Estados Unidos-China y la disputa por el poder global
No hay relación diplomática bilateral más trascendente que la que existe entre Estados Unidos y China,
la cual afecta no solo a los dos países sino a toda la humanidad.
Yuen Yuen Ang
Transcurren los primeros días de la segunda mitad del año 2020. En una oficina de Buenos Aires, el ministro de Relacio- nes Exteriores de Argentina tiene sobre su escritorio informa- ción sensible respecto a la adopción de la tecnología 5G. Por su parte, en Bruselas, el director general de la OMS comienza a pensar en cómo cubrir el financiamiento que EE. UU. dejará de proporcionar. Pekín anuncia que está dispuesto a cubrir el espacio, pero el recelo de muchos de los Estados miembros es importante. En la ciudad de Los Ángeles, el CEO de una multinacional tiene que evaluar una relocalización de su filial en Asia ponderando principalmente la dinámica geopolítica.
Todos siguen muy preocupados y afectados por la pandemia, pero a todos les cuesta dormir pensando en cómo equilibrar los intereses y las presiones de las dos grandes potencias: EE. UU. y China. La pandemia es un input más que condimenta y, natu-
ritmo de la política internacional desde hace tiempo, tanto en lo que se refiere a las decisiones de los Estados y las organiza- ciones internacionales como de las empresas y los individuos.
No caben dudas de que la dinámica en la interacción en- tre Washington y Pekín representa el centro neurálgico actual de las relaciones internacionales. El mayor “riesgo político”
del mundo hoy en día está relacionado con las externalidades derivadas de las tensión bilateral entre los dos gigantes. Para cualquier actor –estatal o no estatal–, será clave tener una com- prensión integral de la relación que moldeará el siglo XXI. La centralidad de esta variable fue así antes del COVID-19, lo está siendo durante la pandemia y lo será también en la pospande- mia. El encauzamiento de la crisis sistémica que atraviesa el mundo parece difícil –por no decir imposible– sin la coopera- ción y el entendimiento de las dos grandes potencias.
Como bien lo señaló Henry Kissinger “la coevolución de Pekín y Washington es la experiencia determinante del pe- riodo actual”190. La presente disputa por la hegemonía global tiene una característica que la diferencia de cualquier ante- cedente histórico. Nunca antes en la historia una potencia as- cendió de manera tan acelerada y en diferentes dimensiones del poder como lo hizo China, y en consecuencia nunca antes una potencia dominante enfrentó un cambio tan dramático en su posición relativa de poder como EE. UU. en las últimas dos décadas.
190 Wilson Center. “‘The key problem of our time’: a conversation with Henry Kissinger on sino-U.S. relations”, 20/9/2018.
¿Hacia una nueva Guerra Fría?
La creciente tensión entre EE. UU. y China, palpable en los últimos años, se incrementó fuertemente en el contexto de la crisis del COVID-19. La discusión respecto del origen del virus y la responsabilidad por la pandemia, el estatus de Hong Kong, los límites en el mar del Sur de China, la expansión de la firma tecnológica Huawei y el cierre de con- sulados tensaron aún más la cuerda entre las potencias en la primera mitad del 2020. La tregua alcanzada a finales del 2019, materializada en el denominado Acuerdo Fase 1, firmado en enero de 2020, se diluyó ante la magnitud de la crisis sistémica. Estas particularidades y las diferencias –cada vez más explícitas en el marco de la pandemia– en- tre las dos grandes potencias llevaron a muchos analistas y periodistas a comenzar a hablar de la emergencia de una
“nueva Guerra Fría”, en alusión a una similar repetición de la disputa hegemónica acaecida entre EE. UU. y la Unión Soviética, que duró casi medio siglo.
Sin embargo, las diferencias con aquel contexto históri- co son mayúsculas, por lo que la comparación con aquella categoría resulta poco atractiva y –lo que es peor– confusa.
En primer lugar, la disputa entre EE. UU. y China es una disputa intracapitalista. Como bien señala Branko Milano- vic, estamos presenciado un “choque de capitalismo”. En la actualidad, el sistema de acumulación capitalista no tiene rival, pero existen dos modelos que presentan maneras muy distintas de estructurar el poder político y económico en una sociedad: el capitalismo liberal y el capitalismo político
dirigido por el Estado191. En realidad, ambos modelos no pueden pensarse de maneras absolutas. Si bien es verdad que en el capitalismo occidental la apuesta al motor de la transfor- mación productiva está en el sector privado, el rol guberna- mental ha sido siempre clave para apuntalar la producción y los procesos de innovación192. Asimismo, el milagro económico chino desde los años setenta es el resultado de activas políti- cas de intervención por parte del Estado a través de la política industrial y las empresas públicas, pero también es un claro producto de la apertura económica y la apuesta decidida por el mercado193.
