LEER Y RELEER A FRANCISCO UMBRAL EN LA ERA DE LA POSVERDAD
READING AND REREADING FRANCISCO UMBRAL IN THE POST-TRUTH ERA
Denis Vigneron Cotralis, Textes et Cultures, EA 4028, Université d’Artois
ABSTRACT
This article provides a reflection on the relationship Umbral has with truth. Based on a series of newspaper articles we try to study here how the writer and journalist manages to render account of the objective truth of facts without passing them through the sieve of subjectivity today called post-truth: a concept which nowadays defines the conditions of the production of information.
Comparing the contexts of different writings – Umbral's and today's – we examine the dangers of misinformation, the latter of which not only makes one question the ethics of journalism but also manipulates public opinion and so fosters collective exaltation/hysteria which puts in danger the stability/equilibrium of our societies.
Key words: Francisco Umbral, post-truth, journalism.
RESUMEN
Este artículo aporta une reflexión sobre la relación de Umbral con la verdad. Basándonos en una serie de artículos de prensa, nos proponemos estudiar cómo el escritor y periodista consigue dar cuenta de una verdad objetiva de los hechos sin pasar por el tamiz subjetivo de
lo que hoy se llama posverdad: concepto que define ahora las condiciones de la producción de información.
Comparando contextos de escritura distintos –el de Umbral y el de hoy– nos interrogamos sobre los peligros de la desinformación que no solo pone en duda la ética del periodismo sino que manipula la opinión pública en beneficio de pasiones colectivas contraproducentes para el equilibrio de nuestras sociedades.
Palabras clave: Francisco Umbral, posverdad, periodismo
Fecha de recepción: 3 de noviembre de 2017.
Fecha de aceptación: 21 de noviembre de 2017.
Cómo citar: Vigneron, Denis: «Leer y releer a Francisco Umbral en la era de la posverdad», en Actio Nova: Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Monográfico 1 (2017):
257-278.
DOI: https://doi.org/10.15366/actionova2017.m1
Diez años han pasado exactamente desde la muerte del añorado escritor y columnista Francisco Umbral cuando en agosto de 2017, tras una ola de terrorismo que asola la ciudad de Barcelona, uno se pregunta qué hubiera escrito Paco sobre lo ocurrido, y acto seguido decide, pues, releer a la luz de la verdad umbraliana una serie de artículos sobre terrorismo, preguntándose qué hubiera sido la relación del escritor con este concepto ya trillado de posverdad. Al escritor ya catalogado en las taxinomías de la posguerra, del posfranquismo, de la posmodernidad, del posfeminismo, de la posdemocracia y de tantos otros pos que puede plasmar el prefijo –o neologizar como lo acepta el idioma portugués– le faltaba ser confrontado a este reciente concepto, nombrado palabra del año 2016 por Oxford Dictionaries.
El término de posverdad no es nada menos que la traducción literal del término inglés post-truth que, aunque se resiste aún a la conceptualización tan propia del idioma alemán –que prefiere el adjetivo post-faktisch al sustantivo Post-Wahrheit–, ha encontrado en los idiomas latinos como el francés, el italiano o el castellano una resonancia que acuña y trivializa el término, cuando convendría prestar más atención no solo al concepto tal y como aparece en un sinfín de artículos –en particular desde el ascenso de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos– sino a una manera de falsear la relación con la realidad. Tema que en sí no es ninguna novedad –así se han construido siempre los regímenes totalitarios– y sobre el cual ya en los años cincuenta (del siglo XX) la filósofa Hannah Arendt apuntaba que «la libertad de opinión es una farsa, a menos que se garantice la información objetiva y que no estén en discusión los hechos mismos»1 (Arendt, 1954: 303).
En efecto, el éxito mediático del concepto de posverdad está relacionado con una evolución actual del oficio de periodista que se diluye en las prácticas difusas de un infotainment, constituido de news y scoop y que, de hecho, da la espalda a un trabajo de rigor, de reflexión y de seriedad en favor de la producción de una emoción. Toda la problemática de la erosión cualitativa del periodismo actual radica en la renunciación a la objetividad que tendría que imperar como baluarte contra el gusto mórbido contemporáneo por el acontecimiento. Los hechos son los que producen hoy la información. Pero, ¿qué es la validez de un hecho sacado de un contexto seriamente analizado? ¿Cómo informar si no se hace un trabajo de investigación que considere realmente el acontecimiento desde
1 «La liberté d’opinion est une farce si l’information sur les faits n’est pas garantie et si ce ne sont pas les faits eux-mêmes qui font l’objet du débat. En d’autres termes la vérité de fait fournit des informations à la pensée politique tout comme la vérité rationnelle fournit les siennes à la spéculation philosophique.»
perspectivas tanto diacrónicas como sincrónicas? Esas son las cuestiones que nos llevan a preguntarnos cuáles son hoy las características de la información.
