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"LOSTRESTESOROS"

Charlas sobre el Tao Te King de lao Tse

VOLUMENIII

OSHO

Esta es una vista previa. El número total de páginas que se va a mostrar será limitado.

CAPÍTULO 1

LA BÚSQUEDA DEL SABER 9

Dice Lao Tse:

Sin salir de la puerta de tu casa puedes saber lo que ocurre en el mundo. Sin mirar por la ventana puedes contemplar el Tao del cielo. Cuanto más empeño pones en obtener la sabiduría, menos sabes. Por esto, el sabio sabe sin moverse, comprende sin ver, hace sin hacer.

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Religión no es erudición; es saber. Los conocimientos pertenecen a la mente; el saber pertenece al ser. Hay una tremenda diferencia y una infinita distancia entre ellos. Esa diferencia no sólo es cuantitativa, sino también cualitativa. Erudición y saber... son tan diferentes como cielo e infierno, tierra y cielo, de manera que lo primero que has de comprender es la diferencia entre «conocimiento» y «saber». Los conocimientos nunca forman parte del pre-sente; siempre forman parte del pasado. En el momento en que dices saber algo, está ya muerto; ha dejado su marca en tu memoria. Es como el polvo que llevas pegado. Ya te has alejado del saber.

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El saber siempre es inmediato, el saber es aquí y ahora. No puedes decir nada sobre él; sólo puedes «serlo». En cuanto hablas de ello, incluso el saber se transforma en conocimiento. Por eso, Todos-los-que-han-sabido dicen que no puede expresarse. En el momento en que lo expresas, su naturaleza misma cambia; se transforma en conocimiento. Deja de ser el hermoso fenómeno vital del saber. El saber no tiene pasado, no tiene futuro; tiene sólo presente. Y recuerda que el presente no forma parte del tiempo. Por lo general, creemos que el tiempo se divide en pasado, futuro y presente. Eso es completamente falso. El tiempo se divide en pasado y futuro; el presente no es, en absoluto, una parte del tiempo. No puedes mantenerlo en el tiempo. Aunque lo persigas, se escapa. Intenta asirlo y verás que siempre está fuera de tu alcance, porque forma parte de la eternidad, no parte del tiempo.

El presente es la eternidad cruzando el tiempo. Es el punto de encuentro entre lo eterno y lo temporal. En el presente, es saber; en el pasado, conocimiento. En cuanto algo forma parte de tu conocimiento, empiezas a hacer planes. Cuantos más datos tienes, más planes haces. El conocimiento implica pasado; «hacer» implica futuro. Entonces no dejas que haya libertad en el futuro; intentas fijarlo de acuerdo al pasado. Te gustaría ser simplemente una repeti-ción del pasado, un poco modificado, decorado, pero sencillamente una repetición del pasado.

El hombre de conocimientos es un hombre de planes... y la vida es un fluir no planeado. La vida es libertad; no puedes encasillarla, no puedes clasificarla. Por eso, un hombre de conocimientos no sabe lo que es la vida. Sabe muchas cosas, pero no «sabe» nada. Tiene demasiados conocimientos, pero está vacío, sin sustancia. No puedes encontrar a nadie tan superficial como un hombre de conocimientos. Es sólo superficial, sólo superficial. Carece

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de profundidad, porque la profundidad se alcanza a través de la eternidad. El tiempo es horizontal; se mueve linealmente en el horizonte. La eternidad es vertical; se desplaza hacia lo profundo y hacia lo alto. Ése es el significado de la cruz de Jesús: el cruce de la eternidad con el tiempo, o el cruce del tiempo con la eternidad. Las manos de Jesús son tiempo; se mueven entre pasado y futuro. El es crucificado en el tiempo y resucita en la eternidad. Su ser es vertical... el ser de todos es siempre vertical; sólo el cuerpo, las manos, tu parte material, son horizontales.

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Los conocimientos crean el futuro; el futuro engendra la preocupación. Cuantos más conocimientos tienes, más te preocupas, más te intranquilizas; nunca te sientes a gusto, en casa, sino que, interiormente, tiemblas. Es una patología. El hombre de saber es totalmente diferente: vive en el aquí. Este momento lo es todo, como si el mañana no existiera... y realmente no existe, nunca ha existido; es parte del juego de la mente. Es el sueño del hombre de conocimientos.

Este momento es todo lo que hay... y lo es todo. El saber se desplaza verticalmente dentro de este mismo instante; va profundizando más y más y más. El sabio tiene profundidad; incluso su superficialidad es parte de su pro-fundidad. No es superficial. ¿Y el hombre de conocimientos? El carece de profundidad; su profundidad es parte de su superficialidad. Y ésta es la paradoja: el hombre sabio sabe, mientras que el hombre de conocimientos no sabe, no puede saber, porque la erudición no tiene conexión con la vida. Al contrario, ésa es la barrera, la única barrera, el único impedimento. Es algo así: una madre sabe que su hijo es suyo; el padre tiene el conocimiento de que el hijo es suyo. El padre sólo lo cree. En su interior, no está seguro. ¡Sólo la madre lo sabe!

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Sucedió:

Mulla Nasrudin ocupaba el cargo de visir de un pequeño reino. El rey era muy generoso; no era muy rico —el reino era pequeño—, pero sí muy generoso. Cada año Nasrudin iba a verlo... y le comunicaba que su esposa había dado a luz un niño. El rey le obsequiaba con valiosos regalos para él, el niño y la madre... pero llegó un momento en que fue demasiado: ¡iba todos los años! Cuando nació el duodécimo niño y Nasrudin fue a verlo, el rey le dijo:

—Mulla, esto es ya demasiado. El mundo padece de superpoblación. ¿Qué pretendes? Si sigues así crearás una pequeña nación. Todos los años lo mismo. ¡Para ya! ¡Que éste sea tu último hijo! Y si no puedes detenerte, si eres incapaz de hacerlo, entonces es mejor que te suicides en vez de estar sobrecargando la Tierra.

Nasrudin se sintió muy deprimido. Y cuando nació su decimotercer hijo... «¿Qué hacer?», pensó. «Ahora es mejor que no vaya a ver al rey. Iré al bosque y me suicidaré, como él me dijo».

De modo que se dirigió al bosque y lo preparó todo para colgarse... sólo una fracción de segundo y habría colgado, muerto, del árbol. Pero de repente exclamó:

—Nasrudin, ¡cuidado! ¡Puede que vayas a colgar al hombre equivocado!

El padre simplemente cree serlo; la madre lo sabe. El saber es como la madre; el tener conocimientos es como el padre. Todo conocimiento implica creencia. Saber no es ninguna creencia, es «saber». Es tu percepción, es tu visión; proviene de ti. Es como la madre: el niño crece en su útero y ella lo sabe. El niño forma parte de sí misma; es su extensión, su propio ser, su sangre y sus huesos. El padre

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El hombre de conocimientos cree saber. El hombre de saber sabe. El saber implica una transformación en tu ser; es como un embarazo: forma parte de ti, has de alumbrarte a ti mismo. Es una resurrección en la eternidad; es un alejarse del tiempo y un adentrarse en la ausencia de tiempo; es la conversión de la mente en la no-mente; es algo realmente tremendo y tú tienes la certeza de que está sucediendo en ti.

El hombre de conocimientos va acumulando el polvo de los Budas. Cree en Aquellos-que-han-sabido. Todo aquello en lo que cree está muerto. No se ha dado luz a sí mismo. Ha ido acumulando conocimientos procedentes de ios demás. Todo lo ha pedido prestado... y ¿cómo puedes pedir prestado el saber? ¿Cómo puedes pedir prestado el ser? Si el conocimiento ha de ser auténtico, ha de pertenecer a la naturaleza del ser.

Georges Gurdjieff solía preguntar a la gente, a los buscadores que iban a verle... lo primero que les preguntaba era: «¿Qué es lo que te interesa: los conocimientos o el ser? Porque aquí no nos preocupamos de los conocimien-tos; aquí te vamos a dar el ser... tú eliges. Si deseas conocimientos, vete a otra parte. Si anhelas el ser, quédate aquí. Pero opta por uno u otro».

¿Qué diferencia existe entre «ser» y «conocimiento»? La misma que entre «conocimiento» y «saber». Los conocimientos son algo que te ha sido añadido. No son tu vivencia, sino que más bien cargas con ellos. Siempre verás al hombre de conocimientos cargado, agobiado, llevando a cuestas sobre sus espaldas montañas de conocimientos. Verás su rostro muy serio, mortalmente serio, y su corazón aplastado por completo bajo su carga.

