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A MODO DE INTRODUCCIÓN
Muerte y destrucción son siempre las consecuencias de la guerra con independencia del período cronológi-co y el ámbito territorial en que se desarrollen. En el caso específico de la Protohistoria peninsular, el análi-sis de la guerra se ha centrado esencialmente en los últimos años en tres grandes líneas de trabajo: el estu-dio del armamento; la evolución de la poliorcética con especial atención a la introducción en los yacimientos ibéricos de principios arquitectónicos de origen
medi-terráneo; y el significado del héroe como elemento ductor de la estructura militar. Apartados que han con-centrado el debate en la existencia de ejércitos com-plejos antes de la presencia púnico-romana en Iberia, y en los principios conceptuales de la guerra protohistó-rica muy influídos, según algunos autores, por la visión filo-helénica derivada de los sistemas militares de la Grecia arcaica.
Es evidente también, tal y como hemos indicado en otras ocasiones (Gracia 2003; 2006), que el problema funda-mental para el estudio de la estructura y usos de las
con-¡AY DE LOS VENCIDOS! LAS CONSECUENCIAS
DE LA GUERRA PROTOHISTÓRICA
EN LA PENÍNSULA IBÉRICA
Protohistoria, guerra, península Ibérica, iberos, celtíberos.L’estudi de la guerra en la protohistòria depèn essencialment de l’anàlisi complexa de les fonts clàssiques i de la no sempre possible confirmació arqueològica. Des de la perspectiva que la guerra desenvolupada a la península Ibèrica durant els segles IV-II aC per les comunitats preromanes es basà en els conceptes de la guerra complexa amb inclu-sió d’idees organitzatives d’origen mediterrani, s’analitzen les conseqüències polítiques, econòmiques, demogràfiques i socials que conduïren a la seva desaparició com entitats polítiques independents davant la pressió de Cartago i Roma. Protohistoria, guerra, península Ibèrica, ibers, celtibers.
The conception and study of the protohistoric wars after the analysis of classical literary texts and archaeological documentation are very complicated. The war at the Iberian peninsula from the IV to the II centuries B.C., present the principals characters of the modern and complexes concepts of war after the Mediterranean influences of Greek, Carthaginian and Roman strategies and tactics. This work analyzed the politic, economic, demographic and social consequences previous at the end of independent indigenous social structures against the imperial policy on Cartage and Rome.
Protohistory, Ancient wars, Iberian Peninsula, Iberian and Celtiberian tribes.
L’étude de la guerre dans la protohistoire est essentiellement fonction de l’analyse complexe des sources classi-ques et de leur confirmation archéologique pas toujours possible. Si l’on prend comme point de départ le fait que la guerre menée dans la péninsule ibérique au cours des IVe et IIe siècles av. J.-C par les communautés préro-maines se fonde sur les concepts de la guerre complexe incluant des notions d’organisation d’origine médite-rranéenne, on analyse les conséquences politiques, économiques, démographiques et sociales qui ont conduit à leur disparition en tant qu’entités politiques indépendantes face à la pression de Carthage et de Rome. Protohistoire, Guerre, Péninsule ibérique, Ibères, Celtibères.
La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran
Paul Valéry
1.-Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología. Universidad de Barcelona. E-mail: [email protected] Este trabajo se inclu-ye en el proinclu-yecto HUM 2004-03121/HIST
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tiendas continúa siendo la dependencia casi absoluta que en este sentido se tiene de las informaciones pro-porcionadas por las fuentes clásicas greco-latinas. Cabe recordar que disponemos tan sólo de una de las tres visiones posibles de las contiendas que asolarán la Península a partir del 238 a.C. y hasta el final de la con-quista augustea: la romana. Ni púnicos ni iberos/celtíbe-ros nos han legado su visión narrativa y explicativa de las contiendas en que se vieron inmersos, unos como con-secuencia de su política expansionista y los otros como víctimas del imperialismo desatado durante el primer con-flicto mundial que continuó hasta la total aniquilación (o integración forzosa) de las estructuras políticas y sociales peninsulares. Al tratarse de una información unívoca, ésta es evidentemente sesgada. No sólo por presentar la visión romana de la conquista, justificando las acciones emprendidas bajo la égida del Senado romano por el derecho natural a la expansión territorial, sino porque los relatos son a un tiempo justificativos y hagiográficos de las acciones de sus comandantes militares y cargos públicos. Del mismo modo, al dirigirse dichas obras a lec-tores latinos, la descripción de los usos y costumbres de la guerra se asienta en el general conocimiento de los conflictos en el mundo clásico, no introduciendo más que de forma restringida referencias etnográficas y/o sociales y políticas relativas a la concepción de la guerra comple-ja por parte de sus enemigos. Por último, pero no por ello menos determinante, historiadores y escritores no suelen ser coetáneos (y mucho menos testigos o partícipes) de aquello que cuentan, por lo que las imprecisiones, ana-cronismos, e interpolaciones son constantes en las obras, siendo frecuentes, por ejemplo, los recursos a sucesos anteriores acaecidos en otro marco geográfico –pero bien conocidos– que adaptados a un relato facili-tan facili-tanto su comprensión como su calidad literaria. En palabras de A. Goldsworthy: “son numerosos los histo-riadores antiguos que inician sus obras con un alegato en defensa de su intención de plasmar la verdad. Sin embar-go, para ellos es aún más importante redactar un texto lleno de dramatismo y fácilmente legible, pues se creía que, tanto o más que informar, la historia debía entrete-ner. En ocasiones, una determinada tendencia personal o política conducía a la distorsión consciente de la verdad, mientras que otras veces, unas fuentes inadecuadas o inexistentes se veían complementadas por invenciones, empleando a menudo temas tradicionales retóricos. En otros casos, la ignorancia militar del autor le llevaba a malinterpretar su fuente, como cuando Livio hace una mala traducción de la descripción que nos ofrece Polibio
de la falange macedónica en actitud de abatir las picas para disponerlas en posición de combate, aquél entiende que bajaban las picas para luchar a espada” (2005, 17). No queremos con ello negar la validez de las fuentes clásicas como base documental para el estudio de la guerra protohistórica, pero sí insitir en el necesario dis-tanciamiento y el aquilatameiento con que deben emplearse. La guerra y sus consecuencias en la Protohistoria peninsular deben analizarse, más allá de las características de las operaciones militares, como un fenómeno socio-político motivado por las tres cau-sas básicas de los conflictos en la antigüedad: fronte-ras, ideología, y recursos económicos (Brun 1999).
PÉRDIDA DE LA INDEPENDENCIA POLÍTICA
La independencia política de las estructuras estatales o pre-estatales peninsulares empieza a ser conculcada por Amílcar, que derrota a sangre y fuego a iberos, tar-tesios y celtas, matando o ejecutando a los principales jefes tribales2, obteniendo algunas sumisiones por la
persuasión del terror, pero debiendo también someter otras regiones y ciudades por la fuerza, como Helike, en cuya campaña fue muerto por las tropas del rey de los orisios3. Asdrúbal debió modificar ésta política y, si
bien derrotó a los que habían vencido a Amílcar para impedir la extensión de los opositores y reafirmar el poder militar de Cartago ante los iberos y su propia competencia ante las tropas, finalizó la conquista del sur y sudeste peninsular mediante el establecimiento de pactos, acuerdos que no le evitaron una muerte vio-lenta cuando un celta4vengó en él las ofensas inferidas
a su señor, probablemente un ibero y no un celta como dicen las fuentes, dado que la venganza indicada pare-ce corresponder a las obligaciones de una estructura de relación gentilicia.
Las primeras campañas de Aníbal son un ejemplo del mantenimiento del dominio cartaginés mediante la fuer-za. Antes del asedio de Sagunto asuela a olcades, vac-ceos y carpetanos, destruyendo sus ciudades e introdu-ciendo, en el caso de Salmantis, la costumbre de exigir tributos y rehenes, extremo que no impide una subleva-ción de los carpetanos y oretanos mientras está empe-ñado en el sitio de la ciudad5, no dudando en exterminar
a toda la población una vez conquistada, más como advertencia ante futuras sublevaciones que como escar-miento de los vencidos. La inestabilidad del territorio his-pano, pese al rechazo que algunas tribus como los
vol-2.-Entre ellos Istolayo e Indortas. Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, XXV, 10.
