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Academic year: 2022

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¿Qué hay de nuevo en el idioma de los lacanianos?

Jorge Baños Orellana

Dos recientes artículos están consiguiendo encrespar y renovar, en ámbitos del psicoanálisis rioplatense, la discusión acerca del estilo de Lacan y sus efectos epigonales en los estilos de nosotros, los lacanianos. Me refiero a la aparición, entre mayo y junio de 2020, de “El estilo en Lacan y otras pendejadas” de Maximiliano Diel,1 en Montevideo, y de “Los reptilianos del psicoanálisis” firmado, en la ciudad de Buenos Aires, bajo el pseudónimo de Sinthome Yorke.2

Que se hayan dado a conocer a través de publicaciones digitales gratuitas y servido de la promoción de las redes sociales colaboró, seguramente, a que sortearan los obstáculos que reducen a las publicaciones psicoanalíticas impresas en papel a una circulación tristemente parroquial. Sin embargo, la sobreabundante oferta de publicaciones digitales y gratuitas acabó, desde hace tiempo, con el sueño de que la virtualidad garantizaba lectores o, parafraseando a Marshall McLuhan, de que la difusión es el medio. Si estos dos artículos llamaron la atención fue por algo más, porque se atrevieran a abordar un asunto intocable, uno de los tabúes del lazo social entre analistas.

El estilo de Lacan y los estilos de sus seguidores es, desde luego, un tema habitual de conversación desde los inicios del lacanismo; sin embargo, su tratamiento raramente pasó de ser un zumbido de fondo, un tinnitus fabricado con signos de interrogación estudiantiles, murmuraciones irónicas de pasillo, chistes malévolos, comadreos plagiarios y otras evasivas. Muy cada tanto, aparece algún párrafo digno de atención; textos enteros focalizados expresamente en la materia, en cambio, siguen siendo escasísimos.

Cómo era la situación hacia 1995

No disimularé que hace veinticinco años escribí El idioma de los lacanianos,3 un libro de 398 páginas, con la ambición de encontrar salida a esa postergación inaudita. Éramos muchos los que sufríamos dificultades de lectura ante casi todo lo dicho por Jacques Lacan y decepciones al buscar el arbitrio del sentido en un lacanismo que parecía empeñado en montar farsas desiguales del estilo del maestro. Desiguales en cómo se alejaba del original y en cómo eludían la tarea de una lectura provechosa. Por aquel entonces, podían discernirse cuatro grandes variantes.

Una, la del lacanismo kitsch, sustituía la densidad de Lacan ofreciendo introducciones de un sencillismo tentador que consiguió vender muchos ejemplares y llenar aulas. Era innegable que esas introducciones partían de alguna cita de Lacan, pero elegían las más

https://e-diccionesjustine-elp.net/wp-content/uploads/2020/05/El-estilo-en-Lacan-y-

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claras y las leían arrancándolas del contexto que les otorgaba complejidad. De esa manera, la cita se volvía felizmente legible, pero lo que se entendía carecía de interés y pertinencia.

La segunda variante, en cambio, parecía tomar el toro por las astas, al privilegiar las palabras más exóticas y las fórmulas mnemotécnicas, llamadas “matemas”, de Lacan.

Como hermenéutica, proponían elevar esos neologismos al rango de tecnicismos estables y darle, a esa algebra, un empleo algorítmico. El vértigo de los desarrollos sinuosos de escritos y seminarios quedaba, así, fijado en las pinzas de un sistema dogmático. Nos ofertaban una explicación de semblante serio y satisfecho, pero construida con la certidumbre de los ingenieros.

La tercera, en cambio, prefería agitar los párrafos más encendidos de Lacan, los más peleadores, esos puñetazos en el escritorio o suspiros de víctima con que él solía dar color a sus complicados debates teóricos y querellas institucionales. Al privilegiar esas bravuconadas y esas lágrimas como momentos de verdad, las múltiples capas de las largas discusiones de las que eran extraídas colapsaban. Lo que quedaba en pie eran relatos épicos de batallas ganadas y de injusticias sufridas, mojones de una cruzada que aún no habría concluido y a cuyo ejército debíamos enrolarnos. Eso nos daba una Causa, pero la del guerrero.

