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Tipos de familia y modelos de matrimonio

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Academic year: 2020

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TIPOS DE FAMILIA Y MODELOS DE MATRIMONIO'

SALUSTIANO DEL CAMPO**

La familia es la única institución social que, según los sociólogos y los antropólogos, está presente en todas las civilizaciones, grandes o pequeñas, que en el mundo son o han sido. Es también una institución tradicional, pero este calificativo ha de ser adjudicado con relatividad. Por familia tradicional se entiende, en rigor, la patriarcal, que caracterizó a la Europa preindustrial y que se basaba en la explotación agraria, donde trabajaban todos sus miembros o bien, ya que la familia tradicional nunca se circunscribió exclusivamente al ámbito rural, en el trabajo gremial dirigido por los maestros artesanos, a cuyas órdenes estaban oficiales y aprendices en el ámbito urbano.

Esta es la familia que Federico Le Play idealizó a mediados del siglo XIX en sus obras y que acaparó mas tarde los sentimientos de nostalgia de los euro-peos, al recordar aquel mundo que se desvaneció a causa de la creciente hege-monía del industrialismo '. Ahora bien, el contrapunto histórico de esta familia tradicional, que es la familia nuclear o conyugal, es paradójicamente la que hoy se considera tradicional y respecto de ella se evalúan las desviaciones y se perfi-lan las nuevas formas que, con mayor o menor firmeza, están asentándose en la estructura social.

La definición de familia nuclear incluye las siguientes notas: es un matri-monio legal, vitalicio, con exclusividad de servicios sexuales entre un hombre y

* Texto de la conferencia impartida en la Reunión Anual de Profesores-Tutores adscritos al Departamento de Derecho Civil, celebrada en octubre de 1994.

** Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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u n a mujer, con hijos, d o n d e en p r i n c i p i o el h o m b r e es el q u e m a n t i e n e m a t e rialmente a la familia y ejerce la a u t o r i d a d ú l t i m a . La evolución q u e la h a p r o -d u c i -d o y el m o m e n t o -de su a p a r i c i ó n n o m e c o n c i e r n e n aquí, p e r o -d e b e q u e -d a r c l a r o que, todavía n o h a c e m u c h o m á s de u n siglo, t a m b i é n ella e r a c o n s i d e r a -d a c o m o u n p r o -d u c t o revolucionario, p o r s u s t e n -d e n c i a s h a c i a la i g u a l -d a -d -de los esposos y el r e s p e t o a la v o l u n t a d de los hijos. Ni s i q u i e r a ella, sin e m b a r g o , s u s t i t u y ó c o m p l e t a m e n t e a la f o r m a familiar q u e la p r e c e d i ó , c o n f i r m a n d o así q u e los s i s t e m a s sociales alojan a la vez varios m o d e l o s m a t r i m o n i a l e s , n a c i d o s e n m o m e n t o s diferentes o e s t r i c t a m e n t e c o e t á n e o s .

El sociólogo y d e m ó g r a f o francés Louis Roussel ^ h a d e d i c a d o a los m o d e l o s m a t r i m o n i a l e s u n a r t í c u l o m u y i n t e r e s a n t e , q u e sintetiza b u e n a p a r t e d e las con-c l u s i o n e s a con-c t u a l e s d e la Socon-ciología de la familia o con-c con-c i d e n t a l y explicon-ca a l g u n a s m a n i f e s t a c i o n e s a p a r e n t e m e n t e c o n t r a d i c t o r i a s del ciclo vital d e las familias n u c l e a r e s . E n su opinión, es e r r ó n e o creer q u e existe u n m o d e l o ú n i c o de fami-lia, q u e se t r a n s f o r m a a c o n s e c u e n c i a de la a c t u a c i ó n d e factores exógenos t a n n o t o r i o s c o m o la a c t i v i d a d p r o f e s i o n a l d e l a s m u j e r e s , la s e c u l a r i z a c i ó n o l a i n t r o d u c c i ó n y liberalización del divorcio, p o r q u e en n u e s t r a s sociedades se d a n s i e m p r e , c o n g r a d o s de vigencia diferentes, diversos m o d e l o s m a t r i m o n i a l e s , c a d a u n o d e los cuales posee su p r o p i a lógica i n t e r n a y su p a r t i c u l a r p e s o especí-fico. La c o m p r e n s i ó n de ellos y de sus respectivas lógicas n o s p e r m i t e a p r e c i a r la c o h e r e n c i a y el s e n t i d o d e c o m p o r t a m i e n t o s y d e a c t i t u d e s que, a m e n u d o , s e descalifican o e n s a l z a n c o n criterios ideológicos m á s q u e científicos.

