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Participación visible y equitativa de las mujeres en la Iglesia.
Silvia Martínez Cano
Licenciada en Teología Fundamental, Doctora en Educación Semana de Pastoral
La cuestión de las mujeres en la iglesia es un tema ampliamente debatido en distintos foros eclesiales. Sin embargo, en los últimos años hemos pasado de hablar de “la mujer en la iglesia” a la “participación de las mujeres en la Iglesia”. Y creo que este matiz es importante, porque nos aproxima más a la demanda, de las mujeres creyentes, de ser visibilizadas y, a la vez, deja claro cuáles son los obstáculos en el «discipulado de iguales»1 que Jesús propuso a sus seguidores. En esta década, se nos brinda la posibilidad de soñar una iglesia con nuevas relaciones donde la filiación como hijas e hijos de Dios nos lleva a debatir como comprendemos la hermandad en igualdad de dignidades. Por lo tanto, una igualdad en tareas, responsabilidades y liderazgos eclesiales. Esto significa una nueva forma de entendernos como hermanas y hermanos, y una nueva organización eclesial que sea signo del amor dinámico y creativo de Dios en el mundo.
En el fondo, está en juego la implicación personal de cada uno en su comunidad cristiana, para que ésta muestre el carácter ontológicamente justo y misericordioso del Evangelio siendo sacramento visible del hoy. Cada comunidad local debe ejercer un liderazgo activo, que emocionen y motiven a otros a la participación en la mesa del Reino y la transformación del mundo. Es inevitable, por tanto, dar espacio tanto a hombres como a mujeres para que lo ejerciten con independencia de su género. Es decir, que hay una necesidad de justicia y de construcción de espacios de reciprocidad amorosa en el interior comunitario y eso nos invita a revisar las formas y estructuras con las que intervenimos en el mundo.
La principal demanda que realizan las mujeres cristianas con respecto a sus iglesias es todavía la igualdad dentro de la propia iglesia. En el mundo católico, aún no hemos llegado ni tan siquiera a lo que Francisco llama la “unidad en la diversidad”, sino que seguimos sin aplicar el principio conciliar del diálogo intraeclesial como base del
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crecimiento de la comunidad. Por ahora, esta igualdad se da muy puntualmente, porque no se ha tocado el principal problema que la bloquea que es la estructura eclesial abanderada sólo por los varones célibes. En ella, radica una comprensión de diferentes dignidades entre hombres y mujeres, y entre clero y laicos, que hay que abordar como uno de los retos principales de este siglo.
Dificultades del hoy
Desde mi perspectiva, encuentro otras dos dificultades que pueden paralizar los cambios que Francisco propone y otros que van más allá, y que afectan directamente a las mujeres creyentes.
La primera es la idea presente en una gran parte de la jerarquía católica y de algunos hombres creyentes de que «debe haber más participación de las mujeres en la Iglesia». Hay que puntualizar que la gran mayoría de creyentes activos y comprometidos en labores de Iglesia son mujeres. Las mujeres «ya» participan en la Iglesia católica, pero no se las ve. Las labores de catequesis (¡¡el 83,7% de catequistas en la diócesis de Madrid son mujeres!!) y cuidado de la comunidad, de Cáritas y de otras instituciones... recaen frecuentemente en las mujeres, presentes en la construcción cotidiana de la Iglesia. No necesitan ser «reinsertadas» en la Iglesia, pues ya son Iglesia. Lo que necesitan es que se reconozca esta labor y se cuente con sus criterios e intuiciones, se les confíe la organización en los momentos que sea necesario y formen parte de los grupos de reflexión y decisión de la Iglesia. El reto está más allá del debate sobre el diaconado o sacerdocio femenino, punta del iceberg de una problemática mayor. Está en una revisión profunda de la antropología cristiana y sus consecuencias en las relaciones entre hombres y mujeres creyentes2. El trabajo conjunto, como ya se ha atrevido a hacer real Francisco, no nos debilita ni empobrece, sino que nos hace más creativos y capaces en el Amor de Dios.
Es necesario, por tanto, abandonar el pensamiento de «inserción o concesión» de las mujeres, ya que sitúa a las mujeres en la periferia y monopoliza el poder desde lo masculino. Y así, pensar desde un reparto de poder equitativo, en las tareas y
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responsabilidades, reformulando las relaciones entre hombres y mujeres y posibilitando la reflexión teológica sobre el sacerdocio común de los y las creyentes3.
