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Evolucionismo. ¿De Dónde Venimos? - Carlos Alberto Marmelada

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Academic year: 2021

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Evolucionismo:

¿De dónde venimos?

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Advertencia

Este libro forma parte de la colección Argumentos para el s. XXI Director de la colección: Emilio Chuvieco

Copyright: Carlos A. Marmelada y Digital Reasons

(http://www.digitalreasons.es/) ISBN 978-84-941642-0-0

Diseño de cubierta: Enrique Chuvieco. Foto: africanfi.

Los compradores de este libro tienen acceso a un espacio privado en la web de la editorial: http://www.digitalreasons.es/index.php?do=tuEspacio, donde podrán acceder a la última versión del libro, al blog que realiza el autor y a la lectura en línea del texto. Es un espacio para interaccionar con el autor y con otros lectores, y permite generar una comunidad cultural en torno al libro.

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Para más información:

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Breve cv del autor

Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona, Carlos A. Marmelada cuenta con 26 años de experiencia docente. Autor de guiones para documentales científicos sobre Evolución Humana y Cosmología. Ganador del Premio Arnau de Vilanova de Filosofía (el principal que se concede en Catalunya), tanto en la categoría de Profesor (1995) como dirigiendo el trabajo de alumnos (1996).

Ha pronunciado más de 25 conferencias en diversas universidades, instituciones, colegios mayores, centros de enseñanza secundaria, y otros. Ha sido Profesor asociado de la Universidad Internacional de Catalunya entre los años 2008 y 2012, así como Director del Departamento virtual de Evolución Humana de la Consejería de Educación, Ciencia y Tecnología del Gobierno Autónomo de la Región de Murcia (EDUCARM) entre los años 2006 y 2011. Asesor de la sección de Antropología de la revista Ciencia Cognitiva del Departamento de Psicología de la Universidad de Granada y miembro del Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia entre los años 2009 y 2013. Varias veces entrevistado en programas de televisión (Televisión Española, TV2; Intereconomía, 13TV, 25TV, TV Igualada); y de Radio (ABC Punto Radio; COPE Madrid, COPE Guadalajara, Radio Igualada…), es tertuliano del programa radiofónico Luces en la oscuridad.

Ha publicado los libros: El origen del hombre. Cuestiones fronterizas; Ed. Palabra, Madrid, 2008. (Ensayo); Charles Darwin. Evolución y vida, Ed. Casals, Barcelona, 2009. (Novela) (Libro vendido en España y en varios países de Iberoamérica). Darwin y el mono; Sello Editorial, Barcelona, 2009 (escrito junto a Daniel Turbón, catedrático de Antropología Física de la Universidad de Barcelona). (Ensayo). Hasta el último aliento; Ed. Sekotia, Madrid, 2012. Ha publicado, también, más de 185 trabajos sobre evolución humana; antropología; cosmología; metafísica, divulgación científica, etc… Aparecidos en diversas revistas e instituciones (nacionales e internacionales). Próximamente publicará dos libros más: Las fronteras del conocimiento (Sekotia, 2014) y Cuestiones ateas. Respuestas católicas (Stella Maris, 2014).

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Prólogo

Ningún científico ha influido tanto en nuestro tiempo como Charles Darwin, y ninguna teoría científica nos afecta tanto a los humanos como la teoría de la evolución.

Este libro pretende explicar de una forma clara y concisa cómo nació la teoría de la evolución, cómo se desarrolló históricamente, y cómo se formula en la actualidad. También veremos cuál es su validez y cuáles son sus límites, así como las controversias que encierra, tanto científicas cómo ideológicas; y qué es lo que nos dice acerca del origen del hombre. Todo esto nos llevará analizar también cuál es su grado de compatibilidad con las creencias religiosas, especialmente con el cristianismo.

La evolución es la teoría científica actualmente existente con más implicaciones antropológicas. Por esta razón, su conocimiento, aunque no sea con todos los detalles propios de un especialista, no puede resultarnos indiferente, ya que no da igual la visión del hombre que se tiene según se entienda los límites y el alcance de la teoría de la evolución de un modo u otro. La teoría de la evolución nos permite conocer datos sobre el origen biológico del hombre, pero la antropología filosófica, y la teología, nos ayudan a profundizar en el conocimiento de la esencia humana.

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1.

Introducción

Ninguna propuesta científica ha hecho correr tanta tinta como la teoría de la evolución. Desde que Darwin publicara en 1859 El origen de las especies, la polémica en torno a las implicaciones antropológicas de esta teoría no ha dejado de ser objeto de un airado debate que continúa plenamente vigente en nuestros días.

Si desde fuera de la ciencia hay quienes sostienen que la evolución no es un hecho suficientemente demostrado, entre los científicos, en cambio, casi nadie duda de la realidad del hecho evolutivo; pues, tal como sostiene Francisco Ayala: “Probablemente no hay otra teoría o concepto científico que esté corroborado de forma tan concienzuda como lo está la evolución de los seres vivos” (Ayala, 1999: 58). De este modo, hoy se puede afirmar que: “el fenómeno de la evolución, está confirmado más allá de toda duda razonable” (Ayala y Cela Conde, 2001: 16).

Lo que se discute actualmente no es el hecho en sí de la evolución, sino cómo se produce ésta, cuáles son sus causas (es decir: cuál es el motor que la impulsa), de qué manera se ha ido desarrollando, si ha sido de forma lenta y gradual o a través de saltos bruscos que se han dado en momentos puntuales. Así, pues, las discusiones más agrias en torno a si la evolución es algo real o no, se han producido, y se continúan dando, más allá de la ciencia.

No hay duda alguna de que en nuestros días uno de los debates más intensos entre ciencia y religión es el que hace referencia a la compatibilidad entre la teoría científica de la evolución y la doctrina religiosa de la creación, especialmente por lo que hace referencia a la aparición del hombre. Más de 150 años después de la publicación de la citada obra de Darwin el debate entre ciencia y fe, en lo que a la teoría de la evolución se refiere, sigue tan vivo como entonces; quizás menos acalorado, pero con una vitalidad renovada.

La teoría de la evolución de Darwin fue utilizada bien pronto como arma arrojadiza contra la religión; y en general podría decirse que: “la difusión del darwinismo parece deberse en gran parte a que, para algunos, el darwinismo proporcionaría explicaciones naturales que harían innecesario recurrir a la acción de Dios” (Artigas, 1999: 194-195), y esto no sólo para explicar algún punto concreto del proceso evolutivo, como sería la aparición de las facultades espirituales en el hombre, tal como sugieren algunos, sino que podría prescindirse totalmente de Dios, al concebir al universo como una entidad eterna en donde la vida surge espontáneamente y por causas enteramente naturales,

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Pero… ¿Es cierto que la teoría de la evolución es totalmente incompatible con el cristianismo en general y el catolicismo en particular? ¿Cuál fue el origen de esta teoría? ¿Qué intención tenía Darwin? ¿Acaso sus aspiraciones se limitaban a establecer una teoría científica alternativa al fijismo imperante o también pensaba que estaba aportando pruebas científicas en favor del ateísmo? ¿Cómo gestó Darwin su teoría de la evolución? ¿Tras la muerte de Darwin cuál fue la suerte que corrió su teoría? ¿Cuáles fueron los avatares por los que pasó el darwinismo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX? ¿Son lo mismo darwinismo y evolucionismo? ¿Cómo se integraron a mediados del siglo XX los postulados darwinistas con los nuevos descubrimientos en el campo de la genética? ¿Qué otras teorías evolucionistas no darwinistas se han propuesto en el siglo XX? ¿Son compatibles la afirmación de la evolución biológica con la creencia religiosa en un Dios creador, personal y providente? ¿Es realmente la teoría de la evolución un fundamento científico del ateísmo actual? ¿Puede un católico ser evolucionista? ¿Y darwinista?