Por último, había una cuarta variante que, desde el punto de vista estilístico, parecía ser la más alejada al original, sonaba como la menos lacaniana. Le faltaba de las otras variantes, y de Lacan mismo, la agilidad, los momentos de aire triunfal de “¡mirá, mamá, ando en la bici sin manos!” Ofrecían extensas glosas, que se confesaban incompletas, de páginas particularmente difíciles de Lacan. Resolvían algunos sobreentendidos, encontraban algunas de las referencias eruditas, reconstruían parte de contexto de discusión y transcribían su retórica manierista con largas perífrasis al lenguaje llano no del todo convincentes –como La noche oscura, ese libro que gustaba tanto a Lacan, en el que Juan de la Cruz dedica más de un centenar de páginas para comentar minuciosamente los cuarenta versos de un poema suyo–. Sonaba como la menos lacaniana y, sin embargo, parecía ser la lectura que perseguía mejor el estilo de Lacan. Lo desconsolador era que, en esa época en que recién estaban apareciendo los seminarios y la reconstrucción contextual seria estaba prácticamente reservada a investigadores que residían en Francia, esa glosa se nos aparecía como un esfuerzo interminable y desdichado.

¿Siguen vigentes esta descripción de 1995 y lo que, sirviéndonos de esas cuatro variantes caricaturescas, puede concluirse del estilo de Lacan? Creo que sí. Lo que hoy cambió radicalmente es la manera, quiero decir, el estilo de cómo hablar sobre el asunto: el estilo de cómo hablar de los estilos de los lacanianos y de Lacan. Es lo primero que leemos en

“El estilo en Lacan y otras pendejadas” y “Los reptilianos del psicoanálisis”, a su novedad dedicaré esta reseña.

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La Santísima trinidad de los estilos y la parresia sagrada

Como se sabe, los estilos son tripartitos,4 para describirlos debidamente no alcanza con enumerar las figuras retóricas prevalentes de un texto, deben sumarse, además, sus dimensiones temáticas y enunciativas. Al respecto, los artículos de Maximiliano Diel, de Sinthome Yorke y mi libro coinciden indiscutiblemente en cuanto a la temática y un escaneo retórico tampoco encontraría diferencias destacables: los tres procuramos deliberadamente prescindir del repertorio manierista de Lacan. Nuestra tarea es la de comentar su estilo, de ninguna manera emularlo; ceder a esa tentación sería fracasar, prometer un diccionario bilingüe y terminar ofreciendo uno monolingüe. La diferencia traída por los veinticinco años que nos separan está en la dimensión de la entonación enunciativa. En eso, ellos dos se asemejan mucho y me muestra por dónde las páginas de El idioma de los lacanianos comienzan a amarillar. Diel y Yorke escriben desde la parada enunciativa de los parresiastas, mientras yo estaba, en 1995, en una situación que permitía abordar nuestro espinoso tema parado sobre la línea de frontera entre la enunciación parresiasta y la enunciación integrada. Veamos de qué se trata sirviéndonos de Wikipedia:5

En la retórica clásica, la parresia era una manera de «hablar con franqueza o de excusarse por hablar así». El término está tomado del griego παρρησία (παν = todo + ρησις / ρημα = locución / discurso) que significa literalmente «decirlo todo» y, por extensión, «hablar libremente», «hablar atrevidamente» o

«atrevimiento».

Hasta aquí, la definición parece ser la de una palabra griega que anuncia la regla fundamental freudiana de la asociación libre, de hecho, nombraba formas prepsicoanalíticas de hablar de sí a otro –a un amigo, amante, maestro, médico y, luego, traducida al latín, a un confesor, director de consciencia, etc.– Pero lo que nos incumbe son dos precisiones dadas por Foucault en los cursos de El gobierno de sí y de los otros y las conferencias de Berkeley dedicados a la parresia y los parresiastas. Una, la de que la verdad que pronuncia el parresiasta no es cualquiera sino una que lo implica particularmente como sujeto; no es –insiste Foucault– ni la del profesor o el maestro de un oficio (que dicen lo que tienen por verdadero del tópico o la técnica que transmiten) ni la del profeta (que es portavoz de la verdad del Otro) ni la del sabio (que pronuncia verdades de lo que fue, es y será más allá de él). La otra observación es la de que la parresia no se circunscribe únicamente a las prácticas de a dos y a verdades singulares, circunstanciales del que habla; puede practicarse más allá y así se convierte en una

4 Cf. Steimberg, Oscar, Semióticas. Las semióticas de los géneros de los estilos, de la transposición, Eterna cadencia, Buenos Aires, 2013.

