LAS REDES SOCIALES:
¿ADICCIÓN CODUCTAL O PROGRESO TECNOLÓGICO?
José A. García del Castillo (U. Miguel Hernández de Elche - España-)
Carmen López-Sánchez (U. de Alicante -España-) Victoria Tur-Viñes (Universidad de Alicante -España-)
Álvaro García del Castillo-López (U. Miguel Hernández de Elche -España-)
Irene Ramos Soler (U. de Alicante -España-)
1. Introducción
En la antigüedad, ante los avances científicos, se generaba una gran reactancia que llevaba a los grandes pensadores a plantearse el futuro como algo inconsistente y carente de eficacia, entendiendo que sería mucho más dañino que beneficioso. Platón (370 a. de C.) en su diálogo Fedro, pone en boca de Sócrates lo que en su opinión representa la escritura, que haría perder la tradición oral de los maestros y embrutecería a los discípulos:
“Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, la atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria;
fiados en este auxilio extraño abandonarán á caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das á tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender 'muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida” (Platón, 370 a. de C., 341).
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Veintiún siglos después de que Platón escribiera este diálogo, McLuhan (1967) con su famoso axioma “el medio es el mensaje” nos induce a pensar que las tecnologías harán que perdamos nuestra privacidad, entre otras muchas cosas:
“Los viejos y tradicionales conceptos de un pensar y de un actuar privados, aislados –los patrones de la tecnología mecánica- están muy seriamente amenazados por nuevos métodos de instantánea recuperación eléctrica de la información almacenada, por el banco de legajos procesados eléctricamente por computadoras… esa gran sección de chismes que no perdona ni olvida, de la cual no hay redención posible y que no deja borrar los primeros
‘errores’” (McLuhan, 1967, 12).
Las nuevas tecnologías han sabido establecerse en el espectro social de una forma meteórica y consistente, alcanzando una repercusión impensable hace pocos años atrás. Estamos asistiendo a una auténtica revolución tecnológica, que incide poderosamente en las relaciones sociales, pasando a un primer plano desde la virtualidad para convertirse en un motor universal de interconectividad.
Conceptos básicos en la convivencia diaria de las personas como el de amistad, profesión, docencia o ciencia, entre otros, se convierten en detonantes de un nuevo e intrincado sistema de relaciones que cambian completamente su sentido primario, consiguiendo que nuestro estilo de vida se transforme.
Las redes sociales, en su relativamente corta
existencia, podemos estar hablando de dos décadas, han
conseguido modificar la realidad social. Se ha creado un
nuevo entorno de comunicación y de relación donde
confluyen diferentes desarrollos tecnológicos que avanzan
todos en la misma dirección. De hecho un teléfono móvil ha
dejado de ser únicamente un instrumento de comunicación
oral, que fue su misión tradicional, para pasar a contar con
una amplia funcionalidad con diversas aplicaciones de
comunicación además de la conversación convencional
(Flores, 2009).
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En términos positivos podemos aventurar que se ha dado un gran paso adelante, poniendo en contacto directo e inmediato a millones de usuarios, sin tener en cuenta la hora, el lugar o cualquier otra cuestión que pudiera mediatizar la interrelación entre personas y grupos. En términos negativos nos encontramos ante un más que posible comportamiento adictivo, por lo que conlleva de autorrefuerzo, además de las connotaciones particulares que contiene este tipo de relación entre personas.
Pero siendo conscientes del gran avance que suponen las redes sociales, tal y como señala Díaz (2011), las redes virtuales pasan a ser redes reales con una importante función social. Podríamos añadir que para los más jóvenes, el hecho de no estar en contacto a través de estas redes supone una forma de no existir, de exclusión social, de no estar integrado en el mundo de los demás, de no participar en los acontecimientos de su entorno, de llegar a estar ninguneados.
Para una gran cantidad de usuarios, resulta muy gratificante estar durante horas delante de la pantalla sin intromisiones y sin necesidad de tener contacto real con sus interlocutores, lo que se puede traducir en un deseo incontrolable de estar conectado permanentemente. De hecho, según un estudio elaborado por la Fundación Orange (2011), el 94,1% de jóvenes entre 16 y 24 años habían usado Internet en los tres últimos meses y un 85,3% entre 25 y 34 años. De estos altos porcentajes de usuarios, los estudios epidemiológicos hablan de un 77% de jóvenes entre 18 y 24 años que pueden considerarse adictos a las nuevas tecnologías (Masip, 2014).
Una utilización racional y coherente de las redes
sociales implica un progreso personal, profesional, científico
y de aprendizaje. Un uso abusivo desemboca en un
comportamiento adictivo que, además, puede inducir de una
forma latente a otras adicciones asociadas con estas redes o
con el ciberespacio (sexo, compra, trabajo,…). Por ello, una
de las paradojas que confronta el uso racional y el adictivo
es precisamente que cuanto más activo se muestra un
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usuario en las redes sociales más probabilidad tiene de potenciar nuevas oportunidades personales, laborales o académicas y más probabilidad tiene de generar una adicción, es decir, el fenómeno de la retroalimentación.
El objetivo general de este capítulo es analizar desde postulados teóricos, las ventajas de las redes sociales para el desarrollo personal, profesional y académico frente a la posibilidad de generar un comportamiento adictivo por un uso irracional y abusivo.
2. Concepto y uso de las redes sociales
Internet es un entorno virtual donde los usuarios pueden publicar y compartir contenidos multimedia, jugar en línea con amigos, conocidos o desconocidos, recabar información de cualquier cosa, intercambiar ideas, conocimientos, opiniones, trabajar en equipo a distancia y un largo etcétera, que hacen de su uso una fuente interminable de posibilidades.
