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La América Latina del Rey Lear

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Academic year: 2022

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Un espacio abierto a la comunidad de aprendizaje de la EPC

Fernando J. Ruiz

Cuando William Shakespeare escribió El Rey Lear, Londres vivía una resiliente pandemia como la que vivimos hoy. Su teatro estaba cerra- do y su espíritu recluido volaba más que nunca.

Quizás hoy podríamos invocarlo en nuestro pe- dacito del mundo para ver si, en estos momentos de reflexión profunda, algo nos puede ayudar.

El Rey Lear tenía tres hijas, dos de ellas muy mentirosas. Éstas le confesaban a su padre, el monarca, un amor que no le tenían para poder recibir más tierras como herederas. La tercera, Cordelia, honestísima en cambio, no quería que su boca reemplazara sus sentimientos: “Triste de mí que no sé poner el corazón en los labios”.

Esto viene a cuento porque siempre me ha pa- recido que las bellas constituciones latinoame- ricanas eran como las hijas mentirosas de este rey de Shakespeare: prometen lo que no cum- plen. La triste Cordelia ama a su padre en silen- cio, de la misma manera que una Constitución no realizada a su pueblo. Nos hace plenos y fe- lices leer nuestras constituciones y, cuanto más nueva, más sofisticado su nivel de promesas.

Pero, cuando las comparamos con nuestra rea- lidad latinoamericana, nos duele el contraste.

Como el rey Lear cuando toma conciencia de las mentiras de sus hijas, la ciudadanía rápidamen- te se frustra con la diferencia entre la formidable promesa de los derechos y su realidad gris.

Algunos ejemplos aislados: en México, ha habi- do al menos setenta mil desaparecidos desde que empezó la transición a la democracia en el

La América Latina del Rey Lear

Octubre 2020 - Número 28

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2000 tras la derrota de su entonces partido del estado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). La violencia de la sociedad incivil donde reina el narco estalló y se declaró una guerra donde incluso varios de los principales funcio- narios estaban coludidos con el narco.

En Colombia, la guerra interna se hizo durante cinco décadas mientras se daba la alternancia democrática y, solo para mencionar una de las infinitas historias brutales, una fracción guerri- llera asesinó en pocas horas a más de cien in- tegrantes de su propia organización buscando una infiltración militar en sus filas.

Esto por el lado de la violencia. Y, por el lado de la pobreza, el pantano de la región es abru- mador, desde Argentina hasta la orilla sur del Río Bravo. En conclusión, tenemos excelentes constituciones que conviven con zonas de bru- tal desertificación de derechos, en un escena- rio estructural de subciudadanía.

Alrededor del bicentenario de la mayoría de nuestras repúblicas, las sociedades necesitan menos promesas y más eficacia del estado en hacer realmente existentes esos derechos. Y, qué tiene que ver esto con la comunicación, me está preguntando mi amigo el editor de El Hilo:

que la comunicación política está al servicio de objetivos públicos y éste me parece que es el primero de todos.

Terminada la pandemia, cuando otra vez Sha- kespeare pueda abrir su teatro, quizás poda- mos hacer que Cordelia y nuestras constitucio- nes estén menos tristes.

Martín Bonadeo

“Lo esencial es invisible a los ojos”, tal vez sea una de las frases más citadas de El Principi- to, uno de mis libros favoritos. Pero ¿qué es lo esencial en esta época pandémica? Arrancó

Los medios, los miedos,

lo invisible y lo esencial

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siendo lo invisible: los recolectores de basura, los enfermeros y los operarios que brindan los servicios básicos para vivir en una ciudad. Los

“esenciales” paradójicamente no fueron los fa- mosos, las estrellas de Hollywood, los empre- sarios o los deportistas millonarios, sino que les tocó estos seres marginados y devaluados por el capitalismo, los “reemplazables” que el star system tiende a esconder. Si vamos un poco más allá, la mayoría de estas personas son de las pocas que aún se ganan la vida haciendo trabajo físico en un mundo en el que lo que realmente da dinero es el trabajo intelectual o especulativo financiero. Los esenciales empe- zaron poniendo el cuerpo a tal nivel que, en muchos casos, fueron discriminados por sus vecinos cuando volvían a descansar a sus ca- sas. No sea cosa que estas personas habitual- mente invisibles sean portadoras del virus, algo que nadie puede ver. Lo que no podemos ver, se carga entonces de todas nuestras peores fantasías y nos da miedo. Lo que no se ve pue- de aterrarnos hasta paralizarnos.