La cuestión no está en la «participación en la Iglesia», sino en una gestión eclesial compartida, equilibrada, donde los hombres y mujeres sean escuchados y participen en las decisiones que se toman, formando parte de comunidades y diócesis. Se trata de estimar y querer al otro por lo que tiene que aportar y dejarle actuar para que sea posible. Es decir, una construcción de una eclesiología de comunión comprometida (una comunidad ecológica integral, LS 137-162) en la línea que apuntaba el concilio, pero teniendo en cuenta la realidad del siglo XXI en la “saludable descentralización” a la que apunta Francisco (EG 16).
El segundo planteamiento erróneo, a mi modo de ver, es la idea de que es necesaria «una teología de la mujer» en el ámbito católico. Hace tiempo que las mujeres creyentes llevamos reflexionando sobre Dios dentro del ámbito católico. En los años del posconcilio (años 60-70) se comienza a escribir desde una profunda reflexión hermenéutica de los textos de la Escritura sobre las mujeres y su experiencia de Dios. Teólogas como Mary Daly y Rose Mary R. Ruether en Estados Unidos, Catharina Halkes en Centroeuropa o Kari Borresen en Norteuropa, Ivone Gebara en Brasil, Elsa Tamez en Méjico, Dolores Aleixandre, Mª José Arana e Isabel Gómez-Acebo en España llevan 50 años escribiendo desde perspectivas y desarrollos teológicos diferentes. Existen asociaciones de teólogas en distintos lugares del mundo desde los años 80, por ejemplo la ESWTR4 (que es ecuménica e interreligiosa) o la Asociación de Teólogas Españolas (ATE)5 y otras en diferentes países. ¿Cómo es posible que se hable de la necesidad de una «teología de la mujer» todavía si ya existe? Puntualizo dos cuestiones. En primer lugar, me resulta asombroso ver que Francisco, cuando habla de la «Teología del Pueblo», distingue entre las distintas particularidades de las culturas para comprender la experiencia cristiana, y no distingue que dentro de una misma cultura hay distintas comprensiones entre personas de una etnia u otra, entre generaciones distintas, y también entre hombre y mujeres. Pese a que en el Vaticano II se rechazó las
3 Junkal, Guevara, “Todo el pasado se quiere apoderar de mi, y yo me quiero apoderar del futuro”, Sal Terrae nº 1212 (junio/2016), 515-528, aquí 521.
4 Asociación Europea de mujeres en investigaciones Teológicasº (http://www.eswtr.org/es/ ) 5 La ATE es asociación en España desde 1992 (www.asociaciondeteologas.org)
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discriminaciones por razón de sexo (GS 29), y se defendió la igualdad en el trabajo (GS 34), en la familia (GS 49) y la participación igualitaria en el apostolado (AA 9), en la práctica no hay cambios eclesiales para las mujeres, por ahora.
En segundo lugar, cuando se habla de «teología de la mujer» ¿de qué se habla? La teología de la mujer no se define por la autoría femenina de la misma o por la reflexión teorizada o esencialista sobre la mujer. Hay teología hechas por mujeres que reproducen los modelos, pensamientos y conceptos teológicos masculinos y patriarcales. Hay otras teologías que se desmarcan de este continuismo preconciliar preocupándose de una reflexión encarnada en las experiencias de las mujeres y los sujetos sufrientes y sometidos. Éstas, son las llamadas las teologías feministas, hechas por mujeres y por hombres, y hacen teología con el deseo de mejorar la vida de las mujeres en general y de los y las oprimidas en particular.
No se trata de hacer una teología del genitivo, o sea, «teología de o sobre la mujer». Tampoco reafirmar lo femenino en la teología. No necesitamos teologías desencarnadas. Se trata de dar cauces a las mujeres con su propia cultura y sus propias experiencias para que puedan construir y expresar su vivencia de Dios y puedan empoderarse a través de Jesucristo en el contexto histórico que cada una habita.
Por eso, debemos hablar de «teologías» de las mujeres en plural, ya que no es lo mismo, por ejemplo, la teología ecofeminista de Ivone Gebara6 que la teología coreana de las “minjung dentro de los minjung” de Chung Hyun Hyung7. Las teólogas exploran las situaciones y matices de la vida de las mujeres en distintos lugares, y tratan de sintetizar cuál es la experiencia liberadora que experimentan las mujeres, acompañadas por Dios, frente a la injusticia, el sufrimiento o la opresión. La crítica a los modelos patriarcales, ha ido acompañada de propuestas teológicas y otros lenguajes y narrativas que dan y pueden dar luz a muchas personas en el mundo.
