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LAWRENCE DE ARABIA Y LAS HIJAS DEL TRUENO FRAGMENTO PROMOCIONAL

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LAWRENCE DE ARABIA

Y LAS HIJAS DEL TRUENO

FRAGMENTO

PROMOCIONAL

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T . E . L A W R E N C E

I n t ro d u cc i ó n d e S te ve W i l s o n

LAWRENCE DE ARABIA

Y LAS HIJAS DEL TRUENO

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© 2015 de la selección, edición y notas, Iván Montes © 2015 de la introducción, Steve Wilson

© 2015 de la traducción, I. M. Gálvez y P. Canto © 2015 de la presente edición, Macadán Libros Apdo. de Correos 13 - 18200 Granada

Un libro escrito por Thomas Edward Lawrence Edición al cuidado de Paz Guerra

Agradecimientos a The Trustees of The Seven Pillars of Wisdom Fund, The T. E. Lawrence Society, y The T. E. Lawrence Studies

Diseño de Macadán Libros y Estudio Squembri Imprime Gráficas Alhambra

Printed in Spain

ISBN: 978-84-941297-5-9 Depósito legal: GR 243-2015

Este libro no podrá ser reproducido ni total ni parcialmente sin el permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Macadán Libros, en su deseo de mejorar sus publicaciones, agradecerá cualquier sugerencia que los lectores hagan al correo electrónico de la editorial: [email protected]

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Índice

Nota del editor, 9 — Introducción, 11

Parte I, 29 — Parte II, 79 — Parte III, 129

Lista de destinatarios y otros textos, 201

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9 La presente antología pretende mostrar, de una vez por todas y con dimensión literaria, el perfil más atípico del siempre extraor-dinario y fascinante Thomas Edward Lawrence: el de motorista; y hacerlo a través de las propias palabras del autor de Los siete pilares de la sabiduría.

La vida de posguerra de T. E. Lawrence no giró en torno a las motos (sus obsesiones y renuncias, su escapismo del mundo, sus libros, su escritura, y su trabajo como mecánico, son los temas principales de estas cartas escritas entre su ingreso en la Real Fuerza Aérea en 1922 y el accidente de moto que segó su vida en mayo de 1935); sin embargo, las motocicletas fueron su bálsamo, y un vehículo amado y de enorme valor para él. El lector descubrirá en estas 85 cartas cuidadosamente seleccionadas, el rastro de una pasión conocida pero no por ello menos insólita, a la que Lawrence supo dedicar un pequeño espacio en la correspondencia con su amplio círculo de amistades —entre las cuales, hay que decirlo, había pocos entusiastas de la velocidad y la carretera—. Así, sus motos, las Brough Superior, sus magníficas Boanerges, dejan en estas páginas las huellas que nos permiten aproximarnos a una de las facetas más singulares del siempre indescifrable TEL.

A estas cartas se suma Profesión de fe, un poema futurista escrito hacia 1928, y el relato La carretera, publicado por primera vez bajo el título Ramping en el Journal of the Royal Air Force College, en la primavera de 1931, y finalmente incluido dentro de su obra póstuma El troquel. La carretera formaba parte de una serie

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T. E. Lawrence ha llegado a convertirse en la víctima más fa-mosa de un accidente de moto. Sin embargo, los hechos acerca del fatal suceso permanecen aún teñidos de misterio.

El accidente que acabó con su vida ocurrió el 13 de mayo de 1935. Lawrence regresaba de dar una vuelta por Bovington Camp, Dorset, y se dirigía hacia Clouds Hill, su pequeña casita próxima a Wareham. Se piensa que perdió el control de la moto al girar bruscamente tratando de esquivar a dos chicos que iban en bicicleta, Frank Fletcher y su amigo, quienes pedaleaban en el mismo sentido de Lawrence. El amigo de Fletcher, Albert Hargreaves, cayó al suelo y terminó inconsciente en un hospital.

No obstante, en la investigación de los hechos, un testigo, el cabo Catchpole, habló acerca de un coche negro que se apro-ximaba a Lawrence en dirección opuesta y que pasó a su lado justo un segundo antes del accidente. Pero, en este punto, el cambio de rasante de la carretera impidió al testigo ver si el coche tuvo implicación en el accidente. Los chicos, confun-didos, tampoco lo recordaban, y el conductor nunca se detuvo ni se dio a conocer.

