A menudo se quejó conmigo el Duce de que la situación de Gargnano no le permitía estar en directo contacto con su pueblo. Después de la publicación de los últimos decretos que limitaban el consumo de gasolina, era muy difícil, para los prefectos y los ministros, por no hablar de los sencillos trabajadores, tener contactos personales con el Duce. Requería una particular fatiga alcanzar Gargnano, alejado de la red de las carreteras, y que no disponía de servicios normales de comunicación, ya que incluso los botes del lago de Garda habían suspendido el trafico, en parte por falta de carbón y en parte por los continuos ataques de los cazas enemigos. Se podía llegar a Gargnano solamente con los famosos "medios de fortuna", que, sin embargo, no daban ninguna garantía de alcanzar la meta.
Esta falta de contacto del Jefe del Estado con su pueblo dio lugar a mentiras y a calumnias sobre la vida del Duce en Gargnano y su misma existencia acababa casi por ser discutida u olvidada por el pueblo. El movimiento guerrillero sacó provecho de este estado de cosas y aumentó notablemente; y puesto que una fuerza crea siempre otra contraria, ocurrió que especialmente en las grandes ciudades se multiplicaban los incidentes graves y sangrientos. Los tiroteos se seguían ininterrumpidamente día y noche, y ahora ya la gente no esperaba que las cosas cambiaran de aspecto, a menos que el Duce interviniera personalmente.
Dado que los motivos de salud no lo impedían, era natural que el Duce hiciese todas las presiones posibles para cambiar su residencia a fin de poderse ocupar más activamente y más de cerca de los asuntos de Estado. A sus insistentes peticiones se opuso siempre personalmente el general de las S.S. Wolff, declarando que en Monza —donde Mussolini quería trasladarse— no podría garantizar la seguridad del Duce, y que, por lo tanto, no podía ceder a su petición de desplazamiento sin el permiso del gobierno alemán. Wolff se fué personalmente al Cuartel General del Führer y, evidentemente, a causa de su asesoramiento negativo, trajo por contestación, que tampoco el gobierno alemán y el mismo Hitler consideraban oportuno que el Duce se trasladara a Monza. Por lo tanto, el Jefe del gobierno italiano tuvo que renunciar, disgustadísimo, a su proyecto. Sin embargo, siguiendo el consejo de sus representantes en Milán y contra la voluntad y el consejo de Rahn y de Wolff, realizó en diciembre de 1944 su memorable viaje a Milán.
Este viaje creó muchas dificultades a la policía alemana e italiana. Se temía por la vida de Mussolini y se tenía la opinión que ciertamente habría algún atentado por parte de adversarios fanáticos, y que los guardias tendrían que llevar a cabo su cometido con mucha dificultad, debido a la proverbial ligereza del Duce. Ya otras veces se había visto claramente que no se preocupaba absolutamente por su persona y que, sin hacer caso de las precauciones de la policía, se exponía siempre a inútiles riesgos. Los alemanes tenían el máximo interés en mantenerlo vivo, ya que la existencia de la República Social Italiana estaba entonces más que nunca vinculada a su persona. A mí el Duce me dijo una vez, en ocasión de una visita mía, que era para él el más elemental de los deberes el de mostrarse a su pueblo y renovar los más estrechos contactos posibles, añadiendo que no podía en absoluto preocuparse de su persona y que ninguna razón de prudencia podía hacerle renunciar a su viaje a Milán.
"Seguramente usted me acompañará y podrá comprobar con sus propios ojos que todos los temores del mando alemán son infundados y que no existe ningún peligro para mi seguridad personal. Le puedo decir desde este momento que nadie me hará el menor daño. Ya es hora de que salga de mi soledad, si quiero garantizar la existencia de la República Social."
Era una fría y gris mañana del 17 de diciembre de 1944, cuando iniciamos nuestro viaje. En el primer coche se acomodaron los guardias de las S.S., seguía el Duce con su secretario en un Alfa Romeo cerrado y otros cuatro coches con los acompañantes italianos y alemanes. Me encontraba en el primer coche tras el del Duce, un Lancia abierto, ya que, a pesar de la niebla y del frío, estaba terminantemente prohibido subir la capota. No hacía un frío intenso, pero el cielo estaba cubierto;
no llovía y una ligera niebla se desparramaba por la llanura. Pronto se puso de manifiesto que los coches estaban en mal estado. De vez en cuando se detenía uno. Entretanto, el coche del Duce, que viajaba velozmente y que podía ser seguido tan sólo por un coche de la policía, se había alejado bastante: llevaba aproximadamente una media hora de ventaja y no podíamos alcanzarlo, a pesar de ir lo más rápidamente posible. Viajamos por una carretera provincial, ya que queríamos evitar la autopista batida siempre con particular encarnizamiento por los aviones, pero como de costumbre, cuando el Duce estaba de viaje, tampoco esta vez los aviones enemigos aparecieron, aunque por regla general no faltaban nunca, ni siquiera cuando hacía mal tiempo.
