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Philippe Ariés - El Tiempo de La Historia

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Philippe Ariés PAIDOS STUDIO

1.W. Reich: Análisis del carácter 2.E. Fromm: Humanismo socialista

3.R. D. Laing: El cuestionamiento de la familia 4.E. Fromm: ¿Podrá sobrevivir el hombre? 5.E. Chinoy: Introducción a la sociología 6.V. Klein: El carácter femenino

7.E. Fromm: El arte de amar 8.E. Fromm: El miedo a la libertad

9.M. Schur: Sigmund Freud. Enfermedad y muerte en su vida y en su obra 11.E. Willems: El valor humano de la educación musical

12.C. G. Jung y R. Wilhelm: El secreto de la flor de oro 13.0. Rank: El mito del nacimiento dehéroe

14.E. Fromm: La condición humana actual

15.K. Horney: La personalidad neurótica de nuestro tiempo 16.E. Fromm: Y seréis como dioses

17.C. G. Jung: Psicología y religión

18.K. Friedlander: Psicoanálisis de la delincuencia juvenil 19.E. Fromm: El dogma de Cristo

20.D. Riesman: La muchedumbre solitaria 21.0. Rank: El trauma denacimiento

22.J. L. Austin: Cómo hacer cosas con palabras 23.E. Bentley: La vida dedrama

24.M. Reuchlin: Historia de la psicología

25.F. Künkel y R. E. Dickerson: La formación del carácter 26.J. B. Rhine: El nuevo mundo de la mente

27.E. Fromm: La crísis del psicoanálisis

28.A. Montagu y F. Matson: El contacto humano 29.P. L. Assoun: Freud. La filosofía y los filósofos 30.0. Masotta: La historieta en el mundo moderno

31.D. J. O’Connor (comp.): Historia crítica de la filosofía occidental. I (La filosofía en la antigüedad)

32.D. J. O’Connor (comp.): Historia crítica de la filosofía occidental. II (La filosofía en la Edad Media y los orígenes del pensamiento moderno)

33.D. J. O’Connor (comp.): Historia crítica de la filosofía occidental. IIL (Racionalismo, iluminismo y materialismo en los siglos XVII y XVIII)

34.D. J. O’Connor (comp.): Historia crítica de la filosofía occidental. IV. (El empirismo inglés) EL TIEMPO DE LA HISTORIA

Prefacio de Roger Chartier

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INDICE

Título original: Le temps de l’histoire Editions du Seuil, París © Editions du Seuil, 1986 ISBN 2-02-009088-0

Traducción de Ramón Alcalde

Cubierta de Gustavo Macri Impresión de tapa: Impresos Gráficos JC Carlos María Ramírez 2409, Buenos Aires Composición: AXIS

la. edición, 1988

Impreso en la Argentina (Printed in Argentina) Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, escrita a máquina, por el sistema ”multigraph”, mimeógrafo, impreso, por fotocopia, fotoduplicación, etc., no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

© de todas las ediciones en castellano by Editorial Paidós SAICF Defensa 599, Buenos Aires; Ediciones Paidós Ibérica SA Mariano Cubí 92, Barcelona y Editorial Paidós

Mexicana SA Guanajuato 202, México DF La amistad de la historia, por Roger Chartier 7

I. Un niño descubre la historia 35

II. La historia marxista y la historia conservadora 47

III. El compromiso del hombre moderno con la historia 76

IV. La actitud ante la historia: en la Edad Media 96

V. La actitud ante la historia: el siglo XVII 147

VI. La historia ”científica” 227

VII. La historia existencial 253

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Anexo I: Entrevista a Philippe Aries, por Michel Vivier 279

Anexo II: Carta de Victor L. Tapié a Philippe Ariés 283

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LA AMISTAD DE LA HISTORIA

De todos los libros de Philippe Aries, El tiempo de la historia es el menos conocido. Aparecido en 1954, agotado hace mucho tiempo, no fue nunca reeditado y era hasta ahora inaccesible, salvo para los lectores de biblioteca o para el pequeño número de compradores que habían adquirido, al precio de 600 francos, el libro de tapa blanca adornada con la figura de una diosa griega, editado por las Editions du Rocher de la calle

Comte-Félix-Gastaldi, en Mónaco. Desconocido por el público que libro tras libro, viene siguiendo fielmente la obra de Ariés, El tiempo de la historia estuvo también olvidado largo tiempo por el mundo universitario. Durante quince arios no fue citado en las revistas de ciencias sociales, francesas o extranjeras, salvo dos excepciones. Por una parte, el artículo de Fernand Braudel, ”Historia y ciencias sociales: la larga duración”, aparecido en Annales, en 1958, que menciona el libro en una nota e indica que ”Philippe Ariés ha insistido en la importancia del extrañamiento, de la sorpresa, en la explicación histórica. Uno se choca, en el siglo XVI, con un mundo, extraño para uno, hombre del siglo XX. ¿Por qué esta diferencia? El problema queda planteado”; por la otra parte, un artículo publicado en la Revue d’histoire de l’Amérique Française por Micheline Johnson, que cita la obra pero no encuentra en ella una definición satisfactoria del tiempo histórico: ”Philippe Ariés, en su hermoso libro El tiempo de la historia, describe la evolución del sentimiento histórico a través de las épocas después de haber hecho el análisis del sentimiento de la historia en los hombres de su generación, sean de derecha (realistas en Francia) o de izquierda (historiadores marxistas o marcistizantes). Mas para él el sentimiento de la historia es un dato, una especie de ’adhesión al tiempo’ [...I. No analiza esta actitud, se limita a

comprobarla a través de los múltiples objetos que la nutren”.1 Ni siquiera el auge que se ha producido durante los últimos arios en la historia de la Historia ha podido

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EL TIEMPO DE LA HISTORIA

hacer resurgir del olvido El tiempo de la historia. Las referencias que a él hacen Gabriel Spiegel, Orest Raum o Enca Hart siguen siendo excepciones.2 Sin embargo, se hace una larga cita en la biografía de Jacques Bainville compuesta por William Keylor, quien se apoya en el testimonio y el análisis hecho por Philippe Ariés para comprender las razones del éxito de la Historia de Francia publicada por Bainville en 1924.3 Un libro olvidado. Pero un libro que es necesario redescubrir. Cuando apareció, en 1954, Philippe Ariés tenía cuarenta arios. Profesionalmente se desempeñaba como director del Centro de

Documentación del Instituto de Investigaciones sobre los Frutos y Cítricos Tropicales, donde había ingresado en 1943. Había publicado ya dos textos. En 1943 su ensayo ”Las tradiciones sociales en las regiones de Francia” constituía la parte esencial del primero de los Cuadernos de la Restauración Francesa, publicados por las Éditions de la Nouvelle France. La gacetilla que se repartió con el libro presenta al autor como ”un joven

historiador, geógrafo y filósofo, que será punto de referencia para su generación”, y a su proyecto como el estudio de ”los orígenes y la fuerza de los distintos hábitos religiosos, políticos, económicos, sociales o literarios que, acumulándose, han dado a algunas de las grandes regiones francesas su carácter propio y a Francia en su conjunto su estructura y su ros-

ESC., 1958, págs. 725-753, en particular pág. 737; Micheline Johnson, «Le concept de temps dans l’enseignement de THistoire», Revue d’histoire de l’Amérique française, vol. 28, nQ 4, 1975, págs. 483-516, en particular págs.

493-494.

2 G. Spiegel, «Political Utility in Medieval Historiography: a Sketch», History and Theory, vol. XIV, n° 3, 1975, págs. 314-325, notas 2 y 41; Orest Ranum, Artisans of Glory. Writers and Historical Thought in Seventeenth-Century France, Chapell Hill, The University of North Carolina Press, 1980, pág. 4; Erica Hart, Ideology and Culture in SeventeenthCentury France, Cornell University Press, 1983, págs. 132,133, 139. El libro de Aris también es citado y utilizado por E. Le Roy Ladurie, Montaillou, village occitan de 1294 á 1324, París, Gallimard, 1975, cap. XVIII, «Outillage mental: le temps et l’espace».

