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AVILÉS

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Academic year: 2020

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Avilés, capital del concejo homónimo, está situada en la franja costera central de Asturias, al oeste del Cabo Peñas, y distante 27,3 km de Oviedo.

El topónimo Abilles aparece documentado por primera vez en el año 905, en el testamen-to de Alfonso III, según recoge García Larragueta en la Colección de Documentestamen-tos de la Catedral de Oviedo. El testamento refiere la donación efectuada por el rey Alfonso III a favor de la Iglesia Mayor de Oviedo de dos iglesias hoy desaparecidas, San Juan Bautista y Santa María de Avi-lés. No obstante, la validez de esta referencia está en entredicho, pues ya Uría Ríu la consi-deró como una de las interpolaciones debidas al obispo Pelayo.

Es probable que la existencia de Avilés datase de la época romana, como parecería indi-car su misma denominación: se trataría de una villa llamada Abiliess o Abiliesse, antropónimo derivado quizá de un posesor llamado Abilius; con el paso del tiempo, la voz Abiliess derivaría en el conocido Abilles de la diplomática de los siglos XIIy XIII. Hipótesis tanto más verosímil cuanto que en esta zona de las márgenes del río Neva se conservan diferentes vestigios arqueo-lógicos del período de la romanización y algunos otros topónimos de filiación latina. No obs-tante, no se vuelve a encontrar el topónimo Abilles entre los documentos anteriores a media-dos del siglo XII.

Avilés era ante todo el puerto de Oviedo, un enclave a menos de una jornada de camino y defendido por la voluntad del rey. Precisamente el rey Alfonso III dispuso, ante el temor a las agresiones de los normandos, la construcción de un baluarte defensivo, establecido en el cerro de Raíces, cinco kilómetros al noroeste de la villa de Avilés, para la vigilancia y defensa de la ría. Allí, cerca de la desembocadura del río denominado Neva, y en su margen oeste, se levantó el castillo denominado de Gauzón, rodeado de muros y con varias edificaciones, entre las que la Crónica Silense nombra una iglesia dedicada a San Salvador.

Al amparo de la protección del castillo de Gauzón se iría desarrollando la vida urbana de Avilés. El desarrollo urbano y comercial de Avilés tuvo un punto de inflexión cuando, en 1085, el rey Alfonso VI concedió a Avilés un fuero, confirmado en 1155 por su nieto, Alfonso VII, fuero que favoreció en gran medida el progreso económico y social de la Villa. En todo caso, ha de tenerse en cuenta un condicionante que era costumbre en la Edad Media: los privilegios forales nunca pretendían la creación de un asentamiento, sino que se concedían a núcleos ya existentes y a los que se les reconocía una cierta proyección, con lo que servían para potenciar e impulsar la importancia de dichos núcleos, favoreciendo la concentración de la población, la activación del comercio y, sobre todo, la liberación de estas villas del control señorial.

Si bien se constituyó en puerto comercial ya a fines del siglo XI o comienzos del XII, es probable que hasta mediado el siglo XII no haya alcanzado verdadera importancia el tráfico marítimo de la villa, entre otras razones por el peligro de la piratería musulmana, que, hasta la conquista de Lisboa en 1147, solía alargar sus incursiones hasta las costas de Asturias. El puer-to de Avilés se convirtió enpuer-tonces en el centro neurálgico de las relaciones comerciales de Oviedo, estableciéndose un eje de comunicación Avilés-Oviedo que en el siglo XIII, tras el traslado de la Corte, se ampliará hasta León.

Desde esa fecha existen referencias a intercambios comerciales con otras localidades del litoral cantábrico e incluso con algunos puertos franceses. El auge que en ese momento expe-rimentó la peregrinación a Santiago de Compostela, sirvió como beneficioso acicate para el desarrollo de esta localidad portuaria.

El puerto de Avilés dividía la ciudad en dos, separando sus principales actividades econó-micas: por un lado se encontraban los pescadores y marineros en el barrio de Sabugo, y por

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el otro, los artesanos y comerciantes en el interior del recinto amurallado (que recibía el nom-bre de Villa). Entre los productos con que se comerciaba en Avilés, destacaba especialmente la sal, debido a su valor estratégico en lo económico, y pronto la Corona (Alfonso IX, en 1188) se hizo cargo del monopolio de su almacenamiento y distribución. Además de la sal, los prin-cipales productos comerciales serían los tejidos y los vinos. Las exportaciones, menos impor-tantes, quedarían reducidas a algunas materias primas, particularmente madera, algunos frutos, hierro y tal vez pieles.

El fuero que Alfonso VI otorgara, como habíamos visto, en 1085, es de un valor singular para la historia de Avilés, ya que le reporta un conjunto de privilegios cuya defensa determina toda la orientación política de la Villa, siempre cercana al rey, en los siglos siguientes. Así, Avi-lés se vio envuelta en la confusa vida política de la corona castellana en una posición relativa-mente destacada debido a su importancia económica. Todos los monarcas premiaron su fide-lidad confirmando o ampliando los privilegios de la Villa, hasta llegar a eximirla de satisfacer los impuestos de portazgo, ribaje y peaje en todo el reino, salvo Toledo, Sevilla y Murcia, y concediéndole Fernando IV en 1309 por alfoz las tierras de Castrillón, Corvera, Illas, Carre-ño y Gozón. Sobre las tierras de su alfoz, Avilés ejercía un control de tipo administrativo, ade-más de reportarles beneficios económicos derivados de su propia pujanza.

Naturalmente, los beneficios económicos de la concesión del fuero, tuvieron como con-secuencia inmediata la reactivación y expansión de la actividad mercantil de la villa, además de un incremento de la población, especialmente franca, atraída por el desarrollo comercial de la ciudad. Todo ello tuvo, a su vez, repercusiones en el campo artístico. La actividad cons-tructiva se vio afectada por las favorables condiciones socioeconómicas y comenzaron a eri-girse una serie de nuevas edificaciones, tanto de carácter civil como religioso.

Texto: ACG

Bibliografía

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A BONANZA ECONÓMICA que experimentó Avilés a raíz de la creciente actividad comercial, y especial-mente de la concesión de su fuero, se vio reflejada en la edificación de un conjunto de templos románicos destacados. Entre el último tercio del siglo XIIy el prime-ro del siglo XIII tiene lugar una actividad constructiva febril, entre cuyos productos destacan las iglesias de San Nicolás de Bari (actual iglesia de los Padres Franciscanos) y Santa María Magdalena de Corros, así como las depen-dencias monásticas a las que habría pertenecido la triple arquería conservada en el claustro del convento de San Francisco (hoy parroquia de San Nicolás de Bari). En todos estos ejemplos se aprecia la incorporación de temas decorativos de procedencia foránea, lo que es una conse-cuencia lógica de las intensas relaciones comerciales de Avilés con la Europa medieval a través de su puerto.

La iglesia de San Nicolás de Bari (actual templo de los Padres Franciscanos) es un templo parroquial construido para atender las necesidades religiosas de una población que a finales de siglo XIIhabía experimentado un notable crecimiento demográfico.

Como paso previo, hemos de aclarar su confusa advocación. La que actualmente se conoce como iglesia de los Padres Franciscanos, hoy bajo la advocación de San Antonio, fue en origen la iglesia románica de San Nicolás de Bari. Algo posterior es la edificación del con-vento de San Francisco, construido tras asentarse dicha comunidad religiosa en Avilés entre los años 1267 a 1274. El 30 de diciembre de 1949 tuvo lugar el traslado de la parroquia de San Nicolás a la iglesia del Convento de San Francisco, y viceversa. Este hecho provocó el cambio de advocaciones que aún perdura. Para evitar confusiones en nuestro comentario, nos referiremos a estas iglesias con el nombre de su titular medieval, recor-dando al mismo tiempo, entre paréntesis, su advocación actual. Así pues, tendremos presente en todo momento que ésta es la reseña del que en origen fue templo romá-nico de San Nicolás.

San Nicolás, santo italiano cuyo culto se extendió rápidamente desde Bari al resto de Europa, suele ser el patrón de los trabajadores, navegantes, burgueses y mer-caderes, con lo que la advocación original de esta iglesia indica la actividad más extendida de los habitantes de Avi-lés en esa época. Fernández Conde la identifica con la iglesia de San Nicolao de Abillés que aparece mencionada en el Libro Becerro de la Catedral de Oviedo.

