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IDENTIDAD ÉTNICA Y CULTURA MATERIAL: EL CASO DEL LITORAL MARÍTIMO BONAERENSE

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Mariano Bonomo. CONICET-Departamento Científico de Arqueología, Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata. Aires.Calle 23 nro. 945, (1900), La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. [email protected]

MATERIAL: EL CASO DEL LITORAL

MARÍTIMO BONAERENSE

Mariano Bonomo

¿Estos indios eran los Pampas? (Pregunta dirigida con frecuencia a los arqueólogos que trabajan en la Región Pampeana durante actividades de divulgación científica)

IDENTIDAD ÉTNICA Y CULTURA MATERIAL

Existe abundante bibliografía generada por corrientes de la antropología y la sociología acerca del estudio de los grupos étnicos (Barth 1976; Bentley 1987; Cohen 1978; Eriksen 1993). En estos trabajos se ha criticado la consideración de los gru-pos étnicos como entidades socioculturales ahistóricas y sin interacción con otras unidades similares, así como los indicadores utilizados para delimitar las fronteras de un grupo particular (ver discusión en Jones 1997; Jones y Graves-Brown 1995). Ligados a estas posturas, surgieron nuevos enfoques arqueológicos (Díaz-Andreu 1998; Hodder 1978, 1979; Jones 1997; Shennan 1989; Wells 1998) y etnoarqueoló-gicos (Arnold 1989; Hernando Gonzalo 1997; Hodder 1994). Estos han efectuado una revisión de los conceptos empleados en la interpretación del pasado y remar-cado la ausencia de una teoría sólida que abarque las relaciones dinámicas entre etnicidad y cultura material. Se ha cuestionado el uso de entidades estáticas (e.g. industrias), entendidas como la expresión directa de normas mentales y valores materializados en los objetos, para explicar las divergencias en el registro arqueo-lógico. Se propuso que la variabilidad en los conjuntos materiales puede no deberse a que personas distintas en lugares diferentes poseen ideas particulares de cómo hacer las cosas. Así, se han señalado los inconvenientes que surgen al aplicar cate-gorías de tipo intuitivas, esencialistas y arbitrarias a las sociedades del pasado (Kohl 1998; Renfrew 1979; Shennan 1989; Thomas 1999).

Los grupos étnicos fueron definidos como una autoconstrucción consciente y subjetiva de un conjunto de individuos que se consideran con una identidad cul-tural distinta con respecto a otras agrupaciones de seres humanos (Barth 1976). En

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general, se entiende a la etnicidad como el fenómeno por el cual los grupos huma-nos emplean un rango de significados compartidos para simbolizar y mantener su propia organización interna en oposición a otros grupos similares. La interacción entre los distintos grupos étnicos se produce a partir de la comunicación social de diferencias culturales (Cohen 1978; Eriksen 1993). La etnicidad es un proceso he-terogéneo dependiente de las relaciones de poder entre grupos y de las realidades culturales preexistentes, en las cuales la identidad es una construcción histórica (David y Wilson 1999; Jones 1997, 2000; Kohl 1998).

En términos amplios, los grupos étnicos han sido descriptos tradicionalmente sobre la base de una serie de elementos compartidos por sus integrantes, como: una descendencia común, la lengua, las características físicas, la cultura material (tipos de vestimenta, formas de las viviendas, clases de instrumentos, ornamentación, etc.), la contigüidad territorial, las creencias, el sistema de valores, las costumbres socia-les, etc. (Barth 1976; Cohen 1978; Eriksen 1993; Jones y Graves-Brown 1995, en-tre otros). Sin embargo, no existe consenso con relación a cuáles de estos criterios tienen mayor potencial y relevancia para el abordaje de problemas vinculados a la identidad étnica. Dado su carácter subjetivo y dinámico se ha reconocido la falta de una relación mecánica entre estos elementos comunes y los grupos étnicos. A esto se le agrega, la fluida transformación de las fronteras sociales, las diversas adscripciones individuales, junto con la coexistencia de identidades múltiples o virtuales de acuerdo a las circunstancias (Díaz-Andreu 1998; Ericksen 1993; Nacuzzi 1998).

En el caso particular de la arqueología, parte de los fenómenos que sustentan una identidad colectiva de los individuos, como por ejemplo los mitos de origen, una historia compartida o la lengua, no están disponibles en el registro arqueoló-gico. De estos aspectos solo los restos materiales pueden ser empleados para obte-ner datos acerca de la identidad étnica (Lamberg-Karlovsky 1998). Esto último, se basa en la idea planteada por Hodder (1994) de que la cultura material posee un activo significado simbólico a partir del cual se construyen relaciones entre los seres humanos y se comunica información social. Por consiguiente, la cultura material que logró sobrevivir al paso del tiempo va a ser el punto de interés hacia donde se dirijan las preguntas acerca de la identidad étnica.

En general, se sostiene que el hallazgo de semejanzas en los bienes culturales no necesariamente significa que fueron generados por un mismo grupo étnico y que la distribución de los materiales de un grupo singular puede no coincidir en el espacio. De hecho, no poseen la misma distribución los elementos que se inter-cambian y aquellos objetos que son descartados en sus lugares de uso. Mientras ciertos ítems solo están presentes dentro de los límites sociales, otros, incluidos dentro de extensas redes de redistribución, atraviesan las fronteras con mayor fa-cilidad (Hodder 1978, 1979, 1994). Por consiguiente, poblaciones diferentes pue-den presentar rasgos comunes en la cultura material o, también, una misma socie-dad puede poseer algunas variaciones en cuanto a sus restos materiales. Esto

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últi-mo, puede depender de diversos factores como las divisiones internas del grupo (distinciones de género, edad, prestigio, creencias, etc.), la variabilidad funcional para las cuales los artefactos fueron utilizados, el tamaño de la población y la fre-cuencia de intercambios (Binford 1965; Shennan 1989; Thomas 1999). Las divisio-nes internas existentes dentro de agrupaciodivisio-nes mayores generan formas de identi-ficación social que se interceptan a distintos niveles, empleando activamente dife-rentes signos de la cultura material para su comunicación (Wells 1998).