3 W. R. Keylor, Jacques Bainville and the Renaissance of Royalist History of

Twentieth-Century France, I3aton Rouge y Londres, Louisiana State University Press,

1979, págs. 202-203 y págs. 214-218. LA AMISTAD DE LA HISTORIA 9

tro”. La idea directriz del libro coincide, tal como está resumida en las frases precedentes, con el espíritu de la época y con la faja de presentación que el editor había juzgado

oportuno colocar sobre la tapa de su serie de Cuadernos: ”Por la antigüedad y la solidez de sus costumbres, Francia posee una potencia de estabilidad, una capacidad de perseverancia, que constituyen para sus hijos un poderoso motivo de confianza. Exento de toda pretensión de actualidad, el libro contiene, sin embargo, una gran lección de esperanza nacional”. Después de la guerra, en 1948, Ariés publica su primer verdadero libro, la Historia de las poblaciones francesas y de sus actitudes ante la vida. Comenzado ya en 1943, terminado en 1946, el libro es publicado por un nuevo editor, las Éditions Self, después de que Plon rechazara el manuscrito. Por más que las revistas de historia lo ignoraron, el libro tuvo un eco cierto: André Latreille lo analizó en una de sus crónicas sobre historia en Le Monde y,

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lo que es más importante, atrajo la atención de los demógrafos. A este hecho se .debe que Ariés, que había quedado al margen de la universidad tras fracasar dos veces en el examen de agregación, la segunda en el concurso de 1941, fuera invitado, por primera vez, a colaborar en una revista de nivel científico, Population, donde publica en 1949 un artículo intitulado ”Actitudes frente a la vida y la muerte desde el siglo XVII al siglo XIX. Algunos aspectos de sus variaciones” (páginas 463-470), y en 1953 otro artículo corto ”Sobre los orígenes de la contracepción en Francia” (páginas 465-472). Al año siguiente, El tiempo de la historia está pronto. Una vez más Plon lo rechaza, pese a que Ariés está muy vinculado con la empresa, en la doble función de lector de manuscritos (especialmente de los

abundantes relatos y memorias redactados después de la guerra) y como director de una colección, ”Culturas de Ayer y de Hoy”, donde ha publicado ya La sociedad militar, de Raoul Girardet, su amigo desde la época de la Sorbona, y Tolosa en el siglo XIX, de Jean Fourcassié. El libro terminó por aparecer en una pequeña empresa, Les Éditions du Rocher, fundada

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in-10 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

dependientemente por el director literario de Plon, Charles Orengo. El catálogo, que figura al dorso de la obra de Ariés, reúne textos autobiográficos de personas que testimonian sobre su época (por ejemplo, Memorias de un monárquico español 1931-1952, de Juan Antonio Ansaldo; Diario de un expatriado catalán, 1936-1945, de Guell y Comillas, o el texto póstumo de Giraudoux, Armisticio en Burdeos); libros de historia muy clásicos (Louis d’Illier, Dos prelados del Antiguo Régimen: los Jarente) y ensayos sobre el mundo contemporáneo (por ejemplo, El Commonwealth británico y el mundo anglosajón, de Raymond Ronze, con prefacio de André Siegfried). Aun estando ligado a uno de los grandes editores parisienses, Ariés tuvo que publicar sus dos primeros libros en editoriales pequeñas, muy representativas de la época de posguerra, en la que surgieron, llevados por la boga de los testimonios y los relatos, nuevos editores que obtuvieron éxitos a veces espectaculares (en Éditions Self, por ejemplo, apareció en 1948, el mismo ario que la Historia de las poblaciones, Yo elegí la libertad, de Kravchenko), pero rara vez duraderos. La historia que practicaba Ariés, incomprendida mucho tiempo por los maestros de la universidad, tampoco sedujo rápidamente a la industria editorial establecida, con lo cual se encontró doblemente marginada. El tiempo de la historia es una compilación de ocho textos presentados sucesivamente, sin introducción ni conclusión, como si su coherencia y

continuidad expresaran por sí mismas el propósito de la obra. Cada uno de los textos que la integran lleva su propia fecha y se escalonan a lo largo de cinco arios. El más antiguo, que es el primero del libro, fue redactado en 1946. En Un historiador de fin de semana,

Philippe Ariés explica4 por qué: ”Comencé por un capítulo autobiográfico, cuya idea se me ocurrió después de la muerte de mi hermano, para demostrarme a mí mismo el papel decisivo que desempeñó mi infancia en mi vocación y mis elecciones”. El desgarramiento, pasado en silencio en el

4 P. Ariés, Un historien du dimanche, en colaboración con Michel Winock, París, Ed. du Seuil, 1980, pág. 111. LA AMISTAD DE LA HISTORIA 11 libro de 1954, que fue para él la muerte en combate, el 23 de abril de 1945, de Jacques Ariés que era subteniente en el ejército de De La ttre, proporciona una de las claves. Las catástrofes de los nuevos tiempos, atravesados por toda clase de sufrimientos, obligan a cada individuo a situarse en esta historia colectiva y frente a su propio pasado. De ahí esta autobiografía de un hombre de treinta arios, deseoso de aclarar las razones de su actitud ante la historia. Se trata, pues, de comprenderse, pero también de decirse. Porque este primer capítulo tiene una lectora privilegiada, Primerose, con la cual casó Ariés en 1947: ”Recuerdo que lo había enviado a Tolosa, a mi prometida, como una confesión de mi estado de ánimo en el momento”.5 Después de su matrimonio, Ariés redacta los otros textos que compondrán El tiempo de la historia. Ese mismo ario, el ensayo ”La historia marxista y la historia conservadora”; en 1948, ”El compromiso con la historia” (durante ese año transcurre gran parte de su actividad como lector de manuscritos en Plon); en 1949, los tres últimos ensayos de su libro; en 1950, el capítulo sobre la Edad Media, y el año

siguiente, el capítulo sobre el siglo XVII. La obra se ha construido progresivamente, pasando del relato de un itinerario personal a las distintas maneras de comprender, decir o escribir la historia (la de la tradición familiar, la de los universitarios, la de los historiadores de la Action Française, la de los innovadores de Annales), para terminar en una

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investigación sobre dos relaciones históricas con la historia, la de la Edad Media y la de la época clásica. Como lo recordaba Ariés veinticinco arios después: ”Me sucedió entonces lo que me ha sucedido siempre: el tema de actualidad que me obsesionaba se convirtió en el punto de partida de una reflexión retrospectiva, me remitía hacia atrás, hacia otros

tiempos.”6 El tiempo de la historia, por lo tanto, debe leerse en primer término como la trayectoria de un historiador a través de las distintas concepciones de la historia existentes 5 lbíd., pág. 122.

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12 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

en su época. Su núcleo es la distancia que tomó respecto de los vínculos de su infancia y juventud ese hombre de tradición y de opiniones monárquicas, criado en medio de la leyenda de la monarquía perdida, lector apasionado de Bainville, fiel a Maurras y a la Action Francaise. De ahí el sorprendente paralelo, indudablemente escandaloso para su ambiente, que establece entre el materialismo histórico y lo que denomina ”historicismo conservador”, que es la historia como la escriben los historiadores de ”la escuela capetiana del siglo XX”, reunidos por su ideología común y su común editor, Fayard, y su Colección de Grandes Estudios Históricos. Comenzando desde dos puntos de vista antagónicos, la nostalgia del pasado, por un lado; la esperanza de una ruptura radical, por el otro, estas dos maneras de considerar la historia confluyen en sus principios fundamentales: ambas anulan las historias de las comunidades particulares en un devenir colectivo, el del Estado nacional o el de la humanidad en su conjunto; ambas pretenden establecer las leyes que regulan las repeticiones de situaciones idénticas; ambas disuelven las singularidades de las existencias concretas, sea en la abstracción de las instituciones, sea en el anonimato de las clases. Acercar de esta manera a Marx y a Bainville —y para lo peor— no carecía de audacia, y de todas maneras repudiaba la filosofía de la historia proclamada por aquellos mismos de los cuales Ariés estaba más cerca que de nadie desde el punto de vista familiar, afectivo, político. Semejante ruptura pudo ser provocada por la reflexión sobre ”los grandes desgarramientos de 1940-1945” y por el descubrimiento de nuevas maneras de pensar la historia. La selección sistemática de los autores o títulos mencionados en el libro (dejando de lado los dos capítulos propiamente investigativos sobre la historia de la Edad Media en el siglo XVII) lo dice claramente. Atestigua, en primer lugar, los cimientos de la cultura histórica de Ariés, integrados por tres conjuntos: la historia académica, la historia universitaria, la historia de la Action Française. De la historia académica toma la

