Bizancio y el Mediterráneo Oriental:
Una Visión Introspectiva de la Historia Bizantina
Dirección y Coordinación: Guilhem de Encausse
Autores: Francisco Aguado, Hilario Gómez Saafigueroa, Guilhem de Encausse, Joao Vicente de Medeiros Publio Dias, Manuel Vega, Roger Corbera Mestres, Toni
Nereo, Santiago de Luxán Hernández y Rolando Castillo
Recolección de Impuestos. Miniatura que ilustra a los hombres de la administración del imperio cobrando impuestos, 1136-1155. Monasterio de Santa Catalina, Sinaí.
Bizancio y el Mediterráneo oriental:
Una visión introspectiva de la Historia bizantina
Bizancio y el Mediterráneo oriental:
Una visión introspectiva de la Historia bizantina
Antonio Valladolid Alonso, Francisco Aguado Blázquez, Hilario Gómez Saafigueroa, Joao Vicente de Medeiros Publio Diaz, Manuel Vega, Roger Corbera Mestres, Rolando Castillo, Santiago de Luxán Hernández, Guilhem de Encausse (2004).
Edición y maquetación: Guilhem de Encausse. Traducciones: Pablo Bahamonde y Javier Solís.
Correciones y adaptaciones de textos (en general): docentes del Oxford Institute de Alta
Gracia, Provincia de Córdoba, Argentina.
Portada y subportadas: selección a cargo de Rolando Castillo.
La presente edición electrónica de Bizancio y el Mediterráneo oriental: Una visión
introspectiva de la Historia bizantina se distribuye en forma gratuita desde la web Bizancio
(http://www.imperiobizantino.com) de Rolando Castillo, solo para fines didácticos. Es por ello que queda prohibida su venta ya sea en formato impreso o electrónico.
Del mismo modo queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público, salvo que medie consentimiento por escrito de los titulares del COPYRIGHT.
Dejad crecer libremente a un retoño y libremente se mecerá con el viento.
Al cabo, la misma brisa lo quebrará. Ponedle en cambio una guía
Y el tiempo le dará la fortaleza del roble.
(María Isabel Martín)
Largamente menospreciado por los historiadores del siglo XIX, tildado de estado decadente y poco apto en un sentido evolutivo, el Imperio Romano de Oriente, más conocido como Imperio Bizantino, fue sin embargo la roca contra la cual se partieron todos los intentos del Oriente asiático por abordar Europa, hasta la caída definitiva de Constantinopla en 1453. Su fortaleza y resistencia, templadas en la fe ortodoxa de sus habitantes y en el designio divino para el que se creían destinados sus emperadores, interiormente tuvieron su correlato en las ingentes masas de pobladores que, tirando de una yunta de bueyes, empujando un arado, cargando un cuévano o calzándose una coraza (entre otras muchas actividades), aportaron el ingrediente indispensable para hacer del alma del imperio una aleación noble. Si hemos de apelar a una metáfora, el Imperio Bizantino fue una candela encendida en el horizonte de la historia medieval europea, una resistente flama que permitió a Occidente emerger desde la bruma y la oscuridad que el colapso de Roma había sumido a esas latitudes tras el año 476.
¿Cómo se explica en el caso de Bizancio tamaña capacidad de adaptación, semejante grado de empecinamiento por la vida? ¿Qué factores determinaron que el Imperio Bizantino sobreviviera más de mil años en una época dónde las fronteras de los estados se confundían regularmente con los límites de la ambición, de la sed de gloria y del fervor religioso? ¿Cuáles fueron las causas de tal longevidad, considerando que la vida promedio de los estados medievales no pasaba de los trescientos o cuatrocientos años?
Quizá la lucha por la supervivencia en el seno de Constantinopla no haya sido otra cosa que el enfrentamiento entre la eficacia y la eficiencia de las estructuras estaduales (económicas, sociales, religiosas, administrativas, etc.) del imperio oriental. Que tales estructuras fueron eficaces en líneas generales no cabe duda. Si no hubiera sido así, Constantinopla habría caído mucho antes de 1453. La cuestión se plantea un tanto más espinosa para el caso de la eficiencia. Como todos sabemos, ésta en muchos casos es el reflejo de la capacidad de adaptación de las entidades físicas o jurídicas a situaciones cambiantes y de la velocidad que emplean en términos de tiempos históricos para lograr tal objetivo. La medida justa de la eficiencia se definiría para el caso que nos ocupa como la capacidad de los bizantinos para manejar sus recursos limitados alterando por planificación o decantación la composición de los mismos. ¿Fue el bizantino un estado que, por el peso de su tradición, decidió auto inmolarse, clavándose sin cambios en el tiempo?
El presente trabajo grupal pretende demostrar que Constantinopla y sus fuerzas vivas fueron lo suficientemente aptas como para generar las transformaciones necesarias para adaptarse a las circunstancias cambiantes que les tocó vivir. Los trabajos de Hilario Gómez Saafigueroa (Rentas privadas y públicas: la distribución de la riqueza en Bizancio), Rolando Castillo (Campesinos libres y grandes terratenientes en Bizancio: la columnas de
dos imperios diferentes), Joao Vicente de Medeiros Publio Diaz (Las fronteras bizantinas y sus señores: los Acritas), Roger Corbera Mestres (El campesinado libre y los themas),
Francisco Aguado Blázquez (Demos, facciones del circo en Constantinopla: sociedad civil y
política en Bizancio) y Guilhem de Encausse (La pronoia: una institución con sello bizantino) se concentran principalmente en el estudio de la sociedad y la economía bizantinas
(Rentas privadas y públicas: la distribución de la riqueza en Bizancio también abarca las finanzas imperiales). Por otro lado, los escritos de Santiago de Luxán Hernández (Venecia y
sus relaciones con el Mediterráneo oriental), Antonio Valladolid Alonso (El feudalismo latino: la isla de Rodas) y Guilhem de Encausse (Regímenes comunales en el Mediterráneo oriental) ponen énfasis en aquellos pueblos y estados que de una u otra manera mantuvieron
una dialéctica fluida con el Imperio Bizantino. Finalmente, la manera en que los cambios económicos y sociales de la sociedad bizantina se vieron reflejados en el arte, es detalladamente expuesta por Manuel Vega en Desarrollo del arte en el Imperio Bizantino: un
reflejo de los cambios económicos y sociales.
Restaría por otra parte destacar la desinteresada colaboración de Pablo Bahamonde y Javier Solís, quienes hicieron posible la traducción al castellano del artículo de Joao Vicente de Medeiros Publio Diaz (Las fronteras bizantinas y sus señores: los Acritas), redactado originalmente en portugués (As fronteiras bizantinas e seus senhores: Os Acritas). Ambas versiones han sido incluidas en el presente proyecto en atención a nuestros lectores lusitano-parlantes. Citar además como ejemplo de compromiso a nuestro joven compañero Santiago de Luxán Hernández, quien no dudó un instante en cargar sobre sus quince años de edad la pesada responsabilidad de preparar un trabajo como el de Venecia y sus relaciones con el
Mediterráneo oriental. La juventud tiene un digno abanderado en él.
Finalmente agradecer a Rolando Castillo y a todos los autores que, con envidiable optimismo, encomiable vocación y probado respeto hicieron posible la publicación del presente proyecto. A todos ellos mi más sincero reconocimiento.
Guilhem de Encausse
Coordinador Octubre de 2004
Demos, facciones del circo en Constantinopla;
¿sociedad civil y política en Bizancio?
YÜtÇv|ávÉ TzâtwÉ UÄöéÖâxé
Temario:
1- Introducción
2- La “edad de oro” de las facciones; siglos IV-VI
3- ¿Galanía para el fausto o permanencia “todavía” del populus romanus?, siglos VII-IX.
4- El ocaso de “los demos” y el triunfo de “las familias”. Siglos XI-XII 5- Bibliografía.
1
Introducción:
“Apud Byzantium populari orta in circo seditione multi invicem occiderunt, multaque intrinsecus hominum pecudum que morbo corpora perierunt”
Marcellinus Comes, XI, 81. La autocracia bizantina, que se cree continuación y máximo desarrollo del dominado bajo imperial, ha sido destacada por encima de muchos otros elementos de la esfera interior de aquel Imperio, hasta convertirla en paradigma de tales sistemas. La concepción “cesaropapista” o teocrática de un poder personal, sin límite, y cuya única procedencia y justificación era la divinidad, uno y otra siempre ornados de un boato desmesurado, ocupa un buen elenco de análisis, eruditos y otros menos científicos, en el espacio total dedicado a Bizancio desde los mismos albores del bizantinismo1.