Las redes sociales o servicios de redes sociales, una de las muchas posibilidades que favorece Internet, se desarrollan hace poco más de una década (Social Media Marketing, 2011) y provocan un impacto social de proporciones inusitadas, que sorprendieron incluso a sus creadores. Según la definición de Boyd y Ellison (2008), podemos decir que las redes sociales, o más concretamente los “servicios de redes sociales” (SRS) (entendidos éstos como páginas o servicios web), son comunidades virtuales donde las personas pueden crear un perfil propio y plasmar todo tipo de información personal interactuando con los perfiles de sus amigos en la vida real, así como conocer a nuevas personas con las que compartan algún interés.
Estos autores proponen tres etapas diferenciadas entre el nacimiento de las redes sociales y la situación actual:
1. El primer periodo se caracteriza por la generación de
numerosas redes sociales para acomodar los
diferentes perfiles de los usuarios y potenciales
usuarios.
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2. El segundo periodo, hacia el año 2000, las redes sociales comienzan a aglutinar el espectro económico mediante redes profesionales.
3. El tercer periodo, se caracteriza por el auge que adquieren las redes sociales y lo que éstas implican en la investigación de la comunicación.
El uso prácticamente masivo de estas redes por parte de la población de adolescentes y jóvenes, acarrea una serie de diferentes ventajas y problemas asociados a las redes sociales como grupos más vulnerables. Además de cambiar la forma de comunicación convencional, como nos indica Carr (2013, 123) “hasta nuestra experiencia directa del mundo se empieza a ver mediatizada” en las redes sociales.
Podríamos destacar otras características que están descollando singularmente y que abren nuevas tendencias a los usos de las redes sociales:
1. Cambio estructural de las relaciones.
Una primera característica, que está desarrollándose
con gran rapidez en las relaciones interpersonales de los más
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jóvenes, es el hecho de negarse la posibilidad de una relación cara a cara por considerarla imposible e intentar la relación por medio de las redes con la intención de darse a conocer a los demás y que éstos cambien su forma de pensar. De conseguirlo puede convertirse en una ventaja sustancial para superar problemas de timidez o relación, siempre y cuando las relaciones se lleven a cabo dentro y fuera de la red.
Un buen ejemplo de este hecho lo encontramos en Boyd (2008), en el relato siguiente:
“Si no estás en MySpace, no existes. Tengo 13 años y
estoy en séptimo grado. No soy representante de los estudiantes, ni soy animadora, ni jefe del equipo de debate.No soy una chica guapa ni popular en mi clase. Soy un poco tímida y es muy difícil llegar a impresionar a mis compañeros para ser su amiga. Cuando me voy de vacaciones con mis padres tomo muchas fotografías y escribo sobre los lugares que visito y después los cuelgo en las redes sociales, porque creo que si mis compañeros leen lo que digo y cómo lo digo querrán ser mis amigos” (Boyd,
2008, 119).
2. Aumento de la vulnerabilidad.
Una segunda característica la encontramos en la sobreexposición de los más jóvenes en las redes sociales, hecho que los pone en una situación de vulnerabilidad ante muchos peligros potenciales. El exceso de confianza es una de las facetas más representativas de los preadolescentes y adolescentes. Muestra de ello es el estudio de Almansa, Fonseca y Castillo (2013), donde concluyen que la sobreexposición de los jóvenes entre 12 y 15 años en Facebook de población española y colombiana es patente.
De hecho señalan que admiten a desconocidos como amigos
e incluso ponen datos de teléfono móvil para contactar. En
esta misma línea de alta vulnerabilidad encontramos el
problema del cyberbulling (Gámez, Orue, Smith y Calvete,
2013), que genera en los acosados problemas clínicos de
depresión, uso de sustancias y otros problemas
comportamentales. Estos extremos, en principio altamente
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problemáticos, se pueden ven amortiguados por el propio aprendizaje dentro de las redes.
3. Disminución de la edad de inicio.
Una tercera característica en el uso de redes sociales se traduce en la tendencia marcada de un acceso cada vez más temprano. En el estudio de Colás, González y de Pablos (2013), con una muestra de 1.487 jóvenes con edades comprendidas entre los 13 y los 19 años, más del 94%
comienza a utilizar las redes sociales entre los 10 y los 15 años de edad. En población portuguesa, de una muestra de 3.039 jóvenes entre 10 y 15 años, más del 90% acceden a las redes sociales (Almeida, Delicado y Alves, 2008). Así mismo desde el informe Obercom (2010), se afirma que más del 95% de los jóvenes entre 10 y 15 años utiliza acceso a Internet desde su casa, visitando sitios web, juegos y redes sociales. En muestras americanas, el 93% de jóvenes entre los 12 y los 17 años utilizan Internet y sus servicios de redes sociales (Lenhart, Purcell, Smith y Zickuhr, 2010). Es una ventaja destacable que los jóvenes tengan contacto con las nuevas tecnologías desde edades muy tempranas, siempre que su utilización esté mínimamente supervisada por los adultos de referencia.
4. Motivaciones de uso de redes sociales perfiladas.
Por último señalar que las motivaciones de los
usuarios jóvenes de redes sociales se van perfilando cada
vez más, en cuanto a que los chicos acceden con la intención
de cubrir necesidades de tipo emocional y las chicas lo
hacen más en función de un uso relacional o social (Colás,
González y de Pablos, 2013; Costa, 2011; Flores, 2009; De
Haro, 2010). La aproximación a las redes sociales desde
estos perfiles favorece un desarrollo normalizado en los
jóvenes, que puede fomentar nuevos valores. Según señalan
Espinar y González (2009), el mayor atractivo que
encuentran los jóvenes con las redes sociales virtuales es
que satisfacen plenamente sus necesidades de
comunicación, sin esfuerzo, de una forma divertida y con la
máxima inmediatez.