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El hombre de saber es ligero. No carga con nada. Puede volar por el cielo. La fuerza de gravedad de la Tierra no le afecta. La Tierra no le atrae porque la Tierra sólo puede atraer lo pesado. Está en la Tierra, pero no es de la Tierra. Ese es el significado del dicho que Jesús repite una y otra vez: «Mi reino no es de este mundo...». Es de algún otro mundo: del mundo del ser, de la eternidad.

Si comprendes correctamente la diferencia, recuerda no seguir nunca el camino del conocimiento. Sigue el camino del saber, del ser, porque sólo entonces ganarás algo. No obtendrás más información, sino que «serás» más. Este es el punto crucial que hay que entender: has de «ser» más.

Tu pobreza no es pobreza de información; tu pobreza es pobreza de «ser». Eres pobre y ocultas esa pobreza acumulando cosas. Y los conocimientos también son objetos: palabras, teorías, filosofías, sistemas, teologías... todo «cosas»; sutiles, abstractas, pero «cosas». No estás creciendo; sigues siendo el mismo y te creas la ilusión de que «sabes».

Has de comprender estos sutras de Lao Tse bajo esa luz.

Sin salir de la puerta de tu casa puedes saber lo que ocurre en el mundo.

Porque, en lo profundo, tú eres el mundo. El mundo no es nada, pero tú eres grande. En realidad, no hay ninguna necesidad de ir a ninguna parte para averiguar nada. Si te conoces a ti mismo habrás conocido a la humanidad entera; si conoces tu ira habrás conocido todas las iras; si conoces tu violencia habrás conocido todas las violencias. No hay ninguna necesidad de ir a

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Vietnam, no tienes necesidad de ir a Corea, ni a Palestina, ni a cualquier otra parte.

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Si conoces tu propia violencia habrás conocido todas las violencias. Si descubres tu propio amor, habrás descubierto todos los amores, toda la historia del amor. Incluso lo nunca escrito, lo nunca conocido, incluso eso lo conocerás porque ¡tú eres la semilla!

Es como coger una gota de agua del océano y analizarla. Si lo haces conocerás todo el océano porque en esa pequeña gota se encuentra comprimido todo el océano; es un océano en miniatura. Si analizas la gota y descubres que consiste en H20, sabes que todo el océano consiste en H20. NO hay ninguna necesidad de continuar analizando toda el agua; una gota es suficiente. Si descubres el sabor de una gota, su sabor salado, sabrás que todo el océano es salado... y esa gota eres tú.

Sin salir de la puerta de tu casa puedes saber lo que ocurre en el mundo.

Porque tú eres el mundo —un mundo atómico— y todo está sucediendo en ti. Puede que en el mundo suceda a una escala mayor, puede que haya más cantidad, pero la cualidad es la misma. Entendiéndote a ti mismo, lo com-prendes todo.

En los Upanishads se cuenta una hermosa historia:

Un joven, Swetketu, regresaba de la casa de su gurú —de sugurukul, la familia del gurú— después de su aprendizaje y, claro, siendo como son los jóvenes, se sentía muy orgulloso de lo que había aprendido. Se sentía altivo, egoísta. Su padre, el sabio Uddalak, lo vio acercarse. Estaba llegando, entrando en el pueblo, y su padre lo miraba desde una ventana. El padre se sintió triste: «Esto no es aprender. Se ha convertido en un hombre de conocimientos.

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¡Esto no es saber!». Uddalak se dijo a sí mismo: «No le había enviado para esto. Se ha equivocado; ha perdido el tiempo». Porque la sabiduría es humilde... no humilde en el sentido de «opuesta al ego», no. No guarda ninguna relación con el ego; ni siquiera es su opuesto porque incluso el opuesto contiene algo de ego.

Al percibir la falta de humildad de su hijo, el padre se puso muy, muy triste. «Se ha vuelto mayor y aquí llega este muchacho tras haber desperdiciado muchos años de su vida... ¿Por qué parece tan orgulloso?» El saber siempre te vuelve humilde.

... Esta palabra —humilde— es hermosa. Proviene de la raíz «humus», que significa «terroso, de la tierra, modesto». Y es también la raíz de las palabras «humano» y «humanidad». Sólo te vuelves humano cuando te vuelves humilde; sólo te vuelves humilde cuando eres de la tierra —de la tierra en el sentido de modesto, simple, no condicionado, sencillo...

«Aquí viene mi hijo muy orgulloso y altivo... Ha de haberse convertido en un hombre de conocimientos.» Y, efectivamente, se había convertido en uno. Se acercó y tocó los pies de su padre, pero era simplemente una formalidad. ¿Cómo va a querer postrarse alguien que se ha vuelto tan egoísta?

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—Swetketu, veo tu cuerpo arrodillado, pero no a ti. ¿Qué desgracia te ha sucedido? ¿Por qué pareces tan orgulloso? El hombre sabio es humilde, Swetketu. ¿Has oído hablar de ese Uno, conociendo al cual lo conoces todo? Swetketu contestó:

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo puedes conocerlo todo conociendo sólo una cosa? ¡Qué absurdo! He aprendido todo lo que puede aprenderse en la universidad. Me he vuelto tan experto cómo es posible volverse en cualquier tema de los que allí se enseñan. He agotado todas las

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posibilidades del aprender. Cuando mi maestro me dijo: «Ahora lo sabes todo y puedes regresar a casa», entonces, y sólo entonces, regresé. Pero de lo que estás hablando, de ese «Uno», nunca he oído hablar. Nadie me habló de él en la universidad. Aprendimos gramática, lengua, historia, mitología, filosofía, teología, religión, poesía..., todo lo que el hombre conoce lo he aprendido. Soy muy bueno y he logrado la calificación más alta que puede dar la uni-versidad..., pero nunca he oído hablar de ese «Uno». ¿De qué me estás hablando? ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo puedes conocerlo todo conociendo sólo una cosa?

Uddalak le dijo:

—Sí, ese Uno eres tú, Swetketu. Tat twamasi —Eso eres tú—. Si conoces ese Uno, lo conoces todo, mientras que todo lo que ya conoces es basura. Has desperdiciado tu energía. ¡Vuélvete! No regreses nunca a menos que hayas conocido ese Uno, a través del cual lo conoces todo. Porque —dijo Uddalak a su hijo— en nuestra familia nadie ha sido brahmán sólo de nombre. Nos llamamos brahmanes porque hemos conocido a Brahma. Si no conoces ese Uno, no perteneces a nuestra familia. ¡Vuélvete!

Ese Uno eres tú. Eso eres tú. Una semilla muy pequeña, casi invisible para ti mismo. A menos que investigues con detenimiento y durante largo tiempo, con perseverancia y paciencia, no Lo encontrarás. Esa semilla está dentro de ti, es tu esencia interior y todo este inmenso mundo no es más que tú mismo desplegado en un gran lienzo. El hombre es la humanidad. Tú eres el mundo. Dice Lao Tse:

Sin salir de la puerta de tu casa puedes saber lo que ocurre en el mundo. Sin mirar por la ventana puedes contemplar el Tao del cielo.

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No es necesario mirar por la ventana... las ventanas son tus sentidos: tus ojos, tus oídos, tu olfato... Esas son las ventanas. No hay necesidad de mirar por esas ventanas.

Sin mirar por la ventana puedes contemplar el Tao del cielo.

En tu interior puedes ver lo Último... ¿Has visto las estatuas del Buda sentado en silencio con los ojos cerrados, inmóvil? En la India se cuentan historias de gente que permaneció meditando durante tanto tiempo que los pájaros llegaron a posarse sobre ellos y a anidar en su pelo. O que las hormigas se acostumbraron tanto a recorrer sus cuerpos que llegaron a olvidarse de que

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aquello era un hombre sentado y empezaron a vivir allí. ¿Qué hacía esa gente? Las enredaderas se extendían sobre sus cuerpos creyendo que les ofrecían una base segura. ¿Qué estaban haciendo allí con aquella inmovilidad? No estaban haciendo nada. Al cerrar todas sus ventanas estaban contemplando el esplendor de esplendores: se estaban contemplando a sí mismos. Y eso es un misterio tan tremendo, algo tan hermoso, que no podrás encontrar nada en la vida que pueda igualársele —en ninguna otra parte— porque dondequiera que vayas y veas lo que veas, lo verás siempre a través de un intermediario. Puedo ver tu cara, pero mis ojos serán los mediadores; ellos me informarán. Nunca podré ver tu cara directamente; siempre será de forma indirecta. Puedo acercarme al rosal y contemplar sus hermosas flores, pero esa belleza será de segunda mano porque mis ojos serán mis informadores, los agentes intermediarios. No puedo contactar directamente con la rosa; los ojos siempre se interpondrán. Los olores me llegarán a través de la nariz. Puedo oír los

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pájaros cantar, pero su canto será siempre de segunda mano... y a menos que obtengas el conocimiento directamente, ¿cómo vas a conocer el Tao del cielo? ¿Cómo podrás conocer Lo supremo, el fundamento mismo de tu ser? Solamente hay una posibilidad para contactar con Lo supremo directa, inmediatamente, sin ningún mediador, y es ésta: hacerlo en tu propio interior. Cierra todas tus puertas y ventanas y ve hacia dentro.

