N
ORMAND
RUMMONDEl poder de tres
Descubrir
lo que realmente importa
en la vida
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Título original:
The Power of Three.
Discovering what really matters in Life
© Hodder & Stoughton Ltd, 2010
www.hodderfaith.com
Traducción:
José Pérez Escobar
© Ediciones Mensajero, 2015 Grupo de Comunicación Loyola
Sancho de Azpeitia 2, bajo 48014 Bilbao – España
Tfno.: +34 944 470 358 / Fax: +34 944 472 630
[email protected] / www.mensajero.com Diseño de cubierta:
María José Casanova
Edición Digital ISBN: 978-84-271-3663-2
A mi madre y a mi padre, con gratitud por su temprana y permanente influencia en mi vida.
Agradecimientos
E
N su libro Martes con mi viejo profesor, Mitch Albom cuenta que su queridísimoprofesor Morrie Schwartz le dio el siguiente consejo: «Una familia se construye manteniéndose unida».
En este sentido, puedo decir que he sido bendecido por muchas familias que se han mantenido unidas a mi alrededor y cuyo sabio consejo y aliento, nutrido de oración, ha sido un constante apoyo, consuelo y seguridad para mí a lo largo de los años.
Dedico este libro a mi madre, la encantadora Jill Walker, que fue tan bella por dentro como por fuera y cuyo afectuoso ejemplo de lo que significa ser una buena persona, madre y abuela, sigue inspirándome. También lo dedico a la memoria de mi padre, Edwin Drummond, que, a pesar su prematura muerte, inspiró a esta generación y a la siguiente con palabras válidas para siempre, palabras de amor incondicional que exhortan a seguir adelante y a intentarlo, porque, según él, «¡tú puedes hacerlo!».
Las vidas y las palabras de mi madre y de mi padre me inspiraron para crear Columba 1400, que actualmente inspira a miles de jóvenes de todas las edades para que descubran su propia grandeza interior y tengan, así, una oportunidad, porque también se han sentido amados y apreciados y se ha creído en ellos, quizá por primera vez en su vida.
Regresando al libro Martes con mi viejo profesor, el profesor Morrie Schwartz, sabiendo que estaba muriéndose, organizó lo que él y Mitch Albom denominaron un «funeral en vida», para dar las gracias a todos los que habían sido amables con él en el pasado. Si pudiera, reuniría en una gran «cena familiar de gratitud» a Bill y Gina Christman, con quienes trabajé inicialmente en el suburbio mafioso de Easterhouse en Glasgow; a Colin y Helen Anderson, de la Old Kirk de West Pilton, en Edimburgo; a Andrew e Irene McLellan, originalmente de la Cartsburn Augustine Church en Greenock; a David y Meg Ogston de la parroquia de Balerno; a Jim y Anne Lawson, como también a John y Elma Stuart, de la Saint Andrew’s Garrison Church en Aldershot; al doctor Iain Gray, un teólogo práctico extraordinario; al profesor Alec Cheyne, una autoridad en historia de la Iglesia; al profesor Bill Shaw, cuyo amor por la vida y por las nuevas posibilidades hizo posible mi paso de joven aspirante a la abogacía a ministro de la Iglesia; y a Larry Parsons, que fue el primero en advertir en mí la visión que llegaría a convertirse en Columba 1400. Lamentablemente, la triste pérdida de algunos de estos amigos que me inspiraron durante años ha impedido que tuviera lugar un encuentro como el pretendido; pero quiero aprovechar esta oportunidad para expresar a todos ellos mis sinceros sentimientos de gratitud.
Sigo estando permanentemente agradecido a mi incomparable agente literario, Kay McCauley, de la Pimlico Agency de Nueva York, así como, por supuesto, a Tom
Farmer, Charlie Miller, Des Farmer y a Peter y Margaret Vardy, cuyo apoyo y ánimo a lo largo del camino ha significado tanto para mí.
Debo también dar las gracias particularmente a la infatigable Wilma Shalliday, mi extraordinaria asistente durante los años pasados en Loretto, en Drummond International y en Columba 1400; y a mi valioso asesor de confianza Caro Handley, que han hecho posible que la desafiante experiencia de escribir este libro no solo haya sido agradable, sino también apasionante e inspiradora. La deuda que he contraído con ellos es enorme.
Se ha hecho todo lo posible para buscar y obtener el permiso del material que citamos. Pido disculpas por los errores que puedan haberse cometido, y que los editores procurarán corregir en la primera oportunidad que tengan.
Si «una familia se construye manteniéndose unida», entonces toda la familia Drummond –ahora, con la feliz y gozosa llegada de Beau, que la expande a la tercera generación– sigue siendo mi «roca»; a Elizabeth, Andrew y Rhona, Maggie y Mark y Beau, Marie Clare, Christian y Ruaraidh: muchas gracias a todos por mostrarme la efectividad de El poder de tres en vuestras propias vidas.
Comienza el viaje
E
STA obra comenzó a existir como un libro «sensato». Quería ofrecer una síntesistranquila y racional de la irresistible fuerza y poder interior de Jesús de Nazaret. Basándome en los altibajos de la vida y la esperanza humanas, pensaba escribir lo que los teólogos, a lo largo de los años, han descrito como una «apología» de mi sencilla, pero profunda, fe en la historia y las enseñanzas de Jesús.
Y entonces ocurrió algo.
Cuando la recesión global se difundió durante la segunda mitad del 2008, el mundo de nuestro entorno cambió, más rápida y dramáticamente de que lo podíamos haber imaginado. A medida que se iban sintiendo sus efectos, desaparecían tiendas de renombre, se hundían empresas –grandes y pequeñas–, la gente tenía grandes problemas para conservar sus casas, casi todas las familias del país tenían que recortar sus gastos, y jóvenes que habían trabajado duro para conseguir sus títulos no podían encontrar trabajo.
Se produjo una enorme ansiedad, incertidumbre y temor. Durante el 2009, nadie sabía quién sería el siguiente en perder su trabajo, su casa, su negocio o sus ingresos.
Sin embargo, en medio de todas estas desalentadoras consecuencias de la recesión se estaba produciendo un cambio profundo. No solo el cambio en las circunstancias materiales de mucha gente, sino un cambio más amplio con respecto a la actitud. De repente, las «cosas» ya no importaban tanto y el interés comenzó a desplazarse desde lo exterior –adquirir «objetos»– hacia lo interior, hacia la búsqueda de sentido en un mundo cada vez más incierto.
En la época de prosperidad material previa a la recesión pensábamos que teníamos todas las respuestas. El dinero y las posesiones eran lo que más importaba. Comprar se había convertido en un fin, no en un medio: una forma de sentirnos bien y llenar nuestras casas y armarios con exquisiteces que luego usábamos para medir nuestra valía y éxito.
Aun cuando tuviéramos nuestras dudas, creíamos que nuestros dirigentes políticos y financieros debían saber algo que nosotros desconocíamos, así que confiábamos en ellos. La invasión de Iraq, con las desacreditadas acusaciones de que este país poseía armas de destrucción masiva y que podía activarlas para atacar en cuarenta y cinco minutos, seguida por la masiva crisis crediticia global, por no mencionar el escándalo de las acusaciones de gastos enormemente hinchados de parlamentarios británicos, pusieron fin a esta ingenua forma de pensar.
En lugar de esto, la gente comenzó a hacerse muchas más preguntas sobre quienes mandan y toman decisiones –y también sobre ellos mismos–. Al tener que hacer frente a los problemas que han dado la vuelta a su forma de entender lo que está bien y lo que
está mal, y a la incertidumbre material y financiera, muchas personas han comenzado a preguntarse qué es lo que realmente significa llevar una vida buena, digna y valiosa, cuál es nuestra verdadera finalidad y qué tenemos que hacer para encontrar la satisfacción y la paz interiores.
En palabras del doctor Jonathan Sacks, el gran rabino del Reino Unido y de la Commonwealth, «el pueblo del Antiguo Testamento se daba cuenta de la razón de ser de las fiestas solo en las hambrunas». En otras palabras, cuando las cosas se ponen difíciles, comenzamos a apreciar lo que importa realmente.