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práctica política, la de decir la verdad “sin disimulo, sin reserva, ni cláusula de estilo ni ornamento retórico”,6 pero esta vez ante la comunidad. A la que les habla no de cualquier verdad, sino de una urgente que implica a todos.

A diferencia de la parresia de a dos, que abre a muchas modulaciones, la parresia política deberá ser una intervención disruptiva o no será. Quien la pronuncia sabe que debe ser ruidoso y rudamente inequívoco para sacudir, para despertar a los suyos del error, del engaño que los perjudica y del que evitan darse cuenta. Deberá juntar coraje para cumplir con su deber, porque se trata de una intervención que romperá el confort, afectará seguramente ciertos intereses, señalará culpables. De allí que la definición de Wikipedia termina diciendo: “Implica no solo la libertad de expresión sino la obligación de hablar con la verdad para el bien común, incluso frente al peligro individual.”

Antes de Foucault, Marc-François Lacan, el monje benedictino hermano de Jacques, en un erudito artículo acerca de las apariciones del término parresia en los Evangelios, había elogiado el atrevimiento de pasar de la parresia de a dos a la parresia política:

Ponerse a disposición es pararse ante Dios como un niño, con confianza filial, porque “quien no acoja a Dios como un niño, no entrará en su Reino.”(Marcos 10.15). Pero eso no es suficiente, se debe, también, poner a los otros a disposición, y es acá donde la parresia encuentra su lugar: en el dar testimonio ante los hombres. Para seguir a Cristo […] se debe testificar como él, testificar la misma verdad, testificar con la misma parresia.7

La versión 2020 del abordaje de los estilos lacanianos

Ese hablar comprometido, atrevido, corajudo y bien intencionado campea indiscutiblemente sobre los dos artículos. Ambos se sirven, para llamar la atención de nuestra comunidad, de un coloquialismo irreverente que desentona con las maneras corrientes de hablar y escribir del lacanismo. Escudado en el anonimato, el artículo “Los reptilianos del psicoanálisis” puede y debe hacer eso aún más explícitamente, pero para que no fructifique el malentendido de ser tomado por un anti-lacaniano, Sinthome Yorke subraya que se trata de fuego amigo, de excesos para hacer escuchar el grito de incendio y salvar el bien común:

Inspirado por la mala leche de las redes sociales, y envalentonado por el anonimato, un humilde practicante del psicoanálisis decidió ensayar estas líneas de denuncia. […] Decidimos sumar nuestra voz de denuncia frente al nocivo accionar de ciertos individuos pertenecientes a este grupete, en su mayoría

6 Foucault, Michel [1983-84], El coraje de la verdad, FCE, CDMX, México, 2010, p. 29.

7 Lacan, Marc-François, Dieu n’est pas un assureur. Œuvre 1 Anthropologie et psychanalyse, Albin Michel, Paris, 2010, p. 41.

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feligreses y sacerdotes de las parroquias del mal llamado psicoanálisis-lacaniano argentino. […] Si vomitamos estas palabras, sabiendo que probablemente más de un amigue se sienta ofendide, es con la intención de rescatar al psicoanálisis argentino de su muerte lenta.

A su entender, el peligro que corremos justifica y reclama la insolencia de una denuncia sin miramientos que lo diga todo a calzón quitado:

Con pases de acrobacia podrán pasar de una cita a Platón a una de Heidegger, con movimientos que ni el más audaz estudiante avanzado de filosofía se atrevería. Y desde ya, siempre cagándose en su interlocutor, al que siempre suponen que debe estar al tanto de las novedades de la filosofía continental como quien está al tanto del color de moda de este año. […] Así, algunos logran granjearse una corte de aduladores que son a su vez alumnos, analizantes y promotores de la figura del maestrito, a quien siguen como los ricoteros siguen al Indio Solari.

