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Arquitectura y mosaicos

In document Bizancio y el Mediterráneo Oriental (página 123-132)

Período Medio (843-1204)

4.3 Arquitectura y mosaicos

La grandiosa basílica de Santa Sofía, que por más de 100 años había sido despojada de sus lujosas vestiduras, nuevamente fue revestida con primorosos mosaicos. En su ábside se colocó uno de gran tamaño que representa la imagen entronizada de la Virgen con el Niño. Frente a este mosaico se encuentra la siguiente inscripción: “las imágenes que los impostores derribaron los píos Emperadores las

han restablecido”. Existen también otros mosaicos que han milagrosamente perdurado

hasta nuestro tiempo, como lo son un arcángel, con las alas coloreadas de diferentes tonos de púrpura y cuyas vestiduras doradas y blancas parecen brillar como la luz solar. Los tímpanos norte y sur fueron redecorados con efigies de profetas, obispos, ángeles y arcángeles; solamente las imágenes de San Juan Crisóstomo y de San Ignacio el Menor persisten, todas las demás fueron destruidas por la barbarie turca.

Una gran obra arquitectónica elevada dentro de los muros de Constantinopla, fue el Monasterio del Pantocrátor, que consta de un amplio claustro y de tres grandes iglesias conectadas entres sí. Este monasterio se construyó como acción de gracias del emperador Juan II Kaloianes (1118-1143), por sus victorias contra los turcos.

Toda esta suntuosa decoración logró su apogeo en la enorme cúpula, la que se ornamentó con un mosaico con la imagen del Pantocrátor rodeado de serafines; en las pechinas pueden admirarse aún algunos fragmentos de tan maravilloso mosaico. Sin embargo el más conocido de estos mosaicos se encuentra sobre la llamada puerta imperial, en el que puede admirase a un emperador, al que los especialistas no han logrado identificar plenamente. Demuestran que es una figura imperial la espléndida stema o corona que porta y las vestiduras, que son las apropiadas de tal personaje. Se encuentra postrado a los pies de un Cristo entronizado, lujosamente ataviado, que con su mano izquierda sostiene un libro abierto en el que se puede leer en una de sus páginas “la paz sea contigo” y en la otra “Yo soy la Luz del mundo”. En el fondo y a

Cristo con el emperador Constantino IX (1042-1055) y su esposa, la emperatriz Zoe. Mosaico. Santa Sofía,

los costados del Cristo, pero en un nivel inferior al de su cabeza, se aprecian dos medallones, uno de la Virgen y otro del arcángel Gabriel.

En el pasaje norte de Santa Sofía se encuentra un mosaico en perfecto estado de conservación, que retrata al Emperador Alejandro, al que se le puede identificar gracias a una inscripción en la que se lee “El Señor ayude a tu siervo, el ortodoxo y fiel

Emperador Alejandro”, además de un anagrama con su nombre, colocado al lado de su

cabeza. Se le ve engalanado de acuerdo a lo establecido por “El Libro de las Ceremonias” para la ocasión en que el monarca asistía a la Fiesta Pascual. Lleva la “perpendulia” o capucha de perlas, el “skaramangión” o túnica de púrpura ornamentada y calza botas del mismo material bordadas también con piedras preciosas. En su mano derecha lleva el “akakia” o bolsa de seda rellena de polvo, que recordaba a los emperadores que solamente eran seres humanos; con la izquierda sostiene el “orbe” para significar su gran poder. La elaboración de este espléndido mosaico, dedicado a uno de los Emperadores mas odiados, ha sido fechada por los expertos en los años 912 o 913.

La segunda iglesia en importancia dentro de los muros de Constantinopla fue la de los “Santos Apóstoles”, la cual también recibió especial atención por parte de los de los artistas, pues continuaba siendo el panteón de los monarcas bizantinos. Debe señalarse que esta construcción sirvió como modelo para la catedral de San Marcos en Venecia.

Dentro del espacio ocupado por el “Palacio Sagrado”, durante el reinado del primer Basilio, fue construida una iglesia más. El interior de su cúpula estaba ocupado por un mosaico con la imagen del Pantocrátor, circundado por coros angélicos. El ábside contenía una Virgen Orante, y los muros laterales, profetas, apóstoles y otros santos. Todo lo anterior de acuerdo a una simbología previamente establecida. La descripción anterior ha llegado hasta nosotros por los manuscritos de algunos cronistas de la época, pues nada de ello queda en pie.

