre tu vaso. Entonces moja una pluma y unta un trozo de hierro; si tiñe, toma rápidamente agua, de la cual hablaremos tanto, y pon allí tanto de esta agua, como aire crudo haya entrado. Cuece el todo otra vez con el mismo fuego que antes, hasta que tiña.
Mi experiencia ha llegado hasta este punto, no puedo más que esto, puesto que no he encontrado nada más. Pero esta agua que digo, debe ser el menstruo del mundo, extraído de la esfera de la Luna, y rectificada tantas veces, que pueda calcinar el Sol. Aquí te he querido descubrir todo esto; y si a veces entiendes mi intención y no mis palabras o las sílabas, te lo he revelado todo, principalmente en la primera y la segunda parte.
Pero todavía nos queda algo que decir respecto al fuego. El primer fuego, o el fuego de la primera operación, es el fuego de un grado continuo, que envuelve la materia. El segundo es un fuego natural, que digiere la materia y la fija. Te digo en verdad, que te he descubierto el régimen del fuego, si entiendes la Naturaleza.
Nos falta también hablar del vaso. El vaso debe ser el de la Naturaleza, y dos son suficientes. El vaso de la primera obra debe ser redondo, y en la segunda obra un poco menos; debe ser de vidrío en forma de ampolla o de huevo. Pero de todas formas y sobre todo, sabe que el fuego de la Naturaleza es único y que, si presenta diversidad, la causa de ello es la distancia de los lugares.
Parejamente el vaso de la Naturaleza es único; pero nos servimos de dos para abreviar. La materia es también única, pero de dos sustancias. Así pues, si aplicas tu espíritu para producir alguna cosa, mira primeramente las que ya están creadas; porque si no puedes llegar al origen de las que ordinariamente están ante tus ojos, a duras penas llegarás al origen de las que aún están por nacer y que deseas producir. Y digo producir porque es necesario que sepas que no podrías crear nada y que esto es propio sólo de Dios. Pero hacer que las cosas que están ocultas y escondidas en la sombra se vuelvan aparentes, volverlas evidentes, quitarles su sombra, esto es permitido algunas veces a los Filósofos que tienen inteligencia, y Dios se los concede por el ministerio de la Naturaleza.
Considera un poco en ti mismo, te lo ruego, la simple agua de las nubes. ¿Quién podría creer que contiene en sí todas las cosas que existen en el mundo; las piedras duras, las sales, el aire, la tierra, el fuego, ya que en evidencia no parece más que una simple agua? ¿Qué diría yo de la tierra, que contiene en sí el agua, el fuego, al aire, las sales, y no parece más que tierra? ¡Oh admirable Naturaleza!, que sabe producir los frutos admirables en la tierra, por medio del agua, y darles y mantener la vida mediante el aire. Todas estas cosas se hacen, y sin embargo los ojos de los hombres vulgares no las ven, solamente los ojos del entendimiento y de la imaginación las ven, con una visión admirabilísima. Porque los ojos de los Sabios ven la Naturaleza de forma diferente a los ojos comunes. Así por ejemplo, los ojos del vulgo ven que el Sol es cálido; pero por el contrario, los ojos de los Filósofos ven más bien que el Sol es frío, pero que sus movimientos son cálidos; porque sus acciones y sus efectos se conocen por la distancia de los lugares.
El fuego de la Naturaleza no es diferente al del Sol; no es más que una misma cosa. Porque todo, al igual que el Sol, tiene centro y el medio entre las esferas de los planetas, y desde este centro del Cielo expande hacia abajo su calor por medio de su movimiento. También hay en el centro de la tierra un Sol terrestre, que por su movimiento perpetuo, impele el calor o sus rayos hacia arriba, a la superficie de la tierra; y sin duda este calor intrínseco es mucho más eficaz que el fuego elemental; pero es temperado por un agua terrestre, que de día en día penetra los poros de la tierra y la refresca. Igualmente el aire que de día en día vuela alrededor del globo de la tierra, tempera el Sol celeste y el calor; y si esto no fuese así, todas las cosas se consumirían por este calor y nada podría nacer. Porque así como este fuego invisible o este calor central lo consumiría todo si el agua no interviniese y lo temperase, igualmente el calor del Sol lo destruiría todo, si no estuviese el aire que interviene en el medio.
