• No se han encontrado resultados

029 - James D. Crane - Manual para Predicadores Laicos.pdf

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "029 - James D. Crane - Manual para Predicadores Laicos.pdf"

Copied!
125
0
0

Texto completo

(1)
(2)

ACERCA DE LA O BRA

Manual para Predicadoras IMicos proporciona avncla práctica a los cristianos que, sin ser llamados para servir como pastores de iglesias, han sido dota­ dos por el Espíritu Santo con dones <pic deben utili­ zar para la gloria de Dios en la evangeli/ación y en la edificación de los creyentes.

Establece la base bíblica del ministerio del laico y luego trata aspectos prácticos de homilética. Es así (pie el lector encontrará capítulos útiles sobre la pre­ paración espiritual del predicador laico, el propósito de su predicación y posibles fuentes de material para sus mensajes. Además hallará orientación sobre ma­ neras de organizar sus pensamientos y reforzar sus id' as, y cómo encarar la introducción y la conclusión de cada sermón.

Se recomienda para estudio privado o en grupo. Este breve manual viene a adelantar el desarrollo del ministerio laico en esta época que quizá será co­ nocida en la historia como “ la época del laico cristia­ no” .

LIBROS AFINES

3O S 0 U E J C S UTILES PARA L A IC O S , Varios autores

EL CUIDADO PASTORAL, C. W. Brister

FIGURAS DE PLATA, Pablo Deiros

I L U S T R A C I O N E S P A R A E L P U L P I T O EVANGELICO, A. Robleto

LA BIBLIA DE ESTUDIO MUNDO HISPANO CONCORDANCIA ALFABETICA DE LA BIBLIA,

Sloan - Lerín

HOMILETICA PRACTICA, Tomás Hawkins

BOSQ UEJO S DE S E R M O N E S S E L E C T O S ,

Ernesto Bn rocío

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES 42039

(3)

J. D. Cranc

M A W J A L

PASA

PREDICADORES

LAICOS

Aprobado por Unión Panamericana de Hombres Bautistas

(4)

C A S A B A U T IS T A DE P U B L IC A C IO N E S Ai" < ’ »■! - : 1 i i , <><H4 n i ¡| i :j,, A

A a 9 n c i« s d«» D is t r ib u c ió n

A R G E N T IN A t ■ id lív.» M(vl 1,71.1 Himno»; Aíro*; B R A S IL : i *.iv-i V i<r .'fll Mi»' do Id» »’ifo

B O L IV 1 A : r,i|('»' M d Co< l' lt'.im h | i V. ltd ,'M ( > S .H ’ M C »11,*

C O L O M B IA : Ap.v'ado Aereo 5'>.ui4 Bogotá t C O S T A R IC A : Apge.vio ZH*. S v’ Medro

C H IL E : 1 i , ’54 S.infi.ioo E C U A D O R : 3236 (íi lay.iquil EL S A L V A D O R : Mi c.nio Pfp i / 14 San Salvador

E S P A Ñ A : Arm'on , v Barcelona

E S T A D O S U N ID O S : Broadman 1,?/ Nmfh Ave NashvtUe Tenn 3 7234

G U A T E M A L A : 12 Calle 9 54 Zona 1 Guatemala H O N D U R A S : 4 Calle 9 Avenida. Tequciqalpa M E X IC O : Calle Oriente 65 A No 2834. México 8. D f

Matamoros 344 Pte , Torreón, Coahuila N IC A R A G U A : Apartado

5776

. Manaqua

P A N A M A : Apartado 5363. Panama 5 P A R A G U A Y : Pettirossi 595. Asunción

P E R U : Apartado 3177, Lima

R E P U B L IC A D O M IN IC A N A : Apartado 880. Santo Domingo U R U G U A Y : Casilla 14052. Montevideo V E N E Z U E L A : Apartado 152. Valencia Primera edición: 1966 Segunda edición: 1968 Tercera edición: 1972 Cuarta edición: 1976 Quinta edición: 1978 Sexta edición: 1980 Séptima edición: 1981 Clasifiquese: Para Piedicadores

ISBN 0 31 1 -12089 7 C B P. Art. No.: '12039

7 M 11 81

(5)

A Edith

mi amada esposa y ayuda idónea en el ministerio

(6)

Pr e f a c i o ... 5

Capiti’lo 1 EL LUGAR DEL PREDICADOR LAICO EN EL REINO DE DIOS ... 7

1. Cada Creyente es un Ministro ... 7

2. Los Dones del Esfiíritu ... 9

3. Los Dones de la Palabra... 11

4. Predicadores Laicos en el Nuevo Testamento .. 12

5. Una Explicación de Términos ... 13

6. Nuestro Plan de Estudio ... 14

Ca p it u l o 2 EL PREDICADOR LAICO NECESITA PREPARAR SU CORAZON... 16

1. La Seguridad de una Experiencia Personal del Nuevo Nacimiento ... 16

2. Un Profundo Deseo de Ver Salvos a O tr o s... 24

3. Una Creciente Santidad de V id a... 26

4. Amor al Estudio de la Biblia ... 31

5. La Práctica de la Oración ... 35

Ca p it u l o 3 EL PREDICADOR LAICO NECESITA PENSAR EN SU PROPOSITO ... 39

1. La Glorificación de D i o s... 39

2. La Conversión de los Perdidos ... 41

3. La Edificación de los Creyentes ... 43

Ca pitu lo 4 EL PREDICADOR LAICO NECESITA TENER UN MENSAJE ... 46

1. El Mensaje del Predicador Laico Puede ser su Propio Testimonio Personal ... 46

2. El Mensaje del Predicador Laico puede ser uruz Enseñanza Bíblica ... 50

(7)

C A r m u . o 5

EL PREDICADOR LAICO NECESITA ORGANIZAR

SlLS PENSAMIENTOS ... 57

1. Algunos Trinos Bíblicos Pueden Ser Discutidos l^í sdc el Punto d e Vista d e su Significado ... 58

2. Algunos Temas Bíblicos ru ed en Ser D iscutidos D ism tidos D esd e el Punto d e Vista d e las R azo­ nes que los Apoyan ... 6 0 3. Algunos Temas Bíblicos Pueden Ser D iscutidos D esde el Punto d e Vista d e los M ed ios E m plea­ dos o q u e se Pueden Emplear para E jecutar o Evitar una A cción Determinada ... 63

4. Algunos Temas Bíblicos Pueden Ser D iscutidos D esde el Punto de Vista d e las Causas q u e O bra­ ron para Producir una Situación D eterm inada 67 5. Algunos Temas Bíblicos Pueden ser D iscutidos D esd e el Punto d e Vista de los E fectos Produci­ dos por una A cción D eterm in ad a... 68

6. Algunos Temas Bíblicos Pueden Ser D iscutidos D esd e el Punto d e Vista del Contenido d el T exto 69 Ca p it u l o 6 EL PREDICADOR LAICO NECESITA REFORZAR SUS IDEAS ... 76

1. Las Puertas qu e Conducen a la Voluntad ... 77

2. L os Materiales d e Discusión más Utiles para Abrir las Puertas q u e Conducen a la V oluntad 84 Ca p it u l o 7 EL PREDICADOR LAICO NECESITA SABER COMENZAR Y CONCLUIR ... 104

1. La Introducción ... 104

2. La Conclusión ... 109

Ca p it u l o 8 EL PREDICADOR LAICO NECESITA COM UNICAR SU MENSAJE ... 114

J. Jm Preparación d e un A m bien te Favorable ... 115

2. La Posesión d e Actitudes Favorables ... 117

(8)

P R E F A C I O

Este libro es ofrecido al mundo evangélico hispano en la esperanza de proporcionar ayuda práctica a aquellos hermanos que, sin ser lla­ mados para servir como pastores de iglesias, si han sido dotados por el Espíritu Santo con “dones de la pa­ labra” que pueden y deben utilizar para la gloria de Dios en la conver­ sión de los perdidos y en la edifica­ ción de los creyentes. Si cumple aun parcialmente este noble propó­ sito, “daré gracias a Dios y cobraré aliento”.