De a poco la lista de esenciales se fue amplian- do y poniendo cada vez más caprichosa. Soy publicitario, soy docente y soy artista visual.

Ninguna de estas tres ocupaciones fue consi- derada esencial hasta ahora en mi territorio. Sin embargo Google, Facebook y YouTube deben haber tenido un récord de facturación en con- cepto de “publicidad” durante esta cuarentena;

las clases virtuales me dieron más trabajo que nunca en el mundo real y el índice de suicidios hubiera subido de un modo alarmante sin plata- formas de difusión artística como Netflix y Spo- tify. Dentro de este contexto, desde marzo que están cerrados los museos. Suelo ir a museos y no suelo cruzarme con multitudes. ¿Cuál es el criterio que aún los mantiene cerrados?

Tengo el privilegio de seguir trabajando de to- das formas. Y todavía puedo seguir pensando y escribiendo a pesar de lo que nos rodea. Hace ya 20 años empecé a escribir mi tesis docto- ral sobre la comunicación olfativa y encontré un paralelismo. Los olores, como los virus, no se ven y, por ende, no respetan las categorías visuales racionales que solemos usar para di- vidirnos entre Europeos y Americanos, Argenti- nos y Uruguayos, porteños y del interior, de los de CABA y los del AMBA, o los de casa y los de afuera, distinciones tan vigentes en este mo- mento. Por más que cerremos las fronteras, las puertas y las ventanas, sabemos que el virus va a pasar, nos va a llegar. Porque se comporta de un modo similar a los olores. Va por el aire. Es muy difícil identificar unidades discretas de olor en una casa. En el aire todo se mezcla y depen- de de variables muy cambiantes como el vien- to, la temperatura y la humedad. El aire es un elemento esencial. Para vivir necesitamos res- pirar y más tarde o más temprano, esa micros-

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cópica partícula que todos queremos evitar va a entrar en nuestro organismo. Lo que todos tememos va a pasar. No podemos evitarlo.

Uno de los hallazgos más interesantes que hice en mi tesis fue encontrar que es muy difícil para la ciencia comprender cómo funciona el olfato.

Los aromas, las esencias no son del todo com- patibles con el método científico. Responden a otra lógica. De hecho aún no hay un acuerdo unánime sobre cómo se descodifican las molé- culas odorantes en el epitelio olfativo. La cien- cia todopoderosa, que tiene respuestas para todo, resulta insuficiente en este punto. Como decía Paul Feyerabend en su tratado contra el método, la ciencia no es más valida como for- ma de creencia que la astrología o la religión. Y hay lugares a los que no llega.

A la hora de hacer predicciones de futuro sobre esta pandemia 2020 los vaticinios científicos dejaron bastante que desear. Una hipótesis po- dría ser que fallan porque lo que va por el aire no se puede filtrar en forma permanente. Por más que los científicos intentaron controlar la cantidad de gente que iba a morir, no lograron regular la situación. Quisieron ponerse “en el lugar de Dios” e impedir algo que todos sabe- mos desde el momento que nacemos y es que vamos a morir. Lo que no sabemos es cómo ni cuándo. Y la ciencia este año se transformó en el saber esencial para asesorar a los políticos para intentar modificar la respuesta a esas dos preguntas.

Este año me tocó perder a tres seres queridos cercanos. Ninguno de ellos de coronavirus, por suerte. Pero los estados de ánimo de los tres se vieron fuertemente modificados por los efec- tos del “aislamiento preventivo” recomendado por la ciencia y potenciado por los medios. Tres abuelos que murieron con un contacto muy li- mitado con sus nietos. Esta extrema situación que atraviesan nuestros adultos mayores resul- ta minúscula en comparación a la depresión y la adicción tecnológica en la que sumergieron a todos los niños al impedirles compartir espa- cios físicos reales con sus familias amplias y amigos. Toda la niñez fue empujada y obliga- da a vincularse a través de redes sociales para educarse, para socializar y para entretenerse.

Durante mucho tiempo los perros pudieron pa- sear, pero los niños no. Muchos de nuestros niños tienen pánico de salir hoy. Les da terror algo invisible. El miedo se transformó en algo esencial de este tiempo. Algo tan contradicto- rio como un “enfermo asintomático” resulta tan aterrador como un zombie, un “muerto vivo”.

Ésos que misteriosamente cuentan en las esta- dísticas de los infectados con las que nos nu- tren los noticieros todos los días.