Tal vez, con exceso. Este “imponente edificio” se entiende hoy, a la vista de un creciente y novedoso enfoque de los especialistas, ciertamente disminuido. No sólo el patriarca y el clero, con las enmarañadas disputas de jurisdicción; también senado y pueblo parecen haber ejercido un trascendental papel moderador. En cierto modo, como advierte el profesor Ducellier2, no resulta descabellado asumir que se desarrolla un permanente y harto complejo “juego de gobierno-oposición con llamativos visos de multilateralidad”. En el que la pugna de intereses tiene, como de costumbre, un aparato de voceo y justificación, amén de sus medios de presión. En verdad puede sorprender, pero en Bizancio la crítica popular existe y se expresa en agudo contraste con el mundo circundante en aquel largo periodo3. Ejemplos llamativos no faltan, desde los prolegómenos de la Nika en 532 hasta la reprobación pública que los soldados lanzan contra Manuel I Comneno, al que afean su azorado comportamiento en Miriokephalon, o las agudas invectivas de un irreductible y a la postre condenado Juan Italos en el “ilustrado” periodo de Constantino IX.
A mayor abundamiento, incluso en las formas el previamente tan considerado absolutismo bizantino tiende ahora a mermar, haciendo un mejor y más ponderado uso de las fuentes4. De la rígida y normativa corte que nos quiere transmitir un obsesionado del protocolo como Constantino Porfirogéneta; a la vulnerable, relajada y
1
Textos de impecable rigor como el de Steven Runciman en su The Byzantine Theocracy de 1977, conviven con la caricatura literaria y periodística que se observa a menudo en obras dramáticas y suplementos dominicales que buscan más el llamativo barroquismo que la verdad. Una amplia y razonada exposición bibliográfica sobre los fundamentos y formas del poder en Bizancio se puede consultar en el capítulo “La concepción del poder político” a cargo del profesor Bravo García.
2
“La oposición es, así pues, algo normal en Bizancio y parece incluso que ella haya sido a menudo masiva”, Ducellier, Le drame de Byzance, pág. 188.
3
“También los bizantinos formulan contra el poder críticas de un vigor y de una audacia que aún hoy, nos parecerían extraordinarias”, Ducellier, Le drame de Byzance, pág. 188. Tal oposición tampoco será algo “inmutable”; la flexibilidad dentro de un marco o principios aceptados explica esa “aparente contradicción entre la perennidad de la ideología y la multiplicidad de las formas de oposición”, (Cheynet, Pouvoir et contestations à Byzance, pág. IX).
4
Hasta un cortesano cabal y fiel como Aretas de Cesarea nos recuerda que aquella “proskinesis” que antaño se había exigido en señalados casos, era “algo bárbaro y no romano”, (citado por Ducellier, Le drame de Byzance, pág. 189).
cercana que entrevemos en Miguel Psellos, se extiende un amplio y juicioso término medio que, a buen seguro, debió prevalecer.
Se acepta en general que Bizancio nunca fue una monarquía sensu stricto; se ejercía una delegación (Dios comisionaba pero la vox populi era corifeo de su voluntad), en el marco de una res publica, la comunidad de hombres y mujeres es el objeto único de su existir y atención; en ningún caso una propiedad individual o familiar5. No hay duda de que era muy necesario tener presentes los deseos y las inquietudes de la plebe, que se articulaba en tremendamente móviles y variadas escalas, de la capital y aún en las provincias6. El limitado motín y la peligrosa insurrección estaban en el orden de lo asaz posible y el ejército, en tanto que “nacionalista” podría ser natural expresión de ese descontento, una vía hacia el cambio súbito y radical7. Y como último aunque no inferior considerando estaba la ley civil, a la que, incluso en el periodo paleólogo, se le vino a otorgar, en lo alto y bajo de la sociedad, un respeto casi místico8; en ella encontraba todo hombre bizantino el refrendo de lo que le era propio, aún más allá o en estricta competencia con la cristiana fe9.
Y es que aquel pueblo también puede haber añorado, en mayor o menor grado según periodos, la libertas altoimperial; aunque, mezcla en extraña suspensión, sin ningún menoscabo de su pasión por la continuidad y la ordenación o taxonomía cristianas; jerarquía del mérito o virtud y no de los genes, una homeostasis imposible. Entre otras, ésta parece una más de las paradojas bizantinas; pugna constante entre un ideal de omnipotencia y equilibrio (armonía), y una realidad difícil, inestable y rica; fructífera dialéctica, secreto de la inaudita supervivencia ideológica de aquel Estado
5
Sobre la res publica y la supervivencia de cierta y tenaz ideología republicana en Bizancio: Bravo, La Concepción del poder político, págs. 73-75.
6
Las corporaciones profesionales, por ejemplo, siempre gozaron de gran vigor en el Oriente romano y Bizancio, al margen de las curias; en ellas pudieron tener un sólido crisol algunos “demos” del periodo bizantino temprano y medio. Cuanto menos, podrían servir de “cantera” o fuente de afiliación. No obstante las facciones poseían oficinas y locales, amén de “iglesias preferidas”, donde se vivía un ambiente de camaradería, ingenua o transgresora diversión y complicidad entre “conmilitones”.
7
Lo que han venido a denominar “el golpe de Estado como técnica de gobierno”, (Cheynet, Partis et contestations: une vie politique?, pág. 74. Los bizantinos consideran la autoritas de aquel que ocupa el Gran Palacio originada en Dios; tal es un don, una cesión que el Supremo puede retirar y volver a conferir por defecto, mala gestión o algún otro misterioso designio. Hará bien el augusto en gobernar con acierto y para sus ciudadanos —lo más preciado, pues es el pueblo ortodoxo que ama el Señor— si no quiere que otro, cualquiera, sea “bendecido por el basileo de basileos”. Los augurios y premoniciones respecto al posible ascenso a la máxima magistratura continuarían enardeciendo los sueños de pobres y villanos, desde el Ponto a los Balcanes, hasta bien entrado el siglo XII. Y la carrera de las armas será siempre un magnífico soporte para los menos favorecidos; en verdad,“el ejército manifiesta siempre la voluntad de los ciudadanos romanos por penetrado que esté de elementos bárbaros. Es curioso que en Hispania la expresión milites designe a los Romanos, es decir los súbditos del Imperio, en tanto que en Oriente la palabra Romaioi significa “militares” en el siglo VI”, (Manojlovic, Le peuple de Constantinople, pág.617).
8
“En el fondo lo que limita el poder imperial no es tanto la brutalidad incontrolada del pueblo, que no desembocaría más que en sustituir un tirano por otro, como ese sentido implícito de la legalidad que aporta una contradicción permanente a los actos despóticos”, (Ducellier, Le drame de Byzance, pág. 193).
9
Para el legislador en Bizancio encontrar una aparente o real contradicción entre moral cristiana y código era sombría fuente de turbación. Pese a todo, en muchos de los casos flagrantes continuó predominando la primera tradición; la ley de los antiguos, (se puede recordar la ilustrativa disputa en torno a los matrimonios y las novelas de León VI o simplemente la supervivencia del divorcio como posibilidad, contra la normativa canónica).
“inasequible a los cambios”, las transformaciones profundas que llegaban a darse sin perder nunca la esencia de la teoría que vestía la púrpura y el nombre de Roma. Ese modelo perseguido es el que lleva a respetar la sucesión de un augusto por otro co-emperador designado, familiar en muchos casos; pero no en virtud de una relación paternal, fraternal o matrimonial, sino con motivo de su “reglamentario” nombramiento y aceptación. Desde la perspectiva actual, (y más aún en la decimonónica tan europea y monárquica), tendemos a desdibujar el cuadro y creemos percibir un principio hereditario que, sin remedio, no termina de encajar10.
Hay, desde luego, una corriente de transición del “legalismo” al “legitimismo” que coincidiría con el periodo Comneno; en tanto el triunfo del clan, (sin duda y pese a todo una “realeza” muy matizada), sería el de los Paleólogo, tan diferente que algunos ya no quieren ver entre 1261 y 1453 una supervivencia, en puridad, de Bizancio. Que, con todo, no asume muchos de los presupuestos latinos en sociedad y economía; así el funcionariado se resiste a desaparecer con extraña energía, la movilidad social no cesa y los parecos tampoco se resignan a identificarse con la gleba. Pero, si no es posible hablar de una “monarquía”, “aristocracia” y un “feudalismo” tardobizantinos, sí se debe aceptar el cese de la actividad del “pueblo”; incuestionable parece que en esos postreros siglos no hubo juegos ni demos, diálogos y senadores, el hipódromo languidecía entre ocasionales torneos tan caros a los señores de Occidente y sus pálidos émulos en el Bósforo. Si acaso, el clarividente Pleton ideaba fórmulas tan lógicas y morales sobre el papel como irrealizables en la práctica.