La iglesia estaba situada dentro del recinto amuralla-do de Avilés, en una zona próxima a la puerta que comu-nicaba con el camino de la costa a través del puente que cruzaba la ría. De la construcción románica sólo se con-serva la portada occidental y el muro del imafronte, inclui-da la ventana situainclui-da sobre la portainclui-da, pero son quizá los elementos románicos más antiguos de la villa avilesina. No podemos determinar con seguridad cómo sería el resto de la iglesia, pero por las proporciones y disposición de la fachada podríamos suponer que se trataba de un templo de nave única, con cubierta de madera; el ábside, que se cubriría con bóveda como era tradicional en la época, posiblemente se relacionaría con las corrientes del romá-nico internacional.

La ventana que se abre en la fachada, sobre la porta-da, se articula en dos arquivoltas de medio punto, arqui-voltas completamente lisas y protegidas por un fino guar-dapolvo. Las columnas que sirven de apeos, de fuste monolítico de delgadas proporciones, se hallan muy ero-sionadas y no resulta posible distinguir la decoración de sus capiteles.

La portada occidental solía ser la entrada principal de las iglesias románicas y, por tanto, la que recibía un mayor cuidado en su tratamiento compositivo y ornamental. Aún así, debemos ser cautos al hablar de la portada de la igle-sia de San Nicolás de Bari (actual templo franciscano), ya que en la actualidad ha sido muy reformada para subsanar los efectos que la erosión le había provocado. También la ventana del imafronte ha experimentado algunas altera-ciones. El cuerpo de la iglesia sufrió importantes modifi-caciones, que han alterado profundamente su aspecto pri-mitivo. Ya desde el siglo XIVse fueron añadiendo diversas capillas destinadas a enterramientos de donantes particu-lares, pero la reforma más importante fue la llevada a cabo en el siglo XVII, reforma que dotó a esta iglesia de su aspec-to actual. De aspec-todo ello hablaremos con más detalle poste-riormente.

La fachada oeste se estructura a partir de un cuerpo saliente con tejaroz, sostenido por canecillos. El tejaroz destaca por su amplio vuelo; de los canecillos, solamente son originales los cuatro del centro, ya que el pórtico que protegió la portada hasta principios de siglo XX causó serios desperfectos en los demás, así como de las co-rrespondientes cobijas y metopas decorativas situadas entre ellos, de tal forma que fueron sustituidos en la últi-ma restauración. La decoración del tejaroz es abundante y

Iglesia de San Nicolás de Bari

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Portada. Alzado y planta

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está presente en todos sus componentes. Las cobijas están talladas a base de diversos motivos geométricos; en las metopas se alternan flores tetrapétalas, un motivo vegetal ampliamente extendido en el románico asturiano, y un animal de aspecto felino que se adapta toscamente al marco arquitectónico en el que se inscribe. En los caneci-llos, al menos en los originales, la decoración es más sobria, más discreta; destaca una cabeza de felino con las fauces abiertas, de una factura especialmente delicada.

La portada propiamente dicha adquiere un importan-te desarrollo en su disposición abocinada. Se articula a base de tres arquivoltas de medio punto, ligeramente peraltadas y protegidas por guardapolvo decorado con ajedrezado. Las dos arquivoltas exteriores apean sobre columnas dispuestas entre codillos y coronadas por capi-teles, mientras que la rosca interior apea directamente sobre las jambas de la portada. En cuanto a su ornamenta-ción, la primera arquivolta, es decir, la más exterior, se decora con dos bandas de zigzags, habiendo sido tallada la línea superior, más ancha, en un marcado bajorrelieve; entre ambas bandas se disponen motivos de perlas en número abundante. El intradós, por su parte, se anima con un friso de flores tetrapétalas con botón central, de gran calidad técnica y alto grado de detallismo. La segunda arquivolta presenta una sucesión de motivos geométricos que, aunque muy desgastados, incluyen una sucesión de rombos inscritos, acompañados de varias perlas de mayor tamaño, y todo ello dispuesto como un continuo a lo largo de la arquivolta, sin romper la serie en rosca e intradós. La arquivolta interna, también muy dañada por la erosión, aparece decorada de forma muy sumaria, a base de mol-duras cóncavas y boceles de potente desarrollo en sus extremos. Por otra parte, habíamos dicho que la rosca interior del arco no ofrece separación respecto a su sopor-te. Esta sensación de homogeneidad se refuerza por la doble banda de molduras cóncavas, acompañadas por botones en su interior, que recorre por completo los bor-des exteriores de la puerta, como ya lo hacía en el frente de la arquivolta, apoyando la unidad visual del conjunto. Una idea similar la volveremos a encontrar en la portada de San Miguel de Serín (Gijón) o de Santa María de Logrezana (Carreño). El caso de dicha iglesia gijonesa es diferente en tanto que sus dimensiones son mayores y su repertorio iconográfico más complejo, pero lo que cabe destacar ahora es la coincidencia de recursos a la hora de dotar de homogeneidad a la portada del templo.

En cuanto a los capiteles de esta portada, la temática de su ornamentación es bastante variada e incluye desde un capitel historiado con el tema del pecado original hasta la tradicional representación de las aves afrontadas,

moti-vo recurrente en el románico asturiano y de una larga tra-dición simbólica. Concretando más, en el lado izquierdo de la portada, el capitel interior está decorado con unos motivos vegetales, de formas bulbosas lamentablemente muy erosionadas, mientras que el capitel más exterior se encuentra tan deteriorado que resulta muy difícil identifi-car las imágenes que lo decoraban. Los capiteles del lado derecho son los que incluyen las representaciones figura-das, el capitel exterior representa el pecado original y en el interior aparecen las mencionadas aves afrontadas sobre fondo vegetal. De todos ellos, los más interesantes son estos dos últimos.

Las figuras de las dos aves afrontadas están resueltas muy sucintamente: presentan cuerpos muy estilizados y sus formas se reducen a lo esencial, de hecho, apenas se encuentra alusión al plumaje, tan sólo unas tímidas inci-siones paralelas sobre la cola. Sus largas patas, rematadas en garras, se apoyan sobre el collarino del capitel. Sobre sus cabezas se sitúan unas pequeñas formas curvas, que quizá puedan interpretarse como las crestas de las aves, que podrían ser identificadas como sendos ave fénix o, más probablemente, pavos reales. Ambos pájaros inclinan su cuello para picotear una imagen redondeada (quizás una crátera de agua, quizá un fruto de aspecto estilizado, el estado del capitel no permite concretar mejor) que sirve de eje de simetría. El espacio que quedaría libre sobre sus cuerpos se cubre, respectivamente, por varios rombos y por una cruz inscrita en un círculo; bajo sus patas, de nuevo la cruz enmarcada y una espiga. El tema de dos aves afrontadas era un motivo recurrente del arte románico; sin ir más lejos, se conocen numerosos ejemplos en edificios asturianos de la época. Esta iconografía nació en la etapa paleocristiana, con un claro significado eucarístico: las aves simbolizan las almas de los hombres justos bebiendo del vino consagrado. Si estas aves eran representadas como pavos reales, el simbolismo eucarístico era doble, pues el pavo real, como animal que pierde sus largas y lla-mativas plumas durante el invierno para recuperarlas en la primavera, era una perfecta metáfora de la idea de muerte y resurrección (las plumas) combinada con la idea de la vida eterna (el vaso eucarístico).

