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Federico García Lorca en la memoria

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Academic year: 2023

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etornar a la amistad que unió a Lorca, Buñuel y Dalí pue- de incrementar el extenso corpus de estudios que han buscado dar cuenta de cómo estos tres grandes artistas del pa- sado siglo convivieron, crearon y consiguieron modificar el panora- ma artístico-literario del momen- to. La gran dedicación con la que se han investigado sus vínculos ha ensombrecido quizá la verda- dera naturaleza de dicha amistad, dejando en el imaginario colecti- vo la idea de una amistad extensa, siempre homogénea y perdura- ble. Empero, la lectura distancia- da y analítica de los textos que sus protagonistas nos legaron puede ofrecer consideraciones diversas e incluso divergentes, en las que pri- ma, sobre todo, la reconstrucción a través del recuerdo de la amistad que los unió. En este caso, La vida secreta de Salvador Dalí, escrita por él mismo, y Mi último suspiro, las memorias de Luis Buñuel, podrán aportar luz, a través del recuerdo de Lorca, de cómo se constituyó y afianzó la amistad entre los tres.

El comienzo de este lazo amis- toso se sitúa a principios de los años veinte. Buñuel vivía en la Re- sidencia de Estudiantes desde ha- cía dos años cuando llegó Lorca:

“Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse” (Buñuel 1993, 71). Bu- ñuel rememora en Mi último sus- piro cómo Federico le descubría el mundo de la literatura y le leía poemas por las noches. Según el cineasta, estaban unidos por “un amor platónico en estado puro”, que ilustraba el verso lorquiano:

“Mi alma niña y niño” (Buñuel 1993, 169). No se trata en ningún caso, como precisa Buñuel, de una relación de carácter sexual. El ara- gonés pretendía representar la imagen del hombre fuerte: practi- caba mucho deporte y, orgulloso de su apariencia física, afirma sin rodeos: “en nuestra juventud, no

nos agradaban los homosexuales”

(1993, 170). Eso puede explicar la impresión que causó en el ara- gonés enterarse de la orientación sexual de Lorca. Recuerda que un compañero de la Residencia comentaba que Lorca era homo- sexual y Buñuel le preguntó: “¿Es verdad que eres maricón?” Lor- ca contestó fulminante: “Tú y yo hemos terminado” (Buñuel 1993, 72). Buñuel nos asegura que hi- cieron las paces esa misma noche, pero parece que a partir de ese mo- mento se abrió una fractura entre ambos, y la llegada del joven Sal- vador Dalí en 1922 a la Residen- cia de Estudiantes no mejoró la situación.

Por increíble que parezca, Dalí, debido a su timidez, no se re- lacionó casi con nadie durante los cuatro primeros meses de su vida en la Residencia. Un día, mien- tras Pepín Bello pasaba frente a la puerta abierta de su habitación,

FEDERICO GARCÍA

LORCA EN LA MEMORIA

Quentin Charles

vio dos de sus cuadros cubistas y pronto quiso enseñárselos a los demás. Dalí no duda en afirmar:

“en una semana la hegemonía de mi pensamiento empezó a hacer- se sentir” (Dalí 2003, 536). Inclu- so escribe que

de todos los jóvenes que ha- bía de conocer en esta época, sólo dos estaban destinados a alcanzar las vertiginosas cum- bres de las jerarquías superio- res del espíritu: García Lorca, en la biológica, hirviente y deslumbrante sustancia de la retórica poética posgongori- na, y Eugenio Montes, en las escalinatas del alma y los cán- ticos pétreos de la inteligencia (2003, 535).

Dalí tergiversa en ocasiones la realidad, incluso a costa de la ima- gen de otros. No sabemos cómo fue su primer encuentro con Lor-

En este caso, La vida secreta de Salvador

Dalí, escrita por él mismo, y Mi último sus-

piro, las memorias de Luis Buñuel, podrán

aportar luz, a través del recuerdo de Lorca,

de cómo se constituyó y afianzó la amistad

entre los tres.

