• No se han encontrado resultados

Eileen Wilks 2º Los hermanos West

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Eileen Wilks 2º Los hermanos West"

Copied!
92
0
0

Texto completo

(1)

L

L

a

a

p

p

r

r

o

o

m

m

e

e

s

s

a

a

Eileen Wilks

2º Los hermanos West

La promesa (2002)

Título Original: Luke’s Promise (2001) Serie: 2º Los hermanos West.

Editorial: Harlequín Ibérica. Sello / Colección:Deseo 1124 Género: Contemporánea.

Protagonistas: Luke West y Maggie Stewart.

Argumento:

A Maggie Stewart le bastaron unos minutos para hacer flaquear al soltero

más empedernido… y más sexy. Sin embargo, su matrimonio tenía fecha de

caducidad: sólo duraría hasta que Luke West consiguiera su cuantiosa

herencia. El apuesto jinete había prometido no dejarse llevar por lo que

sentía por su esposa ya que por nada del mundo quería poner a Maggie en

una situación comprometida. Sin embargo ella había prometido provocar en

su esposo el más irrefrenable deseo para, finalmente, ofrecerse como

recompensa… con una condición: que su amor no durara sólo una noche,

sino toda la vida.

(2)

Capítulo 1

Lunes, 26 de noviembre. 13:52

No pensaba dejar que su hermano se saliera con la suya.

Luke cerró la portezuela con tal fuerza que el jeep casi salió despedido. Después de subir los escalones del porche no tuvo que pulsar el timbre escondido dentro de una gárgola. Jacob insistía en que aquella casa pertenecía a sus hermanos tanto como a él, aunque Luke y Michael ya no vivían allí.

Pero, después de aquel día, su hermano mayor quizá tendría que reconsiderar el asunto. Luke metió la llave en la cerradura y abrió de un empujón.

Eran casi las dos, hora de comer para todo el mundo. Pero no se dirigió a la cocina ni al comedor sino al despacho, sabiendo que era allí donde encontraría al objeto de sus iras. Jacob estaría haciendo lo que se le daba mejor: firmar contratos, ganar dinero.

Luke abrió la puerta con tal fuerza que golpeó la pared. —Estupendo. Estás solo.

La única reacción de su hermano fue levantar la cabeza, con expresión remota. —¿Pasa algo?

—Acabo de comprar a Fine Dandy. —¿El caballo de Maggie?

—Tú sabes muy bien que sí —contestó él, apoyando las manos sobre el escritorio—. Pensé que te portarías bien con ella… ¡pero has dejado que el canalla de su padre pusiera el caballo en venta!

—Espera un momento. Si estás hablando de Maggie Stewart…

—¡Claro que estoy hablando de ella!—lo interrumpió Luke, paseando por el despacho como una fiera enjaulada—. ¿Estás diciendo que no sabías nada de Fine Dandy? ¿Maggie no te contó lo que había hecho su padre?

—No sé de que estás hablando.

Luke dejó escapar un suspiro. Aparentemente, estaba furioso por nada. Y no era la primera vez.

—Entonces puedes comprármelo a mí. Mi jefe de cuadras ha ido a buscarlo ahora mismo… hasta que Maggie decida qué quiere hacer con él.

—¿Qué?

(3)

—Ya conoces mi situación. Con el asunto de Steller en el aire no tengo mucho dinero en efectivo y disolver el fideicomiso tardará meses. Si la compra de Fine Dandy te ha dejado sin blanca puedo echarte un cable, pero…

—No necesito tu ayuda —lo interrumpió él—. Pero eres tú quien debería comprarlo, ya que eres su prometido.

Era la primera vez que decía esas palabras en voz alta y sonaban aún más amargas de lo que había esperado.

—No.

—¿Cómo que no? ¿No sabes lo que ese caballo significa para ella?

—Luke… —empezó a decir Jacob, sacudiendo la cabeza—. Si dejas de interrumpirme puede que aprendas algo. Me gustaría que Maggie conservara su caballo y que siguiera compitiendo si quiere. Pero no soy su prometido.

—Hace dos semanas le pediste que se casara contigo… —Y ella me dijo que no.

Luke contuvo el aliento. De repente, la angustia que lo comía por dentro, desde que Jacob empezó a salir con Maggie Stewart tres meses antes, empezaba a desaparecer. ¿Le había dado calabazas?

—Me resulta difícil de creer. —¿Eso es un cumplido? —No.

—Vale, muchas gracias —sonrió su hermano—. ¿Por qué iba a vender Malcolm el caballo de Maggie? Solo muestra interés por su hija cuando gana algún trofeo.

—Ese hombre es un imbécil. Yo diría que tiene algo que ver con el maldito entrenador. Walt Hitchcock no cree que las mujeres deban estar en el equipo olímpico… ni en otro sitio que no sea la cocina o el dormitorio.

—¿Y por qué lo ha contratado?

—Por sus credenciales. Bronce en los juegos olímpicos —dijo Luke, con retintín, como si el bronce no fuera suficiente—. Hace once años.

—Maggie es una amazona extraordinaria.

—Sí, desde luego. Pero aún no está preparada para los juegos olímpicos — suspiró él—. Bueno, me voy.

—¿Y qué pasa con Fine Dandy?

—Yo me encargo de eso. Y de Maggie también.

—¡Espera un momento! —exclamó Jacob, levantándose—. ¿Cómo que tú te encargas de Maggie?

—Tú no vas a casarte con ella, así que lo haré yo —contestó Luke. Mansión de los Stewart 14:30

(4)

—Tu padre se enfadará.

—La que está enfadada soy yo —replicó Maggie, guardando un montón de camisas en la maleta.

Otras mujeres lloran. Su prima Pamela, por ejemplo. Pamela lloraba de maravilla y sus ojos se volvían más azules con cada lágrima. Pero Maggie no. A ella solo se le ponía la nariz roja como un pimiento.

—No va a gustarle nada. Ya sabes lo que opina sobre tus arrebatos. —Al menos, no estaré aquí para oírlo.

Por eso se marchaba precisamente mientras Malcolm Stewart estaba dedicado a lo único que le importaba en la vida: ganar dinero. Cuando volviera de viaje, ella estaría en otra parte.

Donde fuera, menos en su casa.

—Es muy desagradable cuando tu padre y tú os ponéis así. ¿También estás enfadada conmigo?

Maggie levantó la cabeza, suspirando. —No.

¿Para qué? Sharon Stewart era una mujer pastel. La ropa, la piel, la sombra de ojos, el carmín de los labios, todo en ella era de color pastel. Tanto que era prácticamente invisible. Tenía el rostro ovalado, como su hija, la piel pálida y una expresión incierta. Siempre. Incluso en aquel momento, los ojos azules de su madre mostraban apenas una perpleja ansiedad, como si cualquier emoción más fuerte hubiera sido borrada de su alma.

Pero se restregaba las manos, angustiada. Unas manos grandes, como las de su hija. Manos de campesina, según su padre.

—Dirá que debería habértelo impedido.

—Mamá, de verdad… —impulsivamente, Maggie tomó la mano de su madre. Al acercarse la envolvió el aroma de su colonia, Chanel. Siempre había usado Chanel, discretamente, apenas unas gotitas detrás de las orejas—. ¿Por qué no vienes conmigo? Así ninguna de las dos tendrá que preocuparse por los gritos de papá.

Sharon la miró, incrédula.

—Si es una broma no tiene ninguna gracia, Margaret.

—Maggie, mamá —suspiró ella—. ¿Cuántas veces te he pedido que me llames Maggie?

—A tu abuela ese diminutivo le parece muy vulgar.

—Yo no soy la abuela… Bueno, da igual. Dame la agenda, por favor. Sharon obedeció y Maggie la guardó en su bolso.

—¿Dónde vas a ir? No tienes dinero. —Tengo lo suficiente.

(5)

Sobre todo porque ya no tenía que pagar el establo de Fine Dandy, ni al mozo de cuadras… Maggie cerró la maleta de golpe. Prácticamente tuvo que sentarse en ella para cerrarla y con la escayola en el brazo derecho no le resultó fácil.

—Pero, ¿cómo piensas vivir? —No lo sé. Buscaré trabajo.

—Pero… con la economía tan insegura…

—En Dallas hay mucho trabajo, mamá. No te preocupes, encontraré algo.

—Si esperases hasta mañana… Tu padre piensa comprarte otro caballo. Lo que Walt Hitchcock dijo…

—Me da igual lo que haya dicho —la interrumpió Maggie, pasándose una mano por el pelo—. Papá piensa que Walt es perfecto, pero yo no. Por eso vendió a Dandy, porque no estaba siguiendo las órdenes del entrenador y quería darme una lección. Y no quiero otro caballo. Quiero a Fine Dandy.

—Cariño… —su madre levantó una mano como si fuera a tocarla, pero no llegó a hacerlo—. No es así. Te has roto la muñeca y tu padre se preocupa por ti. Quiere que tengas un caballo del que te puedas fiar.

Ella sacudió la cabeza, incrédula.

—No es la primera vez que me caigo de un caballo, mamá. Papá no… él no… — la furia y el dolor no la dejaban hablar—. Me caí del caballo por mi culpa. El pobre Fine Dandy no tuvo nada que ver. Se lo dije a papá, pero él no quiso escucharme. Como siempre —añadió, abriendo el armario para sacar sus botas de montar.