Las nuevas tecnologías, en particular Internet, han cambiado el juego democrático e imponen hoy al periodista su dictadura de la instantaneidad. Para el periodista, el oficio de informar se ha convertido en una carrera contrarreloj para ser el primero en cubrir una actualidad que desdibuja los límites de la realidad en provecho del sensacionalismo. Además, el estatuto mismo del periodista se ha deteriorado dado que Internet da a todo el mundo no solo el permiso sino la autoridad para opinar sobre cualquier tema y reivindicar un estatuto de especialista. La multiplicación de los foros de opinión en línea en que los usuarios pueden reaccionar instantáneamente y comentar la actualidad se ha convertido en el espacio de expresión de una radicalidad que desdeña el ejercicio razonado del entendimiento, del idioma y de las normas mínimas de la ciudadanía. Los usuarios de todas aquellas plataformas se han ido acostumbrando, en nombre de la libertad de expresión, a formular opiniones que en la mayoría de los casos no son más que reacciones pasionales e instantáneas a acontecimientos cuyo análisis requeriría conocimiento y distanciamiento. La privacidad e intimidad de las emociones se han vuelto públicas, pero el hecho de que proliferen en un espacio tan abierto como Internet no debería conferirles la autoridad de una opinión argumentada. Los pensamientos íntimos necesarios al control de las emociones no son ningún argumento válido, y la actualidad, la información o las mutaciones del mundo no se estudian a través del prisma reducido de la subjetividad. Esta tendencia nueva que aboga por un ejercicio pleno de la libertad no es sino la expresión de una radicalización que pervierte el juego democrático y las reglas fundamentales de la convivencia y de la ciudadanía: concepto cada vez más borroso entendido como el espacio descontrolado de la individuación, de la violencia, de la intolerancia, de la ausencia de diálogo y de la brutalidad verbal –cuando no física–. En nombre de la libertad, Internet entierra definitivamente a Platón y a Sócrates para quienes el diálogo –y sobre estos principios se construyeron las democracias occidentales– reviste una dimensión ética necesaria al cuestionamiento de la verdad y se sustenta en una dialéctica con los demás. En efecto, el diálogo socrático requiere el ejercicio de la refutación, del respeto mutuo y de la aceptación humilde de la ignorancia, siendo el propósito la superación de una opinión irracional por un pensamiento racional. Para Sócrates, las opiniones –que resultan de las emociones– y las creencias que solemos considerar como certidumbres de nuestro conocimiento son solo pruebas de nuestra ignorancia. Todo consiste entonces en construir un pensamiento que cuestione las opiniones y la verdad. La búsqueda del bien y de la virtud
que prevalece en la construcción del diálogo admite que algunas preguntas se queden sin respuestas. El cuestionamiento de un sinfín de valores morales aboca a razonamientos aporéticos. Por eso para Sócrates conviene cuidar las preguntas más que las respuestas. Todo radica en el arte de la problemática. Las reglas del discurso socrático deberían ser entonces las mismas que las del debate ciudadano que tanto se reivindica en la sociedad actual.
La sociedad mediática en la cual vivimos ahora, atrapada en el torbellino de la instantaneidad, se ha desviado de los fundamentos mismos del debate ciudadano. La amplificación de las opiniones de cualquiera es lo que constituye hoy la información sin ningún respeto del marco democrático. Nuevos sofistas –entre ellos periodistas y políticos–
pregonan en el espacio infinitamente abierto de Internet argumentos especiosos, cuya única finalidad es pervertir la relación con la realidad.
Esta concepción del periodismo –que renuncia a la credibilidad de la información y promueve la manipulación del lector/oyente/elector/consumidor– no tiene cabida en la labor periodística de Francisco Umbral, aunque ya en el año 1998 tenía la intuición de una deriva mercantil de los medios de comunicación. Así denuncia la esclavitud de la prensa por el sensacionalismo lucrativo:
La actual movida de la prensa en Madrid o prensa nacional se debe a tres estímulos: que ya no hay GAL, que ya no hay Felipe González y que ya no hay ETA. El periodismo es un bello género literario que necesita sangre. El GAL vendía mucho, porque era como una película de malos, pero el papel está caro y la gente se informa por la tele, que no informa nada ninguna, con lo que seguimos impermeables a la información, tomando el solecillo de otoño, que es la manera más alta de ser español. Por eso las empresas quieren tener un periódico y una tele (más una radio para las marujas y los taxistas). Con el circuito completo se vende la misma información tres veces y eso ya compensa. (Umbral, 1998)
Francisco Umbral se rebela contra esta práctica –no la de ganar dinero– que sacrifica el refinamiento del pensamiento y de la escritura. Para él es importante que el papel de la prensa siga sirviendo el ideal democrático y por eso, a lo largo de sus artículos, no deja de reivindicar la herencia del arte del discurso definido por el filósofo griego Sócrates. Los detractores de Umbral verán aquí, una vez más, la prueba de un ego desmesurado cuando, en realidad, el escritor se impone un marco tanto ético como estético. Para él, «la vanguardia siguen siendo los griegos: democracia, grandes sofistas (Gustavo Bueno), diálogo ático. El periodismo es diálogo ático. El periodismo de Atenas fue oral y se llamaba Sócrates. Ahora también a nosotros, periodistas, nos quieren dar la cicuta». (Umbral, 1998) Así, cuando
reivindica un parentesco con Sócrates –con la pretensión que lo caracteriza–, solo quiere desestabilizar el mundo rutinario. Aboga por un periodismo provocativo y no convencional:
señal de una inteligencia siempre al acecho para aprehender la diversidad de un mundo siempre en movimiento.
No sin ambigüedad –difícil es en efecto justificar la herencia simultánea de los sofistas y de Sócrates–, Umbral defiende aquí el ejercicio brillante de la palabra al servicio de un pensamiento construido, fiable y argumentado. Es éste el papel del intelectual y escritor que, en calidad de observador asiduo de la realidad, reivindica siguiendo el modelo de Sócrates como ejemplo de lo que tiene que ser en la actualidad la deontología del periodista que cuestiona al mundo. Su concepción del periodismo anticipa la reflexión filosófica de Victoria Camps sobre los malos sofistas, que producen la posverdad, y los buenos sofistas, atentos tanto a la calidad del discurso como a la expresión de la verdad:
Había que echar mano de la elocuencia, de las figuras de la retórica, para atraerse al público y movilizarlo, para persuadirle de que la injusticia es mala y es mejor sufrir una injusticia que cometerla. Los mismos sofistas reconocieron que la retórica es un arte que se puede utilizar mejor y peor. Hubo sofistas buenos y sabios, como Protágoras y Gorgias, y otros execrables y torticeros como Glaucón o Calicles. Los primeros no buscaban engañar, sino defender causas que consideraban buenas, y lo hacían con los mejores argumentos a su alcance. En cambio, los sofistas desaprensivos carecían de escrúpulos. Se permitían utilizar cualquier recurso para conseguir más adhesiones. (Camps, 2017: 94-95)
La ética de Francisco Umbral como periodista no transige con la verdad y, de hecho, rechaza cualquier forma de manipulación. Lo que sí enarbola como señal de identidad es el ejercicio libre de la provocación para forzar al lector a cuestionarse hasta los límites del entendimiento y de lo aceptable. Pero Umbral no miente: provocar no es manipular. Es más bien crear una ambigüedad para cuestionar la verdad. A lo largo de sus incalculables columnas tiene la conciencia clara de participar honradamente, como el filósofo griego, en el debate público. Así fue también como, durante años, el lector asiduo de la columna de Francisco Umbral tuvo la impresión de repetir cada mañana e incansablemente el rito del desayuno polémico, provocador, irónico y desengañado que lo enlazaba con la sociedad y daba sentido no solo a los hechos sino a la naturaleza misma de la ciudadanía2. Para él el periodismo debe ser honrado, independiente, intelectual y socrático:
2 «Mañana, martes, 28 de agosto se cumplen cinco años del fallecimiento de Francisco Umbral. Cinco años sin poder desayunar con él cada mañana con sus inigualables columnas en el periódico, esas piezas literarias que le llevaron a ser el mejor columnista de las últimas décadas, a ser el poeta de la prosa.
