É
MILE
E
RCKMANN
&
A
LEXANDRE
C
HATRIAN
Cuentos
La ladrona de niños ... 3 El bosquejo misterioso ... 12 El viejo sastre ... 23 La trenza negra ... 34 Messire Tempus ... 38 El burgomaestre embotellado ... 41 El ojo invisible o La hostería de los tres ahorcados ... 51
La ladrona de niños
La voleuse d’enfantsEn 1817 podía verse a diario, vagando por las calles del barrio Hesse-Darinstadt, en Maguncia, a una mujer alta, lívida, de chupado rostro y ojos huraños: imagen espantosa de la locura. Esta desgraciada, antigua colchonera de oficio, que se llamaba Cristina Evig, había perdido la razón a causa de un suceso terrible cuando vivía en la callejuela del Petit-Volet, detrás de la catedral.
Al atravesar una tarde la calle tortuosa de los Trois-Bateaux, con su hijita de la mano, se dio cuenta de pronto que acababa de soltar a la niña hacía un segundo y que ya no oía el ruido de sus pasitos; entonces la pobre mujer se volvió gritando:
—¡Deubche, Deubche!... ¿Dónde estás?
Nadie respondió y todo a su alrededor estaba desierto.
Entonces, corriendo, gritando y llamando a la niña, volvió hasta el puerto; allí clavó su mirada en el agua sombría que se abisma bajo los barcos. Sus gritos y sus lamentos habían atraído a los vecinos; la pobre madre les explicó su angustia. Se le ayudó a hacer nuevas pesquisas; pero nada, ni un rastro, ni un indicio vino a aclarar este horrible misterio.
Desde aquel instante, Cristina Evig no había vuelto a poner los pies en su casa: noche y día erraba por la ciudad, gritando con una voz cada vez más débil y quejumbrosa:
—¡Deubche, Deubche!...
Se le tenía lástima; las buenas gentes, unas veces éste, otras aquél, le daban albergue, le daban comida y la vestían con sus andrajos. La policía, en presencia de una simpatía tan unánime, no creyó que debía intervenir para meter a Cristina en una casa de locos, como era la práctica de aquel tiempo.
Así, pues, la dejaban ir y venir y proferir sus quejas, sin preocuparse de ella.
Pero lo que daba a la desgracia de Cristina un carácter verdaderamente siniestro era que la desaparición de su hijita había sido como la señal de varios acontecimientos del mismo género: a partir de ese momento, una decena de niños habían desaparecido de un modo sorprendente, inexplicable, y varios de aquellos niños pertenecían a la alta burguesía.
Estos raptos se efectuaban de costumbre al caer la noche, cuando los transeúntes escaseaban y cuando todos iban con prisa a sus casas después de las faenas del día. En cuanto un niño imprudente salía al tranco de la puerta de su casa, su madre le gritaba:
«¡Karl!... ¡Ludwig!... ¡Lotelé!...», igual que la pobre Cristina. ¡Nadie respondía! Las gentes corrían, llamaban, registraban los alrededores... ¡Se acabó!...
Contaros los trabajos de la policía, las detenciones provisionales, las investigaciones, el terror de las familias, sería cosa imposible.
Ver morir a un hijo es horroroso, indudablemente, pero perderlo sin saber qué ha sido de él, pensar que no se volverá a saber de él nunca, que esa pobre criatura tan débil, tan preciosa, que se apretaba contra el corazón con tanto cariño, sufre tal vez, que os está acaso llamando sin poder socorrerle... eso sobrepasa todo cuanto pueda imaginarse; ninguna expresión humana sabría describirlo.
Corriendo el tiempo, una tarde de octubre de aquel año de 1817, Cristina Evig, después de haber vagado por las calles, había ido a sentarse en la pila de la fuente del
Obispado, con sus largos cabellos grises alborotados y con los ojos errantes en torno suyo como en medio de un sueño.
Las criadas de la vecindad, en vez de entretenerse como de costumbre en las inmediaciones de la fuente, se apresuraban a llenar su cántara y a volver a casa de sus amos.
Sólo la pobre loca permanecía allí, inmóvil, bajo la lluvia glacial que tamizaban las brumas del Rin. Y las altas casas de alrededor, con sus piñones agudos, sus ventanas de rejas, sus innumerables tragaluces, se envolvían lentamente en las tinieblas.
En la capilla del Obispado daban entonces las siete, Cristina no se movía y balaba temblando: «¡Deubche... Deubche!...»
Pero en el instante en que las pálidas claridades del crepúsculo se elevaron hasta la cúspide de los tejados antes de desaparecer, de repente se estremeció de pies a cabeza, alargó el cuello y su faz inerte, impasible desde hacía dos años, tomó tal expresión de inteligencia, que la criada del concejal Trumf, que tendía justamente su cántara al chorro, se volvió estupefacta para observar aquel gesto de la loca.
En el mismo instante, por el otro lado de la plaza, a lo largo de la acera, pasaba una mujer, con la cabeza baja, llevando entre sus brazos, en una pieza de tela, algo que se movía. Aquella mujer, vista a través de la lluvia, tenía un aspecto sobrecogedor; corría como una ladrona que acababa de dar el golpe, arrastrando tras sí, por el barro, sus harapos fangosos y disimulándose en las sombras.
Cristina Evig había extendido su gran mano seca y sus labios se agitaban balbuceando extrañas palabras; pero de repente un grito penetrante se escapó de su pecho:
—¡Es ella!
Y saltando a través de la plaza, en menos de un minuto alcanzó la esquina de la calle de Vieilles-Ferrailles, por donde la mujer acababa de desaparecer.
Pero allí Cristian se detuvo jadeante; la extraña mujer se había perdido en las tinieblas del callejón y en todo el contorno no se oía más que el ruido del agua cayendo de las goteras.
¿Qué acababa de pasar en el espíritu de la loca? ¿Había recordado algo? ¿Había tenido alguna visión, uno de esos relámpagos del alma, que en un segundo descorren el velo de los abismos del pasado? Lo ignoro.
Lo cierto es que acababa de recobrar la razón.
Sin perder un minuto en perseguir a la aparición de hacía un momento, la desgraciada remontó la calle de los Trois-Bateaux como llevada por el vértigo, dobló la esquina de la plaza de Gutenberg y se lanzó dentro del vestíbulo del preboste Kasper Schwartz gritando con voz sibilante:
—¡Señor preboste, los ladrones de niños están descubiertos! ¡Ah!, ¡pronto... escuche usted... escuche!
El señor preboste acababa de terminar su cena. Era un hombre grave, metódico, que gustaba de digerir tranquilamente después de haber cenado sin molestias: la vista de aquel fantasma le impresionó vivamente y, depositando su taza de té, que justamente se iba a llevar a los labios:
—¡Dios mío!—exclamó—. ¿No voy a tener un minuto de reposo en toda la jornada? ¿Es posible que exista un hombre más desgraciado que yo? ¿Qué me quiere esta loca ahora? ¿Por qué la han dejado entrar aquí?
Al oír estas palabras, Cristina, recobrando su calma, respondió con tono suplicante: —¡Ah, señor preboste, dice usted que si existe un ser más desgraciado que usted... ¡Pues míreme a mí!... ¡Míreme, entonces!...
Y su voz tenía sollozos; sus dedos crispados separaban de su cara largos mechones de cabello grises; estaba espantosa.
—¡Loca!, ¡sí, Dios mío, lo he estado!... El Señor, en su misericordia, me había velado mi desgracia... pero ahora no lo estoy... ¡Oh! ¡Lo que he visto!... Aquella mujer llevando un niño... pues era ciertamente un niño... estoy segura...
—¡Pues bien!, váyase usted al diablo con su mujer y con su niño... váyase al diablo! —exclamó el preboste—. Miren la desgraciada que arrastra sus andrajos por el suelo. ¡Hans!... ¡Hans!... ¿Vas a venir a poner en la puerta a esta mujer? ¡Al diablo el puesto de preboste! No me trae más que sinsabores.
El criado apareció y el señor Kasper Schwartz dijo señalándole a Cristina:
—Condúcela afuera. Decididamente mañana tengo que redactar una demanda en forma para desembarazar a la ciudad de esta desgraciada. ¡Tenemos manicomios, gracias al cielo!
Entonces la loca se echó a reír de una manera lúgubre, mientras el criado, lleno de lástima, la cogía por el brazo y le decía con dulzura:
—Vamos, Cristina, vamos... salga usted.
Había vuelto a sumergirse en su locura y murmuraba: «¡Deubche... Deubche!...» ***
Mientras ocurría esto en casa del preboste Kasper Schwartz, bajaba un coche por la calle del Arsenal; el centinela, de guardia ante el parque de proyectiles, al reconocer el carruaje del conde Diderich, coronel del regimiento imperial de Hilbourighausen, presentó armas; un saludo le respondió desde el interior.
El coche, a todo correr, parecía ir a dar la vuelta por la puerta de Alemania, pero enfocó la calle del Homme-de-Fer y se detuvo ante el caserón del preboste.