Pero ahora diré en pocas palabras cómo obran entre sí estos elementos. Hay un Sol céntrico en el centro de la tierra, el cual por su movimiento o por el movimiento de su firmamento, eleva un gran calor que es extiende hasta la superficie de la tierra. Este calor causa el aire de la siguiente manera. La matriz del aire es el agua, la cual engendra hijos de su misma naturaleza, pero diferentes y mucho más sutiles; porque allí donde se le niega el paso al agua, el aire entra. Entonces cuando este calor central (que es perpetuo) obra, calienta y hace destilar este agua; y ella por la fuerza de dicho calor se cambia en aire, que por este medio pasa hasta la superficie de la tierra, porque no puede soportar estar encerrado: y después de que es enfriado, se resuelve en agua en los lugares opuestos.
Sin embargo a veces sucede que salen hasta la superficie de la tierra no sólo el aire, sino también el agua, como vemos cuando nubes negras son elevadas con violencia hasta el aire, de lo que os daré un ejemplo muy familiar. Haced calentar agua en un pote; mediante un fuego lento veréis elevarse vapores y vientos ligeros, y, mediante un fuego más fuerte, veréis aparecer nubes más espesas. El calor central opera de la misma manera, convierte en aire el agua más sutil; y la que sale de la sal o de la grasa, que es más grosera, la distribuye por la tierra, de donde nacen cosas diversas; el resto se cambia en rocas y en piedras.
Alguno podría objetar que si la cosa fuera así, ello debería suceder continuamente; y no obstante, muy a menudo no se siente ningún viento. Yo respondo que en verdad no hay viento si el agua no es arrojada violentamente en el vaso destilatorio, porque poca agua excita poco viento. Podéis ver que siempre no hay truenos, incluso aunque haya viento, sino solamente cuando un agua perturbada por la fuerza del aire es llevada con violencia hasta la esfera del fuego, porque el fuego no soporta el agua. Tenemos un ejemplo ante nuestros ojos. Cuando arrojáis agua fría en una hoguera ardiente, oís los truenos que excita.
Si preguntáis por qué el agua no entra uniformemente en estos lugares y en estas cavidades; la razón es que existen diversas clases de lugares y de vasos. A veces, una concavidad, por medio de los vientos, empuja al agua fuera de sí durante algunos días o meses, hasta que se produzca alrededor una repercusión de agua: como vemos en el mar, cuyas olas son agitadas a veces en la extensión de varias leguas, antes de que puedan encontrar algo que las rechace y por repercusión las haga retornar al lugar de donde vinieron.
Pero volvamos a nuestro propósito. Digo que el fuego o el calor es la causa del movimiento del aire, y que es la vida de todas las cosas, y que la tierra es su nodriza y receptáculo; pero que si no hubiese agua que refrescase nuestra tierra y nuestro aire, entonces la tierra sería desecada por estas dos razones, a saber: a causa del calor, tanto del movimiento céntrico, como del Sol celeste. No obstante esto sucede en algunos lugares, cuando los poros de la tierra están obstruidos, de tal forma que la humedad no puede penetrar allí: entonces por la correspondencia de los dos Soles, celeste y céntrico (porque ellos tienen entre sí una virtud de imán), el Sol inflama la tierra.