La construcción de identidades étnicas en el pasado se manifiesta en el registro arqueológico a través de múltiples patrones observables en la distribución de de-terminados diseños de la cultura material (i.e. solapamiento, aislamiento y discon-tinuidades) (Jones 1997; Jones y Graves-Brown 1995). Por ejemplo, algunos traba-jos (Blackmore et al. 1979; Hodder 1979), focalizados en aspectos político-econó-micos, advierten una marcada manifestación étnica en situaciones caracterizadas por la competencia por recursos escasos con grupos vecinos con modos de vida diferentes. En estos casos, la distribución de conjuntos similares debería decrecer de forma abrupta en los límites intergrupales. Sin embargo, otros investigadores (e.g. Olsen y Kobylinski 1991) plantean que la etnicidad no se vincula solo a una estrategia económica, ya que estas condiciones pueden estar dadas en situaciones de relativa estabilidad y sin competitividad por los recursos.

Si bien la identificación de grupos étnicos particulares en el registro arqueoló-gico presenta serios inconvenientes, para Hodder (1979) es posible reconocer la etnicidad como un proceso, es decir, como una práctica social que elabora signifi-cados específicos en la cultura material en determinados contextos espaciales y temporales. Por su parte, Wells (1998:242), a pesar de las dificultades, señaló dos ventajas que tiene la arqueología para realizar sus inferencias acerca de la identi-dad. La primera es la extensión temporal del registro que permite evaluar los pro-cesos de cambio a lo largo del tiempo y la segunda consiste en la posibilidad de trabajar con muestras grandes para testear las hipótesis. Cabe resaltar que los re-cientes análisis sobre etnicidad han abordado sobre todo problemas arqueológicos relacionados con sociedades agropastoriles y con organización estatal (e.g. Barret et al. 2000; Díaz-Andreu 1998; Jones 1997). Estas sociedades poseen acentuadas diferencias internas, alta densidad demográfica y mayor diversidad de restos ma-teriales en comparación con los grupos cazadores-recolectores. Por esta razón, se cree que a pesar de las limitaciones el estudio exploratorio de las diferencias y se-mejanzas grupales se ve favorecido en poblaciones de tamaño reducido, como las que habitaron la Región Pampeana, dado que existe menor probabilidad de que las distintas categorías de adscripción social se superpongan.

Hasta el presente, los desarrollos teóricos que aquí se consideran sobre la iden-tidad étnica no habían sido tenidos en cuenta en las investigaciones arqueológicas de la costa atlántica pampeana. Sin embargo, en trabajos previos la cultura mate-rial fue utilizada para definir entidades discretas, que en algunos casos se referían a grupos étnicos particulares del litoral con una economía orientada a la

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explota-ción de fauna marina, empleándose distintos conceptos para describir y agrupar el registro arqueológico costero.

IDENTIDAD Y CULTURA MATERIAL EN LA

COSTA ATLÁNTICA BONAERENSE

Las categorías empleadas para estructurar el registro arqueológico costero fue-ron variando a lo largo del tiempo (ver discusión a nivel regional en Politis y Madrid 2001). En los estudios desarrollados en el litoral atlántico (ver Daino 1979) se jerarquizaron distintas clases de objetos con la finalidad de delimitar industrias, tradiciones, faces, facies, culturas, razas, etnias y tribus. Las industrias, con sus ti-pos de instrumentos directores, representaban conjuntos pertenecientes a determi-nados grupos culturales (Ameghino 1910; de Aparicio 1932; Hrdlicka 1912; Outes 1909). Esta relación directa se tradujo en algunos casos en la utilización de los nombres de las industrias como sinónimos de los individuos portadores de las mismas (Austral 1965; Bórmida 1964, 1969; Menghín 1957, 1963). De esta mane-ra, en los sitios costeros eran recuperados artefactos abandonados por poblaciones «Puntarrubienses», «Palomarenses», etc. Por su parte, las tradiciones implicaban una continuidad cultural basada en aspectos económicos, sociales e ideacionales homogéneos, objetivados en las morfologías repetidas de los materiales líticos (Austral 1965; Menghín 1957, 1963). Las fases caracterizadas por determinados elementos (puntas de proyectil, cerámica, etc.), implicaban una división de corte cronológico de la Tradición Interserrana (ver Politis 1984). El término facie se adoptó para explicar la distribución espacial de conjuntos artefactuales con cier-tos rasgos comunes (Outes 1909; Vignati 1963), así como para demarcar unidades témporo-espaciales caracterizadas por la presencia de piezas diagnósticas (Austral 1965; Bórmida 1964, 1969). Cabe resaltar que en algunos trabajos se aplicaron dis-tintos rótulos para referirse de forma explícita a los grupos étnicos; entre estos se destacan los siguientes: culturas (Austral 1965; Holmes 1912; Torres y Ameghino 1913), razas o etnias (Holmes 1912; Vignati 1939, 1963) y tribus. Este último tér-mino, fue empleado para definir parcialidades dentro de un mismo grupo cultural (Holmes 1912). El concepto de tribu proviene del colonialismo europeo y hacía referencia a las poblaciones no occidentales en contraposición a la sociedad «civi-lizada» (Cohen 1978).

