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Melissa Good - Tormenta Tropical 3 El Ojo de La Tormenta

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Academic year: 2021

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El ojo de la tormenta

Índice: Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12

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Capítulo 1

El aire estaba repleto de un temor nervioso, a pesar de la pulcritud, si es posible que una sala de conferencias perfectamente amueblada pudiera dar una apariencia de relajación. Seis personas estaban sentadas alrededor de la mesa de madera con muescas, todos ellos con miradas de temor en sus rostros. Era media tarde y varios rayos de sol entraban a través del conjunto de altas ventanas, pintando la pared

opuesta a ellas de relucientes líneas.

—¿Y bien?—. Una baja mujer de pelo oscuro removió los papeles que tenía frente a ella. —Nunca pensé que llegara a ver esto.

Un hombre alto, de cabello igualmente oscuro, que estaba frente a ella se recostó y cruzó los brazos. —Vamos, Ann… eran evidente… ¿seis nuevos contratos y dos de ellos competencia directa a los suyos?— . Hizo un gesto de disgusto. —Era cuestión de tiempo—. Echó un vistazo a su reloj. —Hablando de ello… ¿cuándo va a llegar esa tremendamente mala noticia?

Ann Delaney se puso en pie y caminó hacia la ventana, siendo apenas lo suficientemente alta como para mirar a través de ella.

—No lo sé… tal vez se ha retrasado el avión… ya conoces a esa clase de gente. Vendrán cuando estén con todo preparado y bien listos. Además he oído que quien viene es un hueso duro de roer.

Un hombre gordo y calvo se levantó y fue hacia la cafetera, sirviéndose una taza.

—¿Y eso es nuevo? No iban a mandar a los chicos buenos a hacer este tipo de trabajo… Le he dicho a la de contabilidad que se ponga a sus pies, Dios sabe lo que va a pedir.

Unos pasos sonaron sobre la alfombra exterior y la manilla se movió, abriendo la puerta de madera. Un delgado y canoso hombre entró seguido por una extraña.

—Buenos días a todos. Por favor, tomen asiento.

—Buenos días, Charlie— murmuró Ann, volviendo a su asiento, mirando, igual que el resto de sus compañeros, a la mujer que rodeó la mesa hasta situarse al frente de la misma, dejando el maletín en el suelo.

Charles Efton se sentó y entrecruzó sus manos.

—Bien, aquí estamos todos, tal como usted solicitó—. Volvió su atención a la silenciosa figura que esperaba en la cabeza de la mesa. —Creo que podemos empezar.

Unos fríos ojos le miraron.

—Gracias—. La voz era tranquila, pero vibrante. —Tengo una lista de cosas que voy a necesitar para comenzar este proceso—. Con fuertes y poderosas manos abrió el maletín y sacó un fajo de papeles que

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dejó sobre la mesa. —No creo que haya nada extraño en ella. Una vez tenga esta información, podremos proceder.

Ann tomó la hoja superior y pasó con sus dedos la pila. Miró el papel. Una lista de varios informes encabezaba las solicitudes. Algunos ya se los esperaba, otros eran…

—¿Dependientes?— Levantó bruscamente la mirada, encontrándose con unos ojos inteligentes que la observaban fijamente. —¿Es realmente necesario?

—Te sorprendería lo que puede parecerme necesario— respondió la mujer enérgicamente. —Me gustaría dejar mis cosas en el hotel. Eso debería darles unas… dos horas. No necesitarán más tiempo—. Un latido. —¿De acuerdo?

Ann recogió los papeles y los recolocó con unos movimientos pequeños y precisos. —De acuerdo.

—Bien—. El sonido de la cremallera del maletín cerrándose se hizo de repente demasiado fuerte. Charlie se levantó de inmediato y se adelantó, uniéndosele el hombre alto y moreno. —Ah, sí… nos debería dar tiempo… um, Sam, lo siento… debería haberte presentado pero…

La mujer se volvió y le ofreció una mano. —Sam Gershwin, ¿verdad? Eres el director.

Unos astutos ojos marrones la observaron con cuidado antes de devolver el apretón. —Exacto… Lo siento… no hemos alcanzado a oír tu nombre, er…

Los claros ojos brillaron brevemente.

—Kerry Stuart—. Una sonrisa apareció, rompiendo con facilidad la fachada de negocio antes de

desaparecer. —Encantada de conocerle… Estoy segura de que podremos hacer de esto una transición sencilla.

—Por supuesto— murmuró Sam, mientras miraba los finos y suaves hombros de la mujer. —¿Necesita un guía?— Los ojos verde intenso miraron su rostro, luego descendieron.

—No, gracias—. Kerry le obsequió con una breve sonrisa. —Desde la sala, todo recto. Les veo en breve—. Bordeó la mesa y caminó hasta la puerta, consciente de las miradas clavadas en su espalda, que se cortaron al cerrar la puerta tras ella, escuchando las voces que se alzaron de inmediato.

Con un suspiro salió a la agradable luz del sol, tomando una bocanada de aire perfumado de fragancia de pinos.

—Tal vez mejor que sean tres horas— decidió, dirigiéndose a su coche de alquiler a través de la grava. ***

El suave arrastrar de las botas sobre el acolchado suelo rompió el silencio, y el círculo de

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los dos dio un paso atrás y se giró, evitando una patada del más pequeño. Entonces tomó la pierna extendida por debajo de la rodilla, lanzando el otro cuerpo hacia abajo contra los muslos y la colchoneta. —Mierda—. La figura más pequeña rodó sobre sus pies y se volvió de nuevo, lanzándose esta vez al ataque con manos poderosas, equilibrándose sobre su sólido apoyo que perdió momentos después cuando su oponente se arrodilló y le dio un golpe en el pecho.

—Uff…

—Lo siento—. La voz arrastró las palabras mientras se separaban. Un segundo después se lanzaron de nuevo a la pelea, con un intercambio de rápidas patadas y golpes que terminó finalmente con el más alto de los dos cogiendo a ambos por el aire con un ataque de giro, aterrizando con un golpe y lanzando al más pequeño fuera de la zona de combate.

Y allí se quedó.

Dar se puso en pie y flexionó sus manos dentro del tatami tras lo cual salió.

—¿Estás bien, Ken?—. Extendió un brazo para ayudarle a levantarse. —No quise lanzarte tan lejos. —Sí, sí… —Ken Yamamura tomó la mano con buen humor y se dejó ayudar para levantarse. —Nah… estoy bien, Dar… sólo necesitaba recuperar el aliento… le hemos dado caña.

—Cierto— admitió la alta y morena mujer suavemente, mirando a su alrededor mientras la multitud

empezó a dispersarse, lanzándole agradecidas miradas. —Creo que me terminaré acostumbrando a formar parte de esta especie de circo.

—Phsw—. Ken sacudió su cuerpo, envuelto por un kimono limpio a juego del que llevaba Dar, y se apretó el cinturón negro. —Les encanta ver cómo me patean el culo, eso es todo, Dar… créeme, hay todo un grupo de todos esos niños que están disfrutando de cada minuto de esto—. Lanzó a su oponente una sonrisa, aumentando la ironía de sus palabras.

Dar dejó escapar una media sonrisa y pasó sus dedos por sus sudorosos cabellos.

—Bueno, eres el único que aceptó este combate… así que puedes culparte a ti mismo por completo. —Ugh… no me lo recuerdes—. Ken hizo una mueca mientras se frotaba el hombro. —Ni siquiera sé cómo ni con qué me has golpeado—. Hizo una pausa. —Literalmente—. Su cálida voz mostraba, sin embargo, cierta admiración. —En serio, Dar… realmente te lo estás currando… estoy completamente impresionado.

Comenzaron a andar hacia los vestuarios.

—Gracias… —exhaló Dar. —Está siendo… un retorno más rápido de lo que yo esperaba, francamente… Estaba medio segura de que estaba haciendo el idiota… intentando recuperar una especie de juventud perdida o una estupidez parecida.

Ken se paró, mirando fijamente el fuerte y angular rostro con una mirada de asombro.

—¿Perd… qué? ¿Qué has perdido qué dónde? Pero Dar… ¡habérmelo dicho!, hubiera puesto un póster de “Se busca”.

Los azules ojos se clavaron en él con una expresión divertida.

—Muy gracioso—. Sin embargo el elogio le agradó y golpeó al joven en el hombro mientras se dirigía a cambiarse de ropa. —Gracias, Ken… ¿Nos vemos mañana?

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Riendo Dar entró en el vestuario y fue hacia su taquilla, se soltó el cinturón y lo colgó de la puerta mientras se cambiaba de ropa. Los cullotes fueron reemplazados por unos largos pantalones de algodón y una camiseta que se metió en ellos. Guardo su equipaje en la pequeña bolsa y cerró la puerta de la taquilla, se echó al hombro la mochila y se dirigió a la puerta.

***

La habitación del hotel estaba en silencio, el suave sonido del crujir de hojas que llegaba desde el otro lado de la ventana era un contrapunto rítmico junto al teclear suave y el movimiento ocasional de algunas hojas. Kerry apoyó brevemente la barbilla sobre el puño y revisó la pantalla de su portátil mirando la introducción de un informe de situación.

—Muy bien… — suspiró. —Tal vez no sea tan malo, pero no se van a alegrar de perder los beneficios—. Kerry examinó el informe de nuevo, bajó la vista y miró por décima vez las hojas del mismo. —Me

pregunto si se dan cuenta de la extraordinaria suerte que están teniendo… no hay ni una oficina similar en quinientos kilómetros a la redonda.