James D. Crane

Guadalajara, Jalisco, México, a 4 de diciembre de 1965.

(9)

Capítulo 1

EL LUGAR DEL PREDICADOR LAICO EN EL REINO DE DIOS

Una de las necesidades más apremiantes que se perfila en las iglesias evangélicas de nuestro día es la de hacer un nuevo estudio del concepto neotestamen- tario del ministerio cristiano. ¿Quiénes son los minis­ tros del Señor? Sin duda, la idea general que se tiene sobre este punto es demasiado limitada. Acostumbra­ mos contestar la pregunta más o menos de la siguien­ te manera. Entendemos que un ministro cristiano es uno que ha sido llamado por el Espíritu Divino para dedicar todo su tiempo, todas sus energías y todos sus talentos a la enseñanza y predicación de la Palabra de Dios, al cuidado pastoral de las almas y a la adminis­ tración de los intereses de las congregaciones cristia­ nas. En otras palabras, un ministro cristiano es un pastor, un evangelista, un misionero o un profesor de Biblia.

1. CADA CREYENTE ES UN MINISTRO

¿Qué hay de malo en la opinión expresada en el párrafo anterior? Solamente una cosa: es una verdad a medias. Es la verdad, pero no es toda la verdad. Los que fueron mencionados sí son ministros del Señor, pero no son los únicos. Una de las enseñanzas más cla­ ras de todo el Nuevo Testamento es precisamente es­ ta: que todo creyente en Cristo Jesús es un ministro en la iglesia.

(10)

8

En su caria a los Efesios el apóstol Pablo presenta la obra del Cristo resucitado a favor de su iglesia de : esta manera:

Y él m ism o constituyó a unos apóstoles; a otros, pro­ feta s; a otros, evangelistas; y a otros pastores, y m aes­ tros. a fin de perfeccionar a los santos para la obra del m inisterio, p a ja la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguem os a la unidad de la fe y del conocim iento del H ijo de D ios, a un varón perfecto, a la m edida de la estatura de la plenitud de C risto (Ef. 4:11-13).

Es muy grande el favor que nos hizo la Revisión de 1960 en cuanto a la traducción de este pasaje. En la Versión de Valera anterior aparece una coma en el ver­ sículo 12 después de la palabra “ santos” . Esa redacción dio un sentido equivocado, puesto que hacia entender que el Señor había dado a la iglesia los apóstoles, pro­ fetas, evangelistas y pastores-maestros “para la obra del ministerio” . Así sucedía que muchos concluyeron que “ el ministerio cristiano” debía limitarse a aquellos creyentes que tuviesen vocación divina especial para desempeñar los oficios designados en el versículo 11.

Concuerdan con la Revisión de 1960 en la supresión de la coma aludida varias otras versiones castellanas. Al momento el que esto escribe tiene sobre su escrito­ rio cuatro, a saber: la de Pablo Besson, la de Bonnet y Schroeder, la de Favier-de la Cruz (traducción espa­ ñola de una versión francesa) y la Hispano-america- na. Veamos la diferencia de interpretación que resulta de acuerdo con esta atinada redacción.

Al volver al cielo, nuestro Señor “ dio dones a los hombres” (Ef. 4:8b). Esos “ dones” fueron los “ apósto­ les, profetas, evangelistas y pastores-maestros” que se mencionan en el versículo 11. Se les considera como “ dones” por dos razones: (1) porque sólo Dios puede llamar a un hombre para ejercer tal ministerio espe­ cial; y (2) porque su función es tan preciosa para la iglesia, que debe considerarse como un verdadero rega­ lo del cielo. ¿Cuál, pues, es la función de los “ apóstoles, profetas, evangelistas y pastores-maestros” ? Es la de

(11)

Ma n u a l, Pa n a Ph i,i>u:a i>ouks Laicos 9 “perfeccionar (o sea, adiestrar) a los saritas para la obra del ministerio”.

Entonces, tocios los santos (los creyentes) tienen un ministerio que desempeñar en la iglesia, Y el resto del pasaje que estamos comentando hace ver con toda claridad que “ la edificación del cuerpo de Cristo” , es decir, el crecimiento espiritual de la iglesia, depende principalmente de que todos los creyentes sean fieles en el ejercicio de sus respectivos ministerios.

Si cabe aquí una distinción, quizá la mejor manera de hacerla sería decir que existen en la iglesia dos mi­ nisterios: un ministerio “ oficial” y un ministerio “ co­ mún” . Mientras que el segundo comprende la totalidad de los creyentes, el primero corresponde solamente a los que por vocación divina especial puedan decir con Pedro y Juan:

. . . N o es justo que nosotros dejem os la palabra de D ios, p ara servir a las m e sa s. . . Nosotros persistirem os en la oración y en el m inisterio de la palabra (Hch. 6:2, 4).

Pero al hacer tal distinción, no hemos de olvidar que las iglesias pueden subsistir (¡y de hecho subsisten muchas!) sin un ministerio “oficial” , pero se morirían en seguida sin un ministerio “común” . El ministerio, o sea servicio, de todos los creyentes es lo que mantiene en pie de lucha a una congregación cristiana. Además, la razón de ser del ministerio “oficial” es el servicio que rinde al adiestrar a los demás creyentes para sus ministerios respectivos dentro de la iglesia.

2. LOS DONES DEL ESPIRITU

La interpretación que acabamos de dar está refor­ zada ampliamente por lo que Pablo dice en 1 Corintios capítulo 12. En ese capítulo nos habla de los dones del Espíritu, haciéndonos ver cómo éstos tienen íntima relación con el ministerio que el Señor espera de todos y de cada uno de sus hijos.

Em pero hay diversidad de dones, m as el Espíritu es el m ism o; y hay diversidad de m inisterios, m as el S e­ ñor es eJ m ism o; y hay diversidad de operaciones, nuis

(12)

10 Ma n u a t, Taha íbu.mcAnonr.s l,AIfX>S

ól mismo Dios os el que obra todas las cosas en torios.

Pero A cada uno le es dada la manifestación del Espí­

ritu ixvra el bien general (1 Cor. 12:4-7, V.II.A).

Notemos que en la Iglesia hay diversidad tanto en las dones como en los ministerios y en las operaciones. Cada creyente ha sido dotado por el Espíritu Santo con algún don que puede y debe utilizar para la edificación de los demás. El aprovechamiento de ese don para la edificación de la iglesia constituye precisamente el mi­ nisterio del creyente en cuestión. Exactamente como cada creyente ha sido bendecido con un don, se le hace responsable de un ministerio. “ Dios no es Dios de con­ fusión” (1 Cor. 14:33). Por tanto, no podemos menos que concluir en que el ministerio particular que un cre­ yente dado debe desempeñar va de acuerdo con el don, o sea la manifestación del Espíritu, que le haya sido conferido.

En 1 Corintios 12:12-27 Pablo habla de la iglesia bajo la figura de un cuerpo. Entre otras cosas, el pasa­ je deja bien clara esta idea: que la iglesia recibe bene­ ficio del desarrollo de todos sus miembros y que, a la inversa, sufre lamentables pérdidas cuando cuales­ quiera de sus miembros deja de desempeñar el minis­ terio en el cual sus dones pueden y deben hallar la de­ bida expresión. Por tanto, la constante preocupación de una iglesia cristiana debe ser la de ayudar a cada uno de sus miembros a hacer lo siguiente: (1) descu­ brir cuál es su don; (2) dedicar su don al servicio de Dios y de la humanidad; y (3) desarrollar su don por medio del estudio y del trabajo práctico en la obra mi­ sionera de su iglesia.

