HISTORIA
ce
'
m v n d o
HISTORIA
“
l
MVNDO
ANT
i
GVO
Director de la obra;
Julio Mangas Manjarrés (Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)
Diseño y maqueta:
Pedro Arjona
«No está permitida la
reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»
© Ediciones Akal, S.A., 1989 Los Berrocales del Jarama Apdo. 400 - Torrejón de Ardoz Madrid - España
Tels.: 656 56 11 - 656 49 11 Depósito Legal: M. 5375 -1989 ISBN: 84-7600-274-2 (Obra completa) ISBN: 84-7600-332-3 (Tomo IX) Impreso en GREFOL, S.A. Pol. II - La Fuensanta Móstoles (Madrid) Printed in Spain
LOS FENICIOS
Carlos G. Wagner
Indice
Págs.
1. EI marco geográfico, étnico y lingüístico ... 7
2. En los inicios de la historia; La edad del Bronce Antiguo ... 11
3. El segundo milenio a.C.: Las Edades del Bronce M edio y R e cie n te ... 14
4. La economía y la sociedad durante la Edad del B ro n ce ... 20
5. El final de la Edad del B ro n ce ... 23
6. La Primera Edad del H ie r r o ... 26
7. La expansión fenicia por el M editerráneo... 31
8. La Segunda Edad del Hierro ... 35
9. El ámbito colonical mediterráneo ... 42
10. La Ultima Edad del Hierro y los períodos helenístico y romano: pervi venda de una civilización... 47
11. La vida económica y social durante la Edad del H ier ro ... 51
12. Organización política del mundo fe n ic io ... 55
7
1. El marco geográfico,
étnico y lingüístico
Los griegos, posiblem ente desde tiem pos m icénicos, lla m a ro n fenicios a los habitantes del antiguo país de Ca- naán . El térm ino, que etim ológica m ente deriva del vocablo phoinix cu yo significado es el de «púrpura», no es más que una traducción de la d e nom inación local atestiguada desde el III m ilenio a.C., pues la p alab ra
cañam os se encuentra igualm ente co
nectada con tal significado. A m bos térm inos son p or consiguiente sin ó nim os p or lo que hacen referencia a una m ism a realidad geográfica, h istó rica y cultural.
C an aá n , «la tierra de la p ú rp u ra» haciendo alusión a una vieja in d u s tria del país, era el territorio de la cos ta oriental m editerránea que se exten día desde Tell Sukas h asta G aza. Se trata de u n a franja no m uy am plia que discurre paralela al litoral y bien delim itada p o r una serie de accid en tes geográficos: el m ar a O ccidente y los desiertos de Siria y A rabia p o r el su r y O riente. Las m o n ta ñ a s de la cordillera del L íbano que discurren a escasos kilóm etros de la costa dife rencian u n a zona m arítim a de otra del interior siendo posible la co m u n i cación entre am bas a través de la re gión de Alepo en el norte, y la de D a
m asco m ás al sur. La a n c h u ra de esta franja costera es u n tanto irregular o scilando entre los doce y los c in cuenta kilómetros, y en ocasiones pro m ontorios rocosos que arran c an de la ca d en a m o n ta ñ o sa seg m en ta n este corredor m arítim o, alcan zad o en al gunos puntos el mar. Se crean así una serie de valles aluvionarios form ados durante siglos p o r las aguas que flu yen desde la vertiente occidental de los m ontes del L íban o hacia el M edi terrán eo . La c o n se c u e n c ia de esta configuración geográfica es u n a com partí m entación del paisaje que im pi de la práctica de u na agricultura de carácter extensivo y que influyó des de un principio en la delim itación de fronteras entre u n valle y otro. Al m is mo tiem po la presencia de todos estos accidentes geográficos d eterm inará la im posibilidad de una am pliación im portante del territorio. La costa posee un b uen núm ero de pequ eñas bah ías flanqueadas p o r pequeños p ro m o n torios en donde los h ab itantes del li toral p o d ía n d efen derse fácilm ente de u n ataq u e p ro c e d e n te de tierra adentro y que al m ism o tiem po ser vían de fondeadero p a ra las em b ar caciones.
La explotación de los recursos del · país estaba m ed iatizada p o r todos es tos condicionam ientos geográficos. El elem ento esencial, desde u n p un to de
8 AkaI Historia d e l M undo Antiguo
vista ecológico, lo constituye la exis tencia de u n a potente cadena m o n ta ñosa cuya no excesiva altitud m edia perm itió la aparición de extensas zo nas boscosas que a tra ían las lluvias y nieves procedentes de la evaporación del M ed iterrán eo , p ro v o c an d o u n a gran estabilidad en el ciclo clim ático. Esta situación, que es atípica en todo el resto de la región y en los países ve cinos, com o M esopotam ia o Egipto, donde la presencia de m adera es prác ticam ente nula, im plicó la m uy tem p ra n a explotación de la riqueza fo restal de estos m ontes. De esta form a, la m adera procedene del L íbano cons tituyó desde m uy p ro n to uno de los principales recursos del territorio. Otro lo constituía u na agricultura in ten si va que dependía fundam entalm ente del régim en de las lluvias. A b u n d a b an éstas en invierno p a ra ir dism i nuyendo progresivam ente en p rim a vera h a sta que d e sa p a re c ía n to ta l m ente du rante un período que se ex tendía desde m ayo h asta septiem bre. La estación estival era p o r ello m uy severa con lo que la vegetación se de secaba casi a b so lu tam en te d u ra n te cuatro o cinco meses h asta alca n zar de nuevo la estación lluviosa. A lo largo de todo ese tiem po sólo era p o sible la irrigación gracias a las aguas procedentes del deshielo que m itiga b a n parcialm ente, ju n to al rocío, la sequedad del verano. El suelo cultiva ble, en gran m edida aluvionario, era m uy fértil no sólo en las tierras b ajas próxim as al m ar sino incluso a pie de m o n tañ a y en las zonas de m enos al tura de sus faldas, en los m últiples va lles que p enetran h acia el interio r de la cordillera. A dem ás de las tierras de cultivo que p ro p o rcio n ab an cereales, com o trigo y cebada, h o rtalizas y fru tales, com o la vid, el olivo, las higue ras, los sicom oros, las palm eras d ati leras o las granadas, no eran escasas las tierras de pastos que alim en tab an u n a ab u n d an te c a b añ a de cabras y ovejas. A todas estas riquezas debe mos aú n a ñ a d ir el cobre del valle de
La Bekaa, y los productos que se ob ten ían del m ar que a la sal y la pesca añ a d ía el m urice del que la p o b la ción local ob tenía la p ú rp u ra con la que h a b ría n de a lca n zar am plio re nom bre m erced a las pren d as teñidas con ella y elabo rad as con la excelente lan a de sus ovejas.