Cuando se volvió, con las botas en la mano izquierda, su madre había desaparecido. No era ninguna sorpresa. Sharon no podía soportar las discusiones. Sencillamente, se ponía enferma.

Maggie fue a tomar su bolso. Pero había desaparecido.

Su primera reacción fue de incredulidad. Tenía que estar allí. Acababa de guardar la agenda. A menos que…

Miró debajo de la cama, en el armario, en los cajones… pero sabía que no iba a encontrarlo.

Su madre se lo había llevado.

Sorprendida, se sentó sobre la cama. Era una traición tan absurda. ¿De verdad pensaba que podría retenerla allí solo por esconder su bolso? Aunque, en realidad, ¿cuándo había hecho su madre algo que fuera efectivo? Dulce, tranquila… y débil, así era Sharon Stewart. Especialmente cuando se trataba de defender a su hija frente a un hombre egoísta y tiránico.

Pero necesitaba el bolso. Allí guardaba las 11aves del coche, su documento de identidad, las tarjetas de crédito… Y, sobre todo, cosas irreemplazables como su colgante favorito, la navaja suiza que le había regalado su padre cuando cumplió dieciocho años, la agenda, su pluma favorita y… su diario.

(6)

Maggie se levantó de un salto. Aquella vez no dejaría que su madre se saliera con la suya. Sharon podía apoyar a su padre todo lo que quisiera, pero aquella vez le diría lo que era en realidad: una traidora.

Agitada, se puso la única prenda de abrigo en la que entraba la escayola: una cazadora de piloto que había comprado el año anterior y que su madre odiaba. Después, tomó la maleta y salió de la habitación.

La escalera podía hacerle honor a la mismísima Tara, de Lo que el viento se llevó. Cuadros enmarcados en pan de oro colgaban de las inmaculadas paredes, que no habían visto nunca una huella ni una mota de polvo.

Pero Maggie, furiosa, no le prestaba atención a nada de aquello. Se limitaba a tirar de la maleta, intentando que no volcase.

Cuando estaba llegando al vestíbulo oyó a su madre hablando con alguien. No podía ser un vendedor porque nadie iba a vender nada en aquella casa. No, la gente que iba a importunarlos era de mucha más «categoría», senadores, por ejemplo. O millonarios, como su padre. Y, sobre todo, esposas de millonarios, pidiendo dinero para causas benéficas. Era una casa de voces apagadas, té de las cinco y fiestas elegantes donde carreras y vidas podían destrozarse sin armar escándalo.

Pero nada de eso le importaba. Por una vez, estaba dispuesta a entrar en territorio desconocido. Le daba igual montar una escena.

—¿No crees que soy un poquito mayor para castigos, mamá?

—Margaret, por favor —exclamó Sharon, sin levantar la voz, por supuesto—. Hablaremos más tarde.

—Más tarde no voy a poder. Quiero mi bolso. Ahora.

Las botas de montar pesaban una tonelada y la maleta amenazaba con destrozarle la muñeca, pero daba igual.

—Tenemos un invitado.

—Estupendo. A lo mejor él puede decirme qué has hecho con mi bolso.

Mientras arrastraba la maleta por el suelo de mármol, vio las piernas del visitante envueltas en unos vaqueros muy gastados… sobre todo en ciertas partes, donde el cuerpo de un hombre gasta más los pantalones.

El corazón de Maggie dio un vuelco. Además de los vaqueros, solo podía ver la manga de una camisa que una vez fue roja y que, en aquel momento, era de un suave color rosado.

Y vio su mano. Una mano de dedos largos y elegantes. Lo que no podía ver era la cicatriz que tenía en la palma.

Pero la recordaba.

Maggie se detuvo y la maleta se ladeó sobre las ruedas. No se dio cuenta. Se había quedado sin aliento.

(7)

Afortunadamente, estaba parada. Si no fuera así, seguramente el instinto la habría obligado a echarse en sus brazos.

Lucas West era un hombre como para caerse de espaldas. Tenía el pelo de color castaño, siempre un poco demasiado largo, lo suficiente como para que una mujer enredara los dedos en él. La piel bronceada, los hombros anchos, las caderas estrechas y el trasero apretado… Sus rasgos eran perfectos y tenía la boca más sensual al oeste del río Rojo. Pero eran sus ojos, unos ojos brillantes como el pecado, ojos de ángel caído, lo que volvía locas a las mujeres.

Sí, desde luego Luke era increíblemente guapo. Y él lo sabía. Maggie se inclinó para tomar la maleta.

—Estaba a punto de marcharme, pero no puedo hacerlo hasta que mi madre me devuelva el bolso. No quiere que me vaya de casa —dijo, intentando recuperar el aliento—. ¿Cómo estás?

—Bien. Vendí Hunter Child la semana pasada y espero tener pronto una cuñada o dos. Pero eso ya lo sabes —sonrió Luke, con aquellos ojos azules tan brillantes como el cielo después de la lluvia—. Supongo que Jacob te lo diría cuando te pidió en matrimonio.

Sharon contuvo un gemido.

—¿Jacob West te pidió que te casaras con él? Margaret, no me lo habías dicho. Jacob es un hombre tan inteligente…

—Tan rico, quieres decir —la interrumpió Maggie—. Y, por cierto, le dije que no.

—Eso parece —intervino Luke. Se había puesto serio de repente—. Por eso estoy aquí. Por eso y por… Fine Dandy.

—Fine Dandy ya no está —replicó ella, intentando disimular un gesto de dolor—. Y tampoco mi bolso.

Sharon se puso colorada.

—No es culpa mía que pierdas las cosas.

—Yo no he perdido nada. ¿Dónde está mi bolso, mamá? —Lo he guardado en el Cadillac de tu padre.

—Podría romper la ventanilla.

Su madre no se molestó en replicar. Las dos sabían que no lo haría. —Quizá yo pueda echar una mano —dijo Luke entonces.

—No, por favor —dijo Sharon—. Este es un asunto familiar. —¿Sabes cómo abrir un coche?

—Supongo que sí. Pero yo me refería a otra cosa. Vi en Internet que Fine Dandy estaba en venta y lo compré.

(8)

—Pues me alegro por ti. Y ahora, vete a tomar… —¡Maggie! —exclamó su madre, horrorizada.

—No pasa nada. Yo había pensado llegar a un acuerdo. —¿Qué clase de acuerdo?

—Cásate conmigo y te devolveré el caballo, tendrás dinero para seguir compitiendo… y yo seré tu entrenador.

Maggie ni siquiera parpadeó.

(9)

Capítulo 2

La puerta se cerró firmemente tras ellos. Maggie había permitido que Luke tomara la maleta y las botas, pero sujetaba su bolso con fuerza.

—Mi madre no está muy contenta contigo —dijo alegremente—. No le hizo ninguna gracia esa petición de matrimonio, pero amenazar con romper el coche de mi padre… no, no está nada contenta.

Luke miró a la mujer que caminaba a su lado. Maggie era muy bajita, pero poseía la energía de tres personas.

Tenía pecas, el pelo muy corto, ni liso ni rizado, ni castaño ni rubio. Su ropa era más definida: desafiante e informal. Sobre unos pantalones de color caqui, llevaba una vieja camiseta de color lila, una cazadora de piloto que parecía haber pasado por la Segunda Guerra Mundial y una escayola en el brazo derecho pintada de color verde radiactivo.

Y tenía la voz ronca. Una voz que hacía pensar a un hombre en sábanas arrugadas. A Luke le encantaría acostarse con ella.

—Me gusta tu camiseta.

Ella bajó la mirada hacia las modestas curvas que se intuían bajo la tela. En la camiseta estaba escrito «Movimiento antiglobalización».

—Es un recordatorio de la campaña. —Sigues tan peleona como siempre, ¿eh?

—¿Peleona yo? Si no hubieras aparecido, seguramente me habría ido sin el bolso.

Luke se detuvo, mirándola a los ojos. Había esperado que presentara batalla, pero ella sonreía muy tranquila.

—Lo estás pasando bien, ¿no? —De coña.

—Es la primera vez —dijo Luke entonces, abriendo la puerta del jeep. —¿Cómo?

—Es la primera vez que te oigo decir un taco. —No suelo hacerlo.

—¿Los tacos van con lo de la antiglobalización?

—Supongo que sí —contestó Maggie—. ¿De verdad habrías roto la ventanilla del coche si mi madre no hubiera abierto?

—Por supuesto que sí —sonrió Luke.

Ella lo miraba con los ojos brillantes, despertando unos recuerdos que no debía despertar. Pero tendría que acostumbrarse.

(10)

—No podíamos irnos sin el bolso. Te hará falta el documento de identidad cuando lleguemos a Las Vegas.

—Ah, claro. A mi madre se le habría ocurrido eso tarde o temprano. Y si no, a mi padre. Sin el bolso no se habrían tragado lo de la boda.

Luke la miró entonces, sorprendido.

—Crees que esto es una broma. Solo quieres que tu padre piense que vas a casarte conmigo.

—Desde luego, ha sido una inspiración. Mi madre ha puesto una cara… Pero supongo que lo has hecho para que pueda montar a Fine Dandy cuando se me cure la muñeca.

—Quiero que montes a Fine Dandy —dijo él, mirando sus labios.

