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SEMANARIO PINTORESCO. 351
< C * p o 9 u Í 0 n í i f p i n t u r a s »
(Corel uñón.)
Introduciéndonos insensiblemente en los salones de la exposición, y aunque con el sentimiento de haber de pasar en silencio algunos de los cuadros presentados, lie—
T O M O II.— 7 .0 Trimestre.
gamos i los del Sr. Esquivel, en que por »oto general se ha reconocido lo que dijimos al principio de nuestro artículo anterior, un paso m as, y un paso de gigante.
* 1
1
Je Yottembia da i8Je-S E M A N A R IO P I N T O R E S C O .
m
Cuando este jdven ándala/, llegó nño3 pasados ü Madrid, muy pronto se estendió la fama de la extraordinaria fa
cilidad y singular parecido de s u s retratos al ólio, pero ahora hay que añadir á estos elogios, que á fuerza de copiar el natural con perseverante estudio, ha adelantado sobre
manera en la corrección del dibujo, y que udenus su imaginación ha tomado vuelo, remontándose ó la esfera de las sublimes concepciones qqc conducen al templo de la gloria. Los seis apóstoles que cu esta exposición ha admirado el público confirinau nuestro juicio: hay repo
so y arinonia en sus tintas^ vigor en el colorido, no
bleza en las actitudes, espresiou en las cabezas, si bien el dibujo afloja algún tanto en los estreñios.
Pero en lo que el Sr. Esquivel lia dado mayor p ru e
ba de sus progresos en cj arte lia sido en el gran cua
dro de la Iransñguracion. Penetrada su imaginación de lo sublime, de lo grandioso y magnífico que debió de ser el prodigio del Tabor, ha dado ó la figura de Jesús aque
lla elevada nobleza del dibujo que debe infundir en el que lo mira la idea de lu divinidad. La animación, el arrobamiento del rostro del Salvador recuerda el /a c ta est spedes vitllus ejus altera de San Lucas, y el bien entendido resplandor, el brillo de gloria que ilumina to
da la parte superior del.cuadro son la imagen que San Mateo nos presenta cuando dice resplenduit facics cjns sicut sol. Basta que el Sr. Esquivel se baya empleado con buen éxito en tan iqognífico asunto, luchando con los recuerdos de grandes maestros para merecer los ma
yores elogios, y por lo tanto seria ridículo quo nosotros preciados de inteligentes mu echásemos á rebuscar de
fectos en el cuadro de lá Transfiguración, obra maestia entre las suyas que liemos visto. Muy lejos de eso, lie
mos sacado con el posiblf esmero la copia que en gra
bado presentamos, muestra necesariamente imperfecta de lo quo es en sí el original.
Por el deseo de dar a (nuestros lectores los tres dibu
jos que han acompañado i esto artículo, se lia diferido tanto su publicación, quo cu este momento nos asalta el recelo de que tal vez parezca a' algunos destituida de oportunidad la relación que vamos (lando de la última exposición de pinturas; así que, procuraremos abre
viarla, concluyendo con una ligera meiícion de otros obras elegidas entre las que ti nuestro entender merecen el título de inas notables.
De este número era una copia en miniatura de la virgen del Ferrato ejecutada por la Señorita Doña T ere
sa Nicolao, en que ha competido gloriosamente con el original.
La copia de uu retrato de (Joya en que la Seiloritn Doña Alaria del Rosario W eis ha manifestado sus gran
des conocimientos en el manejo del lápiz, y la mnyor inteligencia en conservar 1,-is bellezas del original redu
ciendo sus dimensiones.
Varios retratos ejecutados por el Sr. Corso de perso
nas muy conocidas en M adrid, por cuya circunstancia todo el mundo lia podido juzgar de la semejanza.
Un cuadro del Sr. Vives que representa uu guarda de cninpo dormido que ha valido á su autor merecidos elogios. E s lastima que el ciclo de este cuadro participe taoto de las tintas de la cabeza haciendo perder ti esta mucha parte de su vigor y brillantez.
Un retrato de Señora muy bien ejecutado por el S r.
Ortega: la cabeza sobre lodo nos pareció muy bien pinta
d a , aunque no asi el fondo del cuadro.
Y por último algunos países, bodegones, y cuadros de fantasía cuyo respectivo mérito ha contribuido á ilus
tra r la exposición.
Juzgando de ella en general, puede decirse que si no tenemos muchos escelentes pintores , no es compara
tivamente escaso el número de los jóvenes que dan mues
tras de su ardiente amor al arle , y esperanzas de que siguiendo el buen camino comenzado, llegarán i inmor
talizar su nombre dando brillo y esplendor á su pais y i la época en que florecieron. Las circunstancias tristí
simas de esta desgraciada época lineen mirar como un verdadero prodigioso poco bueno que se hace, y realzan el mérito de los que ó fuerza de ingenio y noble ambi
ción de gloria, sostienen el desfallecido genio de la pin
tu ra , para que uo perezca entre los horrores y desas
tres de l,i guerra civil. Ojalá llegue pronto el dia en que disipadas las nubes que ahora obscurecen la atmósfera po
lítica, veamos cu una nueva exposición pública la evi- deule demostración de que á la sombra de la pacifica oliva, y uo entre el estruendo de las arm as, es como únicamente pueder. florecer las bellas arles.
S . el E.
NOTA. El sistema adoptado en nuestro Semanario Pintoresco , y el carácter especial de esta publicación, nos vedan el dar lugar d la polémica de cualquier linage que sea : por eso no insertamos el comunicado que se nos ha dirigido elogiando al Sr. G utiérrez, y contra nuestro articulo del niim. 81 relativo d la exposición de pinturas. Sin embargo , diremos a l articulista, que nues
tra critica podrá ser equivocada , pero nunca ofensiva-, que el hallar algún defecto en un cuadro no es injuriar d su autor, ni suponer que no haya hecho y pueda hacer otros mucho mejores-, que somos muy afectos d la anti
gua escuela sevillana, y no quisimos acusarla de mal di
bujo y colorido , sino insinuar que tal vez el S r Gutiér
rez llevado de su deseo de la imitación (la cual bien di
rigida es el cnlitillo de la perfección) había sujetado en demasía sus naturales disposiciones, incurriendo en tal cual incorrección de dibujo, en tal cual incongruencia del colorido. Mayores csplicaciones, lo repetimos, no nos parecen propias de este lugar.