Sócrates enfurecía ante la resistencia del mundo a dejarse moldear por la mano del hombre. Creía en el poder de la razón y a él se sometió hasta sacrificar su vida, es decir, hasta la muerte. Esta polémica entre vivir o pensar lleva en sí otra polémica implícita: hablar o escribir. Y aquí llegamos a la creación fundamental y necesaria que nace de toda polémica bien parida. O sea el intelectual. Después de los borrachos y las putarazanas, después de los pensadores erráticos y numerosos, damos con la imagen del hombre quieto que escribe en piedra. He aquí el intelectual. Dedica muchas horas a su trabajo y sólo se le concibe en la Ciudad, porque fuera de ella estaría desasistido de provisiones y cosas necesarias.
El escritor escribe porque come cosas. Come poco, pero come. Es el único ateniense que ha llegado hasta nosotros, que sobrevive en Manhattan o Madrid porque la gran ciudad le abastece de muchas cosas que no necesita y esas cosas innecesarias se tornan en seguida en ideas. Si el escritor escribe es porque puede pensar en lo innecesario. Esto es lo que buscaba Sócrates sin saberlo y lo que tiene el hombre blanco de 25 siglos más tarde, también sin saberlo. El otro escritor, el escritor malo, el que escribe para exigir lo que no tiene, es un escritor utilitario al servicio de una guerra o de una raza, pero que nunca llegará a intelectual. Intelectual es el hombre más la ciudad, el hombre más el exceso, el hombre de hoy. Los escritores actuales que se dedican a recolectar cantidades y alimentos son obras benéficas con dos pies, pero están al servicio de necesidades subalternas y por eso no alcanzan nunca categoría intelectual. El marxismo es un esfuerzo por aureolar a este trabajador con una grandeza que no tiene. Sus exigencias son necesidades, pero no ideas. Sócrates furioso sólo consume ideas.
Es el primer y quizá el último intelectual sobre la Tierra. (Umbral, 2004b)
Ésta es su definición del periodista intelectual, o sea del que hace buen periodismo, o por lo menos como se hacía en el siglo veinte antes de que el concepto de posverdad irrumpiera a pervertir no solo los hechos, la realidad y el discurso sobre ella sino también los códigos deontológicos de toda una clase de profesiones e instituciones que «hacían posible una verdad compartida en una sociedad (la escuela, los científicos y expertos, el sistema legal y los medios de comunicación)» y que hoy «están a la baja» (Urmeneta, 2016). En el artículo aquí citado, Miquel Urmeneta retoma la definición de la posverdad que dio por primera vez Katherine Viner, editorialista en el periódico londinense The Guardian, en 2016:
La directora de The Guardian, Katharine Viner, rescata el concepto de post-truth politics. Una expresión que acuñó David Roberts en 2010 para referirse a los políticos que negaban el cambio climático a pesar de las pruebas científicas en sentido contrario. La novedad era entonces considerar la verdad como algo secundario. Justo lo que pasa ahora. Para Viner, los elementos de la política de la posverdad actualmente son: unos políticos que apelan constantemente a los sentimientos; la situación de gran debilidad de los medios de comunicación, necesitados de clics para su supervivencia; y el hecho de que una parte cada vez
Una ausencia muy presente en unos tiempos de cambios y profunda crisis en los medios de comunicación y con el futuro del periódico en papel bastante incierto, y que deja en el aire la pregunta: ¿Umbral escribiría sus columnas para el periódico on line?...» (Sigüenza, 2012)
mayor de los públicos se informa a partir de contenidos seleccionados por algoritmos. (Urmeneta, 2016)
Bien se ve, a raíz de esta observación, que el canon del debate mediático ya no corresponde con una forma antigua de hacer periodismo que, en particular en España, se mantuvo muy viva mediante la labor de grandes columnistas y/o escritores –Azorín, Umbral, Vicent… solo por citar algunos nombres– que contribuyeron con un espíritu brillante y sagaz al patrimonio literario y lingüístico del castellano.
La posverdad es la dimensión nueva de la producción de información, pero no es, como lo recuerda Miquel Urmeneta citando a Katerine Viner, algo ineluctable. La misión de los verdaderos intelectuales es seguir haciendo un buen periodismo que no renuncie al advenimiento del conocimiento, ya que:
Según ella, los ciudadanos saben apreciar las informaciones trabajadas y, por esto, acabarán involucrándose si se les ofrece buen periodismo. Para que se dé esta dinámica positiva –dice– es condición necesaria que los periodistas abandonen antiguas pretensiones de superioridad, traten a los públicos como iguales y se comprometan al máximo dando informaciones de calidad: “La verdad es una lucha. Se necesita trabajo duro. Pero es una lucha que vale la pena”.
(Urmeneta, 2016)
Fueron el Brexit y la elección de Donald Trump los acontecimientos recientes que justificaron, frente al alud de argumentos falaces, el empleo del neologismo posverdad para poder comentar una situación inaudita: el advenimiento de la mentira como fundamento de un sistema mediático y político. La posverdad consiste en manipularnos diciéndonos que estamos manipulados. Es la distorsión extrema de la verdad por ejemplo cuando, con fines electorales, Donald Trump afirma en un mitin de agosto de 2016 que Barack Obama es el fundador del Estado Islámico. Pero más que la mentira que cualquiera podría tomar como un disparate, la conciencia colectiva –en términos de masa que se identifica con una causa/un miedo común: aquí la lucha contra el terrorismo– no reacciona. La mentira surte efecto: la posverdad funciona. La posmodernidad quería duplicar la realidad, la posverdad la supera destruyéndola: quizás sea la última etapa de la posmodernidad.