¿Cómo se comunicó el virus? ¿En algún mo-

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mento nos dieron “consejos para estar saluda- bles”? ¿Qué nos da la seguridad de que vamos a sobrevivir a un virus? ¿Una vacuna desarro- llada por un laboratorio que va a hacer un gran negocio? ¿Una vacuna desarrollada rápido, bajo presión y sin demasiadas pruebas? ¿Ésa es la única solución? ¿Cuánta de la gente que está grave o que se muere a causa de este vi- rus, muere de miedo? Éstas son algunas de las preguntas que me provocan hoy.

Voy a ocuparme de responder una muy simple:

¿Qué es un virus? Hasta donde sabemos hoy un virus es información genética. Información como la que se entrega a través de los medios y redes sociales, pero ordenada en otro forma- to. En el caso de este nuevo virus, esta infor- mación genética está secuenciada de un modo que casi nadie tenía a principios del 2020. Lo que puede enfermarnos es una reacción de nuestro cuerpo a esta información. Y hablando de información: ¿Qué rol juegan las noticias en todo esto? Son las responsables de inyectar en nuestra mente con la aguja hipodérmica una enorme cantidad de ideas que pueden produ- cir como reacción el miedo. Y vuelvo sobre al- gunas preguntas más que surgen y me gustaría responder ¿Cómo y cuánto afecta el miedo a nuestro sistema inmunológico? ¿Cuál es la in- formación que potencialmente nos enferma y que nos puede matar? ¿El ARN del Covid-19 o los titulares que nos asustan sistemáticamente?

Hubiera sido esencial que los medios nos en- señen a cuidarnos (más allá de usar el mismo tapaboca cultivando nuestros efluvios durante horas y algunas cuestiones muy rudimentarias de higiene y distancia social). La información difundida podría haberse focalizado en que aprendamos a alimentarnos e hidratarnos bien, a hacer actividad física, a estar al aire libre al sol y a llevar una vida saludable. Por el contrario la recomendación en Argentina fue el encierro.

¿Qué hubiera pasado si nos informaban de mo- dos de estar en contacto con nuestra esencia, con lo que somos? Somos lo que comemos.

Somos lo que hacemos. Somos seres sociales.

Somos emisores y receptores de información genética y cultural.

La información que baja desde todos los me- dios del mundo es que (salvo que seamos esenciales) nos quedemos en casa aterrados esperando que la vacuna llegue antes de que seamos la próxima víctima de un virus cuyos índices de mortalidad son bajos.

Los medios, y el periodismo en particular, siem- pre vivieron de infundir miedo de lo que po- tencialmente puede llegar a pasarnos. Saben qué botones apretar y los siguen apretando.

Y todos, como sociedad global, seguimos ac- tuando en consecuencia. ¿Hasta cuándo? Es

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interesante y sorprendente cómo en una época con redes sociales muy atomizadas, el sistema sigue funcionando. Los medios y los miedos a lo invisible son parte de nuestra esencia.

Para cerrar este ensayo vuelvo sobre las ense- ñanzas del pequeño Príncipe: “Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”. Creo que llegó el momento de sacar a los niños de su encierro para escuchar lo que tienen para decirnos.

Dolores Pereira Vázquez

Por primera vez el planeta está en la misma pá- gina. Estamos todos viendo la misma película y escuchando la misma melodía. Sin embargo, no estamos observando la misma escena o vi- brando con la misma nota. Este fenómeno se llama percepción. Argentina puede percibirse lejana y “en el fin del mundo”. O podría estar arriba de todo el hemisferio norte si, hace años, las convenciones de la cartografía hubieran sido otras.

Percepciones y perspectivas. Y es desde aquí desde donde nos contamos a nosotros mismo la historia, escuchamos las historias ajenas y creamos nuestro propio storytelling. Es sobre las percepciones desde donde tomamos deci- siones. Decisiones que, luego, se traducen en comportamientos, acciones y reacciones.

Las percepciones y las perspectivas producen significados y cobran sentido en millones de tonos.

¿Qué está en juego, desde una perspectiva ar- gentina, durante la pandemia? ¿Qué tenemos aún por aprender de nuestra propia incerti-

Resiliencia,

emprendedorismo y

melancolía. La pandemia,

estilo argentino

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dumbre, pérdidas, prioridades y oportunidades mientras surfeamos el confinamiento más largo del mundo?

Todo el mundo habla de cambio. Change Ma- nagement. Transformación digital… Y, de repen- te, todo fue demasiado lejos. O no fue a ningún lado. En cualquier caso, en un punto inimagina- ble. Casi de ciencia ficción.