El don de Dorcas la capacitó para glorificar a Dios haciendo costuras para los necesitados (Hch. 8:36, 39). El don de Lidia era el de comerciar, e hizo de su nego­ ciación un centro de propaganda para el evangelio

(Hch. 16:14-15). El don de Cornelio era el de mandar gente, y aprovechó la influencia de su posición para reu­ nir a un gran número de personas a fin de que o y e r a n

(13)

Ma n u a l Pan a P iu .m cA ix u u .s La ic o s 11

inspiró interés en la ciencia, conduciéndole a servir como médico misionero e investigador de la historia cristiana (Col. 4:14; Luc. 1:1-4; Hch. 1:1). Sí, ¡hay di­ versidad de dones!

3. LOS DONES DE LA PALABRA

Entre los diferentes dones mencionados específi­ camente en el Nuevo Testamento, es interesante obser­ var cuántos tienen que ver con el uso de la palabra.

Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sab i­ duría; a otro, palabra de ciencia según el m ism o E s­ píritu . . . (1 Cor. 12:8).

D e m anera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese con for­ m e a la m edida de la fe ; . . . o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exh ortación . . . {Rom.

12

:

6

-

8

) .

Probablemente sería incorrecto decir que aquí se trata de cinco dones completamente distintos, porque “ palabra de sabiduría” y “palabra de ciencia” parece­ rían tener íntima relación con el don de la enseñan­ za” . De igual manera, resultaría difícil desligar la “ pro­ fecía” y la “ exhortación”, especialmente a la luz de lo que encontramos en 1 Corintios 14:3 donde se nos dice que

el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación.

Lo que sí podemos decir con toda confianza es que entre los diversos dones del Espíritu abundan los que pueden ser designados como “dones de la palabra” .

Otra cosa que queda claramente establecida en las Escrituras en que estos “ dones de la palabra” no eran concedidos exclusivamente a los “ apóstoles, pro­ fetas, evangelistas, pastores y maestros” . Fueron re­ partidos por el Espíritu con mucha mayor amplitud entre los miembros de las congregaciones cristianas. En 1 Corintios 14 Pablo exhorta a todos los hermanos de esa iglesia a que procuren los dones espirituales, pero “ sobre todo que profeticéis” (versículo 1), e indica en

(14)

12 Ma n u a l Pa n a Ph k d i c a d o h k s La i c o s

el versículo 5 que bien quisiera quo todos profetizaran . Esta posibilidad es recalcada tan to en el versículo 24 com o en el 31.

4. P R E D IC A D O R E S LA IC O S EN EL N U E V O T E S T A M E N T O

El estudio cuidadoso del Nuevo T e s ta m e n to nos convence de que el asombroso exten d im ien to del e v a n ­ gelio en el prim er siglo se debió, cuando m en o s e n p a r ­ te, al hecho de que gran núm ero de creyen tes p r im i­ tivos desplegaban estos “ dones de la p a la b r a ". E n o tra s p alabras, eran predicadores laicos. P a sa jes que v ie n e n a l caso so n :

Y se fue, y comenzó a publicar (predicar) en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él (Mar. 5:20).

Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenza­ ron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen... Y estaban atónitos y maravi­ llados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos naci­ do? ... Les oímos hablar en nuestras lenguas las ma­ ravillas de Dios (Hch. 2:4, 7-8, 11).

Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron... Y ahora, Señor, mira sus ame­ nazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra (Hch. 4:24, 29).

Y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles... Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evan­ gelio (Hch. 8:1, 4).

Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pa­ saron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablan­ do a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero ha­ bía entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Se­ ñor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor... Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía (Hch. 11:19-21, 26).

(15)

Ma n u a i. Pana Pi u d i c a d o i u.s I .aicos 13 no tardamos on descubrir que los grupos evangélicos que están creciendo más rápidamente son precisamen­ te aquellos que están haciendo hincapié en la respon­ sabilidad de los laicos hacia la predicación.

5. UNA E X P L IC A C IO N DE TE R M IN O S

No es remoto que algunos de mis lectores se opon­ gan al uso hecho en la sección anterior de la palabra “ laico” . ¡Estoy de acuerdo! No es muy feliz la expre­ sión. Aparte del hecho de que en nuestro medio latino­ americano suele dársele a la palabra cierto sentido an­ tirreligioso, tenemos que confesar que el uso corriente del término no tiene apoyo en las Escrituras. Dos pasa­ jes vienen a la mente en esta conexión.

Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Ju an , y sabiendo que eran hom bres sin letras y del vulgo, se m aravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús (Hch. 4:13).

Aquí la expresión “ del vulgo” vierte al castellano una palabra griega que literalmente significa “ laicos” . Pero ¿a quiénes se aplica? ¡A los apóstoles Pedro y Juan!

A los ancianos de entre vosotros e x h o rto . . . que a p a­ centéis el rebaño de Dios que está con vosotros, obran­ do com o sobreveedores, no por fuerza de obligación sólo, sino voluntariam ente; n i com o codiciosos de des­ honrosa ganancia, sino prontam ente; n i com o enseño­ reándoos sobre las herencias de D ios, sino siendo ejem plos del r e b a ñ o ... (1 Ped. 5:1-3).

En la parte final de este pasaje encontramos la expresión “las herencias de Dios” , refiriéndose a todos los componentes de las congregaciones cristianas. Muy significativo es observar que esta expresión traduce la misma palabra griega que constituye la raíz etimológi­ ca de la voz “ clero” .

Tenemos que concluir, pues, en que la usanza con­ temporánea de las palabras “ laico” y “ clero” es com­ pletamente opuesta a la manera en que se emplean en el Nuevo Testamento. Según éste, los apóstoles fueron

(16)

14 Ma n u a i. I’a h a r m - n i c A D o m - s T r í e o s

laicos, y el cloro lo formó la totalidad de loa miembros do las iglesias.

Entonces, ¿cuál os la razón de emplear la palabra ‘ laico” en esta obra en el sentido en que hemos venido usándola? Sencillamente ésta: que el uso equivocado de los siglos es tan uniforme y tan fuerte, que si queremos hacernos entender, más vale que hablemos de Igual manera.

Todos los creyentes neotestamentarios se ocupa­ ban en la tarea del evangelismo. Y aparte de lo que se contribuía al sostenimiento de sus maestros y evange­ listas oficiales (véase 1 Cor. 9:13-14; 2 Cor. 11:8; Gál. 6:6; 2 Tes. 3:9; 1 Tim. 5:17-18 y también Núm. 18:20- 21), no hay ninguna evidencia de que hubiesen consi­ deraciones de índole monetaria en el asunto. Así es que de este punto en adelante, entiéndase que cuando ha­ blamos de un predicador laico queremos decir lo si­ guiente:

Un predicador laico es un creyente que, sin tener vocación divina especial para ser pastor de iglesias, sí tiene dones de la palabra, y los ejercita en un ministe­ rio de testimonio verbal, sin remuneración financiera. 6. NUESTRO PLAN DE ESTUDIO

Convencidos, pues, de la necesidad de “ adiestrar a los santos para la obra del ministerio” , y seguros de que en cada iglesia neotestamentaria debe haber herma­ nos que tienen “ dones de la palabra”, nos proponemos por medio de estos sencillos estudios proporcionar a los tales la orientación necesaria para que puedan de­ sarrollar su don en un servicio práctico de testimonio verbal en el programa misionero de su iglesia. El plan que seguiremos será el de presentar consecutivamente los pasos que debe dar el creyente que tenga estos “ do­ nes de la palabra” para ejercer el ministerio de un pre­ dicador laico. Dichos pasos son los siguientes:

(1) El predicador laico necesita preparar su corazón. <2) El predicador laico necesita pensar en su propó­

(17)

Ma n u m, Va n a 1'iu m c A n oi u- ,s La i c o s 15

(3) FJ predicador laico necesita tener un m ensaje. (4) El predicador laico necesita organizar sus pen­

sam ientos.