—Entonces, seguro que podremos arreglarlo. Pero deja de mirarme de esa forma.

—Siempre me han gustado tus labios.

—No quiero ofenderte, pero te gustan todos los labios.

—Solo los de las mujeres guapas —murmuró Luke, dejando la maleta en el asiento de atrás—. Será mejor que nos demos prisa. El vuelo sale a las cuatro.

—¿Dónde vas? Podrías dejarme en casa de Linda… o puedo llamar a alguien para que vaya a buscarme al aeropuerto…

—Nos vamos a Las Vegas, Maggie. Los dos.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada. Satisfecho, Luke arrancó el jeep.

El jardín de la casa era grande, verde… y muy aburrido. En aquel barrio todos los jardines eran cuidados por jardineros profesionales, todos igual de verdes, todos con las mismas flores. En una de las casas, un grupo de obreros estaba colocando luces de Navidad sobre las ramas de un roble pelado.

Automáticamente, Luke apartó la mirada.

Odiaba el invierno, odiaba las ramas despobladas y el cielo gris. La Navidad era una tortura, algo que había que soportar hasta la llegada de la primavera.

—Muy bien —dijo Maggie abruptamente—. Ha sido una broma estupenda, pero ya está. Sé que no quieres casarte conmigo.

—¿No?

—Supongo que no soy la última mujer del mundo con la que te casarías, pero debes preferir a otras cien antes que a mí. No pueden haberte dicho que no todas.

—No se lo he pedido a ninguna.

Silencio. Estaban parados en un semáforo y Maggie no dijo nada, pero casi podía oír cómo ponía en orden sus pensamientos.

(11)

—Pues sí, la verdad. Pero esto es tan raro… En veintisiete años no he tenido una sola proposición de matrimonio y, de repente, en una semana, primero Jacob y luego tú. Y los dos sois amigos míos hace tiempo, así que esto es demasiado raro.

Luke sintió cierta satisfacción al saber que solo consideraba a Jacob un amigo. —Para mí también es una sorpresa.

Si dos semanas antes alguien le hubiera dicho que estaría a punto de casarse con Maggie Stewart, se habría echado a reír. Pero dos semanas antes no sabía lo de Ada.

La gente que no era de la familia no lo entendía. Para ellos, Ada solo era una empleada, primero el ama de llaves de su padre y después de Jacob. Pero, para los hermanos West, era mucho más. Era la persona a la que más querían, la única constante en sus vidas. Por muchas otras mujeres que hubieran pasado por la casa… y habían pasado muchas, Ada siempre estuvo allí para atenderlos.

Y estaba a punto de morir. O lo haría si no seguía con el carísimo tratamiento en una clínica suiza. Un tratamiento que, hasta entonces, había pagado Jacob, pero que debían financiar entre los tres hermanos. La única forma de salvarla era haciendo lo que habían jurado no hacer nunca: casarse.

Y rápido.

—Jacob me habló de la enfermedad de Ada y respeto lo que estáis haciendo por ella, pero no entiendo…

—Ya sabes lo que mi padre especificó en su testamento —la interrumpió Luke, pisando el acelerador con más fuerza de la necesaria. Había muerto cinco años atrás, pero hablar de su padre siempre lo ponía nervioso—. Todo el mundo lo sabe. He visto artículos sobre el fideicomiso de los West hasta en el New York Times, por Dios bendito…

—Sí, ya sé lo del fideicomiso. Tu padre tenía unas ideas sobre el matrimonio muy peculiares.

—Dímelo a mí.

Después de casarse siete veces con seis mujeres diferentes, cualquier otro hombre habría renegado de la institución del matrimonio. Pero no Randolph West. Estaba planeando su octavo matrimonio cuando murió de un ataque al corazón.

—Lo que no entiendo es por qué tenéis que casaros.

La vida estaba obligándolo a cambiar de planes. Él no había pensado en casarse y tampoco necesitaba la herencia. El rancho era suyo y lo único que necesitaba era alguien que supiera montar, alguien que pudiera llevar sus caballos de competición a las ferias para conseguir compradores.

Luke miró a la mujer que tenía al lado. Maggie montaba de maravilla y quizá, a pesar del matrimonio, podrían seguir siendo amigos.

(12)

—Lo sé. Luke, sé que no te gusta hablar de esto, pero estuviste casado una vez. ¿Eso no te exime de cumplir las condiciones del testamento? ¿O hay alguna estipulación sobre lo que debe durar un matrimonio?

Él apretó el volante con fuerza. —No.

No a la pregunta, no a los recuerdos, no a todo el triste asunto.

Maggie no dijo nada, pero lo miraba solemnemente con sus ojos verdes.

Esa era una de las razones por la que no solía hablar en serio con ella. Eran amigos, tonteaban. Nada de tocarse, nada de salir juntos. No mucha gente sabía lo de Pam, pero ella sí. Eran primas y habían estudiado juntas en la universidad. Maggie estuvo en el hospital la noche que…

Pero no había ido siempre en broma con ella.

—Puede que mi padre estuviera un poco loco con el tema del matrimonio, pero no era un hipócrita. El testamento no estipula cuánto debe durar, pero los tres debemos estar casados para recibir la herencia. Pam y yo nos divorciamos hace diez años y nuestra breve unión no cuenta.

—Ya veo por qué tienes que casarte, pero… esa no es razón suficiente para mí. Debe haber unas cinco mil mujeres en Dallas que querrían casarse contigo. Y si incluimos el resto de Texas, serían millones —sonrió Maggie.

—Gracias —intentó sonreír Luke—. Pero no hay cinco mil mujeres con las que yo quiera casarme.

—¿Y por qué yo?

—Porque te conozco desde hace mucho tiempo. Tú me conoces y sabes que no puedes esperar mucho de mí —intentó bromear él—. Pero hay otra razón. No se me ocurre nada peor que estar atado legalmente a una mujer que se crea enamorada de mí.

—Eres un poquito creído, ¿no?

Luke se encogió de hombros. Se conocía a sí mismo y conocía a las mujeres. —Contigo puede salir bien. Yo necesito que se disuelva el fideicomiso para recibir la herencia, tú necesitas a Fine Dandy. Además… me gustas.

—Tú también me gustas, Luke —suspiró Maggie—. Y eso es un problema. Somos amigos y no quiero estropearlo.

—Ya lo estropeamos una vez —dijo él entonces, sin mirarla—. Hace un año, en Navidad, lo estropeamos todo.

—Ah, eso… Fue un error, desde luego. Habíamos bebido mucho, nos pusimos sentimentales… pero somos adultos y lo hemos dejado atrás.

No, pensó Luke. No lo habían dejado atrás. Habían aparentado que no ocurrió porque eso era lo que Maggie quería. Y, por lo visto, deseaba que siguieran haciéndolo.

(13)

—Tienes razón. Somos amigos y tampoco yo quiero perder tu amistad.

—Muy bien —sonrió ella, como una maestra que ha conseguido enseñar algo a su peor alumno—. No queremos arriesgar nuestra amistad con algo tan incierto como el matrimonio. Incluso un matrimonio de conveniencia puede ponerse feo.

Decía lo que debía decir y lo hacía con tal seriedad que Luke estuvo a punto de creerla… si no hubiera estado estirando y arrugando la camiseta con gesto nervioso. O si no recordase el brillo de sus ojos cuando le dio un beso de despedida a la mañana siguiente.

Maggie seguramente saltaría del jeep si reconociera que aquella noche le hizo daño.

—En eso estoy de acuerdo. Lo del matrimonio puede ponerse muy feo. —Ya te digo.

—Pero es incierto porque la gente se casa con expectativas imposibles. Nosotros dejaremos claro qué queremos y qué esperamos. Ni emociones, ni complicaciones.

—Luke… lo siento, pero no quiero casarme contigo.

—Pero quieres a Fine Dandy. Y quieres seguir compitiendo. Sé que preferirías un matrimonio de verdad y es lo que te mereces. Un matrimonio con vestido de novia, flores, banquete, promesas, romance…

—¿Romance? De eso nada, gracias. Yo soy muy práctica.

—Pues esta es una forma muy práctica de conseguir lo que ambos queremos. En realidad, es un acuerdo comercial.

—¿Un matrimonio de conveniencia?

—Eso es. Si fueras otra persona, tendríamos que firmar la separación de bienes, pero confío en ti. Si estás de acuerdo con los términos, sé que no habrá discusiones.

Maggie empezó a pasar la mano por la escayola, pensativa. —El problema es que yo no confío en ti.

Luke la miró, sorprendido.

—Entonces, podemos ponerlo por escrito. Yo creo que un millón estaría bien, una vez que se haya disuelto el fideicomiso.

—Yo no… ¿Qué? ¿Un millón de dólares? ¡No lo dirás en serio!

—Claro que sí. No sé exactamente qué me corresponde del testamento, pero un millón no me dejará en la ruina.

—¿Sabes una cosa? Vas a ser un hombre muy rico, Luke. Necesitarás un guardaespaldas, pero no para evitar un secuestro sino para espantar a las mujeres que escalen los muros de tu casa —rio Maggie.

Ojalá no hiciera eso, pensó él. Su risa era demasiado sensual, demasiado cálida. —Un guardaespaldas sería una molestia.

(14)

Sería mejor no seguir por ahí, pensó Luke.

