LA CIENCIA Y EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

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7 de febrero de 2001

A C A D E M I A H I S P A N O A M E R I C A N A D E P O S T G R A D O

LA CIENCIA Y EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

Dr. Flavio Mota Enciso

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Sobre el Alcance de las Teorías Científicas.

Aunque la finalidad de la ciencia es descubrir la verdad, el alcance del conocimiento que le es propio, es limitado: aborda los fenómenos desde un campo específico del saber humano y se queda en la descripción del fenómeno, en la explicación de sus causas inmediatas o próximas y, a partir de ese conocimiento, establece predicciones y generalizaciones. Pero la ciencia no va más allá. Pocas veces responde a cuestionamientos relacionados con la naturaleza del fenómeno, la posibilidad de su conocimiento y menos aún de la razón de su existencia, o de su significado y finalidad. Estos problemas son resueltos por la filosofía, que brinda interpretaciones más profundas y con un nivel de generalidad mucho más amplio.

En ocasiones se critica a la ciencia porque no da explicaciones completas sobre la naturaleza del hombre o los fenómenos que son su objeto de estudio. Se juzga a las teorías científicas por su incapacidad para explicar de manera amplia y a plena satisfacción el comportamiento del hombre.

Si desconocemos la naturaleza de la ciencia podríamos pensar que tienen razón, pero no debemos confundir del conocimiento científico con otros conocimientos de mayor rango y poder de generalización, como el filosófico o el teológico.

Las teorías científicas no son omnicomprensivas, porque la ciencia, por su naturaleza, se centra en el estudio de “parcelas” de la realidad, lo cual constituye desde una perspectiva ontológica una limitante. Pero ésta es la naturaleza del conocimiento científico. Esto no significa que el

conocimiento generado por la ciencia sea menos verdadero que el que provee la filosofía, sino solamente que explican la realidad en niveles alcance y profundidad distintos. Tampoco significa que el conocimiento obtenido por la filosofía sea contrario o independiente del de la ciencia, sino más bien que son incluyentes y complementarios. Por lo tanto, dada la diferencia en cuanto alcance y profundidad, es ilógico pedir exposiciones omnicomprensivas a la ciencia, que por su naturaleza no las tiene, así como exigir explicaciones particulares -propias de una disciplina científica- a la filosofía. Aunque hay un principio que dice que quien puede lo más puede lo menos, en el caso de la relación entre la filosofía y la ciencia, podríamos afirmar que quien pueda lo más puede lo menos, pero no de la misma manera.

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Sin duda, desde un punto de vista metafísico y teleológico, la filosofía tiene preminencia sobre la ciencia, pero la particularidad de los fenómenos de un área de conocimientos, requieren de explicaciones más concretas, próximas, que faciliten la comprensión -y uso- del fenómeno y del conocimiento que surge de su compresión. Para la vida del hombre, el conocimiento científico es imprescindible, aunque de antemano sepamos de su subordinación con el filosófico.

Es frecuente encontrar actitudes impropias entre muchos estudiosos de la ciencia y la filosofía.

Los primeros suelen despreciar a la filosofía con argumentos relacionados con la idealidad de los fenómenos estudiados y su poca o nula aplicación práctica. Por su parte algunos filósofos menosprecian a la ciencia -y a la tecnología- porque se ocupan de cosas “mundanas”,

intrascendentes. Nos olvidamos de que la finalidad de ambas es descubrir y encontrar la verdad, conocer la realidad, y que esta realidad puede ser conocida en diversos niveles y por vías distintas.

Evaluación de las Teorías Científica.

El objetivo de la ciencia es conocer y explicar la realidad, las cosas, hechos o fenómenos que le son propios por su objeto de estudio. Pero el conocimiento y la explicación de la realidad no se hace de manera directa, inmediata, sino a través de las teorías. Una teoría es una exposición racional y sistemática de hechos o fenómenos concretos, que generalmente implica tanto su descripción como su explicación de las causas y consecuencias inmediatas. Si la ciencia explica sólo una parcela de la realidad, la teoría generalmente se circunscribe a un campo mucho más específico. El objetivo de las teorías es comprender y explicar una realidad mucho más concreta.

El hecho de que se elaboren teorías para explicar los fenómenos no significa que, por estar construidas como tales, deban ser aceptadas como ciertas. Deben demostrar su validez.