P e r o r e p a s e m o s b r e v e m e n t e los c u a t r o m o d e l o s m a t r i m o n i a l e s q u e R o u s s e l d e s c r i b e . El p r i m e r o es, c o m o fácilmente se adivina, el tradicional o

institucio-nal. T i e n e c o m o finalidad a s e g u r a r la supervivencia d e los i n d i v i d u o s a t r a v é s

del a p o y o de las g e n e r a c i o n e s , p r i m e r o de los p a d r e s a los hijos y m á s t a r d e d e los hijos a l o s p a d r e s , s i e n d o f r u t o i m p o r t a n t í s i m o s u y o la t r a n s m i s i ó n del p a t r i m o n i o , t a n t o m a t e r i a l c o m o simbólico y la g a r a n t í a del o r d e n social. E n el s e n o d e e s t a familia los criterios f u n d a m e n t a l e s p a r a la división del t r a b a j o s o n el sexo y la e d a d y la a u t o r i d a d ú l t i m a c o r r e s p o n d e i n a p e l a b l e m e n t e al p a t r i a r -ca, e n t a n t o q u e la r e l a c i ó n c o n y u g a l se c o n c i b e c o m o i n d i s o l u b l e y s ó l o s e extingue p o r la m u e r t e .

A p a r t i r d e la a d m i s i ó n del divorcio se o r i g i n a n tres n u e v o s m o d e l o s m a t r i -m o n i a l e s , c a r a c t e r i z a d o s p o r su a l e j a -m i e n t o p r o g r e s i v o d e la i n d i s o l u b i l i d a d . El

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matrimonio alianza, el matrimonio fusión y el matrimonio asociación. Antes de

entrar en la exposición de cada uno de ellos me interesa, sin embargo, aclarar dos cosas: una, que el término matrimonio tal y como aquí se emplea se refiere a realidades legales muy diferentes y, en última instancia, a una relación estric-tamente privada que no consta, ni tiene por qué constar, en ningiin registro, ni acarrea obligaciones jurídicas definidas, cuando menos de primera intención; otra es que de estos modelos forman a la vez parte el matrimonio y el divorcio, porque todo modelo matrimonial es también un modelo de divorcio y, para explicarlo, hay que referirse siempre a ambos términos, aún en el caso de que falte el divorcio, como sucede en el modelo institucional.

El matrimonio alianza es una flexibilización del institucional, en el cual disminuye la importancia del factor económico, que se compensa con la que en él gana la noción de felicidad. La gente no se casa ya solamente para establecer una familia, engendrar hijos y transmitirles un patronímico y un patrimonio, sino también para ser personalmente feliz. La carga institucional, sin embargo, subsiste en el hecho de que la desaparición del amor no justifica la ruptura del vínculo, pues en este modelo matrimonial pesan tanto el afecto como el deber. La sociedad está presente en él, lo mismo que en el modelo tradicional y su disolución se concibe siempre como un atentado contra la institución que merece una sanción jurídica, por lo que su correlato es el divorcio causal, en el que hay siempre un culpable al que se le niegan el cuidado de los hijos y los ali-mentos. En un cierto sentido, el divorcio es en este modelo una rebelión contra el orden social y los que a el recurren se ven forzados en adelante a sufrir un cierto estigma.

