sta es la única crónica que no fue escrita especialmente para este libro por Felipe González Toledo, pero fue añadida por el interés de su tema para completar los veinte capítulos. Fue publicada, originalmente, sin la firma del autor —director del semanario— por Sucesos en su edición del 24 de mayo de 1956.
La muerte del general Alfredo J. de León, ocurrida en Nueva York hace menos de una semana, además de ser un hecho infastuoso, por cuanto notifica al viejo Bogotá de la desaparición de uno de sus mejores representativos, agita recuerdos y mueve a la evocación de una época que, para nuestra capital, se caracteriza como de transición de la categoría de villa provinciana a la de gran ciudad. En esta época, el general De León desempeñó el ingrato y resbaloso cargo de Prefecto de Seguridad. Y el general, se puede afirmar, fue un pionero de la lucha sistematizada contra la delincuencia.
La “Ley Lleras”
Durante todo el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, de 1934 a 1938, el general desempeñó la Prefectura. Afrontó situaciones interesantes en lo que se refiere al complejo y muy delicado campo del orden público, pero, por encima de todo, y esto es lo que ahora trataremos de evocar, el general De León desarrolló una tenaz labor en defensa de la sociedad y dio a la dependencia a su cargo una orientación hacia la técnica. Organizó archivos prontuariales, procuró la especialización del detectivismo y se esmeró particularmente en la limpieza de la ciudad por lo que se refiere a vagos, rateros y maleantes. Precisamente, durante la
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180 época del general, en 1936, se inició la vigencia del estatuto llamado “Ley Lleras”, instrumento de represión que, con las modificaciones impuestas por el tiempo que pasa, sigue siendo la norma en la lucha contra la reincidencia delictiva.
Malicia... ¿indígena? Época de transición de la categoría de villa provinciana a la de gran ciudad, dijimos, fue la de la Prefectura del general De León; porque en los tiempos anteriores a 1934 la delincuencia era casi ingenua y la ciencia investigativa se apoyaba exclusivamente en el conocimiento personal que los detectives tenían de los delincuentes y de sus habituales refugios.
Veamos, por ejemplo. Por la época anterior a la que pudiéramos llamar “Era del general De León”, en el Bogotá de los coches, las parihuelas, la estera de huche y el agua de Padilla, “El Gallino” era algo así como “el ladrón del pueblo”. Cuando de la cárcel de Santa Bárbara salía “El Gallino” en uso de libertad, el pertinaz reincidente, de manera precautelativa, dejaba a guardar a algún compañero el junco que le servía de cama, porque bien sabía que antes de dos semanas estaría de vuelta en el cautiverio.
Para tal pícaro tal detective... Martín Parra era el hombre. Martín descubrió muchos robos. Si de una mesa de ébano, del ancho y esterado corredor (equivalente al “hall” de ahora), de una severa casa de La Candelaria desaparecía un fino florero de porcelana danesa, Martín Parra comenzaba por averiguar si “El Gallino” estaba libre. En efecto, en la cárcel estaba solamente, en transitorio depósito, el junco del impertinente ladrón; y el detective se dirigía enseguida a los contornos del mercado de la Concepción. Allí estaba “El Gallino” negociando el florero de porcelana danesa por 80 centavos.
El asalto a la joyería de Bauer y el crimen de “Villa Anita” marcaron jalones en la historia de Bogotá. Aquellos delitos no
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181 eran imputables al “Gallino” ni al “Patiliso” porque ellos eran delincuentes ineptos, casi ingenuos. Y, al efecto, bien pronto cayeron los verdaderos autores. Eran extranjeros. Por primera vez, en Bogotá actuaban auténticos apaches franceses. Eran prófugos de Cayena entrados a Colombia por las fronteras orientales que marcan los ríos solitarios.
Las “batidas coladas”
Bogotá creció y los “Patilisos” y los “Gallinos”, los “Platanitos” y los “Pisahuevos” se multiplicaron. Aparecieron los “Chorrodehumos” y los “Mantecos”, comenzó a florecer el “paquete chileno” y los Moratos dieron en falsificar monedas. Apareció el “reducidor” en el catálogo delictivo y entró en vigencia, frente a la creciente amenaza social, la “Ley Lleras”.
Fue entonces cuando el prefecto De León puso en práctica su sistema de las “batidas”. Agentes secretos y policía uniformada cerraban determinadas bocacalles y estrechaban el cerco sobre cafetines y prostíbulos, garitos y hospedajes de lance, para echar el guante a cuanto sujeto sospechoso hubiera por allí. Con rateros y tahúres, mujerzuelas y vagos, en los camiones de la policía fueron a dar a los patios de las divisiones no pocos trasnochadores honorables que en apuros se vieron primeramente para justificar su presencia en los lugares frecuentados por gentes de mal vivir, y luego para justificar la nocturna ausencia de sus hogares.
No pocas contrariedades le trajeron al general De León las famosas “batidas” porque en no menos del 60% los atrapados se sentían víctimas de un inaudito atropello y elevaban su grito de protesta por la prensa o directamente ante el ministro de Gobierno (Alberto Lleras Camargo). Porque en las batidas cayó gente de influencias, y hasta jefes de sección se vieron enredados en aquella sorpresiva suerte de fumigación social.