A lo largo de este libro intentaremos dar respuesta a estas cuestiones y a muchas otras de índole análoga En este libro, estudiaremos, en primer lugar, la teoría de la evolución propuesta por Darwin, para abordar luego el desarrollo de la teoría de la evolución desde la muerte del eminente naturalista hasta nuestros días. Luego se tratarán los argumentos a favor de la teoría de la evolución propuestos por sus partidarios, así como de algunas de las objeciones que les plantean sus oponentes. En el cap. 10 se verá, someramente, cuál es el estado actual de los conocimientos científicos acerca de la evolución humana. Finalmente, en el cap. 11abordaremos el debate ideológico en torno a la teoría de la evolución, haciendo especial hincapié en la compatibilidad de ciertas formulaciones de dicha teoría con las creencias religiosas.

Tal como se dijo anteriormente, hoy en día la evolución como hecho es aceptada por la inmensa mayoría de los científicos. Lo que se cuestiona es si la selección natural darwiniana tiene tanta incidencia en el hecho evolutivo como suponía el científico británico. En efecto, hay quienes no están de acuerdo en que la selección natural tenga un papel tan determinante en el proceso evolutivo, por esto, algunos piden la elaboración de una nueva teoría de la evolución, una

nueva síntesis, que vaya más allá de la propuesta por los neodarwinistas. Otros

aducen que la bioquímica presenta retos insalvables al darwinismo y abogan por la existencia de un Diseño Inteligente en la naturaleza capaz de ser descrito por los métodos de la ciencia, una propuesta que está levantando debates muy acalorados.

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través de un proceso evolutivo es una conquista de la ciencia que parece no tener marcha atrás, como sucede con el Big Bang en cosmología o la relatividad en Física. Otra cosa muy distinta es explicar de una forma absolutamente fiel a la veracidad de los acontecimientos cómo ha sucedido eso; en este campo la actual teoría sintética de la evolución es, sin duda alguna, mejorable y perfectible; algo que no supone demérito alguno, sino que ambas representan unas características consubstanciales a toda teoría científica. Ahora bien, que la evolución de los seres vivos sea un hecho científicamente demostrado no significa que la teoría de la evolución ya haya resuelto todos sus grandes retos Por su parte, la armonización entre la teoría científica de la evolución y las creencia religiosas, un punto de conflicto desde el mismo momento en que se publicó aquella, aunque sigue siendo objeto de polémica, es algo posible siempre y cuando se disciernan los aspectos científicos de la teoría de la evolución del uso ideológico que se hace de la misma,

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2.

Del fijismo al evolucionismo.

2.1.

Una idea genial.

Darwin no fue el primero en proponer la idea de que las especies evolucionaban con el tiempo. En efecto, antes que él lo habían hecho otros, como Lamarck, Erasmus Darwin –su abuelo- o el periodista Chambers. Pero Charles Robert Darwin sí fue el primero que supo fundamentar y desarrollar mejor esta idea tan fructífera para las ciencias de la vida.

Aunque lo cierto es que no destacó en los estudios de primaria ni tampoco en la universidad, sí fue un hombre extremadamente trabajador, con un gran poder de observación y sumamente intuitivo, gracias a lo cual fue capaz de desarrollar una idea genial.

Cuando se embarcó en el H. M. S. Beagle, para acabar dando la vuelta al mundo en un viaje de casi cinco años, era un hombre de fe y un fijista convencido. Al final de la travesía continuaba manteniendo su fe, aunque con menor convencimiento, y lo mismo le sucedía con su apuesta por el fijismo. Sin embargo, la lectura de los Principios de Geología de Charles Lyell, sus observaciones a lo largo del viaje y lo que otros científicos le decían respecto del estudio de las muestras zoológicas que había enviado a Inglaterra, le hicieron comprender en la primavera de 1837, pocos meses después de su regreso, que El origen de las especies actuales no podía ser el fruto de un acto de creación único de Dios llevado a cabo al principio de los tiempos.

Fue a partir de ese momento que Darwin comenzó a concebir su teoría de la evolución. Aún no sabía cómo, pero las especies anteriores debían de haberse transformado en otras hasta llegar a las actualmente existentes. Todo habría empezado con alguna forma viviente simple y a partir de ahí el majestuoso árbol de la vida se debió de ir ramificando. La vida se había ido abriendo paso a través de numerosos caminos. Algunas ramas desembocaban en callejones sin salida, por lo que las especies comprendidas en esa línea acaban desapareciendo, y otras extendían su presencia hasta el presente, pero siempre a través de múltiples cambios y transformaciones.

Darwin interpretó el hecho de la diversidad de la vida como el fruto de un proceso y no como el resultado de un único acto de creación. De ahí que Plomin afirme que:

“La teoría de la evolución de Darwin toma como punto de partida la variabilidad dentro de una población. La variabilidad existente entre individuos de la población se debe, al menos en parte, a la herencia. Si la probabilidad de sobrevivir hasta la madurez y reproducirse está influenciada,

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aunque sea ligeramente, por un carácter determinado, la frecuencia de este rasgo será algo mayor en la descendencia de los supervivientes que en la generación de sus padres. De esta forma, generación tras generación, las características de una población pueden cambiar gradualmente. Tras un período de tiempo suficientemente largo, los cambios acumulados pueden ser tan grandes que las poblaciones se conviertan en especies diferentes que ya no son capaces de cruzarse con éxito” (Plomin et alt, 2009: 300).

Variación aleatoria con selección natural y tiempo para que ésta pueda actuar, ahí estaban las dos claves de la teoría de la evolución de Darwin.

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2.2.

La novedad darwiniana.

Tal como ya hemos dicho, a mediados del siglo XIX, la idea de que las especies evolucionaban no representaba un horizonte intelectual del todo nuevo, otros ya habían hablado de algo parecido. La genialidad de Darwin radicó en proponer un mecanismo simple que explicaba esos cambios: la selección natural de aquellas características hereditables que favorecían la supervivencia por facilitar la adaptación al medio ambiente. Un mecanismo que luego completó con otro, denominado selección sexual, y que consistía en el favorecimiento de aquellas características que facilitaran el acceso al apareamiento, y, por lo tanto, a la reproducción.

El escándalo vino cuando esa teoría se aplicó al hombre, afirmándose que las características heredables (incluida la inteligencia), y cuyos mecanismos eran desconocidos entonces, habían surgido de forma puramente casual siendo favorecidas únicamente por cuestión de suerte en procesos aleatorios. No era difícil ver que lo que el autor proponía realmente era que el diseño observado en la naturaleza no respondía a la acción de una Inteligencia sobrenatural, sino al azar y la fortuna.

Una característica heredable surgida al azar que resultara ser favorable para la supervivencia constituiría una ventaja adquirida que se iría extendiendo, generación tras generación, entre la población en la que había aparecido. Si mantenía su interés adaptativo a lo largo del tiempo entonces acabaría imponiéndose hasta llegar un momento en el que estaría presente en todos los individuos de aquella población. La suma de varias características de este tipo podían dar lugar a una especie nueva. En esto radicó la genialidad inicial de Darwin. Luego iría perfeccionando su teoría y ampliándola.

El problema estribaba en que esa característica adaptativamente ventajosa había sido adquirida por azar y casualidad. Esto es lo que resultaba inaceptable a la mentalidad victoriana de la sociedad británica y, en general, a la Europa de mediados del siglo XIX, así como en los Estados Unidos de Norteamérica. Darwin lo sabía y por eso fue tan cauto al exponer sus pensamientos.

