G E O R G ZACHARIAE
CONFESIONES DE MUSSOLINI
Revelaciones del médico alemán que Hitler envió a Mussolini LUIS DE CARALT
E D I T O R BARCELONA
T í t u l o de la obra o r i g i n a l ALS ARZT UND VERTRAUTER FREUND BEI MUSSOLINI Versión española de ALERAMO SPADA
Primera edición: Diciembre 1949
Impreso en España.
Digitalizado por triplecruz. Disculpen cualquier posible error de digitalización
Talleres Gráficos de la Sdad. Gral. de Publicaciones, S. A., Conde Borrell, 243-240, Barcelona
ÍNDICE
• PRÓLOGO ... 3
• CAPÍTULO PRIMERO. ENFERMEDAD Y CURACIÓN DE MUSSOLINI ... 4
• CAPÍTULO SEGUNDO. LA VIDA PARTICULAR DE MUSSOLINI EN LAS ORILLAS DEL LAGO DE GARDA. — SU FAMILIA Y SU AMBIENTE ... 14
• CAPÍTULO TERCERO. MUSSOLINI. —SU PERSONALIDAD. — SUS PREDILECCIONES HISTÓRICAS, FILOSÓFICAS Y ARTÍSTICAS ... 22
• CAPÍTULO CUARTO. MUSSOLINI Y LA POLÍTICA INTERIOR Y EXTERIOR DE ITALIA.—LOS MOTIVOS DE SU ENTRADA EN LA GUERRA ... 32
• CAPITULO QUINTO. LAS RELACIONES ENTRE MUSSOLINI E HITLER. —EL SISTEMA POLÍTICO Y MILITAR DEL REICH ... 43
• CAPÍTULO SEXTO. VISITAS A LAS DIVISIONES ITALIANAS EN ALEMANIA Y AL CUARTEL GENERAL DEL FÜHRER ... 55
• CAPÍTULO SÉPTIMO. VIAJE EN JULIO DE 1944 ... 60
• CAPÍTULO OCTAVO. VIAJE EN ENERO DE 1945 ... 64
• CAPITULO NOVENO. EL SOCIALISMO DE MUSSOLINI ... 68
• CAPÍTULO DÉCIMO. PENSAMIENTOS ACERCA DE LA CRISIS MORAL Y SOCIAL DE NUESTROS TIEMPOS... 78
• CAPITULO UNDÉCIMO. VISIÓN DEL FUTURO... 83
• CAPÍTULO DUODÉCIMO. EL ULTIMO VIAJE A MILÁN... 90
• CAPÍTULO DECIMOTERCERO. EL FIN ... 95
• APÉNDICE ... 99
PRÓLOGO
En octubre de 1943, por orden de Hitler, fui enviado a Italia en calidad de médico del Duce. Hubiera tenido que estar poco tiempo junto a él, pero los sucesos se desarrollaron de una manera tan imprevista que tuve que permanecer durante diecinueve meses cerca de Mussolini. Fué un período, éste, rico en acontecimientos.
Las variables facetas, Las actitudes a menudo contradictorias de su poliédrica personalidad, todos los aspectos de la nueva República fascista y de las relaciones italogermanas se me revelaron por completo. He de declarar, sin embargo, que mi tarea era de naturaleza puramente médica y no tenía ningún carácter político. Es, empero, comprensible que un hombre hable más abiertamente con su médico que con los demás que le rodean, principalmente cuando falta una buena armonía en su familia y no existe una verdadera amistad entre sus colaboradores políticos. Tuve pronto la impresión de haber caído en gracia a mi paciente, lo cual facilitaba mucho mi tarea. Su confianza en mí, cada vez mayor, me permitió llegar pronto a conocer, de una manera perfecta, su pensamiento, sus sentimientos, su lucha espiritual, sus ideas y sus objetivos.
Puesto que mi actividad médica a orillas del Garda no ocupaba todo mi tiempo, y que las conversaciones con el jefe italiano eran siempre muy interesantes, pronto di comienzo, aparte de las anotaciones de carácter puramente médico, a una especie de diario con breves apuntes y consideraciones sobre los acontecimientos. Sobre este diario se basa este libro. He reflexionado largamente acerca de si era más oportuno publicar solamente mis esquemáticos apuntes, pero he renunciado a esta idea pensando en que la forma y el estilo no corresponderían enteramente a los hechos que quiero relatar, ni satisfacerían el legítimo interés del lector. Por esto, he querido dibujar con mis anotaciones un cuadro lo más completo posible de la personalidad de Mussolini, tal como yo le conocí en mi calidad de médico y de constante acompañante durante diecinueve meses. Le estudié y le observé tanto en su vida privada como en la política. Sus juicios sobre personalidades políticas y militares, sus pensamientos acerca de su período de gobierno, especialmente sobre los actos llevados a cabo en el período de la guerra, y al mismo tiempo sus planes y sus ideas para el futuro, me los fué comunicando diariamente en amistosos coloquios. Creo que no exagero si afirmo que fui, en aquel dramático período, su único confidente, una especie de confesor espiritual. Creo poder dar al lector de este libro un cuadro unitario cronológico y mejor coordinado que el que estaría obligado a formarse por su cuenta sacándolo de mis numerosas y breves anotaciones.
Cuando partí para Italia, fui al encuentro de Mussolini muy escépticamente, y nunca pude liberarme de esta sensación. Pero ahora estoy convencido de haber encontrado en él una fuente tan preciosa para reconocer y juzgar los acontecimientos del tiempo, que a él le debo, y a los venideros, la publicación de este libro.
No soy ni acusador, ni defensor, y mucho menos un juez. La última palabra sobre la personalidad, las acciones y los pensamientos de Mussolini pertenece a la historia, que emitirá su juicio objetivo por encima de cualquier polémica, partido, odio o amor.
Si mis anotaciones han de contribuir a ello, será ésta la coronación más hermosa de los días que yo, en un período muy crítico, he transcurrido a orillas del lago de Garda; aun cuando mis fatigas y mis éxitos profesionales fueron desbaratados por el fin imprevisto de Mussolini.
Ya que he escrito este libro, no con el estilo de "un experto escritor o con la pluma de un hábil periodista, sino sencillamente con los medios a disposición de un pensador y de un médico, el lector tendrá que apreciar mis intenciones y aceptar mi obra como algo espontáneo, sincero y natural, acogiendo favorablemente la franca exposición de lo que mis ojos han visto y mis oídos escuchado.
CAPÍTULO PRIMERO. ENFERMEDAD Y CURACIÓN DE MUSSOLINI
Ya antes de mi llegada a Italia, se rumoreaba por el extranjero que el Duce estaba gravemente enfermo. Se creía generalmente, también en Italia, que estaba afectado de un cáncer en el estómago y que pronto fallecería.
Las emisoras inglesas anunciaban, por lo menos una vez al mes, a sus radioescuchas que el Duce empeoraba y que moriría fatalmente. Más tarde se propagó la noticia de que el estado de salud de Mussolini se había quebrantado a raíz de su arresto en julio de 1943 y todo el mundo estaba muy preocupado por el futuro, tanto en Italia como en Alemania, ya que para ambos países tenía igual importancia el hecho de que el Duce pudiera seguir en su puesto en la fase más crítica de la guerra.
Después de la liberación del Duce, que tanta resonancia tuvo en todo el mundo, éste fué transportado seguidamente al Cuartel General de Hitler; su estado de salud causó una profunda impresión y fueron muchos los que temieron nuevamente por su vida. Se llegó al punto que más de una persona, de las que ya le conocían, le dieron por perdido y dejaron de confiar en la posibilidad de una curación.
Hitler le mandó reconocer inmediatamente por su médico particular, el doctor Morell, y por otros doctores. El Duce fué sometido a una atenta visita clínica: resultó de ella que era absolutamente necesaria la intervención de un especialista. Hitler no tenía ninguna confianza en los médicos italianos que le habían curado hasta entonces y le obligó a que se dejara curar por un médico alemán que él mismo eligiría. El mismo Hitler, en efecto, ordenó al doctor Morell que le propusiera los nombres de algunos médicos especialistas, a los que poder confiar el importante paciente.
Ahora, para explicar de qué manera yo mismo fui incluido en esta relación de nombres, tengo que retroceder en mi narración.
Desde el 26 de agosto de 1939 había sido llamado a prestar, servicio militar en el ejército alemán y asignado al departamento de oficiales del Hospital 101, para enfermedades internas, de Berlín Westend. Esta sección había estado siempre atestada de enfermos, lo cual me dio ocasión para tomar contacto con muchos oficiales del Cuartel General del Führer.
Puesto que todos los enfermos hablan de sus enfermedades y de sus heridas, se explica fácilmente cómo estos oficiales, reintegrándose a sus puestos, hablaban de su permanencia en el Hospital X, alabando, además, al médico que los había curado.