—¿Quieres que pasemos por el despacho de mi abogado para ver cuánto se tarda en redactar una separación de bienes?

—En cuanto al dinero, confío en ti —dijo ella, jugando con la cremallera de su cazadora.

—Si confías en mí, ¿cuál es el problema? —El sexo.

Luke tuvo que sujetar el volante con fuerza para no salirse al arcén. —¿El sexo?

—¿Cuánto tiempo tendríamos que estar casados? ¿Dos meses, seis?

—Tres o cuatro, creo yo. Quizá un poco más. Yo no soy el economista de la familia, pero Jacob dice que entre cuatro y ocho meses.

—Pues a mí no me apetece ver miradas de piedad durante cuatro o cinco meses porque mi marido sale con otras mujeres.

—¿Tú crees que yo haría eso? Maggie se encogió de hombros.

—Supongo que intentarías ser discreto, pero te conozco. ¿Eres capaz de no acostarte con nadie en cuatro o cinco meses?

—Yo…

—Déjalo. Puedo leer tus pensamientos.

No podía hacerlo. Si pudiera leerlos, saltaría del jeep. Afortunadamente, Maggie no sabía qué clase de imágenes había despertado la palabra «sexo».

Pero no pensaba hacerle daño. Nunca. Y si se acostaba con ella, le haría daño. Maggie era una mujer fuerte… en ciertos aspectos. En otros, era tan frágil como un pétalo de rosa. Si se casaba con ella y se acostaba con otras mujeres, le haría daño. Otra vez.

—Creo que, incluso en Las Vegas, los votos matrimoniales incluyen algo sobre la fidelidad. ¿Crees que podrías confiar en mí si te diera mi palabra?

—En esos votos también se dice «hasta que la muerte nos separe». Pero eso no va a ocurrir, ¿verdad?

—No.

—Entonces, supongo que lo del matrimonio está fuera de la cuestión. ¿Crees que hemos batido el récord del compromiso más corto?

Luke no dijo nada, pero sabía que podía hacerla cambiar de opinión. Maggie intentaba esconderlo, pero entre ellos había algo. Siempre hubo algo especial. Con solo tocarla podría…

(15)

Pero hacerla cambiar de opinión con las manos en el volante iba a ser complicado.

—A ver si lo entiendo. No quieres casarte conmigo porque no crees que te fuera fiel.

—Más o menos.

—Muy bien. Te prometo que no saldré con ninguna otra.

—Yo no he dicho que fuera a casarme contigo aunque me hicieras esa promesa. Una pregunta: ¿le has sido fiel a alguna mujer durante… un mes?

—Yo cumplo mis promesas, Maggie. Y esto es una promesa —insistió él, mirándola de reojo. Había pasado de subir y bajar la cremallera de la cazadora a morderse los labios—. Te pones muy guapa cuando estás preocupada.

—No estoy preocupada.

—Y también te pones muy guapa cuando mientes. —No pienso casarme contigo.

—¿Quieres que te prometa que no voy a usarte, Maggie? ¿Qué no voy a llevarte a la cama porque esté ansioso y tú estés a mano?

Ella se puso como un tomate. —Eso suena horrible.

—Pero es lo que te preocupa, ¿no? Muy bien. Tienes mi promesa solemne. No voy a engañarte.

Era fácil hacer esa promesa. Cumplirla no tanto, pero tendría que hacerlo. Maggie miró su escayola, insegura.

—Tú no estás acostumbrado a eso, Luke.

—No —sonrió él—. Y no voy a pedirte que me hagas la misma promesa. Puedes usarme cuando quieras. Si alguna vez estás abrumada de deseo…

—Ja!

—… tienes mi cuerpo a tu disposición. Ella masculló algo por lo bajo, sin mirarlo. —No te he oído.

—No me parece buena idea, Luke.

—¿Por qué no? Tú consigues a Fine Dandy, yo consigo dinero para el tratamiento de Ada y tu padre se subirá por las paredes.

Malcolm Stewart no podía soportarlo. Lo culpaba a él por el fracaso de su matrimonio con Pam. Con cierta razón, además.

—Esa sí que es buena —bromeó Maggie entonces—. Casarme contigo para fastidiar a mi padre.

(16)

—¿Lo dices en serio? ¿Me entrenarías tú? —Sí.

—Eres un buen entrenador —murmuró ella—. Casi tan bueno como tú crees. Luke sonrió, señalando la entrada del aeropuerto.

—Mejor que Walt Hitchcock. Venga, Maggie. ¿Qué dices?

Ella miró por la ventanilla, se miró la escayola, miró la cremallera de la cazadora… a todas partes menos a él.

—Pues… no sé.

—Tienes que tomar una decisión —insistió Luke. —De acuerdo, me casaré contigo.

19:10

Cinco horas más tarde estaban en una especie de capilla pintada de rosa y Maggie caminaba por el pasillo al ritmo de Love me tender, la canción de Elvis Presley.

Solo estaban ellos y el oficiante.

Maggie tenía la boca seca y el estómago encogido. En una mano, un ramo de rosas, en la otra… la mano de Luke. El olor de las rosas se mezclaba con el desagradable olor a ambientador que alguien había echado unos minutos antes. Y ella seguía llevando la camiseta lila y los pantalones de color caqui.

El hombre que iba a casarlos llevaba una camisa negra que le daba un aspecto vagamente eclesiástico. Pero tenía la cara tan estirada que parecía en peligro de resquebrajarse si sonreía.

Se había hecho un lifting. Maggie se preguntó tontamente si le dolería abrir la boca cuando fuera al dentista.

Estaba asustada. Más que eso. Recordaba haber discutido los detalles de la boda con Luke, pero no recordaba a aquel hombre. Y, de repente, le parecía algo fundamental. ¿Iba a hacer votos frente a un sacerdote o era un simple funcionario? En Las Vegas todo era tan raro…

El hombre había dejado de hablar y estaba mirándola fijamente, como si esperase que dijera algo. Luke apretó su mano.

—Ah… sí quiero.

¿Qué acababa de prometer? ¿Y qué clase de mujer no sabe lo que está diciendo el día de su boda?

Una mujer aterrorizada.

Maggie intentó escuchar atentamente durante el resto de la ceremonia. —Sí, quiero —dijo Luke entonces.

Después, llegó el momento de los anillos. Maggie había bromeado al respecto, diciendo que debería seguir llevando la alianza cuando se separasen, para librarse de otras mujeres.

(17)

Desde luego, estaba haciendo la interpretación de su vida.

Le temblaban las manos cuando Luke intentó ponerle el anillo. Y, encima, no podía ponérselo.

—Tengo los dedos hinchados… por la escayola. —No pasa nada. Te lo pondré en la otra mano.

«No pasa nada», se decía ella. La alianza, como la boda, no significaba nada. Y no iba a vomitar. Por supuesto que no iba a vomitar.

El celebrante, cura o lo que fuera, consiguió sonreír sin destrozarse la cara. —Ya puede besar a la novia.

Luke la tomó por los hombros, sonriendo. Pero sus ojos parecían tristes. Aparentemente, aquella broma de matrimonio no lo asustaba tanto como a ella. Solo lo entristecía.

—Tranquila. Lo peor ya ha pasado.

Le dio un beso fugaz en los labios y Maggie empezó a temblar. ¿Qué había hecho?

Aquella vez sería diferente, se decía a sí misma. Aquella vez tenía un plan. Y aquella vez sabía sin sombra de duda que no estaba enamorada de él.

(18)

Capítulo 3

23:58

Casi cinco horas y varios cientos de kilómetros después, Maggie se sentía un poco mejor.

Las estrellas brillaban en un cielo negro como de terciopelo y la oscuridad era rasgada solo por los faros del jeep. En el interior, la música de jazz les hacía compañía durante el viaje.

Maggie apoyó la cabeza en la ventanilla, con los ojos cerrados, disfrutando del aroma del hombre con el que acababa de casarse. Todo iba a salir bien, pensó.

Durante el vuelo de vuelta a Dallas, las turbulencias no los dejaron dormir y estuvieron hablando de caballos y de competiciones. Todo era normal, como antes. Podían estar meses sin verse, pero cuando lo hacían siempre había una conexión entre ellos, como si hubieran estado juntos el día anterior.

Un amigo así merecía la pena. Maggie bostezó, cómoda con la compañía y con la noche. Estaban en silencio, pero ninguno de los dos se sentía incómodo. Sí, una amistad así era mucho mejor que la distracción del deseo.

Entonces sintió un escalofrío. ¿Qué decía eso de su plan?

Pero su amistad consiguió sobrevivir al desliz del año anterior. Y había aprendido la lección. Tendría los ojos bien abiertos.

—Creía que estabas dormida —sonrió Luke al ver que se movía—. La verdad, que una recién casada se duerma durante la noche de boda puede destrozar la moral de cualquier marido.

—Dices lo de «marido» como si fuera algo tan normal… —Intento acostumbrarme —sonrió él—. Ya estamos llegando.

—Menos mal. Entre la boda y enfrentarme a mi padre… in absentia, por supuesto. No me atrevo a hacerlo cara a cara.

—Podríamos habernos quedado en Las Vegas.

Luke había sugerido dormir en un hotel, pero Maggie se negó. Dormir en un hotel con él, aunque fuera en habitaciones separadas, le parecía demasiado íntimo.

