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La vida económica y social durante la Edad del H ier ro

In document Carlos G. Wagner - LOS FENICIOS (página 50-57)

Edad del Hierro

El m otor de la econom ía fenicia d u ­ rante este período fue la intensa acti­ vidad com ercial desarrollada en m u­ ch as direccion es. E n E zcquiel (27,

12-26) encontram os u na lista de los productos con que com erciaban los fenicios: plata, hierro, estaño y plom o procedentes de Tarsis; esclavos y ob­ jetos de bronce de Javán (Jonia), Tu­ bal (Cilicia) y Mesec (Frigia); colm i­ llos de m arfil y ébano procedentes de las islas; m alaquita, púrpura, recam a­ dos, lino coral y rubíes de Edom ; tri­ go, perfum es, miel, aceite y bálsam os de Judá e Israel; vinos y lan as de Si­ ria; corderos, carneros y m achos ca­ bríos procedentes de A rabia; vestidos preciosos, m antos de jacin to recam a­ do, tapices, arom as, piedras preciosas y oro de otros lugares de Asia, se en ­ cu en tran entre las m ercancías citadas p o r el profeta. Se puede decir que el com ercio fenicio operaba ahora a es­ cala casi m undial a través de los en ­ claves y asentam ientos surgidos en el m arco de la colonización m editerrá­ nea. C on ello los puertos de Fenicia adquirieron una im p ortancia extraor­ d inaria que llevaría a incentivar co­ mo se ha visto, las apetencias de los im perios vecinos. F ue el im portante increm ento del tráfico com ercial que co ntrolab an lo que llevó a convertir­ les en factores políticos de prim er o r­ den y com o tal, caer bajo el p unto de m ira del expansionism o asirio. b a b i­ lonio y persa. De esta form a el creci­ m iento de la actividad com ercial, que respondía al tipo de com ercio d en o ­ m inado administrativo, desarrollado a

través de canales e instituciones ofi­ ciales y sustentado sobre la base de una am plia actividad diplom ática di­ rigida a establecer las debidas g aran ­ tías recíprocas, al m ism o tiem po que situaba a las ciudades fenicias bajo la dependencia de los poderes políticos dom inantes de su entorno, les asegu­ raba tam bién u n a form a de trato es­ pecial que g aran tizab a u na cierta au ­ tonom ía —ya que no era conveniente d e s tru ir ta n p o d e ro s a s fu en tes de beneficios— salvo en ocasiones de re­ beldía en co n ad a y m anifiesta (Reve- re, 1976).

Todo este tráfico d escansab a sobre u na especializada in du stria de m a n u ­ facturas en torno a la producción de u na extensa gam a de variados artícu­ los: m uebles y objetos de ebanistería, vestidos de lan a y lino teñidos con su fam osa p ú rp u ra, estatuillas y cuencos decorados en bronce, platos, fuentes y jarro s de bronce y plata, collares, pu l­ seras, pendientes, colgantes y otros objetos de orfebrería en m etales no ­ bles, vidriados, m arfiles decorados y cerám icas eran producidos en los ta­ lleres fenicios, cuyos artesanos, que transm itían su oficio p o r tradición fa­ m iliar, se h a lla b a n reunidos en cor­ poraciones profesionales bajo la au ­ toridad de un gran m aestro. Si bien durante la Edad del B ronce m uchas de estas corporaciones con sus m iem ­ bros estab an som etidas a una dep en­ dencia directa del palacio y eran in ­ cluso deno m inados com o «hom bres del rey», el declive del sistem a de o r­ ganización palacia· tras las invasio­ nes de los «Pueblos del M ar» y la ex­ tensión de los principios del derecho individualista que aco m p añ ó al au ­ ge de las actividades com erciales fa­ voreció sin duda u n a m ayor au to no ­ mía de estas corporaciones profesio­ nales, al parecer m uy sem ejantes a las que encontram os en otros lugares del Próxim o Oriente.