E tnicam ente los can aneos o feni cios constituyen u n pueblo de estirpe
•r
sem ita occidental establecidos desde m uy antiguo en el país que h a b ita ban , au nque ya en la A ntigüedad se les h ab ía atribuido orígenes diversos. Así H eródoto (I, 1; VII, 89) afirm aba que procedían del M ar Rojo, m ien tras que E strabón (XVI, 3, 4) y P linio (TV, 36) sugieren que eran originarios del G olfo Pérsico. N o obstante, F ilón de Biblos m antenía el origen
autócto-Vista parcial del Templo de los Obeliscos en Biblos
10 AkaI Historia d e l M undo Antiguo
no de este pueblo y su cultura, y hoy sabem os p o r d o cu m en to s recientes que h a b ita b a n el territo rio de C a n aan desde el III m ilenio a.C. (G ar- bini, 1983, 30). Sobre este fondo origi nario de población vino a instalarse desde com ienzos del II m ilenio a.C. las gentes del país de A m urru, los am oritas o -a m o rreo s, sem itas occi dentales igualmente que hablaban una lengua estrech am en te e m p a re n ta d a con el cananeo. Luego elem entos de origen hurrita e in d o iran io se in stala ron a su vez en el país. F inalm ente otros sem itas, los aram eos, aportaro n ta m b ié n su c o n trib u c ió n d esd e la segunda m itad del mismo. H acia el 1200 a.C. las invasiones de los «P ue blos del M ar» transform aron en parte la co n fig u ració n del litoral fenicio pues supusieron la instalación en una parte de éste de un nuevo pueblo, los
peleset o filisteos que o cuparon la zo
na com prendida en torno a A scalón y G aza a la que dieron su nom bre por lo que pasó a d en om inarse Palestina. Los israelitas que según parece h a bían llegado a la Fenicia m eridional en torno a un siglo antes com pitieron con ellos con no m uy buena fortuna, al m enos durante u n prim er período b astan te dilatado, y p erm a n ecie ro n fraccionados y m arginados en un país que, en contra del relato bíblico, p er m aneció aún du ran te m ucho tiem po en teram en te fenicio. H oy sabem os, por lo dem ás, que toda la Palestina incluso m ucho después de la consti tución del reino de Israel perm anecía culturalm ente vinculada al viejo sus trato cananeo-fcnicio (G arbini, 1983, 31), si bien no ocurrió lo m ism o en lo que a los límites políticos se refiere. D esde com ienzos del I m ilenio a.C. el territorio propiam ente fenicio, co n tem plado desde u n a perspectiva no cultural sino política, se extendía h as ta alca n zar p or el sur la localidad de Acre, au nque en los territorios o cu p a dos p o r filisteos e israelitas la lengua fenicia continuó h ab lán d o se durante siglos. Pese a ello el país fenicio o
can an eo no constituyó nunca, com o tendrem os ocasión de ver, una enti dad nacional aún com partiend o una cultura com ún, sino que p o r el co n trario se encontraba fragm entado en una serie de pequeños estados au tó nom os e independientes entre sí. C o mo en G recia, la propia co nfigura ción del territorio, muy sim ilar a la del país helénico, hab ía influido en esta dirección desde los com ienzos de su historia.
T am bién com o en G recia la ab ru p ta topografía dificultaba las co m u n i caciones internas por lo que la nave gación se convirtió desde muy pronto en la solución más sencilla, lo que despertó entre sus habitantes una tem p ran a vocación m arítim a. Ello, unido al carácter de encrucijada de las cul turas de la A ntigüedad en esta parte de O riente que detentaba p o r su si tuación, explica las diversas influen cias que p rocedentes de M esopota mia, el Asia M enor, C hipre, el Egco y E gipto se d ifu n d ie ro n p ro g re s iv a m ente entre su población. Todas estas aportaciones influyeron en el carác ter abierto y flexible de la m entalidad fenicia poco dad a a particularism os etnocentristas, sin que ello significara m erm a alguna de su vieja tradición sem ítica que se m antuvo con fuerza a lo largo de los siglos y perm anecía todavía en el O ccidente colonizado m ucho tiem po después de co m en za da nuestra era (Vattioni, 1986).
La lengua ca n an ea pertenecía, co mo la hebrea, con la que m antenía m uchas sim ilitudes, al grupo de d ia lectos sem íticos noroccidentales y co noció tam bién una evolución a lo lar go del tiem po. Así podem os d istin guir un can aneo o fenicio arcaico no m uy alejado de la lengua reciente m ente descubierta en Ebla y diferen ciado del antiguo acadio, semita orien tal, y tam b ién del am o rita, que se extiende apro x im ad am en te h asta el 2000 a. C. A p artir de esta fecha p o d e mos h a b la r de una lengua can an ea o fenicia que presenta m uchos caracte
res innovadores típicam ente am oritas y que se conform a ya com o el fenicio clásico que conocem os a través sobre todo de las inscripciones, y que se va a m an ten er en O riente com o habla corriente de esta zo na hasta, p o r lo menos, el siglo II d.C. En Occidente la lengua púnica, transposición colonial del fenicio clásico se va a m antener h a sta los tiem p o s de S an A gustín quien da com o verem os, buen testi m onio de ello. D esgraciadam ente de este pueblo inteligente que prosperó en paz y en guerra, y excelente en es critura, literatura y otras artes (Pom ponio M ela, I, 12) no conservam os docum entos escritos al m argen de los epigráficos y de las tablillas de Ugarit pertenecientes a la E dad del Bronce, p o r lo que debem os reco n stru ir su historia en base a los hallazgos a r queológicos y a las noticias que de ellos h an dejado otros pueblos con los que se relacionaron. N o deja de constituir una tremenda paradoja nues tro desconocim iento de la literatura de aquéllos que precisam ente inven taron y d ifundieron la escritura alfa bética, logro cultural de los m ás tras cendentes que h ab ría de in flu ir de
m odo d ecisiv o en la d ifu sió n del conocim iento.
«Los fenicios fueron una raza inteligente, que prosperó en paz y en guerra. Fueron excelentes en escritura y literatura, y en otras artes; en marinería, en el arte de la guerra naval y en el dominio de un imperio.»
(Pomponio Mela, I, 12) «Tenían estos fenicios en lo antiguo, conforme dicen, su asiento en el mar Rojo, de donde pasaron a vivir a las costas de la Siria, cuya región y todo lo que hasta el Egipto se extiende se llama Palestina.»
(Heródoto, VII, 89)
2. En los inicios de la
historia; La Edad del
Bronce Antiguo
Todo parece indicar que fue el ap ro vecham iento de los recursos locales el factor que contribuyó decisivam en te a la aparició n de la civilización ur b an a en el país de C an aá n . De todos ellos el m ás apreciado p o r las civili zaciones vecinas lo constituía la ab u n d a n te m ad era, p a rtic u la rm e n te ce dros, de sus m o n tañ as y hay datos que hacen sospechar u n a m uy tem p ra n a explotación de esta riqueza fo restal. El Poem a de G ilgam esh, por ejem plo, que alude a los prim itivos tiem pos sum arios, contiene un episo dio que relata la victoria del héroe m esopotám ico y su co m pañ ero Enki- du sobre el salvaje H uw aw a, protec tor de los bosques de cedros:
«Gilgamesh tomó el hacha en su mano y comenzó a talar los cedros. Pero cuando H uw aw a o y ó el ru id o se e n c o le riz ó . — ¿Quién ha venido y profanado los árbo les crecidos en mi montaña y ha talado el cedro?... Enkidu y Gilgamesh penetraron en la montaña y combatieron a Huwawa... El dios Sol, dios del cielo, oyó el ruego de Gilgamesh y levantó contra Huwawa pode rosas tempestades... Ocho vientos se le vantaron contra Huwawa. Le golpearon en el rostro y en la espalda, im pidiéronle avanzar y también retroceder. Entonces Huwawa se rindió y le dijo a Gilgamesh: — No me aniquiles Gilgamesh!, ¡Sé tú mi señor, yo seré tu esclavo! Olvida las ame nazas que he lanzado contra ti. Y que los cedros que hice crecer en lo más profundo de los montes, y los poderosos (...) yo los cortaré y (...) a las casas».
(Lara, ed., 1980, p. 169-171).
