En la ruta de los espantos
“Cuentos del otro sur”
En la ruta de los espantos
“Cuentos del otro sur”
Tony Labour
Diagramación: Rómel Cuevas Imágenes de interior: Rómel Cuevas
Corrección: Alex Ferreras
Contenido
Página
Agradecimientos 1
Dedicatoria 3
Prologo 5
Y nos fuimos del nidal 11
¿Quién rezará por don Mieguela? 15
La noche oscura de un día sin bikini 21
Chiga campeón 29
Con cebolla cualquiera llora 35
Enderezando mi esquina 41
En la ruta de los espantos 43
Mas creativo que hablador 47
¿¡Cansados ¡?...Noooo. 53
Las siete vidas de Currapo 57
Andrés Vilé…Optimismo a borbollón 61
Duro de matar 65
El conuco de la fe 69
Los tocones de la fe 73
Los aprietos de Amantino 77
La silueta del conformismo 85
La víspera de la carroña 89
A ocho kilómetros de la huida 93
Herederos del Sol 99
El domingo que viene 107
Agradecimientos
A Dios, sin él nada es posible.
A José Vicente Ruiz, creador de la página web NeybaRD.com, donde dimos a conocer nuestras inquietudes literarias.
A mis hermanos de VOSNEIBA.
A mi legión de FACEBOOK por sus críticas, que imprimieron en mí el entusiasmo para emprender esta apasionante aventura.
Y muy especialmente a Neyba, por permitirme compartir las vivencias de todo un pueblo y su gente.
Dedicatoria
A mis padres; Devis (Lulú), y Rafaela (Chela)
A mis tres campeones; David, Daniel y Diego.
A mi esposa Isabel
Prólogo
Tony Labour se propone inmortalizar su experiencia humana en
épocas de su infancia y juventud en Neiba, su pueblo de tierra adentro.
El novel escritor lucha por grabar en la memoria del lector el inexorable paso del tiempo, que antes que destruirlo todo, incluso la belleza --al decir de Shakespeare en algunos de sus sonetos--, lo transforma, y en ocasiones, lo sublimiza. Solo la magia de la palabra fija la vida en trozos de largo aliento y esperanza. Como escritor de ficción narrativa, es testigo de excepción de la fugacidad de los días, en sí mismo y en lo que le rodea.
Se descubre entre líneas ese tinte de nostalgia que el joven escritor siente por lo que una vez fue, y que además de verlo desvanecerse en una mirada retrospectiva a aquellos entonces, también quedó en su interior, solo que en otra dimensión. Que lo haga en sus recreaciones consciente o inconscientemente, no importa. Si no, no habría reconstruido lo que nos brinda en su colección de cuentos, con un irresistible aroma con el que únicamente es posible gozarse, gracias a las maniobras del arte de la palabra.
Y como el poeta que también lleva por dentro, Rodríguez echa una mirada a su pasado, unas veces zahorí, otras, en tono oblicuo, pero las más de las veces, con apasionado amor, en cuya maniobra artística se deleita. Registra en su discurso narrativo esas vivencias que atesoró en los estratos profundos de su vida. Amén de consignar en sus páginas, historias, estampas, costumbres, creencias y valores de su microuniverso en Neiba, se identifica sin reservas con ellos y les rinde acrisolado culto, con todo y que a veces apareciera burlarse de personajes, situaciones y episodios que narra y describe.
En la travesía que emprende a través de la palabra, Tony no solo reproduce pequeños fragmentos de paraíso de aquel origen perdido, tan venerado por grandes poetas de todos los tiempos, cuanto que igualmente sufre en la misma medida en otros que reanima; máxime, cuando ve trastornarse lo más preciado de su entorno y topografía en nombre del Dios progreso. Sin embargo, no se advierte en el cuentista el escape de ningún quejido o lamento, sino de soslayo, a partir de la forma en que dispone sus narraciones. Es de esa suerte que podemos verle “alzar vuelo” despavorido junto a las ciguas palmeras, los pájaro tacós (lamentablemente en peligro de extinción), a las rolitas ponedoras, los judíos y demás aves que una vez perdieron sus nidales. Pero también el escritor es, entre otros tantos, el cariñosamente bellaco Leoncio Ramírez, alias El Varón; lo mismo, es Geno el de Beta, Elín el de Elías, Pipío el de Ñengo, Migué Temblor;
igualmente es Currapo con sus siete vidas, Chiga Campeón y el niño Carlito con su “¡Mamá, mamá, alecuélate le lomingo!. . .”; pero
tampoco dejar de ser El Rigolón, El Tejal, el Canal Cristóbal, así como la heroica perra Biquini, muerta en desigual combate por un cocodrilo para salvarles la vida a su amo y compañeros; naturalmente, sin descontar, en absoluto, el inagotable repertorio del resto de personajes, animales y lugares a los que de igual manera intenta inmortalizar.
Empero, de todas las imágenes que guarda Labour, la que más le impactó fue la de los camiones marca Mack que transportaban a los braceros haitianos en tiempos de la temible dictablanda del Balaguer de los Doce Años, una vez terminada la zafra en los ingenios azucareros de Barahona. Los choferes que conducían semejantes vehículos (bautizados con el nombre de Catarey en honor al ingenio homónimo de Villa Altagracia en épocas de Trujillo)hacían un alto en la hidalga ciudad de Neiba, alrededor de los cuales se concentraba una apreciable cantidad de transeúntes curiosos a ambos lados de las aceras de la calle Apolinar Perdomo –sin duda, atraídos por el morbo que despierta la imagen del Otro en las personas de los haitianos-- hasta llegar a los ribetes del terror en una ocasión en que un camión cargado de gas propano estuvo a punto de estallar en la curva de Moro Matías cuando su conductor intentaba disputarse la estrecha vía con un chofer de camión “Catarey” repleto de haitianos.
El cuento titulado ‘’El domingo que viene’’, del narrador neybero Tony Labour, versa sobre la irreductible inocencia del niño Carlito. Por la fuerte carga emocional que implica, merece este párrafo aparte. Sin ningún género de dudas, la trama sentimental de este emotivo relato, gira en torno a los episodios en los que un infante de apenas cinco años se aferra a la idea de ir al cine.
Como se espera, recurre a su madre Estervina para que lo lleve a ver una película un domingo, ganado por la alegría de ver a jóvenes
“contar y dramatizar escenas de la película”, nos dice el autor, en el patio de Fidencia, donde vivían varias familias en calidad de inquilinas.
Sin embargo, esclava del trabajo, a Estervina se le hace cuesta arriba complacer a su hijo por falta de tiempo. Carlito no se rinde, sigue indetenible en su obsesión por divertirse con toda su razón, momento que su madre siempre posterga entreteniéndolo con la promesa de llevarlo un domingo que el niño nunca ve llegar.
Tan fuerte es su deseo, que, inocente al fin, no alcanza a entender el brusco y malhadado cambio de escena que de pronto le ha sobrevenido; con la diferencia de que esta vez, irónicamente, él entra en una escena como personaje dolorosamente real: la súbita muerte
de su madre; tanto así, que, cuando llega el instante en que la van a sepultar, alguien de la multitud lo levanta en brazos para que le dé el último adiós a su ser más querido. Y como si se tratase de una lucha que de repente se libra entre la inocencia y la muerte, aun así, Carlito sigue empecinado en que Estervina lo lleve al cine el domingo, al pedirle a través del cristal de la ambulancia que transporta el ataúd:
“¡Mamá, mamá, alecuélate le lomingo!”.
