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La Ravena Bizantina

In document Bizancio y el Mediterráneo Oriental (página 109-113)

Período Primitivo (330-725)

2.1 La Ravena Bizantina

La expansión mediterránea del Imperio hizo posible la grandeza de Ravena pues una vez que la antigua capital de Teodorico fue ocupada por el ejército imperial, la ciudad se vio de inmediato contagiada por la fiebre de construcción que prevalecía en la Metrópoli.

San Vital, una de las iglesias más bellas del mundo, fue creada para que el emperador mas poderoso de su época asistiese a los oficios religiosos que allí tendrían lugar y sin embargo nunca un emperador bizantino estuvo presente en esa ciudad. Fue construida entre los años 538 y 547. A pesar de que las efigies de Justiniano y de su esposa Teodora están reproducidas en sus mosaicos no hay pruebas de que ellos fueran los patrocinantes directos de la obra; se ha señalado que un banquero local fue quien sufragó los gastos de su construcción, pero quienes verdaderamente impulsaron su creación fueron los obispos Eclesio, Victor y Maximiano.

Su planta es muy similar a la de San Sergio y San Baco, en Constantinopla, puesto que sus columnas están dispuestas para sostener la magnifica cúpula central. Sin embargo, hay en ella un toque que la hace diferente. ¿Será acaso que su arquitecto fue un latino residente en Ravena?

Toda ésta magnifica estructura guarda en su interior los mosaicos más afamados del ámbito bizantino, pues revelan la magnificencia de Justiniano y su corte. Los mosaicos del presbiterio son auténticos documentos que muestran la forma de vida de un emperador en la cúspide de su poder. Así lo revelan no solo sus lujosos atavíos y la riqueza de sus joyas, sino su actitud y su porte.

En el mosaico del lado del Evangelio se aprecia como figura central a Justiniano, con un nimbo rodeando su cabeza, significando con ello que su investidura proviene de Dios. En sus manos sostiene una gran patena de oro. La dirección de sus brazos, vueltos hacia el altar, indica que es una ofrenda a Cristo. Está revestido de una túnica blanca y su “clámide” o manto corto es de fina púrpura; lleva también, un tablión de brocado de seda, sostenido por una fibula (especie de hebilla de oro y piedras preciosas). Justiniano se encuentra rodeado de altos dignatarios, pudiéndose identificar plenamente al obispo Maximiano, quien consagró la iglesia. Algunos estudiosos han dicho que el personaje que porta un escudo es el general Belisario, otros afirman que se trata simplemente de un integrante de la guardia imperial.

En el costado opuesto y en otro maravilloso mosaico, aparece la emperatriz Teodora, con las vestiduras propias de las grandes ceremonias. La clámide de púrpura tiene bordadas en una franja inferior a los Reyes Magos, simbolizando que es también reina y que, a semejanza de ellos, viene a hacer un presente a Cristo, pues porta un precioso cáliz. Se encuentra acompañada por dos altos funcionarios y por algunas damas de la corte. Sus lujosos vestidos así lo demuestran. Como hemos dicho, Justiniano y Teodora nunca estuvieron en Ravena pero sus retratos en los mosaicos mencionados hacen parecer como si siempre hubiesen estado presentes en ella..

El mosaico principal de la iglesia de San Vital, localizado en el ábside, presenta a un Cristo imberbe, joven, entronizado en un globo que representa el Universo. Porta el Libro del Apocalipsis, identificado por los Siete Sellos. A ambos costados se encuentran dos ángeles y en los extremos se puede ver a San Vital y al obispo Eclesio. El historiador Eusebio de Cesárea lo describe de la siguiente manera: “Los arcos del

mundo le sirven de trono; la tierra es su escaño; las cortes celestiales se asientan a su alrededor; las potencias sobrenaturales son sus guardianes y le reconocen como a su soberano, su maestro y su rey”.

La bóveda y los muros del coro se encuentran también recubiertos de imponentes mosaicos, con temas llenos de simbolismo, como lo es el de “Los Tres Ángeles” que representan a la Trinidad, o a Melquisedec, que en el Antiguo Testamento caracteriza al rey y al sacerdote, o el Cordero que simboliza a Cristo, pues San Juan en su Evangelio (1-29) exclama “He ahí al Cordero de Dios, el que quita el pecado del

mundo”. Debido al esplendor de esos mosaicos existe una inscripción en San Vital que

reza: “O la luz nació aquí o, cautiva, reina libre”.

Muchas y muy variadas fueron las obras arquitectónicas patrocinadas o por lo menos promovidas por Justiniano. Sería imposible describirlas en su totalidad, no solo por lo elevado de su número, sino porque la mayoría de ellas fueron destruidas o destinadas a un uso diferente para el cual habían sido creadas.

2.2 La escultura

La era de Justiniano no se caracterizó por la grandeza de su escultura. Los escasos seguidores de este arte se limitaron a reproducir los motivos utilizados en los antiguos sarcófagos, lo que la hizo eminentemente simbólica. Los sarmientos de vid y algunas aves se repiten en los pocos ejemplos que han llegado hasta nosotros.

La escultura bizantina, tanto en su temática como en su técnica, permaneció muy alejada de la plástica clásica. El tipo de modelos y la preponderancia del bajorrelieve sobre las obras de bulto redondo, así como también la utilización de materiales como el marfil, del que solamente es posible producir piezas pequeñas, hicieron que no se destacase como una de las artes preferidas por los bizantinos.