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Para tener un buen uso de las redes sociales, habría que contar con algunas estrategias de prevención o factores de protección (Ramón, 2010; Velasco, 2014):
o Limitar las horas de conexión de una forma pactada y racional.
o Fomentar y potenciar actividades diferentes a la conexión (deportes, salir con los amigos, lectura, cine, voluntariado, trabajo en equipo,…).
o Ser muy cauteloso con la información que se sube a las redes sociales (datos personales, fotografías, videos,…).
o Promocionar al máximo la comunicación con la familia, los amigos, los conocidos,…
En los últimos años han adquirido una gran relevancia las redes sociales profesionales y académicas, poniendo en contacto a usuarios que buscan empleo con empleadores, en las de carácter profesional, y facilitando la visibilidad del conocimiento científico mediante redes sociales académicas.
Aunque como señalan Barrajón y Tur-Viñes (2014): “Existe un gran desconocimiento en cuanto al potencial de las nuevas tecnologías como medio potenciador de la calidad en la comunicación, y más concretamente de las redes sociales como recurso educativo, tanto por parte del alumnado como del profesorado, ya que los resultados obtenidos demuestran que los docentes no hacen un uso educativo de esta herramienta” (Barrajón y Tur-Viñes, 2014, 61).
3. Comportamiento adictivo y redes sociales
Muchas de las fronteras entre un comportamiento
normal y un comportamiento adictivo, están aún por
determinar, sobre todo cuando hacemos referencia a las
adicciones comportamentales o psicológicas. Las primeras
referencias a las adicciones psicológicas son ya clásicas,
Marlatt y Gordon (1985) ya señalaban que las conductas
habituales y cotidianas como comprar, trabajar, jugar, etc.,
que cuentan con efectos altamente reforzantes para la gran
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mayoría de las personas tienen a su vez una característica de inmediatez en el refuerzo, lo que las hace potencialmente adictivas.
No obstante, este argumento tan alarmante, no nos puede inducir a pensar que cualquier comportamiento reforzante e inmediato nos llevará irremisiblemente a una adicción, porque todos estos comportamientos contienen muchos beneficios en potencia que la mayoría de las personas saben canalizar sin llegar a generar un problema de salud (García del Castillo, 2013). Actualmente la American Psychiatric Association (APA) no reconocen la mayoría de estos comportamientos como adictivos, entre otros motivos porque se siguen calificando más como un problema del control de impulsos que como una adicción propiamente dicha (Brugal, Rodríguez-Martos y Villalbí, 2006).
Posiblemente la postura más aceptada se apoya en el modelo biopsicosocial de Griffiths (2005), que compara el abuso de sustancias químicas (alcohol, tabaco y otras drogas) con la adicción a las nuevas tecnologías. Los criterios clínicos que formula se pueden agrupar en los siguientes (García del Castillo, 2013, 9).
o Saliencia: Cuando una actividad particular se convierte en la más importante en la vida de la persona, dominando sus pensamientos, sentimientos y conductas. Un ejemplo orientado a la adicción de las redes sociales: “Me paso la mayor parte del tiempo observando lo que hacen los demás en las redes sociales (o pensando en hacerlo)”.
o Cambios de humor: Experiencia subjetiva que relatan las personas al implicarse en una actividad particular. Se puede expresar como “sentir un subidón”, sentimientos desestresantes o tranquilizantes de escape, disforia. Un ejemplo orientado a la adicción de las redes sociales:
“Cuando estoy participando activamente en las redes
sociales me olvido completamente de todos mis
problemas”.
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o Tolerancia: aumento necesario de cualquier cosa, para llegar a sentir los mismos efectos que al principio. Un ejemplo orientado a la adicción de las redes sociales: “Cada vez paso más tiempo jugando en las redes sociales para sentirme bien”.
o Síndrome de abstinencia: Sentimientos de incomodidad o estado físico, psicológico, social desagradable cuando una actividad se reduce de forma súbita. Un ejemplo orientado a la adicción de las redes sociales: “Me siento muy mal, si por algún motivo no puedo dedicar mi tiempo a participar activamente en las redes sociales”.
o Conflicto: Conflictos interpersonales o consigo mismo (intra psíquico). Son conscientes de que tienen un problema, pero no pueden controlar (experiencia subjetiva de pérdida de control). Un ejemplo orientado a la adicción de las redes sociales:
“Por pasar demasiado tiempo participando activamente en las redes sociales he tenido problemas con mis mejores amigos”.
o Recaída: Tendencia a volver a los patrones originales de la actividad después de un periodo de abstinencia.
Un ejemplo orientado a la adicción de las redes sociales: “Si paso algún tiempo sin conectarme a las redes sociales cuando lo vuelvo a hacer mi actividad sigue siendo la misma”.
Aunque no contemos aun con un criterio único de diagnóstico, el abuso de las nuevas tecnologías pasa necesariamente por Internet como primer motor, generando unos postulados claros en dos direcciones: Por una parte la consideración de poder ser adicto a las redes por sí mismas y en segundo lugar que el uso de Internet te lleve a otras adicciones psicológicas (sexo, compra, redes sociales, etc.) (García del Castillo, 2013).
Sabemos que a mayor frecuencia de uso, mayor
probabilidad de adicción futura. Los usuarios con una
frecuencia alta de uso de Internet tienen un perfil que cuenta
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con las siguientes variables psicosociales: tendencia a la introversión; sentimientos de incapacidad para relacionarse con los demás; relaciones sociales incómodas; búsqueda de refuerzos sociales sin necesidad de tener contacto real (García del Castillo, Terol, Nieto, Lledó, Sánchez, Martín y Sitges, 2008).
Como hemos visto anteriormente, las redes sociales no significan en sí mismas un problema y cuentan con muchos beneficios potenciales para los usuarios moderados.
Lo que realmente puede generar una conducta de adicción a las redes sociales no es el patrón de conducta que está implicado, sino la relación que una persona establece con esa conducta (Alonso, 1996; Echeburua y Corral, 2009).