Una edificación que podría servir de modelo para la arquitectura de este postrero periodo del arte bizantino es la iglesia del monasterio de Cora, localizada en Constantinopla, cerca de la muralla teodosiana y muy próxima al palacio de las Blaquernas, residencia imperial por aquel entonces. En la actualidad sus ruinas cubren una superficie que se extiende desde el mar de Mármara hasta el Cuerno de Oro y presentan las tres etapas de construcción durante los siglos XI, XII y XII. Fue Teodoro Metokitos, logoteta del tesoro imperial, el político mas importante del momento, hombre de gran sabiduría, poeta y científico, quien patrocinó la renovación de esta iglesia. En el mosaico del tímpano de la entrada, se le puede apreciar engalanado con las ricas vestiduras propias de su elevado cargo, ofreciendo a Cristo la maqueta de la iglesia mencionada. Todas sus decoraciones, mosaicos y frescos, denotan una nueva forma de expresión, pues no se limitan solamente a figuras aisladas o fiestas litúrgicas, sino que proclaman una fe viva, delicada y serena. Sus mosaicos, distribuidos en toda la construcción, presentan temas novedosos, tales como la genealogía de Cristo y la vida de la Virgen María, con escenas tomadas de los Evangelios así como también de

los Apócrifos. Destacan entre todos estos mosaicos las imágenes de Cristo y de la Virgen Hodegetria, situados en ambos lados del presbiterio.

En las principales ciudades del Imperio también se multiplicaron las construcciones religiosas. Un ejemplo representativo se encuentra en Nicea: la cúpula de la iglesia de la Dormición fue decorada con un extraordinario mosaico con las representaciones de cuatro ángeles con vestiduras imperiales, que rodean a la Divina Majestad, colocada en el centro. Una inscripción acordona toda la escena y reproduce el Salmo 103 “El Señor ha dispuesto su trono en los cielos y su reino domina sobre

todos. Bendecid a Dios vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis sus mandatos, obedeciendo la voz de su precepto”. En el ábside se encontraba una

Teothokos que presentaba el Niño al mundo; sobre su cabeza aparecen tres rayos que representan a la Trinidad. Todos los especialistas y conocedores coinciden en que la destrucción de esta iglesia fue una de las pérdidas más lamentables que tuvo el arte bizantino.

Otra magnifica catedral que se construyó en este período fue la catedral de Edessa. Un himno siríaco, de autor desconocido, describe su belleza, su solemnidad y sobre todo su profundo simbolismo:

¡Oh, Tú la Esencia que resides en el Templo Santo cuya gloria emana naturalmente de Ti! ¡Dame la gracia del Espíritu Santo para hablar del

Templo de Edessa!

Bazaleel fue quien, instruido por Moisés, erigió el Tabernáculo para que sirviera de modelo. Son Amidonius Aspa y Addai quienes construyeron para Ti en Edessa el templo glorioso.

En verdad, en él han representado los misterios de tu Esencia Y de tu Plan de Salvación. Y el que lo observa minuciosamente

se llena de admiración al verlo.

En efecto, es algo realmente admirable que en su pequeñez sea tan parecido al vasto mundo. No por las dimensiones,

sino por el tipo; está rodeado por las aguas, igual que el mar rodea al mundo.

Su techo está extendido completamente, semejante al cielo, sin columnas, abovedado y simple.

Además está adornado con mosaicos de oro, así como el firmamento lo está por estrellas brillantes.

Su elevada cúpula es comparable al cielo de los cielos. Es como un casco y su parte posterior reposa solidamente

Sus arcos, anchos y espléndidos, representan las cuatro partes del mundo. Por otra parte, debido a la variedad de sus colores

reúnen en sí al arco glorioso de las nubes.

Otros arcos lo rodean, como si fueran salientes rocosas que coronan la cima de una montaña.

Es sobre ellos, y con ellos y por ellos que la cubierta entera junta los arcos.

Sus mármoles se parecen a la Imagen no hecha por la mano del hombre, y sus muros están armoniosamente revestidos de mármol.

Debido a su blancura y pulido son tan esplendorosos que absorben en sí la luz del sol.

Se ha puesto plomo sobre la cubierta, para que no fuera dañada por las lluvias. No se ha utilizado en absoluto la madera, y aunque parece fundida de metal es toda de piedra.

Está rodeada de magníficos patios, con dos pórticos de columnas, representando a las tribus de Israel

que rodeaban el tabernáculo de la Alianza.

A cada lado posee una fachada idéntica, pues el tipo es el mismo en las tres.

Del mismo modo que una es la forma de la Santísima Trinidad.

Además brilla en el coro una única luz por las ventanas que ahí se abren anunciándonos el misterio de la Trinidad.

Además, la luz de los tres lados entra por ventanas numerosas, Representando a los Apóstoles y a Nuestro Señor,

Y a los profetas y los mártires y los confesores.

En el centro se ha colocado un podio, a modo del Cenáculo de Sión y debajo de él hay once columnas,

como los once apóstoles que ahí se habían reunido.

