JUAN MANUEL IGARTUA
ESCRITOS
ESPIRITUALES
DEL BEATO
(Contraportada)
El Beato Claudio de la Colombiére, autor de estos escritos, murió a los cuarenta y un años (1641-1682). Su vida de apostolado directo sola mente se desarrolló entre 1675 y 1678, es decir, durante cuatro años. Dos de ellos los pasó en la pequeña ciudad de Paray-le-Monial en Francia, y los otros dos en Londres, en la Corte inglesa como predicador de la Duquesa de York, que era católica y francesa, casada con el hermano del rey. Fue un notable predicador del gran siglo de Bourdaloue y Bossuet, y sus ser mones han tenido repetidas ediciones en Francia, como obras religiosas y literarias de altura. Pero su fama principal proviene de haber sido en Pa- ray-le-Monial director espiritual de santa Margarita María de Alacoque, a quien se le manifestó en grandes apariciones el Sagrado Corazón de Jesús. La santa estimó siempre a su director como a un gran santo, que fue elegi do por el mismo Señor para ser su «fiel servidor y perfecto amigo», y a quien le fue pedido el sacrificio de su vida en una larga enfermedad, agra vada por su prisión en Londres, de donde fue desterrado habiendo confe sado su fe ante los hombres. Fue beatificado en 1929.
Estos «Escritos espirituales» comprenden sus Retiros personales y apuntes espirituales, así como sus cartas, de dirección espiritual en su ma yoría. La seguridad y riqueza de su doctrina hacen de él un verdadero maestro del espíritu. Especial relieve adquiere, en la historia de la Iglesia, el texto de su Retiro de Londres. En él se publicó por vez primera la gran revelación del Sagrado Corazón en 1675, en Paray, en la que el Señor pe día a su Iglesia la instauración de la fiesta. Hoy es celebrada con solemni dad litúrgica en la Iglesia universal, como fiesta en que se conmemora el misterio del Amor de Dios en Jesús, verdadero centro del cristianismo. Los últimos pontífices la han señalado como una devoción que ha llenado de gracias divinas la Iglesia y las almas en estos últimos tiempos.
JUAN MANUEL IGARTUA
ESCRITOS DEL BEATO
CLAUDIO DE LA COLOMBIÉRE, S.J.
Prólogo
El 16 de junio de 1929, en un solemne acto celebrado en la Basílica Vaticana, Su Santidad Pío XI otorgó en nombre de la Iglesia la gloria de los Beatos al P. Claudio de la Colombiére, el apóstol del Corazón de Jesús. Celebramos este año el cincuentenario de tal glorificación primera (1929 79). Y esperamos que el Señor, cuyo «servidor fiel y amigo perfecto» fue declarado por El mismo, querrá concederle un día no lejano la suprema glorificación del título de Santo.
Dejando aparte los elogios de la Iglesia, que tiene el carisma del Es píritu para conocer los dones de Dios en las almas de los hombres, vamos a fijarnos un instante en los elogios que le tributó aquella que estuvo unida con él por la singular misión del Sagrado Corazón de Jesús: santa Margari ta María de Alacoque, cuyo director espiritual fue La Colombiére, y testi go ante la Iglesia y los hombres de su extraordinaria misión celeste.
En la introducción que hacemos después sobre su vida pueden leerse las palabras admirables que el mismo Señor dijo a santa Margarita María sobre el «hombre que le enviaba», para ayudarle en su difícil empeño. Ahora nos vamos a limitar a entresacar de alguna de las cartas de la santa la opinión que tuvo sobre su Director, a quien tan bien conocía, y los elo gios que hace de los escritos que este libro quiere presentar.
A los dos años de la muerte del P. La Colombiére, en 1684, aparecía ya impreso el primero de los libros de sus escritos, el de sus Retiros espiri
tuales, en vida todavía de la santa, que es aludida claramente en el mismo.
Aprovechó ella la ocasión para atribuir la devoción del Sagrado Corazón de Jesús al Padre, en cuyo libro aparecía con mucha claridad como inspi rada a ella, y transmitida a él:
«Hemos hallado esta devoción en el libro del Retiro del R. P. La Colombiére, a quien se venera como a Santo. No sé si tenéis conoci miento de él ni si poseéis el libro de que os hablo. Para mí serla de su mo placer podéroslo enviar». (Carta del 4 de julio de 1686 a la M. Luisa Enriqueta de Soudeilles, superiora de Moulins. Obras, carta LI).
Dos meses más tarde, recibida su respuesta, le envía el libro, con es tas palabras:
«Os envío el libro del Retiro del R. P. de La Colombiere, y esas dos estampas del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo... Os confieso que no puedo creer que perezcan las personas consagradas a este Sagrado Corazón... No os podéis figurar los excelentes efectos que produce en las almas que tienen la dicha de conocerle, por medio de es te santo varón (el P. de La Colombiere), el cual se había consagrado en teramente a este Corazón, y no suspiraba más que por hacerle amar, honrar y glorificar. Tengo para mí que esto fu e lo que le elevó a tan alta
perfección en tan breve tiempo». (Carta del 15 setiembre 1686, a la
misma. Obras, carta LUI).
Más adelante envía a la misma los restantes libros publicados del P. La Colombiere, que eran sus sermones y reflexiones. (Obras, cartas LXXIII y LXXV). Pero con mayor claridad abierta podía expresarse escri biendo a la M. de Saumaise, a Dijon. Esta había sido Superiora de la santa en Paray-le-Monial en el momento crítico de las grandes revelaciones, cuando llegó de superior a Paray el P. La Colombiere. Ella misma se habla entregado también a su dirección, y como podrá verse en la co rrespondencia que el Beato le dirige, tuvo una gran confianza espiritual con él, y el Beato la admiraba y recibía sus consejos como luces de Dios. Escribe pues la santa a la M. de Saumaise, un año antes de la muerte de la misma santa, y le dice así sobre el Padre:
«Espero que este divino Corazón será un manantial inagotable de misericordia, como me parece lo prometió a nuestro buen P. de La Co- lombiere el día (de su fiesta, o sea) de su muerte (15 de febrero), que celebré yo en nuestra Capilla, desde las diez de la mañana hasta eso de las cuatro de la tarde». (Carta de febrero de 1689, a la M. de Saumaise,
Obras, carta XCVII).
Y como aquella a quien escribía habla tenido tanta confianza y tanta parte con el P. de La Colombiere en la obra del Sagrado Corazón, le aña
día:
«Debe serviros de mucho consuelo tener tan Intima unión con el buen P. de La Colombiere, porque hace él en el cielo por su intercesión lo que se va obrando aquí en la tierra para gloria de este Sagrado Cora zón» (ib.).
Todavía podemos decir más de la veneración que la santa tenía hacia su Director. Pues en la carta que había escrito a la misma M. de Seumaise en marzo de 1686, con ocasión del traslado de los restos del Beato (falleci
do en 1682) a la nueva iglesia edificada por los Jesuitas de Paray, le envía en secreto una reliquia del Padre, diciéndole:
«Me complazco de antemano en el contento que tendréis al recibir las reliquias de nuestro santo P. de La Colombiére, cuyo cuerpo han trasladado los reverendos Padres jesuitas a su nueva iglesia. Nos han regalado, muy en secreto, un huesecito de sus costillas y su cinturón. Yo deseo compartirlo con vos, pues sé que el aprecio que hagáis de ello estará en relación con la estima en que tenéis a este gran siervo de Dios». (Carta de marzo de 1686, a la M. de Saumaise. Obras, carta XLIV).
Presentamos así al lector este libro que hemos titulado «Escritos espi
rituales del Beato Claudio de La Colombiére», y que contiene el texto de
los Retiros y Notas espirituales de 1674 a 1677, así como el texto de su co rrespondencia, en un total de 149 cartas. No se incluyen pues, aquí los sermones del Beato, ni las llamadas «Reflexiones cristianas», o apuntes para sermones. Además de ser demasiado voluminoso el conjunto de sus obras completas, no parece que tengan tanta actualidad los sermones, en un tiempo como el nuestro, aunque sin duda son materia sólidamente es piritual, obra literaria digna de gran estima, y desde luego, necesarios para quien quiera entrar profundamente en el conocimiento de la personalidad total del autor. Pero estos escritos presentados, por su carácter de intimidad y alta espiritualidad, podrán servir para recibir luces sobre los caminos de Dios, y conocer bastante el alma del Beato.