3.-Por regla general, en la bibliografía se ha traducido y empleado Orison como nombre propio cuando la traducción correcta del texto de Diodoro es la de rey de los orisios. Biblioteca Histórica, XXV, 10, 3; 12,1.
4.-Polibio, Historias, II, 36,1.
cianos expresaron a los legados romanos por no haber prestado apoyo a Sagunto en aplicación del tratado existente, se refleja en dos hechos: la necesidad que tiene Aníbal de dejar un fuerte ejército para proteger el territorio e incluso afianzar la sumisión de las tribus mediante un hábil reparto de los efectivos que habían proporcionado a su ejército, y la necesidad de remontar el curso del Ebro para atravesar los Pirineos al norte del país de los Ilergetas, sometiendo a bargusios, ausetanos y lacetanos pero debiendo mantener un cuerpo de observación de 10.000 hombres al mando de Hannón sobre la línea del Ebro. Como no era previsible para Aníbal la maniobra de flanco que supuso el desembarco romano en Emporion, es evidente que las tropas dejadas en la Península tenían como objetivo garantizar la fideli-dad de las tribus ibéricas al sur (ejército de Asdrúbal) y al norte (ejército de Hannón) del Ebro.
La inestabilidad o inexistencia de alianzas con los carta-gineses se manifiesta cuando Cneo Cornelio Escipión recibe el apoyo de algunas tribus situadas al norte del río, debiendo someter sin embargo a otras comunida-des. Tras la batalla de Cissis (218 a.C.) en la que son derrotados y capturados Hannón y Indíbil, los romanos reciben los primeros rehenes peninsulares pertenecien-tes a la tribu de los ilergetas6. Entrega que no impide una
sublevación de esta tribu, incitada por Asdrúbal, el mismo año, aunque Cneo Cornelio Escipión pudo sofo-car la revuelta capturando la capital Atanagro, exigiendo nuevos rehenes, y una reparación económica. Dicha sanción se aplica por primera vez, y también se impuso a los ausetanos –por valor de veinte talentos de plata– después de derrotar a los lacetanos, asediar su ciudad, y huir su caudillo Amusico7. Tampoco evitó al año
siguiente la nueva sublevación de Indíbil y Mandonio8.
Ejemplo constante de cambio de partido, los caudillos ilergetas contribuirán a la derrota de Publio Escipión en el 211 a.C.9, pero su fidelidad a Cartago fue puesta en
duda por Asdrúbal Giscón una vez finalizada la campa-ña al exigirles una contribución en plata y la entrega de sus hijas como rehenes10, lo que provocó su abandono
del campo cartaginés y el inicio de negociaciones con Publio Cornelio Escipión, quien aprovechó la devolución de los rehenes que estaban en su poder después de su victoria en Cartago Nova para convenir un pacto con los caudillos iberos por el que éstos se vincularon a Escipión mediante una dependencia personal (adoratio) que les
permitió recuperar su estatus a cambio de poner sus tro-pas al servicio de los romanos. Tras la victoria de Baecula, Indíbil y otros caudillos iberos, como Edecón de la tribu de los edetanos, reafirmaron sus lazos de depen-dencia recibiendo valiosos presentes entre los que se contaron 300 caballos, regalo que debe analizarse no sólo desde el valor económico sino como un símbolo de prestigio por el significado del caballo entre las comuni-dades protohistóricas11.
Los compromisos adquiridos por Indíbil con los romanos se circunscribían para él al pacto personal realizado con Escipión. Por ello, tras la falsa noticia de la muerte del general romano en el 206 a.C.12, se considera libre del
pacto, y puesto que los cartagineses ya no constituyen ningún peligro para las tribus ibéricas, se subleva inten-tando recobrar su independencia, hecho para el cual intenta incluso atraerse la voluntad de una parte del ejér-cito romano amotinado por no percibir sus salarios. El ejército romano reacciona con presteza. Tras aplastar el motín remonta hasta el Ebro y derrota a los ilergetas en campo abierto, aunque perdona a los cabecillas, factor probatorio de los argumentos de los jefes ilergetas, que han guerreado no para sublevarse, sino para recuperar su independencia13. Una última tentativa en el 205 a.C.
se produjo tras el regreso de Escipión a Roma, hecho que según la visión de Indíbil y Mandonio les liberaba de sus compromisos, adoptados entre caudillos militares y no entre pueblos. La visión romana fue muy diferente, y los jefes ilergetas pasaron de ser considerados repre-sentantes de sus pueblos a ser tratados de jefes de ban-doleros que precisan un escarmiento definitivo concluido con la muerte de Indíbil, la captura y posterior ejecución de Mandonio, y la entrega de rehenes y contribuciones económicas. De hecho, la represión romana del 205 a.C. sirvió para que los ilergetas mantuvieran su fidelidad a Roma incluso durante la última gran sublevación acaeci-da el 195 a.C., hasta el punto de enviar legados al cón-sul Marco Porcio Catón, entre los que figura el hijo del regulusBilistages, para reclamar su ayuda ante el asedio que sufren algunas de sus ciudades, siendo la primera ocasión en que se presenta a los ilergetas como ataca-dos en vez de agresores respecto a otros pueblos indí-genas14.
Aunque las fuentes romanas presenten sus relaciones de dominio sobre la tribus ibéricas como el resultado de un proceso continuado impelido en muchas ocasiones por
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6.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 61, 7.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 61, 10-11. 8.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXII, 21, 2-4 9.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXV, 34. 10.-Polibio, Historias, IX, 11.
11.-Polibio, Historias, X, 40,10.
12.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVIII, 24, 3-4.
13.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVIII, 33; Polibio, HistoriasXI, 32. 14.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXXIV, 11.
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la marcha de la guerra contra Cartago, lo cierto es que la asunción del poder político fue sistemático tras la victoria de Cneo Cornelio Escipión en la batalla del Ebro (217 a.C.) y el posterior saqueo de las costas del Levante, cuando recibió legados de 120 pueblos que le entrega-ron rehenes15. Las subsiguientes victorias militares
poten-ciaron el proceso como en los casos ya citados de Edecón e Indíbil, y sólo el desastre del 211 a.C. interrum-pió su consolidación aunque por poco tiempo. Tras la división política efectiva de Hispania en dos provincias, Ulterior y Citerior, el año 197 a.C., todas las acciones de las tribus ibéricas serán consideradas como sublevacio-nes contra Roma. Por ello, Marco Porcio Catón no tiene tan sólo como misión restablecer el poder de la república en Hispania el año 195 a.C., sino asegurarse de que no pudieran llevarse a cabo nuevos intentos de rebelión. Sus decisiones, encaminadas a privar a las élites políticas ibé-ricas de los símbolos de su prestigio y poder: las fortifica-ciones y las armas, tan sólo pueden ser entendidas bajo una óptica: la de reducirles a servidumbre como indica Tito Livio16.