La importancia del capitel que representa el tema del pecado original estriba en que, en primer lugar, es el único capitel decorado con una escena narrativa; en segundo lugar, por ser similar a otro de la también avilesina iglesia de Santa María Magdalena de los Corros, que se fecha en el mismo margen cronológico que la iglesia de San Nico-lás de Bari (actual iglesia de los Padres Franciscanos). En el caso del capitel de San Nicolás de Bari, se muestra una imagen de Adán y Eva dispuestos según el esquema

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positivo más difundido, es decir, de pie flanqueando un árbol. Éste árbol está situado en el ángulo del capitel, de tal forma que actúa de eje de simetría de la escena; se trata de un árbol con grandes frutos de volumen esférico que, aun-que no pueda identificarse con un árbol frutal determina-do (pese a que la tradición hable de un manzano), la sim-plificación de la imagen, tremendamente expresiva, ayudaría los fieles que acudían al templo a identificar con rapidez la escena, mostrándoles la existencia del Mal en la tierra y la necesidad de su redención a través de la figura de Cristo, el nuevo Adán. El tema del pecado original es una de las iconografías más profusamente representadas a lo largo de la historia del arte cristiano, debido a su fuerte carga simbólica y didáctica. Aparece ya en el período pa-leocristiano, formando parte de las pinturas catacumbales o en los relieves de los sarcófagos; en esa época y durante

la Alta Edad Media, además de representar el pecado ori-ginal, se relacionaba con la salvación del difunto, cuya muerte sería, según esta idea, consecuencia de la caída de Adán y a quién Cristo abriría las puertas de la salvación y el paraíso. Las explicaciones morales elaboradas por Filón en el siglo I, y retomadas posteriormente por los teólogos medievales, ejemplifican en Adán la idea del espíritu y en Eva el dominio de los sentidos; el pecado tendría lugar cuando Adán (el espíritu) se muestra débil y obedece a Eva (la fuerza de los sentidos). Desde el siglo IIIse hizo tam-bién frecuente la representación del pecado original a tra-vés del momento inmediatamente posterior, es decir, cuan-do Adán y Eva se hacen conscientes de su desnudez e intentan ocultarse. En el capitel de la iglesia de San Nico-lás, (hoy templo de los Padres Franciscanos) se escenifican dos momentos diferentes del pecado: Eva alarga una mano

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hacia el árbol para tomar el fruto mientras que con la otra trata ya de cubrirse el sexo. Mientras, Adán ya ha comido el fruto y se lleva una mano a la garganta, como si tuviera dificultades para tragarlo o se diese cuenta, demasiado tarde, del error cometido. En ningún momento aparece la serpiente. Este animal era habitualmente representado en los primeros tiempos del cristianismo erguido sobre su cola, en recuerdo de que no se vio obligada a reptar por el suelo hasta después de su mala acción. Posteriormente su representación sufrió diversas alteraciones, como aparecer enroscada en el tronco del árbol o mostrarse con cabeza de mujer. Es posible que en la iglesia avilesina de San Nicolás la serpiente estuviera enroscada en el árbol, tal como apa-rece en el capitel de Santa María Magdalena de los Corros, pero la erosión a la que se ha visto sometida la antigua parroquia de San Nicolás tal vez haya eliminado algunos detalles del conjunto de la representación. Curiosamente, aunque se trata de un tema muy difundido en el románico peninsular, en Asturias sólo se representa en un capitel de San Juan de Amandi y en dos canecillos del tejaroz de San Andrés de Valdebárcena (ambas en Villaviciosa), además de los dos ejemplos avilesinos.

Los capiteles se coronan por sendas impostas, decora-das a base de repertorios vegetales ya conocidos en la zona costera asturiana. La imposta de la jamba izquierda aparece tallada con una sucesión de tallos ondulantes y hojas, acompañados de grandes veneras en los vértices; este tipo de composiciones decorativas también aparecen en las impostas del arco del triunfo de San Andrés de Cea-res, San Miguel de Dueñas (ambas en Gijón) o en Santa Eulalia de Nembro (Gozón), por citar algunos ejemplos próximos. En la jamba derecha, por su parte, se han escul-pido flores tetrapétalas de aspecto muy geometrizante. Los fustes de las columnas de ambas jambas son producto de una restauración.

A ambos lados del cuerpo saliente que conforma la portada se han alterado las esquinas para situar en ellas otras dos columnas, con sus respectivos capiteles. El capi-tel de la columna izquierda muestra dos animales cuadrú-pedos, de aspecto felino, afrontados y compartiendo una única cabeza en la arista del capitel, actuando a modo de eje de simetría. En el capitel de la columna de la derecha aparecen dos rostros, que posiblemente no pretendan ser representaciones concretas, entre un espeso ramaje. Ambas imágenes son temas bastante habituales en el románico de esta zona; baste recordar la escena sexual protagonizada por otros dos felinos tallados en sendos capiteles de San Pedro Navarro de Valliniello (Avilés) y San Miguel de Serín (Gijón), como representación de los vicios y sus castigos.

A ambos lados de esta portada principal se abrieron posteriormente dos nuevos vanos de entrada, que se corresponden con dos de las capillas privadas levantadas en fechas posteriores y de las pasaremos a hablar breve-mente a continuación.

Como ya hemos mencionado, la iglesia de San Nico-lás (actual iglesia de la comunidad franciscana) sufrió importantes remodelaciones y añadidos a lo largo de su historia, viéndose profundamente alteradas sus trazas origi-nales. De estos añadidos son de destacar sendas capillas privadas de carácter funerario, la Capilla de los Alas y la Capilla de Pedro Solís (o de los ángeles). La idea de las capillas funerarias privadas es producto de un cambio de mentalidad a raíz de las transformaciones ideológicas en la lenta transición del mundo medieval al moderno, ya que responde a una mentalidad individualista: el comitente o patrocinador de la construcción ha tomado conciencia de sí mismo como individuo, y pretende dejar constancia de esa individualidad y de su importancia, su linaje o su ri-queza, distinguiéndose del resto de la sociedad. Este tipo de construcciones se generalizan en España a partir del XIV. La capilla de los Alas puede considerarse el primer ejemplo de esta tipología funeraria en Asturias o, al menos, el más antiguo de los que han llegado a nuestros días.

La capilla de los Alas es debida al patronazgo de Pedro Juan, miembro de una acaudalada familia de merca-deres avilesinos. Cuando este personaje redactó su testa-mento en 1346 (en la mía capiella que io mandé fazer cerca del cimenterio de la iglessia de Santo Nicolao), la capilla ya estaba concluida y cumpliendo su finalidad, pues por el testa-mento sabemos que su esposa ya estaba enterrada en ella. Se cree que el maestro cantero responsable de su diseño fue Alfonso de la Iglesia, quien aparece como testigo en el testamento del comitente. Se trata de un edificio gótico, sobrio, de pequeñas proporciones, de planta cuadrada cubierta por una bóveda del tipo llamado aquitanoespa-ñol. Ésta es una estructura muy utilizada en la fase de tan-teo y experimentación con las nuevas soluciones góticas, que también aparece en algunas iglesias asturianas tardo-rrománicas y en otras reformadas aplicando los nuevos presupuestos estéticos, tal como ocurrió en la iglesia de Santa María de Piedeloro, en el concejo de Carreño, pró-ximo a Avilés.

Aunque como la propia Capilla de los Alas se escapa del marco cronológico y estilístico del románico, convie-ne hacer una breve alusión al retablo de alabastro que guardaba en el interior y que desapareció durante la gue-rra civil. Este retablo, del que sólo conocemos testimonios documentales y fotografías, estaba conformado por varios paneles de alabastro esculpidos con escenas bíblicas,

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tipo-logía retablística fechada en el siglo XVy procedente de Gran Bretaña que tenía amplia difusión por el norte de España y, en que el caso que se estudia constituye una nueva prueba de las intensas relaciones comerciales del Avilés medieval con el resto de Europa.

En cuanto a la Capilla del clérigo Pedro Solís, tam-bién adosada al muro septentrional de la iglesia de San Nicolás, fue construida según las trazas proporcionadas por el maestro ovetense Rodríguez Borceros, en 1499. Esta información estaba tallada en un panel situado sobre la puerta de ingreso a la capilla, puerta situada a la izquierda de la portada principal del templo. La inscripción en la actualidad ha desaparecido por completo, pero fue recogi-da por Jovellanos en sus escritos. Se trata de una capilla gótica que ha sido puesta en relación por Francisco de Caso con la Catedral de Oviedo, en base a la bóveda de terceletes de su cubierta, bóveda que aparece por vez pri-mera en la región en la obra catedralicia gracias al maestro Juan de Candamo. A principios del siglo XVIexperimentó algunas reformas debidas a la intervención del arquitecto Juan de Badajoz el Viejo, quién reforzó su tendencia a la verticalidad gótica.

Pero no son estas las únicas sepulturas destacadas en la iglesia de San Nicolás (actual templo franciscano); ya Quadrado, en 1855, y Vigil, en 1887, se hacían eco de cómo “en su interior encerraba los sepulcros insignes del Adelantado de la Florida, del fundador de la casa de Val-decarzana, y de la noble estirpe de Camposagrado”.