Este concepto nuevo de posverdad ya existía mucho antes de la polémica abierta por los comentarios de Katerine Viner. En efecto, en 1967, Guy Debord en su ensayo La sociedad del espectáculo venía denunciando los aspectos deletéreos de la sociedad de consumo
que desintegra la colectividad en beneficio de una individuación que solo existe a través de la imagen:
No se puede oponer, abstractamente, el espectáculo y la actividad social efectiva;
este desdoblamiento se encuentra él mismo desdoblado. El espectáculo que invierte lo real es efectivamente producido. Al mismo tiempo, la realidad vivida se encuentra materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y retoma en sí misma el orden espectacular dándole una adhesión positiva. De los dos lados la realidad objetiva está presente. Cada noción así fijada no tiene como fondo más que su pasaje a lo opuesto: la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente. (Debord, 1995: 10)
Para Guy Debord, la sociedad del espectáculo impone un filtro entre la realidad y el sujeto condenado a conformarse con la representación de lo real:
El espectáculo, considerado en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto de un modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real ni su decoración superpuesta. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de entretenciones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de una elección ya hecha en la producción, y su corolario consumo. La forma y el contenido del espectáculo son idénticamente la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. Es también el espectáculo la presencia permanente de esta justificación, en tanto que acaparamiento de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna. (Debord, 1995: 9)
Antes del auge de Internet que ahora se conoce, y siguiendo las teorías de Debord, Gérard Imbert ya denunciaba en un ensayo de 2008 las derivas del transformismo televisivo, teorizando las mutaciones de la neotelevisión y de la postelevisión: lo que no es ni más ni menos que las primicias de la posverdad, en cuanto la información se convierte en desinformación. Para Gérard Imbert, la televisión recoge «los discursos flotantes producidos por la sociedad: discursos empapados en los imaginarios colectivos que, sin estar formalizados como discursos elaborados o cerrados, nos informan sobre la sensibilidad social y contribuyen a la formación de la identidad colectiva». (Imbert, 2008: 11)
Umbral es perfectamente consciente del poder de manipulación que los medias ejercen, y a lo largo de sus artículos no deja de provocar –de ahí la sensación de malestar que puede crear– la identidad colectiva, pasada por el tamiz del propio autor, embelecada por las mentiras a gran escala que produce el poder.
Evidentemente, el ejercicio de ese poder necesita parte de secretismo, pero lo que no se puede hacer es engañar al pueblo. En España, refiriéndose a la actualidad más reciente –a la vista de lo que es la historia contemporánea– la mentira más gorda fue la acusación inmediata de la banda terrorista vasca ETA tras los atentados de Atocha en Madrid el 11 de marzo de 2004. Aquí tenemos el ejemplo bien claro del manejo de una mentira con fines electorales, ya que el gobierno de Aznar contaba con esta perturbación para volver a ganar las próximas elecciones. La revelación por los islamistas de su autoría de los atentados llevó al gobierno de Aznar a la derrota electoral. Dos meses después de dichos atentados, en un texto hábil y provocador –lo que es habitual en él– Umbral escribe una columna cuyo título evocador «Elogio de la mentira» (Umbral, 2004a) no deja ninguna duda sobre sus intenciones de denunciar el sistema de la misma mentira como arte de gobernar en España. El artículo es corto: nombra a Aznar, a Zapatero «alias ZP» y a José Blanco López «alias Pepiño» o el de las mentiras «pepiñas». En pocas líneas, en una tónica de humor e ironía, Francisco Umbral denuncia todo el sistema del estado: la masacre, las mentiras de Aznar, los sondeos, la recuperación por parte del Partido Socialista, etc… Es el artículo del observador asiduo de la vida política española que no acepta ningún tipo de compromiso. Describe claramente la corrupción de toda la clase política:
Desde los últimos tiempos de Aznar están haciendo una política de la improvisación y la frase. La gente se arrepiente de haber comulgado con ellos.
Producen muchas mentiras de buena voluntad que sólo sirven para legitimar las mentiras pepiñas. Comprende uno que gobernar un país, cuando no se ha salido del pueblo, es complicado. La mentira parecía superada en política. Y así es: ha sido sustituida por la chapuza. (Umbral, 2004a)
Todo el arte de Umbral se resume en el título del artículo que crea una ambigüedad.
Su elogio de la mentira es un elogio perverso como para mostrar mejor las intenciones solapadas de la clase política. A Umbral le gusta jugar con este término de la mentira. Forma parte de su acervo lexical y literario. La elogia cuando en realidad la denuncia ya que para él es el mejor instrumento de la verdad. Francisco Umbral maneja la mentira pero no juega con la verdad. Y toda su concepción del periodismo radica en este predicado:
Ahora que arrecian las tecnologías mediáticas de todo ese periodismo virtual que da calambre, unos cuantos nos refugiaremos en el extremo opuesto, agaritados en el chiscón de la columna, diciendo más verdades, aunque más despacio. Somos los últimos legitimistas de un manierismo periodístico, junto con Baudelaire, Larra, Pasolini, Calvino, Camus y en este plan. (Umbral, 2001: 14)
Umbral defiende un periodismo polémico, pero no construye la polémica sobre la mentira. En particular, porque lo que le interesa es escribir, un día tras otro, el testimonio de una identidad colectiva de la cual forma parte. Y bastante orgullo tiene para no aceptar que le hagan comulgar con ruedas de molino. Lo que le interesa es crear la opinión y no conformarse con la pseudo-opinión: lo que sí es posverdad, como lo recuerda la escritora Marta Sanz, citando a Adorno (Sanz, 2017: 58). Esto hace que Umbral no sea un periodista de la posverdad porque no podría aceptar esta idea tan claramente definida por Marta Sanz:
«Las posverdades vuelven a jugar demagógicamente a un hermanamiento de la especie por abajo –y aquí no me refiero a una cuestión de clase o de poder adquisitivo– y avalan las opiniones de quienes desacreditan el valor de la educación y de la enseñanza pública». (Sanz, 2017: 58)
En efecto Umbral rechaza tajantemente los compromisos demagógicos. Su papel radica más bien en denunciarlos. Lo que nos permite decir, al releer diez años después de su muerte lo que fue en su tiempo actualidad, que Umbral ya venía vaticinando las mentiras a gran escala en que se basan hoy, débilmente, nuestras democracias y las decisiones de los que las gobiernan. El término de posverdad no existía pero él incansablemente criticaba, con una mezcla de mal humor y altanería que tanto indisponía –¿una pose?–, todas las derivas que disimula el neologismo.
