S E M I Ó T I C A
PROBLEMAS Y RECORRIDOS
Homenaje a
Juan Ángel Magariños de Morentín
Tanius Karam (ed.)
S E M I Ó T I C A
PROBLEMAS Y RECORRIDOS
Homenaje a
Juan Ángel Magariños de Morentín
Tanius Karam (ed.)
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Tanius Karam (ed.)
Semiótica. Problemas y Perspectivas. Homenaje a Juan Ángel Magariños de Mo-rentín - 1a ed. - San Salvador de Jujuy: Universidad Nacional de Jujuy. Universitaria de Jujuy, 2013.
396 p.; 18x24 cm.
ISBN 978-950-721-435-6
© Editorial
Universidad Nacional de Jujuy
Av. Bolivia 1685 - CP 4600 - San Salvador de Jujuy (0388)4221511 - [email protected]
© Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (UNJu) © Universidad Autónoma de Ciudad de México
© Universidad Católica de Santiago del Estero (Departamento Académico San Salvador de Jujuy)
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Tanius KaramLa semiótica es un área de campo cognitivo que ya desde hace tiempo goza de reconocimiento en muchos campos. Su proceso no ha sido fácil, desde que pugnó por la legitimidad y comenzó su internacionalización a finales de los sesenta con la fundación de la Asociación Internacional de Semiótica, hasta las ahora diversas asociaciones nacionales, regionales y mundiales que incluso estu-dian distintos aspectos de la semiótica. Por otra parte es muy frecuente encontrar conceptos, enunciados o incluso una especie de “jerga semiótica” en congresos de diversas áreas. Hay que decir también que su recepción no es sencilla, y el entusiasmo de los semiotistas, fuera de sus círculos, dista de ser compartido.
Con frecuencia en nuestra región existe cierto resquemor con el tema de una semiótica más amplia y la producción teórica que no esté condicionada por situaciones o problemas específicos. En los ochenta, el pedagogo de la comuni-cación Daniel Prieto (en Sobre la teoría y el teoricismo en comunicomuni-cación, 1984) arremetía contra el supuesto teoricismo de la semiótica y con ello pretendía cues-tionar la posibilidad de un área conceptual que ofreciera respuestas concretas a los problemas sociales de la región. Es cierto que pululan excesos, sobre todo –y nos parece ahí radica el sentido de la crítica de este autor mendocino–, la impor-tación a mansalva de conceptos y categorías, de procedimientos; el ejercicio que por entonces era poco desarrollado de una semiótica desde la región.
Este libro es un intento múltiple de proponer un conjunto de reflexiones sobre lo que suponen los objetos de estudio de la semiótica; de presentar su fun-cionalidad, sus aplicaciones diversas, las relaciones entre una semiótica teórica y una aplicada articulada –entre otros autores, desde las propuestas del profesor Juan Magariños, que es también un intento de homenaje en este libro, con parti-cipación tanto de discípulos y amigos del semiotista hispano-argentino, como de otros académicos, que aunque no trabajaran directamente con él, se beneficiaron de su gran trabajo de divulgación–.
I. Recuento a tres tiempos
Los textos que aparecen en este volumen tienen una historia diversa. No podemos decir que su conformación haya obedecido a un propósito unitario. Seguramente el lector va a reconocer esos movimientos al interior de la antolo-gía, la cual hemos organizado en torno a algunas áreas reflexivas (estética, nue-vas tecnologías, educación, etc.) dejando un espacio central para contribuciones donde más que explicar el pensamiento de Juan Magariños de Morentín (1935-2010), se “dialogue” con sus contribuciones y se muestre su pertinencia y fun-cionalidad.
La muerte del profesor Magariños sorprendió a sus amigos –pero también a quienes no lo conocíamos directamente–, y fue también un disparador, un pun-to y aparte que a muchos nos llevó a detenernos un poco para poder aquilatar verdaderamente el pensamiento de Magariños. Esto sucedió en uno de los nú-cleos académicos responsables de este libro, el Programa de Estudios Semióticos (PES) de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Poste-riormente decidimos lanzar una convocatoria a la que generosamente se sumaron sobre todo jóvenes discípulos y colaboradores muy cercanos a Magariños.
El libro como tal tiene tres grandes momentos: la creación del PES y la necesidad de organizar una ruta reflexiva, un programa académico con preguntas, líneas, ejes que organizaran las distintas trayectorias de sus integrantes y la nece-sidad de abrir la interlocución a otros actores dentro de la producción semiótica del país y la región. Ciertamente algunos de sus integrantes conocían o habían tenido contacto con Juan Magariños, por ello al morir, pensamos la posibilidad de organizar alguna actividad que nos permitiera recuperar su pensamiento, iden-tificarlo y ubicarlo dentro de las coordenadas de los proyectos que cada integran-te del PES integran-tenía, y que pudiera enriquecerse desde el diálogo con la obra de Ma-gariños.
Así el segundo momento fue ese proceso de ubicación, de lectura e inte-gración. Con el paso de los meses se pensó que en lugar de forzar el proceso re-flexivo de algunos colegas, era importante que cada quien pudiera desarrollar en
el volumen, su propia traducción de los recursos que ofrece la semiótica y de la reflexión en materia de problemas semióticos, que se intentó como una línea transversal a recorrerse desde las distintas perspectivas y temáticas que se abor-dan en este libro. Ese fue el tercer momento.
En su conjunto, esta antología, en su proceso de producción, presenta algunas características que conviene subrayar: la primera de ellas es su diversi-dad siempre organizada a partir de la preocupación por reflexionar sobre los pro-blemas de la significación en algunas prácticas de producción de sentido. De hecho entre el segundo y tercer momento que mencionábamos arriba, los partici-pantes del volumen acordamos integrar algo que específicamente tuviera que ver con la reflexión metodológica o teórica en torno a la significación, al significado, a las prácticas de producción de sentido. La manera como cada autor tradujo esta petición fue muy distinta: incluyéndolo en un apartado, distribuyendo la informa-ción a lo largo del texto, o como el caso de nuestro primer trabajo, mostrando una reflexión teórica específica dentro de una de las áreas emergentes de la semiótica, que apenas comienza a abrirse paso en nuestra región.
La idea de dedicar una antología a los problemas semióticos nos parecía que podía atender aspectos de la semiótica teórica y aplicada como algo que tam-bién supere la noción de un manual, o bien un recuento casuístico de temas muy aislados entre sí, tema amplísimamente abordado por el trabajo de Vidales y de alguna manera puesto en el epílogo a manera de reseña que hace un contrapunto a ese primer texto. Como puede verse en el índice, y al trabajar casi todos los autores en escuelas, departamentos o áreas de la comunicación, hay una marcada preocupación “práctica” de mostrar esa semiótica y sus posibilidades en “ac-ción”, funcionando como un recurso, un medio, un “punto de vista” para saber algo de esas prácticas y de la manera como se modelan las relaciones sociales a través de relaciones sígnicas. Empero lo anterior, el lector va a encontrar trabajos que no tienen esa pretensión, es el caso por ejemplo de los dos textos agrupados en la sección “Semiótica y Estética” de corte reflexivo más que propiamente aplicado o específico. Es decir, en el libro hay trabajos que no quieren “resolver” algo, sino reflexionar sobre aspectos en torno a la semiosis en prácticas
específi-cas. En el trabajo de Rosa María Macías, por ejemplo, se intenta releer una espe-cie de “semiótica del migrante” desde la Escuela de Tartu, es decir reflexionar teóricamente desde una tradición particular en los estudios semióticos. Macías describe las dinámicas de la migración no solo como fenómeno cultural, sino como algo eminentemente semiótico; muestra la manera como este punto de vista permite enriquecer algo de ese fenómeno, visto también desde una perspectiva comunicativa que es, por otra parte, una línea transversal que acompaña a varios trabajos.