Se levantó y se estiró, sintiendo la protesta de su espalda por estar sentada en la misma posición demasiado tiempo. Caminó hasta la ventana y se apoyó en el alfeizar, mirando el bosque en el que se hallaba sumergida su habitación.

Era el silencio, se dio cuenta, lo que resultaba tan significante. No había tráfico, o muy poco, en esa parte de Vermont, y el normalmente frenético ritmo de la vida parecía transcurrir más lento de lo que estaba acostumbrada. El hotel estaba compuesto por un grupo de pequeñas cabañas, cada una metida en pequeños claros entre los árboles y los matorrales, con unas vistas, sin obstáculos, de toda aquella selva que les rodeaba. Daba la sensación de estar en completa intimidad. Kerry se quedó largo tiempo mirando a través de la ventana hasta que volvió en sí, caminó por el piso de madera, se lanzó sobre la cama y se cubrió con la manta.

Era muy agradable, pensó, el poder ver diferentes sitios. Se revolvió y alcanzó el mando de la televisión, encendiéndola y pasando los canales de cable disponibles. Una escena familiar le llamó la atención y paró, bajó el mando a distancia, apoyando la barbilla sobre el antebrazo mientras miraba cómo el canal de viajes enfocaba un horizonte que ella conocía muy bien.

Su casa.

Kerry sintió cómo una leve sonrisa nostálgica se abría paso entre sus labios mientras miraba su reloj. Había estado de viaje las últimas dos semanas, aunque todo ello llegaría a su fin después de este último trabajo.

Lo que también era algo bueno. Kerry sacó la almohada de debajo de la colcha y la rodeo con sus brazos, exhalando suavemente y dejando que su mente imaginara dónde podría conseguir algo de cena.

***

—Hey, chica…—. Dar se las arregló para entrar por la puerta sin dejar que la frenética labradora se escapara. —Hey… tranquila… tranquila…. sé que es tarde…

Chino se resistió girando y gimiendo, agarrando los bajos de los pantalones cortos de Dar con sus dientes y tirando ferozmente.

—Muy bien… está bien… —La alta mujer dejó la bolsa de deporte y se rindió, sentándose sobre el frío suelo de baldosas y abrazando al perro. —Sí… muy bien… yo también te echaba de menos—. Cerró los

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ojos mientras el labrador le lamía la cara y se subía a su pecho, medio saltando buscando un buen agarre. —Está bien…

Chino finalmente se calmó y se acurrucó entre los brazos de Dar, jadeante.

—Buena chica—. Dar se apoyó contra la puerta y acarició las orejas de la perra. —¿Sabes una cosa, Chino?

Unos ojos marrones la miraron interrogantes. —Esto está asquerosamente tranquilo.

La perra le ladró.

Dar sonrió y le propinó un último abrazo; después se levantó y cruzando el gran salón entró en la cocina. Estaba casi dolorosamente limpia, y Dar apartó la mirada mientras se adentraba en la lavandería. Sacó su ropa de entrenamiento y la metió en la lavadora, junto con la toalla y su ropa interior y puso el aparato en funcionamiento. Luego volvió a entrar en la cocina y se dirigió al armario, lo abrió y tomó un gran vaso que llenó de leche de la nevera.

—Correo.

—Dar Roberts, seis mensajes, ninguno urgente. Kerry Stuart, doce mensajes, tres urgentes— respondió la consola, robándole una leve sonrisa a Dar.

—Ver mail Dar Roberts—. Revisó los encabezados y sonrió con energía. —Leer dos. Hola… jefa. Vermont es agradable.

—Eh… si te gustan los árboles— comentó Dar en voz alta, como solía hacer al leer los emails de Kerry. Aunque lo sería aún más si estuvieras aquí… se está muy tranquila en medio del bosque. No dejo de imaginar que un mapache va a saltar por mi ventana y se me va a poner a hablar.

—Atrapada en una peli de Disney… terrorífico, Ker.

Oh, bien. La cuenta va bien, tengo toda la información. Te he adjuntado una copia del plan para que le eches un vistazo. Les molestó algo cuando comencé a trabajar con ellos, pero creo que se han relajado un poco, a ver si se dan cuenta de que no estoy aquí para poner todo patas arriba.

—Estoy segura de que hasta te consiguieron alterar.

Sólo un par de cosas, creo… tienen adquiridos unos diagramas de flujo muy extraños… No estaba muy segura de lo que estaban haciendo, Dar… así que he revisado en los grandes, también te los adjunto. Si pudieras sacar un minuto para echarles un vistazo…

—Por supuesto— murmuró Dar suavemente, tomando un sorbo de leche. —Sin problema. Están siendo dos semanas muy largas.

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Creo que hasta me ha dolido, mientras conducía al hotel, el darme cuenta lo mucho que te echo de menos.

Dar retiró levemente el borde del vaso mientras volvía a releer las palabras en silencio.

Es realmente raro. Ayer a la noche soñé contigo y cuando me he despertado y no estabas aquí, me he sentido fatal. Sé que un email de trabajo no es lugar para escribir ni decir esto, pero… simplemente quería que lo supieras.

De todas formas, voy a ir a ver si encuentro algo de cena. He visto en la recepción del hotel un anuncio sobre helado de arce… suena interesante. Te llamo más tarde.

Ker.

—Mmm—. Dar apoyó la cadera contra el mostrador y se permitió soñar despierta por unos minutos, hasta que suspiró ante el oído del equipo sonando.

—Solicitud de videoconferencia entrante. Alastair M. —Aceptar.

Se abrió una ventana, mostrando los familiares rasgos de su jefe, un hombre de rostro redondeado de unos cincuenta años, con una perenne expresión alegre.

—¡Buenas noches, Dar!

—Hola— respondió la mujer de oscuro cabello arrastrando las palabras. —Un poco tarde para ti, ¿no? —¿Para quién, para mí? Nah…—. Alastair hizo un gesto con la mano. —Oye, necesito un favor.

Uh oh. —¿Y es que…?

—Tengo un pequeño problema aquí… bueno… — Alastair parecía inusualmente liado. —Más que pequeño. ¿Conoces a David Ankow?

—Mm… el nuevo miembro de la junta… sip—. Dar hizo una mueca.

Un foráneo que había sido votado en la junta de accionistas dos meses atrás como una especie de perro guardián y que había estado desafiando continuamente a Alastair desde entonces. Había llegado en un mal momento, justo cuando se encontraban en medio de un proyecto de rediseño enorme, en el que Dar era la cabeza, lo que implicaba grandes gastos sin retorno inmediato de los mismos.

—Está avisando a una reunión de urgencia para mañana a la mañana para hablar de la nueva red. Tengo las respuestas que está buscando, pero me gustaría contar con tu apoyo sólo para estar seguro.

Eso, se dio cuenta Dar, era lo más cercano a un grito de ayuda que hubiera recibido nunca de su jefe. —Espera—. Sacó el mando que raramente usaba para manejar la consola e hizo clic en una pantalla del navegador entrando en una dirección. Momentos después estaba revisando los resultados de su búsqueda, aprobándolos. Hizo clic de nuevo en la ventana de Alastair. —De acuerdo.

—Escucha, sé que es con poca antelación, pero ya sabes que no suelo pedir cosas así a menudo y… ¿qué? —De acuerdo, estaré allí mañana a la mañana— repitió Dar. —¿Necesitas algo más?

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—Bueno—. Apoyó su barbilla en una mano. —Sí, de hecho… ¿cuáles son las flores favoritas de Kerry? Dar parpadeó descolocada.

—¿Qué?

—Vamos… ¿las rosas? ¿Tulipanes? ¿Cuáles?— prosiguió Alastair. —Quiero enviarle algo, porque sinceramente aprecio mucho lo humana que te está volviendo en los últimos meses.

Dar lo miró, sorprendido.

—Que sean rosas… seguro que le gustan. Buenas noches, Dar… nos vemos mañana—. El rostro de Alastair desapareció, dejando el logo de la compañía en la pantalla.

—Eh… bue… tú… nos vemos allí pedazo hijo de… —Podía oír su voz aumentando en indignación y se calló, dándose cuenta de que los gritos contra una pantalla en blanco eran más que inútiles. ¿En qué cuernos había dicho que se había convertido? —No creo haber cambiado tanto.

Chino meneó la cola.

—¿Lo he hecho?—. Dar casi pegó un salto cuando sonó el teléfono. Dejó el vaso y respondió, sintiéndose un poco nerviosa. —¿Sí?

—Um… ¿hola?— dijo la voz de Kerry.

—Oh… hola—. Dar tomó su leche y se dirigió a la sala de estar, dejándose caer sobre el sofá y colocando una pierna sobre el brazo del mismo. —Lo siento… Alastair me acaba de llamar… Tengo que salir

mañana.

—¿Sí? ¿Qué ha pasado?

—Una reunión. Ese maldito nuevo miembro de la junta… ¿Qué tal tú?—. Dar bebió un trago de leche. — ¿Has conseguido cierto helado de arce?

Una suave sonrisa recorrió la línea.

—Oh, sí… soy muy mala— admitió Kerry. —Me gustaría llevarme a casa unos cuántos, pero creo que al final no podré…—. Se detuvo un momento. —Has leído mi email, ¿no?

—Sí— respondió su amante. —Echaré un vistazo a lo que me has mandado… pero seguro que está bien. Tienes una habilidad especial para eso.