Sucedió:

Una de las mujeres más sabias que ha existido nunca ha sido Rabia Al-Adawia. Era una sufí, una gran mística, incomparable. Solía sentarse en su choza con los ojos cerrados, haciendo algo... nadie sabía qué. Otro místico llamado Hassan fue un día a visitarla. Era por la mañana y el sol empezaba a salir. La belleza era tremenda: los pájaros cantaban y los árboles se sentían felices por ver de nuevo la luz. El mundo entero celebraba la mañana. Hassan, desde fuera, la llamó diciendo:

—¡Rabia, sal! ¡Contempla la gloria de Dios! ¡Qué mañana tan bonita! Rabia le contestó:

—Hassan, más bien haz tú lo contrario: entra y contempla a Dios mismo. Ya sé que eso es hermoso, que es la belleza de la creación, pero no es nada comparado con la belleza del Creador. Es mejor que entres.

No sé si Hassan lo entendió o no, pero así funciona todo. El conocimiento se dirige hacia el exterior. Saliendo, puedes conocer muchas cosas, pero no será más que información de segunda mano. Así es la ciencia; la ciencia siempre es de segunda mano, nunca puede ser de primera mano. Nunca puede tener la frescura de la religión. Por mucho que profundice un Einstein, profundizará en el exterior.

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No podrá refrescarse con ello... Albert Einstein así lo sintió en sus últimos días. Dos o tres días antes de que muriera, alguien le preguntó:

—¿Qué te gustaría ser si Dios te diera la oportunidad de volver de nuevo a la Tierra?

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—La próxima vez, en lugar de convertirme en científico, preferiría ser fontanero. Me gustaría llevar una vida simple y ordinaria. Me gustaría vivir siendo un completo desconocido para el mundo entero. Me gustaría vivir anó-nimamente, sin que nadie supiera de mí, sin que nadie me molestara.

Está dando tientos en la dirección correcta. Está tanteando en la dirección en que, algún día, podrá convertirse en un Buda.

Cuando uno se harta del exterior, se vuelve hacia el interior. Entonces te gustaría cerrar todas las puertas, todas las ventanas, y simplemente descansar en tu interior.

Sin mirar por la ventana puedes contemplar el Tao del cielo.

La ciencia continúa descubriendo leyes y más leyes, pero nunca descubrirán «la Ley». Y «la Ley» es lo que significa la palabra «Tao». La ciencia seguirá descubriendo dioses y más dioses, pero nunca descubrirá «el Dios». «El Dios» es el significado de la palabra «Tao»: lo último, Aquello más allá de lo cual nada existe, más allá de lo cual nada es posible.

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La ciencia continúa haciendo descubrimientos. Y cuantos más descubrimientos realiza la ciencia, más son descartadas y lanzadas a la papelera las antiguas teorías. Eso es lo que, antes o después, les sucederá a todas las teorías científicas. Todas ellas están condenadas a ser lanzadas a la papelera porque desconocen «la Ley». Son sólo reflejos en el lago, no la verdadera luna. La verdadera luna está dentro y el mundo entero actúa a modo de espejo. Al contemplar la belleza de una rosa, ¿has reflexionado nunca sobre si la belleza reside en la rosa misma o es una proyección tuya? Porque en otros momentos, pasando junto al mismo rosal, nada sucede; no pasa nada especial, nada extraordinario. Es sólo una rosa ordinaria. Pero en otro momento, de otro humor, en otro estado mental, de repente adquiere una belleza, una fragancia tal que se transforma en una nueva dimensión. Las puertas se abren y los misterios te son revelados. Lo que sucede es que la rosa actúa, simplemente, como espejo. Ves todo aquello que tú mismo proyectas.

Si te colocas delante de un espejo y te miras en él, el espejo simplemente te refleja; es tu imagen. Si eres feo, reflejará tu fealdad; si eres guapo, reflejará tu belleza. En los momentos en que te sientes feo, todas las rosas se vuelven feas; en los momentos en que estás triste, todas las lunas son tristes; en los momentos en que crees estar en el infierno, la Tierra se convierte en el infierno. Creas la realidad a tu alrededor; proyectas la realidad en tu entorno. Tienes dentro de ti al creador, al Uno, a Aquel al que cuando conoces, lo conoces todo.

Por eso, durante siglos los pensadores han estado intentando definir qué es la belleza estéticamente hablando... y no han podido definirla. No han podido porque no existe exteriormente; es una proyección del interior. La rosa no es bonita; eres tú el que crea la belleza a su alrededor.

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Es como un clavo; tú cuelgas de él la belleza. Tú la vuelves bonita. Por eso, cuando el poeta pasa junto a la rosa, la ve muy hermosa, ¡tan hermosa que parece irreal! Y cuando pasa junto a ella el científico —sin fijarse en absoluto

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en que el rosal está florido—, la rosa no existe. Y cuando pasa el hombre de negocios, mira la rosa y piensa cuánto podría ganar si la vendiera. Entonces viene el niño que la arranca y juega con ella unos instantes para olvidarse luego y continuar su camino... La rosa no es nada. Eres tú quien le da su significado. Cada día acude a mí gente que insiste en preguntarme una y otra vez, de mil maneras: «¿Qué sentido tiene la vida?». La vida no tiene sentido alguno. Eres tú el que le da un sentido. Tú creas su significado. Un «sig-nificado» no es un algo objetivo, de manera que no lo busques, no le pidas un significado. Si sigues buscándolo llegarás a dar con la verdad: la vida carece de todo significado.

Así es cómo, en Occidente, los existencialistas han descubierto que la vida no tiene sentido... pero se han detenido ahí, lo cual es una gran desgracia. En Oriente también lo sabemos, pero no nos hemos detenido ahí. Buda también descubrió que la vida no tiene un significado, pero no se detuvo ahí. ¡Esto es quedarse a mitad de camino! La vida no tiene sentido, pero eso no significa que tu vida no deba tenerlo, no. La vida no tiene sentido si tú no le das esc sentido. En ella no se oculta ningún significado; el significado se lo has de dar tú. Has de proyectar todo tu ser en la vida; entonces vibrará con un sentido. Entonces cantará, bailará, se convertirá en divina.

La gente me pregunta: «¿Dónde está Dios? ¿Puedes mostrárnoslo?». Yo no puedo mostrarte a Dios, nadie puede mostrártelo porque a Dios has de encontrarlo tú en tu interior. Entonces podrás verlo en cualquier parte. En-tonces lo verás en la rosa; la rosa se convertirá en el espejo y allí verás a Dios. Un pájaro cantará por la mañana y, de

repente, la nota tendrá una fragancia que nunca tuvo. Habrás sido tú el que haya contribuido a ello, a volverla divina.

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Una vez que descubres a Dios dentro de ti, todo se vuelve divino. Si no Lo has descubierto en ti y continúas preguntando: «¿Dónde está Dios?», si sigues preguntando cuál es su dirección, nunca Le verás. Y todas las direcciones son falsas porque El vive en tu interior; no necesita dirección alguna.

Hay una hermosa historia, muy antigua:

Se dice que Dios creó el mundo y todo era hermoso. Luego creó al hombre y todo se volvió horrible. Con el hombre apareció el infierno. Y el hombre empezó a quejarse de manera que a Dios le resultaba casi imposible dormir o trabajar... ¡tanta gente había! Todos llamando a Su puerta, de noche y de día... se convirtió en una pesadilla. Debió de pensar muchas veces en destruir al hombre para que el mundo recobrara la paz.

Pero entonces, algunos sabios consejeros le dijeron:

—No hay ninguna necesidad de destruir al hombre. Simplemente cambia de residencia. No vivas más aquí en la Tierra.

... Él solía vivir aquí; por tu culpa tuvo que mudarse... Dios les preguntó:

—¿A dónde he de ir? Un consejero le dijo:

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Dios le contestó:

—¡Qué va! Antes o después, llegará allí un hombre llamado Hillary. Subirá allí y todo empezará de nuevo.

Entonces alguien le dijo: 24

—Vete a la Luna. Dios le replicó:

—¡Qué va! todo esto no me servirá de nada. Más pronto o más tarde, el hombre llegará a todas partes. Sugeridme un lugar del que él no pueda sospechar siquiera.

Entonces un anciano consejero se le acercó y le dijo algo al oído. El asintió diciendo:

—Sí, tienes razón.