Siguiendo con las reformas experimentadas por la iglesia de San Nicolás (actual iglesia de los Padres Fran-ciscanos), hemos de reseñar que en 1522 Avilés sufrió un terremoto que afectó a gran parte de los edificios, entre ellos la iglesia de San Nicolás de Bari y el convento de San Francisco. La necesidad de consolidación e incluso reconstrucción favoreció la renovación estilística de ambas iglesias, además de los proyectos municipales de transformación urbanística. Así, en 1606 se abrió la capilla del Rosario (1606) en el lugar que actualmente ocupa la capilla del Cristo (1728-1729). Pero las obras más impor-tantes tienen lugar a partir de la segunda mitad del siglo XVII, cuando se reformaron la cabecera, el cuerpo de la nave y el pórtico. El primer proyecto, encargado en 1658 a Juan de Celis, fue rechazado por su carácter arcaizante; en 1660 Marcos de Velasco amplió la cabecera y propuso la cubrición total de la iglesia con bóvedas de crucería; finalmente, en 1662 Ignacio de Cajigal reformó la distri-bución de las capillas. En 1742 se añadió la sacristía.

En la actualidad se están efectuando diversas obras, entre las que se incluyen la construcción de un nuevo edi-ficio, en un solar situado frente a la iglesia, destinado a

acoger a la comunidad de monjes franciscanos allí resi-dentes, y tras cuya construcción se derruirá el edificio que a mediados del siglo XXse levantó adosado a la iglesia con tal finalidad. También se prevén ciertas labores de restau-ración y limpieza en la portada principal.

Como colofón, simplemente recordar que las caracte-rísticas técnicas y estilísticas de la portada y, en general, el muro de la fachada, permiten adscribir la iglesia románica de San Nicolás de Bari (actualmente de los Padres Francis-canos) a un momento entre finales del siglo XIIy principios del siglo XIII. El templo es, por tanto, contemporáneo al momento de mayor expansión y desarrollo del arte ro-mánico en Asturias; y el programa iconográfico de su decoración lo pone en relación con templos de otros con-cejos, especialmente el de Villaviciosa, que en esta época se encontraba en su plenitud y, podría decirse, marcaba las coordenadas maestras en la zona costera asturiana.

Texto y fotos: ACG - Planos: GEA

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A IGLESIA DESANTAMARÍAMAGDALENAde los Corros también fue construida en esa etapa que va desde el último tercio del siglo XII hasta el primero del siglo XIII, cuando, a raíz de la pujanza económica experimentada por Avilés, gracias a la intensa actividad comercial y los beneficios jurídicos derivados de la concesión de su fuero, tuvo lugar un período de intensa edificación durante el cual también se construyeron las iglesias de San Nicolás de Bari (actual iglesia de los Padres Franciscanos) y el convento de San Francisco (hoy parroquia de San Nicolás de Bari). Nin-guno de estos edificios ha llegado a nuestros días conserva-do en su estaconserva-do original. De la iglesia que ahora nos ocupa, Santa María Magdalena de los Corros, conservamos su por-tada occidental y el arco triunfal en el interior.

La iglesia de Santa María Magdalena se encuentra rela-tivamente alejada de lo que sería el núcleo urbano amura-llado del Avilés medieval. La elección de este emplazamien-to estaría motivada con razones de carácter práctico, ya que, a decir de Tolívar Faes, esta iglesia se complementaba con una malatería vinculada al camino de peregrinación, al menos durante la época en que fue edificada; la toponimia, la advocación a María Magdalena y la devoción a San Láza-ro parecen corLáza-roborar esta tesis. Como apoyo documental encontramos, en la relación efectuada posteriormente por el obispo don Gutierre, una referencia a esta iglesia avilesina, aunque sin especificar si poseía carácter parroquial, y de la que se dice donde ay malatos. La asociación de una iglesia puesta bajo la advocación de María Magdalena y una mala-tería la encontramos en más ocasiones durante el período románico; sin ir más lejos, en el concejo de Gijón encon-tramos el ejemplo de Santa María Magdalena de Ruedes. La construcción de malaterías y hospitales durante la Baja Edad Media era un fenómeno relativamente frecuente, no sólo por necesidad de asistencia sanitaria, sino por cuestiones económicas, ya que las limosnas de los fieles y los peregri-nos representaban una interesante fuente de ingresos para los fundadores de este tipo de establecimientos.

Fernández Conde identifica la iglesia de Santa María Magdalena de los Corros con la de Santa María de Cortina que aparece mencionada en el Libro Becerro de la Catedral de Oviedo, nombre con el que fue conocida hasta, al menos, mediados del siglo XIV. Esta iglesia fue edificada como templo asocia-do a la malatería del lugar y no es hasta principios del siglo XVII cuando se encuentran documentos que la citen como parroquia, aunque no pueda fecharse con seguridad el momento en que adquirió dicho estatus. Los elementos románicos conservados, la portada y el arco del triunfo,

están actualmente en el interior y dispuestos en sentido transversal a la nave de la iglesia actual, y parece, por su orientación, que ésta fue su colocación original, con lo que estaríamos hablando de que las sucesivas reformas sufridas por la iglesia de Santa María Magdalena de los Corros alte-raron completamente su aspecto e incluso las propias trazas. En este aspecto, hemos de mencionar el proceso de desa-mortización llevado a cabo en el siglo XIX, y que en el caso de Avilés afectó a los tres conventos existentes en ese momento en la ciudad (San Francisco, San Bernardo y La Merced), así como al templo de Santa María Magdalena de los Corros, proceso que permitió a la ciudad realizar una serie de modificaciones arquitectónicas y, sobre todo, urba-nísticas. En origen, Santa María Magdalena de los Corros debió de ser un templo de pequeñas dimensiones, de carác-ter rural, de nave única y cabecera de tescarác-tero recto, cons-truido con una finalidad muy concreta: atender las necesi-dades religiosas de un enclave vinculado al Camino de Santiago y a un centro de malatos. Se trataría, por tanto, de un templo cuyas trazas seguirían el modelo más difundido durante el período románico para iglesias de dimensiones modestas: un edificio de una única nave, cubierta probable-mente con techumbre de madera a dos aguas, y un ábside cubierto con bóveda.

El arco triunfal que marca la transición al espacio del ábside es, en el caso de Santa María Magdalena de los Corros, de carácter bastante sobrio, especialmente si lo comparamos con la decoración de la portada de esta misma iglesia. Se trata de un arco del triunfo articulado en dos arquivoltas de medio punto completamente desornamenta-das, ambas apeando sobre columnas. Las impostas son mol-duras también lisas y la decoración de los capiteles se limita a motivos vegetales ya conocidos en la región, alguno de ellos de aspecto muy estilizado.

La portada occidental, mucho más cuidada en el aspec-to ornamental, se compone de dos arquivoltas de medio punto protegidas por guardapolvo decorado con el doble motivo del ajedrezado, muy recurrente en el románico cos-tero asturiano, más una sucesión de semicírculos. La prime-ra arquivolta, la externa, decoprime-ra el frente de su rosca con un motivo también muy frecuente en la zona, la doble banda de zigzag, de distinto grosor y relieve. En cuanto a la segun-da arquivolta, el frente repite la sucesión de círculos que habíamos visto en el guardapolvo, a lo que añade una mol-dura cóncava, en cuyo interior se disponen pequeños tré-boles, y un potente bocel; mientras que el intradós muestra semicírculos imbricados.

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Portada

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Arco triunfal

Capiteles del arco triunfal

Los capiteles presentan un repertorio iconográfico muy variado, que incluye desde temas vegetales de carácter decorativo a escenas narrativas. Los capiteles de la jamba izquierda representan, el exterior, una imagen vegetal, y el interior, la escena del Pecado original. Como ya se ha dicho al hablar de la portada de la iglesia de San Nicolás de Avilés (actual templo de los Padres Franciscanos), el Pecado origi-nal es uno de los temas iconográficos más exitosos del arte cristiano, debido a su fuerte carga simbólica y didáctica. En el caso del capitel de Santa María Magdalena de los Corros, la escena fue tallada en un altorrelieve muy contrastado, de forma que se acentúa la expresividad de las imágenes. Como en la iglesia de San Nicolás, el árbol de la ciencia vuelve a actuar como eje de simetría del capitel, situándose en su vér-tice y distribuyendo la posición de los personajes. El mejor estado de conservación de la portada de Santa María Mag-dalena permite observar con más detenimiento los detalles del capitel. Se trata de un árbol de buenas proporciones,

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Pórtico. Alzado y planta

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Arco triunfal. Alzado y planta

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frondoso, en el que se distinguen con nitidez las raíces, el tronco y el ramaje de la copa, correspondiéndose con los tres niveles de vida para el cristiano (infierno, tierra y cielo). Este árbol, además, se apoya sobre el astrágalo sogueado del capitel, sobre el que sitúa sus raíces. En su tronco aparece enroscada la serpiente. Al igual que en el capitel de la igle-sia de San Nicolás, en éste también se escenifican dos momentos diferentes del pecado: a la izquierda de la com-posición se sitúa Eva, quién alarga una mano hacia el árbol para alcanzar el fruto prohibido, mientras que con la otra trata ya de cubrirse el sexo. Adán, por su parte, aparece en una actitud más pasiva, ya ha comido el fruto e intenta ocul-tar su desnudez. Esta inversión de las actitudes de las figuras parece ser debida a un error iconográfico del artesano que copió el modelo de la iglesia de San Nicolás de Avilés (actual templo de los Padres Franciscanos).

