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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

www.virgendeguadalupe.org.mx

Homilía pronunciada por Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, Obispo de la Diócesis de Toluca, en la peregrinación de su Diócesis a la Basílica de Guadalupe.

25 de febrero de 2016 Señora y Madre nuestra, como cada año venimos a visitarte tus hijos de la Diócesis de Toluca para manifestarte nuestro amor y veneración especialísima. A ti que, cumpliendo el mandato recibido de tu Hijo al pie de la cruz (Jn 19, 26), te nos has presentado como madre, a nosotros los discípulos de Cristo, que hemos participado de su redención1. Fue el 12 de diciembre de

1531 que tuviste a bien presentarnos a tu Hijo, el Sol que nace de lo alto (cfr. Lc 1, 78), como respuesta a un pueblo que estaba por surgir, a unos hombres y mujeres destinados a las salvación, a una patria que se abriría a las esperanzas de la Iglesia2.

Queridos hijos, la Señora de Guadalupe ha sido para nuestro pueblo el

rostro materno y misericordioso del “Dios verdadero3 por quien se vive,

el Creador de las personas, el Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo, el Señor del Cielo y de la Tierra”. Cuando nuestros antepasados creían en

un dios demasiado importante, incapaz de ocuparse directamente de las personas, por ella entendieron que ese Dios los amaba tanto que se había hecho ser humano como ellos, con una madre humana, el Tloque Nahuaque (el que está cerca, al lado y alrededor de las cosas) 4.

El indio Juan Diego al oír que ella: “la Madre del verdadero Dios, de

Aquel por quien se vive… la perfecta siempre Virgen”, se honraba en ser su

madre: “¿Acaso no estoy yo aquí, yo soy tu madre?... “hijito mío el más

amado”, comprendió desde su misma experiencia personal que, en efecto,

nada tenía que temer, pues nada más amoroso y cuidadoso que una madre virtuosa, vigilante, solícita, que cría a sus hijos, tiene continuo cuidado de

1 CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, La profesión de la fe, n. 501.

2 cfr. CELAM, Exhortación Apostólica: La presencia de Santa María de Guadalupe y el compromiso

evangelizador de nuestra fe, Bogotá 1981, n. 50.

3 JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Postsinodal: Ecclesia in America: Sobre el encuentro con

Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América, (enero de

1999) n. 11.

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2 ellos, vigila que no les falte nada, sirve a todos, está pendiente de las necesidades de cada uno, y cuida de todo aquello que hace falta en la casa5.

Madre nuestra, qué más signos de la misericordia de Dios hacia

nosotros, que todo lo que tú has hecho, haces y seguirás haciendo por tus hijos.

A partir de la presencia entre nosotros de la Virgen Morena, sus interlocutores: Juan Diego, Juan Bernardino, Fray Juan de Zumárraga y todos los pobladores de esta tierra, contemplando a la señora del cielo, percibieron en ella cuánto hay de hermoso en la tierra. El indio Juan Diego descubrió en ella a una mujer deslumbrantemente bella, adornada con vestiduras resplandecientes como el sol, que mostraban una realidad divina. Sin embargo, ella, lejos de ser altanera o despótica, no lo esperó sentada en un icpalli (trono de reina), sino que de pie lo llamó a que se colocara junto a ella6. Que mayor dignidad Madre mía que estar junto a ti, que grande signo de misericordia para los habitantes de esta tierra.

En la curación milagrosa del moribundo Juan Bernardino, tío de Juan Diego, la morenita del Tepeyac otorgó a las mentes escépticas un signo

claro de la misericordia divina, haciendo cercano el consuelo de Dios para

los enfermos, los que sufren, los más indefensos, los pobres, los descartados, los vulnerables; y dijo con ternura materna: “Porque yo soy madre compasiva

de todos, tuya y de todas las gentes de esta tierra, y de los demás variados linajes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen,

los que me honren confiando en mi intercesión”7. Sus palabras parecían evocar

las palabras del profeta Isaías al referirse al Dios de Israel: “¿Acaso olvida una

madre a su niño de pecho, y deja de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). Con su compasión

maternal ha manifestado un amor desbordante hacia nosotros, y ha asumido la historia de nuestra Iglesia particular de Toluca, identificándose con sus hijos de esta tierra; y con su cercanía afectiva y efectiva nos ha revelado de manera clara a aquel que es el rostro misericordioso del Padre del cielo, nuestro Señor, Jesucristo, el Hijo amado de la Virgen.

Nuestra Madre, cuando pidió que se le construyera una casita para

poder ofrecer todo su amor, compasión, ayuda y misericordia a quien se lo pidiera, quiso mostrar su compasión y la misericordia de Dios

5 cfr. Ibidem, n. 117. 6 cfr. Ibidem, nn. 14-21. 7 cfr. Ibidem, nn. 29-31.