Muchas teólogas católicas reivindican el camino que ya se ha hecho, para que se tenga en cuenta en este momento eclesial. Sería deseable que en el nuevo modelo de “unidad
6 Ivone Gebara, Longing For Running Water: Ecofeminism And Liberation (Minneapolis: Augsburg
Fortress Press, 1999). Ivone Gebara, Intuiciones ecofeministas: ensayo para pensar el conocimiento y la religión (Madrid: Trotta, 2000).
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en la diversidad” que propone Francisco tuviera en cuenta los muchos descubrimientos hechos ya por las mujeres creyentes.
Propuestas para el hoy
Tomar de punto de partida esta experiencia religiosa participada de las mujeres nos hace retomar la propuesta del concilio Vaticano II y seguir reflexionado y actuando. Desde un hoy en reforma, me atrevo – las mujeres creyentes nos atrevemos - a esbozar lugares de presencia de la acción de la comunidad cristiana como semilla del Reino.
Para ello debemos afrontar una serie de retos como comunidades creyentes. Los voy a dividir en tres ámbitos de implicación: los retos teológicos, los retos eclesiales y los retos sociales.
A. Retos teológicos.
La pluralidad que se va imponiendo en este siglo nos propone una mirada múltiple a la hora de afrontar el trabajo de la teología cristiana: hablar de Dios en relación a este mundo. Las experiencias diversas de las comunidades invitan a una revisión de la reflexión teológica y sus categorías tal cual se hacía hasta ahora, y explorar nuevos accesos con sus propios códigos y registros para comprender y hablar del encuentro con Dios. Para ello, propongo una serie de principios como criterios de este trabajo renovador:
1. Principio de autonomía. Hasta ahora la minoría de edad eclesial limitaba a gran cantidad de fieles que no se sentían con voz para pensar y actuar. Potenciar la autonomía en las comunidades cristianas supone ser capaces de crear, innovar en reflexiones y en vivencias para que la fe fluya y esté viva. Para ello lo primero es aprender a confiar en lo potencial y no sólo en lo real (o lo que ya teníamos), teniendo siempre presente la energía de la comunidad cristiana implicada y viva, y las posibilidades que se nos brindan para construir el Reino. En lo potencial están creciendo las visiones de Dios de la futura comunidad cristiana. Y segundo, ejercitar la labor de
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cuidar y favorecer su desarrollo va a contribuir a una nueva red de articulaciones sobre la experiencia de Dios8.
2. Principio de integridad de la fe. Por un lado, dotar de coherencia holística a la experiencia religiosa, favoreciendo una vivencia de la Trinidad económica que dota de libertad en el amor y no de sometimiento a la autoridad. Algunas teólogas proponen situarnos en la libertad de la complicidad con Dios9 que deja fluir su amor en cada uno de los compromisos que la persona libremente acepta. Por otro lado, incorporar la alteridad como modelo trinitario de comunión10.
3. Principio de pluralidad. Las creyentes proponen para el nuevo milenio propiciar una cultura de pensamiento creativo en el ámbito teológico. Eso quiere decir que potenciar el trabajo comunitario de investigación sobre Dios, amplia la visión y mejora el conocimiento profundo de la verdad salvífica11 repercutiendo en la vida de fe de la comunidad. Se trata de incorporar a los métodos compilatorios y sintéticos tradicionales otros como los métodos relacionales o narrativos (más creativos y colectivos) recuperándolos de la marginalidad teológica actual. Así, se crean redes con la hermenéutica tradicional, multiplicando nuestra capacidad de hablar de Dios y de sentir a Dios, sin imponer un solo camino.
4. Principio de tolerancia. Es, por tanto, necesario un diálogo intraeclesial, donde las múltiples visiones tanto eclesiológicas como teológicas de la experiencia de Dios se relacionen en armonía, se toleren y se enriquezcan unas a otras. Las creyentes apuestan por construir un diálogo teológico, entre diferentes corrientes eclesiales y teológicas, que pueda favorecer el entendimiento y el respeto por accesos a Dios alternativos12.
8 Silvia Martínez Cano, “Teología, creación y creatividad”, en Carlos García de Andoín (dir.), Tiempo de disenso. Creer, pensar, crear, Tirant Humanidades, Valencia 2013, 301-329, aquí 316.
