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EL PROCESO, Universidad de los Andes Bogotá, Colombia. Mayo de 2019 Proyecto de grado de: Mariana Cano Britto

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EL PROCESO, 2019 Universidad de los Andes Bogotá, Colombia Mayo de 2019 Proyecto de grado de: Mariana Cano Britto Directora de proyecto: Roxana Martínez

Impreso en InColors,

Carrera 3 # 22 - 24, Bogotá, Colombia. Encuadernado en Cuarentaydoslíneas, Calle 20 # 24 - 64, Bogotá, Colombia.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso de la creadora y editora.

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La severa investigación

Unas viejas muy cr

acks

Abstract

Introducción

Historia de los feminismos

Las mujeres en la historia de Colombia (s. XVIII – s. XXI) La Urbanidad

El qué dirán

La división Hombre-Mujer Lo personal es político

Antiprincesas - Chirimbote

La vida cotidiana - Katherine Supnem

Women should? - Diana Sánchez Barrios

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes - E

lena Favilli y Francesca Cavallo

The Perfect Indian Woman - Kanika Kaul

La Rubia Inmoral - Ana María Cardona

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El camello

Referencias

El conceptazo

Mi bebé hermoso

Conclusiones

¿Quéjeso? La carretota Las berracas El ladrillo El esqueleto Lo más cool ¿Qué hubo?

¿Por qué hijuep$•%? ¿Y ajá? ¿Pa’ quién? Pasito a pasito Lo bacano 113 114 115 126 132 134 77 80 82 84 89 100

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ste proyecto parte de mi inconformidad con la manera como se ha moldeado el ser mujer. Nacemos con una lista que nos impone un “no” tras otro y que lleva consigo muchísimas luchas a las que nos enfrentamos día a día. Por eso, siempre me han interesado los feminismos y he admirado a todas esas mujeres poderosísimas que han pasado a la historia por dar la pelea. Sin embargo, mi ejemplo a seguir y quienes han puesto en mi cabeza la idea de la mujer que soy han sido mi mamá, mi hermana, mi abuela, mis tías, mis primas y todas las otras familiares antes de ellas. Las mujeres de mi familia son dignas de conocer porque, aunque muchísimas han permanecido y permanecen en el anonimato, las luchas que cada una ha enfrentado, todas las veces que han alzado la voz, que se han caído y se han vuelto a levantar, han servido para ser ejemplo de feministas, berracas y empoderadas. Quiero mostrarlas, a otros y también dentro de mí misma familia, porque todas son imparables y de todas hay algo que decir. Detrás de una gran mujer hay otra gran mujer… y otra… y otra… y otra… y una adelante… y al lado… y al otro lado… y de frente… y de espaldas… y a la izquierda… y a la derecha… y de la mano… y una cerca… y otra más allá… y otra es un libro que recopila las vivencias y testimonios de estas mujeres. La publicación reconoce sus hazañas, atrevimientos, los “no” que tacharon, la norma que se saltaron, las luchas que ganaron y las que perdieron en su momento, haciendo especial énfasis en lo que tuvo que enfrentar cada una dentro del contexto histórico y sociocultural que les tocó vivir. También muestra que cada lucha ganada por una mujer es igual de valiosa e importante y todas tienen algo para contar y una voz que debería ser escuchada. Desde el hogar, el trabajo, el colegio, la universidad, lo privado, lo público ellas intentan, se tropiezan, se vuelven a levantar y luchan día a día para conseguir sus metas y abrirle el camino y ampliarle las posibilidades a las nuevas generaciones de mujeres a venir.

Es un viaje a través del ser mujeres; una travesía que nos pone frente al absurdo de lo que nos exige la sociedad, del miedo al ¿qué dirán?, de la vida encasillada bajo el postulado del género binario y la angustia de ser o no demasiado “femeninas”; para concluír que, finalmente, lo mejor es mostrar el dedo del medio y ser quien cada quien quiere ser.

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Quiero agradecerles a mis papás por todo, juemadre. A Mamá porque has sido tú la que me ha impulsado a ser cada día mejor, porque metiste en mi ser la vena del humor y la pendejada y por ser el mejor ejemplo a seguir. A Papá por heredarme esa vena creativa de amor al arte y al diseño, porque sin ti ni este proyecto ni esta carrera que tanto amo existirían (y por tantos halagos y buenísimos consejos).

A Ñuñi por ser la mejor compañera de vida, risas y aventuras (#Teander). No me imagino mi vida sin ti.

A todas mis demás protagonistas: al Avia Anitapor las tardes de conversacio-nes; al Avia Nené por ser una segunda mamá, un apoyo incondicional y una miscelánea; al Avia Olga por todo lo que es mi mamá; a Mari por mostrarme lo exitosa que algún día quisiera llegar a ser; a Sandrix, mi madrina, por tanto amor y tanto optimismo; a Elsita por ser ejemplo de superación y berraquera; a Mafe por tantas anécdotas con las que me puedo morir de la risa; a Di por-que más por-que una tía, eres una mejor amiga; a Chon por haber sido con quien dejaba volar mi imaginación; a Menele por ser un ejemplo de fortaleza, pilera y dedicación (y porque tus mordiscos me hicieron más fuerte); a Mili por las risas, por la mota y por la locura; a Saris por abrirnos la mente a todos y a Lala por reafirmarme lo bien que está ser rebelde.

A todas, por hacerme la mujer que soy hoy en día.

A Roxana, quien merecería ser también un personaje de este proyecto. Gracias miles porque trabajando contigo aprendí más que en cualquier clase, porque me mostraste nuevos caminos, infinitas posibilidades y me dejaste, siempre, ser quien realmente soy. Agradecimientos “masivos” para ti.

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ste proyecto habla de mí… y de mi familia. Siempre he sido una persona que ha cuestionado los cánones de pensamiento, comportamiento, desenvolvimiento y apariencia femeninos. Quizás sea porque nunca he encajado. Soy bajita, cachetona, con kilos de más, súper burda, grosera, patiabierta, perezosa, tragona, alzada, gritona, independiente, diva, segurísima de mi misma, dueña de mi vida, mi cuerpo y mis de-cisiones. Por esa razón siempre he tenido una vena feminista en mí y creo que, desde chiquita, he sido feminista sin darme cuenta. Por esa razón, a lo largo de mi vida he tenido en un pedestal a todas esas mujeres épicas que pasaron a la historia por las luchas que le ganaron al patriarcado. De ellas se han escrito libros, se han hecho no-velas, películas y han sido un referente para muchísimas mujeres y, en general, para la Historia de la Humanidad y de los feminismos, por supuesto. Sin embargo, ellas no son las primeras que se me vienen a la mente cuando me preguntan ¿a qué mujeres admiras? Mi mayor admiración siempre se la llevarán en primera instancia mi mamá, mi hermana, mis abuelas, mis tías y mis primas.

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Por esa razón, este proyecto parte de tres preguntas: ¿a qué mujeres admiro?, ¿de quiénes aprendo? y ¿qué puedo aportar? Al principio pensé hacer un libro de las feministas colombianas. Investigando, descubrí a una mujer con la que compartía mi apellido: María Cano. ¡Era mi tataratía abuela! ¡Y antes de ese texto ni siquiera sabía de su existencia porque nunca me habían hablado de ella en mi familia! Fue ahí cuando me detuve a pensar en el valor del referente cercano y familiar que es gigantesco. Me di cuenta que, antes de todas esas mujeres de las que iba a escribir, el matriarcado de mi familia había sido siempre mi referente directo, han sido ellas quienes han inculcado en mí la idea de la mujer que quiero ser. Vi que, para mí, son todas unas luchadoras, unas aguerridas y berracas que se han enfrentado, enfrentan y enfrentarán los obstáculos de la vida a su manera.

