Felipe González Toledo, 20 crónicas policíacas
2 20 crónicas policíacas
Felipe González Toledo Presentación de
Rogelio Echavarría Editorial Planeta Bogotá, 1994, 190 pp. Edición y revisión: emm
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3 Con afecto y gratitud, dedico este trabajo, a Juanita González Mariño, sin cuya generosa y eficaz ayuda no hubiera podido realizarlo.
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4 INDICE
Este libro, 7
La muerte llamó tres veces, 13 El cadáver viajero, 28
Cuerpo de mujer por libras, 38 El crimen del prebendado, 46 Los zapatos amarillos, 57 El “Doctor Mata”, 66
“El Perro Lobo”, récord criminal, 81 Barragán, enemigo público, 89 La vida y la suerte de don Manuel, 95 Coronel, a prisión perpetua, 102
Los misterios gozosos y dolorosos del 301, 110 El caso de la peluca, 116
La fritanguera y el retratista, 122 Cartas del más allá, 131
Jirones de un famoso proceso, 144 La muerte de Uriel Zapata, 155 Cómo nos llegó la marihuana, 160 Ojo por diente y diente por ojo, 165 Huesos ante el jurado, 171
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Felipe González Toledo
Felipe González Toledo nació en Bogotá el 27 de julio de 1911 y falleció en la misma ciudad el 31 de agosto de 1991. Fue redactor en los diarios El liberal, La razón, El Espectador, El Tiempo y la revista Sucesos. Permaneció al frente de la máquina de escribir aún a avanzada edad, cuando escribía las columnas “hace 25 años” y “hace 50 años” del periódico El Tiempo.
En 1973 Colcultura editó el libro Trece Crónicas, una antología de los trabajos de González Toledo publicados en la prensa. Otras de sus crónicas figuran en la antología de grandes reportajes realizada por Daniel Samper Pizano (Intermedio Editores) y en Crónicas de otras muertes y otras vidas, selección de textos de sucesos (Universidad de Antioquia).
Dos años antes de su deceso, González Toledo recibió la orden Guillermo Cano del CPB, entidad de la cual fue presidente en alguna ocasión. Felipe había contraído matrimonio con Doña Elvira Mariño, con quien tuvo cinco hijos.
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6 Uno de los maestros de la reportería policíaca fue Felipe González Toledo. Los lectores no se perdían sus crónicas sobre casos que escandalizaron al país, como el de Teresita la descuartizada, el cadáver enmaletado, el asesinato de Gaitán, el juicio al “Doctor Mata”, los suicidas del Salto de Tequendama, los misterios del apartamento 301... Esta es una antología de aquellos crímenes. La hizo el mismo González Toledo.
Sin embargo, en un acto de creatividad las volvió a escribir, cuando estaba a punto de cumplir los 80 años. Se trata de las únicas páginas escritas por él de manera deliberada para un libro. Las incluidas de “el crimen del prebendado”, más que una crónica, un relato magnífico, uno de los mejores que se haya escrito últimamente en Colombia.
El tristemente célebre “Doctor Mata”, Nepomuceno Matallana (de sombrero de corcho), conversa con Felipe González Toledo (extremo derecho), durante la reconstrucción en el páramo de Calderitas de uno de los crímenes que se atribuyó el “Doctor Mata”. También aparecen Hipólito Herrera (a pie), colaborador de Matallana, e Iván Arévalo, funcionario de la Seguridad.
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Este libro...
Cuando Felipe González Toledo empezó a “disfrutar” de su precaria pensión de retiro, después de más de cincuenta años de trabajo —sin más tregua que la que exige el agotamiento físico—, en los más importantes periódicos capitalinos, quise estimularlo en uno de sus frecuentes momentos de escepticismo ratificándole una propuesta que, desde cuando fundamos el semanario Sucesos, le venía haciendo sin éxito: que escribiera sus memorias profesionales, ni más ni menos la reseña del proceso y progreso de la delincuencia bogotana en nuestro siglo, basándose en los principales casos que él había “cubierto” —como se dice en la jerga periodística— y descubierto, ya que Felipe muchas veces iba en sus pesquisas más lejos que los investigadores oficiales y llegaba a proponerles alternativas que ellos no habían supuesto.
¿Quién, pues, mejor que Felipe para tal empresa? Es más, le di una especie de título y subtítulo tentativos y tentadores para el libro: Sesenta años de crónica roja: de Papá Fidel a Carlos Lehder. El primero fue el más famoso de los capos de la fabricación clandestina de licores en los alredores de Bogotá y el último el personaje principal, en el momento en que los carteles de la droga empezaban a ser descubiertos internacionalmente. El contraste entre la delincuencia pueblerina de los cafuches y el crimen organizado de los narcoterroristas internacionales de ahora.
Yo sabía que Felipe había tomado aguardiente con Papá Fidel en alguna trastienda de barrio, pero dudaba que hubiera conocido a Lehder.
¡Claro que lo conocí! —me aseguró—. Desde cuando él era casi un niño he seguido su “carrera” muy de cerca. ¿No recuerdas a una señora muy discreta y distinguida que a veces venía a buscarme a la oficina y con quien salía a la cafetería,
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8 pues ella no quería que ustedes se enteraran de nuestra conversación? Era la señora madre de Lehder, que quería hablarme, angustiada, de las precoces conductas delictivas de su hijo en Estados Unidos y de sus frecuentes detenciones. Me pedía consejo...
—Pero... ¿cómo es que no escribiste ese gran reportaje humano, con tal oportunidad?
—No, no hay que confundir la oportunidad con el oportunismo, y en realidad en ese momento no valía la pena. Además, las confidencias no deben ser utilizadas, y menos en detrimento de terceros inocentes, en este caso una madre. El periodista es un colaborador de la justicia en su lucha en defensa de la sociedad, pero la ética le impone obligaciones humanas. No se puede correr a publicar cuanto chismecito se oye por ahí... No todo es noticia, como piensan —si es que piensan— los afanosos reporteros de hoy. ¡La gran crisis de nuestro periodismo es la falta de criterio para escoger entre lo que se debe y no se debe, y cómo y cuándo publicar!
(Al reproducir este diálogo no sé si todas las palabras son suyas. Algunas pueden ser mías, pero de todas maneras interpretan su pensamiento. Entre maestro y alumno pueden presentarse estas confusiones...).
Lo triste es que, aunque se entusiasmó con la idea del libro, más por alimentar nostalgias que por cualquier otro motivo, no lo comenzó. Entonces le abrí una nueva posibilidad, alentado por haber aceptado encargarse de las secciones “Hace 50 años” y “Hace 25 años” en El Tiempo, lo que 10 obligaba a consultar las colecciones de los diarios: que recogiera los textos de sus propias páginas publicadas desde su uso de La Razón. Le prometí, contra toda posibilidad de mi parte pero con la más entrañable buena voluntad, ayudarlo en el copiado y la edición (como lo hice para el libro Crónicas de
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9 otras muertes y otras vidas con su histórico trabajo sobre el proceso Gaitán), siempre y cuando él me orientara en las fechas de las selecciones. Lo único nuevo que debía hacer era algunas notas muy breves para aclarar nombres y explicar locuciones o procedimientos incomprensibles para la inteligencia del lector actual, o para contar alguna anécdota al margen, no divulgada en su oportunidad, como la de su amenaza de muerte por parte de los sicarios de Papá Fidel...
Su disculpa final fue la de que no podía desplazarse como el proyecto lo requería y que, lo real y tristemente cierto, estaba perdiendo la vista. Lo poco que podía sacar en limpio ya, se debía a que siempre fue un magnífico mecanógrafo que podía escribir a ciegas (unos impolutos originales, así se sentara a la mesa de redacción después de una alcoholizadamente larga charla con sus informadores en la viciada y peligrosa penumbra de un café de extramuros) pero sin una letra, una palabra o un concepto en falso.