Otra gran diferencia con la Guerra Fría –consecuencia de lo anterior– es la fuerte interdependencia que existe entre las potencias. La relación entre EE. UU. y China es probablemente hoy el vínculo bilateral más imbricado del mundo. Un comer- cio bilateral anual de 540.000 millones de dólares, stocks de inversiones mutuas por 161.000 millones y tenencia de bonos del Tesoro de EE. UU. en manos de China por un total de 1,3 billones de dólares. Intentar hacer una cirugía allí es algo suma- mente difícil y complejo, además de altamente riesgoso. Tanto en materia productiva como financiera, la vinculación entre los dos países moldeó y moldea el sistema económico mundial del siglo XXI.
191 Milanovic, Branko. “Choque de capitalismos”. Foreign Affairs Latinoamérica, 20(3), julio-septiembre de 2020.
192 Mazzucato, Mariana. The entrepreneurial state. Londres: Demos, 2011.
193 Rodrik, Dani. “China as economic bogeyman”. Project Syndicate, 9/7/2020.
En comparación, al inicio de la Guerra Fría en 1945 lo úni- co que unía a EE. UU. y a la URSS era el espanto del nazismo;
desaparecida esta amenaza, la Cortina de Hierro no fue inicial- mente traumática ni costosa. Por el contrario, la actual disputa hegemónica se inicia en una enjambrada relación de intereses públicos y privados que ha moldeado la “globalización comer- cial” (configuración de las cadenas globales de valor, la frag- mentación productiva y el analizado proceso de offshoring) y ha sido central en la “globalización financiera” (consolidación del dólar como reserva de valor global y el rol de China como gran acreedor internacional). En la Guerra Fría, existía el te- mor a la “destrucción mutua asegurada” (la denominada MAD, por sus siglas en inglés) debido a la capacidad nuclear de las superpotencias. En la actualidad, dada la fuerte interdepen- dencia alcanzada entre EE. UU. y China se suma otro temor, el de una nueva y actualizada “destrucción mutua asegurada”, a saber: la económica194. La profunda interdependencia econó- mica y financiera ha operado ciertamente como una muralla de contención refrenando los impulsos de la lucha por el poder.
En octubre de 2019, cuando comenzaron las protestas en Hong Kong para pedir por mayores libertades, el mánager del equipo Houston Rockets de la NBA, Daryl Morey, publicó un tuit instando a los jóvenes hongkoneses a salir a las calles. La respuesta del gobierno chino no se hizo esperar: prohibir la televisación de los partidos de ese equipo. Rápidamente las au- toridades de la NBA instaron a Morey a retractarse. ¿Cuál era el
194 Mathieson, Rosalind. “A M.A.D. moment for China and the U.S.”. Bloomberg,
argumento? La NBA no puede afrontar la pérdida del mercado chino con una emergente clase media de consumidores más grande que toda la población de EE. UU. De Michael Jordan se recuerda la famosa frase “los republicanos también compran zapatillas”, en alusión a su negativa de involucrarse en política.
Los gerentes de la liga de básquet más importante del mundo tampoco quieren involucrarse en política, en este caso, la in- ternacional. La frase parece ser: “los chinos también miran los partidos de la NBA”.
Uno de los ejemplos más claros de la “autodestructiva nue- va MAD” es la posibilidad de que China decida salir a vender masivamente sus tenencias de bonos del Tesoro de EE. UU. con el objetivo de debilitar el dólar como moneda de reserva global.
No obstante, esa acción haría caer el precio de dichos activos, lo que afectaría negativamente el valor de su propio porfolio de inversiones.
La particularidad señalada parece ser un gran limitante a la idea del “desacople”195 que hoy tiene arraigo a cada lado del océano Pacífico, cuyo objetivo es revertir y desandar al máxi- mo posible la interdependencia alcanzada. Los halcones de EE.
UU. creen que las actuales interacciones económicas con Chi- na deben reducirse considerablemente si el país quiere seguir manteniendo la hegemonía en materia económica y militar.
Por su parte, el ala más nacionalista del Partido Comunista Chino (PCCh) ve a la autosuficiencia como un camino esencial para la dominación de la economía y del aparato estatal militar.
195 Actis, Esteban y Creus, Nicolás. “Estados Unidos, China y el ‘desacople’”. El Economista, 28/5/2019.
Otro aspecto central de la Guerra Fría fue su carácter rígido, tanto en la configuración de las distintas etapas que la constituyeron como en la conformación de las alianzas.
Durante la Guerra Fría existían dos bloques de poder bien definidos, con un grado prácticamente nulo de integración entre ambos, y se alternaban etapas relativamente prolonga- das y bien marcadas con mayor o menor grado de tensión en el plano geopolítico y estratégico-militar. La guerra de Corea, la Crisis de los Misiles en Cuba, la guerra de Vietnam y la intervención soviética en Afganistán, solo para mencionar algunos ejemplos, marcaban el pulso de la confrontación.
En definitiva, se trataba de un mundo bastante rígido y con escasos márgenes de maniobra para los países periféricos – encorsetados por la política de cada bloque–, pero al mismo tiempo muy estable y predecible.
