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El krausismo.El existencialismo

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UNIVERSIDAD NACIONAL DEL COMAHUE FACULTAD DE HUMANIDADES

DEPARTAMENTO DE LETRAS

CÁTEDRA: Literatura Española II Profesora: Gloria Siracusa

APUNTES DE CÁTEDRA

Reseña sobre el Krausismo español

A partir de la Revolución de 1868 y la expulsión de Alfonso XII, en España, se entrecruzan tres corrientes críticas, en cierto sentido, excluyentes: la cultura tradicional, la cultura racionalista de las minorías ilustradas y la cultura popular. Las dos primeras libraron arduas batallas en torno a la razón, el impulso creador, la comunicación de las ideas y concepciones de la vida y del mundo sociocultural. De 1868 a 1874 el progresismo liberal adopta la razón crítica o libre examen, y a partir de 1898 esta concepción pasa a las clases medias trabajadoras. Todo esto origina tensiones y complejidades ideológicas. Este complejo entramado de ideas filosóficas y políticas se inicia con el primer socialismo, y el brote republicano de Francisco Pi y Margall y Emilio Castelar, pero será el krausismo, movimiento religioso-espiritualista, ético e intelectual, el que inspire las acciones políticas de la burguesía liberal que triunfa en 1868 y crea la Constitución del ´69, configuradora de un modelo de libertades y derechos individuales, los que reconocían la libertad de expresión y la libertad de cátedra.

En 1843, Julián Sanz del Río, catedrático de Historia en Madrid, es enviado con una beca a hacer estudios en Helderberg, Alemania. Aquí toma conocimiento de la doctrina filosófica de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), que él llamó panenteísmo y que postula una concepción teísta-panteísta del universo, que aparece como una síntesis de la razón humana y de la naturaleza. Dios como única realidad verdadera, la idea de Dios se resume a la de Naturaleza, según el panteísmo “no hay ninguna realidad trascendente”

A su regreso a España, en 1844, Sanz del Río fue el inspirador y fundador de la escuela krausista española, que influyó mucho en la educación y en el pensamiento filosófico, jurídico y político de la España de la segunda mitad del siglo XIX. Algunos títulos de las obras de Sanz del Río que reflejan su pensamiento son: Ideal para la vida, Síntesis de la filosofía, Metafísica, Análisis del pensamiento racional. Si bien tuvo muchos seguidores como Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Pérez Pujal; a éstos se los llamó primera Generación de krausistas, suscitó viva oposición entre los tradicionalistas, en particular Menéndez y Pelayo, quien rechazará las ideas krausistas con una virulenta combatividad en su extensa Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882).

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mística), promueve un carácter crítico, tolerante, pluralista, de afirmación de plena libertad religiosa, de respeto al agnosticismo y a todas las posibilidades de la idea de Dios. Es una filosofía liberal, partidaria de que sea la sociedad quien actúe y que el Estado intervenga en la medida que tenga que intervenir, pero evitando todo exceso totalitario. En definitiva, hace hincapié en la persona humana como realidad sustancial y apela a la forma pacífica y a la evolución social. En su fondo ético busca, sobre todo, una transformación del hombre, y a través de ésta, el cambio social.

Entre los postulados de vanguardia del pensamiento krausista adquieren relevancia los referidos al papel de la mujer, quien debía tener las mismas posibilidades de desarrollo intelectual que el hombre, de recibir una educación superior y que el hombre la elegiría por su educación. Con respecto al matrimonio primaría la libertad de elección y la pasión debía ser controlada por la razón. La familia es el fundamento de la sociedad y en su seno se desarrolla la educación. Se tenía una total confianza en que la educación civilizaría al pueblo, entonces se llegaría al voto universal y a la democracia, un ejemplo de esta concepción es la novela de Miguel de Unamuno Amor y pedagogía.

Si bien, al principio, los seguidores del krausismo no se plantean una postura política partidaria, más tarde comprenderán que sin ella no alcanzan los esfuerzos individuales. Como buen movimiento religioso- espiritualista predica el respeto por las religiones, a pesar de su laicismo. Esta postura llevó a que muchos acusaran a los krausistas de ateos (asimismo son rechazados por Menéndez y Pelayo, católico ortodoxo). Aparece la Encíclica Syllabus de Pío IX en la que plantea ochenta proposiciones sobre panteísmo, naturalismo, racionalismo, socialismo, todas doctrinas que coexisten en el siglo XX, las que son analizadas y atacadas por el Papa con gran dureza.

A Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), discípulo directo y continuador de la obra de Sanz del Río, (segunda Generación de krausistas) le corresponde el mérito de haber transformado el krausismo en práctica revolucionaria docente, ya que fue uno de los pensadores europeístas españoles modernos que anticipa muchas de las ideas de los jóvenes del ´98, quienes se educaron en la Institución Libre de Enseñanza que él fundó. Fue un sociólogo sagaz que estudió la evolución de la cultura y la literatura, preocupado por la formación de un hombre nuevo, moralmente íntegro e intelectualmente cultivado.

No menos importante es Gumersindo de Azcárate (1840-1917), que suscitó una notoria polémica sobre la ciencia española, oponiéndose así al conservadurismo de Menéndez y Pelayo y al positivismo de José Perojo. Su ideario está expuesto en Minuta de un testamento (1876), que posiblemente influyera en La familia de León Roch, novela de Benito Pérez Galdós, escritor que conjuntamente con Leopoldo Alas, Clarín, serán los representantes literarios de esta doctrina filosófica, en la narrativa.

En definitiva, toda esta renovación cultural krausista, más que una dirección filosófica propiamente dicha, fue un movimiento de renovación espiritual que tendió a remozar las energías nacionales en todas las esferas, particularmente en la educación universitaria y en la política, sin olvidar que fue una crisis fundamental, dando paso a una nueva forma de religiosidad. En consecuencia, perteneció al krausismo, de una u otra forma, casi toda la intelligentsia española de la segunda mitad del siglo XIX, que entendía el arte como forma de la actividad espiritual.

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constantemente apela a esta corriente para justificar su conducta) y que finalmente se mezclará con el evolucionismo espenceriano al que tan afines fueron los hombres del ´98, en particular Don Miguel de Unamuno. Además conviene recordar que este pensamiento reformador, conciliador y armónico desemboca en el regeneracionismo, que aspiraba a la reconstitución y europeización de España. Supuso una crítica del sistema concreto después de la Restauración, que critica el caciquismo, los partidos políticos, el antiparlamentarismo, la retórica hueca, que tiene su mayor exponente en Joaquín Costa, conjuntamente con otros analistas de los “males de la patria” (surgidos todos en torno al Desastre) antecedente inmediato de la llamada Generación del ´98. Al declinar el siglo, hay una oscilación entre el regeneracionismo optimista y un pesimismo en el que se mezclan nostalgias del pasado, con la crítica presente y alguna predicción sobre el porvenir. Ángel Ganivet en su Idearium Español y Miguel de Unamuno, En torno al casticismo interpretan este pensamiento; también aparecerán estudios sobre socialismo y anarquismo, pensamiento formulado diez años antes por Ramiro de Maeztu en Hacia otra España.

Estos pensadores de la Restauración al Desastre lamentan la crisis nacional y proponen sus reformas. El estado de cosas del país los impulsa a crear una literatura que critica el conformismo, la ignorancia, la corrupción de los partidos. Proponen que España se sacuda de la apatía y se acerque a los ideales de una Europa abierta y libre. En “Sin pulso” artículo de Francisco Silvela en El Tiempo de Madrid acusaba al país de “pasividad culpable”. Estas son las grandes corrientes de pensamiento del siglo XIX que reciben el impulso del krausismo, que más que una filosofía, es un modo ético e intelectual, que surgen en una coyuntura de crisis; y que si bien son expresión de una burguesía disconforme, sobrevivirán a sus mentores a través de medio siglo, deslumbrarán no sólo a los del ´98 sino también al grupo generacional de 1914, cuya figura más importante es el filósofo José Ortega y Gasset.

