la vida privada es integral. Y esto es una buena condición para la autenticidad del
testimonio: mi vida cotidiana, mis amistades y mis resentimientos testimonian cierto tipo de relación entre el hombre y su ciudad. Yo podría, a la manera de los historiadores clásicos, describir el funcionamiento de las instituciones de mi ciudad. Pero tendría entonces la impresión de describir una cosa distinta de esos personajes concretos, esas aventuras concretas que determinaron mi vocación, mis amigos, mis amantes, mi destino. Por el contrario, os hablaré simplemente de esos personajes, esas aventuras referidas a mi experiencia particular. No es para instruiros a la manera de un manual sino para poneros frente a la realidad existencial, para hacer correr en vosotros esa corriente de vida que me arrastró y me sigue arrastrando, para comunicaros mi destino, porque mi destino no es el de uno cualquiera y le pertenece exclusivamente a él. No os puede ser indiferente. Mi destino es una manera especial de actuar en la Historia, que puede ser la vuestra, que tiene que ser la vuestra. Esta es la razón de que un testimonio no pueda ser nunca objetivo.
En Estados Unidos de Norteamérica el libro de Kravchenko no es caso único. Pienso, sobre todo, en la hermosa autobiografía de Jan Valtin, Out of the Night [La noche quedó atrás.4 Jan Valtin era un marino de Hamburgo que tenía catorce arios cuando el amotinamiento de la flota alemana; que perteneció a la vez a la marina y al Komintem, del cual fue agente especial para la sección marítima internacional, ”el frente marítimo”. Tuvo muchas
oportunidades para desligar su vida de hombre de mar de su actividad partidaria. Su mujer lo impulsaba a ello. Era una burguesa desarraigada, un poco anarquista. Pero él no aceptó la idea de un destino separado del movimiento revolucionario, de las huelgas, de la
camaradería que se le había hecho indispensable. Fue, en cambio, su mujer la que tuvo que abandonar su libertad, alienar su independencia, ingre-
4 Este libro fue traducido al francés por Jean-Claude Henriot con el título Sin patria ni frontera. sar en el Partido para trabajar pronto para él en misiones peligrosas. Pero llegó un momento en quejan Val tin entró en conflicto con el Partido: fue hecho prisionero por la Gestapo, la cual, después de tremendas torturas lo libera a cambio de la promesa de que espiará a sus ex camaradas. Acepta, pero se entiende con el Partido, cuya dirección se ha replegado a Copenhague, para transmitir informaciones falsas que pudieran inducir en error a la policía alemana. Pero la Gestapo retuvo como prisionera a su esposa. Jan Valtin quiere que sus compañeros lo pongan a salvo sacándolo de Alemania, pero el Partido se niega, porque esto sería desenmascararlo ante la Gestapo y perder un contacto interesante. Entonces Valtin se rebela. Es encarcelado por la GPU cuando estaba esperando que un carguero soviético lo llevara a Rusia. Logra evadirse incendiando la prisión y escapa a Estados Unidos. Su mujer es ejecutada en Alemania y su hijo desaparece. La historia de Jan Valtin es simétrica de la de Ernst von Salomon. También él es un reprobado. Sus
antepasados, marinos profesionales también, eran vagamente socialistas, pero esto no tenía casi importancia. Eran ante todo hombres del oficio, con familias de muchos hijos y
aficionados a los placeres en los burdeles de los puertos. La derrota, el estallido de los cuadros sociales tradicionales derribaron los abrigos que separaban de la Historia a cada destino particular. Ernst von Salomon estaba, en 1918, en una escuela de cadetes; Jan Valtin, en medio de las tripulaciones amotinadas. Tomaron entonces caminos opuestos. Pero ambos salieron definitivamente del mundo cerrado de familia y la profesión para
entrar en la Historia. Sus vidas, y sus vidas más íntimas, dejaron de consistir, como lo habían hecho las de sus padres, en generar hijos y practicar una técnica, para convertirse en un incidir sobre la Historia. Su destino se confundió con el impulso que imprimían al mundo. A partir de ese momento, su conflicto interior dejó de pertenecer a la trama clásica de los sentimientos, a la que
EL TIEMPO DE LA HISTORIA
nos han acostumbrado muchos siglos de literatura, de una literatura de hombres al abrigo de la Historia. En la psicología politizada, los dramas individuales se volvieron dramas
históricos. Sus perturbaciones psíquicas quedan entrelazadas con los movimientos de los Estados, los partidos, las revoluciones. De ahí su valor como testimonios. Jan Valtin testimonia el drama de esos reprobados, que pronto se alzaron contra la estructura de un partido que, de ser una reunión de rebeldes, como había sido originariamente, había pasado a ser una ortodoxia, una administración, una policía. De cierta manera, vivió el tránsito desde una conciencia global de la Historia a un sistema, a una técnica, fuera de la vida, que hemos analizado en el capítulo precedente. Su voz es la de un verdadero