Tal vez, hablar del pueblo de Bizancio y su relativamente recién descubierto
papel político sea considerar lo más “bizantino”, (por importante y propio), de aquel
Imperio que en el medievo parece mucho más cercano a nosotros de lo que, a priori, pudiera parecer.
2
La “edad de oro” de las facciones, siglos IV-VI
Uno de los fenómenos sociales bizantinos más llamativos y que mayor discrepancia de valoraciones ha sido capaz de generar entre los especialistas en los últimos decenios es aquél que se articulaba en torno al hipódromo y sus celebraciones multitudinarias. Lo que está en debate es si respondían o no a un simple espectáculo, masas y júbilo, o además llevaban bien inserto un peculiar modo de ejercicio de algo que, en alguna medida, podría ser definido como “plebiscitario”.
Las asociaciones que sostenían la afición popular a las carreras de caballos, (principal divertimento de la arena, una vez caídas en desuso las otras que le acompañaban en el mundo romano), conseguirían perpetuarse en Bizancio sirviendo
10
Los especialistas hablan a menudo de una “carta magna no escrita” pero cabalmente respetada en Bizancio, desde Constantino el Grande hasta casi el final, de modo que “ninguna otra constitución en toda la historia de la era cristiana ha durado tanto tiempo”, (Runcimán, The byzantine Theocracy, pág. 164).
como sustrato humano de un buen número de acontecimientos que alcanzaron la máxima relevancia. Consideradas durante mucho tiempo como un simple y típico fenómeno de “hinchada” o fanatismo alienante, el tema adquiere un nuevo perfil de entendimiento cuando en los primeros años del siglo XX el yugoslavo Gavro Manojlovic viene a exponer una teoría tan revolucionaria como atrevida: el importante valor político y “constitucional” que tales portaban11.
Considerando la tradición previa romana, en la que ya Friedlander señalaba que “a veces los espectáculos se aprovechaban también para verdaderas manifestaciones
políticas”12, el autor entiende una continuidad y un rebuscado sucedáneo de las “asambleas republicanas” que desde Augusto debían ser adormecidas por el circo. Cuando el pueblo heleno se siente miembro de un gran cuerpo de Estado, revivirá con más fuerza esa necesidad de expresión y alcanzará su cenit en Constantinopla, en los albores del camino solitario del Imperio Romano Oriental. De “clubs” privados se transforman en corporaciones de carácter público entendiendo que llevaban a cabo una función reconocida entre las de servicio a la comunidad y al emperador13.
No tardarán en aparecer nuevas visiones que, en su mayor parte, intentan definir la categoría de cada grupo y su correspondiente base “socio-económica” o estructural, muy al criterio de la escuela marxista que en su extrema versión se desarrolla entre los académicos soviéticos. Otros, como Jacques Jarry, se centran en los pormenores de las diferentes versiones o herejías cristianas, a las que de igual modo ponen en paralelo14. Textos de conjunto se hacen eco de todas las hipótesis y se acepta por lo general la realidad de que “el senado y el pueblo de Constantinopla tienen unos derechos que se
ejercen”15 seguramente a través de unas “estructuras de acogida” y esas “asambleas”, deportivas o no tanto16. Aunque no faltan radicales detractores “negativistas”, cuyo mayor exponente es sin duda el profesor Alan Cameron quien ha pretendido “refutar el todo” en un amplio y vehemente trabajo monográfico, en parte debido a cuestiones de concepto y argumentos de contradicción en la tesis inicial17.
Sin duda existe cierta confusión y disputa en torno al concepto “demos” con el que los cronistas bizantinos designan en diversas ocasiones a los participantes en los eventos del hipódromo. En principio todo el pueblo llano constituía el “dimos” y en cierto sentido cabe pensar que el “ta mera” de las fuentes responde a “la facción”, divisiones de ese conjunto que venían a articularse en cuatro, conforme a los
11
El texto de Manojlovic aparecerá primero en lengua serbo-croata el año 1904, separata de la revista Nastavni Vjesnik de Zagreb. Mayor difusión alcanzará cuando sea traducido al francés por Henry Gregoire y publicado en la más conocida Byzantion de 1936.
12
Friedländer, La Sociedad Romana, pág. 504.
13
“Estas corporaciones … no eran ya empresas privadas sino asociaciones públicas en vista de una institución pública y de un interés general”, Manojlovic, Le Peuple de Constantinople, pág. 639.
14
“En realidad, y esto es lo que nosotros hemos intentado mostrar aquí, la oposición faccional corresponde a oposiciones en el interior del calcedonismo y del monofisismo, en función de tendencias religiosas y políticas que caracterizarían cada una de las dos facciones mucho antes del principio de las discusiones sobre la naturaleza de Cristo”, Jarry, Jacques; Hérésies et Factions, pág. VIII.
15
Guillou, André; La Civilisation Byzantine, pág. 121.
16
Brehier, Louis; Les Institutions de l’Empire Byzantin, págs. 151-152.
17
Alan Cameron publicó en 1976 su “Circus Factions” para abordar la cuestión de una manera más “constructiva y realista”, (según palabras del autor en el Prefacio).
tradicionales colores de verde, rojo, azul y blanco. Y cualquiera de ellas incluía entre sus filas no sólo aquellos que participaban directamente en los juegos y su logística; también sumaban un amplísimo círculo de ciudadanos que tenían la categoría de socios contribuyentes y aún otros más como simples “simpatizantes”.
Existe por ende una dicotomía entre público y privado que difícilmente se es capaz de separar, en el periodo que consideramos ahora. Para Cameron ésto es un dato en contra de todo papel más allá del “hooliganismo”. Sin embargo, es notorio que los actuales partidos políticos tienen un carácter que bien puede encajar en el mismo supuesto: estando constituidos por individuos “privados” —no funcionarios— y teniendo un carácter “privativo” están sin embargo al “servicio público” y reciben consideración y apoyo del Estado. Aún más, esa expresión política sería algo oscilante, a veces de manera tenue otras con gran intensidad. El “color” como tal no tendría “ideología” definida ni obligación alguna de albergar elementos de procedencia social determinada; pero sí una cantidad importante de sus miembros responderían a tales presupuestos18.
De todos modos, oficializadas o no, es innegable que en variados y notables aspectos estas organizaciones relativamente complejas y jerárquicas se veían inmersas en el devenir de las urbes y del Estado. Para el gigantesco y exigente mundo de las obras públicas era requerida muy a menudo su participación19. Un porcentaje de ellos estaban en posesión de armas y mantenían cierto entrenamiento militar, (serían la “dimótai” o “militia”). Aunque parecen haber servido sobre todo en el orden cerrado, paradas y escolta de honor, también en caso de extrema necesidad defensiva participan en el combate real, sumados de hecho a otros más numerosos —los llamados “polos”— que serían jóvenes conscriptos y/o voluntarios extraídos de los rangos populares sin definir en los demos20.
Pero, ¿qué definición cabe de los órdenes civiles? En la hipótesis más simple, los verdes representarían las capas sociales inferiores, (junto a los rojos), y por ende son amplísima mayoría. En la milicia así se manifiesta y tienen asignado un espacio mucho más holgado en el tendido. Con suma frecuencia se muestran “audaces, impulsivos,
18
Así lo entiendía Manojlovic: “La cristalización de los partidos se hace alrededor de los colores, pero no en el anfiteatro como lugar de espectáculos, ni alrededor del colorido, emblemas fortuitos de corporaciones deportivas. Se hace con los elementos mismos de estas asociaciones deportivas y finalmente los intereses políticos y sociales y las tendencias políticas y sociales de la población toda entera han encontrado en estos partidos una expresión y unos órganos”, Manojlovic, Le Peuple de Constantinople, págs. 642-643.
19
De nuevo se trata de una tradición romana que perdura; se pueden recordar los edictos de Diocleciano invocando la necesidad de usar la fuerza, económica y humana, de los demos para las obras públicas.