En mi vida profesional, entro en contacto con muchas personas de todo tipo. Como antiguo director, responsable de dos colegios internacionales y ahora profesor visitante en la Universidad de Edimburgo, donde imparto un curso de liderazgo en educación, me interesa muchísimo la vida de los jóvenes. Me gusta ver los senderos que los antiguos alumnos han optado por seguir, y nunca dejo de sentirme conmovido por la valentía y la determinación que observo en jóvenes de todas las procedencias.
En 1997 cumplí un sueño largamente deseado y fundé Columba 1400, un centro dedicado específicamente al liderazgo comunitario e internacional en la bella isla de Skye, cerca de la costa occidental de Escocia, donde impartimos cursos de liderazgo para jóvenes procedentes de «realidades duras» –de entornos problemáticos, de familias rotas, de las pandillas callejeras–, y les alentamos para que crean en su propio potencial. A lo largo de los años, desde la apertura del centro, hemos visto surgir muchas historias maravillosas, conmovedoras y estimulantes.
Columba 1400 no es solo un centro para los jóvenes o para quienes proceden de realidades conflictivas, sino que también ofrece cursos de liderazgo a maestros, educadores y empresarios: personas de alto nivel que quieren salir por un tiempo de su vida diaria y analizar con nuevos planteamientos su forma de vivir y trabajar.
Nuestro segundo centro de liderazgo, construido a orillas del lago Lomond, fue inaugurado oficialmente por nuestra presidenta de honor, su alteza real la princesa Ana, en junio de 2010. Los programas basados en el modelo de Columba 1400 se realizan también en colaboración con Activate Australia y Heartlines de Sudáfrica.
Si bien estoy realmente apasionado con el trabajo en Columba 1400, que se fundó gracias a la aportación de muchos generosos donativos, dedico otra parte de la semana a trabajar como orientador empresarial en Drummond International, desarrollando mi actividad en varias partes del mundo con individuos y grupos de diversas organizaciones y abordando todo tipo de asuntos.
También ejerzo como capellán y ministro de la Iglesia. Es la función que más aprecio, porque es una parte de mí que está tan profundamente arraigada que fundamenta todo lo demás. De joven, ejercí mi ministerio en los suburbios mafiosos de Glasgow, y luego con los soldados del regimiento de paracaidistas y de The Black Watch.
En la actualidad no trabajo para una iglesia, una agrupación o una comunidad de vecinos determinada, pero acudo allí donde se me necesita o se me invita.
En todas estas actividades entro en contacto con ancianos y jóvenes, con ricos y pobres, con personas ambiciosas y modestas, con gente motivada y con gente insegura. Y cada vez más, aquellos que voy conociendo en mi trabajo de orientador, en Columba 1400 y en mi ejercicio ministerial, manifiestan hambre de sentido y de finalidad en sus vidas, y me hacen las mismas preguntas:
* ¿Qué es lo más importante para mí?
* ¿Dónde se encuentra la satisfacción más profunda de la vida?
* ¿Cómo quiero vivir mi existencia?
* ¿Es el momento de bajarse de la cinta sin fin y encontrar una nueva dirección?
* De ser así, ¿a quién y a qué volverme?
Creo que las respuestas a estas preguntas pueden encontrarse en la vida y el ejemplo de Jesús de Nazaret. Yo no soy un tipo «religioso», es decir, no creo que tengamos que pertenecer a una u otra Iglesia, o que ir a la iglesia te haga «mejor» que quienes no van, o incluso que tengas que ir a la iglesia en absoluto para entender algo de lo que significa ser espiritual. Sospecho que la confesión religiosa a la que pertenece uno es más bien cuestión de «dónde aterrizamos» que de cualquier otra cosa. Nunca he estado de acuerdo con los dirigentes religiosos cuya actitud se expresa en la frase «Nosotros tenemos la razón y vosotros no». Por casualidad yo nací en una familia que frecuentaba la Iglesia de Escocia, pero para mí la confesión a la que pertenecemos es mucho menos importante que el espíritu con el que vivimos nuestras creencias. Lo que para mí tiene sentido, y siempre lo tuvo, es Jesús, su vida y sus enseñanzas: un ser extraordinario que habló contra sectas o grupos de adversarios y que enseñó con el ejemplo. Creo que las lecciones que dio siguen siendo hoy tan relevantes, estimulantes y reconfortantes como cuando fueron dadas por vez primera.
Durante cierto tiempo me ha preocupado y entristecido el modo en que, con tanta frecuencia, los que se consideran «racionales» han llegado a desechar y a ignorar la bondad sencilla y práctica de la vida de Jesús de Nazaret. Me parece que es enormemente sensato seguir el ejemplo de alguien con un amor tan profundo por los demás, tanta sabiduría natural y una entrega tan desinteresada.
La vida y las enseñanzas de Jesús de Nazaret siguen siendo tan relevantes y significativas en el contexto del mundo de hoy como lo han sido siempre. Sin embargo, el cristianismo, junto con muchos otros elementos que constituyen predominantemente el alimento del espíritu, ha sido desechado y ridiculizado. Desde hace tiempo, la actitud que impregna nuestra sociedad es la de que solo es real lo que puedes sentir, tocar y
demostrar. Ahora veo muestras en mi entorno de que esto está cambiando. Mucha gente se está cansando cada vez más de vivir con ambigüedad, de colocar las pruebas por encima de todo lo demás, y del vacío espiritual que este modo de pensar deja a su paso.
En tiempos recios puede haber pocas adversidades peores que sentirse aislado y solo, sin comprender ni ser comprendido y, al parecer, sin poder hacer nada. Todos tenemos el anhelo profundo de sentirnos aceptados, de pertenecer, de saber en qué podemos confiar y en qué consiste un conjunto coherente de valores sólidos y acreditados.
Esta es la oportunidad que emerge de un tiempo de recesión económica. Tenemos la ocasión de afrontar de forma novedosa las cuestiones fundamentales de la vida y la muerte, del bien y el mal, de la vida como la conocemos… y de lo que aún podría llegar a ser.
Jesús de Nazaret dijo: «¿De qué te servirá ganar el mundo entero si pierdes tu alma?» (Mt 16,26). Hemos olvidado durante demasiado tiempo nuestras almas, presionados por la vida moderna –las listas de «cosas que hacer», las largas horas de trabajo, la interminable necesidad de adquirir más y de hacer más–. Ha llegado la hora de equilibrar la balanza y de reconocer que, sin alimento para el alma, no hay ninguna otra cosa que nos nutra realmente.
Creo que ha llegado el momento de reexaminar nuestros principios más fundamentales. Como dice un antiguo proverbio gaélico: «Para entender adónde vas, muchas veces es necesario recordar de dónde vienes». La gente de todas partes está preparada para preguntar y para que se le dé respuesta a las cuestiones más profundas y desafiantes de todas. Rara vez ha habido un momento tan significativo en la historia moderna para que los hombres y mujeres corrientes defiendan y reconozcan públicamente aquello en lo que creen. De repente, los hombres y mujeres de todas las religiones y los que no tienen religión son de nuevo conscientes de la necesidad de los valores, algo que alienta a los cristianos a afirmar los suyos sin temor y a dejar de pedir disculpas.
¿Por qué «tres»? Porque, como seres humanos, estamos hechos de tres partes – mente, cuerpo y espíritu–. Y si no logramos abordar las tres en igual medida, seremos como sillas de dos patas, inestables y desequilibrados. Somos muchos, en efecto, quienes hemos alimentado bien nuestro cuerpo con comida y nuestra mente con alimento intelectual, pero hemos olvidado nuestro espíritu y la necesidad que igualmente tiene de ser alimentado.
El tres es un número enormemente significativo: representa el equilibro al máximo nivel de nuestro ser. En mi caso, ciertamente, las respuestas a las preguntas más importantes de la vida se me han dado también en la modalidad de tres. Con el tiempo he llegado a creer que existen tres sabidurías, tres principios y tres cualidades sin los que es imposible equilibrar nuestro espíritu con el resto de nuestro ser, tener el corazón en paz o llevar una vida plena y valiosa.
En El poder de tres voy a compartir estas sabidurías, principios y cualidades, con la esperanza de que sean interesantes y valiosos para ustedes como lo han sido para mí.
