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Enrique Ortiz Aguirre Universidad Complutense de Madrid

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Academic year: 2022

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Enrique Ortiz Aguirre Universidad Complutense de Madrid

Resumen:

Desde el punto de vista literario, resulta especialmente interesante contrastar la concepción de la construcción de España desde la obra valleinclanesca respecto a la que recogen los diferentes autores de la llamada generación del 98. En este sentido, es de reseñar el nacionalismo dibujado en Luces de Bohemia frente al de otros trabajos coetáneos, sumamente enraizados en la épica, el heroísmo y la reivindicación medieval (piénsese, verbigracia, en los escritos ensayísticos de Unamuno, Maeztu, Azorín, Baroja o Cossío). Así, no podemos olvidar la importancia del tra- tamiento de los paradigmáticos Don Quijote y Sancho Panza como ejemplo, por antonomasia, del constructo de lo español. Contrastar la memoria que recogen acerca de estos personajes del pasado (del Barroco, concretamente, aunque en transición desde el Renacimiento con re- medos medievales) para identificarlos con la idea de España es definitivo: frente a una idea imperialista, tradicional y patriótica (Vida de Don Quijote y Sancho unamuniana o Los pueblos azo- rinianos), nos encontramos con una visión esperpéntica de nuestro país en la obra de Valle- Inclán, desde la interpretación grotesca de Don Quijote y Sancho Panza en los personajes de Max Estrella y Don Latino de Híspalis de Luces de Bohemia. Así, mediante la deformación gro- tesca de personajes del pasado, Valle nos propone una idea de España nada paternalista, sino arraigada en el expresionismo y en la deformación moral: “En España el mérito no se premia.

Se premia el robar y el ser sinvergüenza. Se premia todo lo malo”.

Palabras clave: Nacionalismo, Memoria, Literatura Comparada, Generación del 98, Esper- pento, Modernidad, Expresionismo, Intertextualidad, Don Quijote

Abstract:

From the literary point of view, it is especially interesting to contrast the conception of the construction of Spain from the Valleinclanesca work with that of the different authors of the so-called Generation on of ‘98. In this sense, it is worth mentioning the nationalism drawn in Luces de Bohemia as opposed to that of other contemporary works, deeply rooted in the epic, heroism and medieval vindication (think, for example, in the essayist writings of Unamuno, Maeztu, Azorín, Baroja or Cossío). Thus, we cannot forget the importance of the treatment of the paradigmatic Don Quixote and Sancho Panza as an example, par excellence, of the Spanish construct. Contrasting the memory they collect about these characters from the past (from the Baroque, specifically, although in transition from the Renaissance with medieval imitations) to identify them with the idea of Spain is definitive: In contrast to an imperialist, traditional and patriotic idea (Vida de Don Quijote y Sancho by Unamuno or Los pueblos by Azorín), we find a grotesque vision of our country in the work of Valle-Inclán, from the grotesque interpretation of Don Quixote and Sancho Panza in the characters of Max Estrella and Don Latino de

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Híspalis de Luces de Bohemia. Thus, through the grotesque deformation of characters from the past, Valle proposes an idea of Spain that is not at all paternalistic, but rather rooted in expres- sionism and moral deformation: “In Spain, merit is not rewarded. It rewards stealing and being shameless. It rewards everything that is bad”.

Keywords: Nationalism, Memory, Comparative Literature, Generation of 98, Esperpento, Modernity, Expressionism, Intertextuality, Don Quixote