Teniendo eso en cuenta y después de descomponer la red de aprendizajes y valoraciones intrafamiliares, nació este proyecto. Lo más importante, fue notar que yo no aprendo solamente de las más grandes, sino que todas son tan diferentes y tan únicas, que mis primas chiquitas también me enseñan un montón de cosas y, a su vez, ellas reconocen otro poco en mí. Igualmente, los contextos históricos y socioculturales que vivió cada una de las mujeres de mi familia es lo que las hace únicas y, aún así, muchas luchas que algunas enfrentaron décadas antes que otras se repiten y se confrontan de maneras similares o completamente opuestas; y otras de las luchas ganadas permiten que hoy, algunas, tengamos muchas más libertades de las que tuvieron las mayores.

Esto implica un viaje a través del ser mujeres porque se ponen en evidencia los preceptos que, a lo largo del tiempo, se nos han exigido; el miedo al qué dirán y cómo eso ha cohibido algunas de nuestras acciones o nuestro “llamado a las armas”;

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lo arbitraria que es la encasillada de la vida bajo el sistema del género binario y la preocupación, angustia y presión social que se siente al ser o no ser demasiado “fe-meninas”. Al final, la conclusión es: “ni mierda”. Lo mejor es mostrarle a la sociedad el dedo del medio y ser cada quien quiere ser y vivir la propia vida, no la de los demás. En el documento a continuación presento primero un marco teórico que pone en evidencia la investigación que llevé a cabo para plantear el proyecto. Hay un recuento de la historia de los feminismos y de las mujeres en Colombia; una mirada al concepto de “urbanidad” y a la implementación de los Manuales de urbanidad en el país durante el siglo XIX, un capítulo dedicado al qué dirán y a la cultura de la imitación y las apariencias; otro a la dicotomía hombre-mujer y termina con una presentación y análisis del texto de Carol Hanisch, Lo personal es político (1970). Enseguida, presento los estados del arte que me dieron las bases o los “ingredientes” que me gustaron y llamaron la atención para darle forma al proyecto. A partir de eso, muestro el desarrollo del concepto, ennumerando los hallazgos y la formulación del insight a partir del cual comenzó definitivamente mi proyecto de grado, indico su pertinencia y los objetivos. Continúo con la implementación: las fases del proceso y los referentes formales para el estilo de ilustraciones y el diseño de la publicación. Finalmente, presento el proyecto como tal, qué es Detrás de una gran mujer hay otra gran mujer… y otra… y otra… y otra… y una adelante… y al lado… y al otro lado… y de frente… y de espaldas… y a la izquierda… y a la derecha… y de la mano… y una cerca… y otra más allá… y otra…

Bien puedan sigan. Y repito nuevamente, si a alguien no le gusta lo que estás haciendo con tu vida, que se joda.

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De dónde venimos y cómo ha sido esa historia de las mujeres y de los feminismos para que yo pueda estar escribiendo hoy este documento? La teoría de este capítulo se extrajo del libro de Juan Sisinio Pérez Garzón, Historia del feminismo (2011).

Según el autor, “en los largos siglos de historia, las sociedades han estado sometidas a poderes arbitrarios y despóticos, sostenidos por la fuerza, en casi todos los casos con métodos violentos y siempre con los varones como exclusivos usufructuarios de esos poderes” (Pérez, 2011, p.15). De igual manera, explica que a lo largo de los siglos se ha creado una imagen de las mujeres basadas en su principal diferencia con los hombres: el poder de ser madres como su destino natural. Ellas han tenido una característica biológica que ha determinado su rol en la sociedad y el rumbo de sus vidas, por el contrario, no hay nada estrictamente biológico que defina el ser o la identidad de los hombres. Desde ahí se comienzan a formular unos discursos biológicos de supremacía del hombre sobre la mujer, pues su género la obliga a estar al servicio de su familia, y por consecuencia, del varón. A eso se le sumó el discurso religioso del Antiguo Testamento, en el que Dios es una figura masculina, que hizo a su imagen y semejanza al hombre perfecto, de cuya costilla dependió la existencia de las mujeres, quienes terminaron siendo su ruina al dar origen al Pecado Original y a la maldad. Esa fue la idea que promulgó el Cristianismo durante toda la Edad Media (y, me atrevería a decir, que todavía). Así, los hombres conquistaron todos los poderes eclesiásticos y, además, los primeros centros educativos y universidades y a las mu-jeres se les impuso la subordinación, pues “se hizo moneda corriente y se desarrolló como un pensar de sentido común (...) que las mujeres eran por naturaleza malas, infieles, como Eva, unos seres inferiores, en definitiva, que necesitaban el mando del varón” (Pérez, 2011, p. 29). Aunque la misoginia y la subordinación fueron constantes durante estos años, hubo algunas mujeres que se empezaron a cuestionar esa forma de pensar y vivir la vida. Desde el siglo XV hubo mujeres que, si bien no exigieron la igualdad de género, sí atacaron esas ideas sobre su inferioridad e irrefutable maldad y empezaron a reclamar una mejor educación y mejor trato por parte de sus esposos.

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Ese fue el panorama hasta la llegada del Renacimiento, en el siglo XVI. Ese fue un pe-riodo de renovación de las artes, las ciencias, se formuló el humanismo y un montón de filosofías en pro de los seres humanos que se alejaban de los postulados de la Iglesia. Sin embargo, el modelo patriarcal permaneció intacto y la supremacía del ma-cho sobre la hembra ni siquiera se alteró. Para lo que sirvió el Renacimiento fue para dos cosas: para que la Reforma Protestante de Lutero abogara por la alfabetización de las mujeres, pues al ser las encargadas de la educación de los niños era de vital importancia que aprendieran a leer e interpretar La Biblia; y para que en 1673 un cura llamado Poullain de la Barre escribiera un texto sobre la igualdad de los dos sexos y escribiera el axioma “la mente no tiene sexo” (Pérez, 2011, p. 35). Estos dos sucesos dejaron en evidencia que las capacidades intelectuales no están relacionadas con los géneros sino con las habilidades de cada persona, independientemente de que sea hombre o mujer.

Al llegar la Ilustración, se comenzó a dar forma a lo que hoy se conoce propiamente como feminismo: el pensamiento y la búsqueda de la igualdad de los géneros (Pérez, 2011). Lo que ocurrió fue que a los discursos biológicos y religiosos mencionados anteriormente, se le sumaron otros desde nuevos campos como la ciencia, la ley y la política y se insistió y legitimó aún más la inferioridad de las mujeres frente a los hombres. A su vez, se comenzaron a afirmar teorías que decían que todos los hombres nacían libres e iguales en oportunidades y derechos. Y aún así se dejó por fuera a las mujeres de esas teorías, probablemente ni se les consideró. Eso despertó, sobre todo en las mujeres Ilustradas, una frustración y deseo de lucha en pro de sus derechos. Con el paso de los años y a medida que avanzaba la sociedad occidental en el tiempo, se llegó a un punto de quiebre que daría paso a la Modernidad: las revoluciones liberales y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (¿y de las mujeres?) en el siglo XVIII. Mujeres y hombres lucharon juntos para desmantelar los sistemas coloniales y las monarquías y formular unos nuevos estados soberanos que dependerían de la voluntad del pueblo. La bandera de la lucha revolucionaria era la igualdad de seres humanos y la Declaración de los Derechos del Hombre. Lo que resultó sumamente contradictorio fue que “aquellos revolucionarios solo hablaron de hombres, no de todo el género humano (...) no vieron contradicción en predicar la igualdad universal y a la vez excluir de los derechos civiles y políticos a

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las mujeres” (Pérez, 2011, p. 39). Lo que fue poderosísimo es que las mujeres, solas, se adueñaron de esos lenguajes de igualdad y del rechazo de las tradiciones para luchar por una reivindicación de su situación de oprimidas: “si se había roto con el Antiguo Régimen, si se había desacralizado y ejecutado al mismo rey, ¿cómo no romper el poder patriarcal y dar paso a la igualdad de las mujeres?” (Pérez, 2011, p. 40). Las mujeres europeas, especialmente las francesas, empezaron a reclamar públicamente sus derechos, a exigir una educación o la posibilidad de ser independientes. Incluso, una de ellas, Olimpia de Gouges escribió La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791). Tristemente, por sus acciones fue guillotinada en 1793, en ese sentido, la revolución francesa guillotinó a la monarquía y la primera irrupción del feminismo (Pérez, 2011).

