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Principio y final

Lao Tse dice:

Lo que yace quieto es fácil de controlar;

lo que no es aún manifiesto es fácil de prever; lo quebradizo como el hielo es fácil de romper; lo menudo es fácil de dispersar.

Trata con las cosas antes de que se presenten; verifica el desorden antes de que se extienda. El árbol que casi no puedes abarcar

nació de una pequeña semilla. El edificio de nueve pisos

empegó como un puñado de tierra. Un viaje de mil li.

da comiendo a nuestros pies. El que actúa malogra.

El que agarra deja escapar.

El sabio no actúa y por eso no echa nada a perder; no agarra y por eso no deja escapar.

Los asuntos de los hombres son, con frecuencia, malogrados

cuando están a punto de ser concluidos. Siendo cuidadoso tanto al comiendo como al final se evita el fracaso.

Por eso el sabio aspira a no tener deseos y no otorga valor a las

cosas difíciles de obtener. Aprende lo que no es aprendido y restituye lo que la multitud ha perdido.

De esta manera deja seguir el curso de la naturaleza y no presume de interferir en ella.

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Una alegoría china trata sobre un monje que buscaba a Buda. Estuvo viajando durante años y años y entonces, finalmente, llegó al país donde Buda vivía. Sólo le quedaba cruzar un río para verse cara a cara con él. Se sentía extático. Preguntó si había alguna barca o bote para cruzar a la otra orilla, pues el río era muy caudaloso. Pero la gente de la orilla le dijo:

—Nadie podrá llevarte allí porque una leyenda dice que el que va a la otra orilla nunca regresa. Nadie se atreverá a llevarte allí. Tendrás que ir nadando. Con mucho miedo, evidentemente, porque el río era muy ancho, pero sin saber de ninguna otra manera, el monje se lanzó al agua. En medio del río vio un cadáver que, flotando, se le acercaba. Se asustó y quiso alejarse de él. Lo

intentó de muchas maneras, pero no pudo. El cadáver resultó sabérselas todas. Intentara lo que intentara, seguía acercándosele. Entonces, al no ver modo alguno de alejarse de él y sintiéndose poseído por la curiosidad —pues el cadáver parecía ser el de un monje budista, con su túnica ocre y su cabeza afeitada—, acumuló todo el valor que pudo y dejó que se le acercara. En realidad, más bien se puso a nadar hacia él.

Le miró la cara y empezó a reírse a carcajadas... porque era su propio cadáver. No podía creer lo que sus ojos veían, pero era él. Lo miró una y otra vez. Era su propio cadáver... Y entonces el cadáver se alejó flotando río abajo y con él desapareció todo su pasado: todo lo que había aprendido, todo lo que había poseído, todo lo que había sido, el ego, el centro de su mente, el «yo»... todo se alejó con el cadáver. Y se sintió totalmente vacío.

Ahora no sentía ninguna necesidad de ir a la otra orilla, no le era necesario ir a la otra orilla porque su pasado había sido engullido de una vez por el río. Él era el Buda

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mismo. Empezó a reírse por haber estado buscando al Buda en el exterior, cuando el Buda estaba dentro.

Y regresó riéndose a la misma orilla de la que se había alejado unos minutos antes, pero nadie lo reconoció. Incluso le dijo a la gente:

—¡Soy el mismo hombre!

Pero ellos se rieron. No era el mismo hombre. Realmente no lo era.

Y ése era el origen de la leyenda: nadie, ni uno solo de los que se dirigían a la otra orilla, regresaba. Todos volvían... pero sin ser ya los mismos. El viejo hombre había muerto y otro completamente nuevo había ocupado su lugar.

Me gustaría que esta alegoría arraigara en tu ser tan profundamente como fuera posible. Ese va a ser tu futuro. Si realmente insistes en viajar hacia la tierra del Buda, en alcanzar lo Ultimo, en conocer lo Supremo, un día u otro llegarás al ancho río donde todo lo que has hecho y todo lo que puedas hacer, todo lo que has poseído y todo lo que puedes poseer, todo lo que has sido y todo lo que puedes ser, todo, será arrastrado por el caudaloso río y llevado, lentamente, hacia el océano. Y quedarás totalmente solo, sin posesión alguna, sin cuerpo, sin mente. En esa solitud florecerá la flor del Buda. Habrás alcanzado la tierra del Buda. Habrás conocido el Tao.

Estos sutras de Lao Tse son métodos para alcanzar la tierra del Buda interior. Ahora, intenta comprender estos sutras.

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Lo que yace quieto es fácil de controlar...

Has estado intentando, de mil y una maneras, contenerte, controlarte, pero no has sido capaz porque tu mente no está quieta. Cuando la mente no está inmóvil, no puedes retenerla. Cuando se aquieta, desaparece, deja de estar presente... y ése es el único modo de contenerla.