Los síntomas que pueden indicarnos la diferencia entre uso y abuso de las redes sociales las propuso Young (1998):
o Tiempo de conexión alto (recortando el sueño, las obligaciones,…).
o Sustituir el estar conectado por otras actividades relevantes (contacto familiar, relaciones con amigos y conocidos,…).
o Obsesionarse con estar conectado.
o Ser reprendido por abusar de la frecuencia y tiempo usando la red, llegando incluso a mentir del tiempo real que pasa conectado.
o Intentar conectarse menos tiempo y fracasar.
o Disminuir el rendimiento laboral y académico.
o Sentirse contento anormalmente cuando está conectado.
Los factores de riesgo involucrados en el abuso de las redes sociales, los podemos agrupar en las siguientes variables (Echeburúa, 2012):
o Vulnerabilidad psicológica.
o Estrés.
o Familias disfuncionales.
o Presión social.
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o Un uso elevado, que conlleva el consiguiente riesgo de adicción a las redes sociales virtuales, está asociado también a variables de personalidad que podríamos agrupar en las siguientes (García del Castillo, 2013):
o Personalidad narcisista (La Barbera, La Plagia y Valsavoia, 2009).
o Extroversión, Neuroticismo y apertura a nuevas experiencias (Correa, Hinsley y de Zuniga, 2010).
o Aburrimiento y búsqueda de soledad (Zhou y Leung, 2012).
o Asociación entre un grado de extroversión alto y un bajo compromiso (Wilson, Fornasier y White, 2010).
o Extroversión para mejorar las relaciones e introversión para amortiguar la falta de relaciones (Kuss y Griffiths, 2011).
o Ansiedad alta, estados depresivos y falta de habilidades sociales (Herrera, Pacheco, Palomar y Zavala, 2010).
4. Conclusiones
Queda suficientemente probado que estamos en una encrucijada difícil de resolver, porque los posibles beneficios de las redes sociales virtuales son muchos y variados, así como sus peligros potenciales. Podríamos aventurar que ocurre algo similar, salvando las distancias, con el consumo de algunas sustancias de abuso, que médicamente tienen unas propiedades insustituibles, como por ejemplo el opio, pero que empleadas de una forma arbitraria y recreativa, se convierten en auténticos desastres para la salud y el entorno de quienes las consumen.
En principio el uso moderado y controlado de las
redes sociales virtuales es altamente beneficioso como
hemos indicado. Caldevilla (2010), por su parte, señala que
ayudan al avance de las tecnologías, modifican el
periodismo clásico facilitando la información de forma
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inmediata, permiten aprender y mejorar idiomas, desarrollar nuevas aficiones, mejorar la interactividad, etc. Pero como también afirma el autor, al final el uso que se hace de las redes depende de las intenciones y los criterios éticos y morales de los usuarios. Podemos añadir que el problema no está en las redes sociales virtuales en sí mismas, sino en el uso que se hace de ellas, un axioma tan universal que serviría para multitud de cuestiones y situaciones.
Posiblemente una de las cuestiones que dificultan el estudio pormenorizado de los efectos adictivos de las redes sociales se encuentre en la rapidez con la que se desarrollan así como la gran cantidad de ramificaciones y derivaciones que generan. Los postulados de Carr (2013) acerca de los maleficios que están favoreciendo las nuevas tecnologías, habría que tenerlos muy presentes. Se modifican esquemas básicos de la forma de pensar, del vocabulario, de la concentración entre otros muchos, pasando a ser mucho más superficiales.
Los riesgos de adicción, aunque no están claramente definidos y seguimos aun delimitando los criterios diagnósticos, se perfilan peligrosos para un gran número de usuarios que abusan del tiempo de conexión, que se refugian detrás de las tecnologías para no tener que enfrentarse a relaciones reales, que falsean sus vidas con datos ficticios para recrear nuevas identidades en las que sentirse más seguros, que abandonan sus actividades y obligaciones para atender las necesidades que les generan las redes sociales como subterfugio de sus propias carencias.
No podemos, ni debemos generalizar la problemática
de estas tecnologías, pero si tenemos la obligación ética,
moral y profesional de intentar canalizarlas adecuadamente
entre la población más joven. Sabemos positivamente cuáles
son los factores de riesgo y de protección para afrontar una
posible adicción a las redes sociales virtuales y por ello
tendremos que poner en marcha los mecanismos que
posibiliten que siga avanzando la tecnología y que sigan
disminuyendo los potenciales peligros que esta conlleva.
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EMOCIONES, IDENTIDAD Y TECNOLOGÍA DIGITAL
Javier Serrano-Puche (Universidad de Navarra -España-)
Esta investigación ha sido financiada por el proyecto “Cultura Emocional e Identidad” del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. El autor es Investigador del Center for Internet Studies and Digital Life (Facultad de Comunicación.
Universidad de Navarra).
1. Introducción
Desde el punto de vista de la comunicación, y en una sociedad como la nuestra –caracterizada por la hiperconectividad–, es indudable la relevancia adquirida hoy en día por el teléfono móvil. En él, como en el resto de tecnologías digitales, se advierte una “doble articulación” (Silverstone y Hirsch, 1992). Por un lado es un objeto material que opera como medio de comunicación que nos conecta con el mundo y con los demás; por otro, es un objeto cultural que por su conectividad ubicua, su capacidad de personalización y su omnipresencia está estrechamente vinculado a la actividad diaria y a la identidad y relaciones sociales de sus usuarios. No sólo sirve, por tanto, como un meta-dispositivo tecnológico con múltiples funciones (cámara, agenda, videoconsola, reproductor de audio y vídeo, GPS…), sino que presenta una dimensión simbólica que le reviste “con nuevos significados sociales construidos a partir de la interacción con los otros, de modo que el dispositivo tecnológico pasa a ser, además de medio de comunicación, una herramienta de trabajo, un instrumento de control o independencia –según convenga–, un elemento de seguridad o un símbolo de estatus” (Yarto Wong, 2010: 193).