Finalmente, podemos sorprender en el narrador su placer en reconstruir giros y expresiones dialectales del español propias de la Región Enriquillo --en la que está enmarcado su pueblo-- y más allá. El circuito de humor, al igual que los tintes poéticos aquí, allá y acullá en las páginas de su primera obra, no dejan de estar presentes En la ruta de los espantos. . . Con estas maniobras lingüísticas y estrategias retóricas, Tony Labour se inscribe dentro de la tradición de la narrativa regional que tiene su precursor en Ángel Hernández Acosta y otros narradores de la provincia Bahoruco.
Álex Ferreras
Catedrático, lingüista, narrador, poeta, ensayista, crítico literario.
Y nos fuimos del nidal
El tractor llevaba más de medio día devorando sin compasión cuantos árboles se atravesaban en su camino. El animal de hierro puro se movía en el monte con una rabia indomable, ostentando su hegemonía sobre los indefensos bayahondales atestados de nidos, hábitat de diferentes especies de aves; furia que también hacía claudicar las esbeltas baitoas, que orondas exhibían con arrogancia sus moños de guajaca. La masacre ecológica se llevaba a cabo en nombre del progreso, con el fin de prolongar la miseria de una de las calles de
‘’Verano Largo”, más allá de donde perecían sus últimas casas.
La prepotente máquina no se conformaba con aniquilar la flora, sino que sus enormes dientes traseros escarbaban la intimidad de las cuevas de las cacatas, haciendo a los arácnidos correr despavoridos entre la maraña polvorienta, buscando refugio en las cicatrices que la sequedad había tatuado en el talud del otrora majestuoso canal Don Juan; donde sollozaban acurrucadas algunas ranas “saltacocote”, que se volvieron intermitentes de tanto cambiar de color, queriendo confundir a la mole ferrosa con su mimetismo.
Al verse amenazadas, las rolitas realizaron el escape aéreo más espectacular con destino a los laureles eternos del parque de abajo, haciendo escalas suicidas en el tendido eléctrico de alta potencia,
desafiando la ley de Ohm; en cambio, las ciguas de palma optaron por afrontar la amenaza candente que significaba pernoctar sobre los techos de zinc, mientras perpetraban su éxodo impredecible hacia las imponentes palmeras de Las Marías.
Ante el brutal e inesperado desalojo, los tacó, cuervos y judíos se vistieron de negro, no solo como símbolo de protesta, sino también enlutecidos por el destrozo de sus nidos, y el asesinato a mansalva de sus pichones; acción que no les valió de nada, pues antes del anochecer, cansados de “planear” tuvieron que emigrar rumbo a los guayacanes de Majagual y Carpintero. La sublevación de estos pájaros de negro contagió a los apacibles cocuyos, quienes encendían y apagaban sus luces, tratando de encandilar al operador de la máquina; sin embargo, los rayos solares se tragaban su débil incandescencia diurna.
El vigor del energúmeno Buldó, más la destreza incuestionable del operador, se conjugaron para materializar su exterminio faunal y floral el mismo día, cuando todavía la tarde embarraba de un rojo pálido el horizonte poniente.
La bestia destructora era un Caterpillar de dos cuchillas; una delantera con la nefasta función de arrasar; la otra en el centro para nivelar; y de ñapa, tres dientes traseros que iban sometiendo a la obediencia, cualquier tocón que se rebelase. El maquinista, un experto tractorista apodado Rockefeller, traído desde muy lejos por el gobierno con la encomienda de extender la calle San Bartolomé, loma arriba, serpenteando la sierra hasta San Juan. Más que un apodo, Rockefeller era un mote, engendrado de una analogía adulona, y el espíritu filántropo del magnate petrolero gringo; comparación ridícula por la razón de que el maquinista no pestañaba para darle un “poterromo” a cualquiera en sus juergas nocturnas montadas en las barras y cabareces, que desacreditaban los arrabales de la franja sonámbula de ‘’Verano Largo”, donde casi todo sucedía bajo el sol, y su fuego achicharrante.
Como surgidas de las cenizas, al día siguiente las escasas viviendas que escondía el monte se dejaron ver desde muy lejos, dando la impresión de que habían aterrizado de algún milagro, o emergido de los gritos mudos de una pesadilla.
¿Quién rezará por don Miguela?
De tanto suplicarle al cielo, las aguas de mayo se adelantaron, y empezaron a caer desde abril sobre la pereza de El Memiso. Las primeras lluvias fueron recibidas como una bendición divina, hasta que en los sucesivos días se hicieron tan feroces que atosigaron las rigolas que tenían tiempo sin rebosarse, deslizándose por caminos nuevos, hasta inundar las casas construidas “ras con ras” en el reducido terreno que sobraba de los conucos domésticos.
La inclemencia del temporal se ensañó con los bohíos del paraje, a tal extremo, que la población en pleno tuvo que guarecerse en la vivienda de Prieto La Lica, que estaba “montá en un altico” -no para protegerse de aluviones, si no para sosegar los insoportables calores de agosto-, el pelotón de refugiados se acomodó como pudo, para compartir sus lamentos en una interminable noche de insomnios.
El Memiso, su gente y sus casas, desde su nacimiento sin fecha habían sobrevivido a los desmanes del olvido, y padecido hasta el
delirio los desplantes de la esperanza; ahora estaban empantanados en una situación difícil, después que una creciente madrugó sobre los restrojos que dejaron las lluvias noctambulas, deslavazando planicies y allanando cerros, y se encaramó en el altico de Prieto La Lica, obligando a los acogidos a interrumpir sus plegarias, sepultados de sedimento hasta los tobillos.
Ante el ataque aéreo y terrestre de la naturaleza, y como única forma de deshumedecer su desgracia -aunque no muy convencidos-, no les quedó más remedio que aceptar la propuesta de las autoridades, de trasladarse al pueblo con sus escasas pertenencias, y algunos animales, que refunfuñaban bostezando de sueño por la mala noche diluvial; quedando El Memiso en desahucio, y sin doliente de cabecera.
Prieto La Lica, quien llevó la voz cantante entre los que no querían dejar su conuco, fue el primero en adaptarse a los placeres de su nueva vida pueblerina; tanto así, que en una de sus andanzas “dio un tropezón”, que hinchó por nueve meses una barriga ajena; de ahí que el día de San Miguel, les regaló a sus hijos grandes un hermanito de padre tocayo del santo de ese día: Miguel.
El niño empezó a crecer al lado de la madre soltera; sin embargo, la herencia de una pobreza que descalcificaba su futuro lo convirtió desde pequeño en el utility de las vecinas: les compraba y les majaba el sazón; les cargaba el agua de la pluma publica; les guayaba y les
“sacaba” el coco; les explotaba peloticas en la espalda; amanecía con ellas, para engatusar la soledad cuando los maridos se iban de juerga;
entre otros oficios con etiqueta de fémina; en aquella época, en que la igualdad se vestía de privilegio, y la equidad andaba disfrazada de utopía.
Envuelto en esa confusión genérica, y con ningún espejo devolviéndole la imagen paterna, Miguel fue adoptando ciertos ademanes gestuales que al llegar a la adolescencia le valieron a la inquisición social para cambiarle el nombre por uno que rimara con el pecado de su flacidez anatómica: Miguela; y ante la ausencia del más mínimo asomo de talente de masculinidad, secundado por la presencia visible de ciertos rasgos femeninos, de la misma forma le cambiaron el sexo, por úno equivocadamente neutro: Masculona.