A lo largo del proceso siempre apareció el dilema entre pugnar por la mayor unificación posible o dejar que la diversidad aflorara de acuerdo al proce-so de cada académico. Como los ritmos y el origen de mucha de la información eran distintos, acabó imponiéndose lo segundo. Dentro de esos componentes de la diversidad a subrayar, mencionamos algunos: en primer lugar el que participan académicos que trabajan principalmente en dos países, esquinas de la América hispánica, que tienen igualmente tradiciones particulares muy distintas en el desarrollo de la semiótica. De hecho, queda por hacerse un trabajo más detallado sobre la manera como la semiótica estructuralista, primero, y luego otras tradi-ciones, se fueron difundiendo en nuestro continente. En esa historia, al menos para el caso mexicano, fue importante la contribución tanto de las editoriales argentinas como de la migración política en los setenta y ochenta que tanto enri-queció el entorno cultural y académico mexicano de esas décadas. Y hoy día, sin duda, podemos afirmar que una de las semióticas hispánicas más consolidadas en la región, es la argentina. Un segundo componente de este libro es la diversa formación de quienes participan, que aun cuando casi todos se encuentran rela-cionados a escuelas o centros de estudio en comunicación, tienen preocupaciones que proceden de lugares distintos como la estética, la historia del arte, la comuni-cación intercultural, la antropología social, la filosofía y la comunicomuni-cación políti-ca. Otro elemento a subrayar es la generación, ya que participan lo mismo jóve-nes que académicos con una mayor trayectoria, lo cual da un color particular al libro y subsana uno de los vicios de las comunidades académicas, generalmente segmentadas en la relación entre académicos con distintas trayectorias. Final-mente hay que señalar el modo de presentación de la obra de Magariños donde
participan colaboradores y amigos, pero también quienes no tuvimos la suerte de tratarlo más de cerca; no es este un libro de testimonios de amigos cercanos, sino de académicos con diversa filiación respecto del autor. Detengámonos ahora un poco en esas contribuciones.
II. Las contribuciones de Magariños de Morentín
Contra lo que pudiera pensarse, la formación original de Magariños fue en derecho, y en un lugar distinto a su natal San Juan de Poyo en Pontevedra (España). Después de graduarse de abogado en la Universidad de Barcelona, a finales de los sesenta, desarrolló una larga trayectoria en su país de adopción, Argentina, principalmente en las Universidades Nacionales de Jujuy, Córdoba y La Plata. Sin duda esta primera trayectoria docente es una contribución, porque dejaría una estela de estudiantes, así como una contribución didáctica-pedagógica que lo llevó a construir, al menos para muchos de nosotros, lo que fue el primer espacio reconocible de uso de la red para semiotistas, donde muchas de las con-versaciones electrónicas que se fueron generando, constituyen sin duda una apor-tación notable de imaginación y conectividad. Todos aquellos que la frecuenta-mos, enviamos alguna pregunta o recibimos gracias a ella información, somos deudores de este ejercicio, primero didáctico y también en material, de un campo que se consolidó o se pudo visibilizar de otra manera, gracias a esos cientos de contactos que, desde puntos cada vez más diversos, participaban del espacio. Desde este espacio se fueron generando iniciativas y propuestas específicas: no solo los grupos de discusión particulares (que facilitaban una búsqueda en cuyas conversaciones era fascinante encontrar argumentos o referencias que con fre-cuencia ayudaban a aclarar o mostrar las aplicaciones que una tradición, un con-cepto o algún modelo explicativo podían tener), sino también la posibilidad de conocer más fácilmente –en medio de nuestro complicadísimo campo editorial hispanoparlante–, una propuesta original como la de Magariños1, que justamente
1 Cabe señalar que Magariños en sus primeros mensajes que enviaba en 1999: “Tu
escri-bes en tu idioma y yo te respondo en el mío”, con lo que promovía “TU ESCRIBES EN TU IDIOMA Y YO TE RESPONDO EN EL MÍO”. De esa forma Magariños concebía una red multi-lingüe, y eso hace frecuente que encontremos comentarios en portugués, italiano.
superara y subsanara un gran pendiente, donde por primera vez se podía tener no solo una visión más amplia, sino de eso que Carlos Scolari, a propósito de las teorías en comunicación (Hipermediaciones. 2008. Barcelona: Gedisa), ha lla-mado “conversaciones” para caracterizar a las teorías.
Hay que señalar que Juan Magariños no fue ajeno a los estudios acadé-micos de la comunicación, aunque naturalmente no fuera su área formativa, ni su área principal de estudio. A finales de los ochenta fue director del Instituto de Investigación de la Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, en donde, aparte de esta responsabilidad, desarrolló otros cargos y comisiones. Junto a su intensa labor académica, su participación en congresos, coloquios y seminarios fue siempre intensa y vigorosa. Muchos, de hecho, lo vimos por vez primera o lo conocimos en algunos de estos foros; su participación fue un refe-rente importante dentro de una semiótica original, creativa y personal, que lo llevó a liderar con éxito e inteligencia distintas iniciativas como la conocida “Universidad de la Calle”. Dentro de sus habilidades estuvieron la de formar redes amplias de conocimiento que usaran las nuevas tecnologías; la creencia –quizá no explícita como tal– de cómo las conversaciones electrónicas son tam-bién parte de una construcción.
Además del tema que fue el eje de discusión de la red semioticians “La Universidad de la Calle”, una de las discusiones más productivas fue el subtema “La construcción semiótica de la historia” dentro de la temática general Semióti-ca, historia y territorialidad. En la red circularon 151 mensajes desde el 17 de octubre de 2002 al 5 de febrero de 2010. El 22 de octubre de 2008, Juan Magari-ños lanzaba 10 preguntas para comenzar la discusión, entre las cuales las más esenciales, desde nuestro punto de vista, son: ¿Cómo se construye la historia es diferente a cómo se escribe la historia? ¿Existe historia sin cambio? ¿Mientras algo no cambia, no tiene historia? ¿Es suficiente que algo cambie para que tenga historia? ¿Es suficiente una secuencia plural de acontecimientos (y/o su registro cronológico) para que exista la historia? ¿El cambio es entrópico y necesita ser enunciado (mediante íconos, índices, símbolos o su combinatoria) para poder ser percibido, identificado, evaluado y así construir la historia? ¿Puede adquirirse
identidad sin tener historia? ¿Existe alguna relación entre la identidad y el cam-bio? ¿El cambio perjudica a la identidad? ¿La historia niega lo idéntico pero afirma la identidad? ¿Puede haber historia en un único instante de una sociedad?
A partir de esta fructífera discusión derivaron varias mesas con el título “La construcción semiótica de la historia” y en las que participaron 25 ponentes en el X Congreso Mundial de Semiótica que se llevó a cabo en La Coruña, Espa-ña del 22 al 26 de septiembre de 2009.
Después de la discusión acerca de la construcción de la semiótica, que circuló a través de 101 mensajes (del 2008 a febrero de 2010, dos meses antes de su fallecimiento), se derivó en el subtema de la Gramática de los sistemas se-mióticos, en donde propone la categoría de Nano Historia como resultado de una de las premisas de mayor producción de sentido:
“enunciar para uno mismo ya requiere de tiempo; el momento de percibir no es el momento de memorizar; este tiempo necesariamen-te diferennecesariamen-te hace que toda memoria lo sea de un aconnecesariamen-tecimiento ya histórico (en cuanto no simultáneo, sino precedente, con relación a su registro en la memoria); este lapso permitiría identificar ontológi-camente lo que podríamos designar como ‘NANO-HISTORIA’". (Mensaje 10505, 5 de febrero de 2010, tema Semiótica, historia, te-rritorialidad. Gramática de los sistemas semióticos 151).