La figura femenina está tallada con cuidado, el cuerpo bien proporcionado, de formas redondeadas y con cabello largo; el personaje masculino presenta un tratamiento visual más plano y menos detallista, quizá por ocupar un espacio menos visible. En cualquier caso, ambas figuras son de buen tamaño, alcanzando la misma altura que el árbol. Como ya hemos explicado, ni técnica ni iconográ-ficamente nos parece posible hablar de un mismo escultor para Santa María Magdalena de los Corros y San Nicolás, pero sí es probable que ambos artífices trabajaran en base a unos modelos iconográficos muy similares que luego reinterpretarían y adaptarían al cuerpo del capitel.

En la jamba derecha se repite esta combinación de un capitel de motivos vegetales y otro de carácter figurativo, que en este caso son dos aves afrontadas sujetando con sus picos a un pequeño animal. Se trata del capitel externo, donde se disponen las mencionadas aves apicadas comien-do un animal cuadrúpecomien-do, al que sujetan con sus garras; las aves fueron talladas con gran precisión y sentido naturalis-ta, detallando con sumo cuidado el plumaje. La escena se completa con la imagen de una serpiente, dispuesta sobre las cabezas de las aves, y ocupando toda la longitud del capitel. Se trataría de una iconografía alusiva al triunfo de Cristo sobre la tentación, que aparece en algunos otros ejemplos del románico costero asturiano, por ejemplo en la portada de San Miguel de Serín (concejo de Gijón), donde las aves parecen identificarse con pelícanos, y el cuadrúpe-do fue sustituicuadrúpe-do por un sapo de grandes dimensiones. Cabe destacar que la iglesia de San Miguel de Serín se rela-ciona con la avilesina de San Pedro Navarro de Valliniello por otros motivos iconográficos, aunque la factura de Valli-niello es de ejecución más tosca, menos precisa en los deta-lles. La calidad técnica de los relieves de Serín, además de su propia iconografía, frecuente en el románico del grupo

ovetense pero no en la zona costera, conducen a pensar que el artífice de dicho capitel haya sido un cantero for-mado en Oviedo, que habría actuado como difusor de imá-genes propias del repertorio ovetense, imáimá-genes imitadas por el artesano de Valliniello, de donde a su vez tomaría el motivo el responsable de diseñar la portada de Santa María Magdalena de los Corros. El capitel interno es el que en esta jamba se esculpió con unos motivos vegetales que podrían recordar las hojas de roble por su perfil lobulado regular, lo que sería un hecho comprensible, dado que en nuestra región abundan los robledales y podrían haber ser-vido como fuente de inspiración.

Coronan los capiteles unas impostas, que aquí tienen forma troncopiramidal invertida. La imposta derecha se decora con flores tetrapétalas de botón central, y la izquierda con una cenefa de motivos geométricos a base de rombos y semicírculos imbricados.

Al igual que ocurrió en la iglesia de San Nicolás de Avilés (actual templo de los Padres Franciscanos), a ambos lados del cuerpo saliente que conforma la portada se han alterado las esquinas para situar en ellas otras dos colum-nas, con sus respectivos capiteles. El capitel de la columna izquierda muestra un rostro, que posiblemente no preten-da ser representación de ningún personajes concreto, entre un espeso ramaje, tal como ya sucedió, precisamen-te, en el templo de San Nicolás de Avilés; por su parprecisamen-te, el capitel de la columna derecha muestra otro rostro huma-no, de aspecto grotesco, pero en este caso atrapa entre sus dientes una serpiente, nueva alusión a la temática de los vicios y sus castigos.

Como hemos dicho al comienzo del comentario, los elementos románicos conservados en Santa María Magda-lena de los Corros, esto es, la portada y el arco triunfal, permiten fecharla a finales del siglo XII o principios del siglo XIII, en una franja cronológica paralela a la iglesia de San Nicolás de Bari (actualmente templo de los Padres Franciscanos), con la que comparte algunos aspectos del programa iconográfico.

Texto y fotos: ACG - Planos: JLL/LLL

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E

L TOPÓNIMO DEL BARRIO AVILESINO DE SABUGO pro-viene de la asturianización de la palabra castellana saúco, aunque sus raíces originales han de buscarse en el latín sabucum. En la introducción a Avilés ya se ha comentado que el puerto de Avilés dividía la ciudad en dos, separando sus principales actividades económicas: pescadores y marineros en el barrio de Sabugo, y artesanos y comerciantes en el interior del recinto amurallado. El barrio de Sabugo estaba conectado con la Villa a través de un puente. Dicho puente ya aparece mencionado en un documento del año 1232, documento en que se habla de su función de vía de comunicación: ponte per quem sit transitus de Sabugo ad Abelles et de Abelles ad Sabugum. Como sería lógi-co pensar, la frecuencia lógi-con que este puente era transitado por pescadores, mercaderes, carreteros y otros usuarios, daría lugar a su frecuente deterioro, lo que provocaría rei-teradas reparaciones, tal como demuestran varios docu-mentos que hacen referencia a la necesidad de arreglos o labores de mantenimiento.

En el siglo XIII la configuración urbana de Avilés ya aparecía bastante definida; las murallas estarían construidas a finales del siglo, limitando el núcleo urbano. Los habitan-tes de la villa, en su mayoría comercianhabitan-tes y arhabitan-tesanos como ya se ha reseñado, contaban desde principios de la centuria con una iglesia parroquial, San Nicolás de Bari (actualmente, San Francisco), de la que ya hemos hablado. En este contexto, la iglesia románica de Santo Tomás de Sabugo fue edificada para atender las necesidades religiosas del barrio de pescadores de Avilés, en un momento en que este barrio había alcanzado ya un desarrollo notable. La decisión de poner la iglesia bajo la protección de un santo foráneo, en este caso el inglés Santo Tomás de Canterbury, no debe resultarnos extraña si tenemos en cuenta las estre-chas relaciones comerciales que mantenían el puerto avile-sino con otros puertos del norte de Europa. El mártir inglés fue canonizado en 1173 y su devoción se extendió muy pronto, y con relativa facilidad, por la Península Ibérica gracias a dichas relaciones comerciales, de las que también serían prueba los numerosos paneles de alabastro esculpi-dos con escenas bíblicas, procedentes de la isla británica y muy difundidos por el norte de España.

La primera mención documental conservada referente a la iglesia de Sabugo está fechada en el año 1254: se trata-ba de una escritura de avenencia entre el maestre escuela de la catedral de Oviedo y los feligreses de Sabugo. Trelles Villademoros hace mención a una posible donación, con fecha de 1237, por parte del rey Alfonso IX y su mujer, doña Berenguela, de Sabugo a la catedral de Oviedo,

aun-Iglesia de Santo Tomás de Sabugo

Vista general

que es el único autor que se hace eco de esta noticia: “El rey D. Alfonso IX con su mujer Dª Berengaria, donan a la Igle-sia de Oviedo y a su Obispo D. Juan, las igleIgle-sias de la población de Sabugo en Avilés”. Selgas, en su estudio sobre el Fuero de Avilés, recoge la tradición según la cual la igle-sia de Sabugo habría sido fundada por Doña Sancha, her-mana del rey Alfonso el Emperador. Algunos, incluso, han querido identificar uno de los rostros esculpidos en un capi-tel de la portada occidental como el retrato de esta mujer, acompañada de varios personajes eclesiásticos, por más que esto no sea posible, como se verá más adelante.

Teniendo en cuenta la fecha del primer documento que hace referencia a la iglesia de Sabugo, y sus propias características estilísticas, podemos situar su edificación en la primera mitad del siglo XIII, en un momento que podría-mos considerar como de transición al gótico, al menos en lo que respecta a la cronología y a ciertos elementos deco-rativos. De la etapa protogótica conservamos varios ejem-plos en Avilés, incluyendo la iglesia de Sabugo, la portada septentrional del antiguo convento de San Francisco (actual San Nicolás de Bari) y un arco, bastante deteriora-do pese a su reconstrucción, del templo de San Pedro de Navarro en Valliniello. Todos estos ejemplos pueden fecharse en esa fase de ensayos que comprende desde la primera mitad del siglo XIIIhasta los inicios del siglo XIV.