No puedes controlar la mente. De hecho los que controlan la mente son aquellos que no tienen mente. Es una equivocación decir «controlar la mente». La gente con mente nunca la controla, no puede hacerlo. Si hay mente, ella te controlará a ti. Sólo si no hay mente puedes controlarla. Y la mente deja de estar presente cuando está inmóvil.

Por esto, cuando alguien dice: «Me gustaría tener la mente quieta, una mente silenciosa, una mente calmada», no saben lo que están diciendo. La mente sólo existe cuando no está inmóvil. No existe algo así como una mente inmóvil. ¡Una mente inmóvil es una no-mente!

¿Has visto alguna vez una tormenta calmada? ¿La has visto nunca? Cuando la tormenta se calma, desaparece. La mente es una tormenta, una agitación. Cuando se aquieta, desaparece. Las olas han desaparecido. Si las olas están allí, la agitación persiste. De modo que, a sabiendas o sin saberlo, si calmas la mente entrarás en un estado de no-mente.

Lo que yace quieto es fácil de controlar...

En realidad, no hay que hacer ningún esfuerzo para retenerlo. Es muy fácil. Decir «es fácil» no es correcto porque «fácil» implica una cierta dificultad, es una categoría dentro de la dificultad. «Difícil» y «fácil» poseen la misma cualidad. Difieren en grado, en cantidad, pero no en calidad.

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No, no es correcto decir «fácil». Por eso, Lao Tse dice una y otra vez que la verdad no puede ser expresada. Cuando es expresada deja de ser verdad... Pero él ha de usar el lenguaje de la misma manera que yo he de utilizar el lenguaje. Y cualquier lenguaje carece de relación alguna con los más profundos fenómenos, con las más profundas experiencias. Todo lenguaje es irrelevante, recuérdalo.

Simplemente usa el lenguaje, utiliza el lenguaje, como indicador. Yo te señalo la luna y el cielo con mi dedo. Mi dedo no es la luna; es un indicador. No te aferres a él, olvídate de él por completo. Si te muestro el dedo, no te estoy señalando el dedo; te estoy señalando la luna; el dedo es irrelevante. Puedo señalarte lo mismo con un palo, con lo que sea. Cualquier cosa sirve de indicador. El indicador no guarda relación alguna con la luna. Todo lenguaje es un indicador. Lao Tse quiere expresar algo que no es precisamente eso:

Lo que yace quieto es fácil de controlar...

Pero él está señalando en la dirección correcta. Si quieres contenerte, si quieres controlarte, si quieres convertirte en Maestro de tu propio ser, si no quieres ser un esclavo, un esclavo de múltiples señores que te manipulan, te dirigen, te controlan, te oprimen, que se aprovechan de ti —tus enemigos, tus amigos, los parientes y amigos íntimos, los rivales—, que tratan de manipularte, de controlarte, si quieres ser tu propio amo, la única manera es calmar tu mente, enlentecer su proceso, ir apagando su locura.

La mente tal como es corre alocadamente. Enlentece su proceso. Persuádela para que vaya rápida, pero sin correr. Luego convéncela de que vaya más lenta y no rápida. Después convéncela de que no ha de estar en marcha, sino

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quieta... Lentamente ve convenciéndola de que ha de ir enlenteciéndose. Y a medida que la mente vaya más despacio podrás distinguir los espacios entre dos pensamientos. Y en esos espacios te encontrarás. En esos intervalos desa- parece un pensamiento mientras otro no ha aparecido aún; una nube se ha ido mientras que aún no ha aparecido otra. Pero entre las dos, en ese intervalo, en ese espacio, puedes ver el cielo azul. Ese cielo azul eres tú.

Y una vez obtienes un vislumbre de quién eres, vas reduciendo más y más la velocidad de tu mente porque es tremendamente gozoso. La actividad de la mente es el infierno, la inactividad de la mente es el cielo. La completa desaparición de la mente es el moksha. En inglés no hay ninguna palabra para moksha; por eso utilizo la misma palabra. Significa: más allá de toda dualidad. Cielo e infierno; ambos. Donde no hay ni dolor ni placer, sino que simple- mente estás tú, en tu pureza, en tu solitud, absoluta.

Lo que yace quieto es fácil de controlar; lo que no es aún manifiesto es fácil de prever...

Recuerda siempre que cuando una enfermedad se ha apoderado de ti, es difícil recuperarte. Puedes curarte, pero te llevará tiempo. Podías haberlo prevenido si te hubieras dado cuenta antes de que se manifestara.