PANORAMA MATRITENSE.
M A A B I S Á L A L U N A ,
» A*« el silencio obscuro su belleza desnuda de afeitadas fantasías le d e sc u b re al pintor naturaleza
FABI-O D8 CESPKnSS;
•*-' i , I
M
i"-Iad rid es para mí un libro inmenso, un teatro animado, en que cada dia encuentro nuevas páginas que leer, nuevas y curiosas escenas que observar. Algunos años van transcurridos desde que cansado de estudiar mentalmente en dicho libro, cedí á la fuerte tentación de leerle en alta voz; quiero decir, de comunicar al pú
blico mis menguadas observaciones; y sin embargo, to
davía lio encuentro agotada la m ateria; antes bien, los límites del campo que me tracé, cada dia se retiran á mi vista, en términos que primero que el espacio en
tiendo que han de faltarme las fuerzas para recorrerle.
Eli esta animada óptica, en este panorama moral, unas veces me ba tocado contemplar sos cuadros i la brillante luz del sol de mediodia; otras al dudoso reflejo del crepúsculo de la tarde; cuando (.‘abalsamados con el
S E M A N A R IO P I N T O R E S C O . 3 5 3 suave ambiente de prim avera; cuando entristecidos por
las densas nubes invernales; ya inmensos, agitados y magníficos; ya reducidos i límites estrechos y grotescas liguras.
Pero hasta el dia (lo confieso con rubor), no liabia parado la imaginación en ano de los mas interesantes es
pectáculos, y estaba muy lejos de sospechar que en aque
lla misma hora en que apagando mi linterna y cerrando el ventanillo, me entregaba tranquilamente ¿o rd en aren mi memoria cualquiera de las escenas anteriores, la na
turaleza próvida é infatigable me brindaba con una de las mas interesantes y magníficas; esto e s , M adrid ilu
minado por la luna.
Si yo fuera partidario de la escuela rancia, no deja
ría de empezar aquí mi narración por un brillante apos
trofe i la señora Diana, con el \oh Id! de costumbre, y suplicándola que suspendiendo por aquella noche su rato de bureo con el consabido pastorcillo cazador, tu
viese i bien prestarme su influjo y su rayo macilento para dibujar un cuadro tan pálido y dormilón como ella misma.
O bien, siguiendo el moderno estilo, me dejaría de apostrofes y de deidades paganas, y encaramándome á una altura (la dé San Blas por ejemplo), miraría dibujar
se en el espacio, y d la luz del astro de la noche las ele
vadas cúpulas de la capital; mi imaginación las prestaría vida, y convirtiéndolas en gigantescos monstruos, mira- ríalas
“ Levantarse, crecer, tocar las nubes»
y dirigir sus fatídicos agüeros al pueblo incauto que se agitaba á sus pies, y que probablemente seguiría tra n quilo su camino sin escucharlas ni entenderlas.
Cualquiera de estos dos extremos prestaría sin duda interés á mi discurso , y convertiría hacia él la atención de mis oyentes; pero asi creo en las visiones fantásticas como en las deidades de la mitológia, y eso me dan las metamórfosis da Ovidio como los monstruos de Víctor llugo; porque en la luna solo tengo la desgracia de ver la luna, y en las torres las torres , y en el pueblo de Ma
drid, una reunión de hombres y de calles y de casas que se llama la muy noble, muy leal, muy heroica, imperial y coronada villa y corte de Madrid.
n .
Hacia ya larga media hora que todos los relojes de la capital sonaban sucesivamente las once de la noche. Los hermosos reverberos, (una de las señales mas positivas del progreso de las luces en estos últimos tiempos) iban negando sus reflejos, y cediendo al nocturno fanal la al
ta misión de iluminar el orizontc ; por manera que el prim er rayo de la luna servia de señal al último deste
llo del último farol; combinación ingeniosamente dispues
ta que honra sobremanera á los conocimientos astronó
micos del director del alumbrado. Los encargados subal
ternos de esta artificial iluminación , recogían ya sus es
calas y antorchas propagadoras; las tiendas y cafés c e r
rando sus puertas despedían políticamente á sus eternos abonados; y los criados de las casas cerrando también sus entradas, dirijian una tácita reconvención á los ve
cinos perezosos ó distraídos. Veíase á algunos de estos llegar apresurados á ganar su mansión antes que la im placable mano del gillego se interpusiese entre ellos y la cena ; y llegando á la puerta y encontrándola ya cer
ra d a , daban los golpes convenidos, y el gallego no pa
recía; y volviao á llamar una vez y otra , y se desespe
raban grotescamente hasta que se oia acercar un ruido compaseado semejante á los golpes de un batan ó á las descargas de artillería, y eran los férreos pies del galle
go que bajaba, y medio dormido aun, no acertaba la cer
radura, y apagaba la luz, y se entablaba entre amo y mozo un diálogo interesante y entre p u ertas, basta que en fin abiertas estas iba desapareciendo en espiral el ru mor de los que subían por la escalera.
Los amantes dichosos habían concluido ya por aque
lla noche su periódica tarca de suspiros y juram entos, y trocaban el aroma de sus diosas respectivas por el grato olorcillo de la ensalada y la perdiz; en el teatro liabia muerto ya el último interlocutor, y Norma se rnetia en el Simón, y A n to n y tomaba su paraguas para irse á dormir tranquilamente, á fin de volverse á matar á la si
guiente noche; el celoso amo de casa hacia la cuotidiana requisa de su habitación, y se parapetaba con llaves y cerrojos; la esposa discutía con el comprador sobre va
rios problemas de aritmética referentes á su cuenta; y el artesano infeliz en su buhardilla descansaba tranquilo hasta que viniesen á herir su frente los primeros rayos del sol.
No todo, sin embargo, dormía en Madrid. Velaba el magnate en el dorado recinto de su gabinete, agolan
do todos los recursos de su talento pora llegar á clavar la voluble rueda de la fortuna; velaba el avaro creyendo al mas ligero ruido ver descubierto su escondido tesoro;
velaba el amante bajo el balcón de su querida esperan
do una palabra consoladora; velaba el malvado proban
do llaves y ganzúas para sorprender al infeliz dormido;
velaba el enfermo contando los minutos de su agonía, y esperando por momentos la luz de la aurora; velaba el jugador sobre el oscuro tapete viendo desaparecer su oro á cada vuelta de la baraja ; velaba el poeta inventando situaciones dramáticas con que sorprender al auditorio;
velaba el centinela mirando cuidadosamente á todos la
dos para «lar en caso necesario el alerta á sus compañe
ros dormidos; velaba la alta deidad en el baile siendo objeto de mil adoraciones y agasajos; velaba la infeliz escarbando en la basura para buscar en ella algún resto miserable del festín.