LA DESTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES
La transcendencia del poder político y la cohesión de las estructuras sociales se asientan tanto en el conven-cimiento del derecho a ejercerlo y en la propia cohesión del sistema ideológico que las genera, sustenta y per-mite desarrollarse, como en los símbolos externos que de ellos emanan y actúan como señal y recordatorio –interno y externo– de la potencia e influencia del poder que representan. La destrucción de dichos símbolos, así como de los centros administrativos o residencias de las élites, es imprescindible para minar la cohesión interna de una estructura social y provocar no sólo su derrota, sino lo que es aún más importante, su sumi-sión definitiva. En el ámbito del mundo clásico el obje-tivo primordial de la guerra no consistía en alcanzar la derrota política del adversario obtenida a través del empleo de la fuerza, sino asegurar cuando ello era posible la ocupación y anexión de nuevos territorios como base para el desarrollo social y económico del vencedor, no contemplándose más que en circunstan-cias excepcionales la perduración de un poder político independiente capaz de rehacer el status quo existen-te anexisten-tes de la guerra. El control definitivo de nuevos territorios significaba disponer de zonas de explotación económica, exacción de recursos, y asentamiento de
población suplementarias con el objetivo de mantener y potenciar un sistema económico interdependiente basado en las ideas de la sistematización económica compleja: obtención de materias primas, producción excedentaria, e intercambios comerciales a larga dis-tancia que permitiesen la acumulación de plusvalías en beneficio tanto de las élites dominantes como del pro-pio sistema económico del estado. Al constituir los motivos económicos la base principal de los conflictos, la independencia total o parcial de los territorios ocu-pados no podía conjugarse en ningún caso con las ideas expresadas, por lo que era necesaria la obten-ción de un triunfo definitivo que permitiera rentabilizar económicamente la guerra, tanto de forma inmediata a través del botín y las reparaciones impuestas a los ven-cidos, como lo que es más importante, a largo plazo. ¿Cómo se obtenía la sumisión definitiva y se evitaba cualquier intento posterior de levantamiento? Eviden-temente podía recurrirse a sistemas expeditivos como el traslado forzoso o la dispersión por venta y reducción a la esclavitud de la población, pero especialmente durante el período Bárquida y la primera fase de la conquista roma-na, cuando todavía no se había iniciado el proceso de asentamiento de nuevos contingentes humanos, la población autóctona –o más concretamente sus rema-nentes– eran imprescindibles para la explotación econó-mica, directa o indirecta, del territorio, por lo que finaliza-da la fase más cruenta del conflicto se permitía su presencia en el territorio aunque desprovista de una parte sustancial de los sistemas de cohesión social que le eran identitarios; controlada militarmente a través del estable-cimiento de puntos de observación en las cercanías de los principales asentamientos, áreas de producción y vías de comunicación, como por ejemplo los torreones o pun-tos fuertes de El Perenjil (Vinaroz) (Oliver 2003, contra Gusi 2002-2003), y Turó dels Dos Pins (Burriac) (Zamora et alii2001; Zamora 2005), e incluso la fase final de Mas Castellar (Pontós) y Sant Julià de Ramis; y supeditada su producción económica a las necesidades y arbitrios del poder político-militar ocupante.
El asedio, expugnación y destrucción de ciudades tenía como principal objetivo provocar el hundimiento y la des-membración de las estructuras sociales y de poder liga-da a los núcleos urbanos. Ni a Cartago, ni posteriormen-te a Roma, le era estrictamenposteriormen-te necesario embarcarse en costosos asedios para asegurar su dominio sobre el terri-torio, puesto que las victorias decisivas se obtenían en las batallas campales, siendo por regla general la rendición de las ciudades la consecuencia de la pérdida del
ejérci-15.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXII, 20, 3.
16.-“Por esto el someter a los enemigos les era más dificultoso de lo que había sido para los primeros que vinieron a Hispania, porque los hispanos, por odio al dominio de los cartagineses se pasaban a los romanos, mientras que ahora Catón debía arrancarlos de la liber-tad a que se habían acostumbrado y reducirles a servidumbre”. Tito Livio, Historia de Roma desde su fundaciónXXXIV, 18.
to de campaña de los estados, dado que la desaparición de un número elevado de los miembros de una estructu-ra política suponía la incapacidad de la misma paestructu-ra pro-longar la lucha. Aunque no siempre dicho aserto se cum-plía, siendo uno de los ejemplos más sobresalientes la negativa de Roma a entablar conversaciones encamina-das a finalizar la guerra tras su aplastante derrota en Cannae frente a Aníbal, lo que provocó la incredulidad del estratega púnico que guiado por las máximas de la gue-rra clásica consideraba acabado el conflicto. Cartagine-ses y romanos necesitaban transmitir un claro mensaje de índole política a las comunidades peninsulares. Dicho mensaje no era otro que el extender la idea de que el sis-tema político había cambiado, que a un conflicto bélico no le seguía ya un proceso de paz en el que los conten-dientes podían restañar sus pérdidas antes de volver a encontrarse en combate, sino que la guerra era ahora, aplicando la ideología de los filósofos griegos, el elemen-to decisivo para cambiar el sistema social imperante. Sagunto y Numancia serán pues una ejemplificación de auctoritas, un mensaje grabado a sangre y fuego para indicar la existencia de un nuevo orden en el territorio peninsular: la implantación de los sistemas imperiales que substituyen al antiguo orden jerarquizado tribal y/o prees-tatal, tal y como lo expresa Tito Livio: “cuando se dan leyes a pueblos sometidos armas en mano, el vencedor es el dueño absoluto de aquellos que se le han rendido; dispone a su antojo de aquello de lo que quiera apode-rarse o dejarles”17. Ante él, no cabe otra solución que la sumisión absoluta.
Por ello, los objetivos de los asedios carecen de una clara funcionalidad militar, pero no de una perfecta visión estra-tégica de la geopolítica de Iberia. El sitio se plantea con la
convicción de que la caída de una ciudad importante arrastrará al resto de los asentamientos que integran una estructura territorial en el caso que no hayan sido ocupa-dos por el ejército invasor o, con mayor probabilidad, abandonados por sus habitantes, puesto que el esfuerzo necesario para intentar encarar con éxito una guerra de asedio compleja como la realizada en la península Ibérica tan sólo puede realizarse a partir de la concentración de recursos materiales y humanos en los núcleos de pobla-ción principales que son, lógicamente, aquellos que cuentan con un sistema poliorcético más avanzado y adaptado a los usos de la guerra compleja. La capital eri-gida como símbolo de un poder arrastra en su caída al propio poder que la elevó, privando al sistema social de su elemento de unión esencial, destruyendo así la estruc-tura político-territorial a la que pertenecía. El nuevo orden político no se contenta además con la rendición o entre-ga de la ciudad, necesita transmitir su presencia domi-nante mediante la expugnación y la destrucción, exten-diendo con el relato de la acción cruenta el terror entre las poblaciones cercanas a la arrasada, mermando así, en un ejercicio básico de guerra psicológica, la voluntad de resistencia y facilitando la realización de ulteriores campa-ñas. La idea del pánico al enemigo es frecuente en las guerras protohistóricas peninsulares; baste recordar a modo de ejemplo las disposiciones adoptadas por las jefaturas políticas de las tribus del nordeste peninsular ante el exordio realizado por Catón el 195 a.C. por el que conminaba la destrucción de las fortificaciones, o la con-fianza de los lacetanos al ver avanzar sobre ellos a los suesetanos a los que habían derrotado en múltiples oca-siones, y como éstos huyeron tan sólo con oír su grito de guerra.18
No es casual por tanto que el asedio de las ciudades, por la dificultad que representa emprenderlo, y el ele-vado coste económico y humano que supone para los asaltantes, finalice en la mayor parte de los casos con el saqueo de la plaza conquistada, puesto que a la destrucción se sumaba la humillación que suponía para el vencido pasar junto a sus bienes a la propiedad del vencedor. El botín aumentaba con la toma y rapiña de los campamentos y las bases de operaciones de los ejércitos de campaña en los que se guardaban los bagajes de las tropas y el tren de campaña del ejército, aunque su repercusión, más allá del elemento simbóli-co que significa el desposeer de sus bienes a la élite militar de un sistema político-territorial, y de recursos a un ejército derrotado socavando así su cohesión inter-na y la posibilidad de que se reorganizara y volviera a ser una fuerza de combate efectiva, es mucho menor que la provocada por la expugnación de una ciudad.
69 Figura 1. Último día de Numancia.Obra de Ramón Martí
Alsina (1857).
17.-Tito Livio: Historia de Roma desde su fundaciónXXXIV, 57, 7. 18.-Tito Livio, XXXIV, 20.
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Las derrotas en campo abierto formaban parte de la filosofía de la guerra, en la que se asumía sin menos-cabo de la autoridad y prestigio de los comandantes la posibilidad de la derrota cuando no dependía de un triunfo militar, al entenderse que era inherente a la pro-pia concepción de la lucha, y la suerte de las armas cambiante. Indíbil y Mandonio, derrotados repetida-mente en sus enfrentamientos con el ejército romano, ya sea en calidad de aliados de Cartago o al mando de ejércitos tribales o coaligados, no por vencidos pierden la dirección de las tropas, y será la realidad política deri-vada de su último desastre militar la que determine su fin, no como resultado de un movimiento interno en el seno de su grupo político-social, sino por la presión romana.