Las m aterias p rim as de que se n u ­ tría toda esta actividad m an ufacture­ ra provenían en parte del propio país

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fenicio y en parte eran apo rtad as p or el comercio. La m adera de cedro y de abeto se p o d ía aú n o b ten er de los bosques del L íbano, au n q u e en me­ n or cuantía debido a lo av a nzado del proceso de desforestación, y la p ú rp u ­ ra se extraía del m úrice m uy a b u n ­ dante en todo el litoral. L a p asta de vidrio tam bién obedecía a un abaste­ cim iento local m ientras que el cobre procedía sobre todo de C hipre, el oro y la p lata de E tiopía y el Asia M enor, a u n q u e tam b ién los recib ían de la P en ín su la Ib érica (Tartessos) ju n to con el hierro y el ap reciado estaño de O c cid en te, y el m a rfil se o b te ­ n ía de la I n d ia a trav é s del M a r Rojo, o de Africa a través de Egip­ to, C artago y las restantes colonias africanas.

La agricultura, au n q u e p rósp era en cuanto a técnicas y cultivos se refiere, se vio perjudicad a p o r la am plia des­ forestación del territorio, la com pe­ tencia ganadera y las devastaciones asirías. A dem ás, tras las invasiones de los «Pueblos del M ar» el territorio de Fenicia se h abía visto con sid era­ blem ente reducido y la franja costera central no podía p ro p o rcio n ar los re­ cursos suficientes p ara u n a población en aum ento. La respuesta adaptativa estribó, com o vimos, en el desarrollo del com ercio y las m anu factu ras que perm itía obtener del exterior el ap ro ­ visionam iento suplem entario necesi­ tado. En este sentido, p o r las co n d i­ ciones que las rodeaban, las ciudades fenicias no diferían esencialm ente de las de otros países m editerráneos co­ m o G recia o Italia.

Estam os m uy m al inform ados en lo que a la organización social del m undo fenicio se refiere. La fam ilia, de tipo patriarcal, se fu n d am en tab a en el m atrim onio m onógam o, y en el ám bito colonial m editerráneo no p a­ recen h ab e r existido m uchos pro b le­ m as en torno a los enlaces m ixtos en­ tre m iem bros de etnias diferentes. La p rofund ización en el derecho de cor­ te individualista com o consecuencia

CASSITER ID ES

A

p. Guadalquivir

de la expansión de las actividades co­ m erciales tendió sin d u d a a disolver las relaciones fam iliares típicas de la E dad del Bronce, con lo que la fam i­ lia ex tensa d eb ió ce d er p a u la tin a ­ m ente su sitio a aquélla otra de carác­ ter m ás reducido y concretada p a r­ tic u la rm e n te en los m iem b ro s del m atrim on io y su descendencia direc­ ta. U na sociedad com o la fenicia de­ bía ser, al m enos en el m arco de la

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ciudad, profundam ente individu alis­ ta y ello tuvo que favorecer a su vez la posición de la m ujer en el seno de la fam ilia y de la sociedad, y no en vano la encontram os en ocasiones desem ­ peñ a n d o actividades económ icas im ­ portantes en directa relación con el comercio. Desde esta perspectiva la m ujer en Fenicia parece h a b e r estado más cerca de la situación que disfru­ ta b a n las m ujeres en B abilonia que

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del enclaustram iento característico de Asiria o Grecia.