Las tres sabidurías cimientan cada aspecto de nuestra vida y el modo que elegimos para vivir. Los tres principios nos guiarán y ayudarán a llevar una vida con una finalidad y un significado –no meramente para nosotros mismos y nuestras familias, sino también para todos aquellos de quienes somos responsables y que acuden a nosotros en busca de ayuda u orientación–. Y las tres cualidades, con su resonante atemporalidad, serán cada vez más necesarias en estos tiempos de desafío y de oportunidad. En cierto sentido, estos elementos constituyen lo que me gusta concebir como un «kit» espiritual que puede aplicarse a toda situación, en casa, en el trabajo y en las relaciones con los demás.
Espero que recorramos juntos este libro como compañeros de viaje. Miraremos juntos al pasado, al presente y al futuro. Examinaremos las prioridades y las posibilidades, y seremos valientes y honestos, con nosotros mismos y con los demás, consiguiendo así ser más profundamente autoconscientes de quiénes somos realmente y de lo que podríamos llegar a ser y a hacer con el resto de nuestra vida, basándonos en la inspiración que nos viene de la vida de Jesús y de los tres definitivos: la Trinidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Jesús dijo: «He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Eso es lo que todos deseamos: vivir la vida en abundancia y descubrir la plenitud y la riqueza que se encuentran en una vida vivida plenamente.
Confío en que esta obra permita al agobiado y al inseguro, así como a la persona de fe, descubrir su fuerza interior, para encontrar una finalidad en la vida y explorar su capacidad de alegría, y para ver y creer en el nuevo camino que se abre ante nosotros.
P
RIMERAPARTE:
LAS TRES SABIDURÍAS
«Porque la sabiduría vale más que los rubíes, y nada de lo que desees se le puede comparar».
Proverbios 8,11
L
AS tres sabidurías –serenidad, finalidad y servicio– son tan fundamentales para viviruna vida con sentido que sin ellas somos como edificios sin cimientos, susceptibles de ser derribados si el viento sopla demasiado fuerte. Necesitamos estas sabidurías para anclarnos, para que nos mantengan fundamentados y nos proporcionen el coraje y el compromiso para hacer lo que se necesita hacer, aun cuando las cosas se pongan difíciles.
La primera sabiduría es la serenidad. Esta sabiduría se encuentra principalmente en el corazón. Cuando tu corazón se siente en paz y sereno, todo tu ser está tranquilo y centrado. Cuando tu corazón está lleno de preocupaciones y temores, entonces te sientes mal y este mal afecta a tu mente y a tu cuerpo. Dejas de ser útil para ti mismo y para los demás, tomas decisiones incorrectas y pierdes el sentido de la alegría en tu vida. Cuando tu corazón está sereno, tienes esperanza. Eres capaz de despertarte sabiendo que encontrarás una salida en medio de cualesquiera dificultades que tengas que afrontar. La serenidad trae paz interior; nos permite escuchar totalmente a los demás y a nuestra propia orientación interior.
La segunda sabiduría es la finalidad, que reside en el alma –la fuerza vital profunda e interior que nos hace humanos–. Nuestra finalidad está enraizada en el sentido de la dirección en la vida. No me refiero con esto a la ambición, sino, más bien, a la dirección que nos aportará satisfacción y un sentido de plenitud, cualquiera que sea la que tomemos. Son muchas las personas que hacen lo que sienten que deberían hacer, o lo que les ha tocado hacer porque no parecía haber otra opción. Se han subido a una cinta sin fin y no saben cómo bajarse de ella. Encuentra tu sentido de finalidad y se te abrirán opciones. Sin una finalidad te tambaleas, pero con ella el mundo se convierte en un lugar apasionante y con sentido.
La última sabiduría es el servicio, y esta se halla arraigada en nuestro propio ser. Las personas nos necesitamos unos a otros: no somos criaturas solitarias. Sin embargo, si estamos con los demás solamente de un modo egoísta, dominante y arrogante, no se encontrará felicidad alguna, ni sentido alguno de conexión, ni dentro de nosotros ni con ellos. Cuando desarrollamos un sentido de servicio, encontramos un profundo sentido de
alegría al ver que somos capaces de ayudar, orientar, recuperar y cuidar a quienes nos rodean.
Cuando vivimos nuestras vidas según estas tres sabidurías, vivimos con entendimiento, sabiendo que habrá siempre un sendero que seguir y que la confianza y la orientación interior nos conducirán hacia él.
1.
Serenidad
«No pierdas tu paz interior por nada en absoluto, aun si todo tu mundo parece venirse abajo».
San Francisco de Sales
N
INGUNA búsqueda es más apremiante, en nuestro mundo actual, que la búsqueda de laserenidad.
Piensa en cuánta gente conoces, jóvenes y no tan jóvenes, ricos y no tan ricos, felices y no tan felices, que pasan su vida apresurados. Todos estamos implicados en esta forma de vivir: corriendo para ponernos al día con nosotros mismos, haciendo dos o tres cosas a la vez, acortando nuestras horas de sueño para hacer hueco a todo en nuestra jornada, y sintiendo siempre que nunca tenemos suficiente tiempo.
Tan frenético ha llegado a ser el ritmo de la vida moderna, de trabajar y de ganar dinero, de comprar y adquirir productos, que muy pocos de nosotros tienen tiempo real y de calidad para sí mismos y sus familias, tiempo para ser más que para hacer.
La mayoría de los dispositivos que se suponía que nos harían más fácil la vida parecen haber conseguido justo lo contrario. Los e-mails han añadido otra tarea a nuestra lista diaria y, sin embargo, de alguna manera parece que seguimos necesitando hacer el mismo número de llamadas telefónicas y escribir el mismo número de cartas que antes de que apareciera internet. Nuestras casas están llenas de aparatos que ahorran tiempo, pero que, de hecho, no nos ahorran tiempo alguno. O, tal vez, simplemente encontramos tareas extra para llenar el tiempo que realmente ahorramos.
La falta de sueño, el estrés y el exceso de trabajo están enfermando a muchos, pero estar enfermo ya no es siempre una excusa suficientemente buena como para tomarse un descanso. En un estudio reciente sobre la calidad de la vida laboral, basado en entrevistas a más de 1.500 directivos, casi la mitad opinaba que las tasas de enfermedad estaban aumentando en sus empresas, y uno de cada tres afirmaba que en sus empresas se esperaba que los empleados trabajaran aunque estuvieran enfermos.
Todos sabemos que con el cansancio cometemos errores. En 2008 se produjeron más de 4.000 errores evitables en los hospitales del Reino Unido, debido al exceso de trabajo y al cansancio extremo de un personal médico que, ofuscado por el agotamiento, se equivocó en los diagnósticos, operó en partes equivocadas o prescribió tratamientos erróneos, en ocasiones con trágicas consecuencias[1].
El impacto de esta cultura de la sobrecarga de trabajo no solo se está sintiendo en las economías occidentales, sino que está rebotando en todo el mundo. Por ejemplo, en la India, donde la economía está creciendo rápidamente, el auge se ha traducido en una espiral de beneficios empresariales, pero están aumentando las tasas de enfermedades coronarias, de derrames cerebrales y de diabetes, que anteriormente eran muy bajas.
La sobrecarga laboral puede matar. En 2008 murió en Gran Bretaña un médico residente por exceso de horas de trabajo y por dormir muy poco; en Japón se suicidó recientemente un hombre que llevaba trabajando diecisiete meses sin un día de descanso; y en Francia, según se ha informado, durante el 2008 y principios del 2009 se han suicidado veinticinco empleados de la empresa gigante France Telecom.
Mientras avanza esta sobrecarga laboral, las alegrías de la vida familiar se están perdiendo. Por ejemplo, ¿qué podría ser más maravilloso que el nacimiento de un niño? En el Reino Unido, los padres actualmente tienen derecho a una baja de paternidad de dos semanas pagadas y hasta trece semanas más no pagadas, un avance en las condiciones laborales del que en realidad pocos se aprovechan, aludiendo al temor de perder el trabajo, de dañar sus perspectivas profesionales o de que parezca que no están suficientemente comprometidos. Así, el compromiso con la familia cede ante el compromiso con el trabajo, y todos –excepto, quizá, los accionistas de la empresa– salen perdiendo.