Las peculiaridades de la comunicación móvil, que libera de las limitaciones de la proximidad física y la inmovilidad espacial (Geser, 2004), conducen a una reconfiguración de nuestra
relación con el espacio y el tiempo (Ling y Campbell, 2009). La movilidad es, por tanto, un factor disruptivo (McGuire, 2007;
Vacas Aguilar, 2009), pues introduce nuevos escenarios en el consumo cultural y mediático y permite a la persona que se conecte en cualquier lugar, también durante los desplazamientos o en los tiempos de espera, posibilitando así el desarrollo de una
“intimidad nómada” en espacios públicos de interacción (Fortunati, 2002) y difuminando también las fronteras clásicas entre los ámbitos laboral, familiar y de ocio (Wajcman, Bittman y Brown, 2009).
En las prácticas comunicativas y usos cotidianos de las personas a través de sus móviles cabe advertir de manera clara otro de los rasgos distintivos de nuestro tiempo: la creciente relevancia de las emociones en todos los ámbitos de la realidad humana y social. Frente a épocas anteriores en las que la
“dimensión sentiente” de la persona era relegada a un segundo plano, la sociedad actual se caracteriza por una fuerte cultura emocional (González, 2012). En las relaciones interpersonales mediadas por los móviles se constata muy particularmente este
“giro afectivo” (Clough y Halley, 2007) y su influencia en la construcción de la identidad personal (Stald, 2008; Lasén, 2009).
Más aún, los propios dispositivos móviles llegan a suscitar el afecto de sus propietarios, pudiendo generar en éstos una dependencia emocional respecto a sus teléfonos (Vincent, 2005).
Con el objetivo de comprender las peculiaridades de las interacciones comunicativas a través de los móviles –desde el punto de vista de la construcción de la identidad personal y en el marco de la cultura emocional distintiva de las sociedades contemporáneas–, en las páginas siguientes abordaremos: en primer lugar, el entorno digital (así como la confluencia simultánea de los ámbitos online y offline) como un espacio propicio para el afloramiento de emociones intensas, tanto positivas como negativas; en segundo lugar y más específicamente, describiremos las emociones o sentimientos recurrentes que emergen en el uso de los teléfonos móviles.
2. El ámbito digital como espacio y fuente de emociones
Con la implantación generalizada de la tecnología digital el ámbito de la sociabilidad se ha extendido, de tal modo que las
personas se relacionan ya tanto en el entorno offline como en el online. Hoy en día “la sociabilidad online forma parte cotidiana de la vida diaria de las personas; y (…) las relaciones sociales ya están hibridadas entre ambos contextos” (del Fresno, 2011: 93).
Así pues, la vida social tradicional (más lenta y localizada) coexiste con la vida social digital (más rápida y desarraigada).
Como señala Ana Marta González,
“nos encontramos ante dos regímenes espacio- temporales, cada uno acompañado de su correspondiente régimen emocional (…) A diferencia del régimen emocional tradicional, el régimen emocional tecnológico [es] sobre todo un régimen de intensidades emocionales: ante todo importa la cantidad de emoción, cuánto hemos llorado, cuánto hemos reído. En contraste, el régimen tradicional es sobre todo un régimen de cualidades emocionales: no en el sentido de que las garantice por sí solo, pero sí en el sentido de que las hace realmente posibles” (2013:
13).
Las intensidades emocionales del ámbito digital no se dan por igual en todos los usos y ambientes de dicho medio. En palabras de Lasén (2010), cada uno de los dispositivos tecnológicos, aplicaciones o canales de comunicación (videollamada, mensajería instantánea, etc.) lleva aparejado un particular “ancho de banda afectivo”, es decir, permite pasar una determinada cantidad de información emocional. Por otra parte, Internet a su vez incluye diferentes entornos sociotécnicos que permiten que las emociones permeen en mayor o menor grado.
Las posibilidades expresivas de cada de uno de esos entornos (blogs, redes sociales, chats, etc.), los temas y tópicos que centran la interacción, el contexto y propósito de uso de las personas, su grado de anonimato o autorrevelación y la inversión de tiempo o frecuencia con que se conectan son algunos de estos “factores de emocionalidad” de la Red (Gómez Cabranes, 2013: 219-223). En cualquier caso, coincidimos con González en que “no hay que temer que el régimen tecnológico pueda llegar algún día a anular el tradicional; este es la condición de posibilidad de aquel. Al mismo tiempo, sin embargo, es indudable que la coexistencia de ambos regímenes emocionales genera interferencias entre las lógicas emocionales propias de cada uno” (2013: 13-14).
En efecto, la capacidad de los medios digitales para desdoblar la presencia de la persona, que puede así estar al mismo tiempo en dos lugares (el contexto en que físicamente se encuentra y el ámbito tecnológicamente mediado al que accede a través de las pantallas) origina situaciones en las que la decisión de atender uno u otro espacio de interacción desencadena reacciones emocionales en el usuario o en las personas de su entorno1
a) Los estudiantes de todos los países, en repetidas ocasiones, emplearon el término ‘adicción’ y ‘dependencia’ para referirse a sus hábitos frente a las tecnologías digitales.
. Este fenómeno se agrava ante la constatación de que, especialmente entre los jóvenes (Reig y Vílchez, 2013), la hiperconectividad no es sólo un hábito, sino un componente imprescindible en el modo en que construyen y manejan sus amistades y su vida social. En este sentido, es muy ilustrativo el experimento denominado The World Unplugged (Moeller, Powers y Roberts, 2012), en el que se pidió a más de 1.000 estudiantes de doce universidades de todo el mundo que se abstuvieran durante un día completo de usar Internet y todas las tecnologías móviles y escribieran un pequeño diario de esa jornada, para que tomaran conciencia de cómo era su consumo mediático y su nivel de dependencia de la conectividad digital.