En el litoral bonaerense varios autores observaron la alta frecuencia de roda-dos costeros tallaroda-dos mediante la técnica bipolar en los sitios ubicaroda-dos en la faja de médanos, resaltando la diferencia con los contextos arqueológicos del interior pampeano con abundancia de cuarcita tallada por percusión directa. Con la finali-dad de delimitar grupos étnicos propios de la costa, los investigadores han utiliza-do diferentes indicautiliza-dores arqueológicos: las materias primas, las técnicas de elabo-ración, los tipos de instrumentos líticos manufacturados por medio de lascados,

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la explotación de recursos marinos y las características físicas de los restos huma-nos. En este sentido, se asumió que del análisis de las características consideradas relevantes de la cultura material pueden establecerse las pautas culturales de un grupo humano.

Dado el carácter superficial de la mayoría de los sitios de la costa pampeana, los principales elementos preservados en estos contextos corresponden a materia-les líticos. Por este motivo, los marcadores de diferenciación étnica más utilizados para explicar el registro arqueológico costero han sido la materia prima lítica jun-to con la técnica de manufactura relacionada. Por un lado, la variación espacial de las rocas explotadas mediante procedimientos específicos, llevó a plantear que las sociedades que ocuparon el litoral marítimo fueron distintas a las de las planicies. Por otro, a partir de la asociación entre las materias primas empleadas en el inte-rior y en la costa, junto con la presencia de instrumentos líticos con morfologías similares en ambos ambientes, se propuso que el litoral fue habitado por las mis-mas poblaciones de las llanuras.

Ameghino (1910) definió la industria costera de la «piedra hendida» sobre la base de la utilización de rodados costeros reducidos mediante la técnica bipolar y la manufactura de un tipo diagnóstico de instrumento lítico (i.e. «hachitacuña»). A esta industria se le «asociaban» restos óseos humanos con características físicas singulares con los que Ameghino (1910) caracterizó la especie Homo pampaeus (Figura 1). Así, los materiales líticos y los restos humanos fueron empleados como evidencia cultural para distinguir grupos humanos circunscriptos a la zona litoral.

Figura 1: Industria de la “piedra hendida” y calota de Homo pampaeus hallados en Necochea.

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Por el contrario, otros autores, como Outes (1909), Holmes (1912), Hrdlicka (1912) y de Aparicio (1932), plantearon que el registro del litoral atlántico fue generado por las mismas poblaciones del interior. Esta hipótesis se basaba en que en los sitios de la faja costera se hallaban productos bipolares sobre rodados aso-ciados con artefactos de cuarcita procedente de las sierras (Figura 2). En consecuen-cia, estos investigadores sostuvieron que la diferencia entre los contextos de la costa y de las llanuras, surgía del aprovechamiento con distintas técnicas de diferentes clases de rocas en ambas áreas: los rodados en el litoral y la cuarcita en el interior. Por su parte, Vignati (1925) distinguía grupos propios del litoral con una eco-nomía focalizada en la explotación de recursos marinos en función de la existen-cia de una tecnología costera desarrollada para la pesca, inferida a partir de elemen-tos interpretados como «anzuelos» y «pesas para redes». Luego, los cambios en la utilización de las materias primas (material lítico, óseo, valvas de moluscos), las téc-nicas de manufactura (talla, picado, pulido) y los rasgos biológicos de los restos óseos humanos fueron utilizados por Vignati (1939) para diferenciar «razas» que ocuparon la costa en distintos períodos cronoestratigráficos (Figura 3). Cuando

Figura 2: Materiales líticos elaborados en rodados costeros asociados a artefactos de cuarcita recuperados en posición superficial en la costa pampeana.

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Vignati adoptó el término «raza», se refirió a pobla-ciones con determinadas características físicas a las cuales se les asociaban sin-gulares restos materiales1.

Más tarde, Palavecino (1948), utilizó la idea de «áreas culturales» derivada de la etnología norteameri-cana (Politis y Madrid 2001; Trigger 1992) para sistematizar la distribución geográfica, más que cronológica, de restos arqueológicos en conglomerados conti-guos y similares. Los materiales de la costa bonaerense fueron incluidos dentro del «área atlántica meridional» en base a la similitud regional de los rasgos arqueoló-gicos que implicaba también cierta afinidad cultural.

Los investigadores de la escuela Histórico Cultural Austro-Alemana definieron grupos étnicos concretos a partir de la cultura material. Tanto Menghín como Bórmida aplicaron la categoría de «cultura arqueológica» de Kossina (ver Trigger 1992) a materiales clasificados dentro de entidades espacial y temporalmente deli-mitadas. La presencia de tipos idiosincráticos en los conjuntos fue entendida como una prueba de sincronía cultural de los mismos. Para organizar la distribución de las asociaciones recurrentes de artefactos en norpatagonia, Bórmida (1964) definió las industrias costeras «Puntarrubiense» y «Jabaliense». Las diferencias económi-cas con los cazadores del interior, vinculadas a la explotación de moluscos mari-nos, junto con las características ambientales del litoral, fueron utilizadas para iden-tificar una forma de vida particular confinada en el paisaje costero (Bórmida 1969). Según Bórmida (1964:95) estas poblaciones litorales eran «... la consecuencia de un arrinconamiento al que se vieron empujadas por la expansión de los grandes cazado-res de estepa»,idea que surge de la analogía directa con los grupos etnográficos Yámana y Selk’nam que habitaron Tierra del Fuego.