El coronel, con uniforme de gala, echó pie a tierra, levantó los ojos y se quedó estupefacto, pues las carcajadas de la loca se escuchaban desde fuera.
El conde Diderich era un hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto, moreno de barba y de pelo, de una fisonomía severa, enérgica.
Penetró bruscamente en el vestíbulo, vio a Hans empujar a Cristina Evig y, sin anunciarse, entró en el comedor de maese Schwartz, gritando:
—¡Señor, la policía de vuestro distrito es de lo más inepto! Hace veinte minutos me había parado delante de la catedral, en el momento del Ángelus. Al ir a salir del coche y ver a la condesa de Hilbourighausen que bajaba del pórtico, me retiré hacia atrás para dejarle sitio, cuando veo que nuestro hijo —un niño de tres años, que iba sentado a mi lado— acababa de desaparecer. La portezuela del lado del Obispado estaba abierta. ¡Habían aprovechado el momento en que yo bajaba el estribo para raptar al niño! ¡Todas las pesquisas hechas por mis gentes han sido inútiles!... ¡Estoy desesperado, señor, desesperado!...
La agitación del coronel era extrema; sus ojos negros brillaban como relámpagos, a través de dos grandes lágrimas que trataba de contener; su mano acariciaba el puño de su espada.
El preboste estaba anonadado; su naturaleza apática sufría ante la idea de levantarse y pasar la noche dando órdenes, yendo él mismo al lugar del suceso a fin de volver a comenzar, por centésima vez, investigaciones que habían resultado siempre infructuosas. Le habría gustado dejar el asunto para el día siguiente.
—Señor —prosiguió el coronel—, sepa usted que me vengaré. ¡Usted me responde de mi hijo con su cabeza! ¡A usted le corresponde velar por la seguridad pública! ¡Está usted faltando a sus deberes! ¡Esto es indigno! Necesito un enemigo, ¿me oye? ¡Que yo sepa al menos quién me asesina!
Mientras pronunciaba esas palabras incoherentes, se paseaba de arriba abajo, con los dientes apretados y la mirada torva.
Sobre la frente enrojecida de maese Schwartz se veían gotas de sudor. Mirando a su plato murmuró por lo bajo:
—Estoy desolado, señor, desoladísimo... pero el vuestro hace el número diez... Los ladrones son más hábiles que mis agentes; ¿qué quiere usted que yo le haga?
Al oír estas imprudentes palabras, el conde dio un salto de rabia y, agarrando a aquel hombre gordinflón por los hombros, le levantó del sillón.
—¡Qué quiere usted que yo le haga!... ¡Ah, de modo que responde usted así a un padre que le pide a su hijo!
—¡Suélteme, señor, suélteme —aullaba el preboste sofocado de espanto—. ¡En nombre del cielo, cálmese usted! Una mujer... una loca, Cristina Evig, acaba de venir a decirme... ¡ah!, sí, ya me acuerdo. ¡Hans! ¡Hans!
El criado lo había oído todo desde la puerta y apareció al instante. —Señor...
—Corre a buscar a la loca.
—Todavía está ahí, señor preboste.
—Entonces que pase. Siéntese usted, mi coronel.
El conde Diderich permaneció de pie en medio de la sala y un minuto después, Cristina Evig volvió a entrar, huraña y riendo estúpidamente como había salido.
El criado y la criada, interesados por lo que pasaba, se habían quedado de pie en el umbral de la puerta con la boca abierta. El coronel, con un gesto imperioso, les rizo una señal de que salieran. Luego, cruzando los brazos frente a maese Schwartz, dijo:
—Y bien, señor, ¿qué luces pretende usted sacar de esta desgraciada?
El preboste hizo intención de hablar; sus gordos carrillos se agitaron. La loca reía como si estuviese sollozando.
—Señor coronel —dijo al fin el preboste—, esta mujer está en el mismo caso pie usted; hace dos años que ha perdido i su hijita y esta desgracia es la causa de su locura.
Los ojos del coronel se preñaron de lágrimas. —¿Y qué más? —dijo.
—Acaba de entrar aquí, parecía tener un relámpago de razón y me ha dicho... Maese Schwartz se calló.
—¿Qué, señor mío?
—Que había visto a una mujer que se llevaba a un niño. Y, creyendo que hablaba así en uno de sus desvaríos, la he echado fuera.
El coronel sonrió con amargura. —¿La ha echado usted fuera? —dijo.
—Sí... creo que ha vuelto a caer inmediatamente en su locura.
—¡Cáspita! —exclamó el conde con voz de trueno—, niega usted su apoyo a esa desgraciada... hace usted desaparecer hasta su último fulgor de esperanza... la reduce usted a la desesperación en lugar de sostenerla y defenderla, como es su deber. Y se atreve usted a continuar en su puesto... ¡Se atreve usted a cobrar su sueldo!... ¡Ah, señor!
Y acercándose al preboste, cuya peluca temblaba, añadió con una voz sorda, concentrada:
—¡Es usted un miserable! Si no encuentro a mi hijo, lo mataré como a un perro. Maese Schwartz, con los ojos fuera de las órbitas, las manos crispadas, la boca pastosa, guardaba silencio; el espanto le apagaba la voz y, además, no sabía qué responder.
De pronto, el coronel le volvió la espalda y, acercándose a Cristina, la miró unos segundos y luego, levantando la voz:
—Buena mujer —le dijo—, trate usted de responderme... Vamos a ver... en nombre de Dios, de su hijita... ¿Dónde ha visto usted a esa mujer?
Luego guardó silencio y la pobre loca, con su voz quejumbrosa murmuró: —¡Deubche, Deubche!... ¡La han matado!
El conde palideció y en un arrebato de furia, cogiendo a la loca por la muñeca: —Respóndeme, desgraciada —exclamó—, ¡respóndeme!
El coronel la zarandeaba; la cabeza de Cristina volvió a caer hacia atrás; lanzó una carcajada espantosa y dijo:
—¡Sí... sí... todo ha terminado... La mujer mala me la ha matado!
Entonces el conde sintió sus rodillas flaquear, se desplomó más que sentarse en un sillón, los codos apoyados en la mesa, su pálido rostro entre las manos, con los ojos fijos, como clavados en una escena espantosa.
Y los minutos se sucedieron lentamente en el silencio.
El reloj dio las diez, las vibraciones de la campana hicieron estremecerse al corone}. Se levantó, abrió la puerta y Cristina salió.
—Señor... —dijo maese Schwartz.
—¡Cállese usted! —interrumpió el coronel con un mirada fulminante.
Y siguió a la loca, que salió a la calle tenebrosa. Acababa de asaltarle una idea singular.
—Todo está perdido —me dijo—. Esta desgraciada no puede razonar, no puede comprender lo que se le pregunta, pero ha visto algo; acaso su instinto puede conducirla...
No es preciso añadir que el señor preboste quedó maravillado de semejante ocurrencia. El digno magistrado se apresuró a cerrar la puerta con doble llave: luego, una doble indignación se apoderó de su alma:
—Amenazar a un hombre como yo —exclamó—. ¡Agarrarme por el cuello! ¡Ah!, señor coronel, ¡ya veremos si existen leyes en este país! Mañana mismo voy a dirigir una queja a Su Excelencia el gran duque y descubrirle la conducta de sus oficiales.
* * *
Entretanto, el conde seguía a la loca y, por un efecto extraño de la sobreexcitación de sus sentidos, la veía en la noche, en medio de la bruma, como en pleno día; oía sus suspiros, sus palabras confusas a pesar del soplo continuo del viento de otoño desbocado por las calles desiertas.
De tarde en tarde, se veía correr a lo largo de las aceras a algunos ciudadanos retrasados con el cuello del abrigo subido, las manos en los bolsillos y el sombrero encasquetado hasta los ojos; se oían las puertas al cerrarse, una contraventana mal sujeta golpear la pared, una teja levantada por el viento rodar hasta la calle; luego, de nuevo el inmenso torrente del aire reanudaba su carrera, cubriendo con su voz lúgubre todos los ruidos, todos los silbidos, todos los suspiros. Era una de esas frías noches de fines de octubre, en que las veletas, sacudidas por el cierzo, giran locas en lo alto de los tejados y gritan con su voz estridente: «¡El invierno!... ¡El invierno! Ya está aquí el invierno!...»
Al llegar al puente de madera, Cristina se asomó, miró el agua negra, fangosa, (pie se arrastra por el canal y luego, irguiéndose otra vez con un aire de incertidumbre, prosiguió su camino, temblando y murmurando por lo bajo:
—¡Oh, qué frío hace!
El coronel, apretando con una mano los pliegues de su capa, comprimía con la otra los latidos de su corazón, que le parecía le iba a estallar.
Sonaron las once en la iglesia de San Ignacio, luego las doce.
Cristina Evig no dejaba de andar: había recorrido las calles de la Imprimerie, del Maillet, del Mercado del Vino, de las Vieilles-Boucheries, de los Fossés-de-l’Eveché.
Cien veces el conde, desesperado, se había dicho que aquella persecución nocturna no podía conducir a nada, que la loca no tenía ningún rastro; pero cuando pensaba que ése era su último recurso, la seguía siempre yendo de plaza en plaza, deteniéndose cerca de un guardacantón, en una rinconada, luego, reanudando su caminata incierta, absolutamente como la bestia sin guarida que vaga al azar en las tinieblas.