Miguel, pidió perdón a su santo, y aceptó con un decoro inorgánico su cambio de estatus, encogiendo su orgullo más allá de donde pudo estercar su vergüenza. Creció todo ‘’ella’’, con su pelo terso como una
crin de caballo; desempeñándose de oficio en oficio, siempre lo más alejado posible de la albañilería, y de cualquier otro compromiso que involucrase el uso de los molleros. A lo primero que se dedicó por paga, fue a leerle la taza a concubinas despechadas y, a interpretarle la baraja a casadas despachadas. El bajo por ciento en la certeza de sus pronósticos, ´´la´´ hicieron salir desprestigiada del quehacer astral;
tanto, que nadie volvió a usar de su sortilegio ni de manera gratuita. Se retiró con la frente en alto, tanto que iba por las calles calleándose de espalda; justificándose con argumentos a su favor.
-Ellas lo que persiguen es que yo les diga lo que quieren oír; y eso no es así, los astros son los que saben- Cerrando el capítulo cósmico con un:
- ¡Buenas brujas! – Siguiendo su vuelo sin mirar atrás.
Se resignó a los incordios de su fracaso como vidente, y para no estar muy alejada de los misterios de la vida, movió cielo y tierra para engancharse como voluntaria a regalar favores fúnebres, que iban desde consolar apenados y bañar muertos, hasta colar y brindar café en los funerales. Cada vez que se moría un muerto, se hacía cargo de los fogones del duelo, y se adueñaba del dolor de los dolientes, ya no como una solución laboral, sino más bien como una vocación mágica.
De velorio en velorio, se fue haciendo experta, y subiendo de rango, hasta escalar al anhelado puesto de rezadora de novenario; logrando desde ahí la culminación de sus aspiraciones, cuando fue certificada como despachadora de muerto. Su nuevo compromiso de mediador implicaba: dirigir el ‘’rezao’’ los nueve días; adornar el altar con flores frescas, un velón grande, un crucifijo, una campana, agua bendita, ramitas de ruda, un vaso de agua y una taza de café debajo de la mesa del altar; además, hacer cumplir las reglas del oficio; y como responsabilidad principal, intermediar ante Dios para que exonere del purgatorio al difunto, no importando los pecados que haya cometido en la tierra que abandonaba, y le permita arribar al cielo sin escala en ese torrente de fuego y azufre.
Pero por más que ascendió en los menesteres litúrgicos, en lo que nunca pudo superarse fue en lo referente a su condición de género, pues para esa misma sociedad que se beneficiaba de sus honras, no pasó de ser Míguela el maricón; nadie tuvo el agrado de distinguirlo ni siquiera como el homosexual, ni mucho menos referirse a él como gay.
Lo más alto que pudo volar en el pódium social, fue que lo coronaran como el pájaro rezador.
Después de tanto esplendor, la vida empezó a trastabillar en la existencia de Miguela; el primer entuerto lo sufrió desde que los dueños de sus muertos decidieron despachar a sus finados vía las iglesias; cayéndole el desastre mayor cuando el mundo se puso grande de problemas y corto de tiempo, ideándose como alternativa los combos fúnebres exprés, para homologar los nueve días de plegaria con un ratito de oración después del entierro; llegando así la era de los ´´con tó´´.
La escasez de trabajo la obligaron a un retiro forzoso, que la hizo salir de los medios, y desaparecer de las mentes; así, ‘’chin a chin’’, Míguela y sus veladas dejaron de ser recuerdo en la memoria del pueblo.; hasta que una noche, braceando en un Cachón Seco por donde corrían las cenizas de Sodoma, una daga envuelta en una nube de machismo trágico encontró como destino final su corazón, impidiéndole latir por ella y palpitar por los demás.
Mientas agonizaba en el piso de tierra, balbució un avemaría, con más dudas que fe y con más desaliento que esperanza: ruega por nosotros pecadores…; la muerte la rozó de nuevo, no para que le contestara, sino para que supiera que estaba llegando; irrumpiendo casi al instante por las rendijas de los tabiques, antes del amén.
El legista se hizo esperar hasta que al cadáver le dolieron los huesos;
y como llegó corto de tiempo, se esforzó para economizar al máximo su dictamen, peritando una conclusión que desde ya hedía a olvido:
´´MUERTO POR OBJETO PUNZANTE´´.
La noche oscura de un día sin Bikini
La calle Luis Felipe González después de sobrevivir a los infortunios de la funeraria, y quisondear el tropezón del malecón seco, terminaba rindiéndose con resignación a los desvelos de El Rigolón, convertida en camino real; y no porque hasta ahí prefería llegar, sino, porque los únicos dos tablones carrapuchosos que conservaba el pasadero, le impedían continuar culebreando conuco aentro.
Esa facilidad de acceso convirtió al otrora canal Cristóbal, en el espacio perfecto para irse de pesca sin tener que alejarse mucho de las últimas casas con vida del pueblo. Sin embargo, cuando Baitoa Seca y Charco Largo se atestaban de viejacas, que nadie sabía de dónde venían, ni a nadie le interesaba saber; entonces, las esquinas, los billares, el liceo, el pley, la cancha, y todos los espacios donde habían más de dos Neyberos juntos, se congestionaba el ambiente de un secreto, que se convertía en un murmullo seductor, que iba aleteando de oído en oído.
Hay biajaca en Zanja Sucia, y la noche está bien dulce, para pescar con astucia, en el caño e’ las Tres Luces
En esos días El Rigolón perdía su encanto, puesto que la libertad de un viaje en grupo, a esos charcos que ondulaban al sur del sur, nadando a tientas en busca del lago, divertía más que una excursión a las cataratas del Niágara con los gastos solventados. Esos atractivos fueron los que motivaron a irse de pesca para El Cañoelengó, a la pandilla compuesta por Geno el de Beta, Elín el de Elia, Pipío el de Ñengo, Sapé el de Helena, Bobo el de Esther, y otros hijos de sus madres más.
El despertador biológico de Geno el de Beta, fue el primero en activarse, a las 2:26 a.m. cuando un cólico le mordió el intestino con la boca del estómago; se tiró a ciegas, saliendo al patio por el colgadizo,
esquivando las sillas de guano con una agilidad que envidaría cualquier malabarista, y ahí estaba Bikini dándole las buenas madrugadas con rabazos de ternura, y lista para emprender la aventura. Geno buscó la calle a través del callejón y sorprendió a la noche durmiendo a la intemperie enredada en el pajón oscuro de la mata de quenepa de la acera del frente. Tanta penumbra lo estremeció. Bikini olfateó sus recelos, y lo estimuló con dos rabazos entre tobillo y rodilla.
A Bikini le encantaban esos safaris, para pasársela jugando con el grupo, y ellos aprobaban llevarla, por sus experimentados atributos de guerrera, cazadora de iguanas, lagartos y de todo lo que se raneaba en su entorno; y de ñapa, tenía la virtud de ver más allá de los rinconcitos que la naturaleza ocultaba con suspicacia.
Anzuelo en manos, cachorro y amo, se lanzaron dándoles la espalda al mercado, a recoger a los demás pescadores, que vivían en El Tejal.