La sociedad distinguía entre h o m ­ bres libres y esclavos. La situación de estos últim os no nos es conocida pero sabem os que p o d ían con traer m atri­ m onio que les era reconocido p or la ley, lo que perm ite su po n er que goza­ b an de alguna clase de perso n alid ad jurídica. Al igual que en otros lugares de O riente las fuentes de la esclavitud residían en las condiciones socio-eco­ nóm icas internas y en el am plio co­ m ercio de estos. Los hom bres libres, sin d ud a jerarq u izad o s en u n a serie de categorías sociales o socio-profe­ sionales, constituían una sociedad d i­ nám ica y cosm opolita. Pese a la falta de docu m en tació n podem os d istin ­ guir a grandes rasgos la existencia de u na aristocracia de corte terraten ien ­ te en frentada en d eterm inados m o­ m entos a u n a oligarquía com erciante. La génesis de esta últim a no está cla­ ra, p e ro b ie n se p o d ría tr a t a r de m iem bros del funcionariado político que supieron aprovechar las ventajas que e m a n a b a n de sus cargos p ara realizar negocios p o r cuenta propia. En cualqu ier caso el alto sacerdocio de M eikart, que com partía tam bién las responsabilidades políticas, p are­ ce haberse situado al frente de esta oligarquía de com erciantes y m erca­ deres desde m uy pronto, debido segu­ ram ente al im portante papel desem ­ peñ ad o por sus tem plos en la ex p a n ­ sión com ercial. El desarrollo de las actividades com erciales y m an u factu ­ reras tuvo com o consecuencia el cre­ cim iento de la «clase m edia» u rb a n a que se dedicab a preferen tem en te a este tipo de m enesteres. Todo lo rela­ cionado con el com ercio, la co nstruc­ ción, equipam iento y flete de los b a r­ cos, y con los procesos m an u factu re­ ros aseguraba u na am plia dem an d a laboral que sirvió de estím ulo p ara el despegue de este e n tra m a d o social característico de la vida de las ciu d a­ des. D entro de esta «clase m edia», m uy heterogénea y n o tablem ente ágil

«Soy Yehawmilk, rey de Biblos, hijo de Ye- harbal, nieto de Urimilk, rey de Biblos, a quien la Dama, la Señora de Biblos (Baa- lat), hizo rey de Biblos. He estado llaman­ do a mi dueña, la Señora de Biblos, y ella ha oído mi voz. Por ello, he hecho para mi dueña, la Señora de Biblos, este altar de bronce que se halla en este patio y esta puerta de oro que está delante de esta ins­ cripción mía, con el disco solar alado de oro engastado en una piedra preciosa, que se halla sobre esta puerta de oro, y este pórtico con sus columnas y los capiteles que están sobre ellas, y su tejado: Yo Ye­ hawmilk de Biblos, he hecho para mi Due­ ña, la Señora de Biblos, porque llamé a mi Dueña, la Señora de Biblos, y oyó mi voz y me trató bondadosamente. Quiera la Se­ ñora de Biblos bendecir y preservar a Ye­ hawmilk, rey de Biblos, y prolongar sus días y años en Biblos, pues es un monarca recto. Y quiera la Dueña, la Señora de Bi­ blos, otorgarle favor a los ojos de los dio­ ses y a los ojos del pueblo de su país, y que él se complazca en la gente de este país. Seas quien fueres, gobernante y hombre ordinario, tú el que continúe la obra de este altar y de esta puerta de oro y este pórtico, mi nombre, «Yehawmilk, rey de Biblos», pondrás con el tuyo en esta obra, y si no pones mi nombre con el tuyo, o si quitas esta obra y la trasladas de sus cimientos en este lugar y... (?) así la Due­ ña, la Señora de Biblos, destruya ese hom­ bre y su simiente en presencia de todos los dioses de Biblos.»

(Inscripción votiva dedicada a la diosa Baalat, procedente de Biblos y fechada en torno al siglo V a.C., ANET, 502) «Una casa construida por Yehimilk, rey de Biblos, que restauró también aquí todas las casas arruinadas. Baal-Shamin y la Se­ ñora de Biblos (Baalat) y la Asamblea de los Sagrados Dioses de Biblos prolonguen los días y años de Yehimilk en Biblos, por­ que es un rey justo y un soberano recto en presencia de los S agrados Dioses de Biblos.»