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El divorcio aparece como un simple corolario del teorema de que el matri-monio solo dura mientras hay amor y ni es objeto de sanción, aunque en los tramites siga interviniendo el juez, ni acarrea estigma alguno. La sociedad se limita a levantar acta de la ruptura y a proveer algunas medidas en beneficio de los directamente afectados, debido al sentimiento de fracaso o de incapaci-dad que sienten los cónyuges por su alta inversión afectiva y a las consecuen-cias que tiene en los hijos, que se sienten abandonados y no pocas veces son instrumentalizados por sus progenitores para satisfacer sus mutuos deseos de venganza.

En el matrimonio asociación o de compañía, que es el cuarto modelo, el casamiento ya no es ni siquiera una formalidad indispensable, porque se define por la pura y simple cohabitación, es decir, por el contenido de la relación. Puede tener una duración considerable y pasar a los ojos de todos por una unión estable y consolidada, en la cual la situación de hecho y la de derecho no se distinguen, hasta tal punto que su existencia en las condiciones citadas ha expulsado el concepto de legitimidad de su vocabulario. Ya no hay, recuérdese, diferencias entre los hijos nacidos dentro o fuera de las uniones matrimoniales.

La ruptura de la convivencia no es en su caso algo insólito y, como en esta clase de relación no existe una gran intensidad afectiva, sus efectos tampoco son demasiado importantes. Se huye en él de la exaltación amorosa, hasta el extremo de merecer el nombre de matrimonio de razón o de conveniencia, que es el que le da Roussel. Su duración esta en función de la satisfacción que pro-duce a las partes y el contrato que las vincula es auténticamente eso, un simple contrato, que solo depende para su resolución de su voluntad. La separación conlleva un leve trauma, porque nadie concibe esta unión como irrompible, «para lo mejor y para lo peor», sino como una convergencia de intereses de la que forman parte los servicios sexuales y la compañía.

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en el matrimonio alianza, donde se requiere que haya un culpable, los efectos son menos graves y desaparecen con las siguientes nupcias.

n

Presumiblemente nos hallamos en una época de dispersión de modelos matrimoniales y de tránsito, según algunos, hacia una forma nueva de familia, la familia postnuclear. Ahora bien, en este punto me importa que quede pronto claro que a menudo se considera como una posible alternativa a la familia nuclear algo que tan solo lo es al matrimonio, como las uniones consensúales estables y hasta aquellas que a veces se reducen a que dos personas mantengan una relación sexual regular a la vez que residencias separadas.

Las uniones consensúales y la cohabitación, lo que los franceses siguen denominando concubinato, han desacralizado, primero, y desinstitucionaliza-do, después, el matrimonio, sin haber por ello reducidesinstitucionaliza-do, dicho sea de paso, las tasas de divorcio, que siguen creciendo. Pero la sociedad, o algunos de sus sec-tores, se esfuerzan actualmente por institucionalizarlas, bien gravando con impuestos específicos a las personas que conviven formando parejas, bien otor-gando y reconociendo derechos a pensiones y herencias al compañero o com-pañera y a los hijos nacidos de la unión, bien estableciendo registros para la inscripción voluntaria en ellos.

Se busca así asignar a tales relaciones algo, cuando menos, del carácter publico que tuvo y tiene el matrimonio en nuestra civilización, aunque este empeño, en una sociedad individualista, no deja de ser un atentado contra la privacidad y el ansia de libertad que llevó inicialmente a unos determinados individuos, a una minoría, a aislarse, a no conformarse y a adoptar prácticas que ni eran mayoritarias ni generalmente aceptadas. Es decir, de este modo adquiere oficialmente reconocimiento lo que por definición y voluntad de los interesados se proponía prescindir de todo papeleo, incluso del municipcil.