enumeración de los autores, de Barante a Madelin —ese Barante del cual había sido lecLA AMISTAD DE LA HISTORIA 13

tor su abuelo—, la caracterización del público, una ”burguesía cultivada y seria:

magistrados, hombres de leyes, rentistas..., personas que disponían de mucho ocio cuando la estabilidad de la moneda y la seguridad de las inversiones permitía vivir de rentas” (página 210), y define sus rasgos principales: una historia estrictamente política, una historia enteramente conservadora. Frente a ella, la historia tal como se la practica en la universidad lo deja igualmente insatisfecho. Es una historia sabia, imparcial, erudita, pero está replegada sobre sí misma, aislada del presente y de los lectores de historia, encerrada en una concepción simplista del hecho y de la causalidad históricos. En sus arios de estudiante, primero en Grenoble, luego en la Sorbona, Philippe Ariés frecuentó esta historia, escrita por profesores para otros profesores (o futuros profesores). La caracteriza de una doble manera: sociológicamente, vinculando el encerramiento de la historia universitaria con la constitución de una ”nueva categoría social”, esta ”república de los profesores”, laica y de izquierda, reclutada fuera de las elites tradicionales que se han enajenado de la universidad; epistemológicamente, haciendo la crítica de una teoría de la historia que la identifica con una ciencia de hechos que es necesario exhumar,

interrelacionar y explicar, y que se expresa en libros tales como la Introducción a la historia, de Luis Halphen, aparecido en 1946. De la universidad, Ariés enumera un poco sucintamente algunos profesores: en Grenoble, dice, no había ningún profesor muy brillante

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que atrajera a la historia (página 202) y de la Sorbona no toma en cuenta ningún profesor, salvo Georges Lefebvre —al que por otra parte no nombra—, al que escuchó en una conferencia en 1946 (página

61). De la historia universitaria no menciona más que algunos títulos, criticados en cada caso, como La sociedad feudal, de Joseph Calmette, o, del mismo autor, Carlos V (1945), o el primer volumen del Mundo bizantino, de Émile Brehier (1947), o el tratado de

Halphen. El autor más citado de todo el libro es, sin lugar a dudas, Jacques Bainville, cuyo nombre aparece unas quince veces y del que menciona La historia de dos pueblos. Francia y el

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14 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

Imperio alemán (1915), Historia de Francia (1924) y Napoleón (1931). Es ciertamente con Bainville con quien establece el diálogo esencial, porque su Historia de Francia ha sido el ”breviario” del adolescente Ariés; porque su manera de escribir la historia dominó toda la vulgarización histórica de la década de 1930, más aun que los historiadores de Action Francaise; porque su éxito de librería fue inmenso7 porque en la posguerra sigue siendo la referencia obligada de todas las familias de pensamiento conservador. Apartarse de él, caracterizar su historia como una ”física mecanicista” o una ”mecánica de los hechos” era algo así como una blasfemia en el ambiente de Ariés. A esto se debe probablemente que, cuando respondió a las preguntas de Aspects de la France, en una entrevista publicada el 23 de abril de 1954, atenuara un poco su diagnóstico sobre el libro, distinguiendo a Bainville de sus ”continuadores”: ”Bainville”, dice, ”tenía un gran talento. Su Historia de la Tercera República, por ejemplo, tiene una pureza de líneas admirable. ¡Y qué lucidez en el análisis de los acontecimientos! Basta mirar las obras luminosas que se han armado después de su muerte con sólo empalmar sus artículos periodísticos. Añadiré que era un maestro demasiado grande para no ser sensible tanto a lo particular como a lo general, a las diferencias como a las semejanzas. Pero me parece que podría redundarse un grave riesgo si los continuadores de Bainville aplicasen sin flexibilidad su método de

interpretación e hicieran de la historia un mecanismo de repetición, útil para presentarnos siempre y en todas partes lecciones enteramente armadas. Para ellos, Francia dejaría pronto de ser una realidad viviente y se convertiría en una abstracción sometida únicamente a leyes matemáticas”. A pesar de la prudencia de esta respuesta destinada a no chocar frontalmente con los lectores de un periódico monárquico, resulta claro que al escribir en 1947 el ensayo ”La historia marxista y la historia conservado-

7 W.R. Keylor señala que entre 1924 y 1947, fecha en que Ariés redactó el ensayo Lhistoire marxiste et l’histoire conservatrice», Fayard imprimió 260.300 ejemplares de listoire de France (y 167.950 ejemplares de Napoléon entre 1931 y 1947), op., cit., págs. 327-328. LA AMISTAD DE LA HISTORIA 15

ra”, Aries tenía el propósito de romper con los hábitos intelectuales de su familia política de la misma manera como antes, en plena guerra, había tomado distancias frente a Maurras y Action Française: ”Me había emancipado de mis antiguos maestros y estaba decidido a no tomar otros. ¡El cordón umbilical estaba cortado!”8 En materia de historia hubo algunos libros que llevaron a Ariés a efectuar este corte. Durante la guerra y la posguerra leyó por pasión y por obligación, y sus artículos en El tiempo de la historia permiten reconstruir esta biblioteca de nuevas lecturas. Primer interés, el marxismo, que entonces parecía atraer a todo el mundo intelectual y proporcionar algunas ideas simples a ”los hombres

abandonados a la historia en estado de desnudez”. Estas ideas las resume así: ”superación de los conflictos políticos, peso de las masas, sentido de un movimiento determinado de la historia” (página 57). El marxismo que él conoce es, por consiguiente, una ideología del siglo XIX en vías de convertirse en dominante, y no el cuerpo de las ideas mismas de Marx, de quien no cita ningún texto. La entrevista concedida a Aspects de la France aclara bien la intención de esta caracterización, como también lo hace la participación de Ariés en el periódico Paroles Françaises, que dirige conjuntamente con Pierre Boutang, que publicó el primer conjunto de artículos consagrado a la matanza perpetrada por los soviéticos en Katyn: ”Estoy absolutamente persuadido de que la historia no está orientada en un sentido o

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en el contrario. No hay nada más falso que la idea de un progreso continuo, de una evolución perpetua. La historia con una flecha de dirección del tránsito es algo que no existe ...]. Cuanto más se estudian las condiciones concretas de la existencia a lo largo de los siglos, mejor se ve lo que hay de artificial en la explicación marxista, adoptada

actualmente por muchos cristianos. Una historia atenta a todas las formas de lo vivido se inclina, por lo contrario, a una concepción tradicionalista”. De la historia marxista,

entendida en un sentido más estrecho y ”profesional”, Ariés leyó uno de los raros libros pu- 8 P. Ariés, Un historien du dimanche, op. cit., pág. 81.

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16 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

blicados, el de Daniel Guérin, La lucha de clases bajo la Primera República. Burgueses y ”brazos desnudos” (1793-

1797), aparecido en 1946, donde vuelve a encontrar una ley de la repetición histórica que muestra un parentesco entre el materialismo histórico y el historicismo conservador, por más que las premisas sean sumamente distintas. En las lecturas de Ariés hay dos conjuntos que contribuyeron a subvertir sus antiguas certezas. En primer lugar, la literatura reiterada de testimonios y relatos autobiográficos, que en muchos casos leyó para la editorial Non (la cual, por otra parte, no publicó ninguno de los libros que él cita), le persuade de que ha aparecido una conciencia nueva de la historia en la que el individuo percibe su existencia personal como confundida, identificada, con el devenir colectivo. Lo que experimentó, sin duda, fue el reencontrar allí, en esos destinos convertidos en relato, la experiencia que había pasado personalmente en el momento de la muerte de su hermano, vivida con tanto dolor. A través de los relatos en primera persona de experiencias límite: los combates de la guerra (el del inglés Hugh Dormer), los campos nazis (los dos libros de David Rousse° o el terror estalinista (descripto por Kravchenko y Valtin), emerge una catástrofe colectivamente compartida y que hace que ninguna existencia individual pueda vivirse al abrigo de los sucesos de la gran historia. De ahí la abolición de la antigua frontera entre lo privado y lo público: ”Ya no se puede afirmar que haya vida privada indiferente a los casos de

conciencia de la moral pública”. Esta afirmación dibuja uno de los temas principales de todos sus libros futuros, desde El niño y la vida familiar hasta el proyecto de una Historia de la vida privada. De ahí, también, una percepción inédita, que se impone a cada cual y que disuelve las historias particulares: la de la estirpe familiar, la de la comunidad territorial o la del grupo social, en la conciencia del destino común, conciencia que se apodera de cada uno de los individuos. De aquí se sigue que la historia tal como la escriben los

historiadores no debe ser una réplica o refuerzo de esta percepción inmediata y espontánea, como hacen, cada cual a

