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En secreto

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En Secreto

María Teresa Jaime Aulí

Universidad Nacional de Colombia

Facultad de Artes

Maestría Interdisciplinar en Teatro y Artes Vivas

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

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En Secreto

María Teresa Jaime Aulí

Trabajo de grado presentado como requisito parcial para

optar al título de:

Magister Interdisciplinar en Teatro y Artes Vivas

Director:

Profesor Victor Viviescas

Universidad Nacional de Colombia

Facultad de Artes

Maestría Interdisciplinar en Teatro y Artes Vivas

Bogotá, Colombia

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A mi padre

A mis familias, a mis amores … a los extraños y solitarios.

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Agradecimientos

Adriana Urrea, de generosa mirada y potente sensibilidad. Sin

tu impulso y afirmación hubiese naufragado.

Rafael Peralta: por su oportuno apoyo.

Juan Camilo Herrera: por los lugares creados.

Alejandra Chica: por su incondicional amistad y aguda mirada. Cindy Urquijo: por su credibilidad.

Luis Eduardo Álvarez: por sus palabras y amor. Andrés Pereáñez: por su abrazo.

Justo Andrés Mesa: por la inspiración. Alexandra Ávila: por las reflexiones de vida.

Margarita Ortega, Cristian Julián Arcos, Martha Judith Nogue -ra, Jorge Bernal, Daniela Diusaba, Juan Carlos Álvarez, Cristian

Prado: por su complicidad, creación, entrega y el trabajo com -partido.

Alejandro Cárdenas: por su acogedora paciencia y entrega. Jaidy Díaz: por su aguda percepción.

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Víctor Viviescas: por su acompañamiento.

Heidi Abderhalden y José Alejandro Restrepo: por sus valiosos aportes.

A todos los profesores y estudiantes de la MITAV 2009 – 2011, por las

oportunidades, reflexiones y confrontaciones.

Jaime García, María Teresa Aulí, Fernando Jaime y Nohora Santana: Por su apoyo constante.

Jerónimo Peralta: por la fuerza y la ternura de vida.

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CONTENIDO

SIENDO PARTE 12

De la mano con la comida, en lo profundo 12

EXTRANJERA 15

De la mano con la comida, la nostalgia 15

Y entonces, extranjera ¿De la mano con la comida o la comida en la

mano? 18

Boca sin comida y manos que no hablan 25

UN LUGAR EN EL MUNDO 28

La comida ausente y las manos que trabajan 28 En el cambuche. De la mano con la comida: síntesis de aceitunas y vino 34 Retroalimentación: manos, bocas y ojos que atrapan la comida 39 Trampa mortal para atrapar la comida, con las manos 46

UNA CURIOSIDAD INSACIABLE 48

Afuera está la comida y adentro están las manos que escuchan 48 La comida ausente y el sonido de las manos 51

Besar la comida y la boca con las manos 57

De la mano, cómplice del encuentro y la ausencia, en la comida 59

LOS PELIGROS DEL SECRETO 62

Esconder la mano, esconder la comida 62

Me como la mano 67

Pon tus manos en secreto, en la comida 69

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SIENDO PARTE

De la mano con la comida, en lo profundo

En mi casa paterna se come delicioso. Normalmente somos muchos comensales y no sabría decir si la comida es un pretexto para el encuentro o si el encontrarnos sea un pretexto para sentarnos a la mesa. Nos reunimos en las fiestas tradicionales, cumpleaños, navidades, para festejar un evento familiar (casi cualquier cosa) o sólo con el motivo del placer de encontrarnos y de la comida. Estar alrededor de la mesa es un evento que inicia desde muy temprano y que comienza sus preparativos el día anterior. Mi padre cocina desde las 7 de la mañana lo que será un increíble almuerzo o cena. La expectativa crece alrededor de las personas que van llegando a la casa y se concentra en la cocina cada vez más. Merodeamos con curiosidad mirando cómo alista los utensilios que han sido coleccionados como preciosas herramientas de culinaria y la gama colorida de ingredientes. Mi padre responde muchas veces a la pregunta: ¿qué vas a preparar hoy? Luego, el trabajo laborioso, dedicado y delicado, los cortes, los tiempos y temperaturas de cocción, los increíbles olores que nos llaman a borbotones: tomillos, pimientas, carnes horneadas, laureles, oréganos y otras especias, vinagres, aceites, sales, cebollas, tomates,

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lechugas, champiñones, pimentones, todo tipo de vegetales, tubérculos, harinas, alcaparras, huevos, masas, polvos de hornear, ajos, limones, jugos, vinos y por suerte, siempre, siempre hay aceitunas.

Cálidos olores nos enloquecen y atraen cada vez más cerca de la cocina. Sucede un ir y venir impaciente de personas que preguntan, ríen y conversan: en un volumen bajo los problemas del momento (nunca faltan y generalmente tienen un tinte dramático o trágico) se conversan de a dos o tres personas. Los grupos más grandes hacen bromas sobre cualquier tema o comportamiento de la personalidad de alguno. Se cocinan la comida y los temas familiares en una temperatura que va variando el sabor del momento.

Luego de muchas horas, cuando se sirven las bandejas en la mesa, se alborotan las exclamaciones. No se evitan los comentarios del hambre o el antojo sobre algún plato. Algunos meten la mano en las fuentes robando una probadita de antemano. Se come entre el placer y los piropos al cocinero, con agradecimiento y comentarios sobre el apetito de los comensales. Es casi imposible no repetir. Las medidas han sido calculadas para la abundancia y algunos llenan más de dos veces sus platos.

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Se come, se agradece, se recogen los platos. De vez en cuando hay algún postre.