También es justo tener en cuenta que la historia del krausismo y de la Institución Libre de Enseñanza se contó, en gran parte, desde el exilio en Méjico, donde emigró buena parte de los intelectuales republicanos después de la Guerra Civil. Las páginas de Cuadernos Americanos y editoriales como El Colegio de Méjico y Fondo de Cultura Económica, dieron cabida a estudios y trabajos sobre estas nuevas corrientes de pensamiento, imposibles de ser publicadas en la España franquista. Tiempo habría de pasar para intentar hacer una reevaluación del legado krausista en tierra española. Juan López Morillas emprende el primer intento de historia general en 1956, desde el exilio mejicano, pero no se difundió por el temor de que todavía inspiraban “aquellos fantasmas krausistas temidos por muchos como monstruos funestos, y quienes en realidad, eran los españoles más españoles de su tiempo, que habían de señalar a las juventudes futuras, para cimiento y ejemplo” (según lo afirma Juan Ramón Jiménez en un texto sobre Bécquer, en 1961). El mejor estudio a la fecha sobre los aspectos legales del krausismo y su influencia en el derecho y la política es La filosofía social del krausismo (1973) de Elías Díaz. El interés que ha suscitado en los últimos años el tema se puede percibir en el número homenaje de La Revista de Occidente (1969), así como en los números de la Revista de Educación (1976), Cuadernos de Pedagogía (1976) e Historia 16 (1980).

La literatura y los krausistas

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algo que no debe extrañar dado el inusitado auge que la lírica adquirió en el siglo XIX, durante el Romanticismo. Buscaron la razón de tal fenómeno en una exégesis filosófica de la Historia formada en parte con los vislumbres psicológicos que les brindaba el examen de esa especie poética. Convencidos de que ése es el siglo de la lírica, reconocen que ningún otro tipo de poesía muestra mejor los estratos de la psique individual, atribuyéndole el predominio de este género literario a la quiebra de valores e ideales que han sido guía de la cultura de Occidente. Asimismo, le otorgan a la dramática un rol importante porque encarna un nuevo ideal de armonía. El género dramático está llamado a rehacer la unidad perdida con la épica, robustecido con los desahogos del espíritu individual y con los recursos del mundo objetivo.

Es de destacar la dosis de ingenuidad que acusan los krausistas en materia literaria. A pesar de la importancia que le otorgan a la literatura pareciera que sólo les cautivara en ella su índole ejemplar y sintomática. Si bien, la primera generación krausista –la de Sanz del Río y sus coetáneos- sólo de refilón se ocupa de literatura, la segunda- la de Giner y los suyos-lo hace con un criterio derivado de la especulación metafísica y enderezado a justificar una filosofía utópica de la historia universal. Lo que sorprende es que persuadidos de que en la literatura del día está la clave para descifrar el sentido presente y el rumbo futuro de la especie humana, apenas se hayan servido de la literatura española contemporánea, desconociendo a la extranjera, de la que no hacen comentario digno de prosa.

De esta actitud se aparta la tercera y última generación krausista- la de González Serrano y sus coetáneos- cuya actividad intelectual corresponde a los años posteriores a la Restauración. Esta tercera generación se abre al influjo del positivismo, el evolucionismo, el determinismo y el neokantismo, es ésta la más “literaria”de las tres promociones, la que más crítica y aun más creativamente se ocupa de la literatura, como creación autónoma, válida en sí misma y no como revelación de un instante de un momento histórico. Es ésta la promoción que descubre las posibilidades y promesas de la novela, mirada de soslayo por las anteriores, acaso porque no sabían cómo conceptuarla teóricamente o qué sitio asignarle en la evolución de los géneros.

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UNIVERSIDAD NACIONAL DEL COMAHUE FACULTAD DE HUMANIDADES

DEPARTAMENTO DE LETRAS

CÁTEDRA: Literatura Española II Profesora: Gloria Siracusa

APUNTES DE CÁTEDRA

El existencialismo:

Como derivado del latín el término existencia significa “lo que está ahí” y en ese sentido es equiparable a la realidad. De todos modos se debe distinguir la existencia de las diversas entidades existentes. Se trata de dilucidar la cuestión de la naturaleza o esencia de la existencia y no de ninguno de los existentes. Aristóteles supuso que la existencia se entiende como substancia, es decir, como entidad. La existencia es la substancia primera, en tanto que es aquello de que puede decirse algo y en donde residen las propiedades. Cuando la existencia se halla unida con la esencia tenemos un ser. De él podemos saber que es porque sabemos que es. Al averiguar los requisitos de la existencia y utilizar en ese sentido los conceptos de materia y forma, potencia y acto, Aristóteles echó las bases para muchas discusiones posteriores acerca de la relación entre la existencia y de lo que hace ser la existencia. Si se llama a esto último esencia se tiene la base para los debates sobre la relación entre esencia y existencia.