Muchos ríos de tinta, por parte de hispanistas de toda laya, han corrido para explicar la teoría estética del esperpento valleinclanesco (Johnston; Morales; Valcárcel; Lo- renzo-Rivero; Oliva) y sus relaciones con la modernidad y/o con el lenguaje visual — cinematográfico, pictórico (Fraga)—, incluso para abordar el correlato de los persona- jes de Max Estrella y don Latino de Híspalis en Luces de bohemia respecto de los univer- sales don Quijote y Sancho cervantinos (Trambaioli; Conde; Sauquillo). Sin embargo, a nuestro parecer, no se ha insistido lo suficiente en que la deformación que propone Valle —hay que recordarlo— es sistemática, por lo que Max Estrella y don Latino constituyen también una visión expresionista del nacionalismo noventayochista que se reivindicaba a través de los personajes de Cervantes, y no solo una apuesta estética renovadora, que, por supuesto, también. Así las cosas, la intertextualidad, el diálogo fructífero entre los textos literarios, en el caso de Valle-Inclán, es una forma tanto de entender la literatura como la vida, a modo de palimpsesto deformante (López Fer- nández); de ahí que nos plantee una intertextualidad grotesca respecto a la concepción nacionalista del 98 expresada mediante las figuras de don Quijote y Sancho (Miguel de Unamuno, Azorín, Maeztu, Baroja, Cossío…), en un activo diálogo peculiar con la construcción nacional de sus contemporáneos. Lejos del paternalismo y de cierto tra- dicionalismo rancios arraigados en el concepto de casticismo (Gordon), Valle decons- truye la cosmovisión nacionalista al enfrentarlo a los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato. Como acontece en Los cuernos de don Friolera respecto a su reflejo de las tragedias calderonianas, en Luces de bohemia se refleja España con un nacionalismo deconstruido, que la identifica con el esperpento y con la deformación moral, tal y como expresa un sepulturero de esta obra dramática: “En España el mérito no se pre- mia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. Se premia todo lo malo” (Valle-Inclán, Luces 129). Una visión expresionista de España que anticipa las vanguardias y nos in- cardina en la modernidad; no en vano, Valle Inclán identificó el arte con la vida y aquel con la permanente renovación, con lo que enmarca sus producciones esperpénticas claramente en el espíritu vanguardista, que el Nobel mexicano Octavio Paz definirá como la tradición de la ruptura (Paz). Hacia esta misma línea de permanente renova- ción, apuntará el propio autor gallego, que defiende la estética modernista, y singular- mente la corriente decadentista dentro de la literatura del Modernismo, en virtud pre- cisamente de su espíritu novedoso:

La amé tanto [a la literatura modernista] como aborrecí esa otra, timorata y prudente, de algunos antiguos jóvenes que nunca supieron ayuntar dos palabras por primera vez, y de quienes su ruta fue siempre la eterna ruta, trillada por todos los carneros de Panurgo. […]

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Incapaces de comprender que la vida y el arte son una eterna renovación, tienen por he- rejía todo aquello que no hayan consagrado tres siglos de rutina. (Valle, Corte de amor 14–

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Y es, precisamente, ese espíritu de constante renovación el que otorga, a través de la estética novedosa del esperpento, unido a la reacción antirrealista, una visión de la nación y de sus símbolos diametralmente opuesta a la tradicional que enarbolan sus compañeros de la llamada generación del 98. La intertextualidad que respira en el es- perpento hará lo propio con los personajes de Don Quijote y Sancho Panza, correlato de una cosmovisión absurda y existencialista alejada de las corrientes dominantes del momento (del regeneracionismo y del krausismo), propia ya del periodo de entregue- rras, que trajo consigo una perspectiva profundamente singular de las naciones y del carácter destructivo y bélico de los seres humanos, reconocidos en el dolor y en la mueca (Peris).

En este sentido, resulta inevitable considerar que la idea de nación supone tanto una identificación por lo que se es como por lo que no se es; en palabras de Hunting- ton: “sabemos quiénes somos solo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuen- cia solo cuando sabemos contra quienes estamos” (Huntington 22). De esta manera, al tiempo que la visión predominante del concepto nación en los noventayochistas en- salza, verbigracia, al pequeño burgués como paradigma desde un código individualista (Villacañas), el esperpento valleinclanesco reacciona frente a cualquier manifestación burguesa (relacionada con el materialismo mostrenco) y propugna cierto idealismo vi- talista proveniente del alma torturada del artista que promueve un tránsito desde la crisis de fin de siglo hacia la asunción pesimista y del absurdo de la existencia humana, propias del periodo de entreguerras; no en vano, las primeras versiones de Luces de bohemia se publican en torno a 1920 y la versión definitiva en 1924.