Juan Magariños de Morentín fue un hombre generoso no solo en la pro-ducción de conocimiento semiótico, sino también en aceptar propuestas de temas de discusión; por ejemplo, el 28 de junio de 2000, Graciela Sánchez Guevara, miembro del PES, propuso se incluyera el tema Semiótica de la Cultura, y a par-tir de dicho mensaje solo circularon de 2000 a 2009, 49 mensajes de discusión, preguntas, información bibliográfica, etcétera. En esta red no participó el profe-sor Magariños.
Los libros impresos de Juan Magariños circularon poco en México. En cuanto al recuento de su bibliografía2, vemos por una parte los textos abocados
centralmente a la didáctica de la semiótica o semiología como Curso de
semiolo-gía estructural I, II y III (Buenos Aires: ILAE, 1973-1976) o bien El signo. Las fuentes teóricas de la semiología: Saussure, Peirce, Morris (Buenos Aires:
Ha-chette, 1983); y otros de más largo aliento preocupados por el pensamiento cien-tífico y la metodología como Semiología del pensamiento ciencien-tífico (en colabo-ración con Abel Kivilevich, Buenos Aires: ILAE, 1976). De su última parte, qui-zá su libro más citado y conocido por sus colegas, estudiantes y amigos fue La
semiótica de los bordes. Apuntes de metodología semiótica (Córdoba: Ed.
Co-municarte, 2008) que de hecho aparecerá muy frecuentemente citado a lo largo del libro. En su bibliografía sobresalen algunos textos sobre semióticas específi-cas o particulares como Síntesis crítica de la teoría del folklore en
Hispanoamé-rica (en colaboración con Martha Blache, 2da ed. Buenos Aires: Centro de
Inves-tigaciones Antropológicas, 1980), El cuadro como texto. Aportes para una
se-miología de la pintura (Buenos Aires: Tres Tiempos, 1981), El mensaje publici-tario (Buenos Aires: Hachette, 1984); Los fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica (Buenos Aires: Edicial, 1006), donde explica tres operaciones básicas
que impregnan mucho de su trabajo y su pensamiento: atribución, sustitución y superación.
III. Recorridos semióticos
Este libro contiene un conjunto de trabajos que son teóricos y aplicados. El libro abre con un texto sugerente de Carlos Vidales de la Universidad de Gua-dalajara quien nos hace un “corte de caja” de la semiótica y nos muestra algunas de sus áreas emergentes, algunos de sus retos y perspectivas que por mucho están llamadas a superar las fronteras o “interdisciplinas” en las ciencias sociales o humanas. El nuevo nombre de la semiótica para reflexionar sobre sus posibilida-des a partir de lo que Paolo Fabri llamó el “giro semiótico” (Cf. El giro
semióti-co, 2000) para quien esta disciplina debía de ponerse en contacto no con las
grandes teorías filosóficas sobre el signo, sino sobre todo con las prácticas com-plejas de significación de las que podían “desimplificarse” funcionamientos de sentido. Con Ole Nedergaard Thomsen, Vidales considera que la Cibersemiótica es un marco transdisciplinario que integra la cibernética de segundo orden y la teoría de la autopoiesis por un lado, y la biosemiótica peirceana y la etología humana por el otro; el reto de ir construyendo una teoría de los procesos evoluti-vos que integra dentro de sí los aspectos objetievoluti-vos e informacionales así como los semióticos y significativos de la cognición y la comunicación. Estas nuevas rela-ciones entre la semiótica y la comunicación, que de alguna manera acompañan todo el ejemplar, serán igualmente retomadas y sintetizadas en el último trabajo, que en un juego entre un epílogo y una reseña de Karam pone en contacto algu-nas de las ideas señaladas inicialmente por Vidales con el último libro de este joven semiotista. Este primer texto en sí mismo inquietante nos abre la pauta para un conjunto de trabajo muy diversos entre sí, pero unidos por la preocupación de los sistemas sígnicos en prácticas sociales, políticas y comunicativas específicas.
El primer bloque de textos lo abren dos trabajos teóricos que abordan la relación entre semiótica y estética. Vivian Romeu pretende en su trabajo dar cuenta de uno de los problemas a los que se enfrentan hoy los estudios semióti-cos: la vindicación de la teoría de los signos y la significación –no solo en el ámbito sociocultural, sino también en el biológico-evolutivo– como teoría del conocimiento y como epistemología; para ello usa como marco particular la pro-blematización de la experiencia estética y que como la autora señala supone re-cuperar un debate que ha sido relativamente poco abordado, y que atribuye su-puestamente al arte la generación de un “sentido sublime” como fenómeno y práctica, que ha impedido comprender a la semiótica como red cognitiva que opera necesariamente en la aprehensión que tenemos del mundo, incluyendo los objetos del arte y el tipo de experiencia a la que las obras convocan. Por su parte Emiliano García, preocupado por el análisis de las artes visuales, propone un acercamiento al planteamiento intencionalista de H. P. Grice y a la recuperación que de éste ha realizado la Lingüística pragmática, para reflexionar sobre los principios metodológicos que se implican en todo proceso de acercamiento inter-pretativo referido a arte visual contemporáneo; el autor propone revalorar la
transgresión propia del arte, como estrategia para proponer hipótesis inferencia-les sobre las posibinferencia-les intenciones pragmáticas que se involucran en todo artefacto artístico; también propone la tesis de que es posible acercarse a la intención o intenciones que han quedado inscritas en un signo visual de una manera análoga al modo en que reconocemos las intenciones de un interlocutor en una conversa-ción.
El segundo bloque de textos, igualmente agrupado por dos trabajos, tiene como marco de reflexión a la educación, la pedagogía y algunos de sus instru-mentos como pueden ser el libro de texto que analiza Sánchez Guevara y las nuevas tecnologías en contextos particulares que analiza Luján Barrionuevo. Con relación al primero de los trabajos, la autora parte de la semiótica de la cultura de Lotman y de la Escuela de Tartu para analizar la historia oficial pedagógica de México, aplicando principalmente el concepto de semiosfera, con sus principales características; la autora quiere estudiar el funcionamiento de la memoria vehicu-lado por este dispositivos de transmisión cultural caracterizada de la categoría “memoria de la cultura”; para ello analiza un corpus semiótico visual constituido por agrupaciones de imágenes, que se asocian o se oponen produciendo sentidos muy significativos relacionados con la ideología dominante.
María Luján, por su parte, se focaliza en la inclusión de las Tecnologías de Información y Conocimiento (TIC) y las tensiones que emergen en el ámbito educativo, desde la descripción y el análisis de las múltiples significaciones que operan en la forma de concebir a la escuela como institución, a sus sujetos y los procesos de aprendizaje que ahí se verifican, de manera particular con el concur-so de las TIC en econcur-sos espacios. Luján nos da cuenta, más que de un ensayo con-ceptual, de un proyecto muy conocido dirigido por Juan Magariños, (“La Univer-sidad de la Calle”); el objetivo de este trabajo es conocer los modos de interac-ción de los sujetos con las TIC y las formas de apropiainterac-ción de las mismas en los contextos escolares, para generar estrategias de intervención pedagógica innova-doras; para ello Luján analiza los discursos de los estudiantes sobre las TIC y sus usos en la escuela para compararlos con los discursos de los docentes; para su análisis la autora se apoya en las herramientas metodológicas conocidas como “la
semiótica de enunciados” y el “análisis de discurso” con la idea de identificar y describir las significaciones –sin ser necesariamente hegemónicas– que pueden generar nuevas prácticas escolares, superadoras de antinomias.