La primera edición de sus obras se inició, como hemos dicho, ya en 1684, a los dos años de su muerte, lo que muestra la estima que dejó como recuerdo. A ese texto de los Retiros, que fue providencial para la devoción al Sagrado Corazón, dándola a conocer por primera vez, por las notas refe rentes a la Gran Revelación de santa Margarita María en Paray en 1675, siguió la edición de sus sermones en varios tomos. Fueron estos tan apre ciados del público, que en medio siglo conocieron hasta nueve ediciones.
Las cartas tardaron más en ver la luz pública. En 1715 se publicó la primera colección, y el mismo año pudo imprimirse otro volumen con las nuevas remitidas, que formaron un total de 139 cartas. Con ello quedaba publicada la obra integra conocida de La Colombiére, hasta que Charrier logre hacer una edición clásica y definitiva de sus obras, en 1900. Pero en 1864 se hizo en Lyon una reedición de las Obras completas en 7 tomos, y en 1875 en París una edición de sólo las Cartas.
En cuanto a biografías del Beato la demora para tenerlas fue mayor. En 1875 publicaba el P. Pierre-Xavier Pouplard una resumida «Notice sur
le serviteur de Dieu P. Claude de la Colombiere», que contenía un resu
men breve de su vida, y algunas cartas selectas de su correspondencia. En 1876 el P. Eugenio Séguin publicaba el primer ensayo histórico sobre la Vida y Obras del P. La Colombiere.
Pero fue el P. Pedro Charrier el hombre destinado por la Providencia para reunir, clasificar y penetrar la enorme materia. En 1894 publicó su
«Histoire du Venerable P. de La Colombiere» en dos volúmenes, con nu
merosas notas y documentos que resultaban nuevos, debidos a su investi gación. Por fin en 1900-1901 dio a luz su edición de las obras completas del P. La Colombiere: Oeuvres completes. Forman seis gruesos volúme nes, de los cuales los cuatro primeros (I-IV) contienen, además de una in troducción, y del prefacio del P. la Pesse a la primera edición de los ser mones, el texto completo de éstos, tal como quedaron escritos por el Bea to. El volumen quinto (V) se dedica a las «Reflexions chrétiennes», que son apuntes para sermones, a veces extensos, compuestos por el Beato, y las «Meditations sur la Passion». En el volumen último (VI) es donde se encuentran tanto los «Retiros y notas espirituales» como las «Cartas», or denadas pacientemente por Charrier, como diremos en su lugar. Es a este último volumen, pues, al que debemos remitirnos para el texto de este li bro. En 1904 refundía en un volumen nuevo y diverso su «Histoire du Ve
nerable», de 1894.
Una importante deuda, para poder situar el conocimiento de la perso nalidad del Beato, tenemos con la gran vida escrita en 1942 por el P. Jorge Guitton, Le Bienheureux Claude La Colombiere, y traducción al español por el P. Luis Ramírez, que publicó el Mensajero del Corazón de Jesús de Bilbao en 1956, bajo el título: «Perfecto amigo. B. Claudio de La Colom-
biere». Declaramos aquí que hemos aprovechado mucho esta obra para los
datos necesarios, junto con nuestra propia crítica sobre el texto del Beato. También debemos afirmar, como deuda de gratitud, la que tenemos con el P. José María Sáenz de Tejada, que trabajó en su vida incansable mente por la gloria del Corazón de Jesús y sus dos apóstoles, desde el mismo Mensajero. El publicó con admirable paciencia y fruto la Vida y
Obras completas de santa Margarita María de Alacoque, que alcanzaba
en 1958 la tercera edición, y que aprovechamos repetidamente, como se verá. El también publicó, mucho más modestamente, la primera edición del Retiro del Beato en español en 1929, que alcanzó una segunda edición
en 1944. Todavía más, este libro le es deudor también de la traducción de las Cartas del Beato, que dejó realizada.
Es cierto que hemos debido confrontar cuidadosamente tanto el texto de la traducción del Retiro como el de las Cartas con los originales france ses. Es cierto que hemos verificado numerosas correcciones. Pero induda blemente tenemos una deuda básica de gratitud, que nos honramos en re conocer.
Finalmente (last, but non least) manifestamos aquí nuestra profunda gratitud al Instituto Internacional del Corazón de Jesús (International Insti
tuto o f the Heart o f Jesus), conocido por sus siglas IIHJ, y a su Fundador y
Presidente, Mr. Harry G. John, de Milwaukee, USA, que generosamente ha hecho posible esta edición. Juntamente agradecemos su estrecha cola boración al Vice-presidente ejecutivo del Instituto, P. Jesús Solano.
El Sagrado Corazón de Jesús agradecerá mucho mejor que nosotros esta obra a los que la han hecho posible.
Bilbao, 16 junio 1979.
Ju a n Ma n u e l Ig a r t u a s. j. Universidad de Deusto - Bilbao
Introducción
I
El autor de los escritos
a) Familia y formación humana
El Beato Claudio de La Colombiére, autor de estos escritos, com puestos con sus Retiros espirituales y Notas personales de los años 1674 1676, y con la correspondencia mantenida en 149 cartas, todas las que se conservan, nació en el pequeño pueblo francés de S. Symphorien d ’Ozon. Se halla dicho pueblecito en la actual diócesis de Grenoble, pero entonces se incluía en la de Lyon, y en la dependencia civil de Vienne en el Delfi- nado. La fecha de su nacimiento, tercer hijo del matrimonio de Bertrand de La Colombiére y Margarita Coindat, fue el 2 de febrero de 1641, en la fies ta de la Purificación de la Virgen y Presentación del Señor en el Templo.
Los hijos del matrimonio, y hermanos de Claudio (que es el tercero de ellos), fueron: Humberto el primogénito, Yzabeau y René, fallecidos de niños, Floris, Margarita Isabel y José. En la primavera de 1650 la familia abandonó el pueblecito y se trasladó a vivir a Vienne.
Ese mismo año, Claudio fue enviado a Lyon, al colegio de los jesui- tas de Nuestra Señora del Socorro. Era un colegio menor, del que pasó el año 1653 al gran Colegio de la Trinidad, regentado por los mismos jesui tas, donde estudiaban los niños de más edad. Bajo la dirección de eminen tes maestros de humanidades y retórica, cursó normalmente y destacando por sus aptitudes los estudios entonces vigentes, donde las ciencias y la li teratura alternaban, con preferencia para la formación humanista, con los principios de la filosofía.
A los diecisiete años, en 1658, Claudio decidió su vocación al tér mino de los estudios. «Con una horrible aversión por la •vida religiosa», sentida por su sensible naturaleza (carta LXX), pero viendo clara la llama da del Señor, hizo a Dios su sacrificio y entró en el Noviciado de la Com pañía de Jesús en Aviñón. Teniendo por Maestro de novicios al P. Juan Papón, a quien había ya conocido como prefecto de las clases de literatura
en el Colegio de Lyon, hizo el bienio ordinario de los que comienzan la vida religiosa en la Compañía de Jesús. Hizo sus primeros votos, que son ya perpetuos en la Compañía, el 20 de octubre de 1660 en el Colegio de Aviñón, donde comenzaba a cursar el tercer año de filosofía.
Aquel año se grabó además en la memoria del Beato porque en él murió su madre, a la que quería entrañablemente, el día 3 de agosto. Un biógrafo de Claudio, el P. Séguin, afirma que asistió a la muerte de su ma dre y que recogió de sus labios esta predicción: «Hijo mío, tú serás un san to religioso». Poco después era designado, al comenzar el curso de 1661, como profesor o regente de la clase de gramática, así llamada en el conjun to de las humanidades, que era la primera de todas para los alumnos meno res. Dio ya muestras de su notable talento oratorio, como en el discurso inaugural del curso de 1665, ante un brillante auditorio, y en el sermón pa ra celebrar la canonización del gran san Francisco de Sales en uno de los días del octavario celebrado. Tenía entonces 25 años y participó con desta cados oradores sagrados de varias Órdenes religiosas.