Se decanta el ánimo y nos tornamos un poco menos bulliciosos. Si la reunión toma un clima muy especial y los encuentros tienen un tinte

atado a la nostalgia, el vino convoca las guitarras y las canciones. Mi padre toca sambas argentinas y canta con voz añeja, convocando el

tiempo de su juventud (todos nos las sabemos y cantamos con él). Luego se rota el turno, mi hermano canta las canciones de nuestra

juventud (que muchos también sabemos y acompañamos). Se desatan canciones populares, que con el fluir del vino y los

ánimos cantan todos con voz desgarrada o teatralizada. Son en cada encuentro, más o menos las mismas canciones. A

veces tenemos la fortuna de que algún otro miembro de la familia que nos visita de tierras lejanas o amigo también

toca y canta y en la compartición del auditorio se vive el placer de nuevos tonos y sensibilidades.

La comida en mi casa paterna nos vincula. Es vehículo del encuentro, nostalgia, añoranza

y retorno. Lugar de placer, sensibilidad y complicidad. Lugar de alegría,

evocación e invocación que conforma un nuevo

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EXTRANJERA

MARIA TERESA JAIME AULI

Su fascinación por las aceitunas desde sus primeros años era y sigue siendo sorprendente

De la mano con la comida, la nostalgia

- Por favor – le dijo a Caciopea -, ¿no podríamos ir un poco más de prisa?

Cuantomás lento, más aprisa,

fue la respuesta de la tortuga. Michael Ende Intento entender qué es lo que estoy haciendo… ¿de dónde provienen mis impulsos creadores? Me he despojado, deshojado, de los adornos y capas que encubrían mi herida. Arranco mis vendajes, que hace tiempo se han fosilizado encima de la putrefacción y el dolor… arranco pedazos de máscaras, de justificaciones, mis pedazos de ropa, mis pedazos de piel y carne… me sumerjo en la pregunta y en la herida… y allí, muy adentro, solo encuentro el vacío que me empuja rápidamente a cubrir mi podredumbre con sonrisas…

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Y mi padre…, mi primer amor, mi gran amor, mi colchón favorito… me peinaba… tenía el pelo tan largo… cocinar empanadas argentinas (robarme las aceitunas), comer bizcochos cada domingo en la mañana, los cuatro en la cama. Cuando tenía dos años íbamos al parque de la araña, el que queda al frente de la casa donde después nació Jerónimo…

Ahora es inexplicable. Me ha quedado la nostalgia… tanta nostalgia… Me volví adicta a las evocaciones… Soy extraña. No hay duda de que soy extraña, extranjera entre hombres y mujeres. No entiendo, no los entiendo. ¿Quiénes son?... ¿quiénes son ustedes?... ¡¡díganme!! (¿Yo me parezco en algo?) ¿Quiénes son…?

Cantabas… “como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero”…

… te pedía colitas de caballo muy muy altas, (altonas)… graciosas, parecían orejas de perro (decía mi hermano)… … recostada en tu pecho… calor, vida debajo mío, voz y afecto. Me leíste a los siete años Momo, de Michael Ende. Cada noche la fantasía era en tu pecho, noche tras noche sobre tus palabras. La cita con tu voz y tu afecto, sobre tu pecho.

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… tocabas la guitarra… voz cargada, historias, contradicciones, profundo amor y dolor, guerrillas y sembrados. Yo temblaba, sentía. Me arrancaron tus canciones argentinas y yo no entendía… las sambas fueron desgarradas… ¿dónde fue mi vibrar?

Quedó la herida, vacío, ausencia, preguntas… ¡¡tengo la culpa!!… no soy nada…

Me asomo curiosa en el filo de la esquina. Pongo en duda todo lo que soy. ¿Soy real? ¿No? Ustedes son la realidad… y yo, un fantasma de voces y recuerdos. ¿Lo sentido es la realidad?… ¿o las repeticiones dentro de mí? … repite después de mí: ¿quién eres, qué sientes?

Este es mi gran tesoro, mi enorme ausencia, poblada con capas de tiempo y experiencias donde permanece resonando la pregunta… la curiosidad. ¿Quién eres? Quiero verte y ser permeada, penetrada.

“Te recuerdo Amanda, la calle soleada, corriendo a la fábrica, donde trabajaba Manuel… La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,

no importaba nada, ibas a encontrarte con él…”

No hay otros paraísos que los paraísos perdidos. Borges

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Y entonces, extranjera

¿De la mano con la comida o la comida en la mano?

No tengo duda de que soy extraña. Extranjera entre hombres y mujeres. Camino en su territorio, estoy rodeada, no pertenezco. En los jardines extensos colmados de juegos y delicias camino como observadora de un museo intocable. No me invitan, me ignoran, yo los miro desde afuera. Soy una amenaza.

Soy sutil y rotundamente diferente. Puedo acabar con sus sueños y sembrar el abismo, el lugar de una caída insondable. Tengo una raíz en el cuello que trepa hasta el borde de mi cráneo. Tengo un cabello largo y furioso donde crecen crisálidas.

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Valdría la pena hacer una guerra entre su lugar y el mío puesto que mis ojos socavan su castillo de cristal. Una guerra sutil y descarnada de burlas y exclusiones. Frontera fría, infértil, muro

abismal que se regocija en exaltar nuestra diferencia. Esta línea de tu rostro, el olor que no se mezcla. Línea que rompe la carne y nos fragmenta, nos divide.

Camino entre hombres y mujeres, entre la multitud y mi falda excesivamente larga, demasiado colorida, evidencia mi soledad. Le temen a mi movimiento que se alarga a cada

paso. A las cadencias quebradas como la mirada de un ave. A mis ritmos nerviosos, eléctricos, atentos. Le temen a mi andar porque arranca el suelo. Arrojo preguntas inocentes que

obligan a pensar de nuevo aquello que ya estaba establecido de antemano, eso tácito, eso implícito que desborda mi comprensión y me aleja, me separa. Y yo sólo quería jugar, lo prometo, con una promesa sagrada que nadie quiere oír. Camino entre muros gigantes, el eco de mis palabras, de mis sonrisas estalla. Nadie responde. Estoy sola y el musgo crece en

mis pies. Me han condenado.