Pero los acontecimientos se estaban precipitando ya de una forma imparable. La apasionante biografía de una de las ideas más importantes de la historia de la ciencia se había puesto irremisiblemente en marcha. No se trataba de una teoría científica más, sino de una nueva interpretación de la historia de la vida que implicaba una visión del hombre y de su lugar en la naturaleza que chocaba con la visión bíblica expuesta en el Génesis, ya que la concepción darwiniana parecía implicar una antropología materialista, por lo que debía de ser

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combatida enérgicamente.

Deshacer los enredos que se produjeron por una y otra parte, hasta comprender que una visión evolutiva de los seres vivientes no se opone en absoluto a la afirmación de la existencia de un Dios creador, personal y providente llevó más de medio siglo. Pero los efectos del tsunami que ocasionó la aparición de la teoría de la evolución de Darwin todavía se dejan sentir en nuestros días.

Al volver de su viaje en el Beagle, la idea de la evolución nació en la mente de este naturalista con una fuerza y un vigor irrefrenable. A partir de ese momento la fue desarrollando con una energía y una vitalidad que aún lo impregna todo; y no solo a la biología, sino que dicha idea trasciende en gran medida a esta disciplina para configurar en buena parte la visión que tenemos de nosotros mismos en la cultura actual.

Comprender la teoría de la evolución, tal como la concebimos hoy en día, sabiendo captar su verdadero alcance científico y sus límites, implica, en primer lugar, entender cómo se forjó la idea original en la mente de Darwin. Para ello no hay más remedio que echar un breve vistazo a su biografía intelectual y al conjunto de influencias que recibió, a fin de poder enmarcar la evolución del pensamiento de este naturalista en su contexto cultural; es decir: analizar la interacción de su pensamiento con el ambiente cultural en el que se gestaron y desarrollaron sus ideas evolucionistas.

El análisis de las ideas darwinianas no es una simple curiosidad histórica que sirva de preámbulo anecdótico para, posteriormente, pasar a estudiar la actual teoría de la evolución. La cosa es mucho más sería. Las ideas evolucionistas de Charles Darwin supusieron una revolución intelectual de tal calibre, que no solo transformaron las ciencias de la vida de su tiempo de una forma radical y definitiva, sino que desencadenaron una polémica ideológica cuyos efectos todavía se viven hoy.

La magnitud de las ideas de Darwin fue tal que trascendieron los límites de su época. Su aportación principal: la teoría de la evolución, representa un logro intelectual tan vigoroso que ha desembocado en una auténtica darwinización de nuestra cultura (ver Castrodeza, 2009), de nuestro pensamiento y de nuestra sociedad, hasta el punto de que no constituye exageración alguna afirmar que Darwin sigue estando presente entre nosotros, dada la influencia tan acusada y manifiesta que tienen sus ideas en el pensamiento y en la sociedad actual. Veamos, pues, cómo se gestó la idea de la evolución en la mente de Darwin y cuál es la influencia que tiene en nuestros días.

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3.

En busca de una vocación.

3.1.

El primer contacto con el evolucionismo de

Lamarck.

Después de una infancia y una adolescencia en la que no destacó en los estudios, Charles Darwin ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo en octubre de 1825. Pese a descubrir bien pronto su falta de vocación pasó allí un par de años. En la capital escocesa entabló amistad con el zoólogo y médico Robert Edmond Grant (1793-1874), un profesor que gozaba de buena reputación y al que se le auguraba un futuro muy prometedor como naturalista.

Grant fue uno de los primeros en hablarle de las teorías evolucionistas de Jean-Batiste-Pierre-Antoine de Monet, más conocido como el Caballero de Lamarck (1744-1829), quien se oponía al fijismo de Georges Cuvier (1769-1832) según el cual las especies actualmente existentes habían sido creadas por Dios con el mismo aspecto con el que las vemos hoy. En consecuencia, todas sus características habrían permanecido fijas a través de todo el tiempo transcurrido a partir de la creación divina hasta nuestros días, de ahí que esta doctrina reciba el nombre de “fijismo”. Años más tarde Darwin declararía que los argumentos de Grant a favor del evolucionismo lamarckista no le habían convencido en absoluto; de modo que en aquella época seguía considerándose partidario del fijismo.

Lamarck sostenía que las especies actualmente existentes habían llegado a ser como son gracias a un proceso de evolución, en el que las actuales habían surgido por transformación de otras anteriores que habrían acabado desapareciendo, de ahí que su concepción evolucionista reciba el nombre de “transformismo”. Según Lamarck la evolución se producía gracias a que la función creaba el órgano, así la necesidad de comer las hojas de las ramas hacía que las jirafas estiraran el cuello para alcanzarlas, de forma que con el paso del tiempo a alguna podría crecerle, transmitiendo esta característica ventajosa a su descendencia, tesis conocida como: “herencia de los caracteres adquiridos”.

Decepcionado por la actitud de Darwin ante la medicina su le buscó una alternativa: estudiar teología en Cambridge para que fuera un cura rural anglicano a fin de que consagrara su vida a la atención espiritual de los fieles que el destino pusiera a su cargo. Qué paradoja tan grande: ¡El hombre cuyas

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ateísmo a partir de la ciencia resultaba que, en toda su vida, como única titulación académica tendría lo que sería el equivalente a una diplomatura en teología!

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3.2.

El reloj y el relojero.

En enero de 1828 Darwin ingresó en el Christ’s College de Cambridge para estudiar teología. Entre los autores que le causaron mayor deleite figuraba el teólogo William Paley (1743-1805), que era partidario del finalismo en la naturaleza, algo que Darwin cuestionaría en su teoría de la evolución de las especies y que ha hecho correr ríos de tinta.

Su metáfora más famosa es la del reloj y el relojero. Según Paley si fuéramos por un camino y nos encontrásemos con un reloj en el suelo nos quedaríamos maravillados por la complejidad del mecanismo y no se nos ocurriría pensar que ese conjunto de piezas tan bien ensambladas, y que cumplen perfectamente una función dentro de un todo, se han dispuesto de esa forma pura y simplemente por azar. Más bien pensaríamos que ha habido un relojero que ha diseñado el reloj; y por la maravilla del producto podríamos inferir la inteligencia deslumbrante de su hacedor.

Si esto es así con un reloj, mayor habría de ser nuestro asombro respecto a la Naturaleza. El orden y el diseño que se observa en la Naturaleza debe ser el resultado de una causa inteligente que ha dispuesto todos los elementos de la naturaleza con infinita sabiduría confiriéndole ese orden y ese diseño que apreciamos en ella, puesto que la naturaleza, al carecer de inteligencia, no se lo puede haber dado a sí misma.

Paley era un clérigo anglicano que se esforzó por hacer una apología del cristianismo argumentando filosóficamente el fundamento de sus verdades, pero también era un hombre docto, instruido en los conocimientos más avanzados de la ciencia natural de su tiempo. Por lo que no se trata de una figura fanática, sino de un profesor ilustrado que exponía sus ideas de forma racional y que ha despertado por ello la admiración de reputados biólogos (Ayala, 200: 37).

En su época de Cambridge, como tantos otros, Darwin estaba profundamente impresionado por los razonamientos de Paley, mostrándose partidario de la aceptación del finalismo en la Naturaleza. La ruptura vendría años más tarde, cuando elaboró su teoría de la evolución. Siguiendo la estela del papel que otorgaba Darwin al azar, muchos evolucionistas se han visto llevados a rechazar la existencia de una causa trascendente a la Naturaleza, negando que ésta pueda ser la responsable del diseño que se aprecia en ella; aserción que va más allá de lo que los métodos de la ciencia permiten afirmar, pues se trata de una cuestión filosófica y no científica, como sucede con los temas del finalismo y del Diseño Inteligente.