Ya desde el texto de Luján, el presente volumen se orienta a presentar aspectos cercanamente vinculados con la contribución no solo teórica sino tam-bién didáctica y pedagógica que ejerció Juan Magariños. En un libro tan presente por dicha aportación no quisimos dejar de señalar explícitamente en un apartado trabajos (tanto teóricos como aplicados) construidos desde el diálogo con la obra de Magariños, casi único de la difusión semiótica que nos dejó, aparte de sus publicaciones, una verdadera estela de información y recursos a través de Inter-net, mostrando, quizá primero que nadie, sus posibilidades para el campo se-miótico y muy particularmente en nuestra región. Este segmento está formado por tres textos de jóvenes académicos argentinos: el primero de ellos, de Juan Manuel Vaioli, nos presenta un ejercicio para una semiótica teórica, pero que relaciona sobre los fenómenos de la intervención social; el autor analiza los desa-rrollos de la intervención con la idea de entender cómo ocurren los procesos de producción, interpretación y, preferencialmente, de transformación de los signifi-cados socialmente construidos; la actividad propia de los procesos intervenciona-les nos suscita una comparación ideal con dichos estadios sociaintervenciona-les de producción, interpretación, y transformación de significados; así los procesos de intervención son estudiados como una manifestación de la facultad semiótica.
A Carlos González, como a varios de los trabajos en el libro, le preocupa profundizar los aspectos de interpretación desde una perspectiva peirceana en la que se ponderen los aportes generados por Juan Magariños en tanto desarrolló operaciones específicas y rigurosas para el estudio de la producción de significa-ciones y su transformación; desde los enfoques de Magariños intenta caracterizar y explicar las particularidades de la interpretación en contextos acotados, como los de una organización; en ese sentido su trabajo tiene como objetivo la interpre-tación vinculada a la producción de signos (mensajes puestos en circulación en situaciones de comunicación) que abarquen una de las tríadas peirceanas proce-dentes de la segundidad (símbolos, índices e íconos) en los entornos de
organiza-ciones. El tercer trabajo fuertemente anclado en el estudio de las aplicaciones de Magariños es el de Roxana Velarde, aplicado ahora a un ámbito enteramente distinto a los dos anteriores: en el marco de los estudios sobre Semiótica y Fol-klore, la autora emprende la búsqueda de respuestas acerca de la Teoría de la Creación propuesta por Magariños, junto a la Etnografía del Habla para respon-der a preguntas del tipo: ¿cómo identificar una nueva enunciación semiótica?, ¿cuáles son los bordes de las semiosis actuales en el mundo del folklore santia-gueño?, ¿qué función cumple la semiótica para generar resultados eficaces? Den-tro del enfoque conocido en La Semiótica de los Bordes de Magariños, Velarde compara enunciados previos y emergentes desde el código verbal de sus agentes para dilucidar la significación del folklore santiagueño, y específicamente, la concepción de la chacarera, música nativa; la autora recupera la afirmación de Magariños con respecto a que “toda transformación es un conocimiento previo”, en el que incide el mundo semiótico históricamente situado.
Para cerrar el tercer bloque, Carlos González incluye lo que quiere ser una biblio-hemerografía completa de Juan Magariños, que es un ejercicio para delimitar y orientar lo que después ayude a organizar distintos trabajos críticos en torno a la semiótica de Magariños en los varios aspectos señalados. Hay que se-ñalar que dicha bibliografía es importante porque, al menos en México, permite reconocer lo que no se ha podido leer, lo que editorialmente no ha llegado en nuestros siempre erráticos flujos de información, que hoy apenas puede compen-sar –no siempre de manera total– internet, los listados de direcciones, las redes, los sistemas de mensajes, etc.
El último bloque del libro es quizá el más heterogéneo. Es por ello que apelamos en su título a una especie de “guiño” donde, por ejemplo, podemos encontrar, en el trabajo de Luis de la Peña, las reverberaciones de su vínculo con Magariños, y dos textos de académicas mexicanas que aborda el de Macías, una teorización desde la semiótica de la cultura sobre la comunicación intercultural y, más particularmente, la relación migrante-migración; y de Olga Rodríguez, un interesante análisis de los spots políticos en las campañas presidenciales mexica-nas de los años 2000 y 2006.
Luis de la Peña describe en su trabajo las prácticas rituales con que se rinde culto a San Judas Tadeo en el templo del centro de la ciudad de México; en su análisis destaca los aspectos simbólicos e imaginarios que forman parte de un proceso de significación y cognición social en el que confluyen el fenómeno religioso y otras determinantes culturales y socioeconómicas; este “escenario” ceremonial es un ámbito de ritualidad urbano al que los individuos asisten para manifestar su fe y creencias, y en el que participan mediante el intercambio de símbolos, imágenes y discursos. En el caso del trabajo de Macías, analiza, como hemos dicho, el fenómeno migrante-migración como un problema semiótico, donde la migración articula dos o más sistemas semióticos-culturales que entran en una relación de intercambios que nos obliga a su estudio para analizar su tra-ducción mutua a sus lenguajes y códigos. Finalmente el trabajo de Rodríguez estudia la estrategia semio-discursiva de los spots políticos televisivos, con el propósito de develar los efectos de sentido que estos intentan posicionar en el imaginario de probables votantes; en su texto expone cómo los spots políticos transmitidos en las campañas presidenciales recuperan algunas estrategias y tác-ticas que apelan a las emociones, al imaginario social pero sobre todo a la memo-ria histórica, para generar que los votantes acudan o no a las urnas y voten en beneficio del partido político que presenta la campaña.
El libro cierra con un texto híbrido que ciertamente es algo más que un opúsculo, pero es de menor extensión al conjunto del libro. El epílogo indicial-mente marca el cierre del libro, y pretende generar un diálogo con el primero de los trabajos. Intentamos cerrar lo que ha sido el leitmotiv del texto: las reflexio-nes sobre los problemas semióticos, sus nuevos aportes, sus constantes posibili-dades en el análisis de la significación y de las prácticas de producción e inter-cambio de sentido entre los actores sociales. Este cierre, impone —lo reconoce-mos— un sesgo por un carácter un poco más orientado a la semiótica teórica y general, por los diálogos particulares con los estudios de comunicación social o más propiamente entre la teoría semiótica y la de comunicación, que revela algu-nas de las preocupaciones centrales.
Como puede verse, el pensamiento de Juan Magariños presenta posibili-dades no solo en sí mismo, sino en su carácter evocador y provocador. La obra de Magariños ha sido el contenido de varios de los trabajos aquí presentados, pero también el marco para reflexionar sobre las prácticas significativas en distintos ámbitos y contextos. Con este libro –que estamos seguro no será el primero ni el último– se perfilan ya varios trabajos sobre la importante obra de este semiotista hispano-argentino descrito no solo como una persona rigurosa y creativa en lo intelectual y pedagógico, sino como alguien que tuvo la intuición con respecto a ese conocimiento en red, que a su manera parece parafrasear aquella vieja con-signa atribuida al conde de Lautremont en el sentido que la poesía –como ahora podemos añadir de la semiótica–, no es de nadie, de alguna manera es algo que hacemos entre todos, y con este ánimo queremos proponer una herramienta, un punto de vista, una teoría, un lenguaje formal con las posibilidades que algunos ya han visto y probado como Juan Magariños, y otros vamos intuyendo y segui-mos buscando respuestas a algunas preguntas.