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El divorcio que, como antes dije, acompaña a los modelos matrimoniales, es el responsable principal de algunas de las formas alternativas de familia que más han proliferado, sobre todo de las monoparentales, es decir, de aquéllas en las cuales conviven el padre, o la madre, con los hijos y sin el otro cónyuge. Huelga especificar que en la mayoría de los casos solamente constan de madre e hijos y, en más raras ocasiones, de padres e hijos. Actualmente no se ciñen a las compuestas por madres solteras e hijos, tan comunes antes en los países subdesarrollados de algunas zonas del mundo, como el Mar Caribe. Por el con-trario, ahora abundan en las sociedades avanzadas, en las que tienen hijos los que conviven sin casarse o al margen del matrimonio, o entre uno ya roto y el siguiente por contraer. En ellas las filiaciones ilegítimas se han revalorizado, al desaparecer el estigma que antes las acompañaba y que no era solamente social sino también legal a causa de la existencia de discriminaciones múltiples, que iban desde el derecho a la herencia a la obligación de recibir alimentos de los padres.

Matrimonio y tener hijos tampoco se implican ya; han dejado de ser térmi-nos que se acompañan o incluso sinónimos. A la nueva fórmula de matrimonio sin hijos, ahora bastante frecuente, contribuye el trabajo de la mujer fuera del hogar, que no sólo se ve fomentado por el mayor grado de educación de la mujer, sino también por la insegura duración del matrimonio, que ya no es como antes para toda la vida. Y aún está por calcular su repercusión en la pro-nunciadísima baja de la fecundidad, que en las sociedades desarrolladas ha alcanzado mínimos históricos (1,2 hijos por mujer en España, siendo necesa-rios para el reemplazamiento de las generaciones 2,1).

De hecho, son los emigrantes lo que, a costa muchas veces de desnaturali-zar la cultura del lugar adonde acuden, aportan los recursos humanos impres-cindibles para que perdure la prosperidad. Aparte de este hecho, que plantea múltiples problemas de heterogeneidad cultural y provoca una inquietud gene-ralizada, se han formulado diversas propuestas sobre todo esto y no falta quien, como ¡Kingsley Davis, piensa que tal vez no sería del todo utópico profesionali-zar en el futuro la maternidad, es decir, hacer que algunas mujeres se dediquen a ser madres y dejen libres al resto para que puedan realizar otros menesteres.

III

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la residencia familiar y la agricultura dejó de ser el sector económico predomi-nante. La economía, que secularmente se había referido a los hogares, siguien-do la tradicional visión de Aristóteles, paso entonces a concentrarse en el mer-cado, como nadie ignora.

En todas las épocas ha existido la que se llama genéricamente división sexual del trabajo, pero nunca hasta el industrialismo consistió en que la mujer se ocupara nada más que de las tareas domésticas y de la crianza de los hijos y en que el hombre se dedicara a obtener fuera de la casa los medios económicos para mantener a la familia. En la sociedad tradicional el marido y la mujer no hacían las mismas cosas, eso es cierto, pero ambos participaban tanto en el tra-bajo doméstico como en el productivo, que aún no se habían separado siguien-do el modelo de la burguesía urbana. Al hacerlo es cuansiguien-do el trabajo del hom-bre se ha segregado del hogar y se ha integrado con el de los que, como él, lo venden a los empresarios capitalistas. Su papel se hizo más importante hacia fuera porque, como señala Kingsley Davis a quien sigo en esto, era el que vin-culaba a la familia con la sociedad, pero se redujo hacia dentro •'. Y también, naturalmente, cambió el de la mujer, que se vio confinada dentro de las pare-des de un estrecho domicilio, absorbida por el cuidado de los hijos y del marido y subordinada a este.