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182 Por eso, para no crearse un problema mayor que el que trataba de solucionar, el general modificó el sistema. Dieron en practicarse las “batidas coladas”, sistema cuya sola denominación deja comprender que para esas recogidas nocturnas se asignó un criterio de discriminación. Al fin y al cabo, con las “batidas coladas” se redujo el volumen de las protestas, fueron más efectivos los resultados del empeño social y no pocos peces gordos, mediante el drástico sistema, cayeron en las redes del general De León. Aquella actividad fue un freno saludable, sin el cual la delincuencia habría tomado mayor impulso.
La delincuencia crece y se tecnifica
En la época inmediatamente anterior al centenario de Bogotá comenzó a generalizarse el sistema de estafa del “paquete chileno”. Para qué decir que algún aventurero chileno debió ser el importador de este truco que después de muchos años sigue engolosinando a los palurdos y convirtiéndoles en pedazos de papel periódico sus billetes, tan meritoriamente ganados en el cultivo de la tierra o en el comercio rural.
El general De León inició la catalogación de estos pillos que merodeaban por los contornos de las plazas de mercado, como la de los “rompelones” que por entonces comenzaron a hostigar a diario a los comerciantes y a la policía con los asaltos por el sistema de la “ventosa”.
Los delincuentes criollos comenzaron a tecnificarse y a perfilarse como auténticos apaches. El criminal asalto de “El Diamante”, con toda su secuela de venganzas y de encuentros armados entre la pandilla y los presuntos delatores, constituyó todo un síntoma inquietante y abrió una época nueva.
Fue algo así como el primer aliento, los primeros pasos de ese monstruo, ese temible “Frankenstein” que crece y se
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183 robustece, vive a su gusto y prospera en las grandes urbes modernas. La buena voluntad y el desvelado esfuerzo del general De León no bastarían en la época presente para contrarrestar el empuje de la delincuencia, así como en la época del general, para el mismo fin, de nada habría servido la malicia y la memoria de Martín Parra.
Inventativa periodística... y policial
Fueron cordiales las relaciones del prefecto de la Seguridad en 1935 con los periodistas que en aquella época llenaban las columnas de la crónica criminal. Pero en esos tiempos, ya lejanos, la nota sensacional escaseaba. El inolvidable Ximénez (José Joaquín) visitaba a diario el único juzgado permanente y por teléfono se comunicaba con el general De León en busca de “algo nuevo”. Pero los hechos triviales se sucedían los unos a los otros con exasperante monotonía. Eran la puñalada por diez centavos en la barriada, el pequeño hurto del “cascarero”, la caída de un aprendiz de carterista o el raro (¡rarísimo!) accidente de tránsito. La imaginación venía en suplencia, y Ximénez entretenía a sus lectores de El Tiempo con la “infancia, juventud y aventuras del grande hampón señor Mediabola” o con “la vulgar y sentimental historia de la hampona Bárbara Jiménez”.
Así se creó el polifacético personaje del hampa llamado “Rascamuelas”. Un día cualquiera, “Rascamuelas” apareció como autor de un robo de cuantía; cualquier mañana, los lectores de la crónica roja recibieron la sorpresa de un crimen monstruoso a “Rascamuelas” atribuido, y, según el travieso e insuperable cronista, el mismo “Rascamuelas”, autor de tantas ilicitudes, retaba descaradamente a los sabuesos del general De León y confesaba, mediante cartas de misterioso itinerario, depredaciones y hechos criminosos que el detectivismo no había logrado descubrir.
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184 De León salió tigre
El general impartió órdenes a sus “muchachos”. Personalmente dirigió batidas tras el imaginario personaje. Toda preocupación del desvelado prefecto que no tuviera relación directa con “Rascamuelas”, quedó en segundo plano. Finalmente, según una de las originalísimas crónicas de Ximénez, el general reunió a los periodistas para darles “la chiva del año”: “Rascamuelas” acababa de caer en manos de los detectives.
Eran muy escasas las “chivas” policiales en aquellos tiempos. Tanto, que era necesario inventarlas. Nada sensacional ocurría en Bogotá y acaso por esto mismo se le dio tanto relieve a las protestas de los trasnochadores honorables que cayeron en las redes de los “muchachos” del general, en sus famosas batidas sin colar...
Para eso pagan
El general De León, prefecto de Seguridad, por uno de los múltiples motivos propios de su delicado cargo, llegó un día a la residencia del ministro de Gobierno, doctor Alberto Lleras. El señor ministro no pudo atender inmediatamente a su subalterno y, mientras tanto, el prefecto permaneció en la sala, entretenido con las travesuras de una encantadora chiquilla, Consuelo, la hija mayor del “premier”, hoy señora de Zuleta. Un ligero descuido de la niña fue aprovechado por el general De León para esconderle la muñeca, pero Consuelo no echó de menos su juguete.
—Busca la muñeca —le dijo el prefecto a la chiquilla—. ¿A que no vas a adivinar dónde está?
—¿La muñeca? Yo no sé qué se hizo —respondió Consuelo—. Búsquela usted, que para eso lo tienen...