Se trata, como corresponde al parresiasta, de un apasionamiento calculado. Como estratega, Sinthome Yorke es prudente, no llama con el grito al cuello a la guerra total, sino a focalizar el ataque al aquí y ahora de los vicios del lacanismo:

…el mismo Lacan extremó este principio fomentando conscientemente la incomprensión a diestra y siniestra. No es ese el problema. O no es ese en todo caso el problema que venimos a denunciar hoy. Eso es algo sabido. El hermetismo oscurantista del maestro francés era parte de un método (o eso nos hizo creer…).

Por hoy elegimos creerle, no vamos a discutir eso.

En cuanto a esto último, “El estilo en Lacan y otras pendejadas” es más atrevido. Luego de enumerar algunos argumentos dados por Lacan para justificar su estilo, Maximiliano Diel replica: “¡Qué lo parió! ¡Y yo que pensaba que solamente le gustaba hablar en difícil para hacerse el interesante!” Igual tratamiento horizontal le merecen figuras del último medio siglo del lacanismo. A Jacques-Alain Miller le dice: “Pero escúchame una cosa, yerno, albacea, heredero, esclarecedor y cuantos más títulos tengas” y, a Jean Allouch, quiere conducirlo a la sensatez o a la franqueza con idéntico tratamiento igualitario:

Ahora bien, podríamos preguntarnos cómo es que la gente va a conocer la manera en que vos, Jean Allouch, trabajás, si no es mediante los dispositivos de transmisión, […] asegurás que “lo que menos me interesa es lo que pase con lo que yo diga”. Entonces ¿para qué tomarte la molestia de viajar, encontrarte con otros, escuchar sus intervenciones, colaborar en sus revistas, preocuparte por

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Nuevamente, el propósito es hacer sonar las alarmas con vistas al bien común porque es asunto de vida o muerte: “El estilo, entendido como anquilosamiento teórico, como palabra vacía, como ritornelo, como ideal del yo, bien podría ser el epitafio del psicoanálisis.”

No debemos confundir o suponer alguna filiación del coloquialismo del estilo de los parresiastas con el sencillismo del estilo de las introducciones kitsch de Lacan. Mientras la bagatela tranquilizadora de éstas se sostiene elemental de punta a punta en sus textos, la parada enunciativa del parresiasta alterna estilos estridentes con otros muy educados, para no ser tomado por un antilacaniano vulgar. Su llaneza de trato no es porque se dirija a sus interlocutores como a niños de pocas luces, sino porque los llama a conducirse como ciudadanos responsables de su destino. No sorprende, entonces, si en medio de expresiones tales como: “Así es, doña, agárrese”, “¡Atentti!”, “¡Ojo al gol!”, el artículo de Diel alterne sin solución de continuidad con párrafos reflexivos de filo cultivado como el siguiente:

Propongo que el estilo en Lacan sea tratado como una cuestión, es decir, algo abierto, dinámico, surcado por el zeitgeist de una época y cuyas respuestas son siempre provisorias, en lugar de plantearlo a modo de problema, como si fuese un asunto objetivo al que se podría hallarle una solución definitiva (Endlössung).

Del misterio de 1995 al hartazgo del 2020

No encuentro una sola página de El idioma de los lacanianos montada en la inquina ni corriendo los peligros de los parresiastas. Ciertamente, incluyen testimonios incómodos y las citas puestas como ejemplos típicos de las variantes estilísticas las coloqué sin la referencia bibliográfica, no solamente para subrayar su carácter genérico sino, también, cuidando no poner en evidencia a sus autores y publicaciones. También coinciden con y se adelantan, a las páginas de los parresiastas, en señalar la calamidad que podría traer a la transmisión el darles mucha escena a las danzas cortesanas de falsos sobreentendidos.