En contraposición, la fuerte interdependencia existente en la actualidad entre EE. UU. y China dificulta la prolongación de las tensiones, producto de los costos que se derivan para los diversos actores fronteras adentro y por las repercusiones sistémicas que se desprenden de la interacción entre los dos gigantes. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, las po- tencias han oscilado entre momentos de tensión y distensión de corta duración, que denotan el carácter altamente volátil del vínculo. Asimismo, como destaca Yan Xuetong, a diferencia de la Guerra Fría, el nuevo orden comenzó a ser moldeado por alianzas específicas y temáticas en lugar de una oposición rí- gida de bloques dividida por líneas ideológicas bien marcadas.
La mayoría de las naciones han adoptado en general una prag- mática estrategia de dos vías, adscribiendo a los compromisos
reforzando los lazos económicos y comerciales con Pekín196. Si bien una mayor “rigidez” en la tensión entre las potencias puede complejizar este enfoque mixto, hoy parece lejana la conformación de dos bloques bien delimitados.
En otro orden de cosas, la certidumbre era un rasgo cen- tral del período de confrontación entre EE. UU. y la URSS.
Un mundo casi exclusivamente de relaciones interestatales y con una delimitación clara de la guerra y de las amenazas.
La guerra fue “fría” porque nunca hubo un conflicto armado militar directo entre las potencias. Lo “caliente” siempre es- tuvo en la periferia.
Como explicamos en el primer capítulo, en los tiempos que corren la incertidumbre es el rasgo distintivo del actual orden internacional. Existe una proliferación cada vez ma- yor de actores no estatales en el sistema internacional, hay amenazas asimétricas y el conflicto suele tener un carácter
“híbrido”. Para ser más gráfico: si mañana una ciudad de Chi- na es víctima de un ciberataque que produce un colapso de los servicios públicos y se comprueba que fue causado por un actor no gubernamental pero que tiene vínculos con el Departamento de Defensa de EE. UU., ¿se termina la “nueva guerra fría”?
Por último, a diferencia de la Guerra Fría, esta nueva bi- polaridad no tiene una fecha precisa de inicio. No hay una Conferencia de Yalta. La nueva bipolaridad es un proceso de transformación del orden internacional difícil de encorsetar
196 Xuetong, Yan. The Age of Uneasy Peace. Foreign Affairs, Jun/Feb, 2019.
temporalmente. Sin embargo, es posible resaltar cuatro hitos que le han dado forma. El primero se remonta a 2011, cuando la entonces secretaria de Estado de Barack Obama, Hillary Clinton, diseñó la política de “pívot en Asia” –cuyo objetivo era movilizar el 60% de la tropa militar naviera al Pacífico– y apoyó la reformulación del Acuerdo Transpacífico de Coope- ración Económica (TPP, por sus siglas en inglés). En ambos casos, el objetivo era contener la mayor influencia de China.
Queda claro que la lupa sobre Pekín fue colocada antes de la llegada de Trump.
El segundo hito es la renovación del liderazgo en el PCCh en 2013, que llevó a Xi Jinping al poder. El nuevo líder chino adoptó una política exterior más asertiva y ambiciosa197. Con Xi Jinping es posible apreciar un abandono de la famosa frase de Deng Xiaoping: “Esconde tu fuerza, espera tu tiempo, nun- ca tomes la delantera”, la cual marcó una forma de entender el lugar de China en el mundo.
En contraposición a este dictum, Xi Jinping pretendió to- mar la delantera de la Industria 4.0 a partir del programa Made in China 2025. Este hecho es considerado por muchos analistas como el “momento Sputnik” en relación con la percepción que se tiene desde Washington acerca de que EE. UU. comienza a quedar rezagado en la innovación tecnológica. Este hito es central para entender la creciente conflictividad entre EE. UU.
y China en los últimos años.
197 Chang-Liao, Nien-chung. “China’s new foreign policy under Xi Jinping”. Asian
Por último, el tercer hito es la llegada de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. La centralidad de China en la política exterior de Trump es constitutiva, así como la caracterización del país asiático como la principal amenaza. El círculo íntimo del presidente siempre ha pensado en la “competencia con el gran poder” y no entre “grandes poderes” (Rusia incluida). Los comentarios realizados en 2016 por el influyente asesor Steve Bannon –principal estratega de la campaña presidencial y con- sejero de Trump durante el primer año de su mandato– resul- tan sumamente ilustrativos respecto de la relevancia de China y bien vale su cita textual:
“China es todo. No importa nada más. No entendemos a China, no entendemos nada. China se encuentra en la posición en la que se encontraba la Alemania Nazi de 1929 a 1930. Los chinos al igual que los alemanes son el pueblo más racional que hay en el mundo, hasta que no lo son. Y van a transformarse como Alemania en los años treinta. Van a tener un Estado hi- pernacionalista y, una vez que eso ocurra, no podemos volver a meter el genio en la botella”198.
En conclusión, las diferencias entre la actual coyuntura y el orden que emergió luego de la segunda posguerra son elocuen- tes. No estamos siendo testigos de una “nueva Guerra Fría”, sino más bien de una nueva “bipolaridad”, muy diferente a la experimentada en el siglo pasado. Vale destacar que la denomi- nada Guerra Fría fue una manifestación particular de un orden bipolar, pero no la única posible.
198 Wolff, Michael. Fuego y furia. México: Temas de Hoy, 2018, pp. 20-21.