En la segunda mitad del siglo XVIII, con las naciones legítimas ya proclamadas, surgió un nuevo concepto: la familia burguesa basada en el amor y la razón. Con eso se creó un nuevo ideal de mujer, la madre dedicada al hogar, a sus hijos y a su esposo que se encargaba de mantener los lazos familiares fuertes y llenos de cariño. Esto era posible, por primera vez, gracias a los avances en la higiene y la salud que no mataban a tantos niños en la infancia y permitía la creación de un amor maternal (no paternal). A su vez, comenzaron a darse discusiones sobre la educación de las mujeres. Jean-Jacques Rousseau escribió al respecto: las mujeres deben:

“Agradarnos, sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos cuando somos jóvenes y cuidarnos de adultos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables: estas son las obligaciones de las mujeres durante todo el tiempo y lo que debe enseñárseles en su infancia” (Pérez, 2011, p. 55)

Esa idea se relaciona con lo que explica Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) sobre la existencia de las mujeres siempre a favor de los hombres. Han sido ellos quienes han definido el “deber ser femenino” basados en su propio placer y bienestar, no en el de las mujeres. Han hecho que su vida gire alrededor de ellos y que su destino sea servirles y agradarles. Es otra manera de legitimar el discurso de poder sobre ellas.

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Un siglo después, en 1848 en Estados Unidos, se organizó una reunión de más de 300 mujeres donde se debatieron los derechos y las condiciones sociales y civiles de las mujeres. Fue el primer foro público sobre un tema estrictamente enfocado en los derechos de las mujeres. Después de la reunión se escribió, firmó y publicó un texto que se considera el fundacional del feminismo, La Declaración de sentimientos o el Manifiesto de Seneca Falls (Pérez, 2011). A su vez, se empezaron a cocinar las primeras ideas sobre el derecho legítimo al voto femenino.

“Había llegado el momento en que no valían aquellas razones de siglo XVIII que argumentaban la exclusión de las mujeres echando mano de supuestos designios de la naturaleza. A las mujeres de clases medias, ya con recursos y expectativas, no les bastaba con ser dueñas de la esfera privada (...) Tomaron conciencia de que eran tan libres e iguales como cualquier otra persona y que eran parte también del contrato social; de ningún modo podían seguir como personas tuteladas ni en la esfera privada ni tampoco en la pública. Por eso, la lucha de este primer feminismo fue a la par contra el matrimonio como máscara de un contrato sexual de subordinación y también contra las restricciones que les limitaba el ejercicio público de la ciudadanía” (Pérez, 2011, p. 97).

A esas mujeres de lo que el autor llama el “primer feminismo” se les conoce como las sufragistas. Sin embargo, es importante resaltar, tal y como lo dice el párrafo citado, que no se limitaron únicamente a exigir el voto femenino sino que abogaron por la igualdad en todos los ámbitos de la vida y pidieron la universalidad de los derechos, lucharon por conseguir un divorcio más libre, acceder a la custodia de los hijos, con-trolar el patrimonio y poder acceder a la universidad (Pérez, 2011). En Estados Unidos las mujeres consiguieron el voto en 1920, en Inglaterra en 1928, en Francia en 1944 y en Colombia en 1954.

En la segunda mitad del siglo XX, las mujeres ampliaron su presencia en los colegios, las universidades y en el mercado laboral y la política. Además, con la modernización de la vida cotidiana (llegada de electrodomésticos a los hogares que permitieron la liberación del tiempo de las amas de casa y nuevos discursos sobre la sexualidad) se reformuló una vez más el ser femenino basado en la imagen de “la mujer moderna”. Ésta era una “mujer que expresaba, por un lado, las ventajas sociales logradas por las luchas feministas previas y por los avances tecnológicos y, por otro, se adaptaba a una nueva división de tareas y oficios según el sexo, con ribetes conformistas” (Pérez, 2011, p. 141). Entonces, según esto, por un lado era una mujer liberada gracias

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a las feministas pero al mismo tiempo tenía que conformarse con la situación y los roles que determinaba la sociedad para ella. En su ser vivía una contradicción. Simultáneamente, durante ese tiempo se dio un control de la natalidad porque el mayor índice de supervivencia le permitió a las mujeres reducir el número de partos, dándoles un control propio, sin precedentes, sobre su devenir y el de su familia. Igualmente, pudo empezar a vivir las relaciones sexuales enfocadas en el placer y no en la reproducción. Esto fue la revolución sexual que vino de la mano con la introducción de los anticonceptivos y de la píldora.

“Si en 1900 una mujer europea vivía de media 50 años, más de la mitad los ocupaba en los sucesivos partos y crianza de los hijos, pues cada mujer tenía que dedicar una media de cuatro años y medio de su vida solo al período de gestación, y, tras el último embarazo, apenas sí le quedaba una esperanza de vida de 20 años. En 1970 ya vivía 75 años y solo ocupaba 18 meses en los embarazos, quedándole casi 50 años de vida por delante” (Pérez, 2011, pp. 187-188).

A partir de los setenta, los feminismos adquirieron un auge a escala internacional. En todos los países hay asociaciones u organizaciones de mujeres que abogan en pro de la igualdad y de los derechos de todas. Por supuesto, y debido a todo lo que se presentó en este capítulo, la historia de los feminismos ha logrado muchísimos éxitos, pero aún no ha terminado y queda un largo camino por delante. “El feminismo no ha perdido hasta la fecha ninguna de las batallas en las que se ha empeñado. Ha tardado más o menos en conseguir sus resultados, pero ha mantenido sus objetivos invariables” (Pérez, 2011, p. 249).

Es por todo lo anterior que se puede concluir lo siguiente:

“El feminismo ha sido uno de los movimientos históricos de mayor impacto para la transformación social porque ha abanderado la igualdad nada menos que de la mitad de la población humana. Ha roto con siglos de historia y con enormes sedimentos culturales que habían establecido que era la naturaleza la que hacía a las mujeres no diferentes sino des-iguales en capacidades y posibilidades. El feminismo ha hecho valer que esas capacidades y potencialidades no están ligadas al género femenino, al sexo de las mujeres, sino que son construcciones sociales e históricas, esto es, que son cambiantes y no responden a exigencias insoslayables de la naturaleza” (Pérez, 2011, p. 20).

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Hulton Archives / Getty Images. (s.f.). Simone de Beauvoir.

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a información de este capítulo es de los dos primeros tomos de Las mujeres en la Historia de Colombia (1995), un compendio de textos de varios autores publicados bajo la dirección académica de Magdala Velásquez Toro. El primero, Mujeres, historia y política y el segundo, Mujeres y sociedad. Para el proyecto, se tomaron en cuenta los sucesos desde la Conquista de América hasta el día de hoy.

“En Colombia, la mujer ha sido menospreciada a todo nivel (...) La Histo-ria de Colombia, casi en su totalidad, ha sido escrita por hombres y sus protagonistas han sido predominantemente del sexo masculino. Se ha pasado por alto, ya sea en forma intencional o inconsciente, la realidad de que el carácter de la mujer y su proceder han estado funcionando siempre como medio de generación de actitudes, movimientos y ten-dencias que, al final, constituyen los hechos integrantes de la historia de cualquier lugar” (Samper, 1995, p.132).

Para comenzar, tras el Descubrimiento de América en 1492, fueron los valores post medievales de España los que llegaron al territorio de lo que hoy conocemos como Colombia. Lo que llegó aquí fue el ejemplo de una sociedad sumamente intolerante, machista y condenadora. Desde su formulación, la ley planteaba una clara diferencia entre las mujeres, oprimidas, y los hombres, los opresores. Ésta los favorecía y eran los padres, hermanos y esposos los que disponían de la vida de ellas, pues se veían como seres débiles que necesitaban protección y que, además, debían estar constantemente vigiladas por su tendiente inclinación al pecado. Así se vivió durante siglos hasta que en la segunda mitad del siglo XVIII llegó a Colombia la Ilustración y con ella, la revitalización de las ciudades, de la economía y un montón de reformas educativas. Algunas de ellas buscaron fomentar la educación de las mujeres y se fundó en Santa Fé el Convento de la Esperanza, el primer colegio de educación femenina de la Nueva Granada que juntaba alumnas de distintas clases sociales.