Para Menghín y Bórmida las industrias integraban «círculos» o «reinos cultu-rales» definidos para la prehistoria europea, que en América reflejaban el desarro-llo cultural de un área marginal y emparentada genéticamente con el Viejo Mun-do. Los «círculos culturales» caracterizaban a agrupaciones de individuos con una economía, una tecnología y un nivel de complejidad distintivos. A esto se le agre-gaba, por comparación con poblaciones actuales, una estructura social y una orga-nización política estipuladas, así como creencias religiosas concretas (ver Menghín 1949). De esta forma, las materias primas, los tipos de instrumentos y los méto-dos de manufactura, fueron empleaméto-dos para asignar la cultura material a mométo-dos de vida particulares definidos previamente. La variación en el registro arqueológico

Figura 3: Industria ósea asignada a los depósitos Ensenadenses de Miramar.

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era identificada con la continua expansión regional de distintas etnias y el cambio en la composición de los conjuntos artefactuales como producto de influencias mutuas o unidireccionales a partir de migraciones, fusiones culturales, difusión y asimilación.

La asociación entre las materias primas utilizadas tanto en el interior como en la costa, sumada a la alta frecuencia de la técnica de reducción bipolar, fue utiliza-da por Austral (1965) para sostener la existencia en la costa bonaerense de una «cultura mixta», la «Palomarense». Esta cultura, caracterizada por la ausencia de un aprovechamiento intensivo de la fauna marina, evidenciaba una continuidad tecnológica y cultural con las industrias del interior, pero con influencias de las industrias bipolares de la costa norpatagónica («Puntarrubiense»).

Por su parte, Politis (1984) reforzó la vinculación entre los sitios superficiales de la costa con los de las llanuras. Este autor remarcó que las diferencias entre las materias primas y las técnicas usadas correspondían a la disponibilidad diferencial de los rodados costeros por un lado y de la cuarcita por otro. A esto se le agrega-ban las semejanzas en las clases de instrumentos líticos tallados recuperados en la costa y el interior. Estas evidencias fueron empleadas para proponer que los sitios de la costa representaban la ocupación de grupos cazadores-recolectores del inte-rior que explotaron de manera ocasional los rodados costeros y los pinnípedos durante el Holoceno tardío (Politis 1984).

Por último, como se ha expresado anteriormente, algunos autores (Ameghino 1910; Bórmida 1964) han entendido a la técnica de talla bipolar como un indica-dor arqueológico para inferir diferencias culturales entre la costa y el interior. Respecto al empleo de esta técnica como correlato de grupos étnicos costeros se pueden hacer dos observaciones. Primero hay que tener en cuenta la gran distri-bución espacial y temporal que tiene esta técnica en diversas partes del mundo (ver Flegenheimer et al.1995). Esto significa que diferentes sociedades en distintos momentos y lugares han aplicado este procedimiento para la producción de arte-factos. Segundo, la talla bipolar no es exclusiva de la costa pampeana ya que, aun-que con menor frecuencia, en sitios del interior fue destinada a la reducción tanto de rodados costeros como de cuarcita y ftanita (Flegenheimer et al.1995). Por lo tanto, esta técnica no parece ser un buen indicador étnico, debido a que su uso puede depender de limitaciones impuestas por el tamaño de la materia prima más que responder a preferencias sociales de los talladores (Odess 1998).

POSIBLES VÍAS DE APROXIMACIÓN A LA

ETNICIDAD EN LA COSTA PAMPEANA

Las posibles vías de aproximación que pueden ser desarrolladas en las investi-gaciones en la costa bonaerense consisten en el examen de líneas independientes de evidencia acerca de la distribución geográfica y temporal de objetos en

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contex-tos del litoral marítimo y del interior. En un trabajo previo (Politis y Bonomo 1999) se ha propuesto que el análisis de la distribución espacial de las materias primas costeras y los moluscos marinos recuperados en los depósitos arqueológi-cos del interior puede generar información útil para abordar aspectos como la movilidad y los territorios de los cazadores-recolectores pampeanos. De todas maneras, la organización territorial es solo una manifestación de un sistema más extenso de relaciones sociales de una sociedad. Por ejemplo, datos etnográficos de los Aborígenes Australianos Pintupi (Myers 1991) muestran que los individuos de este grupo no siempre viven dentro de los límites territoriales de una banda parti-cular. Es por ello que para el estudio de la etnicidad, el análisis debe ampliarse y orientarse hacia la búsqueda de patrones diferenciales y semejanzas en los bienes materiales (ver Jones 2000). Esto último se debe realizar considerando a los ele-mentos estudiados formando parte de un contexto mayor, sujeto a la interacción externa, sin establecer una relación pasiva entre similitudes y distinciones en la cultura material con las poblaciones del pasado.

Antes, es importante discutir acerca de qué se esta comparando cuando se dis-cute sobre la utilización del litoral por grupos costeros o del interior, es decir, qué variables de tiempo y espacio enmarcan lo social. Uno de los pasos preliminares para cualquier estudio arqueológico es estimar estas dos variables (Renfrew 1979). Primero, si se quiere hacer algún tipo de caracterización de las poblaciones que descartaron los materiales en el litoral marítimo es necesario establecer el lapso temporal al cual se va a referir. A causa de la posición superficial de los sitios cos-teros es difícil obtener edades absolutas para los conjuntos. Politis (1984) atribu-yó estos sitios al Holoceno tardío a partir de la presencia de puntas de proyectil apedunculadas triangulares pequeñas y alfarería, así como por su estrecha vincula-ción con la línea actual de costa. Sobre la base de estudios geológicos recientes (Isla 1989, Isla et al. 1996) se ha determinado que la altura del nivel del mar se estabili-zó entre los 6.000-5.000 años A.P., luego del máximo transgresivo holocénico. Estas evidencias indican que una parte de los contextos costeros también podrían corres-ponder al fragmento temporal del Holoceno medio posterior a este cambio glo-bal. Además, han sido halladas puntas de proyectil «cola de pescado», asociadas al Pleistoceno final-Holoceno temprano (Flegenheimer y Bayón 1996). No obstan-te, estos artefactos no son informativos acerca de la explotación del ambiente cos-tero, ya que los lugares de donde provienen no se ubicaban próximos a la línea litoral al momento de ser ocupados.