—Mmm

—Y también te echo de menos.

—Ah—. La sonrisa era muy evidente a través del teléfono. —¿Cuánto tiempo vas a estar en Texas? —Ida y vuelta… probablemente vuelva en avión mañana por la noche— suspiró Dar. —Es como si ese nuevo tío me estuviera mandando todo el trabajo a la mierda… todo lo de la nueva red, así que… —¿EW?

—Si—. Dar se relajó y cerró los ojos. —Es un cabeza hueca… Voy a tener que recurrir a Barrio Sésamo para encontrar las palabras necesarias para que mañana entienda lo que es una intranet global… deséame suerte.

El proyecto era realmente de ella, algo que había podido llevar a cabo gracias a que Kerry se había lanzado a primera fila los últimos meses y le había quitado más de un dolor de cabeza día a día. Se triplicaría la productividad, y casi se cuadriplicaría el ancho de banda que podrían ofrecer, y Dar se sentía silenciosamente orgullosa de sí misma por el diseño.

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Había sido realmente bueno tener tiempo para sentarse y pensar en cómo hacerlo, trabajando con un selecto equipo de ingenieros para establecer un nuevo diseño que sustituiría en más de un plano circuitos de más de veinte años. Pero era algo carísimo, y Dar sabía que eso era lo que el nuevo criticaría como forma de hacerse renombre entre los accionistas, ya que no vería ningún beneficio en el nuevo sistema de datos durante dos trimestres como poco, incluso más.

Estúpido. —¿Dar?

—¿Hmm? Lo siento… estaba pensando… —Te quiero.

Dar sonrió al techo. —Yo también te quiero.

—¿En qué estabas pensando?

—¿Cuándo?— fue la perpleja respuesta. Kerry rió.

—No importa… Escucha, mi vuelo llega el viernes a las nueve, suponiendo que hayamos terminado… ¿podrías venir por mí?

Dar soltó un bufido.

—¿Tienes que preguntarlo? ¿Qué clase de pregunta tonta es esa? Puedes apostar tu culo a que estaré en la misma puerta, querida— afirmó. —Y tú dile a esa gente de Vermont que más les vale a sus traseros haber terminado para entonces, o van a tener un problema bastante más grande por el que preocuparse que una simple consolidación.

—¿Tan grande cómo tú?

—Tan grande como yo— gruñó Dar. —En vivo y en directo, y deseando saber porqué están monopolizando a un muy, pero que muy valioso recurso de esta empresa.

Kerry se rió.

—Oh Dios mío… no tienes ni idea lo dulce que suena.

—¿Dulce?— le respondió Dar con un tono herido. —Ésta es la segunda vez que me dicen eso esta noche… Alastair me acusó también de estar convirtiéndome en una blanda.

—¿Eso ha hecho?—. Su amante se echó a reír. —Bueno, él no te oyó hablar con las compañías de redes antes de irme, supongo… podrían haberte escuchado en Atlanta sin teléfono.— Había estado pensando en privado que últimamente había detectado algunos cambios en Dar, y se había preguntado si alguien más lo habría notado.

Por lo visto así era.

—¿Y qué tal ha ido el entrenamiento de la noche?— cambió Kerry de tema.

—Bastante bien— admitió Dar. —Creo que es posible que el sábado no me avergüence completamente de mí misma—. Finalmente se había dejado convencer para apuntarse a un pequeño torneo local de artes marciales, cuya fecha estaba al caer.

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—Ermph.— Dar alzó sus ojos. —Espero no arrepentirme de ello—. Estiró las piernas, sintiendo el fuerte tirón de los músculos del muslo. —Un montón de críos y yo en medio.

—Ooohh… escuchen a la abuelita… ¿quieres que te envíe un gorro para tapar las canas?— retó Kerry. — ¡Vamos, Dar… no empieces con eso! Has lanzado a Ken por todos lados dejando a la mayoría del

gimnasio con algo más que con la boca abierta.

Es cierto, reconoció Dar en silencio. Pero ¿qué puedo decir? ¿Que la mayoría no es lo

suficientemente bueno? ¿Que no soy feliz a menos que los derrote a todos? ¿Debo decirle que el sábado que viene no me voy a cortar?

—Ya veremos— respondió finalmente. —Da lo mismo… deja que te deje dormir un poco… mañana será un día largo.

—Tienes razón— suspiró Kerry. —Que tengas un buen vuelo… y dile “hola” a Alastair de mi parte, ¿de acuerdo?

—Mm… yo… él va a… um…— balbuceó levemente Dar. —Va a enviarte flores. Silencio sepulcral.

—¿¡Qué!?— farfulló Kerry finalmente. —¿Por qué?

—Por lo visto… él… ah… piensa que eres una buena influencia para mí— respondió su amante. —Y lo aprecia—. Se imaginaba la mirada atónita en el rostro de Kerry. —Creo que puede tener razón.

Un largo suspiro se oyó con claridad.

—Oh— murmuró Kerry. —Bueno, eso es algo mutuo, ya sabes… Yo no podía hacer la mitad de todas estas cosas si no me hubieras enseñado a hacerlo—. Se detuvo un momento. —Dios, ansío tanto poder abrazarte ahora mismo.

Dar sonrió con nostalgia al teléfono.

—Sí… sería genial— respondió. —En fin… buenas noches, Ker… Te pego un toque mañana. —Buenas noches— dijo Kerry. Colgó el teléfono y lo apoyó en su barbilla, pensativa. —Cuídate— murmuró suavemente. —Cuídate.

***

Una nariz fría y húmeda se clavó en su ojo. Dar tiró la cabeza hacia atrás por reflejo, luego parpadeó y miró a su alrededor, aturdida.

—Qué co…—. Chino estaba acurrucada contra su pecho, su cola de perrito golpeaba la pierna de Dar. La habitación se iluminó con la luz cálida del amanecer, y la televisión mostraba un anuncio de una nueva y revolucionaria cuchara. —Maldita sea—. Dar se apoyó en un codo y se frotó la cara. —Tengo que dejar de hacer esto— murmuró a Chino, quien al parecer estaba acostumbrándose como ella a quedarse dormida en el sofá. No es que la superficie de cuero fuera incómoda, pero le quitaba su reloj interno, y le hacía tener que ir corriendo por la mañana.

Como en ese momento, por ejemplo, especialmente teniendo en cuenta que tenía que coger un maldito avión. Atontada se sentó, luego se puso en pie, echando un vistazo al precioso reloj de coral que

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Kerry había insistido en comprar alegando que no tenían ningún típico recuerdo hortera del sur de Florida en el salón.

—Oh… ¡maldita sea!—. Su vuelo era a las ocho y casi eran las siete. —Chino, te lo dije… ¡tengo que dejar de hacerlo!

—Guau.

Dar corrió y abrió la puerta de atrás al cachorro, se metió en la cocina y tomó un bote de zumo de uva que abrió y bebió mientras se dirigía a la ducha.

Diez minutos después se quitó la toalla que la envolvía y revolvió entre la ropa limpia,

preguntándose si su simple presencia ya sería suficiente escándalo como para ir estilo casual. Entonces los comentarios de Alastair de la noche anterior volvieron a ella y sonrió.

—Supongo que lo averiguaremos—. Tiró de unos vaqueros descoloridos y una perfectamente planchada camisa de algodón.

Sacó la camisa y sacudió unos cuantos pelos sueltos de Chino de las mangas, se deslizó en los

pantalones y los abrochó, mirándose al espejo para comprobar el resultado. Una morena y fibrosa figura se reflejó, mostrando el efecto de tres meses de duro entrenamiento en artes marciales y una multitud de fines de semana buceando bajo el sol en las aguas de alta mar.

—Oh sí…—. Un guiño surgió de los pálidos ojos azules que la miraban mientras añadía un cinturón. Luego cogió su busca y el móvil. —No está mal, ¿eh? Nada mal—. Sacó una chaqueta del armario y se la colgó del brazo, después se colgó el maletín al hombro y se dirigió a la puerta. —¿Crees que he olvidado lo problemática que puedo llegar a ser cuando me lo propongo, Alastair?

Entonces se detuvo.

—Whoa—. Cogió las cosas y salió corriendo por la puerta de atrás, silbando hacia Chino que apareció corriendo por las escaleras. —Vamos, chica… me tengo que ir—. El cachorro puso las patas sobre su pierna gimiendo, y le dio un rápido abrazo. —No te preocupes… volveré esta noche—. Echó un rápido vistazo a su alrededor y le dio un beso en la cabeza. —Y no le digas a nadie que he hecho eso, ¿ok? —Grrr…—. Chino le mordió el cinturón.

—Bien… pórtate bien—. Dar se levantó y echó un vistazo para asegurarse de que el cachorro tenía agua y galletas. Después cogió su maletín y se dirigió a la puerta.

Estaba cerca. Afortunadamente la carretera que estaba por el lado derecho de la casa atravesaba toda la ciudad y llevaba directamente al aeropuerto. Dejó las llaves en la mano del aparcacoches y salió

corriendo por la terminal, llegando a la puerta justo cuando abrían el embarque. Momentos después se encontraba sentada en un cómodo asiento de cuero en la parte delantera del avión, mientras le ofrecían la carta de bebidas.

—Chocolate con leche— respondió, mirando cómo la azafata volvía al compartimento.