De esta manera el doctor Morell oyó hablar de mí por primera vez, posiblemente por algún oficial al que él mismo había intentado sanar en el Cuartel General, y que ahora regresaba perfectamente curado. En 1941 Morell me envió al hospital uno *de sus ayudantes para aclarar unas cuestiones científicas, y cuando vino personalmente a Berlín me rogó que le visitara para profundizar nuestras relaciones profesionales. No era, por lo tanto, un desconocido para el doctor Morell, cuando, una tarde de septiembre, él mismo me llamó por teléfono desde el Cuartel General para transmitirme la orden del Führer, según la que había que enviar en seguida mi curriculum vitae. No sabía explicarme qué significado podía tener aquella imprevista petición y mis preguntas a este propósito no tuvieron ninguna contestación.
Como disciplinado soldado, envié un breve curriculum vitae y esperé con mucho interés el desarrollo de los acontecimientos. Pero, debido a que al cabo de unas semanas aún no había ocurrido nada, me olvidé del asunto. De pronto, empero, es decir, el 28 de septiembre de 1943, recibí una llamada telefónica de la oficina de Morell en Berlín; alguien me dijo que en las primeras horas de la tarde un coche me esperaría para llevarme a una entrevista personal con Morell, en su morada de Schwanenwerder. En cuanto llegué allí, Morell me comunicó que había sido elegido por el Führer para curar al Duce y que dentro de pocos días tendría que salir para Italia. Con cierta
dificultad conseguí ocultar mi mal humor, ya que no me agradaba en absoluto abandonar Berlín precisamente en aquel momento.
En el hospital de la Siemens, que yo dirigía, estábamos organizando un nuevo departamento y por este motivo esperaba, y con razón, ser licenciado del ejército. Esta imprevista partida, por lo tanto, aun cuando se trataba de un período limitado de tiempo, era muy desagradable; no disimulé mi sorpresa ante Morell, y le pregunté si no podían prescindir de mí. Morell me contestó que era imposible desobedecer la orden de Hitler, quien personalmente me había elegido a mí entre los muchos médicos propuestos. Morell añadió de todos modos, para endulzar la pildora, que no era asunto de larga duración y que pronto regresaría a Berlín.
Acepté, ya que, además, como soldado no me quedaba más remedio que obedecer. Ante todo Morell me comunicó que él mismo sería el médico de Mussolini y que mi labor, por lo tanto, se limitaría a la de ser un substituto suyo; de manera que no tendría que hacer más que seguir sus instrucciones. Esta condición, por cierto bastante extraña, me produjo una desagradable impresión y todo el asunto me pareció poco limpio. No sabía cómo comportarme y preferí callar, esperando que Morell me pusiera al corriente de sus intenciones para la cura del Duce.
Le rogué que me diera el resultado del reconocimiento clínico; las radiografías que habían sido hechas en Berlín, indicaban claramente que Mussolini padecía de una gran úlcera duodenal, que se dejaba ver fácilmente por su emplazamiento, debido a que causaba un cierre parcial de los canales de la bilis. Se había podido establecer clínicamente que la bilis y los jugos digestivos se amontonaban tras la úlcera. De ello se derivaba un notable abultamiento del hígado y una mayor diastasia de la sangre. El intestino se contraía de tal forma que hacía imposible el desarrollo de la digestión sin laxantes. El examen químico del estómago después de ingerir cafeína había demostrado que los ácidos del estómago eran casi normales, pero que en el mismo se apreciaba una cierta cantidad de moco y de materias viscosas, además de restos de alimentos. En cambio no se había podido comprobar la presencia de ácido láctico, síntoma del cáncer. El corazón, los vasos sanguíneos y los pulmones estaban en perfecto estado. El electrocardiograma señalaba una curva absolutamente normal, la presión de la sangre era baja debido probablemente al estado general de agotamiento. Del análisis bacteriológico del intestino, no resultaba nada patológico, aunque había revelado que los colis eran muy deformados y, por lo tanto, no funcionaban bien. La visita neurológica, hecha por un especialista de las enfermedades nerviosas, había dado un resultado absolutamente normal. Puesto que se rumoreaba que Mussolini había padecido años atrás de sífilis, se le habían efectuado también unos análisis de sangre, y todos resultaron negativos, de manera que fué excluida del modo más absoluto una sífilis activa.
Además, Mussolini negaba enérgicamente haber tenido esta enfermedad.
En base a esta relación, Morell me dio sus instrucciones para la cura. Me quedé, sin más, asustado por aquel sinfín de prescripciones y decidí en mi interior que no seguiría a Morell en su diagnóstico, desde luego sin comunicárselo a él. Por ejemplo, Morell quería que hiciera una cura endovenosa de yodo para proteger el corazón y los vasos contra una infección sifilítica.
No sólo consideré superflua esta cura, sino que también perjudicial; además, no tenía la menor intención de hacer del Duce una farmacia ambulante. Establecí en mi interior que decidiría personalmente qué cura era la más adecuada, ya que no podía aceptar ningún método curativo sin antes haber visto con mis propios ojos al enfermo.
Mi salida de Berlín no fué cosa fácil. Morell me había transmitido la orden categórica de Hitler de no comunicar a nadie el motivo y la meta de mi viaje. Así tuve que luchar contra las infinitas dificultades interpuestas por mis superiores militares, y por fin me vi obligado a rogar a Morell que interviniera oficialmente para declarar a mis superiores que tenía que abandonar Berlín por un tiempo indeterminado, por haber sido destinado a otro servicio.
En un principio se hizo caso omiso de las palabras de Morell, puesto que éste no tenía ningún grado militar; pero finalmente el hecho de que la orden provenía del Cuartel General del Führer eliminó todo obstáculo.
Sin embargo, tuvo que transcurrir un cierto tiempo antes >de que la agitación producida por mi partida se apaciguara. Comprendí, solamente más tarde, que era el mismo Morell quien quería que mi misión fuera secreta. En efecto, si alguien se enterase de que Hitler me había ordenado que me hiciera cargo de la salud del Duce, Morell hubiera podido decir más tarde que había sido él quien había logrado curar a Mussolini, recibiendo los correspondientes méritos y honores, en tanto que yo permanecía en la sombra.
Esta actitud correspondía perfectamente al carácter de Morell. En sus contactos personales conmigo y con todo el mundo era, en efecto, amable y cortés; pero cuando uno llegaba a conocerlo mejor se veía obligado a comprobar que estaba afectado de una desconfianza casi patológica para con cualquiera. Veía adversarios celosos por doquier y por cierto que había algunos; pero no le envidiaban por el hecho de ser el médico de Hitler, sino porque su posición privilegiada, por el aprecio que el Führer le dispensaba, le proporcionó copiosas ganancias, hecho éste que no iba muy de acuerdo con la ética de su profesión.
Indudablemente era un buen médico, aun cuando no se podía estar siempre de acuerdo con sus métodos, y de todos modos hay que reconocer que había logrado un buen número de curas afortunadas.
Morell había sido siempre un solitario; casi no tenía amigos; enemigos muchos, que hacían lo posible para no tropezar con él.
Después de arreglar todos mis asuntos privados, recibí mi hoja de ruta y los documentos necesarios; esta vez no por un Mando Militar, sino por el Ministerio de Asuntos Exteriores, por orden del Cuartel General del Führer.
Antes de marcharme tomé algunas medicinas, con las que había obtenido, en el hospital, buenos resultados en la cura de enfermedades del estómago y del intestino.
La noche del 3 de octubre salí para Italia. Mi meta era Fasano, en el lago de Garda: allí tendría que presentarme a la Embajada Alemana que en septiembre había sido trasladada de Roma a Fasano; el embajador tenía que hacerse cargo de mí y cuidar de mi alojamiento. Había sido recomendado de un modo particular al Cónsul General Barón von Neurath, hijo del ex ministro de Asuntos Exteriores, al que tenía que llamar por teléfono desde Verona. El estaba encargado de facilitarme los medios necesarios para mi viaje.
Llegué a Munich el 4 de octubre por la mañana y allí me enteré de que ya no saldrían más trenes para Italia, debido a que la línea había sido interceptada por los bombardeos enemigos; sin embargo, se abrigaba la esperanza de poder reanudar el tráfico con Italia por la noche.
Aproveché la ocasión para dar una vuelta por la ciudad, que conocía tan sólo por una fugaz visita hecha unos años atrás.
Por la noche nos acompañaron a una pequeña estación de las afueras de Munich, donde subimos a un tren procedente de Berlín, repleto de pasajeros. Fué una suerte para mí que mi cualidad de recomendado del Ministerio de Asuntos Exteriores me consintió viajar en un departamento especial; así por lo menos pude disponer de un asiento.
El tren marchó rápidamente hasta Bolzano. Cuando llegamos allí, los rayos del sol alumbraban los montes; por primera vez en mi vida tuve la ocasión de admirar de cerca el grandioso espectáculo de los Alpes dolomíticos.