20
En el sentir de Manojlovic estaríamos ante una verdadera “guardia nacional” o “reserva ciudadana” cooperante con el ejercito regular. Manojlovic, Le Peuple de Constantinople, págs. 623-625. Lo cierto es que existía un “registro de presencia” entre los dimotai, lo cual les confiere un carácter permanente y oficial. Su cuantía varió en el tiempo y probablemente también su valor militar; en cualquier caso limitados y ligeros. Sabemos que, hacia el 425, verdes y rojos conformaban en Constantinopla unos 8.000 hombres; y que en el año 602 habían descendido a poco más de un millar, (Teofilacto Simocata). No obstante, parecen ser los mismos que en “multitudo copiosa” vigilaban el trayecto desde la Puerta de Oro a Santa Sofía, un periplo largo; según nos relataba Liutprando de Cremona en fecha próxima al 968. Considerando el periodo protobizantino, en algunas ciudades llegaron a tener un protagonismo muy destacable; reflejado con cierto detalle en las crónicas; vease los asedios del 540 en Antioquía, el combate contra Zabergan en 558-559, Sirmiun hacia el 580 y Salónica frente a los eslavos en el 578).
inclinados a la agitación revolucionaria”21. Habitan con preferencia en el Zeugma, el “centro viejo”, (foro de Constantino) y otros suburbios comerciales o menores a la vertiente del Cuerno de Oro (es razonable suponer que los cambios habidos en la configuración urbana afectaran a tales localizaciones). En cuanto a los azules y blancos, abundarían entre ellos los personajes de cierta relevancia económica, amén de funcionarios de élite y cuadros medios. No es de extrañar que sean el grupo minoritario, tanto entre los armados como en el corso. Sus “barrios-feudos” estarían próximos al Augusteon y también en torno a las áreas residenciales periféricas. De ordinario estarán bien dispuestos hacia la corte y el “sacro palacio”. Las excepciones, por supuesto, no faltarían22.
Tal vez los verdes gozan de cierta “simpatía” imperial en los siglos IV y V, coincidiendo con el “populismo” que marcó los gobiernos de Teodosio II, León I, Zenón y Anastasio. Su demarca o uno de sus “hombres fuertes” a veces sirve como
prefecto urbis o “valido”, caso de Crisafio que domina en la corte hacia 443 o de
Platón nombrado en el 518. Con intervalos en sentido inverso, como cuando Marciano hizo ejecutar al primero “por malhechor de muchas cosas y por patrón de los verdes”, al sentir del retor sirio Juan Malalas23.
Los azules, por el contrario, tuvieron su oportuna “buena época” con los “ultraortodoxos” Marciano y Pulqueria, Justino y con Justiniano hasta Mauricio; casi todos con personalidades quizás “envaradas” y líneas de actuación más ambiciosas que, sin remisión, ocasionaban una mayor presión fiscal24. Que, en el último caso termina con un levantamiento de las tropas en la frontera danubiana encabezadas por el centurión Focas; el mismo que será pronto bien acogido por los verdes, en la esperanza de una nueva orientación del gobierno25. Senadores y otros altos personajes sufrirán con los crueles modos del torvo militar pero la inoperancia se adueñará de la administración y al final, seguramente inmersos en tremenda crisis de trabajo y numerario, los “humildes” acaban engrosando la oposición. Tal vez, el deseo de congraciarse con los “grandes” y, en particular, la jerarquía clerical; empujarán al
21
Manojlovic, Le Peuple de Constantinople, págs 642-644.
22
Con frecuencia, las fuentes traen a colación el componente “juvenil” de los “revoltosos facciosos”, rasgo que aboga a favor de un fenómeno menos “trascendente” y más “deportivo-primaveral”, paralelo incluso al de los fityan-ayyarun que ejercían en Bagdag; “un fenómeno urbano del Oriente medieval”, (Dagron, Le peuple de la capital, pág. 364). Sin embargo, es palmaria constante en la historia que los más jóvenes sean también los que ejercen la violencia y “sean más visibles” en los momentos más convulsos. Aún en los “derbis” actuales, los actos vandálicos corren a cargo de hombres que rondan la veintena o aún menos, pero eso no implica que los equipos sólo tengan seguidores de esas edades. Incluso los partidos políticos de costumbre han tenido sus “juventudes” como “vanguardia revolucionaria” o de combate.
23
Malalas, Juan; 368 5-9.
24
La aparente discrepancia entre Teodora y su esposo podría encajar en una vocación “populista” de la dama, fenómeno muy común en la historia de las “grandes parejas” en el gobierno. Menor relación parece haber entre monofisismo y ortodoxia por un lado y verdes versus azules por el otro. Emperadores “verdes” como León I mostraron un enorme celo difisita y los partidos fueron antes y estarían después de que se superaran las querellas cristológicas. (Pese a todo es razonable suponer que los orientales dedicados a la mercadería o algunos obreros portuarios fueran a la vez verdes y monofisitas en el periodo del siglo V y VI).
25
Focas habría presidido una comisión rogatoria ante el emperador que pudo hacerse oír en el hipódromo en presencia de los demos, unos dos años antes de la rebelión. La inhumana y poco delicada negativa de Mauricio provocó el abucheo de los soldados al que se unirían muchas gargantas desde las gradas de los verdes, (la anécdota es comentada con detalle por Manojlovic, Le Peuple de Constantinople, entre las páginas 678-680).
antiguo oficial subalterno a un deslizamiento notable hacia el bando azul. El caso es que cuando los barcos de Heraclio ya están a la vista; los verdes, que tenían a su cargo la defensa de ciertos puertos, se suman a la insurrección. El 9 de octubre del año 610, el nuevo líder ordena quemar los estandartes “celestes” en la espina del Hipódromo.
En aquella larga y en extremo difícil etapa de guerras de supervivencia, contra persas y árabes, que iban a seguir, constatamos una inquebrantable “unidad de acción” que sirve a los intereses generales; llevando a cabo un esfuerzo titánico y conjunto desde el patriarcado con Sergio a la cabeza, un nuevo ejército “popular” y los demos que participan activamente en la defensa de los muros durante los terribles asedios26. Sólo despunta, en la muerte de Heraclio, la pugna sucesoria que tendrá en los verdes el mejor apoyo para las pretensiones de Constantino III, en detrimento de Martina y sus hijos; otro augusto (con su sucesor inmediato), que manejaría después también con éxito la baza “democrática” para triunfar en la siguiente impresionante contienda27.
En el periodo de Heraclio comienza, a buen seguro, la “codificación” del rol ceremonial de los demos28. Nada extraño si tenemos en cuenta las impresionantes ceremonias “patriótico-religiosas” que vendrán al término de su victoriosa campaña persa y su prolongación memorable en el tiempo29. ¿Intento de dominar a las facciones y “adocenarlas”?; no faltan autores que así lo ven30.
Desde luego una mayor implicación de los demos en la parafernalia imperial podría servir al interés de su ubicación en el aparato del Estado. Pero resulta difícil entender cómo un pueblo entero puede someterse y “amaestrarse” sólo por participar “en orden” en las más relumbrosas ceremonias. No era novedad aclamar, lo que hubiera sido un éxito para el autócrata es que “siempre” lo hicieran y nunca se amotinaran. Y ese no fue el caso; con Tiberio Apsimar, Leoncio y Justiniano II los colores vuelven a la palestra, tan confusos, espinosos y protagonistas como en la “época dorada”.
3
¿Galanía para el fausto o permanencia “todavía” del populus
romanus? Siglos VII-IX
26
“…Heraclio había realizado momentáneamente la unión sagrada de las facciones contra el invasor persa”, Jarry, Hérésies et Factions, pág. 529.
27
Manojlovic denomina “partido democrático” a los verdes y pone de manifiesto que siempre son éstos en solitario o unidos a otros los que desencadenan los tumultos y revueltas contra el palacio. Los azules nunca actúan sin apoyo contra el poder, tienden a mantenerse a “su sombra”, (Manojlovic, Le Peuple de Constantinople, pág. 675).
28
El Libro de las Ceremonias está lleno de referencias de este género, donde verdes y azules son invitados de privilegio en un sinfín de citas y homenajes.
29
Un ejemplo, hermoso y emotivo como pocos, lo constituye el famoso “Himno Akatistos” de la liturgia ortodoxa; repetido cada cuaresma con singular solemnidad.
30
Aunque es tradicional catalogar el periodo iconoclasta como oscuro y recesivo, no todos los autores hoy opinan de igual modo. Algunas instituciones que se creían desaparecidas en ese tiempo, como la Universidad “repuesta” por el césar Bardas en el 860, sabemos ahora que nunca habían cesado de funcionar31. No es descabellado creer que las facciones también sobrevivieron a las convulsiones del siglo VI y la “institucionalización” heracliana32. Aunque limitadas ya casi sólo a la capital; Antioquia y las urbes medias habían sufrido demasiado o estaban bajo la férula árabe califal33.
Si la ruralización y el empeño asiático de los isaurianos mermaron las facciones, debieron hacerlo en un grado menor. Todos los enérgicos emperadores iconoclastas se mostraron deseosos del “baño popular” y las “demostraciones” bajo la columna de Constantino o en el corso fueron extraodinariamente abundantes y jubilosas. Constantino V obligó a monjes de uno y otro sexo, de la mano, a pasear bajo la mirada divertida de los espectadores que jaleaban para que de los previsibles enlaces nacieran nuevos miembros “fuertes y sanos”, brazos para el arado y la espada que sostenían la nación. Lustros antes, una masa de azules enardecida por clérigos había reconocido como augusto al general Artabasdo y cerrado las puertas de la ciudad a las huestes del “Coprónimo”. Después serían innumerables los silentium y asambleas en las que el valiente caudillo no tendrá inconveniente en dialogar con las facciones, polémicas teológico-sociales incluidas34.
