1. Este texto es una síntesis de un proyecto de investigación clínica sobre el tema contenido en el título del mismo.
2. El equipo de investigación está coordinado por Estela Troya e integrado por: Andrea Angulo, Adriana Méndez y Teresa Villalobos. Todas miembros de GINAP (Equipo de Investigación-Acción con Parejas) de ILEF (Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia), México D.F.
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Substitución encubierta de los vínculos
consanguíneos y/o prescriptos de
parentesco. Su incidencia en los cónyuges
y la organización familiar
1(incesto fraterno simbólico)
Estela Troya2
Después de interrogar a los testigos y recoger las evidencias el héroe deduce que él es el villano.
Sófocles
Sé qué eres, pero ¿quién lo hizo? ¿Quién lo empezó?
René Girard
Decir la identidad de un individuo o de una comunidad es responder a la pregunta: ¿quién ha hecho esta acción? ¿Quién es su agente, su autor?
Paul Ricoeur
Las organizaciones familiares a las que me referiré en este artículo se caracterizan por una relación suegro-yerno o suegra-nuera que deviene en un vínculo Padre-Hijo predilecto o Madre/Padre-Hija predilecta. Me referiré a las
modificaciones que este fenómeno genera en los subsistemas conyugal y parental de la pareja como fuente potencial de diferentes modalidades de violencia. Esas transformaciones se expresan particularmente en el ámbito de la sexualidad
ya que, en el nivel simbólico, ambos miembros se experiencian simultáneamente como hermanos y no tanto o sólo como esposos. A su vez, esas vivencias son inducidas por los comportamientos y relaciones que los suegros mantienen con
ellos y con otros miembros significativos de la familia extensa. Dichas modalidades vicariantes de parentesco están co-construidas o respaldadas por la
organización socio-cultural patriarcal, particularmente en lo que se refiere a sistema de géneros.
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partir de la antropología y de la sociología, la familia ha sido objeto de estudio al ser-vicio de otros intereses. La estructura y la dinámica de la familia han sido elementos insustituibles para com-prender la interacción entre cambios sociales y fenómenos de adaptación y resistencia cultural.“Así, las uniones de parentesco se han analizado como elementos básicos del complejo interés-simpatía que cons-tituye el origen de cualquier asociación humana; del mismo modo que ha sido motivo de interés el vínculo de alianza, en cuanto aseguran la primacía de lo social sobre lo biológico sin abandonar el carácter esencial de intercambio im-perante en el establecimiento de las re-laciones sociales. [...] y no hay duda de que el conocimiento de las relaciones de parentesco contribuye a la mejor com-prensión de los sistemas de valores de las sociedades en que se generan y man-tienen”. (Gonzalbo, P. 1993)
Las organizaciones familiares a las que me referiré se caracterizan por una relación suegro-yerno o suegra-nuera que deviene en un vínculo Padre-Hijo predilecto o Madre/Pa-dre-Hija pre dilecta, así como a las modificaciones que este fenómeno genera en los subsistemas conyugal y parental de la pareja.
Esas transformaciones surgen par-ticularmente en el ámbito de la sexua-lidad ya que, en el nivel simbólico, ambos miembros se experiencian si-multáneamente como hermanos y no tanto o sólo como esposos. A su vez, esas vivencias son inducidas por los comportamientos y relaciones que los suegros mantienen con ellos y con
otros miembros significativos de la fa-milia extensa. Dichas modalidades vica riantes de parentesco están co-construidas o respaldadas por la orga-nización socio-cultural patriarcal, par-ticularmente en lo que a sistema de géneros se refiere.
La otra cara de esa situación, que complementa la unidad compleja del circuito, la conforman aquellas si-tuaciones en las que la violencia apa-rece posteriormente, o como conse-cuencia, de conflictos en la zona conyugal de la pareja, particular-mente en la sexualidad. Es decir, conflictos que se generan desde la conyugalidad-sexualidad y se mani-fiestan como violencia tanto entre los participantes de la pareja, como de los padres (o uno de ellos) hacia otros miembros de la familia, en par-ticular, algún hijo/a.