En Bolzano tuvimos que apearnos y, con nuestro equipaje, anduvimos aproximadamente un par de kilómetros, ya que el puente del río Isarco había sido destruido por los bombardeos. Al otro lado del puente estaba listo otro tren, y también en éste encontré un buen sitio, gracias a mi cualidad de enviado especial. Por primera vez viajé a lo largo del maravilloso valle del Adige. A mí, que llegaba de la llanura alemana y que no había visto nunca el Alto Adige, el paisaje me produjo una profunda impresión.
comunicación telefónica con el señor Neu-raíh para notificarle mi llegada. El Cónsul General me aseguró que me enviaría inmediatamente un coche, y así alcancé Fasano en las^orillas del lago del Garda; aquella estupenda región, inundada por el sol de una tarde de octubre me imprimió un recuerdo inolvidable.
En el Hotel Bella Riva de Fasano fui acogido muy cordialmente. Allí pasé diecinueve meses a orillas del Garda, en el ambiente de la Embajada Alemana. En la misma Embajada me comunicaron que el Duce aun no había llegado a Gargnano; desde el Cuartel General del Führer, se había ido a su finca de Rocca Delle Camminate y se le esperaba para dentro de algunos días. Tuve así tiempo de sobra para echar un vistazo al nuevo ambiente.
El ambiente diplomático me era completamente desconocido; conocí a muchas personas interesantes, con las que de tanto en tanto tendría también que tratar en mi calidad de médico del Duce. Pero aun hoy su actividad sigue siendo para mí completamente desconocida, al igual que en el día de mi llegada. También aquí se intentó inmediatamente, por parte de los militares, incluirme en la plantilla militar; pero rehusé reconocer cualquier mando superior en Italia, y durante toda mi permanencia en aquellos lugares fui la más pequeña sección alemana independiente.
El 8 de octubre, por la mañana, fué a verme cierto señor Horn, al que nunca había conocido
anteriormente. Me comunicó que el puce había llegado a Gargnano y que me esperaba a las 17. El señor Horn, natural de Munich, era un joven y muy desenvuelto malabarista de la medicina y estaba en excelentes relaciones con Morell. Pese a su cargo de inspector, mantuve siempre con él buenas relaciones. Además, el señor Horn era un excelente chofer y era siempre él quien conducía mi coche. Debido a nuestras tareas, Horn y yo transcurrimos buena parte de nuestro tiempo juntos y así llegamos a ser incluso bastante amigos; y cuando, en febrero de 1944 tuvo que abandonar su puesto, lo lamenté sinceramente.
El señor Horn, pues, fué a recogerme el 8 de octubre de 1943 —nunca olvidaré esta fecha— al Hotel Bella Riva y me acompañó a la Villa Feltrinelli en Gargnano, donde Mussolini estaba esperándome.
Me había puesto mi mejor uniforme. Seguidamente, después de mi llegada, me condujeron a la habitación del Duce; me presenté según las reglas militares. ¡En qué estado se encontraba él! Tumbado en el diván de su dormitorio, no llevaba puesta más que una camisa y un albornoz de calidad muy inferior; se dirigió hacia mí y me saludó tendiéndome una mano delgada y fría: "¡Bueno, ya ve usted en qué estado me encuentro!" Aquella cara que un sinfín de veces había visto en cien fotografías, aquel rostro de emperador romano, estaba pálido, amarillento, muy delgado; los pómulos, muy salientes, hacían parecer todavía más flacas sus mejillas. A pesar de todo esto me sentí en seguida fascinado por la mirada de sus ojos grandes y algo salientes, en los que estaba impreso todo lo que en aquel momento ocurría en el alma del Duce; una intensa espera, una muda petición de socorro, pero también fina profunda resignación y un gran cansancio. Me trató muy cordialmente y me describió en alemán, idioma que él dominaba perfectamente, el desarrollo de su enfermedad.
Hacía cosa de unos veinte años había tenido una úlcera en el estómago y desde 1940 las molestias, a pesar de todas las curas, se habían ido haciendo cada vez más fuertes. Le atormentaban especialmente dos o tres horas después de las comidas y durante la noche unos violentos calambres en el estómago, como si alguien se lo oprimiera con todas sus fuerzas.» De manera que casi no podía dormir y le tenía un verdadero pánico a la noche. Estaba afectado, además, de un agudísimo estreñimiento, que no se podía eliminar más que con fuertes laxantes. Comía muy poco, de una manera absolutamente desproporcionada a su excesivo desgaste de energías. Por esto se explicaba fácilmente su delgadez. A mi pregunta de si había tenido alguna vez una infección sifilítica contestó negativamente, añadiendo que era ésta una noticia que habían propalado por el mundo los que tenían interés en difamarlo.
Le visité con mucho cuidado y pude confirmar completamente el resultado del reconocimiento clínico. La palidez que se notaba en el interior de sus ojos se debía a un estado
anémico: la presión de la sangre, muy baja para un hombre de sesenta años, era de un valor de 100: 70; su cutis flojo, reseco y poco elástico; el abdomen muy delgado en la parte inferior, mientras la parte superior estaba ocupada por el hígado, muy abultado y muy duro, que llegaba hasta el ombligo, cuya superficie era completamente lisa; a través del cutis sutil del vientre se notaban en un punto los intestinos encogidos; la zona del estómago era muy sensible a la presión, especialmente debajo del esternón, hacia las costillas de la derecha; no podía percibir la vejiga de la bilis. Corazón y pulmones estaban sanos, los latidos del corazón eran claros y regulares, y éste no estaba abultado; la capacidad de ensanchamiento del tórax, que en el transcurso de los años normalmente disminuye, se mantenía en excelente estado. Todos los reflejos actuaban fácilmente de un modo normal; su sensibilidad era perfecta, y estando de pie con los ojos cerrados y los pies juntados, no se verificó ninguna oscilación; todos los movimientos ordenados eran ejecutados rápidamente, incluso con los ojos cerrados, de manera que pude excluir con certidumbre la sospecha de una enfermedad post-sifilítica de la médula espinal.
Admito sinceramente que me causó una profunda impresión el resultado de la visita y el aspecto del paciente. Pedí, por lo tanto, al Duce que me dejara un pequeño lapso de tiempo para decidir sobre mi sistema de cura; al día siguiente estaría listo para empezar inmediatamente.
Mussolini estaba de acuerdo. Naturalmente descarté en seguida la posibilidad de poner en ejecución las prescripciones de Morell, ya que era imposible curar a un enfermo que evidentemente había agotado todas sus fuerzas con un sistema que proporcionaría pocos resultados prácticos, en tanto que seguramente consumiría más de la cuenta las energías supérstites. Estaba profundamente turbado por lo que mis ojos acababan de ver y mis oídos escuchar, Me hallaba frente a una ruina de hombre, quien evidentemente se encontraba al borde de la tumba. ¡Era, pues, éste el hombre que hacía veinte años había anunciado a su pueblo y al mundo el inicio de una nueva era, el hombre cuya voz había suscitado una fe ciega y las más entusiásticas aclamaciones en las multitudes y en otros una fría aversión, el hombre que había sido amado y obedecido más que cualquier otro, el hombre que había fascinado al mundo con su personalidad, el fundador del renaciente imperio romano!
¡Y, sin embargo, qué veía yo ahora! Un hombre muy doliente, que había aguantado con firmeza unos dolores atroces durante cuatro años. Ya que conozco, por mi larga experiencia médica, lo mucho que las enfermedades del estómago y del intestino pueden cambiar física y moralmente a un hombre, hasta acabar con él. Comprendí instantáneamente la situación a la que había llegado Italia por la grave enfermedad del Duce. Acto seguido se me ocurrió dirigirme a mí mismo la pregunta: ¿Seguía Mussolini estando en condiciones para conducir con plena responsabilidad el destino de su país? ¿No sería el juego demasiado fácil para sus adversarios contra este hombre mortalmente enfermo? ¿Cómo había podido ocurrir que este hombre, quien, gracias a su personalidad, significaba algo para el mundo, tanto en bien como en mal, llegara a un punto tal de agotamiento físico y espiritual? ¿Quién puede negar que muchas veces en los momentos decisivos no ha sido vencido por el dolor físico, el cual puede haberle hecho tomar decisiones equivocadas; y quién podía enterarse de lo que pasaba en su mente, en él, un verdadero maestro del autocontrol, y que, como yo mismo he visto, sabía reírse incluso cuando era atormentado por los dolores más intensos?
Ante mi persona se desarrollaba una tragedia humana a la vez que histórica, y yo había sido llamado para llevar a cabo una tarea de la que todavía no se podía calcular la importancia, he asistido a muchos enfermos, he visto librar con esperanza y desesperación, con cansada resignación y con furiosa energía una cruenta batalla contra las fuerzas destructoras del mal, pero nunca he sentido tan intensamente la tragedia que hay en cada enfermedad como en este caso, en el que se trataba de uno de los hombres más importantes de nuestro tiempo, del ser o del no ser de su obra.