Prácticamente todos los criterios expuestos o presentados por diferentes autores para determinar la validez de una teoría científica pueden sintetizarse en dos:

a) Criterios de validez interna, en los que se analizan los soportes teórico-filosóficos de la teoría, su estructura lógica, la subordinación de principios y explicaciones, su congruencia, su armonía, parsimonia, consistencia, etc. Es decir, una teoría tendría validez interna, si está bien

fundamentada, bien construida y si no se presenta contradicciones importantes en su cuerpo de conocimientos.

B) Criterios de validez interna. Este criterio puede sintetizarse en un sólo principio: que la teoría

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explique correcta y satisfactoriamente lo que pretende explicar. Este es un criterio supremo de validez, puesto que implica la contrastación entre las explicaciones de orden teórico con los fenómenos correspondientes en la realidad. Este criterio se fundamenta en el mismo principio del conocimiento: conocer es comprender la realidad. Es obvio que estas explicaciones no pueden contravenir al sentido común, y que deben de ser consistentes y generalizables.

Aunque una teoría científica constituye una unidad de explicaciones y puede ser evaluada en su conjunto, la verdad es que se construye con una serie de elementos que pueden tener diferente grado de certeza. En una teoría podemos encontrar algunas leyes y principios, pero también encontramos supuestos, hipótesis, datos sueltos, opiniones, etc.

Es difícil afirmar que en una teoría científica todos sus principios, postulados e hipótesis sean totalmente ciertos (dejaría de ser teoría), pero también es difícil afirmar lo contrario. Si en una teoría todos sus componentes fueran erróneos, no tendría lógica, sería evidente su falsedad y esto la haría prácticamente insostenible. Algunas de ellas combinan errores con verdades, de tal forma que en ocasiones resulta difícil separarlos.

Pero una teoría -aunque explique de manera general un fenómeno o un grupo de fenómenos-, por un proceso de análisis, sus principios, postulados y supuestos pueden evaluarse por separado, de tal forma que es posible encontrar afirmaciones verdaderas y explicaciones que aparecen en principio como satisfactorias el marco de teorías que, evaluadas en general, son erróneas. Muchos ejemplos podríamos citar de esta afirmación: la investigación experimental, tan importante para las ciencias, con todo su control riguroso de variables, surge del seno del paradigma positivista; la instrucción programada y buena parte de lo que ahora conocemos como tecnología instruccional, inicialmente aparecen como productos de la aplicación del conductismo a la educación; la psicología del color, tan importante para diseñadores, artistas y arquitectos, aparece de manera clara y sistematizada en el marco de la teoría de la Gestalt; la pruebas psicométricas, con sus alcances y limitaciones, surgen en el marco del estructuralismo y del pragmatismo psicológico; y muchos otros más que se podrían enunciar.

Entre las explicaciones que podemos pensar para este hecho, encontramos:

· La expuesta anteriormente, en el sentido de que podemos encontrar afirmaciones y

explicaciones satisfactorias a aspectos concretos de la realidad, aún dentro del marco de teorías globalmente consideradas como erróneas.

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· Otra posible explicación tiene que ver con los criterios de validez interna y externa enunciados anteriormente. Aunque las buenas teorías científicas poseen una muy alta validez interna y externa a la vez, podemos encontrar otras que presentan debilidades en alguna de estas áreas.

Unas tienen un buen soporte teórico, buena estructuración y congruencia, pero “su aterrizaje”

con la realidad presenta deficiencias, y a la inversa, encontramos teorías con baja validez interna, pero con una mejor validez externa. Este podría se el caso para los ejemplos anteriores.

· Una explicación más está en el hecho de que los mismos fenómenos han sido estudiados y explicados por otras teorías -más sólidas científicamente-, aunque no necesariamente con el mismo grado de actualidad y profundidad.

Quizás la solución estaría en rescatar todas esas explicaciones que aparecen como satisfactorias - y los desarrollos tecnológicos que de ellas se generan-, y que han demostrado su validez, e incorporarlos dentro de un cuerpo de conocimientos más sólido, mejor fundamentado. No se trata de construir una ciencia con “retazos” originados en diferentes paradigmas teóricos, sino de un proceso de re-estudio y re-elaboración, que los incorpore sustancialmente en la teoría, y que a su vez, permita rescatar lo que las otras explicaciones teóricas tienen como valioso y que puede ser rescatable.

Sobre las Diferencias entre Ciencia y Realidad.