El gran economista John Maynard Keynes escribió en 1928: «Supongamos, por ejemplo, que dentro de cien años estamos ocho veces mejor que hoy económicamente». Y la verdad es que se acercó bastante: el PIB de los Estados Unidos es actualmente 6,5 veces mayor que en 1928 y sigue creciendo, y la situación en el Reino Unido es semejante. Pero Keynes también creía que, con este crecimiento de riqueza, tendríamos cada vez más tiempo de ocio. Pensaba que en esta fase trabajaríamos dos horas al día y el problema sería qué hacer con el tiempo libre. Durante algunas décadas después de haber escrito esto, la gente parecía estar trabajando menos horas, puesto que más personas tenían derecho a días festivos y vacaciones anuales remuneradas. Pero desde 1985, tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos –dos de las economías líderes del mundo–, ha ido aumentando el número de horas de trabajo. Actualmente, los trabajadores británicos a tiempo completo tienen la jornada laboral más larga de Europa, con un promedio de 43,6 horas por semana en comparación con las 40,3 de promedio en la Unión Europea.
El siguiente fragmento de un artículo de Gaby Hinsliff, antigua redactora política del
Observer, que lo escribió en otoño del 2009, hablando de la decisión de renunciar a su
trabajo, es un buen resumen de la situación:
«Cada día se convirtió en una lucha contra el reloj. Nunca escuchaba adecuadamente las conversaciones telefónicas con mis amigos, porque siempre estaba haciendo al mismo tiempo otra cosa. Estaba tan nerviosa que me indignaba por el más mínimo retraso –porque los turistas bloqueaban las escaleras mecánicas del metro, porque el ordenador iba lento al abrirse por la mañana…–. Corriendo para coger el tren con tacones
de aguja, me torcí el tobillo; el médico me prescribió algunos ejercicios, pero ¿quién tenía tiempo para hacerlos? Me puse zapatos bajos y tomé analgésicos.
La recompensa fue que en dos años locos pero fantásticos lo tuvo todo –según el manido cliché–: un trabajo estupendo, y además un niño… pero lo que perdí con las prisas fue una vida, si la vida significa tener tiempo para la gente que quieres, relacionarte con el mundo que te rodea, construir un hogar más que llevar simplemente una casa»[2].
Entonces, ¿qué está pasando? ¿Por qué estamos mejor que nuestros predecesores (incluso en tiempos de recesión) pero trabajamos más duro? ¿Es que una cultura de la sobrecarga de trabajo nos ha cerrado los ojos al hecho de que no necesitamos trabajar tantas horas? Muchos expertos creen que se trata efectivamente de esto, es decir, que la sobrecarga de trabajo se ha hecho parte de nuestra cultura. Ciertamente que hay jefes tiránicos, pero sobre todo trabajamos porque nos decimos que tenemos que hacerlo, y en consecuencia nos esclavizamos voluntariamente, poniendo en peligro nuestra salud, nuestras relaciones y nuestra felicidad solo por hacer horas. Somos nosotros quienes nos motivamos y llegamos a creer que más es mejor –más trabajo, más adquisiciones, más autoexigencias– hasta que finalmente nos sentimos fuera de control. Nos vemos impotentes y, sin embargo, anhelamos encontrar un modo de parar, de descansar y simplificar nuestras vidas.
Es verdad que hay personas a las que les encanta su trabajo y no cambiarían nada. Pero no es verdad que sean la mayoría. La inmensa mayoría de la gente –el 87%, según una encuesta reciente– dejaría de trabajar mañana mismo si pudiera permitírselo. Otra encuesta nos dice que a tres cuartas partes de los entrevistados les gustaría reducir el número de horas, y otra nos informa de que la mitad de las madres que trabajan preferiría quedarse en casa con sus hijos.
Cuando Gaby Hinsliff renunció a su trabajo, se quedó asombrada ante la reacción de la gente de su entorno:
«Nunca me esperé el desbordamiento emocional que siguió. “Ojalá tuviera agallas para hacer lo mismo”, escribió un secretario de Estado. Una ejecutiva de relaciones públicas, aparentemente imperturbable, confesó en secreto lo que le atormentaba “no ser el tipo de madre que se merece mi hijo”; una colega de la que siempre había envidiado su habilidad para equilibrar la vida y el trabajo, admitió que estaba “al límite de sus fuerzas” y que se moría por dejar el trabajo.
Se precipitaron compulsivamente confesiones de personas a las que apenas conocía: historias de matrimonios rotos, de abortos espontáneos, de hijos únicos que estaban destinados a tener hermanos, pero una carrera se interpuso en el camino. “Demasiados de nosotros tuvimos una vez relaciones que ahora no tenemos por culpa de este trabajo”, decía un periodista veterano»[3].
Cuando vivimos con un ritmo frenético, el equilibrio de nuestras vidas se resiente. Llega a ser imposible equilibrar las necesidades del trabajo, el ocio, la familia y los amigos, como también resulta imposible equilibrar la mente, el cuerpo y el espíritu.
Somos seres tridimensionales, y cada una de nuestras dimensiones necesita la misma atención. Si esto no se produce, sencillamente no podemos crear equilibrio en nuestras vidas. Para encontrar el equilibrio exterior, tenemos que crear antes el interior.
Resulta más fácil ocuparse de las necesidades físicas exteriores de nuestra vida que de las necesidades interiores más profundas, por no decir más esenciales. Sin embargo, estas necesidades profundas –de reflexión, serenidad, diálogo interior y sustento espiritual– no desaparecen cuando se las ignora. Más bien, nos seguirán atosigando, manifestándose en un sentido de descontento y vacío, en un sentimiento de que «falta algo», o incluso desarrollándose en forma de depresión, que, según la OMS, está aumentando dramáticamente.
Interiormente desconcertados, buscamos soluciones rápidas: nueva ropa o un nuevo coche, vacaciones, un ascenso o una noche de juerga. No hay nada malo en estas cosas; pueden ser todas ellas maravillosamente alentadoras y divertidas. Pero si no abordamos nuestras verdaderas necesidades interiores, estos arreglos exteriores son como vaciar un vaso de agua en un cubo con un agujero… simplemente no funcionan.
Podemos elegir
Cuando vivimos de forma frenética y acelerada, es fácil sentir que no hay elección. Pero, sean cuales sean nuestras circunstancias, siempre podemos elegir. Podemos mantenernos en el ajetreo, arrojarnos a otro tema, sumergirnos en otra copa, comprarnos otro vestido o camisa, o podemos optar por dar un paso atrás y examinar detenidamente nuestra vida y hábitos, y comenzar a hacer cambios.
Mark era aparentemente un ejecutivo con éxito en una empresa pujante. Casado y con dos hijos pequeños, trabajaba doce horas al día, y veía a sus hijos solo los fines de semana –si no tenía que salir corriendo hacia la oficina para hacer unas horas extra–. Cuando vino a verme para una consulta, estaba encanecido y demacrado, con ojeras y rigidez de mandíbula. «Me siento atrapado», me dijo. «Me encanta mi trabajo, pero está absorbiendo mi vida. Estoy agotado. Apenas veo a mis hijos, mi mujer está sola y yo me estoy hundiendo intentado mantener contento a mi exigente jefe. No quiero dejar mi trabajo, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?».
Mark representa el tipo de hombres y mujeres brillantes y con éxito que atraviesan mi puerta buscando respuestas. Tienen talento y están llenos de energía y ambición y, aunque no están buscando un cambio total de su estilo de vida, su existencia está desequilibrada y absorbida por el trabajo, y parecen estar siempre en un estado agitado, ansioso y tenso. Como tantos otros, Mark estaba buscando una «solución» fuera de sí mismo. Pero no se encontrará ninguna solución duradera hasta que miremos hacia dentro y conectemos nuestra cabeza y nuestro corazón.
En una reciente comparecencia, se le preguntó al Dalai Lama, el líder espiritual del Tíbet, qué soluciones tenía para los problemas de la sociedad en los niveles local, nacional e internacional.
Él respondió: «Siempre recurrimos a los de fuera, a los otros, a los gobiernos, para resolver las cosas. La verdadera respuesta eres tú».
Y después, señalando a su corazón y a los corazones del nutrido grupo que estaba ante él, dijo una y otra vez: «Aquí, aquí, en tu corazón… y en el mío».