Esta leyenda encierra u n a im p or tan te realid ad h istórica: el aprov e cham iento de la m adera de cedro del L íbano p o r los h abitantes de la M e sopotam ia presargónida. E n torno a esta prim era explotación y com ercio seguram ente las prim itivas co m u n i dades can aneas se tran sfo rm aro n en
12 Aka! Historia d e l M undo Antiguo
ciudades, al m enos aquéllas que co mo Biblos, la antigua G ebal. gozaban de su proxim idad a los bosques de ce dros. Biblos, posiblem ente la m ás a n tigua de las ciudades cananeo-feni- c ia s. es ya m e n c io n a d a en el III m ilenio a.C. en docum entos descu biertos en Ebla. en donde aparece co mo la ciudad más im portante de la costa que m antenía un activo com er cio con aquel poderoso estado sirio. En esta actividad económ ica, que la distinguía com o el p rincipal puerto del litoral m editerráneo, las gentes de Biblos o b ten ían diversos productos m anufacturados, com o telas y objetos de metal, así com o productos agríco las —vino, aceite— de Ebla a cam bio de las telas de lino y los objetos de oro y plata que le proporcio n ab an . De los m ism os docum entos se d ed u ce que Biblos constituía un centro po lítico de notable im portancia, capaz de trata r de igual a igual con la p o d e rosa Ebla. capital de Siria, y de sellar trata d o s con ella sa n c io n a d o s m e diante lazos m atrim oniales que vincu lab an a am bas casas reales. La es tru c tu ra p o lític a de B iblos p a rece bastan te sim ilar a la de Ebla de la m ism a form a que los h abitantes que las p o b lab an pertenecían a la m ism a etnia: u na m o n arq u ía en la que la reina desem p eñ ab a u n papel n ad a despreciable, un consejo de « an c ia nos» que incluía a los representantes de las fam ilias m ás poderosas, y un a b u n d a n te elenco de fu n c io n a rio s entre los que podem os destacar los escribas, los correos y los com isarios. Parece que Biblos gozaba tam bién de un cierto prestigio religioso, m ientras que las restantes ciudades cananeas com o Beirut, Tiro, Sidón y Sarepta parecen hab er desem peñado un p a pel sec u n d ario en aquel com ercio. Sarepta debió h ab e r estado bajo la hegem onía directa de Ebla m ientras las dem ás pudieron h a b e r form ado parte de un reino controlado p o r Bi blos (Pettinato, 1983).
D espués fueron los acadios quie
nes visitaron ocasionalm ente a lo lar go de sus cam p añ as el territorio cana- neo. El propio Sargón, fu nd ad o r del Im perio de A kkad, penetró hacia Si ria del norte alca n zan d o Ebla y lle gando a los m ontes del L íbano y h as ta las m ism as orillas del M editerrá neo. U no de sus sucesores, N aram - Sin penetró en la región de Alepo y alcanzó el m ar en los alrededores de Tiro. No obstante, estas incursiones acadias destinadas a ob tener recursos ausentes en M esopotam ia y a percibir el tributo de los vencidos no debieron incidir m ucho en la vida del país y cabe sup o n er que los cananeos, o al m enos aquéllos que h a b ita b a n en las ciudades m ás im portantes, m antuv ie ron su in d ep en d e n cia lim itad a tan sólo p or el reconocim iento ocasional de la superioridad acadia.
Los contactos con E gipto fueron igualm ente tem pranos y su antigüe d ad se recoge en el m ito de Osiris que n arra com o el cuerpo del dios, des pués de ser ase sin ad o p o r su rival Seth, fue a rra s tra d o p o r las aguas hasta alca n zar la playa de Biblos. E s tas relaciones se rem o ntan a los co m ienzos m ism os de la historia egip cia y se m antuvieron regularm ente al m e n o s h a s ta la é p o c a de P epi II (2336-2242 a.C.) en que los egipcios seguían llegando a Biblos en busca de los cedros del L íbano, los m etales y la obsidiana del Asia m enor, el b e tú n y las resinas. Todo este tráfico co m ercial parece h ab e r descan sado b a jo la sanción de un culto com ún: el de Tam m uz-O siris con lo que los m erca deres de am b as p arte s ya no eran considerados en el puerto ajeno co mo extranjeros. Precisam ente se h an encontrad o en Biblos vestigios de un tem plo egipcio de la época de Miceri- nos, y parece p ro b a b le que las in fluencias m esopotám icas y sirias que se observan en el m ito de Osiris y en otros aspectos de la vida egipcia d u rante las prim eras fases de su historia h ayan arribad o al Valle del N ilo a tra vés de las ciudades m arítim as
cana-14 A ka l Historia del M undo Antiguo
«Queriendo yo cerciorarme de esta mate ria dondequiera que me fuese posible y habiendo oído que en Tiro de Fenicia ha bía un templo a Heracles (Melkart) dedica do, emprendí viaje para aquel lugar. Lo vi, pues, ricamente adornado de copiosos donativos, y entre ellos dos vistosas co lumnas, una de oro purificado en el crisol, otra de esmeralda que de noche en gran manera resplandecía. Entré en plática con los sacerdotes de aquel dios y preguntán doles desde cuando fue su templo erigido, hallé que tampoco iban acordes con los griegos acerca de Hércules, pues decían que aquel templo había sido fundado al mismo tiempo que la ciudad, y no conta ban menos de dos mil trescientos años desde la fundación de la primera Tiro.»
(Heródoto, II, 44)
neas, la más im portante de las cuales era, com o hem os visto, Biblos.
A la inversa, la presencia e in flu en cia egipcia en C a n a á n no se m a n i fiesta sólo en esta localidad sino tam bién en otros asentam ientos. En el yacim iento de Ay, próxim o a Jericó se h an encontrado cuencos y copas de alabastro y de piedra sim ilares a ejem plares conocidos en Egipto d u ra n te la II, la III y la IV D inastías. P or las m is mas, cerám icas procedentes de Jericó, Tell el Faráh y M eggido no son raras en las tum bas de la p rim era dinastía tinita.
A este período del Bronce Antiguo (2900-2300 a.C.) se rem onta la a p a ri ción de otra de las ciudades canan eas que aparece m encionada en los a r chivos de Ebla: Tiro que h ab ría de convertirse con el tiem po en la más fam osa de las ciudades de Fenicia. C uenta H eródoto (II, 44) que los sa cerdotes de su tem plo de M elkart, uno de los m ás fam osos del m u n d o a n ti guo, le refirieron com o la ciudad fue fu n d ad a 2300 años atrás, lo que nos sitúa en torno al 2750 a.C. Pero a falta de m ás testimonios desconocem os por entero todo lo referente a los p rim e ros m om entos de su historia, salvo que probablem ente se h allara su p ed i tad a a la hegem onía de Biblos.
H acia el 2300 a.C. una serie de d e sastres aún m uy mal conocidos que trastorn aro n a Siria y el Asia M enor afectaron a parte del territorio cana- neo incluida Biblos. Los invasores, seguram ente pastores sem inó m adas ac a m p a ro n sobre las ru in as de las ciudades destruidas sin m olestarse en reconstruirlas. Sus sepulturas colecti vas hacen p en sar en un pueblo de o r g a n iz a c ió n trib al que p o d ría estar relacionado de alguna form a con el posterior m ovim iento de las b and as am oritas. Tal vez los hurritas tuvieran tam bién algo que ver en el desenca d e n a m ie n to de esta m igración. En cu alq uier caso nuestro conocim iento de esta periodo que supuso el final de la E dad del B ronce Antiguo en la re gión es m uy p arcializado y a todas lu ces insuficiente p o r lo que sólo a lca n zam os a entrever los resultados. Los invasores, sea cual fuere su origen, trajeron la desolación a su paso in a u gurand o un lapso que alcanza su fi n a l co n los c o m ie n z o s del nu evo m ilenio.
3. El segundo milenio a.C.:
las Edades del
Bronce Medio y Reciente
F inalm ente am ain ó la tem pestad y la nueva época que conocem os com o la Edad del Bronce M edio (1900-1600) se caracterizó com o un período en el que el com ercio pacífico y la p ro spe ridad prevalecieron en el país. Ello no quiere decir que estuviera exenta de tensiones ya que coincide con la instalación de los am oritas en estos territorios y las ciudades aparecen de nuevo fortificadas, si bien experim en tan un crecim iento rápido e im po r tante que parece sugerir un notable desarrollo. Algo sim ilar se puede o b servar en el hecho de que en la costa m eridional de Siria U garit m anifieste ahora u n a facies cultural típicam ente can an ea que se superpo ne sobre la
a n te rio r p re sen cia an a tó lica . Todo parece in d icar u na fuerte expansión de la cultura fenicio-cananea duran te este período.