Y sin embargo en medio de este general desvelo, la población aparecía muda y solitaria; las largas filas de casas erau uu fiel trasunto de las calles de un cemente
rio , y solo de vez en cuando se interrumpía este mono- tono silencio por el lejano rumor de algún coche que pa
saba, por el ahullido de un p e rro , ó por el lúgubre can
tar del Vigilante que en prolongada lamentación cscla-
■naba,.,.¡ Las doce en punto ! y .... sereno.
III.
No se puede negar que la persona de uu sereno con
siderada poéticamente tiene algo de ideal y romancesco que no es de despreciar en nuestro prosaico, material, y positivo M adrid, tan desnudo de edad media, de gó
ticos monumentos y de ruinas sublimes.
Un hombre que sobreviviendo al sueño de la pobla
ción, está encargado de conservar su sosiego, de vigilar su seguridad, de conjurar sus peligros, tiene algo de no
ble y heroico que no hubieran desdeñado W alter Scott ni Byron si hubieran vivido entre nosotros. Dejemos á un lado el mezquino interes que sin duda le mueve á abra
zar tan importante comisión ; no por ser recompensado con otro mas alto deja de ser noble la tarea del defensor armado de la seguridad del país, la del abogado, escudo de la inocencia, la del público funcionario, autorizado servidor de los intereses del pueblo.
Cuando todo el vecindario, abandonando sus respecti
vas tareas entrega sus cansados miembros al necesario re
poso, cuando los gobernantes abandonan por algunas ho
ras el peso de su autoridad, y los gobernados buscan en
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S E M A N A R IO jp iN T O R E g C Q . el recentó de sus hogares el grato premio de sus fatigas,el uso positivo de sus mas halagüeños derechos , el sereno abandona sa modesta mansión, y se arranca á los brazos de su esposa y de sus hijos ( que también «s padre y es
poso ) viste su morena túnica , endurecida por los vientos y la escarcha; toma su temible laaizon; Cuelga a la pun
ta el luciente farolillo, y sale á las calles' ahuyentando con su vista i los malvados que le tem en, como'al grito de su conciencia, como al espejo de sus delitos y acusa
dor infatigable de la ley.
Durante sti monotono paseo, ora reconoce una puerta que los vecinos dejaron mal cerrada, y leí) llama pata advertirles del peligro; ora sosiega una quimera de gen
tes de mal vivir rezagadas ¿ la puerta de una taberna;
ya impide con su oportuna llegada la atr’év'lda tentativa de un ratero, y salva y acompaña hsstá sn casa al misera
ble transeúnte á quien aquel asaltó; ya presta su formi
dable apoyo al bastón de la autoridad jifera descubrir un garito ó proceder á una inportante captura. Noble men
te desinteresado en medio dq tan varias escenas, deja go
zar de Su reposo al ilésctiidado vecino, íip pxigiHé SÍ'quie- ra el reconocimiento por el peligfn de que le lia libeítadó, por el servicio que acaba de prestarle sin su noticia ; y cuando todavía en su austero semblante se botan las se
ñales del combate que acaba (1c stfsteíicr ó' de la tepi- pestuosa escena que acaba do prcScnciid*, alza sus ojos
»1 ciclo, mira la luna, m uda, quieta, impasible, como su imaginación ; presta el atento oido al reloj que da la ho ra, y rompe el viento con su vri'zfcsclnniaiido tran
quila y reposadamente: ¡ La uno menos CtUU'tú! y ..i.
sereno.
No sd si he dicho, (y sino, lo dire' ahora) que aquella noche por un capricho que algunos calificar.t í de extra
vagante , me habla propuesto acompañar al buen Alfon
so, el vigilante de mi barrió, en su nocturno paseo ; y que para poder hacerlo con mas lihcrttid, había creído conveniente aceptar un cnpolon y un chuzo coinri Iris su
yos que me prestó.
No se rian mis lectores de esta transformación de mí csterioridad; otras no tan momentáneas, aunque lió nieoos ridiculas , vemos y contemplamos tódbtf lós difei Aln estiba ñeza ; un trage hum ilde, non coi-teza
veces encubrir la inteligencia del »lufa .
un magoífico uniforme suele servir de,disfiíiz A un troncó rudo!
Mi voluntario sacrificio do alguiins horas ícrtia por lo menos uu objeto noble. Yo soy nn' hómb’ré Concienzudo y chapado a' la antigua , que gusto de estudiar lo que lie de escribir, y tratándose ahora de las costumbres de alta noche, creí indispensable una dedos cosas; ó que ni se
reno se hiciese escritor, ó que el escritor se transforma
se en sereno. Lo segundo me pareció mas fa'cU que lo primero.
IV.
Ya habia un buen ratillo que andábamos, sin ocur
rim os cosa que de contar sea , cuando al pasar por bajo de los balcones de una casa principal, hirió dulcemente nuestros oido* una grata armonía de instrumentos. Alza
mos involuntariamente la vista, y al resplandor de la suntuosa iluminación que exhalaban las veulauas, vimos dibujarse en la pared de enfrente los fantásticos movi
mientos de mil figuras elegantes que acompañaban los acordes de la orquesta, encontrándose y Separándose a compás. Varios grupos estacionarios p inamovibles, ocu
pando los balcoucs, formaban entretenidos episodios en este cuadro interesante y animado, y reíanse circular por la sala multitud de familiares, cou sendas bandejas distribuyendo refrescos y c o n fitu ra ;v escuchábase el
o^érá j suele á /éiiámfás'veciís .ll.Oí
confuso murmullo de mil diálogos interesantes; y sentía
se el arbitia de cicu químicas preparaciones , y todo era :sa y algazara, y movimiento y vida, y dulzuras y placer.
E l n n e h u ró s o porta) decorosamente reforzado con el apéndice del farolón de gala, niirsba&c henchido de.mo
zos y lacayos que mataban'el tiempo cambiando la calde
rilla á las sublimes combinaciones de. la brisca, ó d u r
miendo al dulce influjo del mosto bienhechor ; y i la puerta varios coches y Córretelas demostraban la alta categoría de aquello magnífica concurrencia.