Algunas de las conclusiones más relevantes de esas 24 horas de abstinencia, según lo escrito por los participantes del estudio, son las siguientes:
b) Una mayoría de jóvenes de todos los países admitió su incapacidad para desconectarse. Los estudiantes concluyeron que los dispositivos para comunicarse, especialmente sus teléfonos móviles, se han convertido literalmente en una extensión de sí mismos y forman parte de su identidad personal. Para muchos de ellos, la prueba de desconexión les reveló la situación de soledad en que se encuentran.
1 En el plano lingüístico, ha dado pie a la creación de neologismos como phubbing, un término inglés compuesto a partir de las palabras “phone”
(teléfono) y “snubbing” (despreciar), que describe la situación en la que la persona resta atención a sus acompañantes para dedicársela a su teléfono móvil o a otros aparatos electrónicos. También en el ámbito anglosajón se ha acuñado el término la palabra pizzled para referirse a la combinación de los sentimientos de enfado (“pissed off”) y perplejidad (“puzzled”) de quienes sufren el phubbing, es decir, ven cómo la persona con la que están hablando opta por anteponer la interacción digital a la conversación cara a cara.
c) Algunos jóvenes reflejaron las diferencias cualitativas positivas, incluso en sus relaciones cercanas, que experimentaron durante el período de desconexión. Muchos estudiantes señalaron como beneficios de la desconexión digital temporal la sensación de liberación, de paz y una mejor comunicación con sus familiares y amigos cercanos.
Otras investigaciones recientes parecen corroborar las conclusiones apuntadas en The World Unplugged. Jeffrey Hall y Nancy Baym (2012) constatan que un empleo demasiado intenso de las tecnologías digitales suscita con frecuencia en las personas una tensión entre el deseo de estar unidos a través de la tecnología y sentirse al mismo tiempo atrapados por ella. Uno de los fenómenos que se derivan de ello es el descrito como “síndrome FOMO” (Fear Of Missing Out): el temor a estar perdiéndose algo lleva al usuario a la incapacidad de privarse de Internet (Przybylski et al., 2013). Temor que también se refleja en el miedo de algunos usuarios de volverse invisibles frente a sus contactos, si dejan de actualizar su estado en las diferentes redes sociales. Como apunta Rosalía Winocur (2009: 69), estar conectado implica esencialmente estar visible, ya que
“la visibilidad garantiza la inclusión en un mundo cuya representación se ha desplazado de lo palpable a lo comunicable (…) La clave que explica lo trascendente que se ha vuelto estar visible radica en lo amenazadora que resulta la invisibilidad. En términos de impacto social, para los jóvenes lo que no puede ser visto en los medios o subido a la red no existe”.
Por otra parte, la velocidad inherente a las comunicaciones digitales, unido a la sobreabundancia informativa disponible en la Red, puede ocasionar reacciones emocionales negativas cuando la persona carece de herramientas o habilidades para asimilar correctamente ese volumen excesivo de información. “Tecnoestrés”
(Brod, 1984), “ansiedad informativa” (Wurman, 1989) e incluso aburrimiento (Klapp, 1986) son algunas de las patologías descritas por la bibliografía científica, y que ponen de manifiesto la necesidad de adoptar un consumo mediático responsable y saludable (Serrano-Puche, 2013).
3. Emociones vinculadas al uso del teléfono móvil
Las tecnologías digitales, como hemos visto, son
“tecnologías afectivas” (Lasén, 2009), en el sentido de que son cauce para la expresión de emociones (Vincent y Fortunati, 2009) y participan en la constitución de subjetividades e identidades.
Tienen la capacidad de fijar las emociones, de transformarlas en
“inscripciones digitales” (Lasén, 2010), en objetos que se pueden almacenar, gestionar, visualizar, comparar, compartir, etc. Se erigen así en lo que Foucault (1988) denomina “tecnologías del yo”, especialmente el teléfono celular, dada su condición de dispositivo móvil que siempre está junto a su propietario. La amplia gama de modelos disponibles en el mercado y la posibilidad de personalizar muchas de sus características, tanto externas como internas (funda o carcasa, timbre de llamada y notificaciones, fondo de pantalla, aplicaciones descargadas…), lo convierten en un artefacto en el que queda reflejada la identidad del usuario (Katz y Sugiyama, 2005; Sugiyama, 2009), ya sea de modo más o menos intencional.
Por otra parte, y debido a que la conectividad constante es hoy en día una realidad extendida, estar siempre disponible en el móvil se ha convertido casi en una obligación social (Baron, 2011). Se han generado unas expectativas de uso ubicuas (Ling, 2014), como refleja el hecho de que “para la mayoría de los jóvenes […] la posición de ‘apagado’ ha sido borrada de su modelo cultural de teléfono móvil. Desde un punto de vista fenomenológico, simplemente no existe” (Caron y Caronia, 2007:
41). Este “contacto perpetuo” (Katz y Aakhus, 2002) no está exento de ciertas disonancias emocionales, ya que
“Cuando enviamos un SMS, esperamos que el destinatario esté ‘conectado’ permanentemente y así, un retraso en la respuesta puede ser considerado como un desafecto personal. El teléfono móvil ‘nos libera’ (para darnos movilidad) pero se convierte en una atadura, ya que se espera que estemos siempre localizables, siempre
«de guardia” (Hjorth, 2009: 129).
En este sentido y como ha señalado Jane Vincent (2010), que lleva investigando durante más de una década las prácticas socioculturales de móviles en Reino Unido, una de las emociones
más frecuentes entre los usuarios es el pánico ante la posibilidad de tener que distanciarse del teléfono o que éste agote su batería.