Igualm ente los contactos externos se re an u d an y las viejas relaciones con Egipto florecen de nuevo au n que bajo form as un tanto distintas. Los faraones del R eino M edio, superada la crisis que supuso el P rim er Período Interm edio egipcio, tom aron m edidas para asegurar sus lazos con las ciu d a des de C anaán. Biblos florecía de nue vo bajo el p ro tecto rad o in sta u ra d o p or Egipto y las tum bas de dos de sus reyes, A bishem u y su hijo Ibshem ua- bi, h an p ro p o rcio n ad o docum entos que se vinculan con los reinados de A m enem hat III y A m encm hat IV, fa raones de la XII D in astía (M ontet, 1923, 155 y 159), que destacan entre otros testim o n io s. O bjetos con los nom bres de Sesostris I, Sesostris II y A m encm hat III h an aparecido igual m ente en Ugarit que ah o ra com ercia activam ente con Egipto y otros testi m onios de esta presencia nilótica se encuentran también en Damasco, Qat- na y Beirut, entre otros. C a n a á n y Si ria qued ab an de nuevo bajo la esfera de la hegem onía egipcia que aunque respeta los poderes locales deja sentir su dom inación. Todo el territorio era re co rrid o p o r em isarios reales que hacían llegar a Egipto las riquezas del país. El relato de S inuhé corres pondien te a este período nos p ro p o r ciona u na visión m ás am plia de las condiciones de vida en el territorio cananeo:
«Un país extraño me dio otro. Partí hacia Biblos y me avecindé en Quedem, y estu ve un año y medio en ella. Ammi-enshi que era un gobernante del Alto Retenu (Lí bano) me acogió y me dijo: — Estarás bien conmigo y oirás el habla de Egipto. Esto dijo porque conocía mi personalidad, se había enterado de mi sabiduría, y la gente de Egipto que estaba con él había atesti guado por mí... Me puso al frente de sus hijos. Me casó con su hija mayor. Me per mitió que elegiera de su región, de lo mejor
que tenía en su frontera con otra región. Fue una buena tierra llamada Yaa. Había en ella higos y uvas. Tenía más vino que agua. Copiosa era su miel, abundantes sus aceitunas. Había en sus árboles toda clase de frutos. Había cebada y espalta. Carecía de límite cualquier género de ganado.»
(ANET, 19)
Del relato de Sinué, desterrado al C a n a á n septentrional, deducim os la riqueza del territorio y la alta estim a en que se tenía todo lo egipcio debido al dom inio que los faraones ejercían sobre el país. Pero otros docum entos egipcios, los llam ados «textos de exe cración» pertenecientes igualm ente a esta época p resentan u n cuadro un tanto diferente: reflejan u na situación política en C a n a á n caracterizada p or la inestabilidad en las que las distin tas ciudades-estado go bernadas p o r personajes que en m uchas ocasiones llevan nom bres am oritas parecen es tar siem pre en peligro de ebullición y de insurrección contra la autoridad de Egipto, lo que revela que la d om i nación egipcia no era absoluta. Pese a ello Sesostris III ocupó Siquem en el curso de u n a expedición m ilitar que no habría de volver a repetirse. Pero a p a rtir del reinado de A m enehat IV la presencia egipcia en Asia experim en ta una sensible regresión y los objetos procedentes del Valle del N ilo no lle gan más que a las localidades más m eridionales. Al poco tiem po Egipto se hu n d e bajo la invasión de los hic- sos, nóm adas asiáticos en cuyo itine rario C an aá n ha debido ju g ar algún papel aún no enteram ente dilucidado.
La recesión egipcia en el territorio fenicio-cananeo parece h a b e r favore cido la intensificación de las relacio nes con el ám bito sirio y m esopotám i- co. Assur florece aho ra sobre el curso m edio del Tigris y S ham shi-A dad I de Asiría alcanza en el curso de sus expediciones la costa m editerránea. Pero el poderío asirio fue efím ero y el reino de M ari se revela entonces co mo una de las principales potencias
16 A ka l Historia del M undo Antiguo
económ icas del m om ento. D o cu m en tos procedentes de los archivos de es ta localidad nos m uestran la existen cia de intensas relaciones com ercia les con Biblos y Ugarit. Esta últim a ciudad, que se ha convertido en el puerto natu ral de toda Siria, refleja u n am biente cosm opolita en el que sobre el fondo canan eo se im prim en las influencias diversas, com o aq u e llas procedentes del m u n d o hurrita, establecido en la Siria del norte, y de la m ism a Creta, testim oniando u nas relaciones de largo alcance. Por esta época Tiro debía ser ya u n a ciudad de cierta im portancia au n q u e desco nocem os p rácticam ente todo lo refe rente a ella du ran te este período (Ji- d e jia n , 1966, 13 ss). M ás al n o rte Sidón y Arvad florecían tam bién ah o ra aunque la inform ación que de ellas
poseem os es igualm ente escasa. Este período de ind epen den cia va a en c o n trar su térm ino a com ienzos del siglo XVI a.C. en que se inau gu ra la E d ad del Bronce R eciente o Tardío (1600-1200 a.C.). Al com ienzo de esta nueva etap a algu no s centros cana- neos com o Jericó, M egiddo y otros, son destruidos com o consecuencia de los disturbios que siguieron a la ex pulsión de los hicsos de Egipto. D es de ahora, con las conquistas in icia das p o r Am osis y A m enhotep (Ame- nofis) I, los faraones restablecen el p ro te c to ra d o egipcio sob re S um ur, Arvad, Beirut, Sarepta, Biblos, Tiro y Sidón, m ientras que en el su r las ciu dades can an eas que com o Jerusalem , A scalón, M egiddo, Acre y H a so r co n servan tam bién sus dinastías locales, eran vigiladas p or pequ eñ as
guarni-Fragmento de una estatuilla del dios Bas procedente del Templo de los Obeliscos en Biblos
(Siglos XIX-XVIII a.C.) Museo Nacional de Beirut
18 Aka l Historia del M undo Antiguo
c io n e s e g ip c ia s. Se c re a u n a a d m in is tra c ió n eg ip cia del te rrito rio dirigida p o r altos fu n c io n ario s que r e c ib ía n el títu lo de « c o m is io n a dos» o «enviados» al tiem po que se e s ta b le c ía n o tra s g u a rn ic io n e s re p a r tid a s en lu g ares e stra té g ic o s a lo largo del país. U no de estos cen tros de la ad m in istración egipcia era G aza.
Los docum entos egipcios de la épo ca, en p a rtic u la r las ca rta s de El- A m arn a, dejan traslu cir u n a situ a ción en la que las revueltas contra la au to rid a d del faraón no estuvieron ausentes. Así Biblos se caracterizó por su lealtad al faraón al igual que Tiro, au n q u e ésta tuvo que sufrir u na revo lución anti-egipcia que afectó incluso a destacad o s m iem bros de la casa real (Jidejian, 1969, 17). La posición de Sidón parece h ab e r sido diferente actuando en ocasiones abiertam ente contra los aliados de Egipto en la re gión, m ientras que Ugarit, en donde u n a facción anti-egipcia luchaba con tra la presencia faraónica pro v o can do un levantam iento contra la g u ar nición instalada p o r A m enhotcp II, supo g u ard ar un difícil equilibrio en tre las potencias que se d isp u ta b a n el control de la zona. Y es que Egipto no se encon traba solo en su interés por los territorios de C an aá n y de Siria. Por el contrario el estado hu rrita de M itan n i le disputaba el predom inio en la región d u ran te el siglo XV a.C. Luego, du rante el siglo siguiente, el im perio hitita sustituyó a M itan n i en su hegem onía sobre Siria establecién dose un nuevo equilibrio de fuerzas que h ab ría de d u ra r hasta la paz fir m ada du ran te el reinado de Ram ses II. En m edio de este vaivén de coali ciones Ugarit se las arregló p ara h a cer a am bas potencias sim ilares de claraciones de lealtad y perm an ecer en un difícil equilibrio que le p erm i tió intensificar su tráfico com ercial con otros puertos fenicio-cananeos, com o Biblos, Tiro, Acre o A scalón, con C ilicia, C hipre y C reta, adem ás
de las grandes potencias entre cuyo juego se hallaba, lo que le perm itió increm en tar ex traordinariam en te sus riquezas y ac en tu ar su carácter cos m opolita.
