Estafar, vagabundear, conspirar : la poética de la marginalidad en Arlt y Filloy = Cheating, roaming and plotting : poetics of marginality in Arlt and Filloy
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(2) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. ¿Dónde se ha visto que los hampones velen por el prestigio social? Juan Filloy ¿Quiénes van a hacer la revolución social sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? Roberto Arlt. Introducción En Le plaisir du texte, Barthes propone un concepto de intertextualidad centrado en las conexiones que el lector establece a partir de su propia experiencia. Estas ideas resultan pertinentes a la hora de abordar el vínculo entre los autores argentinos Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) y Juan Filloy (Córdoba, 1894-2000). En la década de los 30, el cordobés redacta ¡Estafen!, Op Oloop y Caterva, tres insólitas novelas cuya novedad se articula en principios también centrales para la obra arltiana. Así, ambos deciden cuestionar la categoría clase, moderna herramienta de organización social que en sus textos perderá toda transparencia, revelándose mapa de múltiples direcciones y oscuros recovecos. En concreto, y por diversos motivos que mencionaremos, parece fascinarles el colectivo pequeñoburgués, cuyo potencial como agente transformador constituirá motivo recurrente. Tal escenario reflexivo conduce a problematizar los conceptos verdad, ley y justicia, tarea deconstructiva que procede por resemantización de principios jurídico-morales como crimen y marginalidad. A partir de aquí, se revisa la naturaleza y funcionalidad del relato utópico, clave en la episteme moderna1. Estas asociaciones, no obstante, pertenecen al lector, pues Filloy rechazó cualquier conexión con el autor porteño. Al respecto, resultan explícitas sus declaraciones a Mónica Ambort: “[Roberto Arlt] no me agrada, lo he leído poco” (112). Este artículo persigue demostrar cómo en materia genealógica las negaciones de un escritor pueden resultar más importantes que sus afirmaciones.. 1 Nuestra. noción de utopía maneja dos líneas complementarias. En primer lugar, consideramos el principio occidental de tiempo progresivo, que implica conceder cada vez mayor importancia al futuro, entendido como escenario de lo todavía no realizado. A tal dinámica añadimos el escepticismo científico, que promueve opiniones secularizadas de lo real. Tal como explica Ernst Bloch, entre ambas directrices surge un utopismo de naturaleza socioreligiosa que permite al individuo moderno asumir responsabilidades antes propias de Dios. Así, en vez de no-lugar, la utopía moderna constituye espacio aún ilocalizable, tierra prometida que podrá alcanzarse invocando la lógica de avance. De hecho, puede construirse según métodos científicos, ya que, en última instancia, se trata de proporcionar herramientas necesarias para alcanzar ciertas condiciones materiales y epistemológicas.. ■ 60.
(3) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. En el ojo del huracán: Arlt y Filloy como emblemas de modernidad periférica Para Ana María Zubieta, la escritura arltiana “cierra toda una línea narrativa que se empezó a esbozar en el ochenta y que él se encarga de liquidar para abrir otra: la línea del desarraigo con matices metafísicos de Adán Buenosayres o de Rayuela” (113). Graciela Tomassini aplica tal idea al vínculo Arlt-Filloy, subrayando el principio combinatorio que define ambas escrituras: Esta síntesis de lo trágico, lo cómico, lo irónico y lo grotesco es la que Arlt opera […] como introito a una nueva cultura de la narrativa […] los mismos elementos combina la textualidad filloyana, pero en proporción distinta, desde otros circuitos de lectura y producción, con efectos diferentes. Sin embargo, tanto como la de Arlt, su escritura testimonia un cambio de paradigma estético (86). Tal cambio puede considerarse parte del fenómeno que Beatriz Sarlo denomina “modernidad periférica”. Esta categoría permite analizar escenarios signados por el conflicto en un periodo de inabarcable “densidad semántica” y profundas transformaciones socio-económicas. Al respecto, la autora percibe una clara coexistencia de “elementos residuales” y “programas renovadores”. Los primeros traducen gestos defensivos, invocando “rasgos culturales de formación criolla”; los segundos implican “un proceso descomunal de importación de bienes, discursos y prácticas simbólicas”. En efecto, mientras el centro rector perpetúa esquemas tradicionales, diversas modernidades en pugna e incompletas presionan desde los márgenes. A partir de aquí, el campo intelectual se revela como trama de “elementos contradictorios”, erigiendo la cultura argentina en sistema de mezcla (29). Este principio permite ofrecer variadas respuestas intelectuales a la dialéctica centro-periferia. En el caso de Arlt y Filloy, hablamos de una síntesis compleja e inestable, no siempre legible para los contemporáneos o las generaciones posteriores, pues tanto modelos canónicos como discursos en formación constituyen objeto de homenaje y parodia. Tal operación resulta en gran medida posible por la intervención del grotesco, “aspecto de plural riqueza interpretativa” que, según Zubieta, permite “unir lo que aparece fragmentado, disperso” (99). El manejo de tal categoría como principio aglutinante de elementos en conflicto permite a estos autores reescribir y cuestionar modelos fundamentales para la literatura argentina de los 30. Semejante tarea configura su poética de la marginalidad, programa creativo que, según Sarlo, resulta clave en el surgimiento de modernidades literarias. Hablamos de un sistema que tematiza las orillas sociales desde novedosas perspectivas, pues tales escenarios ya no constituyen “el lugar literario de los Otros, considerados como pura ajenidad” o “como amenaza al orden social” (180). Así, prescindiendo de tintes moralizantes o costumbristas, la periferia moderna presenta alteridades “que pueden configurar un nosotros con el yo literario de poetas e intelectuales” (Ibid.).. 61 ■.
(4) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. En nuestro caso, los principios de margen y ajenidad proporcionan herramientas de análisis sociológico. En concreto, Arlt y Filloy se sumergen en la frágil ontología de colectivos pequeño-burgueses condicionados por su ideología de medro y origen foráneo. Estos personajes exhiben índices de otredad en similar medida elegidos e impuestos, paradójica condición que permite investigar su potencial como agentes de cambio y utopía. A partir de aquí, se consigue cartografiar una realidad convulsa, sometida a diversas dinámicas de hibridación, movilidad y metamorfosis.. El discreto encanto de la burguesía: la clase media como identidad y diferencia Según Beatriz Pastor, “pequeño-burgués e hijo de inmigrantes son los dos términos que definen la pertenencia de clase de Roberto Arlt” (Roberto Arlt y la rebelión alienada 7). Tal caracterización puede también aplicarse a Filloy, hijo de gallego y francesa. La experiencia que ambos tuvieron de su origen fue diferente, como también lo son los personajes que representan a la clase emigrante en sus obras. No obstante existen interesantes coincidencias que permiten articular una reflexión unitaria. En su biografía y narrativa, el mito del self-made man constituye pieza clave, por lo que puede afirmarse que estos autores manejan idéntico patrimonio epistemológico. En efecto, ambos hablan en burgués, idioma oficial de la cosmovisión moderna que cancela todo criterio de identidad o permanencia para exaltar lo dinámico y proteico. El vínculo modernidadburguesía resulta, en este sentido, innegable, pues semejante culto al modo de hoy debió ser forjado por un colectivo que, como establecen Marx y Engels, “no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción […] y con ello todas las relaciones sociales” (Manifiesto comunista 25). Tal capacidad transformadora se extiende también a esferas simbólicas, pues la clase media neutraliza apriorismos auráticos, descartando nociones de excelencia espiritual o genética. Surge de aquí una fórmula ontológica que identifica ser y tener, estimulando ideologías de medro o ascenso social. No obstante, trasladados a la praxis vital, estos fundamentos teóricos pierden toda transparencia. Lejos de constituir colectivo homogéneo, la burguesía se estructura en nuevas jerarquías, gestando formas propias de control y diferenciación social. Recordemos que su particular relato emancipatorio invoca la razón, instrumento crítico universal que depurará toda sociedad de escorias míticas, neutralizando desigualdades e injusticias. Ahora bien, la episteme triunfante impone como medida de lo real cierto sujeto colectivo no menos ficticio que sus predecesores. De hecho, mediante alianzas con elites preexistentes, determinados sectores acaparan los órdenes material o simbólico, fraguando un modo institucional de ser burgués y moderno. Adorno y Horkheimer denuncian tal fenómeno en su Dialéctica de la Ilustración, introduciendo el concepto de “razón instrumental”. Ésta ya no pretende explicar lo real, sino imponer patrones clasificatorios reprimiendo la natural tendencia del individuo a la felicidad. El principio taxonómico, fundamento de las ciencias naturales, organiza ahora las disciplinas humanas, reificando la praxis cotidiana.. ■ 62.