Al fin, hacia la una de la madrugada, Cristina desembocó de nuevo en la plaza del Obispado. El tiempo parecía entonces haber aclarado un poco, la lluvia había cesado, un viento fresco barría la plaza y la luna, tan pronto rodeada de sombrías nubes como brillando con toda su fuerza, quebraba sus rayos, límpidos y fríos, como hojas de acero, en los mil charcos de agua estancada entre los adoquines.
La loca fue tranquilamente a sentarse al lado de la fuente, en el sitio que había ocupado algunas horas antes. Mucho tiempo permaneció en la misma actitud, con la mirada triste, los andrajos pegados a su flaco cuerpo.
Todas las esperanzas del conde se habían desvanecido.
Pero en uno de esos instantes en que la luna se descubría, proyectando su pálida, luz sobre los edificios silenciosos, de pronto, la loca se levantó, alargó el cuello y el coronel, siguiendo la dirección de su mirada, vio que se fijaba en la calleja de las Vieilles-Ferrailles, a doscientos pasos aproximadamente de la fuente.
En el mismo instante ella partió como una flecha. El conde la siguió sin perder segundo, metiéndose en el laberinto de altos y antiguos edificios que domina la vieja iglesia de San Ignacio.
La loca parecía poseer alas; diez veces estuvo a punto de perderla, tanto era lo que corría por aquellas callejuelas tortuosas, atestadas de carretas, de pilas de estiércol y de leños amontonados ante las puertas a la llegada del invierno.
Súbitamente, Cristina desapareció en una especie de callejón tenebroso y el coronel tuvo que detenerse, falto de dirección.
Felizmente, al cabo de algunos segundos, el rayo amarillo y rancio de una lámpara comenzó a filtrarse desde el fondo de aquella cloaca, a través de una ventanuca mugrienta; aquel rayo estaba inmóvil; pronto lo veló una sombra, luego desapareció.
Evidentemente, algún ser velaba en aquel antro. ¿Qué es lo que hacía? Sin vacilar, el coronel se metió por la callejuela, yendo derecho a la luz.
En medio de aquella cloaca encontró a la loca de pie en el fango, con los ojos desencajados, la boca abierta, mirando también aquella lámpara solitaria.
La aparición del conde no pareció sorprenderla; únicamente, extendiendo el brazo hacia la pequeña ventana iluminada en el primero, dijo:
—¡Allí es! —con un acento tan expresivo, que el conde sintió un escalofrío.
Bajo el impulso de aquel movimiento, se lanzó contra la puerta del antro, la abrió de un solo empujón y se vio frente a las tinieblas. La loca estaba detrás de él.
—¡Chist...! —indicó ella.
Y el conde, cediendo una vez más al instinto de la desgraciada, se mantuvo inmóvil, prestando oído. El más profundo silencio reinaba en el edificio; hubiérase dicho que todo dormía, que todo estaba muerto. En la iglesia de San Ignacio dieron las dos.
Entonces un débil cuchicheo se dejó oír en el primer piso, luego apareció una vaga claridad en la muralla decrépita del fondo; el suelo de madera crujió bajo los pies del coronel y el rayo de luz, acercándose, iluminó primero una escalerilla, montones de chatarra y una pila de leña, más lejos, una ventanuca sórdida abierta al patio, a derecha
y a izquierda botellas, un cesto de trapos... ¿qué se yo?; un interior sombrío, agrietado, repelente.
Al fin, un candil de cobre de humeante mecha, sostenido por una manita seca como una garra de pájaro, se asomó lentamente por la escalerilla y, por encima de la luz, apareció una cabeza de mujer, inquieta, con los cabellos de color estopa, los pómulos salientes, las orejas puntiagudas, separadas de la cabeza y casi rectas, los ojos gris claro, lanzando chispas bajo el arco de las cejas; en suma, un ser siniestro, vestido con una falda mugrienta, los pies metidos en unos chanclos viejos, unos brazos descarnados desnudos hasta el codo, que tenía en una mano el candil y en la otra un hacha pequeña. Apenas este abominable ser hubo fijado sus ojos en la sombra, cuando se puso a trepar por la escalerilla con una agilidad sorprendente.
Pero era demasiado tarde: el coronel había saltado espada en mano y tenía ya a aquella bruja agarrada por la falda.
—¡Mi hijo, miserable! —gritó—. ¡Mi hijo!
A este rugido del león, la hiena se había vuelto, lanzando un hachazo al azar.
A continuación se entabló una lucha espantosa. La mujer, derribada, trataba de morder; el candil, que se había caído en los primeros instantes, ardía en el suelo y su mecha, chisporroteando sobre las losas húmedas, proyectaba sombras movedizas en el fondo grisáceo del muro.
—¡Mi hijo! —repetía el coronel—. ¡Mi hijo o te mato!
—Sí, tendrás a tu hijo —respondía con un acento irónico la mujer jadeante—. ¡Oh!... No hemos acabado... tengo buenos dientes... el cobarde que quiere estrangularme... ¡Eh, la de arriba! ¿Estás sorda?... Suéltame, ¡yo te lo diré todo!...
Parecía agotada cuando otra bruja, más vieja, más huraña, saltó de la escalera abajo gritando:
—¡Aquí estoy!
La miserable estaba armada de un gran cuchillo de carnicero y el conde, levantando los ojos, vio que estaba calculando para asestarle una cuchillada por detrás. Se creyó perdido, sólo un azar providencial podía salvarlo.
La loca, espectadora impasible hasta entonces, se abalanzó sobre la vieja, exclamando:
—¡Es ella... es ella! ¡Oh, la conozco muy bien!... No se me escapará.
Por toda respuesta, un chorro de sangre inundó el suelo; la vieja acababa de degollarla; había sido cosa de un segundo.
El coronel había tenido tiempo de levantarse y de ponerse en guardia; al ver lo cual, las dos brujas subieron rápidamente la escalera y desaparecieron en las tinieblas.
El candil, humeante, se extinguía y el conde aprovechó sus últimos fulgores para seguir a las asesinas. Pero al llegar a lo alto de la escalerilla la prudencia le aconsejó no abandonar esta salida. Oía los estertores de Cristina abajo y la sangre que caía de escalón en escalón en medio del silencio. ¡Era espantoso!...
Al otro lado, al fondo de la guarida, un trasiego extraño hacía temer al conde que las dos mujeres quisieran escaparse por las ventanas. El desconocimiento de aquel lugar lo tenía allí desde hacía un instante, cuando un rayo luminoso, deslizándose a través de una puerta de cristales, le permitió ver las dos ventanas de la habitación que daban al callejón iluminadas por una luz exterior. Al mismo tiempo, oyó en la calle una voz ronca decir:
—¡Eh! ¿Qué es lo que pasa aquí?... Una puerta abierta... ¡Toma, toma!... —¡A mí! —gritó el coronel—. ¡A mí!
Al mismo tiempo la luz penetraba en el edificio.
—¡A mí! —repitió el coronel.
Unas pisadas fuertes sonaron en la escalera y la cabeza barbuda del wachtmann Selig, con su gran gorro de nutria, su piel de cabra sobre los hombros, apareció en lo alto de la escalera, dirigiendo la luz de la linterna hacia el conde.
La vista del uniforme extrañó al buen hombre. —¿Quién está ahí? —preguntó.
—¡Suba usted... buen hombre... suba! —Perdón, mi coronel, pero es que abajo...
—Sí... una mujer acaba de ser asesinada. Los asesinos están ahí.
El wachtmann subió entonces los últimos escalones y, con la linterna alta, iluminó el reducto: era una buhardilla de seis pies a lo sumo que terminaba en la puerta de la habitación donde se habían refugiado las dos mujeres; una escalerilla que subía al granero, a la izquierda, limitaba aún más el espacio.
La palidez del conde asombró a Selig; sin embargo, no se atrevía a preguntarle, cuando fue éste quien le interrogó.
—¿Quién vive aquí?
—Son dos mujeres, madre e hija; en el barrio del Mercado se les llama las dos Josel. La madre vende carne en el mercado, la hija hace embutido.
El conde, recordando entonces las palabras de Cristina pronunciadas en su delirio: «¡Pobre niña... la han matado!», sintió un vértigo y la frente se le cubrió de un sudor de muerte.
Por la más espantosa casualidad, descubrió en el mismo instante, detrás de la escalera, un vestidito escocés, de cuadros azules y encantados, unos zapatitos, una especie de gorro con una borla negra, arrojados allí, en la sombra. Se estremeció, pero un impulso irresistible le llevaba a ver, a contemplar con sus propios ojos; así, pues, se acercó, temblando de pies a cabeza, y levantó aquella ropita con una mano temblorosa... Era la de su hijito.
Algunas gotas de sangre mancharon sus dedos.