(Inscripción procedente de Biblos fechada en el siglo X a.C. que recoge, al parecer, la consagración de un templo, AN E T, 499)

y em prendedora, destacaba un arte­ sa n a d o m uy cualificado m erecedor de una am plia reputación que le llevó a participar, entre otras, en la cons­ trucción y o rnam entación del tem plo de Salom ón y a ser em pleado en d i­ versas ocasiones p o r los soberanos asirios p a ra el em b ellecim ien to de sus suntuosas residencias. Por debajo de ella, el cam pesinado rural, integra­ do en su m ayoría p o r pequeños y m e­ dianos propietarios, se debatía entre las prestaciones económ icas y m ilita­ res de que era objeto, y el m iedo a las devastaciones producidas por los ejér­ citos extranjeros. Su situación queda parcialm en te plasm ad a en la em igra­ ción hacia las colonias m editerráneas que le afectó en parte en época de las invasiones asirías. Parece, en efecto, que la auténtica dicotonom ía p ropia de la sociedad fenicia es la que se es­ tablece entre este am biente rural y el entorno urbano.

12. Organización política

del m undo fenicio

Fenicia no constituyó nun ca u n a e n ­ tidad política unitaria de carácter n a ­ cional. Por el contrario, com o se ha dicho, el país se en co n trab a fragm en­ tado en una serie de ciudades-estado de m ayor o m enor im portancia que políticam ente eran autónom as e in ­ dependientes entre sí. Esto quiere de­ cir que cada u na poseía su propio sis­ tema de autogobierno, todos ellos muy sim ilares entre sí, y ya en época de los p ersas se estab leció en T rípoli u n consejo federal al que cada una en ­ viaba sus representantes. A lgunas de estas ciudades ejercieron una especie de hegem onía sobre cuyo fu n cio n a­ m iento ap enas sabem os nada. D u ­ ran te el III m ilenio o la E dad del B ronce Antiguo fue Biblos el centro políticam ente m ás im p o rtan te, y el hecho de que los archivos de la loca­ lidad siria de Ebla, con la que com er­

ciaba, no m encionen n u n ca a los m o­ n arcas de otras ciudades cananeas, com o Tiro, ha llevado a p en sa r que tal vez la antigua G ebal las co ntro la­ ra en el m arco de u n estado que las abarcara con sus territorios. Ugarit se distinguió, ju n to con la m ism a Bi­ blos, durante casi todo el II m ilenio (Edades del Bronce M edio y R ecien­ te) para dejar paso tras su destrucción por los «Pueblos del M ar» a Sidón. La p repon derancia de ésta parece h a­ ber sido un hecho d u ran te la Prim era Edad del H ierro (1200-900 a.C.) para ser a co n tin u ac ió n d esb a n cad a , en c ircu n stan cias que se nos escapan, por Tiro que, entre otras, aho ra ejer­ cerá su hegem onía sobre ella durante la Segunda E dad del H ierro (900-550 a.C.). Su capitulación ante los ejérci­ tos de N a b u co d o n o so r de B abilonia m arcaría el inicio de u n cierto declive que hab ría de favorecer nuevam ente a Sidón durante el período persa (U l­ tim a Edad del Hierro: 550-330 a.C.) para ser de nuevo brevem ente despla­ zada por Tiro tras su destrucción a consecuencia de su revuelta contra aquéllos. En la m ayoría de las ocasio­ nes estas hegem onías no parecen h a­ b er im plicado la desap arición de las d in a s tía s lo c a le s de las c iu d a d e s co n tro lad as p o r otro cen tro de p o ­ der fenicio m ás im p o rtan te, p o r lo que debem os p e n sa r que sus reyes q u e d a ría n s u p e d ita d o s a la a u to ­ ridad principal de un soberano más poderoso.

La form a tradicion al de gobierno consistía en la m o n arq u ía hereditaria de derecho divino. Los reyes parecen h ab e r prestado especial atención a la sucesión dinástica si bien en diversas ocasiones las guerras y las con sp ira­ ciones palaciegas alteraro n la suce­ sión establecida. El concepto de rea­ leza nos es ilustrado p o r algunas ins­ cripciones en las que el m on arca es caracterizad o com o «justo» y «vir­ tuoso», así com o p or la actividad que, al igual que otros soberanos orien ta­ les, desplegaron los reyes fenicios en