(5> El predicador laico necesita reforzar sus ideas. (6) E l predicador laico necesita saber com enzar y

concluir.

(7) El predicador laico necesita com unicar su m en ­ sa je.

Preguntas de Repaso

1. Según Efesios 4:10-13, ¿quiénes son ministros en una iglesia neotestamentaria?

2. ¿Cuál es la responsabilidad principal de los “ após­ toles, profetas, evangelistas, pastores y maestros” ? 3. ¿Qué relación existe entre los dones del Espíritu y

el ministerio que cada creyente debe desempeñar? 4. ¿Qué ayuda debe una iglesia prestar a sus miem­

bros en relación con los dones del Espíritu?

5. ¿Qué hemos de entender por “ los dones de la pala­ bra” ?

6. Dése una definición de un predicador laico. 7. ¿Cuáles son los siete pasos que un predicador lai-

debe dar para poder desempeñar su minis­ terio?

(18)

Capítulo 2

E L P R E D IC A D O R L A IC O N E C E SIT A PREPARAR SU CO RAZO N

La importancia de este paso no puede ser exage­ rada. Sin la debida preparación espiritual, todo lo de­ más será en vano. “ El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abun­ dancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45), Para “ sacar lo bueno” , pues, tiene que haber tanto “ un buen hombre” como “ un buen tesoro” en su corazón.

Así es que antes de cualesquiera otras considera­ ciones, el predicador laico necesita velar por su propia alma. ¿Qué es lo que debe encontrar allí?

1. LA SEGURIDAD DE UNA EXPERIENCIA PERSONAL DEL NUEVO NACIMIENTO

El predicador laico es un testigo (Hch. 1:8), Por tanto, es necesario que le conste la experiencia de que habla. De otra manera, sería “ una fuente sin agua” y uno que “promete libertad, siendo él mismo un esclavo de corrupción” (2 Ped, 2:17-19), Justo es, pues, que “ se examine a sí mismo si está en la fe; que se pruebe a sí mismo” (2 Cor, 13:5). Antes de que salga para predicar a otros, necesita poder decir con Pablo: “ Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1:12).

Esto no quiere decir que su experiencia tenga que [16}

(19)

Ma n u a l Taha PnKmcAixwrcs Laicos 17 cuadrar con la do Pablo en cuanto a los detalles. No es preciso que le haya rodeado “ un resplandor de luz del cielo” o que haya oído una voz que le llamase por nombre (Hch. 9:3-4). El Dios Creador ha dispuesto que cada persona sea distinta en cierta manera a cada otra, y cuando el Espíritu divino se acerca al alma para re­ dargüiría de pecado y obrar en ella un nuevo nacimien­ to, respeta la personalidad del individuo con quien está tratando. Pero a pesar de las variaciones de experien­ cia que obedecen a diferencias de temperamento o de edad, toda persona regenerada podrá comprobar la realidad de su profesión de fe de acuerdo con los si­ guientes testimonios.

(1) El testimonio de la Palabra. La certeza de que

uno es salvo debe fundarse ante todo en el testimonio de la Palabra de Dios. El creyente debe poder señalar alguna porción de la Sagrada Escritura y decir: “ Esta es mi acta de nacimiento espiritual. Por lo que dice este pasaj e de la Palabra divina, sé a ciencia cierta que soy salvo.”

El autor de estas líneas señala a Juan 5:24 como su acta de nacimiento espiritual. Yo no puedo recordar exactamente cuándo hice la decisión de arrepentirme de mis pecados y confiar en Cristo como mi Salvador personal. Tuve la dicha de ser criado por un par de an­ cianos piadosos quienes me rodearon desde mi infancia con un ambiente del todo cristiano. Nunca faltábamos a los cultos de la pequeña iglesia bautista a la cual ellos pertenecían. Pocos eran los domingos cuando algún pas­ tor no tomaba los alimentos en nuestra casa. La Biblia era leída diariamente, y mis padres de crianza oraban constantemente por mí. Sucedía, pues, que las verda­ des del Evangelio iban apoderándose de mi corazón en forma lenta pero segura, de manera que a los ocho años de edad hice una profesión pública de fe. Como era muy chico, no se me permitió bautizarme sino hasta doce meses después. Así fue que a la edad de nueve años seguí a Cristo en las simbólicas aguas del bau­ tismo.

(20)

18 Ma n u a l Pa r a Pr e d ic a d o r e s La ic o s

Al cumplir los once años tuve una experiencia in­ olvidable en la que el Señor me hizo comprender que me llamaba para dedicar mi vida a la predicación del Evangelio entre personas de habla española. Pero poco después de esto algo me empezó a perturbar. A menu­ do escuchaba a personas que al dar testimonio de su experiencia de salvación, hacían hincapié en el hecho de que recordaban exactamente dónde estaban y cuán­ do tuvieron la dicha de nacer de nuevo. Ponían tanto énfasis en este punto, que dejaban la clara implicación de que si uno no hubiese tenido una experiencia idénti­ ca a la suya, no era un verdadero cristiano. Y a veces no se contentaban con dejar asentada una implicación; declaraban categóricamente que ésa era su convicción.

Entré en una época de duda. ¿Habría estado equi­ vocado? ¿Sería posible que después de todo yo no era salvo en verdad? Mientras pasaba por los tormentos de esa duda, Dios obró providencialmente para que asis­ tiera a un curso de estudio en cierta iglesia donde una maestra de consagración y capacidad excepcionales enseñaba sobre el plan de la salvación. Cada noche nos obligaba a aprender de memoria un texto escogido de la Biblia. No tardamos en llegar al aprendizaje de Juan 5:24, que a la letra dice:

D e cierto, de cierto os digo: El que oye m i p alab ra, y cree al que m e envió, tiene vida etern a; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de m uerte a vida.

Aquí estaba algo que me llamaba poderosamente la atención. Aquí se hablaba de seguridad. “De cierto, de cierto” , decía. Eso era lo que yo anhelaba tener. ¿En qué consistía esa seguridad? Sencillamente en que el que oía la palabra y creía en el Dios que envió a Jesu­ cristo al mundo para morir por los pecadores, tenía la vida eterna, y no iría nunca a la condenación porque ya había pasado de la muerte espiritual a la vida eterna.

Al despedirnos de la clase, me fui a mi casa medi­ tando en el significado de este texto. Y antes de

(21)

dor-Ma n u a l, Pa r a r m r m cA n o n r .s I.A r co s 19

mirmc osa noche le dije a Dios en oración más o menos lo siguiente:

“ Señor, te doy gracias por esta palabra de seguri­ dad. Tú sabes bien cómo me han inquietado los testi­ monios de hermanos— ¡buenos hermanos, por cierto!— que han insistido en que toda experiencia cristiana de­ biera ser parecida a la suya. Tú sabes cómo he tenido dudas terribles acerca de la validez de mi propia profe­ sión de fe. Pero ahora comprendo, Señor, que la base de la seguridad no descansa tanto en el recuerdo de una experiencia emotiva como en la declaración de tu Palabra. Tú dices que ‘el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna’. Yo sé que he oído tu palabra muchas veces. Yo sé que he creído y que todavía creo. Por tanto tú me aseguras que tengo — ¡ahora mis­ m o!— la vida eterna, y que nunca jamás vendré a con­ denación. Tú me dices, Señor, que he pasado — ¡ya!— de muerte a vida. Tú no puedes mentir. Por tanto, pese a lo que todo el mundo diga, te creo a ti. Gracias Señor, por esta palabra de seguridad.”