El viejo le había sugerido:

—Entonces escóndete dentro del hombre. Nunca lo sospechará. Te buscará por todas partes excepto en su propio mundo interior.

Es una bonita historia; casi real... no es historia, pero sí una verdad. Sin mirar por la ventana puedes contemplar el Tao del cielo.

Cuanto más empeño pones en obtener la sabiduría, menos sabes.

Parece paradójico, pero sólo lo parece. No lo es. Es un hecho muy simple: cuanto más persigues la sabiduría, menos sabes. Fíjate en los pandits; saben muchas cosas, pero si miras en sus ojos —míralos: ni siquiera un reflejo— no verás ni asomo de sabiduría. Quédate en su compañía y no encontrarás nada. Están vacíos, son completamente falsos, sin nada en su interior. Son sólo un hueco pintado, una oquedad decorada... decorada con muchas escrituras, con las palabras de Aquellos-que-han-sabido. Pero todo es prestado, todo está muerto. Y rodeados de estas palabras muertas casi han muerto también ellos. 25

Ve a un erudito y saborearás el polvo a su alrededor. Te parecerá muy, muy viejo, anciano, casi en las últimas y no encontrarás en él la frescura que es parre de la vida. En él no verás a un río vivo, que fluya adentrándose siempre en lo desconocido. El conocimiento es una limitación; por inmenso que sea es una limitación. Por esto Sócrates dice: «Cuando era joven creía saberlo todo. Cuando empecé a madurar algo, comencé a tener mis dudas, hasta que me di cuenta de que no sabía tanto. Cuando me fui volviendo viejo comprendí que no sabía nada en absoluto».

Pero entonces, el oráculo de Delfos declaró que Sócrates era el hombre más sabio que había en la Tierra. La gente que se enteró acudió a Sócrates diciéndole:

—¡Qué paradoja! ¡Estamos confundidos! ¿Quién tiene razón? Si el oráculo está en lo cierto entonces eres tú el que se equivoca; si tú tienes razón, entonces el que se equivoca es el oráculo. Y ninguno de los dos podéis estarlo. Creemos en ti, te conocemos, hemos estado contigo, tenemos la sensación de que dices la verdad, que lo que afirmas no es una mentira. Pero el oráculo, el oráculo

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divino, nunca ha dicho una mentira. Todo lo que ha predicho el oráculo de Delfos ha resultado siempre cierto. De manera que estamos en un apuro. ¡Ayúdanos! Dices no saber nada..., en realidad afirmas saber únicamente esto: que no sabes nada. Y entonces aparece el oráculo diciendo que Sócrates es el hombre más sabio de la Tierra.

Sócrates les dijo:

—Ha de haber algún error, porque yo sé más de mí que cualquier otro y afirmo, de nuevo, que no sé nada. Al menos puedo permitirme decir esto: «Sé que no sé nada». Nada más. Id y preguntad de nuevo al oráculo. Habréis entendido mal. O bien no lo habéis interpretado correctamente o... ¡Id de nuevo!

Ellos fueron de nuevo y preguntaron al oráculo. El oráculo se rió y les dijo: —Por eso decimos que él es el hombre más sabio de la Tierra: porque sólo sabe que no sabe nada.

No es ninguna paradoja. Eso es lo que dice el sabio, el que ha comprendido que el conocimiento es fútil, que el conocimiento no sabe nada, que el conocimiento es basura, que el conocimiento carece de cordura por muy lógico que simule ser... Sólo lo finge.

Cuanto más empeño pones en obtener la sabiduría, menos sabes.

¿Por qué sucede así? Porque cuanto más persigues el conocimiento, más te alejas de ti mismo. Cuanto más te esfuerzas por buscar la Verdad en alguna parte fuera de ti, más te estás alejando de ella, más te alejas del Todo en tu búsqueda del Todo, más te alejas de ti en busca de tu verdadero ser, más te alejas de tu conciencia.

¿Qué estás buscando? Eso que estás buscando se halla en tu interior. La religión es la búsqueda de Eso que ya es tuyo. La religión es ir en pos de Eso que es ya tu realidad.

Si continúas alejándote de ti mismo más y más, cada vez sabrás menos... aunque creas saber cada vez más. Conocerás las escrituras, palabras, teorías, y con esas palabras podrás ir hilando, tejiendo, más y más cábalas y haciendo castillos en el aire..., pero no serán más que aire, abstracciones. No existen, están hechos del mismo material del que están hechos los sueños. Los pensamientos y los sueños están hechos del mismo material. Son olas en la superficie de un océano; carecen de toda sustancia. Si quieres conocer la Verdad has de regresar a casa.

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Yo siempre digo: «Búscalo y te Lo perderás. No busques y Lo encontrarás». Porque el esfuerzo mismo del buscar significa que das por seguro que no Lo tienes contigo. Desde el comienzo, tu búsqueda está condenada al fracaso. Un día, buscando, indagando, acumulando conocimientos, te darás de bruces con este hecho: eres un tonto. Te habría ido mejor si, antes de adentrarte en la inmensidad del mundo buscándolo, hubieras mirado dentro de ti.

De nuevo, una pequeña parábola de Rabia Al-Adawia:

Una tarde, con el sol ya poniéndose, los vecinos la encontraron buscando algo en la calle. Todos querían a aquella vieja; por supuesto que todos la creían un poco loca, pero era una buena persona... de manera que todos se pusieron a ayudarla preguntándole qué había perdido.

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—¿Qué estás buscando? Ella les dijo:

—Mi aguja. Estaba cosiendo y perdí mi aguja. ¡Ayudadme, por favor!

De manera que todos se afanaron en ayudarla. Entonces, un hombre, dándose cuenta de que la calle era muy ancha y que la aguja era un objeto muy diminuto, pensó que les resultaría prácticamente imposible encontrarla mientras desconocieran dónde se había perdido. Y acercándose a Rabia le dijo:

—Dinos exactamente dónde la perdiste. Rabia le contestó:

—No me preguntes esto, porque en realidad no la he perdido aquí; la perdí dentro de mi casa.

Todos dejaron de buscar y le dijeron:

—¡Estás loca! Entonces ¿por qué estás buscando aquí fuera, en la calle, si la has perdido dentro de tu casa?

Rabia contestó: 28

—Porque allí está muy oscuro. Aquí hay un poco de luz. ¿Cómo voy a buscarla en la oscuridad? Y ya sabéis que soy pobre, que ni siquiera tengo una lámpara. ¿Cómo voy a buscarla a oscuras? Por eso la estoy buscando aquí, porque todavía queda algo de luz del sol para poder buscarla.

La gente empezó a reírse y a decirle:

—¡Estás completamente loca! Sabemos que es difícil buscar algo a oscuras... La única solución es pedir prestada una lámpara a alguien y buscarla allí.

Rabia les dijo:

—Nunca creí que fuerais tan sabios. Entonces ¿por qué siempre buscáis fuera? Yo simplemente hacía lo que vosotros soléis hacer... Si comprendéis eso, ¿por qué no me pedís prestada una lámpara y buscáis en vuestro interior? Sé que está oscuro...

Esta parábola es reveladora. Tú buscas siempre fuera... y hay una razón: dentro de ti todo está a oscuras. Cierras los ojos y surge la noche cerrada; no puedes ver nada. Y aunque veas algo no es más que parte del exterior reflejándose en el lago interior: un flujo de pensamientos que has recogido del mercado, rostros que vienen y van..., todos ellos pertenecientes al mundo exterior. Simples reflejos del exterior... y la inmensa oscuridad. Te asustas y entonces piensas que es mejor buscar fuera; al menos allí hay luz.

Pero eso no sirve. ¿Dónde has perdido tu verdad? ¿Dónde has perdido tu ser? ¿Dónde has perdido a tu Dios? ¿Dónde has perdido tu felicidad, tu beatitud? Antes de adentrarte en el infinito laberinto del mundo exterior, sería mejor que primero miraras dentro de ti. Si allí no la puedes encontrar, entonces de acuerdo: ve e investiga fuera. Pero eso nunca ha sucedido. Todo aquel que ha mirado en su interior siempre la ha encontrado... porque ya está

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allí. Sólo necesitas echar una mirada, retornar, dar la vuelta a la conciencia. Tan sólo mira en tu interior.

Cuanto más empeño pones en obtener la sabiduría, menos sabes. Por esto, el sabio sabe sin moverse...

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Al ponerte a correr estás perdiendo, desperdiciando tu vida, tu energía, tu oportunidad. Deja de correr, de dar vueltas y vueltas. Deja de correr. De esto trata la meditación: deja de correr y siéntate en silencio con las ventanas y las puertas cerradas; asiéntate en tu interior, descansa interiormente, relájate por dentro, deja que toda la agitación vaya desapareciendo. Y entonces empieza a observar.