Aunque los autores medievales tuvieron en cuenta el sistema de conceptos griegos hay diferencias básicas entre ciertas concepciones griegas de “existencia” y la mayor parte de las concepciones medievales. Los griegos tendieron a entender la existencia como cosa; los filósofos medievales, especialmente los de inspiración cristiana, sostuvieron que hay existencias que no son propiamente cosas y que ni siquiera pueden comprenderse por analogía con ninguna “cosa” y, que, sin embargo, son más “existentes” que otras entidades: el caso de Dios, las personas. En la filosofía medieval hay dos concepciones fundamentales sobre la relación entre esencia y existencia. De acuerdo con una, defendida por Avicenas y sus seguidores: en la que prima la esencia sobre la existencia, ésta se concibe como un accidente de la esencia. La otra concepción, en la que prima la existencia sobre la esencia, ésta sería algo así como la inteligibilidad de la existencia, concepción defendida por San Buenaventura y Santo Tomás.

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proposiciones existenciales afirmativas no serían más que tautologías, y todas las proposiciones existenciales negativas serán meras contradicciones. Por otro lado, decir de algo que es no significa decir que existe. El “es” no puede subsistir por sí mismo: alude siempre a un modo en el cual se supone que es esto o aquello. Y si llenamos el predicado por medio del existir diciendo que tal entidad “es existente”, todavía faltará precisar la manera, el cómo, el cuándo o el dónde de la existencia. De acuerdo con esto, el “ser existente” no puede poseer ninguna significación si no se da en un contexto.

El existencialismo literario:

“La condición del hombre consiste en estar aquí” dice Heidegger refiriéndose a Esperando a Godot de Samuel Beckett y para Sartre “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”. Estas expresiones hablan del estar aquí y del propio proyecto humano al que se unen, en la literatura de la segunda mitad de siglo XX, otros temas como el problema de la libertad, el fundamento ético de la existencia, el sufrimiento y la angustia. La Segunda Guerra influye en la crisis de la conciencia europea, que entra en “la noche de la angustia”, merma las reservas espirituales y agota la voluntad de acción. El clima creado por la ocupación, por las deportaciones, la derrota, por los campos de concentración, el genocidio de pueblos enteros, toda la terrible experiencia bélica favorece una filosofía de la angustia. El hombre pierde sus básicos soportes, Dios y el universo racional y la lucidez y la objetividad sustituyen a la imaginación, mediante un enfoque directo se revelan lo vergonzoso y lo sórdido, caracteres de la corriente literaria existencialista, llamada también naturalismo metafísico.

En la década de 1940 a 1950, período de gran confusión, se consolidan numerosos escritores y crean nuevas formas y conciben personajes que se debaten entre la lucidez y las sombras. En este período se cuenta con el aporte excepcional del existencialismo, cuya filosofía de la existencia personal del hombre, se interesa por el sujeto concreto y existente, por la dignidad de la persona, por el misterio de su interioridad, por el mundo de la conciencia y de la reflexión subjetiva; se desinteresa, en cambio, de las cosas externas, se opone a la objetividad de la razón. Esta moderna orientación filosófica existencialista tiene un lejano precedente en el danés Sören Kierkegaard (1813-1855), y elabora sus distintas direcciones en Alemania y Francia. Karl Jaspers, inclinado en sus primeras obras hacia el vitalismo, profesa desde 1931, una filosofía de la existencia (Existenz-philosophie); teoriza, por otra parte, sobre dos motivos preferidos por la narrativa y el teatro contemporáneos: la “angustia existencial” y las “situaciones límite”. Martín Heidegger, discípulo y auxiliar del fundador de la fenomenología, E. Husserl, considera el existir sinónimo de “enfrentarse con la nada como fondo metafísico”, aísla al hombre de una manera radical, lo mantiene encerrado en “el-ser-en-el-mundo”. Desde el punto de vista cristiano, se puede establecer una profunda línea divisoria dentro del pensamiento existencialista. De un lado la “teología sin Dios” de Heidegger y el ateísmo, el nihilismo de Sartre. Del otro, el cristianismo de Gabriel Marcel.

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