Miedo, escalofríos. Desde sus rostros pálidos que sudan y brillan transpira su desdén. El silencio en torno mío. Evitan la mirada, buscan estar lejos, muy lejos, el menor contacto posible. No tengo cuerpo, no tengo rostro, no soy humana. Me siento un poco monstruo, un poco hermosa… sola. Algo mayor se ha posado sobre sus cuerpos.

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Lentamente ha caído en sus párpados, ha tapado sus oídos para dictar su sentencia. Como el entorno de una fábrica de cemento, cuyo polvo se ha esparcido sobre los árboles, las plantas, las cercas de alambre, los caminos, los nidos de las aves, las pequeñas piedras y se fragua pesadamente matando el movimiento, impidiendo la vida, el contacto. En ese silencio gris y extenso, en este cuadro irreal me golpean los gritos que se han secado. Arrastro a mi niña. Supongo que mi herida los espanta. Supongo que mi herida los devora, y su piel ceniza

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Me pregunto dónde reside, dónde se oculta la herida secreta en la que cualquier hombre corre a refugiarse si se atenta contra su orgullo, cuando éste se le hiere. Esta herida – que se convierte

así en fuero interno–, es la que va a hincharse, a llenar. Todo hombre sabe unirse a ella, hasta el punto de convertirse en la

propia herida, una especie de corazón secreto doloroso. Si contemplamos, con ojo presuroso y ávido, al hombre o a la

mujer que pasan – también el perro, el pájaro, una cacerola – la propia rapidez de nuestra mirada nos revelará, de un modo

claro, cuál es la herida en la que se repliegan cuando hay peligro. ¿Qué estoy diciendo? Están ya allí, ganando por ella – cuya forma han adoptado – y para ella, la soledad: helos por

completo en la caída de los hombros que logran convertir en ellos mismos, toda su vida afluye a un maligno rictus de la boca

y contra el que nada pueden y no quieren poder nada puesto que por él conocen esta soledad absoluta, incomunicable – ese castillo del alma – a fin de ser esa soledad misma. Para el funámbulo del que hablo, es visible en su mirada triste que debe remitir a las imágenes de una infancia miserable,

inolvidable, donde se sabía abandonado.

En esta herida – incurable puesto que es él mismo – y en esta soledad debe precipitarse, ahí podrá descubrir la fuerza, la

audacia y la pericia necesarias para su arte. (Genet, 1997. Págs. 68 y 69).

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S o y

extraña y extranjera. Tal vez mi existencia sería posible en un lugar suspendido. En una cuerda floja abandonada por un funámbulo desposeído, donde nazcan sutiles enredaderas y sea frágil en varios puntos. Allí donde cualquiera sabría que al dar un paso fuerte la cuerda se rompería y caería. Avanzar despacio, entre la humedad y el musgo de los árboles, espantando mariposas naranjas y rojas que revolotean alrededor de las minúsculas flores. ¿Habrán crecido en las enredaderas de la cuerda y en mis talones? Ir con los ojos abiertos, como si estuvieran vendados, sin angustia. Con la lluvia en la camiseta. Beber las gotas que ruedan por mi rostro colándose en esta boca

entreabierta. Aunque tenga frío no temblar, no permitirlo, o caería. Y en las noches blancas mi perfil se recortaría en un cuadro espectacular y espeluznante: siempre en equilibrio, sin descanso. En la crueldad del tiempo escorpiones, hormigas y escarabajos pasan caminando por mis pies. Cada cuatro años lograría dar un paso y sin embargo, sabría que esta poesía tiene un sentido,…o lo tenía, y eso sería suficiente para continuar.

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En el espejo soy extraña. Tal vez no soy una niña que sonríe. Tal vez

sucede que soy un hombre, merecedor de exclusión, disminución,

pobreza, marginamiento, hambre, persecución, límite, límite, límite,

frontera, exclusión,

¡usted no es parte!, ¡no es bienvenido!,

¡maldito!, ¡usurpador!, ¡delincuente!, ¡miserable!, ¡no

pise la línea o lo mato!, ¡lo mato!, ¡lo mato!, ¡peligroso!,

¡inútil!, ¡asesino!, ¡asqueroso!, ¡váyase!, ¡salga de aquí!,

¡no me toque!, ¡no tiene derechos!, ¡gonorrea!, ¡lo mato!,

¡lo desaparezco!, ¡porquería!, ¡pedazo de mierda!, ¡poca

cosa!, ¡usted es un problema!, ¡sanguijuela!, ¡extraño!,

¡me da nauseas!, ¡extraviado!, ¡perdido!, ¡maldito

perdido!, ¡váyase!, ¡fuera!, ¡lejos!, ¡piérdase!, ¡ladrón!,

¡que no lo vea!, ¡miserable!, ¡que no lo vea!, ¡animal!,

¡harapiento!, ¡pulgoso asqueroso!, ¡piojoso desmedido!,

¡atrevido!, ¡mal oliente!, ¡inservible!, ¡in ser vivible!,

¡húndase!, ¡púdrase!, ¡muérase!, ¡muérase!, ¡váyase de

aquí!, ¡detestable!, ¡despreciable!, ¡espanto!, ¡demonio!,

¡maldito!, ¡maldito!, ¡maldito sea!

¿O soy una mezcla informe de deseo y carne y mis huesos astillados

perforan mis mejillas?

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Exiliada-exiliado. Voy de un lugar a otro, nadie me ve. Soy invisible, no molestar, agradar. Escondía mi dolor bajo sonrisas, rota, imperfecta, abollada, exagerada. Pero el afecto es la única forma de sobrevivencia.

Pasos de algodón, suspiros rotos, añorarlo todo.

Extranjera, camino interminable, infatigable en permanente búsqueda del origen, de lo que sentía como propio: la sonoridad de la guitarra y el calor de las canciones, la comunidad reunida y el alimento, los

cuentos que me abrazaban, los aromas, las calles, los colores que eran parte del hogar perdido.