Por otra parte, conviene recordar que, según escribió Julián Marías, la gran pugna que se dio en la filosofía a finales del XIX y comienzos del XX fue la de la oposición entre las categorías de razón y vida (Marías 33); aquí, encontramos otro de los aspectos diferenciadores entre la concepción del nacionalismo desde el esperpento de Valle en contraposición a la noventayochista, ya que esta última apostará por el racionalismo regeneracionista (al que se supedita lo vital) y casticista, mientras que el esperpento presentará una cosmovisión vitalista que se alinea perfectamente con cierta explosión de lo irracional, que propende al descreimiento de la razón como elemento demiúrgico para construir la idea de nación. Además, frente a la visión mítica (El Cid o don Quijote como guerreros) y tradicional de España —promovida por los autores del 98 (Maeztu, por antonomasia)—, el esperpento como estética es una construcción/deconstrucción moderna de España, mediante la aparición de lo citadino —contra la exaltación de la aridez castellana propugnada por los noventayochistas como metáfora del alma (Mo- reno)—, o a través de la creación propia y diferenciada de la pareja que conforma el gran símbolo nacional del 98: Don Quijote y Sancho (frente al guerrero medieval ci- diano, se proponen las figuras grotescas y absurdas en Luces de bohemia, que se nos antojan con su filtro de modernidad, y que supondrán una nueva dimensión en la con- cepción de lo nacional, profundamente enraizada en la crisis de fin de siglo y pasada tanto por el tamiz vanguardista como por el estado anímico del periodo de entregue- rras). Esta modernidad en la concepción nacional reside precisamente en el hallazgo del esperpento, cuya naturaleza intertextual promueve el diálogo con el gran mito na- cionalista de aquel momento para mostrarlo desde lo grotesco, ya que lo esperpéntico,

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al habitar una naturaleza paródica, exige una confrontación dialógica con lo conside- rado clásico. Así pues, el enfoque de modernidad de esta construcción de lo nacional viene dada por la técnica del esperpento, partícipe ya de las Vanguardias.

Es momento, pues, de revisar los rasgos de modernidad, respecto al concepto de nacionalismo, que Valle propone esperpénticamente desde Luces de bohemia, como in- tertextualidad frente a la construcción conceptual de nación predominante entre los noventayochistas. Uno de los rasgos constitutivos de esta concepción moderna es la de la desidentificación del sentido de patria, en una dinámica que promueve el aleja- miento, de suerte que el esperpento llevó aparejada, pues, para Valle-Inclán una mo- derna concepción de la tragedia, ya que no se trataba de anhelar una España ni mítica ni heroica, sino de considerarla como desenlace inevitable, a modo de fatum de un país grotesco, en una concepción del nacionalismo deformada y siniestra. Mientras que el Quijote desde la perspectiva del 98 camina hacia la justicia, el bien y la belleza (Laín Entralgo), Max Estrella, el Quijote esperpéntico, se hace acompañar de su escudero Don Latino para emprender un viaje iniciático de carácter tan grotesco como trágico que lo conducirá a la muerte, entre ridículas muecas y el robo de la cartera por parte de su ‘fiel’ y deformado escudero. Se identifica, por lo tanto, la idea de nacionalismo con la condición de tragedia grotesca:

MAX: ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO: Una tragedia, Max.

MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO: ¡Pues algo será!

MAX: El Esperpento. (Valle-Inclán, Luces 110)

La técnica del esperpento “desde el aire” —como posición del foco autorial en relación con lo que se aborda en el texto literario, frente a una perspectiva de pie o de rodillas, tal y como le comentó Valle-Inclán en la célebre entrevista que ha quedado recogida (Martínez Sierra)— supone un alejamiento de la idea de nación, ya que como en el caso de los personajes esperpénticos, se ve con distancia, objetualizada y confusa; de esta definición y asunción distanciadas, frente a la concepción tradicional de la idea de na- ción como madre, como elemento cercano, se colige lejanía en la propia ideación del concepto:

DON LATINO: […] ¡Te has muerto de hambre, como yo voy a morir, como moriremos todos los españoles dignos! ¡Te habían cerrado todas las puertas, y te has vengado mu- riéndote de hambre! ¡Bien hecho! ¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Aca- demia! ¡En España es un delito el talento! (Valle-Inclán, Luces 119–120)

España aleja a los hombres de talento que son dignos, los deja morir arrumbados en el olvido y la marginalidad, por lo que se produce un alejamiento respecto de la nación como núcleo; al reivindicar el margen, se renuncia al discurso de lo nuclear y de lo céntrico, muy del gusto noventayochista (Delgado), y se opta por la inarmonía de las formas del margen, esas formas deformadas que paradójicamente respiran en lo gro- tesco.