Si hubo una muestra de coraje en El idioma fue la de admitir que ni yo ni la mayoría de mis pares ni buena parte de nuestros maestros entendíamos gran cosa de lo dicho por Lacan y que continuar simulando lo contrario no nos llevaría muy lejos. Sin embargo, al mismo tiempo, y por eso el libro no fue escrito desde la indignación, reconocía el provecho interino de esos juegos de discurso del lacanismo.

El idioma es resultado de una década de observaciones e intervenciones públicas, entre 1985 y 1995, período que siguió al de la caída de la Dictadura y en el que el lacanismo argentino entró en una fase plena de consolidación institucional y universitaria. Había sido demorada por los exilios, los peligros de organizar reuniones públicas, la censura y autocensura de las publicaciones y la cerrazón de la vida académica. En esa etapa de voluntad de afianzamiento, no era un despropósito reconocer las ventajas de las introducciones sencillas para aventar el temor a Lacan, así como el poder de atracción de la épica para despertar adhesiones pasionales, tampoco cabía desestimar el anzuelo de los programas de ingeniería lacaniana para atraer a los jóvenes más estructurados.

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Veinticinco años después, la novedad del estilo de los parresiastas estaría indicando que aquella avanzada fue exitosa y que ya no hay razón para seguir siendo tan conciliadores.

Los parresiastas no son los emergentes de una generación que se acercaba, en sus comienzos, a un lacanismo rioplatense que aún estaba en ciernes y procuraba entender algo de un Lacan del que recién comenzaban a aparecer los seminarios, sino de una generación que encontró un lacanismo local devenido en fuerza hegemónica, o al menos respetada, en universidades y hospitales, y organizado como un archipiélago de instituciones, algunas internacionalizadas y capaces de organizar regularmente eventos sorprendentemente masivos. Para ellos, es más probable que un dictamen de Lacan les traiga el recuerdo de preguntas de algún examen parcial a que les provoque asombro: “Es decir, el estilo respondería a esa advertencia tantas veces manida por Lacan de no apresurarse a comprender”, escribe aburrido M. Diel, y Sinthome Yorke parece incluso más harto:

Repetir sin entender es parte del juego, y en cierto modo estaría permitido. Pero de ahí, a repetir de manera ociosa frases sobre el orden del sujeto allí en tanto tal y el goce mortífero que da cuenta del estrago materno donde lo real que se impone no se recubre del estatuto de lo simbólico y sus escansiones desanudadas del sinthome en lo imaginario… eso es otra cosa.

Pertenecen, además, a una generación difícil de impresionar porque navega mejor que la de sus mayores a través de un corpus muy completo y digitalizado de Lacan, y cuenta con un acceso antes impensado a fuentes provechosas para reconstruir contextos.

Parafraseando nuevamente a McLuhan, el salto generacional es el medio.

Elogio al analista ordinario

¿Qué efectos tendrán los nuevos artículos? Dependerá de lo que Foucault llama la magnanimidad del interlocutor:

…si el parresiasta es en efecto quien corre el riesgo de poner en cuestión su relación con el otro y aún su propia existencia, al decir la verdad y toda la verdad respeto a todo y contra todo, por otra parte, aquel a quien se dice esa verdad, este interlocutor, si quiere cumplir el papel que le propone el parresiasta al decirle la verdad, debe aceptarla, por ofensiva que sea […] deberá mostrar magnanimidad […] La parresia es, por ende, el coraje de la verdad en quien habla y asume el riesgo de decir, pero es también el coraje del interlocutor.8

Seguramente no van a ser sumariados por ningún Gran hermano, ni entrar en Listas

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una colaboración para evitarlo. Y como muestra adicional de simpatía, me atreveré a señalar un par de cuestiones que, de no ponerse también sobre la mesa de la verdad, podrían llevar a que los manifiestos 2020 de los parresiastas lacanianos se conviertan en el arma del suicido que tanto les preocupa prevenir.

Me refiero a las dos recomendaciones hacia una nueva normalidad que se desprenden tácitamente de sus artículos y que, a mi entender, son contradictorias entre sí y problemáticas por igual. Una tiene que ver con las formas de escribir y abrir la boca, es decir el estilo que deberíamos cultivar de ahora en adelante los lacanianos, la otra con una denuncia de técnicas de gubernamentalidad, con el fin de promover un creacionismo desencadenado.