En 1666, por especial disposición del General de la Compañía de Je sús, fue destinado a los estudios de la Teología, preparatorios para el sa cerdocio, en el Colegio de Clermont, de París, próximo a la Sorbona. El ambiente religioso, si por una parte ofrecía una renovación extraordinaria con un san Vicente de Paúl en plena actividad hasta su muerte, acaecida seis años antes (1660), y con la gran obra de espiritualidad iniciada por Be- rulle y M. Olier en san Sulpicio, por otra presentaba el drama jansenista en toda su fuerza, así como el problema del quietismo de Molinos. Port Ro- yal, con su doble centro, con un Pascal que en 1655 había lanzado sus cé lebres Cartas Provinciales, contra los jesuitas, y donde la famosa M. Angé lica reunía en torno almas de notables austeridades y entregadas a una pie dad desviada por hallarse en rebeldía contra el Vicario de Cristo en la tie rra.
En cuanto al ambiente literario y oratorio, ¿qué más será necesario decir que recordar que, por los años de La Colombiere en París como estu diante de Teología, triunfaban en la escena Racine y Moliere, y en los púl- pitos sagrados Bossuet y Bourdaloue? La Colombiere tenía un extraordina rio dominio de la lengua francesa, y un espíritu fino y capaz de percibir y expresar todos los matices. Nos dirá el P. de La Pesse, en el prefacio a la primera edición de los sermones de La Colombiere, que Oliveti Patru, aca démico de la Real Academia Francesa, y «el hombre que hablaba mejor el francés» en la Francia de tan grandes talentos del siglo de oro, «admiraba
las reflexiones del P. de La Colombiére acerca de los más finos secretos del estilo francés», y llegó a decir de éste que era «uno de los hombres del reino que mejor conoce nuestra lengua».
Por este tiempo, mientras estudiaba su Teología, fue nombrado en el Colegio preceptor del hijo mayor del influyente Colbert, ministro de Fi nanzas de Luis XIV. Se cuenta una anécdota, según la cual La Colombiére cayó al fin en desgracia del hombre de Estado, porque éste habría hallado entre los papeles personales del preceptor de su hijo inopinadamente un epigrama copiado de su mano contra él. Pero la crítica hoy rechaza como improbable tal suceso.
El 6 de abril de 1669, víspera del domingo de Pasión, fue ordenado sacerdote. No conservamos ninguna noticia, ninguna impresión personal de tan grande y decisivo momento, en un hombre que después vivirá inten samente su sacerdocio y la devoción a la Eucaristía (V. Retiro de 1674 en Lyon, I, n. 10). Terminada la Teología al año siguiente, volvió en 1670 a Lyon, al Colegio de la Trinidad, como profesor. Ahora le fue encomen dada la cátedra de los cursos superiores, o de Retórica. Tuvo en el Colegio como contemporáneo al célebre P. Menestrier, polígrafo insigne y célebre por su erudición, brillantez y fecundidad. También le fue encargada la di rección, primero, de la Congregación de los Santos Angeles, y después de la Anunciación, conociendo así de cerca la utilidad para las almas de estas Congregaciones marianas, de lo que dará muestra en Paray-le-Monial, fundando una en su breve estancia como superior en la ciudad. Era tam bién predicador en la ciudad, y tuvo ocasiones de ejercitar este ministerio con su preparación extraordinaria.
Tuvo como Rector en el Colegio al célebre P. de la Chaize, que fue poco después Provincial, quien envió a La Colombiére al destino de Paray, y más tarde fue designado confesor de Luis XIV, y con su influjo hizo que La Colombiére fuese enviado de Paray a Londres, como capellán de la Duquesa de York. La Providencia pone los hombres necesarios en el ca mino para que se obtengan los resultados que quiere.
b) El giro espiritual de su vida
Hemos llegado al momento en que la vida del Beato girará significa tivamente hacia los caminos de Dios. En setiembre de 1674 es enviado, en el mismo Lyon, a la «isla de Anay», donde una conocida Abadía presidía la confluencia de los grandes ríos Ródano y Saona. En la Casa de san José, se reunían todos los jesuitas que iban a vivir los meses de la llamada Ter
cera Probación (Terceronado vulgarmente entre los propios jesuitas). La Tercera Probación es un tiempo para intensificar la vida espiritual. Pero el principal centro de ese tiempo es el mes entero dedicado a los Ejercicios Espirituales íntegros, tal como en plenitud los concibió y escribió san Ig nacio de Loyola. Este mes de silencio y de intensa meditación interior, tiempo de oración y penitencia, fue decisivo en la vida del P. Claudio de La Colombiere, bajo la dirección del P. Athiaud, que dirigía la Tercera Probación, y que ocupó después todos los cargos más importantes de su Provincia religiosa. La importancia de este retiro, que cambia profunda mente el alma del religioso al enfrentarle directamente con el misterio de Jesús que le ha llamado, la pondremos de relieve brevemente al hablar de la espiritualidad del Beato.
Ahora baste decir que supone un ángulo de giro hacia Dios en totali dad de entrega. El lo dice: «Dios mío, quiero hacerme santo entre Vos y yo», en la soledad de su propósito (Retiro, III, 5 ante Herodes). Y acaba su mes exclamando con decisión: «A cualquier precio que sea, es necesario que Dios esté contento».
El 2 de febrero de 1675 La Colombiere hacia en Lyon, en el Tercero- nado, su Profesión religiosa. Era la unión con Jesucristo por los tres votos solemnes de los Profesos de la Compañía de Jesús, de los cuales dirá en un sermón pronunciado en Londres: «Me clavé hace tiempo en vuestra Cruz con los votos de mi Profesión religiosa». Hecha la Profesión, debía ya co menzar su trabajo apostólico, cuya preparación larga y cuidadosa habla así terminado. Era su primer destino como miembro pleno de la Compañía. ¿A dónde podía ser enviado un hombre de tan brillantes cualidades, que había desempeñado ya cargos de importancia como profesor en el Colegio de Lyon?
La mano de Dios, por medio de su Provincial, el P. de La Chaize, se ñaló una pequeña ciudad provinciana, al parecer oscura, pero en la que ha bía comenzado a irradiar una misteriosa luz: Paray-le-Monial. Claudio de La Colombiere fue enviado como Superior de la pequeña Residencia en aquella ciudad. Sólo tenía tres o cuatro Padres en la Residencia, con un pequeño colegio para los alumnos de Paray. En la ciudad había una nota ble abadía cluniacense, que todavía conserva su gran iglesia abacial, con título de Basílica. Ocho monjes, divididos en dos observancias, «antiguos» y «reformados», para mayor conflicto. De este foco antiguo monacal, que poseyó antaño como propia la ciudad de Paray, había venido el sobrenom bre «le-Monial» (el Monacal). Había también una iglesia parroquial de
Nuestra Señora, con un párroco y unos quince sacerdotes entre curas y ca pellanes. Había un convento de Ursulinas con su colegio y pensionado.
c) Santa Margarita María de Alacoque
Pero, sobre todo, en Paray-le-Monial existía, desde hada cincuenta años solamente, un Monasterio de la Visitación de santa María, conocido por el nombre del Fundador, san Francisco de Sales, con el nombre fami liar de las Salesas. Hay que tener en cuenta, para apreciar mejor la situa ción, que la fundadora o Madre de la nueva Orden inspirada por el célebre obispo de Ginebra, santa Juana Francisca de Chantal, había muerto en 1641, el mismo año en que nació el Beato, y la Orden se hallaba en el auge inicial y además en la misma región donde había comenzado. La santa ha bía nacido en Dijon y muerto en Moulins. En este Monasterio, cuando La Colombiére llegó a Paray en 1675, en el mes de febrero, se hallaba uno de los más poderosos focos de irradiación espiritual que han existido en la Iglesia: las revelaciones y apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a una humilde religiosa del Monasterio llamada Margarita María de Alacoque.