León IV también hace honor al respeto de los “demos”35. Cuando pretende asegurar a su descendencia reúne en el hipódromo a “todas las clases sociales” y uno tras otro deben firmar en documento la solemne promesa de lealtad. Ello ocurre a lo largo de la Semana Santa del 776. El colofón será ante el patriarca, en Santa Sofía; pero se ha superado ya la consulta. Cuando se descubra una conspiración, los
31
Incluso vivieron cierto esplendor si consideramos la obra de intelectuales eminentes como León el Matemático o el mismo patriarca “gramático”. En gran medida las simpatías o pertenencia al cuadro rector de la iconoclastia fueron la única causa de la destrucción y pérdida de buena parte de su obra que aún así aparenta haber sido sobresaliente. Sobre este tema y la “leyenda iconodula de la pretendida destrucción de la Universidad por León III”, se puede consultar la obra de Lemerlé, Le Premier humanisme byzantine, especialmente las págs. 89-108.
32
Mariq, La durée du régime des partis, pág. 374.
33
Constantinopla también se retrae, pero incluso los más pesimistas barajan cifras en torno a la centena de millar entre los habitantes. No sobra recordar que el aforo del hipódromo alcanzaba justamente esa cifra y las crónicas hablan de “llenos” incluso por entonces.
34
“Como se puede constatar, el hipódromo ha jugado un importante rol en la política iconoclasta de Constantino V Coprónimo. Es por medio de las manifestaciones de propaganda en el hipódromo que él ha intentado granjearse el apoyo de las masas, ridiculizando a sus ojos a los partidarios de las imágenes”, Jarre, Hérésies et factions, pág. 543. Muy significativo es uno de los apodos del emperador “ogro” de los monjes; el sonoro “Kaballinos” (y tal vez también el maloliente “Coprónimo”), hacía alusión a su amor por los caballos. Otra anécdota, que deja poco margen a equívocos, es la sustitución de la imagen del concilio ecuménico, sita en la cúpula del Milión, por aquella de su automedonte preferido. Muy temprano había aparecido un rechazo visceral del clero por las carreras y la “democracia”; las hagiografías insisten en el personaje piadoso que prefiere la iglesia al circo, Juan de Éfeso afirmaba que el hipódromo era una verdadera “iglesia de Satán”, en la misma línea que San Juan Crisóstomo, y los patriarcas tendrán buen cuidado en eludir las gradas, (Ducellier, Hippodrome et idéologie impériale, pág. 174).
35
Que continúa siendo “el pueblo bizantino”, “los demos se han convertido en la forma bizantina del populus romanus sin alterar de hecho la unidad de la institución; planteado en principio por Sozómeno se sobreentiende en la mayor parte de las fuentes que hablan alternativamente de los demos y del pueblo para designar una misma realidad popular”, Dagron, Le peuple de la capital, pág. 362.
sospechosos y las pruebas serán presentadas por el emperador ante el pueblo, en el mismo entorno, y su principal culpa es la de no respetar el código y el juramento.
Nadie está en condiciones de poder defender tal hipótesis con abundancia de fuentes, pero parece lógico pensar que los primeros iconoclastas se apoyan sin ambages en verdes y pueblo36. Pese al énfasis desmedido en tratar el tema desde el prisma religioso, incluso exclusivamente “artístico”, lo más importante y definido fue la cuestión económica y social37. Los iconodulos podrían ser mayoría en el totum poblacional pero parecen haber sido especialmente predominantes entre religiosos, funcionarios y clases acomodadas. A éste respecto es muy sugerente el hecho de que Miguel Rangabé, campeón del partido clerical, se enfrentara con vehemencia a los demos38. Miguel II, por el contrario, participa en persona a la guía de un carro, en el
hipódromo privado. Con inaudita y similar estampa a la que lucirá su hijo Teófilo;
bien que, como buen porfirogéneta, éste último estará demasiado rodeado de los elegantes azules preferidos, elite que no tardará en traicionar su memoria semanas después de llegarle la muerte39.
Basilio I viene desde lo más ruin de la escala social; su inteligencia natural y arrojo le llevarán a dominar los entresijos de “la fontanería” o aparato policial en la corte. Eso le permite conocer y enseñorear a los demarcas y el verdadero “latir” de la comunidad que rodea al beodo Miguel. Cuando recibe la corona, en teoría por sorpresa, una compacta partida de “civiles” estará allí y le aclamará; retribuidos con largueza y/o temerosos de la terrible ira que ya ganada fama tenía. Pero si era un paria en origen, no buscará ningún “vulgar” soporte. Como buen neófito y advenedizo pondrá énfasis, por el contrario, en emparentar con los rancios y sonoros abolengos. Se deja ver en el hipódromo, desde luego, pero ratifica el triunfo de la ortodoxia y, no sabemos si por premeditada decisión y talento o ineluctable necesidad de las nuevas relaciones sociales que surgen, los demos terminarán por encajar un profundo cambio; con el arisco y gigantesco ex -mozo de cuadras y con su “sabio” y dudoso vástago se inicia el declive o “sometimiento” de los colores que no traerá ninguna “paz social”,
36
De la orientación ideológico-social-económica de los basileos iconoclastas no hay apenas dudas; “las orientaciones políticas de los emperadores iconoclastas pueden ser definidas como realistas y populares. En lo que concierne a la política interior se constata un deseo acentuado de justicia social y una preocupación de proteger a los más débiles contra las exacciones de los poderosos”; Ahrweiler, L’Idéologie politique de l’Empire byzantin, pág. 25. Y que otorgaron renovado relieve al papel de los demos también está claro, “… las facciones ganaron un cierto montante de poder extraceremonial”, viene a reconocer Cameron pese a que el exceptico profesor lo atribuye a una iniciativa peculiar de Constantino V, (Cameron, Circus factions, pág 302).
37
“Este periodo es conocido bajo el nombre engañoso de iconoclasmo: en efecto la querella de las imágenes no constituye, a nuestro entender, más que un aspecto exterior; yo diría que un simple pretexto…”, Ahrweiler, L’Idéologie politique de l’Empire byzantin, pág. 25.
38
Jacques Jarry atribuye a este emperador la “reorganización figurante” de los demos. Lo más probable es que intentara vaciarlos aún más de contenido, en la línea de Heraclio, (Jarry, Hérésies et factions, pág. 544).
39
Sabido es que los hermanos de Teodora acaparaban cargos en la corte y que todos ellos resultaron ser iconodulos. Desde su Paflagonia de origen, aquellos vástagos de un funcionario en el correo imperial no podían pertenecer más que a la facción “juiciosa y seria”. Teófilo, amén de sus actuaciones como auriga, estaba bien dotado para el trato con las masas; su legendario rigor en la aplicación de la justicia sería otra de sus más provechosas facetas “populistas”. Idealismo extremo que explica su enorme error en la elección de los albaceas del testamento político que pretendió asegurar.
sólo dejará paso a otra contienda40. El nieto, Constantino VII Porfirogéneta, ocioso del gobierno por fuerza, nos legará textos que reflejan ese tránsito irreversible.
3
El ocaso de “los demos” y el triunfo de “las familias”. Siglos
XI-XII
En la primera mitad del siglo XI se asiste al final de los macedonios y el inicio de una nueva era. Basilio II había sido, como sus predecesores incluidos Nicéforo Focas y Juan Tzimisces, un hombre muy popular. La titánica lucha del Bulgaróctonos contra las grandes familias gozó, al parecer, de gran apoyo entre los ciudadanos de la capital, tanto o más que en el caso de los campesinos41. Muchos historiadores ven en la enérgica actuación del austero emperador el último acto de una empresa condenada al fracaso: el triunfo de “la aristocracia”42 era inevitable por el propio peso de la balanza económica, a favor del agro y contra el comercio y la urbanidad. Es posible, pero tal vez no podamos aceptar que todo estuviera ya por entonces tan determinado.
Sabemos que en tiempos de Constantino IX y Zoe el pueblo no era en absoluto ajeno a la política. Más al contrario, signos apuntan a una sociedad ágil y preocupada. La bonanza económica y paz interna habían gestado una verdadera “burguesía urbana” a la que el culto y tolerante Monómaco abrió las puertas del senado43. Y esta clase continuaba militando en el color verde. Del mismo modo que los funcionarios en el azul y los potentados fundiarios aquí y allá; o en ninguno de ellos, pues sus intereses y anhelos tendían a “otros modos” que podían ver reflejados en los pagos de lejanas tierras, al mediodía del continente europeo.