Y así algún día el mundo perecerá
Haz pues de forma que la operación en nuestra tierra sea tal, que el calor central pueda cambiar el agua aire, a fin de que salga basta la superficie de la tierra, y que expanda el resto (como he dicho) por los poros terrestres; y entonces, por el contrario, el aire se cambiará en un agua mucho más sutil de lo que ha sido la primera. Y esto se hará así: si das a devorar a nuestro Viejo el oro y la plata, a fin de que los consuma y que él mismo, presto también a morir, sea quemado. Que sus cenizas sean esparcidas en el agua; cuece el todo hasta que sea suficiente y tendrás una medicina que curará la lepra. Ten cuidado por lo menos de no tomar el frío por calor o el calor por el frío; mezcla las naturalezas a las naturalezas; y si hay alguna cosa contraria a la Naturaleza (porque sólo te es necesaria una cosa) sepárala a fin de que la Naturaleza sea semejante a la Naturaleza; haz esto con el fuego, no con la mano, y sabe que si no sigues a la Naturaleza, toda tu labor es vana. Y te juro por el Dios que es santo, que te he dicho aquí todo lo que el padre pueda decir a su hijo. Quien tenga oídos que oiga y quien tenga sentido que comprenda.
Capítulo XII – Sobre la Piedra y su virtud
Hemos discurrido bastante ampliamente en los capítulos precedentes sobre la producción de las cosas naturales, de los elementos y de las materias primera y segunda, de los cuerpos, de las semillas y en fin de su uso y su virtud. He escrito incluso la manera de hacer la Piedra Filosofal; ahora revelaré todo, en tanto que la Naturaleza me lo haya concedido y la práctica descubierto, respecto a la virtud de ella. Pero a fin de recapitular de nuevo sumariamente en pocas palabras el tema de estos doce capítulos, y que el lector pueda concebir mi intención y mi sentido; la cosa es así: Si alguno duda de la verdad del Arte, que lea los escritos de los antiguos verificados por la razón y la experiencia, según los cuales (como dignos de crédito) no se debe tener dificultad en prestarles fe. Si alguien demasiado terco no quiere creer sus escritos, entonces es necesario atenerse a la máxima que dice que, contra aquel que niega los principios, no se debe discutir jamás, porque los sordos y los mudos no pueden hablar. Y yo os pregunto: ¿Qué prerrogativa tendrían todas las cosas que existen en el mundo, por encima de los metales? ¿Por qué negándoles una semilla solamente a ellos, los excluimos equivocadamente de la bendición universal que el Creador ha dado a todas las cosas, incontinente después de la creación del Mundo, como nos testimonian las Santas Escrituras? Si estamos obligados a admitir que los metales tienen semilla, ¿quién sería lo bastantes tonto para no creer que pueden multiplicarse por medio de ella? El Arte de la Química en su naturaleza es verdadero, la Naturaleza lo es también, pero raramente se encuentra un verdadero artista. La Naturaleza es única, y no hay más que un solo Arte, pero existen diversos obreros. En cuanto a que la Naturaleza extrae las cosas de los Elementos, ella los engendra por la voluntad de Dios, de la primera materia, que sólo Dios sabe y conoce. La Naturaleza produce las cosas y las multiplica mediante la segunda materia, que los Filósofos conocen. Nada se hace en el mundo más que por la voluntad de Dios y de la Naturaleza; porque cada elemento está en su esfera, pero uno no puede existir sin el otro y sin embargo estando juntos no se ponen de acuerdo. Pero el Agua es el más digno de todos los elementos, porque es la madre de todas las cosas y el espíritu del fuego nada sobre el agua. Mediante el fuego el agua se convierte en la primera materia, lo cual se hace mediante el combate del fuego con el agua; y así se engendran vientos o vapores propios y fáciles para ser congelados por la tierra, por el aire crudo, que desde el comienzo ha sido separado de ella; lo cual se hace sin cesar mediante un movimiento perpetuo; porque el fuego o el calor no es excitado más que por el movimiento. Ello se puede ver manifiestamente entre todos los artesanos que liman el hierro, el cual por el violento movimiento de la lima se pone tan caliente como si hubiese sido enrojecido al fuego. El movimiento pues, causa el calor, el calor excita el agua, el movimiento del agua produce el aire, el cual es la vida de todas las cosas vivientes.