SEGUNDO RETIRO ESPIRITUAL
CARTAS DEL BEATO PADRE CLAUDIO DE LA COLOMBIERE
1 •—Cartas a sus hermanos Margarita y Humberto (I-VIII)
a) A su hermana Margarita de ¡a Colombiire (1), religiosa de la
Visitación (I-VII) 6
CARTA I
Lyon, mayo 1674 Mi muy querida hermana:
Acabo de recibir noticias tuyas que me han sido muy gratas, porque me aseguran que estás plenamente contenta.
(Alabado sea DiosI Serla preciso ser muy desgraciado para no encontrarse bien con un Señor tal como es Aquél a quien te has entregado. Tu felicidad aumentará a medida que desprendas más tu corazón de todas las cosas de este mundo para consa grárselo por entero. No temo para ti sino una sola cosa: que el amor al descanso y el horror natural que tienes al tumulto y al cúmulo de negocios, sean la causa de una parte de la alegría que disfrutas. Si esto fuera cierto, sería una falsa alegría la tuya; porque es la cruz lo que hay que buscar en el estado que has
(1) Véase la nota sobre la familia del Beato en «Destinatarios y cronología de las cartas», en la pág. 171. Es tas siete primeras de 1 aserie van dirigidas a su hermana Margarita Isabel, nacida en 1649, religiosa salesa de la Visitación en Condrieu en 1674 a los 24 años cumplidos, y muerta el 8 de febrero de 1734 a los 84 años cumplidos de edad, modelo de fervor. La carta VIII, p. 208, va dirigida a su hermano Humberto.
abrazado, la gran cruz; es decir, aquella que pesa más a la naturaleza y que choca más con nuestras inclinaciones. Malo sería no encontrar siempre alguna de esta clase; en una comunidad hay siempre algo que contraría nuestro humor o nuestros senti mientos. Es necesario estar en guardia para aprovecharse de estas preciosas ocasiones y para someter en todas las cosas el juicio y la voluntad. Sin esto, no se goza de paz perfecta, o por lo menos no se goza mucho tiempo de ella.
Te considero sumamente feliz por haber entrado en una casa donde reinan tantas virtudes y una caridad tan perfecta. Yo sé que aunque hubiera menos ello no podría perjudicar a una persona fervorosa que no busca sino a Dios. Además de que casi no se piensa en los defectos ajenos cuando se aplica uno bien a corregir los propios; todo sirve a quien está bien intencionado y los malos ejemplos, que pervierten a los débiles, despiertan a los que tienen algún amor a Nuestro Señor, por el deseo que tienen de reparar lo que El sufre de los negligentes y por el temor de asemejárseles. Sin embargo, es una ventaja estar rodeados de santos ejemplos y tener ante los ojos modelos que puedan despertarnos y reprocharnos nuestra cobardía cada vez que los miremos. Siempre se encuentran algunos en las familias numerosas. En todo caso los difuntos pueden servirnos a falta de los vivos,
[)or lo cual creo que será bueno que leas a menudo, y con atención, a vida de las santas de tu Orden, o aún de otras religiosas que han seguido una regla diferente de la tuya y que han llegado a una gran santidad. Supongo que las personas que te gobiernan lo encontrarán bien; porque valdría más, por decirlo así, estarse ociosa que hacer algo sin su consentimiento. Pero, suponiendo que te lo concedan, aplícate a esa lectura y observa bien los cami nos que esas santas han seguido para llegar al punto de perfección que han alcanzado, por la gracia de Nuestro Señor. Verás que han hecho pocas cosas que tú no puedas practicar con la misma gracia.
No tengo sino una cosa más que decirte, pero es esencial, y ruego a Dios con todo mi corazón, que no salga nunca de tu espíritu ni de tu corazón, porque sé que si la observas, estarás satisfecha toda tu vida: acuérdate de que no has entrado en reli gión sino para salvarte, tú en particular, y para disponerte a dar cuenta a Dios cuando le plazca llamarte para ello y así éste debe ser tu único cuidado. Tu regla y tus votos son artículos según los cuales serás examinada. Haz de suerte que estés pronta siempre para ello. Deja vivir a tus hermanas como les plazca, eso no te toca. jQué horrible tentación es esa de cargarse con la conducta
ajena! Deja gobernar a los Superiores y a las Superioras como lo juzguen conveniente. ¿Por qué preocuparse por ello? Que te baste saber lo que se pide de ti y, sea que te parezca razonable o no, si no hay pecados evidentes, es Dios mismo quien te lo manda. Una cosa que tú juzgarlas digna de censura es tal vez aquella que Dios ha juzgado más propia para tu santificación. Un superior puede gobernar mal, tal vez, pero es imposible que Dios no te gobierne bien por medio de él ¡Dios mío!, que esto penetre dentro de tu espíritu, mi querida hermana, porque si no te estableces bien en ese principio, perderás el tiempo en la reli gión, pues toda tu vida no es sino obediencia. Ahora bien, esa obediencia no tiene mérito sino cuando se obedece a Dios en la persona de aquéllos a quienes ha puesto en su lugar, y ciertamente no es a Dios a quien se considera, cuando se juzga, se examina, y sobre todo, se condena lo que se nos manda. Cuando el Espíritu Santo es el que nos posee, El nos inspira una sencillez de niño, que todo lo encuentra bueno y razonable, o si quieres mejor, una prudencia divina que descubre a Dios en todas las cosas, que le reconoce en todas las personas, aun en aquellas que tienen menos virtudes y cualidades naturales o sobrenaturales que le representen.