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LA AMISTAD DE LA HISTORIA 17

su manera, el materialismo histórico y el historicismo conservador. Muy por el contrario, la tarea de la historia consiste en restituir al individuo el sentido de las historias singulares, irreductibles unas a otras, la conciencia de las diferencias que particularizan las sociedades, los territorios, los grupos. Esto explica el valor que tuvo para Ariés el descubrimiento de Annales durante los arios de la guerra. Más que la revista misma, lo que le permitió pensar de una manera distinta y separarse de la historia de su adolescencia fueron los grandes libros de Bloch y de Lucien Febvre. De Bloch comenta Los caracteres originales de la historia rural francesa (1931) y La sociedad feudal (1939); de Febvre, El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais (1942) y En torno al ”Heptamerón”. Amor sagrado y profano (1944), a la vez que menciona en una nota la publicación reciente (1953) de su compilación de artículos Combates por la historia. Al reunir en ”La historia existencial” las ideas fundamentales de ”la nueva historiografía” (página 225), Ariés brinda un texto que hoy día puede parecer trivial por dos razones: 1) porque los principios

expuestos en él han sido admitidos por toda la escuela histórica francesa, mucho más allá de Annales, y 2) porque en estos últimos arios se han multiplicado los libros que analizan esa ”nueva historia”. La situación no era la misma en 1954, y hay que leer El tiempo de la historia con los ojos de entonces. Definir la historia como una ”ciencia de las estructuras” y no como ”el conocimiento objetivo de los hechos”; caracterizar su proyecto como el de una historia total que organiza el conjunto de los datos históricos, los fenómenos económicos y sociales tanto como los hechos políticos o militares; afirmar que el historiador tiene que ”psicoa— nalizar” los documentos para encontrar las ”estructuras mentales” propias de cada sensibilidad; afirmar que no hay historia más que en la comparación entre estructuras totales y cerradas, recíprocamente irreductibles”, es enunciar un conjunto de proposiciones que en 1954 de ninguna manera eran opinión recibida. El solo léxico: ”psicoanálisis histórico”. ”historia estructural”, ”estructuras mentales”

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18 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

bastaba para hacer gruñir a los amigos y familiares de Aries y los partidarios de la historia bainvilliana. Bastaba también para inquietar a la universidad, reacia todavía a aceptar plenamente, pese al respeto que profesaba a la obra de Marc Bloch, una manera de pensar y de hacer la historia muy alejada de los credos tradicionales, tales como los expresaba, por ejemplo, la Introducción a la historia de Halphen. Por todo esto, El tiempo de la historia es sin duda el primer libro escrito por un historiador no perteneciente a ”la escuela” en el que se manifiesta una comprensión tan aguda de la ruptura que representaron los Annales, la obra de Bloch y la de Febvre, y esto significa no sólo reconocer la calidad de los libros estudiados sino también advertir que después de ellos la historia no podía seguir siendo como antes. Donde los historiadores pensaban en términos de continuidad y repetición tendrían que reconocer las desviaciones y las discontinuidades; donde no identificaban más que hechos encadenados unos con otros por relaciones de causalidad les sería necesario reconocer las estructuras; donde no encontraban más que ideas claras e intenciones explícitas tendrían que descifrar determinaciones no conscientes de las conductas espontáneas. Dos razones, sin duda, explican la adhesión, entusiasta e inteligente, de Philippe Ariés a la concepción de la historia tal como la defendían los Annales. En primer lugar, mediante una concepción como ésta podía reanudarse el vínculo perdido entre la investigación erudita y el público lector de historia. La historia de Bloch y de Febvre, una historia de las diferencias, una historia de las culturas, podía aportar al hombre del siglo XX aquello que le faltaba: la simultánea comprensión de la originalidad radical de su tiempo y de las supervivencias aún presentes en una sociedad que es la suya. De esta manera, las sociedades y las mentalidades antiguas pueden ser aprehendidas en su singularidad, sin proyección anacrónica de maneras de pensar y de obrar que son las de nuestro tiempo; de esta manera, también, la historia puede ayudar a cada uno a comprender por qué el presente es lo que es. Philippe Ariés permanecerá fiel a esta doble idea, enraizando siempre la LA AMISTAD DE LA HISTORIA 19

búsqueda de la diferencia histórica en una interrogación sobre la sociedad contemporánea, sus concepciones de la familia o sus actitudes ante la muerte. Pero, en la historia de los Annales, encontró algo más: quizás una manera de conciliar sus fidelidades familiares y políticas con sus intereses científicos. En efecto, en el nuevo léxico de la historia de las estructuras discontinuas podían retornar las historias particulares de las comunidades elementales (no las clases ni los Estados) que sobreviven todavía en el seno de la

”estandarización tecnocrática” y de la ”gran Historia total y masiva”. De aquí procede la reivindicación de esta alianza sorprendente entre la más reciente de las historias eruditas, surgida de la universidad republicana y progresista, y una de las tradiciones de la Action Française, no la del realismo jacobino sino la tradición provincial de las sociabilidades locales, de las comunidades de sangre o de terruño, de los grupos exteriores al Estado. Alianza a primera vista paradójica, pero explicitada en la respuesta al periodista de Aspects de la France: ”A su juicio, el verdadero historiador, que sería al mismo tiempo el

verdadero maurrassiano, tendría que dedicarse a hacer la historia del país real, con sus comunidades, sus familias... —Exactamente. La historia es, para mí, el sentimiento de una tradición que vive. Michelet, a pesar de sus errores, y Fustel, tan perspicaz, lo habían sentido fuertemente. Hoy día esta historia es más necesaria aun. Marc Bloch ha dado el ejemplo, y Gaxotte, en su Historia de los franceses, lo saludó como un iniciador [...I. Como

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muchas tradiciones han desaparecido, sobre todo después de la fractura de

1880 de la que hablaba Péguy, esta historia permite tomar plena conciencia de lo que otrora fue vivido espontánea y sobre todo inconscientemente”. ”La historia vista desde abajo”, enteramente ocupada en el estudio de las mentalidades específicas y de las determinaciones inconscientes, unía de esta manera el compromiso, político, pero más aun existencial, con las singularidades perpetuas, con las diferencias mantenidas. ¿Qué eco tuvo semejante tentativa? En Un historiador

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20 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

de fin de semana, Aries, hablando de la Historia de las poblaciones francesas y de El tiempo de la historia, señala: ”Estos dos libros tuvieron un éxito de crítica más bien clandestino”.9 La revisión de las noticias de prensa lleva a matizar un poco este

recuerdo.10 Es verdad que ni los grandes diarios ni las revistas históricas reseñaron el libro. Los Annales, en particular, permanecieron mudos sobre un libro que, sin embargo, hacía comprender, lúcidamente, el proyecto mismo de la revista. En cambio, fueron veinte los periódicos que mencionaron, analizaron o criticaron El tiempo de la historia. De una reseña a la otra, el libro fue comprendido de maneras distintas: como el relato de un itinerario intelectual (”Esta presencia de la personalidad del autor que nos hace partícipes de sus debates de conciencia no deja de impartir a esta obra un carácter particularmente atractivo”, Action Populaire, septiembre-octubre de 1955); como una reflexión sobre el presente, lo que hace que sea citada con frecuencia la última frase de la obra: ”A una civilización que elimina las diferencias, la Historia tiene que devolverle el sentido perdido de las

peculiaridades” o como una investigación sobre las diferentes concepciones de la historia que se han sucedido a lo largo del tiempo. Según los textos, Philippe Ariés parece mejor o peor conocido, ya que, si algunos reseñadores saben bien quién es y qué ha escrito

(Frédéric Mauro en el Bulletin de l’Université de Tou louse lo califica de ”historiador demográfico”, y la crónica de Oran Républicain señala, además de los títulos de sus dos libros precedentes, que es el director de la colección ”Culturas de Ayer y de Hoy” y

encargado de la crónica de historia de la revista La Table Ronde), otros lo creen historiador de oficio: ”historiador profesional”, para Dimanche-Matin; ”dedicado a la enseñanza”, para La Flandre Libérale. Hay que añadir que el libro recibió uno de los premios concedidos en 1954 por la Academia de Ciencias

9 lbíd., pág. 118.