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ca, pero no parece posible que desconociera la fama del poeta andaluz, dados los múltiples in- tereses que compartían. Tras la muerte del padre de Buñuel en 1923, ya no había nadie que pu- diera impedir a Buñuel marchar- se de España. En enero de 1925 se trasladó a París, alejándose −geo- gráficamente esta vez− de Dalí y Lorca. En cambio, éstos pasaron juntos la Semana Santa en Cada- qués. Lorca recuerda cuando, du- rante una salida al mar con Dalí, el barco estuvo a punto de vol- carse, haciendo surgir su miedo a morir ahogado. Siempre le aterro- rizó la idea de la muerte, y para su-

perar ese temor inventó un truco original: tumbarse para fingir la muerte, como si eso bastara para conjurarla. De hecho, Dalí agregó cabezas cortadas en sus lienzos de aquella época para recordar el jue- go de su amigo, como en La miel es más dulce que la sangre, cuadro empezado en 1925 y concluido en 1927. Sin embargo, hay que seña- lar que Dalí prácticamente omite este episodio de su vida en La vida secreta... Sólo una frase enigmáti- ca se refiere a este capítulo de su amistad con el poeta andaluz: “la sombra de Maldoror se cernía so- bre mi vida, y fue precisamente en ese periodo cuando, por la dura- ción de un eclipse, otra sombra, la de Federico García Lorca, vino a oscurecer la virginal originalidad de mi espíritu y de mi carne” (Dalí 2003, 85). Los cantos de Maldo- ror fue una obra por la que Dalí y Lorca se entusiasmaron y es pro- bable que al referirse a este libro el escritor catalán recuerde la ar- monía que los unía. Por su parte, Lorca comenzó su “Oda a Sal- vador Dalí”, un extenso poema basado en aquella estancia en tierra catalana, donde elogia a su amigo y su pintura por medio de códigos y símbolos compartidos.

Mientras tanto, Buñuel se en- contraba en París. En ese tiempo lamentaba que sus vínculos se per- dieran, por lo que escribió a Lor- ca y a Dalí para que lo visitaran.

También mantuvo una extensa correspondencia con Pepín Bello, en la que puede observarse cierta envidia por la intensa amistad de sus compañeros. En abril de 1926 Dalí estuvo una semana en París, ciudad a la que acudía la mayoría de los grandes artistas de la época.

Después de esta escapada a la ca- pital francesa Dalí, cuya ansia de fama aumentaba cada día, se plan- teó como objetivo volver glorio- so a París para conquistarla. Estos años suponen un momento bi- sagra en la historia del trío: Dalí

Dalí tergiversa en ocasiones la realidad, inclu-

so a costa de la imagen de otros.

No sabemos cómo fue su pri-

mer encuentro con Lorca.

Ofrenda. De la serie La vida es juego

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pasó el verano de 1927 con Lor- ca; entonces surgieron los rostros desdoblados y las siluetas de los amigos abrazándose, que pueden verse tanto en los lienzos de Dalí (Autorretrato desdoblándose en tres [1926]), como en los dibujos de Lorca, concretamente en El beso (1927). Definitivamente, estas creaciones son verdaderas pruebas de la simbiosis humana y artística entre ellos. Por otra parte, Dalí se acercaba cada vez más a su amigo exiliado en Francia, quien seguía tratando de convencerlo para que fuera a París.

Buñuel, influido por el surrea- lismo que emergía en París, atacó con violencia a aquellos que de- nominaba putrefactos, esto es, los representantes de un arte despre- ciable y desfasado. En sus cartas a Pepín Bello critica también a Fe- derico García Lorca: su teatro y su poesía no le gustan y afirma que hay que “rehacerse lejos de la ne- fasta influencia del García”. Por lo que se refiere a Dalí, señala: “eso sí, es un hombre y tiene mucho ta- lento” (Sánchez Vidal 2009, 213).

En aquel tiempo, Buñuel era coor- dinador cinematográfico de la re- vista Cahiers d’Art en París y La Gaceta Literaria en Madrid, y ex- plica en otra carta a Pepín Bello que a Dalí “le publicó su artículo [“Film artístico, film antiartístico”

(1929)] por misericordia” (Sán- chez Vidal 2009, 219).

La correspondencia entre Dalí y Lorca disminuía y además las pocas cartas del primero se hacían cada vez más feroces: em- pieza a atacar a los que admiraba, como Paul Valéry o Rubén Darío.

Este cambio muestra la influen- cia que ejercía Buñuel en Dalí y su nuevo interés por el surrealismo, movimiento considerado como la vanguardia perfecta por el pintor.