Las actuaciones de los grandes ejércitos estatales no difieren en la Península de la práctica de la guerra com-pleja en el Mediterráneo central y oriental, donde la destrucción de una ciudad se consideraba un acto ajustado al derecho de la guerra expresado por Jenofonte: “Es una ley universal y eterna que, en una ciudad tomada a enemigos en estado de guerra, todo, las personas y los bienes, pertenecen al vencedor”19;
Platón: “Todos los bienes de los vencidos pasan a manos de los vencedores”20; y Aristóteles: “Aquello que
se toma en la guerra pertenece al vencedor”21, lo cual
es lógico puesto que el filósofo opinaba que la guerra era un medio legítimo de adquisición de bienes, ya fuera mediante la victoria, el botín, o la toma de una ciudad22. Si una ciudad adoptaba la decisión de resistir
hasta el límite de su capacidad, o bien desoía las pro-puestas y condiciones de entrega realizadas por el sitiador, desdeñando un acuerdo que permitiera según los casos la salvaguarda de bienes y/o personas, el vencedor estaba en su derecho de destruir la ciudad y tomar de ella todo lo que pudiera, como muestra la invectiva de Darío a las ciudades de la Jonia: “Jonios, ahora muéstrese cada uno benefactor de la casa real; cada cual procure apartar a sus súbditos del resto de sus aliados. Anunciadles y prometedles que no pade-cerán disgusto alguno por su sublevación, que ni abra-saremos sus templos, ni sus casas particulares, ni se hallarán en nada peor que antes se hallaban. Pero si no lo hacen y a todo trance se empeñan en entrar en bata-lla, les amenazareis ya con lo que realmente les
espe-ra: que, derrotados en la batalla, serán vendidos como esclavos, que haréis eunucos a sus hijos, transportare-mos sus doncellas a Bactria y entregaretransportare-mos a otros sus territorios”23.
El saqueo y la reducción a la esclavitud de los vencidos fue ejecutado por Atenas tras la conquista de Scion y Melos durante la Guerra del Peloponeso (422 y 416 a.C.)24,
aunque la Ekklesiaateniense modificó en ocasiones el destino de los vencidos, por ejemplo tras la toma de Mitilene el 426 a.C. donde la amenaza de ejecución de todos los hombres adultos y la venta como esclavos de las mujeres y los niños sólo se llevó a cabo en los con-siderados responsables de la sublevación contra Atenas, manteniéndose salvas vida y libertad para el resto de la población25. Ejecuciones masivas fueron
ordenadas también por Archidamos de Esparta sobre la ciudad de Cariai el 368 a.C., sin distinción de sexo y edad26. La práctica del exterminio masivo alcanzó sus
mayores cotas durante las guerras entre Cartago y Siracusa, y las luchas entre las poleis siciliotas para establecer o suprimir las tiranías. Tras la caída de Selinunte el 409 a.C. los mercenarios cartagineses desataron el horror, masacrando a 16.000 personas y vendiendo como esclavos a 5.000: “siguiendo la cos-tumbre de su pueblo mutilaron los cadáveres, unos lle-vaban un cinturón de manos alrededor del cuerpo, otros cabezas en la punta de sus jabalinas”, según Diodoro Sículo27. El mismo año, las tropas recorrieron
Himera a sangre y fuego hasta que Aníbal detuvo la carnicería y entregó mujeres y niños a sus soldados, reservándose tan sólo 3.000 prisioneros que condujo al emplazamiento de la derrota de Amílcar para vengarle ejecutándolos28, demostrando así que el rendimiento
político del exterminio sobrepasaba los intereses comerciales de la guerra. La guerra psicológica hizo mella en el ánimo de la población de Agrigento y Gela que huyó en masa, siendo asesinados los que se que-daron atrás, no respetándose ni el asilo en los templos, ejemplo tradicional de salvaguarda. La culminación de la expugnación consitía en arrasarla totalmente ente-grándola al fuego y destruyendo sus fortificaciones. Aníbal arrasó Himera en el 409 a.C.; Himilcón mandó destruir Mesina en el 396 a.C., Mardonio Atenas ante el avance de los coaligados griegos; y Escipión Emiliano Cartago con un falso halo de remordimiento y
melan-19.-Jenofonte: Ciropedia, VII,5,73. 20.-Platón: Las leyes, I, 626. 21.-Aristóteles: La política, I, 6,1. 22.-Aristóteles: Ética, 1160.
23.-Herodoto: Los nueve libros de la Historia, VI, 9.
24.-Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, V, 32; V, 116. 25.-Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, III, 50. 26.-Jenofonte, Helénicas, VII, 1,28.
27.-Biblioteca Histórica, XIII, 57, 1-5.
colía recordando la caída de Troya, según el tributo interesado de Polibio.
Cartago y Roma rivalizarán en crueldad durante los asedios en la Península, cuando la superioridad numé-rica y técnica les asegure el triunfo. Aníbal expugnó las ciudades de Althea29, Arbucala30, Salmantis31, Cartala32,
Hermandica33, y Sagunto34, saqueando Salmantis y
Cartala, aunque en el primer caso permitió la salida de sus habitantes que conservaron también una túnica, mientras que en el segundo aplicó a fondo los princi-pios de la guerra psicológica, provocando el terror en otras ciudades de la región cuando se difundieron las notícias de su total destrucción. Una práctica que César extenderá también durante la conquista de la Galia, al destruir todos los recursos económicos, alde-as, granjas y ciudades, como fórmula para obtener la sumisión total del país y forzar a los galos a la rendición (Gilliver 2005), sistema que Tácito resumirá en la frase: “crear un desierto para obtener la paz”.
Representativo de la política bárquida en la Península, el sitio de Sagunto presenta las características genera-les de un asedio destinado en principio a resolver un supuesto problema territorial, pero también a proveer de fondos al ejército para futuras campañas debido a su pujanza económica: “Esta ciudad era en mucho la más opulenta de las situadas allende el Ebro, emplaza-da cerca de una milla del mar. Sus habitantes pasan por oriundos de Zacinto, mezclados con algunos rútu-los de Ardea. Pero en breve tiempo habían alcanzado una gran opulencia, sea por su comercio de mar y tie-rra, sea por el aumento de población o por la fuerza de su disciplina, que les hizo guardar la fidelidad debida a los aliados hasta su ruina”35, y cuya fama servirá a
Aníbal para revitalizar a sus tropas en lo más duro del asedio, al prometerles el botín conseguido36. Intentó
también un acuerdo similar al de Salmantis, exigiendo a cambio de las vidas la entrega de todo el oro y la plata, y la reubicación en un territorio elegido por el vencedor, aunque en último término optó por masacrar la ciudad: “¿Quién podía ser perdonado de unos hom-bres que, o encerrados con sus mujeres e hijos se que-maron en sus propias casas, o con las armas en la mano no ponían otro término a la lucha que la muer-te?”. Todos los hombres en edad de portar armas fue-ron pasados a cuchillo aunque la matanza se extendió
sin distinción a habitantes de todas las edades, que-dando los supervivientes en poder de los soldados para ser vendidos como esclavos, y se envió un cuan-tioso botín a Cartago37. Una práctica acorde con los
usos de la guerra en el ámbito Mediterráneo (Hoffner 2002), aunque no existen documentos sobre otros tipos de reducción a esclavitud por motivos de super-vivencia entre los asediados.