Me prometió pensarlo, pero cuando yo ya había perdido toda esperanza me comunicó que “para quitarse de encima” mi suplicante insistencia había resuelto reconstruir de memoria Felipe González Toledo —sin tomar notas “para no molestar a nadie”— algunos de los más famosos casos, lo que me sorprendió inocultablemente aunque yo sabía que su memoria era infalible. Él, que reparó en ello, me convenció de inmediato:
—Detalle que se me olvide es porque no vale la pena... Fue así como inició y fue llenando lentamente —pues él medía y pesaba siempre las palabras antes de escribirlas y aun de pronunciarlas— estas cuartillas que, puedo asegurarlo, fueron las únicas que González Toledo escribió para ser publicadas en libro. No siguieron una pauta previa ni guardan un orden cronológico. No sé si el título sugerido por él para el libro, el mismo de su crónica “La muerte llamó tres veces”,
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10 sea en definitiva el que aparece, aunque yo se lo critiqué no sólo por parecerse al muy famoso del cartero que sólo llamó dos, sino porque acababa de aparecer en las carteleras una película con nombre igual al del “cuento” de Felipe.
Ya la muerte lo llamaba a él, que la cortejó tantas veces... Fueron diecinueve capítulos. “Acabo de cumplir 80 años... ¡Y no doy más!”, nos dijo a Juan Leonel Giraldo y a mí en una de las últimas entrevistas que tuvimos en su casa, de tan grato y familiar ambiente chapineruno (que él llevaba en el alma). Entonces, ¿por qué aparecen aquí veinte? Por mi manía de redondear las cosas. Y porque, al seleccionar las páginas publicadas por nuestro semanario con destino al libro que editó en 1993 la Universidad de Antioquia, encontré —y la trasladé a éste— una que se refería a aquella “dichosa edad y siglos dichosos” (González Toledo era, naturalmente, quijotesco y cervantino) cuando en Bogotá eran tan escasas las noticias de policía que los periódicos tenían que inventarlas para satisfacer la ansiedad de los lectores de misterios (lo que después vino a llamarse suspenso, tal vez porque las historias se prolongaban por entregas...).
El más tremendo de aquellos inventores fue Porfirio Barba-Jacob quien, cuando era jefe de redacción del vespertino de los Canos, creó un tenebroso personaje cuya mano apareció impresa en la página —ya que no había “el retrato de la víctima” que era el “gancho” del pregón de los voceadores— para infundir verosimilitud al infundio. Mano que denunciaba —de haber existido en ese tiempo tal recurso investigativo de identificación— las huellas dactilares de Miguel Ángel Osorio, el maestrico de Angostura que se convirtió en compulsivo fundador de periódicos y a quien tantos folletones acreditan también como precursor del “amarillismo” ... (aunque en blanco y negro ).
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11 Caso aparte es el de otros cronistas policíacos, como José Joaquín Ximénez, de El Tiempo, quien dedicaba versos suyos a las anónimas víctimas de tragedias tan frecuentes en los años 40, como suicidios en el Tequendama (el salto, porque el hotel entonces no existía).
Gabriel García Márquez llamó a Felipe González “el inventor de la crónica roja”, pero la connotación que le dio es la misma —si no estamos tan alejados de la realidad maravillosa— que se advierte en la última frase del primer capítulo de Cien años de soledad sobre la llegada del hielo a Macondo: “Es el gran invento de nuestro tiempo”.
Cuando conocí a Felipe, en 1945, ya no se inventaban noticias. Sobraban. Otros dos grandes de la crónica policial actuaban entonces: Ismael Enrique Arenas, quien al servicio del diario de los Santos se movía como pez en el agua en los altos estrados judiciales, y Rafael Eslava, quien alimentaba con innegable habilidad Felipe González Toledo las calderas subversivas de El Siglo. La policía y no sólo el cuerpo mismo sino la información producida en esa rama— se politizó. No puede ser de otro modo cuando el estatuto de moda es el código penal. El enfrentamiento entre los partidos llevó a Colombia a una violencia consuetudinaria y la crisis de los valores a una degradación social que ya devaluó tanto la vida que no son noticia de primera página ni las masacres cotidianas.
La primera crónica que F. G. T. me entregó para este libro, como cosa rara, no se refiere a un caso notable. Su tema lo mantuvo inédito hasta cuando se sintió liberado, cuando “estoy más allá del bien y del mal”, es decir, sin compromisos laborales ni con uno ni con otro. Él siempre fue un ejemplo de nobleza y lealtad. No había querido molestar a sus queridos amigos y compañeros de siempre al describir, eso sí, en la forma más delicada y elegante para no herir susceptibilidades,
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12 una anécdota que revela la competencia profesional entre El Tiempo y El Espectador: Es la que cuenta el trágico enfrentamiento de dos fotógrafos de cajón y trapo negro, pioneros de la reportería gráfica callejera, y cuyos supérstites hacen parte del típico ambiente de los parques colombianos.
Este es, pues, un libro incompleto para quienes exigíamos más cantidad de su autor, pero suficiente, plenamente satisfactorio, para sus lectores viejos y los cada vez más nuevos. Es su único libro original y exclusivo y, finalmente, su obra testamentaria.
Y aquí, después de haber soslayado tantos recuerdos personales para quitar a este preámbulo la peligrosa expresión de sentimientos tan profundos como los que consolidaron vidas paralelas y familiarmente sin secretos, la infidencia final:
Como Felipe había pedido a su admirable esposa Elvira y a sus queridos hijos que no lo depositaran en el mausoleo de los periodistas porque quería que sus cenizas hicieran parte del aire bogotano, ellos cumplieron al pie de la letra tal voluntad irrevocable. Silenciosa, discreta y lentamente las fueron derramando al aire helado de los cerros en el más triste descenso del funicular de Monserrate.
Rogelio Echavarría Bogotá, mayo de 1994
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13
La muerte llamó tres veces
l hombretón entró al cafecito con pasos duros, echó una mirada panorámica al recinto casi vacío y se acomodó en una mesita arrinconada. Llevaba botas, pantalón de dril, camisa de cuadros, chaqueta de cuero y un sombrero de anchas alas. La copera, una mujeruca de aspecto humilde, casi insignificante, se hacía tener en cuenta por su embarazo, ya cercano a los siete meses.
—¿Qué le sirvo?
A esta pregunta de la mujeruca, el hombre respondió escuetamente, pero con un acento que bien podría calificarse de amable:
—Tráeme una cerveza fría. Puede ser de una marca cualquiera.
De una vez consumió ávidamente la mitad de la botella, y con golpes en la mesa llamó de nuevo a la muchacha, para preguntarle:
—¿Quieres tomar alguna cosa?
Tras falsa vacilación, la copera aceptó una gaseosa, la trajo enseguida y ocupó un asiento al frente del hombre. Para reanudar el diálogo, el hombre de marcado aspecto rural preguntó:
—¿ Cómo te llamas tú?
—Mi nombre de pila es Lucinda, pero aquí me dicen Lucy
—respondió tímidamente la muchacha. Y agregó
anticipándose al interrogatorio—: Yo soy de Sutatausa.
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14 — Yo me llamo Antonio Cortés y he simpatizado mucho contigo. Dame otra cerveza bien helada. Tanta simpatía me has despertado, que estoy pensando en hacerte una propuesta que posiblemente te parecerá buena.
Varias mesas del cafetín habían sido ocupadas y el trabajo de la muchacha impedía la continuación de la charla.
En una breve oportunidad, el hombre la llamó: —Lucinda. Yo prefiero llamarte Lucinda... —Como guste, señor Cortés...
—Yo vuelvo mañana a despedirme —dijo o el hombretón— porque el viernes me voy para mi finca de los Llanos y demoro unas dos semanas.
A la misma hora de la víspera, diez de la mañana, llegó Cortés al cafetín, en busca de Lucinda. La saludó diciéndole “mi amor” y le reprochó cuando ella le respondió llamándolo “don Antonio”. Y entró en materia:
—Pasé la noche pensando en ti y acariciando mi proyecto. Tú me gustas mucho y he pensado en casarme contigo. Yo vivo muy solo en la finca y quiero que me acompañes.