revolucionario, insertado como una curia en un partido que ya no es revolucionario. Alexandrov era un niño cuando comenzó la Revolución Rusa, un niño hijo de un abogado de San Petersburgo. Separado de su familia, pasó cerca de un ario con las bandas de niños que vivían en la ”tierra de nadie”, entre los cosacos y los guardias rojos, viviendo de pequeños hurtos, de rapiñas, del despojo de soldados muertos. Posteriormente encontró su familia en Finlandia, pero había dejado de pertenecerle. Su vida entre los niños
abandonados de Rusia lo había desarraigado definitivamente de su ambiente, de su ciudad particular. Una vez llegado a Finlandia, restituido a la comodidad y el lujo, tuvo la nostalgia del frío, el hambre y el peligro en medio de sus camaradas e intentó pasar a Rusia,
arrastrando consigo al jardinero de su padre, un jovencito de veinte años, que descubierto en la frontera fue fusilado por los soldados del general Mannerheim. La fractura es completa y lo marcó para toda la vida, para ese Voyage through Chaos [Viaje a través del caos], sucesión de aventuras asombrosas que publicó en EE.UU. Como en el caso de Ernst von Salornon y Jan Valtin, una especie de traumatismo rompió sus ataduras con su pequeña ciudad particular, sus costumbres y su autonomía, para entregarlo a los vastos movimientos colectivos. EL COMPROMISO DEL HOMBRE MODERNO 89
Hasta 1938, Alexandrov lleva en el exilio una vida difícil de aventurero, pero sin intentar refugiarse en una intimidad privada. Vive marginado, como extranjero, de sus camaradas franceses del liceo de Fontainebleau, donde fracasa después de haberse escapado de una escuela alemana provisto de un pasaporte griego. Nada lo retiene, sino es, durante un tiempo, la actividad antifascista en Grecia, pero no presta su adhesión al comunismo, que conoció en la Noche de los Cuchillos Largos, en la Alemania nazi. Para vivir, perteneció marginalmente durante cierto tiempo al comunismo, al nazismo, como alguien que se inscribe en el subsidio de desempleo. Pero su interés está puesto en otra parte, en una actividad más confusa y más libre. De todas maneras, nunca al abrigo de una condición apolítica. Su vida se confunde todavía con las pulsaciones de la Historia. En un bar de Barcelona bombardeada, donde trafica armas por cuenta de un judío refugiado en París, conoce a la periodista norteamericana con la cual parte para Estados Unidos en 1938: sin patria y sin partido, pero sin embargo viviendo como un parásito de la política y la acción política.
He aquí un nuevo tipo, más complejo y conmovedor. Hasta el momento nuestros ejemplos han sido escogidos entre personas de izquierda, comunistas, antifascistas, o bien entre revolucionarios de derecha, prefascistas como Ernst von Salomon: siempre reprobados, que
huyen de sus historias particulares a la Historia global. Quienes permanecieron en sus historias particulares sintieron menos la tragedia de un tiempo al que no estuvieron
inmediata e inicialmente unidos. Sus dramas no tienen la misma virtud de comunicabilidad histórica que caracteriza al testimonio, puesto que son dramas personales, más bien
indiferentes a los embates externos. Sin embargo, sucede que la necesidad de mantener sus particularidades los opone bruscamente a las presiones de la Historia. O bien, deben abandonar su manera de ser tradicional y, sin volver la cabeza atrás sobre su pasado personal, sin nostalgia y sin recuerdo, se hunden en la Historia como en un país des-
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conocido y sin matices. O bien, insisten y tratan de salvar su herencia, el mundo de ideas, recuerdos y costumbres que les pertenecen solamente a ellos, insertándose en la gran Historia: en vez de historizar su historia particular, particularizan la gran Historia, le restituyen toda la frescura y la diversidad que le faltan a ese monstruo monolítico. Un ejemplo, un ejemplo admirable, permitirá aprehender mejor esta distinción esencial: el diario de guerra póstumo de Hugh Dormer, publicado en Inglaterra en 1947. Educado en la escuela benedictina de Ampleforth, a donde se complacía en regresar para rezar junto con sus hombres, cuando ya vestía el uniforme, Hugh Dormer es un joven oficial como los que la Academia de Saint-Cyr formaba en Francia, arraigado en su pasado familiar, religioso, nacional, tal como se desplegaba ante su vista, junto con la tradición militar, la tradición de su batallón, el 2Q batallón de Guardias Irlandeses. El ejército no es ni una vocación política ni una ocasión de vivir peligrosamente, ni un deporte. Es una manera de vivir en la rectitud, en el deber, según las viejas costumbres de Occidente. Estaba en el ejército como en el último núcleo de resistencia de un mundo en ruinas, que era el suyo propio. Aclara todo esto rápidamente en una nota en ese diario que escribió para su madre, porque desde el comienzo sabía que no volvería más: ”Ideas y principios que nunca habían sido