Semejante transformación de los roles de maridos y mujeres trajo consigo un gran cambio en la valoración de las cualidades que los hombres aprecian en las mujeres y viceversa. Para estas, es importante la riqueza de los maridos potenciales y, para aquellos, el atractivo físico y la juventud de sus futuras com-pañeras y madres de sus hijos. Posteriormente fue reforzada por la legislación, al asumir ésta como normal el reparto de las funciones instrumentales y expre-sivas que se ha descrito y regularlo en los códigos civiles. Además, la protección a los parados en el Estado de Bienestar comenzó por los hombres y estos se hicieron receptores de prestaciones por estar legalmente obligados a mantener a una esposa y a unos hijos que no actuaban en el mercado de trabajo. El autor citado señala finalmente que este sistema llegó a ser considerado natural, preci-samente porque reforzaba dos características preexistentes: la primacía del varón y la pasión de la mujer por los hijos.

Pero las cosas han variado durante nuestro siglo en muchos sitios y están a punto de hacerlo también en otros. El modelo matrimonial basado en el hom-bre que mantiene el hogar y la mujer que cuida de él y tiene y cría los hijos, se integra en un sistema institucional del que forman parte la libre elección del cónyuge y la estabilidad, que excluye o cuando menos dificulta el divorcio, aún a costa de la doble moral victoriana, que era como sabemos tolerante con la conducta extramarital del hombre y muy estricta con la de la mujer. Además,

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acaba produciendo un retraso en la edad al casarse, que forma parte del precio a pagar por la absoluta relegación doméstica de la mujer, por la enorme res-ponsabilidad económica del marido y por la alta valoración social del consumo y de la movilidad social ascendente.

En el mismo proceso influyen otras concausas. Entre ellas se cuenta la revolución sexual, que se apoya ahora en la disponibilidad de anticonceptivos de gran fíabilidad que, como contraste, ha hecho permisible no solamente lo que los suecos llaman cohabitación y los franceses concubinato, sino también el reciente aumento del número de hijos ilegítimos que nacen en los países industriales avanzados. A ella se suman la terciarización de las economías más modernas (que crean muchos puestos de trabajo que en su mayor parte no alcanzan los niveles de remuneración de los industriales, ni requieren una gran especialización y se abren por eso a las mujeres), la acentuación del individua-lismo y la importancia de algunos movimientos sociales entre los que sobresale el feminismo.

A lo largo del tiempo experimentan una gran alteración la oferta laboral, que la economía extiende a las mujeres y también la preparación de éstas, así como las actitudes de los hombres ante su participación en la actividad econó-mica remunerada. En España las mujeres activas han pasado de ser 1.708.900 en 1950 a ser 4.979.900 a fines de 1988, mientras que el porcentaje de matrícu-las femeninas en nuestra Enseñanza Universitaria ha pasado de ser el 5 por ciento en 1925 a ser el 53 por ciento en el curso 1985-86. El curso 1988-89 en concreto, el 61,6 por ciento de los alumnos incorporados a la Universidad Com-plutense fueron mujeres.

Hace unos años, el profesor Tobaría '^ observó que en nuestra sociedad, a imagen y semejanza de las de su entorno cultural antes, se ha abierto paso la idea de que no solamente es aceptable que la mujer casada trabaje, sino tam-bién que lo haga con intensidad y dedicación comparables a las del hombre: así opinaban el 44 por ciento de los españoles y de las españolas. Según sus datos, los partidarios del modelo familiar en el que el hombre trabaja para mantener a la familia y la mujer se dedica exclusivamente a las tareas del hogar y a los hijos comprendían el 27 por ciento de la población adulta. En 1994, datos del CIS revelan que esta actitud se ha generalizado: el modelo ideal de familia para el 52,6 por ciento de los encuestados es aquel en la que la mujer trabaja fuera del hogar y las tareas se reparten ^.

Las reservas que algunos sectores de la población mantenían respecto al trabajo de la mujer casada están desapareciendo y va extendiéndose la opinión

'' TOMARÍA, José Juan: Cambios recientes en la sociedad española, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1989, p.181.