Era un día precioso, reflexionó Dar mientras miraba por la ventana y observaba al personal de tierra haciendo las labores de rutina. El sol entraba por la pequeña ventanilla y cerró los ojos para evitar el brillo, buscando un lugar cómodo para descansar la cabeza mientras el resto del mundo se desvanecía poco a poco.

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***

Kerry suspiró suavemente mientras la primera luz de la mañana entraba por su ventana. No había dormido demasiado, sus pensamientos la habían hecho estar dando vueltas hasta que finalmente había terminado por caer agotada más allá de medianoche. Y ahora ahí estaba, despierta antes del amanecer. Perfecto. Se incorporó y dejó los pies colgando de la cama, frotándose los brazos desnudos y

bostezando. Al menos tendría tiempo de hacer un poco de footing, algo en lo que había tenido un éxito más bien esporádico en los últimos tiempos. Al menos sería una ruta bonita.

Kerry se levantó y se encaminó hacia el rústico cuarto de baño, abriendo el agua y salpicándose una buena cantidad en su cara antes de darse cuenta de la diferencia de temperatura que había entre Vermont y Miami.

—¡Uou!—. Sus verdes ojos se abrieron y se apresuró a ajustar el grifo del agua caliente antes de reducir algo la potencia del frío. —Menuda manera de despertarse…

Revisó un poco la mini–nevera, cortesía del hotel, encontrando unas pequeñas vasijas de barro con zumo de manzana frío y unos pequeños pasteles de café.

—Mm…—. Tomó uno de cada y se dejó caer en la silla de madera del escritorio, pulsando la tecla de apertura del correo mientras mordisqueaba su desayuno.

El portátil se conectó y ella se introdujo usando sólo dos dedos, echándose hacia atrás mientras se descargaba el correo.

—Oh – oh…—. Pinchó en un email y sonrió, mientras un pequeño y bailarín mapache se dedicaba a atravesar la pantalla cantando “Dixie”. Kerry aguantó una risa ahogada, casi creando todo un campo de migas sobre el teclado. —¿Dónde diablos has encontrado esto? —Miró la animación un momento más y meneó la cabeza, comprobando el resto de los correos, dejando los tres que parecían urgentes a la espera de un poco de atención más exhausta.

Se terminó el zumo, se puso un par de pantalones cortos y una camiseta, sujetándose el pelo hacia atrás en una coleta, calzándose las zapatillas de correr antes de salir por la puerta y adentrarse en el aire de la madrugada. Era un aire frío y seco, muy diferente al de las calurosas tardes de junio a las que se tenía que enfrentar en Miami. Kerry lanzó el aliento mientras elegía un camino y se puso en marcha.

Dejó que los músculos de sus piernas se estiraran un poco antes de comenzar a correr, sin querer machacarse demasiado duro después de haber estado relativamente inactiva las últimas semanas. Entre los vuelos, los hoteles y las cuatro cuentas que había consolidado durante su viaje, apenas había tenido tiempo de averiguar en qué estado se encontraba, y mucho menos para saber dónde estaba el gimnasio más cercano.

Así que, se preguntó, ¿porqué no darse una pequeña vuelta, eh? Kerry cogió levemente el ritmo, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a la actividad. No sería porque en dos días volvía a casa, ¿verdad? ¿Hmmm? Y vas a tener que seguir el ritmo de Dar, bajo el riesgo de tener que aguantar más de una

broma… Se rió de sí misma, reconociendo la ansiosa emoción que bailaba sobre su piel ante la idea de ver a su amante una vez más.

El camino ascendía levemente y acogió con agrado el esfuerzo, disfrutando de los preciosos árboles mientras alargaba la zancada. Habían sido un par de meses realmente interesantes. Tanto ella como Dar se habían acostumbrando a estar juntas, y ahora trabajaban a contrarreloj, con horarios,… se estaba

convirtiendo en todo un cúmulo de diversión. Había esperado muchas barreras entre ambas, al ser tan

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Como no hablar de trabajo en casa. Eso era algo realmente complicado, ya que se encontraban tan involucradas que no resultaba nada fácil. Después de un tiempo, sin embargo, Kerry había notado un cambio notorio en la actitud de Dar cuando ella estaba en casa. La alta mujer parecía arrojar su caparazón de mujer dura e impaciente a un lado, al entrar por la puerta, mostrando su lado más cálido y suave al que Kerry se sentía cada vez más adicta. Qué cariñosa es… No es que ella misma lo admitiera, sin embargo. Según se hacían más íntimas, había sido capaz de conseguir que Dar se abriera un poco y compartiera parte de sus demonios interiores, al igual que Kerry había comenzado lentamente a desahogarse de los suyos propios.

El camino de Kerry comenzó a ascender hacia una pequeña cima y a descender paralelamente a un arroyo que corría a través de la zona arbolada. Aminoró sus pasos al cruzar un puente de madera y llegó hasta el otro lado, mirando alrededor en busca de un lugar donde sentarse para mirar tranquilamente cómo el agua pasaba bajo sus pies.

Los patos nadaban, mordisqueando los juncos y hundiéndose de vez cuando en el agua. Kerry

levantó la vista de ellos al sentir unos suaves pasos acercándose a ella. Desde la vereda frente a ella, por el camino donde había venido, un hombre alto y corpulento, con pantalones de pana y una camisa de franela, apareció ante su vista, con un tallado bastón de madera que intentaba disimular una leve cojera.

Al verla se detuvo, sorprendido.

—Eh… ¡Hola!

Kerry sonrió por reflejo, sin encontrar nada amenazante en el ancho y abierto rostro con una ligera sombra de barba.

—Hola.

—Un poco extraño encontrar algo más que troncos por aquí a estas horas, ¿no?—. El hombre caminó tranquilamente acercándose y ladeó la cabeza, estudiándola. —Y sin ropa…

Kerry se puso en pie.

—Yo… acabo de salir a correr—. Señaló al puente. —¿A dónde lleva?

—Sólo al antiguo molino— respondió el hombre. —No vayas por ese camino… el suelo es muy rocoso y hay serpientes.

—Ah…—.Kerry miró a su alrededor. —Tienes razón… no sería una buena idea… ah, bueno…—. Rodeó al hombre y retomó la dirección del camino. —De todas formas es hora de ponerse nuevamente en marcha.

El hombre se movió de repente, bloqueándola.

—Hey, hey… así que… ¿a qué se dedica?—. Sus manos rozaron el bastón. —Una pequeña preciosidad como tú…

Oh, Dios. Kerry tomó aire y suspiró un instante.

—Soy analista de redes— respondió esbozando una sonrisa forzada. —Pero gracias por su cumplido… Bien, me tengo que ir—. El bastón salió hacia afuera y la agarró de la parte superior del brazo mientras sentía cómo su corazón la golpeaba en el pecho. —Señor, no desea realmente hacer eso…

—Bueno… yo sólo quiero hablar… cálmate, muchacha— se rió el hombre. —No es habitual ver a alguien tan bonita como usted por aquí… y menos medio desnuda—. La acercó más a él.

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Kerry sintió pánico pero justo cuando estaba a punto de gritar pudo escuchar las apaciguadoras palabras de Dar en lo más profundo de su mente. No pierdas la cabeza. Mantén la calma. Golpea fuerte. Tomó el bastón con una mano y tiró fuertemente, barrió con una pierna la parte inferior de sus piernas y le hizo caer al suelo.

El palo llegó libre a sus manos y dio un paso atrás, extendiendo su agarre a lo largo del mismo con una extraña sensación de familiaridad.

Era extraño. Su cuerpo había cambiado, recuperando el centro de equilibrio, sintiendo las rodillas desbloqueadas y los hombros preparados y en tensión.

—Como le he dicho, no desea realmente hacer eso…— su voz sonó bajó profundamente —… hijo de puta. Extrañamente el hombre no parecía molesto. Se echó a reír.

—Creo que te puedes reír de mí… Lo lamento, señorita… Realmente creí que era una broma pensada para cachondearse de un viejo como yo.

Kerry lo miró con incertidumbre pero se relajó un poco, dio un paso atrás pero mantuvo el bastón entre ella y el hombre. Su pulgar se deslizó hacia afuera para equilibrar su agarre, notando lo reconfortante que le hacía sentirlo entre sus manos.

—Ese es un pensamiento realmente repugnante.

—Cierto—. Se puso de rodillas y se levantó sobre sus pies. —Si hubiera sabido que eres una especie de ninja, habría mantenido unos pensamientos bastante más puros en mi mente—. Levantó las manos. —Lo siento, señorita.

Poco a poco Kerry dejó caer el bastón y se lo ofreció.

—Bien… siento haberle golpeado tan fuertemente—. Sintió una leve punzada de pesar al liberar el agarre del bastón, pero la escondió bajo su cautela natural y se centró en mantener las rodillas preparadas en pura reacción. —¿Está bien?

—Por supuesto—. El hombre se limpió el pantalón y envolvió las manos alrededor del bastón. —Lo siento, señorita…

—Stuart—. Kerry le ofreció su mano. —Kerry Stuart… ¿Y usted es…?

—Jess Walters—. Le devolvió el apretón con cautela. —¿Es nueva por aquí, Srta. Stuart?—. Señaló al camino. —No quiero entretenerla.

Kerry comenzó a caminar de nuevo por donde había venido y él se puso a caminar junto a ella, mientras su cojera apenas le impedía mantener su paso a la par de la joven.

—No… sólo estoy de visita. Mi empresa me ha mandado a aquí unos días.