Era una idiotez porque iban a vivir juntos de todas formas, pero…

—Prefiero dormir en tu casa. Así podré ver a Fine Dandy en cuanto me despierte.

—Imagino que se alegrará de verte. Es un caballo magnífico. —¿Verdad que sí?

—Os he visto competir. Fine Dandy no es muy partidario de obedecer a su jinete, ¿eh?

(19)

—No, tienes que probarle que sabes lo que haces porque le gusta ganar. Por eso Walt le dijo a mi padre que se librara de él. Dice que es demasiado caballo para una mujer… el idiota. Y como tuve la mala suerte de caerme, lo utilizó como argumento.

—Todos los jinetes se caen alguna vez —sonrió Luke—. Por cierto, ¿qué pasó? —Fue culpa mía, pero no tuvo nada que ver con que sea mujer. Estábamos saltando un obstáculo fácil y me relajé demasiado.

—Un salto fácil puede ser más peligroso que uno difícil —murmuró él, disimulando un bostezo—. Estoy agotado.

Luke tenía un pelo precioso. Lo llevaba más largo que Jacob y un poco despeinado, algo que marcaba la diferencia entre los dos hermanos. También le gustaba su cuello, fuerte y masculino. Y sus hombros…

Pero no debía pensar en eso, se dijo. Incómoda, Maggie se movió en el asiento. —Si no te conociera bien, diría que estás nerviosa. No te dará miedo la noche de boda, ¿no?

¿Por qué mencionaba la noche de boda? Ellos no iban a acostarse juntos. —No seas bobo. Solo estoy cansada. Además, no es una noche de boda real. Como no había sido una boda real, aunque el hombre de la cara estirada fuese un cura, que no lo creía. Incómoda, Maggie empezó a jugar con su alianza.

—Nunca he estado en tu rancho. Y pensar que voy a vivir en un sitio que no conozco…

—La casa no es nada elegante, pero sí muy cómoda. Lo que te gustará mucho es el establo.

En el avión le había hablado del rancho, del establo, del corral y de los caballos, que él mismo entrenaba. Maggie estaba deseando verlo todo.

—¿Esa de allí es tu casa? Luke asintió.

—Ojalá pudieras verla en verano. El invierno no le hace justicia.

Para el verano seguramente estarían divorciados, pensó ella. Y ese pensamiento le hizo un nudo en el estómago.

—Tendrás que invitarme a venir entonces.

Las luces del rancho rompían la oscuridad. Una brillaba sobre los establos, otra sobre una viga de madera a la entrada y otra, que Sarita había dejado encendida, en el porche.

Luke se sentía a gusto cada vez que volvía a casa. Era una sensación muy agradable.

Maggie saltó del jeep con el bolso y las botas en la mano a pesar de la escayola. Como de costumbre, no esperó a que él le echara una mano, pero Luke consiguió sacar la maleta.

(20)

—Puedo hacerlo yo.

—Disfruta de mi caballerosidad mientras puedas. Mañana, cuando empecemos a entrenar, me maldecirás en varios idiomas.

—Un entrenador duro, ¿eh?

—El peor —sonrió él, abriendo la puerta.

—Es muy bonito —dijo Maggie cuando entraron en el salón—. Aunque no me lo esperaba así.

—¿Qué esperabas? —No sé.

—Que conste que solo tengo espejos en el techo de mi dormitorio.

Ella soltó una carcajada. Una de esas carcajadas roncas y suaves como un buen vaso de whisky. Era un sonido que lo acariciaba por dentro.

Dejando la maleta en el suelo, Luke la observó investigar por el salón y quedarse parada frente a la chimenea, sobre la que había una vitrina de cristal con una medalla.

¿Por qué tenía que reírse así? Una mujer con pinta de buena chica no debía reírse así. Aunque su aspecto era engañoso. Maggie era una atleta. Muy bajita, pero toda músculo.

—¿Cuánto mides? ¿Un metro cincuenta y ocho? —Uno cincuenta y seis.

—¿Y cuánto pesas?

—A una mujer no se le preguntan esas cosas —contestó ella, mirándolo de reojo. En otra mujer podría haber parecido un gesto de coqueteo, pero no en Maggie.

—Soy tu entrenador.

—Ah, ya. Cuarenta y cinco kilos. —No lo parece.

—Las pecas me añaden dos o tres. Yo quiero una de esas —dijo Maggie entonces, señalando la medalla.

—Aún no estás preparada.

Ella levantó la barbilla, orgullosa. —Walt Hitchcock cree que sí. —Walt Hitchcock es idiota.

—Si no crees que sea buena, ¿por qué…? —Eres muy buena, pero puedes ser mejor. —Lo seré.

(21)

Luke sonrió. Maggie podía tener ciertos problemas de autoestima, pero en cuanto se refería a los caballos sabía muy bien lo que valía.

—Venga, te enseñaré tu habitación —dijo, tomando la maleta.

Era difícil entender cómo una mujer tan atractiva como ella tenía dudas sobre su aspecto. Quizá la culpa era de su padre, con sus críticas constantes. O quizá del imbécil con el que había salido el año anterior. Maggie solo buscaba un hombro sobre el que llorar la noche que rompieron y… desgraciadamente, se había encontrado con él. Y Luke le había dado algo más que su hombro.

No era posible borrar lo que pasó, pero podía compensarla de otra forma. Podía devolverle a Fine Dandy y hacer que consiguiera el oro en los juegos olímpicos, aunque eso no era suficiente. Una amazona del calibre de Maggie Stewart lo conseguiría con cualquier otro entrenador.

—Tiene ruedas —dijo ella entonces. —¿Eh? —murmuró Luke, distraído.

No, lo que Maggie necesitaba era algo que él podía darle: confianza en sí misma como mujer.

—La maleta. No tienes que levantarla… tiene dos ruedecitas. —Se supone que debes admirar mis músculos —rio Luke.

—Ya sé que quieres impresionarme, pero te advierto que estoy muy desilusionada. Yo esperaba una casa de soltero, llena de polvo, con las cosas tiradas por el suelo… pero todo está como una patena.

—Eso del soltero descuidado es un estereotipo —sonrió él, abriendo una puerta—. Pero si Sarita no ha hecho la cama la hemos liado porque yo no sé dónde están las sábanas.

—¿Sarita?

—Mi ama de llaves. La conocerás por la mañana —contestó Luke, dejando la maleta al lado de la cómoda—. La llamé antes de tomar el avión.

Maggie entró en el dormitorio. Parecía relajada, pero sujetaba el bolso con las dos manos, como si fuera a escaparse.

—Supongo que le habrás dicho lo de la boda y todo lo demás.

—Le he contado lo de la boda. No habrá «nada más», pero eso no lo sabe. Ella se puso colorada.

—Me gusta la habitación. El color azul es muy relajante.

—Sí, ya veo que estás muy relajada —sonrió él—. ¿Sabes una cosa? Cuando te pones colorada, se te disimulan las pecas.

Maggie levantó los ojos al cielo. —Muchas gracias.

(22)

—Era un cumplido. Estás muy guapa cuando te pones colorada —dijo Luke entonces, tomando su cara entre las manos.

Ella intentó apartarse.

—No sé qué estás intentando hacer, pero…

—Te lo enseñaré —sonrió él, inclinándose para besarla.

Al hacerlo, lo sorprendió un estremecimiento. Solo iba a darle un beso fugaz en los labios, pero siguió… Hasta que ella le dio un puñetazo.

—¡Ay! Un sencillo «no» habría sido más que suficiente. —¡Te has pasado!

—Pero si solo ha sido un beso…

—¡Sí, claro, un beso! —exclamó Maggie, como si le hubiera arrancado la ropa—. Debería haber sabido que intentarías algo.

—Si quisiera seducirte, estarías tumbada en la cama ahora mismo —replicó él. —¿No me digas?

Luke soltó una carcajada.

—Perdóname. Es que estás muy guapa y no he podido resistir la tentación. —¡No puedes ir por ahí besando a todo el mundo! Bueno, espera… supongo que puedes. Pero a mí no, gracias.

A él se le ocurrió entonces que su reacción había sido el mejor antídoto. Si volvía a intentar algo Maggie le daría un puñetazo, de modo que nada de besos.

—Soy débil, pero puedo aprender. Si vuelves a pegarme así cada vez que lo intente, quizá deje de hacerlo —dijo, dándose la vuelta—. Vete a dormir hoy que puedes. A partir de mañana, a las seis en la ducha. Y después, a entrenar y a entrenar.

—Eres un poquito odioso, ¿sabes? —sonrió ella.

Su voz sonaba más ronca de lo normal y Luke tuvo que sujetarse al picaporte. —Pues se siente —dijo, antes de cerrar la puerta.

En lugar de ir a su habitación salió al porche para mirar las estrellas. Había millones de ellas en el oscuro firmamento y nunca se cansaba de mirarlas.

Tenía que hacer un esfuerzo para no llamar a la puerta de Maggie. Estaba excitado y preparado para algo que no iba a pasar… durante varios meses. Tendría que darse duchas frías, pensó.

¿Cuánto duraría aquello? ¿Cuatro, cinco meses? Tomar una ducha fría dos veces al día durante cinco meses era algo muy poco apetecible.

Aparentemente, iba a conocerse mejor a sí mismo durante aquel tiempo que cuando Serena Sayers lo llevaba a ver las estrellas en el asiento trasero del coche de su padre.