Las contradicciones y fricciones de grupo se pusieron de manifiesto en muchas ocasiones. De forma muy ardiente y comprensible en el caso de la política exterior. Los “civiles-azules” abogaban por proseguir las conquistas; ello procuraba nuevos puestos en el fisco y provincias. Los dynatoi no estaban tan a favor de la guerra y ello incluía a muchos altos militares (“partido militar”), que sabían arriesgado ampliar
40
“…se puede fácilmente admitir que la profunda reforma del Estado que surge de la crisis iconoclasta entre 730 y 843 desemboca también en el sometimiento al poder de los antiguos partidos…”, Ducellier, Hippodrome et idéologie impériale, pág. 177.
41
Una línea de actuación que se remonta a Romano I Lecapeno, quien pretendía reconducir cierta lasitud de Basilio I y León VI en el transito de la última iconoclastia al “sistema macedonio-ortodoxo”. Esa simpatía memorizada en el subconsciente de las masas servirá para sostener a otros soberanos de la misma rama; las sobrinas del “matador de búlgaros” serán “intocables” en el corazón de los constantinopolitanos.
42
No es justo ni correcto hablar de “aristocracia” en Bizancio puesto que en ningún caso se consideran “privilegios” por nacimiento. Se puede consultar el instructivo trabajo de Irene A. Antonopoulou, La Question de l’ ”Aristocratie” byzantine.
43
“La población de la capital no se desinteresaba de los asuntos políticos. La expansión económica había engendrado una burguesía urbana que deseaba tomar parte en los asuntos del Estado”, Cheynet, Partis et contestations, pág. 73.
dominios44. Las capas bajas y aquella comercial deseaban la paz, máxime en cuanto representaba oportunidad de comercio y feliz independencia de las rivales y competitivas ciudades italianas. No debe dejarse de señalar el muy menor papel que ejerce el patriarca; que, salvo personalidades fuertes como Cerulario, ve limitada su tarea por el mismo hecho de su nombramiento imperial, que podría ser revocado sin mucha dificultad por un sínodo, siempre corrillo accesible a la conminación45.
Precisamente una “alianza tácita” entre grandes propietarios y extranjeros italianos vino a darse entre el convulso periodo que sigue a Manzikert. Para sostener sus predios, necesitan el capital de Venecia o Génova a las que vendían grano o vid. Los anatólicos “Ducas”, “Ángel” y “Comneno” o los balcánicos “Tornikes” o “Bryennios” aplicarían medidas de privilegio para aquellas en detrimento de sus compatriotas, hasta ahogar aquel prometedor inicio de mercantilismo y “talasocracia” bizantinos46.
Una cuestión primordial, etiología y síntoma a la vez, es el cambio que se da en las escalas del ejército. Entre el primer y segundo Basilio, desde un cuerpo de oficiales estratiotas, (originarios del campesinado medio, y bien pagados tras la reforma de Teófilo), se llega a otro casi monopolizado por arcontes que, cada vez más, sujetan las unidades a su propia y privilegiada lealtad. Los macedonios inteligentes y capaces “vaciarán la capital de tropas”, se rodean de “varengos” y en aras a su prestigio dominarán la fuerza armada. Cuando faltó aptitud, los renombrados tendrán su oportunidad. El “patriotismo” y la idea “igualitaria-unitarista” que había predominado y servido durante siglos quebró, sobre todo en la periferia, y apenas la ortodoxia sería ya marca de pertenencia a una “nación”47.
Anécdota o no, las carreras y “asambleas” en el hipódromo se hacen más raras; faltan espectadores o pierden su función. En la capital hay “nuevos ricos” por propia iniciativa incluso profesores que todo lo deben al sacrificio y el estudio; pero ya escasean los mesoi, medianos de la sociedad, tanto como crecen los magistrados por vía de apellido. Hasta el Gran Palacio se abandona por unos triclinos más bucólicos en las Blaquernas, donde se está cerca de los campos de caza y alejados de la turba. Ana Comneno sólo cita la arena para recordarnos que su padre adquiere el mal que le
44
Psellos da buena idea de ésta división cuando nos habla de Isaac Comneno, el primero de la saga en el trono, (Psellos, Libro VI, XLIV-XCII)
45
“el rol de la iglesia es muy modesto, pues el emperador nombra de hecho al patriarca y obtiene siempre por presión, lisonja o concusión una mayoría en el sínodo para desembarazarse de él si fuera necesario”, Cheynet, Partis et contestations, pág. 74. Cerulario se enfrentará a Isaac Comneno; se mezclan ambiciones puramente personales con un antilatinismo de base económica y muy extendido que el patriarca intentará aprovechar.
46
En este planteamiento cabe entender la inquina anti-latina de las poblaciones que en Tesalónica o Constantinopla tendrán su única oportunidad en el corto tiempo de Andrónico I, “el emperador rojo” de Bizancio. Por entonces “los arcontes de las provincias recibían muy voluntariosos a los negociantes latinos a lo que vendían sus excedentes agrícolas: vino y aceite del Peloponeso, grano de Tesalia y Tracia”, Cheynet, Partis et contestations, pág. 81.
47
“En los campos como en las ciudades, unas clientelas se forman alrededor de estos grandes, que tienden a atomizar el tejido social y a reducir el carácter, hasta entonces muy comunitario, de la vida pública: sólo la Iglesia será a partir de entonces la garante de la cohesión de los pueblos”, Ducellier, Hippodrome et idéologie impériale, pág. 180.
llevará a la tumba en el Katisma, un rincón demasiado expuesto a los vientos, la humedad y otras inclemencias más humanas. La “igualdad”, que desconcierta a viajeros occidentales en su momento y que cuesta asumir a estudiosos de la posteridad, se pone por entonces en entredicho48.
Los cruzados en 1204 encuentran un terreno ablandado; con ellos se arruina la ciudad y los escasos rescoldos que, en precario, persistían de la peculiar “democracia bizantina”; por supuesto, fórmula ésta absolutamente ininteligible para Balduíno y los suyos. No encontraron “nobles autóctonos” a los que integrar en su miope intento de transplantar un feudalismo puro y duro. Cuando Miguel VIII retoma Constantinopla no hace el menor esfuerzo de restaurar el hipódromo, servirá ya a partir de entonces como cantera para pequeñas y coquetas iglesias tardías y modestos hogares. Los “Paleólogo” que le suceden nadarán entre dos aguas, tan temerosos de perder privilegios y pompa como incapaces de ratificar un frustrante pero más sensato “reino griego” en la Morea, Tracia y la capital: rey continuaba repugnando en oídos levantinos49. Es un “Imperio” y “emperador” sin derecho, razón, tierras ni futuro50. Para la coronación de tal sombrajo basta el patriarca y los cromosomas. El que llamábamos “pueblo bizantino” seguramente había desaparecido.
Francisco Aguado Blázquez
Julio de 2004
48
“El Imperio que era hasta entonces un Estado “democrático”, por retomar la terminología bizantina, en este sentido que, frente al soberano, todos los sujetos eran oficialmente libres e iguales entre ellos y que, en efecto, un poder fuerte había acertado, al menos entre el siglo VIII y X, a mantener las desigualdades sociales en un mínimo; está ahora dominado por los poderosos, dynatoi, a los que se denominará con más propiedad en los últimos siglos arcontes, porque la mayoría de entre ellos fundamentan su poderío hacendístico sobre el ejercicio y beneficio de los cargos del Estado”, Ducellier, Hippodrome et idéologie impériale, pág. 180.
49
Tiende a confundirse el vocablo “basileo” , traducido a veces de forma equivocada como “rey”. Los emperadores se titulaban en exclusiva “Autocrator César Augusto”; hasta Heraclio, que introduce la palabra basileo por “transferencia” tras derrotar al mandatario que lo portaba: el de Persia. Poco tiempo después la palabra “había devenido el equivalente simple del latín imperator”, (Ducellier, Les byzantins, pág. 90).
50
Un “nuevo Imperio” sobre el débil armazón de un feudalismo “descafeinado” o un sistema sin clara definición resultó tentativa baldía, pese a un ominoso y lancinante precio que los “rumis” pagaron con sudor y sangre en los dos siglos finales de agonía.
Bibliografía
AHRWEILER, Hélène: L’Idéologie politique de l’Empire Byzantin, (Col. SUP.
L’historien ,nº 20), Paris: Presses Universitaires de France, 1975
ANTONOPOULOU, Irene A.: “La question du terme Aristocratie byzantine dans la
recherche historique contemporaine”, SYMMEIKTA, 15, (2002), págs: 257-264
BRAVO GARCÍA, Antonio: “La concepción del poder político”, en Bizancio,
Perfiles de un Imperio, (Col. Akal Historia, nº 20), págs: 69-80. Madrid: Akal, 1997.