—Ah—. Jess asintió con la cabeza. —Vivo al otro lado de esa meseta… soy diseñador web. Kerry le lanzó una mirada sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí— asintió él. —Mi último trabajo fue con Tungsten Aerospace… acabé su web la semana pasada. —Yo trabajo para ILS.

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—¿En serio?

—Mm… acaban de comprar Allison Consulting… por eso estoy aquí—. Kerry sintió desvanecerse el temblor mientras seguían caminando y decidió que Sr. Walters era inofensivo.

—Ah—. El alto y fornido hombre se mordió el labio inferior. —Bueno, ya que fui yo quien la asustó,

déjeme intentar hacer las paces… tenga cuidado con esas personas, señorita Stuart… no son buena gente. Kerry volvió la cabeza.

—¿De verdad? Parecían buena gente… ¿A qué se refiere?

—No puedo realmente decírselo—. Su mandíbula estaba fuertemente cerrada y su mirada se perdía en la distancia. —Simplemente tenga cuidado, ¿de acuerdo? Ha sido muy agradable hablar con usted, señorita Stuart… y disculpe el malentendido— De golpe tomó un giro en el camino y desapareció antes de que Kerry pudiera responder, desapareciendo entre la maleza a una velocidad sorprendente.

Kerry puso los brazos en jarra y miró el camino durante un momento con profundo desconcierto. —¿Qué demonios ha sido eso?—. Negó con la cabeza y volvió al trote a su habitación, preguntándose en qué clase de mundo se estaba introduciendo.

Seguía preguntándoselo después de una ducha de agua caliente para quitarse el sudor del cuerpo, mientras se mantenía en pie en medio de la habitación, decidiendo qué ponerse.

—Hmm…— Miró las posibles opciones. El personal de Alison llevaban el típico traje de negocios, por lo que su traje marrón no estaría fuera de lugar, aunque…

Dar tenía una especie de teoría sobre el poder de un pequeño truco…

—Descubre lo que piensan que es importante, dale la vuelta y demuéstrales lo poco importante que es para ti—. Así que… piensan que la apariencia es importante…

Kerry sonrió y cogió los más viejos y usados vaqueros de su maleta y les añadió una camiseta de fuerte color, junto con sus botas de montaña.

—Vamos a darles una buena sacudida…

***

El aeropuerto de Houston estaba hasta arriba y Dar tuvo que esquivar un tumulto de gente en

movimiento en su camino hacia los puestos de alquiler de coches. Se las arregló para llegar justo después de un puñado de trajeados hombres de negocios y tomó su puesto en la fila con una leve irritación. Una única persona tras el mostrador le hizo preguntarse si era la hora del almuerzo tempranero; entonces se dio cuenta de las otras dos personas que había en una oficina posterior, trabajando, al parecer, en un problema. Dar volvió su atención hacia la gente que pasaba, jugando a su juego mental de tratar de adivinar el trabajo de la persona. Había pillado a tres técnicos, dos contables y una estrella de televisión antes de que una alta voz atrajera su mirada hacia la mesa.

Uno de los hombres de negocios estaba en el mostrador, discutiendo, golpeando con la mano la encimera de formica. El empleado de detrás del escritorio simplemente se encogió de hombros, retiró sus

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manos y señaló su reloj. El hombre agarró el maletín y se marchó hacia el servicio de limusinas del aeropuerto.

—¿Qué pasa?— preguntó Dar a la persona de delante.

—No les quedan coches— gruñó el hombre. —Por lo visto hay varias convenciones a la vez y está todo vacío, hasta los modelos de alta gama.

—¿Convenciones?— reflexionó Dar.

—Si… Baptistas Sureños o algo así—. El hombre señaló a un grupo de viajeros que se dirigían hacia un autobús de gran tamaño.

Dar los siguió con la mirada, considerando las opciones. Podría coger un taxi a la oficina, pero

odiaba esos cubículos. Sus ojos se dirigieron al mostrador de las limusinas. Era una posibilidad… pero no estaba segura de querer enviar ese tipo de mensaje.

Entonces sus ojos se fijaron en un pequeño puesto en la parte de detrás, cerca de la puerta, donde un joven en ropa y sombrero vaquero estaba sentado evidentemente aburrido.

Alquiler de diversión. Dar revisó las imágenes de furgonetas, motos de nieve, y… Poco a poco una sonrisa surgió en su rostro.

—Disculpe—. Pasó por en medio de los hombres de la fila y se dirigió hacia el puesto, se apoyó en el mostrador y esperó a que el vaquero mirara hacia arriba. —Hola.

Sus ojos se agrandaron y se sentó, parpadeando ante ella. —Um… lo siento, mucho… uh… ¿en qué puedo ayudarla?

Dar señaló.

—Una de éstas, por favor. Él miró lo que señalaba.

—Uh… sí—. Miró alrededor de su escritorio buscando los papeles. —Lo siento… no son muchos los clientes que piden algo de este tipo… por lo general preguntan por las furgonetas y yo… Oh, aquí—. Cogió dos formularios y deslizó uno por encima de la mesa hacia Dar. —¿Podría rellenar esto? Y necesito su carné de conducir.

—Aha—. Dar cogió su cartera y sacó el carné, entregándoselo mientras cogía un bolígrafo y comenzaba a escribir. —Tome—. Le ofreció a la vez la tarjeta de crédito.

—Ok… umm… tengo que llamar a preguntar por su carné… ¿Tiene multas pendientes, señorita? —No—. Dar siguió escribiendo. Hizo caso omiso a la voz baja del hombre mientras llamaba a tráfico, después se alzó mientras él colgaba el teléfono. —¿Tiene todo lo que necesita?

—Sí, señora—. El hombre garabateó algo en el formulario y luego sacó un juego de llaves de un cajón cercano a su cadera izquierda. —¿Quiere acompañarme, por favor?

Dar lo siguió a través de la puerta entrando en la fuerte ráfaga de brillante luz del sol. Sacó sus gafas de sol del bolsillo de su chaqueta y se las colocó, y dio un paso atrás mientras el joven abría una puerta de un lado de la zona de parking.

—Aquí tiene una muy buena… ¿ha conducido alguna vez una de estas, señora?—. El hombre levantó la mirada, inclinando el sombrero un poco hacia atrás. —Pueden ser un poco difíciles.

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—He montado una—. Dar sacó el casco del manillar y retiró las llaves de las manos del hombre. — Gracias—. Se acomodó sobre la motocicleta, aguantando una sonrisa. —Una Harley, ¿eh? Perfecto. —Yeap…— El hombre dio un paso atrás y saludó. —Que tenga un buen día.

—Oh… lo va a ser—. Se reacomodó y apretó el manillar, ajustando el acelerador y deslizando el casco en su cabeza. —Sin duda.

***

Kerry era consciente de todos los ojos que la miraban fijamente mientras entraba en las oficinas de Allison, y devolvió las miradas con agradables sonrisas mientras entraba en la sala de conferencias. Caminó junto a los sorprendidos ocupantes de la misma y apoyó su maletín en el suelo, lo abrió y sacó un grueso sobre de papel.

—Muy bien. Éste es el plan.

Sacó varios paquetes y los repartió.

—Tenemos ciertas ideas de lo que su sistema necesita cumplir antes de permitir la conexión a nuestra intranet… Voy a necesitar las especificaciones de su servidor antes de que acabe el día.

—Eso son un montón de máquinas— objetó Ann fríamente. —Tendríamos que utilizar todos nuestros recursos para poder hacerlo—. Deslizó el lápiz por sus labios, pensativa. —Ya tenemos a nuestros clientes llamando, preguntándonos cual será el impacto de la fusión dentro de sus servicios.

—Bueno—. Kerry se inclinó sobre la mesa, mirándola a los ojos. —Una vez su tráfico de datos esté en nuestra red, duplicarán su rendimiento… Apuesto a que no pueden esperar a que suceda—. Sonrió. —¿No es genial poder darles buenas noticias?

Se sucedió un incómodo silencio.

—Ann, ese es un detalle menor, simplemente pon a parte del equipo en ello— dijo Sam a regañadientes. — ¿Qué más?

Kerry alzó una hoja de papel.

—Esto no es mas que la parte procesal. Nuestro equipo se pondrá en contacto con su personal de transición… pero quiero que sepan por delante que todo el mundo estará sujeto a la verificación de antecedentes y a una investigación.

Un leve murmullo. Ann se acercó a Sam, mientras observaba a la delgada y rubia mujer ordenar sus papeles.

—Eso podría resultar un problema. El director gruñó.

—¿Es eso realmente necesario? La mayoría de estas personas ha estado a bordo durante años— se opuso Charlie. —No me gustaría que se sintieran como delincuentes o algo parecido.

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—No es nada personal— respondió Kerry, sonriendo sin razón aparente. —De verdad, no lo es. Todo el mundo debe pasar por esto por todos los contratos gubernamentales que tenemos, ya que tendrán acceso a nuestra intranet—. Hizo una pausa. —¿Hay algún problema con ello? A veces es mejor saberlo de

antemano.

Se miraron entre ellos.

—Oh, no… no… sin problema—. Charlie hizo un gesto hacia ella con la mano. —Simplemente me estaba preguntando… me parece una pérdida de dinero, y todos sabemos lo importante que es eso.

—Mm—. Kerry puso el documento bocabajo y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones

vaqueros. —Bien, hemos descubierto que a la larga merece la pena. Una grieta dentro de nuestra seguridad puede costarnos mucho y muy caro—. Sus dedos rozaron un pequeño y desconocido objeto, arrugó su frente pero se limitó a cerrar la mano aferrándolo fuertemente. —Está bien… voy a necesitar un informe actual de sus cuentas y recibos, preferentemente en papel y entonces podremos comenzar.