Las relaciones de Umbral con la verdad y la mentira son complejas, y no dejan de ser para el estudioso de su obra un tema recurrente. Su tono tajante, sus soeces y groserías, la cantidad impresionante de coños que puntúan su discurso… crean con el lector una proximidad diaria: una intimidad en que el escritor viene a hablar de cosas muy serias, desintelectualizando aparentemente el discurso. Así comulga cada mañana el autor con su lector.
A Umbral no le interesan las respuestas, las verdades, las soluciones y resoluciones.
Lo que importa es decir, “porque el decir importa más que yo” –escribe en el epígrafe de Los placeres y los días–. Su labor consiste, pues, en cuestionar, problematizar, interrogar y ver las cosas desde un prisma que no es el de la individuación, sino el de la conciencia colectiva. Así se define el intelectualismo de Umbral que odia al intelectual ímprobo, el que se lanza en combates equivocados. En un artículo firmado quince meses después de los atentados del 11-S en Nueva York, Umbral reprocha a la intelectualidad europea su permanencia políticamente correcta en un antiamericanismo –herencia de una izquierda progre– caduco
frente a las circunstancias. Y escribe: «Uno nunca ha sido fanático de los Estados Unidos, pero ante la ofensiva medieval que se inició el 11/S, acudimos a nuestros periódicos, todos de modelo americano, como los abajofirmantes de un manifiesto que no existe, pero está haciendo mucha falta». (Umbral, 2003b)
Esta cita del año 2001 contrasta con el discurso vehemente que pronuncia Umbral con ocasión de las elecciones norteamericanas de 2000 que vieron la victoria de Bush tras una querella constitucional con el demócrata Al Gore. Umbral nos recuerda entonces que:
Norteamérica es una mierda, pero eso ya lo sabíamos. […] América, América, la democracia más putrefaccionada y poderosa de la Tierra. Desde el asesinato de Lincoln al suicidio de Marilyn, no has dejado de ser un tejido de irlandeses borrachos, italianos mafiosos y negros zumbones. Todo eso vuelve ahora como un regüeldo del cielo. Atlántida equivocada, errata de Platón, América, eres una Lolita puteada. (Umbral, 2000)
Vemos claramente, en un intervalo de apenas un año, el cambio de postura del escritor. Su antiamericanismo se justifica cuando se trata de cuestionar el modelo democrático que impone Estados Unidos. En cambio, el compromiso del intelectual no puede ser obtuso, no puede extraviarse en combates de retaguardia cuando peligra la vida humana. Él no se equivoca de objetivo cuando es necesario comprometerse ante una agresión, un delito o una injusticia… pero su ironía tiene límites. En Umbral, más allá de las divergencias políticas o ideológicas, prevalece siempre la defensa de la democracia y de la dignidad humana. Así, en el artículo “El atentado”, escrito el 22/06/1993 al día siguiente del atentado de la calle López de Hoyos que causó la muerte de siete personas además de heridas a 22 personas, Umbral no duda en apoyar la política de Felipe González, dejando de lado todas las críticas que dirige en otros escritos al Presidente del Gobierno:
Sea lo que fuere, el Estado fuerte, tan combatido por los liberaloides de la pastizara y los provenzalistas románticos, sigue siendo necesario frente a un terrorismo fuerte, que puede estallar en Madrid cuando quiera. ETA, en su ingenuidad rústica (siempre he sostenido que son un nacionalismo aldeano y violento), ha venido a darle la razón a González: Estado fuerte. (Umbral, 1993)
Francisco Umbral encarna una forma de periodismo valiente que no escatima las palabras y no teme acusar si es necesario. Para él, el periodismo tiene una misión de compromiso con la sociedad:
Hay que cerrar muchas ventanas para no enterarse de que la conspiración terrorista, orientalista, fatalista, va a ser la gran querella del siglo XXI recién iniciado. Ese fatalismo de raza odia la presencia vertical de los Estados Unidos en el Universo, y este odio aparece ilustrado por un progresismo o retroprogresismo que consiste en preferir lo antiguo, lo sucio, lo feo, lo medieval, lo fatal. (Umbral, 2003b)
Su periodismo no acepta ningún pacto con el agresor, y la ética del periodista consiste en nombrar las cosas sin segundas: hay que afrontar la violencia del mundo sin falsas verdades. Conocer la naturaleza del enemigo/peligro ya es una manera de combatirlo mejor.
Y para él –aún más en una época turbia, marcada por el terrorismo internacional, el fanatismo religioso, el capitalismo a ultranzas, el auge de los populismos, el oscurantismo, el dataismo (la tiranía del Big Data, según palabras del historiador Yuval Noah Harari) y el advenimiento de miedos colectivos–, el periodismo más que nunca tiene que ser un arma. Así era para Umbral el oficio del periodista que con sus tres máquinas de escribir tenía «tres metralletas de juguete para ametrallar de mentira la mentira oficial, financial, internacional: una para el comando diario, otra para la pasada semana y la tercera para la gozada intemporal». (Buron-Brun, 2015:
11)
La ola de atentados que se abatió sobre Cataluña en el mes de agosto de 2017 dio lugar a dos noticias que no dejan de asombrar. El 25 de agosto de 2017 –ocho días después de la tragedia– el diario digital OK Diario, que se presenta como un periódico atrevido e inconformista, anuncia la noticia siguiente: “Un cargo de la Generalitat acusa al Gobierno de permitir el atentado para que los Mossos fracasaran”. El artículo es interesante porque muestra claramente, apoyándose en un argumento de autoridad presentado sin pruebas por un catedrático de la universidad Pompeu Fabra, cómo se construye el carácter plausible de una conspiración del Estado central en contra del proceso independentista.