La oscuridad siguió cebando los miedos de Geno el de Beta, por lo que buscó consuelo en un tizoncito que espabilaba en la bacineta del poste de luz de Mellizo, pero la fosforescencia que se desprendía no le dio ni para pisarse su propia sombra; casi corrió hasta la Luis Felipe, leyó de reojo “Mueblería Mi Propio Esfuerzo”; entonces, lo traicionó su propio subconsciente, trayéndole a la memoria, la imagen de otro letrero que lapidaba en el anexo del negocio: “Funeraria Milagros”;
ordenó a su cabeza no mirar, ni leer. Al doblar a su diestra, divisó al grupo que lo esperaba en la “quisonda” que daba la calle, para esquivar la casa de Luis Papelón. Ahí estaban todos, excepto Pipío el de Ñengo que los esperaba más abajito en la mata de guatapaná de la vieja Llisa. Todos llegaron al punto de encuentro “por sus propios miedos”, que ahora trataban de disimular con una hombría que no les daba ni siquiera para afeitarse la inocencia.
Mientras la pandilla avanzaba, el pueblo seguía dormido detrás de ellos, con sus pobres luces amarillo-muerte; lo que aprovecharon los gatos para en medio de un concierto de maullidos, revolcarse sin pudor con las gatas decrépitas, que con la claridad del día se la daban de damiselas. Miau, miau… ¡¡¡Bikini ni los miraba! ¡¡¡... Jau, jau, jau!!!
Pipío el de Ñengo, se fue a esperarlos dos matas más adelante (una de piñón y una de güiro), para asustarlos, siendo delatado por Bikini, que se “apersonó” justo donde estaba escondido y lo trajo al grupo entre rabazos, y risas de los camaradas.
Al llegar a la mata de mango de Ciré, la tropa se detuvo para inventariar el equipaje, compuesto por herramientas, materiales de
caza y pesca, y alimentos crudos: anzuelo de dos ganchos p/p, lombrices de tierra para la carnada, dos manos de guineo
“mediamata”, una mano de dominico, una ollita “jervedora”, una nasa, un “jatico de mosquitero”, un machetico para escamar, un cuchillito para mondar, cuatro palos de fósforo, un bidón de agua de la pluma, y una tabla de bombón Cuabero.
- ¡Coño falta la sal! - Aulló Elín el de Elia, “escricajando” el silencio.
Pero eso era lo de menos.
-Allá encontramos otros grupos de pescadores con sal de sobra;
además el agua del Caño e¨ Lengó es salobre- Intervino Bobo el de Esther, a la vez que reiniciaba la caravana.
Bikini no dijo nada, ella con bombón tenía... jau, jau, jau…; y para demostrar que ella, si era un macho, levantó su pata derecha para orinarse en las arrugas del tronco de la vieja “matemango”, saliendo el
“cañito e miao” para atrás directo a bautizar los pies de Geno el de Beta, donde antes le había sacudido la manga del pantaloncito a rabazos de ternura.
Nada en la vida les daba más libertad a esos jovencitos que verse juntos, sus expresiones de satisfacción daban la impresión de que uno al lado del otro se sentía seguros, capaces de enfrentarse al mundo si era preciso, y si era necesario arriesgar su vida en caso de que cualquiera de ellos estuviese en peligro. Cruzaron haciendo equilibrio los escasos tablones que conservaba el cansado puente de El Rigolón, y de sus rostros emanó un aura de complacencia que brotaba como un capullo ahogado en un rocío. Cuestión de la edad, aquí en esta etapa de la vida, la lealtad no ha sido tentada, y solo están presentes los sentimientos sanos de la vida. Aquí, resulta fácil ser amigos.
(Dejémosle esos asuntos a Freud, y permitámosles a los muchachos que sigan su pesca).
Al pasar por Puentecita, el cielo empezó a desteñirse sobre sus casitas de tabique, empañetadas con lodo, y pintadas con cal. El “taloneo” de ocho pares de sandalias adelantó el bostezo de los ovejos que rumiaban sobre los yesos acostillados en su lanar. La tropa apuró el paso, y en unos minutos estaban tirando anzuelo en El Cañoelengó.
Transcurren horas sobre horas; lombrices van lombrices vienen… y nada, las viejacas pican, pero no caen… Optaron entonces por El Jatico, obteniendo los mismos funestos resultados… Nananina… en ese punto solo conservaban la esperanza de que la nasa por lo menos tenga en su barriga, aunque sea una hicotea ... violaron el meridiano
sin la primera escamosa en un ensarte…Y Bikini, jarta e’ bombón ¡¡ni los miraba…!! Jau, jau, jau...
Cuatro horas más tarde, cuando el sol se ladeó por completo hacia el poniente; el panorama seguía igual de gris… Mucha agua en la regola, y ninguna tilapia. La brisa salobre iba tropezando de mata en mata, aflojándoles la corteza, y de paso haciendo escala en sus labios formándoles un cartón escarchoso de resequedad, que les achicharraba las últimas reservas de saliva.
-Ahora sí, con la yuca y pasá y la batata con piogán- Refranió Sapé el de Helena, a la vez que se pasaba su dedo índice por la garganta, en una señal clara de “nos vamos con las manos vacías”.
Cansados de esperar a quien no quedó de picar, decidieron subir para el pueblo con las manos vacías, a vivir el tormento que genera la vergüenza del fracaso. Cuando ya tenían todos los enseres recogidos sintieron un “jamaqueo” sobre la mata de guama que usaron de campamento; un “jamaqueo” que hacía temblar el troco del frondoso árbol. Bikini se puso en guardia y empezó a ladrar como una fiera;
enseguida los muchachos buscaron el origen de ese tornado, hasta que sus ojos casi a la vez se toparon con la iguana más grande del iguanal; allá estaba ella tongoneándose provocadora en los confines de la guama. Bikini no cesaba. ¡Jau, jau, jau…! Los muchachos vieron en esa pájara, la oportunidad de que, si no hubo pesca, por lo menos habría caza; se motivaron y empezaron a azuzar a Bikini que ladraba desconcertada al encopetado reptil.
--Cógela Bikini ¡Cógela! ¡Bikini cógela!
Pipio el de Ñengo tomó una vara de anzuelo, y en uno de sus extremos le amarró el cuchillito de mondar con una cuerda de pescar que llevaron de repuesto, obteniendo una lanza de caza, con la que intentó malograr al bienvenido intruso…le cancanearon las rodillas, y la turbación le impidió accionar. El cuerudo animal seguía tongoneándose burlón, mirando a los muchachos uno a uno, como queriéndoles sacar algún secreto por la pupila de los ojos. El miedo volvió a infectarlos, cada poro se les convirtió en un salpullido.
Mientras Bikini seguía retando al nuevo enemigo, que desde abajo parecía un helicóptero con barriga de cuero. Insistía… ¡jau, jau,jau…!
Los chicos temblaban ante el enorme animal, que le había sacado el ánima con solo mirarlos.
El súper lagarto se percató que tenía los chicos atemorizados; a la sazón se decidió a bajar del palo, con un remeneo oscilante desde su cresta nucal hasta la punta de la cola. Bikini reculó por primera vez en
su perra vida; en cambio, cuando la iguana hizo tierra, los muchachos volvieron a reanimarse, como resultado del coraje que proporciona el miedo y dándole ánimos a la cazadora, le gritaban.
- ¡Cógela, Bikini ¡Cógela, Bikini ¡Bikini, cógela ¡¡¡ jaujau…!!!
El camaleón se plantó en tierra, fijando sus veinte dedos, haciendo pechadas aeróbicas de cuerpo entero. Cabeceó como diciendo que si.