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La estancia en Cambridge resultó esencial para Darwin y para la futura elaboración de su teoría de la evolución, pues fue allí donde entabló amistad con el excelente profesor de botánica John Stevens Henslow (1796-1861), que sería quien le propondría realizar el viaje en el Beagle; un viaje sin el cual es muy probable que nunca hubiera llegado no habría llegado nunca a concebir la idea de que las especies se transformaban las unas en las otras en virtud de la selección natural de las variaciones adquiridas; o dicho de otra forma: sin esa travesía alrededor del mundo Darwin no habría sido Darwin.

Sin embargo, lo bueno del caso es que nosotros hubiéramos tenido igualmente la teoría de la evolución por selección natural de las modificaciones de la herencia producidas al azar, gracias a Alfred Russel Wallace.

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3.3.

El gusto por la geología.

La amistad con el geólogo Adam Sedgwick (1785-1873) le hizo recuperar el gusto por la geología. Sin embargo, con el tiempo, el reputado geólogo se convertiría en el enemigo más agresivo que tuvo la teoría de la evolución darwinista.

El estudio de la geología jugó un papel muy importante en la concepción de la idea de la evolución biológica en la mente de Darwin. Por aquel entonces para interpretar la historia geológica de la Tierra se daban dos grandes corrientes de pensamiento dentro de la geología: el catastrofismo y el actualismo. El catastrofismo geológico fue propuesto originalmente por el afamado paleontólogo francés George Cuvier (1769-1832), quien sostenía que la Tierra había sido objeto de diversas catástrofes universales repentinas cuyas consecuencias fueron la extinción de casi todas las formas vivientes existentes en el momento de producirse dichas calamidades. Después de cada uno de los cataclismos la Tierra se habría repoblado nuevamente gracias a un acto de creación divina de nuevas especies o bien porque algunos miembros de las que habían sobrevivido se dedicaban a colonizar nuevos hábitats, manteniendo así una continuidad (fijismo) entre los individuos de la especie en cuestión creados por Dios originariamente y los existentes actualmente. Según los catastrofistas el último gran desastre habría sido el diluvio universal. Sedgwick era partidario de esta concepción de la Historia Natural de la Tierra, de modo que es de suponer que le hablara de ello a Darwin durante aquellas semanas. Más tarde, estando ya embarcado en el Beagle, el naturalista de Shrewsbury, pudo comprobar que el capitán Robert Fitz Roy era partidario del catastrofismo, por lo que éste deseaba que durante sus expediciones de carácter naturalista Darwin encontrara pruebas en favor del diluvio universal, y por ello del fijismo, que es a lo que se opone el evolucionismo.

Cuvier murió 27 años antes de que Darwin publicara el libro que contenía sus reflexiones sobre la transmutación de las especies, expresión con la que se conocía entonces lo que hoy llamamos teoría de la evolución, por lo que no pudo estar al corriente de los argumentos de Darwin a favor del transformismo. Sin embargo Cuvier reflexionó sobre este tema y consideró deficientes los razonamientos de los evolucionistas predarwinianos, apostando personalmente por el fijismo.

En esos años, a diferencia de Sedgwick, Darwin era más bien partidario del actualismo-uniformitarista de Charles Lyell (1797-1875), según el cual las fuerzas geológicas que habían actuado en el pasado eran las mismas que

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podían observarse en el presente. Esta interpretación geológica de la historia de la Tierra tuvo una influencia muy importante en la elaboración de la teoría darwiniana expuesta en El origen de las especies, ya que la visón de una transformación gradual del relieve a partir de agentes geológicos que siguen las mismas leyes naturales en el pasado y en el presente fue uno de los factores que le ayudaron a comprender que en la historia del desarrollo de la vida podía haber sucedido lo mismo; es decir, especies nuevas podrían haber surgido a partir de otras mediante una transformación gradual. De este modo, se puede afirmar que la influencia del estudio de la geología en la aparición de la teoría darwiniana de la evolución no debe de ser infravalorada.

El 27 de diciembre de 1831Darwin partía del puerto de Plymouth a bordo del HMS Beagle; iniciando así una expedición que le llevaría a dar la vuelta al mundo en un viaje que cambiaría su futuro al mismo tiempo que le conferiría un nuevo rumbo a las ciencias de la vida. En aquellos momentos era fijista; y aunque no fue durante el viaje cuando concibió su famosa teoría de la evolución, si realizó os descubrimientos capitales que muy lentamente, le fueron surgiendo las dudas que le llevarían a replantearse el fijismo en favor del transformismo.

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3.4.

Los primeros indicios

En la Bahía Blanca, en la desembocadura del Río Negro, a unos 460 km al sur de Buenos Aires, llevó a cabo los primeros descubrimientos que le harían cuestionarse el fijismo. Por esas fechas, agosto de 1831, Darwin descubre unos fósiles de animales gigantescos durante una excursión por la Patagonia (Megatherium y Milodon, entre otros), lo que le hizo tener las primeras dudas sobre el fijismo.

Así lo destacó mas tarde en El origen de las especies, señalando que la observación de la existencia de una fauna extinta muy similar, pero distinta, a la que poblaba la zona cuando llegó él le hizo pensar en una relación de ancestros descendientes. También le llamó la atención la distribución geográfica de la fauna, tanto la que ya se había extinguido como la que todavía continuaba existiendo. Esto le llevó a plantearse la hipótesis de la evolución de las especies frente a la idea de su creación estable desde el principio de los tiempos con las formas con las que las vemos actualmente.

El valor del descubrimiento de la megafauna patagónica habitualmente ha permanecido en un segundo plano, pero lo cierto es que cuando estuvo en las Galápagos no fue consciente de lo que posteriormente llegarían a significar en el desarrollo de su futura teoría de la evolución los especímenes recogidos en aquellas islas; mientras que los descubrimientos de la megafauna de la Patagonia sí que le llevaron, aunque tímidamente, a cuestionarse las ideas imperantes en aquellos momentos sobre El origen de las especies. Richard Keynes, científico de la Universidad de Cambridge y bisnieto de Darwin, quien ha llamado la atención sobre este punto al afirmar que el 26 de septiembre de 1832 debe ser considerado un día destacado para la biología, ya que en esta fecha fue cuando Darwin encontró las primeras evidencias que le llevarían a formular su célebre teoría sobre la transformación de las especies.

Se ha especulado mucho sobre el valor real que tuvo la estancia de Darwin en las Galápagos pero cuando estuvo allí no fue consciente de las implicaciones que tendría la biogeografía del archipiélago de cara a la elaboración de su futura teoría de la evolución. Sólo en Londres, y bajo la tutela de otros científicos, pudo tomar plena conciencia de la biodiversidad que había en las Galápagos. Entre tanto debió de utilizar colecciones de otras personas para estudiar el problema de la especiación en aquel hábitat tan peculiar.

Se ha repetido mucho que la estancia en las Galápagos sirvió para abrir los ojos a Darwin y convertirlo a la causa evolucionista. Pero la cuestión no es tan

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simple. Es cierto que en su Diario del viaje de un naturalista alrededor del

mundo hace algunas referencias a las Galápagos en las que se intuyen sus

ideas evolucionistas, pero no hay que olvidar que el libro se publicó por primera vez en 1839, casi tres años después de haber regresado a Inglaterra. Dos años antes, en marzo de 1837, Darwin ya había empezado a alumbrar en su mente la teoría de la evolución. Esto quiere decir que, con toda probabilidad, introdujo reflexiones posteriores a las anotaciones, unas reflexiones que se correspondían a la época en la que estaba redactando el Diario y no a los días en los que estuvo en las Galápagos o durante los siguientes meses del viaje. Además, las sucesivas reediciones iban incorporando observaciones de Darwin que trascendían a las notas que había tomado durante el viaje y respondían más bien a las nuevas orientaciones que estaba alumbrando su pensamiento por lo que al origen de las especies se refiere.