El Dalai Lama transmite calma, serenidad centrada. También se ríe mucho y se lo pasa claramente bien cuando habla con la gente. Su serenidad es contagiosa y consigue atraer a otros, tanto si son budistas como si no.
Pero no son solo los líderes espirituales o religiosos quienes pueden transmitir serenidad. Mucha gente lo logra. Pensemos en todas las personas que conocemos que se mantienen tranquilas en el ojo del huracán, que son lúcidas y nunca parecen sentir pánico, que dan la impresión de saber algo que desconocen los de alrededor. Y cuando nos encontramos con una persona así, normalmente nos sentimos intrigados y queremos saber más. ¿Cómo podemos ser como ellos? ¿Cómo lo consiguen?
Hace algún tiempo, fui invitado a Bombay, en la India, para asesorar sobre la creación de un colegio internacional. Mi anfitrión era el patrono del colegio, un rico indio que había hecho una gran fortuna. Nada más encontrarme con él, me impactó su calidez y su sosiego. Pocos días después de trabajar conjuntamente y de conversar, supe que había tomado la decisión de cambiar su vida y vivir para los demás. Ya no vivía extravagantemente como solía hacerlo antes; ahora se vestía con una simple túnica blanca, iba a pie a todas partes y nunca llevaba consigo más de veinte dólares. Con las palabras de su venerado Mahatma («alma grande») Gandhi, había tomado la decisión, me dijo, de «convertirse en el cambio que uno quiere ver». Dedicó su dinero, su tiempo y su energía a crear proyectos de ayuda a los demás y a unir a la gente para propósitos comunes.
Observé que este padre hindú tenía dos hijos que estaban casados con musulmanas. Sin embargo, tal situación no parecía presentar problemas especiales, así que le pregunté cómo, en un país tan escindido, lograba mantener unida a una familia dividida por la religión. Se volvió hacia mí y me dijo: «En sus países occidentales se les da muy bien “aprender”. Pero en mi país, aquí en Oriente, cultivamos también la “sabiduría”». Luego se rio y me dijo que quería mucho a sus nueras y que nunca vio la religión como una causa de división.
Al igual que mi amigo indio, quienes han decidido lo que es más importante para ellos y transmiten la alegría que se sigue de ello, han hecho una elección activa. Han elegido tomarse tiempo para mirar en su interior y seguir un sendero que llena de serenidad su corazón. No es una elección sencilla ni siempre resulta fácil, pero lleva a grandes recompensas. Pocas cosas son tan valiosas como la paz de la mente, la tranquilidad interior y la sensación de bienestar con tu mundo.
Mirar hacia dentro
¿A quién recurrir para buscar esta profunda sabiduría interior de la serenidad? En la actualidad hay todo tipo de personas y organismos de ayuda que están ahí para escuchar y recetar. Sin embargo, si bien pueden a menudo servir de ayuda en problemas particulares, con la misma frecuencia se trata de intervenciones transitorias, por lo que vuelve de nuevo el vacío y la sensación de estar solos con nuestros problemas.
De ahí que, para encontrar un sentido de serenidad duradero y accesible, tengamos que volvernos hacia dentro, aprovechando al máximo nuestros propios recursos y
avanzando hacia el amor y el apoyo permanente de Dios.
Jesús de Nazaret dijo: «El reino de Dios [o de los cielos] está dentro de vosotros» (Lc 17,21). Todos tenemos la oportunidad de encontrar el cielo en esta tierra si estamos dispuestos a trabajar para hallar la tranquilidad interior que nos permite conectarnos con nosotros mismos y conocer a Dios.
Cuando Jesús dijo a quienes le rodeaban que miraran dentro de ellos para encontrar el reino de los cielos, sus palabras resultarían radicales. Pues para muchos era impensable que este joven maestro brillante, atrayente y poco común, con un creciente grupo de seguidores, pusiera en cuestión las normas de su tiempo. Para la inmensa mayoría, las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida se hallaban en rollos, en pesados y valiosos volúmenes que los sabios estudiaban minuciosamente. La interpretación que hacían de lo que estaba escrito se consideraba definitiva, y lamentablemente contenía muchos más «no harás» que «¿por qué no?».
Entonces llegó Jesús y, literalmente, le dio la vuelta a todo. Tenemos que dejar de culpar a los demás o de recurrir siempre a los otros para encontrar soluciones, decía. Tenemos que dejar de «hablar de imposibilidades», renunciar a nuestras actitudes de «pobre de mí», y comenzar a pensar en lo posible y en la perspectiva del «¿por qué no?».
Este pensamiento revolucionario puso del revés la visión judía del mundo y para muchos iba varios pasos demasiado lejos.
Sin embargo, otros –aquellos para quienes la ley era opresiva y demasiado dura– lo encontraron liberador y alentador. Para ellos fue toda una iluminación saber que la vida y la fe, el sentido y la importancia no dependían de un Dios distante y a veces despótico. Aquí, en carne humana, había alguien que hablaba de otro modo de ser y de una forma mejor de conocer a Dios. En la enseñanza de Jesús Nazaret había un sentido más intenso de la relación entre lo humano y lo divino. No es extraño que la gente dijera después de oírlo: «Nadie ha hablado nunca como este hombre».
Así pues, ¿qué pasa con el aquí y ahora de tu vida? ¿Cómo aplicamos las extraordinarias lecciones que Jesús enseñó, y que tantos otros han repetido desde entonces, de una u otra forma?
¿Estás dispuesto a afirmar o a reclamar la parte espiritual, la verdadera esencia, la tercera dimensión de tu vida y de tu ser interior? Si lo estás, entonces tendremos que examinar, desde dentro hacia fuera y viceversa, lo que significa la serenidad del corazón.
Lo primero que les digo a quienes vienen a mí, como Mark, solicitando asesoramiento, es que si quieren de verdad estar más calmados y tranquilos en su cuerpo y en su alma, necesitan ante todo darse cuenta de que tienen que trabajar en ello. Puede que esto suene a contradicción, dado que ya están trabajando muy duro y lo que les gustaría es mitigar esa carga, pero se necesita un esfuerzo para llevar a cabo un cambio en su modo de ser y de actuar.
El hermano Roger, fundador de la mundialmente famosa comunidad monástica ecuménica de Taizé, en Francia, que acoge a gentes de todas religiones y convicciones, decía: «Nada bueno se consigue sin algo de lucha».
Salir de la oscuridad
Dijo Jesús a sus seguidores:
«Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo. Si tus ojos están sanos, tu cuerpo entero es luminoso, pero si están enfermos, tu cuerpo es oscuro. Procura, pues, que tu luz interior no se vuelva oscuridad. Así pues, si tu cuerpo entero es luminoso, sin mezcla de oscuridad, será tan luminoso como cuando un candil te ilumina con su resplandor» (Lc 11,34-36).
La oscuridad de nuestro pasado, nuestros pensamientos y acciones, nuestros errores y las heridas que nos hemos hecho a nosotros mismos y a los demás pueden abrumarnos. Todo esto tiene un modo curioso de agobiarnos y de oscurecernos interiormente.
¿Qué oscuridad alojas en lo más profundo de ti? Tal vez tienes antiguas heridas que no se han curado. Es posible que fueras objeto de abuso, física o mentalmente, cuando eras niño, o que sufrieras una perdida que nunca has abordado de forma completa. Quizá sea solo ahora cuando puedes empezar a dar sentido a lo que ocurrió.
O puede que sea justo ahora cuando te encuentras con dificultades en tu vida. Quizá tu marido o tu mujer o tu pareja tienen la idea de dejarte; tal vez estás profundamente preocupado por la dirección en la que otra persona está orientando su vida. Si te preocupas por otras personas, probablemente deseas poder ayudarlas y, sin embargo, eres incapaz de lograr la calma de mente que te capacitaría para dar sentido a lo que está ocurriendo a fin de que puedas ocuparte de ellas. Al fin y al cabo, ¿cómo es posible que les seas de alguna utilidad si tu vida interior está convulsionada?
También puede ocurrir que te preocupes por algunos aspectos de tu comportamiento. ¿Eres impaciente, criticón y juzgas a los demás? ¿No eres del todo honesto en tus relaciones, o desprecias los sentimientos y las necesidades de otros?