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de q u e las mujeres d e b e n trabajar, sea la q u e sea su s i t u a c i ó n familiar. L o cual n o obsta, s i n e m b a r g o , p a r a q u e c o m o la generalización del t r a b a j o d e la m u j e r fuera del h o g a r afecta a la n a t u r a l e z a m i s m a d e la vida familiar, se r e q u i e r a n c a m b i o s e s t r u c t u r a l e s en el c u i d a d o de los hijos, e n el h o r a r i o l a b o r a l y e n los t i p o s d e e m p l e o , q u e todavía n o se h a n p r o d u c i d o y e n algunos casos ni siquie-r a se h a n iniciado.

IV

P e r o r e c u p e r e m o s la línea general d e esta exposición. M u c h a s d e las c a r a c -terísticas d e las sociedades y familias actuales s o n c o n t i n u a c i ó n de t e n d e n c i a s a l a r g o p l a z o , p e r o o t r a s n o . E n t r e aquellas se c u e n t a n : la c r e c i e n t e p r o p o r c i ó n de hijos n a c i d o s a los n o casados, el a u m e n t o de la t a s a d e divorcio, el e m p l e o de la m u j e r fuera de casa y la baja de la fecundidad. A u n q u e c o n m e n o s i m p o r -t a n c i a c a b e m e n c i o n a r -t a m b i é n el r e -t r a s o d e la e d a d al casarse, el celiba-to, el i n c r e m e n t o d e l a s u n i o n e s c o n s e n s ú a l e s y la m u l t i p l i c a c i ó n d e l o s h o g a r e s m o n o p a r e n t a l e s . T o d o lo cual n o s lleva a r e c o n o c e r q u e , a finales del siglo XX, s o n t r e s los t i p o s d e familias d o m i n a n t e s : las familias d e p r i m e r o s m a t r i m o -nios, q u e s o n las n u c l e a r e s típicas, las familias m o n o p a r e n t a l e s y las familias r e c o m p u e s t a s d e los c a s a d o s e n s e g u n d a s y posteriores n u p c i a s .

S e g ú n Cherlin y F u r s t e n b e r g ^, sin e m b a r g o , lo q u e los c a m b i o s p r o d u c i d o s h a n m o d i f i c a d o m á s a f o n d o es el ciclo vital p r e v i s i b l e p a r a q u i e n e s a h o r a n a c e n , d e m o d o q u e , a diferencia d e lo q u e h a s i d o el n u e s t r o , s e g u r a m e n t e vivirán: varios a ñ o s c o n s u s p a d r e s y s u s m a d r e s ; solo c o n s u s m a d r e s d e s p u é s de q u e se divorcien s u s progenitores; luego c o n s u s m a d r e s y s u s p a d r a s t r o s ; solos p o r a l g ú n t i e m p o d e s p u é s de h a b e r c u m p l i d o los veinte a ñ o s y e m a n c i -p a r s e ; u n i d o s m á s t a r d e c o n s e n s u a l m e n t e c o n a l g u i e n del sexo o -p u e s t o , s i n casarse; c a s a d o s p o s t e r i o r m e n t e c o n esa u o t r a p e r s o n a , d e la q u e se divorcia-rán; n u e v a m e n t e solos, se volverán a c a s a r p a r a a c a b a r viviendo o t r a vez solita-r i o s c u a n d o se q u e d e n v i u d o s , se h a y a n s e p a solita-r a d o p o solita-r ú l t i m a vez, o e s t é n a p u n t o p a r a recogerse e n u n h o g a r de la tercera edad.