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La iglesia “vieja” de Santo Tomás de Sabugo, como es popularmente conocido este templo, es la única iglesia avilesina de esta etapa que ha llegado hasta la actualidad conservada casi en su totalidad. Aunque en épocas poste-riores se llevaron a cabo ciertas reformas, éstas se centra-ron en las cubiertas, tanto de la nave como del ábside, así como en las capillas que se adosaron abiertas al muro sep-tentrional; el resto de la estructura corresponde a la edifi-cación románica. Se trata, en grandes líneas, de una igle-sia de nave única con cabecera semicircular precedida de tramo recto. Cuenta con dos portadas, la principal orien-tada al Oeste y la lateral, abierta en el muro meridional.

Santo Tomás de Sabugo se construyó en un momen-to ya avanzado del románico, cuando empezaban a llegar las nuevas formas y los nuevos presupuestos estéticos, con lo que esta iglesia podrá servirnos para comprender el pro-ceso de implantación de las novedades estilísticas proce-dentes del gótico europeo. Como era práctica habitual en el Medievo, la construcción de los edificios religiosos se comenzaba por la cabecera, para disponer, a la mayor bre-vedad posible, de un espacio donde poder al menos con-sagrar el altar. Por tanto, el ábside es la parte más antigua de Santo Tomás de Sabugo, tesis confirmada por el propio análisis estilístico. Se trata, como hemos mencionado anteriormente, de un ábside semicircular precedido de tramo recto, con lo que se emparenta con la corriente internacional del románico pleno. En su interior se dispu-sieron, en fechas muy posteriores, dos sepulcros, actual-mente situados a los lados de la nave. Aunque las cubier-tas actuales no son las originales, es probable que, siguiendo esa misma corriente, se cubrieran con bóveda de cuarto de esfera en el espacio semicircular, y de medio cañón en el tramo recto. Las cubiertas actuales se deben a una reforma moderna, en algún momento del siglo XVII, en la que se elevó la altura del templo para poder cubrirse con la bóveda actual, cegando, además, las saeteras del ábside. Fue en fechas próximas cuando se levantaron, adosadas al paramento norte, tres nuevas capillas (dedicadas a Santia-go y a la Virgen de las Mareas respectivamente, y una ter-cera conocida como de Llano Ponte). Al exterior, el ábsi-de se complementa con dos columnas entregas, que otorgan solidez al paramento de sillarejo, al tiempo que articulan la pared del tramo semicircular, recurso que tam-bién está presente en otras iglesias de la zona costera, como, por ejemplo, San Jorge de Manzaneda (en el muni-cipio de Gozón). Los capiteles de estas columnas se deco-ran con temática vegetal. En los muros laterales de la nave se han conservado algunos de los canecillos, indicando ahora dónde se situaría el límite original de la cubierta en época románica.

En el interior se conserva el arco triunfal que, por sus características estructurales y decorativas, puede clasificar-se como elemento e transición. Se trata de un arco de gran altura, de perfil apuntado, articulado en dos arquivoltas protegidas por guardapolvo. La primera arquivolta, la más exterior, se decora en el frente con un motivo ampliamen-te difundido en el románico cosampliamen-tero asturiano, la banda de zigzag. La segunda arquivolta aparece desornamentada. Por su parte, la fina moldura del guardapolvo, lisa, se acompaña de una sucesión de grandes apomados en el lado interior. Toda esta estructura apea sobre las impostas que, sencillamente molduradas, coronan los capiteles de temática vegetal.

La portada occidental presenta un aspecto más cuida-do y de carácter más avanzacuida-do, tal como se aprecia, en pri-mer lugar, por su abocinamiento y su articulación. En este punto, hemos de poner en relación las iglesias de Santo Tomás de Sabugo y la primitiva iglesia de San Francisco (actual templo de San Nicolás de Bari). La comunidad de los franciscanos se estableció en Avilés entre los años 1267 y 1274. Según es costumbre en esta orden mendicante, ocuparon un lugar extramuros de la ciudad pero lo más cercano posible al núcleo urbano, quizá sobre una funda-ción monástica anterior. En cualquier caso, lo que hemos de destacar ahora es que la portada norte, única estructu-ra conservada del primitivo templo festructu-ranciscano, guarda relación con la portada occidental de Santo Tomás de Sabugo. Por sus trazas, por el apuntamiento de sus arqui-voltas y por el abocinamiento tan desarrollado, ambas pueden considerarse estructuras de una cronología muy avanzada, aunque la de San Francisco (hoy San Nicolás de Bari) es más evolucionada, observación lógica si tenemos en cuenta el marco temporal, puesto que la iglesia francis-cana se edificó con posterioridad a la de Sabugo. También se puede apreciar esta evolución estilística en el trata-miento escultórico de sus distintos elementos. Por ejem-plo, en la antigua iglesia franciscana (hoy San Nicolás de Bari), los capiteles fueron ya esculpidos constituyendo un friso corrido de aspecto unitario; además, y como conse-cuencia de la sensibilidad naturalista propia de la orden franciscana, la temática antropomorfa es desplazada de los capiteles (que, a diferencia de Sabugo, sólo presentan decoración vegetal), quedando las imágenes historiadas relegadas a los canecillos del tejaroz.

Al igual que la portada del lateral sur, la portada prin-cipal de la iglesia de Sabugo es un cuerpo saliente remata-do por tejaroz con canecillos. El tejaroz presenta toremata-dos sus elementos profusamente decorados: apomados en el fren-te de la cornisa y cruces inscritas en círculos en su intra-dós, metopas con flores de lis alternando con rosetas

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ins-Portada oeste Portada sur Capiteles de la portada sur

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critas en círculos; las metopas con flores de lis y motivos geométricos, y los canecillos, tallados con temas antropo-morfos y rollos. Es una portada conformada por cuatro arquivoltas de perfil apuntado, molduradas todas ellas a base de boceles y medias cañas; el guardapolvo que las protege se recorre por una banda de flores tetrapétalas en posición invertida y de fuerte geometrización, ejecutadas en una talla de destacado altorrelieve. Tetrapétalas que se repiten en las impostas, acompañadas por máscaras huma-nas en los vértices, como también ocurrirá en la portada lateral.

Entre los capiteles de la portada occidental de Santo Tomás de Sabugo domina la decoración de temática antropomorfa y zoomorfa. En la jamba izquierda, y en orden de izquierda a derecha, los capiteles presentan un felino, cuyo cuerpo excede de los límites del capitel, hojas, aves y un nuevo motivo vegetal de aspecto carnoso. En la jamba derecha, y reseñándolos en el mismo orden, se tallaron unos motivos muy similares, incluso en su dis-posición. Así, encontramos nuevamente un felino, un vegetal, dos aves comiendo de un fruto, y, como novedad, cinco rostros o máscaras humanas, dispuestas en perfecta sucesión y de factura tosca. Se trata simplemente de ros-tros humanos entre los que resulta imposible distinguir algún atributo, siquiera el género de los personajes, que permitan identificar la escena. En los codillos entre colum-nas, a la altura de los capiteles, en ambas jambas se han incluido varios rostros humanos, también inidentificables, y que actúan a modo de esbozo de friso continuo, aunque se aprecia claramente que los capiteles siguen presentán-dose como volúmenes independientes.

De este repertorio iconográfico, las imágenes más destacadas, por su significación, son las de temática ani-mal. La presencia de felinos, normalmente presentados en parejas en diferentes actitudes, es una de las iconografías más difundidas y complejas del repertorio medieval, debi-do a sus múltiples lecturas; la primera de ellas es la que se relaciona con el miedo que provocan estos animales, por lo que su ataque podría simbolizar, sencillamente, la muer-te, tal como es frecuente encontrar en sarcófagos paleo-cristianos; otras posibilidades son la lucha entre el vicio o la virtud, los propios castigos infringidos a los pecadores o, siguiendo con los temas relacionados con el mundo infernal, la lucha del Bien contra el Mal; aunque también es preciso señalar que el león puede tener una lectura posi-tiva, como símbolo apotropaico.