Boca sin comida y manos que no hablan

Camino callada, no en silencio, no enmudecida, callada… mis entrañas no han construido un verbo, la palabra aún no sale de mis labios. Sellados mis labios, sellado mi cuerpo infantil. El aliento se detiene en mi boca abierta y no produce sonidos ni sentidos. Exhalo y no digo palabras salidas de la gruta, del socavón, de esta garganta húmeda que a veces canta, gime, grita o habla. Una maraña de balbuceos ininteligibles saldría de mi cuerpo, una mezcla extraña de suspiros y gemidos sembraría el terror en el patio de juegos. La palabra se demora en tomar asiento.

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Sentirse parte del mundo, sobrevivir, hablar. Compleja maquinaria: volver los balbuceos palabras

cuando apenas si podía andar, volver lenguaje mis gemidos, mis señas, reorganizar las expresiones de este cuerpo y mis impulsos. Sobrevivir. Domar los músculos del rostro, la lengua, la garganta y refinar los apoyos hasta que pudiese articular palabras para decir: ¡existo!, ¡necesito! Y ser acogida, encontrar un

lugar en la manada.

El afecto es sobrevivencia… y el lenguaje es aprendido gracias a los afectos o desafectos, para sobrevivir con nuestras precarias y miserables armas,

que se presentan ridículas ante el mundo. El animal más indefenso, el que menos temor produce, el que no tiene garras, ni pelo, ni colmillos… el que necesita un año entero para caminar (y aún así ser vulnerable) y casi dos años para hablar. Fiereza del lenguaje, su esfuerzo tenaz conquista el refinamiento y la reinvención permanente del mundo. Lo inventa

a cada palabra. La entraña se expresa…

“Callar es la imposibilidad de estar con los otros, la negación del encuentro… un hombre solo no puede existir” (MITAV. Seminario Verdad y Mentira. Clase 15 sep/2010 – Sobre Walter Benjamin)

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Lenguaje y afecto para sobrevivir. Así, callada, sin lenguaje, camino sola, rota, hacia a la punta plateada y brillante, exponiendo mi entraña, mis ojos, mi dulzura, mis juegos, mis deseos. Camino y voy acercándome delicadamente a la muerte, seduciendo su mirada, enfrentando el pecho blanco y pequeño, al filo.

Soy extranjera, viajera anclada, en la cotidianidad, o en un sueño, un espejismo, en mi familia, en la realidad tejida, estoy establecida en un lugar fijo. El mundo se reduce y ahora me enamoro de los nómadas que pasan. Sé que son extranjeros, como yo, pero son más livianos, ligeros. Van y vienen, no permanecen. Puedo viajar a través del otro, miro el mundo a través del otro.

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UN LUGAR EN EL MUNDO

La comida ausente y las manos que trabajan

Buscaba un lugar en el mundo. Un lugar en el otro, en los otros. Un tejido tupido en su pecho, una caricia cercana y firme. Deseaba sentarme al lado de alguien y conversar, crear y crecer. A veces lo tuve y fue hermoso. Camino, ¿me instalo?

Adriana Urrea me antoja, me invita a mirar por la enorme ventana de su apartamento, que da a los cerros verdísimos de Bogotá, a un señor que camina y se escabulle en la maleza. - “Mira, Pelusa, mira: él, ¿lo ves? está construyendo un cambuche. Esos cambuches son nuevos, antes no estaban, míralo, ¿lo ves? ¡ahí va…!” y sí, allí iba caminado por el pasto crecido, subiendo con agilidad la montaña hacia unos matorrales y arbustos crecidos. Iba cargando un mundo, tantas cosas: en sus hombros tablas largas, cortas y cartones. En sus brazos bolsas y paquetes de todos los tamaños. Iba encorvado pero ligero. Nosotras podíamos ver el lugar que construía: un lugar para pasar las noches, para refugiarse del penetrante frío implacable, para dormir en un nido, para hacer una vida.

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Un lugar donde sembrar un sueño que sería tal vez el primero: desear que la policía no lo sacara esa misma noche a patadas, rogar que no derrumbaran su precaria construcción y lo reventaran a palazos que estallarían su rostro e hincharían sus ojos, dejándolo de nuevo sin nada. Y que luego sería el tener comida que llevar a su inclinado refugio de cartón, maderas y piedras. Construía un lugar camuflado en la montaña, en la miseria, en la violencia del día. El cambuche de aquel hombre desconocido, que miraba de tan lejos, que era un nadie, un alguno, un cualquiera, no tendría más de un metro y medio. Era un cuadradito. Un lugar en el mundo, donde construir luego, ladrillo a ladrillo sus sueños. Su casa era un solo cuarto, de piso de tierra. En ese cuarto tendría una cocineta de cocinol, de esas que uno escuchaba hace unos años que quemaban niños todos los días y, al lado (justo al lado) una letrina que no estaría resguardada ni separada por pared alguna. Si los dueños del terreno o la policía no lo echan, el cuarto luego será de tres metros, y podrían dormir hasta ocho personas: Los padres y dos niños en una cama, otros dos niños más grandecitos en otra, un bebé en una cuna, y una tía recién llegada en un sofá de la orilla. Ahora, ese cuadradito era su casa, sin ventanas, de paredes en madera y plástico.

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Ese cuadradito miserable, construido de desechos y deseos, al que se anexarían algún día otras arquitecturas y personas, una comunidad. Y aunque se podía intuir un infierno allí, era un espacio necesario, indispensable. Necesidad: de estar con otros, de construir con otros, de defenderse del mundo, de protegerse, de reunirse, de llorar y gritar, de reír, de jugar, de amar, de golpear…

Cueva, crisálida, lugar que decanta el tiempo. Cuerpo de arena. Territorio vital. Cama, nido para dormir, para morir. Un lugar en el mundo.

Soy extraña y extranjera, sin lugar. Y como esos seres que habitarán ese cambuche en construcción… ¿Debo hacer mi cambuche? Sobrevivir es un triste destino lleno de miedos o un lugar colmado de pulsiones e impulsos.

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¿Dónde está la morada del que no tiene lugar?, ¿de un extranjero despojado?