Si es así, entonces es el momento de que te mires bien en el espejo. ¿Qué reflejan tus ojos? ¿Serenidad interior o convulsión?
En esta experiencia de «mirarse al espejo» tenemos que empezar a hacernos cargo de nuestra vida, o, incluso mejor, a abandonarla totalmente a nuestra fuerza espiritual superior, a Dios, tal como lo conocemos por la expresión física de la vida, los relatos y la sabiduría de Jesús de Nazaret.
Jesús consiguió mantener la serenidad en su corazón pasando por lo peor que el mundo podía hacer contra él.
Imaginemos cómo le sentaría ser «rastreado» por las autoridades religiosas en cada una de sus palabras y acciones. En cierto modo, era un precedente de la exhibición mediática moderna (posiblemente incluso peor, teniendo en cuenta la sorprendente eficacia de la tradición oral de su tiempo). Pocos eran los que sabían leer y escribir, pero sí sabían hablar y escuchar y volver a contar historias, y en esta cadena todos se sentirían personalmente comprometidos. Un adecuado chismorreo en un callejón oscuro podía convertirse rápidamente en una «verdad» transmitida a la luz del día en la plaza del mercado. «Mirad la gente con la que habla y se junta», dirían. «Pasa el tiempo con los publicanos, las prostitutas y los pecadores».
Al optar por romper con todas la convenciones, pasó tiempo incluso hablando junto a un pozo con una samaritana. Los samaritanos y sus prácticas religiosas estaban en contraposición con las de los judíos, y ningún judío que se precie hablaría con una mujer extraña en público.
Imaginemos también la reacción cuando optó por no condenar a la mujer sorprendida en adulterio, a quien le dijo: «Ve y en adelante no peques más». Y volviéndose a la multitud, dijo: «Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra» (Jn 8,7-11).
Esto era algo extraordinario para la mayoría de la gente de entonces. El impacto de lo que Jesús decía y hacía provocó que mucha gente se cuestionara seriamente sus propias actitudes heredadas y aceptadas. Su tranquila seguridad alentaba al debate y al diálogo. La vida de aquellos primeros discípulos estaba llena de luchas, igual que la tuya y la mía. También tenían sus dudas, temores e incertidumbres. También tuvieron que hacer frente a tiempos buenos y malos. Y también buscaban una presencia espiritual que les pudiera hacer sentirse más tranquilos interiormente y descubrir la sabiduría de la serenidad. Imaginémoslos hablando entre ellos: «Cuánto me gustaría ser así. Parece tan real, tan lleno de vida y amor, y tan seguro de quién es y de qué va esto de la vida…».
Pero también hubo quienes se atemorizaron y desconfiaron de lo que decía, porque no lo entendían, sobre todo las autoridades del momento, que lo condenaron rotundamente. Incluso en medio de su sufrimiento, siguió adelante con su mensaje: «No importa lo que haya pasado, no importa lo desesperado que te sientas, no importa lo inseguro que estés de ti mismo o de los demás, yo estoy contigo en todo momento. Te amo y te perdono tanto que lo primero que tienes que ser capaz de hacer es aprender a perdonarte a ti mismo».
Todos cometemos errores, y seguro que seguiremos cometiéndolos, errores de los que deseamos ser perdonados y recuperarnos. Y también todos hemos sido heridos por las acciones de otros. Pero cuando empiezas a aprender a perdonarte a ti mismo y a los demás, te distancias de la situación anterior y avanzas por el camino acertado hacia el encuentro de la serenidad en tu corazón y la satisfacción y la alegría de conocer a Dios.
Desde este sentido de su presencia, su perdón y su amor, surge una sabiduría interior que aprovecha todas tus experiencias previas y, así, te permite sentirte sereno en tu corazón.
Mientras me llevaban en coche para impartir unas conferencias en Estados Unidos, comencé a sentirme claramente nervioso e inseguro de mí. El coche se paró en un semáforo y, mirando a la izquierda, vi una iglesia
que tenía un cartel que decía: «Dios te ama… pase lo que pase». Era el mensaje que necesitaba, y a partir de ese momento comencé a relajarme y a confiar en que todo saldría bien.
Es algo maravilloso saber que nunca estamos verdaderamente solos. Y son ese amor y ese perdón profundos los que nos capacitan, parafraseando las palabras del autor de la carta a los Filipenses, para «olvidar lo que queda atrás y avanzar hacia lo que se encuentra delante» (cf. Flp 3,13-14).
El perdón es algo extraordinario. Crea espacio en nuestros corazones para la paz y la serenidad, y cuanto más serenos estemos en nuestros corazones es menos probable que repitamos nuestros errores.
Pregúntate: ¿a quién necesitas perdonar en tu vida? ¿De qué necesitas perdonarte a ti mismo? ¿Hay alguien a quien tengas que pedir perdón o reparar el daño cometido?
Autoaceptarse, dejar atrás el pasado, creer en las promesas del amor y del perdón de Dios –si podemos hacer todas estas cosas, seguro que ellas nos permitirán «estar tranquilos y conocer… a Dios» (Sal 46,11) y, tal vez, entender mejor cómo debieron sentirse aquellos primeros discípulos cuando Jesús les dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo–. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).
Pasar tiempo a solas
Para deshacer toda la «oscuridad» interior, para aprender a perdonarte a ti mismo y a los demás, y para encontrar la serenidad en tu corazón, necesitas encontrar un modo, en una vida ya ajetreada, de crear un tiempo de desahogo y de paz.
Jesús pasó mucho tiempo en solitario, tal vez mucho más tiempo que el que nos sugieren los comentaristas o los relatos. En todo caso, hay suficientes referencias sobre cómo se retiraba tranquilamente y con calma, sin duda reflexionando sobre las palabras de Isaías: «Tú mantendrás en la paz perfecta a aquellos cuya voluntad es firme, porque confían en ti» (Is 26,3).
Este retiro habitual para escuchar, para estar tranquilo y para orar, era una característica específica de la vida y del ministerio de Jesús. En efecto, instaba a los discípulos diciéndoles: «Venid conmigo vosotros solos a un lugar tranquilo, a descansar un rato» (Mc 6,31).
Estoy firmemente convencido de que ninguna persona real y persistentemente buena e importante puede conseguirlo sin esta práctica. A menudo me pregunto cómo los estadistas o los políticos pueden mantener alguna forma de integridad de mente y de propósito, dada la implacable presión a la que se ven sometidos en su vida pública por los medios de comunicación, que quieren respuestas las veinticuatro horas del día. ¿Cómo puedes «estar ahí» constantemente para otros si nunca tienes tiempo para ti mismo?
¿Cuánto tiempo te das a ti mismo para estar en paz, para respirar profundamente y sentarte tranquilamente, haciendo una pausa en tu jornada y optando por no permitir que las presiones que afrontas perturben tu corazón? El desarrollo de la práctica habitual de un tiempo tranquilo a solas es el trampolín más valioso que existe para conseguir la paz y la serenidad interiores.
Presentamos a continuación un ejercicio que puede ser de gran ayuda.
Siéntate en un lugar tranquilo con bolígrafo y papel, y piensa en las siguientes preguntas: ¿De qué modo
te distraes para no estar simplemente contigo mismo? ¿Qué te impide pasar diez o quince minutos «sin hacer nada»?
Haz una lista de todas las cosas que te distraen, que puede incluir ver la televisión, navegar por internet, leer un periódico, hablar por teléfono, realizar tareas domésticas o trabajo de oficina, centrarte en otros, hacer algo para comer, etc. Todos tenemos mil y una distracciones.
Piensa ahora en un lugar, o en una actividad, en que te hayas sentido conectado contigo mismo, es decir, en donde podías entregarte todo tú en lo que estabas haciendo. Puede que sea cuidar el jardín, dar un paseo por un lugar bonito, tomar un baño caliente o hacer algo creativo, como pintar.
Piensa ahora en cómo te experimentaste en esa ocasión. Quizá te sentiste más cómodo, más relajado, más a gusto y abierto.
Puede que haya pasado bastante tiempo desde que hiciste alguna de esas cosas, pero recuerda aún la sensación de calma y unidad que sentías mientras estabas totalmente absorbido en ella.