—¿Pero es que usted no se ha fijado en el estado en que me encuentro?
—Claro que sí —contestó Cortés con una expresión indulgente y algo alegre y, como si esta benevolencia no fuera suficiente, agregó en un tono melifluo:
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15 —Esa situación tuya es una ventaja para mí. Me he dado cabal cuenta de que estás esperando un hijo para muy pronto, y pienso que él será tu compañero mientras yo paso el día lidiando el ganado. Será algo así como tu juguete y tu alegría de la vida durante mis ausencias. Pero, para hacerme estas ilusiones, debo preguntarte algo muy importante: ¿Tú estás enamorada del padre de tu hijo? ¿Mantienes con él alguna relación?
—No, señor. Ese es un sinvergüenza que no he vuelto a ver. Casi le digo que si hoy lo veo, no lo conozco. Creo que así son todos los hombres...
—No, Lucinda, yo no soy así. Yo soy sincero y mis intenciones para contigo son las de darte un poco de la felicidad que mereces.
La mujer, enternecida, le besó una mano, y Cortés prosiguió el esbozo de sus planes:
—Quiero casarme contigo, pronto. Este propósito se me ha metido en la cabeza, y el matrimonio debe ser cuanto antes. Anoche me eché al bolsillo mi partida de bautismo que estaba en casa de una hermana, y ahora necesitamos la tuya. Como yo me voy para la finca y demoro dos semanas, tienes tiempo para conseguirla.
—Tengo que ir hasta Sutatausa a buscarla —anotó Lucinda, cuyo aparente tropiezo significaba una aceptación de la inesperada e insólita propuesta matrimonial.
Cortés pagó las tres cervezas heladas que había consumido y dejó el sobrante del billete en manos de la muchacha, a manera de propina. Además, le entregó cincuenta pesos con la advertencia:
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16 —Esto es para que, mientras yo estoy en la finca, tú vayas a tu pueblo y saques la partida.
—Gracias, Antonio —se atrevió por primera vez y aunque escapadizamente por parte de ella, se besaron boca aboca.
—Dentro de quince días nos encontramos aquí. No me falles —fueron las últimas palabras de despedida, y Lucinda quedó tan risueña y atontada que no acertó a prestar la debida atención a la clientela del cafecito que ya había invadido las mesas.
Cortés regresó puntualmente, y ocho días más tarde, en el templo parroquial de Las Aguas, cumplidamente, se celebró el matrimonio.
Una hermana del contrayente y un amigo fueron los padrinos.
—Yo hubiera querido —dijo Antonio Cortés— que mi hermano mayor fuera el padrino, pero él es representante a la Cámara y ahora anda en gira política. Es tan difícil cuadrarlo...
Efectivamente, el hermano de Antonio era representante. Primero fue guerrillero en los Llanos y más tarde, habiendo contabilizado unos votos, se lanzó a la política y pescó una suplencia de congresista que por temporadas fue efectiva. Y al período siguiente llegó a “principal”.
Contrayentes y padrinos tomaron el desayuno en una chocolatería de la “Puerta Falsa”, y Cortés y su hermana acompañaron a Lucinda hasta la miserable vivienda para que recogiera el baúl de “sus cosas”. Transitoriamente, la pareja se instaló en la casa de la hermana del llanero, vivienda que no era mucho más lujosa que la de Lucinda. Y una vez allí,
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17 Antonio y su esposa tuvieron amplia oportunidad de planear el desenvolvimiento de su vida inmediatamente futura.
La temporada propia de lo que se llama “luna de miel” fue absorbida por las incomodidades del embarazo y la proximidad del parto.
—Así no podemos viajar —observó Antonio—, y es mejor que aquí, a pesar de la desagradable instalación, nazca el niño. Después, cuando te repongas un poco, haremos juntos unas importantes diligencias antes de irnos para la finca.
—Como a usted le parezca —respondió Lucinda sometidamente.
El niño “se presentó”, con un poquito de anticipación, y en el trance la parturienta fue asistida por Lucrecia, la hermana de Cortés.
—¡Es un varón! —exclamó el llanero, con el mismo entusiasmo de un verdadero padre—. Se llamará Antonio y llevará mi apellido.
Transcurrió poco más de una semana y la pareja inició sus preparativos de viaje. Llevada en taxi, Lucinda acompañó a su marido a unas diligencias que ella no entendió. Solamente se dio cuenta de que la sometieron aun examen médico que ella interpretó como un “detalle” de consideración y amor.
Con su autoridad inapelable, el hombre dispuso:
—Es peligroso que llevemos al niño tan recién nacido, porque el clima caliente puede sentarle mal. Lo dejaremos al cuidado de Lucrecia, que se ha portado tan bien y le ha tomado tanto cariño. Cuando cumpla unos dos meses, volveremos por él.
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18 Me parece que me he extendido mucho en estos preludios pero los creo muy necesarios para captar en su integridad este novelón de la vida real que supera a la fantasía.
Ahora, la pareja de recién casados está en Puerto López, en pleno Llano. Tan provisionalmente como ya es costumbre, Cortés y Lucinda están hospedados en una pieza ciega, con derecho a servicios en la vecindad, en las afueras de la población, de paso para la finca de que hablaba con mucha propiedad el señor Cortés.
Por la muy reciente maternidad de Lucinda y las circunstancias anteriores al parto el matrimonio no se había consumado, y la pareja dormía en camas separadas que estrechamente cabían en la piecita ciega. Pero Lucinda, una madrugada, notó que Antonio se estaba levantando y escuchó cuando él trajinaba en un rincón de la minúscula habitación. Adormilada, escuchó que se despedía porque debía atender a sus quehaceres, pero que estaría de regreso antes del atardecer. Luego oyó que cerraba la habitación y le pareció que había ajustado un candado.
Lucinda quiso entregarse de nuevo al sueño, pero cuando en su soledad pensaba en sí misma y en las rarezas de su nueva vida sintió un dolor agudo, horrible, en él antebrazo izquierdo. Como pudo, se incorporó, encendió la luz y vio que una serpiente compartía su camastro. Horrorizada, de un salto superior a sus precarias fuerzas, quiso abrir la puerta que Cortés había dejado asegurada con candado, y sin más qué hacer profirió gritos en demanda de auxilio:
—¡Una culebra! ¡Me mordió una culebra!
Los vecinos no tardaron en acudir y Lucinda, con sus agudas voces, explicó lo que le pasaba.
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19 —¡EI brazo me está doliendo muchísimo! Estoy sola. Antonio madrugó a irse.
Con una llave de mecánica alguien abrió el candado, y tres o cuatro personas entraron pero retrocedieron al ver la serpiente enchipada en la cama.
Es una “cuatronarices”— conceptuó el único vecino que se acercó, y después de identificar al animal se quitó el cinturón y le asestó un violento lapo por el extremo de la hebilla. La culebra, visiblemente quebrantada, trató de defenderse, pero nuevos golpes la dominaron del todo.
—Sí. Es una “cuatronarices”, que es tan venenosa — confirmaron los vecinos que de nuevo entraron a la habitación cuando supieron que la serpiente había sido completamente dominada—. ¿De dónde pudo haber salido ese animal?
—Sí. Es muy raro, porque esos bichos no arriman por aquí —comentó otro de los curiosos.
El hombre que tomó la iniciativa y comenzó por darle muerte a la temible culebra, pasó a ocuparse de la salud de la víctima. y abundaron las opiniones sobre los mejores remedios regionales indicados para estos casos.
Los “contras” y los medicamentos llaneros parecen increíbles, pero los más escépticos, entre quienes han atestiguado sus efectos, acaban por creer en ellos con la fe más firme e incondicional. Por esto, todos los presentes, cuyo número ya casi era un tumultuario, prorrumpieron en exclamaciones aprobatorias, cuando alguien expresó en tono inapelable:
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20 —Debemos salvar a esta pobre muchacha. Hay que rezarla. Busquemos a don Jacinto.