Santo Domingo. Coyoacán Ciudad de México Septiembre 2012
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Mtro. Carlos Vidales Gonzáles1Universidad de Guadalajara
Introducción
En su introducción a la Encyclopedia of Semiotics a finales de los años noventa, su editor en jefe, Paul Bouissac (1998), reconocía que el estado que la semiótica guardaba en ese momento era muy diferente de aquel que la había ca-racterizado las décadas anteriores, una condición que podía ser considerada como el resultado de tres grandes desarrollos. Primero, los historiadores de las ideas habían rastreado en el pasado algunas de las nociones semióticas más básicas, muchas de las cuales se encontraban bajo denominaciones y nombres diferentes, pero que permitieron moverse hacia tradiciones más antiguas y ricas que no se encontraban restringidas a aquellas producidas en las civilizaciones occidentales, lo cual indudablemente amplió el campo de fundamentación semiótica. Al mismo tiempo, nuevas publicaciones de los manuscritos de Peirce y Saussure revelaban sistemas de pensamiento mucho más complejos de lo que habían vislumbrado las interpretaciones anteriores. En segundo lugar, los modelos teóricos desarrollados hasta el momento habían sufrido fuertes cambios tanto dentro como fuera de cada uno de sus paradigmas. Como resultado, era posible reconocer la emergen-cia de nuevos modelos teóricos pero también de nuevas preguntas, las cuales implicaban una reconfiguración del campo semiótico en general hacia una
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Maestro en Comunicación por la Universidad de Guadalajara. Licenciado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Latina de América en septiembre de 2005. Autor de varios artículos y capítulos de libros, todos ellos relacionados con la semiótica y la teoría de la comunicación. Scholar del “International Communicology Instituto” (ICI), Secretario General de la Asociación Mexicana de Estudios de Semiótica visual. Es autor del libro Se-miótica y teoría de la comunicación, 2 tomos (2010, 2011), Monterrey, CAEIP.
ra más crítica, un movimiento que necesariamente adelantaba una reconfigura-ción epistemológica que habría de venir posteriormente en las ciencias sociales. Finalmente, un tercer cambio venía potenciado por los desarrollos en otros cam-pos como las ciencias de la información, las ciencias cognitivas, la biología evo-lutiva entre otras, las cuales tomaron la terminología semiótica facilitando la construcción de interfases prometedoras entre estos campos y la semiótica, dán-dole nacimiento a disciplinas híbridas como la biosemiótica, la neurosemiótica, la zoosemiótica, la sociobiología, la memética y, muy recientemente, a la Ciber-semiótica. Sin embargo, a más de una década de aquel diagnóstico que Bouissac (1998) realizara, lo cierto es que el campo semiótico se ha complejizado aún más, generando sub-campos de especialización conceptual que han evolucionado a tal grado que hoy son campos institucionalizados y reconocidos en la semiótica mundial, pero muchos de los cuales no dialogan entre sí.
Por otro lado, también en los años noventa, John Deely (1990) apuntaba un cambio drástico que trastocaba tanto los fundamentos conceptuales como la organización institucional de la semiótica y el cual podía ser caracterizado por el tránsito de la consideración de la semiótica como método analítico a la conside-ración de la semiótica como punto de vista, una condición que expandía casi de manera natural el espacio de observación mucho más allá del ámbito humano hacia todas la formas de semiosis, incluso aquellas que van de las relaciones ce-lulares hasta la configuración misma de las formas de vida en el planeta (Hoff-meyer, 2008). De ahí que la semiótica ya no sea entendida únicamente como la ciencia de los signos y la significación, sino como el estudio de cómo el cerebro humano procesa los significados creados entre los signos y la información que codifican (Danesi, 2011). Como se puede observar, esta última consideración implica tanto elementos biológicos como elementos cognitivos, lo mismo que procesos sígnicos y la emergencia de la significación, lo que representa quizá una de las consecuencias de este diálogo transdisciplinar que caracteriza a la semióti-ca en la actualidad. ¿Pero cómo es que todo esto ha sucedido y cuáles son las consecuencias de este desarrollo?
Si bien las genealogías semióticas ya reconocidas desde mediados del si-glo XX han seguido su propio desarrollo (Vidales, 2008, 2009a, 2009b y 2011b),
la realidad es que uno de los cambios más importantes en la semiótica contempo-ránea se ha dado fundamentalmente a través del tercer momento que Bouissac (1998) ya vislumbraba a finales de los años noventa y el cual se encontraba ca-racterizado por el diálogo de otras disciplinas con la semiótica y de ésta con el resto de las ciencias. En este sentido, quizá uno de los campos más especializa-dos y que ha generado un fuerte cambio en la concepción misma de la semiótica y la semiosis es precisamente el de la biosemiótica, un campo que Claus Emme-che (2003) considera como un intento reciente por integrar los descubrimientos de la biología y la semiótica para el estudio de la producción, acción e interpreta-ción de los signos en el reino físico y biológico, por lo que una de sus metas principales es la formación de una nueva visión de la vida y el significado como elementos inmanentes del mundo natural. La biosemiótica pretende entonces usar conceptos semióticos para contestar preguntas sobre la emergencia del significa-do biológica y evolutivamente, sobre la intencionalidad y sobre el munsignifica-do psíqui-co. Desde este punto de vista, para autores como Jesper Hoffmeyer (1996), la semiosis en su forma más modesta, emerge con el proceso primario que creó el primer sistema vivo en la tierra, pero desde este comienzo primitivo el aspecto semiótico de los procesos materiales gradualmente incrementó su autonomía de tal modo que generó una semiosfera mucho más sofisticada, una semiosfera que finalmente (después de tres y medio billones de años) tuvo el poder de generar sistemas semióticos, como pensamientos y el lenguaje mismo, que son solo lige-ramente dependientes del mundo material del que son un derivado primario. Si bien desde esta posición la semiosis es el centro de la nueva síntesis en biología, ésta no ha sido la única síntesis planteada y seguramente no lo será en el futuro.
La gran importancia que guarda este diálogo entre la semiótica y la bio-logía es que ha puesto en el centro de la reflexión un estadio anterior a la des-cripción de procesos semióticos de orden sociocultural o propiamente humano al momento de preguntarse por la emergencia del significado a nivel biológico, pero al mismo tiempo ha abierto todo un abanico de preguntas que llegan incluso a los fundamentos conceptuales de la semiótica misma. Por ejemplo, cuando Hoffmeyer (1996) se pregunta de dónde emerge el significado de algo que ini-cialmente no significa nada, su cuestionamiento supone dos cosas, que algo
nue-vo emerge y que eso nuenue-vo que emerge puede ser distinguido de un estado ante-rior de no-existencia, por lo tanto ¿qué cambia con la emergencia de los procesos de significación?, ¿qué implica que la significación “emerja”?, ¿de dónde emerge el significado? Las preguntas anteriores tienen un fuerte énfasis en lo que se re-fiere al nivel biológico, pero encierran dentro de sí supuestos básicos de los cua-les se derivan preguntas de un orden más general, propiamente epistemológico, pues si la semiosis puede ser descrita como un proceso “emergente” en los siste-mas biológicos, entonces eso permite suponer que la propia semiosis emerge en todo sistema semiótico o que todo sistema semiótico depende de la emergencia de la semiosis sin importar su naturaleza fenomenológica (Vidales, 2012). ¿Pero qué es entonces un sistema semiótico? ¿Cómo diferenciar un sistema semiótico de un sistema no-semiótico? ¿Cuáles son entonces los límites de la semiosis y de su propio proceso de emergencia? ¿Es la semiosis un proceso emergente? ¿Son los organismos vivos sistemas semióticos? Como se puede observar, más que certezas lo que aparece en el horizonte es un nuevo programa de investigación.
Por otro lado, hace más de dos décadas atrás se comenzó a gestar un se-gundo proyecto transdisciplinario que precisamente toma como una de sus bases a la biosemiótica para ponerla a dialogar con la cibernética de segundo orden, las ciencias cognitivas, las ciencias de la información, la teoría de sistemas, la se-miótica peirceana entre otras, lo cual le da nacimiento a la Cibersese-miótica, una propuesta que puede ser definida sintéticamente como la búsqueda de las rutas biológicas, psíquicas y sociales de la necesidad humana y biológica del significa-do y la auto-organización en sus procesos de conocer/observar el munsignifica-do y en la formulación de las explicaciones que sobre él se hagan (Brier, 2008). Es a partir de esta nueva integración que recientemente Marcel Danesi (2011) ha propuesto hablar del “giro cibersemiótico”, un giro que implica un cambio en el objeto de estudio en la semiótica, puesto que supone el paso de la observación de los sig-nos y los procesos de significación a la observación de cómo es que los sistemas semióticos resultan ser sistemas autopoiéticos. Este giro cibersemiótico nace del diálogo transdisciplinar que la semiótica ha establecido con otras disciplinas y marcos conceptuales, y puede considerarse un segundo giro que nace más de dos décadas después de aquel que propusiera Paolo Fabbri (2004), para quien la
se-miótica debía de ponerse en contacto no con las grandes teorías filosóficas sobre el signo, sino sobre todo con las prácticas complejas de significación de las que podían “desimplificarse” funcionamientos de sentido.