Frecuentemente los m onarcas y prín cipes de los pequeños estados cana- neos d isp u tab an y rivalizab an entre sí, lo que obligaba a m enudo a solici tar la intervención egipcia a su favor y en contra de sus enemigos. Esta la tente inestabilidad in terna podía fa vorecer en un principio los intereses de Egipto pero con el tiem po term inó p o r volverse en su contra, a m edida que el aum ento del p od er hitita y el paralelo declive de la posición egip cia fom entaba en C a n a á n la rivali dad entre estos poderes locales, d e seosos algunos de sustraerse al peso de la adm inistració n egipcia. De este m odo los faraones de la XIX D inastía que in ten tab an re la n zar la d o m in a ción egipcia en Asia tuvieron que h a cer frente a una serie de estados rebel des. Ya Sethi I se vio obligado a com b a t i r u n a c o a lic ió n d e p rín c ip e s ca n an eo s av a n zan d o h asta Q adesh en litigio con el país de A m urru situa do bajo la órbita de influencia hitita, y que ya anteriorm ente h ab ía provo cado disturb ios y defecciones entre las im portantes ciudades de la costa. En aquella ocasión Biblos, Beirut, Si dón y S uinur resultaron afectadas lo que h ab ía hecho necesaria la in ter vención del faraón —A m enhotep IV (A kenaton)— y sus ejércitos. Luego la XVIII D inastía se h ab ía h u n d id o en el m arasm o y ahora Egipto in ten tab a sacudirse su entum ecim iento y resta blecer la soberanía perdida. Ram ses II fue el encargado de en derezar la si tuación m ediante u n a serie de cam p añ as que precedieron a la paz fir m ada en 1284 a.C. con H attusil III que p or entonces gobernaba el im pe rio hitita. D u ran te un tiem po el terri torio disfrutaría de una calm a relati va pero nuevas am en azas y presagios som bríos ac ech a b an desde el h o ri zonte.
«... El buen dios, de brazo poderoso, heroico y valiente como Montu; rico en cautivos, que sabe como poner la mano y está alerta donde está, hablando con su boca, obrando con sus manos, valiente jefe del ejército, valeroso guerrero en el mismo corazón del combate; terrible en el com bate, penetró en un tropel de asiáticos, hacien do que se postrasen, y así aplastó a los prínci pes de Retenu y entró en las propias fronteras del que se opone a su camino. Es el que obligó a retroceder a los príncipes de Jaru (Siria), que se habían mostrado jactanciosos con sus bocas. Ahora los príncipes de todos los países extran jeros de los confines de la tierra dicen: ‘¿Adon de iremos?'. Y pasan la noche diciendo: ‘¡Mirad, mirad en sus corazones!, la fuerza de su padre Amón le concedió osadía y victoria’.»
(Campaña de Seti I en Canaán: ANET, 253)
«A Milki-ilu, príncipe de Gezer, así dice el rey: Te envío esta carta para decirte: He aquí que te envío a Janya, el lugarteniente de los arqueros, con mercancías para conseguir concubinas her mosas, tejedoras, plata, oro, vestidos, piedras preciosas, sillas de ébano, así como toda clase de cosas buenas; en un total de 160. En suma, cuarenta concubinas: el precio de cada concu bina es cuarenta (sidos) de plata. Por tanto envíame concubinas muy hermosas y sin defec to. Y además te dice el rey tú señor: Esto es bueno. Para ti se ha decretado la vida. Sabe que el rey está bien, como el dios sol. Sus tropas, sus carros, sus caballos, están muy bien. He aquí que el dios Amón ha puesto el País Alto, el País Bajo, el sol levante y el sol poniente, debajo de los pies del rey.»
(Carta del archivo de Tell el-Amarnah, en la que el faraón se dirige a su súbdito, el príncipe de Gezer, al que pide que cambie una serie de mercancías por esclavas concubinas para el harén real,
RA, XIX, p. 125-36)
«Al rey, mi señor y mi dios Sol, dice: Así Biridiya, el leal siervo del rey. A los dos pies del rey, mi señor y mi dios Sol, siete veces y siete veces caigo. Sepa el rey que desde que los arqueros se marcharon, Labayu lleva a cabo hostilidades contra mí, y que no podemos trasquilar la lana, y que no podemos pasar de la puerta en pre sencia de Labayu, desde que supo que no nos has dado arqueros; y ahora se dispone a tomar Megiddo en persona, pero el rey protegerá su ciudad para que Labayu no se apodere de ella. En verdad, la ciudad es destruida por la muerte
a consecuencia de la plaga pestilente. Conceda el rey cien tropas de guarnición para guardar la ciudad, a fin de que Labayu no la tome. Cierta mente no hay otro propósito en Labayu. Intenta destruir Megiddo.
(Carta del archivo de Tell el-Amarnah en la que Biridiya, príncipe de Megiddo se queja ante el faraón del acoso de su vecino Labayu, príncipe de Siquem,
EA, n° 244)
«Al rey, mi señor, mi dios Sol, mi panteón, dice: Así Shuwardata, tu siervo, siervo del rey y el polvo bajo sus dos pies, el suelo que tú pisas. A los pies del rey, mi señor, el dios Sol del cielo, siete veces, siete veces caigo, tanto postrado como supino. Sepa el rey, mi señor, que el jefe de los apiruse ha levantado en armar contra las tierras que el dios del rey, mi señor, me dio; pero le he castigado. Sepa también el rey, mi señor, que todos mis hermanos me han aban donado, y que yo y Abduheba luchamos contra el jefe de los apiru. Y Zurata, príncipe de Acre, e Indaruta, príncipe de Akshaf, fueron los que se apresuraron con cincuenta carros de guerra —pues yo había sido robado por los apiru—, en mi socorro; pero he aquí que luchan ahora con tra mí; por consiguiente, tenga a bien el rey, mi señor, enviarme a Yanhamu, y guerrearemos con diligencia, y vuelvan las tierras del rey, mi señor, a sus límites anteriores.
(Carta del archivo de Tell el-Amarnah que revela la situación de la época: Shuwardata, príncipe de Hebrón, y Abduheba, príncipe de Jerusalem se coaligan contra los poderosos apiru, mientras que antiguos aliados son ahora enemigos, RA, XIX, p. 106)
«Todos los asiáticos de Biblos, de Ullaza, de ly- anaq, de Moab, de lymuaru, de Qehermu, de Rehob, de Yarimuta, de Inhia, de Aqhi, de Arqa- ta, de Yarimuta, de Betsan, de Ascalón, de Demitiu, de Mutilu, de Jerusalem, de Ahmut, de lahenu y de lysipi; sus hombres fuertes, sus veloces corredores, sus aliados, sus asociados y los vecinos de Asia; que puedan rebelarse, que puedan conspirar, que puedan luchar, que puedan hablar de luchar o que puedan hablar de recelarse en toda esta tierra.»
(Fragmento de un texto egipcio de execración del Imperio Medio, por el que se ejercía la magia maldiciendo a los enemigos auténticos o posibles, ANET, 328)
20 A ka l Historia d e l M undo Antiguo
4. La economía y
la sociedad durante la
Edad del Bronce
N uestro conocim iento de la vida eco nóm ica y social de C a n a á n du ran te la E dad del Bronce es m uy pobre. Las fuentes son escasas y apenas cubren determinados períodos quedando otros c o m p letam en te vacíos de in fo rm a ción. Así bien poco es lo que sabem os del período que d eno m inam os B ron ce Antiguo si bien podem os entrever u na cierta diferenciación entre el sur y el norte del país, pareciendo este úl tim o m ás rico y m ás p o b lad o . De igual forma, apoyándonos sobre al gunos pocos datos dispersos proce dentes de las excavaciones de Biblos o de los archivos de E bla podem os aventurar que la o rganización de las com unidades cananeas u rb a n iz ad as no debía diferir m ucho de aquellas otras que conocem os en Siria y M eso potam ia. La actividad económ ica se encontrab a sin duda regida p o r un sistem a de tipo palaciego que ce n tra lizaba el excedente de la producción agrícola y m anufacturera, m uy desa rrollada ya com o se observa en la ce rám ica, para h acer frente a las diver sas necesidades del Estado.