Buena parte de la gente se movilizó en busca del rezandero, y correspondiendo a la urgencia don Jacinto llegó. Era un hombre de cara pétrea, bien maduro sin pisar todavía la ancianidad. Con pocas palabras ordenó despejar el recinto. En posición de cuclillas observó el cadáver de la serpiente que permanecía en el piso y luego tomó en sus manos la cabeza de Lucinda, y en voz muy baja y confusa susurró sus oraciones rituales, envueltas en el silencio fervoroso y expectante de las pocas personas que permanecían en el cuarto y de la multitud que se agolpaba a la puerta de la pieza ciega.
El brujo asperjó con un misterioso líquido el cuerpo semidesnudo y exclamó en voz un poco más fuerte que la de las oraciones:
—¡Estás salvada!
Cuando Cortés regresó, se informó del “contratiempo”; miró atentamente la culebra muerta, cuyo entierro ya había sido ordenado por don Jacinto, y se limitó a comentar:
—¿Por dónde pudo haber entrado este animal?
Agradeció los oportunos auxilios y anunció, dirigiéndose a Lucinda:
—Gracias a Dios, estás salvada, pero todavía necesitas un tratamiento.
La muchacha, con mediano apetito, recibió de una vecina unas cucharadas de caldo y enseguida se quedó dormida, apaciblemente .
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21 —Te dije que todavía necesitas un tratamiento —le recordó Cortés a la muchacha cuando amaneció al día siguiente, y agregó:
—Quedaste muy débil y voy a llevarte donde un curandero que sabe mucho de estas cosas.
—Todavía tengo dolores en el brazo —respondió Lucinda—, y las cucharadas de caldo me provocaron vómito.
—Pero ya estás al otro lado y creo que el viernes podemos ir donde el curandero. Es un viaje corto y cómodo —concluyó Cortés.
Pasadas las nueve de la mañana del viernes señalado, la pareja abordó una rudimentaria canoa. Él, con los remos, ocupó puesto en una tabla atravesada en la popa. Ella buscó acomodo en el asiento que cierra el ángulo agudo de la proa, de espaldas a la corriente, y echaron aguas abajo en dirección —dijo Cortés— a la vivienda del curandero. De pronto, la canoa dio un vuelco y ambos cayeron al agua.
Cortés, que llevaba ropa muy ligera, en pocas braceadas de buen nadador fácilmente ganó la orilla. La muchacha siguió a merced de la corriente.
Por segunda vez, a Lucinda la tocó la muerte. Pero unos vaqueros que pasaban por la orilla del río vieron una cabellera que flotaba y una cabeza que de cuando en cuando emergía del agua.
—Es una mujer que se está ahogando —dijo uno de los del grupo de jinetes, a tiempo que alistaba su rejo y lanzaba el “chambuque” con habilidad profesional.
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22 —Está llena de agua, pero viva —dijo otro de los jinetes, y se desmontó mientras su compañero, que con precisión la había enlazado, la sacaba a la orilla.
La colocaron en posición de boca abajo y con tracciones rítmicas la hicieron arrojar todo el líquido. Sólo fueron necesarios unos pocos minutos para que la muchacha recobrara plenamente el sentido y explicara lo ocurrido:
—Fue un accidente. Íbamos río abajo en una canoa que se nos volcó. No sé por qué pasó esto, ni sé qué le pasaría a mi marido.
Lucinda informó a los vaqueros que vivían en Puerto López, y les pidió que la llevaran allá.
Cuando los vaqueros llegaron con la mujer, a quien uno de ellos, muy cuidadosamente, había acomodado en la grupa de su cabalgadura, Cortés dormía profundamente, y al ver a su mujer lanzó una expresión sin duda subconsciente:
—¿Y esa vaina?
Después, con melifluas palabras, agradeció a los jinetes la salvación de su esposa, y agregó, acaso sinceramente:
—Esto es un verdadero milagro... Yo también me salvé de milagro.
Y explicó a los vaqueros:
—Esta muchacha se paró dentro de la canoa para cambiar de puesto: dio un traspié y, para estabilizar el equilibrio, apoyó un pie en el lado contrario al que se había inclinado. Así comenzó el hamaqueo de la canoa, hasta que se volcó. El río estaba bravo y la corriente me dominó sin que yo hubiera podido hacer algo para salvarla. Gracias a Dios, ustedes le
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23 salvaron la vida y me la trajeron. Dios es muy grande y yo no tengo con qué pagarles a ustedes el incomparable beneficio con que me han favorecido...
—Hemos perdido mucho tiempo —sentenció el “dueño” del paseo— y yo tengo urgencia de ir a la finca. Ya han pasado ocho días desde el accidente de la canoa, y mañana nos podremos ir. ¿Tú qué tal eres para montar a caballo?
—Pues yo creo que no muy buena, pero como iremos despacito.
—De paso llegaremos donde el curandero, que está sobre el camino, y luego seguiremos para la finca.
Apareció, entonces, un nuevo personaje que al día siguiente llevó las bestias a la vivienda de la pareja. Era Campo Elías Zamudio, un hombre pequeño, dicharachero y ladino, apodado “Gorgojo”, que montaba en un macho de buena alzada, inquieto y pajarero.
—En mi finca, “Gorgojo” es el encargado. Lo conozco hace mucho tiempo y le tengo mucha confianza —dijo Cortés a manera de presentación—. Puedes decirle “Gorgojo”, porque él no entiende por otro nombre.
Las otras dos monturas: y el caballo era acuerpado y moro, y la yegua, baya y pequeñona. Cortés acomodó a Lucinda en la tercera bestia, y para tranquilizarla le advirtió:
—Este es un animal muy mansito, especial para ti.
Cuando todos tres estaban montados, Cortés y Lucinda se despidieron por última vez de los vecinos que habían salido a sus puertas a presenciar la partida. Abrió la marcha Cortés y cuando la cabalgata se había alejado unos pocos pasos las
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24 vecinas, posiblemente bajo una indefinida prevención, favorecieron a la viajera con distantes y repetidas bendiciones...
—Hola, mija —dijo Cortés cuando atravesaban un paraje solitario, apareando su caballo con la yegua de su compañera—, la noto a su mercé como incómoda, y todavía nos falta camino. Es mejor que cambies de bestia. El macho de “Gorgojo” es de paso muy fino y te llevará cómodamente.
Seguidamente “Gorgojo” recibió instrucciones de su jefe para hacer el cambio de monturas, y mientras tanto Lucinda se apeó con la solícita ayuda de su esposo. Como el macho era “cascarillas” y asustadizo “Gorgojo” lo encegueció con su ruana de hilo o “mulera”, a manera de “tapaojos”, para ejecutar la maniobra de desensillar y ensillar la bestia con la montura de la yegua. Y cuando montaron a la muchacha en el pajarero con su habitual acento sentencioso, Cortés le dijo a su compañera:
—Tú eres muy novata para todo esto. Te falta mucho para convertirte en toda una llanera. He notado que tratas de perder el equilibrio, y por precaución voy a asegurarte.
Y la amarró por el tobillo izquierdo a la acción del estribo. Ya “asegurada”, le quitó al macho la mulera y la sacudió frente al hocico de la bestia. Pero el macho, peligroso y asustadizo, no se mosqueó siquiera. Permaneció estático, mientras Lucinda, con silenciosas lágrimas de fatal presentimiento, semejaba un monumento ecuestre a la resignación.
—¡Maldita sea! —exclamó Cortés fuera de sí.
Deshizo el nudo del tobillo y desmontó a la muchacha, la tomó de la mano y caminó unos pocos pasos.
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25 —Vea a ver, señor Cortés —musitó Lucinda, y fueron estas sus últimas palabras.
Cortés, armado de un bordón, le asestó un garrotazo en la cabeza, y como enloquecido la molió a palos. Ya medio muerta la arrastró hasta el lugar donde permanecía el estático macho. “Gorgojo” le puso de nuevo la mulera a la bestia. Cortés volvió a atar el pie izquierdo de la moribunda; le destapó los ojos al animal, y violentamente le azotó las ancas. El macho se llevó en rastra el cuerpo de Lucinda y, ahora sí, todo quedó consumado.