El giro semiótico que planteaba Fabbri a finales de los años noventa se refería a un cambio en la concepción que se tenía de que era posible descompo-ner el lenguaje en unidades semióticas mínimas para recompodescompo-nerlas después y atribuir su significado al texto del que forman parte. De esta forma, tanto la idea de la historia del signo de Peirce y Eco como la de Saussure y Barthes pertene-cían al espacio conceptual de la reconstrucción, es decir, de la fragmentación de los sistemas significantes para su análisis con su consecuente posterior armado. El problema que veía Fabbri en esta visión es que se debía tener en claro que a
priori nunca se logrará hacer una operación de este tipo. En cambio, la propuesta
era crear universos completos de sentido particulares para reconstruir en su inte-rior unas organizaciones específicas de sentido, de funcionamientos de significa-do, sin pretender con ello reconstruir de momento generalizaciones que fueran válidas en última instancia. Para Fabbri, “solo por este camino se puede estudiar esa curiosa realidad que son los objetos, unos objetos que pueden ser al mismo tiempo palabras, gestos, movimientos, sistemas de luz, estados de materia, etc., o sea, toda nuestra comunicación” (Fabbri, 2004: 41). Mientras la semiótica que Fabbri planteaba tenía un fuerte centro en las discusiones sobre los caminos que tanto la genealogía de Peirce y Saussure habían delineado y, por momentos, per-manecía aún vinculada con el lenguaje, el proyecto de la Cibersemiótica platearía algo radicalmente distinto, dado que se posicionaría en las fronteras de las cien-cias en un intento por explorar más allá de los procesos de producción de sentido, las formas y procesos propios de la cognición, la información y la comunicación. En este sentido, para Ole Nedergaard Thomsen (2010), la Cibersemiótica es un marco transdisciplinario que integra la cibernética de segundo orden y la teoría de la autopoiesis por un lado, y la biosemiótica peirceana y la etología humana por el otro. El resultado es una teoría de los procesos evolutivos que integra dentro de sí los aspectos objetivos e informacionales así como los se-mióticos y significativos de la cognición y la comunicación. Para Thomsen (2010), el punto de partida de la Cibersemiótica es la idea de una diada
intersub-jetiva y dialógica del ser humano individual concreto con una mente semiótica corporeizada y socio-comunicativa, una postura desde la cual es posible ampliar la visión sobre el conocimiento para suponer que su adquisición pasa necesaria-mente por cuatro formas: “el mundo natural psico-químico (energía, información y materia), el mundo biológico de la experiencia corporeizada (la vida), el mundo psicológico de la experiencia consciente de la vida mental (conciencia) y, el mundo socio-cultural de la intersubjetividad y la comunicación (lenguaje y senti-do)” (Thomsen, 2010: 391). Desde esta posición, es evidente que la semiótica y la cibernética van desde las formas más elementales de vida, hasta las formas más complejas que suponen una configuración social. ¿Pero a dónde nos lleva todo esto? ¿Qué significa a la luz de la semiótica contemporánea? ¿De qué tipo de semiótica estamos hablado y de cuáles tradiciones conceptuales?
El presente trabajo es, por tanto, un intento por poner en perspectiva al-gunos de estos cuestionamientos y objetivar explícitamente la génesis de su na-cimiento. Por lo tanto, es muy importante dejar en claro que no se busca en nin-gún momento ser exhaustivo en el recuento, dado que eso es en sí mismo un tra-bajo que demandaría todo un programa de investigación, por lo que tampoco pretende abarcar todas las líneas, programas y sub-campos de investigación se-miótica que hay en la actualidad, sino únicamente explorar la genealogía que parte de Charles Sanders Peirce y se extiende hasta nuestros días en la forma de la Bio y la Cibersemiótica, dos programas que cruzan las líneas de lo disciplinar y las barreras propias de la semiosis. Se trata entonces de plantear un breve reco-rrido por este desarrollo, de plantear algunas preguntas que han ido apareciendo en el camino y, sobre todo, de aceptar las consecuencias que tienen para toda reflexión contemporánea sobre la comunicación, la cognición, la información y la significación una propuesta de esta naturaleza. Si la vida es coextensiva con la semiosis como sugería Thomas Sebeok, entonces estamos viviendo las conse-cuencias conceptuales de la superación de las barreras disciplinares que implica la dimensión biológica de la semiosis. Se trata entonces de presentar algunas de las preguntas que nacen a partir de la reflexión contemporánea en la semiótica, la cual ha sido fuertemente motivada por el diálogo que ésta ha establecido con las ciencias que estudian la cognición, la información, el lenguaje y las formas de
vida de nuestro planeta. En síntesis, se trata de explorar brevemente algunas de las preguntas centrales que emergen en la Bio y la Cibersemiótica, las cuales tienen que ver en cierta medida con la antroposemiosis, con el ámbito social, cultural y humano de la semiosis, aunque no se restringen a ninguno de ellos, dado que presentan una visión mucho más general del proceso mismo de la se-miosis.
Es con base en lo anterior que el presente trabajo se encuentra organizado en cuatro secciones. En la primera de ellas se explora brevemente la ruta genea-lógica peirceana poniendo especial énfasis en los elementos que más tarde la llevarán a establecer un diálogo con la biología y la cibernética. Se trata entonces de un intento por reconstruir brevemente la ruta conceptual que le da nacimiento a las propuestas contemporáneas de la Bio y la Cibersemiótica. Por su parte, en la segunda sección se presenta una discusión sobre los límites conceptuales y disci-plinares de la semiótica a la luz de las discusiones que se han realizado en el campo de la biosemiótica y la zoosemiótica desde los cuales se cuestiona el papel omnicomprensivo que parece caracterizar a la semiótica contemporánea. En la tercera sección se presenta una discusión sobre los umbrales de la semiótica y la pregunta por la centralidad de la semiosis, es decir, una mirada sobre las conse-cuencias teóricas que tiene la expansión de la semiótica más allá de los límites de lo social y lo cultural. Finalmente, en la cuarta sección se presenta una breve conceptualización de la Cibersemiótica, un proyecto transdisciplinar contempo-ráneo centrado en la cognición, la semiosis y la comunicación y el cual represen-ta uno de los proyectos intelectuales más imporrepresen-tantes y ambiciosos que se puede encontrar en la reflexión semiótica contemporánea.
1. El proyecto de la integración semiótica
y los límites borrosos de las disciplinas
En su contribución al proyecto de la International Encyclopedia of
Uni-fied Sciences2 que Charles Morris, Otto Neurath y Rudolf Carnap coordinaran, un
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La International Encyclopedia of Unified Scienes fue un proyecto heredero del Círculo de Viena cuyo propósito central fue la preocupación por la lógica, la historia y la sociología de la ciencia que se desarrolló desde finales de los años treinta hasta finales de los años
cin-proyecto que heredaba algunas de las premisas básicas del Círculo de Viena de-rivadas del positivismo lógico, Charles Morris reconocía de manera central los alcances de la propuesta de Charles Sanders Peirce de una ciencia general de los signos. En su trabajo, Foundations of the Theory of Signs, Morris presentaba la doble relación que la semiótica tenía con las ciencias, dado que podía ser consi-derada una ciencia entre las ciencias a la vez que un instrumento de las ciencias, es decir, la semiótica emergía en el horizonte como un paso hacia adelante en la unificación de las ciencias puesto que aportaba los fundamentos básicos para cualquiera de ellas. En este tránsito hacia la unificación, Morris suponía que el concepto de signo era la clave, dado que posibilitaba la unificación de las cien-cias sociales, humanísticas y psicológicas en tanto que también podían ser distin-guidas de las ciencias físicas y biológicas, por lo que podían servir igualmente de enlace entre estos ámbitos históricamente separados. En palabras de Morris (1955),
[…] dado que será mostrado que los signos son simplemente los obje-tos estudiados por las ciencias biológicas y físicas relacionadas en de-terminados procesos funcionales complejos, cualquier unificación de las ciencias formales […] proveerá de material relevante para la unifi-cación de estos dos grupos de ciencias […] Sin embargo, si la semióti-ca es una ciencia co-ordinada con otras ciencias, estudiar las cosas o las propiedades de las cosas en su función de ser observadas como signos, es también el instrumento de todas las ciencias, dado que cada ciencia hace uso de y expresa sus resultados en términos sígnicos (p. 80).