Por otra parte, hay que destacar la importancia de lo urbano asociada a la idea de nación, rasgo de clara modernidad. En Luces de Bohemia, resulta relevante la idea de nación asociada a la de ciudad, y no a la de llanura castellana espiritual, absolutamente característica del 98. Lo abordamos como otro elemento de modernidad porque se enraíza en la concepción del individuo asolado por una crisis individual en un escenario

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citadino. Frente a los pueblos castellanos y la aridez (recuérdense Castilla o Los pueblos azorinianos, los Campos de Castilla machadianos, el “—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga”1 manuelmachadiano, entre otros), nos encontramos con al ambiente neta- mente urbano, dibujado sobre todo a través de sus calles y servicios (librería, tascas, restaurantes…), deudor cinematográfico de la calle del flaneur finisecular junto a los albores del expresionismo. A más a más, frente al carácter árido y mítico de Castilla a través de su paisaje rural, aparece como protagonista la ciudad, alucinada, proveniente de una concepción esperpéntica contraria al espíritu del 98, ya que este último pro- clama:

Hemos de buscar a España en su ‘intrahistoria’. Y ella se halla del modo más patente en Castilla: en sus ‘solemnes soledades’ en su ‘sobriedad’, en su ‘monotonía’, en su ‘tristeza’, Castilla son los hombres enteros y de una pieza, decididos, trabajando de continuo en esa labor cotidiana. (Unamuno 91)

Por el contrario, Valle propugna un paisaje cinematográfico y dinámico de la ciudad deformada y de una España que se encuentra en el tránsito entre tabernas, de una España que no premia el mérito ni el trabajo, sino las actitudes corruptas (ya en los dominios de la desmitificación, que trataremos brevísimamente después):

EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!… En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero. (Valle-Inclán, Luces 62) Encontramos, además, una modernísima crítica al capitalismo desbocado y a su inver- sión de los valores más humanos; un materialismo tan atroz como despersonalizador, enajenante, un país entregado a la idea de valor pecuniario frente a cualquier otra con- sideración, que constituye una moderna reflexión en torno a las sociedades actuales (Hernández Vargas).

Sin duda, la intertextualidad conforma otro elemento de modernidad, fundida y confundida con el discurso paródico (Pordomingo and Fernández), tal y como acon- tece con el símbolo Quijote/Sancho deformado y lo grotesco. Así las cosas, la muestra de lo grotesco y lo deforme como autonomía de la obra artística (ya en la órbita de las vanguardias), que se separa de la función referencial de la verosimilitud realista, se re- laciona directamente con la intertextualidad. Frente a la limitación referencial/repre- sentativa del verismo, surge la sublimidad de lo grotesco, la belleza asediada por lo siniestro. Max y Don Latino son don Quijote y Sancho Panza reflejados en los espejos cóncavos y convexos, lo que supone una construcción estética propia del autor sin la pretensión meramente representativa; este mismo hecho queda constatado con las si- guientes palabras:

Toda obra de arte expresa una imagen de la realidad. Si el artista acentúa lo que esa imagen tiene de realidad, será realista. Si acentúa lo que tiene de imagen suya propia, será — digámoslo así— idealista. De un extremo a otro de su labor creativa Valle-Inclán mani- fiéstase idealista. (Sobejano 159)

Que el esperpento se inspira en una estética antirrealista parece una evidencia, como que este se fundamenta en la intertextualidad como articulación fundamental, ya que se trata —al fin y a la postre—, tal y como se refleja en la obra que nos ocupa, de colocar a don Quijote y a Sancho Panza frente a los espejos deformados. Los autores

1 Poema “Castilla”, de Manuel Machado, en Alma (1907), v. 8.

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del 98 habían convertido la figura de don Quijote en un símbolo para el concepto de nación:

Al convertir al Quijote en tipo de España, se quiere expresar la identidad española con un símbolo de valor universal. La necesidad metafísica que tiene el ser humano de encon- trarse a sí mismo, a su identidad, en un espejo, queda aquí encarnada de una manera ex- cepcionalmente profunda: el espejo es un símbolo de valor universal. (Herrero 275) Pero la idea de España tradicional que representan los personajes cervantinos en la concepción noventayochista, a pesar de sus pretensiones modernas —no en vano se los conoció como los ‘nietos del Cid’—, se transforma mediante la estética valleincla- nesca de Luces de Bohemia en una cosmovisión de desapego, de existencialismo capaz de oscurecer la utopía ante una sociedad materialista y mediocre, superficial (¿actual?) que asfixia la dimensión trascendente, creativa e intelectual del artista. No se busca, pues, la espiritualidad basada en los valores tradicionales representados por la singular pareja de la díada universal de caballero y escudero, sino una visión moderna de nación, enraizada en el existencialismo inseparable del expresionismo que nace con el esper- pento (Tornero). Nos encontramos, pues, ante un existencialismo basado en el pensa- miento de Nietzsche (Korstanje) y, por añadidura, en el descreimiento generalizado del periodo de entreguerras. Max Estrella, como don Quijote ante un espejo, pero un espejo cóncavo en el que se refleja una España grotesca. Además, en el caso del no- ventayochismo, se produce una clara identificación entre la figura de don Quijote y la religiosidad desde una perspectiva católica que se identifica con la idea de nación:

El corazón de España se encuentra también, —y es esta la apuesta fundamentalmente de Maeztu—, en su catolicidad. El ideal de la hispanidad es el ideal católico. También Una- muno ve el catolicismo como fruto del espíritu español, especialmente en la mística cas- tellana que es para él la forma más sublime de unir el ideal con la vida. Del mismo modo Ganivet, anuncia que ‘España se halla fundida en su ideal religioso, y por muchos que fueran los sectarios que se empeñasen en ‘descatolizarla’, no conseguirían más que arañar un poco la corteza de la nación.’ (Herrero 277–278)

Sin embargo, Valle en Luces de bohemia, en su deformación sistemática, nos muestra otro tipo de religiosidad en la identidad nacional:

MAX: España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de África. (Valle-Inclán, Luces 27)

Una vez más, en su afán modernizador, Valle renuncia a una visión que le resulta an- tediluviana en la ideación del concepto. De este modo, precisamente uno de los ele- mentos indisociables del concepto tradicionalista de nación por parte del 98, reivindi- cado como elemento identificador, se convierte a los ojos de Valle en un elemento que obstaculiza la modernización del país. Tanto es así que, frente al Don Quijote creyente y fervoroso, nos presenta su correlato totalmente ajeno a la fe religiosa:

MAX: Para mí, no hay nada tras la última mueca. Si hay algo, vendré a decírtelo.

RUBÉN: ¡Calla, Max, no quebrantemos los humanos sellos!

MAX: Rubén, acuérdate de esta cena. Y ahora, mezclemos el vino con las rosas de tus versos. Te escuchamos. (Valle-Inclán, Luces 96)

Ello supone, inevitablemente, asociar el símbolo del nacionalismo a la ausencia de re- ligiosidad o a su concepción paródica (Max Estrella también tiene su episodio de la última cena), extremo inédito en la costumbre generalizada entre los noventayochistas, que identifican el concepto de nacionalismo tanto con la figura de Don Quijote como

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con la religiosidad que lo caracteriza. Además, el regeneracionismo que se asocia a la figura de don Quijote en la cosmovisión nacional del 98 también aparece deformado;

se vincula la regeneración con la idea de suicidio y autodestrucción, de desaparición nacional:

MAX: Latino, ya no puedo gritar… ¡Me muero de rabia!… Estoy mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin… No le asustaba, pero temía el tormento… La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga. ¿Has oído los comentarios de esa gente, viejo canalla? Tú eres como ellos. Peor que ellos, porque no tienes una peseta y propagas la mala literatura, por entre- gas. Latino, vil corredor de aventuras insulsas, llévame al Viaducto. Te invito a regenerarte con un vuelo [el destacado es mío].” (Valle-Inclán, Luces 108)

Esta intertextualidad en el tratamiento de las figuras de Don Quijote y Sancho Panza, que aparecen deformadas grotescamente, conlleva también una concepción nacional totalmente otra: frente al viaje interiorista del 98, introspectivo, que pretende como hemos mostrado/demostrado interiorizar espiritualmente España/Don Quijote para salir a la conquista de Europa y españolizarla, Valle nos propone una exteriorización de la idea de nación que se traduce en un reflejo de Europa, pero en los espejos cón- cavos y convexos:

MAX: España es una deformación grotesca de la civilización europea. (Valle-Inclán, Luces 111)

Por lo tanto, la deformación del símbolo quijotesco lleva aparejada inevitablemente la concepción expresionista de nación:

MAX: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sen- tido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente defor- mada.