El médico local, improvisado de legista, practicó la necropsia y habiendo conocido la explicación del esposo de la difunta certificó la muerte “accidental” de Lucinda Rodríguez de Cortés.
Provisto de este documento, el jayán llanero viajó a Bogotá y se presentó en la compañía de seguros dispuesta a recaudar la por entonces cuantiosa suma de 500 mil pesos. Este era el valor del seguro de beneficio mutuo tomado por la pareja de recién casados en la primera salida que Lucinda pudo realizar, sin saber lo que hacía, pocos días después de su parto.
Las aseguradoras, por la naturaleza misma de sus servicios, son desconfiadas.
Y éste era un caso de excepción, que permitía alentar la duda. Un seguro cuantioso, tan recientemente negociado y cobrado por causa de una muerte accidental, no se podía pagar sino mediante una minuciosa averiguación. Contra sus cálculos, el llanero salió con las manos vacías y con la notificación de que el pago del jugoso seguro sólo se efectuaría mediante la plena aclaración de la muerte de la esposa del reclamante.
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26 La compañía designó a uno de sus más hábiles investigadores, Arnold Haupt, quien correspondió al deber que le impusieron. Haupt viajó a Puerto López; averiguó por los oscuros antecedentes de Antonio Cortés; descubrió la vivienda de la pareja; entró en contacto con los vecinos, supo lo de la culebra y lo del naufragio, e informado acerca del último viaje, tuvo noticia de la participación de “Gorgojo”, sujeto muy conocido en la región por sus malas andanzas. No fue difícil localizar a “Gorgojo”, y Haupt, provisto de estos datos, creyó llegada la hora de hacer una exposición ante las autoridades de policía.
Cuando fue capturado, “Gorgojo”, a quien su “jefe” se negó a pagarle sus servicios, echó por el camino de la confesión, al menos de los hechos que él presenció. Se dispuso una ampliación de la autopsia, diligencia científica que practicó un patólogo forense, y quedaron a la vista las huellas de lesiones diferentes a las atribuidas al arrastre del cuerpo por una bestia, y con base en estos logros investigativos el funcionario de instrucción decretó la detención de “Gorgojo” y del reo ausente, Antonio Cortés.
Corridos los términos de rigor, el caso pasó al conocimiento del juez superior de Villavicencio, quien después de algún tiempo, sin que Cortés hubiera aparecido, dictó el auto de llamamiento a juicio de ambos sindicados por el delito de homicidio, en lo relativo al autor principal agravado con las más atroces características de asesinato.
El defensor de oficio del reo ausente apeló ante el Tribunal de Villavicencio con un desganado memorial, pero poco importaban los flacos argumentos de la defensa, porque en ese estado del proceso entraron en juego los compadrazgos y las influencias del “hermano” mayor de Cortés, parlamentario y popular jefe político.
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27 Y fue así como “triunfaron las tesis de la defensa”, y el Tribunal revocó el llamamiento a juicio y decretó el sobreseimiento definitivo en favor de ambos acusados.
Hasta aquí, todo muy “normal”. Pero ocurrió que la compañía de seguros se vio obligada a pagarle a Cortés el valor de la póliza cuando se presentó con su absolución, y además tuvo que reconocer el valor de los intereses de los 500 mil pesos durante los dos años que duró el proceso y el pago estuvo retenido.
Y debo señalar otra “pequeña falla” de la justicia: la suerte del niño de Lucinda jamás fue investigada.
Nota necesaria. Vale anotar, sin perjuicio de la veracidad de este relato, que como las influencias son las influencias y la capacidad criminal no se corrige, me he permitido disfrazar los nombres de los protagonistas de esta repulsiva ocurrencia que ocupa principalísimo lugar entre mis recuerdos de medio siglo de periodismo
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El cadáver viajero
l rompecabezas policiaco más envuelto en misterio, entre los que hayan dado trabajo a la policía y más se hayan apoderado de la atención del público, es el caso llamado del "baúl escarlata". El baúl de esta historia no era de color escarlata, pero a algún bromista de la época se le ocurrió llamarlo así, y todos aceptamos la denominación.
El ferrocarril del norte era de propiedad de la familia Dávila y tenía su terminal en Nemocón, aunque se proyectaba llevar la línea hasta la Costa Atlántica. Cuando la empresa pasó a poder del Estado el ferrocarril se prolongó hasta Barbosa, Santander, y ahí quedó. Tenía su estación en Bogotá, en la carrera 15 con la calle 17, y disponía de un gran patio destinado a bodega de exportación. Por la orilla de este patio pasaba un ramal y algo más de veinte columnas tenían en su orden los nombres de las estaciones de toda la línea. La última columna, pues, estaba distinguida con el nombre de Barbosa. La rutina del servicio de carga comenzaba por el pesaje y papeleo de cada remesa. Una vez diligenciado todo esto la carga era colocada al pie de la columna correspondiente a la estación de destino.
Cierto día el personal de trabajadores de la bodega notó un mal olor hacia el puesto de Barbosa. En principio se atribuyó este olor a unos cueros crudos de res que habían sido remesados para una de las estaciones cercanas a la terminal. Pero el mal olor siguió y cada día era más intenso. Alguien cayó en la cuenta de que un baúl colocado en el puesto de Barbosa desde días atrás, y en relación con el cual no se había diligenciado la remesa, era el foco del insoportable olor. Un bodeguero propuso abrir el baúl, y fue así como a pareció en el interior un cuerpo humano doblado y cubierto de cal.
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29 De inmediato se dio aviso a la policía, y de esta manera se
estableció que el cadáver forzadamente tronchado
correspondía a una niña de aproximadamente 15 años. Encima del cadáver y de la cal había un sobre destinado a “Mercedes García de Ariza-Barbosa”. Ya me ocuparé del contenido de la carta hallada en el sobre.
Primeramente, es necesario ver que el baúl era de los que por esa época tenían las antiguas criadas para guardar su ropa, y tal vez para esconder los objetos que de cuando en cuando tomaban furtivamente. Era una caja de madera recubierta con latas de estridentes y variados colores, desde luego, provista además de una cerradura. Los colores de los cuales el baúl de esta historia estaba recubierto, ya se dijo, no eran escarlata. Pero, bueno. Desde el día del hallazgo, a comienzos de 1945, los periódicos se ocuparon del caso policiaco de una manera tan amplia, como se podía en aquellos tiempos, edad de oro del folletón. Los cronistas urdieron en torno al baúl diversas hipótesis y se esforzaron por adelantarse a los investigadores. Dos detectives, reputados como los mejores, un Pérez y un tal
Bernal, apodado “Chocolate”, asumieron el caso.
Correspondió dirigir la investigación a un veterano y respetable juez de instrucción criminal, el doctor Vicente de J. Sáenz. El equipo investigativo así integrado se entregó del todo al empeño de descifrar el enigma.
Dos o tres líneas burdamente trazadas contenía el sobre hallado en el baúl, “Guárdelo en el caidizo de Luisa”. Investigadores y periodistas viajaron a Barbosa, pero no dieron con la destinataria de la macabra remesa. Ni tuvieron noticia del “caidizo de Luisa”. Sin embargo, las averiguaciones se extendieron a Puente Nacional, Cite y creo que hasta Vélez. La pista contenida en el sobre no dio ningún resultado positivo. Los reporteros policíacos trajinaron por sus propias pistas, pero su actividad fue nula. Recuerdo que un
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30 colega se dedicó a visitar las tiendas de la carrera 11, donde vendían baúles, pero a ninguna conclusión pudo llegar.
Madres cuyas hijas quinceañeras habían desaparecido, Dios lo sabe cómo y con quién, al plantearse este enigma, tuvieron el “pálpito” de que se iba a acabar su angustia, y venciendo el humanismo terror visitaron el anfiteatro de Medicina Legal, pero salieron con la misma inquietante duda porque el cadáver estaba irreconocible. Un cálculo científico indicaba que la muerte debió sobrevenirle a la muchacha no menos de 17 días antes. Contribuyó además a la desfiguración la “postura” en que había estado “empacada” durante todo ese tiempo, Sin más qué hacer, algunos reporteros entrevistaron a las mujeres llorosas que deseaban entrar a la morgue. Total: cero.