E s t a flexibilidad y complejidad d e la vida familiar e n Occidente al a c a b a r s e el siglo es difícil d e e n t e n d e r p a r a quienes t i e n e n u n a idea d e m a s i a d o e s t r e c h a y rígida d e la familia, sea p a r a atacarla, sea p a r a defenderla y p a r a aquellos q u e a m e n u d o o b t i e n e n c o n c l u s i o n e s falaces m a n e j a n d o i n e x p e r t a m e n t e u n o s p o c o s d a t o s ciertos. La realidad es que, según los sociólogos m á s solventes, n o

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existen pruebas de un rechazo en gran escala del matrimonio ni en Estados Unidos ni en otras sociedades, como la nuestra. Es verdad que, en algunas, muchos adultos jóvenes viven juntos sin casarse, pero lo más probable es que esta cohabitación no sea una alternativa permanente al matrimonio sino, tal vez, una etapa más en el proceso que conduce a él, o una transición entre dos matrimonios, el que se rompe y el siguiente.

Por otro lado, los llamados «estilos de vida alternativos», que tanta atención recibieron por parte de los sociólogos en la década de los años sesenta, tales como las comunas y el celibato permanente, afectan hoy a muy pocas personas, incluso en Estados Unidos. Nueve de cada diez adultos de las generaciones recientes se han casado allí y todo parece indicar que lo mismo va a suceder entre las actuales. Ahora los jóvenes se casan en ese país a edades más tardías que sus padres, pero eso solamente significa que lo hacen como en el primer tercio del presente siglo y, además, la posposición del matrimonio no es lo mismo que su rechazo.

Muchos de estos nuevos matrimonios, tal vez la mitad, terminarán en divorcio, pero en rigor eso no supone el repudio de la institución matrimonial, pues eventualmente tres de cada cuatro divorciados se volverán a casar, persi-guiendo la intimidad y la seguridad que esta relación otorga. En no escasa medida la alarma ante el porvenir de la familia, proviene según los autores cita-dos, de la reacción ante la velocidad de los cambios acontecidos en las últimas décadas, en las que se ha duplicado la tasa de divorcio, se ha desplomado la de nupcialidad, ha pasado la de natalidad de un máximo secular a un mínimo his-tórico absoluto, se ha admitido abiertamente la actividad sexual premarital y la mujer se ha incorporado a la fuerza de trabajo.

Actualmente las tasas parecen más estables; la de divorcio ha aumentado poco en años recientes y la de natalidad se ha recuperado algo y tendencias paralelas se han observado en otras sociedades. En la nuestra, en cambio, la natalidad se ha desplomado, si bien el divorcio nunca alcanzó las cotas esperadas. Lo más proba-ble, a la vista de lo descrito, es que sobrevenga un período de ajuste generalizado a los múltiples y rápidos cambios referidos, de modo que lo que en el año 2000 habrá no será nuevas formas de familia, ni otros modelos matrimoniales, sino una distribución distinta de los mismos, sin un predominio claro de ninguno.

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país, una encuesta del CIRES registra el dato de que, a fines de 1990, el 90 por 100 de los entrevistados manifestaron que aquello por lo que con más gusto sacrificarían sus propias vidas es precisamente la familia.

El 12 de marzo de 1983 un editorial de la revista The Economist concluía que la familia no agoniza, que actualmente en el Reino Unido, como en otras sociedades occidentales, se casa más gente que nunca y que la mayoría de los que lo hacen persevera y que la mayoría, también , procrea. Y lo mismo sucede en los países con elevadas tasas de divorcio, porque lo que se considera obsole-to es seguir casado si no se es feliz, hasta tal punobsole-to que la tasa de renupcialidad, de reincidencia en el matrimonio y no la de divorcio, es quizá la que refleja mejor como siente la gente la familia y el matrimonio.

No obstante y a la vista de que muchas parejas no casadas reclaman algún tipo de reconocimiento legal de sus derechos, de que lo mismo hacen los homo-sexuales, de que en las sociedades avanzadas se va reduciendo la proporción de familias nucleares típicas y de que son bastantes los que solicitan una redefíni-ción de la familia, hay que recordar que la legislatura del Estado de California estableció en 1987 un Grupo de Trabajo especial, que alcanzó la conclusión de que existe actualmente una tendencia favorable a definir a la familia por sus funciones más que por su estructura, comprendiéndose en ellas el manteni-miento de la salud física y la seguridad de sus miembros, facilitar su desarrollo emocional, ayudar a la configuración de un «sistema de creencias» y animar a que se compartan las responsabilidades.