10 Agradecemos a Marie-Rose Ariés por habernos facilitado una carpeta de documentos que incluye recortes de periódicos y cartas de agradecimiento, reunidos por la esposa de Philippe Aries, Primoroso. LA AMISTAD DE LA HISTORIA 21 Sociales, Morales y Políticas, el Premio Chaix d’Est-Ange, ”destinado a una obra de historia”, compartido con Roland Mounier, al que se distinguía por su tomo de la Historia general de las civilizaciones, de Presses Universitaires de France, consagrado a los siglos XVI y XVII. De todas las reseñas, las más interesantes son evidentemente las que ponen de relieve la originalidad del libro, es decir, la alianza entre una profesión tradicionalista y la adhesión en ideas y actos a una historia que no es la de la Universidad ni la de la familia política de Ariés. Como escribía el cronista de L’Independent, Romain Sauvat: ”Es ésta una obra que está llamada a provocar cierto estruendo en el Landernau de los historiadores profesionales y que obligará a ciertos historiadores aficionados, entre los que nos contamos, a revisar sus ideas... Me inclino a pensar que sorprenderá y escandalizará a ciertos amigos del autor...” Si el estruendo anunciado no se escuchó en la Universidad, en cambio la sorpresa de los amigos del autor fue bien real. Se ven sus huellas bajo la pluma del

reseñador del Journal de l’Amateur d’Art, que firma P.C. y que es con seguridad Pierre du Colombier, antiguo colaborador de Paroles Francaises y amigo de Ariés, a quien dirige una larga carta con motivo de El tiempo de la historia, en la que se encuentra, desarrollada, la misma crítica: ”Sobre la historia en general, sobre lo que se acostumbra llamar, mediante

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una fórmula que pasará pronto de moda, nuestro ’compromiso con la historia’ se encontrarán en el libro esbozos muy brillantes y especiales sobre los cuales declaro francamente no estar de acuerdo. Percibo en ellos los estragos que está causando en todas las disciplinas una determinada filosofía. Confieso no comprender ni qué es la historia ”existencial” ni por qué estamos más ”comprometidos” con la historia de lo que estuvieron las generaciones que nos han precedido”. En Robert Kemp, que escribe en Les Nouvelles Litteraires, el desconcierto se expresa de una manera menos indirecta, donde se transluce la ironía: ”Habiendo partido de las doctrinas de Action Francaise y habiéndose apartado respetuosamente de ellas, señala el papel del Jacques Bainville y de sus tres grandes obras, especialmente la Historia de

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Francia, en esta metamorfosis. Ahora lo encontramos convertido en discípulo de Marc Bloch y Lucien Febvre. La vieja escuela se ha encarnizado con Bainville. Adivinaba que es peligroso. Es verdad que la nueva escuela se manifiesta frecuentemente mediante obras de divulgación”. En el Bulletin de Paris, al término de un largo artículo titulado: ”¿Puede nuestra época satisfacerse con una historia existencial?”, el reseñador Michel Montel resume: ”La historia que estudia esta diversidad cambiante, la historia ’existencial’, se ajusta ciertamente a las curiosidades y necesidades de nuestra época. No creo que agote en las personas honestas el gusto por las perspectivas amplias donde la razón se complace en descubrir la relación de efectos y causas. Tal vez convendría aliar la enseñanza de Marc Bloch con el ejemplo de Bainville. ¿Pero no se ha hecho ya? Véase la admirable Histoire des Francais de Pierre Gaxotte”. Gaxotte es citado una sola vez en El tiempo de la historia. Mediante el rechazo explícito o mediante la negación de las diferencias, los autores

ideológicamente más cercanos a Ariés expresan su malestar ante una manera de pensar que no comprenden bien. En Aspects de la France, febrero de 1955, Pierre Debray vuelve extensamente sobre el libro. La crítica aparece ahora sin ambigüedad: ”Ariés habla con cierto resentimiento de ’la historia a lo Bainville’, lo que se explica por el doloroso conflicto que tuvo que soportar entre una tradición familiar monárquica y la tradición universitaria. ¿Cómo no comprende que Bainville no ha querido hacer otra cosa que

aprehender, a través de la continuidad política de Francia, su particularidad nacional?” Y el reseñador realista comenta: ”La historia existencial no puede prestar ningún servicio si no se reconocen sus límites, por otra parte bastante estrechos”. Para hacerlo, el razonamiento de Pierre Debray emprende varios caminos: por una parte, se hace cargo de las críticas dirigidas por Maurras a Lucien Febvre en Del conocimiento histórico; por la otra, y de manera menos esperable, contrapone a Marrou ”su amigo Marc Bloch, ese Marc Bloch de quien tuve el honor de seguir las últimas lecciones. ¿Puedo confesar que la relectura LA AMISTAD DE LA HISTORIA 23

de la extensa tesis sobre ”los reyes taumaturgos” de este historiador judío, republicano, buen demócrata, me permitió dar el paso decisivo hacia la monarquía?” De allí pasa a una lectura de Bloch que de ninguna manera coincide con la de Ariés: ”Tan fuerte es el imperio de los prejuicios sobre los espíritus, por rigurosos que sean, que Marc Bloch se imaginaba estar situado en las antípodas de Maurras. Y sin embargo, practicaba el empirismo

organizador sin saberlo, como el burgués gentilhombre practicaba la prosa”. Este Bloch maurrassiano, historiador de las continuidades nacionales (Pierre Debray considera admirable su Caracteres originales de la historia rural en Francia —en realidad, de la historia rural francesa— no es evidentemente el de El tiempo de la historia, que es un historiador de las diferencias estructurales, y detrás de la referencia compartida puede leerse la originalidad mal admitida de las ideas de Ari é s . Lo que llama la atención, de todas maneras, es esta presencia respetada de Marc Bloch, leído de maneras distintas en ambientes que podrían parecer alejados al máximo de los Annales por la cultura y las opiniones. El papel de la revista es ciertamente reconocido por los amigos más cercanos de Ariés, quienes comparten globalmente su proyecto, pero a veces con cierta irritación. Esto se ve en el artículo que Raoul Girardet presenta a La Table Ronde (de la que Ariés era entonces colaborador regular) en febrero de 1955. Si bien se muestra de acuerdo

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diversidad” y ”sentido de la herencia”, ”lucidez y fidelidad”, agrega sin embargo: ”Philippe Ariés corre el riesgo de falsear el cuadro del pensamiento histórico contemporáneo al insistir de manera demasiado exclusiva en el papel de la revista Annales y del grupo de historiadores que ella congrega. De que son emprendedores, no cabe duda; de que sean innovadores, no estamos tan seguros. Sería más justo, sin duda, mostrar en la acción del grupo de Annales uno de los aspectos, que con frecuencia es el más brillante, y a veces también el más cuestionable, de la obra de toda una generación”. La reticencia frente a un celo demasiado

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condicional respecto de Annales, que refuerza la tendencia de la escuela o del ”grupo” a presentarse como único defensor de la innovación, viene aquí a atenuar el compromiso común para con la redefinición del trabajo mismo de producción histórica. ¿Qué sucedía entonces en la Universidad y cómo fue recibido el libro? A falta de reseñas en las revistas históricas ”profesionales”, las cartas dirigidas a Philippe Ariés por algunos profesores de la época pueden dar testimonio. Hay tres que retienen la atención de una manera especial. Las tres son elogiosas, pero en ellas se traslucen sin embargo ciertas reticencias respecto de algunas formulaciones. Para Philippe Renouard, profesor de historia medieval en la Universidad de Burdeos, el acento recae sobre el papel del individuo, que una historia de las estructuras corre el riesgo de anular: ”La historiografía cambia, como cualquier cosa, pero si nosotros podemos hacer algo distinto —que yo, como usted, juzgo preferible—, es porque nuestros predecesores hicieron lo que hicieron. Considero simplemente que la historia no es total sino cuando conserva, junto con el estudio de las corrientes de

pensamiento, de las estructuras mentales, de los grupos sociales, de la coyuntura y de las enfermedades, el lugar que corresponde a los individuos que estuvieron en condiciones de orientar los acontecimientos. Usted no toma claramente posición respecto de este punto” (carta del 18 de abril de 1954). Charles-Henri Pouthas, profesor de la Sorbona, lamenta por su parte que el libro haya sido demasiado discreto en dos puntos: ”Yo hubiera otorgado más espacio y hubiera hecho más justicia al movimiento de trabajo erudito que ha acompañado siempre, a partir del siglo XVI, pero modesta y oscuramente, la obra literaria y superficial que ocupaba el escenario; yo hubiera insistido mucho más en el valor eminente y de docencia del oficio que representó mi viejo Guizot” (28 de marzo de 1954), cosa que equivale a manifestar, a través de esta doble referencia a la erudición y a Guizot, una desconfianza inspirada por las corrientes nuevas. En una carta muy hermosa, en tono de confidencia, Victor-Lucien Tapié, profesor también de la Sorbona, proclama su deuda para LA AMISTAD DE LA HISTORIA 25

con los fundadores de Annales y su acuerdo fundamental con el proyecto propuesto,

siguiendo las huellas de aquéllos, por Ariés. Pero, como en Pouthas, el énfasis puesto sobre la erudición necesaria y la recordación de las exigencias de la enseñanza superior, que es diferente de la que se daba en la institución propia del ”grupo” de Annales, es decir, la VI Sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios fundada en