Te escribo todo esto, porque como comienzas en una edad más avanzada que la mayor parte de las demás, podrías verte tentada por ese lado. Pero cuanto más juicio tengas, más sumisión de espíritu debes tener, porque no hay nada tan razonable como dejarse gobernar por Dios, de cualquiera manera que quiera hacerlo y sea quien sea la persona de que quiera servirse para ello. Una buena religiosa no debería tener mayor trabajo en obedecer a un niño, del que pudiera tener en obedecer a su fundador, si viviera todavía, y aun a la Virgen Santísima, si tomara visible mente la dirección del monasterio.
Te recomiendo que comiences pronto a amar la pobreza. Qué dulzura la de poder decir a Jesucristo: «Salvador mío, no poseo nada sino a Vos. Entre las cosas necesarias, no hay una a la cual tenga apego, y si lo tuviera a algo, fuera de Vos, me despren dería de ello inmediatamente y no podría sufrirlo ni en mi ni en mi cuarto un solo momento».
He aquí un sermón completo, pero te ruego que no lo consi deres como se hace con la mayor parte de los discursos de piedad, que se miran como cosas muy hermosas dichas al aire. Te escribo mis sentimientos impulsado por el afecto que te profeso y
por d gran deseo que tengo de que seas santa. Estaría sin esperanza si no pensaras seriamente en serlo, y creo que no podría resolverme a verte ni a escribirte jamás, si supiera que te contentabas con ser medianamente buena.
La Colombüre
CARTA H
Paray, abril 1675 La señorita N., tu buena amiga, me ha pedido que te escriba. No ha tenido que rogarme mucho para ello, pues tenia bastante deseo, y lo habría hecho hace mucho tiempo si se hubiera presen tado nna ocasión semejante. Esta señorita me ha asegurado de tu parte que estás muy contenta, lo que me ha regocijado mucho. Si esta disposición no es señal de gran virtud, por lo menos es necesaria para alcanzarla. Desde el momento en que se ha conce bido un verdadero deseo de ser enteramente de Dios se comienza a gozar de una eran paz, y no dudo de que la que tú disfrutas, por la misericordia de Nuestro Señor, sea un efecto de la voluntad sincera y fervorosa que te da de servirle y entregarte a El sin reserva. Serías muy desgraciada si hubiera algo en el mundo que te causara inquietud, puesto que no hay nada que pueda impedirte el bacertr santa, y aun toaas las cosas pueden ayudarte a sedo. No hay ninguna, ni aun nuestros pecados, de que no podamos sacar utilidad para nuestra santificación por el conoci miento que nos dan de nosotros mismos, y por la renovación de fervor que deben inspiramos. Además, no veo qué pueda sucederte que no te sea ae provecho, si tienes bastante fe para reconocer que nada sucede sino por disposición de Dios, y bas tante sumisión para conformarte con su voluntad.
Así, hermana mía, sigue contenta de esa manera y, si te viene algún acceso de tristeza o pesadumbre, reflexiona, te lo ruego, si es que tienes todavía algún apego a la vida o a la salud o a alguna comodidad o persona o cosa, que debes olvidar y despreciar para no desear ni amar sino a Jesucristo. Cada vez que sientas algún asomo de turbación en el fondo del corazón, ten la seguridad de que su causa es alguna pasión mal mortificada, que es un fruto del amor propio que vive todavía; y con ese pensa
miento arrójate a los pies de Jesús crucificado y dile: «¡Qué, Salvador mío! ¿Deseo todavía alguna cosa fuera de Tí? ¿No me bastas Tu sólo? ¿No me basta ser amada de Tí? ¿Qué he venido a buscar a este retiro si no es a Tí? ¿No podré reteneros aquí ? ¿Qué me importa lo que digan de mí ?, que me amen o me desprecien, que esté sana o enferma, ocupada en un ejercicio u otro, con estas personas o las otras. Con tal de estar contigo y que Tú estés conmigo, estoy contenta».