Al principio será como andar a tientas, al principio la oscuridad te superará, pero a medida que te acostumbres a ella, todo empezará a cambiar.

Es como cuando llegas del exterior —ha sido un día muy caluroso y ha hecho un sol de justicia— y entras en tu habitación: no ves nada. Todo parece oscuro porque los ojos están acostumbrados al sol, los ojos están acostumbrados a una luz excesiva. De repente, eso cambia. Los ojos tardarán un poco en acostumbrarse; eso es todo. Se necesita paciencia. Cuando vas hacia tu interior no ves nada; no seas impaciente, no digas al cabo de un minuto que todos los Budas son farsantes porque mantienen que la beatitud se encuentra dentro, aunque tú no ves nada.

Sucedió a uno de los pensadores más penetrantes que ha habido nunca en Occidente. Le sucedió a David Hume...

Debido a que una y otra vez leía en las enseñanzas orientales: «Ve hacia dentro. Cierra los ojos. Observa», un

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día pensó: «Probémoslo... aunque sé que no hay nada. Estos orientales están locos, son ilógicos, irracionales, introvertidos. Se engañarán a sí mismos, pero a nadie más». Dijo: «Bien, intentémoslo al menos una vez».

Cerró los ojos tan sólo durante un minuto. Luego los abrió y anotó en su diario: «No hay más que oscuridad, algunos pensamientos flotando, unas cuantas sensaciones, y nada más...».

No seas tan impaciente. Espera. Deja que todo se vaya asentando en tu interior; lleva tiempo. Has estado tan inquieto durante tantas vidas que asentarte te llevará algo de tiempo. Ten un poco de paciencia. No es necesario nada más. No necesitas tratar de aquietarte porque eso lo perturbará todo de nuevo, lo revolverá más. Simplemente no hagas nada, porque si no, causarás nuevas alteraciones. Esto es lo que significa la hermosa frase de Lao Tse: «Wu wei», haz sin hacer nada. Simplemente sin hacer nada, sucede; eso es hacer sin hacer. Simplemente cierra los ojos y espera, espera, espera, y verás cómo se desmoronan, cómo se asientan, capas y capas de perturbaciones; todo se va asentando. Y aparece el silencio. Lentamente, la oscuridad se va convirtiendo en luz y conoces a ese Uno, conociendo al cual todo es conocido. Porque ese Uno es la semilla. Eso eres tú, Swetketu.

Por esto, el sabio sabe sin moverse, comprende sin ver, hace sin hacer.

Y ése es el logro supremo: todo lo logras sin hacer nada en absoluto. Recuérdalo: hagas lo que hagas, no podrás ir más allá de ti mismo. ¿Cómo podrías? Lo que

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«tú» hagas estará siempre por debajo de ti; no podrá ser superior a ti. Todo lo que «tú» hagas será parte de tu mente; no puede trascenderla. Hagas lo que

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hagas, será el ego el que lo hará; no será tu ser. Por eso, el no-hacer es la úni-ca manera de actuar.

Sentado en quietud, sentado en silencio, sin hacer nada, la hierba crece por sí sola.

Y entonces, el esfuerzo, tu hacer, es calmo. Un tremendo e inmenso silencio desciende en ti...

Hace unos días estaba leyendo un poema japonés. Uno de sus versos caló en mí muy profundamente, se convirtió en parte de mi corazón. Reza así:

Sin un solo pájaro cantando, la montaña está, si cabe, más quieta.

Cuando no hay ningún «hacer», cuando incluso los pájaros dejan de cantar, cuando no hay nada, cuando todo está tranquilo y sosegado, de repente adquieres conciencia de que, desde el comienzo mismo, nada te ha faltado. Siempre has sido Eso que andabas buscando. De repente comprendes: el Señor de los señores está ahí sentado en el trono. Y empiezas a reírte.

Cuando Bokuju se Iluminó... ¿Iluminó? No te tomes esa palabra muy en serio. No es nada seria; es la risa suprema, la broma suprema...

Bokuju se Iluminó y empezó a reírse a carcajadas; se volvió loco. La gente se congregó a su alrededor y empezó a preguntarle:

—¿Qué te ocurre? Por favor, dinos qué te ha pasado. Él les dijo:

—No me ha pasado nada. Estaba loco, buscando y rebuscando Eso que ya estaba en mí.

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Más tarde, cuando la gente le preguntaba a Bokuju: «¿Qué hiciste cuando te Iluminaste?», él les respondía:

—Me reí... y a carcajadas. Y aún no he dejado de reírme. Tanto si me oís como si no, no importa: aún no he dejado de reírme.

¡Qué chiste! Lo tienes ya y sin embargo Lo buscas y rebuscas sin encontrarlo... no porque no estuviera ahí, sino porque Lo tenías tan cerca de ti que no podías verlo.

Los ojos pueden ver lo lejano, los ojos pueden ver lo distante, porque los ojos necesitan perspectiva. Las manos pueden tocar lo diferente y distante; los oídos pueden oír lo que les es exterior... Por eso, Lao Tse dice que él com-prende sin ver, porque ¿cómo vas a verte a ti mismo? ¿Quién verá a quién? El veedor y lo visto son, ahí, uno. Los ojos no son necesarios. ¿Quién verá? ¿Quién hará el esfuerzo? Será como un perro persiguiendo su propia cola, ¡una absoluta tontería!...

Y esto es lo que estás haciendo: persiguiendo tu propia cola. Detente y date cuenta de que es tu propia cola. No tienes por qué perseguirla. Persiguiéndola no la alcanzarás. Persiguiéndola no la tendrás. Dejando de perseguirla, la alcanzarás.

... hace sin hacer.

Y entonces el tiempo desaparece. Entonces desaparece todo conocimiento, porque los conocimientos son para saber algo, los conocimientos son el instrumento del saber. Una vez sabes, no tiene sentido mantener el instrumento; simplemente desaparece.

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El tiempo desaparece porque el tiempo existe debido a tu frustración. Tu frustración lo genera para poder albergar

esperanzas de futuro y, en cierta manera, soportar y tolerar esa frustración y consolarte.

Mente y tiempo no son dos cosas, sino dos aspectos de lo mismo. Cuando ambos desaparecen, por primera vez eres en tu absoluta gloria. Digámoslo así: te has convertido en un Dios, en un Buda.

Y si les preguntas A-los-que-han-ningún esfuerzo por tu parte. Es tu esfuerzo el que ha creado todo el enredo.

Deja de esforzarte, siéntate en silencio y observa tu propio interior: wu wei. Despertado te dirán todos lo mismo: Lo has de lograr sin hacer

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CAPÍTULO 2

¡No HAGAS NADA!

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Primera pregunta:

¿No es la búsqueda de la Iluminación una búsqueda egoísta?

Sí, lo es. La más egoísta. No hay otra igual; es incomparablemente egoísta. Y has de ser egoísta; no hay otra manera de ser. Todas las enseñanzas que insisten en que no seas egoísta no te han ayudado en nada; más bien han desviado tu ser, te han vuelto antinatural.

El yo es tu centro y ser egoísta es la única manera de ser. Cuanto más intentas no ser egoísta, más excéntrico te vuelves... —La palabra «excéntrico» es hermosa; significa, simplemente, «des-centrado»—. Entonces dejas de tener tus raíces en ti, entonces dejas de estar conectado con tu ser. Y el hombre que no está conectado con su ser vive una vida falsa, una vida artificial. Toda su vida es más un sueño que una realidad.

Realmente no puedes evitarlo. En tu interior eres egoísta. A lo sumo puedes volverte un hipócrita.

Intentas no ser egoísta, pero eso es imposible. Aunque te esfuerces por no serlo, continuarás siendo egoísta. De esta manera creas una dualidad, un conflicto y todo lo que dices superficialmente, lo niegas en tu interior. ¡Y bien lo sabes! ¿Cómo vas a engañarte a ti mismo? Exteriormente

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dices una cosa; interiormente transmites sencillamente lo contrario. Sucedió:

Mulla Nasrudin fue demandado ante los tribunales y el juez le preguntó: —¿Duermes con esta mujer, Nasrudin?

Nasrudin contestó:

—No, señoría; en absoluto. ¡Ni siquiera un segundo!

Ésta es la situación. Dices algo e inmediatamente tu interior lo contradice. Te conviertes en una contradicción. Te vuelves tenso. Tu vida se convierte en una profunda angustia, en un sufrimiento. Yo te enseño a ser totalmente egoísta porque te enseño a ser natural. Pero si me comprendes correctamente —lo cual es difícil; puedes malin- terpretarme—, si eres realmente egoísta, tu vida desbordará altruismo. Porque cuando un hombre está conectado con su propio ser tiene mucho que compartir, mucho que dar; no es necesario comportarse de manera altruista.

