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n

egra

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Negra soy yo, Negra es ella, Negra somos todas.

Negra compila a las mujeres de mi familia repasando sus imágenes y llenándolas de afecto al re-hacer lo que el tiempo ha borrado en las fotos o en ellas mismas. Es una lucha contra la memoria, y a la vez una reflexión sobre ella. La memoria es fragmentaria, detallista, pulcra. Editada, repasada. Limpia.

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Recordó su imagen ante el espejo. La pudo ver pintándose los labios de ese color vino tinto que a ella tanto le gustaba, inclinada ante su tocador. Sonrió. Esa noche jugaba la final de billar pool contra un compañero de trabajo y aunque no lo conocía mucho y apenas lo había visto jugar, creía que le iba a ganar. Él tenía a la Negra de su lado.

Se acercó a la pared, tomó un taco del muro y una tiza y se dedicó con paciencia a pasarlo por el borde, mientras los demás colocaban las bolas dentro del triángulo para comenzar la partida. La escena se le antojó excesivamente masculina, y se permitió perderse de nuevo entre los recuerdos de la sensualidad de su mujer, su áspera suavidad, su aroma. La luz amarilla que despedían las lámparas sobre las mesas ayudó a darle un tono cálido a su recuerdo y su sonrisa se amplió. Leonidas se agachó sobre el borde de madera, apoyó su cuerpo sobre el taco, y visualizó la jugada. Sus compañeros esperaron respetuosos, él era el mejor en lo suyo, el campeón, y de todas formas su genio no aguantaría un desafío, así fuera solamente el de pedirle que se diera prisa. Todos retuvieron la respiración por un segundo y el taco tomó impulso dando un golpe limpio a la bola -¡tac!- que a su vez desparramó las demás y en ese único movimiento 3 bolas cayeron por diferentes agujeros; 2 lisas y una rayada. Escogió las lisas con un gesto de la mano que todos comprendieron, y la partida comenzó. Leonidas ya llevaba 2 puntos. Tan solo estaba a 6 bolas de ganar. Dio un paso atrás para ceder el turno a su contrincante, apoyó el taco en el suelo y esperó. ¡Tac!

Nuevamente la nebulosa de ese ambiente comenzó a confundirse con la luz del tocador, y con el cabello de la Negra regándose como un río sobre sus hombros mientras ella lo miraba, siempre seria, a través

del espejo, terminando de arreglarse. Ella era su trofeo, su derrota y su ganancia. La amaba más que nadie, él era suyo, y ella -sólo en el papel- era de él.

¡Tac!

Acarició el taco sintiendo la madera y cuando llegó su turno, nuevamente se posicionó. Por lucirse decidió pasar el taco por detrás de su espalda y con una sonrisa bonachona respondió a las miradas de los espectadores y al asombro del oponente. Era demasiado pronto para empezar a lucirse, pero Leonidas tenía confianza. Con un movimiento seco taqueó la bola -¡tac!- y como si el recuerdo se tratara de un amuleto de la buena suerte, golpeó la número 3 que desapareció en un agujero. La Negra siempre le había traído suerte, quizás no amor, pero fortuna y seguridad sí.

Dio la vuelta alrededor de la mesa.

La imaginó pintándose las uñas con dedicación y una elegancia propia de damas más ricas, pero ella en su corazón era una reina. Se acercó al recuerdo de su espalda con el deseo de abrazarla, y mientras la pensaba jugó de nuevo.

¡Tac!

La bola 6 desapareció.

Sintió a los espectadores cada vez más atentos, mas ávidos, con ojos como los de los gatos, incapaces de soltar a su presa, y pensó con la misma avidez en ella hasta perder la concentración.

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¡Tac!

Perdió el turno. Dio un paso atrás y al levantar la vista encontró la sonrisa desafiante del retador. Le sonrió compasivo. Que tuviera el turno no le iba a servir de mucho. Con suavidad y parsimonia levantó su rostro como buscando la luz en esa sala oscura apenas iluminada y cerró los ojos, aspiró profundamente, intentó sentir el aroma de la mujer con la que soñaba.

¡Tac! Punto a favor del otro.