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Algunas características que comparten estas organi-zaciones
1) El hombre de la pareja (con menor frecuencia, la mujer) es “adoptado” por los suegros, y llega a convertirse en “el hijo preferido” con igual o más poder y reconocimiento en el sistema familiar que el (los) hijo(s) bio ló gi-co(s); a veces llega a tener un lugar más importante que el mismo suegro. Este “logro” puede o no haber sido una aspiración, consciente o no, un motivo de unión inicial de la pareja, o no. Antes de la boda, el futuro suegro puede haber sido hostil o muy acepta-dor, pero en ningún caso tibio o indi-ferente respecto de su futuro yerno.
2) El hombre no ha sentido en su infancia y adolescencia reconocimien-to ni confirmación por parte de su propio padre y, en muchos casos, ha tenido una relación de predilección con su madre.
3) La esposa ha tenido una relación de dependencia emocional y econó-mica con un padre idealizado y temi-do, a la vez que una relación tibia, poco cercana con la madre.
4) La relación con su pareja la ha “sacado” inicialmente de esa depen-dencia y la ha compensado de la dis-tancia o indiferencia materna. Ha he-cho que se sienta vista, confirmada.
5) La fratría no ha sido un referente importante de pertenencia para el es-poso, o bien su relación con hermanos varones no es de solidaridad-compli-cidad.
6) Ambos son jóvenes cuando se conocen y se unen.
7) Yerno y suegro han generado al-guna relación de intenso interés mu-tuo, de trabajo, económica u otro tipo, que ambos sienten exitosa e importan-te en sus vidas.
8) La “sintomatología” irrumpe en
la mujer; suele ser ella quien detona y pide la separación.
9) Muchos de los vínculos familiares preexistentes hostiles han mejorado.
10) Casi todos los vínculos con la mujer han devenido hostiles y/o envi-diosos.
En la experiencia clínica son pare-jas que consultan por una problemá-tica que va emergiendo desde la se-xua lidad de una manera que resulta inesperada para ambos cónyuges, sin que registren experiencias anteriores que las puedan explicar.
El detonante es un rechazo al acer-camiento sexual3 que es vivido, expe-rienciado por los miembros de la pare-ja como incomprensible, no sólo para el otro (“el rechazado”), sino para sí mismo (“el rechazante”). En la medida en que la situación no se modifica, sino que permanece o se intensifica, ob via-mente crece, se complejiza el conflicto intra e intersubjetivo y se suceden las demandas y los intentos, insuficientes, de explicación. Estos suelen ser racio-nalizados primordialmente por quien experimenta el rechazo, el impulso y la necesidad de rechazar, La ignorancia de Sí, ya que ignora sus propios mo-tivos, le produce confusión, descon-cierto, malestar; no le gusta ni quiere
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66 sentir lo que siente, no se entiende. También siente culpa por rechazar “sin razón”, así como enojo por recibir reclamos que entiende que le concier-nen pero que, al mismo tiempo, consi-dera injustos.
Por su parte, en el otro/a, re cha za-do/a, ante la carencia de información o razones suficientes que fundamen-ten el rechazo, por más buena volun-tad que ponga para tratar de com-pren der, indefectiblemente aparecen sospechas de engaño, desamor, indi-ferencia, traición.
Viñeta Clínica
Esta pareja llega a mi consulta deriva-da por una colega, terapeuta del espo-so. El problema que planten es que no tienen relaciones sexuales de ningún tipo desde hace ocho años, tres meses después de que se casaron. Ambos co-inciden en que es él quien ha perdido todo deseo aunque se quieren mucho y él es extremadamente cariñoso, aten-to y dedicado a ella, así como genero-so con sus suegros, conducta favoreci-da por su holgafavoreci-da posición económica actual.
Consultan porque ella no tolera más la situación, la insatisfacción cons-tante; y en particular, la angustia de que se le pase el tiempo a su “reloj bio-lógico” y no pueda tener hijos; tam-poco se siente ya cómoda con el “ex-ceso” de generosidad de su esposo hacia sus padres.
La relación comenzó siendo am- bos muy jóvenes. Ella, mayor de dos hermanas y con un hermano menor, proviene de una familia de provincia,
sumamente católica, con fuertes con-vicciones acerca de la obediencia de-bida a los padres y a las normes que ellos imponen, especialmente respec-to de la sexualidad. Considera que sus padres están muy unidos, tanto entre sí como en la forma en que compar-ten su sistema de creencias. La familia se trasladó al DF para que esta hija mayor pudiera ir a la universidad. Allí se conocieron.