Cuando alcanzamos Milán, con un notable retraso, nos enteramos de que el Duce ya se hallaba en el teatro Lírico donde estaba pronunciando un discurso que era retransmitido por radio. Aunque la llegada del Duce no había sido anunciada por evidentes razones, era fácil observar que la ciudad era presa de una viva agitación y que, por lo tanto, ya se conocía el extraordinario acontecimiento. Frente al teatro y en las calles adyacentes se agolpaba una .gran multitud que hacía difícil el paso de los automóviles. Con gran dificultad conseguí alcanzar la entrada del teatro y hallar un sitio, de pie, en el escenario engalanado con flores, cerca del Duce, a su derecha. El teatro estaba atestado hasta en los pasillos; vi a los Ministros fascistas, al Prefecto ya los altos funcionarios de la República, todos uniformados, al embajador Rahn, al general Wolff y a su séquito, a los jefes de la administración alemana y a muchos hombres con uniforme de la milicia. Cuando el Duce había aparecido en el escenario había sido saludado con un entusiasmo irrefrenable y había hecho falta mucho tiempo antes de que consiguiera hacerse escuchar. Mis conocimientos de italiano habían mejorado mucho por la práctica que había hecho, y pude seguir sus palabras.
Puesto que, como a menudo me había dicho él mismo, estaba acostumbrado a improvisar sus discursos, bastándole diez minutos para elaborar los puntos esenciales que quería tocar, también esta vez se había preparado unos apuntes y probablemente también para entregarlos más tarde a la prensa. Muchas veces el discurso del Duce fué interrumpido por unas entusiásticas aclamaciones, de una manera especial cuando habló del tema relativo al decreto de socialización promulgado en octubre, que él tenía muy a pecho y con el que quería dar al mundo un ejemplo de verdadero socialismo. Aquella ley, según él, hubiera tenido que ser la coronación de la labor fascista. Interesante fué también la referencia a las relaciones entre, el Fascismo y los otros partidos y grupos. Dij^ que sabía perfectamente que además del Fascismo existían en Italia también otros grupos políticos y que consideraba legítimo que también éstos defendieran, más o menos, sus ideales. Por lo que se refería a él personalmente dijo que, aunque era fascista y socialista, no mediría nunca el valor de una persona por las ideas políticas que profesara y que en el porvenir colaboraría también con hombres que desde el punto de vista político no eran partidarios de sus opiniones, siempre que su carácter y sus ideas sociales se demostraran justas y ellos estuvieran dispuestos a colaborar con él para el futuro orden social de Italia.
Estas frases del Duce suscitaron un gran alboroto; ya que con esto tendía la mano a los socialistas que estaban fuera del partido fascista para una colaboración efectiva y al mismo tiempo expresaba su severa reprobación contra los exaltados, como Buffarini y Pavolini, que le pedían continuamente que adoptara unas medidas cada vez más duras contra los guerrilleros y contra los que militaban en otros partidos políticos. Precisamente en aquellos días se hablaba mucho de unas armas nuevas que darían la victoria a las potencias del Eje; el Duce expresó, en cambio, la convicción de que para la victoria no eran decisivas tan sólo las armas, sino también los hombres que las empleaban, y reafirmó su inflexible voluntad de victoria y de sacrificio. Cerró su discurso con una vibrante llamada a los italianos para que trabajaran y combatieran para la amada Italia, borrando la deshonra de la traición del 25 de julio y del 8 de septiembre. Solamente un pueblo que mantiene intacto su honor merece la victoria. Realizándose tales premisas, estaba convencido de que la justa causa de las potencias del Eje ganaría, a pesar de todo, sobre la fuerza ultrapotente del enemigo.
Aclamaciones frenéticas saludaron el final de su discurso, que causó una profunda impresión sobre todo el auditorio, tanto más cuanto que el porte erguido del Duce y su aspecto sano y fuerte, además de su certidumbre en la victoria, habían contribuido mucho a levantar los espíritus deprimidos. Cuando Mussolini abandonó el escenario me estrechó la mano y me dijo en voz baja:
"He de agradecérselo también a usted, si he podido vivir este día", ni siquiera tuve tiempo para contestar sus amables palabras, ya que la multitud que se agolpaba a su alrededor nos separó en seguida.