(5) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. Este racionalismo instrumental genera ficciones de homogeneidad, anticipándose a todo índice de alteridad o disidencia. Semejante capacidad difumina la considerable distancia existente entre lo real y su cobertura simbólica. Lo cierto, no obstante, es que para salvaguardar su preeminencia, el grupo dominante impone un complejo sistema de barreras y niveles sociales, controlando el acceso a bienes reales y culturales. Llegados a este punto, debemos centrarnos en los escaños intermedios de tal estructura, esquivando binomios emblemáticos como patricios-plebeyos o burgueses-proletarios. Dicho de otro modo, nuestro interés se refiere a ciertos colectivos imbuidos de valores burgueses, cuyo acceso al patrimonio de clase resulta, sin embargo, limitado. Estas dinámicas obsesionan a Arlt y Filloy, empeñados en diagnosticar los síntomas de la esquizofrenia pequeño-burguesa, trastorno inherente a quienes esgrimen su derecho a medrar pero ven cualquier esfuerzo cercenado por el mismo sistema en que se reconocen. En este sentido, los narradores argentinos plantean interrogantes similares a los formulados por Walter Benjamin en su ensayo “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica”. Un dilema clave pasa por establecer la capacidad del orden rector para preservar sus fronteras impulsando al tiempo mecanismos de libre mercado y reproducción en serie, así como valores de movilidad social. Parece ingenuo suponer que, viéndose privada de ciertas competencias materiales y simbólicas, la pequeña-burguesía aceptará, sin más, su posición subalterna. Semejante idea sugiere niveles de pasividad que contradicen la proverbial condición emprendedora de este colectivo. Recordemos, además, que, por naturaleza, el ser burgués tiende a moldear toda realidad a su imagen y semejanza. Por todo ello, debemos esperar diversos gestos y operaciones transgresoras: los colectivos medios no se resignarán al ritmo impuesto por la razón institucional, sino que diseñarán mecanismos propios para desplazarse en la estructura socio-económica. Al tiempo, se erigirán en narradores de relatos emancipatorios, operando constantes resematizaciones de lo establecido. Tales nociones resultan fundamentales para desenvolverse en los universos arltiano y filloyano. Sus personajes se han modelado conforme a ese yo racionalista-burgués, cuyos valores sintetiza Matei Calinescu: La doctrina del progreso, la confianza en las benéficas posibilidades de la ciencia y la tecnología, la preocupación por el tiempo (un tiempo mensurable, un tiempo que puede comprarse y venderse y tiene, por lo tanto, […] un equivalente calculable en dinero), el culto a la razón, el ideal de libertad dentro del marco de un humanismo abstracto, además de la orientación hacia el pragmatismo y el culto de la acción y el éxito (56). En algún momento, no obstante, experimentan una suerte de revelación, reconociendo la utopía burguesa como mero sistema de mutuas contraprestaciones. Ello genera insatisfacción y resentimiento ante un orden en teoría móvil y autocrítico que, sin embargo, impone insalvables muros a sus anhelos.. 63 ■.
(6) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. La lógica vital impuesta por el racionalismo de medios se revela alienante, estática y deshumanizadora, manifestando mecanismos de control ocultos tras las promesas de éxito y ascenso. Ansiosos por huir de la vida puerca, estos individuos emprenden una relectura transgresora que afecta a diversos niveles del pensamiento institucional. No obstante, tales intentos revelarán ontologías fracturadas, incapaces de eludir ciertos apriorismos burgueses incrustados en su episteme. De ahí que, por encima de todo, piensen y actúen en términos destructivos. Por otra parte, el resentimiento de estos personajes posee claros matices individualistas, circunstancia inherente a una constitución burguesa. De hecho, la clave de su insatisfacción debe rastrearse en una profunda conciencia de superioridad: sintiéndose únicos, les resulta inasimilable que semejante excelencia no encauce las promesas de éxito difundidas por el sistema. Éste debería proteger a los suyos, pero se limita a perpetuar jerarquías injustas, prescindiendo de sus mejores descendientes. Tal abandono se recibe como ofensa personal, obstaculizando toda relación especular con los otros. Así, queda descartada la posibilidad de un nosotros fundamentado en nociones de solidaridad o conciencia colectiva. Por ello, su particular incomodidad busca desenvolverse en escenarios que no amenacen la absoluta preeminencia del yo. Privilegiado en este sentido resulta el lumpen, entendido como margen absoluto, ajeno tanto a modelos institucionales como a sistemas críticos que impliquen algún tipo de gesto colectivo. En las orillas cada individualidad vive por y para sí misma, mimando su fragilidad. Por tanto, los personajes de Arlt y Filloy abandonan un sistema-engranaje para sumergirse en territorios donde conflictos y fracturas individuales se erigen en poder omnímodo. Dicho de otro modo, aprenden a ser otros en espacios donde la alteridad constituye único valor seguro, neutralizando toda pretensión por constituir identidades rectoras. En este sentido, su protesta suele consistir en conductas peligrosas, que amenazan el orden sin implicar voluntad alguna de transformarlo: estafa, asesinato, prostitución, terrorismo o traición constituyen acciones puras, que fascinan por su naturaleza catastrófica. Pastor define tal forma de rebelión como alienada. Según ella, el drama pequeño-burgués se explica como disociación entre interior y exterior, es decir, personalidad auténtica y personalidad social. Así, el trauma esquizofrénico se origina al tomar conciencia del “divorcio” existente entre “los valores reclamados por la pequeña burguesía y su realidad” (81). A partir de aquí, el ingreso al margen “no se presenta como solución a una situación determinada, sino como la constatación de esa falta de solución” (80), pues “el personaje entrado al lumpen participará de un sistema de valores que se define por simple inversión de los valores de clase” (81). Tal opción se explica porque todo conflicto social se reescribe como fatalidad existencial. Esta no admite racionalización alguna, por lo que elude cualquier análisis en términos materiales, limitándose a imponer su reino de oscuridad y barbarie. En este sentido, observa Donald Shaw que, pese a la. ■ 64.