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hacia los pobres8. Hoy venimos a esta casita, sus hijos de la Diócesis de

Toluca, para contemplar su mirada de respeto y delicadeza, compasión y

misericordia, que nos muestra al verdadero Dios, y a escuchar una vez

más que nos diga: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿Acaso no

estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu

alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos?”9. Confiados

en estas palabras suyas queremos hoy, como lo hizo el indio Juan Diego, asumir el compromiso de no poner obstáculos para la misión que su Hijo nos ha confiado, porque nos sabemos amparados, protegidos, seguros en su corazón de Madre. Por eso los esposos se dirán uno al otro y les dirán a sus hijos; los miembros de la Vida Consagrada y los ministros ordenados diremos a todos lo que el Hijo de la señora del Cielo nos has pedido: que amemos a los hermanos, propaguemos la buena noticia de la salvación que Dios nos ofrece, busquemos establecer el Reino de Dios entre nosotros, y confiemos, más que en nuestras fuerzas, en la gracia divina.

De Ti Virgen morena del Tepeyac hemos aprendido que evangelizar es entrar en el modo de pensar de nuestros pueblos, para descubrir, no destruir, los valores que encierran sus culturas; siguiendo su ejemplo nos sentimos llamados a realizar una pastoral misionera e inculturada. En ella descubrimos una invitación a la inculturación del Evangelio, pasando de una pastoral centrada en la sede parroquial (Tlatelolco), en el clero (Obispo Zumárraga) y replegada en lo sacramental10, a una pastoral misionera, descentralizada del

templo (el Tepeyac), comprometida con el pobre y el marginado11. Esto

significa que hemos de ser capaces de trasformar la institución eclesiástica en una comunidad eclesial, con una activa participación de todos los fieles cristianos laicos, los nuevos Juan Diegos. En Juan Diego, queridos hijos, podemos contemplar un modelo de discípulo misionero.

Cuando la Virgen Salió al encuentro de Juan Diego, no esperando a que él fuera a su presencia, nos dejó claro que la fe debe estar conectada con los acontecimientos de la vida diaria, tal como nos ha exigido ahora el Papa Francisco, exhortándonos a salir a: “las periferias, donde el pueblo fiel está

más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe”. Y nos dice,

también: “Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar termina

centrándose sólo en ella y entonces se enferma”12. La Virgen nos ha

enseñado que debemos estar dispuestos a escuchar el llanto, la tristeza, los dolores de nuestros hermanos, para consolarlos y

8 cfr. Ibidem, n. 29. 9 cfr. Ibidem, n. 119.

10 Así aparece descrita la realidad en el n. 69 del Nican Mopohua. 11 cfr. JOSÉ LUIS GUERRERO, Nican Mopohua, cit., nn. 7.32.

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liberarlos13, y hacerles cercana la misericordia divina, con un trabajo pastoral realizado en comunión, teniendo en cuenta la realidad y sus desafíos, proponiendo objetivos comunes, para que juntos, con una acción pastoral

eclesial, podamos conseguir una sociedad más justa, libre, humana, humanizadora y misericordiosa14.

Queridos hijos, como Juan Diego que se supo enviado y experimentó sus limitaciones: “mucho te ruego, Señora mía, mi Reina, mi Virgencita, que ojalá

a alguno de los ilustres nobles, que sea conocido, respetado, honrado, a él le concedas que se haga cargo de tu venerable aliento, de tu preciosa palabra

para que sea creído”15, pero que, sin embargo, respondió al envío de manera

inmediata y transmitió lo que había visto y oído, obedeciendo a la Señora del cielo y al obispo, nosotros hoy debemos responder, a pesar de nuestras limitaciones, con un auténtico trabajo pastoral, que nos exige una grande creatividad, imaginación y esfuerzo, para hacer presente el Reino de Dios, desde las familias, en nuestras circunstancias actuales.

Imitando a Santa María de Guadalupe procuremos acercarnos a nuestra gente sin afán de dominio y sin pretensión utilitarista, sino con humildad. No

descalifiquemos a ninguno de nuestros hermanos, al contrario, procuremos mostrarles la ternura y la misericordia de Dios. Hagamos cercano a los más pobres, de manera afectiva y efectiva, el amor de Dios y de la Santísima Virgen María de Guadalupe, de manera que puedan experimentar de Dios su compasión, su delicadeza, su misericordia16.

13 cfr. JOSÉ LUIS GUERRERO, Nican Mopohua, cit., n. 32. 14 Ibidem, nn. 12.27.32-33.

15 Ibidem, nn. 54. 16 Ibidem, nn. 29.119.

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Oración

Virgen María de Guadalupe, madre llena de misericordia, hoy nos postramos a tus pies para abrirte nuestro corazón, para poner en tu dulce corazón de Madre

todas nuestras penas y todo lo que nos aflige. Míranos con ojos de misericordia,

y por el amor que tienes a Jesús dígnate consolarnos y escucharnos.

Elevamos a ti nuestra voz, oh Madre misericordiosa,

Madre llena de piedad,

e imploramos el bálsamo consolador de tu amor maternal.

Tú que eres Madre, comprendes perfectamente la tribulación de nuestro corazón,

que aunque se siente indigno de la misericordia divina, por tantas miserias,

suplica a tu corazón de Madre con confianza de hijo. Alcánzanos de tu divino Hijo

el perdón de nuestros pecados, una fe viva y ardiente,

y la gracia ser fieles a la vocación que hemos recibido de él. María de Guadalupe,

Madre de gracia y de misericordia, ruega por nosotros.

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