1947, pueden entenderse también como la expresión discreta de un recelo ante los empleos apresurados del programa de la historia total y estructural. Cartas y artículos indican, pues, con claridad, la posición nada sólida en que se encontró Philippe Ariés desde los comienzos de su carrera de historiador. Adepto demasiado fogoso de los Bloch y los Febvre, a juicio de los maestros de la Universidad; demasiado independiente de la historia bainvilliana, a juicio de su medio de pertenencia, partidario de Action Française demasiado amateur, sin duda, para los historiadores de Annales, se encontraba de hecho demasiado cerca

intelectualmente de quienes lo ignoraban y fiel a los que no comprendían muy bien su definición de la historia. Los equívocos creados por estas pertenencias múltiples pero imposibles de superponer no se disiparon fácilmente, haciendo de Philippe Ariés un autor aparte, mal recibido durante mucho tiempo en la Unviersidad; pasado en silencio por Annales hasta la reseña, sólo en 1964, de El niño y la vida familiar” (si se exceptúa la crítica hecha por André Armengaud de un capítulo de la Historia de las poblaciones

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francesas12); sospechoso a los ojos de los conservadores, que se sentían inquietos por la distancia que tomaba frente a un orden establecido fundado sobre la familia restringida, el Estado omnipotente y la sociedad de consumo. A partir de El tiempo de la historia se perciben estos equívocos y estos rechazos, de los que Aries se burlará con frecuencia... y que algunas veces le causarán dolor.

11 J.-L. F1andrin, «Enfance et sociéte», Annales ESC, 1964, págs. 322-329.

12 A. Armengaud, ”Les débuts de la dépopulation dans les campagnes toulousaines”, Annales ESC, 1951, págs. 172-178.

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Es necesario, por consiguiente, leer el libro de Ariés situándolo en su época, marcada todavía por la guerra, que no había quedado demasiado lejos, fértil en imprevistos, en tomas de posición paradojales. Pero es necesario leerlo también en relación con la historia tal como se la hace actualmente. En efecto, en los dos capítulos centrales, dedicados a las actitudes ante la historia durante la Edad Media, Ariés aparece como uno de los primeros en diseñar qué podía ser la historia de la Historia. Con posterioridad a estos ensayos,

redactados en 1950 y en 1951, la disciplina ha tomado vuelo, como lo demuestran la

multiplicación de los títulos generales (sin tomar, por tanto, en cuenta las noticias dedicadas a tal o cual autor) publicados bajo el rubro ”Historiografía” en la Bibliographie Annuelle de l’Histoire de France (8 en 1953-1954, frente a 53 en 1982 y 47 en

1983), la publicación de bibliografías especiales dedicadas a este campo de la historia13 y también la existencia de una Comisión Internacional de Historiografía, que agrupa a los historiadores especializados en este género. Por lo tanto es posible abordar la comparación (que a veces resulta cruel para los pioneros) entre lo que escribía Ariés hace más de treinta arios y lo que nos han enseñado posteriormente las investigaciones acumuladas sobre historia de la Historia. En la Edad Media Philippe Ariés recorta tres datos esenciales: la preservación por la Iglesia del sistema de medición del tiempo, necesario para fijar la fecha móvil de las Pascuas y para sincronizar todas las cronologías particulares con la dada por la Biblia; la repartición permanente, hasta el siglo XIII, entre la historia, íntegramente

monástica y eclesiástica, y la epopeya, que convierte en relato las tradiciones señoriales y reales; y por último la fijación de una historia a la vez dinástica y nacional, que se hace visible en la estatuaria y los vitraux de Reims, las estatuas yacentes de Saint Denis y Las grandes crónicas de Francia, que son a la vez ”romance de los reyes” y ”primera

13 Por ejemplo, Historiography: a Bibliography, compilada por Lester D. Stephens,

Metuchen (N. 1.), The Scarecrow Press Inc., 1975. LA AMISTAD DE LA HISTORIA 27

historia de Francia”. Ahora bien estos rasgos son precisamente los que los historiadores de la Edad Media identifican actualmente como esenciales, en particular Bernard Guenée. En las abadías la preocupación litúrgica es, en efecto, primordial para fundar la preocupación cronológica que da su forma y significación a las crónicas monásticas: ”Durante siglos, la ciencia del cómputo y la preocupación por el tiempo habían marcado profundamente la cultura monástica”.14 Inversamente, en las cortes laicas la historia es competencia de juglares y ministriles, redactada en lengua vulgar, primero en verso y luego en prosa, fundada sobre el material de las tradiciones orales y las canciones de gesta: ”De esta manera, por la índole de sus fuentes, por la cultura literaria de sus autores, por el gusto de los públicos a los que se dirigía, esta historia estaba irresistiblemente atraída hacia la epopeya. Respiraba su aire. Le interesaba poco la cronología. No tenía escrúpulo en mezclar verdad y poesía”.15 Esta oposición principal, que Philippe Ariés había percibido claramente, organiza el campo de la escritura de la historia, hasta que la génesis de los Estados modernos le confiere otras finalidades: la celebración de la continuidad dinástica y la exaltación de la dignidad nacional. De ahí resulta un nuevo papel para el historiador: ”La historia deja de ser la sierva de la teología y del derecho, se convierte de manera señaladamente oficial en auxiliadora del poder. El historiador oficial no pensaba,

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ciertamente, renunciar a la verdad, pero se sabía y se quería ante todo servidor del Estado”; de ahí surge una nueva función de la historia, que cimenta el sentimiento de pertenencia a una nación identificada por su pasado.16 Pasando al siglo XVII, Philippe Ariés construía su des-

14 B. Guenée, Histoire et Culture historique dans l’Occident znédiéval, París,

Aubier/Montaigne, 1980, pág. 52. Este libro, cuya bibliografía contiene 829 títulos, es Fa mejor sintesis de la historia de la Edad Media (véase también Le Métzer d’historien au Moyen Age. Études sur l’historiographie médiévale, bajo la dirección de B. Guenee, París, Publications dé la Sorbonne, 1977).