V

Al conjunto de los cambios aludidos el sociólogo norteamericano David Popenoe ^ los califica de tendencia familista postnuclear y, en muchos sentidos, eso es justamente lo que parecen ser. En Suecia, pero no sólo allí, bastantes indicadores lo avalan: se ha adelantado el primer contacto sexual entre los ado-lescentes; se retrasa la edad al casarse; nace más tarde el primer hijo; baja la tasa de fecundidad; disminuye la de nupcialidad; hay más cohabitación; se da más disolución voluntaria de las parejas, estén o no casadas; hay cada día más mujeres en la población activa y se consolida una simetría más perfecta en las relaciones de poder entre los miembros de la pareja.

Antaño, la familia nuclear unió en una misma institución la satisfacción de las necesidades sexuales, la procreación y el afecto o la intimidad. En ese tipo

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de familia todas estas funciones se armonizaban, mientras que la familia post-nuclear tiende a separarlas. En ella el sexo se considera como un placer y se abre a los demás, al margen o más alia del matrimonio o de la unión, amen de disociarse, claro está, de la procreación. Internamente, las relaciones de poder entre los sexos se ven afectadas por el trabajo de la mujer y, sobre todo, por el traspaso del centro de gravedad de las preocupaciones de las parejas desde los hijos a ellos mismos. Es más, ahora estamos asistiendo a dos fenómenos muy significativos: a la fusión de restos de familias anteriores en una nueva y a la decisión voluntaria de la mujer de tener o adoptar un hijo sin vínculo de pareja, sea formal o informal. Al hablar de fusión de restos de familias para constituir una nueva, la que se llama en ingles «step family», me refiero sobre todo a las que se integran mediante la unión de dos personas divorciadas y su descenden-cia, o por lo menos en la que uno de los esposos disolvió su matrimonio ante-rior y aporta los hijos habidos en él. De este modo se reúnen en la misma fami-lia hijos, hijastros, hermanastros e hijos que ni siquiera son medio hermanos entre sí y el proceso se repite y complica, o puede hacerlo, ya que no hay límite legal a los divorcios de los casados.

Pero acaso la amenaza más seria que se cierne en el horizonte para la familia nuclear es el corte del vínculo que ata a la madre y a los hijos, cuando aquélla procrea en una relación despreocupada de toda permanencia y cede el hijo a otras personas o grupos. Si las mujeres engendraran hijos sin mantener relaciones estables de pareja y los cedieran como norma general, esto podría ser el comienzo del fin de la familia nuclear. Por supuesto, actualmente se trata sólo de una posibilidad, quizá la más pesimista de todas, pero hay que mencionarla aunque no haya nada en los datos que nos induzca a pensar que acabará imponiéndose.

El matrimonio y con esto termino, sigue siendo popular en las sociedades avanzadas, la familia es querida y la gente se casa y procrea dentro de la que forma voluntariamente. Aun así, las fusiones familiares se multiplican y confi-guran raras combinaciones de una clase de familia extensa que nunca se dio previamente en proporciones parecidas, siquiera no falten antecedentes de ella, porque también cuando se casaban los viudos aportaban a su nuevo matrimo-nio los hijos del anterior. Pero ahora están más difundidas y son más frecuen-tes las uniones entre divorciados y, por otro lado, estas familias recompuestas se divorcian más que aquellas que tienen hijos propios y donde los hermanos lo son de sangre.

En realidad, lo que emerge de cuanto llevo dicho es sustancialmente un panorama incierto ^, un tipo de familia finisecular cuyos contornos son indefi-nidos, porque en ella progresa la desinstitucionalización y falta la condición de

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