No tratamos aquí de hacer un resumen de esta devoción, apariciones y revelaciones, sino del Beato de La Colombiére. Por eso mencionaremos simplemente los datos relacionados con el Beato. Entrada en el monasterio el 20 de junio de 1671, a los treinta años de la muerte de santa Chantal y mientras La Colombiére enseñaba Retórica en el Colegio de la Trinidad de Lyon, Margarita había sido elegida por Jesucristo ya antes de su entrada en el monasterio como predilecta de su Corazón. Desde el principio de su no viciado el Señor había comenzado a manifestársele más claramente con insistentes llamadas y palabras interiores. A los veinticuatro años de edad (nació el 22 de julio de 1647, seis años más tarde que La Colombiére) en tró en el monasterio. El 25 de agosto de 1671, a los dos meses de su entra da, tomó el hábito de religiosa, y el 6 de noviembre de 1672 hizo su profe sión religiosa primera. Desde el día de san Juan Evangelista, 27 de di ciembre de 1673, el Corazón de Jesús había comenzado con mayor clari dad sus manifestaciones: «Mi divino Corazón ama tan apasionadamente a los hombres, que quiere repartirles los tesoros de su caridad...». Durante todo el año de 1674 crece el divino esplendor de la llamada. Se le mostra ba el Corazón de Cristo sobre su pecho como un divino sol rodeado de una corona de espinas. Tiene ardiente deseo de ser amado por los hombres. Se trata de un «último esfuerzo de su amor en estos últimos siglos». Los he chos prodigiosos, las curaciones, los éxtasis, se sucedían, y comenzó a tur barse la paz del convento. Era hasta entonces Superior de los jesuitas el P.
Papón, y al marchar llamó la atención del P. Provincial sobre el problema de su sustituto, que debía dirigir el caso.
El Provincial encontró el hombre que la divina Providencia había preparado para ese momento: el P. Claudio de La Colombiere. La señorita de Lyonne, cuyo director será el Padre y a quien se dirige una serie de car tas del epistolario conservado, se extrañaba que un hombre tan eminente hubiese sido enviado a una ciudad tan retirada como Paray. Otro Padre de la Residencia le aclaró el misterio: «Es en favor de un alma que necesita su dirección». Esta era santa Margarita María. Se hallaba sometida a las an gustias que acompañan de ordinario a los casos extraordinarios, y que ne cesitan un maestro iluminado por Dios entre la incomprensión de los de más. ¿Era el demonio o era Dios el que actuaba? ¿Eran ilusiones o era el impulso del Espíritu? Santa Teresa conoció una situación muy semejante. Pero el Señor dijo a santa Margarita María: «Yo te enviaré a mi siervo fie l
y perfecto amigo, que te enseñará a conocerme y abandonarte a Mí». (Vida y Obras de santa Margarita María, 3 edic., Bilbao, 1958. Carta CXXXII,
tercera de Aviñón al P. Croiset, p. 445).
Cuando a fines de febrero de 1675 el Beato hacia su primera visita al monasterio de Paray, la superiora M. de Saumaise, le presentó la Comuni dad de la que iba a ser confesor extraordinario. Tras las rejas del locutorio, entre las demás, la santa oyó interiormente y con claridad esta palabra del Señor: «He aquí al que te envío». Era el siervo fiel y perfecto amigo pro metido, con un título inigualable para el que aspira al amor de Jesucristo entre sus sacerdotes. Pocos días después, y aunque ella no quiso entonces o no se atrevió a declararse, se retiró del confesonario, según dice, con la in vitación a otra conversación sobre su alma. (Autobiografía, c. VI). La se gunda conversación fue más explícita y él admiró los singulares favores que Dios hacía a aquella alma, y la lanzó con seguridad por el camino de Dios. A la Superiora había dicho: «Es un alma elegida». Como san Juan en el lago de Genesaret ante el Señor aparecido, había dicho con la seguridad del instinto divino del Espíritu: Es el Señor.
Un día que vino el Padre a decir Misa en la Visitación, cuenta la san ta que el Señor le hizo a él, y también a ella, grandes favores espirituales. Y cuando ella se aproximó a recibir de su mano la Comunión, vio al Señor que le mostraba su Sagrado Corazón como un horno ardiente, y vio otros dos corazones, el suyo y el del Beato, que iban a unirse y abismarse en el del Señor, mientras le decía: «Así es como mi puto amor une para siempre estos tres corazones». Visión, carisma y profecía. Porque efectivamente se
ha cumplido la palabra y los dos corazones de los dos santos están unidos indisolublemente con el del Señor en la Iglesia de Dios como primeros fautores de esta admirable expansión del culto al Corazón de Jesús que es talló en Paray-le-Monial. (Autobiografía, c. VI). «Quería — prosigue la santa— que yo le descubriese los tesoros de ese Corazón, a fin de que pu blicase y diese a conocer su valor y utilidad. Para lo cual quería que fué semos como hermano y hermana, igualmente partícipes de los bienes espi rituales». Profecía también cumplida en el primer apóstol de esta forma de la devoción. Y como ella objetara la diferencia entre los dos, dijo el Señor: «Las riquezas infinitas de mi Corazón suplirán e igualarán todo. Háblale sin temor». Es el comienzo de la nueva misión eclesial de La Colombiere, que él aceptará con humilde gratitud.
El mandó a la santa que pusiera por escrito los favores recibidos. Pe ro, en su sencilla y humilde obediencia, quemaba luego lo escrito, espe rando cumplir así lo mandado sin darse a conocer. El mandato fue renova do. Llegó el día 16 de junio de 1675. En ese día de la octava del Corpus, que cayó en domingo y por esto se hallaba expuesto el Santísimo Sacra mento en el airar, la santa recibió la comunicación y visión definitiva de la intención de Jesucristo. Ha sido llamada la Gran Revelación, en que el Se ñor pide concretamente la Fiesta en honor de su Sagrado Corazón en el viernes siguiente a la octava del Corpus, con intención reparadora por los pecados de los hombres. Habiendo sido aceptada la fiesta por la Iglesia Católica, y figurando hoy en su liturgia como Solemnidad, tenemos la ga rantía de la verdad de esta petición. El Beato la transcribió de su propia mano en el Retiro de Londres de 1677, atribuyendo el escrito a «una per sona según el Corazón del Señor, según se puede creer por las grandes gracias que le ha hecho». Y añade: «El buen Dios quiere valerse de mis débiles servicios en la ejecución de este designio».
Porque, en efecto, la revelación contiene estas palabras en boca del Señor: «Dirígete a mi siervo el P. La Colombiere, y dile de mi parte que haga todo lo posible para establecer esta devoción y dar este placer a mi Corazón» (Retiro 1677, n. 12). Añade el Señor que «encontrará dificulta des, pero que debe saber que es todopoderoso aquel que desconfía entera mente de sí mismo para confiar únicamente en Mí».
La santa se refiere a esta gran revelación en su Autobiografía, c. VII, y menciona también el encargo hecho al P. La Colombiere. Siguiendo los deseos del Señor, la santa y el Beato se consagraron a su divino Corazón enteramente en el día señalado por el mismo Jesucristo para su deseo, el
viernes siguiente a la octava del Corpus, que aquel año fue el 21 de junio de 1675, aunque no conozcamos con certeza la fórmula literal que el Beato aquel día utilizó para su acto. (V. Retiros y oraciones, nota 53). Quedaba rubricada la definitiva entrega del siervo fiel a su Señor, del amigo perfec to a su Amigo. Jamás se apartará de ella, y le conducirá a la santidad plena. Dice santa Margarita María: «Se habla consagrado enteramente a este Co razón, y no suspiraba más que por hacerle amar, honrar y glorificar. Tengo para mí que esto fue lo que le elevó a tan alta perfección en tan poco tiem po» (Viday obras, Carta LUI a la M. de Soudeilles, p. 297).