Bikini siguió retrocediendo muy lentamente ante la majestuosidad de este reptil de casi dos metros de largo, que dirigía su mirada intrigante a los pescadorcitos. La iguana dio cuatro pasos, uno con cada pata de manera amenazante hacia Bikini, lo que obligó a los muchachos a cambiar la orden de ataque, por una retirada inmediata.
¡Bikini ven¡¡Corre Bikini¡¡Vámonos Bikini ….
El can no acató el mandato, y siguió ladrando de lejito hasta ponerse ronca; al fin empezó a retroceder, pero muy lentamente, cada vez que su energúmena contrincante daba un paso hacia delante. Cuando el lagartón se vio a orillas del agua, se sumergió bruscamente; Bikini la siguió; el pleito estaba casado, se zambulleron ambos animales enturbiando el charco; los jovencitos corrieron a la orilla a presenciar la batalla acuática entre un mamífero y un reptil…Ninguno de los dos estaba en sus aguas. Sin embargo, desde la laguna no brotó el más leve movimiento, como si se hubiese tragado a ambos contendores.
Esperaron unos segundos, con la ilusión de ver emerger triunfante a Bikini con la iguanita esa en la boca. Pero no fue así, desde El Cañoelengó brotó un mutismo escalofriante que invitaba a correr. Sin embargo, su sentido de lealtad y compañerismo no les permitieron abandonar la mascota guerrera.
¡BIKINIIIII, BIKINIIIII, BIKINIIIII, BIKINIIIIII, BIKINIIIIIIIIIIIII…!
Aunque estremecieron todos los bayahondales con su griterío, Bikini no podía escucharlos, ese pájaro igualito a una iguana se la llevó envuelta en un charco de silencio.
El cielo empezó a teñirse de nuevo., de oriente a occidente.
Chiga Campeón
La multitud presente en Las Marías se bañó de gloria para recibir al campeón de campeones. Después de haber estropeado al santiaguero Adriano-Nany-Marrero, y haberle propinado una paliza al mexicano Ricardo Arredondo, lo que más se merecía el gladiador nativo, era una bienvenida a lo Neybero. ¡Por todo lo alto! Y nada mejor que esperarlo en su piscina natural, ahí donde se pasó la niñez burlando la gravedad, rescatando tesoros convertidos en piedras, que dormitaban a los pies de palmeras que presumían de anfibias, por vivir desde su primer ayer;
mitad agua, mitad Sol…
Las hazañas del púgil en tierras extranjeras lograron un enorme impacto local, tanto así, que Verano Largo se contagió de una boxeotivitis severa, teniendo a los sambá como antídotos de desahogo. Entre los contagiados sobresalía el pupilo peso pluma, Víctor Leonel Montilla, primo del campeón, quien tenía un “scouting report” superior al de Manny Pacquiao en sus inicios, tanto dentro del cuadrilátero, como en cualquier esquina del pueblo.
Para no complicarnos, vámonos en confianza, dejemos eso de “Víctor Leonel Montilla”, y de este round en adelante hablemos de “Chiga” ….
delgado, liviano, excelente vista, un buen jab de izquierda que le permitía mantener a raya, al contrario; lo que se dice un estilista;
ningún contrincante lograba pegarle un golpe sólido…una guinea tuerta; cansaba a los peleadores que se le enfrentaban, burlándose con elegancia, bailando en sus talones como si tuvieran rueditas, todo esto en cadencia con los aplausos y las risas de complacencia de ese público que lo seguía con admiración. Era escurridizo, cuando lo sitiaban en las esquinas se resbalaba como pez bañado en mantequilla, siempre remunerado con los aplausos y los elogios de sus fans.
Todos estos atributos boxísticos, complementados con una simpatía enloquecedora fuera del ring, le valieron para ganarse el cariño y admiración de niños, jóvenes y ancianos. Cuando salía a la calle, la gente lo hacía rehén de sus pasiones, requiriéndole información sobre la vida de su primo el campeón, de su próxima pelea, de sus entrenamientos, y hasta de su vida personal; Chiga gozaba respondiendo esos cuestionamientos, en unos casos dejando repuestas a medio palo, para contestar otras que le caían de improviso. Era difícil distinguir en cuál escenario resultaba más popular, si en el cuadrilátero o en la calle; tanto así, que su forma de vestir, pronto fue objeto de imitación por los demás púgiles: camisa blanca manga larga bien desahogada; pantalón, ancho arriba, tubito abajo que casi le llegaba al tórax; unos zapatos puntiagudos, que aparentaban como si hacían mueca, combinados con unos ademanes manuales en perfecta armonía con su verborrea. Un verdadero
“SHOWMAN”.
Ante tanto esplendor, justo en el clímax de su carrera, a Chiga le llegó su primer compromiso boxístico de peso, en el cual debía enfrentar a un peleador joven, sin nada que arriesgar, con un nombre que todavía no decía nada: Javielo-el figurín-Peña, este imberbe gladiador nunca había tenido la lona de un ring profesional bajo sus pies, pero con un hambre de superación, que sobrepasaba la fama de cualquier adversario. Fue la velada más publicitada, la pelea central de esa cartelera, donde participaron grandes guerreros del deporte de los desnarigados de la casta de Charo -Laly- D’Oleo; Fidelito -Babey- Herasme; Isaac- Cuadre- Ramírez; Alberto-el Zurdo-González, entre otros. Las apuestas corrían con una gran ventaja a favor de Chiga; era cuestión de que sonara la campana, para que Javielo deambulara galloloquiando alrededor de las cuerdas, persiguiendo sin rumbo al bailarín peso pluma Chiga.
Tannnnnn.
Los dos boxeadores tomaron pose de verdaderos profesionales, asintiendo positivamente con la cabeza a las advertencias del juez. La afición se viró de inmediato, manifestando su entusiasmo por su boxeador mimado, alentándolo con un coro que hacía titiritar las estrellas que disfrutaban la pelea a través del cielo sin techo, de la cancha Jorge Noboa transformada en coliseo.
¡Chiga Campeón!
¡Javielo se judió!
¡Chiga Campeón!
¡Javielo se judió!
Ambos combatientes se toparon los guantes y se alejaron del centro del ring, mirándose a través de sus cascos protectores como si se observasen desde la cabina de una nave espacial; Chiga fue el primero en “tirar”, como para asegurarse de si las pestañas inmóviles de Javielo, eran o no postizas; Javielo contestó con un “jab” de izquierda, la masa del guante zurdo de Chiga se anticipó al golpe y lo esperó en el aire con un movimiento tan natural, que desde las gradas dio la impresión de que se espantaba una mosca. Javielo no tenía tiempo que perder, por lo que enchinchó a su oponente para hacerlo entrar en una refriega cuerpo a cuerpo, con la “malafé” de mandar al rival a “recogé peseta pa’ la lona”.
El final de esta pelea es histórico; aunque Chiga no pudo salir favorecido, aun así, siguió siendo el boxeador más admirado dentro y fuera de las ocho cuerdas; el mismo showman que permaneció informando de los pasos de su primo el campeón, que se preparaba para enfrentarse en un combate con el colombiano, Antonio Cervantes
“Kid Pambelé”: donde le favorecía más, el orgullo de sus raíces, que los vaticinios periodísticos.
Sueños después, estos púgiles culpables de tantas taquicardias en corazones de otros dueños colgaron los guantes para combatir a mano pelá, a lo Jack Veneno: sin réferi, sin empate, y sin límite de tiempo, siendo fuertemente golpeados por el uppercut más demoledor de la vida: LA REALIDAD.