No quiero indagar si la grave enfermedad de Mussolini puede o no ser invocada como excusa de los errores que se le imputan; pero de todos modos los ojos del médico juzgan de un modo distinto a como suele hacerlo la política. Su enfermedad explica por lo menos algo, en cuanto
se debe suponer que no estaba siempre en la plena posesión de su claro equilibrio físico y de sus totales energías, por lo que puede ser que a veces no se hubiera dado cuenta de la importancia de unos pasos decisivos que estaba llamado a llevar a cabo, ya que sabido es que cualquier género de enfermedad determina, aunque sea indirectamente, nuestras reacciones espirituales y.nos induce a ejecutar unos actos que en otras condiciones quizá no hubiéramos llevado a cabo. Creo que cada hombre, haciendo un examen de conciencia, ha de reconocer y confirmar la verdad de lo que afirmo.
Por la mañana del día siguiente, a eso de las diez, cuando fui a visitar de nuevo a mi enfermo, había decidido, después de largas reflexiones, no tener en ninguna consideración el sinfín de prescripciones de Morell, y actuar según mi propia experiencia y según lo que había comprobado personalmente. Especialmente no quería emprender la cura de yodo para el corazón y los vasos propuesta por Morell, ya que la circulación estaba absolutamente compensada, y no se podía establecer ninguna disfunción en el músculo cardíaco. Morell, por lo visto, se temía una eventual infección sifilítica, y quería prevenirla; yo opinaba, en cambio, que era una locura insistir sobre este punto. Estoy absolutamente convencido de que a un hígado enfermo y abultado no tiene que cargársele de medicinas inútiles. Los excelentes preparados de hormonas y vitaminas que había llevado conmigo me fueron muy útiles y decidí iniciar la cura con éstos. Empecé con dosis relativamente pequeñas, ya que quería evitar en absoluto que se verificara una contrarreacción del organismo. Comencé con un preparado de hormonas químicamente puras y soportables, y al cabo de una semana, cuando el estado general del enfermo pareció mejorar un poco, continué con inyecciones de hormonas femeninas, primero con iguales dosis, y más tarde fui aumentándolas a medida que iba progresando el mejoramiento. Solamente al cabo de quince días mi enfermo me confesó: "He de decirle que me encuentro como liberado; ya no tengo* más dolores y ya no temo a la noche." Los insoportables y dolorosos calambres habían desaparecido y también el hígado, que en un principio me había preocupado mucho por su notable abultamiento, iba disminuyendo lentamente, de tal manera que a las cuatro semanas había alcanzado su volumen normal.
Ilustración 2. Tropas paracaidistas alemanas que intervinieron en la liberación del Duce
Mantuve, además, un coloquio importante y para mí instructivo con la que entonces era la enfermera del Duce, cierta señorita Irma, de la que ahora no recuerdo el apellido. Esta señorita, que desde hacía bastantes meses asistía a Mussolini, me dio unas noticias verdaderamente preciosas acerca de las molestias subjetivas del enfermo y sobre el régimen que le había sido recetado hasta entonces por sus médicos, dieta que él había seguido dócilmente. Aprendí de esta manera que la alimentación del Duce consistía casi exclusivamente de té, galletas, un poco de mantequilla, y de vez en cuando un poco de fruta cocida y leche. En los últimos tiempos, por prescripción facultativa, bebía diariamente aproximadamente dos litros de leche hervida; esto había provocado un estreñimiento que podía ser combatido solamente con los medios más drásticos. Me cuidé, por lo tanto, de ir a la cocina para charlar un rato con el cocinero, quien me confirmó completamente cuanto me había dicho la señorita Irma, añadiendo que había sido imposible convencer al enfermo de que comiera un poco de puré de patatas o de verduras ligeras, puesto que en estos casos le entraban en seguida unos fuertes dolores de cabeza. Establecí que no podía continuar de esta manera y que había que cambiar inmediatamente la dieta. Por lo tanto, a la mañana siguiente le declaré llanamente que había un grave error dietético, ya que sin tener en cuenta la absoluta falta de vitaminas, el estreñimiento no podía ser debido más que a la ingestión de demasiada leche que formaba en el intestino unos nudos, que eran cada vez más resecos. Era el típico mal causado por la leche, como se puede a menudo observar en los recién nacidos y en los niños pequeños; pero más de una vez esa dolencia escapa, en los adultos, al control del médico.
Mi enfermo se asombró mucho por lo que le iba diciendo y me declaró que hasta entonces, cuanto más empeoraba su mal, más era la leche que le recetaban. Era éste el motivo, por el que, lentamente, había alcanzado la cantidad de dos litros diarios. Según mi parecer, una cura de este género tan sólo se podía definir como diabólica. Ordené en seguida que dejara de tomar leche, pero para que el cambio no fuera tan radical, reduje en principio la cantidad a un cuarto de litro diario y al cabo de una semana se la prohibí completamente.
Era asombroso ver cómo el estado del enfermo iba mejorando de día en día; después de quince días más, el intestino funcionaba sin purgas. También la disminución del hígado se hacía
cada vez más evidente; cuando recobró su volumen normal, el peligro de la ictericia había sido afortunadamente superado. Por otro lado permanecía una notable sensibilidad en la región del estómago y fueron necesarios dos meses más antes de que también estos dolores desaparecieran por completo.
El paciente seguía ahora una dieta que consistía principalmente en verduras ligeras, como, por ejemplo, zanahorias y patatas, y bebía un poco de té sin leche y con poco azúcar. Mi tarea fué facilitada por el hecho de que mi enfermo no fumaba y no bebía bebidas alcohólicas; no tenía nada que objetar si los demás fumaban en su presencia, pero él no lo hacía nunca. Bebía un vaso de vino solamente con ocasión de fiestas o de almuerzos oficiales. Esto naturalmente favorecía mucho 4a cura, ya que por regla general es muy difícil convencer a los enfermos del estómago que dejen de fumar, especialmente cuando se trata de viejos fumadores, que no pueden renunciar al efecto calmante de un pitillo.
Fué en cambio muy difícil convencer al enfermo para que comiera, por lo menos dos o tres veces a la semana, un poco de carne blanca o de pescado del Garda; tuve que insistir mucho para demostrarle que de otra manera sería imposible dar al organismo hambriento la cantidad de albúmina necesaria para que se restableciera. Seguí insistiendo con mi enfermo, hasta que le convencí a comer por lo menos dos veces a la semana un poco de pollo hervido; de todos modos declaró que seguiría mi consejo de ingerir albúmina comiendo carne, solamente hasta que su estado fuera restablecido. En cuanto recobró sus fuerzas rehusó seguir comiendo carne. Comía en cambio de buena gana fruta cocida y más tarde también cruda. Yo cuidaba siempre, empero, que en la fruta cocida no hubiese demasiado azúcar, ya que esto, según mi experiencia, puede producir al estómago cierta irritación.
Por lo demás, y para todas las cuestiones de la dieta, mantenía contacto con el cocinero, que era una gran ayuda 'para mí y además un gran artista en preparar un sinfín de platos, cada vez nuevos, siempre con las mismas substancias. En efecto, general mente no basta una dieta normal; hay que cuidarse de que esta dieta tenga siempre nuevas formas, de que sea gustosa y agradable; esto ayuda a estimular el apetito, cosa muy importante para el funcionamiento del estómago. Para mi cura terapéutica había de tener en cuenta también otra circunstancia: aun cuando estaba obligado a prescindir de una precisa demostración química, tenía que reconocer que mi enfermo, en su estado de completo agota miento, había consumido totalmente sus reservas naturales de vitaminas. Por lo tanto, la tarea del médico no consistía solamente en renovar aquellas reservas desaparecidas, sino también en dar al organismo renaciente la cantidad exacta de vitaminas necesarias.
Había de tener en cuenta, por fin, el hecho de que las capacidades de absorción del estómago y del intestino eran pésimas y que una buena parte de las vitaminas, que le eran suministradas bajo forma de píldoras en la comida, se perdían durante el pasaje. No podía confiar mucho en ello, pero tampoco podía esperar, puesto que el éxito de la cura hormónica se hacía dudoso a causa de la falta de vitaminas; por lo tanto, tuve que poner al enfermo, simultáneamente, unas inyecciones de vitaminas B y C, hasta obtener un resultado que me convenció de que los depósitos vitamínicos eran perfectos y que podía confiar el equilibrio de las vitaminas al propio organismo, siguiendo con una alimentación substanciosa. También para esta cura fueron necesarias unas semanas.
El mejoramiento del estado del enfermo fué reconocido desde luego con objetividad en mi calidad de médico: el abultamiento del hígado había disminuido, el intestino funcionaba regularmente, la sensibilidad del estómago a la presión iba lenta pero continuamente disminuyendo. Un examen microscópico de la sangre, que hice después de unas cuatro semanas, demostró un favorable aumento de la materia colorante de la sangre y de los glóbulos rojos. El mismo enfermo me confirmaba día tras día que sus dolores disminuían y que estaba favorablemente impresionado por el hecho de que ahora podía dormir tranquilamente toda la noche y de que ya no se veía obligado a tomar fuertes laxantes.
cura y que volvían a verle ahora, lo que más les llamaba la atención era su porte enhiesto, el retorno de un cutis normalmente liso, el leve color de su rostro, que iba perdiendo cada vez más su amarillenta palidez.