Un lugar en el mundo. Un cambuchito. Construcción frágil de rituales de paso. Casita sostenida de ausencias y deseos en el límite de los sueños y la posible realidad.

- María, (me decía Aleja) ¿sabías que para los niños es lo mismo? Cuando cargan una ausencia, una carencia, los niños construyen cambuches a partir de esa necesidad; y lo que no sucede afuera, adentro puede suceder.

Estructura inestable, apenas si mantiene el equilibrio. Tan efímera… ingenuamente intenta ir de la precariedad al arraigo. Resolver la inmediatez: la ausencia o la noche, el frío o el dolor, con la potencia de lo que puede llegar a ser

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Un lugar en el mundo: una carpa, una casa, un castillo, un cambuche, una choza no sólo son sus paredes, son los sentidos que le damos. Está lleno de sensaciones, cargado de emociones.

Umbral necesario. Umbral hacia adentro. Útero que me acoge del mundo infame, carnicero. Allí respiro diferente. Allí suspiro aliviado. En el útero insondable…

afuera, el cielo ya no es mi casa, afuera el viento ya no es mi casa, mi casa es la nostalgia. El mundo quedó deshabitado de afecto y se volvió tormenta, incertidumbre, duda, mentira. Un día fui exiliada, un día fui alejada, un día me volví fantasma, dejé de existir, me volví invisible y miraba desde afuera del mundo a los

hombres y mujeres a mi lado. Era tan ajena, tan lejana, impalpable, inaprehensible, flotante.

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En el cambuche: De la mano con la comida: síntesis de aceitunas y vino

Me han escrito mis amigos sobre aceitunas, sobre el placer enloquecedor que en mí despiertan, sobre las añoranzas. Mis amigos saben que mi padre y las aceitunas están ligadas, su presencia y su ausencia. Saben que me llevan a un viaje de evocaciones, de guitarras y canciones. Mis amores han sabido que con una latica de aceitunas pueden calmar mi ansiedad.

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ACEITUNAS PARA MARIA TERESA

Yo no tengo temor del Egeo, lo conocí a través de palabras ajenas.

Todo el calor del mediterráneo cabe en mi recuerdo desde el dibujo que me regalaron los otros.

Allá en el fondo de una playa agitada,

comerciantes italianos pregonan los otros nombres de la aceituna y los labios de María Teresa no saben a qué placer contestar, tan confundidos por la novedad, el lenguaje y el mito.

Sé que en otrora las aceitunas causaron guerras, amores, competencias, felicidades efímeras...

sé que en fondo del mar alguien duerme con una canción que esconde sus secretos.

Miro desde el sopor los ojos nostálgicos que me entrega María Teresa,

y quisiera adivinar a dónde dirige su placer y cómo saboreará su latica de aceitunas.

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Empezaré diciendo que no me gustan las aceitunas, que solo he mordido una o dos en mi vida, y que ninguna ha pasado de mi garganta hacia abajo.

Sin embargo, conozco a alguien para quien las aceitunas

no solo son el reflejo de sus ojos, por su color, textura,

profundidad y misterio, sino que son una añoranza de vida. Solo eso.

La persona de la que estoy hablando está leyendo esto: -soy yo, dicen que soy niña, con ojos traviesos de aceituna verde, con pelos despeinados medio rojos y pecas que hasta en el ombligo se

meten-Solo he comido aceitunas imaginaras, las que ella me ha contado, las que ella llena de sabor e historias, porque cada aceituna de su vida está atada irresolublemente a una de sus historias, a sus bosques húmedos llenos de musgo deslizante. Hay aceitunas verdes, me enteré de que también las hay negras, me imagino que habrá amarillas, rosadas o rojas, porque todas ellas terminan siendo otra cosa, con otro olor, con otro sabor.

Algunas le saben a pasados, a padres presentes y ausentes, a noches y a días, a personas que cantan y que narran, a compañías que fueron y que hoy lejos siguen estando, a guitarras sonando y a guitarras guardadas, recostadas sobre las paredes. Ella siempre habla de las aceitunas en plural, pues siempre son muchas; obsesivamente debe

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acabarlas, para sentir la tristeza de algo maravilloso que no debería terminar, pero que gracias a nosotros los humanos, se acaba; y entristece, y duele, sentir la garganta vacía y pidiendo más. Por eso siempre le llegan a montones, por eso siempre las acaba, pues cada una solo podría ser, con la otra, y la otra, y la otra, y la otra, y la otra, hasta el presente.

Algunas de ellas le saben a presentes, a arañas y a grutas húmedas, a imágenes que en alguien inspiró y que a ella le gustaron, a sábanas olorosas y suaves, a juegos de cama. Cada aceituna refresca el sistema, lubrica el aparato de recuerdos y sentidos, hace funcionar los engranajes de su vida, retazos de su vida que le recuerdan su infancia, retazos presentes hasta en las patas de su comedor, pedazos de sentidos y sentires. Todas sus aceitunas la habitan, le saben a vida. La pelirroja que está leyendo esto es solo un frasquito, que guarda, ahorra, acumula y siente las aceitunas de su vida.

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Trampa mortal para atrapar la comida, con las manos

“Érase una vez…

“De la historia que sigue aún no puede decirse: “sólo es una historia”. Este cuento sigue sien-do real hoy en día. La mayoría de las mujeres que han despertasien-do recuerdan haber sien-dormisien-do, haber sido dormidas.”

“Érase una vez… y otra vez…”

“Las bellas duermen en sus bosques, esperando que los príncipes lleguen para despertarlas. En sus lechos, en sus ataúdes de cristal, en sus bosques de infancia como muertas. Bellas, pero pasivas; por lo tanto deseables. De ellas emana todo misterio. Es a los hombres a los que les gusta jugar a las muñecas. Como es sabido desde Pygmalion. Su viejo sueño: ser dios madre. La mejor madre, la segunda, la que da el segundo nacimiento.

Ella duerme, eterna, está intacta, absolutamente impotente. Él no duda de que ella lo espera desde siempre.