Un año más estuvo en Paray el Beato como Superior de la Residen cia. En el año y medio de su estancia, desde febrero de 1675 hasta setiem bre de 1676, trabajó lleno de celo por las almas en Paray-le-Monial y sus alrededores. Predicó en la iglesia, y la gente llenaba el lugar sagrado para escucharle. Predicó en algunos pueblos pequeños misiones, y en \ arios conventos retiros y sermones. Conmovió a varias almas, e inició su despe gamiento del mundo para comenzar a pensar en la vida religiosa, como la señorita de Lyonne y las hermanas Bisefranc, cuyas correspondencias con el Beato serán frecuentes hasta el fin de su vocación o de la vida del santo. Encauzó por el camino de la virtud a otras almas, madres de familia o pa dres, como la señora de Lyonne, la de Mareschalle y otras. Fundó y dirigió con gran fruto la Congregación de Nuestra Señora para los caballeros y jó venes. Trabó profunda amistad con el párroco Bouillet y otros sacerdotes y religiosos. Dejó huella inolvidable en la ciudad, en sólo año y medio de estancia en ella. Podemos ver su rastro en las Cartas del Beato, y hablare mos más concretamente de estas personas en la introducción a las Caitas.
A mediados de setiembre de 1676 dejaba Paray para dirigirse a Lon dres. ¿Qué había sucedido? Sabemos por el mismo Beato que ya en aquel verano los superiores pensaban en darle otro destino. (Carta LXIX, a la se ñora de Lyonne). ¿Fue porque creían que sus dotes requerían un puesto de mayor relieve? ¿Fue porque hubo algún revuelo en la ciudad ante su postu ra claramente favorable a santa Margarita? Porque la misma santa dice que tuvo que sufrir por causa suya, porque la favoreció (Autobiografía, c. VI): «Se hablaba de que yo quería engañarle con mis ilusiones e inducirle a error como a los otros». De hecho, se pensó en sacarle, aunque no sabía todavía qué destino le darían. Pero Dios intervino modificando los planes humanos.
Carlos II de Inglaterra, que era católico de corazón, pero no se atrevía a serlo francamente, no tenía herederos directos. Tocaba heredar el trono a su hermano Jaime, que era verdadero católico en sus sentimientos y con ducta. Murió su primera mujer, Ana Hyde, de la cual tuvo ocho hijos; de ellos sobrevivieron dos: Mary, futura esposa de Guillermo de Orange, usurpador del trono de los Estuardos con el nombre de Guillermo II, y Ana, futura reina de Inglaterra. Jaime, Duque de York, contrajo segundo matrimonio, muerta Ana. La elegida, contra su voluntad en principio, pues siendo muy piadosa se sentía inclinada a otra vida, fue la casi niña María Beatriz de Este, hija del Duque de Módena. Luis XIV y Carlos II intervi nieron con cartas ante el Papa, Clemente X, quien llegó a escribir perso nalmente a la joven pidiéndole en nombre de la Iglesia el sacrificio de sus ideales. La pobre joven se sometió a la gran renuncia y obedeció. Conver tida en Duquesa de York, esposa del heredero de Inglaterra (aunque apar tado de la corona por su religión católica, prohibida al rey por el Acta del Test), tenía derecho estipulado a tener una capilla en palacio y un capellán católico, desde su matrimonio en 1673. Lo fue en primer lugar el jesuita P. Saint Germain, que suplió de este modo la acción desarrollada primero por el P. Patouillet como predicador autorizado en la Embajada de Portugal. Pero a finales de 1675 fue falsamente acusado por un traidor de haberle querido obligar por la fuerza a abjurar del protestantismo. A pesar de lo absurdo de la acusación, abandonó Inglaterra, y hubo de buscársele un sus tituto. Se pensó de nuevo en el P. Patouillet, pero algunas circunstancias presentadas hicieron desistir de esta idea. La elección recayó ahora sobre el P. La Colombiere, por parte del P. La Chaize, el confesor j. de Luis XIV, que le conocía a fondo del tiempo del Colegio de Lyon y de su tiem po de Provincial. Y fue destinado.
Arreglados sus asuntos de Paray, el P. La Colombiere se puso en ca mino para París y de allí a Londres. La despedida en el convento de la Vi sitación debió ser resignada, pero llena de emoción sagrada. Se despedía, sin saber si las volvería a ver, tanto de santa Margarita María como de su Superiora, la M. de Saumaise, que había puesto su confianza en él espiri tualmente, y con la que se sentía muy identificado (Carta XXXVI). En la despedida la santa entregó a la Superiora, para que lo transmitiese al Padre, un «Memorial» breve, de tres puntos. En dicho escrito se contenían algu nos consejos y prevenciones para el Beato, de parte del Señor. Este tesoro se convirtió en un foco de luz para el Beato, que iluminó sus difíciles años de Londres, y le acompañó hasta su muerte. (Véase el Memorial en «Aviso
XXI). Se despidió también de otras personas, que sintieron mucho su par tida, y el 5 de octubre salía para Calais, llegando a Londres el día 13. (Car ta LIV).
e) En el palacio de S. James
El P. La Colombiére habitó en Londres en el palacio de Saint James, residencia del Duque de York. Quedaba enfrente del Palacio real, separado por un parque, y sobre el río Támesis lleno de movimiento y vida. El P. La Colombiére hizo propósito, conforme a su voto, de austeridad, y lo cum plió con tal rigor que nunca se acercó a la ventana para mirar. Ni siquiera salió a visitar la ciudad. En lo que toca al clima, le correspondió un in vierno frigidísimo, con nevadas que impedían andar por las calles. El Tá- mesis se heló, y soportaba a los paseantes que hasta encendían fuego sin que se derritiese el hielo. El santo no permitió encender fuego en su propia habitación.
La predicación del Beato convirtió la capilla del Palacio en un lugar de consuelo para los católicos ingleses. Aunque era pequeña (cabían unas ciento cincuenta personas) era la única en que no se impedía entrar a los ingleses. Allí desarrolló una intensa labor de predicación el Beato. No pre tendemos hablar de sus sermones, llenos de unción, correspondientes a las diversas épocas y fiestas del año. Sobre su valor literario y oratorio religio so, bastará decir que de ellos se hicieron en Francia durante el siglo XVIII repetidas ediciones, preparadas después de su muerte con sus escritos. De los seis grandes volúmenes, que Charrier dedica a la obra del Beato, cuatro son de sus sermones. La primera edición de ellos se publicó ya a los pocos meses de su muerte. Nos basta consignar aquí, como una muestra del valor extraordinario de su oratoria religiosa, que el Acto de confianza tan admi rable, que se puede leer al fin de los Retiros en este libro, está tomado de su sermón sobre el amor y la confianza en Dios. (Charrier, IV, 215: v. p.
167).
Desde aquel palacio, el fervor apostólico de La Colombiére irradió vigorosamente en torno la fe, la esperanza y la caridad. En sus cartas apa recen repetidas veces casos de personas que venían a buscarle para tratar asuntos de espíritu, de vocación, de fe perdida o recobrada. (Cartas XXIII, XXVI, XXVIII, XXX, XXXV-XXXVIII). Hasta hay indicios de que pudo influir en el ánimo del mismo rey. Respecto a su trabajo de escritor, dan testimonio tanto el esmero con que se han conservado sus sermones, que escribía con gran cuidado (cfr. Carta XXXVI), como la notable correspon dencia con diversas personas de Francia, a quienes atendía incesantemente.
Si se lee su correspondencia conservada, que es una parte de la real (cf.
Retiro de Londres, n. 11, carta que no se conserva), se podrá ver que la
mayoría de las cartas llevan como punto de partida Londres. Una incansa ble tarea, por otra parte, siempre cumplida en Cristo y en su Espíritu. Así como en la copiosa correspondencia de santa Margarita María de Alaco- que, conservada con cuidado, que son en total 142 cartas, mucho más am plias doctrinalmente que las del Beato, las 149 conservadas de éste mues tran a un hombre lleno sólo de Dios. Si santa Margarita, religiosa de un convento de clausura, dedicada íntegramente a la vida interior, no escribía sino de asuntos espirituales y del Corazón de Jesús, el P. La Colombiere, junto con los numerosos consejos de vida interior y dirección espiritual que llenan sus cartas, da, como hombre que vive en el apostolado activo, numerosos datos y referencias externas de su trabajo. Pero nunca elemen tos mundanos.
f) Enfermedad y cárcel
En febrero de 1678, año largo después de haber llegado a Londres, el Beato habla en sus cartas de una salud que «no es ciertamente buena», y empieza a crearle dificultades (carta XXXII). Tres meses más tarde, a pe sar del cuidado puesto en trabajar algo menos para cuidar de su salud, co mo le advertía la misma santa desde Paray, siente los primeros síntomas de su pulmón enfermo (carta XXXIV, del 9 de mayo 1678). La terrible enfer medad de la tuberculosis, que ha de minar y arruinar su vida, ha comenza do su tarea, favorecida, sin duda, por su absoluta entrega al trabajo y auste ridad.