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“En una sociedad fuertemente estratificada (...) con roles sociales tan firmemente delineados e intransferibles, la llegada del Convento de la Esperanza (...) constituyó una transgresión considerable. La enseñan-za impartida a casi trescientas niñas sobre los oficios domésticos, las primeras letras y nociones de matemáticas, debió transformar grande-mente la vida cotidiana de esta capital. No solo incidió en los hogares, que ahora contaban con mujeres más preparadas, sino en el horizonte de expectativa de las mujeres de la época” (García, 1995, p.79).

Ese colegio, fundado, además, por una mujer, representó un cambio gigantesco en la historia de las mujeres en Colombia porque les permitió, por primera vez, acceder a la educación, un privilegio que tenían los hombres desde hacía más de 100 años. Eso cambió considerablemente las reglas del juego.

La Ilustración incitó a los criollos de la élite a comenzar a plantearse las primeras ideas sobre la Independencia y a ponerse manos a la obra. Como era de esperarse, las mujeres no tardaron en juntarse a la lucha independentista desde muchísimos frentes: hospedaron y propiciaron reuniones patrióticas en sus casas; se alzaron en armas y fueron a pelear a las batallas; acompañaron a las tropas y sirvieron como cocineras, enfermeras, sepultadoras, cargadoras y damas de companía; fueron espías; mártires; alojaron o escondieron a los enemigos de La Corona y reclutaron gente o consiguieron recursos para la causa patriótica. Citando las palabras de Evelyn Cherpak, autora del capítulo Las mujeres en la Independencia. Sus acciones y sus contribuciones, “la mujer iberoamericana no era una hermana débil; poseía un carácter fuerte y un espíritu firme, y al enfrentar el peligro demostró su fortaleza y su habilidad para actuar por sí misma” (Cherpak, 1995, p. 116). Queda claro, entonces, que las mujeres contribuyeron muchísimo en la lucha por la Independencia pero al nuevo estado que se formó le interesó más la estabilidad de la Nación que se tenía que imponer desde el hogar y, con eso, las mujeres volvieron a su rol habitual de madres, esposas y reinas del mundo doméstico.

Los dirigentes pasaron a ser, entonces, los nobles criollos que monopolizaron el po-der a su favor. Una vez que se alcanzó la Independencia, los dirigentes pasaron a ser los nobles criollos que monopolizaron el poder a su favor. Más adelante y con el paso de los años, la instauración de la República, la lenta industrialización y el camino hacia el progreso y la modernidad, la aristocracia se disolvió, apareció la burguesía y el dominio del poder quedó en manos de las ideologías y del capital (Silva, 2004).

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Esta estructura se mantiene hoy en día: quienes gobiernan son aquellos que pro-claman y dominan las ideologías (políticas y religiosas) y los que acumulan capital, es decir, los ricos. Ellos hacen las leyes, ellos construyen su ciudad, ellos designan las modas y los cánones de belleza y comportamiento. De esa manera se instauró el ideal de la familia burguesa basado en los valores europeos y americanos en donde la mujer, una vez más, quedaba recluida en el hogar. Fue en esta sociedad del siglo XIX donde se comenzaron a utilizar los Manuales de urbanidad para la educación de las señoritas. Ellas seguían sometidas a las decisiones de los hombres de su vida: su padre, hermanos y esposo, no podían salir solas a la calle y los lugares que solían frecuentar fuera de la casa eran la iglesia y las tiendas y su vida social se limitaba a las tertulias hogareñas. Estas mujeres no eran dueñas de sus vidas, como ya se mencionó, los hombres decidían por ellas, manejaban su patrimonio y dominaba la política, la economía y la sociedad, ellas ni siquiera podían ir a comparecer en un juzgado y, para casarse, todavía tenían que disponer de una dote.

Mientras que en Europa y en Norteamérica se estaban comenzando a dar las primeras luchas feministas en pro de los derechos y libertades de las mujeres, durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX en Colombia, con la Hegemonía Conservadora, fueron muy pocas las expresiones feministas. Sin embargo, cuando el Partido Liberal subió al poder, las cosas comenzaron a cambiar poco a poco. Con ellos, se empezó a hablar de la necesidad de un discurso feminista y de dejar a la mujer ser más libre, participar en política, administrar sus bienes. Fue una período de ideas y opiniones progresistas que buscaban la modernización del país, a donde apenas estaban llegando los rezagos de esas luchas feministas del exterior. Lo primero que buscaron los liberales fue la aprobación de una Ley que le diera independencia a la mujer en el manejo de sus propios bienes y que estos ya no fueran manejados por el esposo. Los opositores se negaron porque sería una “financiación del adulterio” o “afectaría la estabilidad del hogar colombiano”. Pero, por supuesto, la discusión sobre los derechos de las mujeres fue un tema de hombres y muy pocas se unieron al debate. Esto se debía a que muchas de ellas se encontraban sujetas a cuidadosos controles por parte de la Iglesia y por sus padres, hermanos y esposos. No tenían independencia y las que sí incurrían en los comportamientos transgresores, eran sometidas a una terrible ex-clusión social que provenía no sólo de los hombres, sino de las mismas mujeres que

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eran las que permitían que las cosas siguieran como estaban (Velásquez, 1995). Final-mente, en 1932 se aprobó la Ley y eso constituyó un gran avance hacia la lucha por los derechos de las mujeres en Colombia. Por primera vez, desde la Conquista, tenían libre administración y disposición de sus bienes, cada cónyuge era responsable de sus deudas, podían comparecer libremente en juicios, podían empezar a vincularse a actividades económicas y sus bienes ya no serían confiscados en función del marido. Tristemente, una ley no cambia tan fácilmente las costumbres:

“Sobre la mujer pesaba toda la fuerza de una tradición de sumisión que determinó su posición ante una ley que, por primera vez en la historia del país, le reconocía capacidad jurídica para el manejo de su patrimonio (...) Las mujeres no la entendieron. Les era prohibido hablar de temas de hombres (...) al llegar la Ley 28 la mujer se quedó inerte, ella no reclamó sus derechos” (Velásquez, 1995, p. 196).

Los liberales cambiaron las reglas del juego. Abrieron las puertas a nuevas formas de expresión políticas, culturales y sociales; disminuyeron la influencia del poder religioso; permitieron que las mujeres fueran a la secundaria en igualdad de condicio-nes que los hombres; aprobaron la Ley sobre su patrimonio y en 1933 se abrieron las puertas de las universidades a las mujeres. Todos esos cambios fueron importantes para que las mujeres tomaran conciencia de sus derechos y quisieran salir a las calles a reclamarlos. Por eso, en 1933 se empezó a buscar una Reforma Constitucional para concederles la ciudadanía y, en consecuencia, se dieron múltiples debates sobre el voto femenino. El debate duró décadas y se aprobaban y desaprobaban proyectos que les permitían algunas libertades y les negaban otras a las mujeres, pero nunca se aprobó su ciudadanía ni su derecho al voto. Así, surgieron varias organizaciones de mujeres que tenían como objetivo presionar al gobierno para que las reconociera, hubo grupos políticos, convenciones, conferencias, editoriales que publicaban revistas, programas de radio y muchísimas otras formas de expresión donde predominaban las voces inconformes femeninas.

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García, E. (1957). Voto femenino.

Rodríguez, M. H. (s.f.). Voto de la mujer. Rodríguez, M. H. (s.f.). Voto de la mujer.