Los médicos forenses le calcularon a la víctima del oscuro crimen una edad oscilante entre los 14 y los 15 años, y anotaron algunos detalles de relativa utilidad para una remota identificación. Ejemplo, la longitud promedio del cabello, la estatura y el tamaño de las orejas, de los pies y de las manos, además de que realizaron una reproducción de la dentadura. Por el examen de las uñas de pies y manos, burdamente cortadas, llegaron a la conclusión de la categoría social de la muchacha, algo menos que mediana. En fin, se hizo en medicina forense cuanto fue posible, pero los conceptos contenidos en el informe de la necropsia no prestaron utilidad a la investigación. Los reporteros especializados les seguíamos los pasos a los detectives para saber por dónde iban, pero todo fue en vano.
El caso del “baúl escarlata”, con hipótesis renovadas, apareció en los periódicos de Bogotá hasta el final de 1945 y poco a poco el despliegue de prensa vino a menos. Después, sólo de cuando en cuando, los periodistas se ocuparon del indescifrable enigma.
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31 Tan agotadas estaban las averiguaciones que el investigador Vicente de J. Sáenz acabó por caer en una tentación propuesta por el detective “Chocolate”. El “hábil sabueso”, como solían llamarlo algunos reporteros de la época, en tono confidencial informó al investigador que por los lados de Las Cruces tenía sus reuniones un grupo de espiritistas que contaba con una médium maravillosa y desconcertante. Y acabó por convencer al doctor Sáenz de asistir con él a una sesión de espiritismo. El veterano juez, funcionario ejemplar, reposado y serio, accedió a la invitación de “Chocolate”, y no hay para qué decir que al salir de la reunión de Las Cruces, además del fracaso del recurso, el juez de instrucción criminal se llevó un sentimiento de disgusto consigo mismo. El paso que acababa de dar estaba reñido con las normas investigativas y lo dejaba un poco untado de ridículo. Para auto consolarse, según indiscreción de “Chocolate”, el severo juez dizque dijo:
—La peor diligencia es la que no se hace...
En fin, hubo de todo a lo largo del esforzado empeño de solucionar el rompecabezas. Por mi parte, debo confesar una ocurrencia que, aunque nada tiene qué ver con el caso del “baúl escarlata”, sí vale recordarla, aun apelando al mismo atochonzuelo del juez Sáenz. Una noche me cayó al periódico un visitante que me llevaba una “revelación”. En un hotelito de San Victorino, del cual hacía parte una cantina con puerta sobre la calle, estaba hospedada una santandereana que decía poseer el secreto del oscurísimo caso en investigación. Con alguna frecuencia la visitaban “Chocolate” y otro detective, y dizque ellos le pagaban el hospedaje. De noche, la mujer la pasaba en la cantina, siempre hablando del mismo tema del baúl. Era fácil verla e identificarla. Hacia las 8 de la noche siguiente fui a la cantina indicada por mi visitante y lentamente me tomé una cerveza. En una mesita cercana
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32 estaba acodada una mujer algo madura y de marcado acento santandereano; “ésta es”, me dije, y le presté toda mi atención. En efecto, no tardó en hacer referencia al caso que me interesaba. Le formulé alguna pregunta más o menos vaga, y así se inició el diálogo. La invité a tomar unas cervezas conmigo y ella aceptó sin vacilaciones, tres o cuatro cervezas consumimos y tuvo sobrado tiempo de hablar sobre su tema preferido. Muy fácil fue darme cuenta de que su versión era banal, aunque urdida con alguna inteligencia. Algo más me ocurrió en esa ocasión. Fue que la cerveza, ya sobre los dos litros, comenzó a presionarme, y como la cantinera me dijo que el sanitario estaba adentro, en el hotel, preferí satisfacer mi urgencia en un poste cercano, y ya para terminar, fui atacado, de verdad, verdad, por un perro feroz. Me arruinó la pierna derecha del pantalón y la huella de la dentellada me quedó en la flaca pantorrilla. Tras la apenas confesable aventura regresé a la tienda a pagar el consumo.
—Le destrozaron el pantalón —dijo la santandereana—, y eso fue el perro que anda por ahí, que dicen que está rabioso.
La mujer se interesó en apreciar el mordisco, y exclamó: —¡Ay, Virgen Santa! Si el perro está rabioso, la cosa es grave.
Al día siguiente las “revelaciones” de la santandereana aparecieron en el periódico, con el nombre del autor de la información. Sorpresivamente la mujer me hizo una llamada telefónica; bromeó por el engaño de que la hice víctima al no advertirle los motivos de mi interrogatorio. Me contó que los detectives la habían regañado por la infidencia y me preguntó cómo seguía del mordisco. Me informó que el perro ya había mordido a varias personas que estaban en tratamiento y acabó por recomendarme que tuviera cuidado. Dos o tres noches después, con el toquecito de preocupación que me dejó con lo
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33 del perro, volví a la tienda. No la encontré, pero la cantinera me contó que un policía había matado al perro y que lo había llevado no sabía a dónde, para que lo examinaran. Que le quitaron la cabeza y el examen comprobó que tenía rabia. Sin pensarlo más, a la mañana siguiente fui al Instituto Samper y Martínez, única entidad encargada de estas cosas de la hidrofobia o mal de rabia. Tuve que someterme a las 21 inyecciones antirrábicas de rigor en esos tiempos. Recuerdo que le correspondió aplicarme las inyecciones a una gentilísima enfermera, hermana del inolvidable Fray Lejón. Y por mi habitual temor a la aguja, aquellas inyecciones fueron 21 mordeduras de perro rabioso.
Un período relativamente largo transcurrió sin que los diarios volvieran a ocuparse del caso del baúl, y de pronto, un domingo, uno de los más prestigiosos periódicos de Bogotá destacó en primera página y bajo gruesos titulares una noticia que nos dejó fríos a los reporteros policíacos. Nada menos que la solución del misterio. El autor anunciaba la publicación de cinco crónicas con minuciosos detalles de su “verdad”. La “solución”, muy resumidamente, era la siguiente: en una casa campesina de Mesitas del Colegio había ocurrido un accidente. Una lámpara de gasolina estalló, el combustible se regó y le causó quemaduras a una muchacha, especialmente en la cabeza. La trajeron a Bogotá y la hospitalizaron en San Juan de Dios. La muchacha murió y como nadie reclamara el cadáver lo enviaron a la facultad de medicina para las experiencias morfológicas de los estudiantes. Decía la versión que el cadáver no era utilizable para las finalidades didácticas, y agregaba que un grupo de alumnos urdió un rompecabezas para la policía y, mañosamente, los despojos empacados en el baúl fueron llevados a la estación del ferrocarril del norte y colocados en la columna que señalaba el lugar para el cargamento destinado a Barbosa.
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34 Recuerdo que esta “chiva” me puso en trance de controversia y de rebeldía con mi jefe de entonces, Alberto Galindo. Confieso que el caso me golpeó duramente, pero alegué: “No creo en esta versión, pero no dispongo de argumentos para refutarla, ni estoy dispuesto a uncirme a la revelación”.
Yo estaba totalmente despistado. Había pasado el fin de semana fuera de Bogotá, y acababa de llegar al periódico, ya entrada la noche. No había nada qué hacer y no escribí nada, a pesar de haber sido enérgicamente coaccionado para producir algo.