(7) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. innegable raíz socio-económica de sus problemas, estos personajes “están obsesionados no por la necesidad de solidarizarse con el proletariado, ni por su compromiso con la revolución, sino por la angustia metafísica”. Se impone, en definitiva, la búsqueda “de una solución individualista, moral o espiritual, a lo que es esencialmente un problema colectivo y material” (Nueva narrativa hispanoamericana 26). Por tanto, cualquier intento por escapar a una praxis reificada debe explicarse en términos subjetivos. Un claro ejemplo lo constituye el desenlace de El juguete rabioso. El acto de delación permitirá a Astier ingresar en el sistema, poniendo fin a un largo itinerario de humillaciones. Pero a diferencia de lo que sucede en El Lazarillo, Silvio no acata el designio ignominioso por motivos sociales sino metafísicos: “Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta dentro, de hacer alguna infamia, yo que sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre… […] Es así. Se cumple con una ley brutal que está dentro de uno. […] Se cumple con la ley de la ferocidad” (Arlt, El juguete rabioso 236-237). Silvio desea ser “hermoso como Judas Iscariote”, lo que invalida el esquema de causalidad realista, orientado al restablecimiento del orden oficial. Así, según Rita Gnutzmann, la delación del Rengo debería justificarse en la “necesidad de distinguirse, […] de ser admirado, de evitar la monotonía y la mediocridad”: ante “el absurdo de la muerte” surge la necesidad de “prologarse, de no morir sin dejar huella”, aunque no quede mejor opción que asumir la ignominia como estandarte (El juguete rabioso 38). También los personajes filloyanos huyen de la vida gris buscando aventuras: el Estafador deja un puesto como gerente de banca y los catervarios “Longines”, “Fortunato” y “Lon Chaney” cambian sus obligaciones de criptógrafo, banquero y padre de familia por una existencia mendicante2. Op Oloop, por su parte, exhibe una evidente angustia por la medianía que genera la necesidad metafísica de ser mediante un acto puro. El estadígrafo se quita la vida porque ha perdido la confianza en el método y le resulta imposible convivir con una realidad no reductible a categorías lógicas. En estas condiciones, sólo arrojarse al vacío dará sentido a una existencia cuya clave sintetizan los cuatro ceros de su nombre y apellido, “el juicio puesto por el destino a los cuatro afanes cardinales de su vida: libertad, trabajo, cultura, amor” (Filloy, Op Oloop 265). Para constatar mejor estas ideas nos centraremos en cuatro ámbitos que, a nuestro juicio, ejemplifican los mecanismos epistemológicos y conductuales de estos personajes: relación con los ideales de éxito social y monetario, uso del saber científico, estafa al orden establecido y articulación de programas emancipadores.. 2 En. este sentido, comparten con los tipos arltianos una clara fascinación por mitos populares de coraje y marginalidad: bandoleros, gangsters y justicieros enmascarados legitiman su aspiración de convertirse en héroes anti-sistema.. 65 ■.
(8) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. Money makes the world go round: la obsesión monetaria Según Flora Guzmán, las novelas de Arlt erigen el dinero en motivo fundamental, caracterizándolo como “fuente de deseo y angustia”. Tal línea temática debe considerarse fiel reflejo de la crisis social que el país atraviesa, pues los descendientes de la inmigración comienzan a dar forma a una clase media en ascenso que pugna por su porción de prosperidad. El lema tener es poder constituye un dictado angustioso, pero se asume como promesa de felicidad porque “en definitiva, para la clase media, el dinero, ‘la plata’, es el símbolo del triunfo, del poder y, en consecuencia, lo que da sentido a sus vidas. No lograrlo es la ratificación del fracaso, la impotencia. Por eso importa tanto” (49-50). En definitiva, hablamos de un problema “profundo, esencial” (49), que los impulsa a desafiar la lógica del sistema clasista para evitar esas humillaciones que el capitalismo reserva a quienes empiezan desde abajo. De nuevo, el conflicto se explica por disociación entre realidad y formas simbólicas. El sistema liberal se fundamenta en la ecuación ser=tener, alimentando ideologías de libre acceso a bienes materiales y simbólicos. Al tiempo, no obstante, genera poderosos diques de contención: inocula la sed capitalista en cada individuo, pero sólo permite a unos cuantos privilegiados saciarla. Extraídos de sectores medios, los personajes de Arlt y Filloy no escapan al lenguaje oficial de una época en que, como ya percibió Balzac, “el dinero domina las leyes, la política y las costumbres”. En este sentido, sus aspiraciones coinciden con las apuntadas por el francés como inherentes a la mentalidad burguesa: “llegar […] al paraíso terrestre de los placeres […], petrificar el corazón y macerarse el cuerpo para obtener posiciones transitorias” (82). Así, según Sarlo, los personajes arltianos como Astier o Erdosain están obsesionados con la idea del “batacazo”, ese triunfo que “proporciona, de un solo golpe, fama, mujeres y dinero” (57). En Caterva la obsesión monetaria encarna en Fortunato, caricatura del hombre de éxito que rechaza el idealismo de sus compañeros afirmando el poder omnímodo del capital: Ustedes son los bichos. Ustedes: los que discuten. Yo no comulgo con nada. Ni comunismo, ni fascismo, ni anarquismo. Prejuicios modernos. […] El dinero sirve para esto: para adular el oído y el estómago. Para halagar la vista y el cerebro. El dinero alcanza su plenitud cuando se lo recibe, no cuando se utiliza. Yo que he llegado de financista a pordiosero afirmo que la limosna es el gran evangelio del mundo (Filloy 81). En definitiva, y como subraya Guzmán, para estos personajes el verdadero placer reside en “fantasear que se puede crear, incesantemente, dinero” (49). El propio sistema ha incrustado tal noción en su episteme, por lo que cualquier otro dictado debe asumirse como antinatural, estrategia diseñada por los poderosos para salvaguardar ciertas posiciones. Así se revela la. ■ 66.
(9) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. perversidad de ideales como el ahorro, obsesión improductiva que, según el Estafador, genera miseria existencial: El ahorro es un sport inútil […] Podrá complacer al misántropo que respira fatigosamente la animadversión de todos, pero nunca al ser íntegro que disfruta de la vida en la tranquila comunión de sus sentimientos y facultades... Ahorrar por ahorrar tiene una importancia moral tan ridícula que, en una sociedad bien constituida, merecerá como pena correlativa la confiscación del caudal en pro de un beneficio colectivo (Filloy, ¡Estafen! 104-105). Dado que sólo el dinero proporciona felicidad y status, su búsqueda legitima cualquier conducta. En este sentido, y llevando al extremo la lógica capitalista, los catervarios reinterpretan el verbo mendigar. En todo sistema de mercado, el objetivo final pasa por enriquecerse de forma expeditiva, minimizando gastos materiales y humanos. De acuerdo con tales parámetros, el linyera constituye empresario perfecto, pues jamás compromete su propio capital. Así, elude el sistema de contraprestaciones, comerciando con principios emocionales o religiosos. En palabras de los personajes filloyanos: […] nuestro modus operandi no consiste en pedir. Nadie mendiga. Extendemos el brazo y nos concretamos a recibir. […] El que da es porque tiene algún remordimiento que eludir, alguna ignominia que vencer, algún robo que disimular con la limosna […] no existe una palabra adecuada para los que industrializamos la compasión ajena presentando una copia vívida de la infamia general (Filloy, Caterva 82-83). Por supuesto, la necesidad de realización personal también justifica conductas delictivas, tal como explica el Estafador: La delincuencia es un modus vivendi como otro cualquiera. Pero mejor que muchos. El “trabajo honrado” fastidia por su monotonía y cansa por su continuidad. Mis ocho años de banco lo demuestran. Eso de contar el dinero ajeno, eso de cobrar los pagarés extorsionados del prestamista, eso de llevar la cuenta corriente del acaparador […] En el delito rara vez hay relajación de músculos por la fatiga o depresión del espíritu por el dolor. Lo imprevisto y el riesgo son los factores de su vitalidad (Filloy, ¡Estafen! 11-12). En definitiva, el capitalismo promueve dinámicas de enriquecimiento que, pretendiéndose democráticas, sólo funcionan en casos ya previstos. Confiados, sin embargo, en la bondadosa racionalidad del sistema, personajes como el Estafador, Erdosain o los catervarios han consagrado su existencia a ocupar un lugar respetable en la estructura laboral. Allí, la presunta lógica de medro termina por revelarse promesa ilusoria. Ello justifica su ingreso al lumpen,. 67 ■.