¡Dios sabe lo que pasó en el corazón del coronel! Largo tiempo clavado a la pared, con la mirada fija, los brazos colgando, la boca entreabierta, permaneció como fulminado. Pero de repente se abalanzó contra la puerta con un rugido de furor que espantó al wachtmann: ¡nada habría podido resistir tal choque! Se oyó caer en la habitación los muebles que las dos mujeres habían amontonado para atrancar la puerta. El edificio tembló hasta sus cimientos. El conde desapareció en la sombra; luego, aullidos, gritos salvajes, imprecaciones, roncos clamores se escucharon en medio de las tinieblas...
Aquello no tenía nada de humano; hubiérase dicho un combate de bestias feroces desgarrándose en el fondo de su caverna.
La calle se iba llenando de gente. Los vecinos penetraban desde todos los sitios en el antro, gritando:
—¿Qué sucede? ¿Se están degollando aquí? * * * ¿Qué os diré todavía?
El coronel Diderich se curó de sus heridas y desapareció de Maguncia.
Las autoridades de la ciudad juzgaron útil ahorrar a los padres de las víctimas aquellas abominables revelaciones; yo lo sé por el mismo wachtmann Selig, ya viejo y retirado, que vive en su aldea cerca de Sarrebrück; sólo él conoce los detalles por haber asistido como testigo a la instrucción secreta de aquel proceso, ante el tribunal de Maguncia.
Quitad el sentido moral al hombre, y su inteligencia, de la que está tan orgulloso, no podrá preservarlo de las más infames pasiones.
El bosquejo misterioso
L’esquisse mystérieuseI
Frente a la capilla Saint-Sebalt, en Nuremberg, en la esquina de la calle de los Trabans, se eleva una pequeña posada, angosta y alta, con el hastial dentado, los vidrios empolvados y el techo coronado por una virgen de yeso. Fue allí donde pasé los días más tristes de mi vida. Había ido a Nuremberg para estudiar a los viejos maestros alemanes; pero, a falta de dinero contante y sonante, tuve que hacer retratos... ¡y qué retratos! Comadres gordas, con el gato en las rodillas, concejales con peluca, burgomaestres con tricornio, todo coloreado de abundante ocre y bermellón.
De los retratos descendí a los croquis y de los croquis a las siluetas.
Nada más penoso que tener constantemente a las espaldas a un dueño de hotel, de labios repulgados, voz chillona, aire impúdico, que todos los días viene a decir: «¡Eh!, ¿me pagará pronto, señor? ¿Sabe a cuánto asciende su cuenta? No, eso no lo preocupa... El señor come, bebe y duerme tranquilamente... El señor alimenta a los pajaritos. La cuenta del señor asciende a doscientos florines y diez kreutzer... no vale la pena que hablemos de esto».
Aquellos que no han oído cantar esta gama, no pueden tener una idea de lo que es; el amor al arte, la imaginación, el entusiasmo sagrado por lo bello se resecan al soplo de semejante pillo... Uno se vuelve torpe, tímido; se pierde toda la energía, tanto como el sentimiento de la dignidad personal, ¡y uno saluda de lejos, respetuosamente, al señor burgomaestre Schneegans!
Una noche, sin tener un céntimo, como de costumbre, y amenazado de ir a prisión por ese digno señor Rap, resolví hacer que quebrara cortándome la garganta. En ese agradable pensamiento, sentado en mi camastro frente a la ventana, me entregaba a mil reflexiones filosóficas más o menos regocijantes.
«¿Qué es el hombre?, me decía yo. Un animal omnívoro; sus mandíbulas provistas de caninos, de incisivos y de molares, lo prueban suficientemente. Los caninos están hechos para despedazar la carne; los incisivos para comenzar la fruta, y los molares para masticar, destrozar y triturar las substancias animales y vegetales con el gusto y el olfato. Pero cuando no hay nada para masticar, ese ser es un verdadero sin sentido en la naturaleza, una superfetación, la quinta rueda de una carroza».
Tales eran mis reflexiones. No me atrevía a abrir mi navaja de afeitar por temor a que la fuerza invencible de mi lógica me inspirara el coraje de terminar con todo. Después de haber argumentado de ese modo, soplé mi vela, aplazando la continuación para el día siguiente.
Ese abominable Rap me había embrutecido completamente. De hecho, ya no veía más que siluetas, y mi único deseo, era el de tener dinero para desembarazarme de su odiosa presencia. Pero aquella noche, se produjo una revolución singular en mi mente. Me desperté hacia la una, encendí de nuevo mi lámpara, y envolviéndome en mi blusón gris, arrojé en el papel un rápido bosquejo de estilo holandés... era algo extraño, raro, que no tenía ninguna relación con mis concepciones habituales.
Imaginen un patio en sombras, encajado entre altas paredes decrépitas... Esas paredes están repletas de ganchos, a siete u ocho pies del suelo. Con la primera mirada se adivina que es una carnicería.
A la izquierda se extiende un armazón de listones; a través de eso se ve un buey descuartizado, suspendido de la bóveda por poleas enormes. Grandes charcos de sangre corren por las baldosas y van a reunirse en una zanja llena de restos sin forma.
La luz llega desde arriba entre las chimeneas, cuyas veletas se recortan en un ángulo de cielo grande como la mano, y los techos de las casas vecinas escalan vigorosamente sus sombras de piso en piso.
En el fondo de ese reducto hay un cobertizo, debajo del cobertizo una leñera, encima de la leñera, unas escalas, unos haces de paja, paquetes de cuerda, jaulones para gallinas y una vieja conejera fuera de uso.
¿Cómo se ofrecían a mi imaginación esos detalles heteróclitos?... Lo ignoro, no tenía ninguna reminiscencia análoga y, sin embargo, cada trazo del lápiz era un hecho de observación fantástica a fuerza de ser verdadero. ¡Nada faltaba!
Pero a la derecha, un rincón del bosquejo quedaba en blanco... No sabía qué poner... Algo se agitaba allí, se movía... De pronto, vi un pie, un pie invertido, separado del suelo. A pesar de esa posición improbable, seguí la inspiración sin darme cuenta de mi propio pensamiento. Ese pie terminaba en una pierna... Extendida con esfuerzo, pronto flotó el faldón de un vestido en la pierna... Resumiendo, apareció una mujer vieja, macilenta, deshecha, desmelenada, invertida sucesivamente en el borde de un pozo y luchando contra un puño que le apretaba la garganta.
Lo que estaba dibujando era una escena de asesinato. El lápiz se me cayó de la mano.
Aquella mujer, en la actitud más audaz, con la cintura doblada en el brocal del pozo, el rostro contraído por el terror, las dos manos crispadas en los brazos del asesino, me daba miedo... No me atrevía a mirarla. Pero no veía al hombre, al personaje de ese brazo... Me era imposible terminarlo.
«Estoy cansado, me dije con la frente bañada en sudor, sólo me queda esta figura para hacer, terminaré mañana... Será fácil».
Y volví a acostarme, espantado por mi visión. Cinco minutos después, dormía profundamente.
Al día siguiente, estaba de pie de madrugada. Acababa de vestirme y me preparaba para retomar la obra interrumpida cuando resonaron en la puerta dos golpecitos.
—¡Entre!
La puerta se abrió. Un hombre ya viejo, alto, delgado, vestido de negro, apareció en el umbral. La fisonomía de aquel hombre, sus ojos juntos, su nariz grande como el pico de un águila, coronada por una frente ancha, huesuda, tenía algo de severo. Me saludó gravemente.
—¿El señor Christian Venius, el pintor? —dijo. —Soy yo, señor.
Se inclinó nuevamente agregando: —¡El barón Frederick Van Spreckdal!
La aparición en mi pobre tugurio del rico aficionado Van Spreckdal, juez del tribunal criminal, me impresionó vivamente. No pude evitar echar una mirada secreta a mis viejos muebles carcomidos, a mis tapices húmedos y a mi techo polvoriento. Me sentía humillado por tanto deterioro... Pero Van Spreckdal no pareció poner atención en esos detalles y sentándose ante mi mesita, continuó:
Pero en ese mismo instante, sus ojos se detuvieron en el bosquejo inacabado... Ni siquiera terminó la frase. Yo me había sentado al borde del camastro, y la atención súbita que ese personaje otorgaba a una de mis producciones hacía que mi corazón latiera con una aprensión indefinible.
Al cabo de un minuto, Van Spreckdal, levantando la cabeza, me dijo con la mirada atenta:
—¿Es usted el autor de este bosquejo? —Sí, señor.
—¿Cuál es su precio?
—No vendo mis bosquejos... Es el proyecto de un cuadro.
—¡Ah! —dijo, levantando el papel con la punta de sus largos dedos amarillos. Sacó un lente de su chaleco y se puso a estudiar el dibujo en silencio.
En ese momento, el sol llegaba a la buhardilla oblicuamente. Van Spreckdal no murmuraba una palabra; su gran nariz se curvaba como un garfio, las cejas se le contraían y el mentón, elevándose como una galocha, hundía mil arruguitas en sus largas mejillas delgadas. El silencio era tan profundo que yo oía claramente el zumbido quejumbroso de una mosca, apresada en una tela de araña.
—¿Y las dimensiones de este cuadro, maestro Venius? —dijo sin mirarme. —Tres pies por cuatro.