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El debate permaneció y en 1950 subió al poder Laureano Gómez, quien inició una contrarreforma conservadora. Con él, se reafirmaron los poderes de la Iglesia en la sociedad, se persiguió a aquellos que tuvieran posiciones políticas diferentes y se empezaron a hacer controles sobre la educación, la cultura y la vida privada de los ciudadanos. Después de tres años en el poder, se organizó un Golpe de Estado contra el presidente, liderado por el Coronel Gustavo Rojas Pinilla, quién sube al poder en 1953. En ese gobierno tres mujeres, Esmeralda Arboleda, Josefina Valencia de Hubach y Teresa de Santamaría, presentan a la plenaria el proyecto de Acto Legislativo por el cual se concedía la ciudadanía y el derecho al voto a las mujeres. Gracias a eso, se le otorgó a las mujeres en agosto de 1954 el derecho a elegir y ser elegidas.

A pesar de todos los cambios que vivieron las mujeres en años anteriores, salir a la vida pública para ejercer sus derechos no era tan fácil.

“Debían afrontar dificultades que podrían resumirse en los siguiente: rechazo social manifiesto en diversas formas como condena a su actuar, <<cómo puede una mujer…>>, dudas sobre su feminidad, sospechas sobre su integridad como esposa y madre, incredulidad sobre su eficacia. A esta lista se añade el Premio Nacional de Medicina 1991, con argumentos hasta el momento inauditos, como que la mujer que trabaja se vuelve muy propensa al homosexualismo y a la masturbación (se siente la tentación de preguntar ¿a qué hora trabaja entonces?). En fin, aún no había ojos que pudieran mirar sin aturdirse a la mujer en la calle, fuera de la casa” (González, 1995, p.261).

Todavía estaba arraigado en el imaginario de los colombianos las ideas que desde la Colonia se habían impuesto sobre los roles que debía y no debía desempeñar una mujer. Sin embargo, era claro que ya en las décadas de los sesenta y setenta se habían ampliado considerablemente sus terrenos de acción: podían estudiar, tener una carrera, trabajar, votar, participar en la vida política y pública, controlar la natalidad, disfrutar su sexualidad, tener palabra propia, espacios y tiempos propios. Obviamente todo se ve muy embellecido y como si fuera el mundo perfecto. Está

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claro que no lo era y que quedaban muchísimas luchas por delante, pero no hay que dejar de lado las implicaciones inmensas que todos estos cambios tuvieron en el porvenir, los derechos y oportunidades de las mujeres en el país.

Sin embargo, queda claro que la situación no es ideal aún y aunque el movimiento social de las mujeres ha ido tomando cada vez más fuerza, queda un largo trecho por delante. En Colombia, casi la mitad de los trabajadores son mujeres, “Pese a su número, la mayoría de ellas trabajan en los sectores más atrasados de la economía y en ocupaciones secundarias” (Uribe, 1995, p. 303). Además, no se les retribuye su labor de manera justa y se les paga más a los hombres o se les deja de contratar por ser mujeres y cargar con la responsabilidad de la maternidad, cosa que jamás se tiene en cuenta al contratar a un hombre. Adicionalmente, tienen baja participación en política comparado con los hombres porque “no es conocida políticamente por los electores, porque no se la postula y/o en la ubicación de candidatos se da prioridad a los varones” (Villareal, 1995, p. 328). De igual manera, la situación de la violencia contra la mujer no parece mejorar: “La violencia en Colombia tiene dos frentes: uno público que es prioridad del Estado y del que más se habla y uno privado, del cual las mujeres son víctimas principalmente, que se considera poco relevante frente al público” (Uribe, 1995, p. 348). Lo peor de la situación de la violencia contra mujeres y de los feminicidios es la escasez de datos pues solo se toman en consideración los pocos casos en los que las víctimas se atreven a denunciar. Finalmente, viven un problema de sexualización y objetualización de sus cuerpos que plantean cánones de belleza inalcanzables para muchas.

Esa ha sido la trayectoria de las mujeres colombianas, muchas veces han sido protagonistas pero el reconocimiento que se les ha dado ha sido poco debido a que la historia del país ha sido escrita por hombres para hombres donde todos los protagonistas son ellos mismos.

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Garavito, C. (2019). Así fue la marcha del movimiento feminista en Bogotá.

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egún el diccionario de la Real Academia Española (2018), la urbanidad está definida como “cortesanía, comedimiento, atención o buen modo” y se relaciona con el término urbano, es decir, perteneciente a la ciudad. De igual manera, vale la pena definir también otros términos aledaños como etiqueta - “ceremonia en la manera de tratarse las personas particulares o en actos de la vida privada, a diferencia de los usos de confianza o familiaridad” (Diccionario de la Real Academia Española, 2018) -, protocolo - “conjunto de reglas establecidas por norma o por costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes” (Diccionario de la Real Academia Española, 2018) - y cortesanía - “atención, agrado, urbanidad, comedimiento” (Diccionario de la Real Academia Española, 2018).

Al revisar todas estas definiciones, la urbanidad tiene una relación directa con el hecho de pertenecer a la ciudad y desenvolverse en ella. En ese sentido, funciona como una reguladora de comportamientos para favorecer la vida en comunidad. ¿De qué manera? sometiendo a todos, de manera imperativa, a unas normas que garantizan el “buen modo” o la “buena educación” y cuyo funcionamiento se ve garantizado cuando no se le causa ninguna mortificación o desagrado a los demás. Esto, incluso, queda estipulado en el primer capítulo del Manual de urbanidad y buenas maneras (1853) de Manuel Antonio Carreño donde escribe que las reglas de urbanidad existen “de manera que a nadie causemos mortificación o disgusto (...) sacrificando nuestros gustos y comodidades a ajenos gustos y comodidades” (Carreño, 1853, p. 33).

En La historia del protocolo (2015), de María Teresa Otero Alvarado, esta explica que al comienzo de la historia (sumerios y egipcios) el protocolo estaba relacionado con las ceremonias religiosa y todo lo que giraba alrededor de este tipo de ceremonias. Siglos más tarde, en Grecia, tenía que ver con un conjunto de normas de convivencia

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hechas para los ciudadanos y, en Roma, el protocolo moldeó completamente la vida pública de éstos y jerarquizó la sociedad. Durante la Edad Media, quedó reducido a la liturgia cristiana y no fue sino hasta el siglo XV que Felipe III, duque de Borgoña, instauró el “Uso de Borgoña” e impuso unas rígidas reglas para convertir a su corte en el modelo de etiqueta y orden (por ejemplo, fue en esa época que se introdujo el tenedor). Años más tarde, durante el Renacimiento, las cortes francesa e italiana refinaron las costumbres y sirvieron como modelo para Europa (Da Vinci introdujo, por ejemplo, el uso de la servilleta) y los Reyes Católicos de España comenzaron a relacionar la urbanidad con el “buen gusto” y el acceso a la cultura. A finales del siglo XVII, con al absolutismo francés de Luis XIV en Versalles, se instauró la etiqueta tal y como se conoce hoy en día. Ésta definía los actos sociales, ordenaba y jerarquizaba el espacio, el tiempo y a las personas (Otero, 2015). Años después, con la Revolución Francesa, se planteó la igualdad de todos los ciudadanos en derechos pero se legiti-maron sus diferencias por mérito. Con eso, subió al poder una nueva clase social, la burguesía; quienes proclamaban las modas, los cánones de belleza y conducta que buscaban ser seguidos por el resto de la sociedad.

Fue alrededor de esa época que comenzaron a publicarse los Manuales de urbanidad, que enseñaban a regular los comportamientos y que poco a poco fueron definiendo el “buen modo” burgués.

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Los Manuales de urbanidad fueron una constante en la educación de los colombia-nos de los siglos XIX y XX. Su función, como lo explican María Isabel Afanador y Juan Fernando Báez en su texto, Manuales de urbanidad en la Colombia del siglo XIX: Modernidad, pedagogía y cuerpo (2015), era la de “estipular cuáles son las acciones, incluso los pensamientos, que merecen aprobación por parte de los demás, y cuáles deben reprocharse, ocultarse o simplemente bloquearse de la cotidianidad colectiva” (Afanador & Báez, 2015, p.59). Estos manuales llegaron a Colombia con la misión de, por medio de la urbanidad, eliminar la barbarie indígena para llegar a ser una nación moderna y civilizada siguiendo el ejemplo europeo y norteamericano. Consistía en imitar y apropiar las costumbres de estos países para controlar la cotidianidad y refinar los modales.