Simultáneamente se verificó también un renacimiento de la fuerza espiritual del enfermo, que parecía antes extremadamente apático, pero que ahora, después de unas semanas de tratamiento, se mostraba cada día más vivaz, demostrando de nuevo interés por los acontecimientos políticos, por su trabajo y por los asuntos de Estado.
Después de una cura de hormonas que duraba ahora ya desde hacía ocho semanas, pude, ya que el enfermo no se quejaba de dolores en el estómago y aumentaba de peso, concentrar mi actividad de médico para aumentar sus fuerzas, a fin de darle la posibilidad de soportar nuevamente grandes esfuerzos físicos y espirituales; esto lo conseguí continuando con las píldoras vitamínicas y poniéndole durante diez días, cada dos semanas, unas inyecciones ' intramusculares con hormonas sexuales masculinas.
No pude llevar más allá el aumento de peso, que era una señal de mejoramiento, ya que sé por experiencia que si el peso aumenta demasiado pueden reaparecer con facilidad las úlceras en el estómago y en el intestino.
Al cabo de unos meses, sin embargo, .observé que a pesar de todas las curas, el peso del enfermo en lugar de aumentar, disminuía lentamente. Al principio no supe explicarme esta circunstancia, que me tenía, por cierto, muy preocupado; un día, empero, descubrí con la ayuda del cocinero que el enfermo, cosa ésta muy característica en él, rehusaba comer más y de manera diferente a cuanto le era posible hacerlo al pueblo italiano a causa de las dificultades de abastecimiento y del racionamiento de guerra. Siempre se irritaba, me dijo el cocinero, cuando tenía que comer algo que el pueblo italiano no podía encontrar. Era necesario inventar cada vez nuevas excusas y salidas. Doña Rachele tuvo la magnífica idea de comprar una vaca, oficialmente para los niños, pero cuya leche tenia que servir en realidad para preparar la mantequilla para el Duce. Creo que no se dio nunca cuenta de que le engañaban, porque de otra forma no me hubiera gustado asistir a la tempestad qué se habría desencadenado contra los culpables de la amorosa estratagema. Me acuerdo de que una vez estaba presente cuando llegó un paquete de géneros alimenticios, que un prefecto, preocupado por la salud del Duce, le había enviado; él abrió el paquete, se enfureció y mandó en el acto el contenido al cercano hospital de Gardone. Por lo que se refiere al prefecto, que ciertamente había tenido buenas intenciones, recibió en lugar de las gracias, una carta muy enérgica que le llamaba duramente la atención y le reprochaba por haberle hecho objeto de un acto de privilegio.
Así, en definitiva, la salud del enfermo progresaba sin trabas y cuándo a finales de noviembre y de diciembre fui, para informar, al Cuartel General del Führer, pude asegurar a Hitler y a Morell que el estado de salud del Duce iba mejorando continuamente.
Los dos se alegraron mucho, e Hitler añadió también que se había dado cuenta dé que un espíritu nuevo había surgido en Italia.
Por la Pascua de 1944 el Duce había recobrado de tal manera sus fuerzas, que estuvo en condiciones de continuar su actividad deportiva, a la que en otros tiempos estaba acostumbrado.
Empezó montando en bicicleta en el gran parque de la Villa Feltrinelli y más tarde pudo jugar todas las mañanas al tenis durante una hora o dos; me alegró mucho poder comprobar con qué ligereza juvenil y con qué arrojo se movía en el campo de tenis apronto consiguió derrotar incluso a unos jugadores jóvenes y bien entrenados.
En este período mi actividad de médico se limitaba a controlar su estado de salud y a intervenir tan sólo en ocasión de ligeros resfriados, que a menudo le afectaban.
Solamente en los últimos meses, desde principios de febrero de 1945, cuando se desvanecieron también las últimas esperanzas de poder ganar la guerra, su estado general empeoró de nuevo. No es que se hiciera notar otra vez la úlcera, sino que dormía poco y mal,
adelgazaba día tras día y ya no daba aquella impresión de bienestar y de vivacidad del año anterior.
En los días anteriores al derrumbamiento, cuando ya no cabía duda de que la guerra estaba perdida, él, que estaba dotado de una capacidad física y espiritual muy superior a la normal de su edad, tuvo un fuerte ataque nervioso, un verdadero colapso. Llegó a ser apático, puso de manifiesto una absoluta falta de energía y de inteligencia, dotes éstas que anteriormente había poseído en un grado muy elevado.
Casi no dormía y no comía, y en estas circunstancias la ciencia médica poco podía hacer por él.
Los acontecimientos se precipitaron y nuestros caminos se separaron, pero puedo declarar con seguridad que Mussolini, cuyo físico después de la curación equivalía al de un hombre de cuarenta años, hubiera podido seguir viviendo durante mucho tiempo, si no se le hubiese quitado la vida violentamente. Supe más tarde que su cadáver había sido seccionado por el primer patólogo del hospital de Milán y que vanamente se habían buscado las señales del cáncer y de las enfermedades de la médula espinal y del cerebro; y que, al contrario, la autopsia había revelado que el cuerpo de Mussolini se encontraba en un estado tal que le habría permitido vivir todavía largos años. Especialmente el corazón y los vasos sanguíneos estaban en perfecto estado; también de la úlcera duodenal no quedaba más que una pequeña, casi invisible cicatriz.
CAPÍTULO SEGUNDO. LA VIDA PARTICULAR DE MUSSOLINI EN LAS
ORILLAS DEL LAGO DE GARDA. — SU FAMILIA Y SU AMBIENTE
Gargnano está situado en la orilla del lago de Garda, precisamente en el punto donde la famosa Gardesana entra en la galería. Es un pequeño pueblo habitado principalmente por campesinos, por pequeños artesanos y por alguna que otra familia que ha abandonado la ciudad y se ha retirado a orillas del Garda para llevar una vida tranquila, al abrigo de los bombardeos. Allí vivía el Duce en la gran villa de la familia Feltrinelli, villa situada a' la orilla del lago y que apenas se distingue desde la carretera. Es una gran finca con un magnífico parque y unos edificios secundarios. La fachada de la villa da al lago y en los dos lados hay unas grandes terrazas, desde las que una escalera baja al jardín. En la planta baja de la villa había la cocina y las demás habitaciones para los servicios domésticos. En el entresuelo el comedor, el salón y otras dos o tres estancias, que poco se usaban; en el primer piso el Duce trabajaba en la gran habitación central, que en los primeros meses también le servía de sala para recibir; por una puerta de aquella habitación pasaba directamente a su dormitorio y a su cuarto de baño. Algunas otras habitaciones del entresuelo eran empleadas por doña Radíele. También en el primer piso había el guardarropa y dos habitaciones para los huéspedes. En el último piso había unos pequeños cuartos en los que, hasta la llegada de doña Rachele, habitaban el sobrino del Duce, Vito Mussolini, el famoso jugador de fútbol Monzeglio, el oficial alemán de enlace y el señor Horn. Después de alojarse doña Rachele en la villa, las habitaciones del último piso fueron ocupadas por su nuera Gina con la hija Marina, y por los hijos menores del Duce, Romano y Anna María.
El moblaje de la villa era hermoso, pero no lujoso y más bien anticuado. Se trataba, evidentemente, de muebles que desde hacía muchos años habían pertenecido a la familia Feltrinelli.
Junto a la entrada de la villa se hallaba una sala de juego en la que se había instalado el cuerpo de guardia italiano de la villa y una central telefónica.
La actividad oficial de Mussolini se desarrolló en un principio en su despacho de villa Feltrinelli; más tarde el recibidor fué demasiado pequeño para el gran número de visitas y por lo tanto el Duce trasladó su despacho a la villa de las Orsolinas en Gargnano, que también pertenecía a la familia Feltrinelli. Allí había mucho más espacio y podía tener siempre a su disposición al secretario. En los primeros meses las jornadas del Duce transcurrían de esta manera: se levantaba a eso de las diez de la mañana, yo le hacía la acostumbrada visita y permanecía con él aproximadamente una media hora; a menudo, sin embargo, me detenía junto a su cama durante más de una hora y charlábamos entonces de los argumentos más dispares. Después de un rápido desayuno, Mussolini pasaba a su despacho y empezaba así su jornada oficial: Primero recibía a su secretario, que le comunicaba todas las novedades y recibía sus órdenes. Luego llegaban las primeras visitas, que se entretenían con él sobre asuntos de Estado o bien sobre cuestiones particulares. De este modo trabajaba, aproximadamente, hasta las catorce, almorzaba y a las quince continuaba su trabajo. Desde las quince en adelante las visitas se seguían casi sin interrupción; hacia las veinte Mussolini me recibía nuevamente y a menudo en estas últimas horas de la tarde charlábamos largamente sin reticencias, de hombre a hombre.