Con la excusa de vengar la traición de los iliturgitanos tras la derrota de los Escipiones el 212 a.C., Publio Cornelio Escipión asedió Iliturgis instando a sus tropas a combatir con mayor denuedo que contra los cartagi-neses para satisfacer la venganza, por lo que los sol-dados romanos recorrieron la ciudad matando a todos sus habitantes sin discernir sexo o edad en sus vícti-mas: “entonces sí que quedó patente que el ataque a la ciudad era debido a la rabia y el odio. Nadie pensó en coger prisioneros, nadie pensó en el botín a pesar de que todo se ofrecía al saqueo; degollaron indiscri-minadamente a los que tenían armas y a los que esta-ban desarmados, a las mujeres y a los hombres; en su airada crueldad llegaron a dar muerte a los niños de corta edad. Después prendieron fuego a las casas y arrasaron lo que no podía ser consumido por las lla-mas, tales ansias tenían de borrar incluso las huellas de la ciudad y hacer desaparecer el recuerdo del lugar donde residían sus enemigos”38. La razón del
ensaña-miento es el terror que se creaba entre el vencido para impedirle reagruparse y luchar de nuevo. El horror vivi-do servía para impedir cualquier nueva acción contra una tropa de la que se conocían ya tanto su ferocidad como los extremos de crueldad a los que podía llegar. El resultado inmediato del encarnizamiento en Cartago Nova fue la rendición de Cástulo, donde el ibero Cerdubelo pactó con los romanos, y les entregó la guarnición cartaginesa mandada por Himilcón. No se trata de un caso aislado. Durante el asalto a Cartago Nova el 209 a.C., cuando las tropas consiguieron entrar en la ciudad, Escipión lanzó a sus hombres con-tra los habitantes sin concederles cuartel con el mismo objetivo: causar el terror para provocar la rendición de los defensores de la ciudad: “Destacó la mayor parte contra los vecinos, según costumbre, con orden de matar a cuantos encontrasen, sin dar cuartel a ninguno ni distraerse con el saqueo antes que se diese la señal.
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29.-Polibio, Historias,III, 13,5 30.-Polibio, Historias, III, 14, 1.
31.-Polibio, Historias, III, 14, 1; Polieno, Estratagemas, VII, 48; Plutarco, Virt.Mul, 248. 32.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 5, 2.
33.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 5, 2.
34.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 7-14; Zonaras VIII, 21; Apiano, Iberia10; Floro, I, 22,3; Orosio, IV, 14.1. 35.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 7.
36.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 11. 37.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 14. 38.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVIII, 20, 6-7.
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En mi opinión obran así para infundir terror. Por eso se ha visto muchas veces que los romanos, en la toma de las ciudades, no sólo quitan la vida a los hombres, sino que abren en canal los perros y destrozan a los demás animales; costumbre que con especialidad observaron entonces, por el gran número que habían cogido (…) tomada la ciudadela se dio la señal para que cesase la carnicería y se entregaron al saco”39. Finalizado el
com-bate, de los 10.000 prisioneros tomados, devolvió la libertad a los ciudadanos, pero envió al remo a todos los jóvenes y los esclavos sanos, reservando bajo la categoría de esclavos del pueblo romanoa 2.000 arte-sanos y trabajadores especializados. La clemencia es un gesto de raíz política más, destinado a socavar la influencia cartaginesa, y ligada al episodio de la libera-ción de rehenes iberos y celtíberos que tuvo lugar al mismo tiempo.
No obstante, la descripción de la acción (diripio) por Polibio, pese a su crueldad, se ha considerado un ejem-plo del sistema romano de saqueo de las ciudades con-quistadas, cercano al concepto helénico de la guerra (Walbank 1967), y diferente, según A. Ziolkowski (1993) de los más académicos relatos de Tito Livio, realizados ambos desde una perspectiva favorable a la actuación de los ejércitos romanos, puesto que se reservan los peores epítetos para la descripción del compartamiento de los cartagineses en las ciudades conquistadas, como en el caso de Victumulae, expugnada por Aníbal el 218 a.C.40. Las fases del modo romano de saqueo
incluirán, por orden, la masacre, el pillaje y la distribución del botín, siguiendo en muchos casos un claro concep-to de espíritu de cuerpo puesconcep-to que el producconcep-to de las rapiñas era distribuído posteriormente por los tribunos, al estar el saqueo regulado para que todos los soldados pudieran beneficiarse por igual. Así, una parte de la tropa permanecía en alerta mientras que el resto se dedicaba al pillaje una vez la trompeta indicaba el fin de la carnicería. Lo obtenido era subastado entre los mer-caderes de origen romano que seguían al ejército, pero también se admitía en la puja a comerciantes locales (Goldsworthy 2005, 64-65).
Los relatos del terror romano se extendieron por el sur de la Península. Tras una feroz resistencia, los
habitan-tes de Orongis intentaron rendirse a Lucio Escipión el año 207 a.C., pero fueron igualmente masacrados: “Los habitantes cogieron miedo a que el enemigo, en caso de penetrar en la ciudad, degollase a mansalva a todo el que encontrase, cartaginés o hispano, indiscri-minadamente. Abriendo pues repentinamente la puer-ta, se echaron en masa fuera de la ciudad poniendo los escudos por delante por si les disparaban venablos desde lejos y mostrando desnudas las diestras para que se viera bien que habían arrojado las espadas. No se sabe con certeza si la distancia impidió captar bien esta circunstancia o si se sospechó una trampa; se cargó con saña contra los tránsfugas y fueron destro-zados como si fuera una formación que presentaba batalla”41, por lo que al año siguiente, cuando Lucio
Marcio Séptimo se dirigió contra Astapa, ciudad acu-sada de apoyar a los cartagineses, asaltar a los merca-deres, y dar muerte a los soldados extraviados42, los
astapenses decidieron inmolarse, y los romanos no pudieron capturar esclavos ni botín, pereciendo entre el fuego los soldados que quisieron rescatar de las llamas el oro y la plata que se fundía ante sus ojos43.
El análisis de las fuentes indica que los asedios fueron constantes a partir del 218 a.C. Cneo Cornelio Escipión expugnó todas las ciudades que le negaron sumisión durante su marcha hacia el Ebro44, tomó Cissis45tras
derrotar a Hannón46, y finalizó su conquista mediante la
rendición de Atanagro y la capital de los suesetanos47.
Al año siguiente, sus tropas tomaron y saquearon Onusa, devastaron los campos y las aldeas cercanas a Cartago Nova, los depósitos de Longuntica, y en las Baleares los campos próximos a Ebusus48. En el
216 a.C. puso sitio a Hibera, aunque no llegó a tomar-la puesto que Asdrúbal replicó con un contraasedio que le obligó a levantar el sitio. La maniobra contraria la realizan los romanos en el 215 a.C. obligando a Asdrúbal, Magón y Amílcar a desbloquear Iliturgis49. Al
año siguiente, como venganza por el papel jugado por los turdetanos en la toma de Sagunto, el ejército roma-no arrasó su capital y exterminó a sus habitantes50.
Los asedios continuaron a lo largo de las guerras del siglo II a.C. El 195 a.C. Marco Helvio mandó degollar a todos los jóvenes en edad de combatir capturados en
39.-Polibio, Historias, X, 12.1. 40.-Tito Livio, XXI, 57, 13-14.
41.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVIII, 3,11. 42.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVIII, 22. 43.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XVIII, 22,7-11. 44.-Polibio, Historias, III, 76,2.
45.-La toma de Cisis no reportó grandes beneficios a las tropas romanas puesto que el botín obtenido fue de baja calidad, consistente en “ajuar bárbaro y esclavos miserables”.
46.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 60. 47.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 61. 48.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXII, 20, 3. 49.-Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXIII, 49, 15.
la toma de Iliturgis51, y Catón ajustició o vendió a los
bergistanos sublevados tras tomar su ciudad52,
inician-do una serie de acciones que culminarían en la ordalía de Numancia el 133 a.C.
LA DESTRUCCIÓN DE LOS RECURSOS ECONÓMICOS
Estructuralmente, la planificación y desarrollo de la guerra son indisolubles de los sistemas económicos. La guerra compleja que despliegan y ejecutan los ejér-citos tribales y estatales precisa de la movilización de un elevado número de hombres, lo que comporta a su vez una gran complejidad en el sistema logístico desti-nado a asegurar tanto el pago de las tropas como su avituallamiento. Especialmente durante la realización de campañas en territorio hostil, la disponibilidad de recursos era imprescindible para mantener la moral y el espíritu de combate de la tropa, existiendo dos opcio-nes: el saqueo sistemático (en ocasiones requisa o compra) de productos sobre el terreno, o el acarreo de suministros desde las bases de los ejércitos. Ambos casos plantean serios problemas. En el primero, los contingentes pueden verse obligados a atravesar terri-torios en los que se haya aplicado la táctica de tierra quemada, destruyendo intencionadamente todo aque-llo que pudiera servir de avituallamiento a un invasor, y concentrando los recursos alimentarios al abrigo de las fortificaciones de los principales oppida, obligando por tanto a un sitio para obtenerlos; o, simplemente, la pro-ductividad de una región podía ser insuficiente para ali-mentar a los contingentes de un ejército en campaña. Si se producía una falta de suministros, la capacidad de combate de la tropa disminuía, al tiempo que su moral y la confianza en los mandos, por lo que en una estruc-tura militar en la que buena parte de las tropas eran mercenarias o aliadas contingenciales, una intendencia deficiente comportaría el aumento de las deserciones y la reducción de efectivos.