Para lograrlo, los ciudadanos tuvieron que adoptar lo que Baéz y Afanador llaman el “nuevo cuerpo moderno” que necesitaba ser educado (buscar siempre agradar a los demás), controlado (ser consciente de cada movimiento) y regulado (no mostrar gestos genuinos, ni olores, flujos o posturas que molestaran). Según los autores:

“La urbanidad, en el proyecto educativo por la modernidad, funcionaba como creadora y legitimadora de comportamientos, pensamientos y posturas. Suponía, como afirma Guereña, la adquisición de destrezas basadas en prohibiciones y (auto) coacciones que nunca eran sometidas a crítica ni necesitaban ser explicadas. Relejaba un mundo en donde el individuo estaba mediado por la mirada juzgante de los demás y por la suya propia, pues proponía un sujeto autodidacta, que por medio de la imitación lograra aprender por sí mismo lo que signiicaba ser civilizado, y que alcanzaba este calificativo solo cuando los otros le daban su aproba-ción. El individuo debía moldear su subjetividad basado en la concepción de una sociedad estructurada por las jerarquías naturales, de la familia nuclear como forma primaria de la vida en común y de la homogeniza-ción de los comportamientos” (Afanador & Baéz, 2015, p. 65).

Ahí se evidencia que la sociedad de los Manuales de urbanidad vigilaba

constantemente. Las personas tenían que vivir sus vidas pensando en el qué dirán y en que otras personas, y Dios, estarían juzgandolos día y noche. Por eso nada era genuino, todo era ensayado y todo estaba metodizado.

Manuales de urbanidad en Colombia

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Además, los manuales buscaban mantener una sociedad basada en las jerarquías sociales y las desigualdades. Es decir, que cada persona debía reconocer el lugar y rol que le correspondía en la sociedad dependiendo de su género, edad y posición social. Por eso, al hombre le correspondía ser audaz, nunca temer ni dudar y, sobre todo, no mostrar emociones o sensibilidad. Por el contrario, a la mujer le correspon-día ser delicada, temer, dudar y, sobre todo, ser sensible y frágil. De igual manera, el jóven tenía que mostrar respeto a los mayores, así como la mujer a los hombres. Finalmente, el poder estaba en mano de los adinerados, dueños de las tierras, jefes de las empresas y patrones de los asalariados (todos hombres).

Carreño, M. A. (1853). Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para jóvenes de ambos sexos.

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Escribo “mujer” entre comillas en este capítulo justamente para mostrar lo

generalizadores que resultan los postulados de los Manuales de urbanidad sobre los comportamientos, pensamientos, posturas y cuerpos de las mujeres. No se pueden desviar, no existe un espectro de posibilidades u oportunidades de desenvolverse diferente a lo que se espera. Por eso “la mujer” y no “las mujeres”.

La mayoría de los Manuales de Urbanidad fueron escritos por hombres que se dirigían a otros hombres. En otras palabras, los manuales “para ambos sexos”, como el de Manuel Antonio Carreño, estaban escritos con un “nosotros” que excluía a las mujeres, a quienes se dirigían en tercera persona (Afanador & Báez, 2015). Y aunque el objetivo de estos textos era educar y controlar el cuerpo del ser humano, uno de sus principales focos fue el de prestar atención al cuerpo y comportamientos femeni-nos y moldearlo con más rigor y condena que el masculino por dos razones: porque eran las mujeres las que tenían la labor de educar al futuro de la Nación y si ellas no conocían los cánones de la urbanidad, sus hijos tampoco lo harían; y porque el género femenino, según los autores, era el más predilecto para las prohibiciones y las sanciones sociales pues cualquier paso en falso la llevaría a perder su honra. Fue así como quedó claro lo que los hombres esperaban de “la mujer”, un ser que se moldeara a sus gustos y expectativas. Fueron ellos los que escribieron, decidieron y se volvieron los dueños del rumbo de su vida:

“Debía ir siempre con decoro, mucha modestia y dignidad, sumisa a las decisiones de sus padres, aceptando con gracia todas sus órdenes. Todo esto para que, una vez mayor, se convirtiera en una espectadora con demasiada modestia, sin llamar la atención de los demás, ya fuera en la calle o en la conversación. La mujer callada, sumisa, siempre dulce y complaciente, cumplía con sus funciones naturales de ama de casa (...) guardando siempre, y una vez más, el decoro y la compostura” (Afanador & Baéz, 2015, p. 72).

“La mujer” de los Manuales de urbanidad

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De esta manera, se legitimó una vez más la supremacía de los hombres sobre las mujeres. Una vez más había una institución, en este caso, la Urbanidad, que reclamaba la sumisión de “la mujer” a las figuras masculinas del padre, los hermanos o el esposo. Debía ser alguien que, por su modestia, pasara inadvertida y nunca representara ningún tipo de rebeldía, desacato o competencia para o contra el hombre. Un ser que, desde su encierro en el hogar conservara su dignidad por encima de cualquier cosa, pues, por su fragilidad, su reputación colgaba de un hilo siempre (Afanador & Báez, 2015).

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e tenemos pánico al qué dirán y por eso hemos interiorizado normas de compor-tamiento, como las de la Urbanidad, por eso seguimos las modas, aparentamos e imitamos y salimos al mundo a interpretar un papel que nos corresponde por nuestro género, clase social y edad.

Para Carreño, tenemos que someternos a las modas siempre y, si algún día no sabemos cómo comportarnos, lo que hay que hacer es “imitar a los cultos” (Carreño, 1853). En esto concuerda José María Vergara y Vergara en Las tres tazas (1863), si una bebida estaba de moda, así no te gustara, tenías que pretender que la disfrutabas y que la conocías desde hace tiempo porque eso te hacía pertenecer a un grupo selecto de personas. La élite colombiana ha construido su identidad plagiando la europea y norteamericana, imitando cada uno de sus movimientos y aparentando ser algo que no son.

Adicionalmente, hay otro componente dentro de este problema y es la pérdida de una identidad propia y de un individualismo. Para Armando Silva, en su libro Bogotá imaginada (2004), “la sociedad occidental se ha consolidado alrededor de grupos donde el individuo ha sido tradicionalmente concebido como parte de una totalidad, y su identidad ha tenido mucho que ver con los roles que le otorga la sociedad” (Silva, 2004, p. 248). Sin embargo, la La sociedad actual está centrándose cada vez más en el individuo como sujeto y no como miembro de un grupo. Lo retador es que ese sujeto tiene que estar autodefiniéndose constantemente dentro de su individualidad, tiene que decidir a cada momento sobre una infinidad de ofertas y de eso se aprovechan las modas y la publicidad. Le hacen creer que será único siempre y cuando adquiera un bien o servicio específico, sin saber que al hacerlo, perderá su completa individualidad y comenzará a formar parte de un nuevo grupo. Y con la próxima decisión de otro diferente. Y así exponencialmente al infinito, todo el tiempo, todos los días de su vida.

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Con esta imitación y una oferta incansable de puertas abiertas a distintos grupos, aparece el tema de la teatralidad de la vida cotidiana. Debido a lo que la sociedad espera de nosotros estamos creando un personaje todo el tiempo que creemos que habla como nosotros, se ve como nosotros, hace lo que “nosotros” haríamos, pero es simplemente una construcción de lo que los demás quieren y de lo que nosotros queremos darles para encajar. Según Carreño, la casa es el teatro de todos nuestros ensayos. Para Silva, “la palabra persona, base de la sociedad, tiene origen latino, idioma en el que significa máscara de actor (...) la evolución de este concepto que conduce al significado actual de la palabra persona permite interpretar que la vida urbana es una mascarada” (Silva, 2004, p. 271). Para Afanador y Báez “el individuo vivía permanentemente aprendiendo su rol para llevarlo a futuros escenarios colectivos que eran, en realidad, una versión macro de su mundo familiar” (Afanador & Báez, 2015, p. 77).