N uestra com prensión acerca de la econom ía y la sociedad m ejora un tanto a p artir del II m ilenio a.C. debi do a un m ayor acopio docum ental, y sobre todo para el período que lla m a mos Bronce Reciente o Tardío ilu m i nado p o r los textos procedentes de U garit y las cartas de E l-A m arna. A com ienzos del B ronce M edio, d es pués de la interrupción o casionada p o r la instalación de poblaciones n ó m adas o sem inóm adas en la región, se aprecia en general u n rápido creci m iento de las ciudades, lo que p odría interpretarse com o u n signo de p ro s peridad, aun que tal vez p u d iera tam bién pensarse en cierta in estabilidad que afectara al ám bito rural debido a la presencia de las b an d a s am oritas.
E n cu a lq u ie r caso am bas cosas no son excluyentes y otros datos a p u n tan en dirección a un despegue eco nóm ico: tal es el caso del desarrollo técnico que se observa en la m etalur gia y en la cerám ica. Este d esp ertar de la actividad económ ica después del lapso que separa el B ronce Antiguo del Bronce M edio p ud o h ab e r sido posteriorm ente favorecido cu an d o la independen cia llega a C a n a á n al ser invadido Egipto p o r los hicsos. Todo parece ind icar que el auge de la acti vidad económ ica d u ran te este perío do sentó las bases del im p ortan te de sarrollo cultural atestiguado du rante la siguiente fase o E dad del Bronce Reciente.
La explotación de la riqueza m ad e rera de los m ontes del L íb ano co nsti tuía uno de los pilares básicos de la econom ía cananeo-fenicia al m enos en aquellos lugares en que tal riqueza re su ltara asequible. El otro co rres p o n d ía al com ercio que los p rin c ip a les puertos com o Biblos y U garit rea lizab a n en todas direcciones: C reta, C hipre, Siria del norte, C ilia, M eso potam ia y Egipto recibían a través de ellos las riquezas del país y los p ro ductos de su artesanía. Las m an u fa c turas se en c o n trab an m uy desarro lla das y existían in d u stria s altam en te especializadas com o las de la talla de m arfil, la de productos textiles y la de tin tu ra s de p ú rp u ra. Los artesan o s tran sm itían su oficio de padres a h i jos y se en c o n trab an agrupados en corporaciones profesionales de a lb a ñiles, alfareros, herreros, curtidores, tejedores, etc., sem ejantes a guildas o gremios y situados co m ú nm en te bajo la autoridad del palacio o de u n tem plo. De éstos recibían la m ateria p ri ma necesaria y a los m ism os deb ían de h acer entrega del prod ucto final m an u fa ctu rad o . La ca lid a d técnica a lc a n z a d a fue m u y g ra n d e co m o re v e la n los m a rf ile s e n c o n tr a d o s en U g a rit y M eg id d o . L a a g ric u l tura fue igualm ente p rósp era com o se advierte en los testim onios
bíbli-Cabeza femenina procedente de Ugarit (Siglo XIV)
2 2 Aka! Historia del M undo Antiguo
cos acerca de la tierra de C an aa n :
«Ahora, Yahvé, tu Dios, va a introducirte en una buena tierra, tierra de torrentes, de fuentes, de aguas profundas, que brotan en los valles y en los montes; tierra de tri go, de cebada, de viñas, de higueras, de granados: tierra de olivos, de aceite y de miel; tierra donde comerás tu pan en abun dancia y no carecerás de nada...»
(Deuteronomio, 8, 8)
El ap ro v ech a m ie n to agrícola era intensivo. Las laderas de las colinas estaban p reparad as con pretiles y te rrazas para evitar que las lluvias arras trasen la tierra m onte abajo. A finales del otoño, cuando las grandes lluvias h ab ían caído, se in iciab an el laboreo y la siem bra. D esde abril se cosecha ba la cebada y el trigo se recogía en m ayo o junio. Los frutos de las vides m ad u ra b an a p artir de ju lio pero la vendim ia no se realizaba hasta llega do septiem bre. Al igual que en otros países m editerráneos las hortalizas y los cultivos arbóreos eran preferentes del entorno rural de las ciudades. En estas cam piñas los pequeños y m e d ian o s p ro p ieta rio s tra b a ja b a n sus tierras que se co m ponían p o r lo gene ral de un huerto, u n a viña y u n olivar, realizándose la transform ación de los productos que p ro p o rcio n ab an en la m ism a explotación que co n stab a n de las instalaciones adecuadas. M uy im portante era la ganad ería de la que se o btenían productos básicos com o la leche de las cabras y la excelente lan a de las ovejas. La ap icu ltura debió de ser igualm ente im portante y los textos bíblicos celebran con frecuencia la ab u n d a n cia de la tierra c a n an ca de la que « m an an leche y miel».
El contorno u rb a n o se encon trab a d om in ad o p o r las grandes co nstruc ciones de los palacios y los templos. La acrópolis a m u ra lla d a se alza b a sobre el paisaje de la ciudad que se encontrab a protegida p or la existen cia de un recinto exterior. Las fortifi caciones, en un p rin cip io de tierra apiso n ad a, fueron sustituidas luego
p o r m uros de p ied ra , com o en Si- quem o Jericó, levantados sobre ci m ientos de factura ciclópea. La ciu d ad fo rm a b a u n a u n id a d po lítica, económ ica y social sobre un territorio circundante que adm inistrab a. Aquél de Ugarit no era m uy extenso p o r lo que debem os p en sa r que sus riquezas obedecían sobre todo al tráfico co m ercial que controlaba. En el sur de C an aá n las ciudades d ep en d ían más del aprovecham iento de su entorno agrícola y de su situación geopolítica que del tránsito de m ercancías a gran escala. En los espacios interm edios de las ciudades vagaban poblaciones sem inóm adas de configuración m uy inestable. De entre los sem inóm adas que m erodeaban en el C a n a á n m eri dional surgieron, al parecer, algunos grupos que pen etraro n en Egipto for m ando parte de la m igración de los hiesos. P o ste rio rm en te e n c o n tra re mos en este m ism o ám bito a otros m erodeadores, los hapiru, sobre cuyos orígenes subsisten m uchas in cóg ni tas, y que actu aro n com o un factor m uy im portante de inestabilid ad en la zona. D urante el B ronce Reciente hallam os a m enudo a estas b andas reco rriendo los territorios entre las ciudades, em pleándose com o m erce narios de sus príncipes y p artic ip a n do de esta form a en los conflictos que enfrentaban a los poderes locales. En época de A nienhotep IV, coincid ien do con un d ebilitam iento de la d o m i nación egipcia en la zona, los hapiru llegaron a ap oderarse de centros im p o rta n te s co m o G e zer, A sk a ló n y Lakish.
Desde u na perspectiva étnica cabe destacar en la región la existencia de un sustrato de origen h urrita, m ucho m ás fuerte en el C a n a á n septentrio nal, y de elem entos de procedencia in d o iran ia que en algunos lugares lle garon a establecerse en el poder. C u l turalm en te fueron sin em bargo a b sorbidos p o r el sustrato sem ita occi dental precedente y así tanto la lengua com o la religión se m antuv ieron
ca-naneas. En realidad se puede afirm ar que durante el Bronce M edio y Re ciente pese a la m ultiplicidad de con tactos e influencias y a la presencia de elem entos étnicos foráneos, el m o do de contacto político-diplom ático, de la circulación com ercial y tecnoló gica, de la presencia extranjera, e in cluso la form a de intervención m ilitar no atacaron en p ro fu n d id ad la cultu ra local, si bien las capas sociales su periores, como en ocasiones suele ocu rrir en estos casos, se m ostraron sus tan cialm en te m ás perm eables a las influencias procedentes del exterior (Liverani, 1983, 518).