Por consiguiente, la publicación del Romancero gitano de Lorca en julio de 1928 y el éxito que logró fueron sinónimos de ruptura casi

definitiva con el nuevo Dalí su- rrealista. Efectivamente, en una extensa carta a Lorca a principios de septiembre de 1927, el catalán le escribe con franqueza: “tu poe- sía cae de lleno dentro de la tradi- cional, en ella advierto la sustancia poética más gorda que ha existido […], está ligada de pies y brazos a la poesía vieja” (Gibson 2004, 308). En realidad, la opinión de Dalí es muy parecida al juicio de valor de Buñuel y los dos muestran ya un acercamiento considerable a la estética surrealista. En aquella época Buñuel pensaba ya en una primera película, basada en una se- rie de cuentos de Ramón Gómez

Dalí pasó el ve- rano de 1927 con

Lorca; entonces surgieron los rostros desdobla- dos y las siluetas

de los amigos abrazándose.

Entre el cielo y la tierra. De la serie La vida es juego

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No obstante las diferencias im- portantes entre

las dos obras, cabe destacar que Buñuel y Dalí coinciden en

el homenaje que cada uno dedica a su amigo ase-

sinado. Más de cincuenta años después y lejos de las disputas de antaño, Bu- ñuel confiesa, re-

firiéndose a Lor- ca: “le debo más de cuanto podría

expresar”.

de la Serna. Le envió el guion a Dalí, a quien le pareció mediocre y le contestó que “acababa de es- cribir un guion, breve pero genial”

(Dalí 2003, 591) que iba a contra- corriente del cine contemporáneo, irónicamente escrito en una caja de zapatos.

En enero de 1929, Buñuel fue a Figueras y comenzó a trabajar con Dalí a partir de dos imágenes sacadas de los sueños de cada uno:

un ojo cortado por una hoja de afeitar y una mano de la que salen hormigas. El proceso de creación consistía en escoger todas las imá- genes que se les ocurrían, fuera de toda explicación racional o inter- pretación lógica. Fue una semana de fuerte unión entre los dos ami- gos –tanto humana como artísti- camente– y obtuvieron un guion tan irracional como onírico: el cortometraje surrealista Un perro andaluz. Buñuel, de nuevo en Pa- rís, lo rodó enseguida y se estrenó el 6 de junio de 1929 en el Studio des Ursulines ante los surrealistas más importantes en aquella época.

En cuanto a Lorca, a pesar del éxito total de sus obras, entró en una etapa de depresión y decidió acompañar a Fernando de los Ríos a Londres para irse luego a Nueva York. Las cartas que envió a su fa- milia y a sus amigos ponen en evi- dencia las dudas y la nostalgia que sentía entonces por su patria, la cual estaba abandonando. En ple- na crisis existencial, llegó a Nue- va York pensando que sus amigos lo habían traicionado. Dijo a Án- gel del Río: “Buñuel ha hecho una mierdecita así de pequeñita que se llama Un perro andaluz y el pe- rro andaluz soy yo” (Gibson 2015, 317). Entonces, el periodo ameri- cano de Lorca estuvo marcado por un vacío de correspondencia con Dalí y Buñuel, un silencio que va- ticina el fin de la amistad.

Mi último suspiro y La vida secreta de Salvador Dalí son dos obras fundamentalmente diferen-

tes. Se distancian por el objetivo de los autores: Buñuel, a manera de introducción, declara al princi- pio de su libro lo siguiente: “De to- dos modos, el retrato que presento es el mío con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria” (1993, 12), convencido de que la memoria es el elemento esencial que define la individua- lidad de cada quien. En cambio, Dalí afirma claramente que su ob- jetivo es cambiar su historia para que cuadre con su futura vida:

“creí que era más inteligente em- pezar escribiendo mis memorias y vivirlas después. Para esto era necesario que matara a mi pasa- do sin piedad ni escrúpulo, de-

bía desembarazarme de mi propia piel” (2003, 910). Esto puede ex- plicar por qué el relato tiende en ocasiones hacia una ficcionaliza- ción de su vida. El objetivo de Dalí es claro: quiere escribir su propio mito con el fin de conquistar los Estados Unidos en cuanto llegue (lo que ocurrió a principios de los años cuarenta).