/ * __ .1 . .... . ...I. . I. . , .» — * e. I i. —. ....
Cuando ma* embelesados estábamos en esta contení- ruido penetrante que se aproximaba suce
sivamente, nos hizo esperar la Hígada de nuevas y inag- piacion, uu run
níficas carrozas, y ya los cocheros que ocupabau la ca
lle se replegaban y abrían jjháo de honor á los recién
Iá calle la brillante comitiva, nuestras narices acome
tidas de improviso nos dieron á conocer la verdad del caso.
Tjn movimiento eléctrico hizo desaparecer i todos los grujios dé los balcoucs, y céh'ar los cristales, y huir todos y refugiarse al medio del salón , y prestarse mú- tuaínente pañuelos y frasquillos, y cruzarse las sonri- saá y miradas burlonas de inteligencia, y esperar todos 6 níte aquella ominosa nube pasase de largo. Mas.'... joh desgracia! el imperturbable conductor para y detiene su primera máquina de guerra (en que montaba) delante de la misma puerta del sarao; á su voz le imitan igual- menta todos los demás funcionarios con sus respectivos ins
trumentos, y sin hacer alto en, la consternación del con
curso, ni en l.i incongruencia de su determinación se preparan :i ejecutar sus profundos
el p ' * ' 1 *'
'1
experimentos' en ozó mismo de la casa en Cuestión,
Los criados co reu presurosos á avisar al amo del gra
ve pe|igrp que amenaza ; este horrorizado baja la escalera vestido de rigorosa etiqueta cón'zapato de diferid y gliantc blurfdo.; bvlAcá y ei.cuetilra al director de aquella escena, lé suplica nue di^at'c liástá el .siguiente día su operaélbñ;
Mr»*' Ve'fcí* le ariienaza,' le insulta y .... todo en vnfiój el g’íkbfc fu'ución'aril) respondí que no está en su inano el complacerle, y que tiene' ‘que obedecer al manda ib de sus gefes. Este diálogo animado se estereotipa en la imaginación de todos los Concurrentes; las damas acu
den ¿ buscar. su* schotes y sombreros, los galanes to- man capas y surtqus; ,lqs Jaqayox qorrcji á hacer Jfrr.i- uiar los coc bes;.el amo palea, y grita, y ruega i todos quo no se vqyau, que lofio se compondrá; updie le f rce, y los salopcs van quedando desiertos, los músicos en
vuelven en las bayetas sus instrumentos, y toda la con
currencia en fin gana por asalto la calle , procurando evitar los ominosos preparativos, cerrando lieriuélica- inenje sus nance*, y corriendo precipitados 4 buscar ptrp atmósfera no tan mefítica y angustiosa.
Nuestro auxilio no fue del todo inútil en tan crítica situaciou, antes bien pudimos servir y servimos con efec
to á rpunir las discordes parejas que por efecto de la distracción y aturdimiento propios de semejante catástro
fe , lomaban uu coche por o tro , ó emprendían un cam i
no djainetraluiente opuesto al que llevaba la familia. Uno de estos grupos episódicos reclamó mi auxilio, para disi
par sin duda con mi presencia cualquier sospecha que pudiera iolnndir á un marido, por poco celoso que fuese, el verlos llegar tan solos y s¡ tales horas. Comprendí, p u es, toda la importancia de nú p a p e l, que era nada me
nos que. representar á la sociedad, defendiendo Jos de
rechos del ausente, y e-n su consecuencia traté de llenar nú deber en téim inos, que sospecho que el gelan mas
SE M Ais ABJO PINTORESCO.
de una ve/, ine dió ñ todos los diablos, y Finliicra queri
do no' habed tropezado con mi inevitable farol;
AI avistar Ja casa de las 'señoras, v'unós' asomar por ól'ra esqilina'á la demás familia, acompañada casiialmen- te pó'r el' buen Alfonso. Trocados el'santo y señó', nos reconocimos todos, 'depositamos nuestro rcspectiVo cort- voy, y yo observándo las miradas esfcrul.Vdoras del iisp'o so, y su enojó cnal "reprimido, lió pude inenós de verter una gota de fiijjj» afilen su corazón. “ Ti tiiquilfcese V".
(Ic dije al oido) su esposa de V. es toelnvld digna de su amor ; tá sociedad cillera lia"vefadó1 por ella cii ini per
sona; pero cuenta, séñor marido, que no todos los días está la sociedad de’ vi’gitarlte , ni lodos los faroles son tan concienzudos como el iñío.»— Dicho csró desaparecimos bruscamente sin dar lugar á mayores esplicaciones con el buen bóiñbre, que no acertaba ¡i volver " del pasmo y á dar gracias ¡4 la sociedad que por "servirle se linbia es
condido bajo el pardo capuchón de tita sereno.
No habíamos andado largo trecho , luego que nos que
damos solos, cuando al revolver la esquina de una ca
llejuela, hirieron simultáneamente nuestros úidós varias voces acongojadas que gritaban '¡favor1. ¡ ladrones , la
d ro n a ''.—.Redoblamos nuestros pasos: Alfonso süuna su p ito, y muy luego por todas las boca-calles Vemos re lumbrar sucesivamente los fardles de SuS compañeros que acuden i la señal. Corre la voz de que hay peligro ; ccti- pause oportunamente los desfilad-rós, y de MR á un ins
tante se siente una carrera precipitada de uno que es
capa gritando : “ A ese, d esc, al ladrón, aI ladrón."—
Los guardas de la noche ño se dejan engañar por este ar
d id , antes bien entilan sus latkones, dirigiéndolos hacia el que co rre ; éste , viendo ocupadas todas las salidas, intenta volver atrns; mas ya no es tiempo ; 'el circulo de los serenos se estrecha, y se encuentra el malhechor en medio de ellos, sufriendo su terrible interrogatorio, y los mas temibles reflejos de los faroles, asestados A su semblante , y A cuyo resplandor j$e revela cil el la tu r
bación 3*1 crim en, que en vano intenta disimular. Cua
dro interesante y animado, no indigno por cierto del pin
cel de nuestros célebres artistas.