El primer vómito de sangre se presentó el 24 de agosto. A fines de se tiembre se presenta de nuevo la ruptura sangrienta pulmonar (cartas XL- XLI). Se piensa en que vuelva a Francia para reponerse, él vuelve a reani marse momentáneamente. Y de pronto estalla la tragedia en Inglaterra.
El tristemente célebre Titus Oates, aprovechando el ambiente de las ambiciones y recelos de Londres, tramó su traición. Fingiéndose católico ferviente fue a Valladolid al Colegio de ingleses, que se preparaban al apostolado sacerdotal para su patria. Expulsado de allí al poco tiempo, pa só al Colegio de los jesuitas de Roma, y también acabó con la expulsión. Pero ya sabía lo bastante para sus planes. Esto sucedía en 1678, y en julio regresaba a Londres, con sus datos y sus planes. En agosto comenzó a tra bajar en los planes de una conspiración fingida, que en frase del historia dor Macaulay es «semejante a los sueños delirantes de un enfermo». Pero los ambiciosos aprovecharon la ocasión preparada largamente.
El 28 de setiembre eran detenidos varios jesuitas, entre ellos el Pro vincial de Inglaterra, arrancándolos de la misma Embajada de España. Pronto, a pesar del rey, que se reía de los fantásticos planes, los rumores llenaron Inglaterra. Una conspiración papista estaba en juego. Alguna carta poco prudente, pero antigua, del Secretario del Duque de York, Coleman, que luego murió valientemente, encendió el fuego popular. Y comenzó el terror. La locura se apoderó de muchos y aun de los mismos jueces. El rey quiso resistir y comenzó a comprender que era incapaz ahora. El «Popish
Plot» (complot papista), inventado por Oates y apuntalado por los protes
tantes sectarios y los ambiciosos, habla entrado en la historia, hasta que más tarde quedara patente su loca ficción.
El complot, como era obvio, afectó gravemente a La Colombiére. Fue denunciado por resentimientos personales por un joven a quien habla ayu dado antes (Carta XII). La falsa denuncia, en aquel ambiente, prosperó un tiempo, y La Colombiére fue arrestado en el mismo palacio de Saint James en la madrugada del 13-14 de noviembre. Dos días de cárcel con guardias de vista, como preso peligroso, y el 16 de noviembre fue trasladado a la cárcel de King’s Bench, tristemente célebre. El 18 siguiente compareció ante los comisarios de la Cámara de los Lores. Vieron fácilmente que era inocente de toda sospecha verdadera: las acusaciones eran ridículas. Pero el proceso siguió adelante. Se le acusaba de haber alentado varias vocacio nes, de haber ayudado en sus dificultades a un muchacho de 16 años, de haber dicho que el rey era católico de corazón, que podía disolver el Par lamento (lo cual era pura verdad legal), que había ayudado a abjurar a al gunos protestantes, que decía misa alguna vez fuera de palacio... Timbre de honor para un sacerdote de Cristo, que tales acusaciones le hicieran se mejante a Jesucristo. Que cuidaba de unas religiosas católicas, ocultas en Londres: debían ser las hijas de la admirable Mary Ward. Un hombre con vómitos de sangre, que se va al campo a descansar unos días, y allí dice Misa. ¡Terrible conjuración! Pues la decía a sabiendas de todos en el pala cio, y para eso había venido con autorización real.
El Parlamento, no atreviéndose a más, vista la falta de pruebas, pidió al rey que desterrase a La Colombiére a Francia. Como Pilato de Jesús de cía: No hallo culpa en este hombre, por tanto, le castigaré...
La cárcel de King’s Bench, donde estuvo encerrado desde el 16 de noviembre hasta el 6 de diciembre, tenía los horrores de las cárceles ingle sas de entonces, como todas las de la época. Aherrojado allí, con muy es casa comida, sin apenas agua, en el corrompido ambiente de aquella paja
podrida, con compañeros demacrados y atacados muchas veces de la «fie bre del calabozo», pudo gustar, aunque sea brevemente, el cáliz de Jesu cristo. Otros compañeros jesuitas llegaron más adelante con sus cruces, y acabaron en el martirio el desenlace de las fantasías de Oates y de su per versidad. Se había cumplido su visión profética. (Notas espirituales, a, n.
8).
Los lores, obtenido el destierro que pedían en la sesión del Consejo privado el 6 de diciembre, a la que el propio Rey asistió, sintieron compa sión de aquel hombre tísico, sometido a graves hemoptisis, que habían empeorado en la cárcel con la humedad y frío, hambre y falta de toda asis tencia (Carta XLII). Le permitieron reposar diez días en casa de Bradley y bajo su custodia. Allí pudo despedirse de sus amigos y de otros que tuvie ron el último consuelo de saludarle. Finalmente, en la segunda mitad de diciembre abandonó para siempre Inglaterra, con el corazón puesto en el que él mismo llamará «el país de las cruces» (Carta XLIII). A mediados enero de 1979 se hallaba en París, y desde allí escribía el 16 a su Padre Provincial para solicitar órdenes suyas para su destino (Carta X).
g) Paray y Lyon de nuevo
Su destino fue Lyon, donde podría, con las fuerzas escasas que tenía (Carta X), realizar la labor de un Padre espiritual dirigiendo a los jóvenes estudiantes de la Compañía de Jesús (Carta L). Pero tuvo el gran consuelo, después de más de dos años de separación, de volver a ver a las personas que tan en el corazón llevaba. Pasó por Dijon, donde la M. de Saumaise, antigua superiora de santa Margarita María en Paray, vivía ahora en el monasterio de las Salesas, aunque no como superiora. Luego, alcanzó Pa- ray-le-Monial. Allí visitó a santa Margarita María (Carta XLIII), y a las demás personas conocidas. Una de las hermanas Bisefranc, María, estaba ya en el noviciado de las Ursulinas. También estaba allí, aunque no duraría mucho tiempo, una inglesa a quien había dirigido a Francia, pero cuya vo cación para Salesa, aconsejada por la santa de Paray, terminó al cabo de poco tiempo llevándola al monasterio de Salesas de Charolles, cerca de Pa ray (Carta XLV).
Después de diez días de estancia, de nuevo se puso en camino a Lyon, a donde llegó el 11 de marzo, agotado por el viaje. Atrojó de nuevo sangre (Carta XLIII). En el mes de abril, poco después de Pascua, que aquel año fue el 1 de abril, los superiores autorizaron a su hermano Hum berto a llevarle a su casa de campo de S. Symphorien d’Ozon, su pueblo
natal, para obtener una mejoría. Sometido a un régimen de salud cuidado so, según la medicina entonces aconsejaba, logró experimentar alivio, por lo cual, habiendo regresado a Lyon después de mes y medio, volvió de nuevo a S. Symphorien en el verano (julio-agosto) para recuperar fuerzas y así poder resistir el curso escolar. En el campo decidió la vocación de la señorita de Lyonne (Caitas LIXLXI).
En Lyon, en alternativas de salud, con esperanzas y retrocesos, mejo rías y empeoramientos, pasará los años 1679-81, practicando el inmenso sacrificio de «no hacer nada», o casi nada (Carta XLIII). Sin embargo, de esta época es más de una tercera parte de la correspondencia conservada, y particularmente las dos cartas dirigidas a santa Margarita María. Las cartas a los jesuitas dirigidos por él dan testimonio de su labor callada y del efec to con que la recibían (Cartas XIV-XV).