La importancia de la estancia en las Galápagos es algo que Darwin pudo percibir a posteriori, y no cuando estuvo allí. De hecho ni siquiera se molestó en empaquetar en cajas distintas los diferentes ejemplares de pinzones que había recogido en las diversas islas distinguiendo el lugar de procedencia. Fue el ornitólogo John Gould quien, meses después de haber regresado a Gran Bretaña, le hizo caer en la cuenta de que le había enviado varias especies distintas de pinzones, lo que le sorprendió a Darwin. Con las tortugas pasó lo mismo, y eso que el funcionario inglés del archipiélago, el vicegobernador Lawson, le advirtió que las tortugas de la isla de Charles, conocida también como Santa María, eran específicas de allí y no podían encontrarse en ninguna otra.

A Richard Owen le entregó los fósiles de la Pampa. Thomas Bell se encargó de los reptiles; Leonard Jenyns de los peces; George Robert Watherhouse de los mamíferos y a John Gould, el taxónomo de la Zoological Society, se le asignarían las aves. Las plantas se las encomendó a Henslow quien las pasó a Joseph Dalton Hooker, un célebre botánico más joven que Darwin y con quien entablaría una sincera y duradera amistad. De los invertebrados marinos pensaba hacerse cargo personalmente ya que era un campo en el que se había ido especializando desde los tiempos de Edimburgo.

Bien pronto empezó a recibir los primeros informes de los estudios de sus colecciones. Owen le advirtió que había observado que en los fósiles de la Pampa había una cierta similitud entre las formas extintas y las actualmente existentes, un dato que a Darwin le sugeriría la transmutación de las especies, aunque esta era una idea a la que Owen se opondría enérgicamente cuando Darwin la hizo pública veinte años más tarde.

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Por su parte, el ornitólogo John Gould se dio cuenta de que el grupo de aves que Darwin había considerado que estaba formado por pinzones, por parientes de los mirlos, picogordos y chochines, en realidad era un grupo compuesto todo él por distintos tipos de pinzones diferenciados por el pico. También identificó a un antecesor del ñandú, por lo que decidió denominar esta nueva especie con el nombre de Rhea darwinii, en homenaje a su descubridor; un nombre científico que posteriormente sería cambiado. Asimismo, Thomas Bell hallaba diferencias entre las iguanas en función de la isla de procedencia.

Las observaciones de Gould, los comentarios de Owen y Bell, así como los propios descubrimientos de Darwin formaban un conjunto de datos que empezaban a hacer rechinar claramente los últimos estertores de su sustrato conceptual fijista impulsándole a un abandono definitivo de esta idea.

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3.5.

El alumbramiento de la teoría de la evolución.

No existe unanimidad sobre cuál fue el momento exacto en el que Darwin empezó a hacerse evolucionista. Según el paleontólogo Niles Eldredge esta transformación ya se produjo durante el viaje, de modo que desembarcó en Falmouth siendo evolucionista. En cambio la famosa biógrafa de Darwin, Janet Browne, insiste en que a su regreso a Inglaterra Darwin todavía no era un evolucionista.

Según lo dicho hasta ahora, es muy posible que a partir de la mitad de su viaje en el Beagle Darwin dudara cada vez más de la verosimilitud del fijismo, y en las últimas etapas del viaje probablemente ya acariciara la idea del transformismo de las especies; pero estaba aún muy lejos de haber elaborado una teoría a partir de sus intuiciones; es más, ni siquiera la tenía esbozada, sólo era eso: una intuición. Este escenario conciliaría las dos posturas. En cualquier caso todo indica que a mediados de marzo de 1837 Darwin era ya totalmente partidario de la transformación de las especies.

En julio escribió sus primeras anotaciones sobre El origen de las especies. El cuaderno A lo dedicó a la geología. Los cuadernos B, vinieron otros: C, D, y E abordaban una multiplicidad de problemas relacionados con la transformación de las especies.

Darwin se percató de que diversas cuestiones aparentemente inconexas estaban profundamente ligadas entre sí, tales como: el aislamiento geográfico, la distribución geográfica de las especies (la biogeografía), la importancia de la adaptación al medio, las variaciones que se producían en la descendencia, la transmisión de esas modificaciones y otras cuestiones que configurarían los elementos esenciales de su teoría, los temas a los que dedicaría los siguientes veintidós años. Se trataba de un esfuerzo que culminaría en la publicación de su obra capital: El origen de las especies.

Uno de los temas importantes que había que dilucidar era, precisamente, el poder aclarar cuándo una diferencia, un nuevo carácter, establecía una distinción entre especies y cuando representaba únicamente una variación intraespecífica. Esta cuestión no siempre era algo que resultara fácil de resolver.

(24)

3.6.

La influencia de Malthus.

No cabe ninguna duda de que a Darwin le resultó providencial la lectura del célebre economista político Thomas Malthus. En octubre de 1838, y de un modo puramente casual, le cayó en sus manos el libro que había escrito cuarenta años antes y que se titulaba: Ensayo sobre el principio de la población. En este ensayo Malthus exponía su convencimiento de que la humanidad estaba abocada a una gran crisis debido al aumento exponencial de la población; de seguir creciendo al ritmo que venía haciéndolo preveía que en el futuro no habría alimentos suficientes para todos, por lo que la cantidad de recursos marcaría el límite de crecimiento de la población. La hambruna y la guerra por la posesión de dichos recursos impedirían que la población aumentara más allá de ese límite, y entonces comenzaría la competencia por la supervivencia. A Darwin se le hizo la luz, y en uno de sus cuadernos anotó que en todas las especies nacen más individuos de los que pueden sobrevivir, de modo que, en cierta manera, la propia naturaleza se encarga de seleccionar los que sobrevivirán y los que serán eliminados. La cuestión que había que resolver ahora era ¿cómo resultaba eso posible? Es decir: ¿cuál era el principio que utilizaba la naturaleza para hacer tal selección? También aquí fue la lectura de Malthus lo que le proporcionó la clave: el motor de la evolución era la selección natural. Ahora había que pulir la idea. Dicho de otro modo, se trataba de averiguar en qué consistía la selección natural. ¿Qué es lo que se seleccionaba? La respuesta sería: la selección de las cualidades que facilitaban la adaptación al medio y con ello la supervivencia

En su ensayo Malthus no hablaba sólo de poblaciones humanas, también hacía referencias a poblaciones vegetales y animales, afirmándose que todas las especies tienen la tendencia a procrear más allá de los recursos disponibles, de forma que sólo una parte de la descendencia puede sobrevivir. Darwin acogió estas ideas con entusiasmo ya que encajaban perfectamente en la visión de la naturaleza que estaba naciendo en su mente.

El libro de Malthus, junto con la observación del trabajo que hacían los ganaderos y los granjeros al seleccionar de un modo artificial los caracteres que querían transmitir a sus descendientes, le habían dado la clave para explicar el motor de la evolución que, según Darwin, no era otro que la selección natural de aquellas variaciones producidas al azar que favorecían la supervivencia a través de una mejor adaptación al medio. Un principio que, según Darwin, también gobernaría la aparición del hombre. Éste no habría surgido mediante un acto de creación divina sino que se habría originado por la transformación de otra

(25)

acabaría dando lugar a nuestra especie. Desde luego eran ideas tremendamente explosivas que chocaban frontalmente con el establishment científico, con la fe anglicana tal como era entendida en aquellos momentos y, por consiguiente, con el parecer popular.

