El testimonio personal del ex endemoniado de Ga- dara hizo que diez ciudades se maravillasen (Mar. 5: 19-20). Tanto Pedro (Hch. 10:40-42; 11:4-17; 15:7) como Pablo (Hch. 22:3-21; 26:1-32; 1 Cor. 15:8-10) empleaban el testimonio personal como elemento bási co de su predicación. El teólogo Juan tuvo una visión de los hermanos que triunfaron sobre Satanás y supo que
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le vencieron “ por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apoc. 12:11). Con razón, pues, insistió el apóstol Pedro en que todos los creyentes de bieran estar “ siempre preparados para presentar de fensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”
(1 Ped. 3:15).
Todos los pasajes citados arriba tratan del testi monio hablado. A éste hay que agregar, por supuesto, el testimonio vivido. A ello se refiere el apóstol Pablo en 1 Tesalonicenses 1:7-10 donde indica que fue el ejemplo de los tesalonicenses de haberse “ convertido de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdade ro y esperar de los cielos a su Hijo”—que fue este testi monio vivido lo que hizo que el evangelio se extendie se por toda Grecia.
Los dos testimonios —el hablado y el vivido— se complementan. Pero nuestro interés aquí reclama atención para el primero. El mandato es: “Díganlo los redimidos de Jehová” (Sal. 107:2). Y nuestra respuesta debe ser: “ Creemos, por lo cual también hablamos” (2 Cor. 4:13).
(1) Ventajas del testimonio personal. Este tipo de mensaje ofrece ciertas ventajas que deben ser tenidas en cuenta. Son cuatro.
a. El testimonio personal no requiere una larga preparación. La única preparación que exige es una verdadera experiencia de salvación en Cristo. El ende moniado de Gadara no fue a tomar clases en ningún seminario. Cristo le salvó y le envió a su casa para que contara cuán grandes cosas el Señor había hecho con él. Eso fue todo. Recordemos también el caso del hom bre que nació ciego. Los teólogos de Jerusalén hicieron todo lo posible para callar su testimonio. Insinuaban que era demasiado ignorante para saber de cosas reli giosas. La respuesta del ex ciego fue: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25, 34).
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el mundo lo Rusta sabor algo do vidas ajenas. Cuando un bracero regresa a su ejido y comienza a contar las cosas que le sucedieron “ al otro lado” , todos le escu chan. La mujer samaritana captó el Interés de una ciu dad entera con su testimonio personal. “ Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” El resultado fue que “ muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer” (Juan 4:28-29, 39-42).
c. El testimonio personal es posible en cualquier parte. Millones de personas nunca asisten a un culto evangélico. Esperar que “vayan a la iglesia” es esperar en vano. Pero el testimonio personal “ les lleva la igle sia a ellos” , por decirlo así. En cualquier lugar en que un creyente se encuentra con otra persona, existe la posibilidad de dar una palabra de testimonio personal. A esto se debió precisamente el hecho de la maravillo sa expansión del evangelio en el primer siglo. “ Y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Sama ría, salvo los apóstoles. . . y los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hch. 8:1, 4).
d. El testimonio personal es convincente. Nadie puede negar un hecho. El testimonio del hombre que nació ciego puso en un terrible aprieto a los enemigos de Jesús. Sus únicas defensas eran el vituperio y la per secución (Juan 9:31-34). El hombre que se enoja en una discusión, confiesa que las razones de su contrin cante son irrefutables. En los Hechos leemos de un hombre que nació cojo y que por la intervención de Pe dro y Juan fue sanado “ en el nombre de Jesucristo de Nazaret” . Luego, después de ser sanado, el hombre en tró al templo “ andando y saltando y alabando a Dios” . Su alabanza constituyó un testimonio irrefutable de la grandeza y del poder del Señor Jesús. Cuando las auto ridades quisieron callar el asunto se encontraron con un gran problema. “ ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecho por ellos... y no lo podemos negar” (Hch. 4:8-16).
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(2) Nonjuix para. el testimonio personal. Toda bue na cosa es capaz de ser abusada. Prcci.sámente porque ofrece tantas ventajas para el extendimlento del Rei no de Dios, el diablo procura desvirtuar el testimonio personal de los creyentes. Puesto que no ignoramos sus maquinaciones (2 Cor. 2:11), seremos más eficaces en nuestro testimonio si tenemos siempre presentes las siguientes normas.
a. Sea valiente. Nuestra tentación más fuerte será la de no testificar. El diablo procurará infundirnos te mor. Pablo conocía esta dificultad y pidió que los her manos le ayudaran en oración a vencer su tentación, “ a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evan gelio . . . que con denuedo hable de él, como debo ha blar” (Ef. 6:18-20). A semejanza de la iglesia en Jeru- salén tendremos muchas veces que orar así: “ Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra” (Hch. 4:29). No tardará Dios en contestar con el poder del Espíritu Santo (Hch. 4:31; 2 Tim. 1:7-8).
b. Sea veraz. Si no es verdad, no es testimonio. Qui zá parezca raro tener que decir esto, pero la experien cia enseña que otra de las tentaciones del que testifi ca es la de exagerar. Una verdad exagerada no es ver dad; es mentira. Y la mentira es del diablo. (Juan 8:44).
c. Sea humilde. Al dar nuestro testimonio personal tenemos que tener mucho cuidado de no hacernos aparecer como el héroe de la historia. ¡El héroe es Cris to Jesús! A semejanza del apóstol Pablo tenemos que gloriarnos solamente en la cruz (Gal. 6:14). Nuestra meta ha de ser la de hablar de tal manera que cuando la gente nos oye, quieran seguir a Jesús (Juan 1:37).
d. Sea prudente. “ Manzana de oro con figuras de
plata es la palabra dicha como conviene” ( P r o v .
25:11). A veces se escucha a algún hermano hablar de sus experiencias pasadas en el pecado, dando tal derroche de detalles morbosos que en vez de edificar a
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sus oyentes les despierta una curiosidad pecaminosa. Hay algunas cosas de que es vergonzoso hablar. (Ef. 5: 12). Por tanto, necesitamos tener muy en cuenta la re comendación apostólica: “ Ninguna palabra corrompi da salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29).
e. Sea práctico. Nuestro testimonio debe ser en fo cado siempre hacia la satisfacción de alguna necesidad espiritual en nuestros oyentes. Lo que digamos debe ser útil; debe cuadrar con la situación; debe venir al caso. El testimonio personal es un instrumento poderoso en las manos del Espíritu Santo cuando la experiencia del que habla ayuda al que escucha a resolver algún pro blema en su propia vida. Faltando este elemento co mún entre el testigo y su oyente, el testimonio es de es caso valor.
f. Sea breve. Bien se ha dicho que “ la brevedad es el alma del ingenio” . Un testimonio breve hace impac to; un testimonio largo cansa y aburre. Considere los testimonios personales consignados en el Nuevo Testa mento. El más largo de ellos, el de Pablo ante el rey Agripa (Hch. 26:1-32), puede ser leído en voz alta en menos de cinco minutos. Para asegurar esta admira ble brevedad es necesario que uno piense antes de ha blar y que le dé a sus pensamientos un arreglo conve niente. El contenido debería girar en torno a tres ideas que a su vez pueden ser expresadas por las palabras ANTES, COMO y DESPUES. Es decir, se debe em pezar hablando de lo que uno era antes de conocer a Cristo. Luego se explica cómo llegó a convertirse para concluir con una declaración de las bendiciones que han seguido a su encuentro con el Señor.
2. EL MENSAJE DEL PREDICADOR LAICO PUEDE