Por su parte, él es el hermano ma-yor, único varón con dos hermanas menores. Relata que sus padres siem-pre tuvieron una relación muy mala caracterizada por la distancia, el auto-ritarismo y los malos modos del padre y por el sometimiento malhumorado y resentido de la madre. Siempre se sintió descalificado y no visto por el padre, hecho al que tal vez contribuyó su dislexia, que no fue atendida opor-tunamente y le acarreó fuertes dificul-tades de aprendizaje. Debido a ello, y a su distancia frustrante con su espo-so, la madre se acercó intensamente a él, a quien sigue consultando para las decisiones familiares a tomar. Califica como “poco importantes” las relacio-nes con sus hermanas; dice que no saben demasiado unos de otros, aun-que interactúan cotidianamente. En la actualidad es una persona muy inte-ligente y exitosa profesional y econó-micamente.
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suegros lo trataban con sequedad y con un mal disimulado desprecio porque no consideraban que fuera “suficientemente bien para la hija”. Los padres de él no interfirieron en la relación y recibieron a la novia en la familia. Como era de esperar, am-bos inventaron múltiples maneras de estar a solas. En estos encuentros clandestinos tuvieron todo tipo de caricias y acercamientos fogosos e in-tensamente placenteros para ambos, pero sin llegar a la penetración. Él decidió respetar “por amor” la nega-tiva de ella, para quien la prohibi-ción de los padres, el miedo a traicio-narlos o a desatar su enojo, era enorme.
A lo largo de la carrera universi-taria ella fue su ayudante constante, no en el estudio, comprensión inte-lectual de los contenidos de las ma-terias, en las que él siempre llevó la delantera, sino en la redacción de los trabajos, incluso de la tesis, ya que la dislexia era un impedimento grave. Antes de finalizar los estu-dios ambos ya estaban trabajando y ganando dinero, por lo cual deci-dieron, a espaldas de los padres de ella, comprar un auto en común. Cuando éstos se enteraron, se desa-tó un terrible conflicto a raíz del cual les prohibieron que siguieran viéndose. La reacción de él fue rápi-da: ya que ambos eran mayores de edad y autónomos económicamen-te, se casarían en dos meses. Ella aceptó inmediatamente; sus padres, en parte para evitar un escándalo social y familiar, terminaron tam-bién por aceptar y hubo boda.
Ambos tienen un recuerdo muy hermoso de la primera relación sexual, intensa, placentera, dulce, ex-tensa. Pero, a partir de la segunda vez, él comenzó a sentir un fuerte e inexplicable rechazo, problemas de erección, eyaculación precoz… y la sexualidad quedó congelada entre ellos, a pesar de los esfuerzos, acerca-mientos y lamentos de ella, quien terminó por “acostumbrarse”, sin en-tender ni enen-tenderse, pero muy com-pensada por el cariño incondicional de él, su bienestar económico y so-cial (“nos ven como la pareja perfec-ta”), la generosidad con que él atien-de a sus padres y la paciencia y firmeza con que ha conseguido hacer trabajar a su hermano menor, quien parece más un hijo de ambos (¿el que nunca tuvieron?), “nieto de sus pa-dres biológicos”, que hermano de su hermana, y cuñado del esposo de su hermana.
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68 Las sociedades cuyas organizaciones contienen desigualdades de género im portantes, sociedades patriarcales4, así como las que pueden definirse cla-ramente como patriarcados, compar-ten ideologías5 que, aunque apoyadas en diferentes argumentos o racionali-zaciones, sustentan y/o prescriben di-ferentes formas de violencia: guerra, opresión, sometimiento o esclaviza-ción de otros grupos, así como la idea de que las mujeres y los niños no son personas iguales a los hombres, sino menores, que deben estar a cargo de ellos, subordinados a ellos.
La sexualidad femenina, en muchas culturas paradigmática de desorden, desmesura y desobediencia, de liber-tad, deseo y fuerza poderosa, ha sido y es amenazante para el poder masculi-no por lo cual ha sido sujetada, con-trolada o, como en muchas culturas, hecha desparecer, subordinada sólo a la maternidad y/o al deseo y placer masculino.