El título del periódico El Mundo del 26/08/2017, «Independentismo por encima de las víctimas», es también motivo de asombro ya que muestra cómo, en la concentración popular prevista en reacción a los atentados, los independentistas catalanes se apoderaron del momento para abuchear al Rey y al Presidente del Ejecutivo dando así la impresión de tomar como rehenes a los participantes en la marcha para convertir un momento de recogimiento y de homenaje fúnebre en una manifestación callejera en favor del separatismo catalán: una profanación de la memoria de las víctimas y ofensa a la dignidad humana y a la
inteligencia. Estas dos noticias son sintomáticas de una evolución de una sociedad individualista que prefiere los intereses del grupo a los de la colectividad.
Vemos justo veinte años antes una situación muy distinta cuando Francisco Umbral –con mucha poesía y sensibilidad a la hora de abordar el horror, la tragedia, la muerte o la dignidad– escribe sobre las manifestaciones que sucedieron al asesinato por ETA del concejal Miguel Ángel Blanco:
Sábado 12 PALOMAS de Barcelona, campanas de Sevilla, sirenas de Bilbao, velatorios de pueblo, densidades humanas de Madrid, la mañana de este sábado ha sido en toda España como la unanimidad de la Historia conduciendo la voluntad de los mejores. Manifestaciones en todas partes por la vida de Miguel Angel Blanco, un chico vasco que ETA eligiera como víctima vicaria, cuando Ortega Lara se les escapó de las manos en los últimos momentos. La venganza, que sólo es grandiosa en Shakespeare, suele resultar bastante vil y mezquina en las bandas de vengadores profesionales, en las pequeñas y atroces rencillas de pueblo, desde Puerto Hurraco hasta Mondragón. Así como el golpe de Tejero sirvió paradójicamente para rubricar la naciente democracia española, el salto por encima de su propia sombra sombría que ha dado ETA ha servido, sirve, está sirviendo para que los españoles se reconozcan españoles, unos con otros, todos entre todos, españoles antes que otra cosa, y, primero los partidos con un juramento urgente como sobre una espada, luego el pueblo, con la espontaneidad de los grandes casos, con la lozanía de los arracimamientos más emocionales que políticos, encuentren una causa común por la que luchar, valoren la libertad que tienen y a veces ni siquiera usan, y luchen democráticamente, en un clima perpetuo de mañana de sábado, contra quienes nos quieren llevar a otra guerra civil. (Umbral, 1997)
Leer esta cita en septiembre de 2017, entre los atentados de agosto y la organización de un referéndum de autodeterminación de Cataluña (previsto en octubre), da mucho que pensar sobre no solo la situación española –que en la actualidad está atravesando una crisis política, constitucional y territorial– sino también el compromiso del pueblo por su democracia. El cainismo, que se ha vuelto una manera frecuente de resolver los conflictos – incluso en sociedades llamadas civilizadas–, normaliza la fracturación social. Lo que se ha denominado la paradoja de Olson en los estudios sobre sociología de los movimientos sociales –o sea, el hecho de que no se persiga un interés colectivo en nombre del interés propio– se ha convertido en una norma que fragiliza tanto la democracia como el conocimiento. Esta estrategia peligrosa que consiste en dejar actuar a los demás puede permitir el acceso libre a grupos minoritarios o motivados para imponer su punto de vista.
Es una de las características de lo que el sociólogo Gérald Bronner llama «la democracia de los crédulos» (Bronner, 2013), o sea: el papanatismo que gangrena los fundamentos mismos
de las democracias abandonadas en manos de ideologías dudosas, de conocimientos –más bien seudoconocimientos– equívocos, de juicios terminantes y sin fundamentos, de bulos que encuentran en Internet un alcance mundial muy favorable a todas las teorías de la conspiración que van en contra del universalismo3. O sea –como lo escribe Gérald Bronner–
una democracia humillada por sus demonios internos, un mundo hecho un suburbio abandonado por la Historia4.
Francisco Umbral no se adhiere, pues, a la forma de un periodismo facilón que sirva a los intereses de un grupo y rechaza la actitud del que no se compromete. Su verdadero compromiso es el de la palabra asumida que no se autocensura, que no teme romper la ortodoxia o el pensamiento único.
En todos los artículos que escribe a raíz de los atentados del 11-S no se equivoca nunca: tratar con decencia, respeto y sensibilidad a las víctimas, no temer a los enemigos, nombrarlos y aceptar el cara a cara, tratarlos con cinismo, elevar la cultura frente a la barbarie.
A este respecto, un artículo del 1/11/2011 titulado «Torres de luz» es ejemplar de la postura cultural e intelectual de Umbral que ve en la literatura el rechazo de toda forma de intimidación. Así comenta la instalación en Manhattan de dos focos luminosos que imitan la forma de las Torres Gemelas:
Dos rascacielos de luna que explican a un tiempo el poderío de América y la inspiración whitmaniana de algunos americanos. Esto no es un confuso sueño de huríes y ciénagas de leche, esto no es un paraíso sucio de pies y fornicaciones.
Esto es la inspiración occidental en su momento más lúcido, en su estación mental, como ya he dicho. Vale tanto esta luz así construida como el hierro de la Torre Eiffel, cantada por el citado Apollinaire. Se ha ganado la guerra de la imaginación. Platón contra Mahoma. Las cosas son poemas y no mandatos tiránicos. La luz, sí, es el alma de lo que parece no tener alma. Dos rascacielos de quieto resplandor iluminan la noche de los ríos y de los periódicos. Da igual Nueva York que otro sitio. El poeta, superviviente de todas las batallas, viaja de alma en alma, como Rilke, o deja esas dos torres, como dos purísimas páginas,
3 Es también lo que expresa ya en 1943 el filósofo Alexandre Koyré en el ensayo Reflexiones sobre la mentira: «La pensée, estime-t-elle, c’est-à-dire la raison, discernement du vrai et du faux, décision et jugement, est une chose très rare et très peu répandue dans le monde. Une affaire de l’élite et non de la masse. Quant à celle-ci elle est guidée, ou mieux, mue, par l’instinct, la passion, par les sentiments et les ressentiments. Elle ne sait penser. Ni vouloir. Elle ne sait qu’obéir et que croire.