Al pensar a la semiótica como fundamento hacia la unificación de las ciencias, Morris estaba recuperando la propuesta de Peirce de extender a la se-miótica como una lógica general, lo cual la colocó en un segundo orden se obser-vación, dado que no solo podía participar como epistemología, sino que al hacer-lo terminaba mirándose a sí misma en su propio proceso de observación, pues en eso es precisamente en lo que consiste su operación, en la de mirar mirándose.
cuenta en que los primeros volúmenes son publicados. Para una historia más detallada sobre el nacimiento de la propuesta y de los intereses centrales véase el trabajo de Char-les Morris titulado “On the history of the International Encyclopedia of Unified Science”
Por otro lado, un segundo momento clave para este recorrido es lo que sucedió con la sistemática aplicación de los principios semióticos al campo de la biología de la mano de Thomas A. Sebeok, quien de hecho fue alumno de Charles Morris en la Escuela de Chicago, movimiento que generó un puente entre el ámbito físi-co y el ámbito biológifísi-co, un puente que Morris solo había vislumbrado físi-como una posibilidad décadas atrás. De esta manera, al plantear a la semiótica como epis-temología para pensar y observar al ámbito biológico en general, la semiótica estaba dando un paso hacia la reconstrucción de los principios de su propia natu-raleza, pues estaba dividiendo su campo de observación en dos grandes sistemas: el biosemiótico y el fisiosemiótico3.
Esta es la base constructiva que llevará a Sebeok a plantear a la semiótica como un punto de vista particular para observar la emergencia del significado y los procesos semióticos en organismos biológicos en general y no solo en el ser humano (Sebeok, 2001, 2001b y 1979) y, recientemente, a Jesper Hoffmeyer a considerar los procesos semióticos como fundamentales no solo para el desarro-llo de todo ser vivo, sino para su evolución y supervivencia (Hoffmeyer, 1997, 1996 y 1994)4. De aquí en adelante la Biosemiótica será vista como un proyecto
científico interdisciplinar basado en el reconocimiento de que la vida está funda-mentalmente basada en procesos semióticos (Hoffmeyer, 2008). De acuerdo con
3 La biosemiótica comprende en realidad el estudio de lo antroposemiótico, lo
zoosemióti-co y lo fitosemiótizoosemióti-co. En este sentido, la «antroposemiosis» es entendida zoosemióti-como el desarro-llo de las modalidades semióticas entre otros animales y los humanos, del lenguaje dentro de las especies humanas y consecuentemente de las tradiciones históricas y la cultura en general. Por su parte, la «zoosemiosis» es comprendida como el desarrollo de las modali-dades semióticas entre animales, entre vegetales y animales y entre animales y el entorno físico. Por otro lado, la «fitosemiosis» es entendida como el desarrollo de las modalidades semióticas dentro del reino vegetal y entre vegetales y el entorno físico. Finalmente, la «fisiosemiosis» se refiere al entrono físico en cuanto tal, el cual puede comprender desde la condensación inicial de los sistemas estelares hasta el desarrollo posterior de los siste-mas planetarios y sub-planetarios (Véase Deely, 1990).
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Si bien el diálogo entre la semiótica y la biología se ha dado paulatinamente, en realidad todavía existen fuertes discusiones al respecto, algunas de las cuales se llevan dentro del campo de la zoosemiótica, el estudio del comportamiento animal desde el punto de vista semiótica. Para una discusión más puntual de este diálogo véase el trabajo de Dario Mar-tinelli titulado “A critical companion to zoosemiotics: people, paths, ideas” (MarMar-tinelli, 2010).
lo anterior, es posible afirmar que la semiótica, de sus inicios como programa lógico formal, ha transitado a ser un elemento importante para la explicación y el estudio de algunos procesos evolutivos en los organismos vivos en general, y es precisamente de este movimiento posterior desde el cual John Deely planteará, en los años noventa, a la semiótica como un punto de vista particular.
De acuerdo con Deely (1990), un método en realidad implementa algún aspecto de un punto de vista y la sistemática aplicación de un punto de vista es en lo que consiste un método. Sin embargo, si un punto de vista puede ser comple-tamente implementado por un método, el resultado sería un estrechamiento tanto del método como de su mundo perceptivo, por el contrario, cuanto más rico sea el punto de vista que se adopte, más serán los métodos necesarios para su com-pleta exploración. En consecuencia, “[…] la semiótica es una perspectiva o punto de vista que surge de un reconocimiento explícito de lo que cada método de pen-samiento o cada método de investigación presupone” (Deely, 1990:10), por lo que es posible afirmar que simultáneamente descansa sobre la base de la verifi-cación de una única forma de actividad en la naturaleza, actividad que Peirce denominó semiosis (acción de los signos). Para John Deely (1990),
“[…] el punto de vista semiótico es la perspectiva que resulta del continuo intento de vivir reflexivamente con, y seguir las conse-cuencias de, una simple concepción; la totalidad de nuestra expe-riencia, desde sus más primitivos orígenes en la sensación hasta sus más refinados logros del entendimiento, es una red o trama de rela-ciones sígnicas” (p. 13).
La semiótica transita entonces de un principio lógico constructivo y un criterio de unificación científica a un punto de vista que de alguna manera hace visible esa unificación que a finales de los años cincuenta solo era una propuesta prospectiva de la cual el signo, su construcción y sus múltiples relaciones, eran el fundamento básico. Sin embargo, la idea de la extensión del marco semiótico como matriz científica general no es nueva, sino que se ha venido planteando desde décadas atrás, incluso podríamos extenderla hasta los inicios de la propia disciplina. Se puede pensar entonces que el punto de partida de la reflexión
se-miótica no es el signo en sí mismo y su configuración lógica, sino la semiosis o acción sígnica, por lo que la semiótica “contrasta con la semiosis como el cono-cimiento contrasta con aquello que es conocido” (Deely, 1990:105). Al trasladar el centro de una entidad conceptual (signo) hacia una configuración de relaciones conceptuales (semiosis), la semiótica se expande naturalmente hacia todo aquello que implique relaciones de este tipo. Pero la semiosis, como el complejo sistema conceptual de la semiótica, depende de un elemento que la hace pertinente para cualquier ciencia en general, es decir, la interpretación, pues ningún signo existe si no es interpretado por alguien o por algo. De esta forma, como explica Veikko Rantala (1992), dado que la noción de interpretación juega un papel explícito en campos de estudio como la lingüística, la lógica, la filosofía, la teoría de la co-municación, la teoría de la información, la estética, la teoría literaria y la medici-na; la semiótica está necesariamente relacionada con todas ellas, pero por otro lado, casi cualquier campo puede ser estudiado desde una perspectiva semiótica, dado que casi cualquier cosa puede ser interpretada como un signo.