conmovidos están cuestionados, por primera vez, por el conocimiento científico. Las tradiciones del ejército, la concordia de las clases y el respeto del hombre por sus
superiores, los valores religiosos y hasta el carácter sagrado de la familia, son violados y puestos en ridículo”. Las tradiciones del ejército: Hugh Dormer parece aferrarse a ellas mientras todo se hunde. Sin embargo, está impaciente y tiene gusto por la aventura y la eficacia. Al regresar de Dunkerque, los largos meses de adiestramiento en ”las apacibles colinas de Inglaterra” exasperan su necesidad de actividad. Se ofrece para una misión especial en Francia. Nos preguntamos (el editor inglés, con esa discreción de los británicos, no dice nada del origen de su familia, que sin embargo debió ser de vieja cepa) si un
sentimiento más particular todavía no lo atraía EL COMPROMISO DEL HOMBRE MODERNO 91
hacia Francia, donde otrora se preparaban los misioneros jesuitas de la reconquista. Deseo que se pueda leer en francés el relato de las dos expediciones que él comandó: la
demolición con dinamita de una destilería de gasolina cerca de Creusot, el descenso en paracaídas, la operación, la huida de los perros de policía alemanes, el cruce de los Pirineos, España, la etapa en Lisboa.5 Se verán allí sus cualidades de eficacia, de
autodominio, de cortesía, su sentido del humor y del ridículo. Pero al regresar a Inglaterra (es uno de los pocos que escaparon de esa aventura) sus jefes le propusieron una misión más amplia. No se trata ya de una operación circunscripta, como la destrucción de una fábrica o de un lugar estratégico, sino de comandar las fuerzas de la resistencia clandestina francesa en el Oeste, para adiestrarlas y dirigirlas antes del desembarco, que se anuncia como próximo. La batalla de Francia, con la que el joven oficial soñaba desde Dunkerque, la librará en la clandestinidad, como francotirador, o según los viejos usos de la guerra, vistiendo el uniforme británico, en su unidad con el pasado glorioso, al lado de sus
camaradas los guardsmen (dice ”guardsmen como un oficial francés diría ”los cazadores”). Rehúsa el comando de la clandestinidad para reincorporarse a su rango, entre los guardias irlandeses, en su batallón, en cuyo seno le gusta descansar entre uno y otro lanzamiento en paracaídas sobre territorio francés. Esta elección no se produjo sin debates internos. Fue
para él, escribe, ”la encrucijada más importante” de su vida. Inicialmente, había aceptado. ”Una vez más, dado que estas misiones [en Francia] eran absolutamente voluntarias, se me ofreció la posibilidad de abandonar este trabajo [clandestino] y de reincorporarme a mi batallón, y por tercera vez tomé la decisión de volver [a Francia], ahora definitivamente. Cada vez, sin embargo, mi sentimiento me había hecho volver a los Irish Guards, y tanto más ahora, cuandd la hora del combate se acercaba por fin.
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”Sin embargo, yo sabía cómo, en abril del año anterior [después de la primera expedición con lanzamiento en paracaídas], había suspirado por la camaradería del batallón, al cual volví siempre como a mi hogar.” Había quedado impresionado por la importancia de su misión, ese mensaje de esperanza llevado más allá de ”ese mundo impenetrable, tan misterioso y replegado como el de otro planeta”. Y también, porque Hugh Dormer no puede ser únicamente sensible a ese llamado de la Historia y necesita endulzarlo con una tendencia personal: ”Muy en el fondo de mí mismo, como el relato romántico del cautiverio de Ricardo I, estaba la idea de que, si seguía con vida en algún lugar de Europa, podría alguna vez encontrar a Michel Marks”, su antiguo camarada de Oxford, que había sido dado por desaparecido después de un bombardeo. —”Sentía que era importante mostrar que nuestra clase no carecía, también ella, del coraje y la fortaleza necesaria, cuando me
encontraba, solo, en medio de una banda de aventureros y de apasionados, de hombres de la Legión Extranjera, comunistas y análogos. Algunos habían combatido en la Guerra Civil Española; otros habían sido condenados a muerte por los alemanes en Africa del Norte. Me parecía una compañía extraña para un Guard”. (Esto se refiere al momento de pasar