9 Trinidad León, “El Dios relacional. El encuentro y la elusividad de un Dios comunicativo”, en Isabel
Gómez-Acebo (ed.), Así vemos a Dios, Desclée de Brouwer, Bilba 2001, pp. 163-239, aquí 166.
10 Erico Hammes, “Triunidad divina versus autoritarismo”, en Concilium 332, septiembre 2009, pp.
83-94, aquí 87-88.
11 Martínez Cano, Teología… Op. Cit., p. 317.
12 Cfr. Elisabeth A. Johnson, La búsqueda de Dios vivo. Trazar las fronteras de la teología de Dios, Sal
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5. Principio de inculturación. Es necesario revisar las categorías filosóficas que utilizamos para referirnos al mundo, a la creación y al ser humano. También es necesaria una revisión de la antropología teológica clásica, causa, por su descontextualización, de muchos de los problemas prácticos eclesiales entre hombres, mujeres y mundo13. No debe dar miedo al pensamiento crítico y alternativo. Es necesario un cuestionamiento de los lenguajes y comprensiones con las que nos dirigimos al mundo. Pero también una generación de lenguajes entendibles, una inculturación de lenguajes14, entre fe-cultura (categorías culturales, transculturales y microculturales) que descolonice15 el mundo de la perspectiva centralista europea, entre
fe-cuerpo que recupera su potencial salvador16, entre fe-universo que recupere una sabiduría ecológica (Ecosofía)17 que nos permite entendernos como criaturas de Dios en un mundo en proceso de sanación18. Compasión creativa y creciente en justicia.
6. Vivencia desde la mística. Una mística de sanación de las identidades, de los cuerpos, de los que sufren, en especial de las mujeres. Ellas con su resiliencia y su empoderamiento pueden sanar la vida de la Iglesia desde sus experiencias de ser salvadas por Jesús en la dificultad19. Ellas han sido verdaderas buscadoras de Dios entre normas y dogmas que se alejaban de la relación íntima del encuentro interior. La mística se arriesga en caminos interiores personales que se entrecruzan en lo comunitario y nos convierte la mirada y los sentidos para tiempos más humanos20.
13 Luis Correa Lima, “Lenguaje de creación y género”, en Concilium 347, septiembre 2012, pp. 53-64,
aquí 59.
14 Lucía Ramón, Queremos el pan y las rosas, HOAC, Madrid 2001, p. 175
15 Enrique Dussel, “Descolonización epistemológica de la teología”, en Concilium 350 abril 2013, pp.
23-34, aquí 32-34.
16 Mayra Rivera, “Carne del mundo, corporeidad en relación”, en Concilium 350, pp. 59-72. Cfr. Mayra
Rivera, “Teología y corporalidad en el siglo veintiuno”, conferencia en la Cátedra de Teología Feminista, Universidad Iberoamericana, México 14 enero 2013, recuperado de
https://mayrarivera.com/files/mayrarivera/files/05_teologia_y_corporalidad_en_el_siglo_veintiuno.pdf
17 Heather Eaton, “La creación: Dios, los seres humanos y el mundo natural”, en Concilium 347,
septiembre 2012, pp. 65-78, aquí 67.
18 Ramón, Queremos…, Op. Cit., p. 214-215.
19 Mª Carmen Martín Gavillero, Mujeres en el siglo XXI, Sal Terrae, Santander 2010, p. 88-89. 20 Íbid., p. 146.
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B. Retos eclesiales.
La clave para dar pasos hacia una eclesialidad renovada para hombres, pero también para mujeres está en la transformación eclesial. Caminar hacia una nueva forma de relacionarnos y de convivir comunitariamente. Algunos retos intraeclesiales son:
1. Praxis comunitaria del cariño. Se trata de poner en práctica unas relaciones más fraternas, sin diferencias jerárquicas. A la luz de los textos conciliares, se impone una alteridad basada en el encuentro, la acogida y las relaciones de equidad, donde cada uno es valorado en la vocación que Dios le ha concedido por igual. En este sentido, es necesaria una revisión de la comprensión de las vocaciones, los ministerios y los carismas, como propone LG 30-32.41. Entendernos laicos y clero como un solo cuerpo (1Cor 12,12-24) y un solo pueblo en camino (LG 13), sin distinciones de sexo o jerarquías.