(10) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. pues, en tanto inversión de valores burgueses, tal espacio permite alcanzar la anhelada fortuna eludiendo toda jerarquía o imposición alienante.. La verdad os hará libres: el conocimiento como herramienta transgresora En los grandes relatos realistas, conocimiento científico y razón funcionan como principios de autoridad: organizan lo narrado, explican cada conflicto y permiten restablecer el orden. En Arlt y Filloy el saber científico también ocupa lugar destacado, aunque su sentido y funcionamiento resultan muy diferentes. Como hijos de su tiempo, ambos experimentan fascinación y vértigo ante las inmensas posibilidades abiertas por la ciencia, poderoso instrumento de cambio. Sin embargo, entienden que ninguna transformación revolucionaria se producirá mientras el centro rector controle toda esfera epistemológica. Por ello, en sus obras los usos canónicos de la ciencia suelen encarnar valores negativos, constituyendo mero engranaje en la superestructura de control erigida por el racionalismo instrumental. Dicho de otro modo, a sus ojos, los saberes oficiales no resuelven conflictos metafísicos o injusticias socio-económicas, sino que trabajan por perpetuarlos. Ello cuestiona la doctrina burguesa de progreso, alentada por una fe absoluta en los efectos positivos del avance tecnológico. Veamos cómo tales ideas se materializan en el plano literario. Los personajes poseen un alto concepto del saber, pero fracasan cuando intentan hacer valer su inteligencia y preparación en ámbitos oficiales. Astier, por ejemplo, pierde su trabajo en la escuela de aviación por un lapidario motivo: “Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo” (Arlt, El juguete rabioso 178). De igual modo, las habilidades matemáticas condujeron a Op Oloop a un macabro destino en la American Graves Registration Service: identificación y recuento de soldados norteamericanos muertos en la Guerra Mundial. Ello conduce a postular usos transgresores del saber, que, en estas obras, proporcionarán fundamento a conductas marginales: el terrorismo (los catervarios), la estafa (el Estafador), el robo (Astier) o la conspiración para erigir un estado fascista (el Astrólogo). Tal suerte de crímenes científicos se asume, en última instancia, como alternativa legítima frente a un sistema deshumanizador que también invoca criterios racionales como fundamento. Sin embargo, en estos mecanismos disidentes vuelve a delatarse la condición pequeño-burguesa. Destacaremos aquí dos elementos que nos conducen a tal conclusión. Para estos personajes la ciencia constituye, ante todo, praxis generadora de beneficios materiales: les interesa en la medida que pueda contribuir a concretar sus fantasía de fama, poder y fortuna. No obstante, el propio sistema limita su acceso a esferas simbólicas, pues la alta burguesía procura reservarse ciertos ámbitos de saber. Reaparece, por tanto, el divorcio entre realidad e ideología: los personajes precisan cierto patrimonio intelectual para mejorar sus condiciones reales, pero sólo. ■ 68.
(11) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. pueden acceder al conocimiento de forma incompleta. Sus mecanismos de aprendizaje reflejan tal déficit, lo que muchas veces confiere carácter paródico a sus brillantes ideas. Al respecto, constituye magnífico ejemplo Astier, que devora manuales pseudocientíficos para convertirse en famoso inventor. En otros casos, los personajes exhiben auténtica genialidad, pero sus delirantes proyectos suelen encubrir gestos individualistas de poder y autoafirmación. Ya dijimos que estos individuos mantienen una fuerte conciencia de superioridad. En este sentido, su patrimonio intelectual se traduce en prejuicios elitistas, alentando similar desprecio por burguesía y proletariado. Así, el mito del superhombre subyace en personajes como el Astrólogo, Astier, Op Oloop o el Estafador: ególatras y escépticos, desprecian la mediocridad de la raza humana, considerando su inteligencia único agente de cambio3. En definitiva, estos individuos reescriben el arquetipo cirujano de hierro, considerándose legitimados para transformar lo real. El yo, su capacidad de acción y decisión, constituyen, así, únicas claves existenciales, descartando cualquier dinámica colectiva. Dicho de otro modo la ciencia fundamenta relatos concebidos para emancipar a cada narrador, nuevo semidiós que reorganizará el mundo a su imagen y semejanza. Tal planteamiento puede explicarse como objetivación del resentimiento pequeño-burgués. Por otra parte, ese saberse excepcional constituye, ante todo, fuente de angustia, lo que también impide articular la competencia simbólica en una praxis emancipadora. Lejos de estimular ansias transformadoras, la capacidad para ver mejor o más allá incrementa el desasosiego metafísico a niveles paralizantes. Al respecto, ofrece buen ejemplo Op Oloop, personaje que, según Tomassini, evoca de manera clara las teorías sarmientinas, encarnando un tipo cultural de raigambre pequeño-burguesa: “el hombre que se hace a sí mismo, el hijo de su propio esfuerzo, el que se proyecta sobre su propio origen y medio en virtud de la disciplina, el método y la voluntad de modelarse como ejemplo viviente para los demás hombres” (82-83). Sin embargo, este inmigrante de elite exhibe índices de fractura y desequilibrio que lo inhabilitan como instrumento civilizador. En este sentido, destaca el motivo de su peregrinaje, pues Op Oloop tuvo que abandonar Finlandia al fracasar la sovietización, proyecto nacional en que había depositado toda su confianza. Así, desconsuelo y escepticismo impiden trasladar a Argentina cualquier voluntad de intervención social, convirtiéndolo en contracara del sueño sarmientino: el estadígrafo constituye emblema de progreso y refinamiento intelectual, pero sus conflictos interiores lo paralizan como agente utópico. De hecho, Op Oloop se limita a utilizar su privilegiada inteligencia como armadura frente a la realidad, ente extraño y agresivo4.. 3 De. ahí la afirmación del estadígrafo: “Soy, pues, un Hombre, con hache mayúscula, no un juglar ortodoxo que hace acrobacias en la barra de esa H” (Filloy, Op Oloop 171). 4 En este sentido, no se encuentra tan lejos del Astier arltiano. Aunque con escenarios y actores distintos, ambas novelas presentan un descenso a los infiernos que conduce al suicidio, físico en el caso de Op Oloop y moral en el de Silvio. Angustia existencial y con-. 69 ■.
(12) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. No obstante, el uso subversivo del saber incluye otras posibilidades. Así sucede en las novelas filloyanas, cuyos personajes, dotados de profunda erudición, reivindican el delito como respuesta legítima a la inmoralidad institucional. Para Sandra Gasparini, por ejemplo, el “tono” de ¡Estafen! está muy próximo al de la novela de tesis: la obra plantea una “problematización de lo real y un enjuiciamiento a la civilización occidental” que se presenta como “verdadera estafa” frente al protagonista, único “evadido de ese fraude”(11). Esta idea nos permitirá plantear un nuevo ámbito de análisis.. ¡Estafen!: la trampa como sistema y el sistema como trampa Arlt y Filloy se reconocen en cierta tradición picaresca, asumida como modelo escritural periférico. En efecto, tal categoría confiere visibilidad al margen social, atalaya privilegiada para rastrear hipocresías e incoherencias institucionales. Este fundamento queda enriquecido por la peculiar configuración social de sus personajes. El burgués lumpenizado se distingue por una suerte de bilingüismo simbólico: conoce bien su dialecto de clase, pero, al marginalizarse, aprende un lenguaje otro, fundamentado en mecanismos de inversión. Por ello, estos personajes resultan idóneos para hacerse con las armas del enemigo, reinterpretando el discurso oficial en sentido perverso. Dicho de otro modo, la doble competencia permite leer al revés, capacidad fundamental para problematizar nociones establecidas de razón, verdad, ley y justicia. Al respecto, constituye magnífico ejemplo ¡Estafen!, donde los modelos económico y jurídico devienen acusados en un simbólico juicio, paralelo al proceso real que enfrenta el protagonista delincuente. Éste asume su propia defensa invocando la paradoja, mecanismo que permite estafar la ideología institucional mostrando su incoherencia e inmoralidad. Así, el capitalismo se presenta como dinámica fraudulenta por la cual cierta minoría especula con un dinero que no le pertenece, gestando grandes fortunas a base de robo y extorsión. Por tanto, el desajuste ético condiciona la naturaleza misma de un sistema donde los bienes no pertenecen a su productor, sino al empresario que controla los medios productivos. Para legitimar semejante robo, la elite instrumentaliza el sistema legal, convirtiendo en criminales a quienes amenazan su patrimonio. Ello explica la dinámica de reclusión carcelaria, pues, en tanto no-lugar, la prisión invisibiliza al disidente. Mediante tales mecanismos, el poder judicial perpetúa la injusticia, institucionalizando el modelo burgués de estafa. El personaje explica así el problema:. tradicción moral dirigen sus acciones, por lo que cualquier experiencia externa los precipita al abismo, acentuando su personal conflicto interior.. ■ 70.