Por la tarde el Duce visitó la Casa del Fascio, donde inspeccionó todas las instalaciones para la asistencia social. Los funcionarios y los empleados del Fascio estaban visiblemente emocionados por su imprevista e inesperada visita. Mientras, una gran cantidad de gente se había congregado ante la Casa, pidiendo a voz en grito la presencia del Duce. Salió durante algunos minutos al balcón y dijo pocas palabras que fueron acogidas con gran entusiasmo. Cuando finalizó la inspección nos fuimos en columna a la Prefectura, donde llegamos felizmente. Si digo felizmente, esto tiene un particular significado, pues hay que tener en cuenta que era un viaje del Duce a través de las calles de una ciudad italiana; las aceras estaban atestadas por una multitud en continuo movimiento, por una población entusiasta que luchaba para ver a su Duce de cerca, para recoger una mirada suya; a menudo se tornaban vanas las tentativas de la tropa para mantener suficientemente libre el camino, ya que la muchedumbre intentaba continuamente romper los cordones de la policía, de manera que los coches podían avanzar sólo muy lentamente y con la máxima prudencia; generalmente se podía mantener el camino libre solamente haciendo preceder la columna por unos motoristas especialmente duchos en el arte de rozar las aceras en forma de obligar a la multitud a abrir paso. También en Berlín he asistido a escenas de entusiasmo indescriptible, pero el entusiasmo que presencié en aquellos días en Milán es inigualable. Una vez llegados a la Prefectura, después de un breve descanso, el Duce continuó su trabajo, recibiendo a muchas personas y manteniendo muchas conversaciones. Entre las personas a las que recibió había también la delegación de una empresa industrial de la que no logro recordar el nombre; cuando aquellos hombres, obreros y gentes del pueblo, abandonaron, después de casi una hora, la estancia del Duce, estaban emocionados y tenían los ojos empapados de lagrimas; les oí decir: "¡Qué hombre más bueno! Es el único que tiene verdaderamente un corazón para con los obreros".
Y así transcurrió el primer día en la gran metrópoli del Norte de Italia. Para el día siguiente, un domingo, había en el programa una visita a las brigadas negras de la "Muti", a la que debía seguir una parada de las tropas. De nuevo tuvimos que abrirnos paso con mucha fatiga entre la multitud, y por fin pudimos alcanzar sin inconvenientes el patio del cuartel. En aquel patio estaba encuadrada una parte de la formación y el Duce la inspeccionó, acompañado por el coronel de las brigadas negras, Colombo, por el Ministro Pavolini, el Mariscal Graziani y por algunos oficiales de alto grado; después de detenerse para observar atentamente a cada hombre, subió con agilidad a un carro de combate que se hallaba en el centro del patio y desde aquella improvisada tribuna pronunció un breve discurso a la brigada. En cuanto acabó sus palabras, en el patio del cuartel se declaró un indescriptible alboroto. Mientras en el interior los hombres de la brigada se acercaban al Duce, desde el exterior un sinfín de personas, después de romper los cordones, penetraban en el patio.
El Duce, que quería salir para alcanzar el otro lado de la calle, no podía moverse*. Me hallaba precisamente teas él, a mi izquierda estaba Pavolini y a mi derecha Buffarini; vanamente intentábamos protegerle y abrirle paso, resistiendo a la presión de la multitud. Una señorita me saltó sobre los hombros, me sujetó, se me agarró con una mano en el cuello y con la otra consiguió alcanzar una de las charreteras del Duce, gritando en mis oídos "¡Duce... Duce!"; abandonó la charretera solamente cuando él se volvió y la acarició en la mejilla. Entonces me dejó por fin libre, llorando y riendo de gozo y la vi desaparecer por entre la multitud. En total, la parada no fué algo muy agradable, pero hay que considerar que no era fácil para la tropa imponerse a la muchedumbre que se agolpaba alrededor del Duce y mantener aquel orden, que a una severa mentalidad prusiana, habría parecido una rígida condición de disciplina. Evidentemente también Mussolini no quedó muy satisfecho y me pareció que muchas cosas no habían sido de su agrado, ya que trató bastante fríamente al coronel Colombo. Más tarde supe por él, que había rehusado secamente ascenderle a general.
El regreso fué un poco más fácil, ya que los cordones habían sido reforzados por las tropas que habían participado en la parada militar; fué así posible recorrer entre triunfales manifestaciones
las calles atestadas de gentes. El Duce contestaba sonriendo a las ovaciones de su pueblo, de pie en su coche, lo cual daba muchas preocupaciones a los policías. La meta era ahora una clínica de cirugía plástica, donde el Duce había expresado el deseo de visitar a los heridos y a los mutilados. En la entrada fuimos recibidos por el director, sus colaboradores y las enfermeras. La alegría de los enfermos fué muy grande. El Duce se entretuvo con los pacientes, escuchó sus deseos, aun cuando no era muy fácil contentarlos a todos, e hizo tomar nota de todo a su secretario.