En ese orden de ideas, se puede ver cómo la vida es totalmente teatral. El hogar, donde domina lo privado, debería ser el lugar predilecto para el esparcimiento, el ocio y el dejar ser quien es uno realmente. Pero ese no es el caso, se convirtió en el backstage de todos nuestros ensayos. La casa representa ese lugar donde practicas para después salir al ojo público a interpretar el papel que te otorgó la sociedad y no incurrir en el temido “qué dirán” si te sales del guión.

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Destroza Maldice Reniega Impulsivo Razón Da órdenes Protege Fuerte Ser público Autoridad Está en la calle y los establecimientos Tiene valor por sí sólo

Gana la plata Estudia en colegio y universidad Trabajo productivo Hogar = Descanso Interés por temas serios Culto, letrado Voz fuerte Ser completo Acción Lo complacen No teme, no duda, no es débil Llamativo y hablador Conserva Bendice Ora Casta y pura Naturaleza Obedece

Necesita ser protegida Suave y delicada Ser privado Educación

Está en el hogar y la iglesia Valor por ser esposa y madre Administra la plata

Estudia en casa o con monjas Trabajo reproductivo Hogar = Más trabajo

Interés por temas banales y sencillos Ignorante, inculta

La desluce gritar Complementa al hombre Sumisión

Complace

Teme, duda, es débil Callada y que no sobresalga

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oda la bibliografía estudiada lleva a la construcción de este cuadro que separa lo que “debe” ser un hombre en contraposición con lo que “debe” ser una mujer. Es sorprendente ver que cada cosa masculina tiene un opuesto directo en lo femenino. El hombre y la mujer son antónimos, igual que todo lo que constituye sus identidades y hay una necesidad de diferenciarlos absolutamente y de manera extrema.

Ese cuadro resume la dicotomía hombre-mujer que ha sido definida desde tiempos inmemorables. Hay cosas que se consideran masculinas y cosas femeninas, cada uno tiene sus espacios, sus comportamientos, su apariencia, sus pensamientos y deben ser opuestos y siempre de acuerdo a su género. Un hombre jamás debe hacer lo que hace una mujer y viceversa. Y todos los hombres deben ser así, al igual que todas las mujeres al contrario.

Vivimos en una sociedad que nos recuerda día y noche el lugar que nos pertenece por nuestro género y lo que deberíamos estar haciendo. Esos comportamientos son legitimados por la familia, los colegios, las universidades, el ambiente laboral, el entretenimiento y la publicidad. Día y noche te dicen “azul para los niños, rosado para las niñas”.

“La vida de hombres y mujeres está inmersa en un mundo de generalizaciones que dirigen sus pensamientos y acciones cotidianas; juicios provisionales sobre la interacción humana que, aún siendo controvertidos y refutados mediante la razón y la experiencia reflexiva, se convierten en pautas de comportamiento con pretensión de validez universal (...) se denominan estereotipos, los cuales, en su proceso de construcción y legitimación, se van convirtiendo en <<modos de ser>>” (Barreto, 1995, p. 362).

Esas casillas son el resultado de un proceso histórico, social y cultural que se introdujo en la vida cotidiana y así, en el imaginario colectivo de nuestra sociedad. Es desde ahí que alteran nuestros pensamientos y acciones e influyen, fuertemente, en la construcción de nuestra identidad.

Pero la realidad es otra. Si tenemos en cuenta sólo el sistema binario, dentro de la gran categoría “mujeres” existe un arcoiris de posibilidades de serlo, igual que en la categoría “hombres”. No hay una sola posibilidad ni un ideal con el que todos

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cumplen. Y la cosa va muchísimo más allá, pues el sistema binario es una construcción social obsoleta. La realidad es que el género es fluido y cada quien construye su identidad tomando características que van más allá de “lo femenino” y “lo masculino”. Teniendo eso en cuenta, es importante traer a colación lo que Simone de Beauvoir planteó en El segundo sexo (1949). Según ella, la feminidad no la construyeron las mujeres a partir de su libre elección sino que se les impuso un “ser mujer” definido por los hombres, al que debían ajustar sus vidas. De esa idea nace el título del texto, pues su idea es que el modo de ser de la mujer que había construído la sociedad limitaba su existencia a ser “la otra”, “el segundo sexo”, unos seres sometidos a los deseos e intereses del género masculino (Beauvoir, 1949). Eso la lleva a postular que “el género no es producido por la naturaleza sino por la cultura en cada sociedad histórica, es una construcción social y por tanto hay que replantearse el lugar de la mujer en la sociedad desde el principio de la igualdad” (Pérez, 2011, p. 195). En conclusión, una no nace mujer, una se hace mujer. Pasa lo mismo con los hombres. Y ocurre debido a una construcción social que hay que cuestionar.

Jarabe Yodotánico Fosfatado y Arsenical. (1917). Publicidad Jarabe Yodotánico Fosfatado y Arsenical.

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o personal es político (1970) es un texto publicado por Carol Hanisch, una feminista radical de la década de los setenta en Estados Unidos. El texto se enfoca en los grupos de autoconsciencia feministas y cómo desde ahí se puede hacer la revolución, a pesar de la crítica de muchos que consideran que la acción sólo está en la calle. La autora condena la postulación de un “deber ser feminista” que lo único que hace es alejarnos entre mujeres. Una feminista no es sólo aquella que sale a marchar y a manifestarse frente al gobierno, también lo es quien se reúne con otras a discutir sobre sus derechos, o quién se queda en la casa educando a sus hijos para no violentar a las mujeres.

Entonces sí, “los problemas personales son problemas políticos” (Hanisch, 1970, p. 11). No es necesario abanderarse para ser feminista o para aportar a las luchas feministas. Hay incluso, mujeres que no se consideran feministas o que nunca han caído en cuenta que, quizás, son feministas y que le ganan batallas al patriarcado cada día. Hay mujeres en el anonimato, mujeres que nunca pasarán a los libros de Historia, de las que no se harán novelas o películas, pero que enfrentan la vida de forma tan heróica y valiente como las mártires de la Independencia o las científicas y deportistas reconocidas mundialmente. Desde su esfera privada y personal están generando discursos políticos importantes.

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Lo que resulta increíblemente valioso del texto de Hanisch es como presenta que “la genealogía de las mujeres se construye en un tiempo no lineal (es pasado y es aquí y ahora, a la vez) y en un espacio más allá de las fronteras convencionales” (Franulic, 2016, p. 3). En otras palabras, las mujeres creamos redes de aprendizaje y valoraciones que van mucho más allá de lo genealógico y cronológico. Todo el tiempo estamos aprendiendo unas de otras, las mayores de las chiquitas, las chiquitas de las más chiquitas y, a su vez, de las mayores. Hemos construido nuestras vidas, existencia e identidad en conjunto a través de los años y de generación en generación. Eso implica lo que Andrea Franulic, autora del prólogo, llama “otra forma de crear saberes” que se da a través de las experiencias, conexiones y síntesis que se crean durante las vivencias, convivencias y conversaciones con otras mujeres. Es viendo a otras hacer, hablando con ellas, conociéndolas, oyéndolas que una rescata cositas con las que va construyendo su personalidad, identidad y su propio ser mujer.

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[Estados del art

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hirimbote es una editorial independiente argentina que se caracteriza por hacer publicaciones que proponen diferentes miradas del mundo dirigidas a una nue-va generación de niños y niñas que tienen otras inquietudes y enfoques para vivir y ver la vida. Uno de sus proyectos es la serie titulada Antiprincesas que surgió en 2015. Lo que buscan con estos libros es mostrar a esas mujeres latinoamericanas libres e independientes, plantear otra mirada del ser mujeres diferente a la de las historias de cuentos de hadas o Disney, recuperar la cultura popular y “rescatar heroínas olvi-dadas” (Chirimbote, 2015). Lo que proponen es una serie de libros donde presentan mujeres reales y latinoamericanas, no unas construcciones anglosajonas ideales que legitiman postulados patriarcales y de inferioridad, quienes cambiaron las reglas de juego, lucharon para cumplir sus metas y sueños y pasaron a la historia por hazañas y logros en pro de las mujeres, sus derechos y libertades.