En la Rusia soviética están desarrollando una nueva clase de fotografía, una fotografía con un gran, grandísimo potencial. La llaman «fotografía Kirlian». Kirlian ha desarrollado películas muy sensibles que permiten fotografiar tu aura, tu cuerpo eléctrico. A través de esas fotografías es posible prever si vas a estar enfermo dentro de seis meses. La fotografía te revela ahora si dentro de seis meses puedes ser víctima de la tuberculosis o de lo que sea. No eres, en 253

absoluto, consciente de ello. Ningún médico puede predecirte que vayas a enfermar porque pareces absolutamente sano. La enfermedad no se ha manifestado todavía. No ha alcanzado el cuerpo físico. Ni siquiera ha alcanzado la mente. Todavía está en el cuerpo eléctrico, en lo más sutil de ti, en eso que las religiones han llamado «cuerpo astral».

La palabra «astral» procede de la palabra «estrella». «Astral» quiere decir «cuerpo estelar», hecho de luz. Es el cuerpo eléctrico. Por eso la ciencia de las estrellas se llama «astrología». Ahora Kirlian ha desarrollado un sistema altamente científico para predecir las enfermedades. Y las predice con el 100% de exactitud. Cuando dice: «Esta enfermedad está en camino», nadie lo cree, ningún médico es capaz de verificarlo. No se ve... porque el médico puede examinar, a lo sumo, el cuerpo; ningún psiquiatra puede saberlo porque sólo puede examinar la mente. Se halla aún más profunda, inmanifestada, en el astral. Y Kirlian dice que allí puede ser tratada y que entonces nunca aparecerá. Esto será muy, muy importante en el futuro. Un día u otro, todos los hospitales experimentarán con el cuerpo astral. Únicamente entonces podrán desaparecen completamente las enfermedades porque serán tratadas antes de que se manifiesten en ti, antes de que seas consciente de su existencia. Esto es lo que Lao Tse está diciendo respecto a los más profundos fenómenos de tu ser. Allí también sucede lo mismo. Si reduces la velocidad del proceso podrás darte cuenta: la ira se está aproximando, podrás verla. La ira tiene tres

fases. Primero está en forma de semilla en el astral. Si eres muy consciente podrás presentir la llegada de la tormenta. Aún no se ha presentado, está llamando a la puerta. Llama muy sutilmente, pero puedes oírla. No te das cuenta porque eres una muchedumbre. Dentro de ti hay tanto ruido, tanta charla, que te es imposible oír ese

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sutil sonido. Pero si te silencias un poco te darás cuenta de la ira antes de que te alcance. Entonces puede ser tratada muy fácilmente.

La segunda fase es cuando la ira se ha apoderado de ti. Entonces es casi imposible arrinconarla. De hecho te encuentras tan poseído por ella que no estás presente para controlarla. Cuando estás enfadado, no estás. Sólo hay ira. Todo tu ser es poseído. Puede que sea sólo por un momento, pero te pierdes en ella, te envuelve, y puedes hacer algo de lo que te arrepientas más tarde. Pero eres impotente; te conviertes en un maníaco, en un loco.

Y luego viene la tercera fase, cuando la ira ha desaparecido. Entonces todos nos damos cuenta. Cuando la ira se ha esfumado, incluso el más tonto se da cuenta. Entonces te arrepientes e intentas encontrar excusas a tu enfado, lo racionalizas e intentas aproximarte a la otra parte, a aquel sobre el que has lanzado tu basura, tu ira, para que te perdone, para que te dé el perdón. Esta es la tercera fase. Y en esta tercera fase la gente siempre promete no enfadarse de nuevo, pero sus votos carecen por completo de fuerza. No servirán de nada porque son hechos en la tercera fase, cuando la ira ha desaparecido. Ahí todos somos sabios. Tienes que ser consciente cuando la ira está presente. Es difícil rechazarla, pero si te das cuenta del momento en que se presenta la ira, no harás mal a nadie. Sencillamente la observarás y se evaporará. Si se ha apoderado ya de ti te será imposible rechazarla, pero entonces te dañará a ti y no a los demás. No te enfadarás con nadie; simplemente hervirás de ira y dejarás que se vierta en el vacío, en el cielo. Si te das cuenta en la segunda fase, sólo tú resultarás perjudicado; nadie más. Pero si te das cuenta en la primera fase antes de que se manifieste, ni siquiera te dañarás a ti mismo.

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presta atención a la primera. Cuando sientas el primer atisbo de ira, mantente atento. Cuando sientas sea de codicia, mantente atento. Si pasas de largo por ese punto, entonces te será más difícil manejarlo.