15 Mei, pág. 63.

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cripción de la historia en la época clásica sobre una oposición tajante; de una parte, un género bien fijado, la Historia de Francia, dominio de los compiladores y continuadores que no hace más que proponer de título en título variaciones de una trama dada de una vez para siempre, y, de la otra, la erudición apoyada en la investigación, la colección, la publicación de documentos manuscritos o iconográficos. El contraste, por consiguiente, es neto entre una historia-relato que ignora por completo la crítica histórica y en la cual las diferencias de un autor a otro remiten no a los progresos del saber sino a las ideas y a la sensibilidad de su época, y una erudición histórica, nacida de la curiosidad de los coleccionistas, soportada por los ambientes de la ”burguesía oficial”, coronada por la obra cplectiva de los

benedictinos de San Mauro. En este ensaya sobre el siglo XVII Ariés abría un conjunto de pistas inéditas: comparando los relatos del mismo episodio (la historia de Childerico y la de Juana de Arco) en las distintas Historias de Francia publicadas entre el siglo XVI y el comienzo del XIX; indagando el tratamiento de la función de la historia en un género que no es histórico, la novela; asignando una importancia primordial a los documentos

iconográficos, los de las galerías de retratos y los de los gabinetes de historia, primeramente para la preservación de la curiosidad histórica ”como si la historia expulsada de la literatura se refugiara en la iconografía y, desdeñada por los escritores, se refugiara entre los

coleccionistas”, luego en la constitución de la erudición en sí misma, fundada sobre la búsqueda y la colección de monumentos antiguos. Por primera vez sin duda en esta escala, Ariés descubría la imagen y su importancia para el historiador, descubrimiento que sellaba para siempre el trabajo solidario con Primerose, su esposa, que había hecho estudios de arte y le había enseñado a mirar. En Un historiador de fin de semana recuerda la génesis de uno de los desarrollos más nuevos del ensayo sobre la historia en el siglo XVII: ”En uno de nuestros paseos en bicicleta a orillas del Loira visitamos, en el castillo de Beauregard, una galería de retratos que me llamó la atención. Me vino la idea de que había allí una forma de representación del tiempo, LA AMISTAD DE LA HISTORIA 29 comparable a la de los cronistas, pero más completa y más familiar. Era ésa la primera vez que un documento de arte me proporcionaba un tema original para la reflexión. Pasé luego de las galerías de retratos a los coleccionistas de imágenes del siglo XVII, lo que nos llevó a mi mujer y a mí al Gabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional para estudiar allí las colecciones de Gaignéres [.... Se nos hizo un hábito. Pronto instalaríamos nuestros cuarteles en el Gabinete de las Estampas, de donde extrajimos una parte de la documentación de mi próximo libro, El niño y la vida familiar bajo el Antiguo Régimen”.17

Si se lo relee a la luz de los trabajos de estos últimos quince arios, el diagnóstico de Ariés sobre la historia en el siglo XVII parece aún compartible, quizás con algunas restricciones de matiz. La primera se refiere a la evaluación que allí se hace acerca de los ambientes de toga en lo concerniente al desarrollo de una curiosidad propiamente histórica, atenta a la búsqueda e interpretación de los documentos. Los libros de George Huppert y Donald Kelley permiten actualmente apreciar mejor la importancia de esta historia escrita por los legistas. Su apogeo no se sitúa a comienzos del siglo XVII, sino antes, en el último tercio del siglo XVI, entre 1560, fecha de la publicación de las Recherches de la France, de Étienne Pasquier, y 1599, cuando se publica Idée de l’histoire accomplie, de La Popeli niére, ó 1604, fecha de su Histoire des Histoires. En estos autores, como en otros no citados

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por Ariés (Jean Bodin, Louis Le Roy, Nicolas Vignier) surge una nueva práctica de la historia merced al encuentro inédito entre tres elementos: una exigencia erudita de anticuarios, apoyada en la colección de los archivos y el saber filológico; el vínculo estrecho establecido entre el derecho y la historia, entendidos ambos dentro de la perspectiva de un historicismo fundamental; el proyecto, por último, de una historia ”nueva”, ”perfecta”, ”cumplida”, que en cada pueblo tomado en consideración apunta a la comprensión racional del

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30 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

conjunto de las actividades humanas (lo que La Popeliniére llamaba ”la representación del todo”).18 La erudición de los juristas de la primera parte del siglo XVII no es, por

consiguiente, dentro de esta perspectiva, el punto de partida de una renovación del saber histórico, sino, por el contrario, la huella de una alianza finiquitada, que había ligado durante un tiempo los rigores del método crítico con el diseño de una historia universal capaz de explicar las sociedades en su integridad y en su devenir. Es verdad que Duchesne, los Godefroy, Peiresc, luego Du Cange o los benedictinos de San Mauro recogen la

tradición erudita, pero ésta se consagrará a partir de entonces a la publicación de textos, las conexiones monumentales, los glosarios de lenguas, sin elaborar la historia misma, que queda abandonada a los compiladores y literatos. El contraste reconocido por Ariés entre la historia-relato y la erudición histórica existe, por ende, ya en el siglo XVII, pero tiene que ser comprendido como el resultado de una disociación que separó los elementos reunidos en el último tercio del siglo XVI por los historiadores formados en los colegios municipales y las facultades de derecho renovadas, abogados todos ellos o funcionarios, legistas todos preocupados por abarcar en una misma perspectiva la historia de la humanidad y la de la nación. Una segunda restricción de matiz a propósito de Philippe Ariés resulta de

reconsiderar la oposición misma entre erudición e historia de Francia, tal como aparece en la época clásica. En efecto, resulta claro, en primer lugar, que los autores de las historias generales de Francia no ignoran los trabajos de los eruditos, que citan y utilizan,

beneficiándose así de las colecciones de textos antiguos y medie-

18 G. Huppert, The Idea of Perfect History. Historical Eruditíon and Historical

Phaosophy in Renaíssance France, The University of Illinois Press, 1970 (trad. fr.: L’Idée de l’histoire parfaite, París, Flammarion,

1973); D.R. Kelley, Foundations of Modern Flistorical Scholarship. Language, Law and HIstory in the French Renaissance, Nueva York y Londres, Columbia University Press, 1970; R. Chartier, ”Comment on écrivait l’histoire au temps des guerres de Religion”, Annales ESC, 1974, págs. 883-

887. LA AMISTAD DE LA HISTORIA 31

vales, las crónicas y memorias antiguas, las investigaciones de los anticuarios eruditos, desde Étienne Pasquier hasta Théodore Godefroy. Después de 1650, el repertorio de referencias se abre a títulos nuevos; las colecciones nuevas de documentos de los Duchesne, Dom d’Achery, Baluze, los estudios de los libertinos eruditos de la primera mitad del siglo (Pierre Dupuy, Gabriel Naudé, Pierre Petau), los trabajos de los

benedictinos de San Mauro, a cuya cabeza aparece Mabillon.19 Por otra parte, el proyecto de algunos de los historiadores que en el siglo XVII redactan una historia de Francia no está tan alejado de la intención de los partidarios de la historia ”nueva” del siglo anterior.

Mézeray, por ejemplo, consagra una parte de cada uno de sus capítulos a las costumbres y usos de los pueblos y de lasépocas de que trata.20 Aun después de organizada por reinos, aun guiada en su integridad por el destino de la monarquía, la historia general no agota las curiosidades de anticuarios y eruditos. Y hay que recordar que ese mismo Mézeray, de ninguna manera ajeno a las discusiones eruditas cobijadas en la biblioteca de los hermanos Dupuy, redactó un Diccionario histórico, geográfico, etimológico, particularmente para la historia de Francia y para la lengua francei sa, que se mantuvo en estado de

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manuscrito mientras él vivió. No conviene, pues, indudablemente acentuar demasiado la escisión entre las dos formas de historia identificadas por Philippe Ariés, ya que son menos ajenas la una respecto de la otra que lo que suele pensarse, en la medida en que la más literaria no ignora a la más erudita. El comprender por qué la distancia que de todas maneras las separa parece tan grande lleva a subrayar un elemento

19 M. Tyvaert, ”Érudition et synthése: les sources utilisées par les histoires genérales de la France au XVII siécle”, Revue française d’histoire du livre, 8, 1974, págs. 249-266. Este artículo, lo mismo que el titulado ”L’image du roi: legitimité et moralités royales dans les histoires de France au XVII siécle”, Revue d’histoire moderne et contemporaine, 1974, págs. 521-547, fue extraído de la tesis de 3er ciclo de M. Tyvaert, Recherches sur les histoires générales de la France au XVII siecle (Domaile français), Université Paris-1, 1973.

20 Sobre Mézeray, A. Viala, Igaissance de l’écrivaín. Sociologie de la littérature á l’áge classique, París, Ed. de Minuit, 1985, págs. 205-212.