En el segundo caso, el acarreo de alimentos desde los cuarteles de invierno, los problemas no son menores. Tanto si se opta por transportar las vituallas junto al ejército, como si se prefiere establecer un sistema de convoyes que siga y reavitualle a las tropas, los proble-mas de coordinación y transporte son inmensos, entendiendo también que debe asegurarse la línea de comunicaciones para permitir el paso de los convoyes, lo que supondría reducir drásticamente la masa de
maniobra del ejército y, muy especialmente, un cambio en el tipo de operaciones desarrollado en el ámbito peninsular, pasando de la incursión con objetivos estra-tégicos específicos, a la ocupación y conquista paula-tina de un territorio. Es decir, una guerra de frentes cuya ejecución en el espacio y tiempo estudiados es indemostrable.
En razón de la dificultad para asegurar los suministros, del estudio de la duración de las campañas militares en la Protohistoria se constata una división del año en dos grandes períodos por lo que respecta a la actividad bélica: la campaña militar propiamente dicha, iniciada en primavera y finalizada en otoño; y la etapa invernal, en la que las tropas regresaban a sus cuarteles de invierno, con la única excepción de los asedios de las ciudades. La razón para realizar las campañas durante el buen tiempo estriba en la facilidad de movimientos al no existir graves condicionantes climatológicos, y a la posibilidad de alimentar a las tropas sobre el terreno ocupado apoderándose de las cosechas, en palabras de Jenofonte: “frecuentemente en tiempos de guerra es más seguro obtener los alimentos con las armas en la mano que empleando el arado”53.
En el modelo de guerra occidental, un ejército en mar-cha se avituallaba esencialmente de los suministros que pudiera rapiñar en el territorio por el que transita-ba, práctica que se endurecía cuando se encontraba en territorio enemigo: “pero si llegamos a un sitio y no nos venden, ya sea tierra de los bárbaros, ya de los griegos, tomamos lo que nos hace falta, no por licen-cia, sino por necesidad. Así hemos hecho la guerra a los carducos, taocos y caldeos, gente muy temible y que no son súbditos del rey, porque era preciso tomar lo necesario, ya que no querían vendérnoslo. En cam-bio, a los macrones, que se prestaron a ello en la medida de sus recursos, les hemos tenido por amigos y nada les tomamos por la fuerza”54, puesto que la
requisa de productos y la destrucción de los recursos económicos no sólo significaban un beneficio a corto plazo para el que se apropiaba de ellos, sino un perjui-cio para el enemigo, obligado a reorganizar sus estruc-turas de producción económica finalizado el conflicto; e incluso podía emplearse como sistema para povocar su rendición al destruir la totalidad de sus recursos económicos. En función de ello era frecuente que a una guerra siguiera un período de crisis económica cuyas consecuencias minaban la autoridad del poder político. Los conflictos entre las poleisgriegas se distinguieron especialmente por la brutalidad de éstas prácticas. La
73
51.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXXIV, 10. 52.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXXIV, 21. 53.-Jenofonte, Oeconomicus, V, 13.
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invasión del Ática por Archidamo el 431 a.C. provocó una destrucción superior a la ocasionada por la inva-sión persa del 480 a.C., siendo práctica común la repe-tición de dichas incursiones hasta la posterior crisis de Esfacteria: Los más jóvenes no habían visto nunca un espectáculo parecido, pero tampoco los más viejos, salvo en la época de las guerras médicas”55. Las
des-trucciones sistemáticas movieron a Platón a reflexionar sobre la necesidad de prohibir la devastación de los campos y el incendio de las casas en los usos de la guerra56, puesto que dicha práctica se había convertido
en un recurso básico de la estrategia militar (Chandezon 1999).
Para cuantificar el volumen de requisas y suministros es necesario conocer dos datos esenciales: el tamaño de los ejércitos y la reglamentación de las raciones ali-mentarias fijadas para cada contingente (Harvey 1986), pero es difícil establecer las necesidades de suminis-tros de un ejército de la antigüedad en campaña pues-to que la información sobre alimenpues-tos para la tropa y las monturas no siempre se ha conservado en las fuentes, y, aunque a modo de ejemplo pueda indicarse que el tren de bagajes de la expedición de Ciro constaba de 400 carros, y que en base a las cifras de Herodoto el ejército necesitaría para subsistir 110.340 medimnoide trigo diarios, entendiendo que cada soldado recibiera tan sólo un quénicede trigo diario, y ello sin contar la alimentación de los civiles que seguían al ejército57,
dichas cifras no son en absoluto extrapolables. Las prácticas de la requisa y la esquilmación de los campos se llevaron a cabo con profusión en las gue-rras que tuvieron lugar en la península Ibérica. Durante su campaña contra los iberos en el nordeste peninsu-lar el año 195 a.C. Marco Porcio Catón despide a los abastecedores romanos indicándoles que la guerra se alimentaba a si misma (bellum se ipsum alet)58. La
sen-tencia del cónsul, en caso de ser cierta, era arriesgada al suponer la alimentación de un ejército de 26.000 hombres, 800 monturas, y los animales de tiro de la impedimenta. Aún conviniendo que en campaña
sería difícil cumplir con las rigurosas especificaciones de las ordenanzas romanas59, una proyección teórica
implica unas necesidades anuales cifradas en 1.674.000 modios de trigo (15.484,5 Tm) y 403.200 modios de cebada (3.729,6 Tm), cuyo valor se cifra en 5.022.000 sextercios para el trigo y 1.209.600 sextercios para la cebada. Es cierto que Catón llega a Emporion en la época en que los iberos tenían el trigo en las eras60y que puede suponer por
ello que las requisas le permitirán alimentar a su ejérci-to, pero ésta premisa no es aplicable a otros contin-gentes militares.
Según se desprende de las fuentes clásicas, las reser-vas alimentarias de Hispania parecían inagotables. En el 218 a.C., el ejército y la flota de Cneo Cornelio y Publio Escipión necesitaban 738.000 modios de trigo (6.826 Tm) por valor de 2.211.786 sextercios y 352.800 modios de cebada (3.263 Tm) valoradas en 1.057.341 sextercios, a los que deben sumarse 1.512.000 modios de cereal para los marinos y solda-dos embarcasolda-dos en las naves, por un valor total de 4.531.464 sextercios, lo que implica un coste global anual para el mantenimiento de la expedición de 7.800.591 sextercios que, en su práctica totalidad, debían ser aportados por el erario romano. El ejército de refuerzo enviado bajo el mando de Marcelo tras la muerte de los Escipiones (210 a.C.) precisaría consumir 792.000 modios de trigo (7.326 Tm) valorados en 2.373.624 sextercios y 504.000 modios de trigo (4.662 Tm) equivalentes a 1.510.488 sextercios, para un total de 3.884.112 sextercios, cantidad a la que habría que añadir los montantes y valor de los suminis-tros para los restos del ejército vencido reagrupados por Lucio Marcio. Durante las primeras fases de la gue-rra, una parte considerable de los suministros debía lle-gar desde la península Itálica con los peligros que ello entrañaba, puesto que, por ejemplo, en el 217 a.C., unas naves de transporte romanas procedentes de Ostia fueron capturadas por la armada cartaginesa cerca del puerto de Cosa61, por lo que no es de
extra-55.-Tucídides. Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 21. 56.-Platón, La República, 469.
57.-Herodoto,Los nueve libros de la Historia, VII, 184-188. 58.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXXIV, 9.
