Jorge Eslava
Las estaciones
de Sol
LAS ESTACIONES DE SOL
© 2013, Jorge Eslava © De esta edición: 2013, Santillana S. A.
Av. Primavera 2160, Lima 33 - Perú
Un sello editorial de Santillana S.A., que edita en:
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Edición: Ana Loli
Ilus tra cio nes: Leslie Umezaki Diseño y diagramación: Patricia Soria
ISBN: 978-612-309-111-8
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2013-10317 Registro de Proyecto Editorial Nº 31501401300554
Primera edición: septiembre 2013 Tiraje: 3 000 ejemplares
Impreso en el Perú - Printed in Peru Metrocolor S.A.
Los Gorriones 350, Lima 9 - Perú
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma y por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la Editorial.
Ilustraciones
Leslie Umezaki
Jorge Eslava
Las estaciones
de Sol
Para mi hija Naiara,
que alumbra todas las estaciones.
Libro de Sol
I
Un misterioso libro
N
adie puede imaginar que exista un libro invisible debajo de la cama de una niña. Un libro transparente como el aire, con tapas gruesas y un montón de hojas llenecitas de dibujos y palabras.Pero está ahí, invisible, debajo de la cama de Sol.
Es muy difícil imaginar este libro, porque además es más grande que la cama y a veces más grande que el cuarto y que la casa de Sol.
Pero ahí está escondido, sin ensuciar sus páginas, sin mo-lestar a nadie, desde que ella tenía cuatro años y cada noche su papá le leía una linda historia.
Ahora Sol tiene seis años y su papá no está a su lado. Tampoco su mamá, porque su papá y su mamá volaron al cielo y desde entonces ella vive con sus abuelos.
Sol ha llegado a querer a sus abuelos tanto como a sus pa-pás, pero no les ha contado una sola palabra del libro invisible. Es el secreto más importante de su vida.
Además, jamás le creerían.
«¿Cómo va a haber un libro debajo de tu cama», diría la abuela. «Si yo barro todas las mañanas».
«¡Imposible!», exclamaría el abuelo. «¡Ningún libro está fuera de mi biblioteca».
Para qué contarles a los abuelos. Basta que Sol recuerde esos días en que su papá llegaba tarde y ella lo esperaba metida en la cama, jugando con sus muñecas.
Apenas lo escuchaba abrir la puerta, un cosquilleo reco-rría su cuerpo. Ella enseguida dejaba sus juguetes y se quedaba quietecita como una muñeca más.
El papá entraba a su cuarto y se sentaba al borde de la cama. Le daba un beso y le conversaba, mientras repasaba con el pulgar las preciosas líneas de sus cejas.
Sol se sentía feliz. La mamá entraba y se acomodaba en la cama. Bromeaban, se contaban las cosas del día. Un rato des-pués, el papá se inclinaba y buscaba debajo de la cama…
Entonces sacaba el libro invisible. Lo levantaba con es-fuerzo («pesa más que un sofá», decía) y lo ponía sobre sus pier-nas. Abría la gruesa cubierta y pasaba las páginas, sin ningún apuro, mientras leía los títulos de las historias:
—«La hija del leñador»… «Los ratones que comían hie-rro»… «El robo del tesoro soñado»…
A veces se quedaba contemplando un dibujo y lo comen-taba con su esposa y su hija. Ellas miraban donde señalaba el papá, luego se miraban entre ellas y sonreían.
El papá seguía pasando las páginas y exclamaba: «¡Esta es divertidísima!» o «Me acuerdo de esta… ¡es para morirse de miedo!», pero Sol solo sentía pasar una suave brisa.
Hasta que el papá se quedaba en una página y comenzaba a leer. Lo hacía lentamente, con una voz que hechizaba. Podía ser el vozarrón de un brujo o la vocecilla de una princesa o, si quería, el trino de un ruiseñor.
Lo demás era silencio.
En la oscuridad del cuarto aparecía un bosque encanta-do o una cueva terrible. Y a veces Sol no podía aguantarse la emoción y pegaba un chillido de susto o palmoteaba de alegría contra la cama.