El tema de las aves afrontadas también es un motivo muy habitual en el románico asturiano, especialmente en las zonas costeras. Esta iconografía, nacida en el período paleocristiano, poseía un claro significado eucarístico,

pues, acompañadas de una crátera o del árbol de la vida (o del fruto de éste), las aves simbolizan las almas de los hombres justos bebiendo del vino consagrado. Si estas aves eran representadas como pavos reales, el simbolismo eucarístico era doble, pues el pavo real era una perfecta metáfora de la idea de muerte y resurrección, combinada con la idea de la vida eterna (el vaso eucarístico); pero no parece que se trate del caso que se estudia.

En el paramento del lado sur de la nave se abre la por-tada lateral del templo. Se trata de una porpor-tada abierta en un cuerpo destacado y rematado por un tejaroz con cane-cillos. Estos canecillos, situados bajo una cornisa recorrida por pequeños óvalos imbricados tallados en fino relieve, presentan temas variados que incluyen representaciones humanas, zoomórficas, vegetales y geométricas. La porta-da propiamente hablando, está conformaporta-da por tres arqui-voltas de medio punto, decoradas de forma muy sumaria, a base de molduras cóncavas recorridas por dientes de sie-rra y boceles de potente desarrollo; la arquivolta exterior, además, va recorrida por una fina hilera de perlas. Toda esta estructura se protege por un guardapolvo decorado con el tan extendido motivo del taqueado o ajedrezado. En cuanto a los soportes, sólo las arquivoltas exteriores apoyan sobre columnas coronadas por capiteles, mientras que la rosca interior apea directamente sobre las jambas de la portada, jambas que se animan con esas mismas moldu-ras cóncavas-convexas que aparecen en la propia arquivol-ta, ofreciendo así una solución de continuidad visual que también podemos rastrear en otros ejemplos cercanos del románico costero asturiano, como San Miguel de Serín (en el concejo de Gijón) o Santa María de Logrezana (en Carreño), aunque en estas iglesias se logre con recursos decorativos diferentes a los de Sabugo, o la también avile-sina iglesia de San Nicolás de Bari (actual iglesia de los Padres Franciscanos). Las impostas se decoran con una sucesión de flores tetrapétalas en posición invertida, muy similares a las que aparecían en el guardapolvo de la por-tada principal de esta misma iglesia; en los vértices de unión entre las impostas se sitúan varias máscaras. Los dos pares de columnas son de fuste liso, monolítico y de pro-porciones cortas, y apoyan sobre basas de gran volumen que conservan restos, muy erosionados, de mascarones esculpidos en su frente. En cuanto a los capiteles, las dos piezas de la jamba izquierda se decoran con idéntica temá-tica vegetal, de largas hojas lanceoladas entre las que se sitúan varias bolas o, quizá, frutos de volumen esférico; como dato destacable, en el codillo entre ambas columnas, y a la altura de sus capiteles, a modo de friso continuo, se esculpió un rostro humano, de aspecto similar a los que aparecen en las impostas de esta misma portada. Los

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capi-Alzado sur Planta

0 1

0 1 5 m 5 m

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Alzado oeste Sección transversal

0 1 5 m

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teles de la jamba derecha destacan por presentar decora-ción figurativa; el capitel exterior muestra un motivo bas-tante difundido en el románico, como es la imagen de dos felinos afrontados y compartiendo una única cabeza, aun-que en el caso de Sabugo, y a diferencia del esaun-quema habi-tual para esta representación, los animales están dispuestos en posición vertical, es decir, levantados sobre sus cuartos traseros, en lugar de apoyar las patas sobre el collarino del capitel. El capitel interior de la jamba derecha representa un rostro humano, barbado y con los párpados cerrados, entre dos finas representaciones vegetales, quizá helechos muy estilizados.

Por todo lo anteriormente expuesto, podemos con-cluir que la iglesia de Santo Tomás de Sabugo es resultado de una cuidada combinación de las soluciones del románi-co pleno y de los nuevos elementos protogótirománi-cos, así como de la unión de fórmulas propias de la corriente culta internacional con elementos de la tradición local. Esta doble fusión no resulta extraña si tenemos en cuenta la importancia de Avilés como puerto comercial en la Euro-pa medieval.

La iglesia de Sabugo mantendrá su estructura original hasta el siglo XVIII, época en la que comenzaron a realizar-se una realizar-serie de reformas que, de todas formas, no alteraron el templo en lo que se refiere a su construcción. Fue en ese siglo cuando se añadió un pórtico frontal, protegiendo la fachada principal, pórtico que serviría, hasta su derribo a principios del siglo XX, como lugar de reunión del Gremio de Mareantes. También es en esa centuria cuando se modi-ficaron las cubiertas originales, abovedándose la nave, que en origen contaría con armadura de madera, y se tapiaron las ventanas románicas de la nave cuando las cofradías de Mareantes y Terrestres patrocinaron la construcción de las capillas segunda y tercera del lado del evangelio, cuyas trazas, firmadas en 1732, son del maestro Joseph Moñiz. El continuo crecimiento del barrio de Sabugo hizo que, a mediados del siglo XIX la iglesia románica fuese insuficiente para atender a la población. Mientras, en 1850 el párroco de entonces, Juan de Ovies, logró el permiso necesario para utilizar como iglesia parroquial de Sabugo la iglesia del vecino ex-convento de La Merced. Desafor-tunadamente, poco después, y probablemente a causa de la nueva desamortización de Madoz de 1855, se hubo de abandonar ese edificio y regresar a la iglesia románica de Sabugo. A finales del siglo XIXse hizo patente la necesidad de construir una nueva iglesia, de mayores proporciones, en el barrio. Así, en verano de 1895 se comenzaron las obras del nuevo templo de Sabugo, bajo la dirección del arquitecto diocesano Luis Bellido González (1869-1955). La nueva iglesia de Sabugo, que mantenía la advocación a

Santo Tomás, se iba a levantar sobre los terrenos del ya derruido ex-convento de La Merced, al final de la nueva calle abierta entre el barrio de Sabugo y la Villa. La ya conocida como iglesia vieja de Sabugo es hoy en día utili-zada de forma esporádica para actos religiosos muy con-cretos; el entorno urbano en el que se engloba, la plaza del Carbayo, en el barrio medieval de Sabugo, ha sido inclui-do recientemente en una resolución de la Consejería de Cultura, Comunicación Social y Turismo, según la cual se aprobaba el carácter de entorno histórico protegido.

Texto y fotos: ACG - Planos: JLL/LLL

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OMO YA SE HA COMENTADOal hablar de la iglesia medieval de San Nicolás de Bari (actual iglesia del convento de los Padres Franciscanos), la posible confusión entre estas dos iglesias, edificadas en fechas muy próximas, se debe a un traslado, con el consiguiente cambio de advocaciones, efectuado en época reciente, como consecuencia de la desamortización de bienes ecle-siásticos de finales del siglo XIX. En efecto, el proceso de desamortización, que jugó un importante papel en la polí-tica urbaníspolí-tica de Avilés durante la primera mitad del siglo XX, afectó a los tres conventos existentes en ese momento en la ciudad (San Francisco, San Bernardo y La Merced), así como a la antigua malatería de Santa María Magdalena de los Corros, situada en el extrarradio. Esto proporcionó una serie de amplios edificios y espacios que pudieron ser reutilizados para otros fines, incluyendo los no religiosos, sin que ello supusiese la destrucción inme-diata de las construcciones. Así, el convento de los padres franciscanos, situado muy próximo a la plaza del ayunta-miento, fue brevemente ocupado por las monjas del con-vento de Santa Clara de Oviedo entre 1837 y 1845; y pos-teriormente pasó a tener diferentes usos de carácter civil, entre ellos el de Liceo. Finalmente, el 30 de diciembre de 1949 tuvo lugar el traslado de la parroquia de San Nicolás a la iglesia del convento de San Francisco, y viceversa. Para evitar confusiones en los comentarios, nos referire-mos a estas iglesias con el nombre de su advocación origi-nal durante la época medieval, recordando al mismo tiem-po, entre paréntesis, su titular actual. Así pues, tendremos presente en todo momento que ésta es la ficha del que en origen fue iglesia de la comunidad franciscana de Avilés.

Dicha comunidad religiosa se asentó en Avilés entre los años 1267 a 1274, poco después de su llegada a Astu-rias (en los años treinta del siglo XIII fundaron un primer asentamiento en Oviedo), tal como se deduce de la docu-mentación conservada. Como solía ser habitual en esta orden religiosa, los monjes ocuparon un lugar situado extramuros, pero cercano al núcleo urbano.