59.-La ración alimentaria de las legiones romanas estaba formada, en esencia, por harina de trigo preparada de diversas formas: panis militaris, panis militaris mundusy panis castrensis, salazón de carne, tocino y queso, constituyendo una dieta similar a la de las clases bajas de la población de Roma. Galieno (VI, 507), Celso, (2,18,4); Polibio, Historias, VI, 38,6; y Apiano, Illyria,26, indican que el trigo era el único cereal que podían consumir los soldados, dado que la distribución de cebada como alimento básico para la tropa se considera-ba un castigo. Polibio, Historias, VI, 39,13-14 cifraba la alimentación básica de un legionario: “la ración de trigo de un soldado de infan-tería es de dos terceras partes de un medimno ático, y la de un jinete, de siete medimnos de cebada y dos de trigo mensuales. Entre los aliados, los soldados de infantería recibían lo mismo que los romanos, mientras que los jinetes tan sólo cuatro terceras partes de un medimno de trigo y cinco medimnos de cebada”. A modo de comparación, la ración de un esclavo urbano en el siglo II a.C. era, según Plauto (Persa, 471) de dos panes, mientras que Catón, en el mismo período indica unas raciones de 660 grs de trigo por día en invierno y 999 grs en verano para trabajos no pesados, mientras que los esclavos que realizaban un ejercicio físico pesado podían recibían entre 1.309 y 1.367 grs diarios, cifras que no están muy alejadas de los 865 grs por día reflejados por Polibio para la tropa.
60.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación,XXXIV, 9; XXXIV, 16,3. 61.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXII, 11,6.
ñar la alegría del campamento romano en Tarraco cuando Publio Cornelio Escipión consiguió llegar el mismo año con una flota de aprovisionamiento y refuer-zos62, aunque la falta de suministros fue endémica63.
Por el contrario es significativo de la capacidad pro-ductora de la Península que en el 203 a.C., apenas finalizada la guerra en Hispania, Marco Valerio Falto y Marco Fabio Buteo pudieran ya enviar a Roma grandes cantidades de trigo para su distribución en los barrios más desfavorecidos de la ciudad a cuatro ases el modio para paliar la escasez de abastecimientos64.
Es evidente que la unión entre los dos datos sólo puede suponer una explicación: la obtención del control de los recursos agrarios de las comunidades ibéricas, conside-rada como exdentaria a partir del siglo V a.C. El mejor sis-tema para alimentar al ejército en campaña consistía en establecer depósitos de trigo en plazas fortificadas, dis-posición básica en una guerra como la sostenida en la Península, donde la estrategia principal consistía en reali-zar incursiones en territorio enemigo mediante un sistema de marchas y contramarchas que indujera al adversario a plantear batalla en campo abierto con la esperanza de derrotarlo completamente y terminar el conflicto. Por ello, Asdrúbal tenía un depósito de cereal y provisiones en Ascua en el 217 a.C.65, y los Escipiones otro en Castro
Albo el 212 a.C.66, aunque era en las bases principales,
Tarraco y Cartago Nova67donde se guardaban los
mayo-res depósitos al ser los lugamayo-res de invernada. Tras la toma de la base púnica, el inventario de cereal capturado inclu-yó 400.000 modios de trigo y 270.000 de cebada, así como varias naves cargadas de trigo68, hasta el extremo
que Tito Livio indica que la toma de la ciudad casi fue lo menos importante ante la abundancia del material de guerra capturado.
Otra práctica habitual era exigir suministros a las comu-nidades aliadas o sometidas, como en el caso de la sublevación ilergete del 205 a.C. a cuyo término los romanos impusieron la entrega, no sólo de un stipen-diumdoble, sino también de trigo para seis meses, y túnicas y togas para el ejército69. Pese a la posibilidad
de exigir suministros, la práctica más habitual, como se ha indicado, era tomarlos procediendo a la siega de los
campos cuando la mies estaba crecida, una práctica que también realizaban las tribus ibéricas como la de los saguntinos en el territorio de los turbuletas, la causa esgrimida para el asedio de la ciudad70; los ilergetas,
animados por Asdrúbal, sobre los pueblos de la costa del nordeste peninsular que habían establecido pactos con los romanos después de su desembarco71; o de
nuevo los ilergetas en el 206 a.C. al devastar los cam-pos de los suesetanos y sedetanos72. Las referencias a
la tala de los campos y la acción de los forrajeadores son constantes en las fuentes desde la acción de Asdrúbal contra los tartesios de Chalbo el 216 a.C.73 hasta las incursiones sobre el territorio de los indiketas ordenado por Catón el 195 a.C., aunque era una misión no exenta de peligro, puesto que los forrajeado-res de Cneo Cornelio Escipión fueron sorprendidos y aniquilados por Asdrúbal en las proximidades del Ebro el 218 a.C.74, y los enviados por Publio Cornelio a
reco-rrer los campos durante su avance al sur del Ebro en el 214 a.C. corrieron la misma suerte75.
EXIGENCIA DE CONTRIBUCIONES
La guerra económica no se circunscribe a la rapiña y destrucción del sistema de producción y las reservas alimentarias estratégicas del enemigo, sino que puede adquirir un componente permanente mucho más lucra-tivo para el vencedor: el establecimiento del pago de contribuciones. Ya sea como resultado inmediato de un combate tras el que se exigen reparaciones económi-cas al vencido con el objetivo de que asuma los costos de la guerra y restañar la inversión realizada por el ven-cedor en la campaña; o mediante la definición de una serie de entregas periódicas de productos manufactu-rados, materias primas y numerario, el territorio venci-do y su estructura económica, pasan a depender del albedrío de la potencia ocupante, que inicia sistemáti-camente un proceso de exacciones destinado a bene-ficiarse económicamente de los nuevos territorios ocu-pados, consiguiendo también a partir de las contribuciones que las comunidades vencidas –sus
75
62.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXII, 22. 63.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIII, 48,4. 64.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXX, 26,5. 65.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIII, 27. 66.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIV, 41
67.-En época de Amílcar Barca la principal base púnica era Akra Leuke. Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, 25,10. 68.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVI, 47,8-9.
69.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIX, 3,5. 70.-Polibio, Historias, III, 15,7. Apiano, Iberia, 10.
71.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 61. 72.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVIII, 24. 73.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIII, 26.
74.-Polibio, Historias, III, 76,1. Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 61. 75.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIV, 41.
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sistemas políticos– no puedan almacenar el excedente de producción y los recursos necesarios para financiar una revuelta contra el ocupante romano. El sistema económico quedará pues supeditado a las directrices de la administración militar (y posteriormente política a partir del 197 a.C.) como demuestran las protestas que los agricultores de la Citerior realizan ante el senado romano el año 171 a.C. que suponen el envío a la Península del pretor Lucius Canuleius para resolver el problema del precio del trigo pagado por la administra-ción provincial romana a los agricultores iberos. La exigencia de contribuciones a las tribus y ciudades iberas y celtiberas se inicia durante la campaña de Aníbal contra Salmantis, a la que exige 300 talentos de plata y 300 rehenes para levantar el asedio, petición que al ser rechazada76provocará el saqueo de la
ciu-dad. Antes de la campaña contra Sagunto, exigirá y obtendrá tributo de las ciudades de los olcades tras saquear su capital, Cartala77. Poco después de su
des-embarco, Cneo Cornelio Escipión exigirá contribucio-nes en dinero a los ilergetas después de la rendición de su capital, Atanagro, y a los suesetanos, tras asediar igualmente su capital78. No obstante, durante la
prime-ra fase de la conquista romana, las exigencias fueron reducidas debido al interés del ejército romano por dis-tanciar a las tribus ibéricas del dominio cartaginés. Y ello pese a que la falta de abastecimiento les impelía, como en el 215 a.C. cuando Publio y Cneo Cornelio Escipión comunican a Roma que debido a la escasez de dinero no pueden obtener trigo para alimentar a las tropas, ni pagarles la soldada79. La exigencia de dinero
a los pueblos tenidos como aliados mediante pactos de amistad supuso en diversas ocasiones la ruptura de los acuerdos existentes, al no entender los caudillos ibéricos que se dudase de la lealtad empeñada con un pacto personal. La insistencia de Asdrúbal Giscón para asegurarse la lealtad de Indíbil mediante la entrega de una gran cantidad de plata y rehenes, fue la causa de su ruptura y paso al bando romano80.