(23)

Eso ocurrió mucho tiempo atrás. Habían pasado muchos años… y muchas mujeres. Algunos dirían que demasiadas. Pero a él le gustaban las mujeres. Le gustaba su forma de moverse, sus ojos, el misterio que había en ellas. Eran duras y frágiles a la vez y siempre imprevisibles. Pero no se disculparía por haber hecho el amor con tantas. Bueno… excepto con una.

Luke se miró las manos vacías. Sería fácil imaginar un vaso de whisky en ellas. Demasiado fácil.

Recordar a Pam le recordaba el alcohol. A él no le sentaba bien beber. Se comportaba como un imbécil y solo tomaba un vaso de vino o de cerveza… excepto cuando los recuerdos lo asaltaban. No solía ocurrir. Solo una vez al año.

Una de esas noches, cuando estaba autocompadeciéndose, cuando sentía que lo había perdido todo, se agarró a la botella… y fue entonces cuando se encontró con Maggie. Y cuando probó que borracho era un completo imbécil.

Luke dejó escapar un suspiro. Haría lo que pudiera para compensarla. Y era un alivio saber que ella lo detendría si olvidaba que era un caballero.

Al día siguiente traspasaría la propiedad de Fine Dandy a Maggie como primer paso.

Hitchcock era un idiota por aconsejar a Malcolm Stewart que vendiera el caballo. Aquel animal tenía talento para competir. En las manos adecuadas, Fine Dandy podía ser un campeón. Como su propietaria.

Luke sonrió mientras entraba en su dormitorio.

Lo supiera Maggie o no, el entrenamiento ya había empezado.

Maggie se sentó en la cama y apoyó la espalda en el cabecero. Llevaba lo que solía ponerse para dormir en invierno: una camiseta vieja y un pantalón de deporte.

Pensativa, mordía el capuchón del bolígrafo.

Creo que mi plan tiene posibilidades de éxito. Si un simple beso puede hacerme sentir…

El recuerdo no era nada comparado con la experiencia. Pero no podía encontrar palabras para definirlo. No había sido un respingo, ni un escalofrío… sino una especie de estremecimiento.

…un estremecimiento, ¿qué podría hacerme sentir Luke… si tuviera oportunidad? Amor no, eso ya no. Eso ha desaparecido gracias a Dios. Si lo dudaba, el beso me lo ha probado. Esta vez, no he caído en sus brazos.

No, eso era cierto. Le había dado un puñetazo.

Prefiero pensar que solo ha sido deseo. Si alguien puede curarme de la congelación que me paraliza cuando alguien intenta hacerme el amor, es Luke West. Y, a juzgar por su comportamiento, yo no tendría que seducirlo… afortunadamente, porque no sabría cómo hacerlo. Ser mujer es suficiente para que Luke se anime. Además, yo no soy fea y tengo las piernas bonitas. Pero voy a tener que evitar lo de los puñetazos si quiero llegar a algo.

Maggie dejó el diario sobre la mesilla y apagó la luz. Pero un segundo después volvió a encenderla.

(24)

P.D. Será mejor que compre algún camisón bonito. Incluso Luke podría tener problemas para excitarse con estas camisetas tan anchas.

(25)

Capítulo 4

—Te gusta, ¿eh? —murmuró Maggie, acariciando la cabeza de Fine Dandy—. Esto es más de lo que había esperado. Los establos, el corral…

Estaba sola con media docena de caballos. Fuera, el viento golpeaba las ramas de los árboles. Dentro, el aliento de los animales y el olor de la paja le daban calidez al establo. Estaba muy limpio, pero ella no habría esperado nada menos de Luke.

No, el establo no era una sorpresa. Pero su casa sí. Era un verdadero hogar. Su dormitorio, por ejemplo. Había una alfombra persa sobre el suelo de madera, un edredón hecho a mano y una antigua palangana de porcelana. Maggie se había duchado rápidamente y, con las botas de montar y un viejo jersey rojo, salió a explorar.

La casa de Luke era como él, encantadora y muy masculina. El salón era grande, con un sofá de piel, un sillón de desgastado terciopelo verde, vigas en el techo, chimenea de piedra y una pared de ladrillo visto. Cada cosa era de un sitio, pero en conjunto el efecto rústico daba una grata sensación de hogar.

Aquella casa no tenía suelos de mármol brillante, como la de sus padres, una casa sacada de las páginas de una revista, fría y silenciosa.

Probablemente, alguna de sus novias lo habría ayudado con la decoración. O varias novias.

El ama de llaves la pilló investigando. Sarita tampoco era lo que Maggie había imaginado. Se supone que las amas de llaves deben ser gruesas y viejas. Pero Sarita no era ni lo uno ni lo otro. Tenía una larga melena oscura y la miraba con desaprobación.

Pero no era asunto suyo si Luke tenía un lío con su ama de llaves. Le había prometido fidelidad y estaba segura de que cumpliría la promesa. Durante el tiempo que durase su matrimonio.

Fine Dandy movió la cabeza entonces.

—¿Había dejado de acariciarte? Perdona, bonito. —Creía que estabas durmiendo.

Maggie volvió la cabeza. Luke estaba en la puerta del establo y… deberían prohibir a hombres como él llevar pantalones de montar porque al verlo se le hizo un nudo en el estómago.

—Ya son casi las nueve.

—Las ocho y media —sonrió él.

Los nervios no la sorprendían. Había esperado sentirse agitada cuando lo viera por la mañana. ¿Debería haber esperado también sentir una incierta alegría?

—Siempre me ha gustado levantarme temprano. Es una de las pocas cosas que mi padre aprueba de mí —sonrió Maggie—. Por eso salía de noche cuando estaba en

(26)

la universidad. Pero fracasé. Aunque me acostase a las seis de la mañana, a las ocho estaba despierta.

—Porque no hacías nada realmente divertido —dijo Luke.

¿Qué podía decir? ¿Qué lo del sexo era más cosa de Pam que de ella? Maggie sabía que no debía mencionar a su prima. Luke se pondría triste y, además, no estaba preparada para hablar de sexo.

Afortunadamente, Fine Dandy eligió ese momento para interrumpir acariciando su cara.

—Qué niño tan mimado —murmuró ella, aliviada—. ¿Por qué no me dijiste que tu ama de llaves no hable nuestro idioma?

—Claro que lo habla.

—¿Ah, sí? Pues conmigo no. Cuando me vio en el salón, me miró como si me estuviera llevando la cubertería. Intenté decirle quién era, pero a mí los idiomas no se me dan bien.

Luke sonrió. Y a ella le gustaba verlo sonreír.

—Sarita está enfadada conmigo. Y está castigándome.

—¿Y por qué no me habla? Yo no le he hecho nada. A menos que tú… bueno, quiero decir que tú y ella… —Maggie decidió no terminar la frase.

—La respuesta a esa pregunta es «no». Sarita no quiere saber nada de mí. Además, está casada con mi mozo de cuadras.

—Entonces, ¿por qué está enfadada?

—No le parece bien que una pareja de recién casados duerma en habitaciones separadas.

—Oh.

—Me ha regañado durante el desayuno. —Ya veo.

Claro que veía. Mucho más de lo que hubiera querido. Todo el mundo en el rancho sabía que dormían en habitaciones separadas. Y como todo el mundo conocía la reputación de Luke, pensarían que ella era la rara.

Y tendrían razón.

—¿Quieres dormir en mi cuarto para que mi ama de llaves nos deje en paz? —Me parece que no —rio Maggie—. ¿Te importa presentarme a los compañeros de Fine Dandy?

—Sí, claro. Empezaremos por las chicas —dijo Luke, tomando su mano para llevarla al otro lado del establo—. Esta es Gotcha Girl —añadió, señalando a una yegua blanca.

(27)

Ella tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la calma. La mano del hombre, grande y fuerte, le había hecho sentir un escalofrío. No un estremecimiento aquella vez, pero sí un escalofrío.

—Qué nombre tan gracioso.

—Es muy graciosa —sonrió Luke, soltando su mano para acariciar al animal—. Le gusta tirar a la gente del pelo o darle algún que otro empujón. Si te asustas, lanza un relincho de felicidad. Es muy joven todavía, pero salta bien. Ha ganado dos escarapelas en competiciones infantiles.

Después, le presentó a los demás caballos… sin dejar de tocarla. Tomaba su mano, le pasaba un brazo por la cintura, por los hombros… Eran roces sin importancia, pero no para Maggie. Aunque tampoco le daban ganas de tirarlo al suelo y seducirlo allí mismo. No, pero era… turbador.

Sin embargo, cada vez que la tocaba deseaba apartar su mano. Desde luego, iba a tener que trabajar mucho en su actitud si quería seguir adelante con el plan.

—Los arreos están aquí —dijo Luke entonces, señalando una puerta. —Espera un momento. ¿Y esos ponis? No sabía que tuvieras ponis. —Son para mis alumnos —contestó él, sin mirarla.

—¿Alumnos? ¿Tú?

—Si no te parezco un buen profesor, no sé por qué me has aceptado como entrenador —contestó Luke, dándose la vuelta.

—Espera un momento —exclamó Maggie, tomándolo del brazo—. Yo no he dicho que no pudieras ser un buen profesor. Pero se me hace difícil imaginarte dándole clase a unos crios. Además, no tienes tiempo.