Sam se puso en pie y se estiró.

—Bien… yo me encargo… ¿Charlie? ¿Quieres coordinar esto conmigo?… No hagamos esperar a la señorita Stuart—. Los dos hombres salieron cerrando tras ellos la puerta de la sala de conferencias.

Ann se mantuvo en su sitio, recostándose en su silla y deslizando una vez más el lápiz por los labios. —¿Algo más que pueda hacer?— preguntó, cortésmente.

Kerry tomó el papel.

—Mi jefa tiene algunas preguntas. La pequeña mujer sonrió.

—¿Se refiere a la infame Dar Roberts?— preguntó. —He oído algunas cosas que hacen honor a su reputación… de hecho, es una de las cosas que más me intrigan tras oír que nos estaban comprando. —Sí, sin duda—. Kerry se sentó y cruzó las manos. —Definitivamente hace honor a su reputación… y hablando de ello, una de sus preguntas se refiere al proceso de licitación… Le resulta bastante… interesante… que su compañía siempre tuviera una oferta preparada tras la última negativa.

Una mirada vigilante surgió en el rostro de Ann.

—Oh, ¿sí? Bueno… coincidencias… no creo haberme fijado nunca en ello.

Kerry vio la expresión y el lenguaje corporal de la mujer, algo que Dar le había enseñado a hacer. La tal señorita Ann estaba nerviosa, era evidente, y ocultaba algo.

—Sí… de hecho iba a dar un toque a los representantes de todas esas empresas… solo para comprobar cómo se llevaron a cabo los acuerdos—. El lápiz comenzó a moverse más rápido y casi podía sentir la tensión de la mujer aumentar por momentos.

—Bueno, estoy segura de que encontrará que eran simples coincidencias… y unas ofertas muy fuertes— . Ann se levantó bruscamente. —Perdóneme, necesito ir al baño… ah… hay café abajo, en la entrada, si lo desea—. Tomó sus papeles y salió rápidamente, dejando casi marca en las baldosas con los tacones.

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—Hmmm…— Kerry sacó una taza de su maletín y una bolsita del té de un bolsillo lateral, se acercó a la puerta y la atravesó, con la curiosidad completamente despierta.

***

La sede de la empresa era, en una palabra, enorme. Dar se encontró en la carretera de circunvalación bajo un sol abrasador, pero el viento que le proporcionaba su brillante Harley lo compensaba con creces. Aceleró, disfrutando ante la sensación de estar abierta a la naturaleza, conduciendo de una forma que jamás había hecho en Miami.

Tal vez se comprara una motocicleta cuando volviera a casa. Dar alzó una ceja, volviendo el rostro a un lado para observar una manada de búfalos levantando una nube de polvo y llevándole el olor a lana caliente hasta ella. Se preguntó si a Kerry le gustaría. Se imaginó a su amante sentada tras ella,

agarrándola, mientras daban una vuelta y una sonrisa surgió en su rostro. Apuesto a que le gustaría. Las curvas de la carretera le llevaron hasta la entrada y Dar frenó la moto, desacelerando con un derrape mientras se acercaba a la puerta. El guardia salió como una bala y otro más se le unió mientras ralentizaba el motor y buscaba su tarjeta de identificación.

—Quieta…—. El hombre levantó una mano como señal de advertencia. Su compañero se colocó a su lado y apoyó una mano en la enfundada pistola.

Dar casi se echó a reír mientras se desabrochaba el casco y se lo quitaba, agitando el pelo por fin suelto.

—Toma— dijo entregándole la identificación. —No soy ninguna terrorista.

El hombre dio un paso adelante y le tomó la tarjeta, lanzándole una mirada de sospecha antes de bajar la mirada hacia ella. Su actitud cambió tan rápidamente, pensó Dar, que la corbata casi se le gira y le ahoga. Se puso firme y se agachó hacia ella.

—Señora…—. Agitó rápidamente la mano hacia su compañero. —Creo que la están esperando. Dar le ofreció una completamente abierta y sexy sonrisa.

—Apuesto a que no.

Tomó de nuevo su tarjeta de identificación y esperó mientras se abría la puerta de la entrada, acelerando con fuerza el motor, ruidosamente, disfrutando. Se detuvo en un punto cercano a la puerta principal y aparcó, dejando el casco apoyado en el manillar. Subió los cuatro peldaños, pasó junto a una pequeña cascada, otros seis pasos y a continuación una extraña escultura, otros cuatro pasos y se encontró frente a las puertas delanteras, completamente acristaladas y tan equilibradas que se abrieron con un leve toque de las puntas de sus dedos. Entró. Sus botas sonaban fuertemente en el mosaico de mármol y dejó un susurro de la puerta que se cerró tras ella. El vestíbulo estaba muy tranquilo, con solo una pequeña fuente en una esquina rompiendo la quietud, y Dar aprovechó un momento para pararse y absorber la sensación.

—No ha cambiado nada—. Sacudió la cabeza con un leve disgusto y se dirigió a los ascensores, situados tras el imponente escritorio del guardia. —Pedazo de pretencioso…

—¿Le puedo ayudar, señora?— le detuvo la voz del guardia. —¿Está buscando a alguien? Dar se acercó y se inclinó sobre el mostrador.

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—Si—. Se quitó las gafas de sol y susurró a uno de los auriculares. —Alastair Malean.

Los ojos color avellana la estudiaron, mientras el guardia revisaba la lista de detrás de su escritorio. —¿La está esperando, señora?—. Su voz recalcó esta última palabra.

—Si—. Dar lanzó su identificación sobre el escritorio.

A regañadientes el hombre la tomó y la apoyó en la mesa, escribiendo algo mientras miraba

nuevamente la tarjeta. Sus manos se pararon, se acercó un poco más y la miró inmediatamente en evidente shock.

Dar sonrió.

—¿No es lo que esperabas?— le espetó. Lentamente le devolvió la tarjeta.

—No, señora Roberts, no exactamente—. El tono de voz era ahora respetuoso. —Puede pasar… conoce el camino, supongo.

La morena mujer sonrió, luego caminó junto a los alineados ascensores de cristal y mármol, uno de los cuáles descansaba abierto en la planta inferior mostrando todo su esplendor metálico. Dar entró, apretó el número veintitrés y se apoyó en el costado mientras las puertas se cerraban y el cubículo comenzaba a elevarse.

Se detuvo en el quince y dos hombres entraron, discutiendo sobre una actualización del Y2K, un antiguo programa, legado que Dar recordaba haber escrito siete u ocho años atrás. Escuchó, divertida, mientras discutían, ignorando las miradas que le echaban.

—Si hubieras dejado el código original en su lugar, Dave, hubiera estado bien.

—Diles eso. Intenté decírselo hace dos años, pero no… no… tenían las cabezas demasiado huecas para ir a preguntarle al programador inicial—. El hombre más bajo movió la cabeza, disgustado. —Pedazo de

imbéciles.

—Bueno…—. El hombre más alto rió entre dientes mientras salían en el piso veinte. —No sé… no estoy seguro de que tengan los huevos de ir a decirle a Dar Roberts “hemos jodido tu código”.

Las puertas se deslizaron cerrando de nuevo y Dar rió, mirando su reflejo, agitando su oscuro cabello para ponerlo en orden mientras el ascensor llegaba a su destino y las puertas se abrían. Estaba, si era posible, más tranquilo que el vestíbulo. Había tabiques insonorizados en todas las paredes y el suelo estaba cubierto por una alfombra de felpa, ahogando los sonidos. Dar caminó silenciosamente a través de la entrada iluminada sólo por la luz solar que entraba por los techos abovedados de cristal, y se encaminó por el gran corredor, cubierto de placas en toda su longitud. Se podían escuchar los suaves sonidos de trabajo en negocios atravesar las puertas de madera al pasar e intercambió con un movimiento de cabeza un saludo con dos mujeres que se cruzaron con ella. Finalmente llegó a la última serie de puertas que alcanzó, extendiendo la mano para agarrar el adornado mango de bronce, tirando de él mientras las abría.

Dentro había una amplia y luminosa antecámara, más o menos circular, con tres puertas que partían de la misma. En el centro de la antecámara había una pequeña fuente y a un lado un enorme escritorio de madera laminada presidía el lugar, con una alta y austera mujer sentada precisamente en el centro,

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—Hola, Beatrice— se vio la quietud rota por la voz de Dar. Asustada, la mujer levantó la vista.

—Oh yo…—. En ese momento volvió la cabeza por completo. —Bueno, ¡Dios mío, Paladar Roberts! Hace siglos…— Beatrice se echó a reír y se levantó. —¿Cuánto? ¿Cinco años?

—Como mínimo— admitió Dar, acercándose y cruzando los brazos. —Ya sabes que odio este lugar. La secretaria de toda la vida de Alastair ladeó la cabeza y sonrió, bajándose las gafas levemente. —¿Apareces justo cuando te necesita?— preguntó con suavidad. —Mal momento, la verdad… Ankow va por él.

—Lo sé… por eso me pidió que viniera— respondió Dar. —¿Están todavía reunidos?

—Mm— asintió Beatrice con la perfectamente peinada cabellera gris. —Tiene problemas, Dar… quiere deshacerse de Alastair—. La mujer mayor junto las manos y suspiró. —¿Le conoces?