La realidad, aunque parezca una redundancia, es lo que es. Este es un principio innegable. La ciencia es una construcción racional del hombre para explicar la realidad. La ciencia no es la realidad, solamente es una explicación racional de la misma. Si este principio no queda claro podemos incurrir en dos errores fundamentales: el pensar que un fenómeno, por ser real, es científico, o bien, en la negación de un fenómeno real, porque no tiene una explicación científica satisfactoria.

En el primer caso encontramos algunas “teorías” que afirman su cientificidad basadas en el hecho de que los fenómenos, que son su objeto de estudio, son reales. Siendo la ciencia una explicación racional y sistemática de los fenómenos, no puede afirmarse que haya un conocimiento científico, si no esta respaldado por una explicación teóricamente sólida, congruente y consistente. La existencia del fenómeno, abre las posibilidades a la ciencia para explicarlo, pero, mientras no haya esa explicación satisfactoria, no podemos decir que hay ciencia, independientemente que el

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fenómeno sea real y exista. Hay muchos fenómenos que existen y son reales, pero que no conocemos, y otros muchos de los que apenas tenemos referencias empíricas. En ninguno de estos casos podemos hablar de ciencia.

Por otra parte, corremos el riesgo de afirmar que un fenómeno no existe, -o minimizar su relevancia y potencialidad como objeto de conocimiento científico- porque las explicaciones teóricas que han tratado de estudiarlo son erróneas o insatisfactorias. Tal sería el caso, por ejemplo, de afirmaciones (quizá exageradas), de que la plusvalía es un concepto erróneo porque fue tratado por Carlos Marx, o que el inconsciente no existe, porque la teoría psicoanálitica, que lo ha tomado como su objeto principal de estudio, se ha desviado tanto de su propósito hasta caer en la irracionalidad. El hecho de que no tengamos explicaciones científicas satisfactorias a estos fenómenos no nos debe conducir a negar su existencia y realidad.

Hay formas más sutiles en que se manifiesta este error: el de falsas generalizaciones, que consiste en cargarles el peso de las explicaciones erróneas, a los fenómenos que tratan de explicar. Por ejemplo, pensar que otorgar premios a los alumnos que destacan en una tarea, es conductismo; que los procesos de resolución de problemas no son adecuados como herramientas didácticas, porque han sido propuestos para este fin por el funcionalismo psicológico; o la afirmación que las estrategias educativas son “malas” porque es un tema recurrente en el constructivismo.

Sobre el Lenguaje Científico.

En el terreno de la ciencia es muy importante que haya un entendimiento entre lo que queremos decir con el lenguaje oral y escrito, su significado y su correspondencia con lo que las cosas o los fenómenos son. Es deseable que las palabras, en su sentidos etimológico y real coincidan esencialmente con el objeto que enuncian. Este es el punto de donde debe partir un lenguaje apropiado para las ciencia. Sin embargo varias son las ciencias que pueden tener un mismo objeto de estudio, pero que, por los enfoques particulares de sus disciplinas, requieren también definiciones y significados más específicos. Así por ejemplo, el concepto núcleo, aunque tiene un significado nominal o etimológico, debe redefinirse para una mejor compresión del fenómeno a través de las ciencias que lo estudian. La palabra núcleo adquiere un significado distinto en la biología al que pudiera tener en sociología o en arquitectura. Lo mismo podríamos afirmar de muchos otros vocablos.

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Esto no significa que el lenguaje científico genere un caos terminológico, sino más bien al contrario, clarifica el lenguaje y aporta las definiciones específicas que una ciencia requiere como propias. En otras palabras, las definiciones elaboradas del lenguaje científico, debieran

considerarse como una continuación de las definiciones esenciales; el lenguaje científico es un lenguaje descriptivo y propio de cada una de las ciencias en particular. La pretensión del lenguaje científico no es crear confusión, sino clarificar y precisar la perspectiva o el enfoque desde el cual se abordará el estudio de los fenómenos.

Es cierto sin embargo que se ha abusado impropiamente del empleo de términos denominados

“científicos”. Parece que está de moda inventar o crear términos dentro de las ciencias, sin considerar siquiera si realmente las palabras significan lo que pretenden significar. También es cierto que aún dentro de una misma disciplina encontramos diferentes términos para definir la misma cosa o fenómeno. Es aquí donde se debe analizar la pertinencia de las definiciones. Una tarea de la ciencia es vigilar la concordancia entre la palabra, el significado de la palabra, su significado científico y su concordancia con la realidad.

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