Allí mismo se improvisó una cuerda, y ligado con
venientemente fue encargado á dos de los nprehensores para conducirle al cuerpo de guardia, en tanto que los demas corrian á prestar su auxilio á los vecinos do la casa asaltada.. Estos juraban y sostenían que algún otro malvado se Iiabia escurrido hácia los tejados; y asi era la verdad, y que sin duda lo hubiera conseguido, gra
cias a la ligereza de sus piernas, en contraposición ú la
S
ravedad de las de los perseguidores, A no haber asoma- o en aquel mismo momento la ronda del barrio con sus respectivos alguaciles de p re s a , los cuales destacados que fueron al ojeo, regresaron muy luego de las alturas trayendo muy bien acondicionado al fugitivo.“ Todas las cosas á ratos tienen su remedio cierto, para pulgas el desierto, para ratones los gatos. »
Disipada en fin aquella tumultuosa escena, volvimos Alfonso y yo a' nuestro solitario pasco; y aquel que vió restablecido el silencio, y que era la ocasión oportuna para volver á lucir la sonoridad de su garganta; tosió dos veces, escupió, echó la cabeza fuera del capuchón, y con brío y magestad lanzó al viento el consabido canto llano.... ¡ Las dos en p u n to 1, y .... sereno.
En este mismo instante empezaba A nuestra espalda Otra escena que á juzgar por la obertura no podia menos
3 5 5 de ser brillante y divertida. Una escogida orquesta de cencerros y c a m io n e s, almireces y regaderas, obligada de periódicos bemoles producidos por aquel instrumento grosero, basta en el nombre, forchaba un estrépito ori
ginal" y extravagante que contrastaba singularmente con el silencio anterior. Semejante modo de hablar simbóli
co tiene esto de bueno, que espresa rápidamente , y nó dá lugar á dudas ó interpretaciones. Asi que luego que ñilbos el sonido del ccíícerro, no dudamos que aquello poília ser una cencerrada , y al escuchar los fúnebres acordes d’c lá Lira de 'Medeltin, luego nos figuramos qué se trataba de boda ó cosa tal.
Eralo en verdad; y los malignos felicitadores dirigían aquel ngasajó "A un honrado tabernero que en aquel dia acababa de trocar sus doce lustros de vida y sus chairo de viudez con una calcetera también viuda . también vie
ja, y también "honrada;'determinación beróica y alta
mente social que en vez de ser recompensada con tiernos epitalamios y coronas de laurel, celebraban sus amigos con aquella algazara que es ya de estilo para el que vuelve á encender segunda vez la antorcha del himeneo.
Un sentimiento de piedad , que sin duda produjo en Alfonso el recuerdo de su esposa, le movió a prolejer la inviolabilidad de aquel prim er sueño conyugal, y i disipar aquella tormenta que por lo menos tendia A in
terrumpirle por largo rato. Consiguiólo en efecto, gra
cias a su persuasiva autoridad , y luego que vió desam
parada la calle , no pudo resistir a' un movimiento de orgullo, dando ¡¡ conocer al tendero el servicio que aca
baba de dispensarle, y exclamó. ¡Las dos y media1... y sereno.
“ Gracias, amigo», dijo á este tiempo una aguarden
tosa voz, escapada de una como cabeza que asomó envuelta en un gorro como verde, por el ventanillo de la tienda. Y tras esto una mano amiga pasó por el mis
mo conducto un vaso de Cariñeua que bizu regocijar al buen Alfonso, el defensor del órden público y de los derechos conyugales.
Nuevos y nuevos sucesos exigían en aquel momento nuestra franca cooperación. Una mujer desgreñada y frenética atravesaba la calle para rogarnos qUc fuésemos á la parroqnia a pedir la extrema-Unción para su hijo....
y por el opuesto Indo un hombre sin som brero, y sin corbata, nos ocomelia empeñándonos á acompañarle para ir á casa del comadrón A rogarle que viniera A ejercer su ministerio cerca de su esposa. F u e, pues, preciso divi
dirnos tan importantes funciones; el compañero marchó con la mujer á la parroquia, y yo A casa del comadrón con el marido. Y al volver á encontrarnos, el uno con el nuncio de Ja vida, y el otro con el Angel de la muer
te , no sé lo que pensaría Alfonso; pero yo de mi se de
cir que ine ocurrieron reflexiones que acaso no dirían mal aquí.
Una sola calle en todo el cuartel no habíamos visi
tado en toda la noche, negándose constantemente Al
fonso á entrar en ella, no sin excitar mi natural curio
sidad. Pero en fin instado por mí, y sin duda conocien
do que yo podría ser hora oportuna, penetramos en su recinto, y luego reconocí la cansa misteriosa de aque
lla reserva. Erase un apuesto galan embozado hasta las cejas, y tan profundamente distraído en sabrosa plá
tica con un bulto blanco que asomaba A un balcón, que no echó de ver nuestra llegada, hasta que ya inmedia
tos á e l, Alfonso tosió varías veces, y acerca'ndose al preocupado galan , "Buenas noches, señorito»— ¿Có
mo? pues qué hora es?—Las tres y media acaban de d ar.— Un profundo suspiro, que tuvo luego su eco en el
S E M A N A R IO P IN T O R E S C O . 3 5 6
balcón, fue la única respuesta. Y el bulto b la n o desa
pareció, y la misteriosa capa también.-=
Al llegar aquí no pude menos de respetar en Alfonso el Dios tutelar de aquel misterio, y comparando esta es
cena con la anterior , eché de ver que entre la vida y la muerte hay todavía en este mundo alguna cosa interesante y placentera.
Patética iba estando mi imaginación, sin que bastase á distraerla el sabroso diálogo que poco después entabla
mos con un hombre que yacia tendido en medio de la calle, el cual inspirado por el influjo del mosto que en
cerraba en su interior, se soñaba feliz en los brazos de su esposa, y dirijia sus caricias al inmediato guarda-can
tó n , asunto eminentemente clásico, y digno de la lira de Anacreonte.
En esto nn perro lad ró ; y luego ladraron dos per
ros, y después cuatro, y en seguida diez, y por último ladraron todos los perros del barrio , y Alfonso exclamó con alegría—«y a viene Colás; y el dia no puede tardar tampoco.»—¿Y quién era (exclam arán sin duda mis lec
tores) este nuucio del sol, este héroe matinal, á quien aclamaban en coro todos los cuadrúpedos vivientes?—
¡Ahi que no es nada! Era Colás, el investigador'de mis
terios escondidos entre el polvo y la inmundicia, el des
cubridor de ignoradas bellezas, químico analizador de la m ateria, subslaucia que se adhiere á las substancias de valor, disolvente metal que sabe separar el oro de la liga y vengar con su ciencia la injusticia de la escoba.