Hace treinta años que tuve esta experiencia, y du­ rante todo este tiempo no me ha vuelto a asaltar una sola duda más respecto a la realidad de mi experiencia personal de salvación. ¡Encontré la seguridad por el testimonio de la Palabra de Dios!

Probablemente la experiencia suya ha sido muy distinta de la mía. Es posible que su encuentro con Cristo fuera tan brusco y repentino, que le dejó un vivo recuerdo del tiempo y lugar del acontecimiento. Si así fue, está muy bien. Pero con todo y esto, debe usted tener algún texto de la Biblia que le sirva como acta de nacimiento espiritual— algún texto que le declare las bases de su seguridad de tal manera que le sirva de es­ cudo contra todas las dudas que Satanás enviará como flechas envenenadas para perturbar la paz de su cora­ zón. No tiene que ser el mismo texto que me ha servido a mí. Quizá en el caso suyo alguno de los siguientes será el que mayor provecho haría a su alma:

(22)

2 0 Ma n u a l Pa r a Pr e d ic a n o n e s La ic o s

3 3-39 ; T ito 3 :4 -7 ; Hebreos 7 :2 5 ; 1 Pedro 1 :3 -5 ; 1 Juan 5 :1 0 -1 2 .

(2) El testimonio de la conducta. Para prevenir a

sus discípulos en contra de los falsos profetas que es­ condían sus uñas de lobo debajo de un disfraz de oveja, el Señor Jesús formuló una norma infalible para juz­ gar el carácter humano: “por sus frutos los conoceréis”

(Mateo 7:16, 20). En esta norma encontramos una base

adicional para la seguridad espiritual del creyente ver­ dadero.

La conducta del hombre regenerado no es la m is­ ma que era antes de su encuentro personal con Cristo. Muchos son los pasajes del Nuevo Testamento que afir­ man esta verdad. Puesto que “para una muestra, con un botón basta”, mencionaremos solamente dos:

¿N o sabéis que los injustos no heredarán el rein o de D ios? N o erréis; n i los fornicarios, n i lo s id ólatra s, n i los adúlteros, n i los afem inados, n i los que se ech an con varones, n i los ladrones, n i los avaros, n i lo s b o­ rrachos, n i los m aldicientes, n i los estafad ores, h ere­ darán el reino de D ios. Y esto erais alg u n os; m as y a habéis sido lavados, ya habéis sido sa n tifica d o s, ya habéis sido justificados en el nom bre d el S eñ or J esú s, y por el Espíritu de nuestro D ios (1 Cor. 6:9-11). D e modo que si alguno está en C risto, n u eva criatu ra es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son h ech as nuevas (2 Cor. 5:17).

No queremos decir con esto que el cristiano nunca peca. Si tal dijéramos nos haríamos acreedores del nombre de mentirosos (1 Juan 1:8, 10). Por el descuido de la oración (Mat. 26:41), por confiar de­ masiado en sí mismo (1 Cor. 10:12), por frecuentar la compañía de los impíos (Juan 18:18, 25), o por olvidar la lectura y meditación de la Palabra de Dios (Sal. 119:

9,11), el creyente puede llegar a caer en pecado. Si tal

hace, es seguro que sentirá la mano castigadora de su Padre celestial (Heb. 12:5-11) y que será impulsado a arrepentirse sinceramente (2 Cor. 7:10).

Pero no debemos confundir una caída eventual con una práctica habitual. El cristiano puede caer

(23)

Ma n u a l Ta r a L i u . m r A i > o w : s La i c o s 21

a lg u n a v e z e n el p e c a d o , p e r o le es d e l t o d o im p o s ib le s e g u ir u n c u r s o c o n t i n u o d e m a ld a d . E s to es l o q u e s i g ­ n i f i c a n la s s ig u ie n t e s p a la b r a s d e l a p ó s t o l J u a n :

Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe: el que hace justi­

cia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia y que no ama a su hermano, no es de Dios (1 Juan 3:4-10).

V arias son las explicaciones que se h a n dad o de este p a sa je . A lgunos han creído en con trar aquí u n a base para decir que aun en esta vida es posible lle g a r a u n a condición del todo exenta de pecado. T a l p o sición queda refu tad a tan to por la experiencia com o por la en señ a n za general de las Escrituras. E sta s a fir m a n r e ­ p etid as veces que nadie es perfecto en este m u n d o . P a ­ sa je s que vienen al caso son: Mat. 6:12; Rom. 7:18-20; Gál. 5:16 y 1 Juan 1:8, 10.

O tros h a n querido resolver el problem a de la a p a ­ ren te contradicción entre las declaraciones de este p a ­ s a je y la realidad de la experiencia de los creyentes d i­ cien do que:

Este es el ideal admitido en principio; pero nadie es perfecto aquí en la tierra. Con todo, aquel que es na­ cido de Dios no peca sabiéndolo y queriéndolo, volun­ tariamente, así como lo hacía durante su vida de pe­ cado. Cuando peca es desgraciado, humillado hasta que Dios le perdone, y le devuelva el gozo de la salud. Es en esto en lo que se diferencian los que son hijos de Dios y los que están aún bajo la dominación de Sa­ tanás.1 i

i Nota m arginal tornada de El Nuevo Te stamen to, Versión de F. F aivre, tra d u cid a del trancé» al empuño! por J. T. de la Onr¿, (M adrid: L ibrería N acional y E xtran jero, 1030), p. 361.

(24)

2 2 M A N iJa i. Ta h a Phf.w c a d o n k s La ic o s

Hay. por supuesto, algo do verdad en la idea aca­ bada de expresarse. Pero tenemos que insistir en que el apóstol Juan no está expresando simplemente un “ ideal admitido en principio” . Está asentando una rea­ lidad de la experiencia cristiana. La verdadera inter­ pretación del pasaje es más bien la siguiente. El verbo “ pecar” se emplea aquí en tiempo presente. En el idio­ ma griego en que el apóstol escribía, el tiempo presente de los verbos siempre se emplea para indicar que la ac­ ción representada es continua, acostumbrada o repetí- da. De manera que lo que se nos está diciendo es sen­ cillamente esto: que un cristiano no practica habitual­ mente el pecado. Tal no es el curso de su vida.

Consciente como es de sus muchas imperfecciones, el verdadero creyente halla consolación en el hecho de que el rumbo que lleva su vida es distinto al que antes seguía. Aunque sabe que no es todo lo que debería ser, también sabe que no es todo lo que era antes. El testi­ monio de la conducta le da seguridad.

(3) El testimonio del Espíritu. El cristiano es una

persona que ha nacido del Espíritu (Juan 3:5-8). Este nacimiento es una experiencia obrada por el Espíritu divino sobre el espíritu del hombre, purificándole de las manchas de su pasado y renovándole en las fuentes de su ser para que sea capaz de llevar una vida diferen­ te (Tito 3:5). Al efectuar tal revolución, el Espíritu Santo también lleva a cabo en el corazón del creyente

ciertas operaciones adicionales. Estas operaciones

constituyen el testimonio del Espíritu a favor de la se­ guridad de su alma.

Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en tem or, sino que habéis recibido el e s­ píritu de adopción, por el cual clam am os: ¡A b b a , P a ­ d re! El E spíritu m ism o d a testim onio a nuestro espí­ ritu , de que som os h ijo s de D ios. Y si h ijo s, tam bién herederos; herederos de D ios y coherederos con C ris­ t o . . . (Rom. 8 :1 5 -1 7 a ;v é a se tam bién Gál. 4 : 6 - 7 ) .

El testimonio del Espíritu a favor de la seguridad del creyente tiene un aspecto doble. Por una parte re­

(25)

M a n u a l Pa n a P u i;im :A i> o H r .s La i c o s 23

presenta algo que Dios hace por el creyente, y por otra parte, indica una obra efectu ada en el creyente. En otras palabras, es un testim onio ta n to objetivo com o subjetivo.

En su aspecto objetivo, el testim onio del Espíritu se nos p resen ta ba jo la figura de un sello.

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13).

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención (Ef. 4:30).

B ien se h a dicho que un sello indica d erech o de p rop ied a d ; constituye una garantía de c a lid a d ; y p r e ­ g o n a u n a prom esa de protección.1

P ero el testim onio del Espíritu tiene su aspecto su b jetiv o tam bién. El Nuevo T estam ento e m p lea dos expresiones para describir este lado del asun to. H a b la de “ las prim icias del Espíritu” y de “ las arras del E sp í­ r itu ” .

Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Rom. 8:22-23).

Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros co­ razones (2 Cor. 1:21-22).

Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu (2 Cor. 5:5). ... fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la pro­ mesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria (Ef. 1:13b-14).

N o parece haber diferencia fu n d a m en ta l entre el significado de “ las prim icias” y el de “ las arras” en lo que se refiere a la obra del Espíritu Santo en el corazón i

i Charle:; K. Erdm an, Th f HplstU- uf lUuil io the Kphesians, (P hlladelphla: T he W estm ínster Press, 1031), p. 34.

(26)

24 Ma n u a i. Pa r a Ph k d ic a tio h k s La ic o s

del creyente. La segunda expresión fue tomada de las costumbres griegas, mientras que la primera recuerda las usanzas hebreas, Pero ambas hacen hincapié en el hecho de que por su Espíritu Dios le da al creyente un saboreito anticipado de las glorias que le esperan en el cielo. Las primicias constituyen una promesa de una más abundante cosecha después. Las arras son “ lo que se da como prenda o señal en algún contrato o concier­ to” .' Y en ambos casos lo que se da al principio es de la misma naturaleza que aquello que se espera al final. Los gozos, los triunfos, las consolaciones y los conten­ tamientos que el creyente experimenta en esta vida no son sino débiles reflejos del resplandor eterno que le está reservado en la vida venidera. Son los anticipos que el Espíritu nos concede como garantía de un pago final después.

El testimonio del Espíritu, como “ un silbo apacible y delicado” acalla nuestros temores, ahuyenta nuestras cuitas, disipa nuestras dudas y nos infunde seguridad. 2. UN PROFUNDO DESEO DE VER SALVOS

A OTROS

El recién convertido Andrés “ halló primero a su hermano Simón . . . y le trajo a Jesús”, y Felipe “ halló a Natanael” (Juan 1:41-42, 45). Cornelio, aún antes de ser convertido, sintió un vivo interés porque “ sus pa­ rientes y amigos más cercanos. . . oyesen palabras por las cuales fuesen salvos” (Hch. 10:24; 11:14). Y desde las llamas del infierno el rico condenado pedía que al­ guien fuese enviado a la casa de su padre para testifi­ car a sus cinco hermanos a fin de que “ no vengan ellos también a este lugar de tormento” (Luc. 16:27-28). Con sobrada razón, pues, hay que insistir en que quien quie­ ra hablar a otros de la salvación cristiana lo haga im­ pulsado por un deseo ardiente de compartir con ellos la experiencia de liberación espiritual que él mismo ha tenido (Rom. 9:1-3; 10:1).

Este deseo es, en realidad, una de las evidencias

(27)

Ma n u a l Pa n a Phf.i>ic.a i x>hf.s I m ic o s

más claras do una verdadera experiencia del nuevo na­ cimiento. El que esto escribe ha pensado muchas veces que deberíamos dar mayor énfasis a esto en nuestro examen de candidatos para el bautismo. La especie de catequismo a que frecuentemente sometemos a los nuevos creyentes tiene valor en lo que respecta a una preparación doctrinal. Pero el hecho de poder contes­ tar satisfactoriamente una lista de preguntas teológi­ cas no demuestra necesariamente que la persona haya tenido un cambio de corazón. En cambio, cuando le vemos preocupada por la conversión de sus parientes y conocidos, entonces sí tenemos una base sólida para dar crédito a su profesión de fe.

Este deseo, sin embargo, puede ser apagado, como aconteció en el caso de la iglesia de Efeso, la cual dejó “ su primer amor” (Apoc. 2:4). Cuando así sucede, hay alegría en el infierno, luto en el cielo, estancamiento en el reino de Dios y alarma en el corazón de toda persona que ame en verdad a su Señor.

La manera en que este deseo puede ser renovado queda indicada por las siguientes palabras en que el apóstol Pablo nos revela los móviles de su propia carre­ ra misionera:

Conociendo, pues, el tem or del Señor, persuadim os a los hom bres; . . . Porque el am or de C risto nos cons­ triñe, pensando esto; que si uno m urió por todos, luego todos m urieron; y por todos m urió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquél que m urió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:11, 14-15).

De acuerdo con este testimonio, la pasión por las almas es el producto de una visión tanto del amor como del temor del Señor. El predicador laico necesita captar esta doble visión. ¿Cómo podrá hacerlo? ¡Volviendo a pensar en la cruz! Allá en el Monte Calvario está la manifestación suprema, tanto del amor de Dios para el pecador como de la severidad de Dios hacia el pecado. “ De tal manera” amó Dios al pecador que entregó a su Hijo por él. ¡Sí! Pero no hemos de olvidar el otro lado del asunto. “De tal manera” odió Dios al pecado que

(28)

26 Ma n u a l Pa r a Pr e d i c a d o r e s La i c o s

aun cuando su propio lvljo iba do por medio, dejó caer en él la descarga completa de su ira justiciera.

i Es al pie de la cruz donde se enciende la pasión por las almas! Allí el creyente se humilla al pensar en su propia indignidad, y allí se llena de compasión al meditar en el destino eterno de todos aquellos que aún no conocen el amor del Salvador. Poseído asi de esta doble visión, comprende que su única razón de ser es la de servir como mensajero de la buena nueva de sal­ vación.

3. UNA CRECIENTE SANTIDAD DE VIDA

De Bernabé leemos que “ era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor” (Hch. 11:24). Cuando la mano dis­ ciplinaria de Dios hubo castigado las mentiras de A na- nías y Safira con la pena capital, leemos que “ vino gran temor sobre toda la iglesia y sobre todos los que oyeron estas cosas. . . y los que creían en el Señor aumenta­ ban más, gran número así de hombres como de m uje­ res” (Hch. 5:11, 14). No es mera coincidencia el he­ cho de encontrar así vinculados un énfasis sobre la santidad de vida con un testimonio de bendición evan- gelizadora. ¡Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre!

Siendo cierto que “sin la santidad nadie verá al Se­ ñor” (Heb. 12:14), huelga agregarse que el que no lo haya visto no podrá nunca hacer que lo vean otros. “ Si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo” (M at. 15:14). Así es que parte esencial de la preparación es­ piritual del predicador laico consiste en su atención a la exhortación que dice:

Lim piém onos de toda contam inación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el tem o r de D ios (2 Cor. 7:1).