El viraje hacia el fin

Introducción, por Steve Wilson

Una máquina es como un desierto: fascina y espanta. —Wilfrid Noyce

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Thomas Edward Lawrence fue el último héroe de Gran Bretaña y el primer mártir de la carretera. «Su droga fue la velocidad —observó un amigo suyo—, y le costó la vida».

Demasiado rápido para vivir, tal vez; pero no demasiado joven para morir. Cuando sufrió el fatal accidente, Lawrence tenía cuarenta y seis años, la vista le fallaba y estaba un poco sordo. Acababa de salir de su refugio en la RAF, donde había ingre-sado como cabo con el nombre de T. E. Shaw, soldado número 338.171. Alimentaba, por lo visto, «el propósito de ser aviador de ínfimo grado y que le dejasen disfrutar de su moto», escribió Robert Graves en su biografía Lawrence y los árabes. Años antes, en agosto 1922, convencido de que después de «engañar» a los árabes él no era sino un héroe de pacotilla, se había alistado bajo la falsa identidad de John Hume Ross, soldado n.º 352.087, en un retorcido juego del escondite para escapar del estigma personal y del engorro particular del romántico título de «Lawrence de Arabia»; y también, en parte, «para volverme un inútil, un ser inservible», según sus propias palabras. Al explicar su retiro en el anonimato relativo de la filas de la RAF a su amigo el escritor George Bernard Shaw (GBS), le había confesado en una carta: «Interiormente estoy desecho, y no quiero parecer próspero ni serlo mientras sea consciente de ello.» Tal vez el accidente mortal ocurrió en un momento en que el sentimiento interior y la naturaleza exterior cohesionaban. Lawrence se convirtió en una leyenda en vida, pero era un hombre muy reservado. A pesar de los cientos de miles de palabras que se han escrito sobre él, T. E., así le llamaban sus amigos, sigue siendo un enigma.

Como a la mayoría de las personas de mi generación, fue la película épica de David Lean la que me acercó al legendario Lawrence de Arabia (a quien irreverentemente todos nos refe-ríamos como «Florencio de Belgravia»). En los primeros pases

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en Leicester Square, durante el crudo invierno de 1962, no faltaron los momentos cómicos. Como cuando el encargado del cine hizo subir la calefacción a tope justo antes del descanso, mientras aparecían brillantes imágenes del desierto en la pantalla. Los espectadores, sofocados, terminaron con todas las existencias de helados y refrescos del bar. Pero nosotros ya habíamos quedado marcados por la secuencia inicial de la pelí-cula, el accidente, con aquel efecto final de las gafas colgando de la rama de un arbusto. No importaba que la moto utilizada en la escena mostrara de forma errónea la matrícula UL 656, que era la placa de la anterior Brough Superior de Lawrence, la misma que le había regalado Bernard Shaw. En 1958, su montura final, matrícula GW 2275, había sido descubierta bajo una lona en el jardín trasero de una casita de Fareham, y fue comprada por una libra antes de ser sometida a una restauración primorosa.

Sin embargo, Lawrence fue algo mucho más grande que el soldado de fortuna que hemos visto en las películas o el excep-cional motorista que apenas conocemos. Era una autoridad en historia de las Cruzadas y en Arqueología, y un experto en Historia Militar bien versado en la tradición de las guerras de guerrillas y en las operaciones de Inteligencia. Escribió poesía y ensayo (a menudo solicitando expresamente que su nombre no apareciera en la obra publicada), tradujo del griego y del francés, y durante un tiempo hizo reseñas literarias para un semanario británico. Mediante sus esfuerzos en la edición de sus libros, Lawrence descubrió su profundo amor por la imprenta, y esperaba poder establecer su propio taller de impresión una vez abandonara la vida militar.

¿Qué era lo que movía a Lawrence, tanto en las carreteras como en las filas del ejército? La sociedad más convencional le había dado la espalda en lo personal, como reacción al estigma

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de su ilegitimidad (su padre, un aristócrata anglo-irlandés, abandonó a su familia para marcharse con la institutriz que al poco sería madre de Lawrence); y en lo político, tras la guerra, con la perfidia de los Gobiernos británico y francés hacia sus amigos los árabes, cuya causa Lawrence había abrazado de todo corazón, hasta niveles imprudentes. Desilusionado, renunció a las condecoraciones, renunció al grado de teniente coronel del ejército británico y a su pensión correspondiente, y se retiró a escribir un libro sobre sus experiencias: Los siete pilares de la sabiduría, obra que se imprimiría por primera vez, íntegra y en edición privada, en 1922, año en que Lawrence comenzaba una nueva vida como soldado raso en la RAF.