DON LATINO: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!

MAX: España es una deformación grotesca de la civilización europea.

DON LATINO: ¡Pudiera! Yo me inhibo.

MAX: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

DON LATINO: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.

MAX: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta.

Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.

DON LATINO: ¿Y dónde está el espejo?

MAX: En el fondo del vaso.

DON LATINO: ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!

MAX: Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

DON LATINO: Nos mudaremos al callejón del Gato. (Valle-Inclán, Luces 111–112) En la deformación sistemática del símbolo nacional, se gesta la idea trágica, grotesca y absurda de nación. Si todo lo que se refleja en los espejos cóncavos resulta absurdo, la idea de nación, también. Lo grotesco, que aparece mencionado expresamente en la obra, viene dado por la yuxtaposición, combinación entre un elemento risible y otro elemento incompatible con el humor (Thomson) —todo ello indisociablemente unido al discurso paródico (Thomson)— y, además, tiende a manifestarse mediante cierto carácter de animalización, muy del gusto del esperpento (Molina 57). A través de la hipérbole y de la desmesura, se propone una caricatura del nacionalismo sin la renuncia

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a lo animalesco ni al vaciado significativo para proponer la reducción al absurdo, que pivota en ocasiones en la naturaleza de lo irónico o lo ridículo (ello puede suponer directamente una ridiculización del concepto nación):

EL LORO: ¡Viva España!

[…]

EL PELÓN: ¡Vi-va-Es-pa-ña!

EL CAN: ¡Guau! ¡Guau!

ZARATUSTRA: ¡Está buena España! (Valle-Inclán, Luces 26)

Sin duda, este concepto expresionista de nación presenta otro rasgo de modernidad fundamental, que también afecta a la manera de representar grotescamente a Don Qui- jote y a Sancho Panza en las figuras de Max y don Latino. Así, en vez de pretender un reflejo representativo o referencial, se persigue una descripción estética personal, au- tónoma y enraizada en el antirrealismo, sin renunciar a los elementos materiales que conlleva lo grotesco, unidos a una peculiar visión caracterizada por la originalidad; lle- gamos de esta forma a otro rasgo de modernidad en el concepto de nación: el antirrea- lismo. La cosmovisión nacionalista del noventayochismo está asociada al patriotismo o a la figura del buen patriota, e indisociablemente unido a la estética realista. La actitud antirrealista de Valle lo enfrenta, de manera inevitable, a la concepción nacional pre- dominante. Aquí, encontraría un inesperado compañero de viaje: José Ortega y Gasset.

Una vez más, queda mostrada/demostrada la modernidad valleinclanesca, que se asi- mila a las concepciones de escritores pertenecientes a generaciones posteriores a la suya. Esta dilucidadora confluencia encuentra sus evidencias, verbigracia, en palabras de Francisco Umbral: “Lázaro Carreter, tras sentar definitivamente el valleinclanismo de Ortega” (Umbral 56). Sobre esta misma concomitancia, llamará la atención también Gonzalo Sobejano: “Desearía llamar la atención sobre la analogía entre la actitud de Valle-Inclán y la de Ortega frente al realismo español” (Sobejano 169). De hecho, el propio Ortega dejó escrito con toda la ironía:

Yo soy un hombre español, es decir, un hombre sin imaginación. No os enojéis, no me llaméis antipatriota. Todos venían a decir lo mismo. El arte español, dice Alcántara, dice Cossío, es realista. El pensamiento español, dice Menéndez Pelayo, dice Unamuno, es realista. La poesía española, la épica castiza, dice Menéndez Pidal, se atiene más que nin- guna otra a la realidad histórica. Los pensadores políticos españoles, según Costa, fueron realistas. ¿Qué voy a hacer yo, discípulo de estos egregios compatriotas, sino tirar una raya y hacer la suma? Yo soy un hombre español que ama las cosas en su pureza natural, que gusta de recibirlas tal y como son, con claridad, recortadas por el mediodía, sin que se confundan unas con otras, sin que yo ponga nada sobre ellas; soy un hombre que quiere, ante todo, ver y tocar las cosas y que no se place imaginándolas: soy un hombre sin ima- ginación. (Ortega 186)