(13) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. Yo especulo entonces sobre el capital del capitalista, como otros sobre el sudor del proletario. Pero hay una diferencia grave: ¡mi especulación no es una forma lícita de robar! La justicia, hecha a medida por la cata empingorotada, dogmáticamente así lo declara. ¡Es que se teme la divulgación de mis recursos; no porque ellos difieran en esencia con las actividades “lucrativas” de la burguesía, sino porque son más ligeros! […] El robo es sólo una cuestión de matices. La comunidad originaria del mundo está desplazada por un monopolio de clase (Filloy, ¡Estafen! 263-264). Estas ideas resultan fundamentales para comprender la lógica del delito en tanto revulsivo frente a una legalidad ilegítima. Partiendo de que “la economía y la finanza no son más que ramas de esa gran ciencia que es la explotación” (¡Estafen! 105), el personaje defiende “una fórmula propia para combatir el privilegio. Una forma razonable y científica, que le extrae solapadamente su esencia: el dinero” (Id. 40)5. Ello establece distancia fundamental con la tradición positivista, pues el Estafador no roba por necesidad o herencia genética, sino en nombre de convicciones morales. En este sentido, Filloy lo presenta como figura heroica mediante diversos índices de excelencia. Desde el principio destaca su porte aristocrático, elegante indumentaria, dicción perfecta y modales exquisitos, delicadezas físico-espirituales que brillan por contraste con el espacio y los demás personajes (presos y representantes del sistema legal). Por tanto, y tal como apunta Tomassini, en este contexto carcelario el Estafador representa la “elite del delito” (54), circunstancia que acentúa aún más su condición paradójica, situándonos frente a un delincuente cuya culpabilidad no puede juzgarse en términos universales sino sociales6. En este sentido, no debe sorprendernos que prefiera autodenominarse artista, marcando distancia estética entre su labor y la del criminal común. Así, por ejemplo, considera una “exquisitez” el “estafar a un colono italiano su abyecto ahorro de diez años de penuria” (Filloy, ¡Estafen! 11). A partir de aquí el crimen se erige en gesto prestigioso, índice de claro refinamiento ontológico. El Estafador, por su parte, deviene única criatura pura en un contexto de generalizada decadencia: su opción por el margen lo mantiene a salvo de la inmoralidad institucional, situándolo en una posición próxima a la del artista moderno, en tanto miembro de una elite fugitiva que repudia toda norma social.. 5 Le. obsesiona, por tanto, la pregunta básica que, según Sarlo, se plantean los personajes arltianos: “de qué modo se puede modificar, por el saber, las relaciones de poder” (Una modernidad periférica 58). 6 Debemos recordar aquí las teorías expuestas por Michael Foucault en Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Según el francés, hacia el siglo XVIII surge una nueva “criminalidad de flecos y de márgenes” reservada a “profesionales” y dirigida contra la propiedad, principio básico del sistema capitalista. Por ello, las medidas tomadas para enfrentarla traducen “un aire burgués de justicia de clase” que, en principio, no afecta a la tradicional “criminalidad de masas”, centrada en el ataque físico (80).. 71 ■.
(14) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. En definitiva, el potencial desestabilizador de este personaje se sustenta en un bilingüismo o doble mirada que permite atacar al sistema con sus propias armas. Dado su pasado como empleado de banca, conoce a la perfección los entresijos del fraude capitalista. Y por lo que respecta al orden jurídico, cuenta con la absoluta complicidad del magistrado Filloy, que transfiere sus saberes al delincuente, poniendo en evidencia los vacíos o resquicios de la ley. Frente a ambos, el personaje del Juez deviene burdo ignorante, pieza muda en un mecanismo oxidado. De este modo, se revela cierto motivo recurrente en la obra filloyana: el abismo abierto por la superestructura burguesa entre la justicia, teórico valor universal, y sus objetivaciones oficiales. Sobre estas últimas comenta el catervario “Katanga”: La justicia es una lechuza... Hay dos clases de seres en la humanidad: los que tienen motivos por qué (sic) quejarse y los que carecen de motivos por qué (sic) quejarse. Los que tienen motivos por qué quejarse hacen perfectamente en propugnar a que cambie el estado de cosas que les aflige. Los que carecen de motivo por qué quejarse hacen perfectamente en procurar que las cosas sigan iguales […] Pero... la justicia es una lechuza. Guiña alternativamente los ojos. Guiños de esperanza al miserable... Guiños de inteligencia al potentado... (Filloy, Caterva 76). En definitiva, la trampa se ofrece como sistema autodefensivo para esquivar las constantes agresiones de un orden tramposo que sólo protege a ciertas minorías. Al tiempo, tal mecanismo permite reescribir binomios jurídicos como culpable-inocente o víctima-victimario. En tanto ideologemas burgueses, estos se suponen científicos o universales, pero proporcionan fundamento a desigualdades y jerarquías. Por eso el discurso de estos personajes puede interpretarse como operación deconstructiva. Este programa de fraude se sustenta también en una identificación lenguaje-poder, lo que establece nuevos vínculos con el universo arltiano. Guzmán, por ejemplo, aplica estos conceptos al discurso del Astrólogo: El lenguaje es poder y el Astrólogo lo sabe. Por eso lo emplea con cautela y precisión: crea fantasías pero controla minuciosamente la organización material de la Sociedad Secreta; fabrica sueños para esos desencantados pero marca límites muy claros: los que resguardan su autoridad […] nunca olvida que su fuerza está en las estrategias que despliegue para convencer, en su poder de persuasión, de encantamiento para dar forma a un sueño –un sueño perverso, es cierto, pero sueño, al fin. [...] El Astrólogo lucha por el poder y puede hacerlo mientras delira frente a Otro (46). Estas consideraciones pueden extenderse al Estafador, cuya estrategia se explica en los siguientes términos: “Su sistema estaba basado en la estafa de. ■ 72.