Hoy que en ningún tímpano repiquetea la campana; el coro y los aplausos del público se convirtieron en un eco mudo que orbita en el pasado, buscando refugio en unas graderías, que, a golpe de tanto olvido han perdido la memoria.
Con cebolla cualquiera llora
La calle General Reyes estaba tan solitaria, que el sol aprovechó y se la cogió para él solito. Nadie osaba desafiarlo para meterse debajo de ese techo de candela pura; ni siquiera los perros realengos que desandaban esperando la noche para merodear en las frituras, se atrevían a abandonar el chin de sombra que goteaba desde los caballetes, hacia los “pretilitos” de las casas de palma, donde se hacían los dormidos, bostezando a coro para atrapar las moscas que
se cansaban de esperar en vano en los fogones vestidos de escarchas de ceniza. ¡¡ Con tanto calor y los fogones fríos!
Mientras tanto, Merieta barajaba sus dudas en su “ramaíta a cuatro jorcones sin labrar”, que luchaban para mantenerse en pie; cobijada con pencas de cocoteros, a las que los rayos del sol no le hacían caso, y seguían directos a pulverizar el piso de tierra, que languidecía de sed, y escupía salitre. Para ella, el calor era lo de menos, sus problemas superaban con creces ese calorcito viejo. Desde que Beler su marido cayó preso, por estar destilando ron clandestino sobre los pozos de petróleo que hibernaban en Charco Largo, a los ojos de Merieta se les olvidó dormir; a la boca de Merieta se le olvidó comer; y a la cabeza de Merieta se le olvidó peinarse. Hasta que un suspiro la trajo a la realidad desde ese aturdimiento, al acordarse de que….
¡¡ Beler, aunque estaba preso, comía;
que sus dos hijos, aunque estaban tristes. comían;
y que ella misma, aunque estaba sonámbula, comía!!
Pero le volvió la incertidumbre como un vértigo que le mataba la esperanza y le adormecía los anhelos, al pensar que el crédito en la pulpería le sería suspendido por tardanza de pago, y ahora más, con Beler en la chirona, y medio pueblo enterado- por supuesto también el pulpero- después que la guardia le había allanado la casa, en busca de engordar el cuerpo del delito; y aunque no encontraron más acumulo, la vergüenza la estaba fermentando.
Merieta se desdudó; despojándose de la pereza entró al único cuarto de la casa, levantó el colchón de guatas que se le desgoznó en las manos; sacó un cuaderno que había tomado la forma de los alambres del bastidor, lo dobló en dos, y para no arrepentirse salió de inmediato cuaderno en manos a desafiar el temible sol, y a rogar al colmadero.
-Ay Merieta, con cebolla cualquiera llora.
-Ay Merieta, a foetazos hasta el más guapo grita -Ay Merieta, levántate, el que necesita implora.
Salió arrastrando sus pesares; el resplandor creó en ella un espejismo ilusorio, como si a lo lejos, el meridiano estuviera inundado la “tarvia”
de una agua cristalina; sin embargo, la hostilidad de la calle se acentuó sobre sus sienes, cuando al pasar por la esquina de Gonzalito, rozó su inconsciencia con el “paluelú”, que de vivir tantos veranos en línea se estaba disecando, y ahora estaba mismito que un arenque sin huevas;
lo que deprimió mas a Merieta, sembrándole de nuevo la duda de si
volver a su ramaíta, o enfrentarse al Dios de los fiaos. Pero se recordó que…
¡¡Beler, aunque estaba preso, comía
Sus dos hijos, aunque estaban tristes, comían Y ella misma, aunque estaba sonámbula, comía.!!
Buscó la forma de autoanimarse retrotrayendo el pasado; así llegaron a su mente como folofitas las mariposas de San Juan, cuando las deshojaba a fuetazos, en esa misma calle de su infancia;
paralelamente volaron desde su moño de babonuco imágenes de cuando las golondrinas cazaban abejas, aeroplaneando sobre los colmenares de Ovidio Reyes, en aquellas tardes, en que el dolor, por ser ajeno dolía menos; y así Beler y colmadero se ausentaron de su cabeza con todo y penurias. Se acotejó aún más en el pasado, escarbando en sus olvidos de aquellas lejanías, como la vez cuando fueron traídos los postes del tendido eléctrico, que llegaron verdecitos sudando resina desde las lomas de Constanza; estaban tan fresquecitos, que se llevaron de retoños después de una semana de lluvia en el pueblo (fue la última vez que llovió días seguidos). Después que el cielo se exprimió hasta la última gota, los vecinos se arrodillaron ante ese acto de benevolencia de la naturaleza, llevándose los cogollitos de pino para plantarlos en sus casas; sobreviviendo únicamente los del jardín de la profesora Piquín, que no se cansaron de crecer, persiguiendo la luna, que coqueteaba en las alturas de la Sierra de Neyba.
Merieta tenía en su memoria muy pocas cosas agradables con que entretener su desgracia; un zarpazo la sacó violentamente de ese encantamiento, para embizcarla nuevamente de ese güiro amargo que era su realidad.
El colmado estaba rebosando de clientes, hasta en la acera había algunas mujeres esperando que otras terminaran con sus pedidos, la mayoría portando un cuaderno doblado en dos en sus manos, como si fuera su boleta de entrada al negocio. Merieta volvió a sudar frío al sentir que todas las miradas caían sobre ella, lo que le provocaba como una rasquiña de desánimo. Pero ya no había vuelta atrás. Unos segundos más y ya estaba debajo del letrero: “Colmado Los hijos de Dios”.
-Todas andamos en lo mismo- Pensó para animarse; sin embargo, no logró consolidar sus aprietos; empezó a sudar, primero las manos, los
pies, la frente. Deliberadamente ocultó su cuaderno de apuntes por debajo de su desgastada blusa, dejando a la intemperie una pareja de lágrimas, que las absorbieron su piel reseca antes de llegar a sus pómulos. Vio desde la acera cómo el colmadero rechazaba algunos cuadernos, lo que la llenó de temor. Tragó sus últimas esperanzas obligando a su garganta a lubricar en seco. Y sintiendo un alivio que la enfermaba, a Merieta se le olvidó que:
¡¡Beler, aunque estaba preso, comía
Sus dos hijos, aunque estaban tristes, comían Y ella misma, aunque estaba sonámbula, comía
Y sin decir nada, echo sus pasos huellas al revés, a desafiar el temible Sol, rumbo a su enramadita a cuatro horcones sin labrar.
!! ¡¡Ay, Merieta!!
Enderezando mi Esquina
…
- ¡Roba huevo…!
Migué Temblor descargó toda su furia de anciano, sobre la fisonomía de Babolo.
-Limpia nío! – Arremetió de nuevo, como para consolidar su acusación.
Pero el joven no se inmutó ante tan temeraria acusación, y volvió a burlarse del anciano, eso sí, de manera jocosa, solo para buscarle la boca, y hacernos reír a los compañeros que por las mañanas nos sentábamos a solearnos en el murito de la casa de Adela y Noné.
Al percatarse que el anciano iba comiéndose un pan, el muchacho le gritó…
--Mírenlo, comiendo pan vacío-
Migué Temblor, ripostó sacando un dulce de coco de uno de los bolsillos de su pantalón, y lo enseñó al público con rostro de satisfacción.
- ¿Vacío?, jumm, ¿vacío? Con duce, buen perro, lo que tú nunca a’
comío.
Entonces sí que todo el auditorio nos echamos a reír con gusto, con tanto gusto, que el aguerrido viejo explotó también con una contagiosa carcajada.