—Son unos chicos de Dallas que vienen dos veces por semana.

¿Dos veces por semana? Eso era mucho tiempo perdido para un hombre como Luke.

—¿Y por qué no me lo habías dicho? —¿Para qué? Venga, vamos a entrenar.

Curiosa, ella lo siguió hasta donde guardaban las monturas, estribos y demás. El cuarto, muy bien organizado, olía a piel y cuero. Algunas sillas eran pequeñas, como para niños.

—Te has gastado dinero en tus crios.

—No son mis crios —murmuró él—. Busca una silla de entrenamiento y un casco. Hoy vas a montar a Gotcha Girl. Te he visto con Fine Dandy, pero quiero verte con un caballo que no conoces.

No le gustaba hablar de sus alumnos. ¿Por qué? Muy bien, dejaría el tema… por el momento.

(28)

—Esta me vale…

—¿Qué haces? —exclamó Luke. —Sacando la silla.

—Deja, lo haré yo. No puedes cargar peso con esa escayola. —Pero si casi no me duele…

—¿Quieres que se te cure esa fractura o no? Si no haces las cosas como es debido, te obligaré a llevar el brazo en cabestrillo cuando no estés montando.

Ella levantó una ceja, irónica. —¡A sus órdenes!

—Hoy colocaré yo la silla. A partir de mañana, pídeselo a Ed.

—Vale, vale. Es que se me olvida lo de la escayola. No estoy acostumbrada. —El problema no es la escayola —replicó Luke—. El problema es el hueso roto. Intenta recordarlo.

Maggie siempre supo que había una parte dura en Luke West. No se ganaba un oro olímpico enamorando a los jueces, desde luego. Pero ver a su amigo convertirse en un duro y serio entrenador le resultaba raro.

Dos empleados entraron en el establo en ese momento. —Ed, te presento a Maggie. Nos casamos anoche. El hombre sonrió.

—Eso me han dicho. Encantado de conocerla —la saludó, estrechando su mano. Era un hombre bajito y fuerte, con músculos de levantador de pesos—. Su caballo es magnífico, por cierto.

—Gracias. Es un purasangre. Ya lo verá en el circuito. No corre, vuela. —Estoy deseando verlo.

Luke le dio un golpecito en la espalda.

—Lo verás esta tarde, cuando lo lleve a dar unos saltos.

—Espera un momento —protestó Maggie—. Soy yo quien debe saltar con él. —Con la muñeca rota, no.

—Por favor, Luke. Esto no es una olimpiada. Puedo saltar vallas bajas sin ningún problema.

—No puedes.

A ella le habría gustado darle un puñetazo. Pero era su entrenador y sabía que debía hacerle caso, de modo que no dijo nada.

—Encantado de conocerla, señora West —se despidió Ed. —Eh… ah, sí. Encantada.

(29)

—¿Qué te pasa?

—Lo de señora West me ha dejado un poco…

—Ya lo veo. Si no te gusta lo de Maggie West, puedes seguir usando tu apellido de soltera.

—Mi apellido de soltera… Eso suena tan…

—¿Virginal? —rió Luke, colocando la silla sobre Gotcha Girl—. No creo que nadie saque esa conclusión.

—Pero dormimos en habitaciones separadas. Si uso mi apellido no parecerá que estamos casados. ¿Podría alguien cuestionar la legalidad de nuestro matrimonio y causar problemas con el fideicomiso?

Él frunció el ceño, pensativo.

—No lo sé, pero hablaré con Jacob. Él me dirá si eso es un problema.

Maggie estaba colocando las bridas, pero a la yegua le hacía mucha gracia su escayola y no se estaba quieta.

—Seguramente, al presidente del consejo de administración no le interesa que se disuelva el fideicomiso. Gana dinero administrando el testamento de tu padre, ¿no?

—Rufus Albright es un tipo insoportable, pero también es una persona muy honrada.

—Ya.

Gotcha Girl parecía haber aceptado por fin la extraña cosa verde y Maggie pudo ponerle el bocado.

—El fideicomiso tiene la mayoría de sus acciones en un par de empresas, ¿no? —Creo que sí.

—Pues cuando esas acciones se distribuyan entre tus hermanos y tú, podéis llevaros el dinero a otra parte. Y eso podría no gustarle a alguien.

—Hablaré con Jacob.

—Si él piensa que alguien podría cuestionar nuestro matrimonio porque… porque dormimos en habitaciones separadas…

Luke sonrió.

—No te preocupes. Aunque hubiera problemas, yo no voy a exigir mis derechos. Nadie puede probar que no nos demos un revolcón aunque no durmamos en la misma habitación. Si alguien tiene valor para preguntar por qué no dormimos juntos, le diré que roncas.

—Ah, muy bien.

—Si fueras virgen sería una complicación, pero como no lo eres… —No, claro.

(30)

Maggie musitó una maldición. Le había parecido la excusa perfecta para acostarse con Luke. Ella habría aceptado «noblemente» porque no le quedaba más remedio.

Pero eso hubiera sido demasiado fácil.

—¿Pasa algo? —le preguntó Luke, mientras colocaba los estribos. —No, nada. ¿Gotcha Girl muerde el bocado?

Él la estudió fijamente. Como si estuviera haciéndole una pregunta que no podía ignorar. Y el corazón de Maggie se aceleró.

—Le gusta morderlo, así que le pongo uno de entrenamiento porque es más blando —contestó por fin, comprobando si la silla estaba ajustada—. Bueno, vamos a ver qué tal te llevas con ella.

(31)

Capítulo 5

Luke estaba en el centro del corral, observando a Maggie. La miraba con ojos de entrenador y… con ojos de hombre. Y ambas cosas le gustaban. Ver a Maggie Stewart montando a caballo era como escuchar una sinfonía.

Maggie Stewart… o Maggie West. Ella no había dicho qué apellido pensaba utilizar.

Pero notaba que la escayola era un estorbo, que parecía un poco rígida sobre la montura.

—No te preocupes por la escayola. Apóyate en las caderas, no en los hombros. —De acuerdo.

—Bueno, ya habéis disfrutado suficiente. Ahora hay que ponerse a trabajar en serio. Empieza a trotar en círculos y cuidado con el hombro derecho. Gotcha Girl tiende a bajarlo.

El entrenador notaba los fallos y lo que hacía bien. El hombre notaba otras cosas.

Por ejemplo, que los pantalones de montar le quedaban como un guante. Así era como debían quedar, por supuesto, como una segunda piel. Pero no podía dejar de fijarse en aquel trasero redondo, tan femenino. En los muslos firmes…

Le habría gustado acariciar sus muslos, apretar aquel trasero entre sus manos. La había deseado otras veces, especialmente desde la Navidad anterior… aunque no podía recordar lo que hicieron en la cama. Pero los pensamientos se volvían cada vez más obsesivos. Era difícil dejar de imaginar ciertas cosas…

—No te acerques a la valla.

Maggie sujetó las riendas, tirando ligeramente hacia el lado izquierdo para que la yegua se dirigiera al centro del corral. Solo un iniciado se habría dado cuenta del ligerísimo cambio de posición en la silla, del sutil tirón de las riendas. Mujer y animal se movían como uno solo.

Era lógico que la desease. Estaba viviendo con él. Técnicamente, era su mujer. Como técnicamente era Maggie West. Pero no tenía por qué desear que usara su apellido. El suyo solo había sido un matrimonio de conveniencia.

Aunque él no sabía cómo era un matrimonio de verdad; solo conocía la parte sexual. Luke entendía la intimidad y el placer del acto sexual. Pero un matrimonio tenía que ser algo más que dos cuerpos sudorosos, ¿no? En un matrimonio tenía que haber confianza, amistad, fidelidad.

Él podía aportar dos de esas cualidades. Pero la confianza y la amistad no eran suficientes, aunque también hubiera sexo. La fidelidad tenía que ser real, un compromiso para siempre.

¿Cuánto tiempo tendría que mantener ese compromiso con Maggie? ¿Seis meses? Lo haría. Tendría que hacerlo, pero el celibato empezaba a afectarlo. Y esa,

(32)

pensaba, era la diferencia entre su arreglo con Maggie y una unión verdadera. El auténtico matrimonio no tenía fecha de caducidad.

Mientras le daba indicaciones se preguntaba si alguna vez había conocido un matrimonio auténtico.

La mayoría de ellos le parecían solo acuerdos más o menos amistosos. Pero amistad y lealtad eran lo más importante. Por eso no iba a dejar que ciertas partes de su cuerpo estropeasen su acuerdo con Maggie. Estaba decidido a terminar como amigos.

Aunque le resultaba muy raro que estuviera viviendo en su casa. —Vale. Ya está bien por hoy. ¿Qué tal la muñeca?

—Me duele —admitió ella—. No me gusta admitirlo, pero tenías razón. Aún no puedo saltar con Fine Dandy.

—Asombroso. Prácticamente has admitido que tengo razón… No, espera, no desmontes todavía. Quiero comprobar una cosa.

Al decirlo apoyó una mano en su muslo y Maggie se puso tensa. —¿Qué haces?

—Relájate. ¿Te hiciste daño en la cadera al caerte? —Un poco. Pero solo fue un hematoma.