(15) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. la acepción corriente de las palabras; en aprovechar la sugerencia invencible del concepto propio, usándolas capciosamente: en sentido diametralmente opuesto o intencionadamente falso” (Filloy, ¡Estafen! 112-113). Así, la estafa lingüística incluye tres estrategias básicas: manipular, persuadir y conmover. En este caso, debemos trascender el concepto bilingüismo para hablar de privilegiadas mentes políglotas. La palabra, en efecto, deviene arma poderosa en manos del Estafador y el Astrólogo, que asumen infinitos lenguajes simbólicos para aturdir a sus víctimas: verborragia, referencia a variados saberes y mezcla indiscriminada de discursos ideológicos constituyen estrategias que desorientan al otro hasta convertirlo en oyente dócil y acrítico. Situaciones similares se producen en Caterva. Así, cuando “Katanga” es detenido, explota el tópico del linyera maltratado por la vida y finge ser miembro del Partido Conservador de Buenos Aires. Semejante estafa psicológica exige conocer en profundidad las debilidades del sistema legal y sus representantes. En efecto, el mendigo responde por entero al modelo oficial de individuo peligroso: su padre encabezó un movimiento de insurrección, sufre destierro por actividades comunistas, practica el nudismo, lee a los poetas malditos y es afín a doctrinas orientales y esotéricas. Sin embargo, la familiaridad del enemigo le provee un disfraz a tiempo completo, modus operandi que sintetizan sus consejos a “Aparicio”: “La manera más correcta de joder a la autoridad es simulando que ella nos jode. Hay que pasar por pavo, siempre” (Filloy, Caterva 66-67)7. Por tanto, máscara y ficción constituyen estrategias clave para estos personajes que transforman la hipocresía consuetudinaria en proyectil arrojadizo. En última instancia, tales premisas permiten problematizar el ideologema verdad. En este ámbito desempeña papel decisivo la criptografía, disciplina en que es experto el catervario “Longines”. Su habilidad palindrómica hará posible desarticular una conspiración nazi para dominar América Latina, último gesto heroico de la caterva. Gasparini explica así este episodio: Si lo legítimo está oculto, en código, hay que encontrar una llave que funcione como disparadora de sentido. Esta será tal vez una mirada desautomatizadora, como la de “Longines”. […] Los conocimientos de criptografía del suizo y su sensibilidad respecto del par apariencia/ verdad decodifican un lenguaje cifrado en un catálogo de mariposas. […] Estos mecanismos de decodificación que también aparecen en ¡Estafen! nos llevan a detectar el signo de la inversión como un sustrato sobre el que operan los textos (18-19). Volvemos, por tanto, al desacuerdo entre realidad y formas simbólicas. Los catervarios perciben tal desajuste porque al lumpenizarse han aprendido. 7 Como. puede verse, autoridad y sistema legal resultan muy mal parados en los textos filloyanos. La capacidad transgresora de tal discurso se multiplica si tenemos en cuenta que es un magistrado quien lo articula. Al tiempo, ello explica que, durante años, estas obras mantuvieran una existencia subterránea.. 73 ■.
(16) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. a leer su patrimonio ideológico en sentido inverso. Por ello la lectura desautomatizada de lo real presupone siempre una reinterpretación de lo verdadero, tal como explica el propio “Longines”: “Es un engaño creer que la verdad sea compacta. Está articulada por mil mentiras menores... Como la víbora por mil anillos. Por eso siempre la verdad es venenosa” (Filloy, Caterva 349). Para acceder a tal revelación, el suizo hubo de abandonar su respetable posición en Europa, emprendiendo un viaje al continente otro. Por su parte, el arltiano Buscador de Oro también recurre a las categorías verdad-mentira para justificar el discurso del Astrólogo: […] los hombres se sacuden sólo con mentiras. Él le da a lo falso la consistencia de lo cierto: gentes que no hubieran caminado jamás para alcanzar nada, tipos deshechos por todas las desilusiones, resucitan en la verdad de sus mentiras. ¿Quiere usted, acaso, algo más grande? Fíjese que en la realidad ocurre lo mismo y nadie lo condena. Sí, todas las cosas son apariencia […] ¿Cuál es el pecado del Astrólogo? Sustituir una mentira insignificante por una mentira elocuente, enorme, trascendental (Arlt, Los siete locos 235). Además de conferir legitimación moral al engaño lingüístico, el personaje establece un interesante paralelismo entre estafadores y reorganizadores de la humanidad. Esto permite introducir una idea fundamental: no existe incompatibilidad entre individualismo amoral y construcción de relatos emancipatorios, aunque, dada su peculiar condición, estos personajes reinterpreten la utopía en sentido perverso o paródico.. Viaje de turismo al ideal de los demás: el lumpen como narrador de utopías emancipatorias El universo de Arlt y Filloy incluye nociones básicas en toda educación moderna. Ello implica un determinado concepto de la historia como avance no sólo hacia delante, sino, sobre todo, hacia algo mejor. Por ello, sus personajes confían en un futuro arrasador que instaurará formas superiores de praxis individual y colectiva. Tal formación los impulsa a constituirse en agentes de dinámicas críticas y relatos utópicos. Sin embargo, fracturas identitarias y resentimiento social provocan alteraciones o déficits en la competencia para diseñar tales programas. En este sentido, su discurso emancipador exhibe claros índices de ironía e inversión, circunstancia que, una vez más, remite a la esquizofrenia pequeño-burguesa. En primer lugar, recordemos que el ingreso al lumpen constituye reacción espiritual y estética frente a un sistema mediocre. Tal premisa excluye toda empatía con los expulsados por razones materiales, es decir, referidas al orden económico o jurídico. Por tanto, los márgenes no alcanzan a valorarse como escenario de acción colectiva: la emancipación constituye dinámica subjetiva para unos personajes centrados en combatir su particular angustia existencial. También desempeña papel decisivo la desconfianza en la razón como instrumento redentor. Semejante escepticismo no sólo se refiere a. ■ 74.
(17) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. la superestructura burguesa, pues también implica despreciar alternativas críticas que, como el marxismo, invoquen la herencia ilustrada. De ahí que personajes como el Estafador o el Astrólogo operen una delirante mezcla de paradigmas ideológicos, considerando los grandes relatos meras ficciones intercambiables. En definitiva, desencanto, angustia y elitismo signan la configuración de estos individuos como agentes revolucionarios. No obstante, conviene matizar cada caso concreto. En Filloy los privilegios intelectuales incluyen cierta rectitud moral. Así, en el caso del Estafador, la experiencia carcelaria deviene iniciática, activando su compromiso con los de abajo. En un principio, el personaje exhibe claro cinismo, tal como se aprecia en el siguiente discurso: Mi explotación […] no redunda más beneficios que los necesarios a la existencia de alta diferenciación que llevo... y deseo para todos. No me sobra ni para filantropía ni para caridad, conceptos que abomino; pues corresponden a la sumisión y a la cobardía de las masas […] Muchas veces me abochorna, frente al dolor de la turba, mi posición espectable de estafador confeso. Pero no puedo decirle: –¡Ingeniáos (sic); obrad como yo!... porque precisamente yo he sido señalado como un mal ejemplo (Filloy, ¡Estafen! 40-41). Con fraudulenta lógica, culpa al sistema de su indeferencia ética, cuando, en realidad, la identidad criminal le proporciona excusa perfecta para mantener un elitista modus vivendi. Dicho de otro modo, el individualismo delata una episteme dandista, incapaz de reconocerse en otros. Sin embargo, la prisión vulnera el universal derecho a ser, contexto que instruye en nociones colectivas de injusticia y sufrimiento. A partir de aquí, el personaje confiere nueva utilidad a su patrimonio material y simbólico, asumiendo roles filantrópicos. La solvencia económica, por ejemplo, permite auxiliar a sus desgraciados compañeros: procura comida de calidad a los presos, financia un puesto de trabajo a un linyera, asegura la mejor asistencia médica a un paisano que se ha quemado el rostro... Podría argumentarse que tales actos no constituyen sino tretas para comprar la voluntad ajena. Sin embargo, el desenlace despeja toda incógnita, pues el delincuente emplea su privilegiada inteligencia para orquestar un plan de fuga. Ello trasciende la mera voluntad de estafar al sistema, pues, aún sabiendo su caso sobreseído, decide huir con los demás presos. La cadena de actos desinteresados revela una nueva conciencia: el Estafador prefiere ser un “fugitivo atraillado por la ley” antes que un cobarde “orondo de libertad” (¡Estafen! 14). Así, el pueblo deja de percibirse como alteridad incivilizada, mientras la auténtica barbarie encarna en la cárcel, metáfora del orden establecido8.. 8 En. la sociedad capitalista el viejo conflicto civilización-barbarie se ha resignificado como lucha entre usurpadores y desposeídos. Por ello, la misión civilizadora consiste en colocarse junto a estos últimos, instándolos a recuperar sus legítimos derechos. De acuerdo con ello, “el protagonista se revela como productor de cultura […] al instaurar, dentro del. 75 ■.