Los archivos de Ugarit nos p erm i ten hacernos u n a idea aproxim ada de la organización social, au n q u e igno ram os si puede ser extendida al co n ju n to del país. En cu alquier caso p a rece lógico sup oner que no diferiría m ucho de la de otros centros com er ciales m encionados en los docu m en tos egipcios com o Arvad, Sum ur, Bi blos, Beirut, Sidón, Tiro y Acre. La cúspide de la pirám ide social estaba integ rad a p o r u n a aristo cracia que constituía el eje m ilitar y ad m in istra tivo de la m o n a rq u ía . E n tre estos aristó cratas —m arya nnu— no eran raros los individuos aculturados de origen in do iran io que según parece introdujeron el caballo com o anim al de tiro de los carros de com bate. D u rante el período de la dom inación de Egipto el poder del m onarca era a b soluto en cuestiones de política in te rior, pero de cara a la adm inistración egipcia no era más que un subalterno del gobern ador de C a n a á n con resi dencia en G aza p or lo que frecuente m en te re c ib ía el títu lo de h azanu («alcalde»). La clase m edia estab a constituida p o r los purina p ro p ieta rios de tierras que vivían com o cam pesinos y artesanos y los tamkara d e dicados a las actividades com erciales. Los sabe name form aban la población cam pesina sin tierras y p o d ían tra b a ja r en los latifundios o en los palacios reales. Los siervos —hupshe—, los
esclavos y los prisioneros de guerra —ashiru— com p on ían los estratos no libres de la población. E n las ciu d a des com erciales el desarrollo del d e recho de corte individualista co n d i cion ado p or el com ercio tendió sin d uda a disolver las viejas form as de la o rg a n iz a c ió n fa m ilia r ex ten sa con base patrim onial, todavía fuertes en las áreas rurales y en el C a n a á n m eri dional, y a eq u ip arar la situación de la m ujer con la del hom bre. La p o b la ción libre se en con trab a som etida a servicios y p re sta c io n e s al E stad o m uchas de ellas de carácter m ilitar. E ntre la aristocracia el servicio se en contraba determ inado p o r la función ad m in istrativ a o co rtesan a que d e sem peñaban , al tiem po que p artici p a b a n en el ejército com o expertos conductores de carros. Los artesanos estaban igualm ente obligados a un servicio profesional —pilku— de acuer do con su especialización. En co n tra partida unos y otros recibían tierras del m onarca sobre cuya explotación deb ían satisfacer d eterm in ad as tasas. En ocasiones las tierras concedidas p o r el rey estaban exentas de servicios y se convertían en bienes p atrim o n ia les con los que se recom pensaba el trabajo de funcionarios distinguidos y eficaces. La prom oción profesional era un hecho y el m ism o rey, que p ro movía a los m ás aptos a los p u es tos de responsabilidad, podía conce der la nobleza h ereditaria a uno de sus vasallos com o recom pensa a sus servicios.
5. El final de la
Edad del Bronce
Los últim os m om entos de la E d ad del B ronce se van a ver sacudidos p or una serie de acontecimientos que trans form arán en p ro fu n d id ad la fisono m ía del país fe n ic io -can a n eo . Las grandes ciudades y puertos de com er cio que hasta ah ora h a b ía n gozado de u na prosperidad sin parang ón , co
24 A ka l Historia d e l M undo Antiguo
m o Biblos y Ugarit, e n tra rá n en deca dencia o desaparecerán, siendo susti tuidas por otras que —es el caso de T iro y S id ó n — no h a b ía n poseído hasta el m om ento m ás que u n a im portancia secundaria. Al m ism o tiem po parte del territorio ca n an eo será ocupado por nuevas poblaciones lo que p ro d u cirá u n a reducción apre- ciable del mismo.
H acia m ediados del siglo X III a.C., los israelitas, en éxodo desde Egipto de donde salieron en época de R am - sés II, com ienzan a instalarse en la m itad m eridional de C an aán . Se tra taba de u n contingente de nóm adas, en contra de lo que se cree, bastante heterogéneo, carentes de u n a org an i zación m ilitar eficaz y desprovistos de carros de guerra y m áq u in as de si tio, p o r lo que no eran capaces de com b atir en la llanura, donde los ca rros contrarios les h a b ría n a n iq u ila do, ni de apoderarse de las ciudades fenicio-cananeas bien defendidas por sus m urallas. Su b aza rad icab a en las in cu rsio n es y los ataq u e s so rp re sa contra poblaciones, y la tom a de ciu dades, com o Jericó, fue realm ente es casa. A ún así se vieron favorecidos p o r la fragm entación política de que h ac ía n gala los cananeos, divididos y a m enudo enemistados unos con otros, lo que en su m om ento h ab ía favoreci do tam bién los intereses de la do m i nació n egipcia y h ab ía sido incluso alentado p or los m ism os faraones. De este m odo se apo d eraro n de las regio nes escarpadas del in terio r disem i n ándose en territorios distantes sep a rados p o r poblaciones fenicio-cana neas. Así llegaron a asentarse al este del Jo rd án en las regiones de Jericó y Siquem en donde en b u en a parte se asim ilaron con la p o blación local.
Pero otra catástrofe m ucho m ás te rrible se cernía sobre C a n a á n que sal dría profundam en te tran sfo rm ad o de la p rueba. Los « P ueblos del M ar» a v a n z a n d o en d ire c c ió n n o rte -s u r h a b ía n provocado ya la caída del im perio hitita y se p re p a ra b a n p a ra su
acom etida a Egipto. La am enaza era m uy seria y el dram atism o de la situa ción se refleja perfectam ente en las cartas de los archivos de U garit que d an noticias de la p ro xim idad de b a r cos y del desem barco de fuerzas ene migas. La oleada arrasó Ugarit, que no volvería a ser reconstruida, destru yó parcialm en te Tiro y en el sur del país G aza, A scalón, Asdod, y Ekron, entre otras, fueron ocupadas p o r u n a nueva población: los peleset o filisteos que d aría n su nom bre a la región. A l gunas de las ciudades que h a b ía n es cap ad o de la m ag nitud del desastre fueron afectadas secundariam ente co m o Sidón, que sufrió los ataques de los filisteos asentados en A scalón p e ro que aún así se en co n trab a en co n d iciones de re p o b la r T iro (Justino, XVIII, 3, 5; Josefo, An. Jud., VIII, 62) que se fortificó sobre el islote que j u n to a la costa o cup ab a (Josué, XIX, 29; II Sam uel, XXIV, 7). Otros pueblos em parentados tam b ién con los in v a sores parecen haberse establecido en la zona, según se ve en el relato de W en-Am on, fu ncio nario del tem plo de A m ón en K arn ak enviado a Biblos en busca de m adera p ara la barca ce rem onial del dios en tiem pos de los com ienzos de la XXI D inastía egipcia, y que m enciona el p uerto de D o r ocu p ad o p o r los piratas tjeker (ANET, 26). Luego llegarían los aram eos, m ez clándose en parte con la po blación del país y enriqueciendo la lengua fe nicia con sus propias aportaciones.
C om o resultado de todas estas vio lentas m igraciones tan sólo la franja costera central del territorio fenicio- c a n an eo conservó u n a virtual in d e pendencia. En el su r los filisteos, que h a b ía n suplan tad o a la p ob lació n lo cal que tuvo que retirarse, y que se distinguían a diferencia de los cana- neos p o r realizar acciones con certa das desde sus centros fortificados, lo que les dab a m uch a m ás fuerza, ch o caron con los israelitas en torno a fi nales del siglo XI a.C. Estos, au n qu e consolidados, p erm an ecían
cultural-Fenicia
• Ugarit (Ras Sham ra)
Alepo
CHIPRE
• Shukshan
(Tell Suqas) • H am a • Kltlon
MAR MED ITER R AN EO
ARVAD - (Ruad) # A m rjt
• Qadesh • Ribleh
Tripoli.