—¿El precio?
—Cincuenta ducados.
Van Spreckdal colocó el dibujo en la mesa y sacó de su bolsillo una bolsa larga de seda verde, alargada en forma de pera; hizo deslizar en ellas sus anillos...
—¡Cincuenta ducados! —dijo— Aquí están. Me sentí deslumbrado.
El barón se había levantado, me saludó y oí su gran bastón de puño de marfil resonar en cada peldaño hasta el final de la escalera. Entonces, recuperado de mi estupor, de pronto recordé que no le había agradecido y descendí los cinco pisos como un rayo; pero cuando llegué al umbral, por más que miré a derecha e izquierda, la calle estaba desierta.
«¡Bueno, me dije, es extraño!» Y volví a subir la escalera jadeando.
II
La manera sorprendente con la que Van Spreckdal acababa de aparecer me sumía en un éxtasis profundo: «Ayer, me decía yo contemplando la pila de ducados resplandeciendo al sol, ayer formaba el deseo culpable de cortarme la garganta por unos florines miserables, y he aquí que hoy la fortuna me cae de las nubes... Decididamente, he hecho bien al no abrir mi navaja y si me vuelve alguna tentación de terminar con todo, pondré cuidado en aplazar la cosa para el día siguiente».
Luego de estas reflexiones juiciosas, me senté para terminar el bosquejo, cuatro trazos con el lápiz y era asunto terminado. Pero aquí me esperaba una decepción incomprensible. Me fue imposible hacer esos cuatro trazos con el lápiz; había perdido el hilo de la inspiración, el personaje misterioso no se desprendía del limbo de mi cerebro. Por más que lo evocara, lo esbozara, lo retomara, no combinaba con el conjunto más que una figura de Rafael en un tugurio de Teniers... Sudaba a chorros.
En el mejor momento, Rap abrió la puerta sin golpear, según su loable costumbre, y los ojos se le fijaron en la pila de ducados y con una voz chillona exclamó:
Y sus dedos ganchudos avanzaron con ese temblor nervioso que la visión del oro produce siempre en los avaros.
Durante algunos segundos me quedé estupefacto.
El recuerdo de todos los ultrajes que ese individuo me había infligido, su mirada codiciosa, su sonrisa impudente, todo me exasperaba. De un solo salto lo sujeté, empujándolo con las dos manos fuera de la habitación y le aplasté la nariz contra la puerta.
Eso ocurrió con el ris ras y la rapidez de una caja de sorpresas. Pero fuera, el viejo usurero pegó unos gritos de águila:
—¡Mi dinero! ¡Ladrón! ¡Mi dinero!
Los inquilinos salían de sus habitaciones y preguntaban. —¿Qué sucede? ¿Qué es lo que pasa?
Bruscamente, abrí la puerta y despachando en el espinazo del señor Rap un puntapié que lo hizo rodar más de veinte peldaños, exclamé fuera de mí:
—¡Esto es lo que pasa!
Luego, cerré la puerta con doble vuelta de llave, mientras que los estallidos de risa de los vecinos saludaban al señor Rap a su paso.
Estaba contento de mí, me frotaba las manos... Esa aventura me había devuelto la inspiración, retomé la obra y estaba por terminar el bosquejo cuando un ruido inusitado golpeó en mis oídos.
Unas culatas de fusil chocaban contra el pavimento de la calle. Miré por la ventana y vi a tres gendarmes, con la carabina apoyada en el suelo, el bicornio de costado, que estaban de guardia en la puerta de entrada.
El malvado de Rap se habrá roto algo, me dije con terror.
Y vean la singular rareza de la mente humana: yo, que por la noche quería cortarme la garganta, me estremecí hasta la médula de los huesos al pensar que podrían colgarme si Rap estaba muerto.
La escalera se llenaba con rumores confusos... Era una marea ascendiente de pasos sordos, de tintineos de armas, de palabras breves.
De pronto, trataron de abrir mi puerta. ¡Estaba cerrada! Entonces, hubo un clamor general.
—¡Abra, en nombre de la ley!
Me levanté temblando, con las piernas tambaleantes. —¡Abra! —repitió la misma voz.
Tuve la idea de escaparme por los techos; pero apenas había pasado la cabeza por la ventanita de techo de la buhardilla, cuando retrocedí, sobrecogido por el vértigo. En un relámpago había visto todas las ventanas de abajo, con sus espejos reverberantes, sus macetas con flores, sus pajareras, sus rejas. Y más abajo, el balcón; más abajo, el farol; más abajo el letrero del Tonelito Rojo, reforzado con ganchos, y luego, finalmente las tres bayonetas que brillaban y no esperaban más que mi caída para atravesarme desde la planta de los pies hasta la nuca. En el techo de la casa de enfrente, un gato rojo, al acecho detrás de una chimenea, esperaba a una banda de gorriones, que piaban y discutían en el alero.
Uno podría imaginar qué claridad, qué poder y qué rapidez de perfección puede alcanzar el ojo del hombre cuando está estimulado por el miedo.
A la tercera intimidación: —¡Abra o la hundimos!
Al ver que la fuga era imposible, me acerqué a la puerta vacilando e hice correr la llave.
Dos manos me agarraron enseguida por el cuello. Un hombre bajito y fuerte que olía a vino, me dijo:
—¡Lo detenemos!
Tenía puesta una levita verde botella, abotonada hasta el mentón, una chistera... Tenía unas gruesas patillas castañas... anillos en todos los dedos y se llamaba Passauf...
Era el jefe de policía.
Cinco cabezas de dogos, con una gorra chata, la nariz como el cañón de una pistola, la mandíbula inferior desbordante de colmillos, me observaban desde fuera.
—¿Qué quiere? —le pregunté a Passauf.
—Baje —exclamó bruscamente haciendo la señal a uno de sus hombres de que me agarrara.
Éste me arrastró más muerto que vivo, mientras que los demás desordenaban mi cuarto de punta a punta.
Descendí, sostenido por los brazos, como un tísico en el tercer período... con los cabellos revueltos sobre la cara, tropezando a cada paso.
Me arrojaron en un coche, entre dos mocetones vigorosos que caritativamente me dejaron ver las puntas de dos porras, sostenidas a la muñeca por dos cordones de cuero... luego, el coche partió.
Oía detrás de nosotros el paso de todos los chicos de la ciudad. —¿Qué he hecho? —le pregunté a uno de mis guardias. Miro al otro lado con una sonrisa extraña y dijo:
—Hans... ¡pregunta qué es lo que ha hecho! Esa sonrisa me heló la sangre.
Pronto una sombra profunda envolvió el coche, los pasos de los caballos resonaron debajo de una bóveda. Entrábamos a las Raspelhaus... Allí es donde se puede decir:
Puedo ver bien cómo se entra en este antro
pero no puedo ver cómo se sale.
En este mundo no todo tiene color de rosa: de las garras de Rap caía en un calabozo de donde muy pocos pobres diablos han tenido la suerte de escapar.
Había grandes patios oscuros; ventanas alineadas como en el hospital y llenas de cuévanos, ni una mata de verde, ni una guirnalda de hiedras, ni siquiera una veleta en perspectiva... esa era mi nueva vivienda. Tenía razones para arrancarme los pelos de a puñados.
Los agentes de policía, acompañados por el carcelero, me introdujeron provisoriamente en un calabozo.
El carcelero, hasta donde recuerdo, se llamaba Kasper Schlüssel; con su gorrito de lana gris, la punta de la pipa entre los dientes y el manojo de llaves en la cintura, me producía el efecto del dios Búho de las caribes. Tenía de ellos los grandes ojos redondos y dorados que ven en la noche, la nariz como una coma y el cuello perdido entre los hombros.
Schlüssel me encerró tranquilamente, como se meten unos calcetines en un armario pensando en otra cosa. En cuanto a mí, me quedé en el mismo lugar durante más de diez minutos con las manos cruzadas en la espalda y la cabeza inclinada. Al cabo de ese tiempo, hice la reflexión siguiente:
«Al caer, Rap exclamó: 'Me han asesinado', pero no dijo quién... diré que fue mi vecino... el viejo vendedor de lentes: lo colgarán en mi lugar.»
Esta idea me alivió el corazón y exhalé un largo suspiro. Luego, miré la prisión. Acababan de blanquearla y sus muros aún no mostraban ningún dibujo, excepto una
horca ligeramente esbozada por mi predecesor en un rincón. El día llegaba a través de una claraboya situada a nueve o diez pies de altura; el moblaje se componía de una gavilla de paja y de una cubeta.
Me senté encima de la paja, con las manos alrededor de las rodillas, con un abatimiento increíble... Apenas podía ver claramente; pero al pensar que, al morir, Rap había podido denunciarme, tuve hormigueos en las piernas y me levanté tosiendo como si la soga de cáñamo ya me hubiera apretado la garganta.
Casi en el mismo instante, oí que Schlüssel atravesaba el corredor; abrió el calabozo y me dijo que lo siguiera. Lo seguían asistiendo las dos cachiporras, por eso lo seguí resueltamente.