Si estás centrado, eres altruista porque tu amor es desbordante. Tu ser se desborda y has de compartir. Eres simplemente como una flor que rebosa fragancia y la difunde a los cuatro vientos. Estás como preñado; dentro de ti tienes tanto que te ves obligado a dar, a compartir. Y cuanto más compartes, más se desarrolla... pero compartes desde tu centro.

No te estoy diciendo que cuando eres egoísta dejas de ser altruista, no; justo lo contrario: si intentas ser generoso sigues siendo, interiormente, egoísta. Cuando te vuelves totalmente egoísta, en tu vida se manifiesta una generosidad tremendamente maravillosa. Pero ni siquiera eres consciente de

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ella porque si lo eres, es falsa. Lo natural y saludable no requiere conciencia. ¿Eres consciente de tu respiración? Sí...

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a veces. Cuando algo va mal, cuando surge alguna enfermedad, cuando la respiración no es como debería ser, entonces prestas atención, entonces te alarmas, entonces eres consciente. Si no, la respiración pasa desapercibida. De día y de noche, durante las 24 horas, tanto si estás dormido como despierto, tanto si estás enamorado como si odias, tanto si te mueves como si te sientas, hagas lo que hagas, la respiración continúa. No depende de que seas consciente de ella... Y tienes suerte de que no dependa de tu conciencia, porque si no, estarías ya muerto. Si tuvieras que cuidarte de ella, si tuvieras que mantenerla, haría mucho que se habría detenido.

La generosidad debería ser como la respiración. Centrado, surge automáticamente. La generosidad no es lo opuesto al egoísmo; la generosidad es el subproducto de ser totalmente egoísta. Eso es lo que te enseño. Y todas las iglesias, todas las religiones, y todos los sacerdotes y predicadores, han estado enseñándote exactamente lo contrario. Han corrompido a la humanidad, han envenenado vuestras mentes.

Ni siquiera puedes centrarte y estás intentando ayudar a los demás, tratando de serles útil. En lo único que los puedes ayudar, fundamentalmente y en primer lugar, es a estar centrados y conectados interiormente.

Sí, la Iluminación es una búsqueda egoísta. Esta es la mitad de la respuesta que quisiera darte. Ahora va la otra mitad: debido a que la Iluminación es una búsqueda egoísta —la más egoísta, incomparablemente egoísta— no podrás alcanzar la Iluminación buscándola. Buscarla te convertirá en un buen hombre, sabio, compasivo, y mil y una cosas, pero no hará que te Ilumines.

Para mí existen tres tipos de personas. Una: la mal llamada «persona religiosa», el hombre moral, el puritano, el mal llamado «buen hombre» que intenta ser generoso

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aunque sigue siendo egoísta. Dos: la persona que sabe que no hay ninguna otra manera de ser; la que sabe que ser egoísta es la única forma, la que centrándose deja de ser egoísta, la que a través del egoísmo alcanza la ausencia de egoísmo —como subproducto; sin hacer esfuerzo alguno para lograrlo—. Y la tercera persona, la que no es ni egoísta ni altruista: el Iluminado, aquel que trasciende la dualidad, aquel que trasciende incluso el ego.

No hay ningún «yo» oculto en tu interior. Oculto tras de ti no hay nada. Sólo el vacío, aquello que Buda denomina sunyata, la nada absoluta.

De manera que la segunda parte de la respuesta es: no puedes lograr la Iluminación buscándola. En eso, todas las búsquedas fracasan, porque hasta que el buscador desaparece, la Iluminación no es posible. Y ¿cómo va a desaparecer el buscador si hay una búsqueda? ¿Cómo va a desaparecer el buscador si sigue existiendo un «yo»? No es posible. ¿Qué sucede entonces? ¿Cómo puede Iluminarse un hombre? Buscando y buscando hasta que llega un momento en que comprende el absurdo de su búsqueda. Puedes buscar

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algo que no tienes, o algo que esté en el futuro, pero ¿cómo puedes buscar algo que ya tienes? Buscándolo, lo pasarás por alto.

¿Cómo puedes buscar al buscador mismo? Un buscado puede buscar cualquier cosa, excepto a sí mismo. Intenta buscarse a sí mismo es absurdo. ¿Cómo va a buscarse a s. mismo el buscador? Para que exista una búsqueda ha de haber una distancia entre el buscador y lo buscado. Cuando no hay separación —y realmente no la hay— el buscador es lo buscado. Cuando lo comprendes... y lo comprendes después de mucho buscar, recuérdalo. No dejes de buscar; no te estoy diciendo eso. Te das cuenta después de muchos fracasos, cuando pierdes toda esperanza. Sólo lo comprendes cuando has buscado de todas las

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maneras posibles, cuando has hecho todo lo que has podido, cuando no has dejado sin remover una sola piedra, cuando has buscado por todos los rincones, cuando has hecho todo lo posible, cuando no queda nada por hacer. Entonces, simplemente te sientas. Las ganas de buscar han desaparecido. No te queda esperanza alguna, ninguna posibilidad de alcanzar esa meta en la vida. En un momento de frustración absoluta abandonas toda búsqueda... Así le sucedió a Buda; así me sucedió a mí; así es como sucede siempre.

¡Es necesario que hagas un tremendo esfuerzo! No te estoy diciendo que dejes de buscar ahora mismo; ¿cómo vas a dejar de buscar si no has empezado? Esfuérzate al máximo. Inténtalo de todas las maneras posibles, implica toda tu energía en ello..., pero no te estoy diciendo que así Lo consi-gas. Si no lo haces, nunca Lo lograrás; intentándolo así, nadie Lo ha logrado nunca. Tendrás que pasar por ello.

Empieza y llegará un instante en que te veas libre de todas las ganas de buscar, de indagar. De repente, te vuelves hacia tu interior... porque siempre has buscado en el exterior. Buscas siempre mirando hacia otra parte, rebuscas por todos los rincones, buscas en todas direcciones... pero en ti hay algo que trasciende todas las direcciones. Puedes llamarlo la undécima dirección.

En tu interior existe algo que no es necesario buscar, sino reconocer. Sucede en un instante... ni siquiera en un instante: en una fracción de segundo... ¡Y ni siquiera eso! No sucede en el tiempo.

Cesa la búsqueda, el buscador desaparece y de repente ¡Eso está ahí! Siempre ha estado ahí.

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Segunda pregunta:

¿Cuál es la diferencia entre conocimiento y sabiduría... y comprensión?

Hay mucha diferencia... y la diferencia no es cuantitativa, es cualitativa. El conocimiento es una creencia. El conocimiento es la experiencia de otro, no tu propia experiencia. Te dicen que hay un Dios y tú lo crees. Eso es conocimiento. Un joven puede tener muchos conocimientos; no hay ningún problema. Necesitas una buena memoria, necesitas esforzarte un poco. Algún día, los ordenadores podrán hacerlo: llevarás un ordenador en tu bolsillo y no tendrás necesidad de cargar tu cabeza con bibliotecas de libros; el ordenador almacenará todo el conocimiento. Recuérdalo: pronto los ordenadores reemplazarán todos tus conocimientos. El pandit desaparecerá del mundo; el

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ordenador ocupará su lugar. Y digo «su» a propósito, intencionadamente, porque un pandit es una máquina, no un hombre. Eso es todo lo que has estado haciendo con el cerebro: alimentarlo con información.

Todo conocimiento es prestado. Otros lo han experimentado y tú crees que debe de ser cierto. La sabiduría llega a través de tu propia experiencia. «Conocimiento» equivale a «acumular»; la sabiduría también es acumular. Pero el conocimiento es acumular las experiencias de otros mientras que «sabiduría» es acumular tus propias experiencias. Un joven nunca puede ser sabio. Puede ser erudito, pero para ser sabio se necesita tiempo. Las personas de más edad son sabias porque han tenido que pasar por experiencias. Puede que hayas leído muchos libros sobre el amor y puede que sepas mucho sobre él —lo que otros han dicho sobre él— pero para conocer el amor tendrás que experimentarlo, lo cual te llevará tiempo. Para cuando

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sepas algo sobre el amor tu adolescencia, tu juventud, habrán pasado. Serás viejo, pero sabio.

La vejez es sabia; la juventud puede ser erudita. La sabiduría es la acumulación de las propias experiencias; el conocimiento es la acumulación de las experiencias de los demás.

Y entonces, ¿qué es comprensión? La comprensión no es acumulativa. ¿Qué diferencia hay entre creer en la experiencia de otro y creer en la tuya propia? Esa experiencia procede del pasado. Ha dejado de ser actual y, mientras, tú has cambiado mucho. Todos estamos cambiando a cada momento. Un anciano que diga: «En mi juventud experimenté esto», está hablando de otro porque él ya no es él mismo.