(ISBN: 84-460-0825-4).
BREHIER, Louis: Le Monde Byzantin: les Institutions de l’Empire byzantin, (Col.
L’Evolution de l’humanité, nº 20), RE-ed. 1970. Paris: Albin Michel, 1949.
CAMERON, Alan: Circus Factions, Blues and Greens at Rome and Byzantium,
Oxford: Oxford University Press, 1976, Re-ed. especial para Sandpiper Books, de 1999, (ISBN: 0-19-814804-6).
CHEYNET, Jean-Claude: Pouvoir et Contestations à Byzance, (963-1210), (Col.
Bizantina Sorbonensia, nº 9), Paris: Publications de la Sorbonne, 1990. (ISBN: 2-85944-168-5).
CHEYNET, Jean-Claude: “Partis et contestations: une vie politique?”, en
Constantinople 1054-1261, Tête de la chrétienté, proie des Latins, capitale grecque,
dirs. Alain Ducellier y Michel Balard, (Col. Mémoires, nº 40), págs: 71-84. Paris: Autrement, 1996. (ISBN: 2-86260-575-1).
DAGRON, Gilbert: “Le peuple de la capitale…”, en Naissance d’une Capitale,
Constantinople et ses institutions de 330 a 451, págs: 213-296. (Col. Études, nº 7),
Re-ed. 1984. Paris: Presses Universitaires de France, 1974. (ISBN: 2-13-038902-3)
DUCELIER, Alain: “Hippodrome et idéologie impériale à Byzance”, en Cirques et
Courses de Chars Rome-Byzance, Exposition, dir. Christian Landes. Lattes: Editions
Imago, 1990. (ISBN: 2-9501-586-5-X).
DUCELLIER, Alain: Les byzantins, Histoire et culture, Paris: Editions du Seuil,
1988. (ISBN:2-02-009919-5).
DUCELLIER, Alain: Le Drame de Byzance. Idéal et échec d’une société chrétienne,
Re-ed. 1997, Paris: Hachette, 1976. (ISBN: 2-01-278848-3).
GUILLOU, André: La Civilisation Byzantine, (Col. Les Grandes Civilisations), Paris:
Arthaud, 1990. (ISBN: 2-7003-0811-5).
JARRY, Jacques: Hérésies et Factions dans l’Empire Byzantin du IV au VII Siècle,
Le Caire: Imprimerie de l’Institut Français d’Archeologie Orientale, 1968.
LEMERLE, Paul: Le Premier Humanisme Byzantin, Notes et remarques sur
enseignement et Culture a Byzance des origines au Xe Siècle. (Col. Études, nº 6).
Paris: Presses Universitaires de France, 1971.
MALALAS, John: The Chronicle of John Malalas, (Trad. al inglés de Elizabeth
Jeffreys, Michel Jeffreys y Roger Scott,), (Col. Bizantina Australiensia, nº 4). Melbourne: Australian Association for Byzantine Studies, University of Sydney, 1986. (ISBN: 0-95-93636-22).
MANOJLOVIC, Gavro: “Le Peuple, (démos), de Constantinople, de 400 a 800 après
J.C. Etude spéciale de ses forces armées, des éléments qui le composaient et de son rôle constitutionnel pendant cette période”, (Trad. De Henry Gregoire), Byzantion, XI, (1936), págs: 617-716
MARIQ, André: “La durée du régime des partis populaires à Constantinople”,
Bulletin de la Classe des Lettres de l’ Académie Royale de Belgique V, 35, (1949).
PSELLOS, Michel: Chronographie ou Histoire d’un Siècle de Byzance, (976-1077),
(Trad. De émile Renauld), Paris: Les Belles Lettres, 1967.
RUNCIMAN, Steven: The Byzantine Theocracy, Cambridge: Cambridge University
Regímenes comunales en el
Mediterráneo oriental
Zâ|Ä{xÅ wx XÇvtâááx
Temario:
1- Introducción
2- Las comunas de Tolosa y Trencavel
3- ¿Movimiento comunal en el Imperio Bizantino? 3.1- Antecedentes de la comuna tesalonicense 3.2- La comuna de Tesalónica
3.3- El final de la comuna tesalonicense
4- El movimiento comunal en el Oriente latino: las comunas del Levante (Ultramar) 4.1- La comuna de Acre
4.2- Las restantes comunas de Ultramar 4.2.1- Antioquia
4.2.2- Trípoli 4.2.3- Tiro 5- Conclusión
6- Bibliografía
1
Introducción:
El estudio de los movimientos comunales en las postrimerías de la Alta Edad Media es un tema que ha desvelado a numerosos historiadores durante el siglo XX. La manera de abordarlo ha sido por lo general considerar la aparición de las comunas no como un fin en sí mismo sino como un medio para neutralizar la acometida sistemática de los principales poderes de la época, poderes que por otra parte se repartían las riquezas del modo de producción imperante en el medioevo, el feudalismo. Nos referimos a la gran propiedad y a la Iglesia.
Si bien las conclusiones de los estudios pueden ser tan disímiles como reveladoras, una cosa parece cierta: el embrión comunero fue engendrado por el renovado vigor que las relaciones comerciales adquirieron desde mediados del siglo XI, por la apertura de Occidente hacia los mercados orientales, producto de la I Cruzada (1097-1099) y de las expediciones subsiguientes, y por los mayores excedentes que posibilitó el gran movimiento de roturaciones en los campos del sudoeste de Francia. Se pueden señalar, sin embargo, otras causas, pero los factores sindicados anteriormente son sin duda alguna los más importantes.
El primer brote de la “endemia” comunal tuvo lugar precisamente en el Languedoc, a finales del siglo XII. Para entonces, las nuevas ciudades y aquellas viejas que habían surgido en derredor de la antigua aldea o villa romana, se abastecían de los excedentes de producción generados por las nuevas técnicas de labranza de los campos aledaños y de las mercancías que llegaban a sus mercados a partir de la iniciativa privada de la flamante clase de los comerciantes. Hasta entonces, las técnicas de labranza y el producto de los campos tan solo habían permitido mantener una economía local, apenas interregional, regulada por los caprichos del castellano y por las exacciones de la diócesis local, minada desde su interior por la corrupción y el relajamiento de la moral. Tal estado de cosas había posibilitado el desarrollo de una corriente unidireccional de comercio, drenando a Occidente de sus reservas de oro en beneficio de los mercados más refinados y complejos de Oriente (Imperio Bizantino e Imperio Sasánida). Hasta el advenimiento de los árabes la balanza comercial de los reinos surgidos sobre las ruinas del Imperio de Occidente había sido netamente deficitaria. Los escasos excedentes, atesorados en piezas de oro cada vez más extrañas, eran fagocitados por las importaciones de artículos cualitativamente superiores, fabricados en Oriente1.
1
Maurice Lombard, en “el oro musulmán”, cuadernos de Historia, Estudios Monográficos Nº 36, Facultad de Filosofía y letras de la U.B.A., 1972, nos dice al respecto: “en vísperas de la conquista musulmana, el mapa monetario presentaba tres dominios que se enfrentaban por su desigual densidad en oro y por el material de acuñación que empleaban:
El Occidente bárbaro, casi completamente vacío de oro y donde la plata tendía a suplantar una monedad dorada cada vez más rarificada y decadente.
El Imperio Bizantino, que se proveía cada vez con mayor dificultad del metal amarillo pero que aún contaba con importantes reservas, concentradas especialmente en las provincias orientales de Siria y Egipto, y con un nomisma convertido en el único instrumento de cambio en el Mediterráneo.
El Oriente Sasánida, donde reinaba la plata, circulando en grandes cantidades y donde el oro se acumulaba en enormes reservas, fundido en lingotes o en joyas, en las bóvedas de los palacios y de los templos”.
Las grandes conquistas árabes, sin embargo, rompieron esa tendencia unidireccional, haciendo refluir el oro a latitudes que el preciado metal había abandonado durante la decadencia del Imperio Romano, en vísperas de su definitiva escisión (finales del siglo IV). En Francia, es verdad, las ciudades habían comenzado a florecer por todas partes, puestas en contacto unas con otras por los mercaderes, por los propios campesinos, y por los señores feudales, interesados en desprenderse de sus excedentes a cambio de algún producto exótico proveniente del Oriente musulmán, de la Hispania sarracena o del Imperio Bizantino2. No obstante, en el Languedoc, dos factores más se sumaban a los anteriores, añadiendo el ingrediente que faltaba para desarrollar comunas y no tan solo ciudades, como ocurría en el resto del país: la herejía de los cataros y la existencia de una clase caballeresca residente en las ciudades (del tipo dunatoi bizantinos, es decir latifundistas con residencia urbana antes que rural).