Al parecer, los años habían hecho sabio a Migué Temblor, haciéndole comprender, que decirle roba huevo y limpia nío a estos muchachos modernos no le suponía ninguna ofensa; eso era antes, cuando el fondillo de las gallinas tenía valor, no ahora, que cualquier gallinita desteñida, sin pujar demasiado pone dos huevos al día, y en ocasiones hasta con tres yemas por cascaron.
En la Ruta de los espantos
El primer camión, una bestia mecánica con motor C 76, V8; 190 HP, ficha 113; año 41; transmisión 5 x 4; 10 gomas, 10 velocidades; 8 cilindros, doble diferencial; y un apodo: CATAREY, no se hizo esperar, y apareció como un fantasma desde la cerrada curva de Moro Matías, desahogando unos bramidos que daban la certeza de que podía atravesar la media isla a llevar su carga, sin envidiarle nada a los dotes de transportador de Jason Statham.
Desde muy temprano, la calle principal empezó a llenarse de transeúntes en ambas aceras, abarcando el horizonte desde las matas
“epaloeparque”, hasta la vieja fortaleza Cambronal; el frente de Quinito era un verdadero carnavá; y fue, que la mayoría del pueblo se levantó con la fresca, no solo con la intención de cogerle delante al sol, sino también alentados por el morbo que despertaba el paso de los Catarey por su calle principal, con rumbo a los reinos del “Arcajé”, a llevar los braceros que habían finalizado su contrato de trabajo, cuando ya los ingenios no tenían más cañas para exprimir por los próximos seis meses. Ni siquiera el rally de la farándula que había tenido ocasión una semana atrás; sus lindos carros, ni mucho menos sus famosos artistas y deportistas motivó a tantos mirones a pernoctar a tan tempranas horas del día, a las habitualmente desoladas aceras. El Catarey prosiguió como lo que era, un ave de mal agüero que oculta el amargo del azúcar. Y siguió abriéndose paso calle abajo, agitando las miradas curiosas de los espectadores, hasta que su silueta se enredó
con la sombra de las caobas que despiden al pueblo camino a Estero….
……De nuevo la curva de Moro Matías…las matas “epaloeparque”
…el Catarey número dos del día…, y una enorme sombra blanca que se disputaba la estrecha carretera con el Catarey, una sombra que al acercarse se convirtió en un cilindro de gas rodante. Ninguno de los dos choferes se dignaba en cederse el paso; la carga del Catarey daba saltos que sobrepasaban la barandilla de madera, los improvisados bultos de los pasajeros que hasta ese momento llevaban debajo de sus brazos, fueron a parar a la plataforma del camión. Fue una batalla campal, el conductor de la bestia blanca se olvidó del peligro que contenía el contenido de su cilindro; entonces sucedió: El Catarey logró un suspiro, sacándole una pequeña ventaja a la bestia blanca;
entonces, fue cuando el cilindro andante trató de escaparse por la cuneta, perdiendo la estabilidad, lo que aprovechó el Catarey para escaparse y llegar solo a las uvas de Andrés Lama, mientras la bestia blanca perdía el control y amenazaba con su bomba de tiempo la seguridad de Verano Largo.
La bestia blanca seguía retorciéndose en la cuneta, tratando de reponerse, pero su esfuerzo no fue suficiente, la desgracia ya estaba en cueros… y hedía a gas. Cuando se estaba al tris de la desgracia (por algo Verano Largo tiene sus santos) …San Martín, guardián de la entrada del pueblo; de las aguas de Panzo, Don Juan y Las Marías, metió su mano con todo y escoba, obligando a la bestia blanca a recostarse a sus pies como manso corderito.
Pueblo adentro, el Catarey siguió de largo partiendo el pueblo en dos, sin despertar sospecha,; mientras los mirones de abajo seguían inocentes, sin entender por qué no se detuvo, para que los emigrantes hiciesen sus necesidades en plena vía, como era costumbre; sin presentir lo que les esperaba con cinco mil galones de GLP, buscando un tizón en los fogones del El Tanque y El Tejal, donde la lluvia es un milagro y la brisa una bendición….la gente seguía en su carnavá, desde la esquina de Quinito, hasta la fortaleza de Alcántara…
Más creativo que hablador
Una colonia de garzas blancas confundidas entre las nubes, en camino de regreso a sus bayahondales, iba empañando el azul del cielo con su pico amarillento. Aunque eran apenas las tres de la tarde, a nadie le pareció extraño el cambio de hora en el plan de vuelo de las White Nurse; a nadie, excepto a Pedro Regalao Duval (P.R.D.), que se había hecho máster en meteorología, y para él, ese éxodo adelantado era un presagio alentador de que los nueve largos meses de sequía estaban llegando a su final.
–“Ejta noche no aguanto yo el dolor en loj cayo de loj pie, ni la dolama en loj gueso”- monologó Regalao internamente, al ver pasar en alto vuelo a las migrantes. Él sabía que habitualmente las canilludas blancas, permanecían hasta casi entrada la noche haciendo equilibrio sobre el lomo de los toros de encaste en los postrero de don Alberico.
Al llegar a su casa con café como único huésped en el estómago, su esposa lo esperó con la invitación que le había hecho don Lalano Florián a una gran siembra de habichuela de todos los colores, para el
próximo lunes.
– “Uuuuú, ya ese viejo también olió la lluvia ante de caé”- Dijo don Regalao, mientras desaparejaba el burro. Y así fue, en la noche cayeron unas molliznitas, que aunque no espantaron el calor, aplacaron el polvo, convirtiéndolo en salitre. Esas jarinitas y unos cuantos chubascos en octubre, fueron suficientes para que don Lalano se preparase mentalmente para iniciar su siembra de habichuelas de
“reguío” a principios de noviembre.
La luna estaba llena de encantos, y el crepúsculo matutino la sorprendió durmiendo atravesada en las anchas calles de Verano Largo, Lalano la observó entre sumisa y esquiva, tendida como un holograma, desde el portón de su casa, a la galería del frente, cuando se dirigía al mercado a comprar los menesteres del convite, que sería en dos días.
- “’Ta llenita; esta siembra no la para nadie”- se autoanimó el viejo agricultor.
¡¡ Llegó el lunes!
Con la alegría que se recibe el año nuevo, todos los convidados hicieron presencia en el conuco, a encintar la tierra con cuatro granos por hoyo. A su llegada, cada invitado se dirigía al centro de acopio de las azadas, jigüeras, y las semillas que serían plantadas, para tomar la que le correspondía, de acuerdo con la función a desempeñar.
hoyadores a sus azadas, regadores a sus jigüeras; los tapadores no necesitaban más que sus pies para realizar su labor; y los extras, que era una batería de menores encargados de recoger los granos de habichuela, que rebeldes huían del hoyo.
Entre tanto jolgorio había una figura que se mantenía impávida, sin inmiscuirse en los relajos que se suscitaban previo al inicio formal de la siembra: Ese era don Regalao, quien había llevado su propia azada, y seleccionó él mismo al personal que lo seguiría, como regadores y tapadores.
Y al ritmo de “porái, María se va”, arrancó el convite.
Una vieja se cayóo - porái María se va De arribuna materrulo - porái María se va
y el viejo que tababajo - porái María se va
La agarró fuerte puerrculo.
Regalao seguía ausente, ni siquiera una estrofa del tema dedicado a él lo hizo partícipe.