Atravesamos largas galerías iluminadas, de tanto en tanto, por algunas ventanas interiores. Detrás de una reja estaba el famoso Jic-Jack, que iba a ser ejecutado al día siguiente. Tenía puesta la camisa de fuerza y cantaba con una voz ronca:
«¡Soy el rey de estas montañas!»
Cuando me vio, gritó:
—¡Eh! compañero, te guardo un lugar a mi derecha. Los dos agentes de policía y el dios Búho se miraron sonriendo, mientras que se me puso la piel de gallina por toda la espalda.
III
Schlüssel me empujó a una sala alta muy oscura, repleta de bancos en hemiciclo. El aspecto de esa sala desierta, sus dos ventanas enrejadas, el Cristo de viejo roble renegrido, con los brazos extendidos, y la cabeza dolorosamente inclinada sobre el hombro, me inspiró no sé qué temor religioso que estaba de acuerdo con mi situación.
Desaparecieron todas las ideas de falsa acusación que tenía y los labios se me agitaron, murmurando una oración.
No había orado desde hacía mucho tiempo, pero la infelicidad siempre nos lleva de nuevo a pensamientos de sumisión... ¡El hombre es tan poca cosa!
Enfrente de mí, en un asiento elevado, había dos personajes sentados que le daban la espalda a la luz, de modo que sus rostros quedaban en la sombra.
Sin embargo, reconocí a Van Spreckdal por su perfil aguileño iluminado por un reflejo oblicuo del vidrio. El otro personaje era gordo, tenía las mejillas llenas, abultadas, las manos cortas y llevaba puesta una toga de juez, igual que Van Spreckdal.
El escribano Conrad estaba sentado arriba; escribía sobre una mesa baja, haciéndose cosquillas en la punta de la oreja con la barba de su pluma. Cuando llegué, se detuvo para mirarme con aire curioso.
Me hicieron sentar y Van Spreckdal me dijo levantando la voz: —Christian Venius, ¿de dónde sacó usted este dibujo?
Me mostraba el bosquejo nocturno que ahora estaba en su posesión. Me lo hicieron pasar... Después de haberlo examinado, respondí:
—Soy el autor.
Hubo un silencio bastante largo; el escribano Conrad escribía mi respuesta. Oía cómo su pluma corría en el papel y pensaba: «¿Qué significa la pregunta que acaban de hacerme? Esto no tiene ninguna relación con el puntapié en el espinazo de Rap».
—Usted es el autor de esto —retomó Van Spreckdal— ¿Cuál es el tema? —Es un tema de fantasía.
—¿No copió usted estos detalles en algún lugar? —No, señor, los he imaginado a todos.
—Acusado Christian —dijo el juez con un tono severo— lo invito a reflexionar. ¡No mienta!
Me ruboricé y con un tono exaltado exclamé: —¡He dicho la verdad!
—Escribano, anote —dijo Van Spreckdal. La pluma corrió nuevamente.
—Esta mujer —prosiguió el juez— esta mujer que están asesinando al borde de un pozo... ¿también la ha imaginado?
—Sin duda.
—¿Nunca la ha visto? —Nunca.
Van Spreckdal se levantó como indignado; luego sentándose de nuevo, pareció consultar en voz baja con su colega.
Aquellos dos perfiles negros, que se recortaban sobre el fondo iluminado de la ventana y los tres hombres, de pie detrás de mí... el silencio de la sala... todo me hacía estremecer.
«¿Qué quieren de mí? ¿Qué he hecho?», murmuré. De pronto, Van Spreckdal le dijo a mis guardias:
—Conduzcan de nuevo al prisionero hacia el coche; partimos a la Metzerstrasse. Luego, dirigiéndose a mí, exclamó:
—Christian Venius, está usted en un camino deplorable... Recójase y piense que si la justicia de los hombres es inflexible.... aún le queda la misericordia de Dios... ¡Puede merecerla si confiesa su crimen!
Esas palabras me atontaron como un golpe de martillo... Me eché hacia atrás con los brazos extendidos exclamando:
—¡Ah! ¡Qué sueño espantoso! Y me desvanecí.
Cuando recobré el conocimiento, el coche andaba lentamente por la calle; otro nos precedía. Los dos agentes de seguridad seguían estando allí. Durante el camino, uno de ellos le ofreció polvo de tabaco a su colega; maquinalmente, extendí los dedos hacia la tabaquera, él la retiró vivamente.
El rojo de la vergüenza me subió a la cara, y volví la cabeza para esconder mi emoción.
—Si mira para fuera —dijo el hombre de la tabaquera— estaremos obligados a ponerle las esposas.
—¡Qué el diablo te estrangule, canalla del infierno! —pensé. Y como el coche acababa de detenerse, uno de ellos bajó mientras que el otro me sostenía por el cuello, luego, al ver que su camarada estaba listo para recibirme, me empujó hacia afuera con rudeza.
Esas infinitas precauciones para asegurarse de mi persona no me anunciaban nada bueno; pero estaba lejos de prever toda la gravedad de la acusación que pesaba sobre mi cabeza, cuando una circunstancia espantosa finalmente me abrió los ojos y me sumió en la desesperación.
Acababan de empujarme hacia un pasadizo bajo, con el pavimento roto, desigual; a lo largo de las paredes corrían unas gotas amarillentas que exhalaban un olor fétido. Caminaba en medio de las tinieblas, con los dos hombres detrás de mí. Más adelante, se veía el claroscuro de un patio interior.
A medida que avanzaba, el terror me penetraba cada vez más. No era un sentimiento natural, era una ansiedad punzante, más allá de la naturaleza, como la pesadilla. Instintivamente, retrocedía a cada paso.
—¡Vamos! —gritaba uno de los agentes de policía apoyándome la mano en el hombro— ¡camine!
Pero qué grande fue mi espanto cuando, al final del corredor, vi el patio que había dibujado la noche anterior, con sus muros repletos de ganchos, sus montones de hierros viejos, su jaula para gallinas y su conejera... ¡ningún detalle había sido omitido! ¡Ni un tragaluz grande o pequeño, alto o bajo, ni un vidrio rajado!
Quedé fulminado por esa extraña revelación.
Cerca del pozo estaban los dos jueces, Van Spreckdal y Richter. A sus pies, yacía la vieja mujer, de espaldas… sus cabellos ampliamente desparramados… la cara azul... los ojos abiertos desmedidamente… y la lengua agarrada entre los dientes.
¡Era un espectáculo horrible!
—¡Y bien! —me dijo Van Spreckdal con un acento solemne— ¿qué puede decirme?
No respondí.
—¿Reconoce usted haber arrojado a esta mujer, Theresa Becker, a este pozo, después de haberla estrangulado para robarle dinero?
—¡No! — exclamé— ¡No! No conozco a esta mujer, nunca la he visto. ¡Que Dios me ayude!
—Es suficiente —replicó con voz seca.
Y sin agregar una palabra, salió rápidamente con su colega.
Entonces los agentes creyeron que era necesario ponerme las esposas. Me llevaron de nuevo a las Raspelhaus, en un estado de estupidez profunda. Ya no sabía qué pensar... hasta se me turbaba la conciencia; ¡me preguntaba si no habría asesinado a esa vieja!
A los ojos de mis guardias, estaba condenado.
No les relataré las emociones que sentí esa noche en la Raspelhaus, cuando, sentado en la gavilla de paja, con el tragaluz enfrente de mí y la horca en perspectiva, oía al relojero gritar en el silencio: «¡Duerman, habitantes de Nuremberg, el Señor está velando por ustedes! ¡La una!... ¡las dos!... ¡Han dado las tres!»
Cada uno puede hacerse una idea de una noche semejante. Por más que se diga que vale más ser colgado inocente que culpable... Para el alma, sí; pero para el cuerpo, no hay diferencia; por el contrario, respinga, maldice la suerte, trata de escaparse, sabiendo que su papel termina con la cuerda. Agreguen que se arrepiente de no haber gozado lo suficiente de la vida, de haber escuchado al alma que le recomendaba abstinencia...
«¡Ah! ¡Si hubiera sabido, exclama, no me habrías manejado a tu antojo con tus grandes palabras, tus bellas frases y tus magníficas sentencias! No me habrías engañado con tus bellas promesas... Habría tenido buenos momentos que ya no volverán... ¡Se acabó! Tú me decías: ¡Doma tus pasiones!... ¡Pues bien! Las he domado... Ahora estoy listo... van a colgarme, y más tarde, a ti te llamarán el alma sublime, el alma estoica, mártir de los errores de la justicia... ¡Ni siquiera se tratará de mí!»
Tales eran las tristes reflexiones de mi pobre cuerpo.
Llegó el día; al principio pálido, indeciso, iluminó con sus vagos resplandores la claraboya... las barras en cruz..., luego se estrelló contra el muro del fondo. Afuera, la calle se animaba; ese día había mercado: era viernes. Oía pasar las carretas con legumbres, y los buenos campesinos cargados con sus cuévanos. Algunas jaulas de gallinas cacareaban al pasar y las vendedoras de manteca hablaban entre ellas. Enfrente, el mercado se abría... estaban colocando los bancos.