En ambos casos, las páginas dedicadas a la Residencia y a la amistad que los unió ocupan poco espacio. Buñuel ofrece un panora- ma amplio de esos años pasados en Madrid, de sus camaradas y sus actividades. Sólo retiene al Lorca que conoció en aquel momento, con quien tenía una relación es- pecial, antes de que Dalí se insta- lara en la Residencia. De hecho, se acordó de su amigo en 1965, casi cuarenta años después, cuando realizó Simón del desierto, película inspirada de La leyenda dorada, de Jacobo de la Vorágine y que Lorca le leyó. En La vida secreta..., el pro- pio Dalí ocupa todo el espacio del relato y sólo pueden percibirse re- tazos de su entorno. Así, no dedica ni una página a los momentos pa- sados en compañía de Lorca y Bu- ñuel, a pesar de la fuerte amistad que los unía. Sin embargo, se pue- de percibir cierta envidia por par- te de Salvador Dalí cuando evita a Lorca y al grupo de la Residen- cia, que cada vez más se convertía en “su grupo”, y el catalán desapa- recía entonces porque “sabía que iba a brillar Lorca como un loco y fogoso diamante” (2003, 586).

Admite: “fue el único momen- to de mi vida en que creí atisbar la tortura que puede haber en los celos” (2003, 586). En definitiva, no aborda esta parte de su histo- ria para centrarse sólo en la llegada de Gala, de forma que ésta aparece como la musa que le salvó de la lo- cura en la que se hundía en aque- lla época.

No obstante las diferencias importantes entre las dos obras,

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cabe destacar que Buñuel y Dalí coinciden en el homenaje que cada uno dedica a su amigo ase- sinado. Más de cincuenta años después y lejos de las disputas de antaño, Buñuel confiesa, refirién- dose a Lorca: “le debo más de cuanto podría expresar” (1993, 184). Aunque afirma en repeti- das ocasiones que a él no le gus- ta la obra del poeta, asegura que

“la obra maestra era él” [...] “era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, ale- gría, juventud. Era como una lla- ma”. Concluye con que a menudo piensa en la angustia de Lorca cuando lo llevaron para matarlo, él que “sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte” (Bu- ñuel 1993, 184). Por su parte, Dalí evoca la muerte de Lorca en un breve párrafo que contrasta con el exhibicionismo del libro:

en su opinión, fue asesinado por franquistas y los “rojos” recupe- raron su muerte para aprovechar- se de ella. Por un instante eleva a su amigo caído al nivel de su pro- pia persona y afirma: “Lorca te- nía personalidad de sobra y, con ella, mejor derecho que la mayo- ría de los españoles a ser fusilado por españoles” (2003, 856). Este breve paréntesis, en un libro con- cebido para la gloria de su propia persona, parece escrito con sin- ceridad, como un deseo de rendir homenaje a “su mejor amigo de la Residencia”, como lo llamará des- de entonces. Una afirmación mu- cho más próxima a la amistad que vivieron que a las provocaciones que se verán luego en entrevistas y escritos. Federico García Lorca acompañó a Dalí y a Buñuel has- ta el final de sus vidas, de forma presente en sus recuerdos, trans- mitidos a lo largo del tiempo a través de sus obras, demostrando así la persistencia del símbolo de belleza que Lorca encarna e ins- pira. LPyH

Referencias

Buñuel, Luis. 1993. Mi último suspiro. Tradu- cido por Ana María de la Fuente. Bar- celona: Plaza & Janés Editores.

Dalí, Salvador. 2003. Obra completa Vol. I.

Textos autobiográficos 1. Editado y pro- logado por Félix Fanés. Barcelona:

Destino / Figueras: Fundación Gala- Salvador Dalí / Madrid: Sociedad Es- tatal de Conmemoraciones Culturales.

Gibson, Ian. 2004. Dalí joven, Dalí genial. Ma- drid: Aguilar.

—— 2015. Luis Buñuel. La forja de un ci- neasta universal. 1900-1938. Barcelo- na: Aguilar.

Sánchez Vidal, Agustín. 2009. Buñuel, Lor- ca, Dalí: el enigma sin fin. Barcelona:

Planeta.

• Quentin Charles es doctorando de la Universidad de Nantes y forma par- te del crini. Actualmente prepara una tesis sobre la evolución del mito de Sal- vador Dalí en la producción literaria del artista catalán entre 1920 y 1964.

Jugando a la casita. De la serie La vida es juego

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