2
Las comunas de Tolosa y Trencavel
Resulta difícil explicar el proceso de desarrollo comunal que tuvo lugar en Occitania sin antes hacer mención de las consecuencias de las conquistas árabes, de la aparición de las repúblicas mercantiles italianas y de las primeras cruzadas. Pero vayamos por parte, abordando individualmente cada uno de estos ítems para después concatenarlos en procura de una conclusión válida al estudio que hemos encarado.
La conquista árabe, iniciada en el segundo cuarto del siglo VII, provocó cambios radicales y dramáticos en el mapa político de la Alta Edad Media: en primer lugar, las oleadas de musulmanes derribaron un estado tan añejo como el Imperio Persa, recortaron la superficie de otro, el Imperio Romano de Oriente, casi a su mínima expresión y firmaron el acta de defunción del reino visigótico de Hispania. Pero los efectos económicos fueron también decisivos. Hasta entonces, el patrón plata había imperado en el Medio Oriente, aliado al poder persa, y en las rudimentarias economías de Occidente, donde la ruina de Roma había también implicado la decadencia de la moneda de oro. Únicamente Bizancio había sido capaz de mantener en su ámbito de influencias, la preponderancia del oro como medio de intercambio, aunque cada vez con mayores dificultades. Debido a que desde la capital imperial, las piezas doradas partían hacia Oriente para comprar la aquiescencia sasánida, mientras Justiniano I se concentraba en la reconquista de las viejas provincias occidentales, la densidad de oro que nutría los intercambios comerciales se fue debilitando progresivamente. Esto, obviamente sin mencionar que gran cantidad del metal precioso quedaba aprisionado en los grandes monasterios e iglesias de Siria y Egipto. Hacia principios del siglo VII,
2
Nota del autor: para ese momento, el Imperio Romano de Oriente estaba siendo reconstruido por los primeros soberanos de la dinastía comneno: Alejo I (1081-1118), Juan II Kaloianes (1118-1143) y Manuel I (1143-1180). La tendencia de las relaciones de producción, por otra parte, se inclinaban a favor de la “pronoia” y en perjuicio del pequeño campesinado libre.
tal cual parecía, el comercio mediterráneo estaba siendo drenado de piezas de oro como un pantano de sus aguas.
Pero la irrupción del Islam cambió todo lo anterior. La conquista de los territorios persas, en primer término, permitió la liberación de una ingente cantidad de metal dorado, que durante siglos había permanecido durmiendo en los templos y palacios del Irán. En segundo lugar, las riquezas atesoradas en los monasterios cristianos de Siria y Egipto fueron de nuevo puestas en circulación por los conquistadores árabes. Y, por último, apareció un tercer flujo de oro procedente de los yacimientos del Sudán y de las tumbas faraónicas de Egipto y Nubia. La abundancia del preciado metal señaló el ocaso de la preponderancia de la plata en el Cercano Oriente, robusteció el comercio mediterráneo y permitió a los árabes hacerse de productos que solo Occidente estaba por entonces en condiciones de proveer: esclavos, madera (tan necesaria para las primeras flotas musulmanas) y determinados minerales. Gracias a ello, los reinos bárbaros fueron reinsertados en una nueva corriente comercial, de flujo circular, que derramaba piezas del dorado metal casi por todas las latitudes del mundo conocido.
Junto a la reinstalación del oro como patrón de pago de los intercambios mercantiles, aparecieron las primeras repúblicas marítimas italianas. El ascenso de Gaeta y Amalfi se produjo en esta época, bajo la condescendiente mirada de los emperadores bizantinos, que aspiraban a través de ellas a frenar las pretensiones francas sobre Italia meridional. Pero la súbita aparición de los normandos acabó con los sueños de grandeza de estas incipientes repúblicas mercantiles. Venecia tomó entonces la posta, favorecida por su ubicación geográfica y por los beneficios impositivos que sus comerciantes obtuvieron a partir de la crisóbula que el emperador Alejo I firmó en 1082, en beneficio de aquélla. Pronto, el ejemplo veneciano sería imitado por otras dos ciudades italianas, que sabrían aprovechar las cruzadas para desafiar el poderío de la república del Rialto: Pisa y Génova.
Pero Occidente jamás habría podido integrarse a la nueva corriente circular de oro que accedía a sus territorios desde España, el Imperio Bizantino e Italia, si no hubiera generado por sí mismo los excedentes de producción necesarios para ampliar el alcance de sus economías, desde meros contactos regionales a intercambios a gran escala. Los movimientos de roturación, la extensión de los cultivos y la obtención de mejores rendimientos eran precisamente las piezas que faltaban para completar el rompecabezas del renovado auge urbanístico. Si las ciudades querían trascender los reducidos límites que les había impuesto la época de las invasiones bárbaras, tenían necesariamente primero que asegurarse las vituallas para mantener un crecimiento sostenido en el tiempo.
La reacción de la Iglesia frente al florecimiento de las ciudades fue dispar, aunque en general resultó reñida con la naturaleza del movimiento. Anquilosada en estructuras arcaicas, falta de reflejos y lenta de movimientos, la jerarquía clerical vio en el desarrollo comunal a un formidable enemigo capaz de disputarle el predominio que ejercía sobre la sociedad laica, a la par sino aliada de los señores feudales. Al
respecto, el profesor Paul Labal (1928-1991) aseguraba textualmente: “cuando los
habitantes de los nuevos barrios de mercaderes, que emergían alrededor de la antigua ciudadela, se agruparon en asociaciones de ayuda mutua para intentar obtener de sus señores el reconocimiento de los nuevos derechos, tales como administrarse justicia según sus normas, se juzgó intolerable esta pretensión. Así que el movimiento comunal del Norte de Francia chocó con la hostilidad del poder tradicional de la Iglesia”3. En el Sur de Francia la postura de la Iglesia no era muy diferente pero los
comuneros tuvieron, al igual que los herejes cátaros, la virtud de aprovecharse de la corrupción que aquejaba las estructuras eclesiásticas desde sus mismos cimientos, para torcer provisionalmente el curso de la lucha en su favor. Si a ésto añadimos que el aliado natural de la Iglesia, la clase señorial, se mostraba reacio a apoyar sus pueriles reclamos frente a los intereses más saludables de sus parroquianos podremos entender porqué el curso de los acontecimientos corrió en forma tan disímil en las tierras del Condado de Tolosa y Trencavel.
Otro factor a tener en cuenta para comprender el porqué del surgimiento del movimiento comunal al sur de Perigord y Auvernia es el debilitamiento de las relaciones vasalláticas, producto de la partida de gran cantidad de señores feudales hacia Ultramar. Desde los días de la I Cruzada, la región comprendida entre los ríos Garona y Ródano y los Pirineos, había sido proveedora nata de caballeros e importantes castellanos para la consolidación de los reinos francos del Levante. Hacia mediados del siglo XII, la herejía cátara estaba echando profundas raíces en el Languedoc, aprovechando la debilidad espiritual en que se hallaban sumidas las damas castellanas, en ausencia de sus maridos que peleaban en Oriente. La repulsa causada por la corrupción del clero occitano terminó por empujar a gran parte de la población en los brazos de los herejes. La clase de comerciantes y muchos campesinos disconformes vieron la oportunidad y establecieron una alianza tácita con los cátaros, a la que pronto se plegaron los pocos señores feudales que aún no habían partido hacia Tierra Santa.
Y fue precisamente la desaforada reacción de la Iglesia la que sirvió para cohesionar todos los elementos que llegarían a conformar las comunas del Languedoc. Luego de un primer intento realizado por San Bernardo de Claraval, que a poco estuvo de conseguir el objetivo de devolver las ovejas perdidas al redil (1146)4, la postura de la Iglesia respecto a la herejía que se estaba esparciendo por el sur de Francia se tornó más intransigente. El concilio de Tours, en 1163, prohibió en este sentido mantener relaciones comerciales con los cátaros, condenando como cómplices a aquéllos que osaran oponerse a sus preceptos. El vizconde Roger Trencavel no se amedrentó ante las amenazas de la Iglesia y acabó ignominiosamente excomulgado por su política tolerante hacia la herejía.
3
Paul Labal, “Los Cataros”, Biblioteca de Bolsillo, mayo de 2000. Traducción castellana de Octavi Pellisa.
4
San Bernardo, el abad de Claraval, se esforzó por reducir el influjo de la herejía a través de una verdadera política de seducción, que, armada de elocuencia, convicción y paciencia, pretendía refutar el dogma cátaro a través de la palabra. La cruzada albigense aún era un espejo lejano frente a la necesidad más urgente de recuperar el protagonismo perdido en Oriente tras las cruzadas descarriadas de 1101 y la caída de Edesa, el 23 de diciembre de 1144.