Un silencio atronador se apoderó de la sala y Leonidas abrió los ojos justo a tiempo.

¡Tac! El otro había perdido su turno.

Una risa simpática pero altanera escapó de su boca mientras aplaudía a su contrincante junto al público agradecido por el buen espectáculo. Luego, con una elegancia felina, avanzó. Calculó sus movimientos sintiéndose mareado por un segundo, pero lo relacionó con la tensión del momento y sin ponerle mayor cuidado comenzó a mover el taco hacia delante y hacia atrás sin tocar nada, preparando.

Los tomó por sorpresa y ¡tac!. El 7 se deslizó hacia la oscuridad, y el 2 también, pero la bola 4 se rebeló al movimiento; rozó a la 8 que se acercó a un agujero.

¡Tac!

Los espectadores aguantaron la respiración, y Leonidas sintió como le faltaba el aire. Su mano se aferró al borde de la mesa con fuerza, sus uñas palidecieron y su cara tomó el color del papel. Su cuerpo fue

cediendo ante su peso y las luces se fueron haciendo más brillantes, los colores menos nítidos, la gente se volvió manchas, y mientras la bola número 8 caía marcando su primera derrota en un torneo de Billar, Leonidas cayó al lado de la mesa con un golpe seco, pensando en su Negra y todo se convirtió en silencio.

Esa noche, la Negra se sentó frente al espejo que pocas horas antes había poblado de recuerdos la mente de su esposo, se pintó las uñas, se pintó los labios, sintió un nudo que subía por su garganta, se le apretó el pecho, acercó las manos a su rostro, recordó el abrazo por la espalda que le habían ofrecido con tanta frecuencia, solo para que ella lo rechazara y, finalmente, en lo que toma un suspiro, lloró por primera vez.

(5)

Todo lo que la abuela regalaba era mágico. Siempre lo fue. O eso pensaban los niños. Las nueras consideraban ofensivo el comportamiento ilógico de esa mujer mayor que decidía actuar como una niña. Compraba pantalones, se pintaba el pelo de morado, hablaba sin ninguna discreción, decía lo que pensaba, pero sobretodo lo que les molestaba eran los regalos.

Mientras una de ellas reflexionaba sobre eso, los niños se amontonaron cerca del reloj – regalo de ella, claro – contando los minutos y uno de ellos volvió a preguntar a qué hora había dicho que llegaba.

Aracely dio un resoplido molesto. No entendía su propia ofuscación; quizás fuera la envidia, pero ese personaje mágico capaz de atraer de tal forma a toda esa generación de niños le caía tan mal que no tenía palabras para describirlo. Caminó hacia la cocina y comenzó los preparativos. Pensaba en todo lo que Rosa le significaba. Era una mujer confiada, femenina, pero demasiado en contra de las tradiciones; de lo “natural”. Su forma de actuar era impredecible, su expresividad era invasiva y la capacidad de agradarle a todo el mundo menos a sus nueras la volvía casi sospechosa.

Los niños volvieron a pasar corriendo cerca de la cocina inquietos y una de las niñas gritó con emoción que faltaban 10 minutos para la hora indicada. De nuevo corrieron al reloj. Incluso si Rosa no hubiera llegado, el reloj habría sido suficiente premio: negro con cristales dorados, un diseño muy clásico y elegante. La magia venía cada hora, cuando entonaba parte de “El Lago de los Cisnes” de Tchaikovsky en vez de las tradicionales campanadas. Aracely no lo decía casi nunca, pero en verdad ese reloj le gustaba, aun si lo había traído Rosa.

El grupo de niños comenzó a jugar haciendo cuentas regresivas. Los mas pequeños se perdían y sonaban como un rumor imperfecto junto

al esfuerzo de los mayores por lucir su conocimiento. Aracely suspiró. Rosa no llegaba con el ruido y el escándalo; lo creaba de antemano. Era capaz de sembrar el caos hasta con un mísero reloj.

Un esbozo de sonrisa escapó de sus labios. Y en ese momento sonó el timbre.

Ella recobró la seriedad y se afanó en los quehaceres de la cocina pensando en al menos tener listo todo para poder saludar, pero antes de que pudiera terminar escuchó a su marido gritar:

“¡Negra!”