clandestinamente de Francia a España). Sabía, sin embargo, que esta guerra no era como la de los uniformes rojos, la de los guardias de los reyes George, un entretenimiento de soldados, sino un drama de la Historia: esta guerra es más una cruzada que las Cruzadas mismas. ”Combatimos con anarquistas conscientes y calculadores, que atacan a la cultura nacional y a la religión.” Volvería, pues, a Francia. Tal fue su primer impulso, pero no se atuvo a él. ”Antes de atravesar La Mancha por tercera vez decidí reconsiderar las razones que me habían hecho elegir la clandestinidad, y en el momento preciso en que me habría reportado la acción y la gloria, retomé el uniforme de los Irish Guards.” ¿Por qué? En primer lugar, porque el mandar a los franceses corresponde a los franceses. Y también y sobre todo: EL COMPROMISO DEL HOMBRE MODERNO 93
”Mi deber era permanecer junto a mi propio pueblo, como soldado y como oficial”. ”Estoy convencido también de que el combate del soldado en su regimiento, con toda la dureza del servicio y el horror físico del campo de batalla, es una vida más elevada y más difícil que la de la aventura sin responsabilidad. Algunos de mis camaradas de la clandestinidad, como había podido advertirlo, no eran de una lealtad rigurosa; algunos habían jugado ya el mismo juego en América del Sur, en la Legión Extranjera, en España [hombres como Alexandrov]. Y esa clase de vida es, considerada en sí misma, muy egoísta y apela más al odio del
enemigo que al amor por la propia patria. Una asociación que se propone organizar y explotar este odio para fines políticos entra por un camino peligroso, moralmente. El combate de guerrillas genera muchas veces una raza de mercenarios profesionales que gustan de la guerra y no pueden vivir sino es en una atmósfera de violencia, de perturbación y de destrucción. ”Otra de las razones que me llevaron a volver a mi regimiento fue el temor de que se me pidieran actos con los cuales yo no estaría de acuerdo. Conducir bandas de hombres hambrientos y desesperados detrás de las líneas enemigas durante la invasión, animado cada uno por un espíritu de venganza contra sus adversarios políticos y sustraído a mi control, era para mí una pesadilla que obsedía mi futuro. Hasta entonces yo había emprendido misiones precisas y definidas que compartía íntegramente. Pero asegurar una misión general, sin objetivo preciso, era otro asunto. La iniciativa de cada uno podía llevarlo a veces a extrañas decisiones, según el principio insidioso de la guerra total y de
que el fin justifica los medios.” Este hombre joven y deportista, que amaba el peligro, compartió en los escondrijos del maquis, en los senderos de los Pirineos, la vida de los desesperados de las revoluciones del mundo moderno. Estuvo junto a hombres semejantes a Kravchenko, Jan Valtin, Alexandrov, Ernst von Salomon. Sintió la tentación de
comprometer su vida en esa historia dramática que se hacía en España, en América del Sur y también en el frente de Rusia y el muro del Oeste.
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Si hubiera cedido, por tercera vez, al llamado del continente donde germinaban las fuerzas oscuras del mundo, hubiera entrado definitivamente en esa vida desconectada del pasado particular, como regulada por el ritmo de la gran historia colectiva. Resistió. Quiso salvar su particularidad retornando a su batallón, muriendo con el uniforme de los Guardias, ese uniforme que significaba la precisión de la regla, la antigüedad de las tradiciones, la disciplina del soldado, y no la violencia del guerrero. Este mundo suyo y propio y de sus antepasados es el que invoca recordando, a propósito de su decisión, la divisa de su familia: Cio che Dio vuole, io voglio, que cita en italiano. Y esta frase en italiano, a pesar de la discreción del editor británico, nos retrotrae a la Inglaterra del Renacimiento, evocando toda una tradición familiar, una historia particular, que Hugh Dormer preservaba en el combate militar, clásico, bajo el uniforme tradicional. Sabía, empero, que las condiciones de la guerra habían perdido su antiguo carácter caballeresco: ”Yo enfrentaba la aventura”, escribía en el frente de Normandía, la víspera de su muerte, ”con una sobria decisión, sabiendo, como lo sentía y sabía, que la guerra moderna y blindada es el infierno, el infierno total y ninguna otra cosa, sin nobleza y sin belleza, sino solamente con el temor humillante”. Pero su destino reconciliaba la oposición de su historia particular y la gran Historia. Mediante su participación en ese combate, elegido de acuerdo al estilo que lo reconectaba con las costumbres tradicionales de su raza, despojaba a la Historia de su masividad. La despojaba haciendo penetrar en ella, por una parte, toda la diversidad de su pasado particular, el de sus costumbres y, por otra, sacra lizándola. Al leerlo, se presiente, más allá del conflicto entre el devenir histórico y las inercias de las singularidades vividas, la huella de una misteriosa unidad. El testimonio de Hugh Dormer es muy importante,