Me dicen que deseas mucho que vaya a predicar en tu pro fesión; temo que si tienes tan gran deseo, Dios, que te ama, no lo permita. En cuanto a mí, no puedo responder nada todavía. Sea lo que fuere, estoy persuadido de que estás resignada a todo, y que has superado mayores penas que ésta; la indiferencia, en que estés para esto, te será más útil y te hará más agradable a Dios que todo lo que yo pueda decirte en varios sermones. No hay que desear nada, mi querida hermana, sino tener el corazón Ubre de toda clase de deseos. Esto no se logra en un día; pero cuanto más tiempo se necesita para conseguirlo, más debemos apresuramos y trabajar con toda la aplicación que podamos. Si tenemos la felicidad de alcanzarlo, créeme que seremos bien recompensados de nuestro trabajo, aun desde esta vida.
Te recomiendo una observancia exacta y decidida de las más menudas reglas y de las órdenes menos importantes de tus supe rioras. No hay nada ligero cuando se trata de agradar a Dios
L
es gran mal desagradarle, aun en cosas pequeñísimas. Noce mucho leía yo la vida de un santo religioso que, a la hora de la muerte, deda que moría con el consuelo de no haber violado nunca una regla de su orden ni ningún mandato de sus superiores, por ligeras que hubieran sido las cosas que le ordenaban (2). Para eso se necesita mucha vigilanda y mucha resoludón; pero bienaventurado el religioso y bienaventurada la religiosa que se imponga esa tarea y viva en esa perfecta fidelidad. Piénsalo, mi buena hermana, ve lo que puedas hacer en ese punto, lo que Dios merece, y lo que quisieras haber hecho al morir. No hay nada imposible con la gracia, y las dificultades no detienen a un buen corazón. Ruego a Nuestro Señor que fortalezca el tuyo, y que lo llene de tal manera de su amor, que no ames sino a El solo y no desees ser amada sino de sólo El.
La Colombiére
(2) Véase el efecto de esta lectura en el alma de La Colombiére durante su retiro de mes de 1674, sobre S. J. Berchmans: II, C, 5, p. 104.
CARTA III
Paray (1675-76) Mi queridísima hermana:
La Reverenda Madre de (Thélis) (v. Carta LXXXI), me ha enviado una carta para ti y esto me obliga a escribirte porque, no hay que disimularlo, sin esto no sé si tendrías tan pronto noticias mías, por muy gran deseo que tuviera de dártelas.
Cuando me despedí no creía que había de pasar tanto tiempo sin verte, y ahora no sé cuando tendré ese consuelo: será cuando nuestro Señor lo quiera. Espero que he de encontrate muy ade lantada en la virtud y que me enseñarás muchas cosas que la experiencia y tus reflexiones continuas te habrán hecho aprender desde tu profesión.
¡Qué feliz eres, mi buena hermana, de estar en la soledad en que estás!, ¡qué fácil te será, si lo quieres, desprenderte de todas las cosas y vivir en una gran unión con Dios! No sé si duran aún tus achaques, pero sé muy bien que para un corazón muy puro y desprendido de las criaturas, no hay mal que pueda impe dirle unirse a su Criador. No hay necesidad para esto de tener la cabeza muy sana, basta tener el corazón muy limpio. Cómo envidiaría tu retiro con todos tus males, si no estuviera bien persuadido de que no hay mayor bien en el mundo que hacer la voluntad de Aquél que nos gobierna. Sé que no hay ocupación, por abrumadora que sea, capaz de impedir a una persona que se aplique a alcanzarlo sólo por razones sobrenaturales y porque Dios lo auiere. Pero, mi buena hermana, es difícil estar siempre entre los nombres y no buscar allí sino a Dios; tener siempre tres o cuatro veces más asuntos de los que se puede despachar, sin perder, sin embargo, el reposo del espíritu, fuera del cual no se puede poseer a Dios; tener apenas algunos momentos para entrar en sí mismo y recogerse en la oración y, no obstante, no estar nunca fuera de sí. Todo esto es posible; pero me confesarás que no es muy fácil. Esto es lo que yo debería hacer, si quiero verda deramente ser lo que deseo que tú seas. Con todo, no me compa dezcas, hermana mía, estoy donde Dios quiere que esté, hago lo que Dios quiere que haga; no conozco otra felicidad en la vida. Se puede ser santo en todas partes cuando se quiere serlo.
Yo saludaría a toda la Comunidad si me atreviera a tomarme esa libertad. Ruego a Dios por todas cada día y les deseo la misma santidad que a ti. Ruega mucho a Nuestro Señor por mí.