Las obras de mayor importancia de la escultura bizantina en esta época son los pequeños dípticos y cajas talladas en marfil, dentro de los que destaca el díptico Barberini, que muestra la figura ecuestre de un emperador o la célebre Cátedra del obispo Maximiano, conservada en Ravena y que también fue tallada en marfil alrededor del año 533.

Una pieza que llama poderosamente la atención es un ambón, probablemente perteneciente al obispo Agnellos, que presenta a manera de tableros, una secuencia de diversos animales como ciervos, aves, y peces. El resto de la decoración está constituida por ramas trenzadas de parra, que le dan un aspecto muy rígido.

2.3 La pintura

Es indudablemente en la pintura donde la creación artística encuentra un campo tan fértil que logrará que el estilo creado en esa esplendorosa época trascienda con gran fuerza hasta nuestros días. El estilo pictórico bizantino es primordialmente figurativo, pero pletórico de símbolos que deben ser interpretados, leídos, dirían los

eruditos; puesto que quienes cultivan este arte son los iconógrafos, “escritores” más que pintores, de la simbología y profundos conocedores de su significado.

Los Iconos

La palabra “icono” proviene de la voz griega “eikon”, que significa imagen. Sin embargo, como dice Michel Quenot en su obra “El Icono”, “la palabra icono es un

término usurpado; lo ha sido a menudo desde el siglo XVIII y lo es más en nuestros días”. No solo ha sido usurpada, podría hasta decirse que ha sido prostituida, ya que se

la emplea indistintamente para designar a una estrella del decadente cine norteamericano o para llamar a las diferentes entradas a la Internet.

Estas pinturas de pequeño formato, cuyos temas son exclusivamente religiosos, no deben ser admiradas solamente desde el punto de vista pictórico, sino que se les debe reverenciar como objetos de culto. San Juan Damaceno señalaba que: “el icono

es para los analfabetos lo que la Biblia es para las personas ilustradas; lo que la palabra es para el oído, el icono es para el espíritu”. No obstante, la función del icono

va mas allá de una labor didáctica, es ante todo “un encuentro personal con la imagen representada”. Michel Quenot forja una frase que define muy claramente lo que son estas representaciones pictóricas: “El icono es el signo visible de lo invisible”. Su cometido se asemeja a la tradición romana que daba validez jurídica a cualquier documento firmado frente al retrato del emperador. En las provincias lejanas del antiguo Imperio Romano, cuando se hacía público un edicto debía estar atestiguando el acto el retrato imperial, para así denotar que era el propio monarca quien lo emitía.

Por lo anterior, icono es la única palabra adecuada para denominar a las imágenes religiosas que por su significado y simbología, son objeto de especial veneración, pues significa ante todo “un encuentro personal con el personaje representado”. Por lo tanto no causa extrañeza que los iconos fuesen ignorados sino despreciados por los historiadores del arte de siglos pasados, pues solo podían admitir su aspecto estético, el que no se adecuaba a los cánones establecidos

La técnica pictórica utilizada para la confección de los iconos es el “temple” o “tempera”, proceso milenario ya utilizado en el antiguo Egipto en la decoración de muros, tumbas y especialmente sarcófagos.

Al tomarse en cuenta que el icono representa mas que una obra de arte y puesto que lleva implícita en su simbología un tema teológico, la Iglesia se vio en la necesidad de sancionar su creación a fin de que el mensaje evangélico no fuese desvirtuado por iconógrafos poco doctos en teología, para lo cual, se conformaron “manuales” que ordenaban estrictamente los diferentes elementos de un icono. En esos “manuales” se estableció la disposición de las escenas presentadas, las fórmulas para la obtención de los diferentes colores, que en todos los casos debían ser siempre los mismos, sin ninguna variación de tonalidad, pues como se verá a continuación, dichos colores tienen un significado propio.

No cabe duda que los iconógrafos fueron grandes artistas. Son dignos de admiración y respeto no solamente por sus capacidades artísticas, sino también por su obediencia y sumisión. Además de seguir estrictamente los dictados de los manuales, poseían la creatividad suficiente como para incluir ornamentaciones y otras características de modo de lograr que sus obras fueran perfectamente identificables (los iconos no se firman, como es común en las obras de los pintores occidentales). De acuerdo a las reglas, los iconógrafos son simples intermediarios entre Dios y el espectador, pues conforme a la tradición Él fue quien guió su mano para llevar a cabo la pintura.

Los colores, producto de la descomposición de la luz, tienen un lenguaje propio y son portadores de un mensaje místico, trascendente. Eugenio Troubetzkoï, filosofo ruso expresa lo siguiente: “los colores son utilizados por el artista con el objeto de

separar el cielo, de nuestra existencia terrenal. Ahí está la clave que nos permite comprender la belleza inefable de la simbología de los colores del icono”.

Es por ello que el iconógrafo no puede utilizar libremente los colores ni darles tonalidades diversas, como tampoco puede obscurecerlos con sombras. Muy por el contrario, debe concretarse a transmitir la simbología que el color lleva implícita. El Concilio de Nicea II determinó que “solamente el aspecto técnico de la obra depende

del pintor. Todo su plan, su disposición pertenecen de manera muy clara de los Santos Padres.”

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