El lunes, muy preocupado, me fui al Hospital de San Juan de Dios. Por fortuna, encontré que el administrador era amigo mío, y esta circunstancia favoreció mis averiguaciones. El funcionario me puso en comunicación con la religiosa que directamente atendió a la muchacha quemada. Esa misma mañana se había publicado, “A paso de vencedores”, la segunda parte de la serie anunciada, y en el hospital estaban siguiendo con interés el relato. La religiosa, a quien yo le decía unas veces “madre” y otras “hermana”, me resultó muy amable. Minuciosamente me explicó el proceso de la atención hospitalaria y, de pronto, me dijo algo sumamente importante. Cuando la muchacha fue recibida en el pabellón de quemados, la monja procedió a atusarle la cabeza con el mayor cuidado, para poder hacerle las curaciones que requería. Me informó, además, que cuando la niña murió la depositaron en la morgue y le avisaron telefónicamente a un pariente de la familia campesina que trabajaba en Bogotá y se interesaba por la salud de la muchacha quemada. El pariente se apersonó del entierro, y hasta ahí supieron en el hospital. No sobra agregar que, de acuerdo con las informaciones de San Juan de Dios, la muchacha acababa de cumplir 18 años, edad bien distinta de la calculada por los médicos forenses. El primer dato planteaba un interrogante incontestable: si la niña fue atusada,
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35 ¿por qué el cadáver embaulado tenía una cabellera de 17 centímetros, según el informe médico legal? Este solo detalle derrumbó las “revelaciones” en serie. Para sostener la “caña”, desvió la serie preparada para refutar a su contradictor, con la afirmación de que yo ignoraba que el cabello crece después de la muerte.
Realmente, nunca tuve oportunidad de peinar el cadáver del baúl, pero me confiaba en los médicos forenses. Es cierto que el cabello, cuyo crecimiento es vegetativo, después de la muerte aumenta unos dos o tres milímetros, pero las células donde se originan las raíces también mueren y se paraliza el crecimiento capilar, y ni estando muy vivo, a nadie le crece el cabello 17 centímetros en tres semanas. Arguyó el cronista en referencia que los médicos legistas incurren en errores garrafales, y los médicos legistas se pusieron furiosos.
Vanidosamente, el detective “Chocolate” estaba
convencido de su gran prestigio por las alusiones que solían hacerle en la prensa, y para disfrazar su fracaso en lo del “baúl escarlata” acomodó el cuento y le hizo la revelación exclusivamente al periodista que “se la tragó entera”.
Creo que a todos los periodistas de mi especialidad, sin excluir a los que se desempeñan actualmente en esta tarea, nos han sobrevenido pequeñas adversidades que más merecen el calificativo de funestas que el de contratiempos, pero que a pesar de su insignificancia nunca se olvidan. Ya citaré un caso. Las averiguaciones cuya conclusión me permitió refutar la leyenda construida sobre la niña de la cabeza atusada no se limitaron al Hospital de San Juan de Dios, llamado también de la Hortúa por el nombre de los terrenos donde fue construido. Mis averiguaciones se extendieron a la Facultad Nacional de Medicina que por aquel entonces funcionaba en la calle 10, frente al Parque de los Mártires. Deseaba agotar el seguimiento del cadáver de la “embaulada”. A sabiendas del fuerte impacto que recibe el profano al entrar a una sala de
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36 anatomía, me arriesgué a pasar por entre dos filas de mesas que sostenían cadáveres humanos completos o medio desintegrados. Me atendió un profesor a quien le expliqué mis empeños.
—El cadáver embaulado del que habla la prensa —dijo el profesor— nunca estuvo aquí.
Y me llevó hasta un escritorio donde se asentaba la “contabilidad” de entradas y salidas de cadáveres a la sala de anatomía. Efectivamente, entre las fechas básicas no figuraba ningún caso que acusara semejanza, siquiera remota, con el objeto de mis averiguaciones.
Mientras dialogábamos con el profesor fue formándose un grupo de estudiantes que fácilmente adivinaron el motivo de mi visita, y juguetonamente desbarraron contra la prensa. Cautelosamente traté de mantenerme a distancia de los estudiantes, pero algunos de ellos, con expresión burlona se me acercaron demasiado y me invitaron a que presenciara el trabajo que estaban ejecutando.
—No me interesa —respondí con cobarde negativa, con expresión falsamente alegre y fingida camaradería. Sin más que un ademán me despedí y salí de aquel macabro ámbito.
—La baja calle 10 era transitada por gente ordinaria, de la que pululaba en los contornos de la plaza de mercado de la Concepción. Y todos los transeúntes parecían vivos. Ninguno estaba despresado. Los que iban y venían sólo parecían ensordecidos por el rodar del tranvía municipal. Todo era vida. Vida sucia, pero vida, y para ahuyentar el recuerdo de la visión macabra de minutos antes, quise fumarme un cigarrillo. Me lo puse en los labios y busqué los fósforos en el bolsillo derecho del saco, donde encontré un cuerpo extraño. Hago mal en decir “cuerpo”, porque era sólo un dedo. Un dedo humano. Confirmé que era un dedo, por la uña con mugre.
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37 Crispado de terror lo arrojé a la calle. Si su hallazgo hubiera generado otro misterio, yo lo habría descifrado.
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Cuerpo de mujer por libras
n una fracción de San Antonio de Tena, el municipio ahora llamado San Antonio del Tequendama, a alguna distancia de la población tenían una parcela los padres de Teresa Buitrago, más comúnmente llamada Teresita, cuya vida y cuya muerte dieron para mucho. En su lugar de nacimiento pasó Teresita su niñez y su primera juventud. A los 15 años ya se había revelado como una mujer de admirables atractivos. Después de terminada la escuela rural, dio en bajar de la montaña al pueblo los domingos y días festivos, para asistir a la misa mayor, y se dice que la feligresía juvenil, y también la madura, desatendía el ritual de los oficios religiosos para mirar y admirar a la bella campesina.
Andando el tiempo, cuando Teresa ya había cumplido los 18 años de edad, se fugó con un forastero a Bogotá. En esta primera experiencia, Teresita no encontró lo que buscaba. La ciudad la recibió no muy bien. Le correspondió vivir la misma suerte adversa que tantas mujeres del campo han sufrido. Primeramente, debo hacer notar que la transición de los alpargates del campo a los zapatos de la ciudad le originó inconvenientes y calamidades que le duraron por el resto de su vida. Los pies se le avejigaron y se le encallecieron. La pobre mujer era muy hermosa, pero caminaba muy mal. Sus andares, en todo sentido, eran muy descalificables.
Otra de las calamidades iniciales que sufrió Teresita en Bogotá fue la fuga de su compañero de viaje, como también compañero de hotelito durante breves días. Sin más que hacer, poco a poco se entregó a la prostitución. Echó a merodear por San Victorino, parándose en las esquinas a descansar y a esperar al que hubiera de venir. Bien pronto se dio cuenta de que esto no era lo que ella esperaba encontrar en Bogotá, y
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39 para tentar suerte trasladó sus hermosos atractivos a los anocheceres de la carrera Séptima. No le faltaron los admiradores, pero ella dio en preferir a los que pasaban en automóvil y le lanzaban miradas lujuriosas pero que parecían de gula. Pronto se relacionó bien. Frecuentemente, se economizaba el hotel, yéndose a pasar la noche con el que la invitara. En esta vida pecadora, pero ya un poquito por lo alto, pudo hacer sus ahorros y compró en Chapinero, en la calle 59, pocos pasos abajo de la Avenida Caracas, una casa pequeñita. Instaló allí un bar y en el interior acomodó su dormitorio, que en poco tiempo llegó a ser relativamente lujoso. En el bar vendía licores y cervezas a precios relativamente altos, y de esta manera pudo seleccionar su clientela y lograr un amplio margen de utilidad. Se sabe de varios personaje es que la visitaban con relativa frecuencia, y al fin de las veladas el último de los consumidores se encargaba de trancar bien la puerta...
Teresita tuvo un amante permanente, que toleraba las visitas nocturnas, porque las creía o quería creerlas ocasionales. Este amante era Pacho Díaz, un vago perteneciente a acomodada familia de la provincia del Guavio. Como todas las personas inútiles, Pacho Díaz tenía su gracia. Era un espléndido jinete, condición a la cual le sacó algún provecho, pues los criadores de caballos de paso lo mandaban a las exposiciones de la región sur de los Estados Unidos. Un caballo colombiano montado por Pacho Díaz ofrecía un verdadero espectáculo y se valorizaba la bestia en negocio.