De ahí que la historia atestigüe en diferentes latitudes y momentos his-tóricos que las diversas formas de vio-lencia masculina hacia las mujeres im-plican, con distintas apariencias pero
siempre, la sexualidad: violación, uso de las palabras prostituta y loca, o ma-ricón y puto, como insultos y desprecio máximo, abuso, reclusión, burlas, so-breprotección, denigración, golpes, y otras innumerables formas de maltra-to físico y emocional.
La creciente visualización de la vio-lencia doméstica nos ha familiarizado, tanto desde los medios de comunica-ción y la bibliografía especializada, como desde la clínica, con estos hechos. También observamos que la violencia hacia las mujeres no sólo ha ganado visibilidad, sino también ha aumenta-do en la medida en que 1) los diferen-tes movimientos feministas, lés bico-gay-trans, de derechos humanos, etc., han ido consiguiendo trabajosos y sig nificativos logros que, como bucle, incrementan la antigua homofobia y el heterosexismo, ambos relacionados con 2) un peligroso resurgir de movi-mientos, discursos y actitudes, la “nue-va derecha” que ya avizorara J. Weeks, que retardan, obstruyen o sencilla-mente, impiden el acceso a la realiza-ción y consolidarealiza-ción efectiva de di-chos logros.
La experiencia clínica6 provee
ejem-4. “El término patriarcal designa un sistema de organización de las distinciones de género (en el doble sentido bourdiano del término “distinción”, diferencia y otorgamiento de estatus diferenciados) y de las relaciones de poder, cimentado en ideologías y prácticas androcéntricas (predominio de “los hombres y lo masculino” sobre “las mujeres y lo femenino”) y heterosexista (predominio de la orientación heterosexual y la pareja reproductiva) sobre las otras posibilidades sexuales y arreglos de conveniencia.” Guillermo Núñez Noriega, “La producción de conocimiento sobre los hombres como sujetos genéricos: reflexiones epistemológicas”. En: “Sucede que me canso de ser hombre... Relatos y reflexiones sobre hombres y masculinidades en México”. Ana Amuchástegui e Ivonne Szasz (coords.), México: El Colegio de México, 2007.
5. “Ideología (….) las maneras en que el significado movilizado por las formas simbólicas en el mundo so-cial sirve para establecer y sostener las formas de dominación: establecer, en el sentido de que el significado puede crear e instituir de manera activa relaciones de dominación; sostener en el sentido de que el sig-nificado puede servir para mantener y reproducir las relaciones de dominación mediante el proceso permanente de producción y recepción de formas simbólicas”. John B. Thompson, Ideología y cultura moderna, Teoría crítica social en la era de la comunicación de masas. UNAM, 2002.
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plos del surgimiento de diferentes modalidades de violencia familiar y/o de pareja en personas cuyas historias y rasgos de personalidad difieren en parte de los que describe la literatura sobre el tema. Sobre lo cotidiano es donde recaen las tensiones prove-nientes de todos los otros espacios en los que transcurre nuestra vida: de fa-milia nuclear, extensa, laboral, socio-económico-político, etc. Por ello suele considerarse como el espacio genera-dor de violencia, aunque a veces no es más que el lugar privilegiado en el que aquellas tensiones se expresan.
De ahí que el análisis de la violen-cia no recaiga sólo en los hechos en sí ni en sus protagonistas principales, sino también en la identificación de cadenas y bucles causales y las emer-gencias que ellos generan, Probable-mente, en los espacios familiar y de pareja es donde más recaen los efectos de la violencia socio-económico-polí-tica.
Por otra parte, las heridas o sucesos penosos del pasado tienden a repetir-se, a reactivarse en vínculos significa-tivos actuales. La relación familiar y de pareja induce la permanente histori-zación y re-historihistori-zación de aquellos fantasmas.
La pareja, en particular, como lugar de anclaje, depositación y elaboración, resignifica una y otra vez los traumas de generaciones pasadas, de su propio pasado reciente y los provocados por las situaciones “violentantes” o traumá-ticas del contexto social actua. Esta díada es, entre otras muchas cosas, por tadora de historias de violencias: social, familiar, de género,
institucio-nal; historias de antepasados testigos, actores o víctimas de distintos tipos de violencia. Sus protagonistas advienen al vínculo conyugal con recuerdos e informaciones confusas, no pensables o no pensadas, que quedan como agu-jeros en sus memorias, como marañas en sus experiencias.