Estamos viviendo lo que nuestros abuelos con- taban de sus propias historias o de las de los abuelos de sus abuelos… Miedo a salir de casa. Miedo al enemigo. Miedo al contagio de lo que pueda estar flotando en el aire.

¿Puede una pandemia, esa palabra que hasta hace poco era tan vintage, convivir con la In- ternet de las Cosas, con la cyberseguridad o los drones? Esto nos hace (sentir) vulnerables.

Como mínimo.

¿Qué nos queda, en nuestra propia fragilidad, vulnerabilidad, falta de libertad en tantos senti- dos? De esto se trata lo que viene.

La clase que di para la Universidad de Coven- try tenía dos requisitos: el contexto de pande- mia y el contexto argentino. Decidí enfocarme más en la cuestión del aislamiento que en la de la enfermedad o los contagios. Y ése fue un primer recorte de la realidad.

Para diseñar la clase tomé lo que, en ese mo- mento, creí que eran las creencias sobre los aspectos clave de la cultura y el carácter ar- gentinos. Cómo nos vemos a nosotros mismos.

Cómo contamos y nos contamos qué somos.

Cómo nos ven afuera. Y cómo nos contamos y les contamos que nos ven.

Estos aspectos son la resiliencia, el empren- dedorismo y la melancolía. Por eso, el nombre de la conversación.

En un segundo movimiento, me salí del contex- to y de estos tres puntos clave. Y en otro re- corte de la realidad propongo de qué no voy a hablar. Que es más importante aún de lo que tengo para compartir.

No voy a hablar de lo mal que lo está pasando la mayoría de los argentinos. Que el índice de pobreza se disparó, en esta pandemia, y que las proyecciones no son felices. El Stringency Index, de Oxford, es una gran herramienta para obtener un parámetro actualizado y realista de la realidad COVID en el mundo. Y lo que se re- fleja ahí de la Argentina es tristísimo.

No voy a hablar de eso porque, primero, no es

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tema de mi expertise (si pudiera llamarlo de alguna manera) y, segundo, porque dentro de ese mismo paño negro veo algunas luces guía.

Y me voy a dedicar a acercarnos hacia ahí.

Retomando. Al empezar a preparar esto, ya hacía rato que había empezado a sentir los efectos del confinamiento. Este año había co- menzado a dictar una nueva materia en la Uni- versidad, en la que solo había conocido a mis alumnos durante dos días; estaba haciendo

“home office” y, todavía más desafiante, “home schooling” con mis tres hijos. Mi marido acaba- ba de perder su trabajo; no tenía ayuda extra en casa y, como si lo anterior no alcanzara, me mareaba entre el lavado de las compras, las cuatro comidas diarias, los zooms con maqui- llaje, collar y pijamas y una larga lista de etcé- teras que no sospechaba, hasta ese momento, que pudieran existir en mi vida.

Como después me preguntaba una amiga: ¿Si lloré en el baño, disimulando, entre tarea y ta- rea? ¡Sí! ¡Lloré mil veces! ¡Y, mientras, también, me miraba al espejo!

Resiliencia

Como argentinos nos decimos que tenemos cri- sis cíclicas cada 10 años. Que esas crisis, si se superan, nos fortalecen y nos hacen resilientes.

Muchos tomamos esa apreciación como una creencia que es facilitadora. Creemos que nos reconocen, afuera, por trabajar y estudiar duro.

Emprendedorismo

Con esto de la crisis y la adaptación, y a través de la creatividad, tenemos como pueblo un ras- go emprendedor muy potente. Una forma muy valiente de encontrar o regenerar recursos. Sea mito urbano o no, se comenta que luego de la crisis de 2001 inventamos al paseador de pe- rros y al marido a domicilio (para hacer repara- ciones, se entiende).

Y melancolía

Tango de adioses y rock nacional para salir de ella. Inmigrantes que trajeron su morriña: cancio- nes, comidas, religión y vestidos… Sin el asado o la pasta del domingo, muchos argentinos no aguantan vivir -vivir mejor- en el exterior y vuel- ven, besando el suelo en Ezeiza. Lo he visto.

Al empezar a profundizar en estos temas me surgió el hallazgo #1: la relación entre estos tres factores. Al punto de comprender ensegui- da que no podría explicar ninguno sin los otros dos. Y ahí sucedió el hallazgo #2: que esos tres puntos no son argentinos sino universales. Y no solo en relación con el lugar sino y, quizás so- bre todo, con la historia de la humanidad.

Hasta acá me refería al contexto -el confina- miento- y a los temas a desarrollar -resiliencia,

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emprendedorismo y melancolía-. Solo quedaba definir la dimensión sobre la cual todo esto ope- ra. Que, seguramente, es lo más importante.