La Colombiére
CARTA IV
Londres, nov.-dic. 1676 Queridísima hermana:
He recibido muy tarde tu carta; no hace quince días que me la entregaron. Por respuesta te diré que he dejado Francia sin pesar, porque creo que encontré a Dios en Inglaterra, puesto que es El quien me llama. Si algo pudiera haberme dado pena a mi partida, habría sido el alejarme demasiado de ti; no porque la unión que hay entre nosotros me haga desear verte; pasaría toda la vida sin ese placer, aunque muy grande, si supiera que el sacrificio podía ser de alguna utilidad para tu perfección. Pero me imaginaba que teniendo ocasión de conversar contigo alguna vez, nos habríamos animado uno al otro a hacernos ambos más y más dignos de la vocación a que plugo a Dios llamarnos ¡Dios mío!, cuánto temo, pobre hermana mía, que lo que hacemos en la casa de Nuestro Señor no responda al ardiente deseo que mani festamos de entrar en ella. |Qué vergüenza haber hecho tantos esfuerzos, haber tenido tanto fervor cuando se trataba de dejar el mundo, y después llevar una vida tibia y lánguida en la reli gión! Y esto es todavía más vergonzoso cuando se trata de una religión tan santa como aquélla en que te encuentras. La conozco a fondo por la gran comunicación que he tenido durante año y medio con dos de tus monasterios. Es verdad que no veo otras reglas más propias para conducir pronto a una gran perfección. Así también he encontrado, entre tus hermanas, personas de una santidad tan elevada que no he conocido nadie de mayor virtud (3).
(3) Parece referirse a santa Margarita María Alacoque. La firmeza de esta carta contra el estado de tibieza en la vida religiosa adquiere sin gular energía. Resulta un comentario a la palabra del Señor en el Apo calipsis, dirigida al obispo de la comunidad cristiana de Laodicea: «No eres ni frío m caliente, voy a arrojarte de mi boca» (Ap 3, 15-18). Recuér dense las quejas dadas por el Sagrado Corazón a santa M argarita M aría en este tiempo por las ofensas de «las almas especialmente consagradas».
Me pides que te escriba sobre la tibieza y la insensibilidad. ¿Quieres pues, que te predique o que te envíe un libro en lugar de carta? Si fuese cierto, lo que no puedo creer, que estás en el estado de que me hablas, sería necesario emplear mayores recursos y medios para sacarte de él, y no espero que mis oraciones y exhor taciones puedan conseguirlo. Preferiría tener que convertir a un gran pecador que a una persona religiosa que ha caído en la ti bieza. Es un mal casi sin remedio. Pocos he visto que salgan de él, y la edad, que cura los otros defectos de la naturaleza, no hace sino aumentar éste. He hallado algunas veces, en un mismo monasterio, religiosas que, por falta de vocación y por haber en trado a pesar suyo, vivían en él de la manera más libre del mundo; y otras que no hacían nada que pudiera escandalizar, pero que carecían ae fervor y celo por su perfección. Y he tenido el consuelo de ver pasar en tres meses a esas jóvenes tan inobservantes a la más perfecta regularidad y a una aplicación continua de morti ficarse y unirse con Dios; sin que los afanes, de varios meses y años enteros, hubieran podido despertar a sus hermanas del letargo en que estaban ni decidirlas a hacer cosas que no eran nada en comparación de lo que hacían las otras. Que Dios te preserve, hermana mía, de caer en tal desgracia. Mejor quisiera verte muerta. Y no es que ello no sea sumamente común.
Las casas religiosas están llenas de personas que guardan sus reglas, que se levantan, que van a Misa, a la oración, a confe sarse, a la Comunión, porque es costumbre, porque llama la campana y van las otras; que hacen esto y más todavía, sin devo ción interior, sin interés, sin deseo de agradar a Dios; y si puri fican su intención es más bien por rutina que por verdadero fervor de espíritu. El corazón casi no tiene parte en lo que hacen; tienen sus miras pequeñas, sus pequeños designios que las ocupan; las cosas de Dios no entran en su espíritu, sino como cosas indi ferentes. Los parientes, las buenas amigas, sea de dentro, sea de fuera, consumen todos sus afectos; de suerte, que no queda para Dios sino no sé qué movimientos lentos y forzados que le dis gustan y que no acepta en ninguna manera. Esas personas se forman cierta conciencia, que no se turba por mil cosas que alarmarían a las almas temerosas de Dios. Alimentan a veces aversiones, sentimientos de murmuración y rebelión contra las superioras; se perdonan faltas contra la pobreza; tienen una voluntad formal de no hacer caso de cosas pequeñas, de no darse el trabajo de pensar en su perfección; así se confiesan y comulgan, sin deseo de enmendarse; dicen sus pecados como una historia