■ •K a W M0NTES DEL LIBANO •••Hilda'
Biblos* Λ
/ fff/ff/f/i, «BaalbekB eirut·
/ «Kamlt (Kamed el-Loz)
Wffÿ !W Ain Ydlal· * ; Sldón · * Kafar Djarra S a r e p ta · K h a ra y e b · T ir o · Oum el-A m ad Δ M T. HERMON • Damasco Hazor Acre · R. Kishon . Nazareth Δ · M T. CARMELO Dor · e M egiddo c / J a ffa · A s c a ló n · Sam arla Jerlcó Jerusalén G a z a ·
26 Aka l Historia del M undo Antiguo
m ente m arginados en un m edio pre d om inantem ente fenicio, si bien des de un p un to de vista político extensas zonas com enzaron a escapar al con trol cananeo. El norte aparecía des vastado: U garit y la m ás septentrional A lalah, próxim a a la desem bocadura del O rontes, h ab ían desaparecido p a ra siem pre. Fue la extinción de estos im portantes centros de com ercio, el uno fenicio-cananeo al m enos cu ltu ralm ente, el otro sirio, lo que determ i nó el auge de otras ciudades que h a s ta entonces h a b ía n p erm anecido en un segundo plan o u n a vez que el tem poral desencadenado p o r los «P u e blos del M ar» perdió fuerza. D urante un tiem po, que nos es difícil precisar, las co m u n icacio n es p erm a n ecie ro n colapsadas en el M editerráneo O rien tal, lo que no favorecía precisam ente las expectativas de aquéllos que tra d i cio n alm en te h a b ía n vivido del co mercio. Pero luego la calm a llegó y con ella u n d esp ertar económ ico y cultural que llevaría la historia de Fe nicia hasta unas alturas hasta en to n ces jam ás alcanzadas.
6. La Primera
Edad del Hierro
D urante el período que sigue a la tre m enda crisis ocasionada p o r las in v a siones de los Pueblos del M ar asisti m os a la con catenación de una serie de factores que perm itieron una p ro n ta recuperación y un rápido desarro llo del m undo fenicio, au n q u e tcrrito- rialm en te éste se e n c o n tra ra a h o ra m erm ado. El prim ero de ellos fue la desaparición, caso que afectó p artic u larm ente a los hititas, o el deb ilita m iento, com o ocurrió con los egip cios, de los im perios circ u n d an tes. Esto no podía sino favorecer las ex pectativas de autonom ía en la región. O tro fue el hu n d im ien to de la civili zación m icénica que d u ra n te los ú lti mos siglos XIV y X III a.C. h ab ía ejer cido una auténtica talasocracia sobre
el M editerráneo O riental p enetrand o ta m b ié n en d irec ció n a O c cid en te hasta alcan zar las costas m ás aleja das de Italia. F in alm en te factores de índole interna estim ularon este p ro ceso. A unque a com ienzos del siglo XI a.C. los ejércitos de T iglat-P ilaser I de Asiria h a b ía n im puesto tributo a las ciudades de Biblos, Sidón y Arvad el acontecim iento no volvió a repetir se hasta unos dos siglos m ás tarde p o r lo que los fenicios disfrutaron de u n a etapa prolon gad a que se caracte rizó p o r la ausencia de injerencias procedentes del exterior.
En el plan o interno es necesario re saltar la presencia de u n a serie de fe nóm enos que iban a co nd icio nar en gran m edida el inm ediato desarrollo de la historia de este pueblo. D ebe m os in sistir en p rim e r lu g ar en la existencia de un increm ento dem o g ráfico n o ta b le fav o recid o p o r las condiciones generales de paz y que se percibe en el crecim iento en altura que experim entan las ciudades debi do al costreñim iento u rb a n o co n d i cionado por las lim itaciones topo grá ficas, y en la práctica de sacrificios
molok en los que niños de corta edad
o recién nacidos eran inm olados co mo víctim as propiciatorias a las divi nid ad es tutelares en respuesta a la presión dem ográfica y com o u n a for m a de infanticid io encubierto. H ay pocas dudas respecto a lo prim ero: los relieves asirios nos m uestran este rasgo peculiar de las ciudades feni cias en el que tam b ién insisten las tradiciones clásicas (E strabón, XVI, 2, 23). Y en lo que se refiere al m olok, au n q u e se discute sobre el grado de su frecuencia, nadie parece dispuesto a negar su existencia entre los feni cios de este período que lo tran sm iti rían a sus sucesores que co lonizaron el M editerráneo. Pues parece lógico co n sid erar que la evidente difusión del molok entre los posteriores feni cios occidentales de tiem pos de la co lonización obedece a u n a herencia de sus antecesores orientales. D e
cual-quier form a, hay suficientes razones de o rd en histórico y antropológico que perm iten afirm ar que entre las sociedades prim itivas y arcaicas los aspectos rituales y religiosos de tales prácticas no hacen sino en m ascarar una realidad m ucho m ás cruda, d e term in ad a p o r las repercusiones psi cológicas del infanticidio no d eclara do com o única form a eficaz de lim i ta r lo s efe c to s de u n im p o r ta n te ascenso de la curva dem ográfica. Y ya que com únm ente la práctica del
moíok h a sido utilizada desde la m is
ma A ntigüedad p ara denigrar el c a rácter del pueblo fenicio se hace n e cesario, a fin de conseguir u n a visión m ás objetiva y no viciada p or p re ju i cios de tipo ético y m oral, decir algo en su defensa.
Los fenicios no fueron los únicos que practicaron con m ayor o m en or regularidad una form a de infantici dio encubierto en el m u n d o antiguo, sacralizada en este caso bajo el as pecto de u n cerem onial religioso. Las culturas que p o blaron el M editerrá neo durante la A ntigüedad, con los condicionam ientos socio-económ icos im p erantes y las p rácticas sexuales adm itidas, no escaparon a esta trági ca suerte bajo la presión de las tensio nes reproductivas, y existen elem en tos de juicio m ás que suficientes para sospechar que el infanticidio, en cu bierto o no, fue una práctica relativa m ente frecuente en am bas m árgenes del M editerráneo. De esta form a «un niño venido al m und o en C artago no corría prácticam ente m ás peligro de ser quem ado en el fuego del m oíok, que un pequeño de A tenas o de R o m a de ser ab a n d o n ad o en u n a esqu i na de la calle, sobre un m ontón de in m undicias, a m erced de las bestias o de un m ercader de esclavos que, en el m ejor de los casos, le vendría quizá a recoger» (Picard, 1958, 152). A dem ás, etnólogos y antropólogos h an puesto de m anifiesto com o la m ayor parte de las sociedades y culturas pre-indus- triales se deshacen de u na u otra for
m a de aquellos hijos no deseados, ge n eralm ente m ediante algún tipo de infanticidio encubierto con lo que se intenta lim itar las im plicaciones con- d u c tu a le s y p sico ló g icas q ue tales prácticas im plican.
Volviendo a la tem ática que nos ocupa, debem os insistir ah o ra en la presencia de otro rasgo propio de la evolución in terna de Fenicia du rante este período. Se trata de un notable deterioro del m edio am biente con re percusiones especialm ente graves en la productividad agrícola y que viene a sum arse al ya indicado crecim iento dem ográfico. Este deterioro am b ien tal, o si se prefiere, ecológico, arran ca de un proceso de desforestación m uy acusado sobre el que inciden diversas causas. Por un lado la explotación de la riqueza forestal de los m ontes del L íbano, que iniciada en fechas m uy antiguas se m antiene com o una co ns tante a lo largo de dos milenios (Brown, 1969, 175 ss.). A ello se añ a d e el apro vecham iento de la m adera en m a n u facturas com o la fabricación de vi drio, la cerám ica, la m etalurgia y la extracción de púrpura. Y no se debe olvidar tam poco los efectos p ro d u ci dos p or la g anadería ya que de u n a parte los pastores estab an tam b ién interesados en talar los bosques para a m p liar su zona de pastos, m ientras que las fronteras políticas y las b a rre ras geográficas forzaron a p racticar un sem inom adism o estacional en un territorio excesivam ente lim itado, con lo que la vegetación qued aba expues ta a u n peligroso sobrepastoreo y se agudizaba la com petencia entre agri cultores y pastores p o r la explotación de los m ism os suelos. C om o conse cuencia de la com b in ació n de todos estos factores, la desforestación, cada vez m ás avanzada, p riv aba a los sue los de su cubierta vegetal, expon ién dolo de esta form a a la acción de los agentes erosivos, esp ecialm en te las lluvias que arrastra n las capas super ficiales de las tierras altas. La d esap a rición progresiva de los bosques in ci