En el primer momento todo es fácil. Se encuentra como semilla. Puedes lanzarla lejos; no has de preocuparte por ella. Pero cuando se convierte en un gran árbol, entonces resulta difícil. Y los árboles que ves son una cosa — puedes cortarlos—, pero la ira, la codicia o el sexo, —los árboles internos— se enredan en tu ser. Cuando los cortas, sangras; cuando los cortas, sufres.

La gente me pregunta siempre: «¿Cuándo comprenderemos de dónde surge tanto sufrimiento? ¿Por qué seguimos aferrándonos a esta miseria?». Esta es la razón: la miseria se ha convertido en parte de tu ser. Si la cortas, sangras. No es como una túnica que puedas simplemente quitarte; es como tu piel. Si te la arrancas, sufrirás. Quizá tu piel esté enferma, quizá tengas un eccema, pero

sigue siendo tu piel. Sufres, pero no puedes arrancártela porque eso supondría un sufrimiento aún mayor. La gente se aferra a la miseria porque al menos así puede aferrarse a algo. Si la miseria desaparece, entonces no habrá a lo que aferrarse. Y, por lo menos, la miseria es conocida y familiar, es un viejo amigo con el que ya has sintonizado, del que sabes que está allí; una antigua enfermedad. Entonces te acostumbras a ella. Te aferras a la miseria porque cortarla supone cortar tu propio ser.

Recuerda siempre darte cuenta de las cosas cuando se encuentran en el estado inmanifestado. Ahora mismo te das cuenta cuando ya han desaparecido, de modo que simplemente te engañas a ti mismo. ¿Cómo vas a darte cuenta de algo cuando ha desaparecido? Te vuelves muy sabio cuando la ira se ha esfumado, pero ¿de qué te sirve? Te vuelves muy, muy sabio cuando has cometido alguna tontería y

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la acción ha sido completada; entonces eres sabio. Esta sabiduría es inútil, esta sabiduría es estupidez. Todos podemos ser sabios así.

Si has de empezar un proceso de verdadera transformación deberías darte cuenta cuando «eso» está ahí. Entonces puedes hacer algo. Y si puedes darte cuenta cuando todavía no ha aparecido, entonces todo puede arreglarse. ... lo que no es aún manifiesto es fácil de prever; lo quebradizo como el hielo es fácil de romper;

lo menudo es fácil de dispersar. Trata con las cosas antes de que se presenten...

Parece absurdo. Tú te das cuenta de las cosas cuando han desaparecido. También Lao Tse dice que has de darte cuenta de las cosas cuando no están presentes... pero antes de presentarse. La diferencia es entre «después» y «antes». Te enfrentas a la ira cuando no está presente, cuando ha desaparecido. Lao Tse dice que te enfrentes a ella cuando todavía no haya surgido, cuando todavía no haya aparecido. Date cuenta de las cosas antes de que surjan y ganarás una calidad de ser totalmente diferente: un ser virgen, inocente, incorrupto.

... verifica el desorden antes de que se extienda.

No esperes y no pospongas. No digas: «Lo haré mañana». El mañana nunca llega. El mañana nunca ha existido, nunca existirá. Es simplemente una imagen en tu mente. Siempre es hoy. Lo que existe siempre es el ahora. Sólo existe este momento. Si quieres hacer algo, hazlo aquí y ahora. No lo pospongas y no digas: «Es algo tan insignificante que

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podemos hacerlo mañana». Nada es insignificante. Si no estás alerta, cuando llegue el mañana se habrá vuelto grande, enorme. Y entonces te verás en dificultades. Puede que mañana no te sea posible enfrentarlo.

Nunca dejes incompletos los problemas porque así es como te vas cargando. Lleva siempre una vida completa instante a instante. Todo lo que tengas que hacer hazlo ahora. Todo lo que tengas que decir dilo ahora. Sé ahora todo lo que hayas de ser. No digas: «Mañana». Mañana es la tierra del necio. Así es como actúa la estupidez: posponiendo. Si puedes completarlo todo en este

momento, siempre estarás fresco para el próximo momento. No te quedará nada pendiente.

Y si la muerte le llega a una persona así, siempre se sentirá preparada y feliz porque nunca habrá dejado nada incompleto. Siempre estará listo porque siempre estará completo.

Si la muerte te llega a ti, te verás en dificultades porque te quedan mil y una cosas por completar y te gustaría tener un poco más de «tiempo». Siempre quisiste hacer algo... y nunca lo has hecho. En realidad, has completado todo lo inútil y has aplazado todo lo útil. Si pospones tu ira para mañana, puede ser bueno... ¡pero nunca pospones tu enfado para mañana! Te enfadas en cuanto puedes y aplazas para mañana el amar. Codicias ahora mismo, en cuanto pospones el compartir para mañana. Eres violento ahora mismo; a la compasión le dices: «Nos veremos mañana». Todo lo que es estúpido lo haces

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