Si consideramos ciertas las cifras reseñadas en las fuentes clásicas, la potencialidad económica del territo-rio peninsular fue perfectamente aquilatada por Roma desde el inicio de su presencia militar. La suma de los botines de guerra obtenidos de los ejércitos y plazas cartaginesas vencidas permitieron a Publio Cornelio Escipión entregar 14.342 libras de plata y una gran cantidad de plata sin acuñar al erario a su regreso a
Roma en el 206 a.C., aunque debe recordarse que sólo en la toma de Cartago Nova, el botín ascendió a 276 pateras de oro de una libra de peso, 18.300 libras de plata trabajada o acuñada, y un gran número de vasos de plata, por lo que, en principio, debe suponer-se que los gastos de mantenimiento del ejército en los tres años siguientes se sufragaron en gran parte a costa de lo capturado, dado que el montante de lo entregado al erario romano es netamente inferior a lo consignado en el botín de la ciudad81.
La exigencia de contribuciones se convertiría en impuesto regular (stipendium anni), en ocasiones doblado como en el caso de las reparaciones exigidas a los ilergetes después de la sublevación en el 205 a.C. Finalizado el principal período de conflictos, las fuentes registran cómo a partir del 200 a.C. tiene lugar el inicio de un saqueo sistemático de los recursos económicos de las estructuras políticas ibéricas al exigirse y obte-nerse bajo el amparo de la fuerza contínuas exacciones destinadas en su mayor parte a potenciar la influencia política y social en Roma de los mandos militares des-tinados en Hispania. Así, el procónsul Lucio Cornelio Léntulo aportará como botín 43.000 libras de plata y 2.450 libras de oro en 200 a.C., Lucio Manlio Acidinio ingresará el 198 a.C. 1.200 libras de plata y 30 de oro, producto de sus campañas en la Hispania Ulterior; Cneo Cornelio Blasio regresó en el 197 a.C. de la Hispania Citerior con 1.515 libras de oro, 20.000 de plata y 34.550 libras de plata acuñada, mientras que el mismo año, Lucio Stertinio volvió a Roma desde la Ulterior con 50.000 libras de plata, pudiendo erigir con su parte del botín dos arcos honoríficos en el Forum Boariumy uno ante el Circo Máximoornados con esta-tuas doradas82. El saqueo continuó en el 195 a.C. una
vez sofocada la rebelión, Marco Helvio ingresó en el erario 14.732 libras de plata en lingotes, 17.023 libras de plata acuñada con la biga, y 119.439 de plata oscense, mientras que su sucesor Quinto Minucio pudo regresar a Roma con 34.800 libras de plata, 73.000 marcadas con la biga y 278.000 de plata oscense. Catón, vencedor de los iberos en el 195 a.C., exprimió también la provincia con impuestos sobre las minas de hierro y plata y repartió a cada uno de sus soldados, sin distinción, una libra de plata que éstos sumaron al enorme botín reunido durante la campaña, lo cual, y en función del tamaño de su ejército consular, significa un mínimo de 24.000 libras de plata
destina-76.-Polieno,VII, 48.
77.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 5,2. 78.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXI, 61. 79.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXIII, 48,4. 80.-Polibio, Historias, IX, 11; X, 35.
81.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXVI, 47. 82.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXXII, 27.
das a compensar de forma extraordinaria a las tropas; a la prodigalidad de Catón debe sumarse, según el texto de Plutarco, el pago de 200 talentos de plata (c. 1.530 kg) a los mercenarios celtiberos que reclutó para la campaña, cantidades que se pagarían del botín obtenido de las tribus vencidas83.
El total de las esquilmaciones de Catón es aún más sig-nificativo respecto al potencial económico de Hispania si se le sumamos las 25.000 libras de plata en lingotes, 23.000 con el cuño de la biga, 540 libras de plata oscenses, y 1.400 de oro que aportó a Roma en el 194 a.C. Tres años después, el procónsul Marco Fulvio Nobilior llevó a Roma una cantidad mucho menor pero aún significativa: 12.000 libras de plata, 130 con la marca de la biga y 127 libras de oro. La suma de dichos datos indica que en tan sólo una década, los cónsules y procónsules romanos fueron capaces de aportar al tesoro de Roma la respetable cifra de 200.732 libras de plata en lingotes, 545.672 libras de plata acuñada y 5.522 libras de oro, a las que deben sumarse los pagos a las tropas, las cantidades inverti-das en las compras de alimentos, y el saqueo realiza-do por las tropas como botín de guerra.
Si se comparan las cifras indicadas con las reparacio-nes de guerra exigidas a Cartago al final de la Segunda Guerra Púnica: 10.000 talentos de plata de Eubea pagaderos en 50 años a razón de 200 talentos anua-les, puede comprenderse hasta qué punto era una esquilmación sin precedentes lo obtenido en Hispania, razón por la que se guardó el registro de los ingresos84,
pero también que las sumas obtenidas no dejaban de considerarse como normales dado que no sirvieron, en muchas ocasiones, para que los procónsules obtuvie-ran los máximos honores por parte del senado romano. Y, evidentemente, las cifras indicadas son las conside-radas oficiales inscritas en los registros del estado, a ellas habría que añadir el monto de los botines obteni-do por la tropa, los oficiales y los comandantes milita-res que no se incluyen en las relaciones. Entre el final de la guerra de Aníbal y el inicio de las campañas lusi-tanas y celtíberas, Hispania se convirtió en un territorio en el que era fácil acumular fortunas mediante la rapiña sistemática del sistema económico indígena.
Las exigencias de reparaciones y los saqueos conti-nuaron en años posteriores aunque de forma más espaciada debido a las alternativas de las guerras sos-tenidas durante el siglo II a.C. Aún así, el procónsul Lucio Manlio pudo llevar a Roma el año 186 a.C.
52 coronas de oro y 132 libras del mismo metal y 16.300 libras de plata, mientras que el cuestor Quinto Fabio aportó 10.000 libras de plata y 80 de oro85,
Quinto Fulvio Flaco 124 coronas y 32 libras de oro, y 133.200 monedas de plata oscense el año 179 a.C.86,
y Marco Claudio Marcelo 10 libras de oro y 1.000.00 de sextercios en plata.
MORTANDAD Y DESCOMPOSICIÓN DEL SISTEMA DEMOGRÁFICO
Pese a los problemas existentes para admitir las cifras incluídas en las fuentes clásicas, dichos números pue-den aceptarse como indicio de la demografía de las estructuras político-sociales peninsulares, y de la capa-cidad de su sistema organizativo de reclutamiento y encuadramiento de tropas.
Diodoro Sículo87 explica que la primera campaña de
Amílcar Barca contra iberos y tartésicos se saldó con la aniquilación de éstos, cuyo número no especifica, con la excepción de 3.000 prisioneros que fueron enrolados en calidad de mercenarios; pese al desastre, Indortas pudo reunir en poco tiempo un nuevo ejército de 50.000 hombres de los que perecieron casi todos a excepción de 10.000 cautivos. Suponiendo que ambos ejércitos fuesen de dimensiones similares, significaría que las pérdidas de iberos y tartesios ascenderían en poco tiempo a más de 80.000 hombres. Es difícil cali-brar las cifras puesto que no disponemos de una esti-mación, siquiera aproximada, de la demografía de las comunidades ibéricas del sur peninsular a mediados del siglo III a.C., pero aplicando cálculos generales de movilización de tropas para el período de guerra entre estados, los ejércitos dependientes de una estructura política no sobrepasan al inicio de una contienda el 15% del total de la población, lo que indicaría que 100.000 guerreros corresponderían a una población aproximada de 6.500.000 habitantes para el sur y sud-este de la Península.
Pérdidas como las expresadas por Diodoro significarí-an un fuerte hsignificarí-andicap para el sostenimiento futuro de la estructura poblacional de los vencidos, al disminuir la fuerza de trabajo y desestructurarse las unidades fami-liares. Siguiendo con las cifras, según Polibio y Tito Livio, Aníbal derrotó a carpetanos y olcades causándo-les graves daños y poniendo en fuga no más de 10.000 hombres88de un ejército que algunas fuentes
77
83.-Plutarco, Catón, 10. 84.-Polibio, Historias, XV, 18,7.
85.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XXXIX, 29,4. 86.-Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, XL, 43,4. 87.-Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, XXV, 10.