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El secreto de su belleza guardado para él: ella posee la perfección de lo que ha acabado. De lo que no ha comenzado. Sin embargo, respira. Justo lo suficiente de vida; y no demasiado. Entonces él la besará. De tal manera que, al abrir los ojos, ella sólo lo vera a él, a él en el lugar de todo, él-todo.

Él se inclina sobre ella… Cortan. El cuento se acabó. Telón.” (Cixuos, 1995, pág. 17)

¿Piensas que estoy quieta, pasiva, hermosa? Te seduce que estoy adentro esperando a ser despertada. Es una trampa. A cambio te voy a

devorar.

Seré yo quién abriré tu entraña, seré yo quién trepará por el borde de tu mirada y me clavaré en el centro de tu audacia. Penetraré tus temblo-rosas manos, sacudiré tus miedos y deseos hasta deshojar tus palabras. Seré yo quién te descubra y disfrutaré toda y todo, entregada a vos y aún

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UNA CURIOSIDAD INSACIABLE

Afuera está la comida y adentro están las manos que escuchan

Adentro, trato de entrar… quiero

Quiero saber quiénes son, hacer parte de un mismo secre-to, de un mismo momento. Busco complicidad, compartir más allá de una pretensión, una experiencia.

El vacío, el terrible vacío, es también mi gran tesoro. Está lleno de violentos y contradictorios impulsos. Es agujero ne-gro que absorbe hambriento el universo. Esto que me hace imperfecta, incompleta (un poco rota y siempre extranjera) despierta en mí el deseo de acercarme a los otros, me em-puja hacia una curiosidad insaciable.

Soy devoradora. Sí. Devoro todo con mis células que se abren. Cada poro un recipiente vacío y dispuesto. Cada movimiento, un viaje hacia vos. Cada mirada, cada impulso vital quiere atravesar, permearse en el mundo, en el otro. Entrar en el agua tibia y turbulenta, sumergirse en lo hondo, en lo vasto, lo indescifrable. Mi curiosidad tiene hambre, fluye por mis venas, necesita y busca, como la boca de un bebé busca ansioso el pezón.

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Cuando llegamos del mercado, Pelu ayudó a sacar las cosas y organizarlas. Como era tiempo de la prima semestral habíamos comprado bastante para un tiempito. En la bodeguita chévere de las camas-cajón guardamos lo de larga duración. Solo habíamos encontrado un frasco de aceitunas, para tristeza de Pelu.

Días después vinieron unos amigos a visitarnos y cuando fui a buscar las aceitunas…Nada!!! Ya Pelu se las había comido todas…desde pequeñita era adicta a ellas.

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No puedo creer estar de regreso después de un beso, de esa pequeña muerte enamorada y adicta.

Una nostalgia que quiere arrancarme de la vida apenas se desprenden los labios del contacto, de la tibieza, de la expresión,

apenas se desprenden los labios de la presión, del tiem-po, del suspiro, los suspiros, del aliento, del calor, del color, del amor, del olor,

nostalgia apenas se desprenden los labios de las textu-ras, del sabor, del eco,

quiere arrancarme de la vida cuando se desprenden del cariño, del ahogo, de la piel, del hambre, la humedad, las cavernas, la ternura, el sexo, el aire, la lengua, el ali-mento, las corrientes, los lugares, la muerte

nostalgia que quiere arrancarme de la vida apenas se desprenden los labios de la profundidad…

(59)

De la mano, cómplice del encuentro y la ausencia, en la comida

Alcachofas para comerlas deshojándolas con la mano.

Hoja a hoja morder su carne, apretar los dientes y deslizar la hoja afuera, arrancando los pedazos más tiernos. Toda su verde textura en mi boca. No lo puedo evitar, quiero compartir con otros el sabor, la emoción exaltada. Al morder la hoja muerden mis evocaciones, nostalgias, los encuentros y compartires en la distancia y en el presente.

Así, como sucede a Rirkrit Tiravanija, a quien intuyo como un espejo que vibra. Demasiadas coincidencias que resuenan en mi psiquis. Viajero nómada. Dime, ¿a dónde vas? ¿me llevarás?. Dime del misterio, de los vientos que han entrado en tu cabello. Dime tu, extraño, siempre raro y extranjero, dime: ¿Qué hay en tus pasos que no logro seguir?, ¿qué nostalgia has dejado en tus labios para coleccionar huires? Destilas tu soledad y construyes lugares. Tu propia casa la “expones”, abriendo las puertas descaradamente, de par en par a cualquiera. Compartes la comida de tu país, de tu familia, de tu origen. Sí, necesitas compartir Tailandia. Necesitas compartir tu entraña con el mundo. Siento vibrar tu nostalgia, tu necesidad de encuentro, tu curiosidad, el deseo de que te conozcan.

(60)

mmm con las aceitunas.

Pues yo no tenía ni idea qué eran. Sólo tenía la idea por una canción de Silvio Rodríguez que me gustaba en esa época. Y cuando estábamos en Calle Sur y hacíamos comida en su casa mmm, empecé a descubrir otros sabores como el del queso para untar con pimienta, los pimentones rellenos, las pastas de otras maneras, la albaca, el pan de ajo y las aceitunas que al principio

no me gustaban. Eran como muy ácidas y de un sabor extraño.

Recuerdo que yo manifesté en alguna oportunidad mi apatía por el sabor de las pepas verdes. Pero comida tras comida, se llevaban como para picar mientras estaba la comida. Entonces yo les di una oportunidad, porque veía que a María le encantaban y ahora me encanta a mí ese sabor entre ácido y salado que al tacto con el

paladar es rico, esa textura mmm.

Cada vez que puedo traigo a mi casa y me las como mientras veo tv, o con vino es lo mejor.