Esa dimensión es la de las percepciones.

La percepción es una cuestión de perspecti- vas. La perspectiva tiene que ver con nuestros propios filtros. Nuestros 5 sentidos, por empe- zar; nuestro cerebro, nuestra mente… Y con lo que, resumidamente, llamamos “modelos men- tales”. Y nuestros procesos de pensamiento.

El primer paso, de cualquier forma, es saber que nos comunicamos a través de ellos. Y, también, que la comunicación de calidad es posible. Por si quedara alguna duda. A través de conversa- ciones relevantes. Y, sobre todo y más generosa y eficientemente, a través de preguntas.

Las percepciones construyen sentido. En un sentido o en otro. Y el sentido es en donde se basan las relaciones.

A partir del framing que elegimos construimos y contamos historias. Historias de conexión de relaciones. ¿Entonces, cuál es la historia?

What’s the story?, saludan en inglés.

La historia, nuestra historia, es lo que conta- mos y nos contamos acerca de lo que pasa, les pasa, nos pasa. La perspectiva que elijo, que entiendo y que descubro entre el contexto y los tres tópicos es que, en un nivel micro, la pandemia nos aísla. A cada uno en su metro cuadrado. Y en un nivel macro, la situación nos une. Porque todo el mundo -literalmente- está prestándole atención a todo del mundo. ¿La globalización no era esto?

Epíctetus comentó, hace unos… 2000 años, que las personas no están tan preocupadas por los problemas reales sino por la ansiedad que les generan los problemas reales. Shakespeare le hizo decir a Hamlet algo parecido un poco después, hace unos 400 años: no hay nada bueno ni malo, el pensamiento es lo que lo hace parecer así. Esto es, también, a lo que se dedicó Albert Ellis. Quien fuera revolucionario, en su época. Terapeuta de la corriente psicoa- nalítica, planteó que cuando no logró mejorar lo que se proponía con las sesiones de terapia freudianas, renunció a ellas. Se volvió terapeuta del cognitivismo y desarrolló la terapia racional emotiva conductual. Desde donde afirma que las personas no están afectadas emocional- mente por eventos externos sino, más bien, por su pensamiento acerca de esos eventos.

Resumió esto en su ABC. A, para las “activacio- nes” (los sucesos); B, para las creencias (belie- fs, en inglés); C, para las consecuencias. Que es nuestro comportamiento o emocionalidad a partir de A y de B. En otras palabras, actuamos

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o nos sentimos según las creencias que tene- mos acerca de lo que los eventos nos provocan y nos hacen sentir.

Ellis habla de creencias racionales. Las que podemos explicar(nos). Y de las irracionales.

Estas últimas son los “mandatos”. Generalmen- te, heredados. Que tienen el peso de una ley irrefutable. Aunque invisible. Y, al no ser perci- bidos, tampoco pueden ser desafiados.

Ser o estar melancólico, siendo argentino, pro- bablemente sea más aceptado -por uno mis- mo, en primer lugar- que si lo fueras en donde estar “triste” no sea una alternativa socialmente aceptada.

Por otro lado, si mi framing de esta realidad que transito fuera otro que “distancia social”, segu- ramente estaría experimentando una emocio- nalidad. Me contaría, acerca de la pandemia, una historia distinta.

El punto de fuga de la historia es que al framing, sabiendo que está, podemos revisarlo. Elegir otro. Y trabajar para desconstruirlo y cambiar- lo. O no: alimentarlo y seguir manteniéndolo así como está, si nos resulta funcional.

En este sentido, en la explicación de Ellis, la melancolía se entiende como una consecuen- cia. Un estado emocional. Las emociones co- rresponden a reacciones. Son la adaptación de lo que podemos hacer con lo que nos provocan las representaciones que nos hacemos de los hechos. Y, por más de que no son ni negativas ni positivas, pueden generar en nosotros mayor o menor bienestar. Y cuando consideramos que la emocionalidad de un momento o período no contribuye a nuestro bienestar, podemos enton- ces trabajar para modificarla.

Cómo salir de la melancolía, se preguntaba Charly García.

Algo me decía que la melancolía no iba a ser el mejor estado emocional para seguir atravesan- do el resto del aislamiento que seguía y sigue extendiéndose. Algo me decía, también, que estaba demasiado cerca de esa emoción, de- masiado involucrada en ella. Claramente, nece- sitaba una mayor perspectiva.