Desde el punto de vista médico la visita fué muy interesante para mí, ya que yo, aunque siendo un especialista de las enfermedades internas y, por lo tanto, más bien alejado de aquella rama de la ciencia médica, me di cuenta en seguida de que el director era un hombre de excepcional valor y que la clínica había alcanzado una perfección maravillosa y. casi insuperable. El arte de cicatrizar en un primer momento las heridas y más tarde hacerlas desaparecer por completo, había sido llevado al extremo del virtuosismo y especialmente la técnica del trasplante del cutis me impresionó mucho, ya que nunca lo había visto aplicar de una manera tan perfecta. El jefe de la clínica, un profesor italiano que ejecutaba personalmente las operaciones más difíciles era, a pesar de su extraordinaria habilidad, un hombre muy reservado y modesto, un hombre y un sabio que será siempre para mí un modelo. Más de una hora permanecimos en la clínica, ya que el Duce quiso visitar a todos los enfermos. Más tarde me dijo que le había impresionado mucho todo lo que había visto, y me hizo notar la conmovedora paciencia de los enfermos y su confianza en los médicos. Evidentemente el contacto con sus soldados heridos, que él amaba con verdadero afecto paternal, le había sentado muy bien.
Llegó el lunes, último día de nuestra estancia en Milán. Desde la mañana había en los alrededores de la Prefectura un excepcional movimiento y mucho tiempo antes de la hora establecida para la salida del Duce las calles estaban atestadas de gente que habían acudido a saludarle ya renovarle su adhesión. La salida hacia el Castillo Sforzesco, donde había de tener lugar la bendición de las banderas de las formaciones juveniles de los "Balilla", fué aplazada para permitir a unas delegaciones obreras que hablaran con Musso-lini. Si hasta entonces había sido una difícil y alborotada empresa la de recorrer las calles de la ciudad, el trayecto hacia Largo Cairoli y el Castillo Sforzesco nos obligó a presenciar unos episodios indescriptibles. Cosas de este género no se pueden ni organizar ni dirigir.
Era un entusiasmo espontáneo y sincero, era la última y grande llamarada que evocaba los días de la apoteosis, una inmensa llamarada de pasión, que nunca habría hecho presagiar el ahora ya próximo y trágico fin.
Las plazas estaban repletas de pueblo que aguardaba el paso de la columna. Cuando llegamos a Largo Cairoli, los motoristas tuvieron que abrirse camino a la fuerza por entre la multitud, pero a pesar de sus modales bastante enérgicos no lo lograron y los coches fueron obligados a dar tres veces la vuelta al monumento de Garibaldi en la misma plaza, antes de que la policía y los motoristas consiguieran abrir una pequeña abertura en la marea humana. El Duce estaba nuevamente de pie en su coche, aclamado con entusiasmo delirante. Que en aquel infierno no hubiese ocurrido nada, me parece aún hoy un milagro. Veo todavía en mi mente a una joven mujer precipitarse hacia el automóvil del Duce y, alcanzada por el coche siguiente, ser lanzada al aire sobre las cabezas de la multitud. En el Castilo aguardaban las formaciones de los "Balilla" en orden perfecto, primero las muchachas y tras ellas los chicos. El Duce entró, saludado por los jóvenes con cantos militares, pasó revista a todas las formaciones, cuyo porte era verdaderamente perfecto y marcial. Observaba lo difícil que era, especialmente para las muchachas, tener que permanecer inmóviles en sus filas en vez de correr hacia el Duce: se veía claramente en sus juveniles rostros la lucha que sostenían en su interior; muchas de ellas tenían los ojos empapados de lágrimas, pero no hubo ni un solo caso de indisciplina. Hubiera sido un verdadero desastre incluso si tan sólo una de ellas hubiese abandonado su puesto para acercarse al Duce, ya que ninguna fuerza de este mundo habría podido detener a las demás. Después de pasar revista a los jóvenes, hubo la ceremonia dé la bendición de las banderas y luego el Duce, acompañado por una joven muchacha y por el Mariscal Graziani, subió a la tribuna y les dirigió un breve discurso. Cuando dejó de hablar, besó la bandera que la linda muchacha de la "Gio-ventú del Littorio" le tendía. Luego también ella fué besada: tenía
una expresión de beatitud sin igual; se leía en su rostro una gran ternura, una total abnegación