Así, “el proceso recursivo es aquel en el cual los productos y los efectos son al mismo tiempo causas y productores de aquello que producen. Los actores y cir-cunstancias que constituyen el proceso no actúan de modo lineal ‘en una rela-ción causa-efecto, sino que manifiestan una dinámica de «remolino» en la que hay momentos que son a la vez produci-dos y productores’ ”. (Morin, 1997).
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70 En muchos casos, la violencia no rompe el vínculo conyugal o familiar, sino que lleva las actuaciones hasta un punto más allá del cual se perdería el marco estable y habitual y, por lo tan-to, no habría retorno. Tanto en situa-ciones sociales como en la clínica, ve-mos con frecuencia notorios esfuerzos por mantener un vínculo que produ-ce situaciones de intenso malestar, no explicables para un observador exter-no. Esto sucede cuando se organizan relaciones violentas pasionales, enlo-quecedoras y/o perversas: el uno po-tencia al otro, siendo popo-tenciados también por otros subsistemas fami-liares, así como desde el contexto so-cial y sus diversas instituciones.
En algunas parejas puede parecer que no hay conflicto manifiesto, debi-do a que para cada uno de los partici-pantes el otro se ha transformado en un complemento que ha paralizado su propia capacidad de pensar.
Para René Girard, el tema del in-cesto remite fundamentalmente al de la pérdida, la inexistencia o desapari-ción de distinciones fundantes. El di-fuminamiento de las líneas que sepa-ran los roles de hijo/a y esposa/o, o de madre/padre y esposa/o –esta forma sutil o manifiesta de unión incestuo-sa–, socava las diferencias fundamen-tales en las que se apoya el orden so-cial. Y agrega: “Con su poder de confundir lo diferente, el incesto es si-milar a la violencia. Así como el incesto convierte a los miembros de la familia en dobles, los conflictos violentos con-vierten a los enemigos en dobles”.
Cuando se genera esta difumina-ción, los sujetos no son capaces de
di-ferenciar lo que está permitido de lo que está prohibido o sugerido, lo prescripto de lo necesario, lo obliga-torio de lo deseado, lo excitante de lo temido, etc.
“La palabra incesto connota uno de los fantasmas inconscientes del complejo de Edipo así como el tabú en contra del acto incestuoso. Por su parte, el sustan-tivo incestual designa y califica aquello que, en la vida psíquica individual y familiar, lleva la impronta del incesto no fantaseado (non fantasmé), sin que se exprese en conductas físicas.”
(Hurni y Stoll, 1997). La diferencia entre ambos concep-tos es sutil, pero fundamental. En el incesto los protagonistas, en particu-lar los adultos, tienen cparticu-laros (cons-cientes) sus deseos e intenciones y, a la vez, saben que los diferentes actos, conductas incestuosas, están prohi-bidos, implican transgresiones a la ley y a “lo natural”, “lo esperable”, lo “imaginable”. En la incestualidad, por el contrario, se trata de una rela-ción invadida y parasitada por la sombra del incesto, y “en este sentido constituye el contrario absoluto del Edipo. Hay que precisar que a) el equivalente del incesto es un despla-zamiento no simbolizado ni repre-sentado, b) la sombra incestual parti-cipa de la psicosis, y c) esta sombra puede extenderse a familias enteras”. (Racamier, 1993-95).
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del menor a escenas sexuales, porno-gráficas o no, que el adulto (Padre/ Madre, o sustitutos, o equivalentes) realiza con el Hijo/Hija. La calidad de abuso no depende ni se atenúa por el hecho de que el menor dé su consenti-miento, sea él quien lo hace o lo pida. El adulto es consciente de su deseo, de sus intenciones, aunque frecuente-mente recurre a diferentes formas de autoengaño y autoindulgencia para permitirse poner en acto lo que sabe que está prohibido y que constituye, no sólo algo ilegal, sino fundamental-mente una traición innoble, un daño irreparable a quien está obligado a cuidar y proteger.