Así que fui lejos. En espacio y en tiempo. A Gre- cia. De hace miles de años. Y me sorprendí.

No solo la melancolía no es argentina sino que es milenaria. Como consta en el Problema XXX, tratado de Aristóteles, todas las personas ex- cepcionales -hombres, dijo él-, grandes pensa- dores, valientes guerreros... eran melancólicos.

Eso me dio la pista para apoyarme en la idea de que, quizás, la melancolía tiene otra cara.

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De que, más allá de cierta tristeza -alguno des- cribe la melancolía como el regocijo de estar triste- hay una constante relación con un com- ponente de logro.

Esto de Aristóteles me llevó a Joseph Campell.

Y al viaje del héroe. Campbell también hablaba de héroes. Del heroísmo de todos. Campbell encuentra, en el patrón de las historias, desde la mitología griega hasta las películas actuales, el viaje de este hallazgo. En donde es yendo a lo profundo, desandando el status quo de lo cotidiano -o de la zona de confort de emociona- lidades y perspectivas- en donde, guiados por nuestras creencias facilitadoras desafiamos a las que nos limitan. En donde identificamos a un mentor, a ayudantes y también a los enemi- gos… En donde, finalmente, también discerni- mos los recursos. Los necesarios para activar el cambio que estamos necesitando.

Es en lo más profundo, en lo más oscuro de la caverna -de la cual en esta pandemia hemos escuchado de su síndrome y revisado si, aca- so, lo padecíamos- es en donde nos enfrenta- mos con nuestras mayores posibilidades.

Entonces, ¿de qué va la historia? ¿De melanco- lía… o de heroísmo?

El patrón que se repite es la “supervivencia”. En el sentido de que se relaciona con algo superior a la vivencia. Con algo que, de alguna manera y en ese recorrido, es más o mejor que antes.

La “super vivencia” es el fortalecimiento que, a partir del dolor, o a través de él, se transforma en resiliencia. Como lo propone Boris Cyrulnik, resiliencia es la ganancia que queda del dolor.

Y el saldo a favor de la caja puede ser reinverti- do en otras tantas oportunidades.

Poniendo a Cyrulnik en el plano de Ellis, su fra- ming actual es “ésta es la primera pandemia en la que la economía ha frenado para salvar vidas”. Más allá de que aún no sé si estoy de acuerdo con esto, lo importante es que éste es su storytelling. Reconoce el daño. Sin embar- go, comenta que la empatía y los lazos sociales son los que se volverán esenciales para recu- perarnos.

Él explica que, cuando el contexto es peligro- so, el hogar, la familia y los seres queridos son de nuevo el refugio. Que cada era tuvo su pan- demia. Y que, cada vez que la catástrofe hubo terminado, sobrevino una revolución. En donde los valores sociales y las expresiones artísticas, entre otras cosas, se revisaron. Y cambiaron.

Por ejemplo, luego de la peste negra en la Edad Media se abrió paso otro tipo de arte, a partir de que la gente se había quedado en su hogar.

Entonces, a la hegemonía del arte religioso se

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le sumaron escenas de paisajes, de naturaleza, de familias… de la vida cotidiana que, a partir de las vivencias, también inspiraba.

¿Qué pasará con nuestras rutinas actuales? En donde, en muchas de ellas, hemos encontra- do más sentido que en la vida de antes. Ahora sé, porque lo viví con ellos, cómo el resto de mi familia entiende, estudia, trabaja. Antes, cómo reacciona cada uno cuando no entiende algo a primeras. O su timming para el aprendizaje.

Sé que un plato sabroso lleva la misma canti- dad de tiempo en prepararse que el que se in- vierte en llamar al delivery. Y que una caminata de 20 minutos a las 2 de la tarde puede ser la gloria. Extrañé, revisé y volví a reivindicar, por debilidad o necesidad, el hecho de que uno no logre limpiar a fondo y de manera sostenida su propia casa. Y descubrí que tantas reuniones eficientes o encuentros entrañables pueden ha- cerse a través de la pantalla. Cuando, con mis amigas de toda la vida, quizás pasábamos más de un mes sin vernos, nos organizamos un cur- so para el estudio del eneagrama durante los domingos de un mes, a las 10 de la mañana. Y, sí, madrugamos. Y no pasó nada. La última vez que nos habíamos conocido tanto había sido hace más de 4 años, en un viaje. Y ya habíamos cambiado un montón desde entonces. Y, ahora, aún más.

Entonces, si encontré que al otro lado de la me- lancolía estaba la resiliencia… ¿Qué hay detrás de la resiliencia? ¿Qué le agrega al sistema cuando se activa?