Estas eran las horas en las que el Duce estaba más comunicativo y en las que se podían mejor apreciar las dotes excepcionales de su personalidad, su aguda inteligencia y su extraordinaria memoria en todos los campos. La hora de mi visita matutina fué anticipada a medida que la salud del Duce fué mejorando, primero a las nueve y más tarde a las ocho, mientras mi visita de la tarde muchas veces tuvo que ser suspendida a causa de los urgentes asuntos de Estado, que no me consentían prever a qué hora abandonaría el Duce su despacho para regresar a su casa. En cuanto acababa nuestra conversación, el Duce iba a cenar con sus familiares, pero ya que comía con una rapidez extraordinaria, como nunca he visto hacer a nadie, no perdía tiempo y
regresaba en seguida a su oficina para despachar otros asuntos, estudiar proyectos, examinar planes militares o bien, más sencillamente, para dedicarse a la lectura.
Cada mañana, antes de abandonar su casa, se sentaba ante su escritorio para leer un capítulo de la Historia de Italia o bien una poesía de Goethe; también tenía siempre al alcance de su mano la "República" de Platón. A eso de las once se acostaba. En los primeros tiempos su sueño era molestado a menudo por calambres, pero más tarde llegó a ser tranquilo y reconfortante. Al principio, cuando salía, los centinelas italianos y las S.S. presentaban armas; más tarde esta ceremonia dejó de celebrarse por deseo del Duce. Por la mañana pasaba a recogerle su Alfa Romeo, hasta que la gasolina fué haciéndose cada vez más escasa y entonces se contentó con un sencillo Fiat 1100; me dijo, además, que si llegara el día en que se limitara todavía más el consumo de gasolina, se contentaría con una bicicleta. Raramente era molestado este transcurrir de sus días. Sabido es que en Italia se rumoreaba sobre la vida de villa Feltrinelli; en ninguna casa burguesa la vida podía ser más sencilla que la que se desarrollaba en la casa del Duce. El personal de servicio de la gran casa, que estaba muy atareado, principalmente por las numerosas visitas oficiales, se componía de un cocinero, un camarero y tres doncellas. Estas tenían mucho trabajo, lo cual es fácilmente comprensible, debido a la numerosa familia. Durante todo el período en que el Duce se detuvo en Gargnano, por lo que a mí me consta, solamente una vez invitó a unas cuantas amistades de su círculo más íntimo. Por lo demás, su familia llevaba una vida muy retirada, y no alternaba con la sociedad.
Durante un cierto período, también el hijo del Duce, Victorio, vivió en la villa junto a su mujer y sus dos niños. Antes de las Navidades doña Rachele vino a la casa del Duce y pronto la siguieron también sus dos hijos Romano y Anna María. Ambos cursaban el bachillerato. El Duce me dijo a menudo que ni siquiera le hubiera sido posible vivir lujosamente, ya que los medios a su disposición eran muy limitados, puesto que a causa del golpe de Estado del 25 de julio ya no podía disponer de sus ahorros, hasta el punto que estaba obligado a aceptar una modesta compensación por su cargo de Jefe del Estado, lo cual no le agradaba en absoluto. En el pasado había costeado sus gastos con los derechos de sus libros y con lo que ganaba con sus artículos en los periódicos. El ministro de «Hacienda, Pellegrini, me contó que le costó mucho convencer a Mussolini de la absoluta necesidad de aceptar un sueldo mensual. Por fin había tenido que ceder y era con dicho sueldo con lo que mantenía a su familia, incluso los hijos de su hermano. Si no recuerdo mal, se trataba de 14.000 liras mensuales, una suma que, dadas las numerosas personas y las muchas necesidades, ha de ser considerada como muy modesta. El único "lujo", si queremos emplear esta expresión, que se permitía, era el de mandar llamar a una manicura cada quince días. Además, le gustaba que sus uniformes estuvieran siempre en orden. Estas eran las únicas exigencias extraordinarias que pude notar en él.
En la primavera de 1944 se hizo confeccionar un nuevo uniforme con una tela de mediocre calidad. Aparte de esto, yo que iba todos los días a su casa, nunca vi hacer ningún gasto de importancia. Las mujeres, y especialmente doña Rachele, no ansiaban el lujo; probablemente doña Rachele era la que más trabajaba de todas; nunca, en efecto, pude verla mano sobre mano. A menudo, mientras aguardaba al Duce, me, sentaba cerca de ella atareada en el planchado de la lencería. Puedo declarar que es absolutamente falso que el "menage" del Duce fuera costoso y lujoso. Esto, por otro lado, lo podrán confirmar todos los que tuvieron ocasión de conocerle y de vivir junto a él.
Desdichadamente no tuve nunca la ocasión de visitar la propiedad del Duce de la Rocca Delle Camminate. Según lo que me contaron unos amigos, se trataba de una casa muy modesta, rodeada de un parque. Allá Mussolini guardaba los regalos que recibía de sus amigos y de las personalidades de otros países; como él mismo me contó, se hallaban allí, entre otras cosas, una magnífica edición especial de las obras de Nietzsche que Hitler le había regalado y que él apreciaba mucho, la famosa espada del Islam y un cuadro de gran valor, pintado por el más famoso pintor japonés sobre una seda finísima, regalo particular y personal del Emperador del Japón. Por este cuadro le fueron ofrecidos en una ocasión, por un multimillonario americano, dieciséis millones de dólares. Sin embargo, rehusó la oferta ya que no consideraba el cuadro de su propiedad personal
y deseaba que después de su muerte pasara a un museo italiano. No creía que tuviese la obligación de tener ningún especial privilegio para con su familia. Según sus mismas palabras, sus familiares no le proporcionaban ninguna preocupación de carácter económico; su opinión era que sus hijos habían de cuidarse de ellos mismos, y añadía que él, que no había heredado nada, había alcanzado algo en la vida.
Por lo que a mí me fué posible conocer personalmente de su modo de,vivir, puedo asegurar que era muy modesto en relación a su posición y que todas las noticias que se han propagado sobre unos fantásticos tesoros que él había amontonado han de considerarse como desprovistas de fundamento.
Ahora no puedo prescindir de una alusión al hecho de que las relaciones del Duce con su familia no eran de las más íntimas y cordiales; tuve la impresión, y él mismo me la confirmó, que en el círculo íntimo de su familia s,u predilección iba hacia la nuera doña Gina y su hijita Marina; esto probablemente no sólo por el recuerdo de su hijo favorito, sino también porque estaba encantado por la alegría y la comprensión de su nuera, más tarde trágicamente fallecicja. Se ocupaba con vivo interés, como un excelente padre de familia, de la educación de. sus hijos y íes dejaba la máxima libertad para que se formaran una vida propia, ofreciéndoles todas las ocasiones para que pudieran desarrollar sus naturales tendencias. Me dijo una vez que había considerado de la máxima importancia dar a sus hijos una sólida cultura y tuve la sensación de que especialmente los dos pequeños eran muy inteligentes y cultos. Sin embargo sufría por el hecho de que ninguno de sus hijos había heredado su fuerte deseo de saber. Romano, por ejemplo, pasaba una buena parte de su tiempo, con gran enojo de su padre, tocando música de jazz con un saxofón. En la primavera de 1944 Mussolini envió a su hija menor, que sufría las consecuencias de una parálisis infantil, al hospital ortopédico de Hohenlychen en el Mecklenburgo, un instituto que era muy famoso. El resultado de la cura dejó, sin embargo, mucho que desear; quizá las esperanzas que el Duce había abrigado no podían tener realización en el campo científico, aunque no había faltado un ligero mejoramiento. De todos modos se irritó con el director del hospital, general médico de las S.S. doctor Gebhardt, en. ocasión de una visita suya a Gargnano, acusándole de haberle prometido una completa curación que no tuvo realización alguna. No soportaba la insinceridad en estas cosas.
He visto solamente dos veces en Gargnano a la hija mayor del Duce, condesa Edda Ciano, y también hablé con ella. Tenía una personalidad encantadora e indudablemente, de todos los hijos, era la que más se parecía a su padre, del que había heredado la inteligencia penetrante y el temperamento. En diciembre de 1943 vino a Gargnano. Hubo una escena violenta entre padre e hija, de la que me enteré por vía indirecta. Pero observé que en aquellos días el Duce estaba muy nervioso. Solamente una vez aludió al asunto, diciéndome: "Estoy muy preocupado por mi hija Edda." Su enfermera me confirmó que había pasado unos días muy sombríos cuando Ciano se hallaba en Verona en espera de la infalible condena; después del fusilamiento de Galeazzo, Edda ya no se dejó ver más por Gargnano. Había conseguido huir a Suiza, donde, sin embargo, no llevó a efecto las amenazas que había proferido contra su padre. Yo sé lo mucho que Mussolini sufrió por esta separación, ya que amaba a Edda de una manera particular.
Su hijo Victorio se encontraba a menudo cerca de él y recibió algún que otro encargo especial; a pesar de esto, Victorio no entró nunca en el primer plano de la vida política, probablemente porque tampoco tenía capacidad para hacerlo. Era, sin embargo, un buen camarada, siempre dispuesto a ayudar a quien se dirigiese a él.