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torno a la construcción de tem plos y al levantam iento y dedicación de es­ tatuas. A lo que parece la reina no es­ taba desprovista de facultades: podía actu ar com o regente y co m p artir las altas funciones sacerdotales con el rey, si bien seguram ente debía despo­ sarse p ara p oder acceder a tales p re­ rrogativas. El c a rá c te r religioso de la m o n a r q u ía f e n ic io -c a n a n e a se a d v ie rte c o n c la r id a d en las fu n ­ ciones de sum o sacerdocio que de­ sem peña: rey y iein a eran respecti­ vam ente sacerdote y sacerdotisa de la m ás im p o rta n te d iv in id a d local de c a rá c te r a g rario (B a a la t en Bi­ b lo s y B e iru t, A s ta r té e n T iro y Sidón).

Junto al m onarca, al frente de la adm inistración de la ciu d ad se en ­ co n tra b a u n g o bernador, desde los tiem pos de Ugarit, y un co m an d an te m ilitar. El rey era asistido en sus fun­ ciones de gobierno p o r u n a asam blea de la nobleza integrada p o r «los a n ­ cianos del país reunidos en consejo», órgano que parece rem ontarse a la E dad del Bronce A ntiguo y que p o ­ dían tom ar decisiones d u ran te su au ­ sencia. Integrado prim itivam ente p or los m iem bros de la aristo cracia de sangre, a m edida que la expansión de las actividades com erciales llegó a fa­ vorecer la aparición de u n a oligar­ quía de carácter m ercantil en las ciu ­ dades fenicias, su com p o sició n fue progresivam ente alterada. Los ricos y poderosos com erciantes y m ercade­ res, a los que en la Biblia se llega a ca­ lificar de « príncipes» (Isaías, 23, 5, 8-9, 15, 17-18), dejaron sentir pronto su voz en las cuestiones políticas re­ cortando en parte el poder de la rea­ leza. Su articulación política se desa­ rrolló m ediante su integración en la asam blea de la nobleza donde m uy pronto fueron dom inantes. Los repre­ sentantes de las principales fam ilias que co ntro laban el com ercio interve­ n ían así en la adm inistración de sus ciudades m ediante la elección de su­

fetes, m agistrados civiles que desem ­

p e ñ a b a n su función p o r el período de uno o varios años actuand o de form a colegiada. El p od er de esta oligarquía llegó a acrecentarse h asta el p u n to de que en ocasiones llegaron, a través de la asam blea que co ntro lab an, a ac­ tu ar contra el rey, com o ocurrió u na vez en Sidón (D iodoro, XV, 1, 54), e incluso a sustituirle tem poralm ente, com o ocurrió en Tiro a finales de la S egunda E dad del Hierro. N o deja, así m ismo, de ser significativo que la form a de gobierno en las colonias fe­ nicias del M editerráneo fuera preci­ sam ente el sufetato, co incidiendo con el hecho de que la existencia de tales asentam ientos esté directam ente rela­ cio n ad a con la actividad de la o li­ garquía m ercantil; es decir: la oligar­ quía m ercantil es la que ejerce allí todo el control político y lo desarrolla m ediante esta in stitu ció n que le es propia.

C abe recordar finalm ente la exis­ tencia de asam bleas popu lares en las ciudades fenicias (M oscati, 1972, 657- 666), au n q u e su m argen de actuación p olítica parece h a b e r sido bastante reducido y sus decisiones escasam en­ te vinculantes. Estas asam bleas p o p u ­ lares, sobre cuyo funcionam iento tam ­ poco sabem os g ran cosa, ap a rec en igualm ente en el ám bito de la colon i­ zación m editerránea que se distingue p o r la ausencia de la m o n arq u ía co­ m o sistem a de gobierno, m ientras que ésta se perpetúa en O riente h asta al­ c a n z a r casi el período rom ano. H ay algunas razones que p erm iten sospe­ ch a r que en los últim os m om entos de la época helenística, en algunas ciu­ dades, com o Tiro, la asam blea de n o ­ tables, tam b ién co n o cid a com o los «C iento U no» se h a b ía h echo con el c o n tr o l a b s o lu to del p o d e r , a

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