Entonces el papá le pedía:
—No hagas ruido, hijita. Me tapas las letras.
Sol volvía a quedarse quieta. Solo en apariencia, porque en verdad su corazón latía cada vez más con la historia.
El papá continuaba leyendo, sin comerse una sola pala-bra del libro invisible. Sol escuchaba tan atentamente, que sus pelos amarillos se ocultaban en las sombras del cuarto y desapa-recían como una velita apagada por el viento.
II
Lágrimas amargas
C
uando los papás de Sol volaron al cielo, ella solo esperaba la noche para verlos. «Se han convertido en estrellas», le decían los abuelos.Entonces ella asomaba su cabeza por la ventana y los buscaba durante largo rato, entre tantas estrellas, sin reconocer ninguna señal de sus queridos papás.
Los abuelos la encontraban al día siguiente, acurruca-da en la silla y dormiacurruca-da con su carita pegaacurruca-da al cristal de la ventana.
Todos los días era igual. Entonces ellos la llevaban a la cama y la arropaban, pero Sol despertaba temblando y comen-zaba a llorar amargas lágrimas.
La hermosa niña estaba cada vez más triste. Pronto su piel empezó a blanquearse como la pulpa de un coco y su cabello se resecó como las fibras de un coco.
Ninguna niña quiere parecer un coco y eso la entristecía aún más.
Una noche, sus abuelos la acostaron y la acompañaron largas horas, hasta que al fin ella parecía dormir. Pero apenas la dejaron sola, quiso ir a sentarse al borde de su ventana.
«Ahora sí tengo que recibir una señal de mis papás», pensó. Con esa ilusión, intentó destaparse y salir de su cama. Pero ¡no tuvo ni una pizca de fuerzas! Estaba pálida y débil igual a una flor de jazmín.
Se quedó quietecita, como cuando esperaba a su papá. Sol sintió de pronto el mismo cosquilleo por su cuerpo. En-tonces surgió en su cabecita un pensamiento: imaginó a su mamá acomodada a su lado y a su papá sentado al borde de la cama, rebuscando debajo, con los brazos metidos entre sus piernas…
Lo que vino después fue asombroso. ¡Jamás has visto ni verás nada parecido!
La cama empezó primero a crujir, como las ra-mas de un árbol en una noche de viento. Luego la cama hizo leves movimientos…
La niña se acurrucó espanta-da. Cubrió con la manta todo su cuerpo y esperó casi sin moverse, aunque temblaba más que una hojita. Sintió que debajo de ella había algo enorme que se mo-vía…
Pegó más su oreja al col-chón, aguantó el aliento y trató de escuchar.
—¡Claro! —se
dijo con voz dulce—. ¡Es
Se destapó de un tirón. Cuál no sería su asombro al notar que ya no temblaba.
Se sentó en la cama. Con los ojos cerrados se repitió va-rias veces: «Esta es la señal que esperaba de mis papás»… «Esta es la señal que esperaba de mis papás»…
Al cabo de unos segundos abrió los ojos. Pero fue como si no los hubiera abierto, porque en su cuarto la noche seguía tan oscura como antes: la puerta daba a un pasillo apagado, sus muñecas estaban más negras que una sombra y por la ventana no entraba ni un hilo de luz.
Podría decirse que ahí nada había cambiado, de no ser por el blando crujido que continuaba saliendo de abajo.
Solo ella podía averiguarlo. Se reclinó a un lado de la cama, estiró sus dedos hasta sujetarse del borde y tiró despacio. Su cuerpo avanzó lentamente. Primero fueron sus pelos que se despegaron de las sábanas, enseguida su nariz… su boca…
Cuando tuvo el mentón afuera de la cama y su cabeza colgaba como un racimo de uvas, Sol sonrió como hacía tiem-po no lo hacía y sus mejillas recuperaron de pronto el suave rosado del pasado.
Sea porque quiso recoger algo o sea por algún otro miste-rioso motivo, Sol extendió sus brazos y avanzó un trecho más. Y otro más… hasta que no pudo impedir que el peso de su cuerpecito la venciera…
—¡YUMMMM! —gritó ella.