(61)

¿Seremos todos rotos?, con la ausencia sembrada, imperfectos, solos, extranjeros, huérfanos, extraviados, incomprendidos, raros, abandonados o hijos de nadie, no reconocidos, desconocidos, excluidos. Subo los párpados despacio. Recorro el trayecto con mis ojos: desde mi cuerpo al tercer mundo: desgarrados, separados, matados, negados, solos. Pidiendo compartir la comida.

También quiero Tiravanija recibir de tu mano un bocado de nostalgia .1

1 “Desde hace más de una década, Rirkrit Tiravanija produce happenings para que el público participe activamente en ellos. Son situaciones o ambientes que cuestionan los límites entre el artista y el espectador, el arte y las actividades cotidianas, dentro de la llamada “estética relacio-nal”. Sirvió comida como arte en su primera exposición individual en 1990, ofreciendo al público una degustación de Pad Thai, un plato típico de Tailandia, el país de su familia. Trasladó el mismo concepto a sus exposiciones posteriores, en las que ha creado diferentes instalaciones que se transforman diariamente con los platos y utensilios usados. Pero no sólo comparte comida, también su propio hogar (que reconstruyó con contrachapado en un espacio expositivo y lo dejó abierto las veinticuatro horas del día para que la gente lo habitara) y sus viajes (que parten de su espíritu nómada). El arte de Tiravanija es gratuito. Sólo hace falta vivir la experiencia. De hecho, la esencia de sus obras reside en la colecti-vidad, su interrelación, y en la casualidad. Hace arte sin hacer objetos, su fin es una denuncia contra la posesión y la acumulación.” (Publicado por Xaviera, 1997. Extraído desde http://www.ritnit.com/2007/09/14/rirkrit-tiravanija-buenos-aires-argentina-1961/)

(62)

LOS PELIGROS DEL SECRETO

Esconder la mano, esconder la comida Haikou

Dos gotas Una oliva

Tres almas recién tristes

PD. Siempre me acuerdo que el día que dejaste a Cami, te recogí donde tu mamá y te metí a la ducha con un tarro de aceitunas.... ¿te acuerdas?

¿Qué es lo que se esconde?, ¿qué es lo que está ocul-to?, ¿por qué?

Un secreto se esconde como una secreción, como los excrementos, como excrementar. Encerrado, acallado por sucio, mal-oliente, peligroso. Está escondido, separado, aislado. Nuestro cuerpo también produce desechos, mierda, lo ocultamos. Aquello que nos recuerda que somos muerte, emparentados con la desgracia, siameses de la decadencia.

(63)

Todo lo que la cultura esconde, lo más oscuro, humano y entrañable… mucosidades excreciones y sexo, secreciones abyectas, salivaciones y lágrimas, toda nuestra humedad domada y castigada.

De un almizcle turbio y negado se compone esta fugaz existencia… materia preparada, con la temperatura tibia precisa, para la descomposición. Si cada paso es, persistente e infatigablemente, uno hacia la muerte… cuerpo que palpita, tiembla trémulo en sus impulsos y pulsiones, se infla. Aparato blando, frágil, baboso, maraña de tejidos, fluidos, carne, huesos, cartílagos que respiran. Cuerpo permeable, un sólo agujero, huecos, cavidades, espacios. Cada poro, cada vena, articulaciones, mi vagina, los oídos, los ojos son espacios, huecos vacios por donde el mundo penetra y se mezcla con lo abyecto, con el pulmón, con la garganta, con las lágrimas.

Esconder el cuerpo, maraña de estructuras de carnes más o menos sólidas o blandas, siempre húmedas, trémulas, y pobladas de agujeros, permeable, disponible a la muerte. Cuerpo perecedero.

Procuramos un cuerpo puro, inodoro: que no suda, no excreta, no tiembla, no ama… que no exhala, que no huele, que no caga. Cuerpo santo, cuerpo perfecto. Misterio bendito, interminable, infinito, indestructible, inmortal. Cuerpo que no deshecha su secreto guardado tras la puerta, adentro, donde no se ve.

(64)

¡Que no se oiga!, que no se huela, que no se vea, que no se sienta esta miserable animalidad, esta humanidad. El cuerpo está cerrado, está en secreto.

Oculta el sexo, el ano, la mucosidad, la saliva, sí, de nuevo las lágrimas, las secreciones, los excrementos, las expresiones.

¿Por qué calla o disimula?, ¿teme la imperfección?, teme la muerte e ingenuamente voltea la mirada.

Ordena, desinfecta, controla, organiza, para evitar el dolor de lo inmanente. Camina de espaldas con paso acelerado, carrera en la que para evitar mirar a la parca a los ojos, ha quedado de frente al poder grandioso de la medusa que lo hiela, lo congela.

(65)

Intenta

que las hojas rojas de los árboles no caigan ruega

que las ráfagas de viento no tumben las últimas flores desea

alargar el tiempo del otoño y todo esto lo tiene detenido.

Evitando el crudo invierno ya ha quedado congelado

el esfuerzo es atroz.

Y sin que haya llegado aún (el cruel invierno) se han comenzado a descongelar sus pestañas

caen lentas gotas por sus mejillas pero todavía no las siente.

Un tierno rocío baja por detrás de su cuello, se escapa de sus hombros

pero todavía no lo siente.

Y al torrente que desprenderá, por fin, su cuerpo y lo volcará al vacío

(66)

Cómo reconciliar estos misterios, los secretos del cuerpo, las secreciones, la vida. Cómo develar y hacer cercano aquello que se guarda tanto, lo que ha sido negado. Cómo darle espacio a nuestra propia muerte y miseria para reconocer lo que nos hace tan humanos. Develar, revelar, dejar respirar la potencia sobre-cogedora de su exposición, expandir, dejar vibrar e inundar su fuerza como una promesa.

(67)

Me como la mano

Un secreto bajo tierra. Corrupción. Muerte, muerte, caverna. Fosa, rostro arrojado, matado, asesinado. Un secreto cuidadosamente guardado. Secreto que se pudre en lo profundo, estalla sordo y mudo y no retumba y no se ve. Pasos sobre el olvido forzado, pasos sobre el miedo guardado, pasos sobre el silencio obligado, pasos sin peso que no fracturan los huesos, que no fracturan los poderes, que no rompen la muerte para que llore un poco.