Si quería hacer públicos sus pensamientos sin ser objeto de diatribas demoledoras debería de encontrar pruebas extremadamente convincentes, y en esa tarea se embarcó durante décadas.

(26)

3.7.

Las primeras formulaciones.

Ya hemos narrado en otro lugar (Turbon et alt: 2009) el itinerario intelectual de Darwin desde su regreso a Inglaterra hasta la publicación de su teoría de la evolución en 1859, por lo que aquí sólo haremos una breve alusión a ese período.

En la primavera de 1844 Darwin completó un buen resumen de la teoría de la evolución por selección natural. Se trataba de un escrito que ya alcanzaba las 230 páginas y las 52.000 palabras. Era una versión ampliada de su breve esbozo de 1842. Pero todavía no estaba dispuesto a publicar sus opiniones sobre este tema. Solamente se lo dejó leer a su gran amigo Joseph Dalton Hooker.

Hay varias razones por las que Darwin se mostró tan remiso a publicar su teoría de la evolución en esas fechas (Quadmmen, 2008). Una fue el convencimiento del rechazo social que experimentarían sus ideas. Un solo desliz en este sentido y su brillante y prometedora carrera como científico se iría al traste. Otro motivo estaba relacionado con el deterioro de la cuestión social en Londres, y en Inglaterra en general.La publicación de un libro en el que defendiera la transformación de las especies implicaría manifiestamente sostener el rechazo a la creación directa de las mismas por parte de Dios, algo que se podría interpretar como un ataque al orden social clásico, lo que en esos momentos resultaba un tema muy delicado dado lo convulso que estaba el ambiente general. Por otra parte, como buen empirista que era, deseaba fundamentar sus tesis en un gran número de observaciones, así como en datos extraídos de experimentos, por lo que estaba obsesionado con la obtención de una infinidad de testimonios que pudieran avalar su teoría, de modo que decidió embarcarse en toda una serie de trabajos de investigación que llevó a cabo concienzudamente con una meticulosidad extrema. Quería obtener muchas más pruebas para elaborar su presentación de forma que el discurso fuera perfectamente coherente y los razonamientos lograran ser plenamente convincentes. Esto encajaba a la perfección con el carácter de Darwin, al mismo tiempo que le daba algo de tranquilidad, al suponer, no sin cierta ingenuidad, que una exposición impecable de sus razonamientos minimizaría las críticas. Fue por esto que se pasó los siguientes quince años cultivando orquídeas y criando palomas y percebes para encontrar más pruebas a favor de su teoría de la transformación de las especies a través de la selección natural de las variaciones aleatorias surgidas en la descendencia con modificación, sumiéndose en una vorágine de recolección de datos. Después de ocho años

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consagrando su trabajo a los cirrípedos, o percebes, deseaba cambiar de campo, aunque la finalidad era la misma: buscar más pruebas a favor de su teoría. Aunque no todo el mundo lo ve en este trabajo una búsqueda de pruebas; Niles Eldredge, por ejemplo, considera que el estudio pormenorizado de los percebes fue una excusa para no tomarse en serio la idea de publicar inmediatamente sus convicciones sobre la transformación de las especies (Eldredge, 2009: 49).

Lo que hizo a partir de ese momento fue centrarse en la cría de palomas de toda clase. Las cruzaba para fomentar una variedad entre una población o, al revés, eliminar una característica dentro de un grupo mediante la selección de los individuos que dejaba reproducirse. En seguida se dio cuenta de que, a través de la selección artificial, era capaz de originar formas muy divergentes de palomas, con lo que se persuadió de que la naturaleza podía hacer lo mismo, sobre todo contando con mucho más tiempo. Ahora bien, según Niles Eldredge: “el error más grueso de Darwin fue aplicar la selección natural a especies

enteras en el tiempo, en analogía con la selección artificial de los campesinos, los horticultores y los ganaderos, error que se ha perpetuado hasta nuestros días en algunos ámbitos de la biología evolutiva” (Eldredge, 2009: 243).

Otro dato que pudo comprobar con estos trabajos fue que los individuos infantiles, las crías, se asemejaban más a las palomas que daban lugar a una clase nueva (los ancestros de todos los futuros individuos de esa clase) que cuando eran adultos.

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4.

La publicación de El origen de las especies

4.1.

La redacción y publicaciónEl origen de las

especies

Apremiado por el hecho de que un naturalista de clase humilde, Alfred Russell Wallace (1823-1913), había llegado a las mismas conclusiones que él sobre la evolución de las especies por causa de la selección natural de las variaciones surgidas en la herencia con modificación decidió volcarse en la redacción de un texto que recogiera lo esencial de su teoría (cif Turbón et al.: 2009).

El 24 de noviembre de 1859 se publicó la primera edición de El origen de las

especies por medio de la selección natural o la conservación de las razas

favorecidas en la lucha por la existencia en la naturaleza. Tuvo muy buena acogida y bien pronto se convertiría en el libro científico más leído hasta aquel momento, de tal modo que su influencia en el campo de la biología sería decisiva, no sólo a lo largo del siglo XIX sino hasta nuestros propios días; por esto mismo Niles Eldredge ha observado con gran tino que: “la estructura

teórica que Darwin construyó hacia 1859 es tan sólida que no solo convenció a los intelectuales de que las formas vivientes habían evolucionado sino que aún ejerce influencia en los biólogos evolutivos y en cómo enfocan su estudio”

(Eldredge, 2009: 110).

Sin embargo, lla reacción de los intelectuales y del público en general fue muy enérgica. La idea de que todas las especies provenían de otras anteriores hasta llegar a una que fuera la antecesora de todos los seres vivos se interpretó como algo contrario a la Biblia porque significaba que el hombre no había sido creado en su estado actual, sino que descendía de una especie animal; y no había duda de que debía de tratarse de algún primate, con lo que se sintetizó la tesis de Darwin en la frase: “el hombre viene del mono”. De este modo la animadversión hacia la teoría de Darwin estaba servida.

Aunque el naturalista británico no mencionaba para nada al ser humano en esta obra, todo el mundo intuía que en el escenario transformista propuesto Darwin el hombre no ocupaba ningún lugar especial, sino que su origen se vislumbraba tan natural como el de cualquier otro ser viviente, aunque. Darwin había sido siempre especialmente cuidadoso con esto.

El origen de las especies consta de catorce capítulos. En el primero se aborda

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numerosa correspondencia mantenida con otros criadores. En este capítulo, entre otras cosas se habla de la selección artificial y de las causas de la variación intraespecífica. El capítulo segundo trata de lo mismo, la variación dentro de las especies, pero ahora en cuanto que son producidas por la selección natural, con lo que resalta el carácter analógico del primer capítulo. En el capítulo tercero se aborda la lucha por la existencia entre los seres vivientes; es decir, Darwin aplica la doctrina de Malthus al conjunto del reino animal y vegetal. En el capítulo cuarto se analiza la divergencia de la vida y la extinción de algunas especies por causa de la selección natural.

El quinto capítulo trata sobre un tema muy espinoso, el de las leyes de la variación; cabe destacar aquí que Darwin no podía saber cómo se transmitían las variaciones a la herencia. Años después se arriesgaría al proponer una teoría sobre la transmisión de las variaciones favorecidas por la selección natural; pero sin el conocimiento de las leyes de la genética no podría ser sino errónea.