Recordar esto es valioso, pues te muestra lo que es posible, y ahora que sabes que ha habido un tiempo en el que te sentías tranquilo y conectado, puedes trabajar para recrear esto y ampliarlo, o bien repitiendo la actividad o bien simplemente deteniéndote en los sentimientos que la acompañaron.
O intenta hacer este segundo ejercicio:
Busca un lugar silencioso, lejos de toda distracción, donde puedas estar tranquilo. Podría ser una habitación de tu casa, un rincón apacible de tu jardín, o tu banco favorito en el sitio adonde llevas a pasear al perro. Lo que importa es que sea un lugar donde te guste estar y donde no se produzcan interrupciones, ruidos fuertes o claras distracciones.
Siéntate tranquilamente unos minutos, y en el silencio permite que tu mente se serene y se calme. Esto requiere práctica. Calmar la mente puede suscitar resistencia mediante el parloteo interior –sucesión de pensamientos y preocupaciones–. No te preocupes por eso, solo distánciate internamente de ello, y, sin emitir juicios de valor, advierte lo ocupada que está tu mente. Deja que se vaya cada nuevo pensamiento que llega a tu mente y no te dediques a examinarlo.
Convierte este ejercicio en una práctica diaria, o, si no puedes hacerlo cada día, practícalo con la frecuencia que puedas. Intenta hacerlo a la misma hora cada día; de este modo, este pequeño segmento de tiempo llega a ser tuyo, un tiempo especial en el que sencillamente eres tú mismo.
En la medida en que te acostumbres más a desprenderte del «parloteo mental», comenzarás a sentir una sensación de desahogo y de paz. Es en este espacio donde podrás encontrar sentido a aquello de donde vienes y a las cargas que has estado
llevando y aceptar cualquier sensación de soledad, así como el dolor de cualquier culpa o decepción en ti mismo o en los demás.
Prepárate también para que en tu silencio puedan manar las lágrimas. Deja que broten; forma parte de tu purificación interior. Lavar los ojos con lágrimas es el modo en que nuestro corazón dice a nuestra cabeza que es el momento de resolver la situación y comenzar de nuevo.
En estos momentos de reflexión serena es donde podemos ver con más claridad y encontrar las respuestas que buscamos. Este es el momento para comenzar a hacerse las preguntas fundamentales:
* ¿Adónde me dirijo –y qué puedo llegar a ser aún–?
* ¿Qué, y quién, es lo que más me importa?
Conectar con lo divino
Este tiempo de tranquilidad podría ser también una oportunidad para reflexionar sobre la fuerza de lo divino, una magnífica ocasión para abrir tu corazón a Dios, incluso si hasta ahora él es un desconocido para ti o no lo has reconocido. Pues cada uno de nosotros, en la búsqueda de la sabiduría de la serenidad, tenemos dentro de nosotros el «estar tranquilos y conocer a Dios». John O’Donoghue, un escritor celta de Irlanda muy apreciado, describía a Dios como «el agujero que no puede llenarse en nuestra vida».
A lo largo de la historia se han propugnado con gran seriedad diversos caminos de acceso a Dios –incluso dentro del cristianismo–. El estudio de la teología, la fe y la praxis, la práctica de obras buenas, el compromiso con un objetivo y su realización, la ayuda a los demás, la dedicación a hacer el bien: todo ello se menciona, y todo puede ser válido. Sin embargo, ninguna de estas cosas es tan central o importante como estar bien interiormente contigo mismo y empezar así a llenar «el agujero que no puede llenarse» y que conocemos con el nombre de Dios.
Puede parecer que son muchos los agujeros en tu vida que supuestamente no pueden llenarse. Todos los tenemos, y tratamos de llenarlos de muchos modos diferentes.
A menudo, el más profundo de estos «agujeros irrellenables» para la mayoría de nosotros es que no nos gustamos realmente a nosotros mismos, es decir, no nos gusta quiénes o qué hemos llegado a ser. De hecho, es posible que hayas estado tan ocupado intentando ser alguien o algo que no eres que has perdido de vista fundamentalmente quién eres y quién estás llamado a ser.
Hace años, recibí una invitación para dar un retiro dirigido a un grupo de empresarios y empresarias de alto nivel con sobrecarga de trabajo en Pluscarden Abbey, el
monasterio benedictino cerda de Elgin, en el norte de Escocia.
En la sesión de introducción, cuando el monje que nos hospedaba dijo que si había alguna pregunta, un señor le hizo la siguiente: «¿Cuál es su plan quinquenal?». El monje sonrió afectuosamente y dijo: «No tenemos ninguno, salvo orar, vivir y ayudar a los demás». Otro le preguntó: «¿Dónde estará dentro de un año?», a lo que el monje respondió: «¡Aquí!».
Estas preguntas, bastante irreflexivas y arrogantes, no perturbaron en absoluto a los monjes. Y durante el siguiente par de días, la rica, constante y tranquila autodisciplina de sus vidas impresionó tanto a los visitantes que, al final de nuestra estancia, se pidieron disculpas y más de uno dijo a los monjes: «¡Ojalá tuviéramos la serenidad de corazón que tienen ustedes!».
Sin embargo, por mucho que estos empresarios pudieran llegar a admirar la vida tranquila y la disciplina de aquellos monjes benedictinos, no era esa la vida que podían llevar ellos. La mayoría de nosotros tenemos ya fijada o elegida nuestra forma de vivir, y nos encontramos en circunstancias muy diferentes y lejos de la tranquila vida monástica. Precisamente por eso, tenemos que encontrar nuestros propios caminos para crear espacios tranquilos y apacibles, en los que podamos hallar una conexión con nosotros mismos y con Dios y recuperar la visión de quiénes somos realmente, el diamante escondido, quitando las oscuras capas exteriores de la desconsideración, la arrogancia y la estrechez de miras.
Así pues, cierra los ojos y visualiza la presencia y la fuerza envolventes del Espíritu Santo, que anhela calmarte y tranquilizar tu corazón. Al practicar esto durante los momentos de quietud, reiniciarás tu brújula y encontrarás claridad en el pensamiento, el entendimiento y la orientación.
Serenidad con los demás
Si el punto de partida es aprender a cultivar la serenidad mientras estás solo, el siguiente paso consiste en aprender a mantenerla cuando estás con los demás.
En el caso de Jesús, una cosa seguía a la otra. Para estar sereno y encontrarse totalmente presente para los demás y entre ellos, sabía que tenía que tener tiempo para sí mismo, a solas, reflexionando tranquilamente y orando a su Padre.
De haber existido en aquella época, la prensa sensacionalista diaria se habría llenado fácilmente con titulares que dijeran «La energía de Jesús confunde a sus críticos» o «Poderes sobrenaturales de curación».
Pero para él, como nos ocurre tan a menudo a todos nosotros, estos retiros personales no siempre se realizaban según lo previsto. Por ejemplo, cuando, al final de una larga jornada calurosa, justo cuando los discípulos estaban deseando descansar y comer, se encontraron con una enorme muchedumbre que esperaba oír hablar a Jesús, los discípulos le instaron a que despidiera a la multitud. Sin embargo, Jesús, que debía de ser el que estaba más cansado de todos, se mantuvo sereno. Tuvo compasión de aquella
enorme muchedumbre, pues eran «como ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Y así comenzó lo que la historia recuerda ahora como el «dar de comer a cinco mil», que podría no haber sucedido nunca si Jesús no hubiera demostrado tal serenidad de corazón en unas circunstancias difíciles e inesperadas. Su tiempo habitual de oración, a solas, le permitía recurrir profundamente a sus reservas espirituales, que, de ese modo, le capacitaban para mantenerse tranquilo cuando era necesario, y asegurar que una gran muchedumbre fuera atendida, escuchada y alimentada.
Lo que Jesús nos enseñó fue que la serenidad del corazón en tiempos de crisis no se expresa en lo que decimos, sino en quiénes y cómo somos en esas circunstancias. La persona que es serena en su corazón no necesita, y no debe necesitar, bonitas palabras, ni líneas programadas ni gestos ensayados. Un corazón sereno, asentado durante tus momentos de reflexión tranquila y de conexión espiritual, te permitirá vivir el momento y confiar en tus instintos y juicios.