2. Visibilización de la participación de las mujeres. El año de la misericordia nos ha recordado que debemos dar valor a las labores de servicio, que son fundamentales para las dinámicas comunitarias de la Iglesia. El reparto de estas labores catequéticas, asistenciales, litúrgicas, etc., debe ser ecuánime, de tal manera que no sólo se hagan cargo las mujeres, sino también los hombres, complementando perspectivas y experiencias.
3. Participación en órganos de coordinación y gobierno. Mientras muchas mujeres se hacen cargo de estas labores pastorales, los hombres permanecen en puestos de decisión en consejos pastorales, cofradías, consejos diocesanos… etc. Es deseo de muchas y muchos tomar decisiones compartidas en las comunidades. Este reparto del poder se debe ejecutar a dos niveles: en las dinámicas y organizaciones comunitarias y en los ministerios laicales y ordenados. Facilitar cambios en los niveles, favorecería una lectura inclusiva de la tradición histórica cristiana donde la participación en el ministerio ordenado y el ejercicio de liderazgo femenino fueron reales y positivos para el desarrollo de la Iglesia.
4. Dinámicas de encuentro y reconciliación. En una Iglesia herida por la secularización y la sospecha en la institución histórica, las diferencias entre creyentes hacen sufrir más todavía a la gran comunidad. Las mujeres creyentes han descubierto que no es posible la transformación de la Iglesia sin un proceso previo de encuentro y
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reconciliación. Es un reto para nosotras y nosotros fomentar una buena comunicación cuando nos encontremos, dialoguemos y estemos construyendo comunidad21.
5. El ecumenismo activo. El trabajo en red es un elemento relacional propio de las mujeres. También del cristianismo. Es necesario el diálogo entre iglesias para que todos ganemos. Las mujeres creyentes, llevan años practicando este ejercicio de inclusión22. En estos espacios las mujeres son protagonistas porque están pendientes de los problemas de convivencia cotidianos por su condición de vivir en las fronteras de las iglesias, de las sociedades, de las culturas. Son lugares privilegiados de conexiones23, de resistencia y de resiliencia, espacios donde recuperar el sentido del mundo y el camino de Jesús24.
6. Creatividad celebrativa y litúrgica. Quizá este es el reto más complejo, por la cantidad de implicaciones que supone una tradición litúrgica como la nuestra. Sin embargo, la pluralidad nos obliga a un cambio de lenguajes y códigos inteligibles para la comunidad cristiana. Se trataría de recuperar la noción de que la Tradición se va construyendo y renovando con el paso del tiempo porque está viva en los fieles. Por tanto, transformar nuestras celebraciones con estrategias, lenguajes y rituales accesibles a los creyentes, que permitan una comprensión de lo que vivimos y expresamos.
C. Retos sociales
Por último, la Iglesia debe tomar postura frente al deterioro de la casa común y la degradación de la vida de los más débiles y excluidos (LS 13), que mayoritariamente son mujeres. La feminización de la pobreza no es sólo económica, recorre las distintas facetas de la vida, incluida la religiosa25. Desde la experiencia religiosa de las mujeres creyentes, que ven en otras mujeres y viven en su propia vida la desigualdad, la injusticia, la discriminación, se vislumbra con claridad una serie de retos que espolean a
21 Rosa Mª Belda Moreno, Mujeres. Gritos de sed, semillas de esperanza, PPC, Madrid 2009, pp. 117-118. 22 Por ejemplo, el Foro ecuménico de mujeres y la Asociación de mujeres en estudios teológicos
(ESWTR), ambas en Europa, llevan muchas décadas investigando desde el trabajo ecuménico. La Asociación de Teólogas Españolas es ecuménica desde el año 2010.
23 Mercedes Navarro, “Mujeres y religiones: visibilidad y convivencia en el sur de Europa”, en de Miguel,
Atreverse..., Op. Cit., pp. 95-139, aquí124-125.
24 Silvia Martínez Cano, “Jesús en las Fronteras. Otro mundo es posible desde Jesús”, en Instituto
Superior de Pastoral, Hablar de Jesús hoy, Khaf, Madrid 2014, pp.141-178, aquí 177-178.