En los cinco capítulos siguientes afronta algunas de las dificultades más importantes en contra de su teoría. Así el capítulo seis trata sobre cómo los organismos sencillos pueden desarrollarse hasta transformarse, con el paso de millones de años, en seres vivientes con órganos muy complejos; con ello Darwin está tocando uno de los temas más actuales y que es el centro del debate entre la teoría del diseño inteligente y la teoría de la evolución darwiniana. En el capítulo siete sigue abordando dificultades contra la teoría. En el octavo habla de las “facultades mentales” de los animales. En el nueve toca los temas de la hibridación, la esterilidad de las especies y la fecundidad de las variaciones cuando se cruzan. En el capítulo diez se analiza la imperfección de los registros geológicos. La precariedad del registro fósil era, sin duda alguna, uno de los temas que más mortificaba a Darwin, pues suponía una seria objeción contra su convencimiento de que la evolución era gradual. El once continúa con el tema. El doce trata sobre la distribución geográfica de las especies, tanto actuales como extintas. El trece es la continuación del anterior. Y el catorce analiza la afinidad mutua de los seres orgánicos, prestando una atención especial a la embriología, la morfología y la existencia de órganos rudimentarios, atrofiados o inútiles. El decimoquinto es el último y se trata de una recapitulación de las objeciones contra la teoría, incluyendo unas observaciones finales.

(30)

4.2.

La esencia de la teoría de la evolución darwiniana.

En El origen de las especies Darwin sostenía que las formas de vida no son estáticas sino que evolucionan; es decir, las especies cambian continuamente con el paso del tiempo, unas se originan y otras se extinguen. Este proceso de transformación de las especies es gradual, pues se desarrolla lentamente de una forma continuada, sin saltos, sin discontinuidades o cambios súbitos. Es lo que se conoce como gradualismo. Por otra parte, los organismos parecidos se hallan emparentados y descienden de un antepasado común. De esta suerte, se puede afirmar que todos los seres vivientes pueden remontarse a un origen único de la vida. Finalmente, para Darwin la selección natural es el principal motor de los cambios.

¿Cómo se produce la evolución de las especies? En primer lugar surge la variabilidad intraespecífica. Los hijos se parecen mucho a los padres, pero no son idénticos a ellos, sino que presentan ciertas diferencias. En general la variabilidad suele ser pequeña e intrascendente, pero en ocasiones aparece una característica nueva que permite que el individuo se adapte mejor a los cambios que experimenta el medio en el que habita. Los mejor adaptados serán los que lleguen en mayor número a la madurez y, por consiguiente, serán los que se reproduzcan en más cantidad, de modo que su descendencia tendrá la variación adaptativa heredada de sus padres, esto es a lo que llamó selección natural. En pocas generaciones y en un determinado nicho ecológico los individuos que tienen esa variante adaptativa que les confiere ventaja en la supervivencia representarán a la mayoría de la especie, hasta que, finalmente, habrán desplazado por completo a los otros. La acumulación de variaciones de este tipo, lo que Darwin llamaba herencia con modificación, llega a dar pie a un conjunto de individuos que ya no pueden aparearse con los de la especie madre, de esta forma se ha generado una especie nueva.

El gran problema que tenía Darwin era explicar cómo se producían esas variaciones. Sin pruebas que avalaran empíricamente una explicación razonable de los mecanismos de herencia de las variaciones adaptativas la teoría de Darwin era un castillo de naipes construido en el aire. Su teoría carecía de una base sólida y él lo sabía, pero no conseguía dar con una explicación verosímil. Sin embargo, y sin que él lo supiera, en un recóndito monasterio cercano a la ciudad checa de Brno, un humilde monje que trabajaba con guisantes estaba a punto de hallar la solución.

En efecto, en 1866 Gregor Mendel (1822-1884) divulgó los primeros trabajos sobre genética. La publicación de los resultados de sus investigaciones se hizo

(31)

en una revista especializada de difusión local, de modo que su trabajo permaneció desconocido hasta principios del siglo XX cuando fue redescubierto, prácticamente de forma simultánea, por diversos investigadores que trabajaban independientemente.

Hoy sabemos que la variación de la que hablaba Darwin se produce por causa de los cambios en las frecuencias de los genes (es decir, por un cambio en la proporción de una variante de un gen particular entre todas las formas alternativas que puede presentar dicho gen) debido a factores tales como: las mutaciones, la reproducción sexual, la recombinación cromosómica u otros.

Según Darwin, las variaciones que se heredarán serán aquellas que favorezcan la adaptación, de modo que es el medio el que, de una forma totalmente inconsciente, selecciona los individuos que sobrevivirán. Fue a esto a lo que Darwin llamó selección natural. Los individuos mejor adaptados, es decir, los que han nacido con modificaciones espontáneas favorables para hacer frente al medio ambiente, son los que van a tener más posibilidades de sobrevivir, de reproducirse y de dejar descendencia con estas ventajas. Dicho de otro modo, toda variación seleccionada positivamente tenderá a propagar su nueva y modificada forma.

La selección es, por consiguiente, la responsable del diseño de los organismos, y actúa de un modo inconsciente, o ciego. Es decir, en el panorama dibujado por Darwin, el orden que observamos en la naturaleza no es el fruto del diseño realizado por un Diseñador Inteligente y trascendente a la naturaleza, sino que es el producto de un sinfín de casualidades. Dicho de otro modo, el azar es quien ha moldeado la naturaleza, de manera que el orden observado en ella sólo es un orden aparente.

En resumen, puede decirse que la teoría de la evolución de Darwin se basa en cuatro ideas fundamentales:

a) Las formas de vida no son estáticas sino que evolucionan. Las especies cambian continuamente, unas se originan y otros se extinguen.

b) El proceso de la evolución es gradual, lento y continuo, sin saltos o cambios súbitos.

c) Los organismos parecidos se hallan emparentados y descienden de un antepasado común. De esta suerte, cabe suponer que todos los organismos vivientes pueden remontarse a un origen único de la vida. Un ser vivo primario que daría lugar al nutrido árbol de la vida.

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d) La selección natural es la clave de bóveda de todo este proceso. En efecto, ella es la encargada de las modificaciones espontáneas que se han producido en los individuos y que representan variaciones favorables para la adaptación del individuo al medio, de modo que le facilita el éxito en la lucha por la supervivencia (selección natural propiamente dicha) o en la competición por el acceso a la reproducción (selección sexual). En el primer caso, los individuos mejor dotados, los que han nacido con modificaciones espontáneas favorables para hacer frente al medio ambiente, van a tener más posibilidades de sobrevivir, de reproducirse y de dejar descendencia con estas ventajas. Aunque Darwin admite que no es el único mecanismo que impulsa la evolución.

(33)

4.3.

La polémica levantada por las tesis de Darwin.

En junio de 1860 la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia organizó su encuentro anual en Oxford. Este año el tema central giraría en torno a la teoría de la evolución de Darwin. Los primeros días las sesiones habían transcurrido de forma anodina. Lo mismo estaba sucediendo el sábado 30 de junio hasta que el obispo anglicano de Oxford, Samuel Wilberforce, tomó la palabra. Había prometido demostrar la falsedad de los argumentos de Darwin y acabar así con su propuesta de que el hombre descendía de otras formas de vida inferiores. La sala estaba abarrotada de gente y todo el mundo tenía ganas de oírle.

Wilberforce era un excelente orador y durante un buen rato estuvo disertando acerca de lo que se decía en El origen de las especies; estaba bien claro que se había documentado sobre el tema, es más, hoy se cree que había sido preparado por el propio Richard Owen (el paleontólogo al que Darwin propuso el estudio de los fósiles de megafauna descubiertos en Argentina). En un determinado momento de su alocución se percató de que en la sala estaba uno de los más fervientes defensores de las ideas de Darwin, Thomas Henry Huxley, quien había conocido a Darwin unos pocos años antes, convirtiéndose bien pronto en el gran paladín de la causa. Al parecer Wilberforce le preguntó con mucha ironía si descendía del mono por parte de su abuelo o de su abuela. Cuenta la tradición que Huxley se irritó mucho y le replicó con energía que prefería tener a un mono por antepasado que descender de una persona que usaba su talento para acabar con la cultura y que ponía sus dotes de orador al servicio de los prejuicios y las falsedades. Hubo clamor en la sala y se dice que una mujer llegó a desmayarse. La defensa acérrima de Darwin le valió a Huxley , quien se autodefinió como “el bulldog de Darwin”.