La sabiduría se encuentra algo más cercana que el conocimiento, pero no muy próxima. La comprensión no es acumulativa; ni acumulas las experiencias de otros ni tu propia experiencia. No necesitas acumular, sino que creces. La comprensión es siempre fresca; la sabiduría ha acumulado algo de polvo y vejez, la sabiduría pertenece siempre al pasado, a tu propio pasado. El conocimiento también es del pasado..., del pasado de otros. Pero, en resumen, ¿en qué se diferencian?... Porque tu propio pasado está lejos de ti como el pasado de cualquier otro; ya no eres el mismo. A cada momento el río está fluyendo —dice el viejo Heráclito— y no puedes adentrarte dos veces en el mismo río. No puedes recorrer dos veces tu propia juventud; has acumulado algo a través de tu experiencia y es tuyo.

El conocimiento puede ser eliminado al igual que la sabiduría. Pueden ser eliminados de tu cerebro, eliminados completamente de tu mente. La comprensión nunca puede ser eliminada de tu cerebro; no es parte de él, no es acumulativa. Todo lo acumulativo es acumulado en el cerebro, pero la comprensión forma parte de tu ser; no puede ser

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eliminada. A Buda no puedes hacerle un lavado de cerebro; en realidad, él mismo se lo ha hecho ya, él mismo se ha limpiado. ¿Cómo vas a limpiarlo tú? Él no acumula; vive momento a momento. Viviendo, su ser crece. Si viviendo,

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tu conocimiento aumenta, es sabiduría; si viviendo, tu ser crece, es comprensión; y si sin vivir, sigues acumulando, es conocimiento.

La comprensión es el verdadero florecimiento de tu ser. Un hombre de comprensión es como un espejo. Un espejo no acumula nada; un espejo vive siempre en el presente inmediato: refleja todo lo que surge ante él.

Tú me preguntas. Tu pregunta puede ser contestada utilizando mi conocimiento, es decir, la experiencia de los demás. Tu pregunta puede ser contestada utilizando mi sabiduría; mi propia experiencia. Tú pregunta puede ser contestada utilizando mi comprensión; entonces soy simplemente un espejo, simplemente respondo. Tú me preguntas —te pones delante del espejo que yo soy— y yo te respondo. Por eso, un hombre de comprensión siempre se sentirá contradictorio, incoherente; ¿cómo va a evitarlo? No carga con el pasado; sus respuestas no surgen de su pasado, sus respuestas están surgiendo en este mismo momento de su ser. Y a cada instante el mundo cambia; es un flujo. ¿Cómo puede servir entonces una antigua respuesta? Aunque las palabras parezcan viejas, la respuesta no puede ser vieja.

La comprensión no es repetitiva ni acumulativa. La sabiduría es acumulativa, repetitiva. El conocimiento es acumulativo, repetitivo. El conocimiento es pura creencia; la sabiduría contiene un poco de experiencia; la comprensión es totalmente diferente. Es tu presencia, tu presencia especular. Es una respuesta. Las personas mayores pueden ser sabias; los jóvenes pueden ser eruditos; sólo los niños pueden comprender.

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Ése es el significado del dicho de Jesús: «Sólo aquellos que sean como niños podrán entrar en mi reino de Dios». Cuando seas como un niño, fresco, sin cargar con ningún pasado, sin cargar con respuestas prefijadas, sin cargar con respuesta alguna..., tan sólo un profundo vacío. Entonces algo resuena en ti. Alguien te hace una pregunta... desde tu memoria no surge contestación alguna, de tu experiencia no surge contestación alguna; tu contestación es una respuesta a este momento. La comprensión siempre es desde el aquí y ahora. La comprensión es lo más hermoso que puede sucederle a una persona. Despréndete del conocimiento y luego despréndete también de la sabiduría. No creas en la experiencia de los demás ni creas en tus propias experiencias... porque pertenecen al pasado. Ya no estás allí; las experiencias han desaparecido. Todo ha continuado fluyendo; el río ha pasado bajo mil y un puentes y ya no es el mismo río aunque lo veas fluir. No es el mismo río; constantemente está cambiando. Todo está cambiando excepto el hecho del cambio. El cambio es el único factor permanente..., así que ¿cómo puedes confiar en el pasado? Si confías en él, siempre te perderás el presente.

Los ancianos, los sabios, siempre están dispuestos a aconsejar a los demás. Están rebosando consejos y nadie los escucha... eso es bueno. Nunca los escuches, porque nunca vivirás las mismas experiencias que ellos han vivido. El río nunca será el mismo de nuevo. Si sigues sus consejos te volverás falso, artificial, no-auténtico; serás una mentira.

Y tampoco escuches nunca a tu propia experiencia porque también estás envejeciendo a cada día. El ayer siempre te estará dando consejos. Surge una

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nueva situación y el ayer aparece. El ayer —el viejo dentro de ti— dice: «Éste es mi consejo: haz esto. Ayer lo hice y resultó

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bien, funcionó y tuviste éxito». No escuches al viejo que hay en ti.

¡Mantente atento! Sé plenamente consciente de la situación. Y no reacciones; responde.

Si todo es nuevo, deja que tu respuesta también sea nueva. Sólo lo nuevo puede encontrarse con lo nuevo, sólo lo nuevo puede resolver lo nuevo, sólo con lo constantemente fresco y nuevo permanecerás vivo y serás fiel a la vida. Tercera pregunta:

Cuando medito sin prefijar un tiempo me doy cuenta de mi gran ansiedad respecto al tiempo. Has dicho que tener conciencia del tiempo es frustración. ¿Podrías explicar este miedo al tiempo?

Éste es el único miedo: el miedo al tiempo. El miedo a la muerte también es miedo al tiempo porque la muerte detiene el tiempo. Nadie tiene miedo de la muerte. ¿Cómo tienes miedo de algo que no has conocido? ¿Cómo puedes tenerlo de lo que es completamente desconocido, de aquello que desconoces, que te es extraño? El miedo sólo puede existir con lo conocido. Cuando dices: «Tengo miedo a la muerte», no temes a la muerte... ¡No la conoces! ¿Quién sabe? Puede que la muerte sea mejor que la vida.

No temes a la muerte; temes al tiempo. En la India tenemos la misma palabra para ambos. Al tiempo lo llamamos kala y a la muerte también la llamamos kala. Utilizamos la misma palabra para ambos: muerte y tiempo. Eso es significativo...; la palabra kala es significativa, dice muchas cosas, porque el tiempo es la muerte y la muerte no es más que tiempo.

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El transcurrir del tiempo significa el transcurrir de la vida. Y surge el miedo. En Occidente el miedo es más acusado; casi se ha vuelto crónico. En Oriente no se tiene tanto miedo. Y la razón es que Oriente cree que la vida continúa para siempre, que la muerte no es el fin, que esta vida no es la única vida. Ha habido miles y miles de vidas en el pasado y habrá miles y miles en el futuro. No hay prisa. ¡Por eso Oriente es perezoso: no hay prisa! Por eso en Oriente no existe una conciencia del tiempo... Uno te dice: «Vendré a las cinco en punto»... y nunca aparece. No siente responsabilidad alguna hacia el tiempo. Y mientras, tú esperas y esperas y él llega al cabo de cuatro, cinco horas, diciéndote: «¿Qué ocurre? No pasa nada por llegar tarde».

En Occidente el tiempo es escaso debido a que el cristianismo y el judaismo — ambos— creen en una sola vida. Eso ha creado toda esa ansiedad. Tan sólo existe una vida... 70 años a lo sumo, de los cuales un tercio los pierdes dur-miendo. Si vives 60 años, 20 los pierdes durmiendo, 20 más en la educación, en esto y lo otro, y los restantes 20 años, trabajando, en tus tareas, con la familia, el matrimonio y el divorcio... ¡Si realmente echas cuentas descubrirás que no hay tiempo para vivir! ¿Cuándo voy a vivir? El miedo te atenaza el corazón mientras la vida pasa. El tiempo se escurre entre tus manos y la muerte se aproxima a cada momento con un ritmo constante. En cualquier momento puede llamar a tu puerta. Y el tiempo es irrecuperable; no puedes volver atrás. Se ha ido, ido para siempre.

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El miedo, la ansiedad, la neurosis del tiempo se están volviendo crónicos, casi como si fueran la segunda naturaleza del hombre occidental... continuamente consciente y temeroso del tiempo que se le escapa.

Fundamentalmente su miedo es: «Todavía no he vivido; el tiempo está pasando y no puedo recuperarlo, no

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puedo volver atrás. Se ha ido, ido para siempre». La vida se acorta cada día que pasa, va menguando y menguando...