Sepultura de lágrimas ausentes, sin entierro y sin Antígona. Invisible.

Ojos que callan, voces equívocas que golpean la cabeza fuertemente. Corrupción y fosas comunes, comunes a los días, fosas corruptas y miserables, fosas del día a día, que guardan un secreto, un número de cuerpos.

Cuántos secretos, millones. Plaga de silencios. Cuerpo blanco, rojo, azul podrido. Cuerpo hijo, esposo, campesino, vecino, amigo. Entierros desconocidos, sin nombre, ni amor, ni lágrimas. Fábrica impecable, industria de la muerte, maquina que tritura, desmembrando y despedazando cuerpos. Muertes acordadas, miedo que produce plata y llena las bodegas de secretos de las industrias, políticos, empresarios, finqueros, militares, ganaderos, familias, comerciantes.

Las tumbas aguardan. Las madres no descansan. Las lágrimas quieren ir a sus muertos.

(68)

Los secretos tan conservados, tan confidenciales de los estados se publican para su vergüenza en Wikileaks. Los estados siembran la difidencia, la desconfianza. Los secretos no pueden ser guardados. Son declarados, para desatar nudos inciertos, para desatar la tormenta, los dolores. Para desatar la ira, los anhelos, para estallar los gritos, los sueños, las potencias, los deseos, el porvenir.

(69)

Pon tus manos en secreto, en la comida

El secreto, intimidad cercana, susurro, mirada. Secretos que pasan por el cuerpo, que late, que vibra, que vive. Un encuentro en el secreto, en la tibieza. Intimidad y cercanía para dejar huella, que no quepa duda de la experiencia. Un lugar abrigado donde afuera quede la mirada cruda de los otros, que juzgan, que ordenan. De niña, fui parte de un mundo cálido que me acogía. Y fui extraña y extranjera en el resto del mundo, tan ajena, sin lugar, desposeída. Lo propio, aquello tan propio como mi cuerpo y mi impulso, fue atado y castigado por ¿la cultura donde crecí?:

(70)

No tocar, no ser, no decir,

no actuar, no ser, no ser, no cantar,

no pensar, no dormir, no mostrar, no ser, no jugar, no amar, no ser, no decidir, no sentir, no caminar, no cuestionar, no besar,

no ser, no reír, no volar, no comer, no preguntar, no bailar, no buscar, no ser, no amar, no llorar,

no ser, no proponer, no morder, no fracasar,

no jugar, no ser, no pedir, no llorar, no exigir, no descansar. Joder.

Mi soledad silenciada por mi extrañeza que aporta de nue-vo, la soledad.

(71)
(72)

María:

- ¡Hooooooooooooolaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! (acantilados: solo queda el eco resonando en las inmensas montañas)

María:

- ¿¿Hoolaaa… … …??

(rebota tu nombre en las altísimas copas de las palmeras de cera, en los bosques de niebla, en las lejanas piedras de la imponente cascada)

María (bajito):

...- Me gusta gritar aquí, te veo en el paisaje... ¿Puedes verme?

Otro:

- Un poco. El eco me acaricia. M:

(73)

O:

- tienes los pies fríos y raspados M:

- Al venir hasta aquí vi un águila peleando con otra ave por su nido. Te he visto en un arroyo con una niña solitaria, abrazados, contenidos, allí mojé mis pies. He dormido bajo un inmenso árbol y soñaba con la risa de tres niños… O:

-¿a qué has venido? M:

- los acertijos entre las líneas, siempre por descifrar... ¡nos han traído tantos regalos! ¡cuántos lugares!!!

O:

- preguntas sin respuesta: vuelo a las profundidades M:

(74)

O:

- coleccionas flores secas, tratas de retener su pasión M:

- el viento me envuelve, sabe de mis labios entre abier-tos. Enreda mi pelo un poco, tratando de parecerse a tus manos. Me gusta, es muy atrevido.

O:

- no puedo estar M:

- No importa. Es otra pregunta, otro acertijo, otra razón.

O:

- pecas de manzanita y labios de pimentón M:

- Son y han sido verdaderamente una picardía a largo plazo.

Descifrarte es un encanto... y construir un poco con vos ha sido maravilloso.

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O:

- También me da un poco de miedo. ¿Has venido a despe-dirte?

M:

- Como siempre. Pero es otro comienzo. ... es solo la angustia que traen los caminos. O:

- ¿me das un abrazo?

(te abrazo, quedas sumergido, te duermes...) M:

- Vamos descubriendo y creando lugares.

(duermes, en esta pequeña muerte beso tu pelo en el vien-to)

M:

- ¡quiero encontrarme contigo en jardines inexplorados! Ya nos hemos inventado la vida, ¿recuerdas? ...¿lo sabes? Inventarse la vida, crear un sueño, hacerlo tangible, vivir-lo...

(76)

(Doy un paso, el abismo me recibe amoroso y ardoro-so, caigo feliz a un nuevo encuentro)

(77)
(78)
(79)

BIBLIOGRAFÍA

CIXOUS, Helene. La risa de la medusa. (1995). Editorial Antro-phos. Barcelona. (p 17)

COROMINAS, Joan y PASCUAL, José A. (2002). Dicciona-rio crítico etimológico castellano e hispánico. Editorial Gredos. Madrid.

ENDE, Michael. (1973). Momo. Círculo de Lectores. Barcelona. GENET, Jean. (1997). El Objeto Invisible. Escritos sobre arte, li-teratura y teatro. Capítulo II “El Funámbulo”. Edición de Jèrôme Neutres. Thassalia. Barcelona.

Publicado por Xaviera, (1997, 14 de septiembre). Rirkrit Tirava-nija (Buenos Aires, Argentina, 1961). Extraído el 26 de mayo de 2010 desde http://www.ritnit.com/2007/09/14/rirkrit-tiravanija-buenos-aires-argentina-1961/

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