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32 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

demasiado discretamente abordado por el texto de Ariés, a saber, el enrolamiento de la historia al servicio de la gloria monárquica y de la exaltación del príncipe. Su preocupación por liberar del peso del Estado y de la primacía de la política la historia que él quería escribir lo conduce a aminorar los efectos del patrocinio real y de la dirección de las letras sobre la historia que se produjo en el siglo XVII. La división entre eruditos e historiógrafos no reside, en efecto, solamente en una diferencia de estilo y de método, sino que remite a dos funciones claramente reconocidas por la monarquía: mientras que los primeros, aun beneficiándose de las gratificaciones reales, permanecen ajenos a la empresa de celebrar al rey y a la monarquía, los segundos, dotados o no de cargos de historiógrafos del rey o de historiógrafos de Francia, participan muy activamente en la modelación de la gloria del soberano reinante escribiendo la historia del reino de sus predecesores o la narración de su propia historia.21 De ahí se sigue necesariamente la posición central ocupada por el rey, que es finalmente el objeto único del discurso, un discurso que siempre debe persuadir al espectador de la grandeza del príncipe y de la omnipotencia de los soberanos. ”La historia de un reino o de una nación tiene por objeto el Príncipe y el Estado; allí está como el centro a lo que todo parece referirse”: esta afirmación del padre Daniel, que presenta en el prefacio de su Historia de Francia, publicada en 1713, hace eco a la observación de Pellisson, anterior en cuarenta arios; ”Hay que alabar al rey en todas partes, pero, por así decirlo, sin alabanzas.”22 A su manera, todas las historias de Francia escritas en el siglo XVII

responden a este programa (hayan sido o no encargadas directamente o patrocinadas por el Estado), y con ello se adecuan a las exigencias del poder soberano.

21 0. Ranum, Artisans of Glory, op. cit.

22 El proyecto de historia dg Luis XIV de Pellisson es analizado en L. rin, Le Portrait du roi, París, Ed. de Minuit, 1981, págs. 49-107, «Le récit du roi ou comment écrire

l’histoire». LA AMISTAD DE LA HISTORIA 33

La amistad de la historia. Philippe Ariés dice en alguna parte en El tiempo de la historia que, negándose a esta amistad, las sociedades conservadoras del siglo XX se encerraron en sus valores propios, negaron las tradiciones distintas y finalmente se desecaron por no haber captado la diversidad del mundo que era el suyo. Por haber sido curioso de las

diferencias, preocupado por comprender lo que estaba fuera de su cultura, la de su tiempo o la de su ambiente social, Ariés pudo escapar a este vano repliegue sobre las certidumbres agotadas. Aquí está sin duda la lección más fuerte de este libro, que dice que no existe identidad sin confrontación, tradición viviente sin encuentro con el día de hoy, comprensión del presente sin comprensión de las discontinuidades de la historia. Toda la obra y la vida de Philippe Ariés estuvieron dominadas por este puñado de ideas, formuladas en una pequeña compilación publicada en Mónaco en 1954, afirmadas por un hombre cuya gran amistad era la historia.

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UN NIÑO DESCUBRE LA HISTORIA Para Primerose

A algunos adolescentes les tocó en suerte descubrir la historia en los recovecos de un libro leído por azar, de una lección evocadora sin que el maestro lo supiera. Esto sucedía en los períodos calmos, o más bien en ese siglo de quietud excepcional que va desde 1814 hasta 1914, durante el cual nuestros antepasados pudieron creer que su destino se desarrollaba en un medio neutro, que esos destinos eran dueños de su curso. Esta cerrazón frente a las preocupaciones colectivas, esta impermeabilidad a las agitaciones de la vida pública subsistieron para algunos, los más favorecidos, hasta los pródromos de la guerra de 1939, digamos hasta el 6 de febrero o hasta Munich. Por el contrario, las generaciones que llegaron a los veinte arios alrededor de 1940, o después, dejaron de tener conciencia de la autonomía de su vida privada. No había casi una hora del día que no dependieran de una decisión política o de una agitación pública. Estos niños, estos jóvenes se encontraron de entrada en la historia y no tuvieron que descubrirla; si la ignoraban, era de la manera como se pasan por alto las cosas más cercanas del universo familiar. Yo no nací, como ellos, dentro de la historia; hasta el armisticio de 1940 viví en un oasis bien cerrado a las

preocupaciones del exterior. En la mesa, es verdad, se hablaba de política; mis padres eran realistas fervorosos, lectores asiduos de Action Française desde sus orígenes. Pero esta política estaba a la vez demasiado cercana y demasiado alejada. Muy cercana, porque era una amistad, una ternura. Se evocaba la historia de los príncipes, su crónica; nos

divertíamos con respetuosa admiración con los exabruptos de Daudet, con los dardos acerados de Maurras. El periódico era escudriñado y comentado diariamente. Pero de la misma manera como uno habla de los parientes o

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36 EL TIEMPO DE LA HISTORIA

de los amigos. Nunca tuve, antes de la guerra, el sentimiento de la vida pública como de una especie de prolongación de mi vida privada, que la dominaba y la absorbía. Se decía que todo andaba mal, pero en ningún momento se hablaba en familia de las dificultades concretas, de la incidencia palpable sobre nuestra vida cotidiana que pudiera tener una legislación, una decisión del Soberano. Esto dejó de ser así después de la guerra. El aprovisionamiento, la inflación, las nacionalizaciones (y cito estos ejemplos solamente como ayudamemoria) invadieron la vida cotidiana. Mi hermano habla de sueldos, de empleos en una época en que mis amigos y yo, dentro del oasis, ignorábamos las

cuestiones de dinero. Uno de mis hermanos se preparaba para Saint-Cyr. Yo me presentaba a la agregatura en historia. Ni él ni yo habíamos tenido jamás la curiosidad de conocer el stieldo de un oficial del ejército o de un profesor. Y si pudimos permanecer tanto tiempo en él no fue en primer lugar por la situación económica de nuestros padres, sino por el prisma a través del cual mirábamos lo externo, lo colectivo. Las agitaciones de la Historia nos llegaban a través del periódico amigo, a través de los comentarios de amigos que, por más enzarzados que estuvieran en la vida pública, pertenecían al mismo oasis. Esto explica por qué no nací en la Historia, pero reflexionando sobre ello, comprendo la seducción del materialismo sobre aquellos de mi generación que no fueron preservados de la inmersión prematura en el mundo de lo social, de lo colectivo. No tuvieron un mediador amistoso entre ellos y el dinero, el desempleo, la competencia, la áspera búsqueda de relaciones, de influencias. Para ellos no existió el oasis. Porque había un oasis, yo vivía fuera de la Historia. Pero también, precisamente por ese oasis, la Historia no me era extraña. Me acompañó desde mis primeros recuerdos de infancia, como la forma que adoptaba en mi familia y mis relaciones cercanas la preocupación política. ¿Pero se trataba verdaderamente de la Historia? No era la Historia desnuda y hostil que invade y arrastra, la Historia en la cual uno es, fuera del frágil coto de las tradiciones familiaUN NIÑO DESCUBRE LA HISTORIA 37

res. No era la Historia, hay que reconocerlo, sino una transposición poética de la Historia, un mito de la Historia. En todo caso, era una intimidad permanente con la presencia del pasado. ¿Una presencia del pasado que es distinta de la Historia? Podríamos admirarnos si olvidáramos que la Historia está ligada previamente a la conciencia del presente.

¿Romanticismo, entonces? ¿Imaginación de los fastos pintorescos y cosquilleantes de las edades pretéritas? Algo, sin duda, pero tan poco que apenas hace falta hablar de ello. Algo muy valioso, muy amenazado también, y con justicia: amenazado hoy día por la Historia. Mi familia, como dije, era realista. Realistas enrolados sin reservas en Action Française, fanáticamente, pero muy nutridos por una imaginería anterior a la construcción doctrinaria de Maurras. En conjunto, se trataba de un tejido de anécdotas, con frecuencia legendarias, sobre los reyes, los pretendientes, los santos de la familia real. San Luis y Luis XVI, los mártires de la Revolución. Cuando era muy pequeño me llevaron, en uno de esos paseos dominicales que los niños detestan, a los Carmelitas donde perecieron las víctimas de Septiembre, a la Capilla Expiatoria del Bulevar Haussman, construida durante la

Restauración en memoria de Luis XVI, María Antonieta y los Suizos del 10 de Agosto. En casa de mis tíos, en el Médoc, me mostraban cada año, durante las vacaciones, imágenes herméticas, heredadas del período revolucionario, donde, como si se tratara de una

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adivinanza, aparecían los rasgos del Rey, de la Reina, Madame Elizabeth, dibujados por el follaje de un sauce llorón. Cada ario se volvía a justificar, bajo el retrato de un sacerdote víctima de los ahogamientos de Nantes, las palinodias del antepasado que, alcalde de Burdeos bajo Napoleón, había recibido al Conde de Artois: en lugar del burgués

conservador y oportunista se colocaba la imagen ideal de un realista fiel y astuto. Una de mis tías me explicaba de qué manera mi tatarabuelo, general de la la República, había probado victoriosamente que,

Referencias

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