(18) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. Por otra parte, el asesinato del personaje durante la evasión adquiere categoría de sacrificio mesiánico. De hecho, la evolución individualismocompromiso culmina en su grito final: “¡Estafen!”. Semejante invitación sintetiza su particular utopía emancipatoria, que desafía las categorías de verdad, ley y justicia. Al tiempo, abre poderosos interrogantes referidos a la trascendencia real de sus acciones, pues tal programa está basado en sólidas competencias, exigiendo un refinado conocimiento del sistema socioeconómico. Por tanto, debemos preguntarnos si los otros presos, presentados como emblema de una plebe sufriente y acrítica, alcanzarán a reproducir el modelo propuesto. En Caterva mecanismos paródicos y grotescos permiten revisar las categorías partido y grupo organizado. Filloy presenta un disparatado colectivo, donde cada personaje constituye una poderosa individualidad perseguida por su pasado o personal conflicto con lo real. Así, ontologías superiores, autoexiliadas de un sistema mediocre, deben coexistir y trabajar con individuos peligrosos, empujados a los márgenes por sus taras morales o psicológicas. En este sentido, lumpenización y compromiso mantienen una relación causa-efecto que condiciona la naturaleza de sus acciones revolucionarias. Éstas proceden por redistribución del capital entre los explotados y perseguidos, exigiendo casi siempre previas operaciones de robo o estafa. Una vez más, por tanto, el crimen deviene acto de justicia. Tal como explica “Katanga”: “El delito reside en la miseria general, explotada y mantenida por el bloque de vivillos que detentan el poder […] La ley está en la liberación de ese dolor […] merced a la decisión de unos cuantos” (Filloy, Caterva 48). Por otra parte, y como los siete locos arltianos, organizan actividades terroristas, invocando la famosa máxima anarquista ‘destruir es crear’. La opción por estrategias criminales y destructivas revela ontologías atravesadas de escepticismo. Así, los catervarios obvian cualquier noción de conciencia colectiva, pues su experiencia les ha revelado la incapacidad humana para albergar impulsos fraternales. De ahí su elitista desprecio por la “gleba”, rebaño condenado a seguir sufriendo “hasta que pierda la pésima costumbre de ser pobre” (Caterva 77). Al respecto, comenta “Longines”: Yo odio a la bestia multitudinaria. En la más amplia acepción del vocablo. Si la multitud no puede desintegrarse, mediante la cultura, en un anarquismo individualista que coordine la inter-acción (sic.) como un reloj, para marcar la hora de su destino, prefiero que se la flagele, se la arrastre y se la humille en la peor esclavitud. Puede ser que así, comprendiendo la ignominia de su suerte, la turba se levante desde la impotencia (77).. espacio bárbaro de la cárcel, un espacio ‘civilizado’ que lentamente irá ganando terreno” (Tomassini 43).. ■ 76.
(19) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. Los conceptos turba y multitud traducen claros complejos de clase, infiltrando incoherencias en la argumentación. En efecto, esa utopía de subjetividades sincronizadas precisa “cultura”, algo que el sistema niega a sus bases. De hecho, “Longines” debe su refinada competencia simbólica a un pasado burgués y europeo. En este sentido, confirma la incapacidad del dandy lumpenizado para escapar a su conciencia clasista9. En definitiva, la naturaleza de la utopía catervaria responde a nociones oblicuas de aislamiento, escepticismo y distancia irónica. Todo ello queda sintetizado en la “Noticia” que encabeza el texto: No se busque un carácter agonal a esta deriva de fracasos que se convierte en milicia astuta, yendo en viaje de turismo al ideal de los demás. Nadie asigne a su peripecia otra intención que un odio reverente: vale decir un amor desahuciado de esperanzas. Caterva de aventureros sin fatiga, su heroísmo en marcha no procura nada más que vencer a la muerte en la cercana dimisión de la vida (11). Las expresiones “deriva de fracasos”, “viaje de turismo al ideal” y “odio reverente” adelantan la clave interpretativa aportada por esa sentencia final que define el heroísmo como estrategia autodefensiva. Tal noción excluye el carácter agónico y, por tanto, la participación productiva en cualquier batalla emancipatoria. Por otra parte, el sintagma “heroísmo en marcha” podría constituir parodia del concepto vanguardia, preconizado por marxistas y anarquistas. En efecto, estos individuos marchan conforme a una lógica regresiva: vuelven de un sistema decepcionante y cada intento por alterar lo establecido constituye, más que estrategia de acción social, paliativo para la propia angustia. También siete, los personajes arltianos construyen su particular utopía invocando la locura, mecanismo epistemológico que instaura cierta lógica carnavalesca, pues permite delinear un mundo al revés. Así, la palabra del loco proporciona nociones grotescas o integradoras, trascendiendo el maniqueísmo inherente al sistema racionalista. En efecto, frente a la organización de lo real en opuestos irreconciliables, el discurso demente ilumina zonas oscuras y permite al individuo asumir su complejidad. Pero, por encima de todo, Arlt aprovecha este dialecto oblicuo para sumergirse en la psique pequeñoburguesa, rastreando los síntomas de su problemática social y metafísica. De este modo, la categoría locura constituye a un tiempo origen y meta del texto, en tanto mecanismo de narración y diagnosis sociológica.. 9 Ironía. y desprecio presiden también la colaboración de estos linyeras con organizaciones obreras. Obstinadas en promover discursos unilaterales, estas destacan por su carencia de profesionalidad y solidez intelectual. De hecho, al comienzo del texto, los catervarios están a punto de ser apresados por la inexperiencia de un militante clandestino. Por ello, no debe extrañarnos que, en característico chiste léxico, Filloy denomine a una de estas agrupaciones la J.O.D.A. (Juventud Obrera de Almafuerte).. 77 ■.
(20) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. En este sentido, existen interesantes coincidencias con Caterva, pues en ambos casos el modelo sociedad secreta atrae diversos valores semánticos. Ante todo, presenta el ingreso al lumpen como inmersión en los subterráneos de lo establecido. En nombre de su fracaso, resentimiento o déficit moral, los personajes asumen una conciencia espeleológica que confiere visibilidad a lo oculto y excéntrico. Fundamentado en nociones de alteridad e inversión, tal discurso funciona como carga de profundidad, amenaza explosiva que discurre por los cimientos mismos del sistema. En segundo lugar, esta categoría incluye un guiño a la fascinación epocal por metafísicas alternativas: doctrinas esotéricas, corrientes orientalizantes, magia, astrología… Este fenómeno constituye reacción al escepticismo racionalista, método básico para organizar lo real. Por tanto, testimonia una crisis de tradicionales asideros religiosos, subrayando el vacío suscitado por la simbólica muerte de Dios. Al tiempo, el sintagma encubre referencias al universo de la militancia clandestina, estrategia básica para ciertas periferias ideológicas que pugnan por ganar terreno al centro rector postulando modelos propios de organización socio-económica. Tal combinación de religiosidad y proyecto político fundamenta una suerte de mística científica, concepto clave para comprender el proyecto de los siete locos. Estos reescriben el mito prometeico, asumiendo la trascendente tarea de edificar un orden nuevo. Así, procuran precipitar el advenimiento de un futuro redentor, llamado a neutralizar los que para ellos constituyen problemas fundamentales del ser moderno: angustia metafísica y desigualdad socio-económica. Por ello, en su episteme revolucionaria el saber técnico debe coexistir con formas míticas de conocimiento: percepción extrasensorial, alquimia, astrología y referencias bíblicas. A partir de aquí, su delirante discurso describe la “amalgama” que “jamás ninguna sociedad secreta trató de efectuar”: un “elemento de fantasía”, la religión, y un “elemento positivo”, el industrialismo, que genera el preciado oro, (Arlt, Los siete locos 210-211). Estas nociones articulan un relato concebido por y para una pequeñaburguesía marginalizada. De hecho, el Astrólogo se erige en líder natural por conocer con exactitud los conflictos y debilidades de esta tribu. Así puede apreciarse en los mecanismos básicos que traban su discurso. En primer lugar, su utopía propugna la sustitución de una elite dirigente por otra más legítima o pura. Tal postulado traduce claro desprecio hacia el centro rector, pero también implica prescindir de su más inmediata periferia, presentada en términos peyorativos como masa o gleba. La decadencia del modelo institucional se justifica, así, en dos direcciones complementarias. Por un lado, destaca su regresión a un racionalismo de medios que objetualiza toda realidad, simplificándola en parámetros de coste-beneficio. Al tiempo, se subraya la ineficacia de una superestructura que no logra contener al plebeyo, eterno agente de inestabilidad y barbarie. En última instancia, esta problemática revela el colapso de la razón ilustrada como instrumento reorganizador. Su apuesta por el estado secular neutralizó todo principio de excelencia genética o predestinación divina, nociones clave para garantizar el equilibrio social. Por si ello fuera poco, parece incapaz de concretar fundamentos alternativos, erigiendo caos y conflicto en únicos valores seguros.. ■ 78.