Elle croit tout ce qu’on lui dit. Pourvu qu’on le dise avec assez d’insistance. Pourvu aussi que l’on flatte ses passions, ses haines, ses frayeurs. Il est donc inutile de chercher à rester en deçà des limites de la vraisemblance : au contraire, plus on ment grossièrement, massivement et crûment, mieux sera-t-on cru et suivi.» (Koyré, 2016: 38-39)
4 S’il est bien une crainte –je l’espère excessive– qui traverse ce livre, c’est celle de voir nos démocraties mises à genoux par leurs démons internes et la démocratie des crédules, faire de notre monde une banlieue délaissée par l’Histoire.”(Bronner, 2013: 328)
libro abierto del siglo, ante los ojos de los hombres otra vez esperanzados.
(Umbral, 2011)
Pero esta página de pura poesía que es el artículo «Torres de luz» no oculta la clarividencia provocativa, cínica y tajante con la cual en otros momentos analiza las formas y condiciones nuevas del terrorismo internacional. Umbral nunca tuvo reparos en mencionar el terrorismo islámico ironizando al respecto, e impresiona la vileza con la cual trata a los criminales. Sus escritos traducen la postura inquebrantable del que no se deja invadir por el miedo. Adopta frente al terrorismo una actitud de superioridad crítica amparada por la convicción certera de la supremacía de la civilización frente a una barbarie que no vacila en calificar, reiteradas veces, de medieval:
En lo que no reparan los analistas es en que estamos padeciendo una nueva ola de medievalismo que otra vez se cierne sobre Occidente con carácter destructivo.
Puede que los de las pancartas ayuden a parar esa guerra –ojalá–, pero quede constancia de que no se trata tanto de una guerra de intereses o de dominio –que también– como de una vuelta del espíritu medieval que periódicamente se cierne sobre nosotros. Porque la Edad Media no fue una época sino un continente, y el continente sigue ahí, disperso y unánime, teniendo como causa sagrada la destrucción del Occidente pagano y progresista. La vieja Europa y Estados Unidos han llegado a unos límites de progreso intelectual y científico, social y técnico, que asusta y acompleja a los cuatro o siete sabios de China, de Arabia, de África, de por ahí. En cuanto a los príncipes de ese orientalismo fatalista que toman todas las noches la sombra de la luna, no se plantean competir con Europa y América ni siquiera en una guerra, sino que se retrotraen a sus magias medievales y van a combatirnos con ántrax, con venenos, con kamikazes, con fanáticos. […]
No podemos entendernos con el medievalismo ni con sus cabecillas sucesivos:
Sadam, Bin Laden, Gadafi, etc. […]
Esta causa del medievalismo contra la democracia, y viceversa, no se resuelve nunca, porque es la geografía/geometría del mundo que hemos heredado. Hay que desechar la guerra como solución gallarda y entrar en conversación con nuestros amigos/enemigos y con el señor de los bichos [Sadam]. En una palabra, hay que bajarse al moro. (Umbral 2003a)
Las conclusiones a las que llega Francisco Umbral en 2003 conllevan una esperanza en el diálogo –aunque sea un diálogo entre golfos y sinvergüenzas– que hoy se ha esfumado completamente. Su posición, en el fondo ampliamente influida a la sazón por la teoría de Samuel Huntington de un choque de civilizaciones, corresponde a un contexto de escritura que hoy ha caducado. No obstante, late en Umbral una voluntad firme de no ceder a la presión, y sus líneas sobre el devenir de nuestras democracias producen hoy escalofríos que comprueban la validez y la agudeza de un pensamiento bien enterado. Conmueve ver, y
quizás sea esto un argumento para los detractores de Umbral, que su reflexión y su observación del mundo lo han llevado a formular vaticinios sobre acontecimientos que, desafortunadamente, han terminado produciéndose: lo que muestra la clarividencia de Umbral sobre el avance del mundo. Sus bromas cínicas sobre los terroristas hoy no producirían ningún humor:
Pero la guerra esencialmente oriental, asiatoide, es siempre una guerra así, un bordado de venenos, una miniatura de aguijones, una costura de punzadas letales y una falange de adolescentes mahometanos con prisa por subir junto a las huríes del profeta, porque a esa edad, y a todas, una hurí tira mucho. A América no la puede derrotar Rusia, que también se lo hace de superpotencia. Sería una guerra de igual a igual, un nuevo equilibrio del terror como el que ya vivimos, pero sin Adolfo Marsillach para comentarlo en Oliver tomando la última copa o el primer tranvía. El día en que los arábigos inventen el tranvía suicida, como los aviones de Nueva York, pueden dejar la ciudad de San Francisco, que es la que tiene más románticos tranvías, caladita en todas direcciones y cayéndose al mar. Éste es uno de los peligros que corre la América de Bush, porque no han sabido o no han querido encontrar al señor Laden, sino que, como dice Carmen Rigalt, le daban por muerto porque no salía en la tele. (Umbral, 2002b)
Pero además de su carácter visionario o, por lo menos, lúcido –el arte anticipa la realidad–, esta cita plantea el problema de la representación del mal, del enemigo, y aquí con su artículo «El espectro», Umbral remite intuitivamente a las teorías de Clément Rosset sobre la visibilidad de la realidad y lo invisible. Como lo recuerda el filósofo, el espectro es de hecho una reminiscencia del Coco (Duérmete niño, que viene el Coco) cuyo carácter invisible hace que sea aún más amenazante. Problema que resuelve Goya con la representación física del Coco dispuesto ya a arrancar a los hijos a su madre. Ahora bien, el problema de la posverdad radica en la confusión entre la realidad y su representación. De ahí la preferencia a informar más sobre lo invisible (la representación, lo imaginario) que sobre la realidad (lo visible). Esto produce la instalación de mentiras que hacen que, en un momento determinado, la verdad sea aún más inaceptable y justifique, de hecho, el repliegue en comportamientos extremos.