Armado con su gancho protector, recorre sucesivamente los depósitos que los vecinos ban colocado a sus puertas, y busca su subsistenpia en aquellos desperdicios que los demas hombres consideran por inútiles y arrojadizos. Y como la raza canina cuenta tunihicn con aquellos mismos desperdicios como base de su existencia, y la ley (¡injus
ta ley hecha al fin por los hombres!) ha iuvestido al trapero de una autoridad perseguidora hácia aquella cla
se, no hay que extrañarse del natural encono con que le miran, ni que las víctimas saluden á su paso al sacrifi- cador, con aquel interés con que lo harían si el fuera Ministro de Hacienda, y ellos fueran los contribuyentes.
E n sabrosa plática departían Alfonso y Colás sus mútuos sentimientos, entre tanto que yo apoyado en una esquina saboreaba las consideraciones que me inspiraba aquella escena, y ya me disponía á abandonarla y á des
pojarme de mi misterioso disfraz, cuando el sonido de una campana estruña llamó rápidamente la atención de A l
fonso que con el mayor Ínteres interrumpe su diálogo, aplica el oido, cuenta uno, dos, cuatro, cinco golpes; y esclama.... [Las cuatro menos cuarto'... y ¡/liego en la parroquia de Santa Cruz!
Inmediatamente corren precipitados todo los serenos;
cuales á avisar á los obreros, cuales á reunir á los agua
dores de las fuentes; estos á acompañar las máquinas, aquellos á dar aviso á la autoridad. En un momento las calles se pueblan de gentes que corren hácia el sitio del iucendio; los carros de las mangas parten precipitados para alcanzar el premio de la que llega prim ero; cruzan las ordenanzas de los puestos militares; aparecen las autoridades con sus rondas; y unos y otros refluyen por distintos puntos al sitio del iucendio. Esta escena era ma
jestuosa é imponente; iluminada de un lado por los lil- timos rayos de la luna, de otro por el lúgubre resplan
dor de las llam as; animada por un conjunto numeroso de operarios que acudian á hacer trabajar las máquinas, á estraer las personas y muebles, á cortar el progreso del incendio, ofrecía un golpe de vista por manera interesan
te y animado.
No faltaban, en verdad, sus grotescos episodios; do
faltaba manga que exhalaba su respiración por un lado dirigiendo su benéfico raudal á la pared de eufrente, no sin grave compromiso de los curiosos vecinos que cam
peaban en los balcones; no faltaba hombre aturdido que para salbar de las llamas un precioso reloj, le arrojaba violentamente por el balcón ; ni quien propusiera apagar el fuego á cañonazos, ni quien derrivar una casa inme
diata para ponerla á cubierto de todo temor.
Pero el celo era grande; la filantropía de la mayor p a r
te de los operarios, digna del mas cumplido elogio. Los se
renos colocados en semicírculo delante de la casa incen
diada, custodiaban los efectos; las patrullas disipaban á la parle innecesaria de la concurrencia ; los vecinos presta
ban sus casas á los infelices víctimas de aquella catás
trofe; la autoridad procuraba regularizar los movimien
tos de todos y dirigirlos al fin común. Por último, des
pués de un largo ralo de inútiles tentativas, pudo llegar á cortarse el vuelo de las llamas; y sucesivamente todo fue entrando en el orden, hasta que ya disipado el peli
gro cada uno pensó en retirarse á descansar.
Los cantos de las aves anunciaban ya la próxima aparición de la aurora; las puertas de la capital daban eutrada á los aldeanos que acudian á proveer los merca
dos; las tiendas de aguardiente se entreabrían ya para ofrecer su alborada á los mozos compradores; los ancia
nos piadosos, seguian el misterioso son de la lejana cam
pana que anunciaba la primera misa ; y los honrados guar
das nocturnos iban desapareciendo y apagando sus ya inú
tiles faroles.
Alfonso á este tiempo, hizo alto delaute de una mo
desta habitación, y con mayor alegria que en el res
to de la noche esclamó: ¡ Las cinco en punto', y . . . . —
“ l a bajo»— le contestó desde la buardilla una voz que supuse desde luego ser la de su cara mitad.
Conocí que ora llegado el momento de. separarnos;
entregadle chuzo y capotou, y restituido á mi forma primera , volví á ser actor en un drama agitado del que toda la noche hnbia sido sereno é indiferente espectador.
E l Curioso parlante.
V E N T A J A S D I X.A A D V E R S I D A D .
CUESTO MORAL.— {Conclusión.)
Consecuente con esta noble resolución comenzó in
mediatamente un asiduo curso de lectu ra, al cual dedi
caba no solo el dia sino una gran parte de la noche, y pronto halló la recompensa de su laboriosidad, en la satisfacción que le producía el haber obrado bien, unida á la sensación de placer que esperimentaba su espíritu en el ejercicio de una ocupación honrrosa, goces que desconoció mientras que fue conde de Glenthorn , el que antes miraba como uu intolerable castigo el menor es
fuerzo de la imaginación , se deleitaba ahora en ejercitar las facultades intelectuales de que le liabia dotado la na
turaleza. La consideración de los motivos que le habian inducido á adoptar aquel género de vida , era también otro manantial de satisfacciones, y todo contribuyó á di
sipar enteramente aquel fastidio que hasta entonces ha
bla acibarado su existencia.
Terminados sus estudios en Irlanda el Sr. Donogoe, pasó á Loudres á concluir su carrera en los tribunales su
periores: perseveró allí en el rígido y laborioso plan que con tan noble decisión habia seguido en Dublih,
S E M A N A R I O P I N T O R E S C O . y los resultados fueron proporcionados » los medios
puestos en acción para obtenerlos. Adquirió un conoci
miento profundo de su profesión, que unido á su talento natural nada coimin, ofrecían garantías de acierto.