—No.

—Bueno, no puedo decir mucho de él. Tiene cuarenta, buena apariencia, deportivo— dijo Beatrice. —Cree que alguien que pueda recordar la Segunda Guerra Mundial debería irse y ser enterrado directamente… no tiene mucha paciencia con lo que considera “las viejas costumbres”.

—Si, ¿eh?—. Dar miró la puerta de la sala de conferencias. —Cambiar por cambiar no da nada más que problemas, Beatrice… ya lo sabes.

—Mm… bueno, está en medio de una campaña para reestructurar la junta y eliminar a Alastair… él cree que tiene la influencia suficiente para hacerlo. Ya sabes que los resultados del último trimestre no fueron muy buenos.

—Estamos intentando arreglarlo— respondió Dar en voz baja. —No se pueden vender servicios que no se tienen.

—Ya lo sé, y tú también lo sabes… tal vez deberías decírselo al señor Ankow—. Los ojos negros de

Beatrice brillaron. —Echó un vistazo a sus dieciséis años de presidencia… y también te quiere fuera a ti—. Miró a Dar. —Te ves perfecta para un veterano de este tipo, Paladar.

Una mirada irónica cruzó el curtido rostro de Dar.

—Gracias—. Se acercó y puso las manos en los mangos de las aún cerradas puertas. —Hasta ahora. —Buena suerte— se despidió Beatrice. Dar hizo una pausa, escuchando las voces que se alzaban desde el interior, y tomó aire, buscando su lado más oscuro y agresivo antes de girar la manilla y tirar de las puertas.

***

Kerry entró en la sala de descanso, doblando el sinuoso camino de mesas con varios empleados que, en su mayoría, la ignoraron. Se acercó hasta el dispensador de agua caliente y dejó que el humeante líquido empapara la bolsita de té, mientras intentaba que sus oídos alcanzaran las conversaciones que la rodeaban. —¿Crees que nos van a echar?

—Nah… no pueden. Sam le tiene en sus manos, dale una oportunidad.

—No lo sé, Rex… esto no es como si un par de empresitas estuvieran en guerra.

—He oído que deshicieron las tres últimas empresas que adquirieron… y tú recibes a cambio una caja con tus cosas.

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Kerry puso los ojos en blanco y hundió de nuevo la bolsita del té. No era realmente así, aunque sí que había tenido que tomar decisiones difíciles en las dos primeras, donde los departamentos reflejaban que el grupo de negocio estaba en una mala posición.

Había sido una noche de una gran soledad, en aquella desconocida habitación de hotel, en un

pequeño rincón de Carolina del Norte, y había estado sentada durante horas, encerrada en un feroz debate consigo misma tratando de encontrar de alguna manera la forma de justificar que aquellas personas se mantuvieran en sus puestos.

Pero no pudo.

A las cuatro de la mañana se dio por vencida y sintiéndose insignificante y tonta llamó a Dar.

—¿Cómo puedo tomar una decisión como ésta?— le preguntó a su pareja.

—No lo hagas— le respondió Dar, por lo visto, completamente despierta. —Yo lo haré.

Había sido tan tentador, suspiró Kerry. Estaba tan agotada y reventada emocionalmente que todos sus instintos le estaban rogando que cediera y dejara que Dar aliviara ese terrible peso que sentía sobre sus hombros.

Pero ella le dijo que no lo hiciera. Se había recogido en sí misma, durmió un par de horas y entró en el lugar a la mañana siguiente para ofrecerles unas opciones limitadas.

—Bueno— le dijo el director de la compañía. —Pensamos que estábamos todos despedidos… es una buena noticia—. Y él le sonrió, añadiendo —gracias, Srta. Stuart, de verdad que ha sido un verdadero placer trabajar con usted.

Kerry puso un poco de azúcar en la taza y la removió.

—Sí, bueno, más vale que se ocupen de nosotros… o les diré algo al respecto—. Un alto y joven hombre situado en la esquina habló irritado. —Tenemos que aferrarnos a lo que tenemos.

—Mejor te callas, Alvin— respondió una mujer. —O acabarás como María—. Un extraño silencio surgió y Kerry sintió de repente una punzante sensación clavada en su espalda. Dio la vuelta con naturalidad, encontrándose a todo el mundo mirándola. Tomó un sorbo de té.

—No he traído ninguna caja conmigo, así que podéis relajaros.

Eso hizo que el ambiente se refrescara al menos diez grados en tensión. —¿Eres de la empresa nueva?— se murmuró la pregunta desde el fondo de la sala.

Kerry asintió con la cabeza.

—Sí—. Bebió un nuevo sorbo, sintiendo cómo las olas de hostilidad contra ella iban relajándose. —De verdad que no va a ser tan malo.

—No desde nuestra perspectiva— replicó la mujer que había hablado anteriormente.

—Bueno… estuve en vuestra situación hace unos meses— respondió Kerry tajantemente. —Así que nunca se sabe… soy el ejemplo—. Se encaminó hacia la puerta y el pasillo, pero no lo suficientemente rápido como para escapar del comentario que flotó tras ella.

—Sí… y adivina con quién se acuesta. Kerry suspiró.

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—Y encima no puedo ni siquiera enfadarme por eso— comentó en medio del vacío pasillo. —Odio tener que soportar a veces estos clichés.

Se dirigió de nuevo hacia la sala de conferencias y se detuvo al encontrar la alta figura de Sam esperándola.

—Oh… acepté ese café— dijo ella levantando la taza mientras rodeaba la mesa hacia el lado opuesto de la misma.

—Genial— respondió él con una sonrisa amistosa. —Estamos con los informes que nos ha solicitado… pero nos llevará un par de horas… Escuche, ¿acepta un almuerzo tempranero? Hay un buen lugar cerca de aquí al que solemos ir.

Una débil y suave alarma sonó en la mente de Kerry.

—De acuerdo—. Sacó su teléfono móvil. —Déjeme que haga una llamada a la oficina—. Marcó el número y esperó. —Hola, María.

—¡Kerrisita!—. La cálida voz de María llegó hasta ella a través de la línea. —Me alegro de oírte. —Gracias— dijo mecánicamente Kerry. —Escucha, ¿ha llamado la jefa?

—No… está en una reunión en Texas— le dijo María. —Beatrice me ha dicho que no tiene buena pinta. —Mm— suspiró Kerry. —Tenía miedo de que… bueno… las cosas van por el buen camino por aquí, pero me voy a ir a comer, así que si alguien me busca, que usen mi busca o el móvil.

Hubo un leve silencio, hasta que María se aclaró la garganta. —Sí, lo haré, Kerrisita.

—No creo que sea más de una hora o dos. —Sí.

—Gracias, María—. Kerry colgó y volvió a colgar el móvil en su cinturón. —Muy bien. Vamos—. Echó un vistazo al alto contable y encontró sus interesantes ojos color avellana fijos en ella. Tenía un rostro bien proporcionado y una nariz recta y fina, con unos labios bien formados. Un rostro no tan malo que ver al otro lado de la mesa del almuerzo en cualquier caso, decidió.

—Por aquí—. Sam señaló la puerta y la acompañó, charlando levemente mientras salían del edificio hasta guiarla a un Sedan aparcado al lado. —Así que… ¿ha estado antes en Vermont, señorita Stuart?

Kerry se acomodó en el asiento del copiloto y ató el cinturón de seguridad alrededor de su cuerpo. —No… soy de Michigan y he pasado un tiempo en el noroeste.

—¿En serio?—. Sam se situó tras el volante y arrancó el coche, cerrando las puertas mientras salía del aparcamiento. —Michigan… mm… tengo un amigo que fue a la universidad de allí arriba… aunque creo que no he estado nunca. Soy de Oregón, pero me trasladé a aquí cuando apenas era un niño.

—¿Y te gusta esto?—. Kerry miró a través de la ventanilla a los hermosos y majestuosos árboles. —Es un estado bonito… Debe ser agradable cuando cambian las estaciones.

—Es magnífico— le dijo Sam con una sonrisa simple. —¿Lo echas de menos en Florida? —A veces.

Kerry observó los cruces de la carretera, marcando las calles hasta que el coche giró en una entrada, continuando su camino sobre la crujiente grava a través de unos setos pulcramente recortados que se anteponían a una pequeña posada. Se quitó el cinturón, esperó a que desbloqueara las puertas y salió del coche.

(24)

Estaba segura de que habría algo más que almuerzo en esta situación, y sentía los ojos de Sam examinándola mientras caminaban hacia el restaurante. Y se encontró a sí misma preguntándose que era exactamente ese “algo más”.

***

—Esto no es un debate, Alastair—. El hombre alto y moreno se recostó en su silla y alzó los brazos. —No puedes discutir con los números, y ellos son lo que los accionistas ven.

Alastair cruzó las manos sobre la mesa y mantuvo una paciente sonrisa en su rostro.

—Entonces, David… has visto los planes del próximo trimestre… Estoy de acuerdo en que el último no ha ido tan bien como nos gustaría, pero las predicciones de final de año son excelentes.

—Cierto— confirmó Stuart Kissington, director financiero. Su profunda y baja voz surgió como contraste a los pulidos tonos de Alastair. Kissington llevaba en la junta directiva tantos años como Alastair y era un fuerte baluarte, situado a la izquierda del presidente, un hombre corpulento, barbudo, con pelo y barba canosos. —Fue una condenada mala suerte que tuviéramos que aceptar ese cargo en el último trimestre, pero no se pudo evitar.