El resultado es el cambio. ¿Como el que nos sorprendió al principio? No. Es el cambio en una suerte de evolución. El resultado de la re- siliencia solo puede entenderse en la acción.

La resiliencia en acción es de lo que se habla cuando se habla de “emprender”. El empren- dedorismo, así, es el resultado de la resiliencia transformada en un comportamiento. Y esto es tanto una actitud como un nuevo evento acti- vador, la A de Ellis. Que luego producirá otras emociones. Muy probablemente, relacionadas con el bienestar.

Emprendedorismo, que hace comenzar otro viaje del héroe. Una nueva historia. La historia actual con todo lo que implica. Incluyendo el hecho de que elegimos y cambiamos nuestras percepciones. Y, entonces, la historia también.

Historias en donde la falta de libertad no es la clave del guión. Sino la oportunidad de recon- figuración en nuevos matices de posibilidades.

La vida, incluso bajo diferentes circunstancias, incluso en pandemia, no solo es el resultado sino también, y sobre todo, la perspectiva de la historia que nos contamos a nosotros mismos.

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Francisco Albarello

En uno de los primeros libros dedicados al ejer- cicio del periodismo en el ecosistema digital, Dan Gillmor publicó en 2004 “We the media”, que se convirtió en una especie de manifiesto sobre la posibilidad de que “cualquiera” pu- diera convertirse en periodista en la red. Na- cía lo que se denominó entonces “periodismo ciudadano”, que despertó un entusiasmo en la comunidad académica que no llegó a seducir a los medios periodísticos, que tendieron siem- pre a soslayar o bien a permitir, pero sin dejar de controlar, este tipo de participación de la au- diencia, siempre y cuando estuviera alineada con sus agenda e intereses editoriales.

“Nosotros somos el medio” quedó tal vez como una proclama demasiado arriesgada para los medios. Las redes sociales capitalizaron en gran parte estas posibilidades y dieron lugar a que, efectivamente, cualquiera pudiera crear su propio medio de comunicación. Pero seguimos hablando de medios: es decir, el ecosistema evolucionó, pero ciertas dinámicas de control y de flujos se mantuvieron, al punto de que las disputas entre los medios y las redes sociales por el control de esos flujos -y la derivada mo- netización de los contenidos y sus audiencias- hasta el presente no se han resuelto.

Pero el panorama hoy es distinto: nosotros so- mos la red es más que decir nosotros somos el medio. La red es el ambiente natural y relacio- nal en el que nos movemos, mientras que los medios son la adaptación de las formas ante- riores de producir y difundir información, que más allá de sus esfuerzos no pueden negar su naturaleza broadcasting en la relación que pro- ponen entre sus contenidos y las audiencias.

Nosotros somos la red: Internet permite que no- sotros podamos crear nuestras propias redes para producir conocimiento, y este aspecto no ha hecho más que acentuarse con la pandemia del COVID-19.

Los que investigamos no podemos dejar de reconocer que, en este contexto, que en mu-

Nosotros somos la red

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chos aspectos es difícil, en lo que refiere a la inteligencia colectiva, no ha hecho más que impulsar proyectos colaborativos. Podemos decir que gracias a la pandemia estamos re- cuperando los principios pioneros de la World Wide Web creada por Tim Berners Lee allá por el año 1989. Si bien la discusión actual sobre Internet pasa en gran medida por el control de la información, la minería de datos y la vigilan- cia de los ciudadanos a través de plataformas cada vez más sofisticadas, hay una contracara que no debemos soslayar: los investigadores nos volcamos a crear proyectos y establecer redes colaborativas que tienen a la red como protagonista.

Personalmente, llevo adelante un proyecto que se denomina precisamente “Investigar en red”1, que nuclea el esfuerzo de investigadores de 9 universidades argentinas, privadas y públicas y de diversos puntos del país, con una sola meta:

indagar sobre las transformaciones en los há- bitos de consumo de noticias y de formas de estudio de los estudiantes universitarios. Y todo el proceso de investigación, desde la recopila- ción de fuentes, la realización de las entrevistas y la presentación de los primeros resultados, lo realizamos a través de la red.

Luego, las reuniones que hacemos por strea- ming, participando desde provincias distantes como Jujuy, Río Negro, Córdoba, Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires son altamente productivas, no solo porque nos po- demos reunir todos -cosa que físicamente en otro contexto sin cuarentena sería difícil- sino porque podemos potenciar las capacidades de cada uno a través de la red. A diferencia de lo que sucedía con el periodismo ciudadano, donde tal vez estaba la tecnología, pero no la voluntad de abrir las agendas y la participa- ción, en este caso sí está la voluntad de hacer- lo, y las herramientas que nos ofrece la red, en un contexto tan desfavorable en otros aspec- tos, son las que lo hacen posible.