Segundo, dada la ausencia de una cronología precisa de los contextos de la cos-ta la discusión se ha centrado en aspectos espaciales. Por lo cual, se debe reflexio-nar en torno a qué llamamos costa, dónde comienza y termina este sector, cuáles son los límites que lo distinguen del interior. Uno de los límites se relaciona con la presente línea de ribera; el otro, si bien es un tanto ambiguo, se correspondería con la cadena de médanos que separa a la costa de las llanuras (Figura 4). La cade-na continua de médanos litorales denomicade-nada Barrera Austral (Isla et al. 1996)

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posee un ancho máximo de 3,5 km y se desarrolla a lo largo de 340 km sobre un paisaje ondulado entre las sierras de Tandilia y Ventania. El cordón de dunas puede ser dividido transversalmente en tres zonas transicionales. La primera está constituida por la faja de médanos vi-vos con muy escaso desa-rrollo de vegetación. Estas acumulaciones de arena poseen un ancho que varía de 100 m a 2,5 km con alturas máximas que superan los 40 m. Siguiendo hacia el continente se encuentra la segunda, compuesta por una franja más baja de médanos semi fijos, poco humificados y con cubierta vege-tal. Estos son continuados por una tercera zona más amplia, muy desbastada y es-table con vegetación graminosa y suelo humificado, modelada en ondulaciones sua-ves. A medida que se avanza hacia el sudoeste se incrementan las playas abiertas con pendientes suaves, dando lugar a un aumento en el número, ancho y altura de los médanos (Frenguelli 1931). Cuando se propone la presencia de grupos cos-teros, se asume que habitarían solo la faja costera, sin embargo, hay que tener en cuenta que la ocupación de paisajes ecológicos diferentes no implica per se una discontinuidad cultural (Barth 1976).

Para poder analizar el tema de la etnicidad en toda su complejidad las escalas cronológicas y espaciales deben ser ajustadas. Sin embargo, algunos fenómenos vinculados con la expresión étnica pueden comenzar a ser explorados de forma preliminar a partir de los datos existentes para sitios arqueológicos costeros y del interior. Se considera importante discutir la información proveniente de los estu-dios de las dietas prehistóricas, de los elementos que componen los ajuares fune-rarios, de los diseños y atributos tecno-morfológicos de los instrumentos líticos. Otra alternativa sugestiva es el análisis de las distintas formas, técnicas de decora-ción y de manufactura de los contenedores cerámicos (e.g. Arnold 1989).

Como otras esferas de la vida cotidiana, la subsistencia está en íntima vincula-ción con la etnicidad (Jones 1997). La alimentavincula-ción es un mecanismo importante de expresión social, el aprovechamiento de determinados recursos requiere de una serie de conocimientos adquiridos a lo largo del tiempo que son transmitidos de una generación a otra (Barret et al. 2000). El conocimiento necesario para la ex-plotación de ciertos recursos es uno de los aspectos que pueden ser ligados con la etnicidad, otro factor muy importante son los tabúes alimenticios. Las restriccio-nes alimentarias pueden ser empleadas por las poblaciorestriccio-nes humanas para

demar-Figura 4: Faja de médanos de los alrededores del Balneario Los Angeles.

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car distinciones con grupos vecinos, en otras palabras, las diferencias de identidad étnica pueden ser establecidas en relación a qué recursos son considerados como alimentos y cuáles no (DeBoer 1987).

En el litoral bonaerense han sido recuperados desde fines del siglo XIX más de 30 esqueletos humanos en los siguientes lugares: Chapadmalal (Pdo. de Gral. Pue-yrredón), médanos entre los arroyos de la Tigra y Seco -La Tigra- dunas entre los cursos Chocorí y Seco -Chocorí-, Meseta del Chocorí (Pdo. de Gral. Alvarado), médanos próximos a la laguna La Malacara -El Moro y un hallazgo ubicado a 1,5 km al norte de la laguna-, Túmulo del Malacara (Pdo. de Lobería), Necochea (Pdo. de Necochea), laguna La Salada Grande (Pdo. de San Cayetano) y desembocadura del río Quequén Salado -margen derecha- (Pdo. de Coronel Dorrego). Estos res-tos, salvo excepciones (Barrientos 1997; Politis y Barrientos 1999), no han sido utilizados para abordar problemas regionales relacionados con la evolución cultu-ral de los grupos humanos en entornos costeros durante el Holoceno. Así pues, una línea de aproximación a la cuestión de las diferencias étnicas sería el estudio comparativo de dietas prehistóricas basados en análisis químicos de isótopos esta-bles del carbono y el nitrógeno (δ13C y δ11N) en estos restos óseos humanos halla-dos en la costa.

Recientes análisis isotópicos (δ13C) sobre colágeno de huesos humanos prove-nientes de los sitios arqueológicos Laguna Tres Reyes 1 (Holoceno tardío) y Arroyo Seco 2 (Holoceno temprano, medio y tardío), ubicados en el interior a 105 y 50 km de la costa respectivamente, sugieren una dieta continental probablemente complementada con recursos marinos. Si bien el valor de -12 ‰ obtenido para uno de los individuos de Arroyo Seco 2 podría vincularse con una alimentación dis-tinta (e.g. marina) del resto de las muestras analizadas, esto también podría haber-se producido por una alteración diagenética del colágeno (Barrientos 1997; Politis y Barrientos 1999).