Después de este incidente Darwin escribió más libros, entre ellos uno aparecido en 1871, y que llevaba por título: El origen del hombre, en el que aplicó la teoría de la selección natural a la aparición del ser humano sobre la faz de la Tierra, sosteniendo de una forma explícita que la humanidad descendía de algún tipo de primate y que las facultades espirituales del hombre, como la inteligencia, habían ido surgiendo progresivamente (lo que hoy se conoce como emergentismo), constituyendo uno de los puntos de conflicto entre la teoría de la evolución y la antropología cristiana. Con esto Darwin rompía de una forma explícita con la visión cristiana del ser humano manifestada en el libro bíblico del

Génesis, en donde se dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de

(34)

El parecer de Darwin no sólo no era compartido por las personas que tenían creencias religiosas, sino que algunos de sus amigos tampoco veían esto así. Por ejemplo Alfred Russell Wallace (quien también había descubierto la teoría de la evolución por selección natural), opinaba que la inteligencia y la voluntad eran facultades espirituales entregadas por Dios al hombre y que no habían emergido de la materia. Ahora bien, entre los mejores amigos de Darwin también los había que no tenían problemas en compatibilizar sus creencias religiosas con el convencimiento de que Dios no había creado las especies fijas e inmutables a partir de un único acto. Entre esos amigos se pueden citar Henslow, Asa Gray o Georg Mivart.

(35)

5.

El debate ideológico posterior.

5.1.

En busca de más pruebas.

Tras la publicación de su obra principal, Darwin dedicó una atención especial a la botánica. No es que perdiera el interés por el estudio de la transmutación de las especies, sino que se centró en el análisis de las plantas para poder encontrar allí más pruebas a favor de sus tesis. Por su edad, por su salud y por sus circunstancias familiares hacía décadas que ya no estaba en condiciones de viajar en busca de fósiles que pudieran corroborar su teoría. Sin embargo, las plantas era algo que podía controlar en su jardín y en su invernadero.

Entre sus nuevos estudios destacan los realizados con orquídeas. El trabajo llevado a cabo con estas plantas le permitió publicar en 1862 un libro sobre ellas titulado: La fecundación de las orquídeas.

Es muy importante destacar que Darwin no eligió las orquídeas por casualidad; sino porque, dada la belleza de estas plantas, eran consideradas como una de las obras más sublimes salidas directamente de la mano del Creador. Después del revuelo levantado tres años antes por El origen de las especies, este nuevo texto parecía mucho más inocente, ya que trataba sobre las distintas estrategias que tienen las orquídeas para ser fecundadas por los insectos, y no parecía abordar la teoría de la evolución. Pero, en realidad, lo que Darwin pretendía mostrar con este libro era que su teoría se podía aplicar incluso a esta clase de plantas, consideradas por su belleza la obra más majestuosa del Creador. Así, en una carta que escribió, el naturalista dijo de su libro sobre la fecundación de las orquídeas que procuraba ser una “carga de flanco contra el enemigo”; es decir, que pretendía tratar el tema del aparente diseño que se observa en la naturaleza para encontrar argumentos que fortalecieran su posición y debilitaran la de los creacionistas fijistas. 1875 publicó un nuevo libro que ahondaba en este tema y que llevaba por título: Los movimientos y costumbres de las

plantas.

En 1868 publicó: La variación de los animales y las plantas bajo

domesticación. En esta obra Darwin hace suya por primera vez una expresión

que había acuñado el filósofo Herbert Spencer, nos estamos refiriendo al término: “supervivencia de los más aptos”, idea que incorporó a la quinta edición de El origen de las especies, que apareció en 1869.En El origen de las

especies la incorporaría en la quinta edición, que apareció en 1869.

(36)

selección natural, también esboza una teoría sobre la herencia de los caracteres. Uno de los reproches que se le hacía a la teoría de la evolución darwiniana era, precisamente, que no explicaba los mecanismos de transmisión de las variaciones; en el libro de 1868 Darwin propone que en los órganos genitales de los animales se encuentran una serie de partículas del cuerpo, gémulas, que se transmiten a la descendencia. Se trataba de una teoría errónea, tal como había demostrado, en su trabajo publicado dos años antes, el monje Gregor Mendel, aunque sus investigaciones sólo serían reconocidas universalmente a partir de 1900, por lo que en aquel momento dicha solución acertada a la cuestión de la transmisión de los caracteres y las variaciones le permanecía totalmente desconocida a Darwin.

(37)

5.2.

La teoría de la evolución y el origen del hombre.

En 1871 aparecía El origen del hombre y la selección en relación al sexo; en donde, por primera vez, aplicaba de forma explícita su teoría de la evolución por selección natural al ser humano, defendiendo que África debía de ser la cuna de la humanidad, puesto que allí se encontraban los seres vivientes más parecidos a los humanos, naturalmente se estaba refiriendo a los grandes antropomorfos africanos (los gorilas y los chimpancés). No sostenía que los humanos actuales procediéramos de alguno de estos simios, sino que ellos y nosotros debimos tener un antepasado común, que habitó en África central u oriental, a partir del cual divergieron las líneas evolutivas que condujeron hasta los representantes actuales de los tres grupos.

Fue en este libro en donde Darwin utilizó por primera vez el término evolución en su sentido actual. Hasta entonces había usado los vocablos transformación o transmutación de las especies para referirse a lo que hoy llamamos evolución. Aunque el libro está dividido en tres partes, en realidad versa sobre dos grandes temas: por un lado enfoca el estudio del origen del hombre como si fuera una especie animal más; por otro, trata sobre la selección sexual. Esta cuestión, a su vez, se divide en dos apartados, correspondientes a la segunda y la tercera parte del libro, abordando en una la selección de los caracteres sexuales de uno de los sexos en función de las preferencias del otro en los animales, y en la otra hace lo mismo pero centrándose en el hombre.

En este trabajo Darwin había decidido azuzar nuevamente el fuego de la polémica al prescindir de todos los rodeos tomados hasta la fecha y afirmar de un modo claro y rotundo que todas las cualidades consideradas hasta entonces como exclusivamente humanas, tales como la inteligencia, el lenguaje o la moral, también habían surgido gradualmente por selección natural. Esto significaba que la diferencia entre el hombre y los animales era sólo cuantitativa y no cualitativa. Fue precisamente, en este punto, donde tuvo las mayores discrepancias con su buen amigo Alfred Russell Wallace, ya que éste opinaba que no todo en la naturaleza podía ser fruto de la selección natural. En su opinión las cualidades propiamente humanas habían sido creadas por Dios, un parecer que también compartía Henslow. A Darwin le preocupaba esta postura de Wallace y por ello le rogaba que no matara a su hijo en común, refiriéndose a la selección natural. Para sorpresa del propio Darwin, a pesar de su planteamiento materialista tan explícito, este libro despertó mucho menos revuelo que el publicado en 1859. Sin duda, la sociedad se había ido acostumbrando a la idea de la evolución de las especies y a la consideración de que el hombre, desde el punto de vista

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biológico, no era una excepción. De este modo las críticas que recibió no fueron tan virulentas como las acaecidas doce años antes.

Referencias

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