La columna situada detrás del podio, representa el Gólgota. Encima de ella se ha fijado una cruz luminosa,

Las diez columnas que sostienen el Querubín de su coro representan los diez apóstoles que huyeron torpemente

en el momento en que Nuestro Señor fue crucificado.

La forma de los nueve peldaños colocados en el coro, así como el trono, representan al trono de Cristo

y a los nueve órdenes de ángeles.

4.4 La literatura

Entre las diversas obras literarias del siglo X destaca la crónica escrita por Juan Comeniates, lector de la iglesia de San Demetrio en Tesalónica.

Un poema épico que atrapa la atención de sus lectores y que desgraciadamente los críticos literarios modernos no le han dado la importancia que merece, es “Digenes Akrites”. Compuesto por algún monje a partir de cantos de los juglares de la frontera en la época macedónica y escrito originalmente en “koine” (la lengua griega utilizada por el pueblo inculto), su acción se desarrolla en las lejanas fronteras del Imperio. Narra las aventuras bélicas y amorosas de un legendario héroe bizantino, Digenes, cuyo padre había sido un poderoso emir que, por amor a una joven cristiana de la familia Ducas, habría renegado del Islam para abrazar el cristianismo ortodoxo.

Digenes es representado como un altivo mancebo, siempre ataviado con ricas vestiduras bordadas con perlas y piedras preciosas. El poema describe, entre otras andanzas, sus proezas en la lucha contra los invasores, defendiendo las fronteras de Bizancio de todo peligro y el cortejo y rapto de Eudoxia, a quien Digenes hizo su esposa. Finaliza con la muerte del héroe y la de Eudoxia, quien no pudiendo soportar tal dolor, también pierde la vida. Este poema, de corte popular, es comparable en calidad y belleza literarias al cantar del Mio Cid o a la Canción de Rolando.

A continuación se reproduce un fragmento tomado del libro Basilio Digenís Akritas, publicado por la Editorial Bosch en 1981.

Uno de los días dice a su padre:

"Ha embargado mi alma, padre y señor, el deseo de probarme a mí mismo en luchas con fieras,

y si amas de veras a tu hijo Basilio,

permite que vayamos al lugar donde se hallan éstas y conocerás por completo la razón de mi constante inquietud”.

El padre, al escuchar de su amadísimo tales palabras, sentía orgullo en el alma y regocijo en el corazón;

lo besaba con mucha complacencia: "¡Oh hijo muy deseado! ¡Oh alma y corazón! Admirables son tus palabras y grata tu intención,

pero no es tiempo de luchar con fieras, pues la lucha con ellas es muy dura, y tú eres un niño de doce años o dos veces seis y no mereces en absoluto que se te enfrente con las fieras;

no mi gratísimo hijo, deshecha esto de tu mente, no cortes tus bellas rosas antes de tiempo; cuando, si Dios quiere, seas un hombre maduro,

entonces, sin discusión, te medirás con ellas”.

Steven Runciman, a propósito de este poema escribió: “la epopeya occidental es,

quizá más dramática, pero por la brillantez de las descripciones y por la sutileza de su psicología, el Digenís Akritas es infinitamente superior. Puede catalogarse entre las más bellas canciones de gesta que se hayan escrito jamás”.

Otro escritor de este período digno de ser estudiado más acuciosamente es Juan Cameniates, conocido solamente por su obra sobre la captura de Tesalónica, en la que aporta pocos datos biográficos. Se sabe que era un clérigo de la iglesia de San Demetrio, que desempeñaba la función de chambelán en la casa del obispo. Se supone también que estaba casado y tenía tres hijos pequeños. Su padre y hermanos también detentaban puestos entre el personal de San Demetrio. Era Cameniates un hombre con cultura y medios de vida apropiados para llevar una vida plácida en una importante capital provincial.

Tras la toma de la ciudad es capturado y llevado a Siria donde conoce fortuitamente a Gregorio el Capadocio, personaje del cual no se tienen datos del rango pero que, a juzgar por el tratamiento que le dispensa, debió ser un importante clérigo de la ciudad. Al entrevistarse con Juan Cameniates y conmovido por su tragedia personal, le envió una misiva en la que le solicitaba hiciera una reseña sobre los hechos ocurridos en Tesalónica, así como la narración de su historia personal. En la respuesta a dicha carta Juan Cameniates realiza una evocadora y vehemente descripción de su ciudad a través de la cual da a conocer detalles de interés sobre Tesalónica y su área de influencia a comienzos del siglo X.

Ya en el período comneno, la princesa bizantina Ana Comneno fue una de las más importantes intelectuales de su época. Escribió "La Alexiada", que es la crónica del reinado de su padre, Alejo I Comneno, emperador bizantino que reino desde 1081 hasta 1118. Es también un relato de primera mano sobre los hechos de la Primera Cruzada.