Pueden darse momentos en los que otras personas, tal vez inesperadamente, acudan a ti para pedirte una orientación. Entonces es cuando te encuentras en el «país de la respiración profunda», cuando, a la manera de las patas de un cisne, tu mente puede estar remando rápidamente bajo la superficie, pero tu plumaje exterior tiene que mantenerse en calma, de modo que parezca que te deslizas sin ningún esfuerzo.
No temas tomarte tu tiempo dentro de un grupo: puedes tomar la iniciativa y pedir unos minutos de silencio. Anima a quienes están reunidos contigo a que se escuchen unos a otros y a que compartan sus conocimientos, en lugar de retarse entre sí con la superioridad de sus propias ideas.
Lo más extraño y fascinante de la práctica de la sabiduría de la serenidad, tanto a solas como en grupo, es que puedes y logras mejorar en ella. La visualización de la presencia acompañante de Jesús de Nazaret y de su Espíritu Santo te guiará, alentará y sostendrá «pase lo que pase». Y sabiendo esto, tal vez podamos aceptar más fácilmente que no existe la perfección en esta vida y que está «bien estar bien».
Reflexiones
Si no puedes ir físicamente al lugar tranquilo que sea especial o sagrado para ti, visualízalo en tu mente. Respira profundamente y permítete descansar allí durante unos momentos y, si puedes, sentir la presencia acompañante de Jesús de Nazaret, con el fin de renovar tu energía y mantener tu corazón lleno de serenidad.
Si sabes que quieres hacer cambios en tu vida –grandes o pequeños–, pero no sabes por dónde empezar, comienza cambiando un hábito. Por ejemplo, camina en lugar de ir en coche, come el almuerzo en el parque en lugar de hacerlo en tu despacho, levántate media hora más temprano para evitar las prisas, telefonea a las personas que quieres
cuando menos lo esperan, o apaga la televisión y escucha, en su lugar, una música estimulante.
Cuando entres en una habitación o te encuentres en una nueva situación, tómate tu tiempo, respira profundamente y camina más lentamente de lo habitual. Intenta no apresurarte en tus palabras y movimientos, y permite, así, que los demás se sientan más tranquilos y cómodos en torno a ti. Deja que la paz reemplace al pánico y que la toma de decisiones ponderada sustituya a la reacción irreflexiva ante circunstancias urgentes.
2.
Finalidad
«Dios habla en el silencio y solo los que callan pueden oír lo que dice». Inscripción sobre la entrada
a la abadía de Pluscarden
S
I la sabiduría de la serenidad nos ayuda a profundizar en nuestro corazón y descubrirquiénes somos realmente, la sabiduría de la finalidad nos posibilita averiguar por qué estamos aquí. Para cada uno de nosotros existe un sendero por el que podemos caminar con una dirección y una finalidad firmes, no importa lo grandes que sean los obstáculos. Encontrar ese sendero y recorrerlo da sentido a nuestra vida y es fuente de una sensación de alegría profunda y duradera.
Muchísimas personas pasan su vida haciendo algo que no les inspira, no les alienta o incluso no les interesa. Se levantan, van al trabajo, pasan el día, agradable o desagradablemente, y luego vuelven a casa. Se les niega la satisfacción que procede de sentir que no hay nada en lo que les hubiera gustado más pasar el día. Conscientes de que preferirían estar en otro lugar, haciendo otra cosa, aguardan y esperan que se presente algo mejor, pero se conforman con más de lo mismo si no se presenta.
Con demasiada frecuencia, el sentido de decepción y frustración que surge inevitablemente se amortigua con actividades que fascinan al principio pero que a la postre no son gratificantes, como ir de fiesta, tomar drogas, beber en exceso, realizar deportes de riesgo, gastar demasiado o buscar el entusiasmo que puede producir una casa nueva, una nueva relación o un nuevo trabajo. Es enorme el esfuerzo que puede invertirse para evitar tener que encontrar respuesta a la pregunta «¿por qué estoy aquí?».
Los que vienen a consultarme me dicen con frecuencia que buscan sentido a sus vidas. En muchos casos, algo –tal vez un momento de crisis– les ha hecho detenerse y plantearse preguntas inquisitivas sobre qué es lo que realmente quieren hacer con su vida. Es como estar de viaje, hacer una parada para descansar y darte cuenta de que no sabes adónde te lleva el viaje que estás haciendo. ¿Cómo puedes sentirte orientado e inspirado si no sabes adónde vas?
«Siento el impulso de hacer algo», me dijo recientemente una joven, «pero no sé lo que es».
«Es un excelente punto de partida», le dije. «Ya has dado el primer paso; sabes que ahí fuera hay algo que te espera. Ahora tienes que averiguar qué es».
Lamentablemente, en esta época influenciada por los medios de comunicación social y las celebridades, muchos jóvenes (y algunos no tan jóvenes) deciden que su objetivo es
ser ricos, o famosos, o las dos cosas. Pero si bien esto puede ser una meta excitante, la verdad es que no tiene nada que ver con una finalidad auténtica. Si descubres que tu verdadera finalidad es cantar, te apasiona cantar y pones en ello todo tu corazón y tu esfuerzo, y luego resulta que tienes mucho éxito, entonces estupendo, eso es maravilloso. Hay quienes siguen su verdadera finalidad, ya sea cantar, escribir, pintar, dedicarse a la medicina o a la ciencia o a la política, y al hacerlo encuentran un gran éxito. Pero este éxito será siempre secundario, un beneficio inesperado, no la auténtica finalidad.
Los científicos, médicos y escritores que consiguen el premio Nobel no tienen como objetivo ganar el premio; su objetivo es investigar, experimentar, curar, progresar en el conocimiento o escribir el mejor libro del que son capaces, tanto si ello les trae reconocimiento público, riquezas o fama, como si no es así.
La finalidad verdadera está enraizada en el alma. Pero ¿qué es el alma? Intentando acercarme lo más posible a su descripción, diría que es esa fuerza vital interior profunda que está en nuestro mismo centro, la esencia de nosotros, que es sabia y ve la verdad, la parte más profunda y auténtica de nosotros. Descubrir tu alma es aprender lo que significa ser verdaderamente humano y estar plenamente vivo, darte cuenta de tu fuerza interior, encontrar tus alas espirituales y tu verdadero potencial.
Jesús dijo: «¿Qué te aprovecha ganar todo el mundo si pierdes tu alma?» (Mt 16,26). Quería decir que ninguna cantidad de riquezas o de éxito exterior puede compensarte si no estás conectado con tu alma y su finalidad verdadera.
Todos poseemos el potencial para hacer cosas extraordinarias cuando tenemos un sentido intenso y profundo de finalidad. Y esta finalidad es diferente para cada uno de nosotros.
La primera vez que sentí cuál podría ser mi finalidad en la vida estaba en la catequesis. Nuestra catequista, la señora Roy, nos contó la historia del buen samaritano. Mientras nos contaba la historia que Jesús había contado –la de un judío atacado por unos bandidos y dado por muerto, ignorado por el sacerdote y el levita que pasaron de largo por el otro lado del camino, y del despreciado samaritano que ayudó al hombre, lavó sus heridas y lo llevó a una posada, donde pagó para que lo cuidaran– yo escuchaba embelesado. Aquí, en este sencillo pero poderoso relato, había algo que me parecía tener perfecto sentido para mí. Una luz se encendió en mi interior y supe que quería ser el tipo de persona que actuaría como actuó el samaritano.
El sentido de finalidad que aquel día amaneció en mí nunca me ha abandonado. No siempre me ha resultado fácil de seguir, pero ha seguido siendo la luz que ha orientado mi vida.
Años después de aquella catequesis, cuando había terminado mi licenciatura en derecho en la universidad de Cambridge, tuve la oportunidad de pasar el verano trabajando en un bufete excepcional y prestigioso de mi ciudad. Mi madre estaba encantada: esperaba que me ofrecieran un puesto permanente y que llegara a ser un abogado de éxito. Un día, uno de los miembros del bufete salió a almorzar y me pidió que tomara declaración preliminar a un cliente. Me pasé las dos horas siguientes con una joven nerviosa que quería divorciarse, tomando nota de los detalles del maltrato de que era víctima por parte de su marido.
Mientras ella hablaba, me di cuenta, en un momento de total claridad, de que yo no quería estar ahí, en una oficina, ayudándola a desmantelar su matrimonio. Quería llegar