El miedo no es a la muerte; tienes miedo al tiempo. Y si profundizas, verás que tienes miedo de la vida que no has vivido. No has sido capaz de vivir. Si vives, entonces no tienes miedo. Si la vida se vive con plenitud, no hay miedo. Si has disfrutado, si has alcanzado lo máximo que la vida puede ofrecerte, si tu vida ha sido una experiencia orgásmica, una poesía profunda vibrando en tu interior, una canción, una fiesta, una ceremonia, si has vivido cada momento plenamente, entonces el miedo al tiempo desaparece, entonces el miedo no existe.

Aun cuando la muerte viniera hoy, estás listo, estás preparado. Has conocido la vida...; en realidad, darás la bienvenida a la muerte porque ahora se abre una nueva oportunidad, una nueva puerta. Un nuevo misterio es revelado: «He vivido la vida y ahora la muerte está llamando a mi puerta. Voy corriendo a abrirla. ¡Entra! Ya que he conocido la vida, me gustaría también conocerte a ti».

Es lo que le sucedió a Sócrates cuando se estaba muriendo. Sus discípulos, naturalmente, empezaron a gemir y a llorar. Sócrates abrió entonces los ojos y les dijo:

—¡Dejad de llorar! ¿Qué estáis haciendo? ¿Por qué lloráis y gemís? Yo ya he vivido mi vida y la he vivido plenamente. Ahora la muerte se acerca y eso me entusiasma. La estoy esperando con mucho amor, deseándola esperanzado. Una nueva puerta se abre, la vida revela un nuevo misterio.

Alguien le preguntó: —¿No estás asustado? Sócrates le contestó:

—¿Por qué debería tener miedo a la muerte? En primer lugar, no sé lo que va a suceder. En segundo lugar, hay

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sólo dos posibilidades: o sobreviviré —con lo cual el miedo deja de ser un problema—, o no sobreviviré —y tampoco en este caso el miedo es un problema—. Si no sobrevivo, no hay ningún problema. Cuando no sea, no podrá haber ningún problema. Y si sobrevivo tal y como soy aquí, si mi conciencia sobrevive, entonces tampoco habrá ningún problema porque todavía estaré presente. También en mi vida hubo problemas y los resolví, de manera que si se presentan otros, los resolveré. Y resolver un problema siempre es una alegría; supone un reto. Aceptas el desafío y lo afrontas. Y cuando lo resuelves, una gran felicidad te invade.

El miedo a la muerte es miedo al tiempo. Y el miedo al tiempo es, en el fondo, miedo a los momentos que no has vivido, a la vida que no has vivido. ¿Qué hacer pues? Vive más y vive más intensamente. Vive peligrosamente. Es tu

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vida, no la sacrifiques por cualquier tontería que te hayan enseñado. Es tu vida. Vívela. No la sacrifiques a cambio de palabras, de teorías, de patrias, de políticas; no la sacrifiques por nada.

Hay muchos que son como carniceros... Han echado sus zarpas sobre ti, te han implantado condicionamientos: «Tu patria está en peligro: ¡has de morir por ella!» —¡qué absoluta tontería!—. «Tu religión está en peligro. ¡Muere por ella!» —¡qué estupidez!—. ¡Es tu vida! ¡Vívela! No mueras por nada más. Mucre sólo por la vida. Éste es el mensaje. Y entonces el miedo desaparecerá. Pero hay gente dispuesta a aprovecharse de ti. Te dicen: «Muere por esto, muere por esto otro». Sólo quieren una cosa: que seas un mártir... y entonces surgirán los miedos.

¡Vive! Y no creas que morir requiere coraje. El único coraje es vivir la vida totalmente; no hay más coraje que éste. Morir es muy simple y fácil. Puedes ir y saltar desde

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un precipicio, puedes colgarte..., ¡es muy fácil! Puedes convertirte en mártir por un país, por un dios, por una religión, por una iglesia... ¡todos carniceros! ¡Todos asesinos!

No te sacrifiques por nada. Estás aquí para ti, para nadie más.

Vive. Y vive en libertad total y tan intensamente que cada momento se transforme en la eternidad. Si vives un momento intensamente se transforma en la eternidad. Si vives un momento intensamente, estás moviéndote sobre el eje vertical; abandonas la horizontal. Hay dos maneras de relacionarte con el tiempo: una es nadar en la superficie del océano; otra es bucear en las profundidades, sumergirte en las profundidades. Si simplemente nadas en el océano del tiempo, siempre tendrás miedo, porque la superficie no es la realidad. La superficie no es, realmente, el océano; es simplemente su límite, su periferia. Sumérgete en las profundidades, baja a las profundidades. Cuando vives un momento profundamente, dejas de ser parte del tiempo. Si estás enamorado, profundamente enamorado, el tiempo desaparece. Cuando estás con la persona que amas, con tu enamorado, o tu amigo, de repente el tiempo desaparece. Estás sumergiéndote en las profundidades. Si amas la música, si tienes un corazón musical, sabes que el tiempo se detiene. Si tienes sentido de la belleza, si tienes sensibilidad estética, sensitividad, miras una rosa y el tiempo desaparece; miras la luna y ¿dónde está el tiempo? El reloj se detiene de inmediato. Las manecillas siguen moviéndose, pero el tiempo se ha detenido.

Si has amado algo intensamente sabes que trasciendes el tiempo. En muchas ocasiones te ha sido revelado el secreto. La vida misma te lo revela. A la vida le gustaría que disfrutaras. A la vida le gustaría que celebraras. A la vida le gustaría que participaras tan intensamente que no te arrepintieras del pasado, que no recordaras el pasado, porque a

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cada instante profundizas más y más, a cada instante la vida se vuelve más bella, más orgásmica, se convierte en tu morada.

Así vive el hombre Iluminado: vive totalmente y momento a momento. Alguien le preguntó a un Maestro zen:

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—¿Qué has estado haciendo desde tu Iluminación? El contestó:

—Saco agua del pozo, corto leña en el bosque...; cuando siento hambre, como; cuando tengo sueño, duermo. Eso es todo.

Pero recuerda que el hombre que ha alcanzado una profunda comprensión de su propio ser, al cortar leña, sólo corta leña. Nada más. En realidad, incluso el leñador desaparece. Sólo está el cortar leña, el talar. El leñador no está ahí porque el leñador pertenece al pasado. Y cuando come, simplemente come. Un gran Maestro zen ha dicho: «Cuando te sientes, siéntate; cuando camines, camina; pero sobre todo, no dudes».

El tiempo es un problema porque no has estado viviendo correctamente. Es simbólico, sintomático. Si vives debidamente, el problema del tiempo desaparece, el miedo al tiempo desaparece.

¿Qué hacer pues? A cada momento, hagas lo que hagas, hazlo con tu totalidad. En lo más simple..., bañándote, sumérgete en el baño por completo, olvídate del mundo entero; al sentarte, siéntate; al caminar, camina... Y, sobre todo, no dudes. Siéntate bajo la ducha y deja que la Existencia llueva sobre ti. Fúndete con esas hermosas gotas de agua que caen sobre ti. Lo más insignificante —limpiar

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la casa, preparar la comida, lavar la ropa, pasear por la mañana...— hazlo de forma total. Entonces no necesitarás ninguna meditación. La meditación no es más que una manera de aprender a hacer algo de forma total. Una vez lo has aprendido, conviertes tu vida entera en una meditación. Olvídate de todas las meditaciones. Deja que la vida sea la única ley, deja que la vida sea la única meditación. Y entonces el tiempo desaparecerá.

Y recuerda que cuando el tiempo desaparece, la muerte desaparece. Entonces no tienes miedo a la muerte. De hecho, la esperas. Simplemente piensa en ello. Si esperas la muerte ¿cómo va a existir la muerte? Esta espera no es sui-cida. Esta espera no es patológica. Ya has vivido tu vida. Y si has vivido tu vida, tu muerte se convertirá en su culminación. La muerte es el climax de la vida, la cumbre, el crescendo.

Has vivido las pequeñas olas del comer, del beber, del dormir, del caminar, del hacer el amor... Has vivido pequeñas olas, grandes olas... y entonces llega la ola mayor: ¡mueres! Tienes que vivirla también de forma total. Y entonces estás dispuesto a morir. Esa misma disposición es la muerte de la muerte. Así es como la gente ha descubierto que nada muere. La muerte carece de fuerza si estás dispuesto a vivirla; la muerte es muy poderosa si le tienes miedo. La vida no vivida le otorga el poder a la muerte. Una vida vivida de forma total absorbe todo el poder de la muerte. La muerte deja de existir. 53

Cuarta pregunta:

¿Estás de acuerdo con el punto de vista que sostiene que la historia se repite a sí misma?

No hay nada que se repita, excepto la estupidez... y la historia es estupidez. Se repite a sí misma.

Referencias

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