“Una princesa, pensando en los estereotipos, es una mujer que ha cons-truido su vida en función del deseo de otros y de otras, de una reina y un rey que además son su propia familia, y a veces de un príncipe o del rey de otro poblado que la quiere para su hijo. También es una mujer a la que obligaron a construirse a partir de su belleza externa, y a desarrollarse poco en sus propios deseos. Es una mujer que espera, que en general tiene que ser rescatada para vivir una vida un poco más plena, pero una vida plena que en general tiene que ver con el deseo hacia dentro de la familia: casarse con un príncipe, continuar el mandato familiar que es ser reina en un futuro… Por eso las Antiprincesas, que son mujeres reales de la historia, que han logrado traspasar los límites que les han puesto la sociedad del momento, siempre han sido mujeres rebeldes que no han encajado en la contemporaneidad que les tocó vivir, y son mujeres que salen a buscar su destino, que no esperan a ser rescatadas, que se desarrollan en sus áreas, hay pintoras, escritoras, cantantes de cumbia, poetas, hay de todo, y eso demuestra las múltiples posibilidades de ser de las mujeres.” (Chirimbote, 2015).

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Chirimbote. (2015.). Antiprinc esas.

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Plantear otra manera de ser mujeres en una publicación ilustrada que va en contra de la idea planteada por los cuentos de hadas tradicionales y las historias de Disney que resultan en réplicas de comportamientos machistas de sumisión de las mujeres.

Contar las historias de mujeres reales que vivieron situaciones de la vida real y que las enfrentaron de verdad, no una construcción únicamente de ficción. Rescatar “heroínas olvidadas”. En el caso de mi proyecto, no aquellas que pasaron a la historia pero que las nuevas generaciones no conocen, sino aquellas de las que nunca se ha escrito, de las que, quizás, nunca se escribirá y que desde el anonimato de su cotidianidad batallan tanto como esas otras admirables mujeres que constituyen la colección de Chirimbote.

Mostar muchas mujeres diferentes, que se desarrollan en distintas áreas para reforzar esa idea de que existen muchísimas posibilidades de ser mujeres y un espectro de posibilidades, también, de ser feministas.

De “Antiprincesas” rescato:

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14). La vida cotidiana 7: L

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[Katherine Supnem]

atherine Supnem es una filósofa, comiquera, historietista, ilustradora y feminista chilena. Se dedica a su arte y hace dibujos, pinturas, fanzines, cómics, talleres, participa en ferias, da entrevistas y escribe. Es la autora y productora de una serie de cómics que sigue en proceso y que se titula La vida cotidiana donde cada uno trata di-ferentes situaciones y temáticas de la vida de Supnem como la soledad, el dinero, vivir sin hogar, los amigos, el peso, las mujeres de su familia, el feminismo, la sexualidad, el trabajo y las enfermedades. Aunque todos tienen un componente autobiográfico importante y predominante, las temáticas apelan a la cotidianidad y la reflexión, con un componente crítico y provocador que permite una conexión con los personajes y los sucesos narrados que van más allá de los anécdotas biográfico para convertirse en conceptos de estudio filosófico. Son cortos, con poco texto y escritos con un vocabula-rio “cotidiano”, cero académico y donde se le habla directamente al lector, apelando a lo que en teatro se llama “romper la cuarta pared”. Con esa serie de cómics, la autora pone de frente situaciones muy crudas como algunas de violencia, abuso, enferme-dades, pobreza para mostrar la realidad de esa vida cotidiana que muchos tienen que vivir y que no es de cuento de hadas. Lleva todas las situaciones al grano, sin dejar cabos sueltos y de manera tal que al lector le llega el mensaje claro y sin rodeos. Aunque toda la colección es un gran estado del arte por los temas que trata, la manera cómo los trata y el vocabulario que utiliza, los últimos dos cómics, Las mujeres de mi familia y El feminismo, son los que más se relacionan con mi proyecto de grado y los que más me sirvieron para plantearlo. En el primero explica por qué se comporta de manera violenta con algunos hombres o por qué tiene ciertos comportamientos que se podrían pensar como “masculinos” y la raíz de todo son tres mujeres de su familia: su bisabuela, su abuela y su mamá, todas matronas y severas que le enseñaron a ser una mujer dura y fuerte. En el cómic le dedica una página a cada donde cuenta las cualida-des que vio en ellas y que la hicieron ser quien es hoy en día. El segundo habla sobre el feminismo y contando anécdotas de su vida presenta temas poderosísimos como la

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Supnem, K. (2014). La vida cotidiana 8: E

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El factor autobiográfico que sirve para contextualizar problemas de la vida real que muchas personas enfrentan y con las que muchos se pueden sentir identificados.

Contar historias de personajes reales de su vida pero sin ponerles nombre para crear arquetipos que permitan una identificación más inmediata de parte del lector.

El componente crítico y provocador que maneja en su prosa gracias a las situaciones que presenta y el vocabulario que usa para narrarlos: muy cotidiano, incluye groserías y evita por completo el vocabulario académico para que el mensaje llegue con inmediatez y sin rodeos.

Hablarle directamente al lector para crear una relación directa con él y que sienta que la crítica y todo lo que digo va dirigida a él.

Narrar historias de las mujeres de mi familia para explicar por qué soy como soy y por qué, desde su cotidianidad y su anonimato, pueden ser todas unas feministas berracas sin declararlo literalmente.

Introducir luchas de los feminismos dentro de la prosa sin que suene como un texto académico sino como referencias contextuales para explicar los sucesos que se narran.

Recurrir a la ilustración para hacer visibles las situaciones narradas. Meterle humor a temas que son complejos, teóricos y supremamente serios como, por ejemplo, el feminismo, los derechos de las mujeres y la igualdad de seres humanos.

De Katherine Supnem rescato:

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idea del género binario que es predicada por muchos adultos hasta que a los niños se les graba, la predominancia de autores masculinos en los colegios y universidades, la subestimación hacia las mujeres, la inequidad en los sueldos, el abuso de poder de algunos hombres, la importancia de leer a otras mujeres y de estudiar los feminismos y sus luchas para terminar con una condena al feminismo “mainstream” sin contenido.

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Sánchez, D. (2015). Women should? - Book.

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[Diana Sánchez Barrios]

iana Sánchez es una diseñadora y directora de arte colombiana, egresada de la Universi-dad de los Andes, cuyo trabajo se caracteriza por ser anti disciplinario y experimental. Su proyecto Women Should? es un libro textil para bordar y des-bordar ideas. Cada pá-gina presenta postulados prejuiciosos que dicen lo que las mujeres deben o no deben hacer debido a su condición de género y que fueron tomadas a partir de lo primero que apareciera en el buscador de Google al escribir “mujeres pueden”, “mujeres deben” y “mujeres tienen”. De todas las opciones, la autora escogió cuatro para su libro: “las mujeres no deben estudiar”, “las mujeres deben quedarse en la casa”, “las mujeres no deben trabajar” y “las mujeres deben permanecer en silencio”. Al lado de cada una de esas frases aparece la ilustración de alguna mujer, reconocida en la historia, por haberse atrevido a contradecir esas ideas sobre la feminidad. La idea del libro es que el lector puede bordar sobre los textos y las imágenes para darle la vuelta a los “state-ments” que presenta: se puede bordar sobre el “cannot” para que quede “can” o bordar únicamente algunas palabras para crear nuevas frases, depende de cada quién y cómo se adueñe del libro y sus contenidos.

Recurrir a los postulados de “las mujeres deben” y “las mujeres no deben” para planear la publicación ya que son un recurso que evidencia el absurdo de muchas ideas sociales que, a la larga, son discriminatorias y prejuiciosas.

De “Women should?” rescato:

65

ES

TADOS DEL AR

(66)

Cavallo, F. & Favilli, E. (2016). C

Referencias

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