La primera recomienda acabar de una buena vez con las ironías, los rebuscamientos sintácticos, el alarde de lecturas esotéricas y otros impases de larga data de los estilos lacanianos. En su lugar, deberíamos adherir a un estilo grado cero, para que reine en nuestras comunicaciones una suerte de parresia generalizada y, por eso mismo, atenuada pues no encontraría motivos de pataleo. La otra recomendación, en cambio, alienta una creatividad abierta a todas las direcciones, la cual no estaría a la orden del día por encontrarse obstruida por la máquina burocrática y por el tapón de un ideal de estilo inalcanzable. En línea con el temprano diagnóstico de Félix Guattari pronunciado en 1968:

El hecho de que todo lo que se desarrolla en la Escuela Freudiana desde hace años no es más que un estricto plagio de las formulaciones de Lacan o, en algunos casos, un cierto carácter de originalidad cuya afirmación es muy incierta (…) tengo la impresión de que hay una especie de inhibición

M. Diel redondea: “la identificación al estilo de Lacan puede operar perfectamente como un ideal del yo que enquiste la potencia creativa de los analistas.”

Olfateo en esta visión promisoria el perfume del primer surrealismo, el que aspiraba disponer la escritura automática al alcance de todos para que todos sean artistas y la imaginación deje de “abandonar al hombre a su destino sin luz”.9 Se sabe que, enfrentado a los resultados, André Breton pronto debió retractarse. Aventurar que la nota de aprobación para una comunidad psicoanalítica debe ser que sus integrantes alcancen el baremo del despliegue de las potencias creativas, es una exigencia no menos desatinada.

Puesta en vigencia, sólo podrá conducir a una ceguera que nos habilitaría a aplaudir cualquier expresión del propio grupo como un correlato maravilloso, o a una misantropía que nos alejaría desencantados, al comprobar que no valen la pena ni todos ni la mayoría de los productos del cartel, los testimonios del pase, los seminarios de formación, las tesis doctorales dirigidas por lacanianos, las jornadas internacionales, etc., o bien conduciría a la indignación de la antipolítica, al ¡que se vayan todos!, bajo la creencia de que si el

9 Breton, André [1924], “Primer Manifiesto”, incluido en Manifiestos del surrealismo, Labor, Barcelona 1992.

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lacanismo no habita en la Ciudad de Dios es por los hilos manejados maliciosamente por quienes encabezan nuestras instituciones.

Tomando prestado un adjetivo calificativo que rindió frutos en el millerismo, respondo que, tratándose de estilos, será mejor atreverse a pensar en el analista “ordinario”. La mayoría no somos ni seremos más que eso, analistas de plumas mediocres, voces disfónicas y escasa laboriosidad. Y está bien que por serlo no se nos llame a silencio o, peor, se nos exija transformarnos en lo que no podríamos ni nos interesa ser. Ya hace tiempo Thomas Kuhn advirtió que, incluso en las ciencias duras, la historia efectiva de las empresas del conocimiento y de las prácticas es un recorrido de escasos y breves momentos revolucionarios, de cambio de paradigma, seguidos por larguísimos períodos de “ciencia normal”.10 “Normalidad” en la que el nuevo paradigma conseguirá –más por su valor heurístico que por la completud de su formulación– institucionalizarse, reproducirse por obra y gracia de la rutinaria tarea de adherentes empeñados en repetir lo sabido, en volver a comprobar lo comprobado; adherentes que apenas dominan un borroso abc, pero que por obra de su perseverancia el paradigma se conserva vivo hasta que, en algún otro momento y no sin antes pasar por ese aburrido ritornelo del coro de la normalidad, todo cambiará nuevamente. Siendo así, hay una línea que hoy todavía tendría vigencia de El idioma de los lacanianos, la debida a Alicia Páez, filósofa del lenguaje, cuando en el debate que cierra el libro concluye: “Si el lacanismo tiene una pretensión de rigor, bien merece tener una ciencia normal.”11

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Referencias

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