A continuación se reproducen dos fragmentos de su gran obra; en el primero de ellos la princesa hace una relación vivida de los hechos que ella presencia durante la Primera Cruzada:

"Era todo Occidente, todas las naciones bárbaras que viven en el país situado entre la otra orilla del Adriático y las Columnas de Hércules, el que emigraba en

masa, arrastrando familias enteras, hacia Asia, atravesando Europa de un extremo a otro.

Veamos en grandes líneas la causa de semejante movimiento de población. Un celta llamado Pedro, apodado Pedro el Simple, había ido a venerar el Santo Sepulcro; después de que los turcos y los sarracenos, que causaban estragos en toda Asia, le infligieran muchos malos tratos, regresó a su país sufriendo grandes penalidades.

Como no soportaba la idea de no haber alcanzado su objetivo, decidió emprender de nuevo el mismo viaje.

Pero comprendió que no debía hacer solo el camino del Santo Sepulcro por miedo a tener que soportar las peores desventuras, lo que lo hizo concebir un hábil proyecto.

Éste consistía en predicar en todos los países de los latinos: "Una voz divina me ordena que proclame ante todos los condes de Francia, que deben abandonar sus hogares para ir a venerar el Santo Sepulcro e intentar liberar Jerusalén del dominio de los agarenos con todas sus fuerzas y con toda su valentía”. Y, efectivamente, lo consiguió.

Como había hecho creer en el corazón de todos que había oído una voz divina, consiguió efectivamente reunir a unos tras otros con armas, caballos y el resto del equipamiento militar.

Estos hombres sentían tanto ardor y entusiasmo que llenaron todos los caminos; estos soldados celtas iban acompañados de una multitud de gentes sin armas, más numerosos que los granos de arena y que las estrellas, y que llevaban palmas y cruces cosidas en sus hombros; mujeres y niños que abandonaban su país”.

En el siguiente fragmento de “La Alexiada”, Ana Comneno relata una anécdota ocurrida entre el emperador y los jefes francos:

"Cuando estuvieron todos reunidos, incluido el propio Godofredo, y todos los condes hubieron prestado juramento, un noble tuvo la osadía de sentarse en el sillón del basileus. Éste no dijo nada, porque conocía desde hacía tiempo la naturaleza arrogante de los latinos. Pero el conde Balduino intervino, tomó al otro de la mano y le hizo levantar haciéndole duros reproches.

- No deberías actuar de esa manera -le dijo-. Sobre todo porque acabas de jurar vasallaje al basileus. No es costumbre que los basileus de los romanos permitan que sus súbditos se sienten al mismo tiempo que lo hacen ellos; los que se han convertido en vasallos de Su Majestad deben observar también las costumbres del país.

El hombre no respondió nada a Balduino, pero lanzó una mirada llena de ira al basileus y, en voz baja, le dirigió unas palabras en su lengua.

- Mirad a este patán -dijo-. Sólo se sienta él, mientras unos valientes caballeros están de pie a su lado.

El basileus advirtió el movimiento de los labios del latino; llamó a uno de sus intérpretes de la lengua latina y le pidió que le explicara el sentido de aquellas palabras. Cuando supo lo que el latino había dicho, en aquel momento no hizo ninguna observación, pero guardó para sí sus reflexiones.

Cuando todos se despedían de él, el basileus llamó al orgulloso y desvergonzado latino y le preguntó quién era, de qué país procedía y a qué linaje pertenecía.

- Soy un puro franco -respondió el otro-. Y de la nobleza; y sé una cosa y es que

en un cruce del país en que he nacido hay un santuario construido desde hace mucho tiempo en el que, quien quiere tomar parte en un combate singular, acude allí para este propósito, y pide a Dios que le ayude, mientras espera al hombre que se atreva a desafiarle. He pasado mucho tiempo en este cruce sin hacer otra cosa más que esperar a un adversario, pero no ha venido un hombre lo bastante audaz para ello.

El basileus replicó con estas palabras: - Si has querido luchar sin encontrar la ocasión de hacerlo, ha llegado el momento en que vas a ver colmados tus deseos a fuerza de luchar; te recomiendo encarecidamente que no te sitúes en la cola o en la cabeza de las filas sino que permanezcas en el centro.

4.5 Otras manifestaciones artísticas

Las comúnmente llamadas artes menores, cobraron un gran auge por el nuevo estilo con que eran presentadas. Las pequeñas joyas como brazaletes, cruces, relicarios o portadas de libros fueron profusamente decoradas con esmaltes y toda clase de piedras preciosas. Cada una de las figuras en ellas representadas se encuentra enmarcada con hileras de grandes perlas, lo que ciertamente no contribuye a resaltar su

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