(21) Cristina Pérez Múgica. Estafar, vagabundear, conspirar: la poética…. Estas nociones proporcionan sólida base a la gran idea promovida por el Astrólogo: edificar un orden nuevo exige resucitar el concepto Dios, aunque no como respuesta al vacío metafísico, sino porque, durante siglos, el principio religioso ha constituido invulnerable mecanismo de sometimiento y control. A partir de aquí, se propone un sistema de castas que contrarrestará cualquier gesto disidente invocando a su divinidad. Por otra parte, y a diferencia del mito judeocristiano, este nuevo dios tendrá existencia palpable, apareciéndose ante las masas como un híbrido entre Krisnamurti y Rodolfo Valentino. Semejante ocurrencia revela su conocimiento de mecanismos burgueses, pues aprovecha estrategias de la industria cultural en tanto estructura diseñada para controlar el imaginario colectivo mediante ficciones esperanzadoras. Por otra parte, la utopía exige un estado previo de infierno transitorio. En obvia alusión a directrices anarquistas, los siete locos interpretan tal sintagma como puesta en escena de lo terrorífico-sublime, categoría que, en nuestro caso, restaurará la necesidad de dios. También aquí se revela la sagacidad del Astrólogo, pues, por implicar gestos destructivos, este método revolucionario resulta idóneo para saciar el resentimiento de sus seguidores. Así, planificar y ejecutar dinámicas catastróficas proporciona la tan anhelada catarsis, revelando la incapacidad de estos personajes para pensar en términos constructivos. Ello resulta evidente en el caso de Erdosain, tal como explica Pastor: Su percepción irracional de la alienación del hombre dentro de esa sociedad en que se inscribe, su incapacidad de llegar a una toma de conciencia de clase y a un conocimiento racional del mundo que lo rodea, se manifiesta claramente en su elección de las armas concretas de la revolución. Se trata de eliminar una especie maldita, de destruir un mundo condenado […] no de revolucionar una sociedad. Cuando Erdosain habla de sus trabajos técnicos para la revolución, reducida siempre a esa fase inmediata de destrucción, se expresa con seguridad, precisión y orden. […] Pero en cuanto intenta ir más allá de los medios concretos […] las abstracciones se multiplican y la percepción mística de realidad y revolución prevalecen (Roberto Arlt y la rebelión alienada 95). Por lo que respecta al después de semejante Apocalipsis, el Astrólogo procura garantizar ciertas premisas básicas. Así, sus correligionarios integrarán la minoría dirigente, formada por ontologías superiores en función de las cuales existirá el pueblo, restaurado a la natural condición de esclavo. En cuanto a la antigua elite, alter ego perverso del nuevo poder, se desintegrará conforme a su lógica decadente. Al tiempo, no obstante, el personaje evita toda caracterización explícita de la casta rectora, precaución motivada por la incapacidad de sus compañeros para forjar una conciencia colectiva. En efecto, aunque la voluntad de destruir el aquí y ahora establece vínculos provisionales, estos exiliados se mueven por particulares traumas y anhelos. Por ello, su líder decide explotar cierta condición inherente a todo relato utópico. Tal como explica Fredric Jameson, la utopía científica. 79 ■.
(22) Taller de Letras N° 46: 59-81, 2010. debe proporcionar herramientas para erigir estados futuros, preservando a su vez una naturaleza no verbalizable en términos presentes. Conforme a tales premisas, el oportunismo del Astrólogo se revela en ese final abierto que signa su particular ficción emancipatoria. Ese vacío le permite mantener unido al colectivo, mientras cada miembro fantasea con un porvenir acorde a sus expectativas. Las nociones comentadas posibilitan una lectura política del texto, en tanto reflexión sobre los vínculos entre totalitarismo y episteme pequeño-burguesa. De hecho, la amalgama discursiva tramada por el Astrólogo presenta claras referencias al fascismo: exaltación del progreso técnico, llamado místico a unos sectores medios, cuya insatisfacción se reinterpreta como designio emancipador, y manejo perverso de conceptos socialistas. Así, como paródico dictador en potencia, el personaje aprovecha la fiebre burguesa de poder y dinero, revindicando asimismo una igualdad, que, en última instancia, sólo beneficiará a los suyos. Todo ello confirma la capacidad arltiana para captar el agitado panorama simbólico de asimismo, marcado por el colapso del modelo ilustrado y la proliferación de simulacros utópicos. En definitiva, estas líneas han procurado establecer las singulares competencias que distinguen al lumpen en tanto emisor y destinatario de discursos emancipadores. Tal ámbito reflexivo encuentra fundamento en declaraciones del propio Arlt, que caracterizó a sus personajes en los siguientes términos: “estos individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles y soñadores simultáneamente, están atados o ligados entre sí por la desesperación […] Odian esta civilización […] la angustia de estos hombres nace de su esterilidad interior” (Larra 54). Semejantes principios pueden también aplicarse a las criaturas de Juan Filloy, confirmando el vínculo entre ambos autores.. Conclusiones Durante años, la obra filloyana ha permanecido en una suerte de limbo, sin suscitar gran atención en ámbitos editoriales o académicos. Este artículo se integra en un trabajo más amplio, orientado a sistematizar la posición e importancia del cordobés en el mapa literario argentino. En este contexto, surgió la posibilidad de establecer conexiones con Roberto Arlt, fundamentando tal parentesco en la categoría poética marginal. Así, sus obras pueden considerarse emblema de excentricidad canónica, pues abren líneas que todavía hoy constituyen objeto de intenso tránsito en las narrativas latinoamericanas. Al respecto, destaca su interés por la periferia, en tanto espacio real y simbólico, así como la configuración de antihéroes urbanos signados por nociones de alteridad y desarraigo. Por otra parte, estas novelas permiten acceder a un periodo de intensas transformaciones socio-económicas y culturales. En este sentido, invitan a trascender dicotomías tradicionales, subrayando la presencia de nuevos actantes en el relato nacional. En permanente pugna con toda barrera, orden o jerarquía, la episteme pequeño-burguesa se revela, así, pieza clave para comprender las dialécticas centro-periferia y tradiciónruptura. Por todo ello, y aunque ubicados como sus personajes en las orillas del canon, estos autores resultan fundamentales para acceder al convulso escenario intelectual de su tiempo.. ■ 80.
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