La comparación de los resultados de los análisis de δ13C no muestra diferencias en la dieta de los individuos enterrados en la costa y en el interior. La composi-ción isotópica de los huesos humanos pertenecientes al Holoceno tardío del sitio El Guanaco, ubicado a 13 km del litoral (Flegenheimer et al. 2000) y del sitio cos-tero denominado Túmulo del Malacara (Politis y Barrientos 1999) se correspon-den con la tencorrespon-dencia general de la dieta inferida para los contextos del interior mencionados en el párrafo precedente. En consecuencia, de acuerdo a los datos isotópicos obtenidos hasta el momento se puede proponer que no habrían diferen-cias alimentarias a una escala areal.

Esto último se corresponde con el contexto arqueológico de los sitios Nutria Mansa 1 y Quequén Salado 1, localizados a 3,5 y 11 km de la costa respectivamente. Los mismos están ubicados fuera de la línea de médanos pero cercanos al litoral lo cual permite evaluar las relaciones existentes y el grado de articulación entre la costa y el interior. En el primero de los depósitos no fueron efectuadas dataciones radiocarbónicas, mientras que el segundo se obtuvieron edades correspondientes

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al final del Holoceno tardío (Bonomo 2001; Madrid et al. 2001). En ambos sitios predomina la explotación de Lama guanicoe como recurso principal. Sin embar-go, en Nutria Mansa 1 se registran materiales faunísticos pertenecientes a lobo marino (Otaridae indet.). Con respecto al material lítico recuperado, en los dos sitios están muy representadas piezas características de los talleres de la cadena de dunas, es decir, artefactos elaborados en rodados costeros por medio de la técnica de talla bipolar (Bonomo 2001; Madrid et al. 2001). En síntesis, el predominio en el aprovechamiento de mamíferos continentales, la presencia de lobo marino y de artefactos líticos asociados a los sitios costeros en proporciones mayores que el resto de los sitios del interior, aporta evidencia que enlaza a las ocupaciones del litoral marítimo con las del interior. Ambos registros se habrían generado dentro de un mismo circuito de movilidad que integró a las llanuras, las sierras y la costa atlán-tica.

Por otra parte, se ha planteado (e.g. DeCorse 1989 a partir de un caso etnográ-fico) que los aspectos materiales ligados a actividades rituales son buenos marca-dores de diferencias sociales. Los objetos incluidos en un entierro humano impli-can una elección entre diversos materiales vinculados a un individuo durante su vida, de acuerdo a su significado. Estos elementos son utilizados con frecuencia como signos de una identidad compartida después de la muerte (Wells 1998:243). Por consiguiente, el análisis de los elementos hallados en contextos mortuorios es una vía de aproximación fructífera, teniendo en cuenta las diferencias cronológi-cas, así como de sexo y edad, dado que algunos ítems pueden variar por este mo-tivo y no necesariamente por pertenecer a poblaciones diferentes. Con respecto a esto último, es importante especificar que en el caso de Arroyo Seco 2 (AS2) no existen distinciones entre los objetos que acompañan individuos de ambos sexos, aunque si parecen haber diferencias cuantitativas por edad, ya que los entierros infantiles son los que poseen mayor cantidad de materiales asociados (Barrientos 1997; Politis 1984).

En los ajuares de los entierros de la costa y las llanuras del Area Interserrana se han recuperado objetos similares. Parte de la cultura material de los contextos funerarios de Arroyo Seco 2 proviene del litoral marítimo ya sean moluscos en estado natural, cuentas elaboradas con éstos, así como una bola de boleadora ma-nufacturada en basalto (Politis 1984; Politis y Bonomo 1999). Con respecto a las cuentas se distinguen dos grupos de acuerdo a su morfología; las circulares y las subrectangulares, las primeras asignadas al Holoceno temprano-medio y las segun-das al Holoceno tardío (Barrientos 1997; Madrid y Barrientos 2000). Estos dos grupos de cuentas y una bola de boleadora también han sido registrados en los enterratorios de la costa. En los alrededores de Necochea fueron halladas cuentas circulares elaboradas en valvas de moluscos junto a un entierro humano (Vignati 1939:Figura 16). En el Túmulo del Malacara fueron recuperados alrededor de 13 individuos dentro de una estructura de origen antrópico. En este espacio formal

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de entierro se dio a conocer la presencia de una bola de boleadora y de cuentas subrectangulares asociadas a los esqueletos humanos (Torres y Ameghino 1913).

Otros elementos asociados a los entierros de la costa y del interior son los pig-mentos. En los sitios de las llanuras se han registrado vestigios de pigmento rojo acompañando diferentes enterratorios en los sitios Arroyo Seco 2 (vinculado con los entierros subadultos), Ea. Santa Clara y Campo Brochetto (Barrientos 1997; Barrientos y Leipus 1997). En la costa bonaerense, también se observa la presencia de pigmento rojo y blanco asociado a uno de los esqueletos recuperados en las inmediaciones de la laguna La Malacara (Hrdlicka 1912). Estas evidencias mues-tran la elección de elementos comunes, como las cuentas sobre valva, las bolas de boleadora y los pigmentos, en los contextos funerarios de sitios costeros y del interior.