Es por esto que John Deely (1990) considera que para el caso concreto de la semiótica, su historia será la historia de los intentos por dar cuenta de aquello que subyace a la semiosis y la hace posible partiendo de una pregunta fundamen-tal, a saber ¿qué es un signo, tal que él hace posible la semiosis? La semiótica es entonces ese intento por explicar teóricamente lo que distingue al signo y su en-tendimiento como tal, de aquellos estudios que lo tienen como objeto. Es posible entonces argumentar que toda investigación semiótica “[…] incluye, por derecho, todas las disciplinas tradicionales en virtud de su dependencia en lo que ellas son en cuanto estructuras de significación típicamente distintas sobre una red de rela-ciones sígnicas que las constituyen, pero de hecho, el campo incluye aquellas disciplinas solo en el momento que y hasta el punto de, además de ser vistas co-mo estructuras de significación, son vistas y analizadas temáticamente en térmi-nos de esta constitución virtualmente semiótica” (Deely, 1990: 106). Esta cuali-dad de integración conceptual es la que posibilitó situar a la semiótica en la inter-sección de las ciencias y la que la llevaría a preguntarse sobre las formas básicas de la construcción de conocimiento.
Por ejemplo, para Jean-Marie Klinkenberg (1996), el signo instituye una cierta correlación entre una porción material del universo y una porción concep-tual del universo concepconcep-tual y, al hacerlo, estructura el universo, por lo tanto, estos dos rasgos deben considerarse simultáneamente, dado que ciertas definicio-nes no insisten más que en uno de esos dos aspectos. Sin embargo, hay que acep-tar que, por un lado, no solo los signos estructuran el universo, y, por otro lado, que hay correlaciones que no son semióticas. Así, “puesto que la semiótica se ocupa de la estructura del universo –por lo menos en tanto que semiótica gene-ral– su tarea es entonces responder a la pregunta: ¿cómo conocemos el mundo?” (Klinkenberg, 2006:51). Como se puede observar, lo que Klinkenberg está plan-teando es una ciencia general capaz de estructurar desde pequeños elementos discretos hasta unidades generales, universales, pero al mismo tiempo la sitúa al nivel epistemológico del cuestionamiento por el conocimiento mismo. Por lo tanto, aquí aparece un problema central que vale la pena reflexionar: ¿hay algo más general que la semiótica general o es un nivel de complejidad formal al que toda ciencia debe aspirar?, ¿es posible hablar de una teoría semiótica unificada, de una Semiótica General? Esta consideración básica sobre la construcción de conocimiento y las cualidades transdisciplinares del proyecto semiótico, fueron las características sobre las que se sentarían las bases para un último paso en la integración conceptual y el cual implicó unir a la semiótica peirceana con la ci-bernética de segundo orden. Este es entonces el nacimiento del proyecto de la Cibersemiótica.
De esta manera, tomando como una de sus bases a la biosemiótica, Søren Brier desarrolla en la primera década del siglo XXI la propuesta de la Ciberse-miótica, un nuevo horizonte constructivo que quizá ponga a la semiótica en aque-lla posición que Charles Morris solo veía como un horizonte a futuro en los años cincuenta. En este sentido, lo que es fundamental en la propuesta de Brier es la integración de varias epistemologías y el centro en la reflexión comunicativa. Para Brier (2008), la debilidad de los estudios comunicativos e informacionales tradicionales basados en teorías sobre los flujos de información o los datos en sí, han hecho emerger problemas en lo que respecta a la forma en que los sistemas de conocimiento son construidos y organizados. Sin embargo, a raíz de la
pro-puesta de la cibernética y la semiótica es posible desarrollar nuevos conceptos que ayuden a entender y desarrollar sistemas sociales como redes auto-organizadas y auto-reproducidas, por lo tanto, en vez de hablar en términos de “comunicación de información” la propuesta es hablar en términos de “significa-dos conjuntamente actualiza“significa-dos”.
Para Brier (2008), las ciencias de la información, en lo que respecta a los sistemas vivos y a los sistemas humanos, no son capaces de explicar aspectos vitales del fenómeno de la comunicación y la cognición como lo es la emergencia del significado en los ámbitos limitados de los contextos sociales y en los ámbi-tos generales de la reproducción y supervivencia de los seres vivos. Aparece en-tonces el problema del significado en el marco del punto de vista mecanicista que brinda la teoría de la información y la cibernética en el marco general de las ciencias de la información, dado que dicha visión se extiende a la comprensión del conocimiento, la naturaleza, el lenguaje y, finalmente, a la conciencia huma-na. En consecuencia, el paradigma del procesamiento de información nunca ten-drá éxito en describir los problemas fundamentales en la mediación semántica del contenido de un mensaje de un productor a un usuario, dado que es incapaz de tomar en consideración los aspectos fenomenológicos y sociales de la cognición. Así, la idea de unir a la semiótica peirceana con la cibernética de segundo orden no solo responde a un problema epistemológico, sino a una oportunidad de ex-pandir los horizontes de observación.
En este sentido, Brier (2008) supone que una teoría consistente de la in-formación, la cognición y la comunicación debe necesariamente comprender tanto las ciencias sociales y las humanidades así como las ciencias biológicas y de lo psicoquímico, una integración similar a la planteada por la International
Encyclopedia of Unified Sciences cinco décadas antes. Desde este marco es
posi-ble preguntarse, ¿qué es lo que sucede conceptualmente con la integración de la cibernética de segundo orden y la semiótica peirceana?, ¿qué es lo que esta inte-gración permite observar del mundo que antes no se podía observar?, ¿qué es lo que le plantea a la semiótica una integración de esta naturaleza? Como se puede observar, más que certezas lo que aparece en el horizonte es todo un programa de investigación que busca contestar algunas de las preguntas centrales sobre la
cognición, la comunicación y la información pero que toma como una de sus bases centrales el punto de vista semiótico. Sin embargo, los cuestionamientos y la reflexión anterior también hacen emerger una cierta sospecha sobre ese punto de vista general, básicamente, porque parece ser “demasiado general” y abarcarlo casi todo. Esta es quizá una crítica central que ha emergido con la discusión en la biosemiótica y sobre la cual se centran las siguientes líneas.
2. La semiótización del mundo y los límites de la semiótica:
la pregunta por las fronteras conceptuales
En el apartado anterior se ha mostrado un breve panorama de algunos de los intentos formales por poner a la semiótica en una dimensión de frontera entre las ciencias de la vida, la información y la comunicación, lo cual ha generado un escenario que presenta sus propias interrogantes sobre los alcances de una pro-puesta de estas dimensiones. Sin embargo, lo cierto es que este diálogo no ha sido sencillo y no puede considerarse en ningún momento una empresa conclui-da, dado que ha hecho emerger serios cuestionamientos sobre los límites del pun-to de vista semiótico y de la semiótica misma, discusiones que se han dado sobre todo en el ámbito de la biosemiótica, un ámbito en el cual se exploran los alcan-ces de la mirada semiótica en el campo de la biología. Es precisamente en este nuevo campo en donde Darío Martinelli (2010) plantea una fuerte crítica a los intentos por extender la mirada semiótica, dado que ésta ha pasado de ser un pun-to de vista a ser una mirada omnicomprensiva. Esta crítica resulta central para toda reflexión sobre los alcances que la semiótica pudiera tener más allá de las fronteras de la antroposemiosis, dado que cuestiona los fundamentos de la bio-semiótica y las formas en que ésta ha sido conceptualizada.
Por ejemplo, para Kalevi Kull, “la biosemiótica puede ser definida como la ciencia de los signos en los sistemas vivos. Una característica distintiva y prin-cipal de la semiótica biológica consiste en el entendimiento de que en lo vivo, las entidades no interactúan como cuerpos mecánicos, sino como mensajes, como las piezas de un texto” (Kull en Martinelli, 2010: 29). Tomando como base esta con-ceptualización de la biosemiótica, Martinelli (2010) considera que si la naturale-za puede ser leída como un texto y además tiene significado y debe ser