Asi que concluyó su carrera , volvió el Sr. Donogoc á Dublin donde abrió su bufete de abogado. Sus ganancias no pasaban al piincipío de 2 guineas (200 rs.) semana- les, pero esta súma aunque pequeña, era para él un te
soro inestimable como precursoia de ventajas futuras,
E
ucs entre las muchas lecciones útiles que le bahía dado i csperiencia fue una de ellas, y tal vez la mas ímpor- ta u te , q u e lo s g o c e s a d q u i r i d o s c o n l a p r o p i a i n d u s t r i a s o n l o s m a s n p r e c ia b l e s . P o r algún tiempo fueron de poca consideración las ganancias del Sr. Donogoe, pero su reputación como letrado hábil é instruido se generalizaba de dia en dia, y muy luego se presentó una ocasión que acabó de afianzarla, allanándolo el camino á la fortuna.
Habiendo enfermado repentinamente uno de los abo
gados en una cansa im portante, fue elejido Donogoe en su lu g ar, y habló Con tanta elocuencia y fluidez, que os
ciló la mayor admiración en el tribunal. Apenas acabó su defensa r e s u l t a r o n por todas partes repetidos aplausos:
;I pleito se ganó, y desde aquel instante fue considerado Donogoe como el abogado mas hábil del foro irlandés.
Entre la* personas notables á quienes visitaba por entónces se bailaba Lord Y .... sogeto adornado de bellí
simas cualidades, y que tomó el mas vivo interés en la
[
irosperidad del joven letrado. En su casa conoció este á a señorita D clam ur, jóven amable, virtuosa y bella, quieu por una singular coincidencia era heredera presuntiva de los estados de G letilhorn, siguióse al conocimien
to el afecto inútuo , y á este , poco después, la unión de los amantes.
E n tre tanto el castillo de Glenlhom era una continua escena de desórdenes y vulgar disipación. El pobre Cris
tian (cuyo nombro seguiremos du'ndole) aunque genero
so y bien intencionado, no tenia suficiente prudencia ó energía de espíritu para gobernar su familia. Su mujer licuaba el castillo con tribus de sus anteriores amista
des, y á él tcnian que llevarle todas las noches á la ca
ma en un estado deplorable de embriaguez. Para mayor aflicción del pobre Cristian, su liijo Juanillo, por quien se había él sometido al trabajo de ser conde, habiendo prendido fuego una noche por descuido á las cortinas de su cama , pereció en las llamas que consumieron después todo el castillo. No pudiendo resistir por mas tiempo las penurias de su posición, escribió Cristian al Sr. Donogoe, que babia tomado el nombre de Delamur como mas eu
fónico, inforina'ndolc de lo que había sucedido. E s ta c a r
la llena toda de rasgos característicos de su autor termi
naba asi: , l0s escribo, ya que estáis casado, de lo que os doy el parabién, con la señorita Delamur q rs es la heredera de todo esto, para suplicaros que vengáis á to
mar posesión de ello inmediatamente, pues yo eslov ya poco menos que m uerto, y no podría, aunque quisiera, oponerme. Quiero volver á mi fragua , donde con la ayu
da de Dios olvidaré lo que ha pasado. En cuanto á mi mujer puede buscar su vida por otro lado si no quiere vi
vir conmigo. Asi como asi no la incomodaré mucho. Dios oe bendiga y venid como antes á reinar sobre nosotros seguros de que me hallareis como siempre vuestro fiel hermano. — Cristian. <>
E l castillo se está ahora reedificando, añade el Sr.
Delamur en la memoria que termina con la carta ante
rior , y cuando esté concluido y vuelva yo á habitat le, escribiré, si el público lo descase, un traslado fiel de mis sentimientos é ¡das. Mu lisongeo que no caeré de nuevo en la indolencia. Mi entendimiento ha sido cultivado, he tomado gusto i la literatura, y el ejemplo de Lord Y ....
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me demuestra que un hombre noble y opulento puede también ser activo y feliz.«
El relato que antecede nos hace ver que por el es
fuerzo de su talento combinado con uu grado extraordi- dario de perseverancia V el ejercicio de sus facultades intelectuales, consiguió Delamur superar las desventajas de su posición singular. Abandonado á sus propios recur»
sos, habiau bastado estos sin el auxilio de la opulencia ni el rango, ¡i conducirle á la riqueza y á los honores, proporcionándole ademas el placer de pensar que la ad
quisición de uoo v otro era In obra de sus propias manos.
La mas grata y satisfactoria de las reflexiones.
V A RICBA X M ES.
l" .L r. Scott, natural de E x cter en Inglaterra, pasó la
M
mayor parte de su vida viajando. Su puntualidad en cuanto emprendía y un método inalterable de vida, le hicieron célebre en toda la Gran B retaña, al propio tiempo que una conducta hasta el extremo metódica y una actividad suma le grangearon créditoy bienes de considera
ción. Por espacio de muchos años todos los dueños de las posadas en que paraba en los condados de D evony Cor- nuatlcs sabían el dia y auu la hora en que llegaría á su casa. Poco sutes de morir ocurrió un acontecimiento que muestra la exactitud de este hombre. Viajando un caba
llero por el condado de Cornuallcs hizo alto en una po
sada insignificante de Puerto Isaac. Deseando comer pidió al mozo la lista de lo que bahía, pero no agradán
dole nada de cuanto esta contenia, iba i pedir alguna co
sa de su gusto, mas reparando en un hermoso pato que estaban asando: "C on esc tengo suficiente« le dijo al mozo. “ No puede ser« le contestó el criado, “ porque esa ave la estamos preparando para Mr. Scott de Exc
ter. » "Conozco perfectamente á Mr. Scott » contestó el caballero, “ y me consta que no está en vuestra casa.«
“ Es verdad, señor» repuso el mozo , “ que actualmente no está , pero c o m o c o s a d e s e i s m e s e s h a ( que fue la úl
tima vez que estuvo), n o s e n c a r g ó l e t u v i é s e m o s u n p a l o a s a d o ¡ ta r a c o m e r e s t e m i s m o d i a d l a s dos e n pon t o; » y coa el mayor asombro vio el viajero entrar pol
la puerta de la posada al mismo Mr. Scott, unos cinco minutos antes de la hora señalada.