Era penoso ver a menudo a los cónyuges Mussolini que pasaban el uno cerca del otro como si no se conocieran. Debido a las discrepancias de sus caracteres, a veces regañaban. Por evidentes motivos de delicadeza había evitado siempre inmiscuirme en estos asuntos; y tampoco quise reaccionar nunca ante las observaciones del Duce que eran siempre amargas y ciertamente a veces también justas: es una tarea muy ingrata la de tomar posición entre dos cónyuges que regañan, lo cual, sin embargo, le ocurre a menudo a un médico en el transcurso de su profesión.
Ha llegado ahora el momento de hablar de Claretta Petacci, la persona más discutida del círculo del Duce. Desdichadamente no puedo hacer ninguna revelación sensacional, puesto que
ninguna mujer se prestaba a esto menos que ella. Todo lo que se dijo de ella después del 25 de julio de 1943 no corresponde en absoluto a
la realidad de los hechos. Fué descrita como una intrigante peligrosa, mejor dicho, como la mujer más peligrosa que había pasado por Italia, muy ávida de fortuna y desprovista de escrúpulos; se decía que a expensas del Estado llevaba una vida muy lujosa y que se parecía, por su naturaleza, a la emperatriz romana Messa-lina. ¡Qué mujer más distinta era la que yo conocí en el verano de 1944! El motivo de nuestro primer encuentro oficial, por decirlo asi, y de los que se siguieron muy a menudo, fué que ella deseaba estar al corriente, sin que lo supiera el Duce, sobre su estado de salud. Se alegró mucho de mi éxito, demostrando una felicidad sincera, y me aseguró que mi paciente, desde el día en que yo había empezado mi tratamiento, había cambiado mucho. Llevaba entonces una vida muy retirada en una villa de Gardone, donde el Duce iba a verla, en secreto, una o dos veces por semana. Según mi parecer, la Petacci no poseía ni una sola de aquellas características que podrían calificarla como una intrigante; aunque inteligente, era sencilla y transparente, y todo su ser no era más que amor para el Duce. Durante los años que pasó junto a él, mucho se habló de ella, y muchos fueron los que intentaron influir en Mussolini a través de ella, muchos los que le expusieron sus deseos para que se los transmitiera a él. Pero no se trataba casi nunca de asuntos de Estado; eran, en cambio, gentes que opinaban que era aquél el mejor camino para llegar al corazón del Duce. No poseía ella la menor dote que le consintiera influir al Duce en lo relativo a los asuntos de Estado; no tenía ni las actitudes ni la capacidad ni la astucia necesarias para representar semejante papel.
Aunque Mussolini le revelaba a veces sus pensamientos y no le escondía sus preocupaciones de jefe de Estado, ella no intentó nunca imponerle su voluntad ni mucho menos hacerle cambiar sus decisiones. Que a ella le gustara vestir elegantemente y llevar joyas bonitas, no era, a fin de cuentas, más que un aspecto de la típica y universal vanidad femenina; y Claretta Petacci sabía que tenía que gustar siempre a Mussolini. Puede que a veces exagerara en los gastos para sus vestidos y adornos, pero según mi parecer habría tenido que ser esto un asunto particular que no tenía que importar a nadie, ya que no era ni el Estado, ni ningún ente público o estatal quien costeaba dichos gastos, sino el mismo Duce. Me confió ella un día que había vendido en el extranjero una parte de sus joyas para poder aligerar al Duce de los gastos para su persona y poder ser así económicamente independiente.
En el trato con la gente, Claretta poseía en medida excepcional lo que los franceses llaman "charme". Y no me ocurrió solamente a mí, sino a muchos otros que tuvieron la suerte de conocerla, el de ser conquistados completamente por la fascinación que de ella emanaba. Era necesario ser un buen psicólogo para poderla juzgar objetivamente. Mi opinión es que era para el Duce, hombre de corazón bondadoso y en ciertos casos hasta ingenuo, la única mujer adecuada. A ella le podía contar abiertamente todas sus preocupaciones, seguro de hablar con la mujer que tenía la capacidad de reanimarle y darle valor. Junto a Claretta Petacci no le haría falta medir lo que decía u ocultar su pensamiento; con ella podía ser sencillamente un hombre y comportarse según su verdadera naturaleza. Y ella le correspondía con su inquebrantable fe para con él. Esta era la razón por la que la Petacci ejercía sobre el Duce solamente una buena influencia. Percibía yo claramente que para él era un gran reposo verla o estar cerca de ella, ya que cuando regresaba de visitarla su humor era siempre excelente y su mente serena. En total, estoy firmemente convencido de que ella amó al Duce con toda la fuerza y la fidelidad de que puede ser capaz una mujer. En todas las dificultades se mantuvo junto a él, y al llegar la trágica hora, pagó, muriendo a su lado, esta fidelidad y este amor. Esto es más de cuanto se pueda pretender de una mujer; ella forma parte de aquella pléyade de mujeres extraordinarias que se han ofrecido a sí mismas en holocausto a su único amor, y su fin no tendría que ser considerado sencillamente como una genérica circunstancia atenuante por quien quiera dar un fallo sobre sus relaciones ilegales con el Duce. Cualquier consideración burguesa, no tiene derecho a existir; juzgando el amor de Claretta Petacci para con Mussolini, nadie tendría que olvidar la amonestación bíblica: "El que esté sin pecado que tire la primera piedra."
Duce; dado su gran número, los conocimientos eran, desde luego, muy superficiales y verdaderamente pecaría de ligereza si quisiera juzgar en base a mis meras impresiones personales. Debido a mi posición, era lógico que todos me trataran con mucho respeto, especialmente cuando se observó que mi obra había tenido un buen resultado y que el Duce había recobrado completamente sus fuerzas físicas y espirituales. Las personas que conocí más íntimamente son pocas, y quiero hablar de ellas brevemente.
La impresión más fuerte me la causó, como además le ocurría a todo el mundo, el mariscal Graziani, que ya físicamente, con su hermoso perfil clásico, atraía el interés y la simpatía de todos. Graziani era un hombre muy inteligente e interesante, que procuró con todas sus fuerzas llevar a cabo su no fácil tarea de crear un nuevo ejército italiano, empresa casi sobrenatural dada la situación general política y militar de Italia y más considerando la particular condición psicológica de los italianos. No cedió ante ninguna dificultad, ni siquiera frente a las que continuamente le oponía el alto mando alemán. Graziani miraba cara a cara la realidad, y no se engañaba ni a sí mismo, ni a los demás; siempre se atenía a la realidad, por brutal que ésta fuese. Ejemplo típico del oficial que piensa con ha cabeza. Era .muy amable y fascinador en su trato con la gente, era cordial, y no daba nunca muestras de complacencia. Según mi parecer, Graziani era indudablemente la personalidad más notable del gobierno republicano italiano, después del Duce. Desdichadamente sus méritos y su labor no fueron nunca reconocidos en su justa medida por el Mando alemán, mientras hubiera sido mucho mejor escuchar sus consejos y sus planes bien ponderados y estudiados. Graziani no era una de aquellas personas que piensan que su juicio sobre las cosas y los hombres es el único acertado. Era un excelente compañero y aún hoy me agrada recordar aquellas horas agradables que pasé con él. También tuve ocasión de conocer su manera de vivir; habitaba en un pueblecito cerca de Saló, en una sencilla casa de campesinos con una pequeña finca, en compañía de su mujer, y su vida era extremadamente modesta, lo cual además ya me lo había figurado antes de poderlo comprobar personalmente.
También guardo un excelente recuerdo del ministro 'Augusto Liverani, a cuya casa iba a menudo para curar a una niña suya que sufría las consecuencias de una grave enfermedad. De Augusto Liverani, guardo un buen recuerdo; su inteligencia y su cultura eran indudablemente muy superiores a lo normal, y pertenecía a la pléyade de aquellos hombres de mente elevada que se pueden encontrar solamente en Italia: Era muy versátil y no había campo del arte y de la ciencia que no le interesase.
Creía fanáticamente en la misión cultural de Italia y me demostraba con ardor exuberante y con profusión de citas lo mucho que en el pasado Italia había dado culturalmente al mundo y lo mucho que seguramente daría en el futuro; ya que ningún otro pueblo como el italiano poseía tanto entusiasmo hacia su propia misión espiritual y artística. Italia era para él como una especie de soll)enéfico que con sus cálidos rayos alumbraba todo el mundo. Afirmaba que Italia ya había dado los primeros pasos hacia el renacimiento de los ideales clásicos, y que ella tenía que ponerse como meta el culto de lo hermoso, de lo bueno y de lo puro en el sentido del clasicismo griego. ¿No era acaso cierto que aún hoy el mundo sigue alimentándose de los bienes espirituales que le han sido donados por la antigua Roma y el Renacimiento?