1 Para conocer más sobre Investigar en red: www.investigarenred.ar

Elogio de la hospitalidad

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Carlos Álvarez Teijeiro

Durante nueve meses del año 1831 el pensa- dor francés Alexis De Tocqueville recorrió los Estados Unidos estudiando su cultura, sus le- yes -fundamentalmente su sistema penal- y sus costumbres cívicas. Entre los frutos de ese viaje destaca una de las obras cumbre del pensa- miento político liberal, La democracia en Amé- rica, publicada en dos voluminosos tomos, el primero en 1835 y el segundo en 1840.

Del examen de las costumbres cívicas de los Es- tados Unidos, De Tocqueville extrae una pode- rosa conclusión: los estadounidenses del primer tercio del siglo XIX estaban unidos por lo que él denominó como “los hábitos del corazón”, una urdimbre afectiva de la que surgen no pocas vir- tudes sociales y comunitarias.

Hoy, en nuestras sociedades de la (pos)moder- nidad líquida, apenas poseemos hábitos del co- razón en común: la familia, los amigos, quizás el trabajo, la unidad nacional en torno a algunos eventos deportivos efímeros y esporádicos… y poco más. Europa, donde nacieron los hospita- les, ha dejado de ser hospitalaria, ha dejado de ser acogedora con lo extraño y distinto. Durante siglos fue uno de sus rasgos civilizatorios, hoy no lo es, penosamente. Obliga a los diferentes a vivir en sus extrarradios, en sus límites, en sus periferias. Es la aporofobia, el miedo a los po- bres, palabra creada por la filósofa Adela Corti- na y aceptada oficialmente en 2018 por el Dic- cionario de la Lengua Española.

También aquí tenemos miedo a los pobres, que son ya el 45 por ciento de la población. Nos per- turban sus rostros, sus vestimentas, su olor. Tam- bién aquí los condenamos a un extrarradio para- dójico, pues es un extrarradio interno. En Europa se los mantiene en el mar o en el borde de las fronteras. Aquí están en medio de las ciudades, entre nosotros, los privilegiados.

En un obra breve y bellísima, La hospitalidad, Jacques Derrida distingue dos formas muy dife- rentes de ser hospitalario. A la primera la deno- mina la hospitalidad de invitación. Invitamos al huésped y el anfitrión sigue siendo el centro de la escena, quien impone las reglas al invitado, que debe cumplirlas de acuerdo con las normas básicas de la educación.

Pero Derrida señala también una segunda forma de hospitalidad, la hospitalidad de visitación. En ella el huésped llega a nuestra puerta de forma imprevista y no solicitada y es él quien define las reglas de su acogida irrestricta. Por algo las puertas de la casa se abren hacia dentro, es su forma más humana de apertura.

¿De qué tipo es nuestra hospitalidad? Porque

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respondiendo a esta pregunta estamos dando respuesta a otra, qué tipo de personas somos.

Los hospitales europeos del medievo eran fun- damentalmente hospitales dedicados a acoger a los pobres. No se pretende aquí que nuestros hogares se conviertan en hospitales de peregri- nos, pero sí nuestros corazones, que se vuelvan abiertos a la hospitalidad de visitación, que no discriminen llevando al destierro a todos aque- llos que han sido desafortunados en la vida, ex- cluidos del sistema de bienes y servicios exce- dentarios del que muchos todavía gozamos, tal vez a sus expensas.

Decía Aristóteles que todos necesitamos de la vida en comunidad, todos excepto los dioses y las bestias. Los dioses olímpicos porque están muy por encima del mundo humano y las bestias porque están por debajo de él. Si excluimos a los menesterosos del mundo en común los estamos condenando a habitar en un mundo sub-huma- no, lo cual no dice nada de ellos pero sí mucho (y terrible) acerca de nosotros.

En la Argentina necesitamos, y con urgencia, recuperar hábitos del corazón. Un hábito, un ha- bitus de los latinos, es una tenencia, por lo que hábito del corazón es, esencialmente, tener el corazón, que es el prerrequisito para poder dar- lo. Solo de más, muchos más hábitos del cora- zón y compartidos depende que De Tocqueville venga a visitarnos y escriba algo merecidamen- te elogioso sobre nosotros.

Referencias

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