Me dicen que la comida - porái María se va Es arroz con bacalao - porái María se va Nadie jala la rabúa - porái María se va Como el viejo Regalao.
Nadie ni nada lo hizo inmutarse, sus hechos hablaron por él; fue quien más rindió en la faena; incluso, cuando les llevaba mucha ventaja a sus seguidores, mutaba de hoyador a tapador; y con sus grandes jarretes, cubría cuatro surcos de un tirón.
Al final de la tarde se retiró sin despedirse, ni siquiera de don Lalano;
pero antes de marcharse se agachó en el fogón, tomó dos puños de ceniza tibia envueltos en una hoja de rulo, sin percatarse que se llevaba de polizones varias semillas de auyama. Con el mismo silencio como escudo, don Regalao recorrió todo el camino hacia su casa al lado de su burro, que tenía una llaga en el espinazo, que le que le impedía rebuznar. Llegó a la casa lerdo y pesadumbroso, como si arrastrara su propia lápida, y deshizo tranca por tranca el portón, para que su rocinante, no tuviera ni siquiera que levantar las uñas para entrar. Lo parqueó donde había unas sobras de yerba y se dirigió a diluir la ceniza tibia en cinco gotas de creolina, aplicando de inmediato la pócima en la molestia del adolorido jumento. El cansancio y la pena por el padecimiento de su burro, no le dejaron espacio para comerse la cena que con esmero le guardó su dama. Se fue directo a una de las pozas del patio y se bañó, yéndose de inmediato a dormir, para trasladarse temprano al monte a soltar el convaleciente animal, hasta que se recupere de la úlcera.
Pasados tres meses:
-“Ese animal tiene buena cajnadura, mañana voy a bujcalo”- y al llegar a la sabana, no veía por ningún lado al paciente en reposo, hasta que a lo lejos advirtió una mata de auyama que se le acercaba arrastrando algunas calabazas; sacó su machete en posición defensiva y rezando algunas oraciones de atrás para adelante, hasta que escuchó el
rebuznar de su burro debajo de aquel enorme bosque rodante, dedicándose de inmediato a rescatar a su animal, que siempre había sido cenizo y al quedar liberado del follaje, donde no recibía los rayos solares, apareció como un burro bayo. Por suerte, don Regalao andaba con su hacha, porque ningún cuchillo podía llegar hasta el corazón de las auyamas de esa cosecha. Eran tan grandes que cabía una cerda parida en su interior
Con estas breves letras quisimos recordar a una de las personas más creativas, más trabajadoras y más honradas de Verano Largo, injustamente, o por ignorancia, estigmatizada con sobrenombres despectivos; que, por el contrario, creemos que si don Regalao, hubiese tenido otra educación, quién sabe si esas historias de fantasía lo hubiesen llevado a la eternidad al lado de grandes figuras de la literatura mundial. Personalmente sugiero, que de ahora en adelante, en vez de decir “más jabladó que Regalao”, digamos con orgullo…
“MÁS CREATIVO QUE DON REGALAO”. En ese sentido pongo mi nombre y el de muchos amigos, que en verdad se ganan el mote de
“jabladores”, para que en lo adelante digamos, como desagravio a Don Regalao:
“más jabladó que” Tony Lulú, “más jabladó que” Rafelito Canilla, “más jabladó que” Edward Américo, “más jabladó que” Yoyo Nina, “más jabladó que” Tito Matos Florián, “más jabladó que” Willy Sunún, “más jabladó que” Víctor Polivia, “más jabladó que” Mauro Pérez; “más jabladó que” Yván Méndez Duval, “más jabladó que” María Pérez,
“más jabladó que” Leoncio; “más jabladó que” Tavo Pichicha: Aquí termino, por falta de espacio, no de jabladores.
- ¿CANSADOS? -¡¡ NOOOOOO !!…-
El reloj público dejó escapar media docena de campanazos que se tornaron eternos. Parecía como si cada repique temiese tirarse al vacío, y se empujaran el uno al otro, a un suicidio seguro desde la totuma de la pequeña torre del ayuntamiento. La espera del encendido de las nuevas luces causaba esa ansiedad tan espantosa. Por la misma razón, el parque se quedó sin vueltas, y la matiné sin taquilleros, medio pueblo se trasladó a la avenida principal desde la prima noche, a vivir con sus propios ojos el estreno de las lámparas de mercurio. Mientras esperaban, un destello de desilusión se iba apoderando de los presentes; llegando hasta el tormento cuando en las calles circundantes se encendieron las bombillas tradicionales, y pensaron que la florescencia del único metal líquido, los dejarían en yenye; -cuestión de ignorancia técnica, pues no es lo mismo subir un cut out, que esperar a que el Sol les guiñe un ojo a las fotoceldas.
Entonces cuando el astro rey le dio la gana de apagarse por completo, desde todos los postes eléctricos empezó a caer una sombra de un matiz luminoso; una sombra que transformaba el color de cualquier objeto, por otro con el verde como base cromática.
Al otro día Verano Largo durmió hasta muy tarde la resaca del progreso, dando motivos para pensar que sus moradores habían consensuado para dejárselo a los tres trabajadores encargados de recoger la basura que se generó como herencia de la bullanguería del domingo, que todavía olía a colillas y a espuma de cerveza trasnochada.
A medida que transcurría el día la ciudad iba desperezándose, mientras el metal agudo del canto de los gallos fanfarrones respondía el cantar a sus homólogos en la distancia, sin saber si eran pupilos de
traba o simples quiquiriquí de patio.
Ante tal parsimonia cotidiana, era difícil percibir quién despertaría a quién: si el pueblo a los habitantes, o los habitantes al pueblo;
confusión que quedó a la intemperie, cuando a las siete y media de la mañana, una colmena infantil y otra juvenil pintaron el preludio matutino de color kaki, que iban en picada rumbo a las escuelas primaria y secundaria.
Los barrios, bajo bostezo todavía, se deshicieron de los niños para alojarlos por medio día, a buscar el pan de la enseñanza, y como valor agregado el trigo de la alianza. Pero antes de llegar a su destino pedagógico, los párvulos perpetraban toda clase de bellaquerías, desde penetrar a tumbar quenepas al ayuntamiento, hasta usar como fuín-fuán el carretón grande de recoger la basura, depositado por los trabajadores unas horas antes en el traspatio de la residencia edil.
Mientras los futuros bachilleres, se fueron directos a fraguar su liderazgo en los grupos estudiantiles del liceo, con pequeños intervalos de perdigonazos y nubes lacrimógenas; luchas que se llevaron más allá de la malla ciclónica, a esas calles de poetas, patriotas y mártires, y a horas más oscuras que las de la docencia, a coro con fervientes consignas en cadencia con el paso doble del impulso juvenil,
- ¿CANSADOS?
-NOOOOO.
- ¿FELICES?
-¡¡SÍÍÍÍÍÍÍ!!
-A la lucha ’el pueblo -¡¡¡Nadie se cansa!!!
-A la lucha ’el pueblo -¡¡¡Nadie se cansa!!!
La avenida se llenó de gloria bajos las luces apagadas y, con el Sol en sus buenas, los estudiantes desafiaron a los de gris, al extremo que éstos tuvieron que pedir refuerzo a los muchachos de verde del capitán Berroa; y solo así, se desparpajaron con destino a los patios, con las espaldas cargadas de perdigones y con el reto de volver por la noche a encender la avenida y sus circundantes bajo las luces, no importa, sean verdes o amarillas...
¿ Cansadoooos…?