Tuve también la posibilidad de conocer íntimamente al ministro de Hacienda, Domenico Pellegrini, ya que curé de una grave enfermedad a su hija mayor, a la que con gran alegría de mi parte pude salvar. Pellegrini había sido anteriormente profesor de Economía y Derecho de la Universidad de Nápoles: ahora tenía en el gobierno la tarea más difícil, una tarea que a veces parecía, sin más, imposible de llevar a cabo, por los gigantescos obstáculos que surgían por doquier. Si a pesar de todo esto, consiguió arreglar y sujetar bastante firmemente la economía de la República Social, hay que reconocer que fué, el suyo, un milagro de habilidad y de energía. Estoy convencido de que hubo de sufrir mucho por su impotencia, sin embargo, no lo hizo notar nunca. Ni una vez le vi de mal humor: era siempre amable y cordial, lo cual correspondía a su naturaleza. Poseía la bellísima cualidad de no hacer pesar sobre los demás su disgusto. Estoy persuadido de que con su seriedad, su capacidad y su aguda inteligencia podrá ser todavía muy útil a Italia.
En ocasión de un viaje en tren especial tuve la ocasión de conocer a Anfuso, a la sazón embajador en Berlín; un hombre muy interesante que, aparte de su típica belleza meridional, poseía también una aguda inteligencia, unas extraordinarias capacidades diplomáticas y un envidiable "conocimiento de los idiomas extranjeros, que empleaba con magnífica desenvoltura. Puedo afirmar que no había argumento sobre el que Anfuso no supiera decir algo interesante. Además de su inteligencia, también tenía un agudo senado del humor y no recuerdo haberle visto ni una sola vez cohibido. Era un gran amigo de las mujeres y gozaba largamente de sus favores.
Ilustración 4. Encuentro en Munich entre el Führer y el Duce, poco después de la liberación de éste.
Un hombre con el que tuve relaciones bastante íntimas fué el secretario de Estado, Conde Mazzolini, investido en el oficio de ministro de Asuntos Exteriores de la República Social. Desdichadamente estaba afectado de diabetes y tenía que hacer continuo uso de insulina, que en aquel período era muy difícil de encontrar. El Conde Mazzolini era persona muy inteligente y muy enérgica, pero se mantenía quizás más apartado de lo necesario. Era muy apreciado por sus colaboradores, y considerado muy diligente en el cumplimiento de sus difíciles misiones y era absolutamente fiel al Duce. Debido a una inyección de insulina puesta con pocas precauciones higiénicas, y de la que se derivó una grave infección, su salud sufrió un derrumbamiento total. El arte médico no estuvo en condiciones de detener el envenenamiento del organismo y falleció sin poder asistir al fin de la guerra, sinceramente llorado por sus subordinados del Ministerio y por todos aquellos italianos y alemanes que habían podido conocer y apreciar su obra de hombre modesto y capaz. También el Duce se impresionó profundamente por la muerte de este fiel y confiado colaborador suyo.
Mi amistad con el ministro de Propaganda y Cultura Popular la trabé en ocasión de una visita médica a sus hijos. No poseía una personalidad sobresaliente, pero tenía unas profundas cualidades humanas: especialmente su amabilidad, su bondad y su honestidad son dignas de ser tenidas en cuenta. Era absolutamente fiel al Duce y fué uno de los pocos que no lé criticaron nunca. Sus tareas, por cierto no muy fáciles en aquel dramático período, había desnevarlas a cabo en cooperación con el Ministerio de la Educación y con los oficiales y funcionarios alemanes, la cual cosa requería un gran tacto, debido a la incurable desconfianza existente por parte alemana. Su personal actividad fué por fin reconocida y alabada incluso en Berlín, y esto teniendo en cuenta que la prensa de la República Social no toleraba ninguna intromisión alemana. Tengo por fin que declarar que no es absolutamente cierto que el Ministerio de Mezzasoma era una "organización para el robo", como muchos quisieron dar a entender más tarde.
Unos meses antes del fin de la guerra profundicé mis relaciones con el ministro Pavolini. Había sido herido en un accidente automovilístico y después de la cura quirúrgica lo reconocí a menudo por sus molestias en el hígado. Pavolini era un hombre muy raro, con el que era difícil trabar una amistad íntima. El Duce me dijo una vez que poseía tres bellísimas cualidades: era, a saber, diligente, valiente y pobre; pero yo tuve siempre la sensación de que era una persona inquieta y desconfiada. Era muy difícil tratar con él en las formas habituales. Ejecutaba muy enérgicamente su cometido de comandante de las brigadas negras, de las que había hecho una organización
indudablemente fuerte y temida, pero no había- sido afortunado en la elección de los componentes de las mismas; a su alrededor se habían reunido, en efecto, unos elementos que no se andaban con chiquitas. No se pueden, por. ejemplo, considerar justas sus medidas en la lucha contra los guerrilleros, ya que gobernar con el azúcar en una mano y el látigo en la otra, como hizo Pavolini, no ha dado nunca buenos resultados. Muchos errores llegaron a ser inevitables, y debido a ello Pavolini fué combatido muy duramente. Ciertamente no se puede decir que se tratase de unos ángeles que luchaban contra otros tantos ángeles. Pavolini tenía una gran autoridad sobre hombres de tendencias extremistas que querían obligar al Duce a que tomara una posición de intransigencia contra los guerrilleros. Sin embargo, no alcanzaron su fin, ya que en su famoso discurso en el Teatro Lírico de Milán, el Duce los desmintió netamente.
No quisiera olvidarme de nombrar también al ministro Buffarini. Era éste un hombre muy raro: nadie lo podía soportar, tanto en el ambiente italiano como en el alemán; sin embargo, era el hombre que estaba en el justo sitio. A pesar de que no era ningún héroe y de que no estaba dotado de una especial inteligencia, era probablemente el elemento más apto para aquel cargo en un momento en que serpenteaba, el descontento y se multiplicaban los desórdenes en Italia del Norte a causa del latente antagonismo entre el gobierno italiano y la administración germánica. Sabía encontrar siempre una salida y no era cosa fácil meterle en un apuro. Buffarini no era muy simpático al Duce, quien le criticaba mucho, decidido a alejarle de su puesto en cuanto los acontecimientos dejaran de hacerle casi indispensable. También a los mandos alemanes no les gustaban muchas veces sus medidas y pedían continuamente su alejamiento. Cuando el Duce se decidió por fin a cumplir este paso, la Embajada alemana se sintió profundamente ofendida, de la cual cosa nadie podrá dar nunca una justa explicación.
Buffarini había sabido hacerse muchos amigos personales en la Embajada alemana con su complacencia, fuese falsa o sincera, y con sus cortesías, a menudo de carácter muy dudoso; pero no era un hombre muy escrupuloso y su mote era, en efecto, el bíblico: "Ganaos a los amigos con las riquezas injustas." De una manera particular estaba vinculado a él el cónsul Moelhausen, una personalidad muy discutida, de claras características levantinas. Su profesión era el periodismo, pero siendo uno de los favoritos de Rahn, había conseguido hacerse incluir entre el personal de la Embajada y ser nombrado jefe de una importante sección política. Buffarini era siempre extremadamente cortés, mejor dicho, casi servil, y a veces daba muestras de una sumisión tan total que ciertamente no podía causar una buena impresión a nadie. Después de ser despedido desapareció de la escena. Tuvo otro cargo, pero más .decorativo que de real importancia política. En efecto, fué para él,-que se creó el cargo de Presidente del Consejo de Ministros. Le vi en los últimos días de la República Social en la Prefectura de Milán. Mas tarde fué capturado y condenado a muerte. Hay quien dice que en el momento de la ejecución se comportó como un cobarde.
Con otras personalidades italianas tuve relaciones tan sólo superficiales: pasaban como meteoros ante mis ojos, sin dejarme ninguna impresión particular. Naturalmente las relaciones de sociedad entre los italianos y la Embajada alemana eran muy raras. Tanto en Fasano como en Gargnano no tuve nunca la posibilidad de trabar una amistad íntima en el círculo italiano. Las dos naciones hacían grupo aparte y entre ellas no había ningún Verdadero vínculo ni social ni personal. Solamente en ocasiones oficiales, italianos y alemanes se ponían en contacto. Nunca he participado en recepciones sociales tanto en la Embajada alemana como en los Ministerios italianos; eran, además, tan raras que solamente recuerdo una en los diecinueve meses de mi permanencia a orillas del lago de Garda.
La misma Embajada estaba dividida en pequeños grupos que llevaban una vida separada. En conclusión, en el período de mis contactos con las personalidades italianas he aprendido a apreciar mucho sus cualidades, especialmente su amabilidad, amabilidad que no se limita tan sólo a las clases más elevadas, sino que se encuentra notablemente en todas las esferas sociales; es ella una típica y fascinadora característica de todo el pueblo italiano y da al extranjero una sensación de bienestar y de cordialidad. Además, ayuda al italiano a hacer desaparecer ciertas peculiaridades suyas que no complacen a los extranjeros.