Finalmente, en agosto de 1681, sus superiores viendo el declinar de su salud, y probablemente el peligro que podría traer a los jóvenes estu diantes un posible contagio, decidieron sacarle de Lyon. Efectivamente, el día de Pascua, en abril, había sufrido un nuevo vómito de sangre. Y la de cisión fue enviarle a la Residencia de Paray, dándole aquel consuelo. Dios estaba de por medio en tal decisión. Era el lugar elegido por el Señor.
Vivió en Paray los últimos meses de su vida, aunque muy débilmente en sus fuerzas físicas. Una carta nos deja el autoretrato del enfermo en los meses finales de 1681 en Paray (Carta XCIX). No podía ni vestirse por sí mismo. Reducido a no salir de su habitación, aunque todavía podía decir Misa a intervalos. Era una ruina física, pero todavía con la esperanza, que un enfermo siempre conserva, de recuperar la salud, matizándolo como «un castigo del mal uso que hago de la enfermedad». Esta penúltima carta suya conserva también el último recuerdo de santa Margarita María: no se atreve ya a pedir por su salud, porque cada vez que lo hace él empeora. Pe to también ella conserva la esperanza, y ahora como de una cosa «de la que no dudaba».
Quizás era un aviso premonitorio del definitivo descanso de la gloria. El Beato expresa su porvenir con una frase que parece inspirada: «Vere
mos lo que Dios nos enviará con la primavera». Esta para él sería eterna.
h) La muerte de un santo
En los meses de setiembre y octubre, todavía el Beato había podido salir algunas veces de casa, y en sus paseos ligeros y breves pudo visitar tanto a la santa como a la Hermana Rosalía de Lyonne, que había ya al
canzado el tesoro de las esposas de Jesucristo en el mismo monasterio de la santa. También, sin duda, hizo alguna visita a María de Bisefranc en las Ursulinas, y fue visitado por su dirigida Catalina, que le rodeaba con el afecto de quien tanto le debía (Cartas CXXXI-CXLVIII). La Hermana Ro salía se acordaba mucho después de la visita del santo y de su última re comendación: «No hallará descanso sino en el amor de Dios».
En enero de 1682 los superiores, visto el peligroso estado del enfer mo y siguiendo el consejo del médico, piensan en trasladarle a un clima mejor. ¿Será el de Lyon? ¿Sería mejor el de Vienne? El Beato piensa en ello y pide consejo, en esta última carta a las puertas de la muerte, a la M. Saumaise «por el escrúpulo de guardar la regla», conforme a su voto. Su regla dice, en efecto, que cada uno debe informar a sus superiores de lo necesario para su salud, aceptando después sus decisiones (Carta XLIX). El último consejo del santo es impresionante. Después de haber deseado y trabajado tanto para hacerse santo, por fin ha comprendido: «Es imposible,
si Dios no pone su mano en ello. Sólo a Él pertenece el santificarnos, y no
es poco desear sinceramente que lo haga. No tenemos ni bastante luz ni bastante fuerza para hacerlo». Al fin está en el punto que Dios quiere: ha bía dicho que trataba del negocio de la santidad «entre Vos y yo a solas». Ahora ya sabe que es cosa de Dios sólo. Su humildad es plena, está madu ro para el cielo.
El doctor Billet, que le atiende en Paray, es hermano del socio del Provincial. Le ha escrito indicando su opinión de la necesidad de un clima apto para el enfermo, y la conveniencia o necesidad de su traslado. Es in vierno. Habría que buscar un coche para el viaje, que sería en todo caso penoso. El Provincial manda un aviso a Floris La Colombiere, hermano del Beato y arcediano de la Iglesia primacial de Vienne, para que vaya a buscar al enfermo y lo traslade, a Vienne al parecer. Debían partir el 29 de enero, fiesta de san Francisco de Sales, fundador de la Visitación, y a quien Claudio tenía muy particular afecto, como consta por sus cartas.
Santa Margarita María envió antes del día señalado un recado verbal al enfermo, sirviendo de intermediaria Catalina de Bisefranc: que si podía, sin faltar a la obediencia, no emprendiese el viaje. El Beato, por la misma intermediaria, de su entera confianza, hizo preguntar a la santa los motivos de su petición. La respuesta vino inmediatamente en una nota escrita de
r
mano de la santa. Le decía así, simple pero elocuentemente: «El me ha di
por la declaración jurada de Catalina en el proceso de Beatificación de Margarita María.
Dios quería, pues, unir la memoria de los dos santos con Paray, como había unido antes sus corazones de hermano y hermana con el Suyo pro pio. El P. Superior de la Residencia, al saberlo, decidió que el Viaje no se efectuase. Pasaron diez días, y no sabemos si intervino el Provincial ante el Superior, o más probablemente el hermano de Claudio, que estaba allí to davía, instó y logró la resolución del viaje, a pesar de todo. El hecho es que el día 9 de febrero, el Beato, acomodado lo mejor que se pudo, en el coche de su hermano y acompañado de éste, emprendió la ruta. Pero se cumplió el deseo del Señor.
Un violento acceso de fiebre impidió al enfermo proseguir el viaje. Hubo de volver a la Residencia, y el día 15 de febrero, con 41 años de edad justamente cumplidos el 2 de febrero, recién pasado, murió en un vómito de sangre, desangrándose así en manos del Señor, en el ahogo.
Catalina de Bisefranc supo la triste noticia. A la primera hora del día siguiente, apenas se abrió el Convento de la Visitación, corrió a dar a Mar garita María, la noticia de la santa muerte del director espiritual de las dos. La santa ya la sabía por el mismo Señor. Sólo dijo: «Rezad y haced rezar por el descanso de su alma». Pero unas horas más tarde le escribió una no ta: «Cesad de afligiros. Invocadlo, no temáis; es más poderoso que nunca para socorrernos». Y le pedía que reclamase la nota escrita que había en viado al Beato sobre su partida, el día 29 de enero. Catalina corrió al Cole gio, pero el P. Bourguignet respondió firmemente: «Antes que deshacerme de este escrito entregaría todos los Archivos de esta Casa». Y para justifi carlo leyó a la señorita el contenido de la nota, transcrito antes.
La entonces superiora de la santa, M. Greyfié, en su Memoire, narra que extrañándose con la santa de que no pidiera hacer sacrificios especia les por el alma del P. La Colombiére, Margarita María le respondió: «Mi querida Madre, no tiene necesidad. Está en estado de pedir por nosotros, colocado muy alto en el cielo por la misericordia y bondad del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Únicamente, para satisfacer por al guna negligencia que le habla quedado en el ejercicio del divino amor, se ha visto privada su alma de Dios desde que abandonó el cuerpo hasta el momento en que fue colocado en el sepulcro» (Gauthey, Vie et Oeuvres de
S. M. M , I, 378).
Dios ha iniciado y casi concluido la glorificación externa de su servi dor. El 8 de enero de 1880 León XIII introducía la causa de La Colombiére
en Roma. El 11 de agosto de 1901 el mismo León XIII proclamaba el De creto de heroicidad de sus virtudes, culminando los procesos. Dios añadió por su misericordia los tres milagros requeridos para que el Venerable fue se proclamado Beato. Realizados aquellos, Pío XI el 7 de junio de 1929, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, declaró completo el proceso de beati ficación y aprobados los milagros, con el Decreto llamado de Tuto ( = con seguridad): se puede proceder con seguridad a la Beatificación. Esta se realizó en la acostumbrada ceremonia en la Basílica Vaticana el domingo 16 de junio de aquel año de 1929. Era el 254 aniversario de la Gran Reve lación de santa Margarita María de Alacoque, el 16 de junio de 1675, en la cual el mismo Señor había encargado a Claudio de la Colombiere su gran misión. Era verdaderamente reconocido por la Iglesia como el apóstol del
Sagrado Corazón de Jesús. Esta fue la misión que el Señor le había encar
gado con aquellas palabras:
«Dirígete a mi servidor el P. Claudio de la Colombiere, y di le de mi parte que haga todo lo posible para establecer esta devoción, y dar este
gusto a mi divino Corazón.»