La existencia de ajuares funerarios similares, sumada a la información bioan-tropológica que muestra similitudes en el tipo de deformación craneana y de en-tierro secundario condujeron a Madrid y Barrientos (2000:196) a proponer la po-sibilidad de que las poblaciones del Holoceno tardío inicial del Sudeste de la Re-gión Pampeana representaran un mismo grupo étnico. Esta idea puede ser apoya-da por la información derivaapoya-da de las fuentes escritas posthispánicas, tanto para los tiempos de contacto (Garay [1582] 1915) como para períodos posteriores (Car-diel [1748] 1930; Falkner [1774] 1974; Morris [1740] 1956) que no mencionan la existencia de poblaciones costeras explotando intensivamente los recursos litora-les. Por tanto, esto último se constituye en una evidencia importante opuesta a la hipótesis que propone que los grupos étnicos que vivían en la costa eran distintos a los de las llanuras, al menos para el final del Holoceno tardío.

Otro de los posibles modos de estudiar la identidad grupal de las sociedades costeras consiste en el análisis del diseño de los instrumentos y de sus atributos tecno-morfológicos. Estos objetos informan acerca de la adscripción de quienes los manufacturaron y utilizaron en ciertos contextos delimitados socialmente. Una línea de investigación desarrollada para evaluar las similitudes y diferencias entre los artefactos y su alcance cultural son los estudios estilísticos. El concepto de es-tilo ha sido objeto de intensos debates acerca de su significado y de sus posibilida-des operativas para distinguirlo de la morfología derivada de la función de los ele-mentos (Binford 1989; Sackett 1985, 1986; Wiessner 1985; Wobst 1999). Por una parte, se ha sostenido su pertinencia para el abordaje de la identidad étnica, a tra-vés del examen de variables formales de ítems en los cuales se haya invertido una importante cantidad de energía en su confección y con larga vida útil (Wiessner 1983). Por otra, se ha argumentado que, para explicar la variación en la elección de cómo manufacturar objetos que fueron utilizados para fines similares, pueden ser empleadas cualidades de objetos utilitarios y poco elaborados de la vida coti-diana (Sakett 1982). Esto se debe a que también pueden estar expresando diferen-cias culturales con relación a otras unidades étnicas.

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Sin embargo, enfoques recientes sobre tecnología (Dobres 2000; Pfaffenberger 1992) sostienen la inoperatividad del concepto de estilo para establecer patrones culturales. Esto se debe a que en los estudios estilísticos, como en la mayoría de los análisis tecnológicos, los factores sociales y simbólicos son disociados de los aspectos utilitarios y son abordados solo después de examinar las variables mate-riales consideradas determinantes de la tecnología, como la morfología y la fun-ción de los artefactos. Este procedimiento metodológico se basa en la premisa de que una vez que se conocen los condicionantes materiales y naturales con una base objetiva sólida, recién en ese momento se puede comenzar la tarea de tratar las particularidades culturales adheridas a la superficie de los artefactos.

En general, los distintos elementos de un objeto expresan una elección con determinado significado que puede ser visible en el registro arqueológico: la mate-ria prima, la técnica de producción, la forma, el tamaño o el color (e.g. Odess 1998; Wells 1998). Por ejemplo, en los sitios tempranos del sector serrano de Tandilia se ha observado una tendencia a la selección de las materias primas líticas colorea-das. Entre los factores sociales e ideológicos relacionados con la explotación de estas rocas, la manifestación étnica es una de las posibilidades que podrían ser conside-radas (Flegenheimer y Bayón 1999).

Para la costa pampeana se ha propuesto que algunos tipos de instrumentos re-currentes en el interior están representados en los sitios costeros (Holmes 1912; de Aparicio 1932; Outes 1909; Politis 1984). Las raederas dobles convergentes (Fi-gura 5), los

raspa-dores de filo fron-tal corto y las pun-tas de proyectil triangulares ape-dunculadas elabo-radas en cuarcita (i.e. ortocuarcita del Grupo Sierras Bayas) y en roda-dos presentan pa-trones comunes. Estas similitudes se relacionan con sus subgrupos tipoló-gicos y con atribu-tos formales como la situación de los lascados, la anchu-ra más frecuente

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bre el borde y la extensión predominante de los mismos sobre las caras de los ins-trumentos. Las diferencias están relacionadas con las formas-base y la técnica de extracción empleada para obtenerlas basadas, principalmente, en la distinta natu-raleza de las rocas utilizadas. De modo que las diferencias entre los instrumentos de los sitios costeros y del interior pueden ser explicadas por el uso de diferentes estrategias tecnológicas para el trabajo de distintas materias primas por un mismo grupo cultural.

En cuanto a la cerámica, los escasos fragmentos decorados recuperados en la costa presentan diseños similares a los registrados en sitios arqueológicos del inte-rior. En el litoral se hallaron algunos tiestos con pintura roja e incisos. Dentro de los últimos se observan dos tipos de incisiones geométricas; por un lado, una inci-sión rítmica lineal y angular y, por otro, motivos compuestos formados por líneas rectas paralelas ubicadas cerca del borde y en zig-zag, conformando tirangulos re-llenos con líneas rectas paralelas en su interior. Esta alfarería decorada puede ser considerada como un vehículo de transmisión de información no verbal codifica-da (Politis et al. 2001) comparticodifica-da entre los grupos humanos que habitaron tanto la costa como el interior. Sin embargo, para avanzar sobre esta clase de evidencia en un futuro se debe evaluar si también existen semejanzas en las técnicas de fa-bricación de los recipientes.