Cierto Papa, que de una situación oscura liabin sido elevado á la silla pontifical, fue visitado inmediatamente por una diputación, compuesta de los principales perso
nages de una pequeña aldea, en que babia desempeñado por algún tiempo los deberes de párroco. Parece que había prometido á los habitantes de dicha aldea , que ha
ría algo en su favor siempre que se lo presentase ocasión de verificar sus deseos; y el cumplimiento de esta pro
mesa era lo que pedían los comisionados concediéndolesv
d o s c o s e c h a s t o d o s l o s a ñ o s . E l Papa accedió gustoso á su petición m obbsta, bajo la condición precisa de vol
verse inmediatamente á su aldea, y arreglar de una ma
nera tal el almanaque de su térm ino, que cada año de él constase de veinte y cuatro meses, idénticos á los re conocidos por los demas paises en que regia el almena- que general.
Cuando el globo aerostático fue inventado, le pre
guntó al doctor FrankJin un hablador, que para qué I servia? E l doctor contestó i esta pregunta con otra,
358 S E M A N A R I O P I N T O R E S C O . diciéndole: ¿Para qué sirve un niño recien nacido? Pue
de llegar á ser un hombre.
Los chinos afectan despreciar la superioridad de in
genio de los europeos, pero no pueden componer un re
loj una vez descompuesto. Cuando se les rompe una de las infinitas piezas de que se compone esta complicada ma’quina, y el reloj so p ara, quedando inútil para el objeto que sirve , dicen que ha m uerto, se quedan muy satisfechos, y en seguida le cambian por uno vivo.
En cierta pequeña tribu de la América del Norte, luego que se levanta y sale de su choza el Príncipe sa
luda al Sol dándole los buenos d ias, y en seguida le se
ñala con el dedo el curso que debe llevar por todo aquel día; queriendo manifestar con esto que hasta las leyes de la naturaleza dependen de su poder.
i o s C l a v o s .
E n t r e las diferentes especies de cuadrúpedos que ha
bitan sóbrela superficie de la tierra, merecen particu
la r atención los de la Australasia por tener todos ellos, escepto el perro salvage que debe ser una importación, una bolsa en el bajo v ientre, particularidad que los dis
tingue de las demas especies, y en donde meten y con
ducen sus hijuelos recien nacidos. Esta bolsa tan nota
ble y maravillosa y otras cualidades del C ervo, del que bay varias especies, le hizo desde Inego un objeto de curiosidad para los naturalistas europeos.
Los Gervos son del tamaño de una oveja grande; los cuartos delanteros y la cabeza son pequeños; tienen las orejas en continuo movimiento semejante á las liebres y conejos; las manos ó patas de adelante son cortas, con las garras provistas de cinco dedos cada una; unas y otras las emplean como brazos v manos, y nunca se sir
ven de ellas para andar, escepto cuando pacen. Las pa
tas son tan largas como el cuerpo terminadas en una especie de pezuña provista de uñas agudas, y la cola es
fuerte y larga. 'Las patas de atrás y la cola son los medios de que se vale este animal, de que tenemos una muestra en la casa de las fieras del Retiro, para co rrer, ó mas bien para saltar que es lo que verdade
ramente hace.
Los habitantes de la Australasia los cazan con per
ros enseñados espresamenlc á perseguirlos y atacarlos.
Si el terreno es pantanoso, los perros no tienen probabi
lidad alguna de alcanzar su presa i pesar de su ligereza y ferocidad; el Gervo vence cuantos obstáculos le pre
senta el terreno, cruza los pantanos ó marjales, lo que no puede conseguir la jauria que le persigue, y evadién
dose de sus enemigos gana pronto las cuevas que le sir
ven de asilo. Pero si el terreno es llano, su suerte es enteramente diferente; perseguido, hostigado, no te
niendo suficiente ligereza para escapar de la furia de sus veloces enemigos, y fatigándose mucho por los continua
dos saltos, se ve obligado i pararse y hacer fren te; si tiene que lidiar con un agresor solo, le espera sentado en sus patas traseras, preparándose para cojer á su ene
migo entre las patas de adelante , que le sirven, como an
tes liemos dicho, de brazos; en esta posición se opone constantemente á su adversario, acechando la ocasión opo» - tuna de atacarle con ventaja, de tirarle por tie rra ,
y
despedazarle con las poderosas uñas que adornan sus pezu
ñas; pero estos no son aun todos los ardides de que se vale su gran sagacidad. La facultad de tenerse y andar de pies, le proporciona el hacer uso de una estratagema con que uo pocas veces consigue el fin que se propone; la des
trucción de su antagonista. Si en su persecución encuen
tra un cenagal , ó un riachuelo poco profundo, al momen
to escoge este sitio para teatro del combate; alli es don
de muestra (oda su astucia y los medios que la naturale
za le ha dudo pura su defensa; el perro, que tiene bastan
te atrevimiento para perseguirle aúnen semejante sitio, es perdido sin remedio si el resto de la jauria no le nyeídi;
el Gervo cuya talla superior le permite tener la cabeza fuera del agua, termina generalmente el combate su
mergiendo á su adversario, ahogándole con la ayuda de sus palas de aíras, con las que le tiene agarrado bajo la superficie del agua ; pero si los perros son muchos y prudentes, cualquiera que sea la arena de la pelea, to
das los probabilidades están á favor de la jauriay de los ca
zadores ; atacado por detrás al propio tiempo que por delante, le derriban con facilidad, y dan muerte sin piedad alguna. Los indígenas que le cazan y persiguen con gran empeño, le matan con azagayas, (dardo arro
jadizo de que usan los m oros) ó bien rompiéndole con uua maza los remos de detras cuando los perros con
siguen hacerle parar.
La carne de los Gervos aunque no es crasa es de bastante buen gusto , y algunos la califican de escelente y de fácil digestión; pero desgraciadamente el número de ellos ba disminuido mucho eo los cantones habitados de aquella pBrte del mundo. En ninguna época han abundado lo suficiente para ser considerados como me
dio seguro de subsistencia. Por lo deroas ningún otro ais sobre la superficie del globo, por favorecido que aya sido en otras cosas, puede presentar á las tribus errantes y holgazanas, un número tan grande de ani
males salvages para subvenir á las necesidades de una población numerosa. Las hordas de indígenas que viven de la caza, aun en los vastos campos de la América, están siempre en un estado de miseria y escasez, por to
das partes sujetos á enfermedades que disminuyen mu
cho su número , y condenados á una inferioridad gran
dísima comparados con las colonias de europeos, des
tinados á enseñarlos la verdadera condición del hombre.
L . G.
M A D R ID : IM P R E N T A D E D . TOM AS JO R D A N , ED IT O R .