Finalmente, llegó el día y el vasto murmullo de la multitud que aumentaba, las mujeres que se reunían con la canasta debajo del brazo, yendo, viniendo, discutiendo, regateando, me anunció que eran las ocho de la mañana.
Con la luz, mi corazón volvió a tener un poco de confianza. Algunas de mis ideas negras desaparecieron; sentí el deseo de ver lo que ocurría fuera.
Otros presos se habían levantado antes que yo hasta la claraboya; habían hecho agujeros en la pared para poder subir más fácilmente... Escalé la pared a mi vez, y cuando estuve sentado en el vano oval, con la cintura doblada, y la cabeza curvada, cuando pude ver a la gente, la vida, el movimiento... unas lágrimas abundantes me corrieron por las mejillas. Ya no pensaba en el suicidio... Sentía una necesidad de vivir, de respirar verdaderamente extraordinaria.
«¡Ah!, me decía yo, ¡vivir, es ser feliz!... Que me hagan arrastrar la carretilla, que me aten una bola de cañón a la pierna... ¡qué me importa! con tal que viva.»
El viejo mercado, con el techo en forma de apagador colocado encima de pilares pesados, ofrecía en ese momento una visión soberbia. Las viejas, sentadas enfrente de sus canastas de legumbres, de sus jaulas para aves, de sus cestos para huevos; detrás de ellas, los judíos, vendedores de trastos viejos, con la cara color del buj; los carniceros, con el ancho sombrero plantado en la nuca, calmos y graves, con las manos apoyadas detrás de la espalda, en sus bastones de acero, fumaban tranquilamente la pipa... También el bullicio, el ruido de la gente..., esas voces chillonas, gritonas, graves, agudas, breves.... esos gestos expresivos.... esas actitudes inesperadas que traicionan de lejos la marcha de la discusión y pintan tan bien el carácter del individuo.... en fin, todo eso cautivaba mi mente y a pesar de mi triste posición, me sentía feliz de estar aún en el mundo.
Pero mientras estaba mirando de ese modo, pasó un hombre, un carnicero, con la espalda curvada, llevando un enorme cuarto de vaca sobre los hombros, tenía los brazos desnudos, los codos al aire, la cabeza inclinada hacia abajo... La cabellera flotante como la del sicambrio del Salvator me ocultaba su rostro, y sin embargo, con la primera mirada, me estremecí...
«¡Es él!», me dije.
Toda mi sangre fluyó hacia el corazón... Bajé a la prisión, temblando hasta la punta de mis uñas, sintiendo que se me agitaban las mejillas, que la palidez se extendía sobre mi cara, y murmurando con una voz apagada:
—¡Es él! Está ahí... ahí... y yo voy a morir para expiar su crimen ... ¡Oh, Dios!... ¿Qué hago?..., ¿Qué hago?...
Una idea súbita, una inspiración del cielo me atravesó la mente... Llevé la mano hasta el bolsillo de mi traje... ¡La caja de carboncillos estaba ahí!
Entonces, lanzándome hacia la pared, me puse a trazar la escena del crimen con una inspiración inusitada. No más incertidumbres, no más tanteos. Conocía al hombre... Lo veía... Estaba posando delante de mí.
A las diez, el carcelero entró en mi celda. Su impasibilidad de búho le cedió el lugar a la admiración.
—¿Es posible? —exclamó de pie en el umbral.
—Vaya a buscar a los jueces —le dije prosiguiendo con mi trabajo con una exaltación creciente.
Schlüsser dijo:
—Lo esperan en la sala de instrucción.
—Quiero hacer revelaciones —exclamé dando el último toque al personaje misterioso.
Vivía; era espantoso de ver. Su rostro, de frente, achicado en la pared, se destacaba sobre el fondo blanco con un vigor prodigioso.
El carcelero salió.
Les dije con la mano extendida y temblando con todos mis miembros: —¡Este es el asesino!
Después de unos instantes de silencio, Van Spreckdal me preguntó: —¿Su nombre?
—Lo ignoro... pero en este momento, está en el mercado... corta carne en el tercer puesto, a la izquierda, entrando por la calle de los Trabans.
—¿Qué piensa? —dijo inclinándose hacia su colega.
—Que busquen a ese hombre —respondió el otro con un tono grave.
Varios guardias que se habían quedado en el pasillo obedecieron esa orden. Los jueces quedaron de pie, sin dejar de mirar el bosquejo. Yo me desplomé en la paja con la cabeza entre las rodillas, como aniquilado.
Pronto resonaron unos pasos a lo lejos bajo las bóvedas. Aquellos que no hayan esperado la hora de la liberación y contado los minutos, que en ese momento eran largos como los siglos... aquellos que no hayan sentido las emociones punzantes de la espera, el terror, la esperanza, la duda... no podrán concebir el estremecimiento interior que sentí en ese momento. Habría distinguido los pasos del asesino caminando en medio de sus guardias entre otros mil. Se acercaban... Hasta los jueces parecían estar conmovidos. Yo había levantado la cabeza y con el corazón oprimido como por una mano de hierro, miré fijamente la puerta cerrada. Se abrió... El hombre entró... Tenía las mejillas infladas por la sangre, las anchas mandíbulas contraídas hacían que sus músculos sobresalieran hasta las orejas y sus ojitos, inquietos y salvajes como los de un lobo brillaban debajo de unas cejas espesas de un amarillo rojizo.
Van Spreckdal le mostró el bosquejo silenciosamente.
Entonces, ese hombre sanguíneo, de hombros anchos, miró, palideció... luego, dando un rugido que nos dejó helados de terror a todos, separó sus brazos enormes y dio un salto hacia atrás para derribar a los guardias. Hubo una lucha horrorosa en el pasillo; sólo se oían la respiración jadeante del carnicero, imprecaciones sordas, palabras cortas y los pies de los guardias levantados del piso, volvían a caer sobre las baldosas.
Eso duró un minuto.
Finalmente, el asesino volvió a entrar, con la cabeza baja, el ojo ensangrentado, y las manos atadas a la espalda. Volvió a fijar la mirada en el cuadro del asesinato... pareció reflexionar y, en voz baja y como hablándose a sí mismo, dijo:
—¿Quién habrá podido verme a medianoche? ¡Estaba salvado!
. . . .
Muchos años han transcurrido desde aquella terrible aventura. ¡Gracias a Dios!, ya no hago siluetas, ni siquiera retratos de burgomaestres. A fuerza de trabajo y de perseverancia he conquistado mi lugar bajo el sol y me gano honorablemente la vida haciendo obras de arte, que para mí, es el único objetivo que todo verdadero artista debe tratar de alcanzar. Pero el recuerdo del bosquejo nocturno siempre me ha quedado en la mente. A veces, en la mitad del trabajo, mi pensamiento se traslada hacia allí. Entonces, dejo la paleta, ¡y sueño durante horas enteras!
¿Cómo había podido reproducirse bajo mi lápiz, hasta en los más mínimos detalles un crimen realizado por un hombre que yo no conocía... en una casa que nunca había visto?
¿Será una casualidad? ¡No! Y además, después de todo, ¿Qué es la casualidad sino el efecto de una causa que se nos escapa?
Schiller tendría razón cuando decía que: «El alma inmortal no participa de la debilidad de la materia; durante el sueño del cuerpo, ¡despliega sus alas radiantes y se
va Dios sabe adónde!... Lo que hace entonces, nadie puede decirlo... pero la inspiración a veces traiciona el secreto de las peregrinaciones nocturnas».
¿Quién sabe? La naturaleza es más audaz en sus realidades... ¡que la imaginación del hombre en su fantasía!
El viejo sastre
Le vieux tailleurConocí en mi juventud, en Sainte-Suzanne, a un viejo sastre llamado Mauduy. Vivía en la calleja de los Espigadores, cerca de la muralla, y nosotros, aún chiquillos, cuando íbamos hacia la escuela del señor Berthomé con la mochila a la espalda, nos deteníamos ante su ventana para verlo trabajar en lo suyo.
Era un viejo de sienes despejadas, ojos gris claro, tez algo avinada que, con las piernas cruzadas sobre su trabajadero y tirando del hilo, parecía una rana pues tenía la boca muy hendida y el aire soñador. De vez en cuando, paraba de coser y nos miraba, con la nariz y la barbilla al aire; y como su mesa de trabajo estaba al lado de una pequeña ventana baja, extendía la mano y nos la pasaba por el cabello, sonriendo. Al que más le gustaba acariciar era a mí, sin duda por mi cabello rubio, largo y rizado. Y entonces me decía:
—Tú, tú eres bueno, como un dócil cordero. Trabaja bien Antoine, atiende con interés a lo que explica el señor Berthomé. Tus padres son muy buenas personas.
Parecía emocionado al decirme aquellas cosas, luego volvía al trabajo silenciosamente.
La pequeña habitación en la que aquel buen hombre se consumía desde hacía años era muy oscura; se veían algunas ropas viejas usadas, pantalones remendados o chaquetas grasientas que colgaban a su alrededor de algunos cáncamos, y al fondo, en la sombra, una pequeña escalera que subía. Aún me parece estar viendo aquel rincón del mundo, con un reguero de luz que caía de la ventana sobre la mesa de trabajo, pululante de átomos y de polvo dorado.