También es habitual el sentimiento de ansiedad o estrés (Höflich, 2009), cuando uno es contactado de manera indeseada o en una situación incómoda, provocando que la persona tenga que
“gestionar” sus emociones (Hochschild, 1979) en dos frentes simultáneos: el de las personas co-presentes y aquel que está mediado por la tecnología. La obligación de mantener la atención ritual debida en esos dos frentes “lleva, por ejemplo, a la necesidad de “escenificación de la llamada”, es decir a las señales (mayormente no verbales) hacia los co-presentes indicando que la atención prestada al teléfono es breve, o impuesta, etc” (Sandoval, 2013: 7-8). La complejización de las interacciones sociales cuando convergen ambos planos – presencial y digital– es aún mayor cuando éstas tienen lugar fuera del ámbito doméstico. Uno de los fenómenos que evidencian el impacto social y en las relaciones sociales (Castells et al., 2006;
Ling, 2008) que acarrea la implantación cotidiana de los móviles es cómo éstos están contribuyendo a redefinir los límites entre público y privado. Informaciones y sentimientos privados se vuelven públicos a través de los móviles. De hecho, entre los usuarios de móvil encuestados por Vincent (2010), otra emoción recurrente es la excitación al recibir mensajes o llamadas de carácter íntimo en un espacio público. Como ejemplifica Sophie Arkette, “el trayecto del usuario de transporte público se ha convertido en una sucesión de comunicados de localización y breves fragmentos de narrativas” (2004: 164).
En este sentido, es innegable que el espacio y el comportamiento públicos se han visto modificados con la utilización habitual de los medios móviles. Las personas que se comunican por el móvil no pierden la conciencia del lugar en el que están (Höflich, 2005; Höflich y Schlote, 2009); más aún, en lugar de desconectarles del entorno, los móviles permiten nuevas conexiones y usos de los elementos y espacios urbanos, de tal modo que “elementos arquitectónicos como umbrales, alfeizares y fachadas, (…) se convierten en improvisados asientos, mesas y apoyos donde conversar, escribir mensajes, jugar, observar la pantalla o tomar notas de lo que se nos dice al teléfono” (Lasén, 2006: 44).
Desde otro punto de vista, los que utilizan el móvil en público contribuyen a modificar el ambiente, el humor de ese espacio compartido. Influyen en la materialidad afectiva de lo
urbano “al revelar informaciones y sentimientos personales a través del contenido de sus conversaciones y al mostrar con sus cuerpos estados de ánimo, emociones relacionadas con lo que están hablando, como alegría, tristeza, preocupación, enfado, hilaridad” (Lasén, 2006: 46).
4. Conclusiones
Como ha quedado expuesto en las páginas precedentes, la tecnología no sólo sirve de cauce para la expresión de los afectos de las personas, sino que también contribuye a modelarlos. En concreto, en el uso cotidiano de los teléfonos móviles se revela de modo claro la relevancia que han adquirido las emociones en nuestra época, y cómo éstas –con ayuda de la tecnología digital–
influyen a su vez en el modo en que el “yo” de sus usuarios se configura y manifiesta.
El dispositivo móvil no sólo transforma las relaciones entre las personas, sino también las relaciones de éstas con los espacios que ocupan, desdibujando así las fronteras entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo social.
En definitiva, las innovaciones tecnológicas, el modo en que se desarrollan las relaciones sociales (con la expresión de emociones que en ellas emergen) y la conformación de identidades son realidades íntimamente ligadas; y reclaman una aproximación que tenga en cuenta las múltiples y complejas vinculaciones que existen entre ellas.
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VII
LA UBICUIDAD DEL ARTE: LA DIVULGACIÓN POR MEDIO DE LAS REDES SOCIALES
Santos M. Mateos Rusillo (U. de Vic -España-)
El pasmoso crecimiento de nuestros medios, la flexibilidad y precisión que éstos alcanzan, y las ideas y costumbres que introducen, nos garantizan cambios próximos y muy hondos
en la antigua industria de lo Bello (Paul Valéry )
Desde el nacimiento de los primeros museos modernos, allá por el siglo XVIII, estos siempre han incorporado la divulgación como una variable más de su secuencia genética. Una mediación cultural que inicialmente se realizaba in situ, pero que con el paso de las décadas se iría expandiendo también fuera de ellos, lo que resituará y aumentará exponencialmente su papel e importancia como vehículo de mediación y transmisión cultural.
Los soportes utilizados por los museos de arte para
«divulgar a distancia» su patrimonio artístico han sido tradicionalmente los libros, catálogos, guías, folletos y literatura variada. Material que copó, durante muchas décadas, ese papel de
«embajador de contenidos» del museo.
Con el advenimiento de la revolución digital, que llegará e impactará también en el mundo de los museos, a esos «viejos»
medios se les han ido sumando otros «nuevos», que vuelven a permitirles un aumento de su poder difusor, con la diferencia que ahora la cobertura mediática que pueden alcanzar es global e instantánea. Si antes había que desplazarse físicamente al museo o acceder a algún material editado por el mismo, ahora, gracias a internet, las aplicaciones de la Web social y los dispositivos
móviles, el museo puede satisfacer en cualquier lugar y momento su impulso genético por divulgar: allá donde se encuentre una persona con interés por el patrimonio artístico de un museo, allá que el museo se «desplazará» para satisfacerle. Los museos y el arte que en ellos se custodia han adquirido una suerte de ubicuidad, haciendo realidad la prognosis que Paul Valéry planteaba en 1928 (1999).
Los museos que quieran alcanzar una cobertura universal e instantánea tienen un aliado perfecto en Internet, el hábitat natural de los ya clásicos portales web corporativos y de las más jóvenes redes sociales. Gracias a este nuevo ecosistema mediático, y como ya avanzaba Paul Valéry para la música, ya es tan fácil acceder a la imagen de una obra de arte como tener luz y agua en nuestras casas: es suficiente que la yema de nuestro dedo índice toque la pantalla de un dispositivo móvil para que el arte abandone su domicilio y llegue hasta nosotros.