A diferencia del incesto, el com-portamiento incestual no se expresa en actos concreto, evidentes, corpo-rales. Sus protagonistas adultos no tienen deseos, fantasías ni impulsos incestuosos conscientes. Según Ra-camier, “la incestualidad designa un
clima familiar en el cual el niño o la joven son llevados a pesar suyo, a veces con una violencia más perniciosa que en el incesto, a recibir los deseos (in-conscientes) de sus padre y/o adultos significativos y a satisfacerlos, al precio de su propia sexualidad. Constituye una forma todavía mal conocida de lo que, en rigor, es una muerte psíquica”.
(Racamier 1998).
En el conjunto de estrategias con que opera la incestualidad destacan las siguientes características:
– Son siempre paradojales: ocultas pero evidentes, sexuadas pero no sexuales, predecibles pero clan-destinizadas.
– Se perpetúan constantemente, se renuevan continuamente. – Involucran a todos los miembros
de la familia, incluyendo a her-manos y hermanas, mediante di-versas formas de complicidad. – Se mantienen con pocos cambios
desde la infancia a la edad adulta. – Se perpetúan a lo largo de
gene-raciones.
– Usan voces y gestos de la sexuali-dad, pero atraviesan al sujeto en-tero.
– Sin embargo, se convierte en una estrategia antisexual ya que suele generar una aversión intensísima a la sexualidad y el erotismo, (“fo-bia fría” es la elocuente expresión de Racamier), que no está acom-pañada de angustia.
– Crean, en su conjunto, una ten-sión intrapsíquica e intersubjeti-va que se puede calificar como perversa.
Desde otro punto de vista, estas es-trategias funcionan como una especie de ideología para los padres, quienes no se consideran corresponsables de los frecuentes síntomas que padecen sus hijos. En realidad, dado que las ge-neraciones están mezcladas, las posi-ciones, emociones y comportamien-tos que dan nombre a los diferentes lazos familiares son trastocados, con-fundidos, y las responsabilidades anu-ladas, invertidas o caricaturizadas, los padres no son tales y, por lo tanto, tampoco los hijos son hijos ni los her-manos, hermanos.
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72 tos de defensas transpersonales, en particular los conceptos de mistifica-ción y de colusión descriptos por R. Laing y J. Willi.
También remiten a R. Perrone, quien califica de hipnótica la conduc-ta seductora del abusador. Se refiere a la relación de hechizo afirmando que posee una dinámica que le es propia, que conlleva secretos y pactos que permiten la estabilidad de dicha rela-ción. Según este autor, la relación co-mienza por la efracción7: “Así pues la
efracción inicia la posesión, la prepara en su etapa previa (…) El acto sexual entre padre e hija es una efracción no susceptible de elaborar, porque ni si-quiera hay posibilidad de sustraerse del dominio del abusador”. (Perrone, R. 2006: 126).
Algunas reflexiones finales y provisorias
Paul Ricoeur afirma que el conoci-miento subjetivo no es consecuencia de una intuición de sí por sí mismo, sino resultado de una vida examinada, contada y retomada por la refle xión, dirigida y aplicada a los símbolos, a los textos, a las obras, las experiencias , porque es en ellos donde objetivamen-te se manifiesta la identidad subjetiva de individuos y comunidades. En ellos, pues, encuentra la
interpreta-ción el sustento más firme para la comprensión, aunque queda pendien-te de la hermenéutica de lenguajes, símbolos, acciones e interacciones.
De modo esquemático, su hipóte-sis de trabajo “quiere considerar la na-rración como el guardián del tiempo
en la medida en que no existiría tiem-po pensado si no fuera narrado”. (Ri-coeur 1985).
Pero, como dice J. Ibáñez: “La pro-hibición de conversar genera la nece-sidad de las simulaciones”. (Ibáñez 1994).
Entonces nos preguntamos: ¿cómo es posible conversar, acerca de qué conversar, qué narrar, qué nombrar en un clima emocional-relacional sig-nado por ambigüedades, evasivas, desconfirmaciones, trastocamientos, simula-ciones, en el cual la consigna implícita es la prohibición de pensar acerca de los datos de la experiencia, de lo vivido, de lo “experienciado”?
Cuando somos incapaces de unifi-car el pasado, el presente y el futuro de nuestra propia experiencia biográ-fica de la vida psíquica, cuando se rompe la cadena del sentido y del sig-nificado de las relaciones, el sujeto queda reducido a una experiencia pu-ramente material de los significantes o, en otras palabras a una serie de me-ros presentes carentes de toda rela-ción en el tiempo.
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