Este carácter antirrealista, expresado bajo el paraguas de la ironía (Sobejano), y de bús- queda permanente de la renovación, le supuso a Valle el ostracismo entre sus contem- poráneos y la revalorización —como corresponde a todo buen visionario que se precie de serlo— mucho tiempo después de su muerte. Además, este espíritu innovador y esta peculiar concepción moderna de la nación se explican desde su condición icono- clasta, su carácter contestatario y libérrimo; en palabras de Paco Umbral:

El canon nacional vive también por dentro su guerra civil, como todo, y Valle-Inclán (tal cualquier escritor libre) escapa a esos cánones y huye hacia un café, un recado de escribir o una Casa de Socorro. (Umbral 56)

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Así pues, el carácter anticanónico valleinclanesco empuja al gallego universal a un con- cepto de nación totalmente otro al estilado por sus compañeros de generación.

Otra característica de la modernidad en el concepto de nación desde el esperpento es el de la desmitificación, que se construye también dialógicamente en el demiurgo de la intertextualidad. Y es que el esperpento, como técnica, contribuye a una desmitifi- cación del concepto nación, que pasa por la desmitificación de los personajes con los que se identifica por parte de los escritores del 98: don Quijote y Sancho Panza. En la órbita de la “tragedia grotesca”, del “distanciamiento”, del “teatro absurdo”, “desmi- tificación”, “expresionismo”, “teatro de protesta” o “evasión” (Polák 12), Valle pro- mueve la desmitificación de los representantes por excelencia de la idea de nación entre sus contemporáneos. Así, frente a los nietos cidianos noventayochistas, que propugnan el casticismo castellano y la idea de nación como elemento exportador (‘españolizar Europa’), y la mitificación de la nación española desde una construcción futura, car- gada de optimismo, todo ello enraizado en un tradicionalismo medievalizado (a lo Gonzalo de Berceo), se planteará una idea desmitificadora de nación impregnada de modernidad. Laín Entralgo explica con claridad tanto la españolización de Europa como la mitificación quijotesca predominante en la construcción nacional de los auto- res del 98:

El futuro de la España soñada será la magna aventura universal del hombre quijotizado.

En sus primeros ensayos habló Unamuno, como tantos, de la europeización de España, aun cuando nunca incurriese en el puro mimetismo de los progresistas del siglo XIX. No fue ése, sin embargo, su programa definitivo. Cuando su quijotismo quijánico se cambie en quijotismo quijotesco, cambiará también su modo de entender el acceso de España al futuro. A la fórmula antigua opondrá otra fórmula nueva, inaudita: la españolización de Europa. No quiere Unamuno un aislamiento castizo y defensivo; tampoco se conforma con la semipasividad de recibir y elaborar lo ajeno. Quiere salir de su casa como Don Quijote, con ánimo de conquista, e imponer a todos el espíritu quijotesco de España. No desea Unamuno, por ejemplo, desconocer a Kant y a Goethe; pero el mejor modo de conocerlos vivamente sería, a su juicio, tratar de imponer a los europeos nuestro San Juan de la Cruz, nuestro Calderón, nuestro Cervantes y hasta, en cierto sentido y extensión, nuestro Torquemada. ‘Nuestro quijotismo impaciente por lo final y absoluto, sería fecun- dísimo en la corriente del relativismo; nuestro sanchopancismo opondría acaso un dique al análisis que, destruyendo los hechos, sólo su polvo nos deja’. Y, sobre todo, la misión de clamar a los oídos del mundo, hasta convencerle, que el hombre es un ser destinado a la inmortalidad. (Laín Entralgo 437)

Perdónese la extensión a favor de la clarividencia del testimonio, que pone de mani- fiesto cómo Valle promueve una modernidad que renuncia al tradicionalismo, y que se inserta en el espíritu vanguardista desde una perspectiva descreída y pesimista que arraiga en el estado anímico propio del periodo de entreguerras:

MAX: ¡Todos! ¿Mateo, dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?