No es mucho lo que se conserva del conjunto monás-tico original. De la iglesia conventual de San Francisco de Avilés (actual parroquia de San Nicolás) sólo ha llegado hasta nuestros días la portada septentrional, y de las depen-dencias monásticas propiamente dichas se conservan la tri-ple arquería de ingreso a la sala capitular y una pieza de cancel, englobada ésta en el paramento norte del claustro.

Estos dos elementos han servido para apuntar la existencia de alguna fundación monástica anterior a la llegada de los frailes franciscanos. A este respecto, y tal como plasmaron O. Bellmunt y F. Canella en 1895, “Madoz supone que debió ser [el convento] el de Samos, al que se retiró don Alfonso el Casto cuando huyó de Oviedo”.

No conservamos testimonios documentales que per-mitan afirmar la existencia previa de un edificio de carác-ter religioso en el emplazamiento donde se luego se insta-larían los monjes franciscanos. Ha sido esa pieza de cancel, de filiación prerrománica, la que dio origen a estas especulaciones, permitiendo relacionar el lugar con una de las donaciones efectuadas por Alfonso III en el año 905; el testamento de este rey habla de dos iglesias, bajo las advo-caciones de San Juan Bautista y Santa María respectiva-mente, emplazadas en esta villa costera: et uillam Abellies, secus oceani maris cum ecclesiam Sancti Ioannis Baptistae et eclessiam Sanctae Mariae in Abellies. La validez de esta referencia es dis-cutible, pues parece tratarse de una más de las falsificacio-nes interpuestas por mandato del obispo Pelayo, preocu-pado por aumentar el poder de la iglesia ovetense. Aunque su origen prerrománico no está probado, puede que este texto haga referencia a sendas iglesias que sí existían en la época en la que se escribió, aunque desaparecerían poste-riormente. El cancel conservado en la iglesia de San Fran-cisco de Avilés (actual parroquia de San Nicolás) fue des-cubierto en 1867 al realizar unas obras en la iglesia. Se trata de un tablero de cancel con decoración que recuerda modelos visigodos. La pieza, tallada a bisel, está decorada con tallos ondulantes entre los que se incluyeron imágenes de hojas nervadas y de racimos de uvas, todo ello remata-do con zarcillos espirales y flanquearemata-do por sendas moldu-ras lisas. El conjunto ofrece un aspecto muy similar a otmoldu-ras piezas de este tipo, como pueden ser los ejemplos de Santa Cristina de Lena y los dos tableros de cancel pro-cedentes de Santianes de Pravia, todos ellos con idéntica función: servir de separación entre el altar y la zona desti-nada a los fieles en las iglesias prerrománicas.

Por su parte, la pequeña arquería incluida en la crujía Este del claustro resulta más arcaizante que la portada del templo y, por sus características estilísticas, cabría pensar que sea anterior a ella. Se trata de tres arcos, articulados todos ellos en dos arquivoltas de medio punto, de dovelas perfectamente escuadradas, desornamentadas; la decora-ción únicamente aparece en los capiteles, contando éstos

Convento de San Francisco del Monte

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Portada. Alzado y planta

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con un repertorio iconográfico bastante diverso, que incluye una pareja de felinos apoyados sobre sus cuartos traseros vueltos y comparten una única cabeza, imagen muy difundida en el románico asturiano y de la que hay, como ejemplo más próximo, un capitel en la portada occi-dental de Santo Tomás de Sabugo. El tema zoomorfo está también presente en la imagen de tres aves, perfectamente dispuestas en base al eje de simetría del capitel en el que fueron talladas. Las representaciones antropomórficas que-dan reducidas a un rostro de carácter grotesco y tosca eje-cución que asoma entre la decoración vegetal de un capi-tel. El resto de los capiteles se decora con diferentes composiciones vegetales, en general muy esquematizadas, o de lacería.

Aunque por sus trazas esta arquería podría ser fecha-da entre finales del siglo XIIy principios del siglo XIIIy ser contemporánea de la portada principal de San Nicolás de Bari (actual iglesia de los Padres Franciscanos), de la igle-sia de Santa María Magdalena de Corros y de la sala capi-tular de Santa María de Raíces, lo que supondría que el asentamiento de la comunidad franciscana en el último tercio del siglo XIII tuviera lugar sobre alguna fundación monástica anterior, nada permite confirmar tal cronología. Sin duda, además de las trazas semicirculares de los arcos, la talla de los relieves distancia esa obra de la portada sep-tentrional. Pero, como ha expuesto M. S. Álvarez (1999), aunque simplificados, se aprecian motivos propios de la flora compuesta del gótico temprano que se relacionan con los capiteles del lado izquierdo de la portada septen-trional que hacen pensar en una cronología paralela a ella.

De la iglesia levantada por los monjes franciscanos únicamente se conserva, como ya hemos mencionado, la portada septentrional. Abierta en un cuerpo saliente que incluye un tejaroz sostenido por canecillos y con decora-ción escultórica en todas sus piezas. La cornisa aparece decorada, en su frente, con relieves vegetales de tallos ondulados, y en su intradós con parejas de flores de dis-tinta apariencia y rombos imbricados; por su parte, en las metopas se repiten las composiciones florales, igualmente variadas. Los canecillos centran el repertorio antropomór-fico de esta portada, donde destaca una mujer con un niño en su regazo y las figuras de sendos hombres en actitud tenante; para M. S. Álvarez, estas dos últimas representa-ciones masculinas, en posición erguida aunque con las piernas ligeramente flexionadas y los brazos extendidos hacia el cielo, podrían ponerse en relación con el tema del “hombre ascensional románico”, es decir, el hombre resu-citado, imagen que, por lo forzado de su adaptación a los límites del canecillo, se habría asimilado finalmente con la iconografía del tenante. Según J. García San Miguel,

algu-nos de estos canecillos fueron sustituidos, en el siglo XIX, por otros “similares”.

El vano de acceso presenta perfil apuntado, y se arti-cula en cuatro arquivoltas, sencillamente molduradas a base de boceles y medias cañas, y protegido por guarda-polvo. Las arquivoltas apean sobre las líneas de imposta decoradas con una sucesión de flores tetrapétalas de botón central, talladas en un acusado altorrelieve. La decoración de los capiteles es predominantemente vegetal, con diver-sas composiciones entre las que asoman algunos rostros humanos.

La portada septentrional de la iglesia de San Francis-co (actual San NiFrancis-colás) puede ponerse en relación Francis-con la portada occidental de Santo Tomás de Sabugo. Por sus tra-zas, por el apuntamiento de sus arquivoltas y por el aboci-namiento tan desarrollado, ambas pueden considerarse estructuras de una cronología avanzada, aunque la de San Francisco (actual San Nicolás) es más evolucionada, obser-vación lógica si tenemos en cuenta el marco temporal, puesto que la iglesia franciscana se edificó con posteriori-dad a la de Sabugo. De hecho, para R. Alonso resulta fácil demostrar la participación de dos talleres diferentes en la ejecución de esta portada: por una parte, uno de los talle-res labró los capiteles de la jamba derecha, los más seme-jantes a la portada de Sabugo, y por otra parte, otro taller se encargó de los capiteles de la jamba izquierda, que pre-sentan un aspecto estilísticamente más evolucionado. Por ejemplo, los capiteles fueron ya esculpidos constituyendo un friso corrido de aspecto unitario; además, y como con-secuencia de la sensibilidad naturalista propia de la orden franciscana, la temática antropomorfa es desplazada de los capiteles (que, a diferencia de Sabugo, sólo presentan decoración vegetal), quedando las imágenes historiadas relegadas a los canecillos del tejaroz.

Como elemento destacable, en el vértice de la porta-da, en pie sobre la línea del guardapolvo, se talló una figu-ra masculina ataviada con el hábito ffigu-ranciscano, y de ros-tro inexpresivo; la imagen ha perdido la mano derecha y con la izquierda sostiene un objeto de difícil identifica-ción. Se trata, probablemente, de una representación del titular del templo, San Francisco, siguiendo la práctica de representar al santo patrono en el ingreso al espacio sagra-do, que en Asturias se aprecia en varias construcciones del siglo XIIIde estilo protogótico.

El conjunto monástico de San Francisco de Avilés (actual parroquia de San Nicolás) sufrió diversos avatares a lo largo de su historia, que provocaron sucesivos y pro-fundos cambios en su aspecto original. En 1522 Avilés sufrió un importante terremoto, que afectó a gran parte de los edificios, entre ellos convento de San Francisco y la

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