—Sigues teniendo los músculos un poco rígidos —le advirtió Luke—. Lo compensas estupendamente, pero… —cuando levantó la cabeza, ella lo miraba con los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas—. Yo diría que hay que ejercitar un poco esa cadera.

—Ya —murmuró Maggie, sin mirarlo.

Otra vez estaba estropeándolo. Quería que ella se sintiera deseable, no seducirla.

¿O sí? ¿Sabía lo que quería en realidad? —Bueno, ya puedes desmontar.

—Gotcha Girl es muy paciente para ser tan joven —dijo Maggie, acariciando a la yegua.

—Es alegre, pero le gusta hacer las cosas bien. Si le dices cosas bonitas, hará lo que tú quieras.

—Eso está bien.

Quizá se engañaba a sí mismo pensando que podía ayudarla. Porque no podría alejarse de su cama si ella seguía mirándolo con aquellos ojos.

—¿Has visto el gimnasio?

—No sabía que tenías un gimnasio.

(33)

—Qué horror —suspiró Maggie.

—Gimnasia y una buena dieta es lo que necesitas —sonrió Luke, tomando las riendas de la yegua—. ¿Haces ejercicio antes de un campeonato?

—Abdominales, flexiones y cosas así —contestó ella, quitándose el casco—. Walt insistía en reforzar la parte superior del cuerpo porque decía que era mi punto débil.

—Walt Hitchcock cree que las mujeres son hombres muy bajitos —rio él—. Conociéndolo, seguro que intentaba convertirte en un levantador de pesas en lugar de fijarse en tus cualidades femeninas.

Maggie levantó una ceja.

—Veo que tú tienes un punto de vista muy diferente.

—Por supuesto. Tu centro de gravedad está más bajo, de modo que tienes un equilibrio natural sobre la silla que un hombre no posee. Además, tienes mucha fuerza en los muslos, que es donde la necesita un jinete. Y, como todas las mujeres, sabes salir de una situación usando la cabeza y eso es bueno para la competición.

—¿Seguro que Walt y tú sois del mismo sexo? —La última vez que miré, sí —sonrió Luke.

Iba a decir algo más subido de tono, pero lo pensó mejor. Maggie había dejado caer que no le importaría acostarse con él para hacer su matrimonio más creíble y no quería darle pie.

Se sentía atraída por él y eso iba a hacer que todo fuera mucho más duro de lo que había esperado.

«Duro». Desde luego. Luke tuvo que sonreír. —¿Por qué sonríes?

—Por nada. Vamos al establo. ¿Qué tal en la silla?

—Demasiado grande. Necesito mi equipo. Y mi furgoneta. Ed podría llevarme a Dallas para recoger mis cosas.

—Te llevaré yo. ¿Puedes esperar hasta el fin de semana? —Uno de tus hombres puede llevarme…

—¿Temes que me pelee con tu padre? —Sí —contestó Maggie.

—No provocaré una pelea, te lo aseguro.

Con un poco de suerte, ni siquiera tendría que ver a Malcolm Stewart. Luke abrió la puerta del establo y Gotcha Girl entró, encantada, sabiendo que la esperaba un comedero lleno de deliciosa paja.

—Si vienes conmigo será peor —insistió Maggie.

(34)

—Muy bien —suspiró ella—. Pues ya que vamos juntos, podríamos comprar un árbol.

—¿Un árbol? ¿No te gustan los de mi rancho?

—Me refiero a un árbol de Navidad. Estamos casi en diciembre y habrá que comprar bolas, espumillón y todo eso… ¿Qué ocurre?

—Yo no celebro la Navidad —dijo Luke, quitándole la silla a Gotcha Girl. —¿Cómo que no la celebras? Que yo sepa, no eres judío.

—No, pero no pongo árbol de Navidad ni decoro la casa. —Pues yo sí. Luces, bolas, muérdago y todo lo demás. —En mi casa, no.

Cuando vio la desilusión que provocaban esas palabras, Luke dejó escapar un suspiro. Podría haber sido más agradable. Pero Maggie se estiró todo lo que su metro cincuenta y seis permitía y lo miró directamente a los ojos.

—La Navidad es muy importante para mí. Si no quieres, no pondremos luces en la casa, pero exijo mi árbol.

—Mira, prefiero no discutir. Déjalo. Ella se puso las manos en las caderas.

—¿Por qué no celebras la Navidad? No lo entiendo, —debería entenderlo. Precisamente ella debía ser la única persona en el mundo que entendiera por qué odiaba la Navidad… pero habían pasado nueve años. Mucho tiempo. Tanto que no podía achacar su odio al dolor. Quizá Maggie ni siquiera recordaba lo que había pasado unas navidades nueve años atrás.

—Si tanto deseas un árbol, puedes ponerlo en tu cuarto. —¿En mi cuarto? Qué absurdo.

—Así es la vida.

—Mi madre siempre contrata a un decorador y la única vez que he podido colocar un árbol yo sólita fue cuando acabé la carrera y me instalé en Dallas. Pero entonces no tenía dinero para comprar nada.

—Si no recuerdo mal, tenías problemas para encontrar trabajo. Maggie dejó escapar un suspiro.

—Para encontrarlo no. Para conservarlo. Tuve seis trabajos en dieciocho meses. —¿Seis? —rio Luke—. Sé que te fuiste del rancho de McAdams y no me extraña porque es un cerdo. Pero también creo recordar que discutiste con el dueño del Belrose.

—¡Porque no tenía ni idea! Quería que le pusiera bocado a un caballo que no sabía lo que era tener a alguien encima. Además, insistía en que usara la fusta. ¿Te lo puedes creer? No digo que no haya caballos que necesiten una fusta, pero usarla con todos…

(35)

Él levantó las manos, en señal de rendición.

—Vale, vale. Ya veo porqué discutías con él. ¿Y dónde acabaste entonces? En una tienda o algo así, ¿no?

—Una joyería —suspiró Maggie—. ¿Tienes idea del clavo que le meten a los clientes en un collar de diamantes?

—¿No se lo dirías a ellos?

—Claro que no. Solo le sugerí a una pareja de novios que compraran los anillos en unos grandes almacenes. Allí no clavan tanto y los pobres tenían poco dinero.

—Imagino que a tu jefe no le haría ninguna gracia —sonrió Luke—. ¿No trabajaste también como secretaria?

—En un bufete de abogados. Pero no sé por qué me contrataron. Todas esas tonterías de las medias, los tacones… No era para mí.

—Seguro que te contrató un hombre.

—Sí, bueno, el señor McKinney era agradable, pero no tenía las manos largas. El que las tenía era el jefe del Planetario. ¿Quién iba a pensar que aquel científico era un salido?

Maggie no se enteraba de nada, desde luego. No sabía cómo afectaba a los hombres.

—Eso son cinco trabajos. ¿Y el sexto?

—El mayor error de todos. Trabajé para mi padre durante dos meses. «Dos meses en el maldito infierno», como el título de una película.

—Estás diciendo tacos.

—La palabra «maldito» está en la Biblia. No es un taco. —Ya, pero antes no hablabas así.

—Sí, es verdad —sonrió Maggie, encantada consigo misma. —Venga, dime cosas feas —sonrió Luke.

—Idiota.

—Vale, insúltame. Me excita. —Cállate, sátiro.

—¿Sátiro? Menuda palabrota. Si quieres soltar un taco deberías decir que me metiera esos comentarios…

—En tus cosas —lo interrumpió ella—. Venga, tonto. Vamos a cepillar a Gotcha Girl.

Lo hicieron. Y la insistencia de Luke para que siguiera diciendo cosas feas terminó cuando Maggie le estampó un cubo de paja en la cabeza.

Cuando acabaron de cepillar a la yegua y ella se fue al gimnasio, Luke se puso a silbar.

(36)

No la había perdido. A pesar de todo, seguían siendo amigos. Y mientras pudiera apartar sus manos de ella, seguirían siéndolo.

Referencias

Documento similar

¿Cómo se traduce la incorporación de ésta en la idea de museo?; ¿Es útil un museo si no puede concebirse como un proyecto cultural colectivo?; ¿Cómo puede ayudar el procomún

Reglamento (CE) nº 1069/2009 del parlamento Europeo y del Consejo de 21 de octubre de 2009 por el que se establecen las normas sanitarias apli- cables a los subproductos animales y

Cabe recordar que el Gobierno de la provincia viene encarando un plan para el desarrollo de hidrógeno en Tie- rra del Fuego; una energía limpia que posiciona a la provincia en

Esta corriente dentro de la arquitectura, registra al Diseño como herramienta fundamental para mejorar la sustentabilidad en el hábitat.. Es más abarcativa que la corriente

BUBER'NEUaiAMN, Margarete ¡ Von Potsáam ndch Moskau. SMíionen eines Irftveges. Stuttgart, 1957; Deutsche Verlags-Anstalt, 480 págs... DAHM: Deutsches Reckt. Die geschichüichen

Este libro intenta aportar al lector una mirada cuestiona- dora al ambiente que se desarrolló en las redes sociales digitales en un escenario de guerra mediática mantenido por

o esperar la resolución expresa" (artículo 94 de la Ley de procedimiento administrativo). Luego si opta por esperar la resolución expresa, todo queda supeditado a que se

- Un curso formativo para los técnicos de laboratorio de la UPV sobre la prevención de los residuos en los laboratorios, que se llevará a cabo los días 23, 24, 25, 26 y 27