(Valle-Inclán, Luces 65)

Asimismo, esta incorporación valleinclanesca a Luces de Bohemia deconstruye también el espiritualismo y la transcendencia optimistas que irradian el concepto de nación se- gún el 98, ya que el esperpento lo acotola desde concepciones desengañadas materia- listas. Laín plasma esta concepción noventayochista, que contrasta con la ideación va- lleinclanesca:

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Así, por la vía del ensueño, buscan los literatos del 98 la solución del ‘problema de Es- paña’. El conflicto entre la hispanidad tradicional y la europeidad moderna es resuelto en su mente por la doble vía del interiorismo o ‘casticismo intrahistórico’ y de la ejemplaridad espiritual. En la ejemplaridad está la eficacia, pensaron todos con optimismo de soñado- res. Tres mitos históricos debemos al ensueño de esta generación, y los tres van a operar visible o invisiblemente sobre los españoles que tras ella despierten a la historia de España:

el mito Castilla, la tercera salida de Don Quijote y la posibilidad de una España venidera en que, por obra del hombre quijotizado, se enlacen nupcialmente su peculiaridad histó- rica e intrahistórica y las exigencias de la actualidad universal. En el orden de la creación intelectual, y con criterio ortodoxamente católico […] los hombres del 98 amplían el ám- bito del ensueño a todas las actividades en que se distienda la existencia del hombre. (Laín Entralgo 438)

De manera que el orgullo del 98 en la construcción del nacionalismo contrasta con el desengaño pesimista de la concepción nacional desde la cosmovisión del esperpento.

Mientras que los 98 pretenden arreglar España y creen dar con el diagnóstico y con el tratamiento, Valle parece proponernos una España sin arreglo, en una construcción de evidente disenso respecto al concepto de nación noventayochista como orgullo e iden- tidad colectivos:

Parece fundamental revisar el concepto del ‘problema de España’ y es mi propósito tras- ladar esta denominación no al momento posterior a la descolonización, sino al anterior y simultáneo a éste. Es factible llevar a cabo esta revisión a partir de una reconsideración del nacionalismo español, de la idea de España como nación en 1898. Para ello sigo las propuestas de Craig Calhoun, quien se refiere a los modelos de identidad y orgullo colec- tivo latentes en el nacionalismo como una manera de entender el mundo, E.J. Hobsbawm, y muy especialmente Homi Bhabha, quien se pregunta acerca del efecto que tiene la figura de la nación en narrativas y discursos que la significan, y menciona entre otros los placeres familiares del hogar frente al terror de lo des-familiar o des-familiarizado, como el espacio y la raza del Otro o de lo Otro, los poderes de la afiliación política y religiosa y la concep- ción de la sexualidad. (Rodríguez)

En realidad, la visión de modernidad que Valle propugna para el concepto de nación se escapa de la visión conservadora predominante y, por ende, de la necesidad de re- cuperar las virtudes que hicieron florecer el imperio:

Como puede advertirse en los extractos de la prensa española del momento, la visión profundamente conservadora de la nación española asocia la pérdida del imperio con el abandono de las virtudes que una vez lo hicieron florecer: la unidad, la jerarquía y el ca- tolicismo a ultranza. (Rodríguez)

Por tanto, frente a la nación imperial impulsada por el magma ideológico y literario del 98 en general, se erige la ideación deformada y grotesca de Valle para el concepto de nación, profundamente entroncada en presupuestos ya de la modernidad.

Conclusiones

El esperpento, basado en su naturaleza intertextual, promueve el discurso paródico de la modernidad mediante una técnica deformante que se incardina en el espíritu de van- guardia para dinamizar una estética antirrealista enraizada en cierto idealismo (como

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traducción necesaria del antirrealismo patente) que promueve la autonomía de la obra artística respecto de la realidad mostrenca, para proponer un concepto de nación su- peditado al absurdo, la crueldad y la deformidad humanas concebidas desde el periodo de entreguerras y atornillado a concepciones materialistas frente al transcendentalismo noventayochista. Así pues, se (de)construye el concepto de nación como caricatura.

Por último, hay que reseñar que —indudablemente— colocar a Don Quijote y a Sancho Panza frente a los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato supone crear a Max Estrella y a Don Latino de Híspalis, deformaciones grotescas de los per- sonajes cervantinos, como símbolo de lo nacional, de cuya significación se colige, como corolario, una moderna y peculiar visión del nacionalismo desde una perspectiva existencialista, paródica y profundamente corrosiva.

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