El artículo «El espectro» es de hecho una denuncia de la posverdad que envuelve toda la problemática del terrorismo islámico, así como una crítica de la espectacularización hollywoodiana y televisiva que no hace más que atizar los odios colectivos que se construyen sobre el miedo:
En las últimas fotos de Bin Laden, ésas en las que vemos que no le vemos, queda claro que todo el mundo occidental lleva un año a la caza de un espectro que cada vez se va espectralizando más. La persecución del espectro tiene la ventaja
de que no molesta a nadie y permite ir pasando el rato sin resolver el problema.
(Umbral, 2002a)
Pero esta ironía sobre el carácter espectral de Bin Laden cuestiona en realidad la calidad de la información que se nos da y apela a un esfuerzo –e incluso un deber– de la vista, ya que la invisibilidad con la que juegan los terroristas es también el resultado de una ceguera por falta de conocimiento, distanciamiento y problematización. Pero claro, todo esto lo escribe Umbral en el contexto de la guerra de Irak y su justificación por Estados Unidos;
desde entonces, y quizá por culpa de ello, el terrorismo se ha organizado y globalizado, agrandando cada vez más la fracturación social a nivel mundial y justificando la perennidad de un sistema –el de la posverdad– que no traduce más que la dimisión de la palabra y el declive de la civilización. Constatación muy pesimista que la escritora Marta Sanz resume así:
En realidad, todo iba bien siempre para los mismos: los oligarcas y los monopolistas que necesitan de la maquinaria de las posverdades –y de nuestra credulidad– para mantener cosméticamente su apariencia democrática. Las posverdades actúan como un placebo para aliviar nuestra herida y nuestra mala conciencia, mientras la brecha de desigualdad se hace más profunda dentro de cada país, y escinde el continente Norte del continente Sur, el continente Oriente del continente Occidente. (Sanz, 2017: 62)
En realidad, a lo largo de todos los artículos escogidos en el corpus seleccionado, vemos que Umbral no ha dejado de anticipar la situación que hoy presenciamos. Sus ironías y cinismos sobre un desequilibrio universal del mundo, sobre la individuación del mundo y sobre las derivas de una sociedad desinformada –entregada a sus pasiones, odios y miedos–
venían anunciando lo que hoy se llama la posverdad: un fenómeno que se sustenta en la ley de la arbitrariedad y aniquila el poder de la palabra, del conocimiento y del entendimiento, justificando desgraciadamente el auge de las radicalidades que se han convertido en todos los niveles –incluyendo lo político y lo diplomático–, en nuestra nueva manera de no-dialogar.
A partir de ahí, todas las formas de violencia, de intolerancia y de rechazo plasman la imagen de un mundo en delicuescencia –¿acaso en putrefacción?– en busca de su identidad bajo el mandamiento del miedo que justifica la individuación cada vez más exacerbada de la sociedad.
Francisco Umbral perteneció aún a una época en que los intelectuales, entre los que estaban los periodistas y los escritores, denunciaban aquellas derivas de la sociedad, pero la aceleración de la información, la costumbre de no ejercer hacia la información el ejercicio
debido del distanciamiento, la profusión de comentarios y opiniones ha acabado ahogando en la masa la palabra justa y medida del que informa. El hombre del siglo XXI se ha acostumbrado, con las tecnologías a su alcance, a nuevas formas de comunicar… que es un no comunicar. El espacio virtual de la palabra que ofrece Internet le ha dado la posibilidad de mediatizar su intimidad, hablar consigo mismo ante testigos, servir a su orgullo para que crea que su palabra tiene autoridad, suplir el conocimiento por creencias y opiniones personales, crear el dogmatismo de los crédulos.
De hecho, nunca la libertad de expresión –o la representación de lo que significa realmente– ha hecho peligrar tanto la democracia. Es también lo que escribe el catedrático Jordi Gracia:
Las únicas vías antiguas para acceder al ámbito privado fueron formas de la ficción como el teatro, la novela o la confesión: la literatura. Escuchamos ahí al tendero, a la enfermera, al abogado, al alcohólico o al oficinista opinando aberrantemente y discurseando con gran aplomo. Hoy el despliegue de la intimidad doméstica de cualquiera es cotidiano y práctica social aceptada a través de las redes, pero ya no reducto de la ficción y la literatura. Del mismo modo que pertenecen al dominio público la decoración, los viajes y los gustos de los usuarios de las redes, están también en el dominio público sus opiniones, sus juicios y sus adhesiones. Y por tanto están también a la vista su información precaria, sus empecinamientos y a menudo su perfecta y osada ignorancia. Ese ruido casero ha roto el círculo íntimo e irrelevante, dentro de las cuatro paredes de casa, para ser parte del espectáculo común y agente activo del mapa de la opinión pública. La estupefacción es mayúscula porque la credulidad ante las verdades embusteras se ha revelado como el estado natural de la población, sin reflejos ni recursos para cuestionarlas o desactivarlas. (Gracia, 2017: 42-43)
Releer a Umbral en la actualidad es una manera vivificante de recibir una luz sobre el presente y entender que las columnas diarias de aquel «señor feo y de mala leche, con dobles gafas» (Umbral, 2002a), de aquel «cretino» como lo calificó una vez Rosa Chacel (Martín, 1994), eran ventanas que cada mañana se abrían al mundo para entenderlo mejor y emular un pensamiento autónomo en favor de siempre más ciudadanía y más honradez.
BIBLIOGRAFÍA
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SOBRE EL AUTOR
Denis Vigneron
Denis Vigneron, doctor por la Universidad de Lille y profesor titular de la misma (Université Lille Nord de France), así como profesor de la Escuela Superior del Profesorado y de la Educación (ESPE Lille Nord de France), miembro del equipo de investigación Cotralis, Textes et Cultures, Université d’Artois. Sus investigaciones se centran en los puntos de encuentro de la literatura española con otros ámbitos: estética, historia, mitos, periodismo, religión, así como en didáctica del español. Autor del libro La création artistique espagnole à l’épreuve de la modernité esthétique européenne (1898-1931), Paris, Publibook, 2009, y de varios artículos de temas literarios y artísticos españoles (siglos XIX, XX y época actual): Umbral, Azorín, Ortega, entre otros.
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