El apostolado lo había hecho en vida. Pero, apenas coronada su vida con su muerte, iba a comenzar la fecundidad de su apostolado. Lo hemos de ver al señalar el perfil espiritual del Beato. En Paray-le-Monial un altar guarda, en la Iglesia de los jesuitas, los sagrados restos y huesos del Beato. Sobre la urna de cristal, en la que pueden verse ahora los huesos del após tol del Sagrado Corazón, una admirable estatua yacente del mismo de co bre dorado, estalizada y hierática, que hemos admirado con devoción, y ante la que pudimos ofrecer el santo sacrificio de la Misa. La capilla dirige la atención hacia el sagrario, al que sirve con su línea, en medio de la nave lateral y paralelamente, el altar del Beato. Sobre el sagrario, en el que atrae la mirada una cabeza de Jesús con sus manos llagadas y el Sagrado Cora zón, en mosaico brillante, un gran fresco representando la célebre visión de santa Margarita María del 2 de julio de 1688, en la que la santa ve a la Virgen María junto al Sagrado Corazón de Jesús sentado en el trono, y a un lado junto a la Virgen las religiosas de la Visitación, y al otro, junto a san Francisco de Sales, el P. La Colombiere. El Señor encarga a ambas ór denes la misión de promover y dar a conocer esta devoción. Y es el Beato precisamente aquel a quien se dirige la Virgen María como a «siervo de su Hijo», para que promueva entre los Padres de la Compañía de Jesús este apostolado. Ha sido elegido así como miembro de esta Compañía para tal misión. Esta fue su gloria, y éste es el apostolado que desde el cielo ha de
realizar. A nosotros corresponde luego el ejecutarlo como servidores de la Iglesia y de Jesucristo, en unión con todos aquellos que sientan la misma llamada. El encargo es expreso, pero no exclusivo. El Beato La Colombié- re es el primer apóstol de la Compañía de Jesús en esta devoción. ¡Ojalá que la Compañía no abandone tan precioso encargo, que oficialmente reci bió por su Congregación General con agradecida devoción! (V. Carta XC de santa Margarita: S. Tejada, Vida y Obras, p. 356-57).
II
Cronología de la vida del beato
Damos aquí la cronología ordenada de la vida del Beato Claudio de la Colombiére. La intención al proponerla es facilitar con ello la consulta del lector, especialmente cuando quiera consultar acerca de datos o fechas de las cartas. Por eso fijamos algunas fechas particulares también, que se des prenden de algunas cartas suyas, indicando la carta de referencia.
2 febrero abril octubre 1641 S. Symphoritn d'Oipn 1650 Vienne 1650 Lyon octubre 1653 Lyon 25 octubre 26 octubre 1658 AviñÓn 1660 » 2 agosto 1661 » setiembre 1666 París 6 abril 1669 » setiembre 1670 Lyon setiembre 1674 Lyon oct.-nov. 1674 Lyon Nacimiento de Claudio la Colombiére. Traslado familiar.
Claudio estudia la gramática en el Colegio de Nuestra
Señora del Socorro.
Colegio de la Trinidad. Es tudia Retórica y Filosofía. Noviciado.
Votos de fin del Noviciado, perpetuos.
Estudios de Filosofía (1 año), y Magisterio (5 años de Profesor).
Muerte de su madre, en S. Symphorien d’Ozon. Colegio de Clermont. Estu
dios de Teología (4 años). Preceptor del hijo del mi nistro Colbert.
Ordenación sacerdotal. Pri mera Misa.
Colegio de la Trinidad. Pro fesor de Retórica. Predica dor (4 años).
Casa de San José. Tercera Probación.
2 febrero 1675 Lycn febrero t675 Paray 9 octubre 1676 París 13 octubre 1676 LonJnt 2 febrero 1677 » febrero 1678 Londrti 9 mivo 1678 » 24 agosto 1678 » setiembre 1678 » 14 noviembre 1678 » 16 noviembre 1678 » 6 diciembre 1678 » fin diciembre 16 enero 1679 París «oaro-febr. 1679 Dipn Paray H nano 1679 Lyon ■brü 1679 S. Sjm pberün fO q* Profesión solemne. Superior de la R esidencia.
Director de Sta. Margarita María y de ¡a M. Sau maise.
Salida para Londres (L1V). Capellán y Predicador de la
Duquesa de York. Palacio de Saint James.
Retiro de ocho días (2.* R a in ) (XXIII).
Primeros síntomas de mala salud (XXXII).
Enfermedad del pulmón (Caita XXXVI) (en mayo, M. Saumaise a Dijon). Primer vómito de sangre
(XL).
Segundo vómito de sangre (XLI).
Detención en la madrugada, acusado de complot pa pista. C úrttl (XII).
Comparecencia ante los ma gistrados. C á r t e l K u i g 't
Bttttb. Salud mala (XL1I).
Libertad vigilada. Casa de Bradley.
Viaje a París, desterrado. Carta al Provincial, espera
destino (X).
Visita a la M. Saumaise. Visita de diez días. Sta.
Margarita (XLU1).
Colegio de la Trinidad. En fermo. Pequeño vómito de sangre (XLIII).
Estancia en casa de su her mano Humberto (XL1V)
fin mayo 1679 jul.-agosto 1679 setiembre 1679 6 abril 1680 1681 d'O^on Lyon Lyon Lyon agosto 1681 Paray oct.-dic. 1681 » noviembre 1681 » diciembre 1681 » 10 diciembre 1681 » diciembre 1681 » enero 28 enero 29 enero 1682 1682 1682 9 febrero 1682 15 febrero 1682 16 febrero 1682 Vuelve al Colegio.
S. Symphoritn Nueva estancia de reposo
d n * * m
(Lxn).
Encargado del espíritu de los estudiantes jesuitas de filo sofía (XI, XIV-XV). Enfermo. Alternativas. Di
rector de espíritu (L). El día de Pascua, vómito
de sangre (LXXXVÜI y
XOV).
Traslado del enfermo a la Residencia.
Vómito de sangre (LXXX). Entrevista con santa Mar
garita M. (XQX).
Mal estado de salud (XCIX). Ultima Misa del Beato
(xax).
Ultima visita a S. Margarita María (Carta XIII de la santa a la M. Saumaise). Proyecto de viaje a Vienne,
para reponer su salud (XLIX).
Aviso escrito de santa Mar garita María: «Quiere aquí el sacrificio de su vida». Suspensión del viaje proyec
tado.
Intento de viaje. Regreso con fiebre alta.
Muerte del Beato a las siete de la tarde.
Entierro a las diez de la mañana. Santa Margarita M. declara que está en la gloria del Señor.
agos.-scpt. 1685 Paray 7 diciembre 1874 Autsbt 8 enero 1880 Roma 11 agosto 1901 Roma 7 junio 1929 Roma 16 junio 1929 Roma Lectura en el Refectorio de la Visitación de Paray del Retiro y la Gran Revela ción, presente santa Mar garita M.
Proceso ordinario sobre las virtudes del Siervo de
Dios.
Proceso romano de beatifi cación. León XIII.
Decreto de Heroicidad de virtudes: el Venerable Clau
dio de la Colombiéere. León X III.
Decreto de T uto para la Beatificación: Pío XI.
Beatificación de Claudio de la Colombiere: Pío XI. (Santa Margarita María beatifica da el 4 setiembre 1864: Pío IX ; canonizada el 13 de mayo 1920: Benedic to XV).
III
Perfil espiritual
La vida exterior de un hombre es reflejo de su vida interior. Si dice el Señor en el evangelio que del corazón salen las palabras de la boca y las acciones, y que por los frutos se conoce la calidad del árbol (Lc 6, 43-45), es un claro indicio del corazón del Beato Claudio saber que fue elegido por el Señor para una altísima misión, y que la desempeñó fielmente hasta su muerte. Como los frutos proceden del árbol, comenzaremos por éste. Examinamos brevemente, reduciéndolo a un esquema, el interior del espí ritu y alguna cualidad especialmente destacada del mismo que sea como un sello de marca interior. Luego dirigimos, también brevemente, nuestra