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la Iglesia en su caminar histórico, con ello se «ocupan» los lugares eclesiales por el Pueblo de Dios y se democratiza la producción teológica26, como palabra viva y activa. Así, hay actitudes eclesiales determinantes para una transformación justa del mundo: 1. Acogida en la necesidad. La Iglesia debe ser lugar de acogida para la perseguida, violentada, violada, divorciada, abandonada, engañada o simplemente ignorada. Acoger a las mujeres de las fronteras sociales es acoger a las familias y otros colectivos desfavorecidos. El trabajo en los márgenes es fundamental, en el sentido de preocuparnos menos en decir como se tiene que ser (espiritualidad moralista) y más en preguntar que necesitan de nosotros (espiritualidad proactiva).
2. Diálogo en las diferencias. Pasar de la homogeneidad a la diversidad. Favorecer los diálogos con los diferentes, entendiendo que la Iglesia está formada también de singularidades que acogen a otras singularidades. Ser consciente de que la diferencia ayuda a comprender y a amar al otro con todo nuestro ser.
3. Lucha contra la pobreza. La pobreza justifica las diferencias y aumenta las brechas y los muros de nuestras sociedades debilitando la participación y protección social, y fragmentando las relaciones personales, tanto sociales como de pareja. La lucha contra la pobreza es la lucha del Reino de Dios, de la inclusión, de la misericordia de Dios. Es por tanto una lucha por las mujeres pobres.
4. Lucha contra la violencia. La misericordia de Dios nos exhorta inevitablemente a ser Iglesia de las víctimas. Desde dos perspectivas: primero, como elementos de ruptura de la violencia institucional de los estados, grupos étnicos, lobbys sociales o económicos, imperialismos culturales y religiosos, etc., y segundo, como puentes de diálogo y reconciliación para reducir los fundamentalismos y favorecer los mestizajes. Ser Iglesia mediadora de justicia y de encuentro.
Se necesita, así, una transformación de la Iglesia Católica para un mundo diferente. Una transformación que construya entre todos, hombres y mujeres, iglesias más acogedoras, más justas y más evangélicas (GS 83). La práctica de una Iglesia inclusiva propicia una cultura del intercambio de las experiencias de la fe, tan enriquecedor para todos. Desarrollar una cultura del intercambio que
26 Joerg Rieger y Kwok Pui-Lan, Occupy Religion. Theology of Multitude (Maryland: Rowman and
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• primero, multiplica nuestra capacidad de hablar de Dios y de sentir a Dios, sin imponer un solo camino o una sola hermenéutica.
• Segundo nos habitúa al diálogo intraeclesial, en lo organizativo, en lo experiencial, en lo celebrativo y en lo comunitario. Expone a la iglesia a una situación más armónica, más recíproca, donde caben accesos alternativos a Dios27 desde las culturas y las sensibilidades individuales y colectivas.
• Tercero, nos aproxima en los lenguajes, compartiendo significados sobre la relación de la comunidad cristiana con las culturas, con las identidades, con la biodiversidad del planeta.
• Por último, nos hace más compasivos con el prójimo y a la vez más creativos y capaces de crecer en justicia, cuestión que repercute directamente en la vida de las mujeres y su liberación de las injusticias.
Las mujeres somos, en definitiva, protagonistas principales de este «kairós» de la Iglesia de Dios. Hace años Joan Chittister lo expresaba diciendo: «Persevero en la Iglesia porque no conozco ningún otro lugar que satisfaga en mí lo que la Iglesia misma nos enseña a buscar: una vida sacramental que haga todo sagrado, una comunidad de fe que celebre la vida conjuntamente, la proclamación de la imagen de Dios viva en cada uno de nosotros, la contemplación de la verdad que da sentido a la vida.»28 Como ella, muchas mujeres seguimos confiando en la Iglesia como motor de
transformación de nuestra vida y de nuestra historia comunitaria y social. La deseamos más capaz, más abierta, más acogedora, más audaz. Queremos una Iglesia donde la experiencia de Dios no sea inmutable y estática sino dinámica, abierta y colectiva de forma que la diversidad nos haga crecer en el Espíritu. Vencer el temor al ridículo y a cometer errores29 dentro y fuera de ella y dejar actuar a Dios en la vida de todos, hombres y mujeres, para la transformación del mundo.
27 Elisabeth A. Johnson, La búsqueda de Dios vivo. Trazar las fronteras de la teología de Dios (Santander:
Sal Terrae, 2008).
28 Joan Chittister, Odres nuevos (Santander: Sal Terrae, 2003), 101-102.
29 Walter Kasper, “Es tiempo de hablar de Dios”, en George Augustin (ed.), El problema de Dios, hoy