A veces, en aquel oscuro tabuco aparecía una anciana tan vieja que se la habría tomado por una de esas lechuzas desplumadas que los campesinos clavan sobre las puertas de sus granjas para ahuyentar, por miedo a verse de la misma manera, a las aves rapaces que merodean en torno a los gallineros. Era la anciana Jacqueline, la madre de Mauduy, a la que él mantenía con su trabajo. Sólo tenía una papalina y un vestido viejo estampado con grandes flores que databa por lo menos de tiempos de la República o de Luis XVI. Se sentaba sobre el último peldaño de la escalera, moviendo la cabeza y hablando sola. Su blanco rostro brillaba al fondo de la habitación y sus cabellos le caían sobre los hombros como lino. Cuando aparecía, Mauduy la miraba con ojos casi tiernos y le decía:
—Madre, acérquese usted por este lado al sol, tendrá más calor; venga, aquí, delante de mí.
Y bajándose de su mesa, empujaba una antigua tumbona hasta el pie del trabajadero, ayudaba a la pobre anciana a levantarse y la instalaba con toda solemnidad en su rincón, diciendo muy bajito:
—¿Está bien así? ¿Necesita que le ponga un cojín, o alguna cosa detrás, para sostenerla?
—No, Baptiste, estoy bien, —contestaba.
Entonces, feliz, volvía a subirse a su mesa, cruzaba las piernas y continuaba con su trabajo, muy contento de tener allí a su anciana madre, que se calentaba. En ocasiones, se ponía a silbar viejas melodías pero tan bajito que apenas se le oía; y, tan pronto como
la anciana se ponía a rezar, él se callaba para no interrumpirla, poniéndose aún más serio.
Nosotros los escolares, a la primera campanada, echábamos a correr hacia la escuela, gritándole:
—¡Buenos días, señor Mauduy, buenos días!
Él levantaba sus ojos grises y nos miraba hasta que desaparecíamos por la pequeña vereda del señor Berthomé; luego se ponía de nuevo a coser. La tarde transcurría lentamente, unas veces calurosa, otras lluviosa; a las cinco volvíamos a pasar y veíamos de nuevo al viejo sastre en el mismo lugar tirando de su aguja y soñando no sé con qué.
Recuerdo también que lo llamaban el vandeano y que las personas supuestamente piadosas, lo acusaban de haber cometido horrores en Vendée; de haber matado a mujeres, a niños, etc. Pero yo jamás pude creerlo porque las personas que difundían aquellos rumores eran viejas pecadoras, «desgraciadas», como repetía frecuentemente mi padre, Jean Flamel, ferretero de la calle de los Mínimos; él recordaba haberlas visto en tiempos de la República en la carroza de la Libertad representando a la diosa Razón, y decía que aquellas personas, retornadas a nuestra santa religión y arrepentidas de sus antiguos desvaríos, creían rehabilitarse reprochándole a otros más faltas y abominaciones que las que ellas mismas habían cometido. Lo único verdadero era que Mauduy se había incorporado como voluntario en 1792, que había hecho las campañas de Maguncia, de Vendée, de Italia y de Egipto y que, después del golpe de brumario, aunque podía haber entrado en la guardia del Consulado, había preferido retomar su oficio de sastre antes que servir a Bonaparte. Esto era lo que contaba mi padre al que, por su veracidad, su sentido común y su justicia, yo le concedo más credibilidad que a toda aquella raza junta.
Así transcurrieron los años de 1816 a 1820, época en la que mis padres, viendo que yo sabía ya todo lo que el señor Berthomé podía enseñarme, es decir, un poco de ortografía, un poco de aritmética y otro poco de catecismo, pensaron que era hora de hacerme conocer el mundo.
Mi padre, recordando que tenía un antiguo compañero, Joseph Lebigre, establecido desde hacía veinticinco años como ferretero en la calle San Martín de París, me envió con él para completar mi formación. El señor Lebigre me recibió muy bien y me empleó primero en su tienda; luego me encargó de la colocación de sus mercancías, y en 1824, el mismo año de la coronación de Carlos X, mi padre, ya anciano, me traspasó su negocio. Me casé con la señorita Joséphine, la hija menor del señor Lebigre y fui a establecerme por mi cuenta a Sainte-Suzanne.
Fue por entonces cuando falleció Jacqueline Mauduy, la madre del viejo sastre de la calle de los Espigadores. Recordando en aquella ocasión todas las veces que, en mi infancia, me había acodado en la ventana de su casita, consideré un deber asistir a su entierro.
Llovía aquel día, caía nieve derretida, la calleja estaba desierta, llena de barro; y tras haberme vestido, me encontré en la pequeña vereda de su casilla con cinco o seis vecinos: Thomas Odry, el pizarrero y su mujer; Jean Recco, el hojalatero, el señor Martin, en fin, unas cuantas personas pobres que se sorprendieron bastante al verme llegar. El vicario Suzard, el sochantre y dos monaguillos, con túnicas blancas bastante embarradas, llegaron corriendo y nos trasladamos primero a la iglesia, y luego al cementerio. Mauduy marchaba a mi lado, con el pañuelo junto a los ojos enrojecidos y el bigote humedecido por las lágrimas; se balanceaba sobre las caderas, como antiguo sastre que era, pero no hablaba. Y cuando llegamos al cementerio, frente a la fosa de tierra amarilla cuyos bordes estaban cubiertos de nieve derretida, después de una rápida
recitación del De profundis, Mauduy se inclinó, cogió la pala y echó un poco de gleba sobre el ataúd; luego me pasó la pala diciendo:
—Tenga, señor Antoine, usted la conocía desde hacía muchos años y ha venido, ¡gracias!
Eso fue todo; regresamos en silencio.
A partir de aquel día, como el viejo sastre no tenía a nadie en casa para hacerle compañía, iba todos los domingos a la taberna de Nicolas Bibi en la calle de los Mínimos a tomarse una copa de vino y, a veces, al ver mi puerta abierta, entraba en la tienda y me daba un apretón de manos. Yo era el único burgués de Saint-Suzanne a quien hacía esta demostración de afecto.
—¿Sus asuntos van bien? —me preguntaba. —Sí, señor Mauduy.
—Mejor es así... eso me alegra mucho.
Luego echaba una ojeada a las estanterías examinando los paquetes de tijeras, de cuchillos, de podaderas y de otros artículos de cuchillería.
—Todo está reluciente y bien cuidado —decía.
Y un día, al observar los floretes, quiso verlos de cerca. Sus ojos brillaban; cogió uno, dos, tres, haciéndolos combarse sobre la punta de su zapato con singular satisfacción.
—Éste —dijo— es bueno, es flexible; la empuñadura está un poco curvada, pero se podría enderezar fácilmente; la cazoleta es también un poco demasiado pequeña; pero da igual, ¡me iría bien, sí, me iría muy bien!
Yo veía, en la expresión de sus ojos y de sus facciones arrugadas, que estaba contento.
—Si quiere un par de floretes, señor Mauduy... —le dije.
—No. Hace muchos años ya que no me ocupo de esas cosas... ¿Qué podría hacer con un par de floretes un viejo sastre? ¡Hábleme de la aguja, a buenas horas! ¡Ah!, ¡ah!, ¡ya no tengo jarretes!
Y al mismo tiempo se ponía en guardia, flexionaba los jarretes, y se tiraba a fondo. Venía de tomarse su copita en casa de Bibi y se encontraba de buen humor. Esos detalles me llamaron la atención más tarde; en aquel momento apenas les presté atención.
En fin, y para volver a la continuación de mi historia, hacía cuatro meses que la madre del anciano sastre yacía bajo tierra y los setos se cubrían de verdor, cuando apareció por Sainte-Suzanne un regimiento de línea cuya banda había recibido autorización para llevar espada porque se había destacado en las ceremonias de consagración del rey. Aquel regimiento ultrarrealista vino pues a establecer guarnición junto a nosotros; allí se encontraba un gran número de jóvenes distinguidos que provenían de la guardia real y que deberían volver a ella, tras haber obtenido el ascenso.
Eran en su mayoría bretones y vandeanos, casi todos maestros de esgrima, cuyos padres habían participado en la guerra de Vendée, contra la República. No sé cómo se enteraron de repente de que el viejo sastre Mauduy en otros tiempos se había llamado Lapointe, y que ese Lapointe era una de las primeras espadas del ejército republicano, un ser peligroso, en fin, cosa de la que nadie se había percatado hasta entonces en Sainte-Suzanne puesto que Mauduy no salía, por así decirlo, de su calle, trabajaba en su oficio y no pedía otra cosa que paz. Lo único que se le podía reprochar era que no celebraba las fiestas ni los domingos acudiendo a la iglesia, y que tomaba carne los viernes y sábados, cuando la tenía.
Algunos pensaron que los antecedentes del viejo sastre habían sido divulgados por el nuevo comandante de puesto, Clovis de Beaujaret, pues se conservaban por escrito