Muchos son los motivos que impulsan al creyente hacia una vida santa. La seguridad de una santidad perfecta en el cielo es uno (1 Juan 3:2-3). Además, por 1 Pedro 1:14-20 sabemos que tanto la naturaleza de

(29)

Ma n v a i. Pa r a Pm-.i>irAix>nF.s La ic o s 27

Dios como Padre Santo, a-sí como su intervención como Juez Imparcial se unen al valor incalculable del sa­ crificio de Cristo como móviles adicionales para obli­ garnos a buscar la santidad en nuestra vida diaria.

Lo anterior no deja lugar a discusión. Todo creyen­ te sincero comprende que debe llevar una vida santa. Es más; su condición de hombre regenerado le infun­ de el deseo de hacerlo. Pero el problema está en su in­ capacidad para obsequiar sus propios deseos al respec­ to. Se encuentra en la misma situación que le afligía al apóstol Pablo cuando escribió estas líneas:

Y o sé que en m í, esto es, en m i carne, no m ora el bien ; porque el querer el bien está en m í, pero n o el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el m al que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya n o lo hago yo, sino el pecado que m ora en m í. A sí que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta le y : que el m al está en m í. Porque según el hom bre interior, m e deleito en la ley de D ios; pero veo otra ley en m is m iem bros, que se rebela contra la ley de m i m ente, y que m e lleva cautivo a la ley del pecado que está en m is m iem bros. ¡M iserable de m í! ¿Quién m e librará de este cuerpo de m uerte? (Rom. 7:18-24).

Es este un problema que no puede ser resuelto por la simple fuerza de nuestra voluntad. La carne no puede echar fuera a la carne. De esto hablaba Pablo cuando advertía a los colosenses en contra de la inuti­ lidad de “preceptos, tales como: no manejes, ni gus­ tes, ni aun toques” . “ Tales cosas”, decía el apóstol, “ tie­ nen a la verdad cierta reputación de sabiduría en cul­ to voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo, pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col. 2:20-23).

La solución se halla en otra parte. Se encuentra en una comprensión mayor de lo que Cristo ya hizo por nosotros en la cruz, y en una sumisión más completa al dominio del Espíritu Santo en nuestra vida. Esto no es sino otra manera de decir que el problema planteado en Romanos siete se resuelve a la luz de las verdades presentadas en Romanos seis y ocho.

(30)

28 Ma n u a l Ta h a Pr e d i c a d o r e s La i c o s

En el capítulo seis do Romanos Pablo nos presen­ ta la obra de Cristo en la cruz de esta manera:

Sabiondo esto, que nuestro viejo hom bre fu e cru cifi­ cado ju n tam en te con él, para que el cuerpo del pecado sea d estruid o, a fin de que no sirvam os m ás al p e­ cado . . . A sí tam bién vosotros consideraos m uertos al ■pecado, pero vivos para D ios en C risto Jesú s, S eñ o r n uestro. N o reine, pues, el pecado en vu estro cuerp o m o rta l, de m odo que lo obedezcáis en sus con cu p iscen ­ c ia s; n i tam poco presentéis vuestros m iem bros a l p e­ cado com o instrum entos de iniquidad, sin o p resen ­ ta os vosotros m ism os a D ios com o vivos de en tre los m u ertos, y vuestros m iem bros a D ios com o in stru m en ­ to s de ju sticia. Porque el pecado n o se en señ oreará de vosotros; pues no estáis b a jo la ley , sin o b a jo la gracia (Rom. 6:6, 11-14).

Aquí tenemos la declaración de un hecho: “ nues­ tro viejo hombre fue crucificado juntamente con él

(con Cristo)” . Entonces no tenemos que volvernos a crucificar. ¡La cosa está hecha ya! En consecuencia, no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Las deman­ das de la ley fueron satisfechas todas por la muerte de Cristo. Nosotros estamos “ en Cristo” . De modo que cuando él murió, nosotros también morimos. Y la ley no le puede exigir nada a un muerto.

Además, el propósito de la muerte de Cristo era “ para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” . Debemos entender lo que significa esta palabra “ destruido” . Es la misma que encontramos en Hebreos 2:14 donde se nos dice que Cristo murió “para d estru ir... al diablo” . En ambos pasajes la idea es la misma. La palabra significa lite­ ralmente “ hacer nulo o de ningún efecto” . El diablo no fue aniquilado por la muerte de Cristo; aún existe. Pero su poder sobre los creyentes fue nulificado. “ El cuerpo del pecado” tampoco fue aniquilado por la muerte de Cristo. El creyente aun encuentra que “ en su carne no mora el bien” . Pero la autoridad de la naturaleza car­ nal sí ha sido nulificada en cuanto a la vida del cre­ yente.

(31)

Ma n u a l Ta h a Piuduau o iik s La ic o s 29

éramos “ hijos del diablo” (Juan 8:44; 1 Juan 3 :JO). Por tanto, Satanás ejercía sobre nosotros autoridad (2 Tim. 2:26). Pero en la cruz se obró una victoria so­ bre Satanás (Col. 2:14-15) y fuimos librados de la po­ testad de las tinieblas y trasladados al reino del Hijo de Dios (Col. 1:13-14). Así es que Satanás ya no tiene nin­ guna autoridad sobre nosotros. Cuando le vemos acer­ carse, podemos decir confiadamente: “El nada tiene en mí” (Juan 14:30). Y cuando nos tiende su lazo de ten­ tación podemos, en el nombre de Cristo, ordenarle que se retire, sabiendo que cuando le resistimos así tiene que huir (Stg. 4:7; 1 Ped. 5:9).

Ahora bien, de la misma manera, la muerte de Cristo ha “ destruido el cuerpo del pecado” . Es decir, ha nulificado la obligación que teníamos de servir a la maldad. Por tanto, lo que debemos hacer ahora es “ considerarnos muertos al pecado” y “ presentarnos a Dios como vivos de entre los muertos y nuestros miem­ bros a Dios como instrumentos de justicia” . Es decir, debemos dar por sentado el hecho de nuestra liberación de la autoridad de Satanás, y haciendo caso omiso de sus rugidos de león encadenado (1 Ped. 5:8), ofrecer nuestra vida entera sobre el altar del Señor. ¡Ya somos libres para servir a Dios!

Pero al llegar a este punto, suele suceder una cosa curiosa. A semejanza de los creyentes de Galacia, nos lanzamos al servicio de Dios en la energía de la carne. No lo admitiríamos, pero en el fondo del corazón esta­ mos pensando más o menos así: “ Señor, qué bueno es que me hayas escogido por siervo tuyo. Te felicito. Te has ganado un gran colaborador. Conmigo triunfarás.” Confiando, pues, en nuestras propias fuerzas, salimos a dar batalla “ contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12)—y quedamos aplastados. Después, humillados por el fracaso, le oímos a Dios decir:

¿T a n necios s o ls? ¿H abiendo com enzado por el E s­ píritu, ahora vals a acabar por la carne? (Gal. 3:3).

(32)

30 Ma n u a l Pa n a P nrcm cA D onrcs La ic o s

Entonces, además de comprender la grandeza de la obra de Cristo, hecha a nuestro favor en la cruz, te­ nemos que someter nuestra vida a la dirección y al po­ der del Espíritu Santo para que él haga morir en nos­ otros las obras de la carne. Así alcanzó Pablo la victo­ ria. Después de su “ ¡miserable de mi! que encontramos casi al final de Romanos siete, leemos lo siguiente:

G racias doy a D ios, por Jesucristo Señor n u e s t r o . . . A hora, pues, ninguna condenación hay p ara los que están en C risto Jesús, los que no andan con form e a la carne, sino conform e al Espíritu. Porque la ley del E s­ píritu de vida en C risto Jesús m e h a librad o d e la ley del pecado y de la m u e r t e . . . Porque si vivís co n ­ form e a la carne, m oriréis; m as si por el E spíritu h a ­ céis m orir las obras de la carne, viviréis (Rom. 7:25; 8:1-2, 13).