Este artículo reflexiona teóricamente sobre el lugar que pueden ocupar las redes sociales en la labor divulgativa de los museos de arte, presentando y analizando dos estudios de caso de museos españoles, que permiten demostrar que las aplicaciones de la Web 2.0 son algo más que como meros canales informativos, corporativos o promocionales, convirtiéndose en potentes plataformas de mediación cultural al servicio de los museos, del patrimonio artístico y de sus usuarios.
1. Museos y divulgación: una conjunción histórica, indisoluble y en evolución
“Dar impulso a dos misiones: producir ciencia, que se conozca mejor lo que conservas, y difundir, poner a disposición de la sociedad esas obras para públicos muy diferentes, tanto un escolar como un catedrático de universidad. Cuando se inventaron los museos tal como los conocemos hoy, en la época de la Revolución Francesa, lo hicieron para eso.”
Estas declaraciones del director del Museo Nacional del Prado, Miguel Zugaza (Ruiz Mantilla, 2014: 25), que sirven para iniciar este primer capítulo, son toda una declaración de principios e intenciones sobre una de las principales misiones de los museos.
Los museos llevan décadas socializando los contenidos culturales que generan. Si hasta mediados del siglo XX lo realmente importante para sus gestores era la investigación y la conservación-restauración, a partir de los años sesenta la mediación o difusión cultural se ha integrado como una variable más de la gestión museística.
De entre las diferentes posibilidades para desplegar el potencial de mediación cultural, aquí se habla de divulgación. Y divulgar quiere decir «hacer llegar cierto conocimiento al vulgo o a las personas ajenas al campo a que corresponde específicamente ese conocimiento. Poner al alcance de la generalidad de la gente algo que antes estaba reservado a una minoría» (Moliner, 1990:
1026).
En esa labor de acercamiento a la sociedad, también desde hace ya bastantes años se intenta que el encuentro museo-visitante no se materialice solamente entre las cuatro paredes de la institución. Por poner un caso histórico, sirva como ejemplo el esfuerzo del Gobierno de la Segunda República por llevar algunas obras maestras del patrimonio artístico español por la geografía rural española más deprimida, gracias al proyecto “Museo Circulante” o “Museo del Pueblo” de las Misiones Pedagógicas ideadas y creadas en 1931 (Caudet, 1993: 83-106; Dennis, 2006).
Su mentor y presidente, Manuel Bartolomé Cossío (2006:
363), tenía muy claro que ese particular museo ambulante se dirigía a:
“todas aquellas gentes humildes, que viven en las aldeas más apartadas, que no han salido de ellas o han salido sólo a las cabezas de partido, donde no hay Museos; que si han visto alguna estampa, no han visto nunca verdaderos cuadros; no conocen ninguna pintura de los grandes artistas. Quisieran las Misiones poder llevar este Museo a las aldeas más pobres, más lejanas y escondidas, como hasta ahora vienen haciendo con las demás cosas, porque para esos pueblos son principalmente las Misiones, para los desheredados.”
Un museo cuya colección se basaba en 24 excelentes copias de obras maestras de Velázquez, El Greco o Goya, que llegaban a aquellos limbos de animalidad de los que hablaba Francisco Giner de los Ríos, al encuentro de «la gente humilde de este país, sin ningún libro para llevarse a los ojos y poco más que llevarse a la boca» (Zugaza, 2011: 2). Por ejemplo, el “Museo del
Pueblo” visitó la provincia de Salamanca en el verano de 1933, itinerando por tres localidades: Sequeros, Alba de Tormes y Peñaranda de Bracamonte. Su paso por esos pueblos no solo dejó en la memoria de los que estuvieron allí la huella imborrable de un hecho poco común, sino también reproducciones fotográficas enmarcadas de los cuadros expuestos y otras pequeñas reproducciones que se obsequiaron a los visitantes (Martín, 2002:
169-170).
Mucho ha cambiado nuestro país y el mundo desde entonces. Tanto, como para que proyectos de este tipo nos parezcan hoy día como algo muy lejano. Las posibilidades, ciertamente limitadas, de las que disponían las instituciones museísticas para alcanzar su función pedagógica y divulgativa, se verán aumentadas de forma brutal con la irrupción de internet a finales del siglo XX. Una nueva realidad que tendrá un efecto directo en la labor de acercamiento del arte y la sociedad, obligando a replantearse términos como accesibilidad, fruición e interactividad (Thomas y Mintz, 1998). Un verdadero salto de época en palabras de Sara Monaci (2005: 25-29).
La fulgurante irrupción, ya durante el siglo XXI, de nuevas plataformas de comunicación como las redes sociales y nuevos dispositivos móviles digitales, como los smartphones y las tabletas, han aportado nuevas posibilidades comunicativas, potenciando una nueva relación entre éstas y sus usuarios y aumentando considerablemente la instantaneidad y ubicuidad de los contenidos culturales generados por las instituciones patrimoniales. Hoy día, el “Museo Circulante” está disponible en un solo clic, las 24 horas del día de los 365 días del año.
Reconocidos museólogos, como Philippe de Montebello, Mark Jones y Maxwell L. Anderson, ya lo tenían muy claro hace unos años. El primero, en una entrevista en 20091
1 Por aquel entonces acababa de dejar la dirección del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, institución que había dirigido por espacio de 31 años (1977-2008). La Vanguardia, 16 de marzo de 2009, p. 28.
, reconocía que internet impelía a los museos a reinventarse irremediablemente, obligados a comunicarse con las nuevas generaciones utilizando sus canales y su lenguaje. Mientras, Mark Jones, director del Victoria and Albert Museum de Londres, no sólo se mostraba convencido de esa creciente importancia de internet, sino que llegaba a considerar las nuevas tecnologías tan importantes para