Es probable que algunos de los elementos arriba examinados no brinden infor-mación que pueda ser considerada como fuente de similitudes en las adscripciones de los grupos que ocuparon la costa y el interior. Como se ha expresado, estas variables pueden responder a otros tipos de identificación como género, edad, in-tegrantes de un mismo campamento, creencias, etc., que interactuan de forma ac-tiva a distintas escalas. Aun así, la identidad étnica es reproducida por individuos, familias, grupos de edad y género por lo cual debe ser entendida en ese continnum (Dobres 2000). Estos niveles de identificación menores no son autárquicos ni es-tán separados del resto de la sociedad sino que los mismos eses-tán incluidos dentro de un marco mayor constituido por la esfera étnica (Larick 1986). Así, los miem-bros de un mismo grupo étnico van a percibir y actuar de acuerdo a sus distintas filiaciones y a su articulación con el resto de la población, lo cual va a tener deter-minados correlatos materiales en el registro arqueológico.

En consecuencia, se cree que los datos aquí discutidos tomados en conjunto pueden aportar líneas de evidencia independientes acerca de las redes de relacio-nes sociales entre personas y objetos que pueden ser discutidas para intentar una aproximación a la identidad grupal de estas poblaciones. Por lo tanto, si bien los individuos formaron parte de distintos niveles de afiliación con sus propios de-rivados materiales, estos estuvieron limitados por ciertas características comunes. Los registros costeros y del interior poseen una serie de patrones compartidos a escala regional que señalan lazos culturales entre las poblaciones que los genera-ron.

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CONSIDERACIONES FINALES

Las diferencias en la cultura material entre los sitios costeros y del interior lle-varon a que diversos autores trataran la identidad étnica desde que comenzaron las investigaciones en la Región Pampeana. A partir de la década de 1980, como consecuencia de la adhesión de parte de la comunidad arqueológica pampeana a enfoques ecológico-sistémicos, el abordaje de estos temas fue abandonado. En este trabajo se intentó realizar una revisión de los correlatos materiales asociados a la identidad étnica que fueron utilizados en la costa bonaerense. Asimismo, se pro-pusieron posibles vías de aproximación al problema de acuerdo a la evidencia ar-queológica disponible que, junto con el ajuste de algunos componentes espaciales y cronológicos del registro, permitirían profundizar la discusión a futuro.

La información producida hasta el presente no permite relacionar de manera clara las semejanzas observadas en los registros arqueológicos de la costa y del in-terior al nivel de identificación étnica. Sin embargo, ambos registros poseen una serie de patrones compartidos a escala regional que nos posibilitan abordarlos como una unidad espacial y cultural. A pesar de que las similitudes consideradas en este trabajo se asocian a distintas cronologías, la mayoría de las mismas se correspon-den al Holoceno medio y, fundamentalmente, tardío. En principio, a este rango temporal corresponderían la mayoría de los sitios arqueológicos ubicados en posi-ción superficial en el litoral marítimo bonaerense. En consecuencia, estas similitu-des en la cultura material podrían indicar una identidad compartida entre las pobla-ciones que ocuparon la costa y el interior, al menos durante el Holoceno medio y tardío. Si bien esta idea aún debe ser evaluada con mayor detalle, se apoya en:

1) Los estudios isotópicos realizados sobre restos óseos humanos recuperados en sitios ubicados en el litoral marítimo y en las llanuras sugieren una misma die-ta, constituida principalmente por alimentos de origen continental y comple-mentada con recursos marinos. Además, la explotación de recursos marinos implicaría una ocupación ocasional y/o estacional de la costa.

2) El contexto arqueológico del sitio Quequén Salado 1, ubicado fuera de la lí-nea de médanos y asignado a este período, indica la explotación de mamífe-ros continentales asociados a una tecnología costera.

3) La presencia de similitudes en los ajuares funerarios (constituidos por cuen-tas de valvas subrectangulares, pigmentos y bolas de boleadora), en el tipo de deformación craneana y de entierro secundario en contextos mortuorios tanto de la costa como de las llanuras.

4) Los instrumentos líticos hallados en los sitios superficiales de la faja de méda-nos muestran características tecno-morfológicas semejantes a los instrumen-tos recurrentes en el interior.

5) La alfarería incisa registrada en la costa presenta paralelismos con los diseños decorativos de los conjuntos de las llanuras.

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6) Las fuentes etnohistóricas para los siglos XVI y XVII no mencionan la exis-tencia de un grupo particular asentado en la costa explotando intensivamen-te los recursos litorales.

Por lo tanto, se cree que la relación costa-interior no debe ser abordada como una dicotomía que opone grupos culturales habitando diferentes ambientes, sino como una unidad con una identidad grupal, contingente y flexible que produjo materiales con marcadas similitudes reconocibles arqueológicamente. Las relacio-nes entre los sujetos pudieron haber sido cambiantes, que en distintas situaciorelacio-nes actuaron uniendo o separando en el espacio a miembros pertenecientes a diferen-tes grupos sociales dentro de un sistema regional integrado por amplias redes de identidad compartida (e.g. Myers 1991). En este sentido, las características diná-micas del proceso de identificación llevaron a que esta unidad cultural se articula-ra de forma particular de acuerdo a las circunstancias a tarticula-ravés del tiempo y a que se incorporaran en su construcción elementos con significados no absolutos.

AGRADECIMIENTOS

Deseo expresar mi agradecimiento a Rafael Curtoni y Gustavo Politis por la lectura crítica e interesantes sugerencias realizadas sobre versiones anteriores de este trabajo. El tema aquí abordado será profundizado en mi tesis doctoral. Todos los errores son de mi responsabilidad.

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NOTAS

1 En la actualidad, el concepto de raza solo posee cuestionadas implicaciones biológicas separadas de sus correlatos culturales (Jones 1997). Además, como se ha mencionado, no siempre existe una relación directa entre las caracterís-ticas físicas de las poblaciones y su adscripción étnica.

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