Crecido en un remolino de natura versus nurtura que le haría cargar de por vida con una profunda infelicidad, Lawrence reprimió su sexualidad, la consideró una pasión baja e impura, y frecuentó el masoquismo. Por todo ello, además de por los imposibles altos ideales y reglas que se impuso, Lawrence era un personaje atormentado, constantemente decepcionado, y también, por supuesto, un rebelde y un alma melancólica, aquel que escribiría: «En la velocidad nos lanzamos más allá de nuestro cuerpo».

Él mismo fue una paradoja, posiblemente debido a que su personalidad, de una complejidad exasperante, era, a un nivel funcional, pura incoherencia, y a veces le hacía mostrarse a ojos de los demás en un movimiento pendular entre la jactancia y la modestia. Pese a ello, como apuntaba su amigo el distinguido militar Basil Liddell Hart, «a la fuerza, todos los que vivieron en estrecho contacto con él han dado testimonio de su personalidad». David Stirling, fundador del Special Air Service británico, le atribuyó «el poder de sondear las mentes de los hombres y descubrir los manantiales de sus acciones».

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No quiso usted quedarse tranquilo, y ahora no tendrá más remedio que ser Lawrence hasta el fin de sus días y hasta el fin de lo que llamamos la historia Moderna. Lawrence será para usted un clavo tan incómodo como lo es para mí a veces GBS, o como fue para Frankenstein el hombre que fabricó; pero usted lo ha creado y tendrá que arreglárselas con él lo mejor que pueda.

—George Bernard Shaw

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201 Acres, J. B., 92 Astor, Lady, 150, 162, 169, 197 Bell, Gertrude, 61 Bradbury, W., 175 Bridges, Robert, 70 Brook, W. H., 149 Brough, George, 100, 101, 163, 194 Buchan, John, 73, 76 Buxton, R. V., 33, 60, 71, 155 Chambers, A. E., 69 Cockerell, Sydney, 90 Curtis, Lionel, 50, 53, 89, 179 Deheer, Ian, 196 Desconocido, un piloto, 159 Ede, H. S., 192 Forster, E. M., 65, 96, 132 Garnett, Edward, 32, 40, 48, 49, 74, 94, 106 Graves, Robert, 184 Greenwood, C. J., 171 Hardy, Mrs., 98, 103 Hayter, H. G., 145 Hogarth, D. G., 46, 56, 109 Isham, Ralph, 115 Kennington, Eric, 182 Knowles, Arthur, 154 Knowles, Dick, 102, 104, 113, 119, 122, 160 Knowles, Pat, 191 Liddell Hart, Basil,157 Lucas, F. L., 133 Marsh, Edward, 144 Marshall, K. W., 173 Newcombe, Coronel S. F., 164 Newcombe, S. L., 93, 112, 167, 172 Norrington, Lorna, 190 Palmer, E., 81, 84, 88 Rolls, S. C., 156 Sassoon, sir Philip, 168 Scott, Lady, 42

Shaw, Bernard, 35, 38, 61 Snagge, Capitán, 152 Sydney Smith, Clare, 154 Thurtle, Ernest, 141

Trenchard, sir Hugh, 44, 147 Warner, Richard, 165 Williamson, Henry, 198

LISTA DE DESTINATARIOS

La carretera, 136 Profesión de fe, 127 Un informe, 177

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T. E. Lawrence se ganó el sobrenombre «de Arabia» liderando a las tribus árabes en su lucha contra el dominio turco. Aquel triunfo lo convertía en un mito viviente. Finalizada la guerra, y desencantado tras el reparto aliado de Oriente Próximo, T. E. renunció a su grado de coronel del ejército y se ocultó como soldado raso en las filas de la Real Fuerza Aérea; corría el año 1922, había escrito un libro y compraba su primera moto, a la que llamó Boanerges: la Hija del Trueno. Mudaba así de piel, y comenzaba una nueva vida en la que la literatura y las motocicletas cimentaban su existencia.

Su relación con las motos, con altas personalidades y grandes literatos, la gestación de Los siete pilares de la sabiduría en sus varias versiones, sus lecturas, sus temores y anhelos, constituyen el grueso de estas cartas escritas entre 1922 y 1935, año en que fallecía víctima de su pasión por la velocidad.

«En la velocidad nos lanzamos más allá de nuestro cuerpo». T. E. Lawrence

Referencias

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