—No son cifras suficientemente buenas— negó Anknow con la cabeza. —Señores, estamos llegando al siglo XXI… y francamente, esta compañía no está preparada—. Se levantó y empezó a pasearse, una mala costumbre suya. —Nuestros accionistas esperan que seamos una compañía de vanguardia, no sólo

tecnológicamente. ¡Tenemos que estar dispuestos a proporcionar todos los servicios que necesiten nuestros clientes durante el próximo siglo!—. Se volvió y abrió los brazos. —No podemos quedarnos enclavados en el pasado… y creo que es donde estamos precisamente ahora mismo. No veo ninguna señal de que esta compañía lleve a cabo ese necesario cambio.

Alastair apoyó la barbilla en una mano.

—David, no entiendo porqué entonces está tan en contra del nuevo sistema. Es toda la tecnología que tú has manej… quiero decir, me refiero a los últimos cinco minutos.

Contó con los dedos.

—Demasiado caro. Todavía es un prototipo en diseño… no puedo imaginar una sola razón por la que esta compañía debería invertir esas cantidades por un montón de alambres y cables que no nos van a relanzar en el mercado.

—Yo sí puedo.

La voz de David había silenciado el sonido de la apertura de las puertas y en ese instante, un suave y vibrante acento hizo caso omiso del discurso y se hizo eco en la sala de conferencias.

Anknow se volvió, asustado, para ver a la alta, morena y joven mujer vestida con unos pantalones vaqueros y una camisa púrpura, junto al quicio de la puerta, con las gafas de sol apoyadas en la nariz y las manos firmemente plantadas en sus caderas.

Alzó una mano y mostró un delgado y largo dedo.

—Será una tecnología completamente de fibra. Está ya tecnificada. Se triplica el ancho de banda que disponen los usuarios—. La alta figura se acercó a él. —El único problema que tiene nuestra empresa es la falta de infraestructura. No puedes vender lo que no tienes. Y sí usted, señor Anknow, no puede ver eso…

(25)

Dar se quitó las gafas y le lanzó una fría mirada con sus azules ojos.

—…cómprese unas gafas—. Ella mantuvo su postura firmemente mientras la miraba aún en estado de shock. Se volvió y se acercó a la mesa de conferencias, cogiendo una silla y tras apoyar la chaqueta de cuero, se dejó caer en ella. Tiró sus gafas sobre la pulida superficie de madera y miró a lo largo de la misma. —Hola, Alastair.

Su jefe le sonrió.

—Hola, Dar… qué agradable verte—. Se volvió con una sonrisa angelical hacia el ahora furioso David Anknow. —¿David? Creo que no conoces a Dar, ¿verdad? Lo siento… Ésta es Dar Roberts, nuestra CIO.

Dar giró su rostro y miró en torno a su objetivo. —Hola.

Alastair se aclaró la garganta y se levantó.

—Bueno, ahora que ya estamos todos… David, ¿por qué no te sientas? Creo que Dar está dispuesta a darnos una pequeña charla informativa sobre la nueva red.

Anknow luchó visiblemente contra la ira que sentía, dejando que una sonrisa apareciera en su rostro. —Con mucho gusto—. Tomó asiento frente a Dar. —Adelante… tengo unas cuantas preguntas.

***

—Espero que te guste la comida tipo costillas, señorita Stuart, es la especialidad— señaló Sam abriendo la carta. —No somos muy buenos en ensaladas.

Kerry revisó las opciones y sonrió irónica, pensando que Dar estaría allí en sus salsa. —No te preocupes— contestó cortésmente, decidió los platos y dejo la carta cerrada sobre la mesa.

Aunque, pensó para sí mientras Sam terminaba de examinar la carta, Dar había mejorado bastante en eso, y ella tenía bastante que ver en cómo su pareja llevaba una dieta más saludable.

Por supuesto, durante esas dos últimas semanas seguramente habría sobrevivido a base de hamburguesas con queso y patatas fritas… Kerry suspiró y cruzó los brazos, mirando a su alrededor. El restaurante era acogedor, con apenas dos docenas de mesas y una decoración interior de madera con detalles de tela. Aproximadamente la mitad de las mesas estaban ocupadas a pesar de lo temprano de la hora, lo que al menos auguraba una buena calidad en la cocina.

Se acercó una camarera, cogiendo un lapicero de detrás de su oreja. Era una mujer mayor, de cara alegre y cuerpo robusto.

—Hola, Sam… ¿cómo va el día? El contable la miró y sonrió.

(26)

—Gruñendo, como siempre— rió la mujer. —¿Quieres lo de siempre?

—Si, perfecto… y una taza de café—. Sam miró al otro lado de la mesa. —¿Señorita Stuart? La camarera parpadeó y volvió su cabeza.

—Lo siento, cariño… estabas tan en silencio… ¿Qué puedo traerte?—. Hizo una pausa, evaluándola. — Tenemos pescado fresco en el plato especial.

—No… tomaré el cocido de carne, gracias— respondió Kerry suavemente. La camarera la miró sorprendida.

—De acuerdo… lleva puré de patatas de acompañamiento… pero podemos ponerle unas verduras cocidas si lo desea.

—No… con patatas es perfecto— confirmó la rubia mujer. —Y un batido de chocolate, por favor. El lapicero se paró un segundo antes de continuar.

—Inmediatamente—. Sadie tomó ambas cartas y se retiró después de mirar largamente a Kerry. Sorpréndelos continuamente. Es lo que le había dicho Dar. Averigua lo que esperan que hagas y haz otra cosa. No les dejes acomodarse pensando que te conocen.

—Así que—, Kerry se apoyó en su silla y miró a su acompañante —¿de qué quiere hablar, señor Gershwin?

El hombre de pelo oscuro la miró abiertamente desconcertado durante un rato. Finalmente se apoyó en los codos y entrelazó los dedos mientras estudiaba su rostro.

—Me sorprende, señorita Stuart. Debo admitirlo—. Una leve sonrisa apareció un momento en su rostro. — No estoy seguro de qué pensar sobre usted.

Kerry esperó.

—Ann me dijo que estaban interesados en nuestros métodos de oferta— arrastró levemente las palabras Sam. —Ella cree que desea más información.

Hmm. Lo agujeros de la nariz de Kerry se movieron levemente, intuyendo problemas. Pensó cuidadosamente su respuesta.

—Al revisarlos… simplemente nosotras pensamos que sería interesante saber cómo ganaron la licitación en el último momento— comentó con naturalidad. —Después de no haber sido un competidor a tener en cuenta en las sesiones preliminares.

—¿Nosotras? —Mi jefa y yo, sí.

—Ah—. Sam apretó los dedos sobre sus labios. —Ella debe ser la Sra. Roberts, ¿cierto? Kerry asintió con la cabeza.

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—No pensé que Dar Roberts discutiera nuestro éxito… realmente no con las sutiles tácticas que utiliza para llegar hasta aquí—. Sam inclinó la cabeza. —No con su reputación.

—Yo no he dicho que lo discutiera— respondió Kerry suavemente. —Sólo que está interesada… tiene curiosidad. Dar es así… le gusta saber cuál es la verdadera historia—. Una pausa. —Así que ¿me contará la verdad, Mr. Gershwin? Porque antes o después la encontrará.

La camarera se acercó, rompiendo la tensión y repartiendo los platos. Los dos se mantuvieron en silencio durante unos minutos y Kerry aprovechó la oportunidad para concentrarse en comer, encontrando realmente delicioso el potaje.

—Está realmente buena— comentó, apoyando el tenedor y tomando un sorbo del batido.

—Me alegro de que le guste— replicó Sam. —Y en cuanto a nuestras estrategias de ventas… bueno, me temo que su jefa va a quedar decepcionada. Se reduce simplemente a,… digamos, conocer a su cliente, por así decirlo—. Sonrió a Kerry. —Y somos cercanos… diré que eso es una clara ventaja.

—¿En serio?— digirió la información Kerry. —Bueno, eso es genial… estará encantada de oírlo—. Movió los verdes ojos y lo sorprendió mirándola. —Esperamos que continúen su racha… Este es un nuevo mercado para nosotros.

El hombre se acomodó en la silla y entrelazó las manos sobre el estómago.

—Apuesto a que sí—. Cogió la taza de café y bebió un sorbo. —Hemos dedicado mucho esfuerzo a crear un buen equipo, es parte de nuestro éxito. Y llegar y deshacerlo… Bueno, no puedo garantizar nada.

Ah. Ahí está el motivo, confirmó Kerry.

—Estamos tomando el control, Sr. Gershwin… No veo ninguna razón para hacer grandes cambios— dijo con un tono tranquilizador. —No forma parte del plan actual.

Él comenzó a contestar, pero se vio interrumpido ante el sonido del móvil de Kerry. —Siempre conectada, ¿eh?

Kerry desabrochó la funda y cogió el teléfono. —¿Sí?

—Hola.

Le costó no sonreír. —¿Qué tal van las cosas?

—Estamos en un descanso, no pinta muy bonito—. La voz de Dar sonaba algo ronca. —¿Y tú? —Igual— respondió Kerry.

—¿Estás bien? María me ha dicho que sonabas enfadada—. La preocupación se le hizo casi palpable a través del teléfono, dándole una sensación de calor interno.

—Sí… estoy clarificando parte de la situación de aquí… Debería tener algo que darte esta tarde. —Les tienes justo en frente, ¿eh?

—Sí, señora.

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