Pacho, para evitarse malos momentos, visitaba a Teresita de día, y si alguna vez lo dominaba la tentación de ir de noche y encontraba cerrada la puerta, no se animaba a golpear y seguía su camino. El chalán quería mucho a Teresita. Ella también lo quería, pero no mucho. Lo trataba con ternura y le soportaba sus necedades. En ocasiones, Pacho participaba en las reuniones nocturnas, aunque no después de las 10.
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40 Rigurosamente, pagaba el valor de sus consumos y alguna participación tomaba en la tertulia. Desde luego, siempre observaba una discreción irreprochable. De aquellas reuniones era muy asiduo un personaje que fue muy popular en Bogotá: “El Loco Zamorano”. Este personaje, frustrado médico, era valluno, pero por el muy amplio círculo de sus amistades era más bogotano que todos los bogotanos. Dueño de un ingenio junto al cual los de su tierra vallecaucana eran sólo “matecañas”. Era inagotable el ingenio de “El Loco Zamorano”, y, generalmente, su charla se apoderaba de la tertulia donde Teresita. Su gusto por el aguardiente lo hacía cliente diario del bar de la 59, y se oyó decir que Teresita le hacía descuentos especiales.
Por los tiempos que recuerdo, poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, llegó a Bogotá un italiano, veterano de las tropas de Mussolini. Se llamaba Ángelo Lamarcca, y un día cualquiera la casualidad lo llevó al bar de Teresa Buitrago. La dueña del establecimiento había entrado ya en sus 40 años y conservaba su hermosura, y todos sus atractivos. Mientras no tuviera que caminar todo estaba bien. El italiano, en su dulzarrón idioma, le dijo a Teresa quién sabe cuántas cosas, y ella quedó prendada. En una segunda o tercera visita el inmigrante le propuso matrimonio a Teresita. Casarse era lo único que le quedaba por hacer. Pensó en la importancia de ser la señora de “alguien”, y aceptó la propuesta.
Pacho Díaz supo lo del matrimonio y abrumó a su amante a consejos en contra del descabellado propósito.
Muy importante resulta ver que un buen tiempo antes, mucho antes de la llegada del italiano a Bogotá, Teresa Buitrago tuvo un contratiempo de extrema gravedad. Ella tenía unos vecinos que en un lote de la cuadra guardaban zorras de tiro. Eran gente ordinaria. Al fin y al cabo, carreteros. Los Ballesteros, que así se llamaban, nunca
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41 entraban al bar de Teresa, porque los precios y el ambiente los rechazaban. Un anochecer, por los comienzos de 1946, uno de los malos vecinos entró con su acostumbrada ordinariez, de overol grasiento, pésima estampa, más mal encarado que nunca. Era, precisamente, el más patán de todos. Con expresiones soeces pidió una cerveza, y Teresa le respondió:
—A usted no le vendo nada.
La reacción de Ballesteros a la negativa fue una serie de ultrajes, y hasta trató de darle a Teresita un puñetazo por encima del mostrador. Como la escena tomó alcances de violencia, Teresa abrió la gaveta y sacó un revólver. Un pequeño revólver de esos de calibre 22, que son más juguete que arma, y le hizo un disparo al vecino amenazante. Pero fue un disparo certero, pues el proyectil le dio en el centro del ojo derecho, y esos proyectiles que pegan en el ojo se van directamente a los centros nerviosos y causan la muerte inmediata. Ballesteros cayó y su cadáver quedó tendido frente al mostrador del bar. Un transeúnte que justamente pasaba por el frente oyó la detonación, contempló durante un par de segundos la trágica escena y corrió para llamar a un policía. En este mismo momento yo me encontraba a poco más de una cuadra del lugar de los acontecimientos. Vi que un policía corría y, animado por la certidumbre de que por ahí había una noticia, también corrí. Cuando llegué, en el andén había una media docena de curiosos que estiraban el cuello para mirar hacia adentro. Pasé por entre los curiosos hasta el mostrador, y fue así como conocí, en tan memorable ocasión, a Teresa
Buitrago. Presencié una escena verdaderamente
impresionante. A mis pies estaba tendido el cadáver de un hombre rudo, y en el puesto de ventera estaba una mujer de hermoso rostro, en actitud extraña y con el semblante intensamente pálido. Tanto que parecía una estatua de mármol. Cuando la interrogué, sólo me dio su nombre, porque el policía intervino y le prohibió que hablara. Cuando
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42 observaba el cadáver, el policía, con bolillo enarbolado, me ordenó salir. Entre los curiosos supe el nombre del difunto, y me di por suficientemente informado.
Poco más tarde se iniciaron las primeras diligencias judiciales, pero a esa hora yo ya estaba en el periódico. El
proceso tomó su curso normal, Teresa demostró
abundantemente que a su actuación la había impulsado la legítima defensa, y bien pronto la justicia la dejó en libertad.
Afortunadamente, un viejo amigo me había hablado del bar de Teresa y me había contado toda su historia, desde su niñez en la parcela de San Antonio.
Al salir de su corta prisión, Teresita reabrió su bar y se reanudaron las tertulias de amigotes, inclusive con la asistencia de Pacho Díaz, así como tampoco podía faltar “El Loco Zamorano”.
Por estos tiempos llegó el italiano; su rápida propuesta matrimonial fue aceptada por Teresita con la misma celeridad. La celebración del matrimonio cambió las costumbres en el bar de la 59. Los contertulios, exceptuado “El Loco Zamorano”, se ahuyentaron poco a poco. Pacho Díaz y Lamarcca, el nuevo amo de casa, se miraban muy mal. Cierta vez, pasado de copas el italiano insultó a Pacho con las expresiones que tan rápidamente aprenden los extranjeros, y Pacho le respondió con un puñetazo que puso en fuga al ex combatiente hacia el interior de la casita. Desde entonces, para referirse a Pacho Díaz, Lamarcca decía: “Ese animale feroche”.
El italiano dio en tratar muy mal a Teresita. La causa más señalada de este malestar doméstico eran los celos por la relación de su esposa con Pacho Díaz, a quien ella, realmente, le dedicaba una no disimulada deferencia. Teresa salía a la
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43 defensa de Pacho, y la casita de la calle 59 se convirtió en un verdadero infierno. Frente al templo de San Francisco me encontré con Pacho Díaz, quien con expresión de angustia me contó que Teresita había desaparecido desde hacía por lo menos cuatro días. Inclusive me rogó que publicara algo en el periódico, relativo a la misteriosa desaparición, y agregara que Pacho la buscaba afanosamente. El antiguo amante de Teresa se dispuso a denunciar ante las autoridades el extraño caso y, efectivamente, aquel mismo día, ante el juez de permanencia del norte formalizó la denuncia.
La petición que me formuló Pacho Díaz fue atendida, y lo de la desaparición se publicó inmediatamente. Poco tiempo después, algo menos de una semana, en el lecho fangoso del río Fucha fueron halladas dos maletas, cuyo pestilente olor aconsejó a los autores del hallazgo a pedir la intervención de la policía. Un breve examen fue suficiente para comprobar que las maletas contenían los despojos mortales de una mujer. En una de ellas encontraron las piernas, los brazos y la cabeza y en la otra, el tronco.
Publicado el macabro encuentro, Pacho Díaz fue a la morgue, y en los despojos reconoció a Teresita. Por las sospechas que contra el italiano formuló Díaz en su denuncia, el investigador llamó a declarar a Angelo Lamarcca. También Lamarcca reconoció en los despojos a su esposa, y este primer enfrentamiento con la justicia lo sobrellevó con una pasmosa serenidad. Con la misma frescura que le era habitual, y fingiéndose desconcertado, el italiano rindió ante el investigador una amplia declaración. Tanto que el juez lo dejó en libertad con la sola condición de presentarse al juzgado dos veces por semana.
El informe de los médicos forenses incluyó una observación que dio una pista a los investigadores. Los cortes realizados para separar los brazos, las piernas y la cabeza