Fijémonos bien en que es por el Espíritu que pode­ mos “ hacer morir las obras de la carne” . Nuestro deber es claro. “ Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Col. 3:5-7) es la orden dada por el Señor. Y nosotros estamos de acuerdo. En nuestro carácter de hijos de Dios secundamos el sentimiento de nuestro Padre ce­ lestial. Pero aunque estamos de acuerdo en la senten­ cia, carecemos de poder para ejecutar el fallo. Este es el papel del Espíritu Santo. Todo lo que nosotros pode­ mos hacer es dar nuestro consentimiento para que las obras de la carne sean muertas y encomendar la eje­ cución de la obra al Espíritu de Dios. Confesando tanto el hecho de nuestra imperfección como el de nuestra incapacidad, tenemos que pedirle al Espíritu Santo que se apodere de nosotros y haga morir las obras de la carne.

En otras palabras, para que haya una creciente santidad en nuestra vida, necesitamos ser “ llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). Necesitamos que él produzca en nosotros su fruto (Gál. 5:22-23). A la medida que de­ jarnos de contristarlo (Ef. 4:30) y de apagarlo (1 Tes. 5:19) y en proporción directa a nuestra sumisión a la

(33)

Ma n u a l Pama Phf.i>ic a i>ohis Latcos 31 soberanía de Cristo (Hch. 5:32), experimentaremos esta plenitud de poder de lo alto.'

4. AMOR AL ESTUDIO DE LA BIBLIA

¡O h, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi m editación.. . ¡Cuán dulces son a mi paladar tus pa­ labras! M ás que la miel a mi boca (Salmo 119:97, 103).

Estas palabras deben hallar eco en el corazón del predicador laico. Este sabrá que los beneficios que aporta un conocimiento amplio de las Escrituras son indispensables, tanto para el vigor de su propia vida espiritual como para la efectividad de su testimonio a otros.

En su lucha con la tentación sabrá que no hay como “la espada del Espíritu” (Ef. 6:17); que es con un “ escrito está” (Mat. 4:4, 7, 10) que se le puede ven­ cer al tentador. En medio de sus pruebas encontrará que “ las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperan­ za” (Rom. 15:4). Al enfrentarse con sus responsabili­ dades como testigo del Señor, encontrará ánimo en la seguridad de que “ toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:16-17). Y puesto que el Sal­ mista le ha asegurado de que si tiene su delicia en la ley de Jehová, y si en ella medita de día y de noche, “será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace prosperará” (Sal. 1:2-3), le interesará todo aquello que le pueda dar alguna orientación práctica respecto a la mejor manera de aprovechar sus oportu­ nidades para leer la Biblia. En seguida, pues, se ofre- cen unas sugerencias sencillas.

1 Para un desarrollo iniln completo de este pensamiento, véase James D. Crane, L a R e p r o d u c c i ó n E s p ir itu a l, ('El Paso: Casa Hauttsta de Publicaciones. 1900), Capítulo l í l.

(34)

32 Ma n u a i. Taha I’iw.imcadohes La ic o s (1) Lea algo todos los días. En la experiencia de Israel con el maná encontramos un ejemplo muy Ins­ tructivo sobre este punto.

Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diaria­ mente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley. o no (Ex. 16:4).

No se podía almacenar en un día lo suficiente para toda la semana. Tampoco es posible que el creyente sa­ tisfaga hoy las necesidades espirituales que pueda te­ ner mañana. “Basta a cada día su propio mal” (Mat. 6:34b). De igual manera la gracia divina para soportar ese afán tiene que ser recibida en lotes cotidianos. Como jefe de familia, el predicador laico querrá leer algo de la Biblia cada día a su esposa e hijos, pero apar­ te de la celebración del culto familiar, tendrá cuidado en apartar algún tiempo diariamente para su estudio bíblico personal.

(2) Tenga algún plan definido. Las cosas hechas al trochemoche no suelen salir muy bien. Aunque de vez en cuando escuchamos el testimonio de algún herma­ no que asegura haber encontrado el preciso mensaje que necesitaba por el sencillo procedimiento de abrir la Biblia al azar y leer lo primero que captó su atención, tenemos que insistir en que tales experiencias son poco comunes. Ocasionalmente encontramos una moneda tirada en la calle. Pero ninguno de nosotros se atreve­ ría a sufragar los gastos de su casa sobre la base de lo que pudiera así hallar. Preferimos buscar un empleo que tenga un plan definido de pagos.

El plan que uno siga tendrá que ajustarse a sus condiciones particulares. “ Cada cabeza es un mundo.” Para algunos el mejor plan es el de leer cierto número de capítulos cada día. Leyendo tres capítulos cada día entre semana y cinco los domingos, alcanzan a leer la Biblia entera en un año. Conozco a un predicador laico que de esta manera logró leer toda la Biblia no menos de cuarenta y dos veces antes de morir. Otros encuen­ tran mayor provecho en leer trozos más cortos y medi­

(35)

Ma n u a i. Paua Pm-:i>irAiH>nr.s Laicos 33 tarlos con detenimiento. Pero lea usted mucho o poco a la voz, si es aconsejable que procure leer todo un li­ bro de la Biblia antes de pasar a otro. Así fue escrita la Biblia: libro por libro. Leyéndola en esta misma for­ ma es más fácil que uno llegue a captar el mensaje verdadero de cada porción.

(3) Lea en busca de alimento para su propia alma.

Para algunos hermanos parece que el Libro de Dios es una simple sarta de curiosidades. Se deleitan en hacer alarde de sus “ conocimientos bíblicos” , pero éstos re­ sultan ser de escaso provecho espiritual. Consisten en el aprendizaje de los “ detalles mecánicos” de la Escri­ tura y en una familiaridad amplia con sus “ datos cu­ riosos” . Por supuesto, debemos conocer los nombres de los sesenta y seis libros de la Biblia y saber el orden en que aparecen. Vale la pena saber que Marcos no era uno de los doce apóstoles y que Dan y Beerseba no fue­ ron marido y mujer. Además, es interesante saber que el capítulo más largo de la Biblia es el Salmo 119; que el más corto es el Salmo 117; y que uno de los versículos más breves es Juan 11:35. Pero puede uno saber todo esto y mucho más de semejante índole sin llegar jamás a ser “poderoso en las Escrituras” .

Para otros, parece que la Biblia es más bien un al­ macén de parque. La leen al través de gruesos lentes de polemista, buscando siempre algo con qué combatir a los católicos u otro grupo herético. No cabe duda de que la polémica tiene su lugar y que cada creyente debe sa­ ber defenderse de los estragos del error. No obstante esto, el propósito principal con que damos lectura a la Palabra de Dios debe ser el de buscar pan y no piedras.

La Biblia es, sobre todo, un libro de ayuda espiri­ tual práctica. Fue escrita con el doble fin de enseñar­ nos cómo ir al cielo y de ayudarnos a mejorar nuestra conducta mientras estemos de camino. Por tanto, de­ bemos acercarnos a ella con corazón sincero y humilde, buscando luz para nuestro sendero particular. Si así lo hacemos, no sólo hallaremos que es “lámpara a nues­ tros pies y lumbrera a nuestro camino” (Sal. 119:105),

Referencias

Documento similar