Y con algo de mal genio dejó lo que estaba haciendo, se enjuagó y se secó las manos y corrió hacia la puerta justo en el momento en que su esposo, mirando hacia el otro extremo de la casa, por donde entraba su madre, repetía:

“¡Negra! ¿Dejo el baúl aquí?”

Y Rosa, mientras sacudía su pelo morado corto quitándose un abrigo y descubriendo unos jeans ajustados a su cuerpo de mínimo 60 años contestó:

“Mi jo, ahí está bien. ¡Ábralo que eso es pa’ los niños.”

Y ante la confusión de Aracely que había creído que “Negra” era con ella, el baúl negro se abrió como si fuera un cofre del tesoro y 15 niños se arremolinaron sobre él.

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Ella movió el ladrillo y puso la carta. Con suavidad, volvió a poner el ladrillo de tal forma que un ojo inexperto no pudiera ver algo extraño. Escuchó el llanto de una de sus hi jas y corrió de vuelta, adentro de la casa.

Al frente, una puerta se abrió. Un hombre elegante, de sombrero, abrigo, corbata y maletín salió, cerró la puerta y se dirigió a la acera opuesta, justo hasta el muro. Movió el ladrillo. Extrajo la carta con una sonrisa, re-colocó el ladrillo, y corrió hacia su carro.

Alguien lo vio todo, con preocupación. La niña aun lloraba, Ana la atendía, y Manuel, su esposo, detenido en la ventana, pensaba cómo explicarse lo sucedido. ¿Sería una carta de amor? El hasta ese momento creía que confiaba plenamente en ella, y el conocimiento de que el hombre que había visto era el esposo de su hermana empeoraba el paisaje. Suspiró. Finalmente llamó a sus otros hermanos y quedaron en tomarse unas cervezas esa noche, luego del trabajo. Quizás con los tragos conseguiría contarles.

Horas después, ya entrada la noche, la calle estaba silenciosa. Sin embargo, una bulla comenzó a sentirse y mientras más cerca del barrio se oía, más comprensible era que se trataba de un grupo de borrachos. Uno de ellos tomó del brazo a Manuel, lo empujó hacia la casa, y le di jo: “Vaya, ¡sea macho! A ningún Fernández Ramos lo han engañado. No se vaya a dejar”.

Y Manuel, tambaleándose y aun dudoso se acercó al antejardín de su casa y gritó:

“¡Negra!”

Hubo sólo silencio en respuesta, así que volvió a gritar:

“¡Negra!”

Una luz se encendió en el cuarto principal y Ana se asomó a la ventana con ojos somnolientos y en camisón.

“¡Negra usted a mí no me engaña!”, gritó esta vez Manuel, envalentonado por el alcohol y la presencia de sus hermanos, y a voz en cuello lo repitió entrando a la casa. Tomó todas las pertenencias de ella, luego a ella misma la forzó a montarse en el carro, y en medio de la noche la llevó hasta la casa de su familia y en un gesto de repudio le botó las cosas ahí en frente y la dejó a ella también ahí, detenida.

Ana contuvo las lágrimas por dignidad, mordiéndose los labios de la misma forma que había hecho desde que todo esto comenzó. En su casa se prendieron las luces y rápidamente los criados salieron en su socorro, entrando las maletas, las pertenencias, todo. Y Ana dio una última mirada a su esposo, le dio la espalda, iracunda, y jamás le volvió a dirigir la palabra.

En la casa de los vecinos las cosas no fueron mejores. La hermana de Manuel tuvo que divorciarse por presión social, no sin antes quedarse con la carta aun cerrada que su esposo había conservado en su porta papeles. Fue un escándalo notorio dentro del barrio, todos salieron humillados en público y en diferentes medidas y las cosas se fueron hondo. El día que firmaron los papeles, Judith abrió la carta.

En ella, Ana le recomendaba a su esposo que se leyera el fragmento de Telémaco, de la Ilíada, sugiriéndole de paso buscar en ello las metáforas que se relacionaban con el realismo del siglo XIX en las novelas. Y por esa sugerencia, hubo dos divorcios, cuatro humillaciones y un suicidio.

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